El Secreto del Auror
Exclamaciones de impresión. Pasos corriendo apurados. "¿Qué es lo que ha pasado?", "Una explosión, ¡escuché una explosión!". Manos que se empujaban. Codos que chocaban. Pánico. "¡Alguien se ha metido al ministerio, por Merlín!". Los pocos empleados que se habían quedado laborando hasta tarde en el ministerio estaban causando un fuerte alboroto, pues todos se habían aglomerado en el Atrio después de escuchar el estallido en el Departamento de Aplicación a la Ley Mágica.
Harry sentía la angustia y la desesperación palpables en el aire mientras gritaba órdenes y dirigía a las mentes confundidas que había a su alrededor. Otros cinco aurores estaban con él y trataban de contener a las personas. Los sanadores requerían de un camino libre para dirigir hasta las chimeneas las ocho camillas flotantes que transportaban a los heridos.
—Sumpter, quédate en las chimeneas —le dijo Harry al auror que estaba a su lado. Acababa de ver a Ron desaparecer bajo las llamas esmeraldas, pegado a la camilla en la que iba el cuerpo inerte de Hermione—. Que nadie salga de aquí sin mi autorización. Dile a Robards que se quede en el perímetro de la explosión y que espere a los de Catástrofes y Accidentes Mágicos. Avisa al ministro. Envía a alguien y que verifique si todo está…
—¡Apártate, muchacho!
—¡No, no lo entiende!
—¡Dije que no puedes pasar!
—¡No! ¡Suélteme!
—¡Es una orden de…!
—¡Déjeme! ¡Suélteme! ¡VICKY!
Harry volvió la vista en cuanto reconoció los gritos histéricos de Teddy. Su ahijado estaba parado al frente de la multitud, tratando de esquivar a dos aurores que lo sujetaban por los hombros con facilidad. Su mirada nerviosa no se apartaba de la cuarta camilla flotante. Ahí reposaba Victoire, inconsciente y con el hermoso rostro cubierto por llagas sangrantes.
—Déjenlo —ordenó Harry acercándose y los aurores soltaron a Teddy de inmediato.
—Harry… —murmuró él. Tenía la voz quebrada. Ahora que había logrado pasar a la muralla de aurores, parecía temeroso de acercarse a su esposa.
—Acompáñala —Harry le hizo una seña a los sanadores para que lo dejaran entrar en las chimeneas—. Ve con ella y busca a Ron en San Mungo. Quédense ahí los dos. Estaré con ustedes en un momento.
El muchacho asintió y siguió sus instrucciones. Harry lo observó desaparecer acompañado por un par de sanadores, y luego se volvió, preparado para seguir soltando órdenes. Sin embargo, algo más llamó su atención. En el lugar en donde antes estaba su ahijado, ahora había unos ojos castaños a punto de estallar en lágrimas. Era Lizza McAbee, la muchacha que había acompañado a Albus al Valle de Godric en varias ocasiones. Su hijo le había dicho que trabajaba con Teddy en el ministerio. Ella no parecía histérica como el resto de la gente, pero estaba temblando. Cuando su mirada y la de Harry se encontraron, soltó algo parecido a un jadeo y apartó sus ojos llorosos con rapidez.
—Señor Potter —dijo Sumpter acercándose a él—. Han llegado los de Catástrofes y Accidentes Mágicos. Están revisando ya el perímetro de la explosión.
La madrugada ya opacaba el cielo de Londres cuando Harry por fin pudo salir del ministerio. Cuando llegó a San Mungo, encontró la recepción del hospital abarrotada de reporteros. Afortunadamente, la puerta de la sala en donde estaban atendiendo a las víctimas de la explosión era custodiada por un auror. Harry avanzó hacia ahí, ignorando las preguntas, las exclamaciones y las bocanadas del humo blanco que soltaban las cámaras fotográficas.
—¡Parece que sigue disfrutando de las declaraciones silenciosas, señor Potter! —dijo una voz ponzoñosa antes de que Harry pudiera atravesar la puerta. De reojo, alcanzó a ver los rulos canosos y la cara sonriente de Rita Skeeter. La ignoró. Continuó por un pasillo y llegó a la sala de espera. Ahí se encontraban todos los familiares de los heridos. Teddy, Bill, Fleur, Dominique y Louis estaban sentados en una hilera de sillas al final.
—¡Oh, Hagy! —exclamó Fleur en cuanto lo vio acercarse.
—¿Cómo están? —preguntó de inmediato—. ¿Hermione y Vicky cómo…?
—Acaban de decirnos que Hermione está estable —le informó Bill y Harry soltó el aire que había estado conteniendo sin darse cuenta—. Ron está con ella ahora.
—Todavía no nos dicen nada sobre Vicky —dijo Louis torciendo la boca. Harry observó a Teddy, que parecía absorto en un punto de la pared, con las manos juntas sobre el rostro y los ojos apagados.
—Un sanador le gevisó las hegidas a Ron —comentó Fleur y lo observó con preocupación—. Hagy, tú también deberías…
—Después.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Bill—. Ron no alcanzó a decirnos mucho.
—Alguien irrumpió en el ministerio y… —Harry soltó un suspiro—. Los de Catástrofes y Accidentes Mágicos dijeron que el humo que vimos Ron y yo fue provocado por semillas de Tentácula venenosa. Alguien las puso en el Departamento de Aplicación a la Ley Mágica, cerca de la oficina de Hermione. De acuerdo con ellos, sólo desprenden un humo explosivo cuando se activan por el movimiento. Suponemos que alguien las dejó ahí y sólo esperó a que…
—Alguien más se acercara —concluyó Dominique pasándose una mano por los ojos—. Dicen que Vicky estaba en el archivo ayudando a la tía Hermione a buscar unos papeles. Probablemente fue ella la que… Ya saben, las activó sin darse cuenta.
—Pego, ¿quién pudo haber…?
Harry le dirigió una mirada significativa a Fleur y ella se quedó callada. Ya tendría tiempo para contarles después lo del símbolo del Aurea Pergamena, tallado con fuego sobre la pared de Hermione.
En ese momento un sanador apareció en la sala de espera. Todas las cabezas de los presentes se alzaron, anhelantes, pero él se dirigió a la hilera de sillas en donde estaba Harry.
—¿Señor Lupin? —preguntó el hombre. Teddy, completamente pálido, se levantó de la silla.
—Sí, sí… Yo… —tragó—. ¿Cómo está Vicky? ¿Cómo está mi esposa?
—¿Son todos familiares directos de la señora Lupin o…?
—¡Oh, ce n'est pas posible! —exclamó Fleur. Louis le puso una mano en el hombro para calmarla—. ¡Llevamos hogas aquí sin sabeg nada! ¡Díganos ahoga mismo cómo está mi hija o…!
—Ella está estable —dijo el sanador conservando la calma, a pesar de que el tono de voz de Fleur se volvía más alto con cada palabra pronunciada—. Retiramos las llagas de su cuerpo y el dolor desaparecerá en unos cuantos días con el tratamiento adecuado.
El color regresó al rostro de Teddy, Dominique y Louis soltaron suspiros de alivio, y Fleur pareció calmarse por un instante. Harry frunció el ceño. El sanador seguía observándolos a todos con una mueca de compasión imposible de disimular.
—¿Qué? —preguntó Bill notándolo también—. ¿Qué sucede?
—Es… —el sanador exhaló—. El veneno al que estuvo expuesta la señora Lupin es sumamente peligroso, mortal en la mayoría de los casos. Tuvimos suerte de poder retirarlo a tiempo porque, de todos los afectados, ella es quién más estuvo cerca del lugar en el que se desató. El dolor tardará en desaparecer porque este veneno tiene la capacidad de penetrar en la piel y…
—¿Y qué? —preguntó Louis. No había soltado el hombro de su madre—. Dijo que lograron retirarlo.
—Sí, lo logramos. Es sólo que este veneno ya había penetrado en el organismo de la señora Lupin para entonces y en el estado en el que ella se encontraba…
—¿En el estado en el que ella…? —Teddy volvió a palidecer—. ¿A qué se refiere con eso?
El hombre se mordió el labio y soltó otra exhalación, más larga que la anterior. De pronto dejó de dirigir su mirada hacia los demás. Se fijó sólo en Teddy.
—Lo lamento mucho, señor Lupin —dijo—, pero no pudimos hacer nada por el bebé.
Aquellas palabras flotaron en el aire. Lentas, densas, horribles. Luego, rápidamente, golpearon los oídos de Harry y él sintió frío. No se dio cuenta de que estaba apretando los puños con fuerza hasta que tuvo que deshacer ese gesto para sujetar el cuerpo tambaleante de su ahijado. El rostro de Teddy era un triste reflejo de sorpresa. Sorpresa, angustia y extravío.
—¿Bebé…? —murmuró.
La ignorancia de aquella afirmación se cernió sobre todos los presentes, igual a una nube de desconsuelo, igual al humo venenoso que antes había causado la explosión. Dominique se tapó la cara con ambas manos. Louis se dejó caer en la silla. Fleur soltó un jadeo y se escondió entre los brazos de Bill, que miró al techo sin ser capaz de decir nada.
—Teddy —dijo Harry. La voz le salió apenas.
Su ahijado tembló y lo miró por un momento.
Luego, se quebró.
—Toma. Te hará bien.
Rose se sentó junto a Albus en el mullido sofá que había en la tienda de campaña. Le extendió una taza de té que humeaba y olía a canela. Cuando él la tomó y dejó que el calor líquido resbalara por su garganta, cerró los ojos. La cabeza le estallaba.
—¿Mejor? —preguntó su prima. Albus se encogió de hombros—. Eso que sentiste afuera de la tumba de la reina Maeve… ¿Siempre es así, Al? ¿Cuándo sientes los pergaminos cerca de ti o…?
—No. Fue más… Esta vez fue más fuerte.
—Ya veo —dijo Rose. Scorpius se acercó para sentarse en el suelo—. Creo que, lo que sea que sientes, aumenta con cada pergamino que encontramos. Tal vez lo mejor… Tal vez será mejor que te mantengas un poco alejado de ellos mientras…
—No podemos encontrar las piezas que faltan si los escondes de mí —dijo Albus bruscamente. Abrió los ojos a tiempo para ver cómo su prima y su amigo intercambiaban una mirada de preocupación.
—Pero tal vez ya no nos faltan pergaminos —dijo Scorpius con cuidado—. El fajo se ve bastante completo.
El muchacho acababa de juntar todas las piezas del Aurea Pergamena que tenían (las del Castel Nuovo y las de la reina Maeve) en una sola caja de madera. Las hojas doradas, colocadas unas sobre otras, formaban un fajo grueso, parecido a un libro sin pasta. También había puesto ahí la daga, enredada en una vieja camiseta. Todo estaba ya dentro de la mochila de Rose.
—No, aun no terminamos—murmuró Albus y evitó que su mirada viajara hasta el rincón de la tienda, en donde reposaba la mochila de su prima.
—Recuerda que Dimas y Lodge tienen una parte.
—Sí, pero no es... Faltan otras hojas además de esas —se pasó una mano por el cabello—. No sé por qué, pero lo sé. No puedo explicarlo. Es como si… Como si pudiera estar seguro, aún sin pruebas. Sé que todavía nos faltan más hojas del Aurea Pergamena.
—Aun así —dijo Rose—. Debes entenderlo, Albus. He estado pensándolo muchísimo y creo que lo que sientes tiene que ver con que el Aurea Pergamena no es únicamente un objeto mágico, es un recipiente.
—¿Un…?
—Un recipiente, sí. La magia de Merlín está guardad en él. Creo que eso lo hace aún más peligroso. La magia no es algo que pueda deslindarse de una persona. Es mental. No existen registros de que alguien haya podido desprenderse de ella antes, pero por lo que sabemos, Merlín sí lo consiguió. Él guardó su magia ahí, en sus pergaminos.
—Entonces lo que siente Albus…
—Todo poder mágico necesita de un recipiente. Los objetos que están malditos, por ejemplo, son recipientes de magia oscura. Nosotros mismos somos recipientes de nuestra magia. Nuestros cuerpos lo son. La magia no puede estar libre, tiene que estar contenida en algún lado. La de Merlín está en el Aurea Pergamena —Rose miró a Albus a los ojos—. Al tocar la daga, creaste un vínculo con el recipiente de la magia de Merlín. Es por eso que seguías soñando con la noche en la que la tocaste, aun después de tanto tiempo, y creo que es por eso que puedes afirmar que aún nos faltan pergaminos.
Suspiró.
—Lo que sientes con el Aurea Pergamena es la magia de Merlín tratando de entrar en ti, Albus. Eres el nuevo recipiente.
Albus sentía la taza de té enfriarse entre sus manos. Tomó otro sorbo. Se le revolvió el estómago. Su cabeza seguía punzando.
Scorpius carraspeó.
—Entonces —dijo tratando de aligerar el ambiente. Fingió que anotaba algo en la palma de su mano, utilizando su dedo como pluma—, lo que la sanadora Weasley recomienda es tiempo mínimo al lado de los pergaminos, joven Potter. Más le vale seguir sus instrucciones.
—No va a ser necesario sacarlos de mi mochila, de todos modos —dijo Rose rodando los ojos—. No tenemos ninguna pista. El fantasma de la reina no fue de mucha ayuda.
—Oh, yo no lo creo así —comentó Scorpius—. Repasemos, ¿quieren? De acuerdo a mis increíbles habilidades de traducción y a tu escasa destreza en la pronunciación del idioma irlandés —señaló a Albus con una mano—, lo primero que te dijo el fantasma de la reina Maeve fue una pregunta. Te preguntó si estabas buscando los rollos del Aurea Pergamena.
Albus asintió.
—Y luego de que tomaste la caja con los pergaminos, quiso saber si eras tú el heredero de Merlín.
—Después le pediste que te dijera dónde podías encontrar las demás hojas —continuó Rose—. Y ella señaló a su alrededor y dijo…
—Bhaile —completó Scorpius, repitiendo lo que Albus había intentado pronunciar hace unos minutos, cuando les contó lo que había pasado en el interior de la tumba—. Significa "mi casa", "mi hogar".
—Eso fue todo lo que pude entender.
—Y ahí es dónde creo que está nuestra siguiente pista —Scorpius miró a Rose—. Dijiste que la reina consideraba al condado de Sligo como su hogar, a pesar de que su esposo vivía en otro lado.
—Sí, pero, ¿eso qué tiene que ver con…?
—La reina Maeve pidió ser enterrada en su hogar y quiso que los pergaminos se quedaran con ella. Eso es lo que haríamos todos, ¿no? Es decir, si yo hubiese encontrado algo tan poderoso como el Aurea Pergamena antes, seguro que lo habría escondido en mi habitación —Albus y Rose lo miraron con sorpresa—. Ya sé que es estúpido, pero es el único lugar que realmente me gusta de mi casa. Rose, por ejemplo, lo habría guardado en la Madriguera.
—Sí —dijo ella y parpadeó, confundida—. ¿Cómo lo…?
—Es el sitio que más te gusta, el que consideras tu hogar sin importar qué. Creo que es lo que la reina trataba de decirle a Albus. Los escondites más seguros son los hogares de las personas. Por eso ella lo dejó en Sligo. Tal vez se escucha idiota, pero…
—No, no, no —Rose negó con la cabeza y sonrió—. Es una buena teoría. Tiene bastante sentido. El Castel Nuovo era el nuevo hogar del rey Alfonso V de Aragón y encontramos las primeras hojas ahí.
—Exacto. Ahora sólo hay que encontrar el sitio al que otros magos antiguos consideraron un hogar —soltó una risa irónica—. Oh, esto cada vez se vuelve más sencillo, ¿verdad?
—Dijo otra cosa. La reina —Albus recordó los ojos fríos y severos del fantasma—. Cúram. Creo. Lo repitió varias veces.
Scorpius abandonó su expresión relajada.
—¿Eso te dijo?
—Sí, parecía bastante preocupada porque lo entendiera.
—¿Por qué? —preguntó Rose—. ¿Qué significa?
—"Cuidado" —respondió Scorpius e hizo una mueca—. Es como una advertencia. La reina estaba diciéndote que tuvieras cuidado.
—¿Cuándo fue que te lo dijo?
—Yo… —Albus se mordió el labio—. De repente. Lo dijo de repente.
Rose y Scorpius volvieron a mirarse.
—Bueno —dijo ella y torció la boca—, tal vez no sea nada. De cualquier manera, por el momento lo que tenemos que hacer es mantener a salvo los pergaminos y tratar de averiguar qué…
—Dijiste que yo soy el nuevo recipiente.
Albus sentía la tensión. Se acumulaba en su cuello de tanto contenerse, de tanto evitar que su mirada se encontrara con la mochila de Rose. Volvió a aferrar la taza de té entre las manos. Las sintió temblar. Inhaló. Hubo más punzadas en su cabeza. Exhaló.
—Sí, eso dije —Rose asintió lentamente.
—¿Qué pasaría? —más punzadas. Calor. Los pergaminos bajo sus dedos. Los conjuros saliendo de su boca—. No dijiste lo que pasaría si la magia de Merlín logra entrar en mí.
Silencio.
—Eso no va a suceder, Albus.
—Pero, si soy…
—No —Rose suspiró y Albus supo que estaba esforzándose por mantener la calma—. Para conseguirlo, para que la magia entre, tú tienes que dejarla y sé que eso no va a pasar —le tomó la mano y su tono de voz se suavizó—. No tienes de qué preocuparte, Albus. Ya te lo dije antes. Todo va a estar bien mientras no leas ninguno de los conjuros que están escritos ahí. Eso sólo le abriría el camino a la magia de Merlín. Sé que mientras no los leas, todo va a estar bien.
Albus se soltó de su agarre.
Esta vez no pudo evitar que su vista se desviara hacia el rincón de la tienda.
Harry recordaba con claridad el día en el que Remus Lupin le había pedido ser el padrino de Teddy. Su antiguo profesor estaba emocionado y le había dado una fotografía. En ese entonces, Harry había creído que un hijo, un bebé, era justo lo que Lupin necesitaba. Lo que todos necesitaban. Teddy había sido igual a una luz. Un recordatorio de que aún tenían esperanza, de que aún podían ganar la guerra y vencer a Voldemort.
"No pudimos hacer nada por el bebé".
No pudo evitar preguntarse si ese nuevo bebé habría lucido igual a su ahijado en esa vieja fotografía. Casi pudo imaginarlo. Pequeño, sonrojado, hebras de cabello azuladas. Tal vez él o ella también hubiese podido ser un rayo de esperanza. Tal vez pudo haberlos ayudado a recordar que no todo estaba perdido, que debían de continuar luchando…
Pero jamás lo sabría.
"No pudimos hacer nada por el bebé".
Todos en la familia querían un bebé.
Habían deseado, por mucho tiempo, ver un nuevo rostro. Una carita infantil e inocente. Escuchar una carcajada tierna al trepar por primera vez una escoba de juguete. Alguien con los ojos zafiro, iguales a los de Victoire, y con la sonrisa franca de Teddy. Harry pensó en su última cena de cumpleaños. Había escuchado que Andrómeda Tonks y la señora Weasley hablaban sobre eso con su sobrina…
"Teddy y o estamos bien por ahora, abuela. No llevamos mucho de casados y queremos esperar un poco más".
¿Sabría ella lo que había perdido? Tal vez sí y su intención había sido sorprenderlos a todos. Tal vez, con todo lo que estaba sucediendo, había decidido que lo mejor era esperar antes de dar la noticia. O tal vez, al igual que Teddy, Victoire había estado sumergida en el mar de la inconsciencia hasta que cruelmente le habían arrebatado aquello que pudo haber sido.
—¿Harry? —lo llamó Ron—. Ya está. Vámonos.
Era de mañana. Victoire era la única víctima de la explosión que aún no podía dejar el hospital. Los sanadores habían dicho que tenían que vigilarla por un par de días y nadie pudo convencer a Teddy de apartarse de su lado mientras tanto. Hermione, en cambio, había solicitado ser dada de alta desde el momento en el que despertó. Ya no tenía llagas en el cuerpo, pero su rostro todavía se notaba hinchado. Ron intentó persuadirla de quedarse a descansar por unas horas, pero el ministerio estaba sumido en el desastre y cualquier intento por alejar sus pensamientos de la explosión fue inútil.
En ese momento, los tres se dirigían a la Madriguera. Toda la familia se encontraba ahí, a la espera de nuevas noticias, y cuando Harry salió despedido de la chimenea junto a sus amigos, encontró lo que ya esperaba: un ambiente angustioso, preocupado y dolorido en la sala que siempre le había parecido cálida.
Sin embargo, había algo más.
—Hay algo que deben saber.
En el sofá principal estaban sentados Molly y Arthur, viejos, cansados y tomados de las manos. Bill y Fleur habían llegado ya de San Mungo y estaban en la esquina derecha, junto a Charlie. Al lado, Percy, Audrey, George y Angelina. Luna, Rolf, Neville y Hannah estaban en la esquina izquierda. Cerca de la puerta, Rachel Carter, impasible. Los ojos de Harry, confundidos, buscaron a Ginny, parada en un rincón. Su esposa volvía a tener angustia en la mirada y eso lo espantó.
—Será mejor que se sienten —murmuró James. Estaba parado al centro de la sala, con Lily. Detrás de ellos se encontraban todos sus primos, los gemelos Scamander, Alice y Cécille. Todos tenían una expresión triste. Todos parecían culpables y perdidos. Harry iba a preguntar qué sucedía, estaba a punto de hacerlo, pero entonces…
—Es sobre Albus —dijo Fred.
Tardaron bastante en hablar. Mucho. Cuando finalmente lo hicieron, Harry no pudo decir nada.
Molly, Dominique y Fred confesaron su secreto en medio de sollozos, excusas y súplicas de perdón. El caos se instaló en la casa al instante. Hubo gritos, regaños, exclamaciones de incredulidad. Toda la angustia que la familia sentía terminó por explotar. Por primera vez en mucho tiempo, la desolación invadió aquella pequeña casa que todos alguna vez habían considerado un hogar. Las paredes se sentían frías, el aire denso. Albus, Rose y Scorpius. Los tres. Dos semanas. Escondidos en el departamento de sus sobrinos. Albus, Rose y Scorpius. Harry escuchaba. No decía nada. Los tres. Su hijo… Tan cerca…
—Él dijo que no podíamos decirles nada —sollozó Molly—. Nos hizo prometer… Lo siento mucho.
Harry no se dio cuenta del momento en el que Ginny había avanzado hasta él, pero sí sintió su mano apretando la suya con fuerza. De pronto, lo notó. Había un hueco en medio de sus sobrinos. Un hueco justo entre James y Lily. Un hueco que era ocupado por alguien que no estaba ahí…
—Lo único que queríamos… Que yo quería… —dijo Dominique entre hipidos—. Era ayudarlo. Ustedes… —miró a sus padres—. Ustedes ayudaron así al tío Harry en la guerra. Lo escondieron en el Refugio… Yo sólo quería ayudar a Albus.
La confesión de ese motivo instaló un silencio estremecedor que fue difícil de romper. Minutos que parecieron horas. Sollozos que parecían llantos incontrolables. Algo que amenazaba con quebrarse.
James miró a Lily. Ella asintió y él dio un paso hacia adelante.
—Escuchen —pidió—. Nada… Sé que nada justifica que les hayan ocultado esto. Yo también me enfadé cuando me lo dijeron. Pero todos estos secretos… No tendríamos por qué…
—Esto no es con ustedes, James —dijo Bill y su voz nunca se había escuchado tan severa. Dominique ahogó otro sollozo.
—Esto es con todos nosotros —replicó el muchacho—. Minie, Molly y Fred no son los únicos que han estado guardando secretos aquí.
—Chicos, ya basta —dijo Angelina poniéndose una mano en la frente—. Tienen que…
—Hemos estado espiándolos —dijo James atropelladamente. Parecía que iba a echarse para atrás en cuanto recibió la mirada escandalizada de algunos de los mayores, pero Lily negó casi imperceptiblemente con la cabeza y él se animó a continuar—. Los hemos espiado. También a Rachel Carter —señaló a la joven profesora, que continuaba observándolos a todos con una expresión inalterable—. Sabemos que la usan a ella para espiar a Devon Lodge en la Academia de Aurores. Sabemos que están buscando a Albus y que no quieren que el ministerio se involucre, que Lodge y el otro idiota están buscándolo a él y no es por venganza, es algo que involucra a Merlín, pero…
—Basta, James —la voz de Ginny hizo que algunos de los presentes agacharan la cabeza de inmediato. Era imponente, terminante y no daba lugar a ninguna réplica. James la miró a los ojos. El valor se instaló en su pecho y luego subió hasta sus labios.
—No.
Y Harry se dio cuenta de que esa simple acción, el contradecir a alguien a quien siempre le había hecho caso, bastó para que todos los menores se contagiaran de su determinación.
—No, mamá —continuó su hijo—. Porque sabemos más. Mucho más. Se llaman entre ustedes "La Orden del Fénix". Ese era el grupo que tenían cuando pelearon en la guerra contra Voldemort —miró a Lily y ella volvió a asentir—. Queremos entrar. Queremos ayudarlos a encontrar a Albus y a Rose.
—¡Pego que tontegía! —saltó Fleur con los ojos encendidos. Su voz tembló—. ¿No se diegon cuenta de lo que acaba de sucederle a Vicky? ¡Ella sabía! ¡Ella estaba involucrada en todo esto y pog eso…!
—No, ella conoce a Albus —la corrigió James. Parecía estar haciendo un esfuerzo descomunal por no levantar la voz—. Igual que Molly, Alice y yo. Nosotros también fuimos atacados y podemos volver a serlo. Lodge me lo dijo. Van a continuar, van a hacerlo hasta que puedan encontrar a Albus.
—No pueden involucrarse en esto —dijo Percy alzando la barbilla—. Algunos de ustedes aún son menores de edad.
—Sí —dijo Lily. Su voz sonaba igual de firme que la de su hermano—. Y ustedes piensan que mañana, cuando volvamos a Hogwarts, ya no correremos peligro, ¿verdad? Pues déjenme recordarles que a mí también me magullaron esos tipos en el andén 9 ¾… ¿No se dan cuenta? ¡No importan dónde estemos!
—Precisamente por eso deberían de saber lo que nos están pidiendo —protestó Charlie—. No pueden pelear contra esos hombres, no…
—No queremos pelear. Lo único que queremos es encontrar a Albus y a Rose —dijo James desesperado. Miró a Ginny—. Dijiste que teníamos que confiar en la familia. Eso tratamos de hacer, eso… Eso es lo que tienen que hacer también ustedes.
Los más jóvenes asintieron y se atrevieron, por primera vez, a enfrentar directamente los rostros de sus padres. No había miedo, no había temor. Parecían realmente preparados para afrontar las consecuencias de lo que exigían. Cécille, la amiga de Lily, discretamente se dirigió hasta el mismo rincón en donde estaba Rachel Carter, y Harry percibió una ligera sonrisa dibujándose en el rostro impenetrable. El silencio que siguió era igual de perdido, igual de triste que los anteriores, pero menos desesperanzador. Lo que amenazaba con quebrarse, se juntaba, poco a poco, resurgía y todos parecían sentirlo.
—No —murmuró Molly Weasley, todavía aferrada a la mano de su esposo—. No pueden estar… No pueden considerarlo —observó las caras de sus hijos, de sus nietos—. ¡Son sólo unos niños!
—No es verdad —intervino Luna. Lucía tranquila, tan tranquila como siempre. Sus ojos se posaron en los gemelos Scamander—. Ya no son niños. Ninguno de ellos lo es.
—Y, técnicamente —dijo George con un resoplido—, nosotros no somos la Orden del Fénix. Lo único que queremos también es encontrar a los chicos.
—Aun así —dijo Fleur—. No están listos paga… ¡No! Ni siquiega pudiegon decirnos que estaban en…
—Aquella vez en el campo del Puddlemere United —la interrumpió James—, cuando nos atacaron a mí y a Alice… —tragó—. Les juro que nunca había estado tan asustado en toda mi vida.
Se hizo el silencio. Todos se miraron entre sí.
—Nunca nos había pasado nada así. A ninguno de nosotros —continuó—. Y el solo pensar en que algo como eso, algo como lo que le sucedió a Vicky, pueda volver a pasar… Que algo así pueda estarle pasando a Albus en este momento… —se mordió el labio—. Queremos ayudar. Es lo único que pedimos.
—Niños… —dijo Molly llevándose las manos a la boca, pero Arthur negó con la cabeza y silenciosamente le pidió que dejara hablar a su nieto.
—Toda la vida nos han ocultado cosas. Está bien. Lo entendemos. De verdad. Jamás nos quejamos con ustedes porque sabemos que lo único que quieren es cuidarnos.
—Pero ya no pueden hacerlo. No de esta manera. Si seguimos así… —dijo Lily y dirigió su mirada hacia donde estaban Cécille y Rachel Carter—. Es un círculo, ¿no lo ven? ¿En serio quieren continuarlo? Deben entender que ahora la única manera de mantenernos a salvo es incluyéndonos en esto.
—Pero es su decisión —dijo James—. Y nosotros… Nosotros vamos a aceptar lo que ustedes digan.
Y las miradas recayeron en Harry.
Años atrás, en esa misma sala, se había tomado una decisión. Entre todos habían decidido ocultar su papel en la guerra a la generación que nacía. El Elegido, la profecía, el encuentro final contra Voldemort. Lo habían guardado todo en secreto y lo habían hecho por ellos, para protegerlos, para no llenar sus jóvenes mentes con los horrores de la guerra. Habían callado antes y lo harían de nuevo, porque lo único que querían, que Harry quería, era mantenerlos a salvo…
—Papá —dijo James—. Por favor.
Harry lo miró. También a Lily.
Él había superado su altura desde los dieciséis años. Ella siempre se había parecido muchísimo a Ginny. Ambos estaban de pie frente a él y suplicaban una confianza que merecían, pero que Harry jamás les había entregado. Le hablaban tan firmes, tan anhelantes, tan adultos… En ese momento, James lucía más alto que nunca, y en los ojos de Lily se distinguía un brillo aún más determinante que el de Ginny. Harry quiso decirles, quiso prometerles que todo estaría bien, que nada les pasaría. Quiso decirles que esos asuntos no eran de su incumbencia, que no tenían de qué preocuparse y que él jamás, jamás dejaría que alguien les hiciera daño.
Entonces, miró otra vez el hueco que había entre sus dos hijos.
Albus.
—Está bien.
Fue un susurro rápido, bajo, que bien pudo haberse confundido con el crepitar de la chimenea. Las miradas sobre él seguían ahí, ahora impresionadas, algunas resignadas y escandalizadas. El agarre de Ginny se intensificó, pero parecía decir que sí. Los ojos castaños de sus hijos lo miraron, incrédulos.
—Está bien —repitió Harry.
Tal vez en esta ocasión la esperanza no podría llegar junto con la fotografía de un recién nacido. Quizás el recordatorio de que no todo estaba perdido se encontraba ahí, en esa sala, frente a él. Tal vez para mantenerlos a todos a salvo, esta vez Harry tendría que hacer las cosas de manera diferente.
El camino ya estaba abierto.
Albus ya había leído uno de los conjuros del Aurea Pergamena. Había recitado esas palabras desconocidas, durante varios días, en el departamento de sus primos. La culpa lo carcomía por dentro. El solo pensar en que Rose y Scorpius habían sido torturados en un frío calabozo, mientras él curaba sus heridas con magia… No se atrevía a confesárselos.
Pero… ¿Realmente era tan terrible haber sucumbido esa vez ante los poderes de Merlín? ¿No habría sido mejor abrazar todo el poder del Aurea Pergamena y utilizarlo para salvarlos? Tal vez pudo haber curado las profundas heridas de Scorpius y haber calmado el llanto doloroso de Rose. Tal vez incluso, en aquella ocasión, pudo haber derrotado en un instante a todos los mortífagos que atacaron la mansión de Vivian Lake. Pudo haber ganado la batalla, pudo evitar que su familia peleara… Sabía que había tenido demasiada suerte al encontrar ese conjuro. Rose se lo había dicho. La historia de Merlín estaba llena de oscuridad y seguramente no todos los hechizos escritos en el Aurea Pergamena habían sido creados con propósitos nobles. Él no sabía lo que significaban las palabras escritas sobre las hojas doradas, pero estaba seguro de que si volvía a encontrar las correctas, si volvía a tener suerte (si es que eso era), él podría… Él podría…
No.
El fantasma de la reina le había gritado una advertencia. Lo había hecho durante uno de esos instantes de perdición, cuando la magia parecía demasiada. Justo antes de que él pudiera tocar los pergaminos guardados en su tumba. Albus no se lo había dicho a sus amigos tampoco, pero sabía a lo que se refería el fantasma.
Cuidado con el Aurea Pergamena. Cuidado con la magia de Merlín.
La última vez que se había dejado llevar, le había revelado todo a Dimas Mabroidis. No quería volver a caer en eso. No quería que Rose o Scorpius estuvieran otra vez en peligro, que alguien más se arriesgara por él… Y sin embargo…
Cualquier intentó por apagar el calor en su interior ya era inútil. Albus lo supo desde el instante en el que dejó la tumba de la reina. Ahora que tenía más pergaminos en su poder, la sensación no se iba. Sentía el calor, las ansias, palpitar con fuerza en su interior, aún a pesar de que el Aurea Pergamena estuviese resguardado en la mochila cerrada de Rose. Lo que sentía ya era permanente. El camino ya estaba abierto.
—¿Qué estás haciendo con mi mochila?
Se sobresaltó. La voz de su prima sonaba cerca y enfadada. Cerró los ojos precipitadamente y al instante se sintió estúpido. Estaba tirado en su bolsa de dormir, con la cara debajo de las mantas y no se había movido en varios minutos. Escuchó que Rose se levantaba de su propia bolsa y luego, unos pasos presurosos que retrocedían.
—Nada —farfulló la voz de Scorpius—. No estaba haciendo nada.
—Te vi hurgando en mi mochila.
—No, no —dijo él, pero pasados unos segundos, resopló, seguramente luego de recibir una mirada cargada de severidad por parte de Rose—. Está bien, sí. Estaba buscando las malditas pociones.
—¿Qué? —la voz de Rose dejó de sonar agresiva—. ¿Acaso te sientes mal? ¿Te duelen las heridas?
—No… —dijo Scorpius. Volvió a resoplar—. Bueno, no demasiado.
Albus escuchó que Rose se alejaba de su bolsa de dormir y luego revolvía el interior de su mochila con rapidez, hasta encontrar los frascos de vidrio que Scorpius había estado buscando. Más pasos, objetos moviéndose y después, dos cuerpos que se dejaron caer en el sofá.
—¡Lumos! —murmuró Rose y aun debajo de las mantas, Albus distinguió la luz de su varita iluminando un poco el entorno—. Pudiste haberme despertado. Ni siquiera sabes cuáles pociones debes aplicarte y cuáles debes tomar.
—No soy estúpido —gruñó Scorpius. Su jersey y su camisa cayeron al suelo—. Además, no es para tanto.
—Pero el dolor te despertó.
—Ya, ¿y a ti qué fue lo que te despertó?
—Tú revolviendo en mi mochila. No eres nada silencioso.
—Eso no es… —Scorpius soltó un ligero "¡oh!". Rose le había quitado las vendas y había comenzado a esparcir las pociones por su espalda—. No estaba haciendo ruido. Lo que pasa es que estabas teniendo pesadillas otra vez.
Albus imaginó entonces el aspecto que tendría el rostro de su prima. Ceño fruncido, los ojos azules echando chispas y las orejas coloradas. Ni ella ni Scorpius volvieron a hablar durante un rato. Dentro de la tienda sólo se escuchaban sus respiraciones, los movimientos de las manos de Rose y los ligeros gruñidos de dolor que Scorpius se esforzaba por contener.
—¿Son muy malas? —preguntó entonces—. ¿Tus pesadillas?
—Yo no tengo pesadillas.
—Es que a veces…
—Ya está —Rose tapó los frascos de vidrio. Scorpius volvió a resoplar y recogió su ropa del suelo.
—Gracias.
—La próxima vez que te duela, despiértame.
—Ya te dije que no era para tanto —Scorpius suspiró. El sonido fue largo y profundo, y Albus supo que su amigo, por alguna razón, estaba debatiéndose entre seguir hablando o no—. Además no quería molestarte porque… Ya sabes, no tienes por qué hacer esto.
—¿Hacer qué?
—Esto. Preocuparte por mí —se puso la camisa y el jersey—. No quisiera que te sintieras… Mira, todo lo que pasó allá, en la mansión de Vivian… —tragó—. Quería hablar contigo de eso. Sé que fue horrible, pero no quisiera que tú… Me refiero a que estoy bien y no tienes por qué sentirte mal por mí, ¿de acuerdo? Si piensas que debes de hacer esta clase de cosas…
—¿Deber? —la voz de Rose sonó indignada, más alta de lo que pretendía—. ¿Crees…? ¿Tú crees que te doy pociones para cuarte porque debo hacerlo?
—Bueno, no, no así, pero…
—¿No te has puesto a pensar en que tal vez lo hago porque quiero?
Uno de los dos se removió incómodo en el sofá. Albus no supo distinguir si se trataba de su amigo o de su prima, pero de pronto sintió que el ambiente se tornaba raro. Sin saber bien por qué, deseó quedarse dormido.
—Ya —dijo Scorpius avergonzado—. Lo siento.
Hacía viento afuera. El techo de la tienda se mecía ligeramente y un ruido constante golpeaba la tela. Albus aguardó por unos segundos, esperando a que ambos regresaran a sus bolsas de dormir, pero eso no sucedió. Tuvo un ligero sobresalto cuando Rose volvió a hablar.
—Sí estaba… Tenías razón. Estaba teniendo una pesadilla.
—Está bien —dijo Scorpius y su voz sonó a una sonrisa torcida—. Podrías tomar más té, ¿sabes? Mi abuela dice que el té es bueno para eso. Aunque si debo de tomar algo para tener un sueño tranquilo, personalmente, prefiero el whisky de fuego.
—Bien, entonces sacaré la botella que tú y Albus esconden en tu mochila.
—¿Qué? —balbuceó Scorpius y Albus contuvo una risa al escuchar el tono de pánico que su amigo empleó—. ¿Cómo es que…? ¿Cuándo…?
—Tú y Albus son demasiado confiados —dijo ella con presunción—. Está bien. No tenían por qué esconderlo, ¿sabes?
—Habrías enloquecido.
—Por supuesto que no.
—No te gusta el whisky de fuego.
—No he tenido la oportunidad de probarlo, es todo —dijo ella—. Siempre soy la que cuida el estado de ebriedad de mis primos, ya sabes. Supongo que por eso todos piensan que soy aburrida.
—Yo jamás he pensado que seas aburrida.
Albus arqueó las cejas. El viento seguía sonando y deseó que ese sonido fuera suficiente para dejar de escuchar aquella conversación. Estuvo tentado a taparse los oídos, pero temió que el movimiento debajo de las mantas les revelara a sus amigos que estaba despierto.
—Oh, por favor —Rose soltó una risita—. En Hogwarts siempre lo decías.
—Eso no es…
—Únicamente hablabas conmigo para comentar lo aburrida que era y que, por favor, dejara de molestar a Albus.
—Está bien. Pero en Hogwarts yo era idiota. Además que te lo dijera no significaba que en realidad yo… —carraspeó—. Pero, tienes razón, te lo compensaré. Cuando todo esto termine, iremos a "El Dragón Mareado". Es un lugar en el Callejón Diagon. Sirven los mejores tragos del mundo.
Rose se rio. Scorpius también lo hizo. Ambos parecían querer contenerse y no provocar demasiado ruido, pero aun así, sus risas sobrepasaban cualquier otro sonido, incluso al viento meciendo el techo de la tienda. De repente, a Albus lo invadió un sentimiento de extraña soledad.
—Será mejor que… —Rose interrumpió su risa súbitamente. Se aclaró la garganta. Albus la escuchó levantarse del sofá y recoger los frascos de las pociones—. Lo mejor será que ponga todo de vuelta en mi mochila.
—Sí, sí —dijo Scorpius y su voz se oyó rara. Hubo unos segundos de silencio, mientras la muchacha cumplía con su tarea—. ¿Rose?
—¿Sí?
—¿Crees que esté bien que dejemos el Aurea Pergamena ahí?
Albus contuvo la respiración.
—No veo dónde más podamos dejarlo.
—Estaba pensando en lo que dijiste. Lo de la magia y el recipiente y Albus afectado —bajó la voz—. Yo no lo vi muy convencido de alejarse de los pergaminos.
—El Aurea Pergamena tiene magia muy poderosa. No sólo es la magia de alguien más, es la magia de Merlín. Es lógico que se sienta así.
—Pero todavía ni siquiera está completo. Si ya está afectándole y ya hay algo de… —lo pensó por un momento—. Descontrol. ¿Qué es lo que va a pasar con él cuando consigamos las demás piezas?
—Lo que sucede es que Albus… —Rose volvió al sofá y el tono de su voz disminuyó hasta convertirse en un sonido casi inaudible—. Tal vez si tú o yo hubiésemos tocado la daga aquella noche, tal vez si cualquier otra persona lo hubiese hecho… No lo sé. Quizá no nos hubiera sido tan difícil resistirnos al poder del Aurea Pergamena. Creo que Albus es más vulnerable respecto a esto.
—¿Por qué?
Aguardó. Albus sintió la mirada de ambos clavándose en su nuca, pero aguardó. No se movió. No respiró. Esperó con el corazón golpeándole duro en el pecho, con la cabeza todavía doliéndole y con el calor creciendo dentro de él.
—Porque Albus los quiere —dijo Rose finalmente—. Albus quiere el Aurea Pergamena.
—Pero crees que va a poder hacerlo, ¿cierto? —preguntó Scorpius preocupado—. Dijiste que la magia sólo entraría si él… Cuando completemos el Aurea Pergamena, ¿tú crees que Albus pueda controlarlo?
—Sí. Estoy segura.
—Yo también creo que lo hará.
Y fue lo último que dijeron antes de volver a sus bolsas de dormir.
—¡Por favor, por favor! Esto es una reunión, no un juicio. Señorita Savage, señora Weasley, vamos a tranquilizarnos, ¿está bien?
Harry estaba sentado junto a Ron y Hermione en una de las Salas del Tribunal del ministerio. Frente a ellos estaban Kingsley, todos los miembros del Wizengamot y algunos jefes de los departamentos más importantes. A su izquierda, se encontraba Miranda Savage.
Ella y Hermione llevaban cerca de una hora repitiendo los mismos argumentos. La primera decía que los últimos ataques afectaban a la comunidad mágica entera, no sólo a un grupo de personas en específico "relacionadas con los héroes de guerra", que los aurores habían descuidado sus deberes para con la ciudadanía y que nadie parecía estar haciendo nada por solucionarlo. Hermione contradecía cada una de sus oraciones con pruebas y argumentos válidos. No obstante, los miembros del Wizengamot no parecían estar a su favor.
—Lo único que yo digo es que me parecen demasiadas complicaciones por un asunto simple —dijo Savage con su habitual sonrisa y miró a Harry—. Señor Potter, ¿no le parece que tal vez, luego de tantas cosas por las que ha pasado, se ha convencido a sí mismo de que estos criminales están detrás de su familia?
—¿Pero cómo…? —Hermione la miró, completamente exasperada—. ¡Todos los ataques han sido en contra de…!
—Sólo me parece que otra vez se le está brindando al apellido Potter más importancia de la que…
—Señorita Savage —la interrumpió Kingsley severamente—, existe evidencia de que estos criminales están buscando a Albus Potter y sus allegados. Creo que nadie, además de usted, pone en duda este hecho.
—Por supuesto, señor ministro —Miranda Savage acentuó su sonrisa—. Pero debe entender que como ciudadana y como empleada del Departamento de Aplicación a la Ley Mágica, estoy en mi completo derecho a plantear una contrapropuesta si pienso que ciertos procesos no están llevándose con la objetividad debida. Tal vez llevamos demasiado tiempo tomando decisiones preferenciales para…
—Si dice una vez más "los héroes de guerra", le lanzo un maleficio, te lo juro —murmuró Ron.
—Gracias a sus propuestas, los aurores dejaron de proteger a personas inocentes y ha habido dos ataques, sin contar el del ministerio —la interrumpió Hermione—. La mayoría de los presentes aquí están de acuerdo en que fue un error que el Cuartel de Aurores dejara de vigilar…
—¿De acuerdo? —preguntó Savage fingiendo inocencia.
—Sí, discutimos este punto en la reunión anterior, a la cual usted no asistió.
—Sí, es lamentable. Pero estaba demasiado ocupada con la Comisión de Registro de Hijos de Muggles. Por cierto, señora Weasley, ¿sabe cuándo podrá su hija registrarse en…?
—No veo por qué eso es relevante.
—Y yo no veo por qué es relevante que yo no haya asistido a una junta que fue organizada a último momento.
—Me parece que ha sido suficiente —dijo Kingsley y todos guardaron silencio—. Como se dijo anteriormente, esto no es un juicio, es una reunión para tratar de encontrar una solución a todo lo que está sucediendo. Así que, habiendo expuesto sus argumentos, someto el asunto a votación. Por favor, levanten la mano quienes estén de acuerdo en que el Cuartel de Aurores siga vigilando a los familiares y allegados de quienes han sido atacados. Eso incluye, por supuesto, a las familias Potter y Weasley.
Harry observó las manos levantarse, una por una, y un suspiro de alivio escapó de sus labios. La mayoría estaba a su favor.
—Bien. Por otro lado, el Cuartel de Aurores ya está trabajando en la investigación del caso del ataque al ministerio. Todos los empleados han sido interrogados y esperaremos nueva información. Si no hay nada más que añadir…
—Disculpe, señor ministro —dijo Miranda Savage. La sonrisa no se le había borrado de la cara—. Pero, si me permite, me gustaría proponer un asunto más para someter a votación.
Todos en la sala la miraron, confundidos. Hermione frunció tanto el ceño que sus cejas parecieron tocarse.
—Creo que ha quedado claro que la manera de actuar en cuanto a seguridad, hasta el momento, no ha sido la más eficaz. Me preocupa que un asunto tan delicado como este no se trate de la manera adecuada. Si lo vemos fríamente, aún no se resuelven los ataques anteriores. Me parece que la dirección de este departamento no está siendo llevada como debería…
—Un momento —dijo Hermione—. Yo no creo que usted tenga derecho a…
—… es por eso que someto a votación la suspensión del señor Harry Potter como jefe del Cuartel de Aurores.
Fue como si hubiese soltado una bomba. Fuertes exclamaciones se hicieron presentes en la sala. Ron soltó una palabrota en voz baja. Hermione se levantó de la silla. Todos, sin excepción, miraron a Harry.
—Señorita Savage —dijo Kingsley—. Usted no puede…
—No podemos seguir viviendo en el pasado —dijo la mujer tranquilamente—. Esta es una nueva época, una nueva generación y desgraciadamente estamos viviendo una nueva crisis. El señor Potter ha demostrado su valentía y determinación en más de una ocasión, pero tal vez… —le sonrió a Harry—. Tal vez esta vez eso no sea suficiente. Creo que tenemos que replantearnos cómo se han estado haciendo las cosas hasta el momento.
El caos duró bastante. Las exclamaciones continuaron. Las cabezas de todos se agitaban, hablaban unos con otros, movían las manos. El debate no se detenía. Las voces, en coro, eran exasperadas, incrédulas, temerosas, alteradas. Algunos se escandalizaron por la sola idea de esa propuesta. Otros exigían escuchar las peticiones de la bruja. Harry no distinguía a los dueños de las voces, sólo las escuchaba danzando frente a él con rapidez, y entonces, se dio cuenta de que en esa sala llena de personas juiciosas y con experiencia, había miedo. Miedo a perder la paz de la que habían disfrutado durante veintiséis años. Miedo a que las cosas volvieran a ser terribles, a que los ataques en el ministerio se volvieran habituales. Y el miedo, incluso en las mentes más sabias, era peligroso.
Kingsley los observó a todos con resignación.
—Un punto se pone a votación cuando la mayoría de los presentes están de acuerdo —dijo el hombre cuando un silencio, más tenso y más horrible, volvió a la sala—. Así que, en vista de los hechos, someteremos a votación la propuesta de la señorita Savage —dejó pasar unos segundos. Nadie dijo nada. Nadie objetó—. Por favor, levanten la mano quienes estén de acuerdo en la suspensión indefinida del señor Harry Potter como jefe del Cuartel de Aurores.
Harry lo observó todo como si estuviese pasando en cámara lenta. Poco a poco, las manos comenzaron a levantarse. Primero una, temerosa. Luego otra. Otra más. Otra. Miró los rostros de quienes lo estaban juzgando y se dio cuenta de que todos parecían inseguros, poco convencidos. Agachaban la mirada, se llevaban las uñas a la boca. Sabían que tenían que hacer algo, pero no sabían qué y esa era la única solución que se les ocurría. Querían aferrarse a una paz que poco a poco se les escapaba de las manos. No, ellos no tenían miedo. Tenían pánico. Kingsley permaneció en silencio, con ambas manos sobre el escritorio. Ron y Hermione observaron espantados la escena. Varias manos se quedaron abajo, pero eso no importó. La mayoría había hablado.
—Por mayoría de votos y hasta nuevo aviso —anunció Kingsley después de unos segundos—, Harry Potter queda suspendido en sus deberes con el Cuartel de Aurores.
Las manos, antes levantadas, se escondieron. Hermione negó con la cabeza.
—Señor ministro, usted no puede…
—Pronto fijaremos una audiencia para nombrar al jefe temporal del cuartel. Mientras tanto, los aurores quedaran bajo las órdenes de este consejo. Si no hay más asuntos por concluir, se levanta la sesión.
Todos los presentes tardaron bastante en levantarse. Era como si no terminaran de creer lo que acababa de suceder. Hermione seguía negando con la cabeza y antes de que Kingsley pudiera salir de la sala, lo alcanzó y se interpuso en su camino.
—No puedes —le dijo incrédula—. Esto no es…
—Escúchenme —pidió Kingsley. Harry y Ron habían alcanzado ya a Hermione y estaban parados detrás de ella —. Ya se los había dicho antes. Mi deber es…
—Sabes todo lo que está pasando —masculló Ron en voz baja—. Estamos buscando…
—Sé perfectamente lo que están haciendo —lo interrumpió Kingsley y sus ojos brillaron cuando se encontraron con los de Harry—. Eres un ciudadano más ahora, Potter. Has lo que tengas que hacer, ¿entiendes? El Cuartel de Aurores no es más tu responsabilidad.
No los dejó decir nada más. Se alejó y salió de la Sala del Tribunal sin mirar atrás. Harry estaba dispuesto a hacer lo mismo antes de que algún miembro del Wizengamot quisiera interceptarlo, pero entonces, Miranda Savage se atravesó en su caminar.
—Tengo que decir que lamento mucho todo esto, señor Potter —dijo. Tenía una carpeta entre las manos y la apretó con compasión—. Quiero que sepa que no era mi intención que las cosas llegaran tan lejos. Lo único que busco, como ya le he dicho, es el bienestar de toda la comunidad mágica —Ron soltó un bufido nada disimulado. Hermione arqueó las cejas mientras observaba la carpeta que la mujer sostenía—. Ustedes saben que mi padre, Cornelius Savage, les tenía una profunda estima, ¿verdad? Cuando murió en aquella misión, él no pudo…
—¿Cómo se hizo eso, señorita Savage?
Harry siguió la mirada de Hermione. En las muñecas de Miranda Savage, casi ocultas por el doblez de su manga, se alcanzaban a ver unas ligeras costras rojas. Ella pareció sobresaltarse y rápidamente cruzó los brazos detrás de la carpeta, ocultando las marcas.
—¡Oh! Un pequeño accidente casero. Nada importante.
—¿Puedo preguntar cómo sucedió?
—¿Es relevante esto, señora Weasley?
—Respóndale —ordenó Ron con rudeza.
—¿Por qué? ¿Acaso piensa que esto fue hecho con veneno de Tentácula? —Miranda Savage se rio—. Señora Weasley, por favor, escuchó bien. La reunión no era un juicio, era una junta. Y si usted pretende incriminarme por cada cosa que yo haga…
—Le estoy haciendo una pregunta muy simple, señorita Savage.
—Ya me han hecho preguntas simples antes, ¿recuerda? Sus acusaciones sobre si yo conocía a esos hombres que han estado efectuando estos horribles ataques. Cualquiera pensaría que ustedes están empeñados en relacionarme con las agresiones —se apartó el cabello de la cara—. Y temo, señora Weasley, que acusarme de un delito mayor basándose únicamente en una pequeña cicatriz, sería más dañino para usted que para mí. No olvide que pertenezco a su departamento y una investigación de esa magnitud afectaría seriamente a todos mis compañeros, y por supuesto, a mi superior. Es decir, usted —acentuó su sonrisa—. Y no creo que después de esta reunión necesite de más complicaciones y escándalos en el Departamento de Aplicación a la Ley Mágica.
—Tiene razón, no los necesito —dijo Hermione y su mirada dejó de lucir rabiosa—. Es por eso que está despedida, señorita Savage.
Por primera vez desde que Harry la había visto, la cara huesuda de aquella mujer perdió todo rastro de sonrisa. La amabilidad fingida que tanto los irritaba desapareció al instante y sus ojos se agrandaron, incrédulos, coléricos.
—¿Qué? —masculló. Su respiración se agitó—. No puede… Usted no puede…
—Como constantemente suele recordarme, señorita Savage —Hermione alzó la barbilla cuanto pudo—, sigo siendo su superior y como jefa del Departamento de Aplicación a la Ley Mágica, puedo decidir cuando no requiero de los servicios de un empleado.
—Esto es… Esto no puede… ¡Esto es una injusticia! —chilló entonces. Harry observó su rostro enrojecido, sus ojos llorosos y un vengativo placer creció dentro de él. Algunos miembros del Wizengamot que aún no se retiraban de la sala, se volvieron, preocupados—. ¡No puede! ¡Simplemente porque cree que…!
—Puede presentar sus quejas después, cuando se le otorguen sus derechos de despido. Buenas tardes, señorita Savage.
Se dio la vuelta y caminó sin detenerse hasta la puerta de salida. Harry y Ron la siguieron, ignorando los comentarios y las preguntas de los presentes. Ninguno se detuvo hasta llegar al ascensor dorado que había al final del largo pasillo.
—¡Eso fue increíble! ¡Brillante! —comentó Ron con una ancha sonrisa—. ¿Te había dicho últimamente lo mucho que te adoro?
Los labios de Hermione se curvearon.
—¿Crees que fue ella? —le preguntó Harry. El ascensor se abrió y los tres ingresaron. Hermione apretó el botón del Atrio—. ¿Crees que ella tuvo algo que ver con la explosión?
—Cuando apenas iba entrando a mi oficina, justo antes de que las semillas explotaran, estoy segura de que vi a alguien. La persona que grabó el símbolo del Aurea Pergamena en el muro. No pude distinguir quién era, todo pasó demasiado rápido —se apresuró a decir al ver la expresión impresionada de Harry—. Pero estoy segura de que había alguien. Quienquiera que fuera, seguramente hizo todo con la intención de que las semillas explotaran hasta el día siguiente, con todos los empleados ahí, con Kingsley. Piénsalo. No teníamos por qué estar en el ministerio tan tarde. Seguramente estaba grabando el símbolo y se preparaba para huir, cuando Vicky activó las semillas.
—Y huyó antes de que Harry y yo llegáramos —dijo Ron—. Es por eso que está lastimada. No pudo atenderse en San Mungo, porque sabrían cómo se hizo las heridas y sería acusada.
—No podemos estar seguros —admitió Hermione—. Pero la investigaré. No me importa que el Wizengamot entero se escandalice. Si Savage ya no es parte de mi departamento, puedo ponerle una orden de investigación con total libertad.
—Debiste de hacer esto hace meses.
—No había una justificación verdadera para hacerlo, Ron —dijo Hermione, luego miró a Harry—. Oh, Harry, lo siento tanto. Veré qué puedo hacer. Hablaré con Kingsley, él no puede…
—No —dijo Harry y con la emoción creciendo dentro de él, apretó otro botón en el ascensor. Las rejas doradas chirrearon cuando cambiaron súbitamente de rumbo—. No hagas nada.
—¿Qué? Pero…
—Oíste lo que dijo Kingsley. El Cuartel de Aurores no es más mi responsabilidad —las rejas se abrieron. Harry salió seguido de sus amigos a un pasillo vacío—. Haré lo que tenga que hacer sin pensar en cómo repercutirá eso en la seguridad mágica.
Llegaron a la entrada del Departamento de Aplicación a la Ley Mágica, clausurado todavía por la pasada explosión. Harry avanzó hacia las últimas oficinas, pero en vez de entrar a la de Hermione como siempre hacía, dobló a la derecha, hacia una puerta pulcramente barnizada.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella cuando lo vio sacar su varita—. ¡Harry! ¡No puedes…!
—Claro que puede —dijo Ron con una sonrisa—. ¿Qué es lo que van a hacer si lo descubren? ¿Despedirlo?
Y los tres ingresaron a la oficina de Miranda Savage.
Todo el lugar estaba ordenado, exageradamente limpio. Una alfombra escarlata, un escritorio negro y un enorme librero que Harry comparó con el que Hermione tenía en su oficina. Las paredes estaban casi cubiertas por diplomas y recortes de periódico enmarcados. Solamente había una fotografía. El padre de Miranda, Cornelius Savage, sonreía desde un marco dorado, exhibiendo su desdentada boca y su calva.
—¿Qué estamos buscando? —preguntó Ron mientras le echaba un vistazo al librero—. ¿Cualquier cosa que relacione a esa víbora con Dimas y Lodge?
—Esto no está bien —dijo Hermione y miró hacia la puerta, nerviosa—. Podría entrar en cualquier momento.
Harry se fijó entonces en la esquina de la oficina. Ese rincón parecía ser el único que no había sido limpiado con esmero. Había un montón desordenado de cajas, agazapadas unas sobre otras. Papeles, telas y diversos objetos se asomaban por los bordes. Harry distinguió el brillo de un saco azulado que le resultaba bastante familiar.
—Es de Cornelius Savage —dijo Ron cuando lo vio sacando la prenda de las cajas—. Nunca se lo quitaba, ¿te acuerdas? Creo que esas son las cosas que estaban en su oficina. Se le entregaron a Miranda luego de que él murió.
—Ni siquiera parece haberlas tocado —comentó Hermione torciendo la boca—. Ya casi es un año desde que aquello pasó y ella aún no…
—Oh, no —Ron hizo una mueca—. Dime que no estás sintiendo compasión por esa arpía.
Hermione replicó algo más, pero Harry no la escuchó. La prenda del viejo Savage estaba manchada con sangre seca en el cuello. Probablemente era de la herida que lo había matado en aquellas ruinas de Grecia, la que parecía estarlo quemando por dentro. Estaba seguro de que el asesino había sido Dimas Mabroidis, pero todavía no entendía por qué… De pronto, sosteniendo el saco entre sus manos, se percató de que en el forro interior había un bolsillo cosido y detrás, podía sentirse algo. Harry rasgó la tela con su varita y el escondite quedó al descubierto. Lo que había palpado era una fotografía vieja, amarillenta y arrugada.
—¿Qué es eso? —preguntó Hermione acercándose. Ron la siguió.
En la imagen había dos niños. Ambos sonreían y se empujaban. Llevaban las ropas sucias y el cabello de alguien que ha pasado todo el día trepando árboles. El más alto aparentaba unos diez años y tenía los dientes muy torcidos. El pequeño apenas rebasaba la cintura del otro y soltaba ligeras e infantiles carcajadas, mientras se ajustaba un medallón dorado al cuello.
—El medallón de Dimas Mabroidis —murmuró Hermione atónita—. El medallón que lleva ese niño es… Es idéntico al que le quitaste a Dimas Mabroidis.
—¿Idéntico? —Ron le quitó la fotografía a Harry—. ¡Parece el mismo! ¡Míralo! ¡Lleva el símbolo del Aurea Pergamena!
—¿Crees que ese niño sea…? —Hermione los miró a ambos—. ¿Crees que sea Dimas Mabroidis? Pero, ¿por qué Cornelius Savage tendría una fotografía suya escondida en su saco? ¿Y por qué…? ¿Harry?
Él, a diferencia de sus amigos, no estaba observando ya al niño del medallón, sino al otro.
Lo imaginó mayor, más delgado, con los dientes todavía torcidos pero con el rostro demacrado. Lo imaginó rodeado de olvido y desesperación. Y de pronto, entendió. Le había parecido distinguir un aire familiar en los ojos oscuros de Dimas Mabroidis cuando lo vio por primera vez, y es que ya los había visto antes. Había mirado de frente esos mismos ojos en un tono más claro, con menos brillo, con una chispa de locura asomándose entre fríos barrotes…
—Ese niño es Dimas Mabroidis —dijo Harry señalando al del medallón. Luego movió su dedo hasta el otro—. Y ese es el prisionero sin nombre de Azkaban.
¡Hola! Y perdón, sí. Perdón por la tardanza. No pretendo justificarme, pero dejenme presumirles que acabo de hacer mi primera publicación oficial *se emociona*, es un cuento en un libro que se va a vender solamente en mi ciudad, pero aun así... *grita* yeiii. En fin, sí, el fic, lo siento, estaba demasiado emocionada xD
También pido perdón porque el capítulo es larguísimo. Intenté cortarlo, lo juro, ¡y lo hice! Dejé varias cosas para el siguiente, pero aún así salió muy largo. Sólo espero que no les haya parecido taaaan denso. ¿Qué tengo que decir? Quería llegar a este punto de la historia, en el que las cosas parecen estar muy mal para la familia Potter y Weasley, pero al mismo tiempo está creciendo la esperanza, y en el que las cosas van por buen camino para Albus, pero al mismo tiempo hay algo ahí que no lo deja estar tranquilo.
Y lo admito, quería llegar al final del capítulo. Nuevo punto de giro. En el próximo habrá respuestas, MUCHAS respuestas ya por fin. Lo prometo.
Ahora sí, a lo que vienen. Su regalo de Navidad. A las personas que tienen cuenta les contesté por PM ya, a los que no, aquí va:
Guest 1: Sí
Guest 2: Sí
Guest 3: No
Espero que no haya confusiones. De nuevo muchas, muchas gracias por comentar y por continuar aquí. Me hacen feliz como no tienen idea. Espero como siempre sus teorías locas, muero por leerlas :D
¡Reviews plis!
