Sligo, Irlanda.

En el condado de Sligo, en Irlanda, no había nieve, pero sí un helado viento que azotaba cada rincón del terreno debido a la falta de árboles. Albus, Rose y Scorpius se aparecieron cerca de un lago deshabitado (Scorpius había acampado en ese lugar cuando era pequeño), armaron la tienda de campaña, colocaron hechizos de protección a su alrededor y se sentaron en torno a la mesa, sumergiéndose en un tenso silencio durante varios minutos.

—Bueno, te escuchamos —dijo Rose al fin.

A Albus todavía le ardían los ojos.

Sin embargo, el tener a sus amigos junto a él otra vez, lo hizo comprender que aquel lazo que creía roto luego del encuentro con los boggarts, en vez de quebrarse se había fortalecido. Sabía que la sensación reconfortante que Rose y Scorpius habían logrado transmitirle antes de desaparecer en el callejón, sobrepasaba cualquier otro problema o dificultad que hubieran tenido en el pasado. Los enfados, las discusiones y las terribles cosas que se habían dicho… Ya no importaban. Ellos estaban de nuevo ahí, con él.

Y, al menos por el momento, eso era suficiente.

Les relató con exactitud todo lo referente a su última conversación con Dimas Mabroidis. Habló bajo y avergonzado, sin ser capaz de alzar la vista, pero sin detenerse. Les dijo cómo el Aurea Pergamena lo había llamado hasta la habitación y cómo ese hombre estaba ya esperándolo. Les habló sobre todas las verdades que intercambiaron y sus sentidos adormecidos por los pergaminos frente a él. Incluso detalló lo que sentía, lo poco que podía comprender, el calor, las ansias, el deseo de olvidar…

Sin embargo, no les dijo que ya había leído uno de los conjuros.

Lo intentó. Varias veces. Pero cada vez que las palabras estaban por escapar de su boca, el intenso dolor en su pecho lo detenía. Se acordaba de ellos, de Rose y Scorpius, heridos, temerosos. Se preguntaba si alguna vez podría sacar de su mente la imagen de su amigo chorreando en sangre, de su prima chillando histérica… No podía decirles que, durante esos terribles días de pesadilla, él no sólo había estado a salvo, sino que además había estado recitando conjuros desconocidos para sanar sus heridas.

No podía.

No después de confesarles todo lo demás.

No ahora que, por su culpa, la información que su familia con tanto esmero había guardado estaba en manos de Dimas y Lodge…

No, no ahora.

Cuando terminó de hablar la tienda de campaña volvió a sumirse en el silencio. Albus alzó la mirada y descubrió a Rose con los ojos fijos en un punto de la mesa, a Scorpius sobándose el cuello. Quiso saber lo que estaban pensando, disculparse otra vez y obligarlos a dejarlo solo porque, después de todo, era lo que se merecía. Scorpius le devolvió la mirada, suspiró y luego torció una sonrisa.

—Eso quiere decir que si yo te asesino en este preciso momento y luego saco la daga de tu mochila ¿el Aurea Pergamena ya es mío?

Albus no pudo evitar reírse.

—No es divertido —gruñó Rose, aunque sus labios se curvearon en una ligera sonrisa. El tenso ambiente despareció—. ¿Puedo verla, Albus?

Él asintió y se encaminó hasta el sillón en el que habían dejado sus mochilas de viaje. Sacó de la suya tres objetos: la caja de madera con las piezas que tenían del Aurea Pergamena, la piedra que habían encontrado en las cuevas de Puzzlewood y la daga dorada. Colocó todo sobre la mesa y trató de mantener su rostro impasible, aunque sus manos parecieron vibrar ante el contacto con los objetos.

Rose tomó la daga mientras Albus apretaba los puños debajo de la mesa.

—No lo entiendo —dijo ella y frunció el ceño—. ¿Por qué ese hombre dejó que la tomaras? No tiene ningún sentido. Él la necesita. Sin ella, no puede controlar el Aurea Pergamena.

—No puede hacerlo de todos modos. No hasta que mate a Albus —comentó Scorpius encogiéndose de hombros.

—Exacto. Se supone que lo que quieren es asesinar a Albus y tocar la daga después para tener los poderes de Merlín. Les tomó quién sabe cuánto tiempo encontrarla en Hogwarts y luego, años para robársela del Ministerio de Magia. No tiene sentido dársela a Albus justo ahora.

—Tal vez no es la daga verdadera.

—Pero, Albus puede sentirla.

—Tal vez Dimas se rindió y decidió dejarlo en paz.

—Pero, se llevó su parte del Aurea Pergamena. Si quisiera rendirse, le habría dado todo.

—Pues, tal vez sólo está loco.

—O tal vez… —murmuró Albus. Rose y Scorpius lo miraron—. Tal vez él no quiere lo mismo que Lodge.

—¿Qué? —preguntaron a la vez. Albus suspiró y se inclinó hacia adelante en su asiento.

—Escuchen —pidió, consciente de que tenía que contarles al menos esa idea, de todas las que habían rondado por su cabeza durante los últimos días—, Dimas Mabroidis me dijo toda la verdad…

—O eso es lo que tú piensas —masculló Scorpius. Albus lo ignoró.

—¿Por qué iba a hacerlo? Creo que él no quiere la misma revolución que planea Lodge, ni pelear contra el Ministerio de Magia. Creo que él sólo quiere encontrar el Aurea Pergamena y tal vez… Tal vez ni siquiera lo quiera para él —sus amigos lo miraron con los ojos como platos—. Él dijo que "no era nadie para interponerse en el camino del Elegido", en mi camino. Dijo que quería ayudarme a buscarlo y…

—Dijiste que no estabas pensando en aceptar ese ofrecimiento —dijo Rose y Albus notó que su voz, hasta el momento tranquila, se turbaba.

—No, no lo hago —respondió rápidamente. Se mordió el labio—. Pero…

—¿Te das cuenta de que estamos hablando del mismo tipo que te apuñaló en el examen de Sigilo y Rastreo? —preguntó Scorpius con las cejas arqueadas—. El mismo que lastimó a Lily el día del ataque en el andén 9 ¾.

—Él me dijo que no le había hecho nada a Lily.

—¡Estás de broma! —exclamó Scorpius y abrió la boca con exageración—. ¡Dimas Mabroidis se cargó a Montague!

—Scorpius tiene razón —dijo Rose. El aludido volteó a verla y Albus se dio cuenta de que trataba de disimular su expresión de asombro al escuchar aquella afirmación—. Una cosa es que yo crea que Lizza puede ser inocente, pero justificar a cualquiera de esos hombres…

—¿Qué? —Scorpius levantó las manos y salió de su desconcierto—. ¿Ahora también creemos que Lizza es inocente?

—No pienso que realmente esté involucrada con ellos.

—Sí, porque verla en el Castel Nuovo atacando a Albus no es una prueba suficiente.

—No conocemos a Dimas Mabroidis —intervino Albus. No quería escuchar nada sobre el otro asunto—. No podemos saber qué es lo que realmente quiere.

—No importa qué es lo que quiera, Al —dijo Scorpius. Su voz estaba firme, tensa—. Lo que importa es todo lo que ha hecho para conseguirlo. Déjame recordarte que la cosa con la que Selwyn me golpeó fue creada por él, ¿qué clase de animal enfermo se entretiene haciendo armas para quemar a sus víctimas? ¡Y ha matado personas! ¿Entiendes? Montague y la familia de Jeanette, los asesinaron sólo porque no quisieron unirse a ellos. ¡Jeanette tenía nuestra edad, Merlín! ¡La conocíamos! ¡Ella…!

Se quedó callado y desvió la vista.

—Ella no había hecho nada malo —dijo después de un momento de silencio.

Albus observó los tres objetos que reposaban en la mesa frente a él. Sintió que su respiración se aceleraba y tuvo que volver a apretar los puños con fuerza. Rose lo observó de reojo.

—Creo que… —carraspeó—. Lo único que debería de preocuparnos ahora es encontrar las demás piezas. Ya habrá tiempo después para…

—Sí, es cierto —Scorpius cerró los ojos y luego de un par de segundos, al abrirlos, volvió a relajar su expresión—. ¿Y cómo demonios hacemos eso?

—Obviamente esto es una pista —Rose tomó la piedra con el símbolo del Aurea Pergamena grabado y la sostuvo entre sus manos por un buen rato—. Pero, además de este símbolo no tiene nada más. No es como en la tumba de Merlín, que estaba el lema del rey Alfonso V de Aragón, o como el grabado en la Grotta Azzurra que nos llevó al Castel Nuovo. Por lo menos en esas ocasiones teníamos más indicios.

—Y ahora sólo tenemos una maldita piedra.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Albus. Ninguno de los dos le había explicado todavía sus razones para aparecerse en ese condado de Irlanda.

—Porque aquí vivió la reina Maeve —dijo Rose. Albus estaba esperando alguna otra explicación, pero su prima no dejaba de observar la piedra, sin prestarle atención a nada más. Scorpius se rio.

—Cuando estábamos encerrados, escuchamos a Selwyn y a los otros hablar sobre algunas cosas —le explicó—. Dijeron que Lodge y Mabroidis estaban en Irlanda, buscando información sobre esa señora.

—¿Y quién es ella?

—Una antigua bruja que se casó con un muggle rey. Dimas y Lodge deben de creer que tiene algo que ver con el Aurea Pergamena.

—Por eso incendiaron esa casa —dijo Albus recordando—. La casa de los Fawley. Cuando estuve con Molly en el incendio, un tipo logró salir de ahí. Estaba herido y me habló. Mencionó el nombre de esa reina. Tal vez Dimas y Lodge estaban buscando información con ellos.

—Y también dijiste que escuchaste a Fred decir que el tío Harry había venido aquí, a Irlanda —comentó Rose dejando la piedra en la mesa—. El padre de Scorpius debió de decirle ya los planes de esos hombres y por eso viajó hasta acá. No tengo idea de por qué buscan a la reina Maeve, pero al menos nos dieron un destino —se masajeó el entrecejo—. Lo que me sigue intrigando es lo que dijo Selwyn sobre el contenedor.

—¿Contenedor?

—Antes de que el padre de Scorpius llegara a la mansión, Selwyn nos sacó del calabozo. Estaba ebrio. Quería tenernos ahí cuando llegaran Dimas y Lodge. Repitió el nombre de Maeve y luego dijo que pronto los sangre sucia iban a pagar y preguntó si su sangre ya estaría en el contenedor.

—¿Y qué significa eso?

Rose se encogió de hombros, frustrada.

—Lo que podemos hacer por ahora es ir a los lugares donde habitó la reina Maeve y ver si encontramos algo.

—Pero si Dimas y Lodge siguen buscando…

—Confiemos en que, ahora que han atrapado a la mayoría de sus seguidores, tengan más precaución y estén lejos, escondidos. Aun así, tendremos cuidado. Todavía nos queda poción multijugos.

—Ya, pero…

—Lo que no quiero es quedarnos estancados otra vez —dijo Rose firmemente—. Tenemos que movernos.

Albus quiso decir que, esta vez, sí prefería quedarse escondido a la mitad de la nada. No sólo Dimas y Lodge podían estar en Irlanda. Su padre también estaba ahí, buscándolos, buscándolo. La sola idea de encontrarse de nuevo… Miró los tres objetos frente a él. Podía sentir cómo el calor del Aurea Pergamena traspasaba la madera y se deslizaba por su interior con lentitud. Volvió a apretar los puños. Recordó la sensación de sus dedos acariciando las hojas doradas, su boca pronunciando el conjuro, el poder, el poder…

—Albus —lo llamó Rose y él se sobresaltó. Sus dos amigos estaban observándolo con precaución.

—Sí —dijo y la voz le salió ronca—. Sí, sí. Mañana empezaremos a buscar cosas sobre la reina.

Rose y Scorpius se miraron.

—Pienso que es mejor que yo los guarde —dijo ella señalando la caja de madera, la piedra y la daga—. Al menos… Al menos por ahora.

Albus asintió y se levantó antes de que las manos empezaran a temblarle. Escuchó que Rose tomaba las cosas de la mesa y luego sonido de su mochila al cerrarse.

Tragó con fuerza cuando el calor desapareció.


—Está bien. Él está bien.

Ginny trataba de sonar tranquila mientras aferraba las manos a la espalda de Harry. Sin embargo, cuando él correspondió a su abrazo, la sintió tensa, temblorosa. La miró a los ojos. Los tenía rojos, pero no había ni un rastro de lágrimas atorado entre sus pestañas. Le apretó la mano cuando se separaron.

—Lo atacaron en el campo de entrenamiento del Puddlemere United —dijo Lily. Harry reparó en ella y en las demás personas sentadas en la sala de espera de San Mungo—. Dijo que iba a quedarse a entrenar hasta tarde. Alice estaba con él cuando pasó.

Su hija estaba al lado de su amiga Cécille y de Hugo. Ambos le daban palmaditas de consuelo en los brazos, mientras ella clavaba la mirada en el techo. Frente a ellos estaban Neville y Hannah Longbottom.

—¿Cómo está Alice? —preguntó Harry.

—A salvo —respondió Neville y soltó un cansado suspiro. Las arrugas en la frente se le notaban como nunca antes—. Los sanadores dicen que necesita descansar. Al parecer, esos hombres… Ellos le…

—La maldición cruciatus —dijo Hannah, porque Neville parecía estar haciendo un esfuerzo descomunal para no quebrarse al hablar—. Afortunadamente no pasó a mayores. Está dormida ahora.

Harry había recibido la noticia del ataque a James mientras terminaba otro de sus fallidos recorridos por Sligo, Irlanda. Con el corazón lleno de temor, regresó a Inglaterra sin nuevas pistas sobre Dimas y Lodge, sin esperanzas de encontrar su ubicación… Y sin Albus.

—Uno de los trabajadores del campo de entrenamiento los encontró inconscientes —le explicó Ginny—. Dice que vio a dos siluetas desaparecerse y que… —con la mano que todavía tenía entrelazada a la suya lo jaló unos pasos lejos de los demás. Bajó la voz—. Dijo que dejaron algo grabado en la tierra junto a ellos. Un símbolo. Una especie de flecha sobre una línea…

—Dimas y Lodge —dijo Harry. El símbolo del Aurea Pergamena se materializó en su cabeza.

—Ron y Hermione están allá ahora encargándose de la prensa y todo eso —soltó un gemido de frustración—. ¿Cómo pudo pasar esto, Harry? Se supone que hay aurores vigilándolos a todos.

—Lo sé.

Harry se dio cuenta de que Lily estaba observándolos a ambos con las cejas arqueadas. Miró a Ginny significativamente y ella entendió al instante.

—No me han dejado entrar a verlo todavía —dijo recuperando el tono normal de su voz—. Estaba inconsciente cuando lo trajeron y querían revisarlo. Dijeron que tal vez podría estar algo débil cuando…

En ese momento un fuerte alboroto los hizo saltar de sus lugares. Al final del pasillo, dos hombres ataviados con túnicas verdes perseguían a una persona que avanza a trompicones, jadeando.

—¡Vuelve acá, muchacho!

—¡No puedes salir! ¿Estás loco?

—¡JAMES! —gritó Ginny cuando el prófugo estuvo lo suficientemente cerca como para verle la cara.

Al escuchar su nombre, el muchacho aumentó la velocidad de su escape y consiguió llegar hasta sus padres. Tenía el cabello oscuro más desordenado de lo usual, iba descalzo y una venda en la muñeca amenazaba con desprendérsele. Aun así, no parecía nada débil.

—¿Dónde está Alice? —preguntó.

—¡Oh, señor Potter, señor! —exclamó uno de los sanadores. Apenas habían logrado alcanzarlo y miraban a Harry con adulación exagerada—. Lo lamentamos mucho, señor. Cuando su hijo despertó, quiso salir. Tratamos de detenerlo, pero…

—¿Dónde está Alice?

—¿Eres idiota o qué demonios te pasa? —preguntó Lily levantándose de su lugar. Parecía estar a punto de pegarle un puñetazo a su hermano y para evitarlo, Hugo y Cécille la sujetaron de los hombros—. ¡Estás herido, imbécil!

—¡Oh, James! —Ginny se acercó a él. Le puso una mano en la frente, le acarició el rostro, le apartó el cabello de la cara—. ¿Estás bien?

—¿Qué? —gruñó él y se apartó—. Sí, sí, pero quiero saber dónde…

—¡Entonces, vuelve inmediatamente a tu cuarto! —exclamó Ginny endureciendo su voz preocupada.

—¡Quiero saber dónde…!

—Está dormida —intervino Neville acercándose un poco. James recién se percató de su presencia y se calló, porque desde que salía con Alice siempre trataba de aparentar un alto sentido de responsabilidad frente a quien alguna vez fue su profesor de Herbología—. Pero, no te preocupes. Está bien. De verdad.

—Quiero verla —dijo con el tono más cortés que fue capaz de adoptar.

—Oh, James —Hannah lo observó conmovida—. Los sanadores dijeron que teníamos que esperar a que despertara para poder entrar a su habitación, pero en cuanto lo haga te avisaremos. Te lo prometo.

—Ahora vuelve a tu cuarto —ordenó Ginny utilizando el mismo tono de voz que solía usar cuando James era apenas un niño y cometía alguna travesura—. Y no vuelvas a salir hasta que…

—Ya —dijo él rodando los ojos.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo. Los sanadores seguían disculpándose con Harry cuando él avanzó detrás de su hijo, sin prestarles atención. Una vez que llegaron al cuarto, Harry cerró la puerta y los dejó afuera.

—¿De verdad Alice está bien? —preguntó James mientras se dejaba caer en la única cama de la habitación.

Harry asintió, tomó asiento a su lado y lo miró con atención. Su hijo mayor se había recostado en camas de hospital más veces que cualquiera de sus hermanos. Travesuras en Hogwarts, jugadas peligrosas en el quidditch y riñas para defender a Albus o a Lily. Los motivos de sus heridas siempre habían sido inocentes. Su vida jamás había estado en un verdadero peligro.

Hasta ese momento.

—Fue Lodge —dijo James sacando a Harry de sus cavilaciones—. Él y el otro tipo encapuchado que busca a Albus. Fueron ellos los que nos atacaron.

Harry guardó silencio.

—Ellos le… —James tragó con fuerza—. Tenían a Alice y yo no pude… No pude hacer nada para…

—Ella está bien —le dijo Harry. Odiaba la idea de que alguno de sus hijos tuviera que experimentar el insoportable dolor de ver a un ser amado en peligro—. Está bien y es lo único que importa ahora.

—No, no es lo único que importa —James soltó un largo suspiro y sus ojos destilaron preocupación—. Ellos saben que nosotros no tenemos ni idea de dónde está Albus, papá. Dimas y Lodge lo saben… ¿Cómo pasó? Se supone que todo el mundo piensa que está a salvo, que está escondido.

Miró a Harry a los ojos y él tuvo que desviar la vista.

—Está bien, es decir… Ellos aún no lo encuentran. El idiota sabe cómo ocultarse y eso… Eso está bien, pero… Por eso nos atacaron, ¿verdad? —su voz tembló, ligera, casi imperceptiblemente—. No querían matarme. Pudieron hacerlo, pero eso no era lo que ellos querían. Era un mensaje, ¿cierto? Quieren que Albus se entere, que sepa del ataque para que regrese aquí y luego…

James se pasó una mano por el cabello.

—Van a continuar, papá —dijo con gravedad—. Van a seguir atacándonos, me lo dijeron. Seguirán atacándonos hasta que Albus…

—James —Harry se atrevió a mirarlo a los ojos—, te prometo que nada va a pasarles. Ni a ti, ni a Lily, ni…

—No puedes prometer eso, papá.

Sus palabras se clavaron como punzadas en el pecho de Harry. El peso de aquella verdad se instaló en sus hombros igual a plomo, pesado y oscuro. De pronto recordó los ojos verdes de Albus que lo miraban con desafío noches antes de escapar del Valle de Godric y distinguió un brillo parecido en los marrones de James.

Sin embargo, él no continuó y agachó la cabeza al notar el desconcierto en el rostro de su padre.

—Lo siento —murmuró—. Pero yo… Yo quiero… Er, todos queremos en realidad… —suspiró, como armándose de valor—. Albus es mi hermano y está en peligro. Queremos ayudar. Podemos… Yo sé que podemos ayudar. Si tú nos dejarás, papá…

Las valientes palabras de su hijo se vieron interrumpidas por el sonido de unos nudillos golpeando a la puerta. Harry se levantó a abrir, todavía con las espinosas palabras clavadas dentro de sí. Neville entró en la habitación. Parecía mucho más tranquilo que hace unos minutos, cuando lo dejaron en la sala de espera.

—Alice está despierta —anunció y dibujó una sonrisa bonachona—. No me creyó cuando le dije que estabas bien, James, así que será mejor que vayas a comprobárselo.

El muchacho se puso de pie y atravesó la habitación en un parpadeo. Le dedicó una última mirada a Harry antes de salir y luego siguió a Neville por el pasillo, hasta la habitación en donde estaba Alice. Entró sin tocar, sin decir nada y cerró la puerta tras de sí.

—En otras circunstancias no permitiría que se encerraran juntos, ¿sabes? —Neville le sonrió a Harry—. Pero, lo importante es que están bien. Los sanadores quieren que se quede aquí unas horas para que pueda descansar. Seguramente le recomendaran lo mismo a James.

Ambos emprendieron el camino de vuelta a la sala de espera. Lily, Cécille, Hugo y Hannah habían desaparecido. En su lugar, sólo estaban Ginny, todavía de pie en la esquina de la sala, y Hermione, que parecía apenas haber llegado y tenía todo el cabello cubierto por nieve.

—Hannah se llevó a los chicos al Caldero Chorreante por bocadillos y un poco de té —le dijo Neville.

—¿Dónde está James? —preguntó Ginny cuando los vio llegar. Harry le explicó que había corrido hasta el cuarto de Alice antes de que alguien pudiera detenerlo. Ella se quedó inusualmente tranquila al enterarse de que su hijo al menos tenía la fuerza suficiente como para colarse al cuarto de su novia sin supervisión.

—Ron fue al Cuartel de Aurores mientras yo estaba controlando a la prensa —Hermione se dejó caer en una silla y agitó su varita con brusquedad para quitarse la nieve de la cabeza. Harry supo que estaba furiosa en cuanto notó la rapidez con la que estaba hablando —. Quería averiguar por qué nadie estaba vigilando a James cuando sucedió el ataque y resulta que los aurores tenían órdenes… ¡Órdenes! —soltó un bufido, exasperada—. Los aurores tienen estrictamente prohibido vigilar a nuestra familia durante un periodo de treinta días.

—¿Qué? —Harry frunció el ceño—. ¡Yo no di ninguna…!

—¡Ya lo sé! Sé que tú no ordenaste nada —se quitó la bufanda de un tirón y los miró a todos, como si temiera que lo que estaba a punto de decir les provocara un desmayo—. La orden fue dictada por Miranda Savage.

Hubo un silencio sepulcral. Luego Ginny maldijo en voz alta.

—Eso… —la frente de Neville volvió a arrugarse—. Eso no se puede, ¿o sí? Ella no puede…

—No —dijo Harry y su voz se endureció. Apretó los puños sin darse cuenta—. ¿Quién se cree que es? No tiene ningún derecho a…

—Ella no, pero el Wizengamot sí —dijo Hermione—. Ellos pueden suspender cualquier orden dictada por los jefes de algún departamento si la consideran inapropiada. Miranda Savage acaba de meter una propuesta para que dictaminen si está bien o no tener a los aurores ocupados en proteger a las familias de los "héroes de guerra".

—¡Eso es ridículo! —exclamó Ginny—. ¡Los protegen a ellos porque corren peligro! No es para privilegiarlos, es…

—¡Lo sé! ¡Ya lo sé! Pero sus argumentos son… —Hermione miró a Harry con precaución y se pasó una mano por el cabello—. Hay un profesor inglés asesinado. Antiguos mortífagos que escaparon del país. Benjamin Lodge se fugó de Azkaban. Y aún no se resuelve lo del ataque en el andén 9 ¾. Lo que esa mujer argumenta es que, si los aurores no estuvieran tan ocupados vigilando a nuestros hijos, no estarían sucediendo estas cosas.

Ginny volvió a maldecir y se llevó las manos a la cara.

—Hablé con Kingsley ya —dijo Hermione—. Está tratando de poner un alto al dictamen, restaurar la orden que habías dado, Harry, pero… Parece que mientras esto se resuelve, tendremos que encargarnos de vigilar a todos por nuestra cuenta.

Harry se sentó en la silla, con más espinas clavándose en su pecho. Su mano buscó nuevamente la de Ginny y ella le devolvió el agarre.


Bajo los pies de Albus crujían hojas secas y marchitas. A lo lejos se escuchaba el sonido de hechizos danzando en el aire y de gritos desesperados que suplicaban ayuda. Sin embargo, al levantar la vista se dio cuenta de que estaba completamente solo en el jardín de Vivian Lake, el triste amor de Merlín.

Un resplandor flameante lo cegó por unos segundos. Luego ellos aparecieron.

Avanzaban hacia él con rapidez, uno de cada lado. A la derecha, su padre, exhausto y desesperado, alzaba una mano para alcanzarlo. A la izquierda, Dimas Mabroidis, sonriente y sin capucha, extendía ante él el Aurea Pergamena y la daga dorada.

Albus supo que terminaría por encontrarse con uno de ellos si avanzaba por el camino de hojas secas. Escuchó que ambos gritaban su nombre, sobrepasando a los lamentos de ayuda. La cicatriz en la palma derecha de su mano cosquilleó hasta quemarle, desprendió una luz irradiante y entonces se transformó en un rayo igual al que adornaba la frente de su padre. Igual, pero más inmenso, más grandioso.

Albus miró a los dos hombres frente a él.

Tomó una decisión. Avanzó.

Y luego, de golpe, despertó.

Estaba tirado en su bolsa de dormir, con gotas frías resbalando por su frente y fuertes jadeos escapando de su garganta. Se incorporó, mareado, con punzadas en la cabeza. Sus ojos viajaron hasta la esquina de la tienda en donde Rose había dejado su mochila… En donde estaban los pergaminos y la daga.

Volvió a recostarse, dejó caer los párpados y trató de no pensar en que los poderes de Merlín estaban cerca, tan cerca de él…

Repetía en su cabeza, una y otra vez, su conversación con Dimas Mabroidis. Sentía una rabia incontenible al recordar todo lo que le había dicho a ese hombre, todo lo que le había confesado sólo por el incontenible deseo de conocer más sobre el Aurea Pergamena. Había caído en un vacío y su familia corría peligro por eso. No quería. No deseaba sentir aquello, no quería volver a perderse, a dudar.

Y sin embargo…

Una ligera luz afuera de la tienda lo sacó repentinamente de sus pensamientos. Albus se levantó, se sacó la varita del bolsillo y avanzó lentamente hasta la entrada. Un suspiro de alivio escapó de su boca cuando distinguió a Rose, sentada sobre el pasto con una manta en los hombros, un libro en el regazo y una pequeña flama atrapada en un frasco de vidrio a su lado. Salió y le dio un golpecito en el hombro, sobresaltándola.

—¡Merlín! —dijo ella mirándolo con el entrecejo fruncido—. No vuelvas a hacer eso.

—Lo siento —Albus se sentó—. ¿Qué haces despierta?

—¿Qué haces tú despierto?

La muchacha lo miró con los ojos entrecerrados y luego, rápidamente, su vista se desvió hacia el interior de la tienda, al sofá donde había dejado su mochila. Albus siguió su mirada y una repentina ola de irritación lo invadió.

—No he tocado nada.

—Yo no he dicho que…

—Tu mochila sigue donde la dejaste. No la he tocado.

Albus le aguantó la mirada y sólo la apartó hasta que su prima agachó la cabeza. Se quedaron en silencio durante un par de segundos. Ella suspiró.

—Sólo me preocupo por ti, Albus.

—Ya lo sé —dijo él. No se había percatado de que su voz se había endurecido. Observó el campo que se extendía ante ellos, oscuro e inmenso. Miró a su prima y bajó la voz—. Ya lo sé.

Rose le dedicó una débil sonrisa y extendió la manta para que también pudiera cubrirse con ella.

Al igual que él, Rose y Scorpius habían utilizado el departamento de Dominique, Molly y Fred como fuente de abastecimiento. Mantas, frazadas, comida enlatada. Se habían guardado de todo en sus mochilas poco a poco y sin que nadie lo notara. Rose incluso había tomado bastante dinero muggle de los ahorros de Molly y lo había intercambiado por algunos galeones de Scorpius. Aquellos recursos no les garantizaban un viaje placentero mientras buscaban el Aurea Pergamena, pero al menos los salvaban de caer en el caos en el que se habían encontrado antes de separarse en las cuevas de Puzzlewood.

—Quería vigilar un poco, por eso estoy despierta —le explicó Rose—. Pensé que sería una buena idea, en caso de que Dimas y Lodge sigan por aquí.

—Oh —Albus observó las profundas ojeras que se extendían alrededor de los ojos de su prima—. Entonces, no tiene nada que ver con la poción de Ojos Abiertos que dices que le robaste a Molly.

Rose desvió la vista.

—¿Por qué…?

—Si estás molesto porque descubrí tu escape furtivo, ahórrate el sermón —dijo alzando la cabeza con petulancia. Albus la miró con severidad y ella rodó los ojos—. De verdad no es nada, Albus.

—Estás tomándote una poción para no dormir.

—Estaba —lo corrigió ella y soltó un bufido—. Utilicé lo último con Scorpius para poder despertarlo antes de que te fueras.

—Pero, no entiendo por qué…

—No es nada.

—Rose…

—Molly me dio una poción para dormir sin soñar la primera noche en el departamento, ¿de acuerdo? —confesó a regañadientes—. Pero, dijo que no era recomendable administrarla en un paciente durante varios días. Estaba bien, estaba de acuerdo, pero entonces… Entonces, yo… —Rose cerró los ojos, perturbada—. Cada vez que me quedaba dormida, yo…

—Pesadillas —completó Albus. Su prima asintió lentamente.

—Jamás había tenido… Es decir, no así. Parecían… Eran demasiado reales.

Albus asintió. Su vista volvió a perderse en el campo, pero en realidad lo que sus ojos estaban viendo era el jardín de Vivian. Las hojas secas, los dos caminos que se abrían ante él, la decisión…

—Bueno —sacudió la cabeza, alejando esas imágenes de su mente—. No soy sanador, Rosie, pero no creo que sea correcto que…

—Ya lo sé, ya se acabó, ya te lo dije.

—¿Y entonces por qué no estás dormida?

—Porque quiero vigilar —respondió ella soltando otro bufido de exasperación. Fijó sus ojos en el libro que tenía abierto sobre el regazo, pero Albus la conocía demasiado bien como para saber que en realidad no estaba leyendo. No obstante, la dejó fingir porque él también preferiría no dormir a seguir presenciando esos horribles (y cada vez más reales) sueños.

La fría brisa de la madrugada les alborotó el cabello. Albus se subió la manta al cuello y Rose le acercó el pequeño frasco de vidrio con la flama atrapada.

—Es bonito, ¿verdad? —sonrió—. Fue el primer hechizo que mamá me enseñó a hacer.

—Lo recuerdo. Lo hacías en Navidad, cuando acampábamos afuera de la Madriguera. Una vez te equivocaste y le chamuscaste el cabello a Louis.

—Yo no me equivoqué —replicó ella ofendida—. Estaba demasiado cerca y James me empujó.

Se rieron.

Aquel sonido se escuchó extraño en medio de la oscuridad opresiva. Las navidades en la Madriguera parecían lejanas, como si pertenecieran a otro mundo del que no habían hablado en mucho tiempo. La sonrisa de Rose fue desapareciendo de su rostro poco a poco.

—¿Cómo crees que lo hicieron, Albus?

—¿Qué?

—Nuestros padres —los dedos de Rose se aferraron al frasco de vidrio—. ¿Cómo crees que ellos pudieron…? Cada vez que pienso en todo lo que sucedió en esa horrible mansión… No sé cómo ellos pudieron superar todo lo que les pasó. Tú sabes que siempre me molestó la decisión que tomaron, sobre no contarnos casi nada de la guerra cuando éramos niños y todo eso, pero… Debió de ser tan difícil para ellos…

Albus se apartó. Se apartó antes de que su prima terminara de hablar. Se apartó de manera tan brusca que la manta le resbaló por el cuerpo y cayó al suelo. No quería. No estaba dispuesto a escuchar las nuevas reflexiones de Rose sobre las mentiras y los secretos que habían terminado por consumir a su familia. Mentiras y secretos. Fred le había dicho que él, que Albus, estaba haciendo exactamente lo mismo que habían hecho los mayores en el pasado. Ocultando verdades, guardando secretos, excusándose en la necesidad de protegerlos. Pero, él sabía que no era así. Lo que Albus estaba haciendo era necesario. Lo que su familia había hecho antes… Lo que su padre había hecho… No. No era igual. Albus no estaba haciendo lo mismo que él. No era igual a él.

No. No. No.

Rose le tomó la mano.

—Albus, yo creo…

—Está enfriando.

Su prima lo miró con tristeza.

—Entremos, entonces.

—Sí.

Recogió la manta del suelo, el libro y el frasco. Parecía querer seguir hablando, pero Albus no le dio motivos para hacerlo. Cuando estuvieron dentro, Rose se quedó de pie, observando la esquina de la tienda.

—¿Crees que debería de colocarle otra manta a Scorpius?

El muchacho estaba ahí, roncando en su bolsa de dormir, cubierto por cinco gruesas frazadas. Entre el montón de tela sólo alcanzaban a notársele ligeros mechones rubios de cabello, esparcidos sobre una enorme almohada.

—Creo que está bien —dijo Albus y entonces se percató de algo que hasta el momento no había notado—. ¿Scorpius?

—Sí, creo que podría tener…

—No, hablo de que… —Albus miró a su prima, extrañado—. ¿Desde cuándo lo llamas…?

—Será mejor que intentemos dormir. Mañana será un día difícil.

Dejó caer las cosas entre los brazos de Albus y caminó al otro lado de la tienda sin voltear a verlo. Él, desconcertado, puso todo en la mesa.

El sofá donde reposaban las mochilas estaba a un escaso metro de distancia. Volvió a su bolsa de dormir antes de poder sentir el calor del Aurea Pergamena en su interior. Cerró los ojos con fuerza, deseando poder vaciar su mente, olvidarse por un momento de todo, tener un sueño tranquilo, sin jardines, sin caminos y sin decisiones que tomar.

Sin embargo, todo fue en vano. Las pesadillas regresaron en cuanto se quedó dormido.


Hugo llevaba entre los brazos cuatro vasos de té que humeaban y dos bolsas de papel cargadas con panecillos. Cécille, que apenas estaba recogiendo otra bolsa, lo miró con una sonrisa.

—Será mejor que yo lleve esto.

—No, todavía puedo —dijo él y uno de los vasos se balanceó peligrosamente—. Venga, dámelo.

—Sé que eres fuerte, Hugo, pero estás a punto de…

—No, de verdad, puedo… —las orejas se le pusieron coloradas—. ¿Dijiste que soy…?

Las mejillas de Cécille se encendieron al instante. Estuvo a punto de tirar la bolsa que tenía en las manos cuando dio dos pasos presurosos hacia atrás. Afortunadamente, Hugo alcanzó a detenerla antes de que tocara el piso, provocando que varias gotitas de té le cayeran encima.

—¡Oh, lo siento! —exclamó Cécille—. No quería… Lo lamento, es… Déjame llevarlo a mí…

—Está bien, no pasa nada —dijo él dibujando una sonrisa.

—Voy a ver si la señora Longbottom necesita ayuda con lo demás —murmuró ella, aun sonrojada. Hugo la observó alejarse hasta el otro extremo de la barra principal que había en el Caldero Chorreante. Una expresión bobalicona le adornaba el rostro.

Lily, sentada en un banquito alto a su lado, rodó los ojos.

—Te juro que si no te animas a besarla antes de que terminemos Hogwarts, te asesino.

—¡Lily! —Hugo volteó hacia ambos lados, preocupado de que alguien pudiera haber escuchado aquello.

—Te queda sólo un año y medio. No pensé que fueras tan miedoso.

—Cállate —le soltó Hugo mientras balanceaba todas las cosas que llevaba entre los brazos para no tirar nada—. No soy yo el que se ve en secreto con alguien y…

—No sé de qué estás hablando.

—¿No deberías de estar preocupada por James? —preguntó él alzando las cejas. Lily frunció el ceño y desvió la vista. Hugo pareció arrepentirse de lo que había dicho—. Lo siento.

—Está bien —dijo ella y fingió que se revisaba las uñas—. Sé que él está bien.

—Sí, lo está.

—Lo atacaron Benjamin Lodge y el otro tipo que estaba en el andén 9 ¾.

—¿Qué? —dos vasos volvieron a peligrar entre los brazos de Hugo—. ¿Cómo sabes…?

—Mis padres estaban hablando de eso en San Mungo —le explicó Lily. Volteó a verlo otra vez—. Creo que todavía piensan que tenemos nueve años y no podemos leerles los labios. Dijeron también que dejaron algo grabado en el suelo, una marca.

—Diablos —masculló Hugo, pero luego su rostro pareció tranquilizarse—. Eso es… Es bueno, ¿no? Es decir, si ellos atacaron es porque aún no pueden encontrar a Albus, ni a Rose. Donde quiera que estén, ellos no lo saben. Eso es… Es algo bueno.

—Sí —los ojos de Lily se ensombrecieron—. Entonces, si es algo bueno, ¿por qué mi hermano está en el hospital?

Hugo iba a responderle, pero en ese momento sus ojos se clavaron en la esquina del bar. Lily, confundida, siguió su mirada y distinguió una cabellera pelirroja tambaleándose al lado de una mesa. Se levantó del banquito enseguida y Hugo dejó en la barra todo lo que tenía entre los brazos. Cécille apenas estaba acercándose a ellos cuando ambos tiraron de su brazo y avanzaron, rodeando las mesas y a las pocas personas que seguían bebiendo durante la madrugada.

—¿Fred?

El muchacho volteó a verlos y palideció. Tenía el abrigo puesto al revés y el cabello desordenado. En la mesa de al lado, mirándolo con una mueca de fastidio imposible de disimular, estaba Rachel Carter, la profesora de Albus en la Academia de Aurores.

—¡Oh, no, Lily! ¡Hugo! —exclamó Fred con voz pastosa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Hugo.

—Una cita —Fred señaló a Rachel Carter y ella puso los ojos en blanco.

—Vine por mi cuenta. Sola. Tu primo, al parecer, lleva aquí toda la noche.

—La amo —dijo Fred y soltó un fuerte hipido—. En serio. La amo.

—Ven acá —gruñó Lily y tiró de su brazo. El muchacho sollozó.

—Molly nos avisó que James y Alice estaban en San Mungo… ¡James y Alice! ¡En San Mungo!

—Están bien —Lily se cubrió la nariz. Fred olía como a cien litros de ron de grosella—. ¿Qué demonios, Fred?

—La he cagado, Lily —el muchacho se soltó del agarre de su prima y se dejó caer en una silla al lado de Rachel Carter. Ella lo miró con desagrado—. Lo siento, de verdad, lo siento. Debimos decirles antes.

—¿De qué estás hablando?

—Minie, Molly y yo… No queríamos… ¡Debimos decirles desde el principio! —Fred soltó otro sollozo y ocultó la cara entre las manos—. Queríamos ayudarlo, ¡sólo queríamos ayudarlo! Lo siento, lo siento… Lo siento tanto…

—Deberíamos de sacarlo de aquí —murmuró Cécille.

Hugo tomó a su primo por los hombros y logró que se pusiera de pie a regañadientes. Todavía estaba murmurando cosas que no tenían mucho sentido para los demás cuando avanzaron unos pasos, dejando atrás a Rachel Carter.

Lily caminó con ellos, pero luego frunció el ceño. La duda invadió su ser sólo por un segundo y luego, se apartó el largo cabello de la cara y regresó a la mesa, sentándose con determinación en la silla que Fred había dejado vacía.

—Soy Lily Potter —le dijo a la profesora. Ella alzó las cejas.

—Ya lo sé. Estabas fisgoneando con tu hermano afuera de la Academia de Aurores.

—Bien, ya sabes a lo que vengo—Hugo y Cécille miraron a Lily, se detuvieron y regresaron arrastrando a Fred con ellos—. Sé que mi familia confía en ti y quiero saber qué está pasando.

—Le dije a tu hermano antes que…

—Mi hermano está en el hospital —dijo Lily bruscamente. Alzó la barbilla, como si con eso pudiera compensar la diferencia de edad o de estatura—. Y la verdad es que estoy empezando a hartarme de esta situación.

—Lily… —murmuró Cécille.

—Vas a decirme todo lo que sabes.

La profesora volteó a verla con una mueca curiosa, terminó lo que estaba bebiendo de solo trago y se levantó de la mesa, alisándose las mangas de la túnica. Lily la miró, furiosa.

—¡No! —exclamó y se levantó también. Sus manos chocaron contra la madera de la mesa. Detrás, Hugo y Cécille se miraron, preparados para intervenir mientras Fred seguía balbuceando incoherencias.

—Tengo prisa —dijo Rachel Carter y empezó a caminar hacia la salida del Caldero Chorreante.

—¡Dijiste que mi padre te ayudó! —exclamó Lily—. Ayúdame tú a mí, ¡a nosotros! No tenemos idea de qué está pasando y mis hermanos…

Pero la otra continuó sin detenerse y sin mirar atrás. Lily soltó un fuerte gruñido, más parecido a un rugido, y se sacó la varita del bolsillo. Cécille avanzó hacia ella y la detuvo por el brazo rápidamente, antes de que pudiera apuntar.

—No lo hagas, Lily, no…

Soltó otro gruñido, se guardó la varita y se dejó caer en la mesa otra vez, con la cara entre las manos. Creyó que su amiga iba a sentarse a su lado y a darle palmaditas en la espalda, como siempre hacía cuando estaba deprimida por algo. Pero, en vez de eso, la escuchó correr.

—¿Profesora Carter?

Lily levantó la cabeza, confundida. Cécille había logrado atravesarse en el camino de la profesora y aunque tenía la cabeza gacha y las manos temblorosas, parecía determinada a no dejarla avanzar. Hugo, todavía deteniendo a Fred, soltó un gemido de impresión.

—Por favor, sólo…

—Lo siento, tengo prisa —dijo Rachel Carter tratando de esquivar a la muchacha. Cécille volvió a plantarse delante de ella.

—Sólo espere, por favor —pidió con la voz convertida apenas en un susurro—. Yo la entiendo, de verdad.

—¿Disculpa?

—La familia Potter es increíble.

Rachel Carter arqueó las cejas.

—Los conozco, ellos… Todos ellos son increíbles —Cécille alzó ligeramente la vista y se mordió el labio. Miró a Lily, sentada en la mesa y sonrió—. Ellos no son mi familia, profesora, pero son lo más cercano que tengo a una. Y yo también… Yo…

—Tengo prisa —volvió a decir la profesora, pero Cécille negó enérgicamente con la cabeza.

—Yo también quiero ayudarlos a como dé lugar. Por eso la entiendo.

Aquello lo dijo en voz alta, clara y fuerte. Lily se levantó de su lugar con la boca abierta. Le parecía que era la primera vez que veía a su amiga hablarle a alguien de aquella manera. Los pequeños ojos marrones todavía se le notaban nerviosos, pero las manos ya habían dejado de temblarle. Hugo soltó a Fred y se acercó. Parecía embelesado mientras miraba a la muchacha.

—Por favor —pidió Cécille una vez más—. Por favor. Lo único que queremos es ayudar.

Rachel Carter torció la boca. Observó a la muchacha frente a ella, luego a Lily, a Hugo y a Fred. Se detuvo unos segundos más en Fred. Aunque su rostro seguía tan impasible como siempre, sus ojos reflejaban miles de pensamientos encontrándose, contradiciéndose. Finalmente, suspiró.

—No puedo decirles nada —dijo con firmeza y los hombros de Cécille descendieron, decepcionados—. Pero, eso no quiere decir que los demás piensen de la misma manera.

Lily dio un respingo.

—Han estado tratando de averiguar lo que pasa a espaldas de su familia —continuó la profesora—. Están ocultándoles cosas. Es un círculo, ¿no lo ven? —miró a Lily—. Si de verdad quieren que les confíen todo, ustedes tienen que hacer lo mismo. Les apuesto a que ellos también lo quieren así.

Se ajustó bien la bufanda al cuello y esbozó lo que parecía ser una sonrisa en ese rostro impenetrable. Miró a Fred una vez más, rodó los ojos y caminó finalmente hacia la salida del bar. Lily corrió hasta donde estaba Cécille y la enredó en un fuerte abrazo

—Gracias, gracias, ¡gracias!

—Pero, no dijo nada. Yo creí que podría…

—No, tiene razón —dijo Lily sonriendo—. ¡Tiene toda la razón! No podemos seguirles ocultando más cosas, es… Llegó la hora de hablar con ellos. Volvamos a San Mungo ahora mismo. Tengo que decirle a James.

—¡Eso fue impresionante! —dijo Hugo y los ojos le brillaron, emocionados—. ¡Impresionante, de verdad!

—No fue nada —murmuró Cécille y se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Las mejillas volvieron a encendérsele.

—Un año y medio —canturreó Lily en voz baja. Hugo le dio un golpecito en el hombro y ella, por primera vez en mucho tiempo, se rio.


—Según mis cálculos, con tres porciones iguales y dejando una reserva para después, la poción nos durará alrededor de dos horas —Rose se paseaba por la tienda de campaña observando la botella de poción multijugos con apremio, como si esperara a que, de repente, el espeso líquido comenzara a multiplicarse por sí solo—. Hay que ser rápidos. No podemos perder el tiempo.

Tenía varios libros esparcidos por la mesa. Abrió uno y se quedó observándolo por un rato, en una página que contenía un gran mapa del condado de Sligo, con varios rayones y anotaciones. Dejó la botella de poción a un lado.

—Primero iremos al castillo de la reina Maeve —señaló un punto en el mapa que ni Albus ni Scorpius alcanzaban a ver. Ambos estaban terminando de alistarse al otro lado de la tienda—. Si no encontramos nada, seguiremos por el valle donde se cree que la reina enseñaba magia a sus aprendices. Hay también unas grutas al final del condado que me gustaría revisar, pero sólo lo haremos si nos queda tiempo y no hemos encontrado nada para ese momento.

—Conozco el castillo —le dijo Scorpius—. Pero, los otros dos lugares…

—No vamos a aparecernos —dijo ella. Apiló los libros en una hilera y acercó su mochila—. Si Dimas y Lodge siguen por aquí, es peligroso hacer magia. La poción multijugos no es suficiente para engañarlos, tenemos que actuar como muggles.

—¿Acaso pretendes recorrer todo el condado a pie?

—Sí y rápido —respondió ella con el ceño fruncido. Comenzó a empacar todo en su mochila y luego se golpeó la frente—. ¡Oh, no! ¡Casi me olvidaba!

Metió todo el brazo dentro (con el hechizo de extensión indetectable parecía que podía introducir todo su cuerpo) y sacó tres pequeñas botellitas de cristal. Miró a Scorpius.

—Tengo que ponerte esto.

—¿Qué?

—Son las pociones que Molly estuvo poniéndote para que las heridas pudieran cicatrizar —Rose observó las botellas y apretó los labios—. Esta es la esencia de Multrap. Me parece que es la que te toca cada diez horas, las otras eran cada doce.

—Olvídalo —pidió Scorpius haciendo un gesto despreocupado con la mano. Había terminado de vestirse y estaba poniéndose un gorro—. Esas pociones apestan. Yo sano solo.

—¿Qué? —Rose se cruzó de brazos—. Molly era muy estricta con todo esto.

—Molly no está aquí.

—Si no dejas que te las ponga, puede dolerte de nuevo y…

—Yo sano solo, ya te lo dije.

—Sácate la camisa.

Albus, que hasta el momento había estado calzándose los zapatos sentado en el suelo, alzó la cabeza y miró a sus amigos. Ella tenía la cara erguida, como siempre que daba una orden. Él, por otro lado, parecía haberse quedado mudo de repente. Tenía las cejas contraídas en un gesto de sorpresa y los ojos bien abiertos. Albus se carcajeó sin poder evitarlo.

—Tendrías que ser más delicada cuando le pides algo así a un chico, Rosie.

Su prima volteó a verlo, desconcertada. La comprensión la golpeó unos segundos después y las orejas se le pusieron rojas.

—Eso no es lo que yo… Yo no… —miró a su primo con ojos asesinos—. No me refería a… ¡Eres un verdadero…!

—Ya —la interrumpió Scorpius. Se dirigió al sofá y sin mirar a nadie, se sacó el abrigo, el jersey y la camisa. Rose se sentó a su lado, con las botellitas en la mano y con las orejas todavía coloradas. Seguía dirigiéndole miradas rabiosas a Albus.

Él volvió a reírse, pero se alejó antes de incrementar la furia de su prima y la incomodidad de su amigo. Tomó un rápido desayuno, terminó de empacar todo y esperó a que los otros dos terminaran con su tarea.

Treinta minutos después, llegaron al pueblo.

En Sligo no había edificios grandes, sólo pequeñas casas, negocios y habitantes que apenas se levantaban con el amanecer. Una plaza con vendedores, tejados coloridos y un piso de piedra que brillaba al contacto con los rayos del sol. Aunque la mayoría de las personas iban bien abrigadas, Albus, Rose y Scorpius sobresalían por sus largas bufandas y por las gorras que les cubrían gran parte del rostro, en un desesperado intento de no ser reconocidos antes de tomar la poción multijugos.

—¡De prisa! —masculló Rose y caminó apresuradamente hasta la parte trasera de un local. Albus y Scorpius la siguieron y se aseguraron de que no hubiera nadie alrededor—. No tardo. Si algo sucede, recuerden el plan. Lanzamos chispas con la varita y nos desaparecemos. Nos veremos en el lugar donde estaba la tienda de campaña.

—Tal vez deberíamos de ir todos juntos a buscar los cabellos para la poción —sugirió Scorpius.

—Ya tenemos un plan —dijo ella y se dio la vuelta, sin darles la oportunidad de decir algo más. Caminó a prisa, con la mochila rebotando en su espalda.

Scorpius gruñó.

—Justo cuando pienso que esa mujer no puede ser más terca, termina por sorprenderme —dijo. Se olfateó el abrigo con una mueca de desagrado—. Apesto. Malditas pociones curativas.

—Será mejor que te acostumbres, porque Rose no va a dejarte en paz —dijo Albus con su varita fuertemente aferrada debajo del abrigo. Su prima les había dicho que no las sacaran todavía, pero él quería estar preparado para cualquier eventualidad. Tenía la vista fija en el pueblo.

—La última vez que tuve tantas porquerías encima tenía diez años. Me mordió una doxy y mi padre hacía que me untara el maldito antídoto cada hora —se rio, pero fue una risa que se parecía más a la melancolía que a otra cosa. Scorpius suspiró y se puso a desenredar un hilo suelto de su manga—. Albus, ¿soy idiota?

—¿Qué…?

—Por pensar que mi padre estaba del lado de Dimas y Lodge.

Aquello lo tomó por sorpresa.

—Oh —balbuceó—. Bueno, no… No pienso que…

—Les creí, ¿sabes? Cuando Selwyn y esos otros bastardos me lo dijeron, pensé que tenía sentido —Scorpius torció la boca—. Pensé "¡oh, por supuesto! Mi padre quería mudarse a Francia porque estaba huyendo, igual que los otros mortífagos que se fueron de Inglaterra, pero ahora le han ofrecido algo más y decidió quedarse". Y resulta que todo este tiempo él… Él estaba…

—Estaba tratando de protegerte —dijo Albus. Sólo hasta entonces se dio cuenta de que Scorpius parecía desesperado por soltar aquellas palabras.

—Sí, quién lo creería, ¿eh?

—Pero, es tú…

—Es mi padre, sí, lo sé —resopló—. Pero nosotros nunca hemos sido… Nunca hemos sido como tú y tu padre, por ejemplo. Entre nosotros nunca han existido esas conmovedoras charlas sobre el significado de la vida y todo eso.

—Mi padre no… —Albus frunció el ceño. Scorpius alzó una mano para callarlo.

—No pienso meterme en los conflictos que tienes con él —le advirtió y torció una sonrisa—. Lo que quiero decir es que cometen errores todo el tiempo, sí. Pero al menos tú siempre has sabido que todo lo que tu padre ha hecho, incluso las cosas en las que se ha equivocado, ha sido por el bienestar tuyo, de Lily y de James. Yo no sabía que mi padre… —suspiró—. Ya sabes, que fuera capaz de hacer algo así.

Su amigo recargó la cabeza en la pared del local y Albus se quedó callado, con la vista todavía fija en el pueblo.

Observó a los habitantes que se deseaban los buenos días, los coloridos tejados y la bruma matinal. El aire olía a pan recién horneado y a café. Se acordó por un momento del Valle de Godric. Recordó cuanto le gustaba ver el amanecer desde la ventana de su habitación. Su madre preparando el desayuno mientras releía el Profeta, James y Lily discutiendo mientras bajaban las escaleras, Kreatcher sirviéndole jugo y gruñendo por su existencia, su padre entrando a la cocina… Luego se acordó de las estrellas que no iluminaron su hogar aquella oscura noche en el despacho de su padre. Mentiras que se deshacían en gritos, decepciones que flotaban en el aire, él, la sombra de Harry Potter.

Cerró los ojos y de nuevo aparecieron frente a él los dos caminos en el jardín de Vivian.

—Oye —dijo Scorpius golpeándole las costillas con el codo. Albus volteó a verlo—. Cuando tú estabas deprimido yo te llevé una botella entera de whisky de fuego. Exijo equidad en esta amistad, Albus.

—Oh, por supuesto —sonrió y señaló la acera de enfrente—. Puedo traerlo ahora que Rose viene llegando. Seguro que va a adorar la idea.

Tomar la poción multijugos no fue tan terrible como la primera vez. Cuando las náuseas pasaron, Albus observó su reflejo en un espejo pequeño que Rose le había tendido. Tenía los ojos azules y la quijada cuadrada.

—Rápido —dijo ella y se apartó el cabello negro de la frente—. Recuerden que tenemos sólo…

—Dos horas aproximadamente —dijo Scorpius y le quitó el espejo a Albus para admirar su nueva barba, castaña y espesa.

Los tres salieron de detrás del local y se adentraron en el pueblo, confundiéndose con los demás habitantes.

Llegar al castillo fue fácil.

Si bien no era tan impresionante como el Castel Nuovo, tenía tantas torres y ventanas que Albus dudó seriamente poder completar su búsqueda en el tiempo planeado. Estaba abierto al público, pero no parecía tener mucho éxito entre los turistas… Si es que los había. Cuando se acercaron para pagar su boleto de entrada, el guardia los miró con desagrado, como si hubiesen sido descorteses al interrumpir su día de pereza. Rose entró delante de ellos, pero esta vez no se detuvo a admirar las viejas paredes de ladrillo, ni los diseños medievales que tanto le gustaban. Albus y Scorpius avanzaron detrás de ella, resignados.

Recorrieron el lugar piso por piso. Entraron a todas las habitaciones, subieron todas las escaleras y se asomaron por todos los balcones que encontraron. Cada vez que Albus negaba con la cabeza, sin sentir el calor propio del Aurea Pergamena dentro de sí, Rose tiraba de su brazo hasta otro punto del castillo, enfadada.

Después de una hora tuvieron que aceptar que no había ni una sola hoja del Aurea Pergamena oculta en ese lugar.

Siguieron con el valle.

El camino fue más largo y aunque Rose parecía decidida a no detenerse, tenía la respiración agitada y más sudor en la frente que los otros dos. Ahí no había nada salvo pasto seco por el invierno y un viento más fuerte que el que azotaba en el pueblo. Recorrieron juntos todo el perímetro, esperando a que Albus diera alguna señal de haber sentido la magia de Merlín.

El muchacho palpó varios árboles, caminó en círculos y trató de vaciar su mente, de concentrarse únicamente en las nuevas hojas que deseaba encontrar.

No sucedió nada.

—¿Y estás completamente seguro? —le preguntó Rose por tercera vez, mientras se alejaban del valle.

Albus rodó los ojos y asintió.

—Aún nos quedan las grutas que dijiste —dijo Scorpius encogiéndose de hombros—. Y si no encontramos nada, podemos volver mañana a revisar de nuevo.

—La poción —gruñó Rose—. No va a alcanzarnos.

—Ya pensaremos en algo.

Cuando regresaron al pueblo, Rose se sentó en la orilla de una fuente para poder sacar de su mochila el libro con el mapa. Lo miró, frustrada.

—No nos queda tiempo para ir hasta allá. Uno de nosotros podría tomarse lo que resta de la poción, aunque sería arriesgado si esos hombres siguen por aquí y, de cualquier manera, únicamente tú —señaló a Albus con la cabeza— puedes sentir las hojas. No serviría de nada que nosotros…

—En veinte minutos vuelvo a quedarme lampiño, ¿sabes? —le dijo Scorpius consultando su reloj de muñeca—. Será mejor que volvamos a la tienda y…

Al escuchar la hora, Rose bufó con fuerza y metió la mano en su mochila de nuevo. Sacó una botellita pequeña con un líquido incoloro y se la tendió a Scorpius.

—Es otra de las pociones —le dijo y regresó su atención al mapa en el libro.

—¡Oh, no! Ya basta —dijo él con los ojos en blanco—. No voy a desnudarme en medio de la calle.

—Tómatela —dijo Rose—. Esa es para que no te vuelva la fiebre —dobló la orilla del mapa y frunció el ceño—. Escuché a Molly decir que no sabía qué efecto a largo plazo podían tener esas heridas y que era mejor no arriesgarse. Si te vuelve la fiebre, será peligroso —recorrió con el dedo los límites del mapa. No parecía concentrada en nada más—. La última vez, te pusiste muy mal. Parecías como ido y todas esas cosas que decías…

A Scorpius casi se le resbala la botella de las manos.

—¿Las cosas que…? —miró a Rose, pero ella no estaba prestándole atención—. ¿Cuándo tenía fiebre? ¿En el calabozo? ¿Te dije cosas?

La muchacha asintió sin apartar la mirada del libro.

—Oh, bueno —Scorpius se rascó la nuca—. No recuerdo mucho de lo que sucedió luego de la golpiza, ¿sabes? ¿Qué fue…? ¿Qué cosas te dije?

—… el vandalismo de los jóvenes, sí señor. ¿Supiste que hace poco incendiaron un campo de la montaña Knocknarea?

Albus se volvió.

A unos pasos de ellos, un par de ancianas charlaban animadamente mientras les arrojaban migajas de pan a las palomas. La que había hablado parecía ser la más vieja de las dos.

—Todavía no se sabe cómo comenzó el fuego y lo extraño es que no se extendió más allá, ¿sabes? No llegó lejos, a pesar de que fue en el pasto donde…

—Disculpen —Albus se acercó a ellas. Rose dejó de prestarle atención al libro y Scorpius levantó la cabeza en su dirección.

—¿Si? —preguntó la vieja con las cejas arqueadas.

—¿Dijo que incendiaron un campo en la montaña…?

—De Knocknarea, sí —la anciana lo miró con un gesto de disgusto, ofendida por la interrupción.

—¿Y el fuego jamás salió de ese sector? ¿En un campo?

—Es raro, ¿verdad? —dijo la otra, más alegre y sonriente—. Un incendio que se queda solo en un sector del campo seco, ¡parece cosa de magia!

Albus asintió lentamente y volvió a la fuente mientras la anciana mayor murmuraba algo sobre "los muchachos impertinentes y entrometidos". Sus amigos lo observaban, confundidos.

—¿Te parece un buen momento para ponerte a charlar con dos…? —comenzó a decir Rose, pero se calló porque Albus le arrebató el libro de las manos.

—Aquí está —dijo señalando un punto en la esquina derecha del mapa—. La montaña de Knocknarea… ¿Hay algo que relacione a la reina Maeve con ese lugar?

—¿De qué estás hablando? —preguntó Rose y volvió a quitarle el libro—. No tenemos tiempo para jugar. Tenemos que… —pero entonces, sus ojos se iluminaron. Le agarró el brazo a Albus, emocionada—. ¡Por supuesto! ¿Cómo no lo pensé antes? ¡Tiene sentido!

—¿Qué? —preguntó Scorpius, pero la muchacha se levantó y comenzó a caminar sin esperarlos—. ¿Qué es lo que no se te había ocurrido antes?

—¡El cementerio, claro! —exclamó cuando lograron alcanzarla—. ¡No sé cómo pude pasarlo por alto!

Albus se puso delante de ella, sin dejarla avanzar más.

—Rose, ¿quieres hacer el favor de explicarnos qué…?

—En la cima de esa montaña hay un cementerio para magos y brujas —explicó en voz baja, exasperada porque ellos no estuvieran al tanto de esa información—. Los muggles no lo saben. Para ellos son sólo piedras agrietadas en medio de un campo, pero, en la antigüedad, ahí solían enterrar a los magos y brujas más poderosos que habitaban en Irlanda. Puedo apostar a que la reina Maeve está enterrada ahí, en…

—En el lugar que incendiaron —completó Albus. Un cosquilleó le caló en el estómago—. El fuego no se esparció por el campo. Fue magia. Alguien quería incendiar solamente ese lugar.

—¿Un incendio? —preguntó Scorpius alzando las cejas—. Dimas y Lodge, seguramente. Malditos pirómanos.

—Estaban buscando las hojas —dijo Rose poniéndose una mano en la frente—. Creían que estaban ahí, en la tumba de la reina.

—Pero, si la quemaron, quiere decir que no pudieron encontrar nada. Eso mismo hicieron con la casa de los Fawley, ellos…

—Por supuesto que no encontraron nada —dijo Albus y el cosquilleó en su estómago se intensificó, viajó por su cuerpo y se concentró en la cicatriz que tenía en la palma de su mano derecha—. Ellos no pueden sentir el Aurea Pergamena. Yo sí.


Molly:

Tengo a Fred vomitando sobre el jarrón que la abuela nos regaló. La culpa lo ha consumido por completo. Lily acaba de enviarnos una lechuza a todos diciendo que necesita vernos. Esto es UR-GEN-TE. Tenemos que bajarle el ron de grosella a Fred y luego hablar con los demás y contarles todo.

TODO.

Ven. Ahora.

Dominique.

Cuando Molly salió de su oficina en San Mungo llevaba la nota de Dominique arrugada en el bolso. Se había pasado toda la noche vigilando que James y Alice tuvieran los cuidados necesarios para su recuperación, pero cuando los primeros rayos del amanecer se asomaron por el cielo, sus superiores le ordenaron ir a descansar a su hogar.

—Sí, claro —murmuró mientras entraba al callejón en donde solía desaparecerse para llegar a su departamento, consciente de que, con Fred ebrio y con Dominique histérica, haría de todo menos descansar.

Se detuvo a la mitad del callejón porque algo le pareció inusual.

Conocía ese lugar como la palma de su mano, porque se había desaparecido ahí desde que comenzó a trabajar en San Mungo. Conocía de memoria el basurero de la esquina y los vidrios rotos que lo rodeaban, también las marcas vistosas que los delincuentes solían rayar en las viejas paredes… Había una nueva. Una marca que no estaba hecha con pintura fluorescente sobresalía de las demás. Oscura, nueva y diferente. Parecía que alguien había quemado la pared para trazar una línea con las esquinas curvas, atravesada por una especie de flecha.

Molly se acercó a ella, la observó.

Alcanzó a distinguir un resplandor azul antes de salir despedida hacia la pared que sellaba el callejón.

Cayó de espaldas y sus huesos crujieron. Tenía la varita en la mano. Lanzó un hechizo a la persona que la había atacado. Su oponente cayó de rodillas al piso y ella se levantó.

—Benjamin Lodge —murmuró Molly al reconocer a quien había sido su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras años atrás.

Blandió su varita otra vez. Estaba a punto de atacar cuando un látigo de cuero se enredó en su cuello, igual a una serpiente capturando a su presa.

—Suéltala —siseó Dimas Mabroidis en su oído.

Molly dejó caer su varita al suelo. Benjamin Lodge se puso de pie y se acomodó las gafas con tranquilidad.

—Señorita Weasley —dijo y se sacudió el polvo de la túnica con elegancia—. ¡Cuánto tiempo ha pasado! Lamentamos importunarla, pero necesitamos…

—No sé dónde está —dijo Molly y Dimas Mabroidis apretó el látigo que había enredado en su cuello. Ella soltó un quejido—. Hagan lo que quieran, no sé… Yo no sé dónde está Albus.

La risa de Benjamin Lodge hizo eco en el callejón.

—Oh, pero eso ya lo sabemos —dijo y se acercó a ella lentamente. Parecía estar disfrutando del pánico que brillaba en sus ojos—. Sólo queremos que reciba el mensaje.

Y un grito de desesperación resonó en el callejón.


Si ven el capítulo anterior y notan mi comentario sobre "espero actualizar pronto" sólo ignorenlo, ¿sí? Traté, les juro que traté. Pero corregí esto como veinte veces porque nada terminaba de gustarme. Espero que el resultado final haya sido de su agrado :) Veamos, ¿qué puedo decir? Las cosas se normalizaron un poco, pero van a volver a descontrolarse porque soy malvada y eso. Y ya saben, porque Dimas y Lodge están atacando a la familia Potter-Weasley y porque Albus sigue siendo tentado por los pergaminos aunque no quiera. Sip, definitivamente habrá descontrol.

Estoy bastante inspirada porque ya pronto va a estrenarse Animales Fantásticos (¡WOHO!) y estoy como mega super emocionada por volver al cine para ver algo de Harry Potter. Adiós, mundo muggle. He estado escribiendo mucho (¡es en serio!), pero no voy a prometerles pronta actualización porque luego quedo mal y así.

¡Oh, ya leí The Cursed Child! ¿Quieren saber qué opino? *SPOILERS* Me gustó. No sentí la misma emoción que con algún libro de Harry Potter, ni quedé enamorada y con ganas de saber más como siempre pasaba, pero me gustó. Creo que su mayor fallo fue haber dejado pasar tanto tiempo para describir la historia de Albus, porque le dio tiempo a los fans de imaginarse y crearse expectativas demasiado grandes (es decir, yo llevo un fic de 27 capítulos). Peeeeero, hubo momentos que me encantaron como las pesadillas de Harry, el mundo alternativo donde Voldemort ganó (porque amo los mundos alternativos), Harry presenciando la muerte de sus padres, Snape is back, RON Y HERMIONE, y Scorpius Malfoy, entre otras cosas. Lo que me disgustó: La villana, dah. ¿Seriusly? Varios momentos de la primera mitad, que Albus fuera TAN TAN diferente a Harry, que no jugara quidditch (¡¿why?!) y que él y Rose no fueran los super best friends del mundo como siempre me lo he imaginado. Pero, está bien. NO es mi continuación (mi continuación es Aurea Pergamena jojojo) pero me parece un buen tributo a la saga. *FIN DEL SPOILER*

Y ya después de desahogarme, me despido. Espero sus comentarios como siempre para saber qué les pareció este capítulo.

Yyyyyyyy por cierto *inserte cara de adoración aquí* alguien que no dejó su nombre en el comentario, pero que en su cuenta de vimeo se llama Mary Tudor, ¡hizo un video del fic! Oh, Dios, me encantó. De verdad, es increíble. Para verlo pueden teclear vimeo PUNTO com DIAGONAL 180409106 (¡Aparece el Aurea Pergamena, ahhhhh!).

Ahora sí, bye.

¡Reviews plis!