La Trampa.
—…entonces, la Tercera Ley de Golpalott se refiere a que el antídoto para un veneno mezclado es la suma de todas sus partes.
—¡Oh, ya entendí! Te lo dije: siempre es mucho más sencillo cuando me lo explicas tú.
Lily, recostada en el sofá junto a la chimenea de la sala común de Gryffindor, fingió que vomitaba al escuchar aquel comentario; sin embargo, ni Hugo ni Cécille, sentados frente a ella, le prestaron atención.
—Me alegra mucho poder ayudarte —dijo Cécille. Tenía las mejillas encendidas y la vista fija en el libro que sostenía sobre su regazo—. Pociones no es mi fuerte, pero…
—¿Estás jugando? Se te da muy bien todo —dijo Hugo apresuradamente—. Estoy seguro de que vas a aprobar todos los E.X.T.A.S.I.S. el año que viene. Yo todavía soy un asco con eso de los hechizos no verbales.
—Podríamos estudiarlos también, si tú quieres —Cécille se mordió el labio y se esforzó por mirarlo a la cara—. Hay… Er, hay un aula vacía en el cuarto piso y mañana, después de cenar… Podríamos… Tú y yo podríamos practicar.
El rostro del muchacho se iluminó.
—¡Sí! —exclamó fuerza. Las orejas se le pusieron rojas y luego, carraspeó—. Sí, me parece bien —murmuró más calmado.
—¡Oye, Weasley! —gritó una voz desde el otro extremo de la sala, frente al tablero de anuncios. Era un muchacho fornido y de cabello graso—. ¿Qué diablos significa este anuncio? No pienso salir a entrenar después de las ocho, voy a congelarme.
Hugo gruñó.
—Ahora no, McLaggen. Estoy estudiando.
—Está bien —dijo Cécille—. No importa. Ve y arréglalo con él. Es tu deber de capitán.
Hugo le sonrió agradecido y se levantó de su lugar sin dejar de verla. Ella lo observó alejarse, con una sonrisa en el rostro… Que desapareció en cuanto se dio cuenta de la mirada burlona de Lily sobre ella.
— "Hay una aula vacía en el cuarto piso" —la imitó—. ¡Vaya! ¿Desde cuándo te volviste tan malditamente confiada?
—Eso no es… —Cécille volvió a sonrojarse—. Vamos a estudiar únicamente.
—No me cabe duda —Lily soltó una ligera carcajada—. Desde que enfrentaste a Rachel Carter para que nos ayudara, estás distinta. Me gusta. Te queda ese aire de firmeza.
—Yo sólo… No es… —Cécille negó con la cabeza y frunció el ceño cuando su amiga volvió a carcajearse—. Ya basta, Lily.
—¡Oye! Al menos una de nosotras tiene un futuro romántico prometedor —los ojos de Lily viajaron hasta la ventana de la torre y su risa se apagó lentamente.
—Entonces, Lysander aún no te responde —comentó Cécille con cuidado. Lily se alarmó y volteó a ambos lados de la sala, espantada de que alguien más pudiera haber oído aquello, pero como todos parecían demasiado concentrados en sus propios asuntos, suspiró y negó con la cabeza.
—Desde que peleamos aquella vez, le he enviado cerca de quinientas lechuzas —hundió la cara en un almohadón del sofá—. No ha contestado ni una. Es patético. Soy patética. Y si realmente fueras mi mejor amiga, evitarías que siguiera rogándole a ese cerebro de trol.
—No tenías por qué decirle que lo suyo era una tontería.
—¡Ya lo sé! —Lily hundió más la cara, frustrada—. Pero no estaba lista, ¿de acuerdo? Él quería decirles a todos lo que estaba pasando entre nosotros y… ¡Agh! Maldición. Un día sólo es el idiota amigo de tu hermano que se divierte molestándote y al siguiente ya… ¡Además, con todo lo que está sucediendo ahora…!
—No hagas eso —dijo Cécille severamente—. Deja de usar la situación actual de tu familia como una excusa para no afrontar tus problemas.
—¿Lo ves? Todo es culpa de tus repentinos arranques de seguridad, ¿desde cuándo me regañas?
—Lily…
—No —ella sacó la cabeza del almohadón y frunció el ceño—. Si ese idiota quisiera perdonarme, ya lo habría hecho.
—Una lechuza jamás podrá transmitir una disculpa verdadera. Deberías de hablar con él.
—¿Cómo? No puedo salir del castillo.
—Eso no te detenía antes —Cécille rodó los ojos y luego observó el reloj que colgaba encima de la chimenea—. Seguro que todavía está en Hogsmeade. Apenas estará terminando con su programa de radio. Envíale otra lechuza y pídele que se encuentren donde antes lo hacían.
—Es contra las reglas salir de la torre a esta hora.
—¡Oh, por Merlín! ¡Como si eso te importara!
—Lo único que quieres es que me vaya para poder quedarte a solas con Hugo.
—Lily…
—Ya, está bien —refunfuñó la muchacha. Se levantó del sofá y lanzó lejos el almohadón—. Iré por la maldita capa invisible.
La nieve temblaba bajo los pasos de Albus.
El muchacho había recorrido el camino de la colina hacia Hogsmeade sin volver la vista, rápido, determinante y siempre aferrándose a la mochila que llevaba al hombro. Dentro, el Aurea Pergamena y la daga le llenaban el pecho del ansioso calor que ya conocía.
—¿Ya pensaron qué demonios vamos a hacer? Porque podríamos esperar a que todos se duerman y luego buscar el Aurea Pergamena por cada rincón de Hogwarts. O bien, podríamos ir a la oficina de McGonagall, contarle todo para que nos deje recorrer el castillo y rogar para que no le dé un infarto.
Scorpius era el único que había hablado desde que habían recogido la tienda de campaña. Rose, por otro lado, iba tan callada como su primo, pero lucía mucho menos determinante. Ambos andaban al lado de Albus, observándolo de reojo, ya sin disimular la inquietud que sentían por él.
—Honeydukes —anunció Scorpius luego de que recorrieran las nevadas y solitarias calles del pueblo. Pasaba de media noche y la entrada de la dulcería apenas era iluminada por las tenues farolas—. Tal vez no deberíamos… Si esperamos un poco…
—No —dijo Albus—. Hay que entrar ya.
La cerradura chasqueó al abrirse. La tienda se encontraba en penumbras y Albus entró, con la varita alzada y la vista fija en la puerta que daba al sótano. Se sabía el camino de memoria. Lo había recorrido muchísimas veces cuando apenas era un niño y utilizaba la capa invisible y el Mapa del Merodeador para robarse dulces a altas horas de la noche.
—Andando, entonces —dijo Scorpius, pero detuvo su camino súbitamente. Rose se había quedado al margen de la puerta, mirando por sobre su hombro—. ¿Qué pasa?
—Creí ver… —la muchacha entrecerró los ojos—. No. Creo que no es nada.
Entre los tres apartaron las cajas de golosinas que ocultaban la trampilla del pasadizo. Bajaron las escaleras de piedra. Entraron al túnel que daba hacia Hogwarts, intentando calmar sus respiraciones nerviosas y el temblor en sus manos. La luz que salía de la varita de Albus iluminaba el camino que descendía ante ellos. Él avanzaba delante. No parecía realmente consciente de que sus amigos intentaban igualar sus pasos.
—Entonces —comentó Scorpius con aire casual, empeñado en acabar con el silencio incómodo que rodeaba a los otros dos—, cuando leíste el Aurea Pergamena, te transformaste en todas las personas que escondieron sus partes, ¿verdad? —torció una sonrisa—. ¿Te transformaste también en la reina Maeve?
—Scorpius —gruñó Rose.
—¿Qué?¿Albus se convierte en una chica y yo no puedo burlarme?
La muchacha negó con la cabeza, pero no pareció fastidiarse ante el comentario de Scorpius. Sus pasos comenzaron a tomar fuerza mientras avanzaba detrás de su primo.
—Creo que, por el momento, no deberíamos de alertar a nadie de que estamos aquí —dijo—. Hay que tratar de pasar desapercibidos —Scorpius la miró con las cejas arqueadas—. Bueno, después de todo, Albus puede sentir las hojas y, hasta ahora, así es cómo hemos podido encontrar las piezas que tenemos.
—Sí, pero ahora estamos en Hogwarts. Tarde o temprano alguien va a vernos.
—Tal vez no.
—Tal vez —Scorpius bufó—. Esto sería mucho más fácil si tuviéramos el Mapa del Merodeador con nosotros, ¿eh, Albus?
Pero él no respondió. Siguió caminando igual que antes, con las ansias golpeándole las sienes. Podía sentir cómo el calor aumentaba, cómo los pergaminos lo llamaban… Poco le importaban los comentarios ligeros de Scorpius o la tensión de Rose. El camino comenzó a emparejarse, a retorcerse, y él aceleró el paso. Seguía con la varita alzada, la mandíbula apretada. Cerca… Estaban tan cerca…
Y entonces, tropezó.
Las piernas se le enredaron con algo que la luz de su varita no alcanzó a iluminar. Algo invisible, duro y extraño. Algo que chilló de dolor cuando los pies del muchacho le pasaron por encima.
Albus se apartó bruscamente. Apuntó, a la defensiva. Detrás de él, sintió que Rose y Scorpius hacían lo mismo… Sin embargo, apenas un segundo después, los tres dejaron caer sus brazos de golpe.
—¡Ah, mierda!
Reconocieron el chillido. También la capa invisible que se deslizó de un cuerpo menudo, hecho un ovillo en el suelo. Reconocieron el largo cabello atado en una trenza. Los ojos marrones, el rostro lleno de pecas…
—¡Te he estado esperando por más de dos horas! ¿Ya vas a dignarte a hablarme o tengo que enviarte otras quinientas lechuzas?
En medio del oscuro túnel, reconocieron a Lily Potter.
Fue como si los segundos se congelaran.
La muchacha todavía no alzaba la vista y seguía mascullando maldiciones, al parecer muy enfadada, mientras enredaba la capa invisible. Tenía las rodillas manchadas de barro y llevaba el jersey de lana que la abuela Molly le había regalado en su último cumpleaños. Albus no dijo nada y no se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta que su hermana finalmente se puso de pie y sus ojos se encontraron.
Las maldiciones pararon al instante.
Lily abrió la boca, pero no pudo decir nada y comenzó a parpadear, muy rápido y muy fuerte. Tardó en avanzar un segundo que a Albus se le antojó eterno. Lento, muy lento, como si temiera que la visión que tenía frente a ella pudiera borrarse ante cualquier movimiento en falso. Soltó la capa invisible y alzó una mano. Cuando estaba a punto de rozar la mejilla de Albus, sus dedos se contrajeron, temerosos de la realidad.
—Albus…
Y al escuchar su nombre, así, en un jadeo angustiante pronunciado por su hermana pequeña, Albus fue consciente, por primera vez, de todo el tiempo que llevaba lejos de casa.
—¡Oh, Albus!
Lily se le lanzó al cuello bruscamente, sin darle la oportunidad de reaccionar. Estaba llorando y él no supo qué hacer. Lily nunca lloraba. Ni siquiera de niños, cuando las bromas de James y los gemelos Scamander se volvían demasiado pesadas. En aquel momento, sin embargo, a ella sólo parecía importarle algo que no tenía nada que ver con las lágrimas o lo sollozos…
—Estás aquí, estás aquí… —murmuraba, mientras lo apretaba más fuerte contra sí—. Oh, no puedo creerlo… Tú… Maldito idiota, no sabes cómo te odio… Estás aquí, realmente estás aquí. Oh, Albus…
No pudo moverse, ni siquiera para darle unas palmaditas torpes en la espalda. La dejó seguir sollozando palabras contra su pecho, mientras a él comenzaba a arderle la garganta. Lily, Lily, Lily. Los pasitos torpes de una bebé por el Valle de Godric. Una risotada fuerte. El rostro más feliz al quedar en Gryffindor. El tanto más impresionante en un juego de quidditch. Un temple valiente ante un ataque de Benjamin Lodge. Su hermana…
—Lily… —dijo, pero no supo si ella alcanzó a escucharlo.
Pudieron estar así por minutos, horas, en un medio abrazo de enojo y melancolía. Albus no supo con certeza cuánto tiempo pasó, pero se sobresaltó exageradamente cuando Lily al fin soltó el agarre y se enjuagó la nariz.
—Eres un idiota, Albus —dijo y le pegó en el hombro, igual a cuando eran niños—. Idiota —se volvió hacia Rose y Scorpius—. Y ustedes también. Idiotas. Los tres.
Por un instante, Albus pensó que también iba a pegarles, pero Lily sólo caminó hasta ellos y los envolvió en un abrazo igual de estrujante que el de él.
—Oh, Lily… —dijo Rose con la voz quebrada.
—¿Cómo te ha ido, preciosa? —preguntó Scorpius cuando ella los soltó—. Dime que has fastidiado a James por mí.
—Cállate. Imbécil —escupió ella tallándose los ojos—. No puedo creer que estén aquí. ¿Qué es…? —negó con la cabeza, todavía llorosa, todavía consternada—. Creímos que cuando se decidieran a volver, irían directo al Valle de Godric —hipó un poco y gruñó, como si le estuviese costando mucho recuperarse de aquel arranque de debilidad—. No puedo creer que… Oh, Merlín, ¿qué diantres…?
—No hay tiempo para explicártelo —se adelantó Scorpius, porque Albus seguía quieto en medio del túnel y daba la impresión de que si Rose hablaba, era puro llanto lo que iba a salir de sus labios—. Pero no hay que hacer escándalo, ¿sí?
—¿No hay que…? —Lily abrió los ojos, furiosa—. ¿Escándalo? ¿Te parece que no hay que…?
—Lily, por favor —pidió Rose, tragando con fuerza—. Vamos, es… Te lo explicaremos todo, ¿de acuerdo? Pero estamos… Tenemos que encontrar algo y no sabemos…
—¿Qué? ¿Acaso hay una pieza del Aurea Pergamena en Hogwarts?
Pasaron unos segundos sin que la pregunta de la muchacha tuviera algún efecto sobre los demás. Pero luego, poco a poco, sus palabras parecieron retumbar en las paredes del túnel, provocando un fuerte estremecimiento en todos los presentes. Scorpius se detuvo a medio camino de recoger la capa invisible. Rose ahogó un jadeo sobresaltado. Y Albus…
Albus al fin se movió.
—¿Qué?
Al ver la confusión en sus rostros, todo indicio de llanto en la cara de Lily se esfumó, dando paso a una mirada extraña, mezcla de fastidio y presunción.
—Oh, vamos —les dijo—. No pensarán que todo ese asunto sigue siendo un secreto, ¿verdad?
—¿Cómo…? —balbuceó Rose—. ¿De qué estás…?
Lily le quitó a Scorpius la capa invisible y soltó un bufido.
—El Aurea Pergamena —dijo—. El maldito libro donde Merlín escribía sus conjuros, sí. Lo sé. También sé sobre Vivian y su trágica historia de amor, que el viejo escondió su magia ahí y encantó una daga para controlar los pergaminos, Lodge, ese demente de Dimas Mabroidis…
—¿Cómo diablos…? —masculló Scorpius.
—… que es descendiente de la misma Vivian, que tiene, bueno, tenía un hermano loco…
—¿Qué? —Rose parpadeó, confundida, sin tener idea de qué hablaba su prima.
—… que Albus tocó la daga y que por eso sólo él puede controlar esas malditas cosas, que los tres estuvieron escondidos en el departamento de Minie, Fred y Molly, lo que pasó en la mansión de Vivian —los miró de frente, con la cabeza alzada. Parecía más alta de lo que en realidad era—. Supongo que hay varios huecos que rellenar, pero básicamente estamos bien enterados.
—¿"Estamos"? —preguntó Rose. La voz le salió más aguada de lo normal—. ¿Quiénes?
—Todos. La familia, ya sabes —soltó otro bufido de exasperación y se cruzó de brazos.
—Pero… —Rose sacudió la cabeza—. No lo entiendo, ¿cómo…? ¿De verdad lograron averiguar todo por su cuenta? ¿Cómo es que…?
—Oh, no, no —si todavía quedaban matices de angustia en la voz de Lily, desaparecieron todos en ese instante. Algún recuerdo reconfortante debió disminuir el peso de la situación, porque la muchacha fue capaz de esbozar una sonrisa tenue y, sin embargo, poderosa—. Así era al principio, claro. ¡Ya te imaginarás! Nadie quería decirnos nada y James estuvo dirigiéndonos durante semanas para espiar a nuestros padres. Pero, no. Realmente logramos averiguar toda la verdad hasta que hablamos con papá y él nos contó lo que…
—¿Qué?
La voz de Albus desgarró el aire.
No estaba gritando, no. Tampoco podía percibirse ninguna nota alterada en su tono frío. Pero la pesadez, el filo de aquella pregunta fue tan evidente, que la temperatura en el túnel pareció disminuir de golpe. Al escuchar aquellas palabras, sus músculos se tensaron tanto que los dedos que aferraban su varita emblanquecieron.
—Papá —repitió Lily y parecía feliz—. Nosotros… Bueno, hablamos con él. Con todos, en realidad, y nos contaron todo sobre el Aurea Pergamena y lo que estaba pasando.
—Pero… —alcanzó a decir Rose con un hilo de voz—. ¿Cómo es que…? ¿Ellos realmente…?
—Parece increíble, ¿verdad? —Lily suspiró—. Pero, luego de que Minie, Fred y Molly confesaran que habían estado escondiéndolos en su departamento, decidimos que ya habíamos tenido suficiente de secretos. Les dijimos a nuestros padres todo lo que habíamos averiguado por nuestra cuenta y ellos hicieron lo mismo. Las cosas se pusieron algo dramáticas, claro. No fue nada fácil hacer que nos escucharan. A la abuela casi le da un ataque cuando pedimos que nos incluyeran y el tío Bill no dejaba de mirarnos como si hubiéramos cometido un crimen. Pero, al final todo salió bien. Se… ¿Cómo dijo Rachel Carter? ¡Oh, sí! Se rompió el círculo. No más mentiras, ni secretos. Decidimos que, entre todos, sería mucho más fácil dar con ustedes y acabar con esto. Desde entonces, cada vez que ellos averiguan algo nuevo, nos lo dicen y nosotros…
—¿Dices que papá te contó todo?
Albus no estaba mirándola directamente. Ni a su hermana, ni a sus amigos. Sus ojos se perdían en la oscuridad que tenía delante, pero aun así, parecían penetrar todo a su alcance. Hubo algo, en su mirada, en su voz, en su porte… Algo que hizo que, esta vez, Lily borrara su sonrisa.
—Albus —dijo, suavizando el tono de su voz—. Todo es distinto ahora, te lo aseguro. Y sólo teníamos que hablar con ellos para que todo mejorara. Sé que tú y papá… —se mordió el labio—. Pero, no importa. No importa nada de lo que haya pasado antes. Lo que importa es que volviste y te prometo que ahora…
—Hay que seguir.
Avanzó. No volteó a verla otra vez. No miró ni a Scorpius, ni a Rose. Continuó el camino, apretando su varita con fuerza, con los nudillos cada vez más blancos, con las uñas cada vez más encajadas en su propia piel. Avanzó porque era lo único que podía hacer en ese momento. Y esta vez fue la piedra la que retumbó bajo sus pasos, la fría piedra que lo conducía hacia Hogwarts. Albus avanzó, cada vez más rápido, cada vez más firme y siempre, siempre, aferrándose a la mochila que le colgaba del hombro.
Harry deslizó los dedos por la fría superficie de madera.
El tocador, al igual que el resto de los muebles en la habitación de Albus, estaba impecable. Ginny le había ordenado a Kreatcher que todos los días hiciera limpieza en el cuarto vacío, y aunque el viejo elfo creía que aquella era una petición ridícula (como expresó varias veces en voz alta), Harry sabía por qué su esposa insistía en hacerla.
Albus faltaba en cada rincón de la casa. En los silencios a la hora de cenar, en las respuestas ácidas a las bromas de James que ya nadie hacía, en los gruñidos ante una caricia maternal de Ginny, en las conversaciones a media noche, los consejos no solicitados… Albus faltaba y dolía. Sin embargo, observar cómo el polvo comenzaba a acumularse, día a día, capa a capa… Eso era verdaderamente insoportable. La habitación abandonada era un recordatorio de todo el tiempo, de todos los meses que había pasado la familia Potter sin el menor de sus hijos varones. El polvo era la prueba tangible, horrible y constante de que Albus no estaba con ellos.
Con parsimonia, Harry observó el espejo del tocador. Sobre el cristal se notaba la marca de las fotografías que antes habían estado pegadas y que Albus se había llevado consigo la noche de su partida.
—Le dije mil veces que debía pegarlas con magia o el pegamento dejaría huella.
Harry alzó la vista y observó el reflejo de Ginny, de pie en el marco de la puerta. Su esposa entró en la habitación y se sentó en la cama, perfectamente hecha con sábanas lisas y verdes.
—Pero Albus nunca escuchaba órdenes, ¿verdad?
Harry negó tristemente con la cabeza y fue a sentarse junto a ella. Sus dedos se entrelazaron.
—Harry —dijo y lo miró, decidida—. Lo vamos a encontrar.
—Lo sé.
Y era verdad.
El agobio de aquella búsqueda imposible no había desaparecido por completo. Pero, desde que James y Lily se habían atrevido a enfrentarlo y él había decidido escucharlos, el mar de la incertidumbre por el que navegaba parecía más tranquilo, mucho más gobernable. Sabía que el momento de encontrar a su hijo llegaría, tarde o temprano.
—Harry… —dijo Ginny, pero él ya no alcanzó a escuchar lo que quería decirle porque, en ese momento, se escuchó el estallido de las llamas flú por la chimenea, seguido por la fuerte y potente voz de su hijo mayor.
—¡Oigan! ¡Rápido! —gritó James desde la planta baja.
Harry y Ginny salieron de la habitación velozmente y bajaron al recibidor con las varitas alzadas. Junto a la chimenea estaba James, tratando de sostener a la persona que acababa de aparecerse.
—¿Quieres hablar claro? ¡Maldita sea! No te entiendo nada, viejo —mascullaba el muchacho—. Despacio, por el amor de…
—¡Escúchame! —gritó Lysander. Tenía el cabello rubio lleno de hollín y jadeaba como si hubiese corrido kilómetros—. Estaba… Yo… Hogsmeade… Sa-salía de la estación y… Oh, ahí estaba… Yo…
—Lysander —Ginny se acercó y le apretó el hombro, tratando de calmarlo—. Está bien, cielo. Tranquilízate. Sólo dinos qué…
—¡Los vi! —exclamó y se tambaleó. James lo sostuvo por un costado—. Iban… Los tres… Yo… Hogsmeade… Cr-creo que ella me vio, pero no estoy… N-no sé si…
— No entiendo qué….
—¡Albus! —gritó y su voz resonó como eco en la estancia.
Harry dio dos pasos presurosos, acercándose hasta quedar a la altura de Lysander. El muchacho lo miró a los ojos.
—Albus —repitió sin dejar de jadear—. Albus, Rose y Scorpius. Yo… —tragó—. Los vi. A los tres. I-iban hacia Honeydukes. Yo… Albus estaba ahí.
Y Harry se tambaleó también.
El momento había llegado.
Rose aprovechó el resto del camino hacia la salida del túnel para interrogar a Lily sobre todo lo que había leído en El Profeta.
Sí, el profesor Knoffler había sido asesinado luego de que ellos se fueran del baile de máscaras en Venecia. Sí, James y Alice habían sido sometidos a la maldición cruciatus durante varias horas y Molly ahora tenía una fea cicatriz en la clavícula que se parecía al símbolo del Aurea Pergamena. Sí, había habido una explosión en el Ministerio de Magia, provocada por semillas de Tentácula venenosa, Hermione había resultado herida y Vicky… Sí.
—Teddy me dijo que tuvieron que quedarse en San Mungo por varios días, pero que ella ya está mucho mejor —les contó Lily—. Había querido guardar el secreto y decirnos a todos sobre el bebé hasta que se calmaran un poco las cosas, pero… —suspiró y no completó la oración.
—Es… —Rose se mordió el labio, tratando de controlarse—. ¿Y mi mamá cómo…?
—Oh, ya la conoces. No iba a quedarse en el hospital mucho tiempo. Pero está bien.
—Jamás quisimos involucrar al profesor Knoffler. Sólo fuimos a ese estúpido baile para preguntarle algo. No creí que…
—Rose, deja de mortificarte. Todo lo hicieron esos bastardos de Dimas y Lodge.
—¿Qué hay de…? —Scorpius carraspeó—. Dime, Lily, ¿has visto a mi padre? ¿Él ha…?
—Oh, yo no lo he visto, pero James dice que está bastante enterado de todo. Como Dimas y Lodge ahora saben que en realidad siempre estuvo espiándolos, papá le consiguió una casa de seguridad. Se supone que, por protección, debe quedarse ahí con tu madre y tu abuela, pero sale todo el tiempo. Se la pasa en el Valle de Godric con mi familia, haciendo planes y demás.
—¿En serio? —preguntó Scorpius y esbozó una leve sonrisa.
—¿Qué hay de lo que escribió Skeeter sobre el Cuartel de Aurores? —preguntó Rose—. Decía que el tío Harry…
—Suspendido, sí —para su sorpresa, Lily se rio—. Pero no importa. Creo que le gusta eso de no seguir las reglas. Fue así como logró descubrir más sobre Dimas Mabroidis, su hermano loco y Miranda Savage.
—¿Savage? —Rose frunció el entrecejo—. ¿La tipa que trabaja con mamá…? ¿Ella qué tiene que ver con todo esto?
—¿Y de qué maldito hermano hablas? —preguntó Scorpius arqueando las cejas.
Lily volvió a reírse.
—¡Vaya! Me alegra saber que al menos tenemos información desconocida para ustedes. Pero, tranquilos. En cuanto estemos todos juntos les…
—No.
Albus habló, pero no volvió la vista. Se detuvo al final del camino y comenzó a trepar por el tobogán de piedra.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lily avanzando detrás de él.
—No vas a decirle a nadie que estamos aquí.
—¿Qué? —se rio, pero esta vez su tono se escuchaba menos alegre, menos sincero—. Oh, vaya. ¿Así que ese era tu brillante plan al venir aquí? ¿Entrar al castillo y buscar esos malditos pergaminos sin que nadie se dé cuenta?
—No creemos que sea prudente que… —comenzó a decir Rose, pero Lily soltó un gruñido.
—No me interesa cuáles sean sus intenciones, ¿de acuerdo? Esta no es solamente su búsqueda. Ya no —los cuatro llegaron a la cima del tobogán y Lily se atravesó en el camino de su hermano antes de que él pudiera abrir la pared sellada—. Escúchame, Albus. Te largaste sin decir nada y seguramente le has estado haciendo lo mismo a Rose y a Scorpius durante todo este tiempo, pero tienes que entender que ahora…
—Apártate, Lily.
—¡No!
—Lily… —trató Scorpius.
—¡Dije que no! —exclamó. Los miró a los tres, completamente exasperada—. Haremos esto así: saldrán de este pasadizo a mi manera o les juro que haré tanto escándalo —alzó las cejas—, que voy a despertar a todo el castillo antes de que puedan atravesar el corredor.
Jugó con su varita entre sus dedos, desafiante, y antes de que Albus pudiera siquiera responder, Scorpius lo tomó del brazo para apartarlo.
—Al, tal vez… —murmuró—. Tal vez sea bueno escucharla… ¡Sé lo que dije antes! —se apresuró a añadir al ver que su amigo apretaba con fuerza la mandíbula—. Sigo creyendo que si tú tienes los pergaminos y la daga, encontraremos más rápido la pieza que falta. Pero, ¡es Hogwarts! Va a ser imposible buscarla sin que nadie note que estamos aquí.
—Es cierto —dijo Rose acercándose—. Necesitamos ayuda.
—Yo no necesito…
—Al —Scorpius suspiró—. Sólo… Vamos. Sigamos a Lily.
Se soltó del agarre. No dijo nada, pero volvió a mirar a su hermana. Ella debió de entender su gesto hosco como una afirmación, porque golpeteó la pared con su varita. Al instante, se abrió la joroba de la estatua de la Bruja Tuerta y los cuatro salieron por fin hacia el corredor oscuro de Hogwarts.
Rose y Scorpius recorrieron su alrededor con la mirada, observando los muros del castillo como si se hubiesen reencontrado con un viejo amigo. Albus, sin embargo, se quedó de pie, quieto, con algo denso oprimiéndole fuerte el pecho.
Pronto, Lily desenredó la capa invisible y la echó sobre sus cabezas. Aunque la tela no alcanzó a cubrirlos por completo, los cuatro comenzaron a avanzar rápidamente.
—¿Y cuál es el plan? —preguntó Scorpius, pero la muchacha se limitó a sacar el Mapa del Merodeador de su bolsillo, y luego a guiarlos por un par de pasillos solitarios. Pasaron unos cuantos minutos en silencio, hasta que llegaron a una esquina y ella se detuvo. Sin decir nada, les arrebató la capa.
—Lily, ¿qué…? —preguntó Rose, pero el sonido de unos pasos acercándose la interrumpieron.
Lily aguardó, ignorando las miradas interrogantes de Rose y Scorpius. Después de unos segundos, la persona que ella ya había visto acercarse en el mapa dobló la esquina, casi chocando contra ellos.
—Hola, tío Neville.
—¿Tienes la bitácora del juego de las Arpías de Holyhead? —Teddy habló distraídamente, sin apartar la vista de los papeles esparcidos sobre su escritorio. Pasados unos segundos, al no obtener respuesta, alzó la cara—. ¿Lizza?
La muchacha estaba sentada en el escritorio de al lado, con la vista fija en un par de pergaminos que no parecía estar leyendo. Una parte de su largo cabello oscuro le cubría el rostro, pero aun así, alcanzaban a notársele las profundas ojeras que marcaban el contorno de sus ojos.
—¿Lizza?
—¿Qué? —preguntó ella, sobresaltándose—. Lo siento, yo… No te escuché.
—Te pregunté si tienes contigo la bitácora de las Holyhead.
—Oh, sí —Lizza revolvió el cúmulo de pergaminos frente a ella. Parecía que le temblaban las manos—. La dejé por aquí… Estaba justo…
—Está bien, no te…
—Dame un momento —dijo ella, apresurada—. La tenía justo aquí, estoy segura —había un vaso de café frío en la orilla del escritorio y, cuando Lizza levantó uno de los pergaminos, éste se volcó. El líquido empapó todo lo que había encima del mueble—. ¡Oh, diablos! Lo siento mucho. Es… Yo…
Teddy se levantó de su lugar para limpiar el desorden con un movimiento de su varita. Lizza se apretó el entrecejo.
—Lo lamento mucho, Teddy, yo…
—No te preocupes —dijo él negando con la cabeza. Consultó su reloj de mano y abrió los ojos como platos—. ¡Merlín! Es de madrugada ya. Lo siento mucho, Lizza, no me di cuenta. Ve a tu casa. Mañana…
—No —dijo ella y tragó—. Dije que te ayudaría a terminar con todo lo que está pendiente. Está bien, es…
—No hace falta. Es mi culpa que estemos atrasados en primer lugar. Anda, ya me has ayudado mucho.
—No es tu culpa —murmuró ella—. Estabas con tu esposa, es… —se mordió el labio—. Tú eres el que debería de irse ya. No tendrías por qué preocuparte por el trabajo en estos momentos, yo puedo…
—Vicky se quedó con sus padres esta noche —Teddy sonrió, agradecido por la preocupación—. Desde el accidente habían querido pasar un rato a solas con ella. Yo creo que eso le hará bien —suspiró—. Pero tú te ves cansada. Ve a tu casa. Estaré bien con el papeleo.
—Te ayudaré —dijo con firmeza. Enfocó nuevamente su vista en los pergaminos del escritorio y Teddy la observó, preocupado.
—¿Está todo bien? —le preguntó—. Te ves un poco…
—Bien, todo bien —dijo rápidamente, aunque cuando volvió a revolver los pergaminos, el temblor en sus manos se hizo más evidente.
—Lizza, en serio, deberías…
Pero Teddy no alcanzó a decir nada más porque, en ese momento, sus palabras se ahogaron ante un fuerte estrépito que rompió con la quietud del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos.
—¡Teddy!
Era James.
El muchacho entró a la oficina dando un portazo. Iba tan rápido que no se dio cuenta de cuando chocó contra una estantería, derribando varias quaffles que rebotaron contra el piso de mármol. Al ver a Teddy, su rostro se iluminó de alegría.
—¡Teddy! —volvió a exclamar—. ¡Lo encontramos! ¡Lo encontramos!
—¿Qué…?
—¡Hogwarts! Lysander fue al Valle de Godric y nos los dijo —jadeó. Agarró al otro por los hombros—. ¡Lo encontramos! ¡Tienes que moverte, Teddy! Está en Hogwarts, yo… ¡Rápido! ¿Qué esperas? ¡Está ahí! ¡Está en…!
—James, ¿de qué diablos…?
—¡Albus! —alzó los brazos, sonriente, sorprendido, enfadado. James parecía tener un cúmulo de emociones que se le amontonaban en el pecho, a punto de estallar—. ¡Albus! Lysander lo vio en Hogsmeade. Iba para Hogwarts, él…
—¡James! —Teddy levantó una mano para callarlo y fue hasta entonces cuando el muchacho se dio cuenta de que había otra persona con ellos en el despacho.
Al escuchar el nombre de Albus, Lizza se había levantado del escritorio súbitamente. El temblor en sus manos desapareció, para dar paso a la tensión. Se veía tan pálida que parecía que toda la sangre se le había ido del cuerpo de golpe.
—Oh, descuida —le dijo James a Teddy. La sonrisa que había mantenido desde que entró al despacho pareció ensancharse—. Ella salía con Albus. ¿No te lo había dicho?
—James, aun así…
—¿Albus? —preguntó Lizza. La voz débil, las ojeras marcadas, el aliento frío—. ¿Él…? ¿Cómo…?
—Mi madre te mintió, lindura —le explicó James sin darle importancia—. No escondimos a Albus para protegerlo de los ataques. El idiota se escapó de casa.
—¡James! —exclamó Teddy escandalizado.
—¿Qué estás esperando? —gruñó el otro. Lo jaló del brazo—. Está en Hogwarts ahora mismo. Lysander iba saliendo de la estación de radio y alcanzó a verlo entrando a Honeydukes. Él, Rose y ese imbécil de Malfoy. Van para el castillo. Eso significa que hay otra pieza ahí, otra…
—Basta —dijo Teddy y observó a Lizza, alarmado, aunque ella ya había dejado de mirarlos.
—Voy hacia allá. Vamos. Todos —continuó James—. Hay que ayudarlo a encontrar la que falta y acabar con esto de una buena vez. ¡Terminará, Teddy! Lo encontraremos y todo terminará.
Caminaron hasta la puerta. James todavía hablando, todavía jadeando, con la emoción sobrepasando todos sus límites; Teddy aún confundido, preocupado, digiriendo la información con lentitud…
—¡Esperen!
Se detuvieron antes de poner un pie afuera de la oficina. Lizza había salido de su lugar, tropezando con el escritorio y derribando varios de los pergaminos amontonados. Habló bajo, profundo, con una angustia que nadie conocía y con los ojos destellando en un brillo que no se podía identificar.
—¿Puedo…? —inhaló hondo, muy hondo—. ¿Puedo ir con ustedes?
Si Teddy hubiese podido contestar, habría dicho que no. Le habría agradecido su preocupación y luego explicado educadamente que aquello era un asunto privado, familiar y que además, podía ser muy peligroso. Habría tratado de calmar su ansiedad diciéndole que ya tendría noticias de Albus luego y que cuando ambos se encontraran, él decidiría qué tanto podía contarle…
Sin embargo, James se adelantó.
—Por supuesto que puedes venir, lindura. Seguro que a Albus le dará gusto verte.
Quería largarse.
Albus quería tomar su mochila, dejar a todos atrás y ponerse a buscar de una maldita vez la pieza del Aurea Pergamena que le faltaba. Pero estaba rodeado. Escuchaba las voces a su alrededor y las sentía como cadenas. Observaba a las personas y le parecían muros que deseaba derribar cuanto antes. Tragó. Trató de resistir. Ya estaba cerca, muy cerca…
El despacho de la directora McGonagall estaba inundado de gritos. Las palabras, bruscas y desesperadas, viajaban por el aire, chocando unas contra otras, desapareciendo sin ser realmente escuchadas. Lily, Rose y Scorpius estaban frente al escritorio de la profesora. La primera trataba de explicarle cómo habían llegado hasta ahí. Los otros dos intentaban guardar la información importante y soltar únicamente lo más esencial. A la vez, Neville parloteaba nerviosamente, sin poder completar ninguna oración sobre su ronda nocturna y cómo los muchachos se habían atravesado en su camino. Cerca de la puerta, el profesor Dennis Creevey (que impartía Defensa Contra las Artes Oscuras desde que Benjamin Lodge había sido encerrado en Azkaban) preguntaba en voz alta y exasperada por qué había sido llamado a tan altas horas de la noche.
Albus guardaba silencio, tratando de evitar los ojos severos de McGonagall que conocía tan bien.
—Hagan el favor —dijo al fin la profesora—, de callarse todos en este instante.
Los demás enmudecieron y ella se alzó en su lugar, tan firme como siempre.
—Entonces, Potter, Weasley y Malfoy…
—Profesora —murmuró Rose. Miró a Albus, de pie junto a la ventana—. No habríamos entrado al castillo si no fuera importante. Es un asunto bastante delicado y…
McGonagall alzó una mano para callarla.
—Este alboroto tiene que ver con los pergaminos de Merlín, ¿no es así? —refunfuñó.
—¿Qué? —chilló Scorpius con la boca completamente abierta. Albus sintió una punzada en el pecho—. ¿Usted también…? ¿Qué no se suponía que era un secreto guardado durante siglos y…? ¿Por qué de repente todo el mundo lo sabe?
—No estoy enterada de los detalles, pero por supuesto que lo sé —se indignó ella—. Tengo en Hogwarts a la mitad de la progenie Potter y Weasley, ¡por todos los cielos! ¿Qué esperaban? Sus padres me contaron todo y me encomendaron vigilarlos de cerca desde que comenzaron los ataques.
—Bien, entonces no tendremos que perder más tiempo en explicaciones —dijo Lily dando un paso al frente—. Ellos saben cómo terminar con los ataques y necesitan recorrer el castillo. Así que…
La profesora la miró, exasperada, y Lily guardó silencio de inmediato.
—Lily tiene razón —dijo Rose tímidamente—. Albus, él… —volteó a verlo de nuevo y se mordió el labio. No estaba segura de qué era lo que podía decir y qué debía callar, y parecía querer que él se lo indicara con la mirada—. Si usted sabe ya sobre los pergaminos, sabrá también que hemos estado buscándolos y que Albus puede… Él puede acabar con esto. Tenemos razones para creer que hay una pieza aquí, en Hogwarts, y quisiéramos…
—Oh, ya veo —McGonagall se acomodó las gafas—. Lo que ustedes pretenden es que los deje deambular por el todo el castillo para que puedan completar esa cosa —hizo un ademán con la mano, como sacudiéndose algo desagradable de enfrente—. Pero me temo que los tres llevan meses desaparecidos y lo primero que tendría que hacer es informar a sus padres que…
—¡No! —exclamó Scorpius adelantándose. Él y Rose miraron con rapidez a Albus, que se había tensado notablemente ante la idea—. Nosotros… Preferiríamos hacerlo por nuestra cuenta. Será rápido.
—No me diga —la profesora sonrió con desagrado. También se puso a observar a Albus y él ya no apartó la vista, aunque sabía que su deseo por salir del despacho se le notaba en cada fracción del rostro—. Aunque me encantaría cumplir con sus deseos, señor Malfoy —continuó ella—, temo que la situación ya no está en sus manos.
—Profesora…
—Profesor Creevey —le hizo una seña al hombre para que se acercara—, si fuera tan amable de examinar esa cosa para saber con qué estamos lidiando exactamente.
—Yo no creo… —Scorpius alzó las manos—. No creo que usted entienda la gravedad de…
—Oh, lo entiendo perfectamente, joven Malfoy —dijo apretando los labios—. Y me parece que ya va siendo hora de que acabemos con esta tontería. Ahora, ¿dónde está esa cosa?
Rose y Scorpius se encogieron en sus lugares, sin encontrar escapatoria. No dijeron nada, pero no fue necesario. La profesora parecía saberlo ya todo. Con severidad, miró a Albus una vez más, enfocando sus ojos en la mochila que le colgaba del hombro.
—¿Y bien, Potter? —urgió.
Albus frunció el ceño y permaneció unos segundos quieto, tenso, con la cabeza palpitándole dolorosamente. Lentamente, se descolgó la mochila. Al abrirla y tomar la caja en donde estaban los pergaminos y la daga, no pudo evitar aferrar sus dedos a la superficie.
Avanzó hasta ellos y el profesor Creevey extendió una mano. Albus soltó la caja y ahogó un jadeo estremecedor al sentir nuevamente el frío apoderarse de él. Se separaba del Aurea Pergamena y volvía a sentirlo, ahí, horrible, naciendo de su pecho y recorriéndole todo el cuerpo…
El profesor dejó la caja en el escritorio y al abrirla, tomó la daga con suma delicadeza y la alzó para verla de cerca. Luego, sacó el fajo de pergaminos y observó la superficie dorada, intentando descifrar las letras con tinta negra que relucían ahí.
—Fascinante —dijo emocionado—. Pero la escritura no me resulta familiar. Me parece que efectivamente son conjuros desconocidos.
—¿Y tú puedes entenderlos? —preguntó Lily volviéndose hacia su hermano. Él no contestó y ella se dirigió entonces a Rose y Scorpius—. ¿Puede entenderlos?
—No, él… —Rose miró a todos a su alrededor. Parecía acorralada—. No los comprende, pero…
—Puede conjurarlos —completó Lily asintiendo. Se acercó y observó el Aurea Pergamena de cerca—. Porque él tocó la daga, ¿verdad? Únicamente él puede. Si alguien más los lee no pasa nada, pero Albus…
—Lily…—murmuró Scorpius, pero ella no le hizo caso.
—¿Y cómo saben que puede conjurarlos? ¿Es que ya probó con alguno? —Lily acarició la superficie de los pergaminos, mientras el profesor Creevey enfocaba su atención en la daga, pasando su varita por encima con una mueca curiosa—. Oh, por supuesto que lo hiciste, ¿verdad? No creo que pudieras contenerte por mucho tiempo.
—Pero… —intervino Neville, preocupado—. ¿Eso no es…? ¿Acaso no es magia oscura?
—Merlín no era un mago tenebroso —dijo Lily restándole importancia.
—Aun así, creo que no…
—Suficiente.
Era la primera vez que Albus decía algo desde que habían salido del pasadizo. Su voz salió cargada del frío en su interior y alcanzó a helar a todos los presentes. Se puso delante de sus amigos, ignorando sus miradas consternadas.
—Necesito los pergaminos y la daga —le dijo a la profesora. Ella alzó las cejas—. Ya lo dijeron. Tengo que encontrar la pieza que falta.
—Admiro su determinación, señor Potter —dijo ella—. Pero, ¿por qué, en primer lugar, supone que está aquí en…?
—No supongo nada. Está aquí —dijo con dureza—. Ahora, démelos.
—Albus… —escuchó que murmuraba Rose.
Pero él se mantuvo firme, de pie ante todos, con la mirada endurecida y desafiante. Aguantó la mueca curiosa en el rostro de la directora, la escandalizada de Lily y hasta la consternación de Neville. Aguantó la preocupación de Rose y Scorpius, taladrándole la espalda como un pesado yunque. Aguantó y aguantó. Soportando el frío que lo consumía y la furia que empezaba a latir, como un rugido ardiente en su corazón.
—Desde luego que puede buscar la pieza que le falta, señor Potter —dijo la profesora al fin—. Aunque primero tengo que informar sobre su paradero. Pero quédese tranquilo. Después de todo, le será mucho más fácil completar los pergaminos de Merlín con la ayuda de sus padres.
—Profesora —dijo Creevey, interrumpiendo cualquier posible catástrofe que pudiese haber ocurrido después de que McGonagall dijera aquello—. No creo que tengamos mucho tiempo.
La atención de todos se concentró en él. Por la forma en la que pronunció aquella frase, todos se tensaron aún más, si eso era posible.
—La daga está encantada.
—Oh, bueno, sí —dijo Lily confundida—. Sólo un objeto encantado podría controlar quién puede leer los pergaminos y quién no…
—No me refiero a eso —el profesor Creevey volvió a pasar su varita por encima de la daga. Esta vez, murmuró un conjuro que Albus desconocía. Al instante, un chispazo de humo negro emergió del filo dorado, sobresaltando a todos—. Lo que pensaba… —murmuró y palideció—. Tenía una maldición. No sé decir exactamente cuál… Pero… Me parece similar a un hechizo de rastreo, es…
—¿Qué? —la voz de Rose tembló. Se olvidó de todo rastro de timidez y se encaminó al escritorio para examinar la daga—. ¿Cómo puede ser posible? No existe un… No conocido al menos, no así… ¿Alguien ha estado rastreando la daga?
—No puede ser —se apresuró a decir Scorpius—. No, eso no… No se puede… ¿O sí?
—No con un hechizo que conozcamos —dijo Creevey—. Pero, la magia antigua…
—Dimas —dijo Rose y cuando miró a Albus, a él lo recorrió un escalofrío—. Dimas pasó tanto tiempo en la mansión de Vivian Lake… Ahí pudo encontrar… Ahí pudo obtener indicios de su magia, de… —exhaló. Se puso una mano en la cabeza—. Por eso te la dio, Albus. Era una trampa. Te dio la daga porque le había puesto una maldición de rastreo. Él sabe… Ahora sabe dónde…
—No —Scorpius negó frenéticamente con la cabeza—. No, no… ¡Albus tiene la daga consigo desde que escapamos de ese lugar! Si Dimas le hubiese puesto una maldición para rastrearnos, nos habría atacado desde hace semanas, en vez de ir contra tú familia. No tiene sentido, no…
—Las maldiciones en objetos, algunas veces se activan con el uso —intervino Creevey—. Probablemente el hechizo fue inútil hasta que la daga fue utilizada.
Y entonces Albus recordó el último conjuro pronunciado, apenas hace unas horas en medio de la montaña helada. Recordó el calor y el cosquilleo en su mano derecha, en la cicatriz que lo había marcado como el único merecedor de aquel poder. El símbolo del Aurea Pergamena bajo sus pies. El conjuro que lo había llevado a otros tiempos, que le había revelado la identidad de G.G., la pista final…
El conjuro que también había activado la trampa de Dimas Mabroidis.
—Oh, por favor —dijo la profesora levantándose de su lugar—. Aunque eso fuese cierto, no pueden entrar al castillo.
—Nosotros entramos —dijo Scorpius.
—Ustedes y la señorita Potter conocen, me parece, medidas alternativas para ingresar —dijo. Albus no sabía si ella estaba enterada sobre el Mapa del Merodeador y la capa invisible, pero parecía muy natural ante la idea de que ellos estuviesen al corriente de los pasadizos que existían para entrar al colegio—. Cualquier otra persona ajena a Hogwarts tendría que esquivar nuestras medidas de seguridad para entrar sin ser detectado.
Albus caminó hasta la ventana y a través del cristal observó a la fría noche envolver los terrenos del colegio. Sus ojos permanecían ahí, pero su mente viajó lejos, muy lejos, desenterrando recuerdos que, a pesar del tiempo, se mantenían intactos.
Hace años, cuando Harry Potter había decidido que sus hijos podían conservar el Mapa del Merodeador y la capa invisible, hizo que le prometieran dos cosas. La primera: compartirían esos tesoros entre los tres, sin peleas, ni discusiones. La segunda: guardarían bien el secreto.
—Son objetos importantes —les había dicho—, que sólo pueden compartirse con personas en las que confíen plenamente.
Y James, Albus y Lily siempre se habían esforzado por cumplir con esas peticiones.
El mayor únicamente le había contado el secreto a los gemelos Scamander y a Louis. Lily, a Hugo y a su amiga Cécille. Albus le había contado a Rose casi en el mismo instante en el que James le entregó la capa y el mapa, y, meses después, luego de combatir juntos a un bravucón de Slytherin, se lo había dicho a Scorpius.
—Tiene razón —dijo Rose, muy segura—. Aunque pudieran habernos rastreado, Dimas y Lodge no pueden entrar a Hogwarts. No lo harán por la puerta principal y no hay manera de que conozcan alguno de los pasadizos que…
Y entonces, a lo lejos, se escuchó un estallido.
Todos callaron. Tensos, nerviosos, aguzando el oído. Albus fue el único que se movió. Abandonó la ventana, sintiendo como aquel ruido le calaba hondo, invadiéndole la cabeza con pensamientos que había tratado de ignorar por mucho tiempo…
Rose estaba terrible, terriblemente equivocada.
Sí había una manera en la que Dimas y Lodge podían conocer los pasadizos secretos del castillo.
Porque sí había otra persona que sabía todo acerca de la capa invisible y el Mapa del Merodeador.
Albus se lo había dicho, sí. No cuando estudiaba en Hogwarts, sino después. Muchos años después. Le había relatado cómo solía escaparse de su dormitorio en Slytherin, cómo era imposible que algún prefecto lo descubriera, cómo podía entrar y salir del castillo gracias a los pasadizos, gracias al túnel que conectaba Honeydukes con Hogwarts…
Albus había mantenido la promesa que le había hecho a su padre. Se lo había dicho todo, absolutamente todo, a una persona en la que confiaba plenamente…
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Scorpius con la voz ronca.
Y Albus únicamente fue capaz de pronunciar un nombre:
—Lizza.
¡Holaaaaa! Feliz año nuevo, felices propósitos nuevos. Uno de los míos fue (ya, por favor) actualizar. La vida muggle, lo de siempre, no me lo permitían. Además de que entre más me acerco al final, más me enredo y llegan las crisis que me han dado con esta historia, peeero, justo esta semana (luego de CASI rendirme con este capítulo) escuché por accidente la canción "I see fire" de Ed Sheeran y que Nina Keehl aka Danny, tan hermosa, escogió como representativa de este fanfic y pues, recordé cuanto, cuanto amo Aurea Pergamena y acabé con todas mis crisis existenciales y me puse a terminar.
En fin, siento que esto al final salió como un montón de escenas rápidas, sobre todo comparado con los últimos capítulos que se concentraban demasiado en nuestro nuevo trío. Pero, espero que aun así, les haya gustado. Volvimos a ver a Cécille (que la amo, you know), a Lizza, a Hogwarts... ¡Y tuvimos un reencuentro de Lily y Albus! Yo sé que no fue EL REENCUENTRO que esperaban y que se mueren por ver nuevamente a padre e hijo juntos, peeero, ya casi, lo prometo.
Y otra respuesta! ¿Por qué le dio Dimas la daga a Albus? Yep, era una trampa. Si se van al capítulo de "Dimas y Dante", Dimas menciona que en la mansión de Vivian encontró varios de sus hechizos, uno de ellos, es una maldición que "sirve para rastrear objetos que antes estaban en tu posesión". Yo sé que es casi imposible que se acuerden de un detalle así porque me he tardado MESES en actualizar, peeero, lo comento para que no crean que me lo saque de la manga xD
Bien, no me queda más que agradecerles a quienes me han enviado mensajes privados y a quienes aun después de tanto tiempo dejan reviews. Sé que ha sido un camino largo y que esta densa la cosa y por eso, por eso, los amo mucho :3 Son mi fuerza para continuar y que se me quiten las crisis.
Ahora sí me atrevo a prometer un capítulo más rápido, porque acabo de hacer un plan de escritura que está bruto y que me va a exigir dedicarle mucho tiempo a Aurea Pergamena (espero que ese propósito no valga madre igual que la dieta xD)
¡Reviews plis!
