La Razón

El puño de Benjamin Lodge se impactó contra la pared de lo que parecía ser el más sucio y descuidado cuarto de hotel en toda Gran Bretaña.

Resoplaba, apretaba los dientes y caminaba en círculos con pasos rápidos y furiosos. Tenía un corte en la frente, las gafas estrelladas. Parecía querer lanzar todos los muebles apolillados por la ventana. La furia le corría por las venas, la frustración le traspasaba los poros.

—Albus Potter —escupió. Su puño se estrelló de nuevo.

Selwyn acababa de salir. Llevaba una sonrisa de ebria satisfacción en el rostro y había algo de deleite en sus pasos inconstantes. Le había contado todo. Desde la captura de Rose Weasley y Scorpius Malfoy en las cuevas de Puzzlewood, hasta la historia que había confesado la muchacha en medio de torturas y llantos. Y luego…

—Hemos estado ayudándolos sin saber lo que buscaban —había dicho—. Merecemos también el poder de Merlín.

Los otros mortífagos habían estado de acuerdo.

Lo más sencillo hubiera sido asesinarlos a todos en ese instante. Sin embargo, más de la mitad del ejército que había logrado reunir debía de estar ya en camino a Azkaban. No podía ganar una guerra sin tropas; mucho menos si Harry Potter era quien se había llevado a sus cómplices. Seguramente todos habían confesado lo que sabían y él estaría buscando a los que lograron escapar, vigilando el país entero, enviando a sus aliados a lugares estratégicos, a la mansión de Vivian ahora que conocía su ubicación… Un ligero crepitar lo distrajo. Al otro extremo del cuarto, Dimas Mabroidis jugueteaba con su varita, creando pequeñas llamas de fuego que se disolvían cuando comenzaban a flotar en el aire.

—¿Al menos escuchaste algo de lo que dijo Selwyn? —preguntó Lodge con la voz crispada. Dimas asintió sin voltear a verlo—. ¡Quieren el Aurea Pergamena!

—Por supuesto.

—¡Y Harry Potter ya debe de saberlo todo! La gente que atrapó, seguramente les sacó la verdad en cuanto…

—Eso o tú amigo Malfoy le dio un resumen detallado de su tiempo con nosotros —comentó Dimas tranquilamente. Lodge se pasó una mano por el cabello, iracundo.

—Voy a matarlo.

—Benjamin —Dimas se rio entre dientes—, puedes asesinar a todos los que te traicionen, pero eso no cambia el hecho de que confías en las personas equivocadas. Montague, Malfoy y todas esas ratas que ahora desean el Aurea Pergamena. Francamente, estoy algo preocupado por tu juicio, viejo amigo.

—¿Qué hay de ti? —preguntó Lodge alzando la voz. Parecía estar conteniendo las ganas de sacar su varita—. ¿Acaso podemos confiar plenamente en tus aliados?

—Quieres un ejército, Benjamin, y estás tan concentrado en esa idea que no te das cuenta de que la cantidad de aliados no es lo que importa en realidad.

A diferencia de su compañero, Dimas no parecía tener lesiones graves. Su túnica negra estaba chamuscada de un costado, pero él no se veía nada inquieto por ello. Al contrario, tenía una sonrisa burlona que se acentuaba debido a las sombras que alcanzaban su rostro, provocadas por las flamas de su varita.

—Tuve a Albus Potter frente a mí —dijo Lodge con un susurro envenenado—. ¡Estuve a punto de…!

—¿Matarlo? —preguntó Dimas alzando las cejas—. ¿Cuántas veces son las que ese niño se te ha escapado de las manos, Benjamin? Ya he perdido la cuenta.

—Tiene una parte del Aurea Pergamena —Lodge parecía dispuesto a ignorar cualquier comentario por parte de su compañero. Las manos le temblaban por la ira contenida—. Es él quien se llevó las hojas que estaban en el Castel Nuovo. Ha conseguido una parte del Aurea Pergamena, Dimas.

Esperó una respuesta que no llegó. Las llamas seguían consumiéndose en el aire y se reflejaban en los ojos oscuros de Dimas Mabroidis. Él las observaba, más que entretenido, fascinado.

—¿No escuchaste? ¡Tiene una parte! —gritó Lodge—. Va a seguir buscándolo y terminará por encontrarlo antes que nosotros. ¡El maldito fue quien tocó la daga! ¿No lo entiendes? ¡No hay nada que podamos hacer para…!

—Exacto —lo interrumpió—. No hay nada que nosotros podamos hacer.

—¿Qué?

Dimas Mabroidis calló nuevamente. Todas las arrugas que Benjamin Lodge tenía en el rostro se contrajeron en un gesto de desesperación.

—¿Qué estás…? ¡Va tras el Aurea Pergamena! ¡Va a encontrarlo! Y en cuanto lo haga, volverá con Harry Potter y entonces no habrá manera de asesinarlo.

—¿Quieres dejar de preocuparte por Harry Potter?

—¿Acaso tengo que recordarte quién es? ¡Prácticamente controla a todo el mundo mágico y…!

—Y está a un paso de salir del Ministerio de Magia, así que deja de preocuparte por él.

Aquello no parecía ser una petición. Dimas desapareció las pequeñas flamas y caminó por el cuarto empolvado, todavía con la varita en la mano. Llegó hasta una butaca y se dejó caer con pereza. Se masajeó la nuca, ignorando la mirada encolerizada de Lodge. En ese momento, pareció reparar en algo que lo perturbó. Se palpó todo el cuello, el pecho. Su mano se detuvo en el aire y sus parpados se cerraron en un gesto de frustración.

—Dimas —dijo Lodge conteniendo la respiración. Su voz continuaba temblorosa. Parecía estar haciendo uso de todo su autocontrol para no volver a gritar—. Albus Potter va a encontrar las partes restantes del Aurea Pergamena si no hacemos algo.

—Así es.

Lodge se llevó una mano a la cara, se quitó las gafas, se talló el entrecejo. Tenía un tic en el ojo y un delgado hilo de sangre le resbalaba por el corte de la frente. De repente, alzó la vista y el pánico hizo que sus ojos apagados se encendieran.

—El pergamino y la daga —murmuró con el rostro pálido—. ¿Dónde están la daga y nuestra parte del Aurea Pergamena, Dimas?

El cuarto estaba frío. La brisa se colaba por las tablas de madera que sellaban las ventanas. Los dos hombres se quedaron en silencio, escuchando la ligera ráfaga. El primero anhelaba una respuesta tranquilizadora. El segundo, todavía se palpaba el cuello. Finalmente, luego de unos segundos, Dimas levantó los párpados y clavó sus ojos oscuros en Lodge.

—Ambos están a salvo, por supuesto. Los llevo conmigo todo el tiempo.

Por un instante, Lodge pareció calmarse, pero luego su rostro volvió a adquirir esa mueca furiosa que lo había acompañado desde lograron escapar de la mansión de Vivian Lake. Miró a su compañero, con el límite de la paciencia palpable en el aire.

—Si Albus Potter y esos otros dos mocosos logran encontrar el resto del Aurea Pergamena…

—¿Qué?

Fue una pregunta directa y sobresaltada. Qué como una exclamación sin gritos. Qué igual a una maldición pronunciada por lo bajo, luego de que algo no resulta de acuerdo al plan. Fue más frustración que se dibujó en las facciones finas de Dimas Mabroidis y que lo hizo inclinarse hacia adelante en la butaca. Qué y parecía importante, aunque Lodge no entendía cómo es que su compañero apenas reaccionaba. Qué, qué, qué.

—La chica Weasley y el hijo de Malfoy —dijo Lodge—. Los vi desparecerse juntos durante la batalla. Iban con él y, por todo lo que esa niña le contó a Selwyn, lo han acompañado desde el comienzo y van a seguir haciéndolo.

Dimas se levantó. Fue un movimiento brusco e inesperado. Acarició su varita y caminó lento, cerca de la ventana, al borde del cuarto. La brisa hizo que el borde de su túnica danzara.

—Necesitamos encontrarlo, Dimas —dijo Lodge desesperado.

—No.

—¡Dimas! ¿No estás…?

—No necesitamos encontrarlo, viejo amigo —dijo volviéndose. Sonrió—. Bastará con que él venga a nosotros.

—No lo hará. Si durante todo este tiempo no lo ha hecho es porque…

—Porque no le hemos dado una razón para hacerlo —Dimas volvió a encender su varita. Las flamas flotaron ante sus ojos y se disolvieron antes de alcanzar a tomar forma—. Hay que darle una razón, entonces, ¿no crees?

Y aun sin entenderlo del todo, Benjamin Lodge también sonrió.


Cuando la puerta de la cocina se abrió, Albus se levantó de un salto. Había pasado las últimas horas sentado al lado de Fred en la mesa, con la vista fija en la ventana, observando cómo el amanecer iluminaba poco a poco las calles nevadas de la ciudad.

Molly se acercó a él con varias vendas y una botella de cristal entre las manos.

—¿Y bien? —preguntó Fred antes de que Albus pudiera articular alguna palabra.

—Rose está dormida —contestó ella mientras remojaba las vendas con el líquido que había en la botella—. Sus heridas no eran graves. Seguramente despertará en unos minutos. En cuanto lo haga, me gustaría darle un poco más de poción calmante.

—¿Y Scorpius?

Soltó un largo y triste suspiro. Hizo que Albus se sentara de nuevo y, sin decir nada todavía, le quitó la chaqueta y lo obligó a desabotonarse la camisa. Empezó a pasar las vendas empapadas por su torso y sólo hasta entonces, el muchacho fue consciente de que aún le dolían las quemaduras que se había hecho en el incendio.

—Él está… —Albus la escuchó suspirar de nuevo—. Estará bien. Dominique está terminando de limpiarle las heridas justo ahora. Él dice que ya no le duele nada, pero… ¿Recuerdas aquella vez que fuiste a dar al hospital, Al? Cuando, en tu examen de la Academia de Aurores… Ya sabes, fuiste atacado.

Albus asintió.

—Bueno, en esa ocasión, los sanadores dijeron que esa herida que te hicieron estaba quemándote por dentro. Los cortes de Scorpius estaban haciendo lo mismo con él —explicó Molly—. Me dijo que le pegaron con una especie de látigo. Supongo que por eso pudo soportar horas sin ser atendido, porque los cortes no eran tan profundos como la apuñalada que te hicieron a ti. Aun así, no quiero ni pensar en lo que habría sucedido si hubiera pasado más tiempo. Me pregunto con qué clase de encantamiento hechizan las armas para que produzcan esos efectos, es…

—Sí, muy impresionante —soltó Fred de repente. Albus alzó la vista—. ¿No deberían de estar los dos en San Mungo?

—Bueno, yo… —Molly apartó las manos del cuerpo de Albus y agachó la cabeza—. Yo no sabía si podíamos… Albus los trajo aquí por una razón y…

—Llévalos —dijo él y su voz fue apenas un susurro amargo—. Molly, sólo… Ellos tienen que estar bien.

—¿Quieres decir que ya no estás escondiéndote? —preguntó ella y algo parecido al alivio se escapó de su garganta—. Porque puedo localizar a tus padres enseguida y yo…

—No —pidió Albus y miró a sus primos a los ojos—. Lleva a Rose y a Scorpius a San Mungo. Avísales al tío Ron y a la tía Hermione, a los padres de Scorpius, pero yo… No puedo, Molly.

—Albus…

—No, no entienden, ellos… —Albus se quedó callado, con los recuerdos de la mansión de Vivian golpeteando en su cabeza—. Ellos no sabían lo que yo estaba haciendo. Creían que estaba escondido, bajo cuidados. Pero han… Ellos han descubierto ya la verdad. Si se sabe que he vuelto con mi familia, irán por mí y por ellos. No puedo dejar que les pase nada, Molly.

—No entiendo —dijo ella negando con la cabeza—. ¿Qué es lo que has estado haciendo? ¿Cómo es que esos hombres se enteraron?

—Lleva a Rose y a Scorpius a San Mungo —repitió Albus—. Por favor. Pero, no digas nada sobre mí. Te juro que me iré enseguida, pero…

—No seas ridículo —dijo Fred pasándose una mano por el cabello—. No vamos a dejar que te vayas. No así —soltó un exasperado bufido y luego arqueó las cejas—. Todavía no entiendo qué demonios sucedió.

—Bueno, el tío Harry descubrió a dónde había ido Albus —dijo Molly y continuó con su labor de curación—. Encontró a uno de los hombres que provocaron el incendio y él probablemente se le dijo.

—Y entonces, acudió a la familia para que lo ayudaran —Fred asintió, pensativo—. Estábamos a la mitad de la cena en la Madriguera cuando el tío Ron se apareció y se llevó a varios. Nos dijeron que habían ido a buscarte, Al, nada más. Cuando volvieron, nos mandaron a todos al Refugio. Parecían bastante magullados.

—Pero, ¿estaban…? ¿Estaban bien? —se atrevió a preguntar Albus. La imagen de sus tíos, de Teddy peleando en el jardín contra los mortífagos lo hizo estremecerse—. ¿Todos estaban bien?

—Sí —Fred asintió y luego se puso un dedo en la barbilla—. No estuvimos con ellos mucho tiempo, te digo que nos mandaron al Refugio casi enseguida. Pero, Minie dice que pudo escuchar algunas cosas, como que habían conseguido atrapar a la mayoría, pero que esos dos seguían libres. También dice que comentaron algo sobre Draco Malfoy… ¿Qué tiene que ver él en todo esto?

Albus guardó silencio mientras tomaba la camisa que Molly estaba tendiéndole. Las quemaduras ya habían desaparecido y sólo sentía ligeras punzadas de dolor en los brazos. Se vistió sin decir nada y Fred soltó otro bufido.

—Entonces, ¿vamos a tener que averiguar todo por las malas igual que siempre? No entiendo, Albus. Siempre has sido el primero en quejarte por todos los secretos que guarda la familia, pero tú estás haciendo exactamente lo mismo…

—Molly —dijo Albus. Fred se calló—. Tienes que llevarte a Rose y a Scorpius… Ellos…

—Ellos están bien. Te lo juro. No es necesario llevarlos a San Mungo —Albus iba a volver a hablar y ella alzó una mano para callarlo—. Mira, Al, tú sabes muy bien que no me gusta tenerte aquí en secreto y mucho menos con todo esto que sucedió. Pero, pienso que antes de hacer cualquier cosa tenemos que tranquilizarnos y decidir con calma. Eres el único que sabe lo que está pasando y si dices que por ahora no puedes volver con tu familia, está bien. Ya te puse en peligro cuando me acompañaste al incendio y no quiero… No quiero que eso vuelva a pasar.

Nadie dijo nada por un rato. Fred comenzó a tamborilear los dedos contra la superficie de la mesa. Albus supo que estaba conteniendo sus ganas de interrogarlo y se levantó de la mesa antes de darle la oportunidad de hablar otra vez.

—¿Estás segura de que no necesitan ir a San Mungo? —preguntó una vez más. Molly negó con la cabeza y él le creyó—. Entonces, debo hablar con ellos.

En la sala, Dominique y Scorpius estaban sentados en el sofá. Ella le limpiaba con una toalla toda la sangre seca que tenía esparcida por la espalda, alrededor de cortes rosados y gruesos. El rostro de Scorpius se contraía en un gesto extraño, como si quisiera soltar más gritos adoloridos, pero lo considerara algo demasiado humillante.

—Entonces, déjame ver si estoy entendiéndote —dijo Dominique y soltó una risita—. ¿Te pasaste una semana entera durmiendo con Rose?

—Estábamos en un calabozo —dijo él y se estremeció cuando ella pasó la toalla cerca de una herida.

—¿Y eso qué? Cualquier lugar es bueno —dijo con una sonrisa ladina. Scorpius alzó las cejas—. Para dormir, por supuesto.

—Cierra la boca, Minie.

—Mi tío Ron va a asesinarte —Dominique dejó la toalla a un lado y envolvió el torso de Scorpius con vendas blancas—. Ya está. Molly dice que tal vez te queden cicatrices, pero no debes preocuparte. Las mujeres amamos las cicatrices. Sobre todo en una espalda tan linda como la tuya.

—Gracias —Scorpius rodó los ojos y en ese momento, se percató de la presencia de Albus a unos pasos de ellos.

—¡Oh, ahí estás! —exclamó Dominique mientras recogía todos los artefactos con los que había estado curando al muchacho—. ¿Ya te revisó Molly? — Albus dio una cabezada—. Excelente —Dominique se levantó con las cosas entre los brazos, le dio una palmadita a Albus en el hombro cuando pasó por su lado y luego se metió a la cocina, cerrando las puertas tras de sí.

Albus caminó hasta el sofá, con los pies de plomo y el corazón convertido en un pesado saco de culpa. Tomó asiento, pero no pudo levantar la vista. Sus puños se cerraron contra su regazo y sintió dolor, dolor por todos lados. Ardor en la garganta.

—Lo saben, Albus —dijo Scorpius y aunque su tono era calmado, se escuchaba frustrado y lleno de angustia—. Dimas y Lodge ya deben de saberlo todo.

—Lo sé.

—Rose no tuvo otra opción —se apresuró a decir—. Fui yo, fui un estúpido. No debí de haber subestimado a esos idiotas. Y ese maldito de Selwyn…

Albus apretó más los puños y sus nudillos se pusieron blancos. Quería hablar, quería decirle a su amigo que nada había sido culpa de él, ni de Rose, que desde que habían llegado al departamento de sus primos lo único que había hecho era preguntarse por qué, por qué, por qué… Alzó la vista. Scorpius estaba pálido y algo en su rostro todavía se notaba débil, enfermo. Quería decirle, revelarle la horrible verdad… Pero, todo lo que salió de su boca fue:

—¿Qué pasó, Scor?

Durante los siguientes minutos, sólo la voz acompasada de Scorpius se escuchó en la sala. La vista de Albus volvió al suelo mientras oía la espantosa historia. Los mortífagos reconociéndolo, la mentira de Rose, las largas horas en un calabozo, poca comida, casi nada de agua, frío, mucho frío…

—Molly dijo que te… —Albus apretó los parpados—. Dijo que te pegaron con una especie de…

—Un látigo, sí —Scorpius recargó la cabeza al borde del sofá—. Selwyn dijo que era uno de los juguetes de Dimas Mabroidis. Los hechiza para que te quemen por dentro. Igual a ese cuchillo con el que te hirieron a ti el día del examen en la Academia.

Albus observó las vendas cubriendo el cuerpo de su amigo. Scorpius hizo un gesto despreocupado con la mano.

—¡Y yo que creía que la semana que pasé de compañero con Goyle en clase de pociones había sido la peor de mi vida! —torció una sonrisa, pero ésta murió a medio camino, cuando Albus no correspondió a sus intentos por aligerar el ambiente—. Pudo ser peor. Aunque, acepto que no recuerdo mucho de lo que ocurrió luego de la golpiza —Scorpius se masajeó las cienes, como si con eso pudiera recuperar lo olvidado—. Me llevaron al calabozo y esos idiotas se quedaron interrogando a Rose. Me acuerdo que regresó después de unas horas, pero todo lo demás… No sé, está borroso.

Como Albus no dijo nada, Scorpius se incorporó un poco, incómodo. Soltó un gruñido al moverse.

—Minie me dijo que te encontraron en el barranco luego de la explosión —comentó. Albus se mordió el labio—. ¿Fue muy malo? ¿Te lastimaste o…?

—No, yo… —la voz de Albus se convirtió en un susurro denso y avergonzado—. Estoy bien.

—También me dijo que escuchó a tu familia en la Madriguera. Decían que habían conseguido atrapar a la mayoría de los mortífagos, pero que esos dos… Supongo que se referían a Dimas y a Lodge. Ellos siguen libres —murmuró Scorpius y Albus se sorprendió al ver que parecía un poco nervioso—. Y dijo… Dijo que escuchó algo sobre mi padre. Que lo habían llevado ya lejos, que estaba bien… —Scorpius tragó—. ¿Si fue mi padre el que nos sacó de la mansión, verdad? En serio estaba muy confundido luego de la paliza de Selwyn… Y yo… Yo no sé si…

—Fue él. Gracias a tu padre escapamos de ahí.

—¡Vaya! —era una exclamación asombrada, confundida y perdida. Scorpius se llevó una mano a la frente y suspiró—. Draco Malfoy miembro de la Orden del Fénix, ¿puedes creértelo? Selwyn había dicho que estaba con ellos, pero en realidad, todo este tiempo estuvo con la Orden.

De pronto, hubo una memoria que iluminó la mente de Albus. Una noche lejana en el Valle de Godric, terribles pesadillas, su padre en el despacho, la puerta entreabierta…

—Era tu padre —dijo Albus.

—Sí, Al. Ya establecimos ese punto.

—No, ¡era tu padre! —exclamó entrecerrando los ojos—. ¿Cómo no me di cuenta antes? Escuché la voz de tu padre en el despacho del mío. Hablaban por la red flú. Fue unos días antes de irnos del Valle de Godric. En ese momento no supe quién… Pero, sí. Era él.

Scorpius se incorporó, inquieto, y otro gruñido escapó de su garganta.

—Estaban discutiendo —continuó Albus tratando de recordar los detalles—. Parecía que tenían una especie de trato. Tu padre decía que no estaba seguro de ser reclutado y mi papá decía que sí, que en algún momento lo contactarían y que cuando eso sucediera, tenía que cumplir con su parte del acuerdo.

—Trabajar con Dimas y Lodge —dijo Scorpius frunciendo el ceño. En su voz se distinguía una extraña mezcla de enojo y emoción—. Tu padre quería que aceptara trabajar con ellos, así podría informarle lo que estaban haciendo. Bueno, eso explica muchas cosas, supongo. Por eso pasaba tanto tiempo fuera de la casa y discutía con mi mamá. Seguramente a ella no le gustaba que se involucrara con mortífagos de nuevo. Lo que todavía no entiendo es qué fue lo que le prometió tu padre a cambio de…

—Tú y tu madre —dijo Albus, porque le parecía lógico, natural. Algo que su padre ofrecería sin dudar—. Protegerte a ti y a tu madre de los ataques.

Scorpius no dijo nada más y se quedó observando el vacío por un buen rato. Albus se animó a mirar otra vez las vendas blancas que cubrían las heridas de su amigo, pero al instante deseó no haberlo hecho. El ardor en su garganta se incrementó.

—Le dije a Molly que podían llevarlos a San Mungo —Scorpius lo miró con las cejas arqueadas—. Si no te sientes bien, podemos…

—Estás demente —dijo—. Ahora que Lodge y Dimas saben lo que hemos estado haciendo, no van a descansar hasta encontrarnos. Les facilitaríamos el trabajo si volvemos.

—Pero, si tú…

—Estás hablando con el cazador que se dejó caer cien metros para quitarle la quaffle a Smith en la final contra Hufflepuff. Puedo soportar lo que sea —Scorpius sonrió. Todavía sentado en el sofá, se volteó para mirar la puerta cerrada de una habitación. La sonrisa desapareció—. Sin embargo, si ella… Si Rose está herida…

—Molly dijo que estaba bien —comentó Albus observando también el cuarto en donde su prima descansaba.

—Sí, Minie también me dijo eso. Dice que le dieron una poción para dormir sin soñar. Aun así, creo que deberíamos… Deberíamos de revisar si está…

—Debe de estar por despertar —dijo Albus y se levantó—. Iré a verla.

Scorpius se ofreció a acompañarlo, pero en ese momento Dominique, Fred y Molly aparecieron en la sala. La última revisó los vendajes que cubrían el cuerpo del muchacho y luego le ordenó entrar al cuarto de baño para ayudarlo a limpiarse. Scorpius soltó un par de réplicas que no sirvieron de nada y, antes de que Molly se lo llevara, dio un último vistazo a la puerta de la habitación que Albus estaba abriendo.

La pequeña alcoba que compartían Molly y Dominique tenía las paredes tapizadas de fotografías y posters de "Los cuernos de Erumpent". Los integrantes de la banda lo saludaron alegremente cuando entró. En la esquina había un tocador abarrotado de peines, perfumes y maquillaje, un espejo pegado a la pared, un librero junto a la ventana y dos camas.

En la de la derecha, estaba Rose.

El rostro de su prima lucía tranquilo. Los ojos cerrados, los mechones pelirrojos rodeándole el rostro y una serena respiración. Albus se sentó al borde de la cama y trató de calmarse antes de que ella despertara, pero al verla así, tan frágil y vulnerable… El culposo ardor en su garganta se mezcló con un nudo en el estómago, con náuseas. Las manos de Rose se movieron y su boca se abrió ligeramente.

—¿Rose? —dijo Albus y la voz le salió queda. Tocó el hombro de su prima y le pareció distinguir un ligero movimiento debajo de sus párpados—. ¿Rosie?

Despertó en medio de un jadeo sobresaltado. Sus ojos se abrieron y recorrieron la habitación con rapidez. Levantó el cuerpo bruscamente. Albus tuvo que tomarla de los hombros para detenerla.

—Scorpius… —alcanzó a decir ella con pánico en los ojos—. Scorpius, él…

—Está bien, está bien —se apresuró a decir Albus. Rose volteó a verlo. Su respiración se había acelerado—. Molly ya se encargó de todo. Dice que va a estar bien, que va a recuperarse.

—Tú… —lo miró de pies a cabeza—. ¿Estás…?

—Todo está bien, Rose.

Fue como si toneladas de angustia se esfumaran del cuerpo de su prima. Albus la ayudó a volver a recostarse y notó, en la contracción de sus parpados y en el temblor de su labio, un llanto contenido. Tomó su mano, porque no sabía que más hacer. Rose estaba temblando.

—Albus, ¿cómo…? —preguntó ella con la voz quebrada—. ¿Por qué estamos aquí? ¿Molly, Minie y Fred…? ¿Ellos saben todo o…? ¿Qué fue lo que…?

Albus negó con la cabeza y le contó cómo había ido a parar al departamento de sus primos después de la explosión en las cuevas, cómo habían aceptado mantener el secreto y hasta los habían buscado en Puzzlewood, sin éxito. Le relató lo del incendio, el mortífago atrapado entre las flamas, su huida hacia la mansión de Vivian y lo que sus primos habían alcanzado a oír en la Madriguera. Rose escuchó sin intervenir en ningún momento.

—Scorpius me contó… —Albus la miró dudoso—. Me dijo lo que sucedió allá.

Soltó su mano con brusquedad y se tapó la cara. Sus hombros comenzaron a sacudirse con violencia. El llanto no fue contenido por más tiempo.

—¡Iban a matarlo! —dijo con un fuerte sollozo—. Lo lastimaron tanto y yo… Yo no quería… No podía dejar que…

—No, Rose…

—No quería que muriera —dijo Rose. Cuando se descubrió el rostro, ya tenía las mejillas llenas de lágrimas —. No podía dejar que… Dios, Albus, no tenía idea de qué hacer. Querían que dijera mi nombre o iban a continuar… Lo hice, les dije, les conté todo… Todo sobre el Aurea Pergamena y lo que hemos estado haciendo. Les dije que tenías una parte y yo… Yo… —se estremeció y hubo más lágrimas, más sollozos, más espasmos—. Iban a matarlo, Albus…

—Rose —dijo Albus y volvió a tomarla de las manos—. Tú no tuviste la culpa de nada.

—Pero, ahora saben que estás buscando el Aurea Pergamena, ¡lo saben todo! En cuanto les dije, involucré a la familia… Van a tratar de llegar a ti y si algo les sucede, yo… Sólo quería salvarlo…

No pudo seguir hablando y dejó caer la cabeza en el pecho de Albus. Él la rodeó con ambos brazos y trató de murmurar más palabras de consuelo, pero las llamaradas en su garganta se lo impidieron. La dejó llorar. La dejó empapar toda su camisa. La dejó aferrarse a sus hombros. El dolor en su pecho aumentó. Los minutos pasaron y pronto varios rayos de sol atravesaron la ventana y le pegaron a Albus en la cara.

El cuerpo de Rose dejó de sacudirse. Su respiración fue acompasándose. Cuando se separaron, ella tenía la cara roja y mojada. Albus tragó con fuerza.

—Estaba preocupada por ti —confesó. Todavía hipaba un poco, pero parecía determinada a quitarse con la mano todas las lágrimas del rostro.

—No —dijo Albus y las náuseas aumentaron—. Estoy… Estoy bien.

—¿Estás seguro? Porque la explosión que provoqué en la cueva fue muy fuerte y no era mi intención que cayeras…

—Estoy bien —repitió Albus, tal vez con más dureza de la que pretendía—. No me pasó nada.

Rose asintió.

—¿Qué es lo que saben Minie, Molly y Fred?

—Yo no les dije nada, pero ellos han estado averiguando cosas. Puedes agradecérselo a James —su prima lo miró con impresión—. Minie dice que los ha estado organizando a todos para espiar a los mayores. Todavía no saben nada sobre el Aurea Pergamena, pero al paso que van…

—¿Y no les dijiste…? —Rose lo miró con cuidado y respiró hondo—. ¿Les hablaste sobre Lizza?

Albus se levantó de la cama. Desvió la vista. Sus puños volvieron a cerrarse.

—¿Por qué no, Albus?

—Porque mi papá no iba a hacer nada hasta saber de dónde obtuvieron esa información —explicó atropelladamente—. Molly, Minie y Fred tendrían que decirle que yo se los dije, que todo este tiempo he estado aquí y él… Él…

—Él vendría por ti —completó Rose. Se apartó el cabello de la cara y observó a su primo con el ceño ligeramente fruncido—. ¿Es eso, Al? ¿O es que no quieres…? ¿No quieres saber lo que realmente sucede con ella?

—No, no es…

—Está bien, ella… —Rose se limpió otra lágrima—. Sé que ella significó mucho para ti.

—No es eso —la voz de Albus se congeló. Era hielo en el cuarto. Hielo que contrastaba con el escozor en su garganta—. No me interesa lo que suceda con ella. Ya no. Es sólo que…

—También era mi amiga, Albus —dijo Rose con firmeza. Volvió a suspirar—. Y es por eso… Es por eso que no creo que esté de parte de Dimas y Lodge.

Albus la miró a los ojos. Los tenía hinchados y casi no se le notaban azules. Traía el cabello más alborotado que nunca, la cara sucia y los labios resecos. Aun así, volvía a parecerse a la Rose que siempre sabía más que los demás. Se veía segura, un poco menos asustada y un poco más terca.

—Vi lo que esos hombres son capaces de hacer. Vi lo que están dispuestos a lograr y ella… Albus, yo sé que ella jamás haría algo así. Lo sé. La conozco.

—Yo también creí hacerlo.

—Lo he pensado mucho y la verdad es que no tiene ningún sentido —replicó Rose—. Estuviste solo con ella muchísimas veces, tuvo la oportunidad de… Tiene que haber algo que no estamos considerando, algo que se nos está escapando…

—Basta —pidió. No quería. Ya no quería escuchar. Su voz se escuchó suplicante.

Rose lo observó con tristeza.

—Creo que está bien que no les hayas dicho nada. No hay que decir nada aún. Al menos no hasta que sepamos lo qué sucede realmente con ella.

En ese momento hubo unos tímidos golpes en la puerta. Al abrir, se escuchó un ligero chirrido y Scorpius asomó la cabeza. A Albus le pareció escuchar un suspiro de alivio, aunque no estuvo seguro de si fue exhalado por su amigo o por su prima.

—Yo… Er, hola —dijo con una mano en la nuca. Llevaba puesta una sudadera de Fred que le quedaba ancha de los hombros y su cabello estaba mojado. Miró a Rose—. ¿Cómo te sientes?

—Bien —dijo ella y Albus notó que su vista preocupada se desviaba hacia la espalda del muchacho. Las manos volvieron a temblarle—. ¿Y tú…?

—Ah, sobreviviré —Scorpius se encogió de hombros y sonrió. Se balanceó ligeramente sobre sus pies—. No quería interrumpirlos, pero… Eh, Minie está preparando salchichas y ya casi están listas. Y Molly dice que quiere revisarte y que después puedes darte un baño, si tú quieres.

La muchacha asintió y se quitó las sábanas de encima. Albus se apresuró a ayudarla a levantarse y Scorpius hizo un movimiento raro, como si fuera a extender los brazos también y luego, al último segundo, se hubiera arrepentido. Ambos, Rose y Scorpius, se miraron y sin saber por qué, a Albus le entró una sensación de extraña y desconocida incomodidad.

—En marcha, pues —dijo Scorpius tras un leve carraspeo. Abrió la puerta en su totalidad para que todos pudieran pasar—. No sé ustedes, pero yo realmente estoy muriéndome de hambre.


Harry estaba de pie en una oficina de San Mungo.

Un viejo sanador que solía trabajar de cerca con el Departamento de Aurores se la había prestado para que pudiera gozar de un poco de privacidad en medio de tanto alboroto, porque en los pasillos todo era un ir y venir de personas que seguían atendiendo a las víctimas del incendio en la casa de los Fawley.

Ron y Hermione estaban sentados frente a él. Ambos lucían exhaustos y angustiados mientras entrelazaban las manos.

Se habían equivocado.

Habían errado catastróficamente al concluir que ninguno de los mortífagos atrapados sabía sobre los planes de Dimas y Lodge. Sabían más, mucho más. Ron los había interrogado a todos, uno por uno, y ellos habían relatado la misma historia que Travers, sólo que con información nueva que rellenaba los espacios vacíos. Todo lo que Albus, Rose y Scorpius habían estado haciendo desde esa fatídica noche en la que escaparon de casa, su viaje, las pistas que habían seguido, las cosas que no habían encontrado y las que sí…

Porque sí.

Albus realmente había encontrado una parte de los pergaminos de Merlín.

Los mortífagos lo sabían. Los que ya estaban encerrados en Azkaban y los que habían logrado escapar de la mansión de Vivian Lake. Y si ellos lo sabían, entonces también Dimas y Lodge.

Toda esperanza de que esos hombres siguieran creyendo que Albus estaba bajo sus cuidados, murió en cuanto Selwyn se atrevió a torturar a Scorpius Malfoy.

Harry sentía la ira golpeándolo en el pecho, constante, horrible, peligrosa. Pensar en ese pobre muchacho, en que eso mismo pudo pasarle a su sobrina, a Albus… No. No quería quebrarse. No otra vez. Así que trató de aferrarse a la fuerza que Ginny le había brindado apenas unas horas atrás y miró a sus amigos.

—Ellos están bien —dijo y puso todo su empeño en mantener una voz firme, segura—. Yo los vi cuando escaparon de la mansión. A los tres. Rose no estaba herida, ellos… Ellos están bien.

Hermione asintió y apretó la mano de Ron.

—Están bien —dijo y parecía que trataba de convencerse a sí misma—. Ellos están bien.

Se quedaron un rato en silencio. Luego, ella suspiró, como armándose de valor. Su voz, poco a poco, conforme hablaba, fue adquiriendo ese tono formal que utilizaba cada vez que compartía información nueva con alguien.

—Con la prensa todo está solucionado ya. La versión oficial es que el incendio en la casa de los Fawley fue provocado por los antiguos mortífagos y que por eso fueron capturados. Unos reporteros preguntaron si este ataque tenía relación con los anteriores o con Benjamin Lodge. Kingsley les dijo que ya se estaba trabajando en la investigación, pero no se los confirmó. No se mencionó absolutamente nada sobre lo que sucedió en la mansión de Vivian Lake.

—Teddy, Vicky, George y Rachel Carter están allá ahora mismo, en la mansión —le informó Ron luego de un suspiro, parecido al de su esposa, como si tratara de concentrarse en la situación y olvidar todo lo que le habían dicho los mortífagos—. Están revisándola y vigilando, por si Lodge o el otro tipo regresan.

—Yo hablé ya con Draco —dijo Harry y se sobó el hombro inconscientemente. Una sanadora se le había curado la herida en cuanto llegó al hospital, pero todavía le ardía un poco. Hermione lo miró con perspicacia—. Está con su madre y Astoria en la casa de seguridad. Me contó todo lo que consiguió averiguar sobre Lodge y Mabroidis.

—¿Y al menos hay algo útil? —gruñó Ron.

—De Lodge, nada nuevo. Familia que huyó de Inglaterra cuando comenzó la guerra, estudios en Durmstrang. Regresó al país para dar clases en Hogwarts cuando su sobrino comenzó su educación mágica y, de acuerdo con Draco, es él quien se dedicó a reclutar a los mortífagos. Constantemente les habla de una revolución contra el Ministerio, por eso le pidió a Draco que se acercara, que vigilara cómo están yendo las cosas.

—¿Qué hay sobre la niña que mencionó Travers? Dijo que los acompañó al Castel Nuovo, pero que jamás volvió a saber de ella…

—Draco no sabe a quién se refiera. Nunca escuchó que la mencionaran. Si Travers no estaba mintiendo, entonces ella es aliada de Mabroidis, no de Lodge. Draco dice que también tenía aliados, pero que era mucho más discreto al compartir sus planes.

—Bueno, ¿y al menos averiguó algo sobre ese tipo?

—Lodge lo conoció cuando su familia se fue del país. Vivía en un pueblo apartado de Grecia con su hermano.

—¿Su hermano? —Ron arqueó las cejas—. Estoy muy seguro de que el prisionero sin nombre de Azkaban mencionó algo sobre una hermana, no sobre un…

—Todo lo que ese hombre les ha dicho pueden ser únicamente balbuceos de un alguien que ha perdido por completo la razón —dijo Hermione negando con la cabeza.

—No podemos descartar nada —dijo Harry. Miró a sus amigos, dudoso —. Creo que todo esto tiene relación con la misión en la que murió Cornelius Savage.

—¿Qué? —preguntó Hermione entrecerrando los ojos—. ¿Por qué habría de…?

—Piénsalo —pidió él. Llevaba bastante tiempo dándole vueltas al asunto—. El Cuartel de Aurores de Grecia nos llama para auxiliarlos con un grupo de gente que está realizando magia tenebrosa, pero ellos no se aparecen por ahí cuando nosotros llegamos. Asesinan a Cornelius y encontramos al prisionero sin nombre, enloquecido. No volvemos a saber nada sobre lo que sucedió y unos meses después, comienza todo. Lodge escapa de Azkaban, los mortifagos empiezan a ser reclutados, comienzan los ataques contra Albus… Me refiero a que, Dimas Mabroidis vivía en Grecia y por lo que sabemos, él pudo ser quién mató a Savage. La herida que tenía en el cuello, la que lo quemaba por dentro… ¿No es eso lo que él hace? ¡Sus víctimas siempre resultan heridas de esa manera!

—Sin mencionar que esa víbora de Miranda Savage empezó a plantear sus estúpidas propuestas luego de la muerte de su padre —comentó Ron con la boca torcida—. Y que esos guardias nos dijeron que dejó de visitar Azkaban luego de que Lodge escapó.

—Sí, es extraño —admitió Hermione—. Pero, te lo dije. Investigué a Miranda Savage. No tiene manera de conocer a Lodge, no podemos saber si conoce a Mabroidis y no debemos vigilarla sin más pruebas.

Y ese no debemos era realmente eso. Una imposibilidad. Porque ya no eran niños que podían seguir sus instintos y espiar al profesor que, ellos pensaban, buscaba una piedra para volverse inmortal. Las consecuencias de sus actos iban más allá de un castigo o de puntos perdidos para Gryffindor. Estaban atados de manos.

—¿Conseguiste hablar con alguien de los Fawley? —preguntó Ron.

—Sí —respondió Harry tratando de dejar de pensar en el otro asunto por un momento—. El señor Fawley despertó hace unas horas y me dejaron entrar. Dice que pudo reconocer a varios de los mortífagos que atacaron a su familia y a Benjamin Lodge. También habló de otro sujeto, llevaba una capucha negra y un medallón colgando del cuello.

—Mabroidis.

—Así es —Harry se sacó del bolsillo el medallón dorado que había conseguido en la batalla. Lo puso sobre el escritorio—. Logré quitárselo mientras combatíamos.

Hermione lo tomó y frunció el ceño cuando notó el símbolo grabado en él: La línea con las esquinas curvas, la flecha atravesándola.

—¿Sabes qué es?

—Podría ser una runa —dijo ella y le dio la vuelta al medallón entre sus manos—. Pero, no se parece a ninguna otra que haya visto. Necesitaría un poco de tiempo para poder identificar el tallado, aunque estoy casi segura de que pertenece al primer periodo medieval.

—¿Y qué es eso? —preguntó Ron alzando las cejas.

—La época de los principios de la magia, cuando aún no existían los hechizos que conocemos hoy en día, todo era más complejo. Distintos magos utilizaban estos símbolos para representar los conjuros y enseñárselos a sus aprendices. Herpo, Cliodna, Circe, Merlín…

Se quedó callada y levantó la vista en dirección hacia Harry.

—Es igual al símbolo que Benjamin Lodge talló en el Bosque Prohibido cuando lo atrapamos hace seis años —dijo él—. Debe de ser la manera en la que representan el Aurea Pergamena.

—Voy a trabajar en ello —dijo Hermione y se guardó el medallón en el bolso—. Pero, no entiendo, ¿qué tienen que ver los Fawley con el libro de hechizos de Merlín?

—Al parecer, nada —dijo Harry con un suspiro—. Los interrogaron porque querían averiguar cosas sobre una antepasada suya, la reina Maeve. Draco tuvo que decirles quienes eran. No sabía que iban a atacarlos.

—Sí, claro —bufó Ron.

—El señor Fawley me dijo que al parecer no les dieron información de utilidad, creían que estaban ocultando más cosas y por eso quemaron la casa.

—¿Quién es la reina esa?

—Una antigua reina de Irlanda, bruja, antes de que el Estatuto del Secreto fuera impuesto —respondió Hermione.

—Travers dijo que Mabroidis y Lodge estaban en Irlanda —recordó Ron.

—Probablemente la estaban investigando y al no encontrar nada, decidieron ir con los Fawley —dijo Hermione y se puso un dedo en la barbilla—. Si una de las partes del Aurea Pergamena fue encontrada por el rey Alfonso V de Aragón y la escondió en el Castel Nuovo…

—¿Crees que ellos piensan que la reina Maeve encontró otra de las piezas? —preguntó Harry. Hermione asintió—. Entonces, no hay más remedio.

—¿Vas a ir para allá? —preguntó ella—. Pero, Harry…

—Es una oportunidad para atrapar a Dimas y a Lodge —dijo él. Sus amigos se pusieron de pie—. Y si Albus también está siguiendo esas pistas, entonces también… También podría encontrarlo a él.

Ron y Hermione lo miraron. Había preocupación en su semblante, inquietud y algunas sombras que Harry no supo identificar. Sin embargo, también había esperanza. Y eso fue suficiente.


Albus despertó de golpe a la mitad de la noche, jadeando, con la cabeza palpitando. Pesadillas otra vez. Se limpió el sudor frío de la frente e intentó, de verdad intentó, volver a quedarse dormido, pero apenas cerraba los ojos, miles de recuerdos, de culpas y de dañinos pensamientos invadían su cabeza como rápidos destellos, sin darle la oportunidad de alcanzar la paz.

Se incorporó, quitándose de encima una manta de las Arpías de Holyhead. Frunció el ceño.

Molly había organizado a todos para dormir relativamente cómodos en el pequeño departamento: Scorpius descansaba en la habitación de Fred, ella y Dominique se las arreglaban en una cama de su cuarto para dejarle la otra a Rose, y él y Fred se acomodaban en la sala.

Albus se había quedado dormido en el sofá. Fred en un saco de dormir junto a él.

El problema era que su primo ya no estaba ahí.

La vista de Albus recorrió cada rincón de la sala. Las puertas que daban a la cocina estaban cerradas, pero había en el ambiente un ligero aroma a chocolate hervido. Se levantó, con cuidado de no hacer ningún ruido y al pegar la cara contra la madera no escuchó nada. Conocía demasiado bien a sus primos como para saber a qué se debía ese particular silencio.

Por fortuna, Dominique y Fred eran lo suficientemente desordenados como para dejar las cosas del trabajo en su hogar. Una caja de Sortilegios Weasley estaba arrinconada debajo del escritorio y Albus buscó, rápido y en silencio, uno de los mejores legados que su familia le había dejado al mundo mágico.

El hilo color carne se deslizó lentamente debajo de la puerta. Albus se pegó la oreja extensible a su oído y de inmediato escuchó la grave e inusualmente preocupada voz de Fred.

—… no estoy diciendo eso para nada, pero esta situación ya está fuera de nuestras manos.

—Es que está situación nunca estuvo en nuestras manos, Fred —decía la voz de Molly—. Desde un inicio yo les dije que debíamos…

—Hablar con el tío Harry, ya —replicó Dominique y Albus la imaginó rodando los ojos—. ¿Qué supone que debíamos de hacer? Todos nos habían dicho que era peligroso que la gente supiera que Albus no estaba escondido y él nos advirtió que pondríamos a la familia en peligro si decíamos algo.

—Ese es el punto —dijo Molly—. Esos hombres ya saben que no está escondido, que no está bajo vigilancia —Albus la escuchó soltar algo que parecía un sollozo—. Lo dejé acompañarme al incendio porque sabía que los aurores iban a estar ahí y creí que, si el tío Harry veía a Albus, todo se arreglaría. Pero, las cosas se salieron de control y yo no quiero… No quiero que le suceda nada, ¿entiendes?

—Yo tampoco, pero…

—Creo que lo más seguro para él es volver.

—¡Le dijiste que no íbamos a delatarlo, Molly!

—Minie, ya habíamos acordado que le diríamos a los demás en Navidad —intervino Fred—. No es justo lo que estamos haciendo. James se está volviendo loco tratando de averiguar cosas y nosotros tenemos aquí a Albus, sin decirle nada. Además, Rose y Scorpius…

—¿Y si nos equivocamos? ¿Y si todo termina mal porque no hicimos lo que Albus nos dijo que…?

—Sé lo que intentas, Minie —dijo Molly y su voz ya no era severa. Parecía tranquila, incluso comprensiva—. Pero, tus padres ayudaron al tío Harry en otras circunstancias. Y tú no eres como ellos, ni Albus como él. Tal vez… Tal vez la mejor manera de ayudarlo realmente sea diciéndole todo al tío Harry.

Hubo un momento de silencio que a Albus le pareció eterno. Podía sentir los latidos de su corazón golpeando en su pecho con violencia. Sudor en las manos, labios temblorosos. Finalmente, escuchó que alguien dejaba una taza en la mesa.

—Bien —dijo Dominique—. Hay que decirle, entonces.

Albus dejó escapar un jadeo y luego se tapó la boca. Adentro, sus primos no parecieron reparar en el sonido.

—El mensaje que James envió decía que el tío Harry había partido a Irlanda —dijo la voz de Fred—. No sabe cuándo va a regresar, ni por qué se fue, pero él piensa que tiene algo que ver con todo esto. Propongo que cuando vuelva… Cuando vuelva podemos hablar con él. Tal vez para entonces, incluso Albus haya cambiado de opinión.

Entonces, escuchó el ruido de las sillas arrastrándose contra el suelo. Albus tomó el hilo de carne y lo sacó de la puerta. Dejó la oreja extensible debajo del sofá y se tiró encima. Justo en el segundo en el que se volvió a cubrir con la manta de las Arpías de Holyhead, sus primos salieron de la cocina. Oyó que Molly y Dominique entraban a su habitación y que Fred se recostaba en la saco de dormir. No pasó mucho tiempo antes de que los ronquidos de su primo inundaran la sala. Albus se quedó tieso, sin atrever a mover ni un músculo, a pesar de que, en su cabeza, sus pensamientos volaban otra vez como destellos, aún más veloces que antes.


Cuando Lizza entró a su departamento, llevaba la ropa empapada. Afuera, las calles de Londres se llenaban de nieve y el cielo se tupía con nubes grises y enormes. Después de cerrar la puerta, luchó contra las bolsas de víveres que llevaba entre las manos y se quitó a tirones el gorro, las botas y el abrigo.

—¿Cómo te fue? —preguntó una voz desde adentro.

—Ah, ya sabes. El centro siempre es un desastre después de Navidad. Todo el mundo está devolviendo regalos —se dirigió a una pequeña mesa de madera que había en la sala. Dejó las pesadas bolsas encima y se sobó los brazos.

—A la próxima, iré yo.

—No, está bien.

Junto a la ventana había una repisa con un espejo y al lado, el marco dorado de una fotografía muggle. Lizza estaba sujetándose el largo cabello en una trenza cuando su vista se clavó en el retrato. Lo observó durante un par de segundos. Una mujer sonreía, con ojos castaños y pestañas muy gruesas, iguales a las de ella.

—Eres idéntica a tu madre.

Se volvió. Un hombre bajito y con camisa a cuadros se acercó y la tomó por los hombros.

—No, no es cierto —dijo Lizza y alzó las cejas—. A mamá le gustaba esa fea camisa tuya y yo en verdad, la odio.

El hombre se rio.

—¿Lo ves? Eres igual de franca —le dio un beso en la frente y la expresión de Lizza se ensombreció un poco. Sin embargo, cuando el hombre volvió a mirarla, ella ya tenía una sonrisa en la cara—. ¿Quieres que prepare la cena?

—Tienes que entenderlo de una vez, no eres bueno cocinando.

El hombre chasqueó la lengua y se dirigió a la mesa para inspeccionar dentro de las bolsas. Sacó un par de cajas y un envase de salsa.

—Algo podremos hacer con esto, ¿no te parece? —volvió a reírse, pero luego contrajo las cejas y se llevó una mano al pecho. Lizza dio dos pasos presurosos.

—¿Papá? —preguntó. El hombre alzó una mano para detenerla y relajó el gesto.

—Está bien —dijo él y su expresión volvió a ser tranquila, divertida. Cargó las bolsas y se dirigió a la cocina—. Ahora descansa un poco mientras yo preparo la cena, ¿de acuerdo? No quemaré la cocina esta vez… Aunque, de todos modos, deberías de tener tu varita a la mano, por si acaso.

Antes de desaparecer detrás de la puerta, le guiño un ojo a su hija y se puso a tararear una canción. Lizza suspiró y sus ojos volvieron al retrato que reposaba junto al espejo.

—Tu padre tiene razón. Te pareces bastante a ella, querida.

Alzó la mirada. Frunció el ceño.

Detrás de ella, en el reflejo, visualizó a Dimas Mabroidis. Estaba sentado en una silla de la sala, en la esquina donde la luz del recibidor no alcanzaba a iluminar. Hasta el momento había permanecido quieto, como una escultura que adornaba el departamento. Tenía las piernas cruzadas y una mano en la barbilla mientras observaba a la muchacha. Parecía encontrarse sumamente cómodo, como si hubiese sido invitado a quedarse para cenar.

—¡Papá! —exclamó Lizza. El hombre de camisa a cuados se asomó por la puerta de la cocina y ella se acercó a él antes de que pudiera avanzar más—. Olvidé traer el té.

—Oh, está bien.

—No, es terrible, porque sí traje tus bizcochos favoritos, pero sin el té no podrás disfrutarlos—Lizza negó con la cabeza, apesadumbrada—. ¿Qué te parece si vas a pedirle un poco a la señora Morgan?

—Cariño, de verdad, no importa.

—Pero, me sentiré mal si no…—Lizza sonrió—. Además, la señora Morgan ha estado coqueteando contigo toda la semana, seguro que se pone feliz con tu visita y te comparte un poco.

—Elizabeth —gruñó el hombre y ella dejó escapar una risa cantarina.

—Anda, pídele el té —lo empujó ligeramente y caminó con determinación hasta la puerta de entrada.

—De verdad, no es necesario…

—Bien, entonces volveré yo al centro —dijo Lizza recogiendo su gorro empapado del suelo—. No tardare.

—Pero, la nieve va a arreciar —el hombre observó de lejos la ventana. Pequeños copos se derretían al tocar el vidrio. Lizza se encogió de hombros.

—¿Y eso qué? No pienso dejarte sin té —hizo ademán de inclinarse para recoger sus botas, pero su padre la tomó del brazo.

—Bueno, iré con la señora Morgan —aceptó rodando los ojos. Le quitó a Lizza el gorro de las manos y volvió a dejarlo en el suelo—. Pero, tendrás que hacer la cena tú sola.

—¡Oh, no! —dijo ella con una sonrisa irónica.

El hombre salió del departamento, entretenido, feliz, todavía tarareando la canción. Apenas se cerró la puerta, Lizza volvió a la sala y todo rastro de alegría se esfumó de su cara. Dimas Mabroidis ya se había levantado de la silla.

—¿Qué quieres?

—¿Es esa tu manera de recibirme? Hace mucho que no nos veíamos, querida, ¿qué tal pasaste las fiestas?

—Basta —dijo ella rechinando los dientes. Miró nerviosa hacia la puerta—. Mi papá no va a tardar, así que si vas a decir algo…

—Yo he pasado unas semanas interesantes —Dimas se sacudió las mangas de su túnica, despreocupado —. Bastante interesantes, a decir verdad.

—Sólo dime qué es lo que…

—Me mentiste, querida.

Lizza se calló y parpadeó, confundida. Dimas la miró a los ojos, con las manos en la espalda. Su rostro seguía luciendo tranquilo, pero algo en el tono de su voz había cambiado.

—¿De qué…?

—Me mentiste —repitió—. A Albus Potter no lo escondieron sus padres.

Los ojos de la muchacha se abrieron con asombro, con incredulidad, con un montón de cosas que no se podían distinguir a simple vista y que la hicieron palidecer. Dimas siguió observándola, impasible.

—No, eso no…

—Todo este tiempo el muchacho ha estado buscando lo que yo también quiero encontrar.

—No —dijo ella y varios mechones de cabello se le desprendieron de la trenza cuando negó con la cabeza—. No, su madre me dijo… Ella me dijo que…

—Albus Potter ha estado en los mismos lugares que yo, siguiendo el mismo camino, ganando.

—Yo no te mentí —dijo Lizza con firmeza. Se plantó delante de Dimas y a pesar de que su rostro aún estaba pálido, no se veía nada frágil—. Sabes que no te mentí. Te conté todo lo que su madre me dijo.

Se miraron a los ojos. Silencio. Tensión. Espera. El hombre comenzó a pasearse por el departamento, volteando a su alrededor, fijándose en los adornos que había en las repisas, en el viejo papel tapiz de las paredes, en las tablas astilladas de la ventana.

—Charlamos un poco, ¿sabes? El muchacho y yo —comentó al fin. Lizza arqueó las cejas y él se rio—. Sí, de verdad. Nos encontramos en el camino. Un muchacho sumamente interesante.

—Creí… —Lizza se mordió el labio. Carraspeó y su voz, que salió como un susurro al inicio, volvió a notarse segura—. Dijiste que lo que querías era matarlo.

—Eso dije, sí.

La muchacha parecía estar esperando otro comentario, más palabras o algún mensaje importante. Sin embargo, Dimas siguió recorriendo el lugar, sin percatarse aparentemente de su impaciencia.

—Bueno —dijo ella después de un rato—. Si lo único que querías era contarme sobre tu conmovedor encuentro, entonces será mejor que te vayas antes de que mi papá…

—Tu madre era bellísima, querida —los ojos de Dimas se posaron en la repisa del espejo, en el retrato de la mujer de pestañas gruesas. Acarició los bordes del marco con lentitud y sonrió—. En serio, bellísima.

—Es suficiente.

—Pero, tu padre se equivoca, ¿verdad? Imagino que no eres tan franca como ella lo fue, después de todo.

—¡Basta! —Lizza avanzó bruscamente y le arrebató el retrato de las manos. Dimas la cogió del brazo antes de que pudiera alejarse—. ¿Qué? ¿Qué es lo que quieres?

—Un, ¿cómo decirlo? —el hombre fingió que meditaba por unos segundos y ensanchó su sonrisa—. Necesito un estimulante para Albus Potter, ¿comprendes?

—¿Qué? No sé…

—Quiero que pienses en todos esos tiernos momentos que pasaste a su lado, ¿sí, querida? —Lizza se soltó del agarre y la trenza entera se le deshizo por el movimiento. El cabello largo y oscuro le cayó por la cara—. Dime una razón para que Albus Potter vuelva.

—Dijiste que lo viste —la vista de Lizza fue a dar a la puerta de nuevo. Lejos, muy lejos, se escuchaba el crujir de la madera bajo unos pasos despreocupados—. Lo tuviste frente a ti y no…

—Eso no es lo que yo te pedí.

—Mi padre va a…

—Una razón, querida, por favor.

—No lo sé, yo… De verdad, no…

—¿No lo sabes?

Los pasos no se escuchaban lejanos ya. Se acercaban al departamento, junto a un ligero canturreo. Dimas frunció los labios y comenzó a silbar al mismo ritmo, grueso, bajo, sin apartar la mirada de Lizza. Se escuchó el pestillo de la puerta de entrada y los dedos de ella se aferraron al marco dorado que tenía entre las manos.

—¡Conseguí el té, cariño!


Para evitar más conspiraciones de escape, Molly, Dominique y Fred no volvieron a dejarlos solos.

Las heridas de Scorpius sanaban poco a poco y en el rostro de Rose había una disimulada tranquilidad que lograba engañarlos. Sin embargo, durante los siguientes días, el pequeño departamento estuvo invadido por un aura de tensión imposible de ocultar. Los dueños no permitían (bajo ninguna circunstancia) que sus huéspedes charlaran en privado nuevamente. Albus sabía que Rose y Scorpius estaban buscando, desesperados, un poco de tiempo a solas con él, pero siempre que parecían encontrarlo, la nueva y extrema vigilancia los detenía.

Él, por otro lado, había tratado de fingir no percatarse de la situación. Actuaba como si nunca hubiese escuchado los planes de sus primos por delatarlo y como si no tuviera intenciones de hacer algo al respecto. Y, pensaba… Tal vez era mejor permitir que incluso Rose y Scorpius creyeran eso.

Preparar su mochila fue algo sencillo.

Luego de entregarle sus pertenecías a Rose y a Scorpius, había conseguido sacarla del cuarto de Fred para guardarla al lado del sofá donde dormía. Adentro estaba toda su ropa y hasta un poco de comida que había tomado de la alacena de sus primos sin que nadie se diera cuenta.

El Aurea Pergamena seguía ahí, por supuesto, junto a la piedra que habían encontrado en las cuevas de Puzzlewood… Y junto a la daga dorada. La misma daga que Dimas había dejado en el escritorio de la mansión y que Albus había tomado y escondido en su bolsillo durante la batalla.

Lo verdaderamente difícil fue idear un plan para salir del departamento sin ser visto.

—No tenía idea de que cocinaras tan bien, Al —le dijo Dominique una noche. El muchacho se había ofrecido a ayudarle a Molly con la cena y todos parecían encantados con su sopa—. Ojalá Fred aprendiera algo de ti y se acercara a la cocina, para variar.

El aludido rodó los ojos mientras terminaba de servirse el segundo plato.

—¿Tú no vas a tomar sopa, Albus? —le preguntó Molly.

—Oh, ya lo hice —dijo él y señaló su plato vacío.

—¿Estás seguro? No te vi —comentó distraídamente mientras se limpiaba la boca con una servilleta.

Entonces, Albus sintió la mirada de Rose sobre él. Estaba sentada al lado de Scorpius y tenía el ceño casi imperceptiblemente fruncido. Albus correspondió a su mirada con aparente inocencia, y aunque sabía que su prima no practicaba legeremancia, se esforzó en recordar lo aprendido durante sus clases con el profesor Laurie en la Academia de Aurores.

—Minie, ¿me pasas las patatas? —preguntó Scorpius señalando uno de los platos que había al centro de la mesa. La muchacha lo alcanzó, pero cuando lo alzó en su dirección, se le resbaló de las manos.

El recipiente cayó al piso con un estrepito, partiéndose por la mitad, derramando todo su contenido. Dominique, con la mirada perdida y la boca entreabierta, dejó caer súbitamente la cabeza sobre la mesa, inconsciente. Le siguió Molly, luego Fred. Casi al instante, Scorpius. La comprensión alcanzó a iluminar el rostro de Rose antes de que la poción para dormir en la sopa hiciera efecto sobre ella también.

Albus los observó a todos en silencio y se puso de pie. Había llegado el momento.

Dejó una nota para Rose y Scorpius pegada en la puerta. Les explicó ahí la situación, los motivos que lo llevaron a irse de nuevo y como era preciso que regresaran a sus hogares cuanto antes. Les pidió también que le contaran todo, absolutamente todo a su padre, que trataran de convencerlo de dejar de buscarlo y que se concentrara en proteger al resto de la familia.

No volvió a entrar a la cocina. Tomó su mochila y salió del departamento sin mirar atrás.

Las calles estaban oscuras y casi vacías. Albus caminaba lentamente, acompañado por los ecos en su cabeza y los latidos angustiados en su pecho. Escuchaba a las personas dentro de los edificios mientras andaba por la acera. Se oían tranquilos, felices y despreocupados.

Se detuvo.

Al otro lado de la calle un niño pequeño avanzaba a trompicones persiguiendo una pelota. Un hombre alto consiguió alcanzarlo y lo levantó en brazos antes de tomar el juguete.

—¡No te alejes tanto, hijo! Es peligroso —el niño rio entre los brazos de su padre y ambos doblaron la esquina, perdiéndose de vista.

Albus se dio la vuelta y sus pies avanzaron más rápido que antes.

Pronto llegó hasta el límite de un callejón lo suficientemente alejado de las calles principales. Sacó su varita, dispuesto a desaparecerse y luego, volvió a detenerse. Había dos personas delante de él.

—¡Tú…! ¡Pedazo de…! —masculló Rose al verlo. Estaba inclinada en el suelo, revisando su mochila de viaje con más rudeza de la necesaria—. En serio eres el tipo más imbécil del universo.

—Totalmente de acuerdo —comentó Scorpius con los brazos cruzados. Su mochila estaba junto a la de Rose.

—¿Qué…? ¿Cómo…? —Albus los miró, incrédulo—. Pero, si…

—¿Qué? ¿Quieres saber cómo nos libramos de tu estúpida poción para dormir? —chilló Rose. Cerró su equipaje y se lo colgó en el hombro de un tirón—. Luego de la primera noche, tomé del maletín de Molly una poción de Ojos Abiertos. En pequeñas cantidades, evita que te quedes dormida con las pociones de sueño. Desperté cinco minutos después de que tu brillante plan surtió efecto y le di un poco —señaló a Scorpius con la cabeza.

—¿Y por qué dices que has estado tomándote esa cosa? —preguntó él.

—¡No importa ahora! —respondió y volvió a mirar a Albus. Realmente parecía furiosa—. Entonces, ¿tienes algo que decir? ¡Porque te juro que estoy a punto de ahorrarle el trabajo a Dimas y a Lodge si no me dices qué demonios estás…!

—Escuché a Molly, Fred y Minie hablando —respondió Albus, todavía un poco confundido por la presencia de sus amigos en el callejón—. Ellos… Ellos estaban…

—Sí, ya leímos tu conmovedora nota —dijo Scorpius rodando los ojos—. Rose se refiere a tu maldita costumbre de dejarnos atrás.

—¡Así es! ¿Qué es lo que planeabas hacer? ¡Por favor, ilumíname! ¿Deambular por toda Europa otra vez? ¿Tú solo? ¡Vaya plan!

—No pueden venir conmigo. No esta vez —dijo Albus firmemente y aunque no gritó, trató de que su voz sobrepasara los gruñidos de su prima.

—¿No podemos? ¿Esa es tu brillante respuesta? ¿No podemos ir contigo esta vez? —Rose se llevó una mano a la frente y suspiró hondo. Cuando volvió a mirar a Albus tenía los ojos vidriosos y el labio le temblaba. Su voz cambió radicalmente a un susurro—. Albus, entiendo que aún estés… Es comprensible que sigas molesto por lo que sucedió en el bosque, pero…

—¿Qué?

—Los… Los boggarts —murmuró—. Sé que dijimos cosas horribles, pero no… Si es por eso que no quieres que vayamos contigo…

—No, eso no… —Albus negó con la cabeza. Desvió la vista. Se mordió el labio—. Lo que pasó allá no fue… Ustedes no hicieron nada malo esa vez… Yo… Yo fui el que…

—Ya, todos estamos muy arrepentidos por lo que sucedió esa noche y somos amigos de nuevo. Qué tierno — Scorpius hizo un gesto despreocupado con la mano—. Vámonos, entonces. Tus primos van a despertar en cualquier momento.

—No, no entienden.

—¡Tú eres el que no lo entiende! —exclamó Rose. Parecía a punto de ponerse a llorar. El tono de su voz recuperó ese aire furioso—. ¿Por qué no quieres que vayamos contigo, entonces? ¿Quieres que regresemos a nuestros hogares mientras tú vas a enfrentarte solo a esos hombres? ¿Qué diablos te pasa? ¡A pesar de todo lo que haya sucedido entre nosotros, de todo lo que nos hayamos dicho, creo que te hemos demostrado que…!

—Rose, no es…

—¿Qué? ¿Qué es, entonces? ¿Quieres hacerlo tú solo? ¿Es eso? —la muchacha soltó una risa irónica y luego apretó la correa de su mochila, como si quisiera estrangular a Albus con ella—. ¡Eres tan…! ¡Eres un completo arrogante! ¡Eso es lo que eres!

—Escúchame…

—¡Sólo tú puedas sentir esas malditas cosas, de acuerdo! ¡Eso lo tengo muy claro! ¡Pero, no puedo creer que seas tan soberbio como para pensar…!

—No…

—¡Ibas a dejarnos! ¡Otra vez! ¡Merlín! ¿Por qué todavía no lo puedes entender? No vamos a dejarte solo, ¡tendrías que dejar de pensar solamente en ti y poner un poco de atención a lo que sucede en…!

—¡MÍRENSE! —rugió Albus.

Señaló la espalda lastimada de Scorpius, los ojos tristes de Rose. Su grito resonó en el callejón y se quebró. Ardor en su garganta. Náuseas. Dolor, maldito dolor. Todo regresó a él y lo carcomió por dentro. Los miró a ambos. Rose había cerrado la boca y Scorpius había descruzado los brazos. Podía verlos ahí, frente a él, pero también podía ver el cuerpo de su amigo chorreando en sangre y escuchar los gritos histéricos de su prima. Los imaginó a ambos, vulnerables, heridos, atrapados en un helado calabozo, mientras él se recuperaba en un cálido departamento con comida, agua… Y con los poderes de Merlín sanando sus heridas.

—Mírense —volvió a decir y sus ojos quemaron—. Miren cómo están y todo pasó porque yo… —se llevó las manos a la cara, desesperado—. No sabía, yo… Nunca imaginé que algo así pudiera pasarles. Yo no… Todo esto sucedió porque yo…

—No —dijo Rose y un par de lágrimas escaparon de sus ojos. Se las limpió con violencia y trató de acercarse a Albus. Él retrocedió—. Esto no fue por ti, ¿entiendes? Nada de lo que sucedió fue tu culpa.

—Yo insistí en ir a esa cueva.

—¡Sí, pero tenías razón! Estaba tratando de prolongar las cosas al quedarnos en el bosque, y…

—Dijiste que podían atacarnos. No te escuché. Yo sólo quería… Quería…

—Podemos quedarnos aquí discutiendo quién tuvo la culpa de qué hasta que amanezca —intervino Scorpius. Ambos voltearon a verlo. Su rostro se había ensombrecido—. Pero, los verdaderos culpables son esos hombres. Dimas, Lodge, Selwyn. Ellos hicieron esto.

Las nubes cerraron el cielo sobre ellos. La temperatura descendió. A lo lejos se podía escuchar el zumbido de los autos en la carretera, las voces de las pocas personas que disfrutaban de un paseo nocturno, la risa de un niño… Albus se preguntó si sería el mismo que él había visto, si había logrado soltarse de los brazos de su padre, si él se disponía a alcanzarlo…

—Jamás quise que les sucediera nada malo —dijo—. Y si algo vuelve a pasarles, yo no sé… No sé qué…

—Albus —dijo Rose y aunque ya no estaba gritando, sí parecía a punto de regañarlo—. ¿Cómo crees que nos sentíamos nosotros mientras estábamos en el calabazo? No sabíamos qué te había sucedido luego del derrumbe, si estabas herido o si…

—Basta —pidió y sus pies volvieron a retroceder.

—Si los tres regresamos, esos hombres van a enterarse. Sé que hay gente que puede protegerte, pero ya han logrado atacarte antes y no sabemos cuántas personas más están trabajando con ellos.

—Es por eso que ustedes deben…

—Dejarte ir solo no es una opción —determinó Scorpius—. Entiéndelo de una maldita vez.

—Si lo que te preocupa es que… Es que los ataquen a ellos —dijo Rose. Más lágrimas le resbalaron por la cara—. Albus, realmente lo siento. Lamento haberle dicho todo a esos hombres, pero…

—No.

Pequeños y delgados copos de nieve comenzaron a caer del cielo. Albus los sentía caer por su rostro, haciéndole cosquillas, enfriando su piel. Con las pocas fuerzas que sentía en esos momentos, alzó la vista y de pronto, deseó ser más valiente. Porque tal vez así dejaría de sentirse tan mal al revelar la horrible verdad.

—Fui yo.

Rose y Scorpius lo miraron sin comprender.

—No importa lo que tú les hayas dicho, Rose —continuó Albus y sus palabras se rompieron en mil pedazos—. No importa porque… Porque yo le conté todo a Dimas Mabroidis.

Estaba esperando algo. Un grito, un puñetazo, alaridos furiosos, una reacción, al menos. Cualquier cosa. Quería distinguir alguna expresión en los rostros de su prima y su amigo, pero éstos se mantenían impasibles. Los ojos, esos sí, brillaban entre la decepción, el asombro y la confusión. Albus se obligó a seguirlos observando, a pesar de que, con cada palabra, con cada verdad pronunciada, sentía que moría un poco.

—Cuando nos separamos en la mansión… Dimas estaba ahí, esperándome. Dijo que me diría todo si yo… Lo siento. De verdad, lo siento.

—Albus…

—No los mencioné a ustedes —se apresuró a decir, como si realmente eso pudiera ser un consuelo, una manera de evitarles más sufrimiento—. Yo no le dije nada sobre ustedes… Pero, todo lo demás… Se lo dijiste a Selwyn por Scorpius, Rose. Lo hiciste por él. Pero, yo… —no pudo continuar y agachó la cara. Había sal en sus ojos—. Dimas sólo estaba ahí con su parte del Aurea Pergamena y con la daga. Estaba frente a mí y yo no supe qué… No supe qué fue lo que…

Se talló los ojos.

Lily en el andén 9 ¾. La espalda de Scorpius manchada de rojo. Rose gritando de horror. El Aurea Pergamena. La daga. Ambos a salvo en su mochila. Lizza riéndose mientras la besaba y luego lanzándole un hechizo para desarmarlo. Su familia peleando en el jardín de Vivian Lake. Su boggart. El conjuro de Merlín que había curado sus heridas. Dimas Mabroidis y porque eres el Elegido. Su padre corriendo a la mitad de la batalla para alcanzarlo, los ojos verdes que lo miraban suplicantes…

Un abrazante calor.

—Algo está pasando conmigo.

Y sólo hasta que lo dijo en voz alta, Albus supo que era verdad.

Estaba llamándolo en ese momento. En su espalda, dentro de la mochila. Un calor que deseaba y que, sabía, apagaría todo lo demás en cuanto él se atreviera a tomarlo.

—Todo este tiempo nuestra familia ha estado tratando de ocultar que escapamos —dijo y hubo más sal que resbaló de sus ojos, confundiéndose con el camino que dejaban los copos de nieve—. Y yo… No podía pensar en nada más mientras estaba ahí. Tenías razón, Rose. Los pergaminos están haciendo algo conmigo y yo no puedo… No sé qué está sucediéndome.

Había viento. O tal vez, era sólo Albus el que lo sentía. Tal vez era el frío que crecía dentro de él y que lo hacía estremecerse. Un frío horrible que deseaba calmar a como diera lugar.

—Es magia muy poderosa, Albus —dijo Rose cuidadosamente. Tenía la voz ronca—. Y tú eres el único que puede sentirla. Está bien, es…

—No está bien.

—Es normal que te sientas así. Pero, todo estará bien mientras no… Mientras no la utilices. Siempre y cuando no pronuncies ninguno de los conjuros, tú… Tú estarás bien.

Albus se volvió.

—Escucha —pidió Rose—. Podemos pararlo. Podemos volver todo a la normalidad, si… Si juntamos las piezas que faltan. Es la única manera. Lo sabes.

—Dijo que quería ayudarme a buscarlas.

No escuchó nada, pero imaginó a Rose llevándose las manos a la boca, a Scorpius abriendo los ojos como platos.

—Dimas Mabroidis me dijo que quería ayudarme a encontrar el Aurea Pergamena. Pudo asesinarme y no lo hizo. Dijo que no quería interponerse en el camino del Elegido.

Calor que combatía al frío. Deseo que apagaba lentamente el dolor. Las hojas del Aurea Pergamena y la daga que sentía vibrar tras él.

—¿Y tú estás…? Albus, ¿no estarás pensando en…?

—No.

Frío otra vez.

—No —repitió en un susurro—. No, no. Pero, yo… No sé qué hacer. Ya no sé qué hacer.

Su voz salía suplicante y temerosa. Lo sabía. Y sabía también que debía de lucir patético y vulnerable, derramando lágrimas a la mitad de la noche, dejando que los copos de nieve empaparan su abrigo. Pensó en el niño que jugaba con la pelota en la calle. Ojalá que no se hubiera alejado más, ojalá que no se hubiera despegado de su padre…

Se talló los ojos una vez más y levantó la vista. Rose y Scorpius seguían frente a él, como siempre.

—Con mayor razón tenemos que ir contigo, entonces —dijo Scorpius y Albus notó que se esforzaba por torcer una sonrisa—. Ya sabes, para vigilar que no te vuelvas loco y esas cosas.

—No quiero que vuelva a pasarles nada.

—Entonces, hay que vencer a Dimas y a Lodge —repuso Rose.

—Sí, y si aún sigues siendo un idiota y no quieres que te acompañemos, siempre podemos irnos sin ti.

Albus alzó las cejas.

—En serio. Escuchamos cosas muy interesantes mientras estábamos en esa mansión. Ya sabes, pistas. Cosas que te podrían ser útiles.

—Y no vas a poder averiguar nada sin nosotros.

—¿Qué pasará si los atacan? A la familia. No podría…

—Ahora que ya saben todo, Dimas y Lodge van a ir por nosotros. Si no estamos con ellos, estarán a salvo.

—Pero, sí…

—Albus, en serio. Estás exasperándome.

Volvió a sentir calor dentro de sí. Pero, era diferente esta vez. No se sentía como los pergaminos de Merlín llamándolo, ni como la daga dorada. Era un calor extraño que se mezclaba con el dolor. Algo que no apagaba sus pensamientos ni sentidos, pero que, aun así, lo hacían sentirse más tranquilo y dispuesto a enfrentar todo lo malo que pudiese pasarle.

—Tienen razón —dijo Albus y dejó que Rose le tomara la mano—. Tienen razón.


En el campo de entrenamiento del Puddlemere United sólo había una persona.

James Sirius Potter flotaba en el aire sobre su escoba, lejos de los tres aros. La quaffle que sostenía entre las manos fue lanzada con un jadeo. Gotas de sudor resbalaron por su frente, el alborotado cabello cayó hacia atrás y los músculos de sus brazos se tensaron. La pelota voló por el aire, pero no alcanzó su objetivo. Soltó un gruñido. Se lanzó en picada hasta el suelo, donde más quaffles esperaban ser tomadas. Repitió la acción con el mismo resultado.

Unos minutos después, cuando descendió por quinta vez, se dio cuenta de que ya no estaba solo en el campo.

—¿Sabes? Hay magos que dicen que el desempeño en el quidditch se ve directamente afectado por las emociones de los jugadores —dijo Alice Longbottom—. Cualquiera pensaría que el mejor cazador del Puddlemere United está preocupado por algo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó James. Aterrizó su escoba y bajó de un salto. Alice sonrió.

—Fui al Valle de Godric. Me dijeron que estabas acá. No nos vimos en Navidad y te extrañé.

James dejó caer su escoba junto a las quaffles, se quitó los sucios guantes y agachó la mirada. El oscuro flequillo le cubrió los ojos por completo.

—Creía… —murmuró—. Creí que estabas enfadada conmigo.

—¿Qué? ¿Por qué creerías…? —Alice observó la vista escondida de su novio, sus dedos jugueteando con un hilo descocido de su túnica. Soltó un largo suspiro y borró su sonrisa—. No, no, James… Oh, lo siento. Yo sólo… No lo sé, creí que necesitabas tu espacio con todo lo que está sucediendo. No has querido hablar con nadie y yo… Merlín, de verdad, lo siento.

—No es que no quisiera hablar contigo —se apresuró a decir él—. Es sólo que esto es… —se pasó una mano por el cabello, frustrado—. Todo lo que está pasando últimamente es… Es como si… Aggh.

—Nunca has sido bueno para hablar de estas cosas —Alice caminó hacia él. No había ni un registro de reclamo en su voz. Sus palabras parecían más un dulce halago que un reproche—. Está bien, James. Todo está bien.

—No, no es cierto. Mi papá se fue a Irlanda a hacer no sé qué demonios, mi mamá no nos dice lo que está pasando y Albus… —tomó una de las quaffles que estaban en el suelo. La apretó con fuerza—. Todo es culpa de ese imbécil —arrojó la pelota al campo, sin apuntar a nada en concreto. Luego, tomó otra—. Es un idiota —la lanzó—. Un estúpido —tomó otra y repitió—. Por mí, puede irse…

Alice atrapó su brazo antes de que tomara otra quaffle. Entrelazó sus dedos con los de él.

—En verdad lo extrañas, ¿verdad?

—Te estoy diciendo que es un imbécil.

—Oh, James…

La vista del muchacho se perdió en el campo. Sus hombros parecían incluso más tensos que cuando estaba en el aire tratando de marcar un tanto en el juego solitario. Alice lo miró con afecto, con paciencia. Puso una mano en su rostro y lo obligó a verla a los ojos.

—¿Te digo algo? Todavía puedo recordar a un odioso niño de doce años que molestaba a su hermanito diciéndole que iba a quedar en Slytherin cuando entrara a Hogwarts —James arqueó las cejas y ella le dedicó una sonrisa—. Y cuando, efectivamente, eso sucedió, el odioso niño se puso triste como nunca antes, porque su hermanito quedó en otra casa y él no podía estar ahí para cuidarlo.

—No tengo idea de qué estás hablando.

—James —Alice se rio, pero cuando él iba a desviar la vista nuevamente, su rostro adquirió una expresión de seriedad absoluta. Él la miró, resignado—. Sé qué harías lo que fuera por Albus y Lily. Y ahora, estás haciendo todo lo que está en tus manos para ayudarlo a él, ¿no te das cuenta? Estás aquí, volviendo loco a todo el mundo para averiguar qué está pasando realmente. Si no fuera por ti, seguiríamos ciegos. Oh, James, te juro que nunca había estado más orgullosa.

—No es sólo eso —confesó él mientras cerraba los ojos. Parecía que le era más sencillo hablar de esa manera—. Soy… Yo soy su hermano. Debió de contarme lo que estaba pasando, pero prefirió largarse con Rose y ese otro idiota…

—Estoy segura de que Albus tuvo sus razones para hacer lo que hizo.

—Sí, es un estúpido, esa la razón. Lily estaba en lo correcto —James abrió los ojos y tomó a Alice de ambas manos—. Siempre nos hemos quejado de los secretos que guarda nuestra familia, pero ahora estamos haciendo exactamente lo mismo. No quiero eso.

—No lo hagas, entonces —Alice se paró de puntitas y le dio un beso en la mejilla—. Cambia las cosas. Y cuando Albus vuelva, podrán aclararlo todo.

—Cuando Albus vuelva… —repitió James negando con la cabeza—. Voy a patearle todo el trasero, eso es lo que voy a hacer.

Alice se rio y los hombros de James se relajaron. Una ligera brisa agitó el pasto del campo.

—¿Acaso me dijiste odioso?

—Por supuesto. Es que, en verdad, eras terrible —respondió ella y fingió severidad—. Decías que estaba gorda.

—Oh, vamos —James se despeinó el cabello—. Era mi manera de disimular que estaba enamorado de ti, ¿no te dabas cuenta? —su rostro se puso serio de repente—. Gracias. En serio. Te juro que voy a recompensarte por todos estos líos.

—¿En serio? ¿Y cómo piensas hacerlo?

—Verás… —las manos de James se deslizaron lentamente por la cintura de la muchacha. Su voz adquirió el tono que utilizaba cada vez que planeaba una broma—. Tengo algunas ideas.

La risa de Alice se vio interrumpida por un beso. Largo y profundo. James la levantó del suelo y ella dio un saltito para rodearlo con las piernas. Ambos se tambalearon por el campo, hasta caer en una de las bancas que había en el límite del pasto.

—Estás loco —dijo Alice y se rio contra su boca—. James… No es momento…

Pero, la boca de él ya estaba perdida por su cuello. Sin dejar de reír, Alice negó con la cabeza y se aferró a los hombros de su novio. En sus ojos brillaba una chispa de diversión, del regocijo que se siente al estar enamorado.

Una chispa que se esfumó en cuanto visualizó a una silueta moviéndose detrás de las gradas en el campo.

—James…

Un hechizo golpeó la banca.

James cayó al suelo. Su mejilla se pegó en el pasto, cerca de dónde había dejado su escoba. Sus músculos adoloridos. Un dolor en el costado. Sacó su varita, pero alguien ya estaba apuntándole a la cabeza. Una mano en la solapa de su túnica. Un fuerte movimiento. Quedó hincado en el suelo y otro hechizo lo dejó desarmado.

—James Sirius Potter.

—¡Ah, profesor Lodge!

James observó al hombre frente a él. Detrás, unos pasos más lejos, estaba Alice siendo sujetada por un hombre que vestía manto negro. Por un segundo, solamente un segundo, su rostro se contorsionó en la preocupación, pero luego James esbozó una sonrisa insolente y alzó las cejas.

—Tengo que decir que Azkaban no le sentó nada bien —dijo—. ¿Qué lo trae por aquí? ¿La vida de fugitivo no es tan atractiva como creía? ¿Quiere hacer una prueba para el Puddlemere United? Porque nos hacen falta aguadores.

Punzadas de dolor. James cayó al suelo y una soga apareció de la nada, aprisionando todos sus miembros con fuerza.

—Estoy seguro de que esto fue… —James trató de calmar sus jadeos y mantener el cinismo en su rostro—. Fue por la vez en la que solté un detonador trampa a mitad de la clase. Creí que ya lo había superado.

Lodge le encajó la varita en la mejilla. Alice trató de desprenderse de su captor para llegar hasta él y se sacudió con fuerza. Hubo un destello y ella cayó al piso.

—¡No! —dijo James. El hombre del manto negro volvió a levantar a la muchacha.

—No tengo mucho tiempo, muchacho —dijo Lodge y presionó más la varita contra su piel—. ¿Viste lo que le hice a tu hermanita aquella vez en el andén 9 ¾? ¿Te acuerdas? Uno, dos, ¿tres? En realidad, no recuerdo cuantos cortes fueron.

Todo rastro de despreocupación en la cara de James desapareció. La furia hizo brillar sus ojos.

—Cállate.

—Tenía la piel tan suave. Y gritaba, gritaba tanto…

Se sacudió con violencia bajo las sogas. Lodge caminó con lentitud hasta donde estaban su compañero y Alice.

—¿Sabes qué? Voy a hacerle lo mismo a tu novia —Alice soltó un quejido cuando él la tomó bruscamente del rostro.

—¡Suéltala! —rugió James. Se sacudió con fuerza. Jadeo. Volvió a gritar — ¡Si te atreves a tocarla…!

—Después seguiré con tu madre. Tu padre. Voy a hacerle lo mismo a toda esa calaña de sangres sucia y traidores que tienes por familia.

—¡DÉJALA!

—Voy a destruirlos a todos y a hacer que tu hermano vea el espectáculo.

—¡Te lo advierto…!

—¿No entiendes, muchacho? —preguntó Lodge soltando a Alice e inclinándose de nuevo hacia James—. Es esa la razón que tu hermanito necesita para volver.

Y luego, una ráfaga de hechizos iluminó el campo del Puddlemere United.


*se esconde antes de que la ataquen con palos y piedras* ¡Hola! Emm... Sí, la disculpa usual. Tardé más de los dos meses, no los voy a aburrir con mis crisis... Pero, entre familia, amigos problemáticos, mucho trabajo y un largo etcétera, la verdad es que es difícil encontrar tiempo (y energías, sobre todo energías) para escribir. Sumenle a eso que este capítulo está como intensamente súper largo... No sé dejen engañar. No es más largo que otros, pero tiene más dialogos que lo acostumbrado... ¡Y eso es algo bueno porque solté MUCHÍSIMAS PISTAS!

En fin, sí.

Espero no haberlos mareado tanto de escena a escena. Quisiera que me dijeran sus teorías sobre qué planea Dimas Mabroidis *se pone un dedo en la barbilla* porque le dio la daga a Albus, pero no le dijo a Lodge y ahora quiere atacar a la familia de Albus y... Eh, sí bueno. Y sí, Albus le dijo todo a sus amigos pero no se atrevió a confesarles que SÍ leyó una parte del Aurea Pergamena y que por eso se curó tan rapido de la explosión en las cuevas. Ay, Albus.

Bueno, sé que siempre digo esto, pero de verdad, DE VERDAD, hice este capítulo mientras escribía también unas partes del siguiente, así que espero no tardarme mucho. Y si lo hago, es culpa de factores externos que arruinan mi vida :)

Muchisímas gracias por continuar aquí. Les prometo respuestas muy pronto. Y *grito de fangirl* si alguien ya está leyendo "Harry Potter y el niño maldito"... NO ME DIGA NADA. Voy a esperar a que salga en español y no quiero spoliarme más de lo que ya estoy. Gracias.

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