El Fantasma de la Reina

—¡Lysander!

Lily dio un par de rápidas y entusiasmadas zancadas. Cuando llegó hasta el muchacho, saltó, le enredó los brazos al cuello y lo besó. Él la sujetó con fuerza por la cintura y no la soltó hasta que el beso hubo terminado, unos segundos después.

—Quería llegar antes —dijo él recuperando el aliento, mientras Lily le sacudía un puñado de cenizas del cabello. Detrás, la chimenea que había en el pequeño departamento de Molly, Fred y Dominique acababa de apagarse—. Fue un poco difícil, pero convencí a Lorcan y a James de que debía venir para ver que no arruinaras nada antes de que llegaran los demás. Ya sabes, "es mejor que alguien vigile a la enana antes de que estropee las cosas".

—Siempre tan galante —dijo Lily y soltó una risita antes de darle otro rápido beso en los labios.

—¿Estás nerviosa? —le preguntó Lysander. Ella negó con la cabeza.

—James no les ha dicho todavía por qué vamos a reunirnos, pero estoy segura de que todos estarán de acuerdo con lo que vamos a proponerles. Rachel Carter tiene razón: si queremos que nuestros padres sean sinceros con nosotros, no podemos seguir mintiéndoles —con un rápido movimiento, la varita de Lily abrió las puertas de la cocina. Cinco sillas flotaron en el aire para acomodarse en la diminuta sala de estar.

—Ya —Lysander se recargó en el borde del sofá, observando cómo los muebles trataban de hallar espacio en el suelo—. Pero me refería al otro asunto.

—¿De qué hablas?

—De decirle a James sobre nosotros, por supuesto.

La única silla que todavía no encontraba su lugar en la sala, se derrumbó en el suelo produciendo un fuerte estrépito. Lily dejó caer accidentalmente su varita y, con una torpeza nada propia de ella, se inclinó para recogerla rápidamente.

—¿Y por qué…? —balbuceó—. ¿Por qué habríamos de…?

—Bueno, es que… —farfulló Lysander. Su voz, aparentemente segura, se había apagado de repente—. Dijiste que habían decidido acabar con los secretos y todo eso y yo… Er, bueno, asumí que ahora que todos vienen para acá, tú querrías…

Se calló porque, en vez de continuar balbuceando, Lily se rio. Era una risita diferente a la que había hecho cuando recién se encontraron. Menos divertida, menos alegre, un poco más ácida.

—¿Y qué es lo que piensas decirle a James exactamente? ¿Qué te gusta manosear a su hermanita cada vez que se da la vuelta?

Lysander frunció el ceño.

—No, yo estaba…

—Ya hemos hablado sobre esto antes, ¿no es así? —Lily volteó el rostro y levantó la silla que había caído. Sin magia, comenzó a arrastrarla por la sala para acomodarla, produciendo un sonido chirriante contra el piso—. Si decimos algo, James va a matarte. Va a matarnos a los dos y a bailar como un Leprechaun sobre nuestras tumbas.

—Pero, tú dijiste… —Lysander la miró consternado—. Le dijiste a James que pronto se lo dirías, que le contarías qué es lo que has estado ocultando y…

—Sí, yo digo muchas cosas.

—Le prometiste que…

—Realmente no es un buen momento para esto.

—¿Cuándo, entonces? —Lysander cruzó los brazos. Sus hombros se tensaron—. Cada vez que tocó el tema, te portas rara y dices que no deberíamos de decir…

—Porque no necesitamos decir nada. Me gusta esto. Me gusta cómo estamos. Está bien.

—No, no está bien. James es mi amigo. Quiero hacer las cosas correctamente, quiero que nosotros…

—¡Oh, por el amor de Merlín! —Lily soltó la silla y puso los brazos en jarra—. ¡Molly acaba de ser atacada! James recién salió de San Mungo y seguimos buscando a Albus… ¿De verdad piensas que es momento de molestar a mi familia con estupideces?

Las palabras de Lily parecieron resonar en el aire, casi como si hubiera eco en el pequeño departamento. Lysander la observó volver a su tarea de arrastrar la silla y sus hombros tensos descendieron.

—¿Eso es lo que piensas que tenemos? —le preguntó al poco rato. El sonido chirriante contra el piso se detuvo, pero Lily no se volvió.

—No, yo… —murmuró—. Eso no es lo que quise…

—Tal vez tienes razón —concluyó Lysander y algo se quebró en sus palabras—. Esto no es más que una estupidez.

Las llamas esmeraldas de la chimenea se encendieron en ese momento. James salió de ahí, con cenizas en la capa y un inconfundible gesto de optimismo en el rostro. Detrás de él llegaron Lorcan y Louis.

—Todos vienen detrás de nosotros —anunció el último y se dejó caer en el sofá.

—No sé para qué llegaste antes, enana, ni siquiera preparaste algo de comer, ¿verdad? —Lorcan miró a Lily con una mueca burlona y luego se volvió hacia Lysander—. Por cierto, hermano, lo siento. Tratamos de llegar lo antes posible. Debió de haber sido terrible quedarte a solas con ella tanto tiempo.

Soltó una ligera carcajada que su gemelo no correspondió. Lysander se acomodó en una esquina del departamento sin mirar a nadie y se quedó cruzado de brazos. Cuando la chimenea volvió a encenderse, todos se distrajeron y por eso nadie notó que Lily se apartaba para sentarse sobre la silla que había estado arrastrando, en un rincón, con los ojos ligeramente vidriosos.

Pronto el pequeño departamento estaba lleno. Hugo le cedió una de las sillas a Cécille y se quedó a su lado, Alice se recargó en la chimenea, Roxanne se sentó con las piernas cruzadas en otra silla y, a pesar de que se encontraban en su hogar, Fred y Dominique se quedaron apartados, cerca de la cocina.

—¿Hablaste con Lucy? —preguntó James acercándose a su hermana.

—Hace como media hora por la red flú. Me dijo que todo estaba bien con Molly y que el tío Percy y la tía Audrey estuvieron de acuerdo en que viniera para acá.

—Bien —dijo James. La sonrisa de satisfacción que había dibujado en su rostro se esfumó en cuanto notó los ojos cristalinos de Lily—. ¿Qué te pasa?

—¿Qué? —preguntó ella y volteó hacia otro lado. El largo cabello pelirrojo le tapó la mitad de la cara—. Nada, no pasa nada.

James no le creyó, pero no pudo seguir insistiendo porque en ese momento se escuchó el sonido de unas llaves contra la puerta de entrada. Era Lucy. La muchacha asomó la cabeza antes de abrir por completo, se aseguró de que todos estuvieran presentes y finalmente le abrió paso a su hermana mayor.

—¡Oh, por todos los magos ancestrales! —exclamó Molly cuando puso un pie adentro de su departamento y notó la invasión—. Tiene que ser una maldita broma.

—Escucha… —le pidió James antes de que pudiera decir algo más, pero ella atravesó bruscamente la sala, como si quisiera escapar de él.

—No, no quiero escuchar nada. Acabo de salir del maldito hospital —con una mano le indicó a Louis que se moviera del sofá para poder sentarse. Él se apartó de inmediato.

—Maldijo dos veces —masculló Hugo—. No está de buen humor.

—¿Cómo te sientes, Molly? —le preguntó Alice mirándola con genuina preocupación.

—¡Ah! ¿En serio quieren saberlo? —Molly soltó una risa irónica y gruñó—. Porque yo creo que lo que en verdad quieren es empezar una de sus reuniones clandestinas —se volvió hacia Dominique y Fred—. ¿Por qué están todos aquí? ¿No se supone que…?

—Estamos aquí porque su departamento es el único lugar en donde podemos hablar tranquilamente —dijo James. Trató de no sonar excesivamente severo, pero no estaba dispuesto a tolerar el mal humor de su prima. Tomó asiento frente a ella, suspiró, tratando de calmarse y la miró serio, como nunca antes—. Fueron Lodge y el otro tipo, ¿verdad? Los que te atacaron.

Un aire de pesada tensión cayó en el departamento. Todos miraron a Molly, expectantes. Luego de unos segundos en los que nadie dijo nada, ella le devolvió la mirada a James, impresionada por la gravedad en su rostro. Asintió.

—¿Y…? ¿Qué fue lo que te hicieron? —se animó a preguntar Roxanne.

—Ellos… —Molly dejó escapar un largo suspiro. Su voz se suavizó un poco y James se preguntó si todavía estaría asustada por el ataque—. Ellos me… Me hicieron esto —lentamente se quitó la bufanda que llevaba enredada al cuello y apartó un poco la tela de su jersey.

Todos ahogaron un grito.

Sobre la clavícula, Molly tenía una marca gruesa y rosada que parecía haber sido tallada con algo punzante. El corte lucía como los de las piernas de Lily, luego de que la atacaran meses atrás en el andén 9 ¾. Sin embargo, éste no era un tajo al azar, tenía forma: una línea curva con una especie de flecha atravesándola.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Dominique llevándose las manos a la boca.

—No tengo idea —Molly volvió a ponerse la bufanda y soltó un débil quejido—. Pero grabaron el mismo símbolo en la pared del callejón donde me atacaron. Querían… —volvió a mirar a James—. Creo que quieren enviarle un mensaje a Albus.

—Oh, Molly… —Alice se le acercó para ponerle una comprensiva mano sobre el hombro—. ¿Te duele mucho?

—No —dijo ella, pero al intentar negar con la cabeza, soltó otro quejido.

—¿Y va a quitarse? —preguntó Lorcan estremeciéndose ligeramente.

—Lo hicieron con magia oscura —respondió Lucy apesadumbrada—. Los sanadores le dijeron que… Bueno, cuando es magia de ese tipo es poco probable que las cicatrices desaparezcan.

—Entonces, déjenme ver si estoy entendiendo —Roxanne se puso una mano en la frente—. Atacaron a James y a Alice, luego a Molly… ¿Esto quiere decir que esos tipos van a abalanzarse sobre nosotros hasta que Albus reciba el supuesto mensaje?

—Sí.

Todos fijaron sus ojos en James. El muchacho se había levantado, apretando los puños sin darse cuenta. No había ni un rastro de diversión en su semblante y probablemente eso los asustó más que la afirmación en sí.

—Benjamin Lodge y el otro tipo ya saben que Albus no está escondido —explicó—. Saben que nosotros no tenemos idea de dónde está. No quieren asesinarnos. Quieren torturarnos hasta que Albus se entere y regrese.

—¡Pero nosotros ni siquiera sabemos qué quieren ellos con Albus! —exclamó Lucy y, frustrada, se aferró al brazo de su hermana—. ¡Tampoco por qué empezaron a atacarlo a él primer lugar!

—Ya lo sé —dijo James—. Y es por eso que vamos a hablarlo con mi papá.

Lorcan se rio. Fue el único que lo hizo.

—¿Qué? —preguntó. Tenía una sonrisa que fue muriendo poco a poco en su boca. Miró a su amigo, sorprendido—. ¿Lo dices en serio?

—Ya hemos intentado hablar con ellos —dijo Roxanne negando con la cabeza—. No ha salido nada bien.

—Es porque no lo hemos hecho de la manera correcta —intervino Lily. Se había levantado del rincón para pararse al lado de su hermano—. Les hemos pedido que sean sinceros con nosotros, pero la verdad es que nosotros no lo hemos hecho con ellos. Es un… ¿Cómo es que dijo Rachel Carter?

—Un círculo —murmuró Fred. Lily lo miró con las cejas arqueadas—. ¿Qué? Es mi futura esposa. Estaba ebrio, sí, pero escuché todo lo que decía.

—Entonces vamos a seguir el consejo de una desconocida —dijo Louis torciendo la boca.

—Una desconocida que está del lado de nuestros padres, no lo olvides —dijo James—. Y que además le debe un favor a mi papá.

—Es ridículo —soltó Molly—. No van a decirnos nada. Para empezar, ustedes —apuntó hacia Lucy, Roxanne, Lily, Hugo y Cécille—. Son menores de edad.

—Vamos a dejar que nuestros padres decidan si eso es un impedimento —dijo Lily con dureza.

—Rachel Carter dijo que algunos de los mayores querían decirnos, que estaban de acuerdo en incluirnos en todo esto —comentó Hugo.

—¿Y por qué deberíamos de creerle?

—Porque es cierto —dijo Cécille y todas las bocas se cerraron, impresionadas. A pesar de que esa muchacha había sido amiga de Lily desde que ambas ingresaron a Hogwarts, ningún miembro de la familia estaba acostumbrado a escuchar su voz. Mucho menos con la seguridad y el volumen que había empleado en ese momento. Hugo torció una sonrisa—. Ella en verdad quiere ayudar a su familia. Lo sé.

—Y aunque no fuera así —continuó James—, la verdad es que no podemos seguir con esto. Cuando Albus desapareció, mi madre dijo que teníamos que confiar en la familia. No estamos haciéndolo. Ninguno de nosotros. Y no sé ustedes, pero a mí me parece bastante estúpido.

Tomó aire.

—Por eso vamos a hablar con mi padre. Con todos. Vamos a decirles lo que sabemos y que… Que queremos entrar a la Orden del Fénix. Que vamos a ayudarlos a encontrar a Albus.

Aquellas palabras fueron pronunciadas con tanta firmeza que la oración, más que un deseo inalcanzable, parecía algo que realmente iba a suceder. Se miraron unos a otros; los cabellos diferentes, pelirrojos, castaños y rubios; los ojos de diversas tonalidades; las edades disparejas; las facciones que se parecían a todos los antiguos héroes de guerra. Alice fue la primera en asentir entusiasmada. Le siguieron Louis y los gemelos Scamander. Luego Roxanne y Lucy. Por último, Hugo, todavía mirando a Cécille.

Los hermanos Potter observaron satisfechos a sus primos y amigos. Entonces, se percataron de que había tres personas en el departamento que no parecían contagiadas con el alboroto optimista que habían creado.

—¿Qué es lo que les pasa? —preguntó James observando con ceño a Dominique, Molly y Fred.

—Nosotros… —murmuró Dominique inusualmente temerosa. Observó a los otros dos y ellos asintieron con seriedad—. Tienes razón, James. Tienes toda la razón.

—No deberíamos de tener más secretos entre nosotros —Molly suspiró con tristeza.

—Hay algo… Hay algo que debemos decirles —anunció Fred sobándose el brazo, sin ser capaz de alzar la vista.

James los invitó a continuar. Ellos tardaron un minuto entero en hacerlo.

La confesión fue escuchada sin más intervención que algunos jadeos sobresaltados y miradas de asombro. Cuando sus primos terminaron de hablar, James y Lily se dejaron caer en el sofá.

Un sofá en el que Albus había estado durmiendo sin que ellos lo supieran.


—En serio, ¿cómo es que ustedes dos pasaron Historia de la Magia?

—El profesor era un aburrido fantasma al que no le interesaba estar muerto. ¿De verdad crees que ponía atención a la hora de calificar nuestros ensayos?

Como los efectos de la poción multijugos se habían terminado ya y no querían utilizar la última porción a menos que fuera verdaderamente necesario, Albus, Rose y Scorpius recorrieron las calles del condado de Sligo con los rostros cubiertos por gorros y bufandas, para no ser reconocidos en caso de que Dimas y Lodge siguieran por ahí.

La tumba en donde estaba enterrada la reina Maeve se encontraba al otro lado del condado, en la montaña de Knocknarea. Afortunadamente, gracias a un par de letreros e indicaciones pegadas en las paredes para los turistas, les fue fácil tomar un autobús que los llevara hasta allá.

En ese momento los tres se encontraban agazapados en los asientos traseros.

—¿Están diciéndome que no conocen absolutamente nada acerca de la reina Maeve?

—Sólo lo que aparece en los cromos de las ranas de chocolate —admitió Scorpius—. Pero no entiendo por qué alguien querría esconder algo tan importante como el Aurea Pergamena en una tumba.

Dijo aquello en voz muy baja, pero Rose lo miró como si se hubiese puesto a gritar.

—¿Qué parte de "tenemos que ser discretos" es la que no entendiste?

Scorpius alzó las cejas y miró a su alrededor. En el vehículo sólo había tres personas además de ellos: el conductor, un anciano de cabello cenizo y una mujer robusta.

—Pero si no dije nada que…

—No deberías mencionar lo que estamos buscando.

—Sí, pero estaba…

—Todavía hay gente que está detrás de nosotros y si somos imprudentes…

—Justo ahora tú estás haciendo más escándalo del necesario, Rose.

—¿Por qué, entonces? —preguntó Albus antes de que su prima se pusiera a replicar—. ¿Por qué la reina escondería algo en su tumba?

—¡Oh, vaya! —aunque Rose rodó los ojos con exasperación, Albus sabía que en realidad estaba plenamente complacida por poder explicar algo que, se suponía, ellos ya deberían saber—. A lo largo del tiempo se han encontrado muchísimos documentos sobre la reina Maeve. Cartas a su esposo, principalmente. En varias de éstas, ella le pide que, al morir, entierre sus tesoros junto a su cuerpo.

—¿Y por qué le escribía cartas? ¿No podían discutir su testamento mientras cenaban o algo así? —preguntó Scorpius.

—Casi nunca estaban juntos. El rey gobernaba desde Dublín, pero ella venía aquí constantemente a enseñar magia a los hechiceros jóvenes —explicó Rose—. Hay un texto en particular en el que él le pide que vuelva, pero ella se niega diciéndole que Sligo es el único lugar en el mundo que considera un hogar y que de ninguna manera podría dejarlo.

—Y por eso quiso que la enterraran aquí —completó Albus.

Rose asintió.

—Recuerdo que Ned tenía un libro que recopilaba algunos de esos textos. Había una declaración firmada por el rey, donde decía que acababa de enterrar a su esposa con todos sus tesoros, tal como ella se lo había pedido. Sin embargo, muchos investigadores han revisado su tumba y nunca han podido encontrar nada. Hay quienes incluso piensan que ella, Maeve, pudo poner algún encantamiento antes de morir para que nadie encontrara sus tesoros. No se explica muy bien, pero dice algo de que el espíritu de la reina maldecirá a todos los que intenten invadir su tumba, a menos que cuenten con su consentimiento —se puso un dedo en la barbilla, pensando en las palabras exactas que había leído—. "Sólo podéis encontrar los tesoros con la llave de su permiso".

—Pues será bastante difícil obtener el permiso de alguien que lleva muerta más de un milenio —comentó Scorpius.

—Nadie sabe realmente a qué se refería el rey cuando escribió aquello —Rose suprimió una sonrisa—. Pero lo que verdaderamente importa ahora es que, si esos hombres irrumpieron en la tumba, es porque tal vez creen que entre los tesoros de la reina…

—… está lo que buscamos —dijo Albus y un imprudente mohín de satisfacción le adornó el rostro.

Tardaron veinte minutos más en llegar hasta la montaña de Knocknarea. El autobús los dejó en el sendero que solían tomar los turistas, vacío en ese momento. El sol ya se encontraba a la mitad del cielo, pero aun así, una fría niebla envolvía el ambiente, ensombreciendo el inmenso campo que se extendía ante ellos. Albus caminó detrás de sus amigos. A su alrededor había grandes montones de piedra, esparcidos por el suelo de manera similar a la tumba de Merlín que habían visto en el bosque de Brocelianda, varios meses atrás.

Mientras ascendía por el campo, pensaba en ello, en todo lo que había pasado desde ese momento, cuando halló la primera pista para encontrar el Aurea Pergamena.

Recordaba, por supuesto, aquellas horribles semanas heladas y con poca comida, también el ataque en el Castel Nuovo, su persecución en Puzzlewood y el terrible enfrentamiento en la mansión de Vivian Lake. Recuerdos que eran difíciles, dolorosos y que, sin embargo, eran fácilmente opacados por aquellos emocionantes y escasos instantes en los que tuvo la oportunidad de sentirse realmente el heredero de Merlín.

Sabía (y sonreía al pensarlo) que si en ese momento se encontraban en ese neblinoso campo, era porque así debía ser. Albus no había escuchado sobre la montaña por causalidad. Las coincidencias con él y con los pergaminos de Merlín no existían. Si había llegado hasta ahí era porque realmente iba a encontrar algo.

Porque nada sucede gracias a la suerte —dijo una complaciente voz en su cabeza—. Es tuyo. Tú eres quién debe encontrarlo.

Se detuvo.

Aquella voz en su consciencia era igual a la de Dimas Mabroidis.

—¿Albus? —preguntó Rose volviéndose y él se sobresaltó—. ¿Está todo bien?

Farfulló una respuesta afirmativa y arreció el paso, evitando la mirada de su prima.

Luego de varios y cansados minutos, por fin se detuvieron al final de un empinado sendero. Ahí se levantaba un gran cuerpo de piedras, más grande que los otros, casi del tamaño de un pequeño cerro. Los escasos rayos del sol le pegaban a la estructura, produciendo un brillo grisáceo a su alrededor. Albus supo que aquella era la tumba que buscaban porque no distinguió ni un pedazo de césped en todo su contorno.

—Aquí fue donde esos malditos intentaron quemarla —dijo Scorpius observando la tierra suelta y triste que cercaba la tumba. Los tres miraron a su alrededor y al darse cuenta de que no había nadie, sacaron sus varitas—. ¿Y qué se supone que hacemos ahora?

—¿Sientes…? —Rose volteó a ver a Albus y se mordió el labio—. ¿No sientes nada diferente?

Negó con la cabeza. Dentro de él latía, muy débilmente, la sensación de los pergaminos y la daga que Rose tenía guardados en su mochila, pero no había nada más. Ni un rastro de otra pieza del Aurea Pergamena en su camino. Sus amigos, decepcionados, comenzaron a rodear la tumba de la reina, esperando distinguir algo inusual en ese montón de piedras.

—Tal vez está arriba —sugirió Scorpius y alzó el cuello, como si con eso alcanzara a observar la superficie—. O tal vez tenemos que quitar piedra por piedra hasta que…

Rose gritó.

Albus y Scorpius se apresuraron a llegar a su lado, con las varitas listas para atacar, pero junto a la muchacha no había ningún intruso o algún ataque.

—¿Qué fue lo que…? —empezó a decir Scorpius, pero se quedó callado cuando observó el punto que Rose estaba señalando con la mano—. Oh, mierda.

La tumba temblaba.

Una parte, sólo una parte frente a ellos, comenzó a agitarse, como si el mundo estuviera sacudiéndose y únicamente aquel fragmento de la estructura lo resintiera. Las pequeñas piedras empezaron a caer, una por una, produciendo un sonido extraño contra la tierra. Albus, Rose y Scorpius retrocedieron, con las bocas abiertas por la impresión y las varitas en alto. Pronto se formó un agujero grande, ideal para que cualquiera de ellos pudiera entrar sin tener que inclinar la cabeza.

Cuando todo paró, tuvieron ante sí una entrada para pasar al interior de la tumba de la reina.

—Yo no hice nada —murmuró Rose atónita, sin dejar de observar la puerta recién creada—. Sólo iba… Yo estaba rodeando la tumba para ver… ¡Sólo caminé por aquí, en serio!

—¿Qué demonios…? —balbuceó Scorpius—. ¿Por qué…? Nunca escuché de una tumba que se abriera por sí sola.

—¡Es porque una tumba no puede abrirse por sí sola!

—¿Y deberíamos…? ¿Qué es lo que supone que deberíamos…?

—Entrar —respondió Albus con la vista fija hacia adelante.

Avanzó, disfrutando de la adrenalina que se apoderaba de su cuerpo con cada paso. Entonces, Scorpius lo sujetó del hombro.

—¿Estás demente?

—¿Qué? —se soltó del agarre. Rose estaba a unos pasos detrás de ellos, con una expresión nerviosa que Albus encontró irritante—. ¿Por qué otra razón se abriría una puerta si no es para que entremos?

—Oh, no lo sé, pero realmente me gustaría pensarlo mejor antes de adentrarme en una maldita tumba, ¿sabes? —dijo Scorpius con ironía.

Albus bufó. Hizo ademán de avanzar otro tanto y justo cuando Scorpius iba a volver a detenerlo, él lo hizo por su cuenta.

Lo sintió.

Era débil, muy débil, pero supo distinguirlo bien. Ahí adentro, en donde la oscuridad del interior no dejaba ver nada, estaba otra pieza del Aurea Pergamena.

—Está ahí —dijo con la garganta seca. Rose se acercó rápidamente—. Está adentro.

—¿Estás…?

—Estoy seguro —Albus los vio a ambos, procurando que su semblante no reflejara ansiedad, sino convicción. Sus amigos intercambiaron una mirada que él no supo interpretar.

—Bien —dijo Rose y se acomodó la mochila en la espalda—. Sí, supongo que… Que no hay más remedio, entonces.

—Estupendo —masculló Scorpius.

Avanzaron. Albus iba a pasar primero, pero Rose se le adelantó discretamente. La muchacha atravesó la entrada sin ningún problema, soltando una débil tos debido al polvo acumulado.

—Todo parece estar bien —dijo.

Y un ligero resplandor iluminó momentáneamente la oscuridad.

Antes de que Albus o Scorpius pudieran corroborar la afirmación de Rose o poner un pie adentro de la tumba, salieron despedidos hacia atrás, golpeándose bruscamente contra el suelo.

—¡Oh, Merlín! —Rose se apresuró a salir para llegar hasta ellos. Un metro entero los separaba de la entrada—. ¿Están bien?

—¡¿Qué demonios fue eso?! —preguntó Scorpius. Tenía el cabello revuelto y con la caída, la bufanda se le había desprendido del cuello.

Albus se levantó y observó el montón de piedras. La puerta que se había creado permanecía ahí, oscura e imperturbable. Frunció el ceño y volvió a avanzar, mientras Rose ayudaba a que su amigo se pusiera de pie. Intentó pasar de nuevo, pero otra vez hubo un destello luminoso y una fuerza invisible lo lanzó con violencia hacia suelo, cerca de los otros dos.

—¡Albus! —Rose lo tomó del brazo y lo ayudó a pararse. Observó la tumba—. Me parece… Está sellada.

Caminó con lentitud hacia la entrada, con las manos al frente, preparada para impactarse contra aquello que les impedía el paso. Nada sucedió. Rose atravesó la entrada sin que hubiera ninguna luz, ninguna fuerza. Nada.

—¿Por qué tú si puedes pasar? —preguntó Scorpius y miró a la construcción como si ésta lo hubiese ofendido de alguna manera. Se volvió hacia Albus, enfadado—. ¿No se supone que eres tú el que debería de poder…?

—Sí —respondió él y emprendió el camino de vuelta. Únicamente algunos centímetros lo separaban de su prima, pero en el límite de la puerta, volvió a ser lanzado hacia atrás.

—¡Albus, basta! —exclamó Rose y salió para ayudarlo otra vez. Él se apartó bruscamente.

—¿Qué sucede? ¿Por qué tú puedes pasar? ¡Si el Aurea Pergamena está adentro yo debería de…!

—¡Lo sé! —dijo Rose—. No sé por qué, es decir… No creo que yo haya hecho… No he hecho nada para… —frunció el ceño, pensando, repasando lo que había sucedido desde que habían llegado a la montaña. Una idea hizo brillar su rostro—. A no ser que…

Antes de que alguno pudiera preguntarle algo, Rose se quitó la mochila de la espalda y la colocó en el piso. Albus sintió que el calor del Aurea Pergamena aumentaba dentro de él cuando el cierre se abrió; sin embargo, su prima no sacó de ahí los pergaminos y tampoco la daga. En su lugar, tomó la piedra que habían encontrado en Puzzlewood, la pequeña roca que tenía grabado el símbolo del Aurea Pergamena.

—¿Qué estás…?

Tomó la mano de Scorpius y dejó ahí la piedra. Luego caminó decidida hasta la entrada de la tumba.

Salió despedida hacia atrás.

—¡Rose! —Scorpius se apresuró a ayudarla a levantarse, pero ella lo hizo sola. Por alguna extraña razón, parecía bastante emocionada.

—¡Es la piedra! —exclamó, sin importarle mucho el hecho de haber sido golpeada contra el suelo—. ¿No lo ven? ¡Es la piedra!

—¿Qué?

—¡Por eso nadie ha podido encontrar los tesoros de la reina antes! —explicó entusiasmada—. Nadie había encontrado esta piedra para traerla hasta aquí… ¡Oh, el texto del rey! ¡"Sólo podéis encontrar los tesoros con la llave de su permiso"! ¡La llave es la piedra! La reina Maeve encontró los pergaminos que cayeron en Puzzlewood y los trajo a este condado…

—…y antes de morir, le pidió a su esposo que los enterrara con ella —dijo Scorpius entrecerrando los ojos—. Y sí hechizó la tumba. La entrada no se materializa a menos que…

—… encuentres la piedra que dejó en Puzzlewood —completó Albus—. La piedra es una pista para quién deba encontrar los pergaminos de Merlín —sonrió y extendió la mano—. Dámela.

No pretendía decirlo así. Su voz salió autoritaria y ansiosa, y para cuando Albus se dio cuenta, ya era tarde. Sus dos amigos lo miraron con precaución.

—Tengo que ser yo —se excusó y trató de suavizar su tono—. Porque no importa que cualquiera de ustedes pueda entrar… Es decir, yo puedo sentir el Aurea Pergamena, en cambio ustedes…

—No creo que debas ir solo —dijo Rose en voz baja.

—Tal vez si pasamos juntos… —Scorpius le entregó la piedra a la muchacha, la tomó de la muñeca y luego la llevó hasta la entrada. Al avanzar, la barrera invisible la dejó pasar a ella, pero a él lo hizo caer de espaldas—. ¡Ah, por favor!

—¿Te encuentras bien? —preguntó Rose, mientras el muchacho se levantaba enfadado del suelo, sacudiéndose las ropas con brusquedad.

—¿Por qué hace eso? ¿Por qué no nos deja pasar a los dos?

—Porque solamente uno debe encontrar el Aurea Pergamena —dijo Albus. Sus amigos voltearon a verlo otra vez y sintió una opresión en el pecho al notar sus miradas preocupadas. Trató de serenarse—. Yo entraré, es… Yo debo hacerlo. Está bien.

—¡No puedes estar seguro de eso! Tal vez si uno de nosotros es el que…

—Dimas dijo que únicamente yo podía encontrarlo.

—Sí, ese tipo te dijo muchas cosas —murmuró Scorpius. Rose le dio un leve golpecito en el brazo.

—¿Qué pasa si es una trampa? ¿Y si necesitas nuestra ayuda? —preguntó.

Albus observó la entrada.

Por supuesto que podía ser una trampa. Aquella magia que había abierto la tumba podía ser obra de Dimas, Lodge o cualquiera de sus lunáticos seguidores. Sin embargo, había una parte del Aurea Pergamena adentro. Albus la sentía y eso era algo que ni Rose, ni Scorpius podían entender. Lo llamaba. A él. Le calaba adentro. Entrar era riesgoso, sí, pero era mucho peor no hacerlo. Además tenía motivos de sobra para ingresar a ese lugar, sin importar lo peligroso que pudiese ser. Derrotar a Dimas y a Lodge, por supuesto, acabar con esa aventura de una vez por todas, poner a sus amigos a salvo, volver con su familia…

No obstante, ninguna de esas razones fue la primera en llegar a la mente de Albus.

Muy dentro de él, sabía que si deseaba arriesgarse de esa manera, era por la desesperación que le generaba el saber que ahí, tan cerca, estaba otra parte de los pergaminos.

—Está ahí —dijo, tratando de amortiguar el sentimiento de culpa que creció en su interior cuando estuvo consciente de lo que deseaba realmente—. Tengo… Yo tengo que entrar.

Rose exhaló con fuerza, como si hubiera estado conteniendo el aire mientras Albus pensaba en todo aquello. Se acercó lentamente.

—Te estaremos esperando aquí, ¿está bien? —dijo. Puso la piedra en la mano de su primo, pero no la soltó.

—Ya lo sé.

—Sólo… —lo miró a los ojos—. Encuéntralo y regresa aquí, ¿de acuerdo?

Albus frunció el ceño. La culpa se fue. La ira invadió sus sentidos.

—¿Acaso piensas que si encuentro los pergaminos voy a huir con ellos o algo así?

—No —dijo Rose sin alterarse por la dureza con la que Albus le había hablado. Le soltó la mano—. No, Albus. Yo sé que puedes controlarlo.

Lo miraba con firmeza, con la convicción depositada en cada una de las sílabas de aquella frase. Y Albus supo que lo decía en serio. Rose realmente creía que él podía combatir lo que fuera que estuviese pasándole con los pergaminos de Merlín.

Se dio la vuelta y después de un suspiro, caminó a la barrera invisible. Con la piedra en su mano, la atravesó sin ningún problema.

¡Lumos!

Frente a él había una escalera de piedra que descendía, cubierta por gruesas y largas telarañas. Albus volteó a ver una vez más a sus amigos y luego caminó hacia adelante, bajando por esos antiguos peldaños que crujían con cada pisada.

Conforme avanzaba, la oscuridad se hacía más pesada y la luz de su varita apenas alcanzaba a iluminar el escalón que seguía. Había polvo que se colaba en su nariz y un frío que lo envolvía con esmero. No supo cuánto tiempo pasó, pero para cuando los escalones terminaron, punzadas de dolor le pegaban en el costado y los calambres se extendían desde la punta de sus pies hasta el final de sus piernas.

¡Lumos máxima! —exclamó Albus apuntando hacia arriba.

La luz bañó lo que parecía ser una pequeña cámara con demasiados objetos apilados unos sobre otros. Pero ahí no había joyas y tampoco oro; no había nada que pudiese ser considerado como el tesoro de una reina. Un antiguo vestido reposaba tendido en una esquina; peinetas y broches plateados en el suelo, casi completamente cubiertos por la tierra; varios trozos de gasa se deshacían colgados de un muro; una bandera, un par de abanicos y un montón de libros.

Albus observó todo el lugar, con la sensación cálida palpitando dentro de él. Estaba cerca, lo sabía, tan cerca… Fue hacia los libros. Varias páginas antiguas se deshicieron entre sus dedos mientras trataba de encontrar alguna hoja dorada. Movió el vestido, soltando motas de polvo que lo hicieron estornudar. Recorrió la cámara, rápido, desesperado, con la sensación creciendo y creciendo…

¡Accio Aurea Pergamena! —exclamó, pero nada sucedió. Frustrado, se dejó caer en el suelo.

Y algo llamó su atención.

A su lado, en el muro, rodeado por las rocas, había un orificio. Pequeño, diminuto. Del tamaño de una piedra… Justo del tamaño de la piedra que tenía en la mano.

Se hincó apresuradamente, pero acercó la pequeña roca sin hacer ningún movimiento brusco. La colocó en el orificio. Encajaba perfecto. Al instante, un ligero temblor lo hizo retroceder. Las rocas se separaban, igual a cómo lo habían hecho con Rose en el exterior de la tumba. El espacio que quedó libre era más pequeño, más estrecho y oscuro.

Dentro, había un cofre dorado.

Todo el interior de Albus ardió al reconocer la sensación del poder de Merlín frente a él.

Con manos temblorosas tomó el objeto. Parecía que no había sido tocado por el polvo o el tiempo. Una gran letra M adornaba la cubierta y no tenía cerradura, sino un pequeño pestillo negro. Albus no pudo evitar sonreír. Se volvió.

Gritó.

Detrás de él había una mujer.

Con el corazón dándole un vuelco, levantó su varita y aferró el cofre dorado entre las manos. No atacó, sin embargo, porque la luz que todavía reposaba en lo alto de la cámara había iluminado las facciones de aquel ser, y Albus reconoció de inmediato el color plata y el halo borroso que distinguía a cualquier fantasma.

Tenía el cabello larguísimo, igual a una enredadera, las cejas pobladas y las manos más delgadas que el muchacho hubiese visto. Habló y lo hizo en un idioma que Albus no conocía, lo hizo con una voz gruesa y firme que no parecía corresponder a las delicadas facciones de su rostro. Uno de sus largos dedos apuntó hacia el cofre dorado.

—Yo… —murmuró Albus, todavía con el corazón latiéndole frenéticamente contra el pecho—. Yo no… No sé…

¡Na scrollaí! —repitió ella y su voz hizo eco en la pequeña cámara. Albus retrocedió instintivamente.

—No entiendo —murmuró. Intentó levantarse, pero él fantasma se acercó, casi pegando su rostro contra él—. No… Yo no entiendo…

Soltó un lamento que sonó igual a mil sierras. A pesar de eso, Albus trató de sostenerle la mirada. Se acababa de dar cuenta de que la mujer estaba ataviada con un vestido idéntico al que se encontraba en la esquina de la cámara.

—¿Maeve? —preguntó con cuidado. Ella alzó la barbilla—. ¿Es usted la reina Maeve?

El fantasma se alejó un poco, sólo un poco. Sus pobladas cejas se contrajeron.

¿An bhfuil tú? —murmuró y su helado aliento rozó las mejillas de Albus—. ¿Inheritor?

Sus ojos se desviaron hacia el hueco que había revelado el cofre. Sobre él todavía estaba la piedra con el símbolo del Aurea Pergamena. El fantasma de la reina se quedó inmóvil, observando la pequeña roca que muchos años atrás había escondido en una cueva de Puzzlewood, después de encontrar una parte de los pergaminos de Merlín. Dibujó una triste sonrisa.

—Aurea Pergamena —dijo. Albus asintió y se levantó con cuidado. La mujer se lo permitió—. An bhfuil tú.

—¿Puedo…? —Albus alzó el cofre y ahora fue el turno de ella de asentir.

El pestillo negro chasqueó cuando Albus lo abrió.

Dentro del cofre había un rollo de pergaminos que había permanecido oculto durante siglos. Era mucho más grueso que el que habían encontrado en el Castel Nuovo, mucho más grande que el que Dimas Mabroidis tenía en su poder. Dorado, con hojas delgadas, tinta negra adornándolo. La mano de Albus fue lentamente hacia la superficie. Estaba por tocarlo, cuando la reina volvió a chillar.

Sobresaltado, lo cerró de golpe. Ella había dejado de sonreír.

Cúram.

Pronunció esa palabra con lentitud y Albus pensó que no sólo estaba tratando de que él entendiera su idioma, sino algo más, algo oculto. Cúram, repitió y era sólo una palabra, pero también sonaba a algo que era más grave, algo como… Algo como una advertencia.

Albus observó al fantasma darse la vuelta, agitando la enredadera de cabello y el elegante vestido. La alcanzó antes de que pudiera atravesar el muro de piedra.

—¡Espera! —exclamó—. Dime… Por favor, dime dónde puedo encontrar las demás.

La reina Maeve sonrió otra vez.

Is é seo mo bhaile —le dijo y cuando se volvió, extendió los brazos, señalando todo lo que había en la cámara, desde el montón de libros, hasta las peinetas. Desde las gasas en la pared, hasta el viejo vestido que alguna vez le había pertenecido—. Mo bhaile.

Y antes de que Albus pudiera detenerla, flotó hasta el muro y desapareció.

El ascenso, para su sorpresa, fue mucho más rápido. Albus se preguntó si el cofre entre sus manos tendría algo que ver con eso. Tal vez los pergaminos de Merlín de alguna manera lo ayudaban a disminuir el dolor en sus piernas y el cansancio, igual a como lo hacían con la culpa, la rabia y todos esos sentimientos que reposaban permanentemente en él.

Al instante en el que sus pies dejaron de tocar el interior de la tumba, las pequeñas piedras volvieron a moverse y la entrada quedó sellada detrás de él, como si nunca hubiera existido.

Rose y Scorpius estaban sentados juntos sobre el pasto. En cuanto vieron a Albus, se levantaron y caminaron hacia él apresuradamente.

—¿Estás bien?

—¿Encontraste algo?

—Estás pálido.

—¿Qué es eso?

Albus extendió el cofre.

—¿Es…? —Scorpius lo miró con los ojos como platos—. ¿Es en serio? ¿Realmente es una…? ¿Tenemos otra parte?

Estaba a punto de asentir cuando una explosión de calor lo golpeó repentinamente en el pecho. Las manos le temblaron. Sus ojos, ansiosos, viajaron hacia la mochila que colgaba del hombro de su prima. Estaba ahí, tenía dos partes, dos rollos de pergaminos que ansiaban encontrarse. Quería juntarlos, quería unirlos y tomar la daga, necesitaba hacerlo, el poder, la sensación de calor, lo deseaba, lo deseaba tanto…

Es tuyo —dijo otra vez la voz de Dimas Mabroidis en su cabeza—. Es tuyo, Albus.

Dejó caer el cofre al suelo.

—¡Albus! —Rose iba a acercarse, pero él negó con la cabeza y se alejó, tratando de recuperar el aliento. Estaba mareado, exhausto y volvía a sentir calambres en las piernas.

Escuchó que sus amigos recogían el cofre y abrían la mochila de Rose para guardarlo. La sensación dentro de él que producía el Aurea Pergamena disminuyó, pero no desapareció.

—Está bien, Albus —le dijo Rose y con cuidado puso una mano en su hombro. Le había dejado la mochila a Scorpius y se esforzaba por mantener una voz suave y tranquila—. Todo está bien.

—Sentí…

—No importa —Rose negó con la cabeza—. Todo está bien —repitió. Parecía que quería convencerse de ello—. Tenemos otra pieza. Realmente encontraste otra pieza y ya pronto todo va a terminar.

Albus lo sabía. No faltaban muchos pergaminos para completar el Aurea Pergamena. Lo sentía. Todo iba a terminar pronto.

Aquello, lejos de tranquilizarlo, lo espantó.


—¡Oh, ahí estás! ¿Dónde demonios te metiste?

Harry ni siquiera se había dado cuenta de que Ron estaba en el Cuartel de Aurores. Era ya muy tarde y el lugar estaba oscuro, tan sólo iluminado por un par de luces encendidas en el candelabro del techo. Su amigo estaba sentado en su lugar, con varios papeles esparcidos sobre el escritorio.

—Con Bill y Fleur —respondió él extrañado—. Ya te lo había dicho, tenía que coordinarlos a todos para vigilar a los chicos. Pasado mañana Lily y Hugo vuelven a Hogwarts y la última vez…

—Ya —Ron se pasó una mano por el cabello—. Es que no creí que tardarías tanto.

—¿Qué pasó?

—Kingsley te estaba buscando como un demente y…

—No es momento para eso —gruñó Harry. Con James y Alice recién recuperados, Molly siendo dada de alta y el temor de que en cualquier momento pudieran a atacar a otro miembro de su familia, lo que menos le interesaba era el Ministerio de Magia.

—No, no entiendes. Hermione se reunió con los miembros del Wizengamonth para decirles lo que provocó la ridícula propuesta de esa víbora de Savage —explicó Ron—. Quería que anularan la orden, que dejaran que los aurores siguieran vigilando a los chicos, pero esos tipos le dijeron que ya había sido suficiente de propuestas y contrapropuestas y todo eso, que tenían que solucionarlo todo de una vez.

—¿Qué…?

—Organizaron una audiencia y tenías que declarar —Ron bufó—. Y al ver que no estabas en el ministerio, esos viejos empezaron a decir que tu ausencia era una más de las pruebas que había dado Savage, sobre el jefe del Cuartel de Aurores olvidando su deber y más estupideces.

Harry sintió que la tensión que llevaba acumulada en el cuello se intensificaba. Se sobó el entrecejo y se recargó en el escritorio de su amigo.

—¿Qué dijo Savage?

—Eso fue precisamente lo que te salvó —Ron alzó las cejas—. Esa víbora tampoco llegó a la audiencia.

—¿Qué?

—Hermione la buscó por todos lados para que hiciera su declaración y eso, pero no la pudo encontrar. Dice que es la primera vez que sucede algo así desde que entró a trabajar, pero por lo menos con su ausencia los viejos del Wizengamonth se suavizaron un poco.

Harry soltó un suspiro. Realmente no tenía tiempo para eso.

—¿Y qué estás…? —se miró el reloj que llevaba en la muñeca—. ¿Qué estás haciendo todavía aquí?

—La audiencia no terminó hace mucho y te estábamos buscando —respondió Ron y señaló un par de bolsos que reposaban en su escritorio—. Hermione fue a su oficina por unos papeles que necesita, por si se les ocurre organizar otra vez la dichosa audiencia. Vicky está ayudándola.

—¿Qué dijo Kingsley? —preguntó Harry, aunque realmente seguía pensando en la protección que debía ponerle a Lily para cuando volviera a Hogwarts.

—Lo mismo —Ron rodó los ojos—. Que nos entiende, pero que tenemos que entender que su situación y…

Una explosión hizo callar las palabras de Ron.

El mundo se agitó, una fuerte vibración hizo retumbar las paredes del Cuartel de Aurores y Harry tuvo que sujetarse con fuerza al escritorio para no caer al suelo. El candelabro que había en el techo se desprendió, estrellándose contra el piso y lanzando cristales a cada rincón.

Salieron apresuradamente, buscando el origen de aquel repentino caos. En el pasillo del Departamento de Aplicación a la Ley Mágica había muy pocas personas, sólo aquellos que continuaban trabajando a deshoras. Todos parecían confundidos, agitados. Todos se aglomeraban delante de las puertas que daban a las oficinas principales.

—¡Retírense! —bramó Harry y los presentes se apresuraron a obedecerlo.

No había nada fuera de lugar. Ninguna puerta hecha pedazos, ninguna señal de atacantes, nada salvo una casi imperceptible capa de humo que rodeaba esa parte del pasillo. Harry se acercó sujetando con firmeza su varita.

Un grito ahogado le inundó la garganta.

Al contacto con el ligero humo, su piel ardió. Pequeñas, pero profundas llagas aparecieron en su mano casi al instante.

—¿Qué demonios? —Ron miró la mano de su amigo y luego al frente, hacia las oficinas. Agitó su varita y esparció el humo para crear un camino que les permitiera pasar.

—¡No se acerquen! —exclamó Harry mirando a las personas detrás de ellos. Se apresuró a seguir a Ron, que avanzaba velozmente, sin detenerse—. ¡Ron!

El camino era delgado y su hechizo no parecía contener del todo el humo. Harry sintió más punzadas de dolor en los brazos conforme se adentraban y Ron soltó un grito cuando el humo le tocó el cuello. Sin embargo, ninguno se detuvo hasta llegar a la última oficina de aquel departamento.

Abrieron la puerta de golpe.

El lugar estaba inundado por el humo y ahí se notaba más denso, verdoso. Harry agitó la varita para alejarlo, al menos momentáneamente. El gran escritorio de roble que había al centro de la oficina estaba partido por la mitad y debajo de una de las piezas, inconsciente, estaba…

—¡Hermione! —gritó Ron y ni siquiera espero a que el humo desapareciera de su camino. Con un movimiento de su varita apartó el mueble y se inclinó para alcanzar a su esposa.

Harry notó que las manos de su amigo temblaban, quizá por las llagas que también habían aparecido o porque trataba de levantar a Hermione en brazos. El rostro de ella estaba cubierto por úlceras que se expandían, flameantes y rojas, iguales a las de ellos.

Harry se acercó para ayudar a Ron, y entonces lo vio.

Sobre el escritorio, grabado con fuego en la pared de la oficina de Hermione, estaba el símbolo del Aurea Pergamena.


¡Hola! Feliz año nuevo, feliz Navidad, feliz Noche Buena y todas las festividades que se me pasaron. La verdad es que estoy bastante optimista con este 2017 (hay que disfrutar mi ánimo mientras dure). ¿Qué hay que decir sobre el capítulo? Bien, veamos.

La historia de la reina Maeve es, en parte, una leyenda real (ya saben, leyenda muggle) que siempre me llamó la atención. Su tumba realmente existe en el condado de Sligo y según cuentan, sólo puedes visitarla si llevas contigo una piedra como ofrenda. ¿Ven? De ahí salió esto, además de que realmente está en los cromos de las ranas de chocolate oficiales de Harry Potter. Por cierto, pido formalmente una disculpa si me equivoqué con alguna de las cosas que dijo la reina. Todo está en irlandés... Pero no sé hablarlo, ni escribirlo... Y eh, bueno me documenté en libros y en internet... Pero si por ahí alguno es experto en el idioma y cometí un error, en serio lo siento. En el próximo capítulo los chicos discutirán sobre esto y sabrán más o menos qué dijo la reinita.

Ahora... Porque les debo su regalo de año nuevo y porque el espíritu de Dimas Mabroidis se ha apoderado de mí, ¡LES TENGO UN REGALO! ¡REGALO! ¡REGALO PARA USTEDES! ¡LEAN A CONTINUACIÓN!

OJO: VOY A CONTESTAR UNA PREGUNTA. Solamente una pregunta sobre el fic a cada usuario. Más o menos como le hizo Dimas con Albus en capítulos pasados xD

La cosa está así: En tu review, deja una pregunta sobre el fic que pueda contestarse con un SÍ o un NO y yo la responderé con la absoluta verdad en un PM si eres usuario y si no, en las notas de autor del siguiente capítulo (sólo recuerda dejar tu nombre para que no haya confusiones con las respuestas de los demás). Una pregunta por cada usuario. Respuestas SÍ o No.

Hago esto para no arruinarles todo el fic, porque si me preguntan "¿Qué demonios planea Dimas?" voy a tener que contarles el climax de la historia, y pues no. Por eso mismo, estén seguros de que quieren preguntar lo que van a preguntar. Igualmente, a los que no quieran preguntar nada, está bien, son muy maduros.

¡Quería darles un regalo y fue lo único que se me ocurrió! Además de que creí que sería un poco divertido.

Como siempre, gracias infinitas por todo su apoyo, me hacen la persona más feliz del mundo :)

¡Reviews plis!