Bajo la Piel de Otros
Cuando abrió los ojos, Albus ya no estaba en la montaña que rodeaba Hogsmeade.
En cambio, un bosque profundo y espeso se alzaba a su alrededor y el amanecer se asomaba ligeramente por entre los árboles. Lo único que podía sentir era cansancio. Estaba realmente exhausto, sosteniendo apenas su peso gracias a un grueso bastón de madera.
—Sólo una parte más… —murmuró—. Una más y será todo.
Sobre sus hombros, frágiles y delgados, pesaba una larga capa. Albus la desprendió de su cuello, apartándose en el proceso una larga barba blanca. Se inclinó a duras penas en el suelo y sacó de entre sus ropas un libro con pocas páginas, blancas y llenas de letras marcadas con tinta negra.
Era el momento.
Ya había escondido todas las demás y sólo le faltaba esa parte, la última con las páginas que debía ocultar para que nadie conociera sus conjuros, para que él pudiera descansar. Al fin todo terminaría. Al fin podría deshacerse de su libro de hechizos…
Porque en ese momento, Albus no era Albus.
Era Merlín.
Y lo que tenía entre las manos era el Aurea Pergamena.
—Es hora —le dijo al viento y, tal como lo había hecho cuando se desprendió de las otras páginas, extendió sus manos al cielo y cerró los ojos.
Podía oírlo y sentirlo todo. Las ardillas correteando a lo lejos. La ligera brisa rozando las hojas de los árboles. El pasto vivo bajo sus rodillas. Las flores, el aroma del amanecer, cada ser a su alrededor. Podía sentir lo que había afuera y lo que corría también dentro de él. Cada gota de sangre, cada órgano vital, cada latido de su corazón en armonía con el exterior…
Y ahí, en medio de todo, magia.
Brotaba desde su cabeza, como diamantes que se deshacían para extenderse y recorrer con violencia cada parte de su cuerpo. Vibraba en sus venas, en su carne y le rozaba los dedos. La sentía, la vivía y sólo se concentró en eso. Magia. Su magia, nada más…
Magia que debía desaparecer.
Una sutil bruma dorada rodeó su bastón.
—Nam caritas, dabo omnibus.
Y entonces, un estruendo hizo temblar los árboles. La bruma se convirtió en una corriente. El cansancio se transformó en sufrimiento. Albus sintió cómo cada músculo, cada hueso de su cuerpo se desgarraba en fuego y que, desde lo más profundo, algo le era arrancado. Violenta, horrorosa y caóticamente. Un gritó encendió llamas en su garganta. Un resplandor inmenso escapó de sí mismo. Dolor, dolor, dolor. La magia, la terrible magia, salió de su cuerpo y se dirigió a su nuevo recipiente:
Las hojas blancas que tenía delante.
Pronto, el color blanco de los pergaminos se volvió dorado… Y su último rastro de magia quedó atrapado en lo que quedaba de su libro.
El bastón cayó al suelo con estrépito.
Tranquilidad.
Cuando el viento cesó, Albus levantó la vista y observó el sol naciente en el horizonte.
Una delgada lágrima le cruzó la mejilla.
Lo había conseguido.
Pero para alcanzar la paz entera todavía faltaba algo. Tenía que esperar a que su último conjuro hiciera efecto, para que ese maldito libro quedara escondido al fin y permaneciera así, al menos hasta que la persona que él había designado pudiera encontrarlo…
—¡No!
Un hechizo le llegó de golpe a la espalda y Albus no pudo contener un grito cuando su cuerpo colisionó contra el suelo.
—¡No! —repitió la voz y Albus se atrevió a alzar la vista. Una figura colérica avanzaba rápidamente hacia él, ataviada con una capucha negra que tapaba su rostro.
Sonrió.
El final había llegado.
—Quítate eso, por favor —pidió débilmente—. Y deja que te vea.
La figura se detuvo y dudó, pero luego de unos segundos, se quitó la capucha del rostro. Albus soltó un suspiro que había estado conteniendo sin darse cuenta.
La mujer llevaba el cabello suelto, con las hebras doradas dispersas. Su rostro, hermoso y joven, lucía sudoroso, sonrojado. Había estado corriendo. Lo había buscado sin descanso, seguramente, dispuesta a detenerlo. Albus esbozó otra sonrisa cuando la vio continuar su camino hacia él, decidida y más bella que nunca.
—Vivian —dijo y pronunciar ese nombre, luego de tanto tiempo, fue más terrible de lo que había creído.
—Merlín —su pequeña mano se movió deprisa y apuntó con su varita directamente al pecho de Albus—. El libro
—Llegas tarde, amor mío. Muy tarde.
—Merlín —rechinó los dientes—. No quiero lastimarte. Dame el libro.
—Ojalá fuera tan simple —los ojos de Albus se desviaron a los pergaminos que habían quedado en el suelo. Apenas un ligero fajo de hojas doradas, insignificante y delgado—. Es la última parte. Se acabó, Vivian.
Su cuerpo se convulsionó en un arrebato de dolor, que únicamente se detuvo hasta que la mujer bajó su varita.
—¿Dónde está el resto? —preguntó, rabiosa, preciosa.
—No importa —dijo Albus recuperando la respiración—. No podrás encontrarlo —hizo un esfuerzo por enfocar la vista en ella. Quería verla, así, cerca de él—. Aunque lo intentes, tú no… No podrás… No es para ti, mi amor…
Vivian volvió a alzar su arma y los músculos de Albus volvieron a quemar.
—Defiéndete.
—No puedo…
—¡Defiéndete!
—Es la última —repitió Albus—. La última y ahí quedó todo. Ya no puedo… —tosió, enfermo, débil—. Soy libre al fin, Vivian.
Ella arqueó las cejas y observó el bastón que antes sostenía el peso de Albus, reposando inútil en el suelo.
—¿Tu magia…? —preguntó ella, por un momento olvidándose de su ira y concentrándose en la curiosidad que siempre la había distinguido. Albus asintió.
—No está —dijo—. Te dije que podía hacerlo… Que debía hacerlo…
—¿Cómo?
—No está ya, Vivian.
—¿Cómo lo hiciste? —avanzó de nuevo, amenazante y Albus clavó sus ojos en los suyos—. Uno no puede separarse de su magia, no es posible.
—La magia no es nada, Vivian. Yo tardé mucho en entenderlo.
Entonces ella volvió a atacarlo, una y otra vez, y el cuerpo de Albus tembló en el suelo, contorsionándose en medio de la agonía.
—Eres un viejo loco —escupió cuando paró su hechizo. Albus sonrió de nuevo—. El libro. ¿Dónde está el resto?
—No lo encontrarás.
—¿Dónde…?
—No podrás.
—Es una daga, ¿verdad? —Vivian se inclinó a su lado violentamente. Tomó a Albus de las solapas de su túnica—. El objeto que puede controlar tu libro es tu daga, ¿verdad?
—No importa. No podrías controlarla…
—Lo haré si te mato antes de tocarla —murmuró—. ¿Eso hiciste, verdad? La hechizaste para que sólo pueda controlarla quien la toque después de ti.
Al tenerla tan cerca, Albus pudo notar un objeto resplandeciendo en su cuello y los ojos se le nublaron en lágrimas cuando reconoció el medallón que él mismo le había regalado.
Como su aprendiz, Vivian había avanzado más que ninguna otra persona, aprovechando su talento natural con la magia y su tenacidad inigualable. Él había caído prendado por ella casi de inmediato y, como prueba de su afecto, había decidido compartir, no sólo sus conocimientos, sino todos los hechizos escritos en su libro. Había fabricado ese medallón con el símbolo de aquellos pergaminos y se lo había dado a ella. No era un regalo, sino una promesa. El medallón era un juramento de que, sin importar lo que pasara en el futuro, el amor que ambos se tenían siempre sería más importante que el poder…
Qué equivocados habían estado.
—Vivian…
Otro movimiento, otra descarga de dolor. Albus se agitó, con las pocas fuerzas que le quedaban, temblando incontroladamente entre los brazos de su amada.
—Dime dónde están —exigió ella levantándose.
—Aunque lo hiciera… Sólo una persona podría encontrarlos —dijo Albus débilmente—. Y no eres tú.
El sol terminó de asomarse por entre los árboles y los rayos le pegaron a Vivian en el rostro. Albus la observó, fascinado. Se perdió en cada detalle, en cada peca de sus mejillas y en las arrugas de los labios envenenados con mentiras que él tantas veces había probado… Vivian se inclinó para tomar la última pieza de su libro de hechizos, observó las hojas doradas con una mueca curiosa y luego sonrió.
Y Albus supo lo que iba a pasar.
Por un instante, por un brevísimo momento, imaginó lo que habría sucedido si él hubiese actuado diferente, si hubiese acabado con ella en cuanto tuvo aquella espantosa visión del futuro. Sabía que, a pesar de la bruja extraordinaria que era, él habría podido vencerla en un instante. Habría podido acabarla, detener su ambición y conservar su libro y su magia, continuar siendo el mago más poderoso de la historia…
Sin embargo, había tomado una decisión.
Y no se arrepentía por ello.
—Vivian —dijo una vez más, porque quería que esa fuera la última palabra que pronunciaran sus labios.
—Adiós, amor mío.
El resplandor verde iluminó el bosque y luego, todo fue oscuridad.
Albus volvió a abrir los ojos y ya no había árboles rodeándolo, sino mármol. Blanco, reluciente y duro mármol. Muros, escaleras y ventanas. Estaba sentado cómodamente en un trono de oro, sobre una butaca de piel y traía puesta una armadura que le pesaba sobre el cuerpo, con una espada colgándole del cinturón.
—Está listo, señor. El espacio —anunció una voz en una lengua que no era inglés y que, sin embargo, pudo entender a la perfección.
Albus levantó la vista y observó al hombre frente a él, que hacía una reverencia y sonreía, igual que siempre.
Francesco Laurana había sido leal desde el comienzo, realizando su trabajo como escultor a la perfección y cumpliendo con cada capricho, con cada modificación exigida. Ahora, luego de tantos meses, al fin había terminado con su último encargo.
—Espero le guste, señor —dijo entusiasmado y Albus se acercó al lugar que indicaba.
Un magnífico arco de piedra había sido construido como marco para la ventana que daba hacia el exterior. Finos ladrillos lo cubrían casi por completo, pero había uno que faltaba en el alfeizar, dejando entrever un pequeño espacio vacío.
—Excelente, amigo mío.
—Gracias, señor —Francesco acentuó su sonrisa—. ¿Puedo preguntar qué es lo que quiere esconder ahí?
—Nada que me pertenezca —respondió Albus simplemente. El hombre lo miró con extrañeza, pero no comentó nada más; pidió permiso para retirarse y después hacer de otra reverencia, lo dejó solo en la habitación.
Albus esperó unos segundos y luego sacó su varita. Apuntó hacia el trono en donde antes había estado sentado y esperó. Éste comenzó a deformarse poco a poco, derritiéndose ante el calor de la magia. Pronto, la butaca reveló un escondite y Albus sacó de ahí una delgada caja de madera.
Si todo salía como lo había planeado, esa sería la última vez que ese objeto estaría entre sus manos.
Lentamente la abrió, revelando un fajo de pergaminos dorados cuidadosamente enrollados unos con otros. ¡Cómo los había buscado! ¡Las cosas que había sacrificado por encontrarlos y mantenerlos a salvo! Pero lo mejor era esconderlos ahí, sí. Cualquier persona podría haber seguido la pista que había escrito en la tumba de Merlín y haber encontrado los pergaminos en la Grotta Azzurra… No. No podía permitirlo. Lo mejor era que ese tesoro permaneciera escondido en su nueva fortaleza, en el magnífico castillo que nadie se atrevería a profanar.
El Castel Nuovo sería el nuevo hogar de la pieza del Aurea Pergamena que había encontrado.
—Lo cuidaré por ti, Merlín —prometió solemnemente—. Lo guardaré hasta que llegue quien verdaderamente lo merece.
Y con su varita al alza, guardó de nuevo los pergaminos y guio la caja de madera hacia el espacio vacío que había entre los ladrillos, sellándolo definitivamente.
Albus se volvió y de pronto, todo se oscureció.
Al parpadear se dio cuenta de que estaba recostado sobre mullidas almohadas. Apenas y podía mantener los ojos abiertos. Le dolía el pecho, los hombros y la cabeza. Le punzaban las piernas, le ardía el estómago… A su lado había un hombre y las lágrimas empañaban sus ojos.
—Tienes que resistir —dijo y le sujetó con fuerza la mano—. Un poco más, sólo…
—Escucha —dijo Albus con una voz que no era suya—. Cuando me vaya…
—No…
—…tienes que esconderlo con lo demás, ¿entiendes?
—No vas a irte.
—Debe estar oculto con los otros tesoros, ¿está bien? Mi tumba está lista, está hechizada ya y sólo tú podrás entrar… Tú y quien encuentre la piedra en las cuevas de Puzzlewood.
—Basta.
—Debes hacerlo, ¿entiendes? —Albus se aferró a su mano—. Es importante. Nadie más que el verdadero merecedor debe hallar la pieza del Aurea Pergamena que encontramos.
—Cállate —dijo el hombre. Albus sonrió apenas—. No puedes dejarme.
—No lo haré.
—No puedes irte, Maeve.
—No me iré —dijo Albus—. Lo prometo —y mientras cerraba los ojos por última vez supo que, a pesar de la muerte, cumpliría ese juramento.
Despertó de golpe.
La tranquilidad de su fallecimiento había desaparecido y ahora se encontraba solo, sentado en un soleado jardín. Albus se desperezó estirando los brazos, mientras una ligera brisa le agitaba la tupida barba. Se había pasado toda la mañana afuera, meditando sobre lo que tenía qué hacer y ya estaba bastante cansado de la poca acción.
Observó los dos objetos que reposaban frente a él, resplandeciendo ante los rayos del verano: una daga y un fajo de pergaminos dorados.
Soltó una ligera risa.
—Vaya lío que armaste, Merlín.
La imagen del mago acudió a su mente. No la que todos conocían, sino la de antes, la de cuando apenas era un muchacho…
Albus se acordaba bien de él. Había estado en la primera generación y era callado, más bien torpe y un poco perdido en su entorno. Tenía ambición, eso sí. Muchísima. Pero era del tipo de ambición que no cabía en el escándalo y que más bien se ocultaba debajo de la timidez. Jamás habían convivido mucho (tal vez por la diferencia de edades o por el rol que ambos cumplían en ese momento), aun así no le había sorprendido cuando, muchos años después, escuchó a otros magos referirse a Merlín como "el mejor hechicero de todos los tiempos". Era cierto que él no concordaba con muchos de sus ideales, pero lo respetaba y sabía que no merecía una muerte como la que había tenido.
Todo empeoró cuando conoció a uno de los descendientes de Vivian y él le relató el resto de la historia: Un libro de hechizos, un amor condenado, magia que se separaba del cuerpo de su dueño, pergaminos esparcidos por el mundo y una daga para controlarlos.
Desde ese día, había buscado el Aurea Pergamena con desesperación… Pero no para él.
Algo en su interior le decía que aquello era lo que debía hacer: Encontrar las piezas, la daga, y guardarlas en un lugar seguro hasta que el verdadero merecedor de esa magia pudiera hallarlas.
Y finalmente lo había conseguido.
Había encontrado una pieza y el objeto con el cual podía controlar el Aurea Pergamena y ya era el momento de esconderlos, de atesorarlos en su hogar.
Albus se levantó y recogió la daga y el fajo de pergaminos. Caminó lentamente por el sendero que conocía de memoria y atravesó las enormes puertas de su lugar favorito. Anduvo por los corredores, admiró las resistentes paredes y se dejó llevar por la infinita paz que siempre sentía cuando se encontraba ahí, en el sitio que, a pesar de todo, se mantenía de pie y servía como refugio para tantos y tantos corazones desamparados… Definitivamente era el lugar ideal para esconder el Aurea Pergamena y la daga.
Sin prisas, llegó hasta la habitación que utilizaba como despecho, encendió la chimenea con su varita y dejó los pergaminos y la daga en el escritorio.
—Pluma a vuelapluma —dijo y una pequeña plumita escarlata salió de un cajón rápidamente, flotando al lado de un largo pergamino blanco, lista para escribir—. Merlín no fue el primero, ni el último de los magos que fue cegado por el amor… —comenzó a dictar—. ¡El amor! ¡Oh, esa bella sensación que tanto atormenta a los hombres!...
Albus hablaba lentamente, pensando en cada palabra que pronunciaba y que la plumita anotaba con rapidez. No debía divulgar la historia de Merlín, lo sabía. El Aurea Pergamena era un secreto que debía guardarse, esconderse de las mentes ambiciosas…
—…Os vais a sorprender cuando os diga lo que hizo el hechicero más poderoso de la historia: Merlín renunció a la magia, a su poder y lo encerró todo en el libro que contenía sus conjuros más poderosos. Algunas personas cuentan que cuando la magia de Merlín tocó las hojas del libro, éstas se tornaron brillantes y doradas. Es por eso que nosotros lo conocemos como Aurea Pergamena…
No obstante, la poderosa sensación que lo había llevado a buscar esos objetos perdidos lo obligaba también a escribir ese testimonio. Había alguien que debía encontrar el Aurea Pergamena, Merlín lo había designado así. Y él debía de ayudar a ese elegido, a ese merecedor de aquel tesoro extraordinario…
—…sin embargo —continuó y la pluma a vuelapluma siguió deslizándose por el pergamino—, aunque algún mago poderoso o la mismísima Vivian pudiera encontrar las hojas del Aurea Pergamena, no sería capaz de utilizarlas. Había un objeto que simbolizaba todo el control que Merlín alguna vez ambicionó tener. Sólo la persona que tocara ese objeto después de la muerte de su anterior propietario, sería capaz de controlar el Aurea Pergamena…
Así como planeaba esconder el fajo de pergaminos y la daga, también escondería ese texto, junto con todas sus memorias. Confiaba en que nadie podría encontrarlo hasta que fuera el momento, hasta que la persona escogida estuviera lista para iniciar su búsqueda…
—Lo que Merlín buscaba no era alguien que pudiese suplirlo, sino alguien que pudiese encontrar el Aurea Pergamena, alguien que pudiese controlarlo al tocar el objeto y finalmente, que ese mago afortunado protegiera el legado que le ha sido asignado…
Lo dijo todo, todo lo que sabía, lo que el descendiente de Vivan le había contado. Dijo todo con tal de advertirle al futuro elegido lo que tenía que hacer una vez que enfrentara su destino…
—…recordad, por favor —suplicó—, que todo comenzó con el amor de un pobre mago y que así es cómo debe terminar. El amor y el poder no pueden mezclarse, porque las sensaciones que estos dos sentimientos provocan son muy diferentes y si no os andáis con cuidado, pueden causar demasiados males en el mundo.
Suspiró. Miró la plumita escarlata que esperaba más palabras y sonrió.
—Fírmalo —le ordenó—. G.G.
—¡ALBUS!
La voz le sacudió el cuerpo y el corazón.
Albus despertó sobresaltado, espantado y tan agitado como si llevara horas corriendo. Estaba tirado sobre piedras y nieve derretida. Le ardían los nudillos abiertos y su cabeza había chocado contra una roca. Lo primero que su vista distinguió fue el azul oscuro del cielo, cercado por las paredes de la montaña que rodeaba Hogsmeade; después, a Rose y Scorpius inclinados junto a él.
—¿Qué mierda, Albus? —exclamó Scorpius. Tenía el rostro rojo en una mezcla de cansancio, ira y confusión, y gotas de sudor le resbalaban por la frente.
—¿Qué fue…?
—¿…lo que pasó? —chilló Rose. Estaba llorando—. ¡Eso nos gustaría saber!
Albus trató de incorporarse y todo le dio vueltas. Dejó caer nuevamente la cabeza contra el suelo, pero entonces, de golpe, una ráfaga de imágenes invadió sus sentidos: El amanecer en un bosque, el arco de una ventana, una mano aferrándose a la suya, un jardín familiar, tan familiar… Se levantó, brusco, confundido, con el corazón golpeando frenético contra su pecho. Rose y Scorpius se apartaron, asustados por la inesperada reacción, mientras él se tambaleaba intentando mantener el equilibrio sobre el suelo rocoso.
—Sé dónde está —dijo, pero sus amigos no lo escucharon.
—¡¿Lo usaste, verdad?! —gritó su prima y Albus siguió la dirección de sus ojos. Estaba viéndole las manos… Y es que él todavía sostenía los pergaminos de Merlín y la daga dorada—. ¡¿Leíste uno de los conjuros?! ¡¿Lo hiciste?!
—Rose…
—¡Te dije lo que pasaría! ¡Te advertí! —gritó ella—. ¡Dejaste que la magia entrara! ¡¿Por qué?!
—Escucha…
—¡La dejaste! ¡Te dije que no lo hicieras, que podía ser peligroso! ¡Ahora no sabemos qué…!
—No me importa.
Albus habló claro, rápido y sin gritar. Alzó la vista, porque estaba harto de bajarla siempre que Rose le gritaba. Aferró más los objetos entre sus dedos y el agradable calor del Aurea Pergamena le recorrió todo el cuerpo. Miró a su prima, que se había callado de golpe, y levantó la barbilla, orgulloso.
—No me importa —repitió, saboreando cada palabra, como dulce entre sus labios—. La magia puede entrar. Es mía. Debí leer uno de los conjuros desde que encontramos la primera parte. Todo habría sido más sencillo.
La mirada de Rose lo atravesó con violencia, pero él no cedió. Enfrentó los ojos azules de su prima casi con satisfacción, con deleite. Ella avanzó hacia él con lentitud, con lágrimas contenidas y un aire furioso. Apenas en un parpadeo, cortó la poca distancia que había entre ambos y le dio un fuerte golpe en el pecho.
—¡Estoy harta! —berreó. Le pegó otra vez—. ¡Eres un imbécil! —otro golpe. Albus no retrocedió y no la detuvo—. ¡Un verdadero…!
—¡No, Rose! —Scorpius se adelantó, con pánico, y la sujetó de la cintura para alejarla de Albus. Ella se resistió.
—¡Déjame! ¡Suéltame! ¡Es un estúpido…! —intentó zafarse y Scorpius la aprisionó entre sus brazos—. ¡Se lo dije mil veces! ¡No debía leerlos! ¡La magia entró en él y no hay nada que podamos…!
—¡Sé dónde está! —exclamó Albus y esta vez, ellos lo escucharon.
Rose dejó de luchar. Scorpius no la soltó, pero dejó de apretarla contra sí. Ambos lo miraron, congelados, apenas parpadeando.
—Sé dónde está —repitió Albus—. Sé dónde escondieron la última parte del Aurea Pergamena. Lo vi.
—¿Qué…? —murmuró Rose.
Albus asió la daga y los pergaminos.
—Yo era ellos —dijo—. Las personas que encontraron las piezas, yo fui… —las imágenes revoloteaban en su mente con rapidez—. Fui Merlín y luego el rey Alfonso V de Aragón, después la reina Maeve y también…
—¿De qué diablos estás hablando? —preguntó Scorpius.
—Merlín, el día que Vivian lo asesinó. El rey Alfonso cuando decidió esconder el Aurea Pergamena en el Castel Nuovo. Maeve a punto de morir, diciéndole a su esposo que guardara los pergaminos en su tumba. Yo era… Era ellos.
—¿El hechizo que leíste…? —Rose lo miró con atención—. ¿El hechizo te hizo verlos?
—No —Albus tragó, recordando la sensación de la maldición asesina de Vivian a punto de golpearlo, la elegancia de su propia porte en el Castel Nuovo, su cuerpo muriendo mientras una mano se aferraba a la suya, la paz de aquel lugar…—. Yo era ellos. Era como estar ahí… Los sentía, como si fuera yo. Sabía lo que estaban pensando, lo que estaban sintiendo…
—Albus…
—Yo era ellos. Todos los que encontraron alguna pieza. El hechizo que leí me hizo ser ellos —exhaló—. Yo fui… Fui G.G.
Los brazos de Scorpius soltaron por fin a Rose y cayeron, pesados, sobre sus costados.
—¿Qué? —preguntó atónito.
—G.G. escribió la historia del Aurea Pergamena porque encontró la daga… Y también una pieza —explicó—. Conocía a Merlín, pero nunca supo nada del Aurea Pergamena, no hasta que a uno de los descendientes de Vivian le contó todo. Entonces decidió buscar los pergaminos y el objeto para controlarlos. Lo logó. Él…
—La pieza que nos falta… ¿La encontró G.G.? —murmuró Rose, pero luego negó bruscamente con la cabeza—. No, no. No puedes saberlo, no puedes… Que lo hayas visto no quiere decir que sea… No. Esas malditas cosas pudieron haberte hecho ver cosas que…
—Tenías razón, Scorpius —dijo Albus ignorando a su prima. Su voz sonaba calmada, segura de al fin tocar el éxito—. Tenías mucha razón. Todos los que encontraron una parte la guardaron en el sitio que consideraban un hogar. Alfonso V de Aragón lo hizo en el Castel Nuovo. La reina Maeve le dijo a su esposo que lo escondiera en Sligo, en su tumba, junto a sus otros tesoros… G.G. lo hizo en el único lugar donde llegó sentirse a salvo, donde miles de personas siempre se han sentido a salvo.
Y entonces, en medio de una brisa helada, el entendimiento iluminó el rostro pasmado de su prima.
—Hogwarts —susurró.
Albus asintió.
—G.G. — dijo—. Godric Gryffindor.
La densa noche llegó con un viento frío, con silencio. Los tres se miraron y hablaron sin mover los labios. A Albus todavía le sangraban los nudillos y el espeso líquido carmesí estaba ensuciando los pergaminos y la daga. Nadie dijo nada, nadie se movió…
Y entonces Scorpius gritó.
—¡¿Qué mierda?! —se pasó una mano por el cabello, comenzó a dar vueltas por el suelo nevado—. ¿Qué diablos…?
—Él no quería que todos supieran sobre el Aurea Pergamena, pero sabía que debía dejar una pista —dijo Albus—. Por eso escribió la historia y la escondió entre sus memorias, para que el merecedor de la magia de Merlín pudiera conocerla. Y así pasó —Albus volvió a alzar la barbilla—. Rose encontró ese texto porque yo debía conocerlo. No fue una casualidad.
—Por eso la daga estaba en Hogwarts, desde el comienzo… —dijo Scorpius respirando entrecortadamente—. ¡Ah, maldición! ¡Por eso la daga estaba escondida en Hogwarts! ¡Porque el maldito Gryffindor fue quien la encontró y la escondió!
—Si un descendiente de Vivian le contó la historia a Gryffindor, seguramente dejó algún indicio de eso en su mansión —Rose hablaba rápidamente, ansiosa, nerviosa—. Dimas y Lodge debieron encontrarlo y por eso sabían que la daga estaba en Hogwarts.
—Pero no sabían que también había un parte del Aurea Pergamena —Albus volvió a asentir—. Porque está en Hogwarts, pero en un lugar distinto al de la daga.
—¿Dónde?
—No… —Albus apretó los puños y gotitas de sangre cayeron sobre la nieve—. Sólo me dejó ver Hogwarts. Nada más.
Los tres volvieron a quedarse en silencio. En pocos minutos el escenario había cambiado de una manera impensable y se expandía ante ellos de manera confusa, esperando y exigiendo un movimiento. Albus todavía lucía seguro y sus amigos todavía parecían perdidos. Aun así, Rose fue la primera en hablar.
—Tenemos que irnos —dijo, como despertando de un sueño sorprendente y difuso—. Tenemos que ir al Valle de Godric.
—¿Qué? —preguntó Scorpius—. Pero las hojas que nos faltan están en…
—¡Ya lo sé! —chilló bruscamente. Se llevó las manos a las sienes, como tratando de frenar por un momento sus pensamientos—. Pero leíste lo que escribió Skeeter en ese periódico. Mi familia fue… —tragó, volvió a llorar—. No podemos quedarnos aquí. Tenemos que volver.
—Rose —dijo Scorpius con cuidado—. Eso… Sabes que es una trampa, ¿cierto? —se acercó lentamente, alzando apenas la mano para intentar tocarla—. Dimas y Lodge sólo los atacaron porque quieren que Albus regrese. Van a estar esperándonos, ellos…
Rose negó con la cabeza y recogió su mochila del suelo. Albus apartó los pergaminos y la daga de su alcance, pero ella ni siquiera lo miró, ni a él ni a los objetos. Scorpius se atravesó en su camino cuando ella comenzó a avanzar en dirección a la tienda.
—Escúchame —pidió—. Dimas y Lodge quieren que volvamos y…
—No voy a quedarme de brazos cruzados mientras mi familia…
—No, no te pido que lo hagas —Scorpius la observó, serio—. Pero podemos terminar con todo esto hoy mismo —miró a Albus, torció la boca—. Tal vez… Si él tiene los pergaminos y la daga todo sea más rápido —Rose intentó apartarse, Scorpius la tomó del brazo—. Lo que necesitamos es acabar con esto cuanto antes, para que esos malditos no vuelvan a tocar a tu familia.
Rose alzó los ojos llorosos, mientras el frío viento arreciaba. Lentamente, se volvió hacia Albus y él se sorprendió, porque su prima ya no lucía rabiosa o con ganas de querer pegarle. No. Rose parecía verdaderamente exhausta.
—No sé qué va a pasar ahora que dejaste que la magia entrara —admitió, derrotada. Se sonó la nariz, bajó los hombros—. No sé nada, pero sé… —cerró los ojos—. Lo que sí sé es que tú no vas a dejar que esos pergaminos te dominen, Albus.
Él correspondió a su mirada. Estuvo a punto de apartarla.
Scorpius soltó el brazo de Rose y se puso a su lado, observando a Albus con años y años de confianza, entendimiento y una fe ciega que se sostenía a pesar de todo.
—Bueno —dijo—. Tú decides, Al. ¿Qué hacemos?
El Valle de Godric o Hogwarts.
Una decisión, sólo eso. Albus sólo tenía que decidir. Ese había sido su destino desde el comienzo.
Como en sus pesadillas constantes, donde frente a él se extendían dos caminos sinuosos, uno hacia su padre, otro hacia Dimas Mabroidis. Como cuando estuvo delante de su enemigo y optó por contarle todo lo relacionado con su búsqueda, sin pensar en las consecuencias, sin interesarse por nada más que por la verdad. Como meses atrás, cuando escapó de casa, dispuesto a alcanzar su objetivo sin ayuda de nadie. Como cuando apenas era un niño y un sombrero parlanchín le había dado la oportunidad de continuar el camino de su padre y él había decidido cambiarlo, llegar a más y quiero estar en la casa más adecuada para mí y ¡SLYTHERIN!
Albus sólo tenía que decidir.
Y al fin, lo hizo.
—Hogwarts.
¡Hola! Les dije que esta vez no tardaría taaanto. Un capítulo cortito, pero espero que bastante revelador. Como dije antes, la historia ya está en las últimas y quería hacer una recapitulación de las piezas del Aurea Pergamena que existen :D
Si algo siempre admiré de Rowling era su facilidad para contar más historias dentro de la historia. Es decir, cosas como la vida de Ariana, la muerte de Helena Revenclaw, los Gaunt… Historias que componen Harry Potter, pero en sí, funcionarían bastante bien aunque estuvieran solas. Intenté hacer algo como eso con las personas que encontraron alguna pieza del Aurea Pergamena en el pasado, espero no haberlos confundido y enredado.
Y pues ya, amigos, perdimos a Albus. Vamos, tenía que pasar y yo sé que dentro de ustedes lo estaban esperando. No lo odien… Todavía :)
De verdad muchas, muchas gracias por seguir aquí. Ya estoy trabajando en el siguiente y pues, vamos a Hogwarts lo que quiere decir que pronto, muy, muy pronto tendremos reencuentros.
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