Dimas y Dante
Capítulo dedicado a litiafang515, que adivinó este plot twist desde noviembre de 2014. Sí, en serio.
No disponían de mucho tiempo.
Harry sabía que la noticia de su despido como jefe del Cuartel de Aurores no tardaría en divulgarse por todo el mundo mágico, y él todavía necesitaba de los privilegios que otorgaba su puesto para entrar a Azkaban con total libertad. Sus pasos eran firmes mientras avanzaba por los oscuros corredores y escuchaba los habituales lamentos de los prisioneros. En sus voces se distinguía la desesperación y la amenaza del olvido. Sin embargo, conforme se acercaba a la celda que buscaba, Harry alcanzó a notar algo más. Era una melodía. Un tarareo enfermo y ronco, similar a una canción de cuna.
—Me quedaré aquí —le dijo Ron antes de dar vuelta por un pasillo—. Cuidaré que nadie venga. Hazlo rápido.
Harry asintió, continuó y cuando por fin llegó a la puerta de hierro que quería encontrar, se dio cuenta de que las notas disparejas de la canción salían de ahí. Al acercarse y asomarse por entre los barrotes, lo vio: El prisionero sin nombre estaba sentado en el suelo, abrazando sus rodillas y meciéndose al ritmo de la melodía que canturreaba.
—Mírame —ordenó Harry con firmeza—. ¡Mírame!
El hombre no obedeció.
—¿Recuerdas lo que me dijiste antes? ¿Aquella vez cuando te interrogué? Me hablaste del Aurea Pergamena, de Dimas Mabroidis —aferró más la varita que tenía entre las manos. El prisionero continuó cantando, mirando al techo de su celda con los ojos perdidos—. Sabes algo más, ¿verdad? Conocías a Cornelius Savage. ¿Qué tiene qué ver él en esto? ¡Dímelo!
Pero no hubo respuesta y Harry se sacó del bolsillo la vieja fotografía que había encontrado. Sin soltarla, la metió por entre los barrotes de la celda y la agitó con fuerza.
—¿Eres tú, verdad? El de la fotografía —se la acercó más—. Mírala. ¡Mira la fotografía! Estaba en el saco de Cornelius Savage. ¿Eres tú?
El prisionero se meció con más fuerza y por el brusco movimiento, las gruesas cadenas que le rodeaban las muñecas tintinearon. El sonido se mezcló con las notas de la canción de cuna.
—¡Mírala! —gritó Harry—. ¿Eres tú, verdad? Y ese es Dimas Mabroidis. ¡Respóndeme!
Pero él no parecía estarlo escuchando, no parecía notar que había alguien ahí, frente a él, gritando desesperado. Harry golpeó los barrotes de la celda. La fotografía que tenía entre las manos era su única pista, el último indicio a seguir en su camino por encontrar a Albus. No podía darse por vencido. No ahora que estaba tan cerca… Decepcionado, dejó caer la cabeza sobre la fría superficie de hierro.
Entonces fue tomado bruscamente por la muñeca.
El prisionero se había levantado del suelo sin hacer ruido y sus dedos huesudos se habían aferrado a la piel de Harry, impidiéndole mover la mano que sujetaba la fotografía.
—Dimas… —murmuró. Sus ojos, rodeados por enormes ojeras, se clavaron en el papel amarillento.
—Sí —dijo Harry con el apuro golpeándole el pecho—. Ese niño es Dimas Mabroidis, ¿verdad? Y el otro eres tú.
El rostro del prisionero se descompuso en una extraña mueca de desesperación. Su boca, llena de dientes torcidos, se abrió, pero ni una palabra pudo escapar de ella.
—Dime lo que sabes —pidió Harry—. Dime todo lo que…
—Él era un niño… Solitario y triste… Ese es el comienzo de todo… Siempre es….
—Basta. Sé que me entiendes —Harry también lo tomó de la muñeca—. Me dijiste que él te hizo esto, ¿verdad? Dijiste que iba a lastimar a más personas. Ya lo hizo. Está atacando a gente inocente, pero podemos detenerlo si tú me dices…
—¡NO! —gritó él y Harry, sobresaltado, lo soltó. El hombre se alejó súbitamente, se dejó caer en el suelo y comenzó a arañarse el rostro. La canción de cuna comenzó otra vez.
—¡No! —gritó Harry—. Por favor… Sólo quiero…
—¡NO PUEDO! ¡NO PUEDO! —golpeó los muros con el puño, las cadenas tintinearon con más fuerza—. Quiero… Q-quiero pero no… Yo no puedo…
Y Harry no lo soportó más.
—¡Aberto!
La puerta de la celda se abrió con un estrépito. Harry entró apresuradamente. Con una mano aferraba la fotografía y con la otra su varita. Se arrodilló junto al prisionero, lo tomó por los hombros y lo obligó a mirarlo a la cara. Pronto escuchó los pasos de Ron, acercándose precipitadamente a la celda.
—¡Harry! —exclamó alarmado.
—¿No puedes decirme nada? ¿Es eso? ¡¿Es eso?! —Harry sacudió el cuerpo del prisionero y éste soltó otro grito. Tenía las mejillas llenas de rasguños y los ojos empapados en lágrimas—. Entonces… Entonces, muéstrame. Enséñame lo que sabes.
El llanto se detuvo de repente y Harry supo que, en medio de toda su locura y desesperación, el prisionero sin nombre realmente le había entendido.
Asintió y lo hizo lento, con la respiración entrecortada y todavía tarareando en voz baja la canción de cuna. Sus ojos se enfocaron en la fotografía y más lágrimas se deslizaron con suavidad por su rostro. Harry alzó la varita, ansioso, y una por una, fue extrayendo delgadas hebras plateadas desde la sien del prisionero. El brillo de aquellos hilos produjo una luz fantasmagórica que iluminó la oscura celda. Ron se apresuró a materializar un frasco y se lo pasó a Harry. Los recuerdos flotaron dentro del vidrio, arremolinándose unos sobre otros y Harry los observó en su mano, triunfante, con la emoción sobrepasando sus sentidos. Desvió la vista del prisionero por un momento, sólo por un momento…
Y sólo eso bastó para que se desatara el caos.
Un ruido metálico. Un golpe de lleno en el rostro. Un hechizo que rebotó en la pared. Harry se tambaleó hasta el suelo, sintiendo el duro grillete del prisionero contra su mejilla. La fotografía escapó de sus dedos y él, espantado de poder perderlo, asió el frasco de recuerdos con ambas manos…
—¡No! —exclamó Ron.
Había soltado su varita.
—¡ES TU CULPA! —chilló el prisionero lanzándose sobre Harry. Sus manos huesudas se hundieron alrededor de su cuello—. ¡NO LO HICISTE POR ELLA, DIMAS! ¡NO FUE POR…!
Ron le lanzó un hechizo que lo arrojó hasta el borde de la celda. Harry jadeó cuando sus pulmones recuperaron el oxígeno perdido. Ron se apresuró a ayudarlo y ambos iban a levantarse y a cerrar la puerta de hierro, cuando se quedaron petrificados en sus lugares.
El prisionero había recogido la varita de Harry.
—Suéltala —siseó Ron empuñando su propia arma. El hombre estaba apuntándoles con las manos temblándole incontrolablemente.
—No lo hacías por ella, Dimas… Nunca lo hiciste por ella…
—¡Suéltala!
Un coro de voces agitadas se acercaba a la celda. Harry pudo oírlo, aún por sobre los lamentos de los demás cautivos. Eran los guardias de la prisión que habían escuchado el alboroto. Arribaron al lugar, con pasos enérgicos y apurados, y cuando observaron la escena ante ellos, el deber nubló sus mentes.
—¡NO! —gritó Harry, pero ya era tarde.
Los guardias no vieron las lágrimas en el rostro de aquel hombre perdido. No vieron su cara, ni sus manos temblorosas y tampoco que no parecía dispuesto a pronunciar ningún hechizo. Lo único que vieron los guardias cuando llegaron a la celda, fue a un prisionero peligroso amenazando a dos aurores. Los hechizos duros y centellantes lo golpearon en el pecho. Su cuerpo rebotó contra la pared y luego cayó al piso. Harry escuchó el ruido que hizo su cabeza cuando se estrelló contra los ladrillos mohosos y observó, aterrado, cómo de su boca escapaban hilos de sangre. Poco a poco, el ligero brillo que aún quedaba en aquellos ojos enloquecidos, terminó por extinguirse.
La varita de Harry rodó hasta sus pies.
—Señor Potter, señor Weasley —dijo uno de los guardias acercándose—. ¿Están bien?
Harry no contestó. Se levantó lentamente, tomó su varita y recogió la vieja fotografía que había caído al suelo antes de que alguien más pudiera verla. Sin hacer ningún movimiento brusco, se acercó al cuerpo que yacía ante él.
—¿Está…? —preguntó Ron.
—Muerto —respondió Harry.
—¿Qué? —otro de los guardias los miró, nervioso—. Pero sólo fueron hechizos para contenerlo, no tratábamos de…
—Se veía enfermo —dijo el guardia que había hablado primero. Se acercó también al cuerpo inmóvil y negó con la cabeza—. Pobre tipo. Seguramente no aguantó el ataque —se volvió hacia Harry—. ¿Qué fue lo que sucedió, señor Potter?
—Vigilen el cuerpo —dijo Ron, interrumpiendo una respuesta que Harry no pensaba dar—. Quiero a dos personas aquí y a dos más en la entrada. Los demás vayan al cuartel e informen lo que pasó: Nos atacó cuando lo sacábamos para interrogarlo y logró quitarnos una varita. Los detalles los daré yo en cuanto regresen.
Harry sabía que aquella explicación era ambigua y que probablemente los guardias no la creían del todo; no obstante, ninguno dio muestras de querer desobedecer a Ron.
—Vamos —dijo éste y tomó a Harry del brazo para sacarlo de la celda—. Lárgate.
—¿Qué…?
—¿Qué demonios estás esperando? —Ron lo miró serio y Harry intentó negar con la cabeza—. Escúchame, Harry, ni siquiera deberías estar aquí. Yo me encargaré de todo, pero tú tienes que poner esas malditas cosas en el pensadero antes de que algo más suceda.
El último indicio… La única pista que les quedaba… Harry apretó el frasco de vidrio entre sus manos…
Asintió.
Cuando llegó a su hogar en el Valle de Godric, lo encontró vacío. Atravesó el vestíbulo sin encender ninguna luz. Al entrar en su despacho, cerró la puerta y la ventana. Tenía la respiración entrecortada y sangre en el labio, donde el prisionero sin nombre lo había golpeado con el grillete. Todavía podía sentir las esqueléticas manos alrededor de su cuello, todavía podía verlo cayendo… Apuntó con su varita al mueble de madera que reposaba detrás del escritorio. El cajón en donde guardaba el pensadero se abrió con un clic y la vasija de piedra flotó hasta posarse frente a él. Respiró hondo. Tragó. Destapó el frasco de vidrio y, con dedos temblorosos, dejó que las hebras plateadas se deslizaran hasta el interior…
Metió la cabeza dentro.
Cayó de pie.
Al instante lo cegó una luz naranja e intensa. Era el ardor de un hermoso atardecer que se colaba por una ventana baja. Cuando sus ojos se acostumbraron al brillo, Harry descubrió que se encontraba en el recibidor de una cabaña, con paredes y piso de madera. Jarrones llenos de flores, sillones adornados con cojines bordados y muchos juguetes esparcidos por el suelo. Y en cada rincón del lugar, se escuchaba una canción. Era la misma melodía que el prisionero sin nombre había estado cantando, pero esta vez las notas no salían de una garganta enferma, sino que eran entonadas con suavidad y dulzura por una mujer. Estaba parada al centro de la habitación, ataviada con una túnica blanquísima y un delantal amarrado a la cintura. Joven, con la piel muy bronceada, rulos de cabello claro apenas rozándole el hombro… Y con un bebé entre los brazos.
—¿Dante? —preguntó interrumpiendo su canto—. ¿Eíste edó?
—Sí, mitera.
Un niño de no más de cuatro años jugaba en el suelo, cerca de la entrada. Tenía tierra en el rostro y las rodillas llenas de costras. Se veía mucho más pequeño que en la fotografía, pero aun así, Harry lo reconoció de inmediato.
Era el prisionero sin nombre.
—¿Podemos cenar ya, mitera? —preguntó mientras se levantaba. La mujer negó con la cabeza y colocó al bebé en una cuna, cerca de una enorme chimenea apagada.
—Debemos esperar a tu padre, Dante —dijo. Hablaba inglés con bastante claridad, pero su acento no parecía ser de Gran Bretaña.
—¡Pero siempre tarda mucho! —se quejó el niño—. Écho tin peína.
—Tu padre tiene muchas cosas que hacer en Inglaterra, ya te lo he dicho.
El niño iba a replicar, pero la puerta de entrada se abrió en ese instante. Harry se volvió y ahogó un jadeo de impresión cuando reconoció a la persona que acababa de ingresar a la sala.
—¡Oh, díganme que ya vieron el atardecer! ¡Luce verdaderamente hermoso desde la costa! —exclamó Cornelius Savage.
No lucía igual al viejo y calvo auror que Harry recordaba. Se veía mucho mayor que la mujer, pero todavía tenía el cabello negro, brillante y abundante; de sus orejas no escapaba ningún vello blanco y las arrugas de su rostro apenas y se notaban. Parecía fuerte, jovial e infinitamente feliz. Con pasos ansiosos, atravesó el recibidor y llegó hasta la mujer.
—Por supuesto, ni la luz del atardecer es tan hermosa como tú, mi bella Ariadne Mabroidis.
Y la besó, mientras sus manos se perdían en los rulos claros de su cabello.
—¡Papá! —lo llamó el niño tirando de su túnica. Cornelius Savage soltó a la mujer y volteó a verlo—. ¿Qué crees, papá? ¡Ayer trepé hasta lo más alto del árbol grande!
—¿En verdad? —dijo y le sacudió el cabello. Luego esbozó una mueca—. ¿Y ya hubo algo de magia, Dante?
—Oh, no, yo… —el niño desvió la vista—. No he podido todavía…
—Cornelius, no lo presiones —dijo la mujer. Savage se dejó caer en un sofá.
—No estoy presionándolo. Es que a su edad ya debería de…
—¿Cómo te fue esta semana? —lo interrumpió ella—. ¿Tuviste conflictos al venir?
—No, todo salió bien. Le dije a mi esposa que iría con algunos amigos a Italia para pasar el fin de semana —suspiró—. Fue fácil, Ariadne. No te preocupes.
—Qué alegría —dijo ella y Harry se dio cuenta de que sus facciones finas eran opacadas por aires de tristeza y melancolía—. Quiero que veas algo.
Se dirigió hasta un ropero y tomó de ahí un saco azul, limpio y brillante. Era el mismo saco en el que Harry había encontrado la vieja fotografía escondida. El mismo que Cornelius Savage usaría hasta el día de su muerte.
—Siempre estás quejándote del horrible clima de Inglaterra —dijo Ariadne—.Creí que esto podría ayudarte a no tener frío.
—Es que Inglaterra es terrible —sonrió él y dejó que ella le pusiera la prenda—. Me gusta más aquí. ¡En Grecia todo es tan soleado y apacible! Además aquí, en Grecia, estás tú.
—Pues así será como si siempre estuvieras conmigo.
Volvieron a besarse y el niño regresó al suelo para seguir jugando. Entonces un fuerte llanto sobresaltó a todos los presentes y Cornelius Savage se apresuró a ir por el bebé que la mujer había dejado en la cuna.
—No llores, pequeño —le dijo. Lo tomó entre sus brazos y su rostro desbordó cariño—. No llores, hijo. Está bien. Todo irá bien, Dimas.
Y la conmovedora imagen se desvaneció ante los ojos de Harry.
Pronto las siluetas volvieron a tomar forma, pero ahora estaban sobre una colina, afuera de la cabaña de madera. Bajo los pies de Harry había pasto verde y vivo, y rocas plateadas que destellaban ante el brillo del sol. A lo lejos, muy lejos, podía verse un pueblo rodeado por el mar más azul que hubiese visto. La mujer que se llamaba Ariadne y Cornelius Savage tenían los ojos perdidos en aquel maravilloso paisaje.
—Odio despedirme de ti —decía ella—. No quisiera tener que hacerlo más.
—Volveré lo más pronto que pueda, ya verás.
—¡Ven, Dimas!
El pequeño Dante, más alto que en el recuerdo anterior, estaba trepándose a un gran árbol junto a la cabaña. Sus manos delgaduchas se sujetaban con fuerza de las ramas y sus rodillas raspadas subían ágilmente por el tronco.
—¿Ves cómo lo hago, Dimas? ¡Tú no puedes hacerlo igual! ¡No puedes!
Estaba hablándole a otro niño, sentado en el pasto junto al árbol. Tenía un pañal de tela enredado en la cintura y facciones finas, iguales a las de la mujer. Al escuchar aquellas palabras, frunció el ceño y se levantó, intentando trepar también por el tronco, pero sus piernas resbalaron con torpeza.
—¿Lo ves? ¡No puedes hacerlo! —siguió gritando Dante desde lo alto—. ¡Yo puedo, pero tú no! —entonces su mano se posó sobre una rama gruesa y de la nada, ésta comenzó a humear—. ¿Qué…?
Antes de que pudiera sujetarse de otro lado, la rama estalló en llamas. Dante gritó y se soltó bruscamente. Sus rodillas no fueron lo suficientemente rápidas y su cuerpo delgaducho cayó hasta impactarse contra el suelo rocoso.
—¡Dante! —gritó Ariadne y corrió a socorrer a su hijo—. ¿Qué sucedió? ¿Qué ha pasado?
Pero antes de que él pudiera responder, el árbol entero se incendió.
—¡Cornelius! —gritó la mujer espantada. Savage se apresuró a llegar hasta ellos y, con un ágil movimiento de su varita, lanzó chorros de agua, apagando el fuego antes de que se esparciera por el pasto.
—¿Están bien? —preguntó con la respiración entrecortada. El grueso tronco estaba negro y todavía desprendía hilos de humo oscuro.
—No entiendo qué fue lo que…
—¡Fue él! —Dante, lloroso, le apuntó a su hermano. El niño seguía al lado del árbol, apenas sobresaltado por el incendio—. ¡Dimas quemó el árbol! ¡Él lo hizo! ¡Me hizo caer!
Cornelius Savage volteó a ver su hijo menor.
—Dimas —lo llamó seriamente—. ¿Es cierto eso? ¿Has sido tú? ¿Has hecho magia?
El pequeño observó las lágrimas en el rostro de su hermano y sonrió.
Asintió.
—Magia —murmuró Savage y su mueca consternada fue disminuyendo hasta convertirse en una sonrisa imprudente—. ¡Magia! ¡Has hecho magia, Dimas! —se volvió hacia la mujer, emocionado—. ¿Habías visto magia accidental a esa magnitud? ¡Todo el árbol! ¡Ha sido increíble!
—Cornelius… —murmuró Ariadne aterrada. Dante seguía hipando entre sus brazos y, para calmarlo, ella comenzó a cantarle la misma canción de cuna del otro recuerdo.
—Jamás había visto algo así —admitió Savage y sus ojos brillaron cuando se encontraron con los de su hijo—. ¡Ha sido magnifico! ¡En serio! ¡Estoy orgulloso de ti, hijo!
Aquella última frase se disolvió junto con las imágenes. Harry apareció otra vez dentro de la cabaña, con Dante y Dimas riendo sentados en un sofá. Había migajas en sus mejillas y un tarro de galletas casi vacío reposaba frente a ellos. El sonido de sus risas se apagó en cuanto vieron a su madre salir de una habitación.
—Pero, ¿qué…? —alcanzó a decir ella ante la evidencia de su infantil crimen—. ¡Les dije que no podían tomar galletas hasta después de la cena! ¿Cómo las bajaron de la repisa?
Dante se encogió en su lugar, pero Dimas alzó la vista.
—Magia —respondió. Ariadne frunció el ceño.
—Ya te he dicho que no está bien usar magia para desobedecerme —tomó el tarro de galletas y se dio la vuelta para ponerlo de nuevo en la repisa, sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, el objeto escapó de sus manos y aterrizó limpiamente en el suelo—. Dimas —Ariadne lo miró severamente—. Es suficiente.
Se inclinó para recogerlo, pero el tarro volvió a moverse por sí solo, y avanzó en dirección a los dos niños.
—¡He dicho que es suficiente! —sacó su varita y con un conjuro silencioso llevó el tarro a su lugar. Dimas frunció el ceño.
—Quiero las galletas.
—No puedes usar magia así, aun no tienes una varita y…
—Papá dice que lo hago bien. Él me dejaría comer las galletas.
—¿Eso crees? Veremos qué opina cuando regrese.
—No vendrá hasta el fin de semana. Está en Inglaterra mientras tú te escondes aquí.
El rostro de Ariadne se contrajo, sorprendida, indignada. Se guardó la varita en el bolsillo del delantal y observó a su hijo con dureza.
—Ve a tu cuarto. Ahora.
El niño se levantó. No parecía enfadado y Harry lo escuchó soltar una ligera risita cuando atravesó el pasillo. Ariadne se dejó caer en el sofá junto a su otro hijo, con una mano masajeándose el entrecejo.
—Mitera… —murmuró Dante—. ¿Estás enfadada conmigo?
—No, no estoy enfadada contigo.
—Lo que dice Dimas no es cierto, ¿verdad? Tú no estás asustada. Él dice que no quieres salir de la cabaña porque te escondes. Dice que guardas algo y tienes miedo de que alguien lo descubra —Ariadne lo miró y sus ojos, contrarios a las palabras de su hijo, reflejaron puro espanto—. Yo le dije que no es verdad, que no quieres salir porque no te gustan los muggles del pueblo.
—¿Dimas dijo…? ¿Por qué te dijo eso? ¿De dónde lo sacó?
—Él dice que te escuchó hablando con papá el otro día. Pero yo sé que está mintiendo. Dimas siempre dice mentiras.
—Dante —dijo Ariadne. Tenía la voz ronca—. No vuelvas a desobedecerme.
—Yo no quería desobedecerte —se apresuró a decir él—. Pero Dimas dijo que…
—Dimas va a decir lo que sea para convencerte de algo, ¿entiendes? Él siempre hace eso, pero no debes hacerle caso. Tienes que cuidarlo, Dante.
—Él no necesita que yo lo cuide —gruñó el niño. Su vista se desvió hacia el tarro de galletas en la repisa y sus ojos se pusieron vidriosos.
—La magia no tiene nada qué ver, Dante —dijo Ariadne acariciándole el rostro—. A veces las personas con magia necesitamos más ayuda que los que no la poseen. Tú hermano aún no sabe controlar sus poderes y por eso te necesita.
—Pero yo no tengo magia, ¿cómo…?
—Porque tú no tienes magia —especificó ella—. Dimas es pequeño y algunas veces piensa que la magia es lo más importante. Tú debes recordarle que no es así —sonrió y el niño asintió—. Vas a cuidarlo, ¿verdad? ¿Cuidarás a tu hermano?
—Sí, mitera. Voy a cuidarlo. Siempre voy a cuidarlo.
La habitación desapareció y Harry fue llevado a un cuarto diferente. Parecía un ático, con cajas amontonadas, ropa vieja en los rincones y telarañas colgando del techo. Dimas y Dante, un palmo más altos, observaban todo su alrededor con ojos curiosos.
—Sabes que no podemos estar aquí —decía Dante. Era el doble de alto que su hermano, pero de alguna manera lucía mucho más pequeño y temeroso—. A mitera no le gusta que…
—Vete. Nadie te detiene —dijo el otro. Llevaba entre las manos un cuaderno negro, muy viejo, con las hojas a punto de desprenderse.
—No. Debo cuidarte. Debo de… —Dante se fijó en el cuaderno—. ¿Ese es…? ¡Dimas! ¡Es el cuaderno que papá siempre está leyendo!
—Quería saber qué era. Lo tomé de su cuarto.
—¿Qué? ¡No puedes…!
—Ahí.
El niño había clavado la vista en una esquina de la habitación, donde descansaba sobre una repisa una única caja de madera, delgada, totalmente cubierta de polvo y con pestillo. Avanzó dispuesto a tomarla, pero antes de que pudiera acercarse, retrocedió por culpa de un hechizo protector.
Sonrió.
—¿Qué están haciendo aquí?
Dante pegó un brinco. Dimas ni siquiera se volteó.
—Su madre les ha dicho que no pueden entrar aquí —dijo Cornelius Savage ingresando al cuarto. Dimas acentuó su sonrisa.
—Está ahí, ¿verdad?
—No sé de qué hablas. Ahora vayan afuera.
—Sé que está ahí. Es la única caja protegida con magia.
—Dimas…
—El Aurea Pergamena está ahí.
Cuando el niño terminó de pronunciar esas palabras, el rostro de Cornelius Savage reflejó sorpresa e indignación, sí. Pero también reflejó alegría. Harry se dio cuenta de que el auror parecía complacido, orgulloso incluso, de que su hijo hubiese dicho aquello.
—El Aurea Pergamena está ahí —repitió Dimas. Levantó el cuaderno negro que llevaba en las manos—. Lo leí. Lo sé todo.
—Eso no importa —dijo Savage, tratando de controlar la emoción en su voz. Extendió la mano para que su hijo le entregara el cuaderno, pero él no obedeció—. Dámelo, Dimas y vayan a jugar afuera. La caja está protegida y no puedes…
Entonces se escuchó el sonido del pestillo al abrirse y la tapa de la caja delgada se levantó.
—Sé que quieres contarme —dijo Dimas tranquilamente. Su padre lo miró, impresionado.
—¿Fuiste tú…? ¿Abriste…?
—Quieres compartir la historia conmigo, ¿verdad, papá? Está bien, porque yo quiero escucharla. De verdad quiero escucharla.
Y entonces Harry fue testigo de cómo un rostro impenetrable puede romperse ante el cariño por un hijo. Cornelius Savage libró una pequeña lucha interna, pero al final terminó convencido por las palabras del niño, por sus poderes inexpertos que lograron abrir la caja y por sus ojos oscuros y determinantes. Suspiró y finalmente, luego de unos segundos, se sacó la varita del bolsillo y atrajo la caja delgada hacia él.
—Sí, Dimas —dijo—. Aquí está el Aurea Pergamena.
Dentro de la caja había un libro de pergaminos, dorado y despastado; trazos de tinta negra relucían en los bordes y sus delicadas hojas parecían desprender un ligero brillo. Al lado, enredado sobre una tela, estaba el medallón dorado que Harry conocía tan bien, con el símbolo de la flecha atravesando la línea curva.
—Eso que llevas en las manos, Dimas, es el diario de Vivian Lake —dijo Savage señalando el cuaderno negro que su hijo había robado—. El antiguo amor de Merlín.
—Papá —lo llamó Dante, nervioso—. Mitera dice… A ella no le gusta que entremos aquí.
—Oh, pero sólo voy a contarles una historia. Les gustan las historias, ¿verdad? —preguntó y ambos niños asintieron—. Pues, bien. Había una vez una hechicera muy poderosa llamada Vivian. Su magia era tan grande que logró vencer al mismísimo Merlín. Pero él podía ver el futuro y sabía que ella iba a vencerlo. Merlín sabía que Vivian quería apoderarse de su libro de hechizos. Así que, antes de morir, lanzó un conjuro para que éste se dividiera y sus pedazos quedaran ocultos por el mundo.
—Y se desprendió de su magia —continuó Dimas—. Lo leí. Merlín guardó su magia en su libro de hechizos, en el Aurea Pergamena, y luego lo escondió.
—Así es —Savage señaló los pergaminos dorados—. Y esta es la única parte que Vivian pudo obtener.
—¿Qué? —preguntó Dante—. ¿Y por qué está aquí?
—Porque ella, Vivian, se lo dejó a su hijo y él a su hijo, y así, durante años, hasta… Hasta ti, Dimas.
El niño levantó la vista.
—Su diario, su medallón y esta parte del Aurea Pergamena han pasado de mano en mano, por generaciones —siguió explicando Savage—. Tu madre es su descendiente y tú, Dimas, eres el último heredero de Vivian Lake.
Savage estaba demasiado entusiasmado para notarlo, pero Harry lo vio: En ese momento algo cambió en el rostro infantil de Dimas Mabroidis. Las facciones finas fueron opacadas por sombras de ambición y codicia. Su mirada se perdió en los objetos que escondía aquella caja. Los destellos dorados del Aurea Pergamena se reflejaron en sus ojos oscuros y su mano, lentamente, guiada por las ansias y el deseo, acarició los bordes de aquellas hojas.
—Vivian dice en su diario que Merlín guardó toda su magia en el Aurea Pergamena para que solamente una persona, un elegido, pudiera usarla —continuó Savage—. Sólo aquel que fuese digno, que pudiera entender este magnífico poder, se convertiría en el escogido por Merlín, y yo creo… Yo sé que eres tú, hijo. Tú eres quien debe encontrar el resto del Aurea Pergamena.
El niño apartó la vista de los objetos y escrudiñó el rostro de su padre. Parecía que trataba de encontrar algún rastro de mentira, de falsedad, pero lo único que transmitía la cara de Savage era el deseo de que aquella afirmación fuese verdad. Dimas sonrió. Iba a tomar los pergaminos, pero su padre apartó la caja súbitamente.
—Todavía no puedes usarlos, Dimas. Nadie puede. El Aurea Pergamena sólo puede usarse si se encuentra el objeto que Merlín designó para controlarlo. Nadie sabe qué es, dónde está. Pero si tocas ese objeto, si tú tocas ese objeto después de que su anterior propietario haya muerto… Entonces, el Aurea Pergamena te responderá y la magia de Merlín será tuya.
—¿Sólo mía?
—Sí —Savage sonrió—. La he visto, Dimas, tu magia. Eres extraordinario. ¡Aún no tienes una varita y mira todo lo que puedes hacer! El mago más inteligente y hábil que conozco, no cabe duda. Por eso sé que tú podrás encontrar el objeto perdido y el resto de los pergaminos —sacó de la caja el medallón dorado y lo colocó en el cuello de su hijo—. Sé que tú eres el único merecedor de la magia de Merlín.
—Basta.
Nadie se había dado cuenta, pero Ariadne estaba al margen de la puerta, observando la escena con los ojos casi entrecerrados.
—Dimas, Dante, vayan a jugar afuera.
Dante asintió de inmediato, pero Dimas continuó observando la caja de madera por unos segundos antes de obedecer a su madre.
—Quítate ese medallón —le dijo Ariadne cuando el niño pasó por su lado.
—No. Papá ha dicho que es mío.
Y el entorno se disolvió.
Harry estaba nuevamente en el recibidor de la cabaña, donde Dante, escondido en el pasillo, observaba a sus padres discutir.
—No puedo creer que les hayas dicho… Que hayas querido involucrarlos… —decía Ariadne con la cara roja de ira.
—Cariño, escucha, por favor —murmuraba Savage—. ¿Has visto…? ¿Te has fijado en lo que Dimas puede hacer? Es magia accidental, él no tiene una varita todavía y aun así…
—¡No me interesa! —gritó ella—. ¡No tenías derecho a contarles! ¡No debiste…!
—Sé que es tu legado, pero…
—¡Es un legado que no quiero! ¡Una maldición que jamás he querido!
—No terminó de entender por qué…
—¡Es magia oscura! —dijo con un chillido—. ¿Qué debes entender? ¡Es peligroso! Mi familia lo ha ocultado durante siglos, ¿no lo entiendes? No queremos esa herencia, por eso nos ocultamos. ¡Nadie debe saber que existe! No podríamos manejar algo así. Si dependiera de mí, lo destruiría, lo alejaría de esta casa…
—¿Y por qué no lo has hecho? —preguntó él perdiendo la paciencia.
—¡Porque no sé cómo hacerlo! ¡Guarda magia que nadie entiende! ¡Tú has leído el diario más veces que yo! Vivian dice que sólo podríamos controlar y destruir el Aurea Pergamena con el objeto que Merlín designó. Ella creía que era una daga, una daga atravesando esos malditos pergaminos, igual al símbolo del medallón. Yo no… No tengo… —ahogó un sollozo—. ¿Tú piensas que voy a arriesgarme? ¿Crees que voy a poner en peligro a los niños intentando destruir esa cosa?
—Tienes en tus manos un objeto extraordinario. Puedes seguir escondiéndolo, igual que todos tus antepasados, pero la realidad es que el Aurea Pergamena existe y que hay alguien que puede juntar todas las piezas. Realmente hay alguien que puede encontrar el objeto perdido y controlar el poder de Merlín.
—¡Y tú crees que es él! —gritó la mujer—. ¡Tú crees que nuestro hijo es quién…!
—¿Por qué no? ¡Es tu heredero! ¡Es el heredero de Vivian Lake!
—¡Dimas no es quién…!
—¿Y quién va a ser? ¿Dante?
—¡No te atrevas a meterlo en esto!
—Dante es un squib, pero…
—¡Es tu hijo! ¡Los dos son nuestros hijos!
—¡Lo sé! ¡Y está bien! —exclamó Savage—. Los quiero, los quiero a ambos más que a nada en este mundo. Pero, entiende. La magia de Dimas es impresionante. Si nosotros le damos la oportunidad… Es tan inteligente y brillante, Ariadne. Él podría estudiar el diario mejor que nadie, podría…
—Estás dejando que te manipule. Él hace eso… Tú sólo estás alentándolo a seguir… —sollozó—. Sigues aquí sólo por esa maldita cosa, ¿verdad?
—¿Qué? —Savage frunció tanto el ceño que sus cejas parecieron tocarse—. ¿Cómo puedes…? ¡Claro que no! No tienes ni idea… No sabes lo que me cuesta venir hasta aquí cada semana y…
—¡Pues lamento que te cueste tanto venir a vernos! —las lágrimas comenzaron a escapar de sus ojos—. Cada vez lo creo más… Sólo vuelves aquí por esos malditos pergaminos.
—Eso no es…
—¡Tú los querías! ¡Desde el comienzo! Viniste a este maldito pueblo porque nada emocionante te había pasado. Querías viajar, conocer y… Y me encontraste a mí. Si yo no te hubiera dicho nada sobre el Aurea Pergamena, si no hubiese sido tan estúpida como para contarte… ¡Tú querías esa maldita cosa y por eso te quedaste!
—Me quedé por ti —Savage negó con la cabeza enérgicamente.
—¡Te quedaste porque querías huir de la patética vida que tus padres habían planeado para ti! —rugió ella—. ¡Oh, los Savage! ¡Tan buenas personas! ¡Una familia tan respetable! Tú no querías eso. No querías ser un maldito auror y aun así…
—Ariadne…
—¡Aun así lo fuiste y dejaste que te comprometieran con esa mujer!
Se volvió, temblando, sollozando y el ruido de su llanto danzó hasta chocar contra las paredes de madera. Dante, todavía escondido en el pasillo, abrazó sus rodillas.
—He soportado todo este tiempo… Pero ya no puedo, Cornelius. No sé si puedo seguir…
—No, no —Savage se acercó lentamente. Su mano, dudosa, avanzó y tocó el hombro de la mujer. Siguió por su cuello, su cara. Enredó las manos entre los rulos claros de su cabello, acariciándolos con delicadeza—. Yo quiero estar contigo, Ariadne. ¿Entiendes? Tú y los niños son lo más importante. Yo quiero estar con ustedes.
La mujer alzó la vista, soltó otro sollozo y dejó que Savage la rodeara con las manos. Se escondió en ese abrazo, sin dejar de estremecerse por el llanto. Parecía que trataba de escapar de todo y de creer que las palabras eran suficientes. Ambos se quedaron así, deseando y anhelando cosas simples que jamás llegarían. Dante seguía observándolos desde el pasillo, con los ojos vidriosos y las rodillas todavía abrazadas.
La imagen cambió… Los recuerdos envolvieron a Harry y lo dejaron en el exterior, en un día precioso. Dimas y Dante corrían por la colina, riéndose y empujándose. El sol brillaba sobre sus sucios rostros y provocaba destellos en el medallón dorado que colgaba del cuello del menor.
—¡Vengan acá! —exclamó Cornelius Savage, recargado en el tronco de un árbol, junto a Ariadne. Ambos hermanos se apresuraron a atender el llamado de su padre, que cargaba una cámara fotográfica, mágica y antigua—. Quiero una fotografía de los dos.
Les apuntó con el lente y los niños comenzaron a posar haciendo muecas, riendo, jugando. El flash causó un destello que apenas se notó por el brillante sol. Savage sonrió satisfecho.
—Será una buena fotografía.
—Dimas, ¿qué estás haciendo? —preguntó Ariadne. Su hijo se había quedado un poco rezagado, observando una roca en el suelo por donde se deslizaba un caracol—. ¿Qué…?
Entonces el insecto comenzó a retorcerse con violencia bajo la mirada del niño.
—No hagas eso, Dimas.
—Es fuego —dijo él sin apartar la vista—. Dentro. Lo he practicado.
—¡No! —exclamó Dante espantado—. ¡Le duele, no hagas eso!
Ariadne hizo ademán de incorporarse, seguramente para reprenderlo, pero Savage la detuvo del brazo, con un gesto despreocupado.
—Sólo está practicando su magia —sonrió—. ¡Y es brillante! ¡Brillante, Dimas!
El humo de los recuerdos volvió a envolver a Harry. Esta vez se encontraba en una habitación diminuta de la cabaña, donde apenas y cabían dos camas. Dante y Dimas (el primero rozando la pubertad y el otro con unos once años) conversaban sentados sobre enormes almohadones.
—¿Y podrás aparecer todos los pasteles que tú quieras?
—No se puede aparecer comida de la nada.
—¿Y volar? ¿Podrás volar, Dimas?
—No a menos que encante un objeto para hacerlo.
—Hay muchas cosas que no se pueden hacer —bufó Dante—. ¿Por qué es tan importante entonces tener una varita?
—No lo entenderías —dijo Dimas y el rostro de su hermano enrojeció—. La varita no te da más poder, te ayuda a controlarlo. Además, cuando encuentre el Aurea Pergamena ni siquiera la necesitaré. Podré hacer lo que yo quiera.
—¿Y al menos ya sabes dónde comenzar? —preguntó Dante rodando los ojos—. Te la pasas leyendo ese diario todo el día, al menos deberías…
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y dejó pasar a un sonriente Cornelius Savage.
—He vuelto —anunció y soltó una carcajada cuando vio que su hijo menor se ponía de pie apresuradamente—. Y sí, he traído lo que te prometí, Dimas
Del bolsillo de su saco azulado extrajo una varita torcida y de madera clara. El niño la tomó y una sonrisa de plena satisfacción se extendió por todo su rostro.
—Roble, veintinueve centímetros, núcleo de pelo de rougarou. Se la quité a un prisionero en una misión —explicó Savage. Dimas cerró los ojos, palpó la superficie y suspiró. Parecía realmente disfrutar de la sensación que aquel objeto mágico le otorgaba, a pesar de no haberlo elegido—. Realmente quisiera haberte llevado a que escogieras una nueva. Me duele mucho que no conozcas el Callejón Diagon o que no puedas matricularte en Hogwarts.
—Te duele, pero no quieres que nadie sepa de nosotros —dijo Dimas tranquilamente. Savage palideció, pero entonces su hijo volteó a verlo y sonrió—. No tienes de qué preocuparte. No quiero ir a Hogwarts. A ninguna escuela, en realidad. Ya leí todos los libros de magia que me diste.
—Oh, pero habrías conocido a mucha gente que…
—No quiero conocer más gente.
—¿No te agrada la gente? —preguntó su padre recuperándose rápidamente del anterior comentario y observando a su hijo con una mueca divertida.
—Me agrada mitera cuando no está gritando. Dante también —sonrió—. Y me agradas tú. Tú me agradas más que nadie.
Savage le acarició el cabello con cariño, y entonces Dimas levantó la varita y apuntó hacia la cama en donde reposaba su hermano.
—Incendio.
El hechizo provocó fuego en uno de los almohadones. Dante soltó un grito de horror y se alejó, observando con ceño a su hermano.
—¡No es divertido, Dimas! ¡Apágalo!
Pero Dimas no se movió. Admiró el fuego danzando frente a él, como si fuese algo extraño y fascinante y nuevo. Era el primer hechizo que hacía con una varita. La primera chispa de magia controlada. Apretó el arma en su mano y acarició el medallón dorado que colgaba de su cuello, mientras su padre le daba unas palmaditas en la espalda, como felicitándolo.
—Vas a ser un gran mago, Dimas —dijo y él mismo lanzó otra vez chorros de agua para detener el incendio que había provocado su hijo.
—Y cuando encontremos el Aurea Pergamena, todo será mucho mejor, ¿verdad? —preguntó el niño—. Estarás con nosotros todos los días y podremos hacer lo que queremos.
—Sí, Dimas. Así será. Te lo prometo.
Y la escena cambió…
Esta vez, Harry no se encontraba en un día soleado, ni precioso, y ningún destello hacía brillar el rostro de alguien. Esta vez era de noche y no había ninguna luz encendida. Harry estaba de nuevo en el recibidor de la cabaña, pero toda la calidez y alegría que había creído sentir antes, había desaparecido. Un fuerte viento azotaba el cristal de la ventana baja y su silbido hacía eco contra las paredes de madera, haciéndolas crujir.
—Ariadne…
Cornelius Savage estaba sentado en un sofá. Tenía el rostro escondido entre las manos y la figura encorvada y arrepentida. Ariadne, frente a él, temblaba violentamente. Dimas y Dante los observaban a ambos desde un rincón; el mayor lloroso, el menor con el rostro hecho piedra.
—Quiero que entiendas… Necesito que entiendas…
—¡NO! —chilló Ariadne—. ¡No! No, no. ¿Cómo puedes pedirme…? ¿Cómo te atreves…?
—No tengo opción.
—¡Has dicho eso desde que nos conocimos! —gritó—. ¡Pero siempre hay una opción, Cornelius! ¡Siempre! ¡Pudiste decirle a tu familia que querías irte y dejar de ser un maldito auror! ¡Pudiste hablarles sobre mí y los niños! ¡Pudiste decirle a esa mujer que no la amabas, que estabas harto de…!
—Yo no… No podía…
—¡Preferiste callarte todo y convertirte en un cobarde!
El hombre soltó algo parecido a un jadeo de desespero. Se encogió en el sofá y se pasó las manos por el cabello. Sus ojos se llenaron de lágrimas no derramadas.
—Lo sé… Yo no puedo… Nunca pude…
—No me importa nada… Nunca ha importado… —dijo Ariadne. Se abrazó a sí misma y comenzó a llorar—. Quédate. No tienes por qué irte, Cornelius. Todo…
—No entiendes —musitó él—. Ella… Mi esposa está…
—…será igual que antes.
—… embarazada.
El viento logró abrir el cristal de la ventana. El aire golpeó las paredes de la cabaña y los rulos claros de Ariadne se agitaron con fuerza. Las palabras de Savage cayeron como hielo en los rincones calurosos del recibidor y a lo lejos, el rugido del mar decidió acompañarlas.
—Mi esposa. Ella está…
—¡Te escuché! —gritó Ariadne y se volteó, volvió a llorar, volvió a temblar—. Te escuché, te escuché… Dijiste que la odiabas —murmuró y las piernas se le doblaron—. Dijiste… Que no soportabas estar junto a ella… Que tú no…
—Su salud es delicada, lo sabes bien —dijo él—. Siempre ha sido así. Y ahora que está… No, no puedo quedarme aquí más. No puedo abandonarla.
—¿Y tú prefieres…? ¿Prefieres dejarnos a nosotros? ¡¿Es eso?!
—No, yo… —tragó. Parecía en verdad desesperado—. No es sólo por ella. ¿Recuerdas lo que te he contado? ¿Todo lo que está pasando en Inglaterra? La semana pasada quién-tú-sabes fue derrotado. Nadie sabe por qué. Fue un niño. Un bebé. El hijo de los Potter y…
—¡No me interesa! —rugió Ariadne sin dejar de sollozar—. ¿Qué tiene que ver eso con…?
—¡Nos están investigando a todos! ¡A todos! —exclamó el hombre—. Quieren averiguar si aún quedan mortífagos, si la guerra verdaderamente terminó. ¡Inglaterra es un completo caos en este momento!
—¡Tú jamás has tenido nada qué ver con eso!
—¡Van a sospechar de mí! ¡Dejo el país cada semana para venir hasta acá! Van a preguntarme y averiguarán que he estado contigo y…
—¡Por años nadie lo ha averiguado!
—… y no pueden relacionarme con magia oscura.
En cuanto Cornelius Savage terminó de pronunciar esa oración, el rostro de Ariadne se descompuso por completo. Seguía habiendo tristeza y llanto y gritos de dolor, pero esas palabras provocaron aún más. Sus ojos se convirtieran en faros de ira. La rabia deformó sus finas facciones. La cólera subió por su garganta… Y su mirada se clavó en el medallón dorado que colgaba del cuello de Dimas.
—¡Llévatelo! —bramó—. ¡¿Hablas de eso?! ¡Llévatelo! ¡No me importa!
—Ariadne…
—¡No! ¡Destrúyelo, lánzalo al mar! ¡No me importa lo que pase con ese medallón y con los malditos pergaminos! ¡Nunca me han importado! ¡NUNCA!
—Tienes que entender…
—¡Tú eras el que los quería! —chilló—. ¡Tú eras quién quería encontrarlos a pesar de todo! ¡Yo jamás he querido ese legado! ¡Jamás, Cornelius!
—No se trata de si lo quieres o no —el hombre apartó la mirada. Lucía temeroso, avergonzado—. Eres su descendiente. Son tuyos y yo no puedo… Si alguien llegara a saberlo… No importa que no puedan usarse, es magia oscura y ellos pensarán mal. Si me investigan creerán que…
—¡Tú eras el que los quería! —repitió ella—. Yo jamás… Jamás…
—No pueden relacionarme con algo así —la voz se le quebró—. Y nadie puede saber sobre ti o sobre los chicos… Tengo que estar con mi esposa, tengo…
Entonces Ariadne soltó una risotada que provocó escalofríos en la nuca de Harry.
—Tienes que hacerlo… Tienes que hacerlo… —dijo y alzó su vista llorosa—. ¡Claro! ¡La noble y buena familia Savage! ¡Por supuesto! El único hijo de esa respetable casta con dos hijos bastardos… Un squib… Una mujer heredera de magia oscura… ¡Por supuesto que no puedes quedarte! ¡Por supuesto que tienes que irte!
—Te juro… —Savage se levantó del sofá, tembloroso, a punto de quebrarse—. Te juro que no los dejaré desamparados. Yo seguiré enviando…
—Van a sospechar de ti.
—Yo voy…
—Lo dijiste. No puedes quedarte.
—Te juro…
—Lárgate.
—Ariadne…
—¡Lárgate! —su voz apenas podía distinguirse en medio de los violentos sollozos—. ¡Vete! ¡No quiero nada de ti! —agachó la cabeza—. Lárgate y cumple con tu respetable apellido. Sé un cobarde. Es lo que siempre serás.
La figura de Ariadne quedó reducida a un bulto en el suelo, encogido y trágico. Cornelius Savage se acercó y, por un segundo, Harry creyó que iba a acariciarle los rulos claros del cabello, igual a como había hecho en los otros recuerdos. Pero el hombre no lo hizo. Él sólo tragó con fuerza y se ajustó el cuello del saco azulado. Su vista se desvió hacia la repisa de la chimenea, en donde reposaba la fotografía que había tomado antes, con sus dos hijos carcajeándose ante el brillo del sol. La tomó, la guardó en su bolsillo y soltó un suspiro que jamás debió escapar de sus labios. Dio un último vistazo a la cabaña y luego miró a sus hijos… Pero ni siquiera aquello fue suficiente para detener su caminata hacia la puerta.
—¡NO!
Al ver que su padre tomaba la manija, Dimas dio un paso al frente. Dante intentó sujetarlo del brazo, pero él se sacó la varita del bolsillo y logró tirarlo al suelo con un destello de luz.
—¡Dimas! —gritó, pero su hermano ya había salido de la cabaña—. ¡Mitera! ¡Dimas ha ido tras él!
Pero Ariadne seguía deshecha en el suelo, sin percatarse de lo que sucedía a su alrededor. Dante se levantó y fue tras su hermano. Harry lo siguió. Afuera, en la colina, todo era caos; el viento silbaba frenético y el sonido de las olas chocando contra la costa tronaba en los oídos de todos. Al ver que las siluetas de Savage y Dimas se alejaban, Dante apresuró su carrera.
—Entiende por favor… —decía el hombre mientras sacaba su varita.
—No —repetía Dimas, avanzando torpemente detrás de él—. No.
—Dimas…
—¡No!
El niño tropezó con el camino rocoso y cayó de bruces contra el suelo. Se cortó las rodillas. Se embarró el cuerpo de tierra y pasto seco. Savage se volvió, preocupado, pero no se acercó para ayudarlo. Se quedó quieto en medio de la colina, apenas respirando.
—Papá…
Dimas no estaba llorando, pero aquello era una súplica. Su voz salía igual a un ruego, a una imploración. El rostro infantil de facciones finas no lucía demandante, ni seguro igual que antes. Se veía desolado, desesperado y completamente perdido. Era un niño solamente. Un niño de rodillas frente a su padre, humillado, temeroso e infinitamente pequeño en medio de ese campo oscuro de decepción.
—Papá… Por favor.
Y Harry estuvo seguro de que era la primera vez que Dimas Mabroidis pronunciaba esa palabra.
El hombre lo miró, destrozado. Cerró los ojos, y al volver a abrirlos, una única lágrima se deslizó por su rostro.
—Perdóname, Dimas.
—¡NO!
Y en medio de un remolino de viento, Cornelius Savage desapareció.
Harry sintió el corazón latirle violentamente contra el pecho cuando la colina se disolvió ante sus ojos. Aterrizó en la cabaña otra vez, en un pasillo donde Dante, indeciso, apenas abría una puerta.
—¿Dimas? —preguntó el muchacho asomándose al cuarto. Su hermano estaba sentado en el suelo, con el Aurea Pergamena y el diario de Vivian extendidos a su alrededor—. ¿Quieres comer algo? Puedo preparar lo que quieras —no obtuvo respuesta—. O tal vez quieras salir. Podemos ir a la colina que te gusta o puedo enseñarte a trepar el árbol más grande. Esta vez no voy a burlarme.
Pero el niño continuó inmóvil, con los puños apretados sobre el regazo y el ceño fruncido. Lo único que verdaderamente parecía vivo en él, eran sus ojos. Éstos recorrían sin parar la superficie de aquellos textos indescifrables y antiguos.
—Dimas, ha pasado un mes —murmuró Dante—. Es tiempo de dejar eso. Papá no va a…
—Son míos.
—Tal vez. Pero no creo que…
—Él lo dijo. Lo prometió.
—Dimas…
—¡Lo prometió!
Se movió tan rápido que Harry ni siquiera lo vio sacar su varita. Lanzó un conjuro silencioso, cerró la puerta de golpe y, por el impacto, Dante cayó hacia atrás, afuera de la habitación. El muchacho se quedó unos instantes en el suelo, con la impotencia creciendo en su joven rostro. Finalmente se levantó y caminó hasta el recibidor. Ahí estaba su madre, reposando en una silla. Tampoco se movía y ni siquiera parecía estar despierta, a pesar de que tenía los ojos abiertos y en un susurro tarareaba la canción de cuna que solía cantarle a sus hijos. Toda la tristeza que Harry había creído observar cuando la vio por primera vez, parecía haberla consumido por completo.
—Mitera… —murmuró Dante tomándole la mano—. Por favor, mitera.
Pero ella no se movió y el muchacho se echó a llorar.
Sus siluetas desaparecieron. Harry continuaba en el recibidor, pero habían pasado un par de años, porque Dante lucía mucho más alto, delgado y sucio. Casi enfermo. Estaba parado frente a la gran chimenea, donde el fuego calentaba una olla que despedía un olor desagradable. Con un gesto optimista, el muchacho levantó la tapa y aspiró el aroma.
—Ya casi está listo —dijo dirigiéndose a una silueta en el rincón—. Y esta vez tienes que comer, Dimas.
Harry observó al menor de los hermanos. Estaba sentado en el suelo, con los pergaminos de Merlín frente a él. Oscuras ojeras rodeaban sus ojos y su piel había perdido todo rastro de brillo. Su cara se veía igual a llanto contenido, desesperación y mil noches en vela… Mil noches analizando el Aurea Pergamena. Sus ojos se movían rápido, paseándose por las hojas doradas, desesperados y angustiados, mientras un constante murmullo escapaba de su boca seca. Eran palabras sin sentido. Frases en un idioma desconocido. Conjuros. Dimas estaba leyendo los hechizos escritos en el Aurea Pergamena.
Pero nada sucedía.
Las palabras escapaban de sus labios, ansiosas, pero nada a su alrededor se veía mágico o impresionante. Y Harry se preguntó cuántas veces las había repetido ya. Cuántas horas, días, semanas. Cuánto tiempo habría gastado recitando esos conjuros sin que ni una gota de magia emergiera de su ser.
—El Aurea Pergamena sólo puede usarse si se encuentra el objeto que Merlín designó para controlarlo —había dicho SavageY Dimas no tenía ese objeto.
—Voy a servirte un poco de sopa, ¿está bien? —le dijo Dante, sin abandonar su expresión tranquila—. Esta vez va a gustarte. Te lo prometo.
Te lo prometo. Y aquella afirmación sobrepasó el burbujeo de la olla, el crujir de la madera vieja en el recibidor y el murmullo que escapaba de la boca de Dimas. Te lo prometo. Como si fuese verdad, como si las promesas no se quebraran al crecer y tocar la realidad. Palabras vacías que habían significado todo en la vida de un niño confundido. Palabras que eran lo único más importante que la magia. Te lo prometo. Y la voz de Dante había sonado exactamente igual a la de Cornelius Savage antes de abandonarlos.
Dimas gritó.
Lo hizo de forma inesperada, de golpe y aferrándose a su varita. Lo hizo porque los pergaminos dorados no servían con él y porque había recordado una mentira en la que creyó ciegamente. La ira desgarró su garganta y sus ojos se fijaron en la gran chimenea encendida. El fuego que hacía burbujear la olla se agrandó, se convirtió en flamas, en fuertes llamaradas, y ardió dentro de la cabaña.
—¡Dimas! —gritó Dante alejándose precipitadamente.
Las llamas crecieron por las paredes. Avanzaron por sí solas, trepando como garras ardientes y naranjas, consumiendo todo a su paso. Un círculo se formó alrededor de Dimas, protegiéndolo, pero él no se dio cuenta. Dimas no se dio cuenta de nada. Seguía gritando, golpeando el suelo y aferrándose a su varita como si la vida se le fuese en ello.
—¡Basta, Dimas! —gritó Dante espantado. Bocanadas de humo negro comenzaron a esparcirse por el lugar—. ¡¿Qué haces?! ¡Para ya, Dimas!
El techo comenzó a desplomarse sobre ellos. Las tablas de madera se deshacían en el calor y el piso ardía bajo sus pies. Dante corrió hasta el pasillo.
—¡MITERA! —gritó y los pulmones se le llenaron de humo. Saltó un muro de fuego, quemándose los brazos y el torso. Harry lo siguió sin que las llamas le provocaran ningún daño y llegó hasta una habitación, en la que Ariadne estaba recostada sobre una cama, inmóvil, con los ojos abiertos, pero sin percatarse del fuego que comenzaba a rodearla—. ¡Mitera, tenemos que salir! —gritó el muchacho y sacudió a su madre por los hombros—. ¡Por favor! ¡Despierta! ¡Despierta!
Las flamas habían llegado hasta ellos y subían por la cama y los demás muebles. Dante tomó a su madre de los brazos y la arrastró hacia afuera. Atravesaron más muros de fuego. Se arrastraron por el piso ardiente. Gritaron, gimieron, sufrieron. En medio de quemaduras y gritos de dolor, lograron llegar al recibidor.
—Di-imas… —jadeó Dante.
Pero él, protegido por el círculo, seguía consumiéndose en la ira y en su arrebato de magia descontrolada, quemando todo a su paso. No pareció despertar de aquel frenesí hasta que una pared frente a él se precipitó al suelo, causando un estruendo ensordecedor. Dimas levantó la vista y observó su alrededor, confundido, perdido otra vez. Su mirada se llenó de pánico al observar las violentas llamaradas que acababan con su hogar. Sin embargo, antes de buscar a su hermano o a su madre, Dimas se fijó en los pergaminos de Merlín. Tomó las hojas doradas, espantado, y alzó su varita, preparado para desaparecer
—¡Dimas! —gritó Dante y esta vez sí logró llamar su atención.
El muchacho observó a su familia, calcinándose en medio del fuego, se acercó y al tocarlos, los tres giraron sobre sí mismos. Harry los vio aparecer afuera de la cabaña y fue corriendo hasta ellos. Dante, en el suelo, tosía descontroladamente y sus brazos, al rojo vivo, no dejaban de estremecerse. A su lado, Ariadne apenas se movía.
—No… No… Mitera… —murmuró Dante a la mitad de un gemido de dolor. Trató de ayudar a su madre a levantarse, pero ella gritó ante el contacto—. Lo siento, lo siento…
El hermoso rostro de la mujer apenas y podía distinguirse bajo las heridas que el fuego había provocado. Dimas la observó y se apartó. No temblaba y no lloraba, pero se veía asustado.
Demasiado asustado.
—Vas a estar bien —decía Dante—. Te curarás… Te vamos a curar… —se volvió hacia Dimas—. ¡Hazlo! ¡Cúrala! ¿Qué esperas? ¡Usa tu magia!
—¿Mi…? —Dimas tragó y observó su varita. Harry casi podía ver volar sus pensamientos, tratando de encontrar algún hechizo útil que pudiera curar a su madre—. No… No sé…
—¡Tú hiciste esto! ¡Cúrala! ¡Hazlo!
—Mis niños… —alcanzó a decir Ariadne y alzó su mano para acariciar el rostro de Dante.
—No te preocupes… Vamos a curarte… Por favor… —se aferró a la mano de su madre—. No te vayas, mitera. Seremos buenos, lo prometo. Quédate con nosotros, por favor…
—Tienes que cuidarlo, Dante… Cuida a Dimas.
—Voy a cuidarlo, te lo prometo. Siempre… Siempre voy a estar acompañándolo… Pero, por favor, mitera…
—Cántame, Dante. Canta la canción.
Dante asintió y sus lágrimas cayeron como lluvia sobre el cuerpo de su madre. Cuando abrió la boca, dejó escapar un quejido y luego, poco a poco, comenzó a tararear la canción de cuna. Las notas endulzaron los oídos de Ariadne mientras sus ojos se apagaban. El rostro que alguna vez fue bello quedó congelado en una mueca de infinito dolor y la mano que acariciaba el rostro de Dante finalmente cayó al suelo. El muchacho lloró, abrazó el cuerpo de madre y no dejó de entonar la canción ni por un momento.
Dimas retrocedió. Sin dejar de observar la triste escena frente a él, soltó los pergaminos de Merlín y se quitó el medallón dorado del cuello.
Harry sintió que viajaba por un camino de imágenes difusas. Los años pasaban junto a él y se perdían. Pronto arribó en una playa, con varias casas coloridas y dispersas a su alrededor. Estaba en el pueblo que había visto desde la colina, cerca de la costa. Dante, convertido en un adulto, caminaba presuroso junto a él. Llevaba una mochila en la espalda y trataba de atravesar a una turba de hombres corpulentos.
—Por favor… Déjenme pasar… Él no…
—¿Vas a decir la verdad, fenómeno? ¿O tendré que sacártela a golpes?
Quien hablaba era un hombre gordo, de papada sudorosa y ojos pequeños. Estaba al centro de la muchedumbre y tenía ante él a Dimas, delgado y débil, pero con ojos que brillaban en la arrogancia. Dante logró ponerse frente a él y extendió los brazos.
—Señor, por favor —dijo—. No sé qué ha sucedido, pero…
—¡Ah! ¡Ya estás aquí! —exclamó el hombre y lo tomó del brazo con brusquedad—. Tu hermano le ha hecho algo a mi mercancía —extendió la mano y otro hombre le pasó un pescado negro, podrido desde el interior—. ¡Toda la mercancía está así y él no ha querido decir qué…!
—Ya lo dije. Ha sido magia.
El hombre lo miró, furioso, y levantó su corpulento brazo para propinarle una cachetada. Dante se interpuso. El golpe se impactó directo en su rostro, sacándole un mole de sangre de la nariz.
—¡Son un par de fenómenos! —dijo el hombre y escupió cerca de ellos.
—No, señor… Por favor… —dijo Dante, pero se calló porque en ese momento un ligero, casi imperceptible viento hizo que la arena bajo sus pies se agitara. Primero sutilmente, y luego, de la nada, de forma violenta. Los hombres miraron a su alrededor, confundidos por la súbita desaparición de la calma, pero Dante volteó a ver a su hermano, que miraba sin parpadear al hombre de papada sudorosa.
—Dimas —lo llamó y se levantó para tomarlo del brazo. En cuanto hubo contacto, Dimas apartó la mirada y el viento agitando la arena se esfumó.
—Eso estuvo muy raro —comentó uno de los hombres en la multitud. El de papada sudorosa volvió a prestarle atención a los dos hermanos y tomó a Dante de la barbilla.
—Ustedes dos me deben todo, ¿quedó claro? —dijo—. No eran más que un par de huérfanos que nadie conocía y yo les di empleo. Los dejó dormir en mis bodegas. ¡Lo menos que espero es un poco de lealtad!
Dante fue empujado al suelo. Dimas tembló de rabia.
—Lo somos… Somos leales… —dijo el mayor—. Me he pasado semanas en los otros pueblos, buscando compradores para usted… Los he encontrado, yo…
—Pues habrá que verlo —dijo el hombre sobándose la enorme barriga—. Después me informarás. Y esta noche ambos trabajaran doble turno.
Se rio y los demás hombre rieron con él. Después todos se dispersaron, dejando a los dos hermanos solos en la playa.
—Dimas —dijo Dante con la respiración entrecortada. Parecía aliviado de que aquella discusión hubiese terminado—. ¿Qué sucedió esta vez?
Dimas no contestó, pero al volverse, Dante alcanzó a verle marcas de golpes en los brazos. Intentó alcanzarlo, pero él se apartó, todavía temblando ligeramente por la ira contenida.
—Sé que no siempre puedes controlarlo, Dimas, pero no debes hacer magia para perjudicar a los muggles. No importa lo que hagan. Sé que es difícil ser el único mago aquí, pero…
—¿Lo sabes? —Dimas torció una sonrisa.
—Debes dejar la magia. Dijiste que lo harías por mí y por mitera —Dante comenzó a revolver su mochila, en busca de una prenda para limpiarse la cara—. No importa lo que el jefe de los pescadores haga, tiene razón. Nos ha dado un techo y comida. No hubiéramos sabido qué hacer sin…
—¿Qué es eso?
Sin querer, Dante había descubierto una revista arrugada, escondida dentro de su mochila.
—Nada —se apresuró a decir, pero eso sólo provocó que su hermano frunciera el ceño y sacara su varita.
—¡Accio!
—¡Dimas! ¡No hagas eso! ¡Dijiste que jamás volverías a…!
Pero él ya estaba hojeando la revista y Harry reconoció los colores chillantes de una vieja edición de "Corazón de Bruja". Dante intentó quitársela de las manos.
—Cuando buscaba compradores, yo… Conocí a uno. Alguien como tú. Sólo lo vi de lejos. Estaba hojeando eso —se apresuró a decir—. La tomé, pero no es nada, Dimas. No es…
El rostro de Dimas se ensombreció súbitamente. Harry se acercó para ver la página en la que se había detenido y abrió los ojos como platos al distinguir su propia fotografía bajo el título de "Competidor más joven en el Torneo de los Tres Magos protagoniza triángulo amoroso". Era uno de los artículos que Rita Skeeter había escrito cuando él cursaba su cuarto año en Hogwarts. También había una fotografía de Hermione y otra de Viktor Krum. Los tres ocupaban casi toda la página, pero no era eso lo que Dimas estaba viendo. Él tenía los ojos fijos en una pequeña y casi insignificante sección debajo del artículo de Rita. Se llamaba "Las grandes mentes del mañana" y trataba sobre estudiantes jóvenes, sobresalientes en algún campo de la magia. La edición de ese día mostraba la fotografía de una niña delgadísima, engalanada con la túnica de Revenclaw.
—Miranda Savage, una gran promesa —leyó Dimas—. Con tan solo doce años, la pequeña Miranda ha conseguido la admiración de todo el profesorado de Hogwarts. Hija única del respetable auror, Cornelius Savage…
Dimas se calló de golpe.
—No importa. Dámela —dijo Dante, nervioso.
La pequeña sección también tenía una fotografía de Savage. Habían pasado casi trece años desde que el hombre había abandonado la cabaña en la colina, pero él lucía tan viejo y cansado como si hubiesen pasado cuarenta. Su rostro se había transformado en un camino de arrugas y el pelo, completamente blanco, ya comenzaba a caérsele.
—"Es la bruja más inteligente y hábil que conozco, no cabe duda" —citó Dimas—. "Su madre falleció cuando ella nació, así que sólo nos tenemos el uno al otro". Esto fue lo que declaró Cornelius Savage luego de preguntarle…
Dante logró quitarle la revista y la rompió por la mitad. Los pedazos cayeron al suelo, formando un montón de papel que se perdió entre la arena.
—Dimas —dijo, mirando a su hermano con compasión—. Lo lamento. No quería que vieras… No era mi intención…
Pero Dimas comenzó a reír.
Al principio fue algo insignificante. Apenas una sonrisa con sonido, un susurro bajo. Pero luego, la ligera mueca se transformó en una contorsión y la risa se convirtió en una fuerte carcajada. El hombre se rio, sujetándose el abdomen y soltando divertidas lágrimas. Dante lo miró, preocupado.
—¿Qué pasa? —preguntó en medio de una risotada—. ¿Estás enojado, Dante? ¿Estás molesto porque papá nos abandonó para irse con ella? —pateó los trozos de papel en la arena, casi con alegría—. ¡La bruja más inteligente y hábil que conoce! ¡Su única hija! ¡Una gran promesa! ¡UNA GRAN PROMESA!
Y siguió carcajeándose mientras el entorno se desvanecía.
Harry seguía en aquella playa de Grecia, y Dimas y Dante arrastraban por la arena pesadas cajas de pescado. Todo el ambiente parecía tranquilo, normal y aburrido… Hasta que varios gritos resonaron en la costa. Dimas y Dante volvieron la vista hacia el lugar del alboroto, donde varios trabajadores se amontonaban junto al cuerpo inconsciente del hombre de papada sudorosa. Una silueta se alejaba de ahí con rapidez, guardándose una varita en el bolsillo.
—Magia —dijo Dimas en un murmullo que parecía haber esperado toda la vida.
—¿Qué? No, ¡Dimas! —exclamó Dante. Su hermano había echado a correr detrás del desconocido y él se apresuró a seguirlo. Ambos llegaron a un callejón solitario, lejos de la costa, en donde la silueta misteriosa se había detenido.
—Magia —repitió Dimas—. Hiciste magia. Atacaste al jefe de los pescadores con…
La silueta se volvió y le apuntó a ambos hermanos.
—No se metan conmigo, muggles —advirtió un joven Benjamin Lodge.
—Vámonos —dijo Dante tirando del brazo de Dimas.
—Él no es un muggle, es un squib —dijo él alzando las cejas—. Y a mí, más te vale que no vuelvas a insultarme de esa manera — se sacó la varita del bolsillo y torció una sonrisa al ver la mueca consternada en el rostro del otro.
—Creí que no había magos en este pueblo.
—Yo igual.
—¿Por qué…? —murmuró Dante asustado—. ¿Por qué atacaste al jefe de los pescadores?
—Los muggles son detestables —respondió Lodge sin quitarles la vista de encima. Luego de unos segundos pareció llegar a la conclusión de que aquellos muchachos eran inofensivos y de nuevo se guardó la varita—. Estaba paseando por la costa y derribé una de sus malditas cajas. Quiso pasarse de listo conmigo.
—¿Inglés? —preguntó Dimas al notar su acento. Lodge asintió—. ¿Qué hace alguien como tú en un lugar como este?
Harry entendió el porqué de aquella brusca pregunta. Benjamin Lodge apenas parecía haber cumplido la mayoría de edad, pero ya vestía de manera tan formal y pulcra como un adulto mayor. Su cabello estaba engominado hacia atrás y había cierta elegancia en sus movimientos. Todo en su aspecto contrastaba con el entorno sucio y caluroso.
—Un nuevo comienzo —respondió simplemente.
—¿En este lugar?
—Si estás harto de las grandes hazañas de Harry Potter, cualquier lugar es bueno.
—¿Harry Potter? —preguntó Dante.
—Sí. Han pasado meses y en Inglaterra aún no se cansan de celebrar la caída definitiva del Señor Tenebroso. Todos aman a Potter, su "héroe" —Lodge hizo una mueca de desagrado—. Terminé mis estudios en Durmstrang y lo único que escuché al regresar a casa fue… —miró a los dos hermanos, dudoso—. Oh, bueno, espero que ustedes no sean simpatizantes de Potter. En mi familia no hay mortífagos, pero todos creemos que las ideas del Señor Tenebroso eran bastante…
—¿Quién es Harry Potter? —preguntó Dante. Lodge los miró con extrañeza.
—¿Acaso han estado encerrados en este pueblo durante toda su vida o qué? —sonrió de forma burlona—. ¿No saben nada de lo que pasa afuera?
—No… Eso no es...
—Háblame de él —dijo Dimas y en medio del tono autoritario, Harry notó intriga.
—¿De Potter? Un tipo con suerte que se las arregló para sobrevivir cuando no había ninguna posibilidad.
—No. El otro. Lo llamaste "el Señor Tenebroso" —dijo Dimas—. ¿Quién es él?
Y la imagen cambió…
—Someter a los muggles… Alejar a los sangre sucia y traidores… Todo para tener el control. Es horrible, Dimas. Horrible.
—Nunca te interesaron los muggles, Dante.
—Eso no quiere decir que esté de acuerdo con las ideas de Lodge.
—No son las ideas de Lodge. Son las ideas de Lord Voldemort.
Ambos hermanos estaban metidos en un cuartucho sucio, repleto de cajas que apestaban. Dimas escribía y repasaba notas en varios papeles usados, mientras Dante lo observaba con la mirada llena de miedo.
—Quieren contactar a aquellos que llaman mortífagos, ¿cierto? Los escuché el otro día.
—Yo no tengo ningún interés en reunir a esas ratas cobardes, créeme, pero Lodge insiste en que una guerra sólo puede ganarse con el mayor número de seguidores posibles.
—¿Una guerra? —Dante soltó un jadeo—. ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¿Por qué querrías tú una guerra en Inglaterra? Jamás has estado allá, no te interesa lo que…
—¿No escuchaste todo lo que nos contó Lodge? ¿La clase de gente que ahora tiene el poder? —Dimas lo miró, furioso—. ¿Por qué debo vivir escondido mientras "héroes" como Harry Potter se regodean en la cima del mundo?
—Lodge dijo que esa guerra ya se peleó —protestó Dante—. Terminó y ese Señor Tenebroso no pudo ganarla, ¿qué te hace pensar que tú…?
—Porque yo tengo esto.
Detrás de una de las cajas, envueltos en tela vieja y cordón, estaban el diario de Vivian Lake, el medallón dorado y la parte del Aurea Pergamena que la familia Mabroidis había escondido durante años. Dante se llevó las manos a la boca.
—Dijiste que no lo buscarías más. ¡Esas cosas están malditas! ¡Recuerda lo que le pasó a mitera! Además, una cosa es seguir pensando que esos pergaminos te pertenecen, pero utilizarlos para estos fines es… ¡Has dejado que Lodge te meta demasiadas ideas en la cabeza, Dimas! Estos últimos meses ustedes dos…
—Lodge no está haciendo nada más que compartir sus pensamientos revolucionarios conmigo —dijo Dimas despreocupadamente—. No es más que pobre muchacho resentido con el universo porque jamás será reconocido. Sin embargo, es útil. Jamás hubiéramos conocido nada sobre el Señor Tenebroso sin él —sonrió—. Nunca me había dado cuenta de lo intrigantes que son algunos seres humanos, Dante. La contradicción es fascinante. Lodge, por ejemplo, es sumamente inteligente, pero comparte sus planes con nosotros, prácticamente dos desconocidos. Y todo porque ambiciona el poder. Es increíble cómo uno puede olvidarse de todo lo que es, por una razón que cree especial. Fascinante, en verdad.
—Lo estás manipulándolo —lo acusó Dante—. Manipulas a Lodge para que te dé información, para que te diga las estrategias a seguir en esta guerra que…
—Vete. Nadie te detiene.
Era una orden fácil, una decisión sencilla. Harry observó la cara de Dante y supo que sí, él quería irse. Quería alejarse de su hermano, seguir con su vida y olvidarse por completo de la magia. Quería vivir tranquilo, solo y lejos de Dimas y Lodge. No obstante, cuando vio que su hermano se ponía de nuevo el medallón dorado, algo en su rostro cambió.
—Dijiste que con el Aurea Pergamena podrías hacer lo que quisieras. Lo que sea —murmuró—. Eso significa que podrías… Tú podrías traer de vuelta a mitera, ¿verdad?
Dimas volteó a verlo y por primera vez, lo miró a los ojos.
—Sabes de memoria el diario de Vivian Lake —dijo Dante—. Lo has leído sin parar durante todos estos años. Conoces esas cosas mejor que nadie, Dimas, y si tú… Si tú lograras encontrar el objeto para controlarlo, tú podrías… ¿La traerías de vuelta? ¿Podrías hacer que mitera vuelva?
Dimas calló. Fueron segundos de agonía y tensión silenciosa. Luego, cuando Dante iba apenas a volverse, a rendirse… Dimas asintió.
—Está bien —dijo Dante y con el dorso de la manga se limpió los ojos—. Está bien.
Harry fue arrastrado a otra bodega. Era de noche, hacía calor y a lo lejos se escuchaba la marea. Dante estaba en un rincón, mordiéndose las uñas, mientras Dimas extendía ante los ojos de Benjamin Lodge su parte del Aurea Pergamena.
—¿Esto es…? ¿Es en serio? —preguntó, con los ojos brillando en la ambición—. Increíble.
—Ayúdame —dijo Dimas seriamente y Lodge levantó la vista—. Ayúdame a encontrar las piezas que faltan, Benjamin. Yo sé todo sobre el Aurea Pergamena y tú sobre el mundo exterior. Con tus ideas y mi herencia… Podemos lograr lo que Lord Voldemort no pudo.
—¿Y estás…? —preguntó Lodge con la voz ronca—. ¿Estarías dispuesto a compartir ese poder conmigo? ¿Quieres que los dos toquemos el objeto legendario y controlemos el Aurea Pergamena?
Dante levantó la vista, nervioso. Dimas sonrió.
—Por supuesto, Benjamin.
Entonces la puerta de la bodega se abrió de golpe. El hombre de papada sudorosa entró, agitado, furioso, y contoneó su enorme figura hasta ellos.
—¡¿Qué demonios pasa aquí?! —rugió—. ¡Deberían de estar vigilando la mercancía! —le lanzó un puñetazo a Dante, el más cercano, y éste se dejó caer en el suelo—. ¡Estoy harto!
Iba a lanzar otro golpe, pero esta vez fue Dimas el que se atravesó en su camino. El hombre de papada sudorosa berreó y le pegó una cachetada que le dejó una marca roja en la mejilla.
—¡Basta! —pidió Dante desde el suelo, pero su hermano le indicó silencio con una mano. No estaba quejándose por el golpe y ni siquiera parecía adolorido….
Dimas estaba riéndose otra vez.
—Tienes que aprender una lección, fenómeno —escupió el hombre y volvió a pegarle. Le dio en la cara, en el estómago y en los brazos. Dimas se dobló por la mitad, carcajeándose, mientras la sangre salía por su nariz y por su boca. El hombre intentó con más fuerza. Sus gruesos puños se impactaron contra el débil cuerpo del mago y le dejaron moretones punzantes y magentas. Dimas siguió riendo, sin defenderse, sin dar ninguna muestra de dolor. Recibió los golpes con alegría y gusto y locura. Finalmente, el enorme estómago del hombre se contrajo por el esfuerzo y sus brazos se detuvieron, exhaustos.
Nadie dijo nada. Nadie respiró. Dimas levantó su cara ensangrentada y simplemente dejó de reír.
—¡Crucio!
Se había sacado la varita del bolsillo y al instante, el hombre de papada sudorosa cayó al suelo, retorciéndose y chillando, mientras las facciones finas de Dimas parecían llenarse otra vez de vida.
—¿Cómo era ese otro hechizo, Benjamin? —preguntó alzando las cejas—. Aquel que mencionaste una vez —Lodge tragó—. Oh, sí. Ya lo recordé.
Se acercó al hombre, y sin apartar la vista de sus ojos, sonrió.
—¡Avada Kedavra!
La luz verde destelló contra el medallón dorado. La figura del hombre dejó de retorcerse y quedó petrificada en una posición extraña, con los brazos doblados detrás de la cabeza. Dante y Lodge permanecieron en silencio, mientras Dimas se sacaba del bolsillo el diario de Vivian y despreocupadamente comenzaba a hojearlo.
—Aquí está —dijo y señaló una página—. "La mansión de Vivian Lake está ubicada en la séptima isla del lago Windermere en Inglaterra" —miró a los otros dos—. ¿Nos vamos?
Y antes de volver a sumergirse en el humo de los recuerdos, Harry alcanzó a ver cómo los tres desaparecían para siempre de aquel pueblo en Grecia.
Esta vez sí reconoció el lugar en el que aterrizó. Era una antigua habitación, con los muros agrietados, y tras una enorme ventana se alcanzaba a ver un jardín que tiempo atrás debió haber sido magnifico. Estaban en la mansión de Vivian Lake.
—Mitera no querría… Ella jamás habría querido que nosotros estuviéramos aquí —murmuró Dante, retorciéndose las manos, mientras Dimas y Lodge observaban su alrededor, fascinados—. Asesinaste al jefe, Dimas. Yo no quería… No quería esto, yo…
—¿Quieres que ella vuelva o no? —le preguntó y los ojos le centellaron de manera extraña. Dante enmudeció—. Por primera vez, Dante, estamos realmente en nuestro hogar.
—Es magnífico —dijo Lodge paseando la vista por toda la habitación. Con su varita abrió un viejo baúl y se puso a inspeccionar las cosas que había dentro. Dimas se acercó—. Nadie debe haber pisado este lugar en siglos. Aquí puede haber más cosas de ella, de Vivian. Cosas con las que podemos buscar el Aurea Pergamena.
Dimas asintió y revolvió el contenido del baúl junto con su compañero. Sus manos tocaron látigos, cuchillos, libros viejos… Y una larga capa negra con capucha.
La escena volvió a cambiar y los años pasaron con rapidez. Harry los vio avanzar en un camino de humo, hasta que se detuvieron en un pasillo de la mansión. Dante estaba ahí, y en secreto escuchaba un par de voces agitadas detrás de las puertas cerradas de un salón.
—… no tenemos ninguna pista clara, sólo indicios y nada más.
—Estás alterándote, viejo amigo.
—¡Claro que estoy alterándome! ¡Hemos pasado años aquí y seguimos sin tener idea de…!
—Te lo he dicho muchas veces, Benjamin. Estoy seguro que debemos revisar Irlanda. Nápoles también. Los documentos que encontramos...
—¡Indicios! ¡Indicios! ¡No hemos encontrado nada más que indicios! ¡La realidad es que no sabes nada, Dimas! Te la pasas aquí, experimentando con las cosas de Vivian, encantando esos objetos para causar daño, para quemar a tus víctimas por dentro… ¿De qué te sirve eso si no tenemos los pergaminos?
—Las cosas de Vivian han resultado en extremo útiles. Era una bruja poderosa, ¿no te parece? —dijo la voz de Dimas, sin prestar atención a los reclamos—. Ayer justamente encontré un libro con una curiosa maldición, para rastrear objetos que antes estaban en tu posesión. Es fascinante.
—¡Eso no nos ayuda en nada!
—Hablas como si tus contribuciones fueran de gran ayuda para nuestro proyecto.
—¡Yo contacté a Montague! ¿No es así? ¡Él puede ayudarnos! —gritó Lodge—. ¡Te he dado estrategias! ¡Te di los nombres de las personas que podemos reclutar! ¡Tú dijiste que podías encontrar el resto del Aurea Pergamena! ¡Y hasta ahora no…!
—Es una daga, Benjamin.
—¡…he visto nada de…! ¿Qué?
—El objeto para controlar el Aurea Pergamena es una daga —aclaró Dimas.
Dante pegó su oído a la puerta que lo separaba del salón, dispuesto a seguir escuchando.
—Mi madre siempre lo dijo. Ella creía que el símbolo en el medallón era una daga atravesando los pergaminos. Vivian lo menciona en su diario, pero no estaba segura.
—¿Y cómo sabes que…?
—Alguien estuvo aquí, Benjamin, en esta mansión. Alguien llegó aquí después de Vivian, pero mucho antes que nosotros. Uno de mis antepasados. Él conversó con la persona que descubrió el objeto perdido y dejó esto aquí. Lo encontré ayer.
Dante se movió apenas, sólo lo suficiente para que sus ojos pudieran ver a través de la rendija que había entre las puertas. Harry observó con él y vio que Dimas había dejado frente a Lodge un pergamino, con el dibujo de una daga y una leyenda escrita que no se alcanzaba a ver desde ahí.
—¿Qué…? —musitó Lodge con las manos temblorosas—. ¿Crees que sea cierto? El objeto perdido, el que sirve para controlar el Aurea Pergamena… No entiendo qué… ¿Por qué no habíamos visto esto antes? ¡Tantos años aquí y apenas…!
—Veo que ya no estás molesto conmigo.
—¿En serio piensas que está aquí? —preguntó Lodge señalando la inscripción—. ¿Crees que la daga fue guardada en este lugar? Pero, ¿quién la encontraría? ¿Por qué la dejaría ahí? ¿Quiere decir que hay más personas que conocen la existencia del Aurea Pergamena…?
—Los detalles me importan poco cuando tengo la respuesta principal en mis manos —Dimas caminó cerca de la puerta. Tenía puesta la túnica negra con la capucha y sonreía—. El objeto perdido es una daga y está en ese lugar.
Impresionado, Lodge soltó la hoja con el dibujo de la daga. El papel danzó en el aire y aterrizó junto a la puerta, quedando a la vista de Dante y Harry. Debajo de los trazos que formaban la daga, con fina caligrafía, alguien había escrito:
El objeto perdido fue encontrado. El Aurea Pergamena puede ser controlado.
La daga está en Hogwarts.
—Imposible —dijo Lodge sin aliento—. Aunque esté ahí, ¿cómo diablos vamos a entrar? Desde la guerra, ese maldito colegio está sumamente protegido. No podemos…
—Diariamente hablas sobre una revolución contra el Ministerio de Magia, reclutamiento de antiguos mortífagos y el desprestigio de Harry Potter —dijo Dimas con una sonrisa—. ¿Y te parece imposible entrar a una escuela, Benjamin?
—No lo entiendes, no es sencillo. Tendríamos que entrar con alguna excusa, con otros fines para… —el rostro de Lodge se iluminó de repente—. Defensa Contra las Artes Oscuras.
—¿Cómo dices?
—Un profesor. Necesitan un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras —explicó—. Mi sobrino, Devon, entrará a su primer curso el siguiente septiembre. Cuando fui a visitar a mis padres, escuché que dijo que…
—Eres extremadamente hábil defendiéndote de las artes oscuras, ¿no, viejo amigo? —preguntó Dimas.
—No será tan fácil. Debe haber decenas de candidatos para ese puesto y yo no soy… El ministerio no ve con buenos ojos a mi familia, no…
—¿No lo entiendes, Benjamin? Todo encaja perfecto —Dimas atravesó la habitación y la capa negra ondeó al arrastrarse por el suelo—. Nada es coincidencia. Debemos estar en Hogwarts justo ahora. En ese curso. Fue el destino que encontráramos esta pista en este preciso momento, cuando todo es conveniente para nosotros. Es el destino que Merlín designó para encontrar a su heredero. Es nuestro destino.
Y la imagen cambió…
El jardín de Vivian era bañado por una fuerte tormenta, y Dimas lo observaba todo desde un gran ventanal.
—Dimas, tal vez deberías… —decía Dante, detrás de su hermano—. Deberíamos de…
—Aún no la encuentra —musitó. Estrujó una carta entre las manos y la lanzó al suelo. La firma de Benjamin Lodge sobresalió del papel arrugado—. Lleva casi un año metido en el maldito colegio. Le di el Aurea Pergamena y él aún no puede… Todavía no puede…
—Dimas…
—Nadie lo entiende. Nadie puede encontrarlo más que yo.
—Tal vez ni siquiera exista una daga, Dimas —se animó a decir Dante. Su hermano se volvió, brusco, con los ojos convertidos en fuego—. Tal vez deberíamos parar…
—No puedes entenderlo. Eres sólo un squib —escupió el otro y se alejó de la ventana.
—Es que no creo… Yo no creo que sea la manera de…
—¿No quieres que mitera regrese?
Tras escuchar esas palabras, Dante dejó de lucir débil y asustado. Apretó los labios y los ojos se le llenaron de lágrimas impotentes, desesperadas y furiosas.
—Tú no lo haces por ella —dijo. Sus facciones se contorsionaron por la rabia—. ¡No lo haces por ella! Nunca lo hiciste por ella. Yo le prometí… Le dije que iba a cuidarte, pero tú… —la voz se le quebró. Dimas caminó hacia la puerta—. No quieres a nadie de tu lado. Vives para encontrar esos malditos pergaminos. Es lo único que te interesa, ¿verdad? Pero no importa lo que haya dicho nuestro padre en el pasado. Yo no creo que te pertenezcan.
Dimas estaba a punto de salir de la habitación cuando escuchó la mención a su padre. Se volvió, varita en mano y vista fija en Dante. Él no retrocedió y levantó el rostro, lloroso, pero decidido.
—Si de verdad te perteneciera, ya lo habrías encontrado —dijo el mayor—. Sé que no tengo magia, pero sí puedo entenderla. Y si realmente existe alguien destinado a encontrar los pergaminos, si realmente hay un heredero de Merlín… Ese no eres tú, Dimas.
Una luz intensa y rápida atravesó la habitación. Dante recibió el encantamiento y cayó hacia atrás, golpeándose contra una pared y rodando por el suelo. Sollozó. Tembló. Levantó la vista y observó a su hermano con decepción y miedo y furia.
—No son tuyos. No los mereces y por eso no los vas a encontrar. Tú sólo eres… Sigues siendo un pobre niño solitario y triste al que su padre abandonó.
Un segundo hechizo lo hizo contorsionarse en el suelo. Dante volvió a sollozar mientras su hermano pasaba sobre él, todavía con la varita en la mano. Dimas salió de la habitación sin mirar atrás y Dante se quedó en el piso, llorando.
Harry fue arrastrado hacia otro punto de la mansión. Dante estaba recargado sobre un mohoso sofá, mientras la flama de una vela a punto de consumirse provocaba sombras tenebrosas en las paredes agrietadas. Por una ventana se podía admirar la noche, neblinosa y tranquila. De pronto, se escuchó el sonido de una aparición y la puerta se abrió de golpe.
—¡Dimas! —exclamó Dante levantándose precipitadamente, pero retrocedió por instinto al fijarse en el rostro de su hermano.
La mirada de Dimas se perdía en la furia y andaba, temblando, de un lado a otro, con el rostro tenso y las manos inquietas sujetando su varita. Parecía tener fuego adentro. Todo su interior. Lucía igual a esa vez en la cabaña de madera, cuando la magia descontrolada había provocado aquel fatal incendio.
—La encontró —dijo apenas en un susurro.
—¿Qué…?
—¡LA ENCONTRÓ! —rugió y tiró todo a su paso. Los jarrones, las sillas quebradas, los sofás mohosos. La vela, casi apagada, se inflamó hasta soltar una fuerte llamarada que llenó de calor la habitación. Dante se apartó hacia un rincón cuando su hermano alzó la varita. Decenas de hechizos, lanzados a diestra y siniestra, rebotaron en las paredes.
—Lodge encontró la daga —dijo y se detuvo—. La encontró y la tocó… ¡Él tocó la daga!… Y dejó que se la quitaran.
—¿Qué…? ¿Quién pudo...?
—Un niño.
La llama de la vela se apagó y la habitación quedó a oscuras. Dimas levantó sus ojos ardientes y observó la nada.
—Albus Potter.
Pronunció el nombre con desprecio, ira y violencia. Lo pronunció igual a un veneno dañino, una sustancia corrosiva que inundaba su boca. Cada letra rasguñó su garganta con fuego y cada sílaba provocó nuevos temblores en sus manos.
—¿Potter? —preguntó Dante, confundido—. ¿Cómo en… Harry Potter?
—Siguió a Lodge —dijo Dimas y se dio la vuelta. Parte de la manga de su túnica negra estaba chamuscada—. Lo siguió hasta el bosque en donde íbamos a encontrarnos. Lo distrajo. Distrajo a Lodge y luego… —apretó la varita en su mano—. Harry Potter llegó a salvar el día.
Se sacó del bolsillo el diario de Vivian y su parte del Aurea Pergamena. Harry recordó cómo aquella noche, él había pensado que ese extraño libro de pergaminos dorados se había consumido entre las llamas que provocó su pelea con Lodge, y cómo, preocupado por la seguridad de su hijo, ni siquiera se había dado el tiempo de comprobarlo.
—Se llevaron la daga. Encerraron a Lodge.
—Dimas...
—Albus Potter —repitió. El veneno seguía ahí, casi palpable, pesado. Sin embargo, pasados unos segundos, la expresión de Dimas se relajó súbitamente. Sonrió y su voz cambió. Era sutil, curiosa. Sin saber bien por qué, Harry sintió un brote de ira crecerle dentro del pecho—. Albus Potter.
Y todo se desvaneció.
Dante estaba entrando a lo que parecía ser el salón principal de la vieja mansión. Dimas estaba ahí y se parecía un poco al niño que antes había pasado noches en vela tratando de liberar los poderes de Merlín; sólo que esta vez, no era el Aurea Pergamena lo que tenía extendido ante sí. Eran recortes de periódico. Cientos y cientos. Con diferentes fechas y fotografías. Pequeños, grandes, arrugados. Harry los observó todos y se dio cuenta de que la mayoría trataban sobre él o sobre alguien cercano a su familia.
—Son los periódicos que Lodge traía a diario —dijo Dante acercándose—. ¿Qué estás…?
—¿Qué ves aquí? —Dimas levantó uno de los recortes. Era una entrevista de Harry. La primera y única en la que había dado su versión oficial sobre los acontecimientos de la guerra contra Voldemort. Dante se acercó, dudoso.
—Harry Potter.
—Exacto —dijo Dimas entusiasmado. Señaló una pequeña nota bajo la entrevista, donde se anunciaba la graduación de una generación en Hogwarts. Perdido entre las letras, estaba el nombre de Miranda Savage—. Y dime, Dante, ¿qué ves aquí?
Tomó otro recorte y se lo enseñó a su hermano. Era una fotografía de la boda de Ron y Hermione. Al lado, apenas se alcanzaba a ver una pequeña felicitación a Miranda Savage, alumna destacada de Hogwarts, por su ingreso en la Escuela de Leyes Mágicas.
—¿Y aquí? —tomó otro recorte. Harry era nombrado Jefe del Cuartel de Aurores y pequeña, en la esquina, Miranda Savage ganaba un premio por sus conocimientos estratégicos en reformas mágicas—. Y aquí… —Harry y Kingsley firmaban las nuevas propuestas de seguridad para protección de muggles. Debajo, en una nota diminuta, Miranda Savage era acreedora al mejor promedio jamás visto en la Escuela de Leyes Mágicas, sólo superada por "la gran heroína" Hermione Granger.
Hubo más. Decenas de recortes, artículos y noticias en donde se engrandecía el nombre de los "héroes de guerra". Y debajo, siempre debajo, estaba Miranda Savage.
—Creo —dijo Dimas con satisfacción—. Que a nuestra querida hermana no deben de gustarle mucho los héroes, Dante.
—¿Qué haces, Dimas? —preguntó él sin comprender.
—Me preparo. El terreno por el que vamos a caminar ahora es un tanto desconocido.
—¿De qué…?
—Vamos a ver a papá, Dante.
El hombre tardó unos segundos en comprender aquella oración. Abrió la boca sin poder decir nada y observó a su hermano con el ceño fruncido.
—¿A papá? ¿Por qué querrías…?
—Es un auror. Un auror reconocido en Inglaterra —dijo Dimas sin darle importancia, todavía concentrado en los recortes de periódico—. Puede entrar a la prisión de Azkaban cuando quiera. Puede liberar a Lodge.
—No —Dante negó con la cabeza, retrocedió y su respiración se aceleró—. Él no va a… De ninguna manera te ayudaría a…
—Él no va a hacerlo —Dimas esbozó una sonrisa empalagosa—. Hay una poción, Dante, con la que puedo transformarme en papá. Todo lo que necesito está aquí. Sólo hace falta un cabello, un insignificante cabello. Iré a Azkaban y sacaré a Lodge.
—No puedes. No puedes hacer eso, es…
—¡Él tocó la daga! —Dimas se levantó bruscamente y Dante retrocedió—. Lodge tocó la daga y mientras siga encerrado en esa prisión, no podré encontrar el Aurea Pergamena. Y es mío, Dante. No voy a dejar que nadie me lo quite.
Harry fue arrastrado de nuevo y vio pasar los años a su alrededor. Años de planes, preguntas y estrategias. Años que avanzaban en propósitos imposibles y metas inalcanzables. Tiempo en el que Dante se consumía, enfermaba y sufría, mientras Dimas se alzaba, reía y se perdía en la locura de encontrar el Aurea Pergamena. Harry los observó y vio cómo, poco a poco, los planes tomaban forma y parecían más reales y posibles.
El tiempo al fin se detuvo afuera del Cuartel de Aurores de Atenas, Grecia, en una calle solitaria.
—¡Kaliméra! —dijo Dante alzando una mano. Se dirigía a un hombre de bigote, que fumaba una pipa. Harry lo reconoció como el jefe de ese departamento—. Écho chatheí.
Pero en cuanto le prestó atención, el hombre recibió un hechizo en la espalda. No lo tiró al suelo y tampoco le hizo daño, simplemente lo dejó con la vista desenfocada, inconsciente.
—Imperio.
Dimas salió de su escondite con la capucha negra cubriéndole la cara y la varita levantada. Harry vio cómo el jefe del Cuartel, guiado por el maleficio, lanzaba un patronus pidiendo ayuda a los aurores de Inglaterra, por un supuesto grupo de magos que realizaba magia oscura en unas ruinas, a las afueras de un pequeño pueblo. Dimas tomó a Dante del brazo y ambos giraron sobre sí mismos.
Harry llegó con ellos a las ruinas. Ya las conocía porque él mismo había recibido ese patronus y había respondido a la ayuda solicitada. Recordaba haberle ordenado a su equipo no atacar, no entrar hasta que estuvieran seguros de lo que sucedía. Sin embargo, no todos habían acatado esa indicación…
—Cúbreme —dijo la voz de Cornelius Savage desde el exterior—. Sólo voy a verificar que todo esté bien.
Al escuchar la voz de su padre, Dante ahogó un jadeo, muerto de miedo y Dimas aferró su varita. Fueron tres segundos de expectación, rencores que salían a flote e intriga. Finalmente, Cornelius Savage, viejo, casi calvo y todavía vestido con el saco azulado, ingresó a las ruinas.
El hombre levantó su varita, dispuesto a atacar a las dos personas en el lugar, pero Dimas, sin ningún esfuerzo, sin siquiera levantar su arma, lo lanzó lejos, provocando que su cuerpo viejo rebotara contra los muros de piedra.
—¡Expe…!
La varita le fue arrebatada de las manos antes de que pudiera terminar el hechizo. Dimas avanzó lentamente hacia él, con calma y sin ninguna prisa. Savage volteó a su alrededor, buscando ayuda sin encontrarla, y se levantó con la agilidad que un auror nunca pierde a pesar del tiempo.
Pero entonces, un rayo de sol al amanecer golpeó el medallón dorado que Dimas traía en el cuello.
—No…
—¡Savage! —gritó alguien y Harry vio a Rachel Carter, ataviada con su túnica de auror, avanzando por la entrada de las ruinas. Llevaba lista su varita, pero apenas puso un pie en el lugar cuando Dimas, sin siquiera voltear a verla, le lanzó un potente hechizo que la dejó inconsciente en el suelo.
—"He visto tu magia. Eres extraordinario" —dijo Dimas. Savage soltó un jadeo y de repente, una fuerza invisible apretó su garganta, dejándolo sin aire y tirándolo de rodillas—. "El mago más inteligente y hábil que conozco, no cabe duda".
—¡Hazlo rápido! —exclamó Dante, volteando a su alrededor—. ¡Toma el cabello!
—"Estoy orgulloso de ti, hijo".
—Dimas… —alcanzó a decir el hombre entre jadeos. Su rostro se descompuso. El camino de arrugas que había en su frente pareció romperse. Sus ojos, cansados y aterrados, observaron a los hombres frente a él y reconocieron dos pequeños niños que jugaban afuera de una cabaña a la luz del sol—. Dante…
—¡Cubran el perímetro! —gritó una voz a lo lejos y Harry la reconoció como propia—. ¡Dos personas rodeen la entrada principal!
—¡Dimas!
—Dimas…
Los papeles se habían intercambiado. Ahora era el padre el que estaba de rodillas frente a su hijo, suplicando silenciosamente. Y fue demasiado. Estar en Grecia otra vez fue demasiado. A Dimas le faltaban sólo unos pasos para llegar hasta Savage, pero en esa insignificante distancia había años y años de abandono, noches en vela, hambre, maltratos y una promesa que jamás se cumplió. Fue demasiado y de pronto, obtener un cabello parecía algo ridículo e insignificante. Dimas movió su mano lentamente hacia su túnica y sacó uno de los cuchillos que había en la mansión de Vivian. Savage seguía luchando por respirar, con los ojos añejados en lágrimas, observando a sus dos hijos consumidos por el tiempo.
—No… —dijo Dante al adivinar lo que pasaba por la mente de su hermano—. ¡Dimas!
Dimas alzó la mano y el sol resplandeció ante el brillo de la hoja del cuchillo.
La punta filosa se encajó en el cuello de Cornelius Savage.
El anciano gimió y levantó una mano temblorosa para acariciar el rostro de su hijo, pero lo único que pudo sujetar fue el dobladillo de la túnica oscura. Dimas no apartó la vista. No se movió. No hizo nada más que observar el cuerpo sangrante de su padre.
Dante gritó.
—¡Nooo! ¿Qué hiciste? —corrió hacia Savage y sollozó—. ¡¿Qué has hecho, Dimas?!
—Es fuego. Dentro —dijo él con voz monótona—. Lo he practicado.
—No, no, no… —lloró Dante—. Por favor, Dimas… Lo necesitas… No podrás liberar a Lodge sin él…
—¡Ron, cubre la derecha! —Harry escuchó su voz, cada vez más cerca—. ¿Dónde están Savage y Carter? ¡Quiero a tres más en la izquierda!
—Liberaré a Lodge. Nuestra querida hermana trabaja en el ministerio.
—Ella jamás te ayudará, no…
—Yo no maté a nuestro padre, Dante —dijo Dimas y alzó las cejas, con una idea creciendo, brillante, en su mente—. Esto es culpa de quien lo envió aquí. Esto es culpa de Harry Potter.
Un último espasmo sacudió el cuerpo de Cornelius Savage.
Dante lloró todavía más fuerte, abrazó el cuerpo de su padre como antes había hecho con su madre, y se llenó las manos de sangre. Dimas comenzó a caminar, pasando sobre ellos, sin volver la vista y no se dio cuenta de cuando su hermano se levantó.
—¡ES TU CULPA! —rugió Dante con la mirada enloquecida, y así, sin varita, sin magia, débil y enfermo, se lanzó contra Dimas y él, sin esperar el ataque, cayó al suelo—. ¡MURIERON POR TU CULPA! ¡HAS ACABADO CON TODO! —las manos huesudas se hundieron en su cuello—. ¡NO LO HACÍAS POR ELLA! ¡NUNCA LO HICISTE…!
Una chispa esplendorosa iluminó el interior de las ruinas.
Dimas había lanzado un hechizo para quitarse a su hermano de encima y la luz le había pegado de lleno en la frente.
Todo se oscureció.
Harry se vio envuelto en un remolino de colores chillantes y borrosos. Todo su entorno se agitó con violencia y cientos de imágenes pasaron junto a él a una velocidad fulminante. Un coro de voces se revolvió, provocando sonidos incomprensibles que sonaban fuerte, con notas altas, ensordeciéndolo.
El hechizo de Dimas había penetrado en la mente de su hermano y él, exhausto y triste, había sucumbido a la locura.
Todos sus recuerdos posteriores, todos sus pensamientos futuros, estarían así, perdidos en la oscura niebla de la demencia.
Harry cayó de rodillas y trató de distinguir algo entre el torbellino de recuerdos que se movía junto a él. Entonces, mareado y confundido, alcanzó a escuchar algo que se distinguía como un eco lejano, retumbando entre la locura.
—Dante —dijo la voz—. Mira cómo has terminado. Pudriéndote en una prisión de magos.
Era Dimas Mabroidis, y estaba en Azkaban, hablándole a Dante por entre los barrotes de su celda.
—¿Recuerdas a ese mortífago que Lodge mencionó? ¿Montague? Hablé con él —continuó diciendo—. Me presentó a nuestra querida hermana. Es fascinante, Dante, fascinante. Tal como dijo papá: poderosa e infinitamente inteligente. ¿Te había dicho ya como me gusta la contradicción en los seres humanos, verdad? Fue fácil, tan fácil, convencerla de que nuestro padre había muerto por culpa de Harry Potter. ¡Alguien tan brillante cegada por la venganza! Casi puedo sentir lástima.
Harry se aferró al piso que tocaba. Los recuerdos seguían moviéndose sin control a su alrededor, y la voz de Dimas cada vez se escuchaba más lejana.
—Ella no sabe quién soy, por supuesto. Miranda y todo el mundo creen que Cornelius Savage fue el auror respetable que decía ser, no un cobarde. Pero está bien, Dante. Nada importa mientras yo pueda obtener lo que me pertenece. Incluso le conté algunas de las ideas de Lodge. A ella tampoco le gustan los muggles. Y yo tenía razón, tampoco le gustan los héroes. Está de acuerdo con todo lo que planeamos. Y me dejó, Dante. Miranda me dejó usar su apariencia para entrar a Azkaban. Ahora los guardias me tienen confianza y heme aquí, hermano.
Harry sintió que Dante jadeaba con fuerza e igual que campanas resonantes, escuchó los tintineos de sus cadenas, haciendo vibrar el entorno.
—Lodge tocó la daga y he venido a liberarlo. Miranda me ayudará a sacar la daga del ministerio y al fin podré buscar lo que me pertenece. Al fin podré ir por el Aurea Pergamena.
Entonces, hubo un grito.
Era un grito desgarrador de dolor y de agonía. Había lamentos también y muchos sollozos y la canción de cuna que Ariadne Mabroidis solía tararearle a sus hijos. Todos los sonidos se mezclaron con el torbellino de imágenes y con la risa de Dimas Mabroidis. Harry los sintió retumbar en sus oídos y luego, de repente, todo se calló.
Y con un fuerte tirón en el estómago, salió por fin expulsado del pensadero.
Este capítulo fue cortado, modificado, leído y releído unas quinientas veces. Así que sí, me disuclpo por la tardanza, pero ahora no me siento mal porque de verdad fue muy difiícil hacerlo y al final quedé contenta con el resultado. Espero que ustedes también, que al fin y al cabo es lo que importa.
Hace mucho (años) leí un artículo sobre el origen de las personas "malas". En algunas ocasiones, una persona malvada tiene algo en su crebro que limita la voz de su consciencia. En otras, llevan una vida difícil que los lleva por un mal camino. A veces, sólo a veces, las personas malas cuentan con ambas cosas. Algo que nace en ellos y una vida horrible. El día que leí ese artículo, imaginé al personaje de Dimas Mabroidis.
Sé que aun quedan muchas preguntas (¿por qué le dio la daga a Albus? ¿Qué hay con Lizza?) y que están a punto de asesinarme, pero les prometo que ya pronto todo se resolverá. Y no se preocupen, en el próximo capítulo volveremos con Albus, like always.
Y quiero agradecer profundamente a MaryTudor que en esta ocasión creó dos... ¡DOS! Videos sobre Aurea Pergamena, que me encantaron. Pueden verlos en estos enlaces:
vimeo(punto)com/227812551
vimeo(punto)com/227660004
También hubo alguien que me hizo una pregunta que me dejó pensando por días: ¿Cómo definirías a Albus en tres palabras? Raios... Ambicioso, decidido y leal. Sí, yo sé, ¿leal? ¿Really? Tengo mis razones.
No sé qué más decir excepto, ¡gracias! Y que espero con ansias sus opiniones respecto a este capítulo. ¡Oh! Quisiera saber qué actores piensan que quedarían bien para estos personajes (Dimas, Dante, Savage y Ariadne). Tengo curiosidad.
Y aquí las palabras en frases en griego que utilicé: Mitera (mamá), ¿Eíste edó? (¿Estás ahí?), Écho tin peína (tengo hambre), Kaliméra (buenos días) y Écho chatheí (estoy perdido).
En fin, ¡reviews plis!
