"La Tragedia de los Héroes"

—Con todo lo que ha pasado, realmente creí que tenía al hermano más complicado del universo. Pero después de ver los recuerdos de este tipo… ¡Vaya! Juro que nunca más me volveré a quejar de Albus.

James era el único que había dicho algo en voz alta luego de que Harry guardara el pensadero en el mueble de su despacho. Lucía igual de tenso que los demás, pero también (Harry lo notó de inmediato) bastante feliz de que lo hubiesen llamado para contarle lo que estaba pasando. Alrededor de ellos dos, Ron, Draco, Fred, Rachel Carter y Alice parecían ensimismados en sus pensamientos.

—Pero, en serio —insistió James al notar que nadie respondía a sus comentarios—. Ese viejo, Cornelius Savage, ¿no se pasó toda la vida en el Departamento de Aurores? ¿Cómo es que nadie se dio cuenta de que tenía dos hijos con tendencias psicópatas perdidos en alguna parte del mundo?

—Savage era… —Ron suspiró—. Todos creíamos que era un buen hombre. Ya sabes, auror, partidario de los derechos de los muggles, de buena familia. Es difícil imaginarlo involucrado en algo como esto.

—Rata —soltó Fred. Alice lo miró con el ceño fruncido.

—Su familia lo comprometió con una mujer que no quería —dijo, angustiada—. Él solamente fue feliz mientras estuvo en Grecia y una vez que se fue, nunca supo lo que sucedió con sus hijos. Jamás se olvidó de ellos, ni de Ariadne —miró a Harry y a Ron—. Dijeron que nunca se quitaba el saco que ella le dio y que encontraron la fotografía de Dimas y Dante oculta ahí. La llevaba con él todo el tiempo. Además, ¿notaron lo mucho que envejeció luego de dejar Grecia? Él realmente… Él vivía con la culpa de haberse ido.

—Ojalá ese sentimentalismo pudiera compensar lo demás—comentó Draco con dureza.

—Estoy de acuerdo —dijo Fred—. Si no los hubiera dejado, Dimas no se habría vuelto loco.

—Eso no puedes asegurarlo —intervino Rachel Carter, con el mismo gesto impasible de siempre. Fred dejó a un lado su indignación y torció una sonrisa.

—Ilústreme, por favor, profesora.

—Dimas Mabroidis era hábil con la magia, incluso de niño —dijo ella luego de rodar los ojos—. Se sabía talentoso y Savage no hacía más que aumentar su ego. Creció con la idea de que era el único merecedor del Aurea Pergamena y que por eso debía encontrarlo. La ambición es un valor que puede torcerse, especialmente si se tiene al alcance algo como esos pergaminos.

—Eso tampoco lo entiendo —dijo James—. Ya asumimos que esa cosa existe y que, de alguna manera, Merlín pudo vaciar su magia ahí, ¿no es así? ¿Cómo un objeto tan poderoso pudo mantenerse oculto por tanto tiempo? Es decir, ¡algo tan grande! Cualquiera pudo haber tratado de encontrarlo en el pasado.

—No se mantuvo oculto, no del todo —respondió Ron—. En el recuerdo, Mabroidis dijo que alguien más había estado en la mansión de Vivian. La persona que dejó la nota, quién sabía que la daga había sido escondida en Hogwarts.

—Sí, que Ariadne Mabroidis le temiera al Aurea Pergamena y decidiera esconder el legado de su familia, no quiere decir que todos sus antepasados hayan sido iguales —dijo Alice, pensativa—. Tal vez alguno le habló a alguien sobre los pergaminos, así como Dimas lo hizo con Lodge.

—En serio les temía, ¿verdad? —James alzó las cejas—. Incluso dijo que no se atrevía a tratar de destruirlos, que creía que se podía hacer con la daga atravesándolos y por eso estaba ese símbolo dibujado ahí —señaló el medallón dorado que Harry le había quitado a Dimas Mabroidis, reluciendo sobre el escritorio—. Pero no lo hizo. Estaba aterrada.

—Y aun así, le contó todo a Savage —dijo Draco—. Por eso comenzó todo. Él quedó fascinado con la historia de los pergaminos y creyó que su hijo era quien debía encontrarlos.

—Y Dimas, siendo tan hábil como lo era, dedicó toda su juventud a eso —continuó Rachel. Tomó asiento en el mismo sofá donde Fred estaba recostado, pero se levantó en cuanto éste alzó las cejas de forma sugerente—. Dimas quería esa magia desde que leyó el diario de Vivian. La admiraba. Estaba fascinado al llegar a su mansión, con sus cosas, sus apuntes sobre los hechizos que creaba. Los aprendió. Incluso dijo algo sobre un maleficio para seguir objetos…

—Y perfeccionó eso que hacía antes, con el fuego —comentó Ron haciendo una mueca de desagrado—. El cuchillo con el que mató a su padre y con el que hirió a Albus aquella vez… Hacían eso: quemaban a sus víctimas por dentro.

—Demente —masculló James—. Se obsesionó. Primero porque quería el Aurea Pergamena para estar con su padre, porque él le dijo que sólo así podría quedarse en Grecia. Luego por Lodge, por todo lo que le contó sobre Voldemort. Quería ser mejor que él y creyó que con los pergaminos podría lograrlo.

—Lodge —dijo Fred, como si estuviera escupiendo algo sumamente desagradable—. Siempre lo detesté cuando me daba clases en Hogwarts. ¿Por qué te odia tanto? —volteó a ver a Harry.

—Benjamin Lodge cree que es merecedor de créditos que no se ha ganado —respondió Draco—. Y piensa que personas como Potter le han quitado el reconocimiento que merece. Eso fue lo que lo unió con Mabroidis en primer lugar.

—El idiota de su sobrino, Devon, es igual —recordó James—. Siempre estaba retando a Albus a duelo. Seguro que él sabe algo más sobre su tío y todo esto.

—Pues hasta ahora, no hemos podido sacarle nada de información —comentó Rachel—. Lo he interrogado varias veces en la Academia de Aurores, pero si sabe algo, es bastante bueno ocultándolo.

Se quedaron un momento en silencio, cada uno meditando los comentarios y opiniones de los demás sobre los recuerdos en el pensadero. Entonces, Ron frunció el ceño.

—¿Dónde encaja Dante aquí? —preguntó—. Es decir, sabemos que Lodge y Dimas se unieron porque el primero vive resentido con la vida y el segundo está demente. Pero, ¿por qué Dante los seguía? ¿Por qué no sólo dejaba a su hermano y se largaba a tener una vida normal?

—Dante creía que si Dimas utilizaba el Aurea Pergamena, podrían recuperar a su madre —explicó Alice y una mueca de tristeza se dibujó en su rostro—. Siempre se sintió menos que los demás por no tener magia. Para Dimas, fue fácil manipularlo.

—Al parecer, le es fácil manipular a todo el mundo —James soltó un resoplido—. A su hermano, a su papá haciendo que le contara la historia del Aurea Pergamena en primer lugar, a Lodge por prometerle que le daría una parte…

—Es bueno para detectar las debilidades de las personas —dijo Draco seriamente—. Las pocas veces que lo vi… Él creía que Lodge estaba cometiendo un error al contarme parte de sus planes. Creo que, de alguna manera, sabía que no era bueno confiar en mí.

—¿Legeremancia? —preguntó Ron.

—Probablemente sí —Rachel Carter se encogió de hombros—. Quién sabe cuántas cosas aprendió de los vestigios de magia que dejó Vivian en su mansión. Detecta lo que la gente busca, se los ofrece y saca provecho de ello.

—Eso mismo hizo con Miranda Savage —Alice asintió—. La convenció de que su padre había muerto por culpa del tío Harry. Ella lo quería más que a nada y se dejó manejar. Estaba cegada por el dolor.

—Sí, y por cierto… —James entrecerró los ojos—. ¿Alguien quiere decirme por qué esa arpía todavía no está tras las rejas?

—Hermione dice que el recuerdo no es una prueba suficiente para culparla —bufó Ron—. Es magia que puede alterarse fácilmente y además, este recuerdo en particular no fue obtenido de una manera muy… —carraspeó—. Legal.

—¿Legal? —Draco miró a Harry—. Le quitaste sus recuerdos a un prisionero squib sin ser parte del Cuartel de Aurores y obtuviste una pista al entrar sin autorización al despacho de una empleada oficial del Ministerio de Magia —torció una sonrisa—. No lo sé, pero puede que acabes en Azkaban mucho antes que Dimas Mabroidis, Potter.

—Savage ya había sido despedida cuando entramos a su oficina —gruñó Ron.

—Oh, sí, eso está mucho mejor.

—¿Y no hay manera de obtener las pruebas que necesitamos? —preguntó James, indignado—. Es decir… ¡Sabe lo que estos tipos están haciendo! Ayudó a que Dimas entrara a Azkaban para sacar a Lodge y, por lo que sabemos, fue ella la que se robó la daga del Departamento de Misterios.

—Se fue —dijo Harry. James abrió la boca por la sorpresa—. Luego de ver los recuerdos, lo primero que quise hacer fue ir a interrogarla, pero no sirvió de nada. Desde que Hermione le dijo que no podía trabajar más en el Departamento de Aplicación a la Ley Mágica, nadie la ha visto.

—Pues, eso solamente aumenta su culpabilidad, ¿no es así? —dijo Fred esperanzado. Ron se encogió de hombros.

—No es tan simple. Justo ahora, Hermione está con Kingsley para contarle todo. Si él nos da una orden de arresto o algo así, Savage tendrá que enfrentarnos. Pero mientras tanto…

—Estamos atascados. Y todo por culpa de Dimas Mabroidis —James se pasó una mano por el cabello. Parecía en verdad preocupado—. ¿Cómo demonios…? ¿Qué es lo que vamos a hacer con él? Ha hecho cosas horribles y está detrás de Albus y… ¿Cómo vamos a pararlo? Es un monstruo y nosotros no sabemos…

—No, él no es un monstruo —dijo Alice tomándole la mano. Todos voltearon a verla y ella se mordió el labio, insegura de seguir hablando.

—No estarás defendiendo a ese… —comenzó a decir Fred y Alice negó, apurada.

—Por supuesto que no, pero yo… —agachó la mirada y sólo hasta que James le apretó la mano de vuelta, continuó con lo que iba a decir—. Estaba pensando en Voldemort —dijo en voz baja. Todos se tensaron—. En él y… Bueno, en todo lo que nos han contado, todas las cosas horribles que hizo —miró a Harry—. Él… Él fragmentó su alma, ¿no es así? Dejó de ser…

—Humano —completó él.

Alice asintió.

—Yo no creo que Dimas Mabroidis sea igual. Hubo un tiempo, después de que su madre murió, cuando él… Bueno, se quitó el medallón y guardó por muchos años el Aurea Pergamena. Se sentía culpable por lo que había pasado y de verdad trató de vivir sin magia, trabajando para muggles.

—Mantuvo a su hermano con él —dijo James, pensativo, entendiendo lo que la muchacha quería decir—. Pudo haberlo dejado, incluso después de conocer a Lodge, pero no lo hizo. Y aquella vez, cuando lo atacó… Fue un accidente. Dimas pudo haber matado a Dante, pero sólo le lanzó un hechizo para quitárselo de encima. Que Dante quedara así… Fue un accidente.

—Lo dejó en Azkaban —Fred arrugó el ceño—. Iba a sacar a Lodge, pudo haberlo sacado a él también.

—O pudo haberlo asesinado —dijo James—. Así, hechizado y loco, le habría estorbado en sus planes, pero no… Dimas no lo mató incluso entonces.

—Es porque no estamos tratando con un monstruo —dijo Alice—. Dimas Mabroidis es sólo una persona.

Y Harry recibió aquella conclusión con una inesperada sensación de alivio.

Él nunca había podido olvidar ningún detalle sobre la guerra y más aún, sobre Voldemort. Lo conocía, más de lo que deseaba. Sabía que nunca había poseído la capacidad de amar y que había sido maldecido con un alma que no podía sentir nada más que ambición… Un alma que poco a poco había fragmentado voluntariamente. Tom Riddle había dejado de ser humano para convertirse en un monstruo, cuya única debilidad eran aquellos horrocruxes escondidos.

En esta ocasión no era así.

Dimas Mabroidis era un hombre cruel y ambicioso, cuyo camino se había torcido en la dirección equivocada sin que hubiera ningún arrepentimiento… Pero era un hombre, al fin y al cabo. Un hombre con alma… Y con debilidades.

—Parece que tenemos un punto dónde atacar —dijo Draco, seguramente pensando lo mismo que Harry.

—Y si hacemos que Mabroidis caiga, esos bastardos que lo siguen caerán también —dijo James—. Ni siquiera entiendo por qué lo ayudan.

—No lo ayudan a él, ayudan a Lodge —dijo Rachel Carter. Draco asintió.

—Todos quieren lo mismo que él: ser reconocidos y recuperar el poder que tenían antes de que los… —sonrió—. "Héroes de guerra" dominaran el mundo mágico. Ni siquiera creo que su lealtad esté del todo con ellos. Si saben ya sobre el Aurea Pergamena, van a intentar obtenerlo para su propio beneficio —se movió de su lugar, cojeando. La herida que le habían hecho en la mansión de Vivian aun no parecía cicatrizar y para caminar, Draco debía usar un bastón muy parecido al de Lucius Malfoy—. Por supuesto ninguno de ellos podrá hacerlo, ¿verdad?

—¿De qué habla? —preguntó Fred.

Draco dibujó una mueca curiosa.

—¿Por qué estamos aquí en primer lugar? —preguntó—. Según recuerdo, este asunto comenzó únicamente como una búsqueda.

—Albus y Rose —respondió James de inmediato. Carraspeó—. Y su hijo también. Los estamos buscando. Ellos se involucraron en esto y…

—Sí. Se involucraron en esto. Por supuesto.

—Déjate de tonterías, Malfoy —dijo Ron de mal humor—. Habla claro.

Draco alzó las cejas. Estaba sonriendo, pero no parecía divertirse. Observó a todos los presentes lentamente y luego, detuvo su mirada en Harry.

—Mabroidis ha pasado su vida tratando de entender y utilizar el Aurea Pergamena —dijo—. Lodge se unió a él. Ambos pasaron años buscándolo sin obtener nada. Absolutamente nada. Un buen día, de la nada, Mabroidis encuentra una nota donde dice que el objeto para controlar el Aurea Pergamena es, efectivamente, una daga y que está en Hogwarts. Justo ese año, en el colegio solicitan un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, un trabajo que Lodge es capaz de hacer a la perfección —chasqueó la lengua—. Conveniente, ¿no es así?

—No entiendo —admitió Fred.

—Él lo dijo, Mabroidis, en los recuerdos: El destino —Draco volvió a caminar por el despacho, haciendo sonar el bastón con cada paso—. Él y Lodge tenían que estar en Hogwarts en ese preciso momento. No fue una casualidad que encontraran la nota, ni tampoco que pudieran entrar al colegio tan fácilmente. Todos los hechos se acomodaron para llegar a ese instante. Todo para que el designado por Merlín pudiera encontrar la daga e iniciar la búsqueda de los pergaminos. Era, ¿cómo decirlo? Un designio. Mabroidis creía que era para él… Pero yo no lo pienso así.

Y entonces, Harry comprendió.

—Albus —dijo apenas.

Draco asintió.

—El único merecedor de la magia de Merlín.

El despecho se quedó en silencio por unos segundos.

Y luego James se rio.

—¿Qué? —preguntó y volteó a verlos a todos, esperando a que alguien más riera con él—. ¿Es en serio? —la sonrisa desapareció de sus labios cuando notó que nadie más parecía divertirse con la idea—. ¿Están tratando de decirme que hace más de mil años a Merlín se le ocurrió la fantástica idea de escoger a Albus como candidato para controlar toda su magia? —abrió los ojos como platos—. ¿Albus? ¿Nuestro Albus?

—Si estamos asumiendo que la historia del Aurea Pergamena es cierta, también debemos asumir que hay alguien designado para encontrar y controlar esos pergaminos —dijo Rachel Carter—. Y esa noche en el Bosque Prohibido, Potter fue quien tocó la daga.

—Por accidente —respondió James.

—O no —dijo Fred, pensativo—. Quizás… Tal vez así tenía que ser.

—Dante lo dijo —comentó Alice—. Él no creía que Dimas mereciera los pergaminos. Dijo que si realmente había un "elegido", no era él.

—Y, después de todo, ya ha encontrado varias piezas, ¿no es así? —dijo Draco, ignorando los ligeros bufidos de incredulidad que seguían escapando de la boca de James—. No habría podido hacerlo si no fuera él. Va a terminar por encontrarlas todas. Así debe ser. Y cuando lo haga… —el tono de su voz cambió de repente. Más serio, más grave. Volvió a mirar a Harry—. ¿Qué es lo que tu hijo va a hacer cuando encuentre todo el Aurea Pergamena, Potter?

—Volver, ¿qué más? —preguntó Ron bruscamente—. Cuando Albus encuentre esas malditas cosas va a volver aquí para hallar la manera de destruirlas. Sabe que sólo así Dimas y Lodge lo dejaran en paz.

Pero Harry correspondió a la mirada de Draco y algo helado se coló en su pecho.

Sabía que Albus no quería ser encontrado. Por su familia. Porque quería protegerlos, porque creía que todos correrían peligro si él estaba cerca. Por los secretos. Por aquella terrible noche en ese mismo despacho, por todos los rencores ocultos que finalmente habían explotado… Habían pasado cerca de cinco meses. Cinco largos meses en los que Albus había logrado ocultarse lejos, muy lejos de casa. Durante todo ese tiempo, Harry no había pensado en otra cosa más que en encontrarlo y en hacerle ver que nada, ni el peligro, ni los rencores, importaban ya… Nada importaba mientras él regresara. Y había estado tan ocupado pensando en eso que nunca, ni por un instante, se había preocupado por lo que un objeto como el Aurea Pergamena podría estarle haciendo a la mente de su hijo.

Pero Albus no era como Dimas Mabroidis.

A pesar de las semejanzas, del talento. A pesar de que ambos habían buscado un poder negado, una oportunidad manifestada en esos pergaminos dorados. Incluso a pesar de que ambos habían sido decepcionados por un padre que jamás, jamás debió fallar… No. Harry sabía que Albus encontraría los pergaminos y regresaría. Él volvería, cuanto antes, él resistiría cualquier tipo de magia, cualquier poder… Él…

"¡Toda mi vida he sido comparado contigo! Me enferma. Soy más, soy mucho más que el hijo del Elegido".

La puerta del despacho se abrió en ese momento.

Ginny entró, muy tensa y muy enfadada. Cargaba un pesado maletín con una mano y con la otra trataba de soltarse las pinzas que le sujetaban el cabello.

—Nada —informó con voz crispada—. Estamos bien. Los reporteros sólo consiguieron la versión oficial: El prisionero desconocido falleció luego de que los aurores atacaran en defensa propia. Al menos por ahora, nadie se ha enterado de que entraste ilegalmente a Azkaban.

—¿Y entonces por qué luces como si estuvieras a punto de asesinar a alguien? —preguntó Fred.

—Por esto —dijo y sacó del maletín un ejemplar de El Profeta—. Salió esta mañana. Página cuatro.

James tomó el periódico. A la mitad de la página que Ginny había indicado, estaba impresa una fotografía de la familia Potter y Weasley, todos vestidos de gala en la boda de Teddy y Victoire.

—"La Tragedia de los Héroes" —leyó el muchacho—. "Por Rita Skeeter".

—Lo que faltaba. Maldito insecto —masculló Ron mientras leía por sobre el hombro de su sobrino.

—¿Y ahora qué? —preguntó Fred con fastidio—. ¿Uno de nosotros está contagiando a Londres de spattergroit otra vez? ¿Vieron a Louis paseando por las calles en compañía de una sirena? ¿O esta vez fue una banshee?

—Nada tan estrafalario —respondió Ginny—. Básicamente Skeeter se dedicó a hacer un resumen de los últimos acontecimientos. A su estilo, claro —soltó un bufido—. Hablé con el editor ya, pero él piensa que "la gente necesita una nueva perspectiva de lo que está pasando" y que no debo de "dejarme llevar sólo porque el artículo involucra a mi familia".

—No iba a mantenerse al margen por mucho tiempo —comentó Harry—. Estaba en San Mungo el día del incidente en el ministerio. Sólo era cuestión de tiempo.

—Hermione va a enloquecer —Ron torció la boca.

—En este momento tenemos cosas más importantes de que preocuparnos —determinó Rachel Carter y Harry asintió.

—Ve con Hermione —le dijo a Ron—. Kingsley tiene que ayudarnos. Tenemos que ir por Savage cuanto antes —volteó a ver a Draco—. Vuelve a la casa de seguridad. Te mantendremos informado.

—Nosotros iremos con los demás para decirles lo que vimos en el pensadero —dijo Fred—. Tal vez entre todos podamos entender mejor a esos lunáticos y averiguar dónde están.

—Hay que reunirlos en tu departamento —ordenó James—. Desde ahí le enviaré una carta a Lily.

Todos asintieron y comenzaron a dispersarse, todavía preocupados, pero bastante decididos a continuar con su camino. James se dirigió al perchero para tomar su chaqueta, donde estaba también Rachel Carter, colocándose un par de guantes negros sobre las manos.

—Entonces, eso fue —comentó él, como si no quisiera darle importancia. Ella arqueó las cejas—. El error que cometiste. Dijiste que le debías un favor a mi papá y por eso antes no quisiste decirnos lo que estaba pasando.

Rachel no respondió.

—Era… —Alice se acercó y suavizó su voz—. Él era tu tutor, ¿no? Cornelius Savage.

—Así es.

—Ambos desobedecieron las órdenes y entraron a esas ruinas en Grecia —comentó James—. Por eso fue que…

—Por eso lo asesinaron —concluyó Rachel terminando de ponerse los guantes. Su rostro lucía igual de serio que de costumbre, pero su voz parecía ligeramente más tensa.

— En verdad lo siento —dijo Alice—. Debió ser bastante duro para ti.

La muchacha se encogió de hombros y caminó hasta la puerta con la cabeza alzada.

—Cuando eres auror no puedes darte el lujo de cometer esa clase de errores —dijo.

—Ser valiente no es un error.

No fue James quien dijo aquello. Tampoco Alice. Rachel Carter detuvo su camino hacia la puerta y volteó a ver a Fred, que seguía desparramado en el sofá, jugando distraídamente con su varita. Cuando el muchacho se dio cuenta de que su comentario había sido escuchado y de que todos estaban observándolo, se levantó con torpeza.

—Yo… —dijo, un poco atolondrado—. Yo no creo que haya… Bueno, es que en el recuerdo fuiste a ayudarlo… Ayudaste a Savage y eso… Creo que eso fue muy valiente.

La cara de Rachel Carter perdió todo rastro de impasibilidad, para dar paso a un entrecejo fruncido y una boca apretada. Con brusquedad y pasos imponentes, se acercó a Fred.

—La orden era no entrar a las ruinas —dijo y el muchacho tragó—. Savage desobedeció y yo decidí acompañarlo, en vez de tratar de detenerlo. Por eso lo asesinaron.

—Lo asesinaron porque su hijo es un lunático —murmuró Fred.

—¿Te parece divertido?

—No, yo… —intentó explicarse. Parecía estar esforzándose por no soltar ninguna broma—. Me refiero a que quisiste ayudar a tu tutor. Te pareció más importante acompañarlo que acatar una orden, aunque no sabías a lo que se iban a enfrentar. No creo que eso… No creo que haya sido un error.

La cara de Rachel seguía contorsionada, pero después de escuchar a Fred, su boca no se abrió. Lo miró a la cara y él no apartó la vista. Finalmente, luego de unos tensos segundos de silencio, se dio la vuelta y atravesó el despacho. La puerta sonó fuerte contra el marco cuando ella salió.

—Tienes toda la razón, Freddy —comentó James tras un silbido—. Esa mujer te ama.

—Fue difícil para ella —les explicó Harry acercándose—. Hubo un juicio. Algunas personas en el cuartel querían retirarle todos sus derechos para ejercer como auror, por haber desobedecido la orden.

—¿Sólo por…?

—Murió una persona, James —dijo Alice severamente. Harry asintió.

—Y tú interferiste —completó Fred.

—No me parecía una sentencia justa. Lo de Savage no fue su culpa. Aunque en realidad, no pude hacer mucho —explicó Harry—. Sólo le permitieron quedarse a dar clases en la Academia de Aurores. No creo que le guste demasiado, pero es un buen elemento.

—Sí, Fred también lo piensa.

—Cállate, James.


Irlanda ya no era un lugar seguro para quedarse.

Después de sacar la parte del Aurea Pergamena escondida en la tumba de la reina Maeve, Albus, Rose y Scorpius decidieron que lo mejor era abandonar el condado de Sligo; después de todo, Dimas y Lodge todavía podían estar por ahí y no estaba en sus planes tener otro encuentro fatídico con ellos.

—Necesitamos estar cerca de algún poblado mágico mientras averiguamos dónde están los siguientes pergaminos —había dicho Rose—. Nadie debe reconocernos, pero no podemos seguir avanzando a ciegas y si sólo vagamos sin rumbo en comunidades donde no hay nada de magia…

—No lograremos nada —había respondido Albus.

Así que los tres terminaron montando la tienda en una de las montañas que rodeaba Hogsmeade.

Durante el camino y el primer día en el nuevo refugio, Albus permaneció más callado de lo usual. No había hablado realmente con ninguno de sus amigos desde que los había escuchado la otra noche, discutiendo sobre si él podría o no resistirse a la magia de Merlín. Rose y Scorpius no se mostraban muy tranquilos ante su agravada seriedad, pero parecían querer darle su espacio, así que lo dejaban estar solo por largos ratos. Albus aprovechaba esos momentos de inusual tranquilidad para intentar pensar en otra cosa que no fuera el Aurea Pergamena. Con las nuevas hojas y la daga cerca (ambas guardadas en la mochila de Rose), el calor ya no parecía desaparecer de su interior y Albus trataba de controlarse, de mantener la calma. Todavía podía escuchar con claridad las palabras de su prima: Él era el nuevo recipiente de la magia de Merlín. Y para que ésta entrara, él tenía que dejarla. Y si lo hacía…

No, no, no.

Trataba de ocupar su mente en otros pensamientos. En ese momento, por ejemplo, se encontraba afuera de la tienda, observando el pueblo de Hogsmeade desde las alturas. Alcanzaba a ver a la perfección los techos blancos por la nieve y las callecillas torcidas por donde muchas veces se había paseado cuando era estudiante. En el horizonte, a lo lejos, el castillo de Hogwarts se alzaba imponente y hermoso, y Albus sintió una punzada de fría nostalgia cuando los recuerdos comenzaron a invadir su cabeza.

Él nunca había amado Hogwarts tanto como su familia. Su tiempo en el colegio lo recordaba como una época de conflictos y tensiones, donde constantemente era señalado por ser el único Potter en la casa de Slytherin y donde trataba, con todas sus fuerzas, de sobresalir en algo que su padre no hubiera hecho ya. En ese entonces, Albus había creído que lo mejor que podía pasarle era salir del castillo, convertirse en auror y escapar de un apellido que constantemente lo ensombrecía…

Ojalá las cosas hubieran sido así de fáciles.

No quería regresar a la tienda, porque sabía que en cuanto lo hiciera, su mente estaría completamente ocupada por el Aurea Pergamena. Sin embargo, quedarse ahí, pensando en todo lo que había perdido… Pensando en su padre…

Albus se levantó bruscamente del suelo e ingresó a su nuevo refugio. Dentro, Rose preparaba chocolate caliente y Scorpius la observaba, recostado en el sofá, sonriendo por algo que probablemente acababan de comentar.

—…y de todos modos —decía ella mientras hacía levitar tres tacitas para llenarlas con el chocolate—. ¿Cómo es que conoces este lado de las montañas? Es un paseo largo de aquí a Hogsmeade.

—Antes de que pudiera ir a Hogwarts, papá me traía al pueblo todo el tiempo —respondió Scorpius. Albus cerró la puerta de la tienda y su mirada rápidamente se desvió hacia la mochila de su prima, descansando junto a la mesa—. Me gustaba, pero muchas veces intenté escaparme. En una ocasión llegué hasta acá —se rio—. Casi lo enloquezco. No me dejó volver a Honeydukes por tres meses.

—Intentaste escapar varias veces cuando eras niño —comentó Rose arqueando las cejas, seguramente recordando todos los lugares lejanos que habían sido capaces de visitar gracias al muchacho. Él se encogió de hombros.

—Familia difícil, viajes para alejarse de Inglaterra y una rebeldía innata. Creo que no es una buena fórmula para tener una infancia tranquila.

—Pues gracias a eso hemos llegado hasta aquí.

Rose alzó su varita para guiar las tres tazas hacia las manos de cada uno. Albus recibió la suya cuando se sentó en el suelo y observó que Scorpius, sonriendo más ampliamente que antes, tomaba la propia con torpeza, derramando un poco de líquido caliente sobre su chaqueta.

—Qué bueno que entraste ya —le dijo Rose a Albus, tomando asiento junto a él—. Estaba diciéndole a Scorpius que tal vez haya otra manera de averiguar dónde está la siguiente pieza del Aurea Pergamena. Hemos estado buscando a los magos antiguos que pudieron relacionarse con Merlín, ¿no es así? Pero son demasiados. Me parece que sólo perdemos el tiempo.

—¿Y entonces qué…?

—Debemos dejar de buscar a quiénes y empezar por el dónde —Albus la miró sin comprender—. Hasta ahora, sólo hemos encontrado las piezas que alguien más había escondido: Las del Castel Nuovo las ocultó el rey Alfonso V de Aragón, y las de la tumba de la reina Maeve, las escondió ella —se explicó—. Pero ellos tuvieron que encontrarlas en otro sitio antes. Cuando fuimos a las cuevas en Puzzlewood, les dije que había señales de magia, como de una explosión. Es porque ahí cayó una de las piezas del Aurea Pergamena cuando Merlín lo dividió. Y ahí lo encontró la reina Maeve.

—Entonces, si podemos averiguar otros lugares donde haya sucedido algo parecido, una explosión de magia —dijo Scorpius—, podemos tener una idea de dónde cayeron los demás trozos del Aurea Pergamena.

—Y quién pudo haberlos encontrado, si es que alguien lo hizo.

—Está muy bien, pero… —Scorpius torció la boca—. Aun así, puede haber cientos de lugares que…

—Lo sé, pero hay un libro: "Los vestigios del poder". Habla sobre lo que sucede con la magia que se "escapa", por alguna razón, magia que es liberada y cae en algún sitio, y también sobre los lugares dónde han sucedido cosas así. Estoy segura de que podríamos encontrar algo útil —Rose bufó—. El problema es que no he traído ese libro conmigo.

—¿Empacaste toda una biblioteca en tu mochila y olvidaste justo el libro que nos hace falta? —preguntó Scorpius torciendo una sonrisa.

—Iba a hacerlo, pero había olvidado que se lo presté a Ned antes de entrar al Programa. Jamás me lo devolvió.

—Oh, Goldstein —masculló Scorpius y le dio un sorbo a su chocolate. A pesar de que olía bastante dulce, hizo una mueca, como si hubiera probado algo amargo.

—Y obviamente, después de borrar sus recuerdos en ese baile de máscaras, no va a ser prudente enviarle una lechuza para pedírselo —dijo Rose—. Creo, incluso, que sería más fácil ir a la librería de Hogsmeade a comprar otro ejemplar.

—¿Y qué estamos esperando, entonces? Hay que pasar a Honeydukes por unas meigas fritas, ¿sí?

—Tenemos que planearlo bien —dijo Rose suprimiendo una sonrisa—. Nadie debe vernos. Creo que podríamos usar lo que queda la poción multijugos, pero no sé si sea suficiente para los tres.

—No tenemos que ir todos —dijo Scorpius y se terminó de un trago su bebida—. Puedo ir y venir antes de que oscurezca.

—¿Qué? No —la muchacha negó con la cabeza—. No puedes ir solo, es peligroso.

—Tienes razón. Dicen que los de tercero en Hogwarts ya no son tan tranquilos como antes.

—Sabes de lo que hablo —Rose frunció el ceño—. Aun con la poción multijugos…

—Será rápido, lo prometo —Scorpius se levantó del sofá y se ajustó el cierre de la chaqueta—. Llegó, le robo un cabello a alguien, compro el libro y aprovecho para traerte una rana de chocolate.

Esa discusión duró aproximadamente una hora más, sin embargo, Rose no pudo encontrar ninguna excusa coherente para que el muchacho se quedara en la tienda y ninguno de los dos pareció muy conforme cuando Albus se ofreció a ir él solo por el libro; así que, entre miradas tensas y ceños fruncidos, Scorpius finalmente se guardó lo que quedaba de la poción multijugos y se dirigió al pueblo.

—Seguro está bien —repitió Rose por décima vez, cuando ya habían pasado cuarenta minutos desde la partida del muchacho. Parecía que no le estaba hablando a Albus, sino a sí misma—. Casi anochece. No va a haber mucha gente a esta hora en Hogsmeade y no hay posibilidad de que Dimas y Lodge estén por aquí.

Albus asintió, sin prestarle mucha atención a su prima. Había sacado el viejo pergamino firmado por G.G., no con la esperanza de encontrar algo nuevo, sino para intentar distraer su mente del calor que lo llamaba desde la mochila de Rose. Vivian conocía muy bien lo que provocaba el amor… Bla, bla, bla… Merlín renunció a la magia, a su poder y lo encerró todo en el libro… Bla, bla, bla… El amor y el poder no pueden mezclarse… Albus ya conocía el texto de memoria.

—¿Está todo bien? —preguntó Rose sentándose a su lado. Él se encogió de hombros. Su prima lo miró, dudosa—. Es… Hum… ¿Lo estás sintiendo ahora, Al? ¿El Aurea Pergamena? ¿Es por eso que has estado tan callado?

—No —mintió.

—Puedo guardarlo en otro lado, si quieres, o intentar con hechizos de ocultamiento —sugirió—. Tal vez así dejes de…

—Estoy bien —volvió a mentir.

—Es sólo que… Bueno, has estado algo distante desde que dejamos la tumba de la reina, y Scorpius y yo estamos…

—¿Las partes del Aurea Pergamena pudieron caer en cualquier parte del mundo? —la interrumpió Albus bruscamente. Rose frunció ligeramente el ceño, pero no dijo nada cuando él le acercó el pergamino de G.G. —. Por lo que dice aquí: "…hechizó su libro para que éste se dividiera en varias partes que serían escondidas por el mundo. Sin embargo, aunque algún mago poderoso o la mismísima Vivian pudiera encontrar las hojas del Aurea Pergamena, no sería capaz de utilizarlas".

—Sí, supongo que sí —dijo Rose—. Tiene que ver con lo que trataba de explicarles hace unos días, sobre la magia física.

—Pero dijiste que Merlín fue uno de los primeros magos en experimentar con la magia moderna, con los hechizos que hacemos hoy en día.

—Aun así, puedo asegurarte que en el Aurea Pergamena hay hechizos que sólo pueden utilizarse por medio de rituales —explicó—. Cosas físicas. Así era en el pasado. Como en la historia de Dánae, la Gorda.

Albus arqueó las cejas.

—Dánae, la Gorda —repitió Rose rodando los ojos—. Una bruja antigua. Quería vengarse de su esposo por haberla engañado, así que preparó un ritual para convertirlo en una cabra, sin la posibilidad de que pudiera regresar a la normalidad. Se dice que su hechizo, su ritual, sólo sería efectivo si llenaba una botella con leche de cabra, pero su esposo pudo librarse de la condena simplemente vaciándola.

—¿Qué?

—La leche era un elemento físico crucial a la hora de realizar su magia —Rose se encogió de hombros—. Al no tenerlo, no funcionó. Así era como operaba la magia antigua en algunas ocasiones. Como lo que hacía Lodge cuando lo encontramos aquella noche en el Bosque Prohibido. Dibujó el símbolo del Aurea Pergamena en la tierra y puso la daga en el centro. Su ritual funcionaba así. Él debía tocar la daga para obtener la magia de Merlín, pero…

—Yo la toqué antes —murmuró Albus.

—Y con eso arruinaste su ritual, sí.

—¿Y en el Aurea Pergamena hay esa clase de rituales? —preguntó Albus y clavó los ojos en la mochila de su prima. Rose se mordió el labio.

—Sí… Yo creo que sí —sacudió la cabeza, como queriendo restarle importancia—. Pero como no conocemos el lenguaje en el que están escritos los conjuros y no sabemos para qué son, es imposible estar seguros.

Albus asintió. Volvió la vista hacia el pergamino de G.G. Su prima estaba equivocada. Él podía saber de qué iban los conjuros si los leía en voz alta. Él podía hacer que funcionaran. Él, Albus, ya había utilizado uno para curar sus heridas antes. Calor, calor, calor. Él podía volver a hacerlo si tan sólo…

—Albus —dijo Rose cuidadosamente. Volteó a verla y sabía que su mirada era fuego. Lo sentía, adentro, no quería y sin embargo…

—¿Me extrañaron?

Scorpius abrió la puerta de la tienda, cargando dos bolsas de papel entre los brazos. Tenía ya su apariencia normal, pero el cabello se le notaba un poco oscuro, por los efectos de la poción multijugos.

—¿Todo en orden? —le preguntó Rose levantándose en su dirección. Scorpius asintió.

—Te dije que sería fácil —le entregó una de las bolsas y de la otra (que despedía un fuerte olor a golosinas) sacó una rana de chocolate—. Incluso creo que podríamos habernos ahorrado la poción. Nadie se fijó en mí.

—No podíamos arriesgarnos a que alguien te reconociera —dijo Rose y sonrió cuando él le dio el dulce—. Los antiguos mortífagos que están ayudando a Dimas y a Lodge pueden estar en cualquier lado y ellos saben quién eres.

—Ah, yo no sería una pérdida tan grande como alguno de ustedes —dijo él haciendo un gesto despreocupado con la mano. Torció una sonrisa, pero ésta desapareció en cuanto Rose frunció el ceño.

—No vuelvas a decir algo así.

—Yo… no… —dijo él confundido por el brusco cambio de tono—. Sólo estaba bromeando.

—Pues no lo hagas.

Se dio la vuelta y se sentó en una silla apartada. Dejó su rana de chocolate a un lado y sacó de la bolsa el libro "Los vestigios del poder", junto con un ejemplar de El Profeta.

—Oh, sí —dijo Scorpius—. Venía con el libro.

Como Rose no contestó, Scorpius se quedó un rato de pie, jugando con sus pulgares. Finalmente, carraspeó y se dirigió al sofá, a un lado de Albus.

—Parece que siempre termino arruinándolo, ¿no? —murmuró mientras tomaba asiento. Sacó de la bolsa que olía a golosinas un paquete de meigas fritas y lo extendió hacia Albus. Él negó con la cabeza, todavía observando el pergamino de G.G. —. ¿Algo nuevo?

—No.

—Creo que lo único que quería ese tipo, sea quien sea, era pasar el chisme sobre el Aurea Pergamena y confundir a todos —Scorpius sonrió, pero Albus no correspondió a su gesto. Volvió a carraspear—. ¿Estás bien, Al?

Y Albus volvió a mentir.

—Sí.

—Claro —dijo él. Lo miró, dudoso, tal como Rose lo había hecho unos minutos antes—. Al, ¿recuerdas…? ¿Recuerdas el día que fuimos a ese estúpido baile de máscaras? —se removió incómodo en su lugar.

—Sí.

—Ese día te pregunté qué haríamos con el Aurea Pergamena si lográbamos encontrarlo todo. Y tú dijiste que ya habría tiempo de preocuparnos por eso.

Albus no contestó.

—Creo… —continuó el muchacho—. Si dices que sólo nos falta una parte, además de la que tienen Dimas y Lodge… Yo creo que tal vez es el momento para preocuparnos por lo que haremos cuando las encontremos, ¿no?

Albus sacó la vista del texto para observar a su amigo.

A pesar de que Scorpius ponía mucho empeño en fingirse tranquilo, cuando Albus lo miró, no pudo evitar que en su rostro se dibujara una ligera mueca de preocupación. La vista de Albus ya no era fuego, no. Era hielo. Hielo que decía no, pero que no se atrevía a hablar.

Antes, cuando recién se había ido del Valle de Godric, no pensaba que volver con el Aurea Pergamena para entregárselo a su padre fuera una buena idea… Ahora, después de tanto, la idea le parecía impensable. En su cabeza apareció de pronto una imagen horrible, su boggart, materializándose frente a él: su padre sonriendo, sosteniendo el Aurea Pergamena y la daga y tú no los mereces, Albus.

—Al, yo creo que…

—Oh, no.

Cualquier otro pensamiento que pudiera cruzar sus mentes en ese momento, fue interrumpido por la voz de Rose.

Su tono no había sonado igual a un grito desesperado, ni a un lamento de horror. Era apenas un susurro, quedo e insignificante. Un soplo en medio de la tienda que, de alguna manera, logró helarles la sangre en cuanto lo escucharon. Albus no estuvo seguro de por qué, hasta que se levantó junto con Scorpius y observó la página de El Profeta que su prima tenía desplegada.

—No, no, no… —siguió murmurando ella, con la vista fija en el papel amarillento.

—"La Tragedia de los Héroes"—leyó Scorpius frunciendo el ceño—. ¿Qué demonios…?

Albus se vio a sí mismo en la fotografía principal, rodeado por toda su familia, sonrientes, felices, abrazando a Teddy y a Victoire el día de su boda. Debajo, un artículo ocupaba las siguientes dos páginas:

"La Tragedia de los Héroes"

Por Rita Skeeter

Hace veintisiete años nos acostumbraron a los secretos.

La guerra y todo lo que implicó se llevó consigo muchos misterios que, hasta el día de hoy, todavía no podemos develar. Claro, todos conocemos a grandes rasgos la historia del pobre niño huérfano que terminó convirtiéndose en el salvador del mundo mágico: Harry James Potter. Pero, ¿podríamos afirmar que sabemos cada detalle, cada fragmento, cada parte nebulosa de la leyenda?

Por supuesto que no.

Las autoridades de ese entonces, el Gran Elegido y todos a quienes hoy llamamos "los héroes de guerra" decidieron que la paz que nos habían otorgado era un alivio suficiente y que no necesitábamos conocer más allá de la versión oficial para vivir tranquilos… Y seguramente se preguntaran por qué, luego de tanto tiempo, esta reportera decide tocar el tema.

Pues bien, me explicaré.

Hoy, queridos lectores, me presento ante ustedes como una ciudadana angustiada, que teme que el terror de las anteriores batallas se repita una vez más. La paz de la que creíamos disfrutar ya no existe y los recientes acontecimientos son la prueba de ello.

Todo inició con un asesinato a muggles. Luego, familias enteras que antes habían sido relacionadas con mortífagos desaparecieron del país (a pesar de que siempre nos han asegurado que ninguno de ellos puede abandonar Gran Bretaña sin pasar por severos permisos). Sin embargo, ninguno de estos sucesos pareció importarle demasiado al Ministerio de Magia… Hasta que ocurrió algo que marcó la diferencia: La primera fuga en Azkaban desde la guerra.

Benjamin Lodge, condenado por un incidente ocurrido en Hogwarts hace ya bastante tiempo, escapó de la prisión "más segura" y desde entonces, el mundo mágico ha sido víctima de diversos ataques.

Lo más lógico aquí es que las autoridades le dieran prioridad a la seguridad de los ciudadanos, pero nuestro querido héroe, jefe del Cuartel de Aurores, Harry Potter, guiado por su afán de protagonismo, asumió que el objetivo de un criminal peligroso como Lodge no era dañar a la comunidad mágica, sino atacar a su hijo: Albus Severus Potter (¿no es encantadora la combinación de estos dos nombres?).

Aspirante a auror, poco menos conocido que sus hermanos y el primero en su familia en ser sorteado en la casa de Slytherin, durante su niñez, el joven Albus se vio involucrado en el suceso que llevó a Lodge a prisión. Su angustiado padre concluyó que ésta era una razón suficiente para que el criminal buscara venganza y decidió hacer uso de todas sus influencias para ocultar a su hijo en un lugar seguro, lejos del peligro. Las víctimas en la Academia de Aurores y en el andén 9 ¾ (los lugares atacados hasta ese momento) importaban muy poco, pues Albus ya estaba sano y salvo bajo la protección de su apellido.

Pero las agresiones no se detuvieron, por supuesto.

Roger Knoffler, veterano profesor en el Programa Nacional de Investigación Histórica de la Magia, fue asesinado. Semanas después, la mansión de la familia Fawley quedó reducida a cenizas luego de un atentado.

¿Pero alguno de estos sucesos fue prioridad para el Cuartel de Aurores? No. Pues su jefe estaba más preocupado por el supuesto peligro al que se vio expuesto su primogénito.

James Sirius Potter, miembro del equipo de quidditch Puddlemere United (puesto que, se rumora, no mantiene gracias a su disciplina y habilidades) fue agredido en un entrenamiento junto a otra heredera de los "héroes de guerra", Alice Longbottom. Ambos jóvenes (quienes mantienen una relación amorosa a pesar de los constantes rumores sobre la galantería del señor Potter para con sus compañeras de equipo) fueron sometidos a la maldición cruciatus durante varias horas.

Días después, la señorita Molly Weasley corrió con la misma suerte. Menos agraciada que el resto de sus primas y recién aceptada como sanadora en el Hospital San Mungo, la pobre muchacha fue víctima de un ataque que le dejó una profunda cicatriz en la clavícula, la cual no consigue disimular a pesar de sus esfuerzos por usar pañoletas.

Pero ninguno de estos sucesos fue tan terrible como el que, puedo afirmar, es uno de los más trágicos e inesperados ataques en la historia de nuestra comunidad.

Estoy hablando, por supuesto, del cruel atentado al Ministerio de Magia.

A todos nos cuesta aceptar que la situación actual haya alcanzado tal magnitud, pero el Departamento de Aplicación a la Ley Mágica quedó casi completamente destruido a base de semillas explosivas de Tentácula venenosa. ¿Alguien consiguió infiltrarse? ¿Acaso Benjamin Lodge está atacando al azar? ¿En realidad fue él? ¿Los antiguos mortífagos desaparecidos están involucrados? Por supuesto, ninguna de estas preguntas fue contestada por los miembros del ministerio, expertos en el arte del silencio.

Los heridos fueron trece en su totalidad. Pero al parecer, a las autoridades sólo les preocuparon dos.

La primera no necesita presentación: Una de las tres partes que compone a nuestro queridísimo "Trío Dorado", la heroína que logró sobresalir a pesar de sus evidentes limitaciones y poco tacto diplomático, la siguiente ministra de magia (de acuerdo con algunas opiniones poco fiables): Hermione Weasley. Me complace decir, por supuesto, que sus heridas fueron superficiales y que actualmente se encuentra de nuevo ensimismada en reformas de leyes que ella considera importantes, a pesar de ser banales para el resto del mundo.

La segunda, por otro lado, no corrió con tanta suerte.

Victorie Lupin (hasta el año pasado, Weasley), estuvo demasiado cerca del veneno explosivo y, hasta la fecha, sigue internada en el Hospital San Mungo. Los sanadores indican que pronto podrá recuperarse del daño causado por la explosión, sin embargo, me parece que a la señora Lupin le será más difícil superar lo que el cruel ataque le arrebató… Y es que la familia más importante del mundo mágico acaba de perder a quien sería el primer heredero de una nueva generación de héroes.

Cansadas de que las autoridades se preocuparan únicamente por la seguridad de los "más afectados" (se sabe que Harry Potter ha utilizado a los aurores como guardaespaldas personales de su familia), algunas personas dentro del ministerio decidieron tomar cartas en el asunto.

Miranda Savage (conocida y admirada por reestablecer la Comisión de Registro de Hijos de Muggles) encabezó una iniciativa para solucionar lo que, hasta el momento, los encargados de la seguridad en el mundo mágico no pudieron. Así, luego de una junta administrativa se tomó, por unanimidad, la decisión de destituir al señor Harry Potter como jefe del Cuartel de Aurores.

Ahora parece lejano el final feliz de la leyenda que solíamos escuchar. La vida de Harry Potter y de los "héroes de guerra", antes mágica y envidiable, se ha convertido en una verdadera tragedia. Es lamentable, de verdad… Pero, ¿realmente tendríamos que preocuparnos por eso? ¿En serio debemos seguirle dando importancia a los protagonistas de siempre?

Si ellos y sus herederos han sido protegidos con innumerables recursos y aun así han sido atacados por estas nuevas amenazas… ¿Qué nos espera a quienes no contamos con un noble apellido? ¿A qué seguridad podemos aspirar nosotros, los que no somos descendientes de una casta tan importante?

Hoy corremos peligro, queridos lectores, pero no podemos hacer nada.

Nada salvo esperar.

Nada salvo volver a conformarnos con el mismo silencio al que ya nos acostumbraron hace veintisiete años.

El periódico se deslizó lentamente hacia el suelo.

—Escuchen —pidió Scorpius. Estaba rígido en su lugar, mirando a uno, luego al otro. La voz le sonaba rara, difícil—. Ellos no… No pasó…

—Los atacaron —murmuró Rose. Los labios se le habían puesto blancos.

—No, no —dijo el muchacho, angustiado—. Están bien. Su familia está bien.

—Dimas y Lodge. Fueron ellos… Es… Los atacaron…

—Están a salvo. Todos. Mira, mira lo que dice el periódico, están…

—¡Ellos atacaron a mi mamá!

Rose chilló, sus manos chocaron contra la mesa y su cuerpo tembloroso se levantó de la silla. Albus sólo recordaba haberla visto tan perdida y asustada el día que escaparon de la mansión de Vivian.

—Ellos… Ellos atacaron a mi mamá —el aire escapó de sus pulmones y sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas por demasiado tiempo—. James, Alice… Molly… Y Vicky, oh, Dios, Vicky…—se tapó la boca con una mano, pero ni siquiera eso ahogó el sonido jadeante de su garganta—. Vicky estaba… Oh, no… No puede ser…

—Mira lo que dice —insistió Scorpius—. Ellos están bien. Están a salvo. Sólo…

—¡No lo están! —gritó ella y todo el autocontrol que se había esforzado por mantener durante los últimos días, se quebró—. ¡Ellos no están bien! ¡Los atacaron! ¡Dimas y Lodge! ¡Ellos están detrás de nosotros y ahora mi familia está…! Ellos están…

Sus piernas cedieron ante su peso y su llanto se hizo más fuerte que cualquier otra palabra que pudiera pronunciar. Y ahí, en medio de la tienda, de rodillas en el suelo y abrazándose a sí misma, Rose se veía pequeñita y destruida, igual a un cristal roto que nadie se habría atrevido a tocar por miedo a cortarse… Sin embargo, Scorpius lo hizo. Inseguro y todavía muy rígido, el muchacho se inclinó al lado de Rose y extendió la mano para apoyarla sobre su hombro. Y Rose lo dejó. No se apartó cuando él la tocó y dejó que siguiera murmurando palabras de consuelo, muy cerca de su oído.

Albus los observó a ambos.

Y luego retrocedió.

James y Alice. Dos pasos hacia atrás. Molly. Uno, dos, tres más. Su tía Hermione. Una mano abriendo lentamente la puerta de tela, la otra tomando la mochila de Rose en el suelo. Vicky. La fría brisa del exterior sobre su cuello.

Albus corrió.

Hechizos, maldiciones. Imaginó a su hermano, a sus primas, a su familia entera sufriendo. Golpes, dolor. Pensó en cómo se habrían escuchado sus gritos, en sus rostros atemorizados. Los imaginó a todos y a Dimas y a Lodge frente a ellos, sin mostrar ningún arrepentimiento. Torturas, horribles lamentos. Vio sus caras, una debajo del manto negro, la otra con ojos sonrientes tras las gafas. Los vio a ambos, igual que antes, dispuestos a todo con tal de obtener el Aurea Pergamena…

No.

Su familia no había sido atacada por la magia de Merlín. Su familia había sido atacada porque lo estaban buscando a él, a Albus, porque sabían que quería encontrar las piezas del Aurea Pergamena y querían darle una razón para parar… Albus se lo había contado todo a Dimas Mabroidis, él le había dicho absolutamente todo y por eso… Por eso…

No se dio cuenta de cuánto avanzó, de cuánto corrió sujetando fuertemente la mochila de su prima. El anochecer se asomaba en el cielo y Albus sudaba. Paró sólo hasta que tropezó con una roca y sus rodillas chocaron contra el suelo pedregoso. No lo sintió. No sentía nada salvo ahogamiento, una fuerte opresión en el pecho, culpa… El vacío que tenía dentro lo había invadido por completo. Basta, basta. Sus manos temblaban. Su cabeza ardía. Su garganta quemaba otra vez. James y Alice. Molly. Su tía Hermione. Vicky. Podía verlos, de verdad, frente a él, como si hubiera estado presente mientras los torturaban. Lily en el andén 9 ¾. Rose muriendo de frío. La espalda de Scorpius chorreando en sangre. Ahí estaban, todos ellos, gritándole, suplicándole y él no podía hacer nada para salvarlos…

Nada. Nada. ¡Nada!

Gritó.

Se desgarró la garganta en gritos y el sonido pegó contra los troncos de los árboles y las paredes de la montaña. Gritó esperando que el dolor disminuyera, que el torbellino de emociones que le calaba por dentro se detuviera. Ya. Basta. Basta. Chocó sus puños contra el suelo, se raspó las manos, hizo sangrar sus nudillos. No podía. Basta. Era demasiado. James y Alice. Molly. Su tía Hermione. Vicky. Quería que todo se detuviera, quería encontrar un alto. Lily. Rose. Scorpius. Volvió a gritar, volvió a golpear. No paraba. No se detenía. Lodge. Dimas. Lizza. Todo daba vueltas y él podía verlos, a ellos y a los demás, a todos, gritando lejos de él. No podía alcanzarlos, no podía hacer nada y el dolor lo ahogaba. Basta, por favor. Quería dejar de sentir. Quería escapar y detenerlo todo. Un alivio. Sólo eso. Algo que detuviera todo lo demás. Su padre…

Albus dejó de gritar y abrió la mochila de Rose.

En cuanto sus dedos tocaron la caja de madera, el calor en su interior explotó y ardió, opacando todo lo demás. Cuando sacó la daga, las manos dejaron de temblarle. Cuando tocó los pergaminos, su garganta dejó de quemar. El camino ya estaba abierto. Él había dejado que la magia de Merlín entrara una vez. Sus heridas se habían curado. Las físicas y las que lo hacían sangrar de sufrimiento en el interior. Sus sentidos volvieron a embriagarse con el calor y él se dejó. Ya no había nada. Nada más que la sensación de sentirse dueño, poderoso, invencible. En una mano la daga. En la otra una página cualquiera. Suyo, sólo suyo. La única cosa que de verdad le había pertenecido a él, el elegido, el único que podía utilizarlo, el único merecedor de la magia de Merlín…

Albus leyó en voz altas las palabras escritas sobre los pergaminos hace miles de años. El conjuro desconocido se deslizó suavemente por sus labios y el símbolo del Aurea Pergamena, dorado, maravilloso, extraordinario, se dibujó violentamente sobre la tierra bajo él, ardiendo e iluminando todo su oscuro alrededor.

Albus conjuró una vez más, sin saber, sin entender por completo, uno de los hechizos que había en el Aurea Pergamena.

Y entonces cayó de espaldas contra el suelo.


Hola. No me maten. Gracias.

Tardé todo un embarazo en actualizar, lo siento. Han pasado muchas cosas en mi vida durante estos últimos nueve meses. Me planteé renunciar a mi trabajo, salir de mi casa, las crisis de la juventud, ya saben. Pero han pasado muchas cosas buenas las últimas semanas y la verdad es que me está yendo muy bien (¡qué importa! ¡habla del capítulo!) Jojo. Se los cuento porque quiero justificarme por haber tardado tanto.

Eeeeeen fin. Es un capítulo menos cardiaco que otros, lo sé. Pero espero que les funcione para entender mucho mejor lo que sucedió en el pasado y para entender mejor a Dimas Mabroidis. Además, nuestro nuevo trío ya se ha enterado de lo que ha estado sucediendo con su familia mientras ellos andaban por ahí, vagando y buscando el Aurea Pergamena. Quise que Rita fuera la encargada porque Rowling ya dejó claro que ella sigue metiéndose con nuestros héroes, aunque estén viejos (¿recuerdan el artículo que publicó hace unos años, donde Harry, Ron y sus hijos andaban en el mundial de quidditch?). Disfruté mucho intentando escribir como ella, espero haberlo hecho bien.

Y sí, amigos, Albus volvió a caer. Lo siento. Nah, no es verdad. El primer hechizo que leyó en voz alta curó sus heridas y en el próximo capítulo veremos de qué va este nuevo hechizo que ha leído hoy.

Y no me digan que no he dado respuestas, ya sabemos casi todo de Dimas y sabemos también qué onda con Rachel Carter. Yo sé que quieren más, y ya estamos cerca. Falta poco para que esto acabe, lo prometo.

¡Gracias por esperar y por sus comentarios! Espero que les guste :D ¡Reviews plis!