Una Manera.
—¡Ahí! —gritó Rose.
Todos terminaron de bajar por la escalera y se dirigieron hacia el lugar que señalaba la muchacha. Al final del corredor del tercer piso, frente a ellos, la estatua de la Bruja Tuerta yacía partida por la mitad, revelando la entrada al pasadizo de Honeydukes.
—Oh, no… —dijo Lily, colocándose junto a Albus.
—Bueno, ya sabemos qué fue ese estallido —comentó Scorpius.
—Entraron a Hogwarts —dijo Neville, como si no pudiera creérselo. McGonagall y el profesor Creevey se adelantaron para revisar la estatua—. Esos hombres… Sabían que podían entrar por aquí.
—No entiendo —Lily miró a su hermano—. ¿Por qué dijiste…? ¿Qué tiene que ver Lizza en todo esto? ¿Ella les dijo a esos tipos…? Pero, ¿por qué? No…
—Es una historia muy larga —se adelantó Scorpius—. Y ahora no hay tiempo para…
—¡Me tienen cansada con eso! ¡Quiero saber por qué…!
—Lizza está con ellos, ¿de acuerdo? —dijo Rose. Con cada sílaba, la voz parecía quebrársele un poco más.
—¿Qué? Pero, ¿por qué…?
—¿Qué es lo que pretenden esos hombres? —los interrumpió el profesor Creevey—. ¡Entrar a Hogwarts! ¿Están dementes? Lodge debería saberlo, dio clases aquí. Atacar el colegio es prácticamente un suicidio. Dos hombres únicamente jamás podrían contra…
—Es que no son sólo dos hombres —dijo Rose—. Hay más, hay… —se revolvió las manos, nerviosa—. Dimas Mabroidis suele trabajar solo, pero Lodge tiene un equipo. Scorpius y yo los vimos cuando estábamos en la mansión de Vivian.
—Antiguos mortífagos —asintió el muchacho—. O gente que llegó a relacionarse con ellos. No son demasiados, es decir… Cuando la Orden llegó a la mansión, atraparon a algunos, pero otros consiguieron escapar. Travers, ese imbécil de Selwyn… —e inconscientemente se estremeció, seguramente recordando el látigo encantado y los golpes que aun cicatrizaban en su espalda por culpa de aquel hombre.
—Dimas y Lodge no entrarían a Hogwarts si no tuvieran apoyo —continuó Rose—. Deben de haber entrado junto a ellos.
—Y están en el castillo para… —Neville los observó, pálido—. ¿Para encontrar a Albus?
—Quieren los pergaminos y saben que no podrán utilizarlos hasta que…
Rose no terminó la frase, pero no hizo falta. Albus no apartó la vista de la estatua destruida, pero, aun así, sintió cómo los ojos de todos lo taladraban con sincera preocupación.
—Bien —soltó McGonagall y se alzó, derecha, con una presencia imponente que no desaparecía a pesar del tiempo—. Bien.
Caminó un par de pasos lejos de los demás, sin voltear a ver a ninguno. Sacó la varita de su túnica y la levantó, en un movimiento fluido y estilizado. De la punta, saltaron un par de chispas doradas que danzaron por el aire y luego, de golpe, se adhirieron a las paredes del castillo. Una, luego la otra, los destellos comenzaron a reproducirse hasta que todos los viejos ladrillos quedaron cubiertos por un ligero resplandor.
—Profesora, ¿qué…? —preguntó Neville.
—No volveremos a tener una guerra aquí, Longbottom —dijo McGonagall con un brillo inusual en los ojos—. No mientras yo sea la directora.
Entonces, el resplandor se movió con rapidez. Albus lo observó avanzar por los muros, hacia los lados, hacia arriba, hacia los demás pasillos. Las chispas pasaron fugazmente por su lado y desaparecieron.
Hubo unos segundos de silencio.
Y luego, un pitido entrecortado resonó en todo el lugar…
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—Alerta preventiva —explicó la profesora alzando la voz por sobre el ruido. Les hizo una seña con la cabeza y todos la siguieron hacia los pisos de abajo—. Les indicará a los demás profesores que algo pasa. Llevarán a todos los alumnos al Gran Comedor y luego los sacaremos del castillo.
—¿Los sacarán…? —Scorpius abrió los ojos como platos.
—La última vez que personas indeseables entraron por la fuerza a esta escuela, apenas pudimos sacar a la mayoría de los estudiantes —dijo, sin detenerse—. Eso no volverá a ocurrir.
Llegaron con ella al Gran Comedor. En la entrada ya había un par de profesores que se habían levantado con prisas tras el pitido. McGonagall intercambió un par de palabras con ellos, mientras Scorpius jalaba a Albus y a Rose de la mano, para alejarlos un poco de los demás.
—Esto está mal —dijo—. Está mal, mal, mal, muy mal —aspiró con fuerza—. ¡Alerta preventiva! ¡Hicimos que soltaran una maldita alerta preventiva en Hogwarts!
—B-bueno… —balbuceó Rose, todavía revolviéndose las manos—. La profesora McGonagall tiene razón… Es decir, si Dimas y Lodge están aquí… Lo más importante es… Es proteger a los alumnos…
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
Más personas entraron al Gran Comedor. Prefectos, profesores, el viejo Filch…Todos se veían confundidos y adormilados, pero el sueño parecía escapar de sus cuerpos conforme McGonagall hablaba con ellos.
—¿Qué demonios vamos a hacer? —preguntó Scorpius al aire.
—No tienen de qué preocuparse —Neville se acercó a ellos y puso una mano sobre el hombro de Albus—. Nos encargaremos de esto y en cuanto sus padres lleguen, todo estará bien.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—Ya está —McGonagall caminó hasta donde estaban. Detrás de ella, cada vez aparecían más y más personas. Iban en pijama. Se amontonaban en la puerta y luego avanzaban en grupos, invadiendo el Gran Comedor y pasando por entre las mesas—. Les informé a los profesores que hay intrusos en el castillo y que los alumnos deben salir cuanto antes. Profesor Longbottom, ¿podría encargarse del desalojo? No quiero a ningún estudiante aquí. Llévenlos a Hogsmeade hasta que podamos controlar la situación. Y haga el favor de ser discreto. No me gustaría hacer más grande la situación.
—¿Más grande? —preguntó Scorpius en voz baja.
—Claro, profesora —respondió Neville y soltó a Albus. Éste dirigió su vista hacia los grupos de estudiantes que llegaban con rapidez, alzando las cabezas, curiosos, esperando enterarse de lo que pasaba.
—Nombré a algunos profesores para que se queden como apoyo. Necesitamos hallar a esos hombres cuanto antes y sacarlos del colegio. Mientras tanto, ustedes tres… —se volvió hacia Albus, Rose y Scorpius, y por un momento pareció quedarse muda, como sumida en algún pensamiento fugaz. Luego, carraspeó—. El profesor Creevey los acompañará para que puedan encontrar esa cosa.
—¿Qué? —preguntó Scorpius confundido.
—La parte que les falta, ¿no es por eso por lo que están aquí? —soltó ella, impaciente.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—Pero, no es necesario que…
—En cuanto la encuentren, profesor Creevey, haga el favor de avisarnos. Si todo sale bien este asunto terminará pronto —se sacudió la túnica, exasperada. Volteó a su alrededor, cada vez más lleno de personas, cada vez más lleno de ruido—. Bien. En marcha, entonces. Señorita Potter, andando.
—¿Disculpe? —preguntó Lily arqueando las cejas.
—No hay tiempo que perder. Acompañe al profesor Longbottom a la salida junto con sus compañeros.
—¿Qué? ¡No! —exclamó cruzando los brazos—. No. Yo voy a ir con Albus.
—Dije, específicamente, que no quiero a ningún estudiante en el colegio mientras resolvemos esto —los ojos de McGonagall brillaron con severidad—. Ahora, por favor, retírese.
—¡Pero, profesora…!
—Retírese.
Lily apretó los labios. Parecía estar poniendo todo su esfuerzo en no soltar una palabrota. Miró a Albus, Rose y Scorpius, pero el primero seguía absorto en el mar de gente que se amontonaba tras ellos y los otros dos sólo atinaron a dibujar una mueca de impotencia ante las palabras de la directora.
—Vamos, Lily —pidió Neville.
Ella asintió, pero en vez de alejarse, dio un par de pasos hasta su hermano y lo abrazó con fuerza. Albus recibió el gesto con la misma torpeza de antes, cuando se habían encontrado en el túnel. Apenas y pudo levantar los brazos cuando Lily lo apretó fuerte, con extraña ansiedad. Al separarse, se dio cuenta de que su hermana tenía los ojos rojos.
—Irá bien —murmuró. Le apretó el brazo y luego le dirigió una triste sonrisa a Rose y a Scorpius. Finalmente, se encaminó con Neville hacia el montón de personas. Albus observó al hombre dar un par de instrucciones y luego abandonar el lugar junto a su hermana y más alumnos.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—Necesitamos un plan —dijo entonces el profesor Creevey—. No podemos sólo deambular por el castillo. ¿Han utilizado algún método en específico para encontrar los pergaminos?
—Hemos… —Scorpius tosió—. Improvisado.
—Es más complicado que eso —comenzó a explicar Rose. McGonagall y Creevey pusieron toda su atención en ella y la voz de la muchacha tembló—. Comenzamos siguiendo algunas pistas, pero… Bueno, es que la mayoría de las veces… Ha sido suerte. No suerte, por supuesto. Es decir… Albus puede… Es que él… Ya que él tocó la daga, él puede…
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—Puede sentirlas —completó el profesor. Alumnos que estaban en espera de instrucciones comenzaron a amontonarse cerca de ellos—. Por eso las han encontrado.
—Sí, bueno, algo así —dijo Rose—. Pero en todo Hogwarts, realmente… Realmente no sabemos qué… En qué lugar puedan…
—Podrían estar en cualquier lado —dijo Scorpius—. Es decir, no sabemos dónde comenzar, ni…
—Si llegaron hasta aquí, deben de tener alguna pista útil —lo cortó McGonagall—. Le contarán todo al profesor Creevey y entre los cuatro, seguro encontrarán algo.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—N-no es tan simple —trató Rose—. Albus debe… Él es quien…
—Sí, sólo él puede encontrarlas.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
—Y entonces, ¿qué estamos esperando? —preguntó el profesor Creevey y todos volvieron la vista.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
El Gran Comedor ya estaba lleno. Frente a sus ojos se revolvían figuras de profesores, estudiantes y elfos. Caras conocidas, desconocidas, a su derecha, a su izquierda, en todos lados. Había ruido aquí y allá. Murmullos y quejas. Había profesores que gritaban instrucciones y confusión y desorden.
En el Gran Comedor había de todo...
Pero no estaba Albus.
—Mierda —masculló Scorpius y Rose se tapó la cara con las manos.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
Harry atravesó la red flú que había en la sucursal del Sortilegios Weasley de Hogsmeade. Apenas puso un pie en la recepción, tuvo que apartarse de inmediato de la chimenea pues, una por una, las personas que lo habían seguido atravesaron el resplandor esmeralda de las llamas.
Primero entró Bill, junto a Dominique y Louis. Les siguieron Charlie, Percy y Audrey, con Molly pegada a su madre. George, Angelina, Ron y Hermione. Fred delante de Luna, Rolf y los gemelos Scamander. Los señores Weasley, Draco, Rachel Carter y, al final, Ginny.
Sus voces, alborotadas y ansiosas, llenaron el lugar de inmediato.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Lorcan frotándose las manos—. ¿Sólo vamos a Hogwarts y tocamos a la puerta?
—Quiero ir delante —pidió George con una sonrisa—. Muero por verle la cara a McGonagall cuando nos vea a todos afuera del colegio.
—Lo más prudente será informarle que Albus, Rose y Scorpius lograron entrar —razonó Molly.
—Si no es que ya lo sabe —dijo Angelina.
—No creo que Albus se detuviera a avisarle —bufó Dominique—. Probablemente lograron entrar sin que nadie los detectara.
—¿Dónde está James? —preguntó Lysander mirando a su alrededor, percatándose de la ausencia del muchacho.
—Fue a avisarle a Teddy y a Alice—respondió Ginny—. Nos alcanzarán en un momento.
—Increíble —masculló Draco en voz baja—. Como si necesitáramos a más gente involucrada en esto —luego, visiblemente irritado por el barullo, se volvió hacia Harry—. No es de mi incumbencia, Potter, pero ¿no se supone que sólo venimos a recoger a nuestros hijos? No veo por qué el gran comité de bienvenida.
—Si no te gusta, vuelve por donde viniste, Malfoy —gruñó Ron, que estaba al lado de Harry y, por supuesto, había alcanzado a escucharlo.
—No iremos todos a Hogwarts —dijo Harry adelantándose a más réplicas. La verdad era que él no había planeado que todos los que estaban ahí lo acompañaran. Ese alboroto había sido provocado por James. Después de que Lysander les avisara sobre Albus entrando a Honeydukes, su hijo había insistido en que el trato al que habían llegado era decirle todo a todos, y, antes de que alguien pudiera negarse, había corrido a informarle a toda la familia lo que ocurría. Harry estaba de acuerdo con Draco y sabía que todo aquello era por demás innecesario, pero no tenía tiempo para discutir. Lo único que verdaderamente le importaba era llegar cuanto antes al castillo. Sabía que entre más rápido lo hiciera, más rápido encontraría a los chicos, acabarían juntos con todo ese asunto del Aurea Pergamena e irían a casa.
A casa.
Albus en casa.
Sólo eso quería.
—Oigan… —los llamó Fred. Estaba parado junto a la ventana, con la vista fija en el exterior—. No quiero arruinarles la fiesta, pero la gente de Hogsmeade no suele pasearse en la madrugada por la calle, ¿o sí?
—¿Qué? —Bill frunció el ceño y las voces agitadas de los demás se callaron.
Con la amarga sensación de un optimismo perdido, Harry se precipitó también hacia la ventana. Hogsmeade todavía estaba oculto bajo el manto de la madrugada, pero en sus calles había tanta gente como si fuese medio día. Cientos y cientos de siluetas se arremolinaban unas contra otras, trastabillando.
—¿Qué está pasando? —Hermione se colocó a su lado y entornó los ojos hacia el exterior—. Son… Me parece que no es sólo gente de Hogsmeade… Son…
—Alumnos de Hogwarts —dijo Harry y salió de la tienda de inmediato.
Avanzó en medio de la luz que producían las farolas de la calle, con los demás pisándole los talones. Varios vecinos del pueblo se asomaban por la puerta de sus hogares o locales, curiosos por lo que estaba pasando fuera, mientras demasiados niños y jóvenes andaban colina arriba, ataviados torpemente con túnicas encima del pijama.
Con la varita bien sujeta entre sus manos, Harry continuó su camino y no se detuvo hasta que alcanzó a distinguir una cara familiar en medio del mar de personas.
—¡Neville! —vociferó, acercándose con rapidez. Su amigo estaba casi en el límite del pueblo, dirigiendo a un grupo de primer año para que formaran una fila. Al ver a Harry, el rostro se le iluminó de alivio.
—¡Oh, Merlín! ¡Qué bueno que estás aquí, Harry! —exclamó—. Estaba a punto de enviarte un patronus.
—Neville, ¿qué está pasando? —le preguntó Ginny con urgencia. Todos los demás se detuvieron tras ella—. ¿Qué es…?
—¡Papá!
Harry apenas se volvió cuando los brazos de Lily le rodearon el torso. Su hija se había abierto paso por entre la gente, a empujones. Detrás de ella llegaron Hugo y Cécille.
—Lily, ¿estás bien? ¿Qué está pasando?
—¡Sí! Es decir, ¡no! ¡Claro que no estoy bien! —lo soltó. Parecía agitada—. ¡Están en el castillo! ¡Esos…!
—Lo sabemos, lo sabemos —dijo Ginny acariciándole el hombro—. Por eso estamos aquí. Albus, Rose y Scorpius están…
—¡No! Sí, pero… No hablo de eso —balbuceó ella.
—Harry —lo llamó Bill y, con la cabeza, apuntó a los estudiantes que rodeaban a Neville, que, en vez de avanzar, se habían quedado de pie, observándolos. Harry alcanzó a ver también a los vecinos de Hogsmeade que comenzaban a acercarse, mirándolos cada vez con menos recato.
—Es Harry Potter —escuchó que susurraban—. Pero, ¿no había sido suspendido como auror…?
—…toda la familia Weasley, ¿leíste lo que escribió Rita Skeeter?
—¿Crees que estén aquí por algo peligroso o…?
Hizo una seña que todos parecieron entender. Neville dejó al grupo de niños con otro profesor que estaba cerca y todos lo siguieron calle abajo, hasta el primer local que encontraron abierto. Se trataba de una pequeña taberna que apenas y tenía el espacio suficiente para que todos se amontonaran en el recibidor. No había nadie dentro y Harry supuso que el dueño había salido, igual que los demás vecinos, a averiguar lo que pasaba.
—Bien —dijo Ginny mientras cerraba la puerta—. ¿Ya pueden decirnos qué demonios pasó?
—¡Esos tipos están en el castillo! —chilló Lily—. ¡Esos…!
—Los que persiguen a Albus —se adelantó Hugo, con mucha más calma que su prima—. Entraron a Hogwarts.
Todos los presentes parecieron quedarse sin aire.
—¿Qué? —Hermione se llevó las manos a la boca.
—Por eso sacamos a todos —explicó Neville—. McGonagall lanzó una alerta preventiva y nos ordenó evacuar el castillo.
—¿Dónde está Lucy? —preguntó Percy precipitadamente.
—¿Y Roxie? —George se le unió—. ¿Dónde…?
—Las vimos hace un rato, con sus grupos —los tranquilizó Hugo—. Hagrid estaba ordenándolos para que hicieran fila, cerca de Las Tres Escobas.
—No entiendo —dijo Dominique con el ceño fruncido—. Esos hombres están ahí y… ¿También Albus? ¿Cómo es que…?
—Yo… Lo vi, yo… —Lily se pasó una mano por el cabello, nerviosa. Cécille, a su lado, le apretó el hombro afectuosamente y aquello pareció tranquilizarla un poco porque, cuando volvió a hablar, su voz era más clara y firme—. Lo encontré —dijo—. A Albus. A Rose y a Scorpius también. Yo estaba en el pasadizo hacia Honeydukes y ellos iban entrando.
—¿Qué hacías en un pasadizo a estas horas? —preguntó Fred alzando las cejas.
—¿Qué? —chilló—. ¡Eso qué importa! —soltó enfadada, aunque las mejillas se le sonrojaron levemente—. Venían entrando por el túnel y dijeron que había algo en el castillo que necesitaban. Supe que era una pieza del Aurea Pergamena, ¿qué más? Se sorprendieron mucho cuando les dije que lo sabía todo, pero les expliqué. Me siguieron, fuimos con McGonagall, nos topamos con el tío Neville…
—Estábamos por avisarles —dijo él—. Pero entonces escuchamos un estallido. Alguien rompió la estatua de la Bruja Tuerta y logró entrar al colegio.
En ese momento se abrió la puerta de la taberna. James entró y la dejó abierta para que las demás personas que lo acompañaban pudieran entrar. Sin embargo, el lugar era tan pequeño y había tanta gente que Teddy y Alice apenas pudieron poner un pie dentro. En realidad, todos estaban demasiado concentrados en la situación como para prestarle atención a los recién llegados.
—Fueron ellos —continuó Lily—. Esos hombres. Rastrearon a Albus. Al parecer ese tipo, Dimas, en algún momento le dio la daga. La hechizó. El profesor Creevey dijo algo sobre magia antigua. Por eso supo que estaba en el castillo. ¡Dimas rastreó a Albus con la daga y lo siguió!
—Rose dijo que probablemente ese hombre y Lodge no llegaron solos —explicó Neville—. McGonagall no quiso arriesgarse y nos ordenó sacar a todos los estudiantes.
—Nos despertó la alerta preventiva —dijo Hugo con un bufido—. Vimos a Lily cuando veníamos entrando a Hogsmeade.
—Albus, Rose y Scorpius se quedaron con McGonagall. Iban a buscar esa cosa y a sacar a esos hombres del castillo —Lily aspiró con fuerza—. Quise quedarme, pero… No me dejó… Dijo que debía irme…
—Está bien, cielo, está bien —la señora Weasley se acercó y le acarició la mano—. Todo está bien. Ya estamos aquí.
—Sí, por cierto, ¿qué hacen aquí? —preguntó Hugo.
—Lysander vio a Albus entrando a Honeydukes —apuntó Louis.
Todos miraron al muchacho.
—Hum… Sí, bueno… —carraspeó él—. Apenas iba saliendo de la estación de radio y los vi.
—La estación de radio no queda cerca de Honeydukes —observó Lorcan con las cejas arqueadas.
—Oh, no, no, pero… —Lysander agachó la mirada.
—Necesitamos entrar —dijo Ginny sin prestar atención a nada más—. Si los chicos están allá y también esos hombres…
—No son muchos —dijo Ron—. Atrapamos a la mayoría de ellos cuando estuvimos en la mansión de Vivian.
—Pero si se atrevieron a entrar a Hogwarts —intervino el señor Weasley—, entonces deben de ser más que suficientes.
—Y todos van tras Albus —murmuró Molly, preocupada.
Lily se dejó caer en una silla que tenía cerca. Volteó a ver a Harry y los ojos se le pusieron vidriosos.
—Papá, debes encontrarlo —dijo.
—Lo haremos —la tranquilizó Dominique—. Por eso vinimos, por…
—No, hablo de que… —la voz se le quebró ligeramente—. En serio debemos encontrarlo. Él… —tragó—. Realmente estoy preocupada.
—¿De qué hablas? —Ginny palideció.
—Estaba bien —se apresuró a decir Lily—. Es decir, no tenía nada, no físicamente, pero… Él… No me dijo mucho, no habló mucho, pero… Parecía… Se veía… —miró hacia el techo, como tratando de hallar en los viejos ladrillos la palabra que estaba buscando—. Enojado.
—Oh, bueno… —Lorcan torció la boca—. Lleva meses sin comer algo decente seguramente. Yo también estaría…
Lily negó con la cabeza, tan rápido, que la trenza que adornaba su cabello se deshilachó.
—No, no… Es… —volvió a mirar a Harry—. Hay algo distinto. Estoy realmente preocupada.
—Los pergaminos están casi completos —dijo Rachel Carter y algo helado se coló en el pecho de Harry—. Y tanto poder…
—Nada va a pasarle —la interrumpió Ginny—. Él estará bien. Hay que ir al castillo.
Harry asintió.
—Audrey, señores Weasley —se volvió hacia su cuñada y sus suegros. Estuvo a punto de distraerse por el ruido de la puerta al cerrarse, pero al ver las miradas de todos concentradas únicamente en él, no prestó atención a nada más—, lo mejor será que se queden con Neville para ayudarlo a que todo esté en orden aquí. Vigilen que Lucy y Roxie en verdad estén a salvo y asegúrense de que nadie regrese a Hogwarts por el momento.
—¿Vicky…? —preguntó Teddy
—Se quedó en casa con Fleur —le informó Bill.
—¿Y los demás qué hacemos, capitán? —preguntó George.
—A Hogwarts —respondió Harry—. Iremos al castillo, buscaremos a los chicos y sacaremos a esos hombres cuanto antes.
—Bien —dijo Fred y se puso al lado de Rachel Carter—. Al fin me va a ver en acción, profesora.
—Oh, estoy muy entusiasmada al respecto —dijo ella rodando los ojos.
Todos sacaron sus varitas y compartieron miradas determinantes que parecieron sobrepasar la preocupación. James estiró las manos, hizo tronar sus dedos y sonrió.
—Me gusta el plan —dijo. Parecía que irradiaba emoción mientras rodeaba a Alice con un brazo y a Teddy con el otro—. Nos perdimos la mitad, pero aun así… ¿Y vamos a ir todos? ¿Haremos equipos o…? —volteó hacia atrás. Repentinamente, frunció el ceño—. Esperen. ¿Dónde está Lizza?
—¿Lizza? —Dominique arqueó las cejas.
—Sí, ella… ¡Entró detrás de ti! —le dijo a Teddy y observó por sobre su hombro, como tratando de buscarla.
—Trabaja conmigo, salía con Albus, James creyó que era buena idea traerla —resumió Teddy ante la mirada extrañada de los demás.
—Bueno, estaba ahí cuando llegué a buscar a Teddy y no iba a dejarla mientras…
—¡Imbécil!
El grito de Lily sobresaltó a todos. Cuando Harry volteó a verla, su hija se había levantado de la silla y tenía los puños apretados en dirección a su hermano, como si estuviera conteniendo las ganas de lanzarle un maleficio.
—¿Qué? —preguntó James inocentemente—. Mamá le había dicho que teníamos escondido a Albus, pero ahora que acabamos con los secretos no tenía por qué seguir…
—Imbécil, imbécil —Lily avanzó bruscamente por entre los demás—. ¿Dónde está? ¿Dónde demonios…? —sacó su varita—. ¡¿Dónde está?!
—¿Qué diablos te…? —James no alcanzó a terminar su pregunta porque Lily lo apartó de un empujón y se dirigió a la puerta de la taberna. Asomó la cabeza y, al no encontrar a quién buscaba, maldijo en voz alta.
—¡Eres un…! —se mordió la lengua y volvió a empujar a su hermano—. ¡Idiota! ¡Eres un idiota, James!
—¿Qué te pasa? —gritó él y también la empujó—. ¿Por qué…?
—¡Está con Dimas y Lodge! ¡Lizza está con ellos!
Ginny, que estaba a punto de separarlos, se quedó helada y miró a su hija con una mueca de impresión que, Harry estuvo seguro, todos (conocieran a Lizza o no) compartieron.
—¿Qué?
—¡Eso! ¡Lizza está con esos hombres!
—No digas estupideces —bufó James—. Ella salía con Albus.
—¡Eres un…!
—Lily —Harry avanzó y se puso delante de ella, para evitar que siguiera golpeando a su hermano. La miró seriamente—. ¿De qué hablas? ¿Por qué dices que Lizza está…?
—Albus me lo dijo —barbotó y cuando la tomó por los hombros, Harry la sintió temblar de furia—. Dijo que fue ella quién les habló a esos hombres sobre el pasadizo en la estatua de la Bruja Tuerta.
—Es cierto —corroboró Neville.
—¡Ella lo sabía! Sobre el Mapa y las entradas a Hogwarts. Supongo que Albus se lo dijo y luego… No dijeron nada más. No sé cómo o por qué, pero… Me lo dijeron. Los tres. Lizza está con ellos y ahora, seguramente escuchó todo y se ha ido y…
—No tiene sentido —intervino Teddy rápidamente, abrumado por la nueva información—. Ella trabaja conmigo. La conozco, no tendría por qué….
—Estuvo con Albus, en la casa, ¡millones de veces! —James cruzó los brazos y rodó los ojos—. Si fuera una psicópata ya nos habríamos dado cuenta.
—¡Albus dijo que...!
—¡Basta de decir…!
—Una niña.
Fue el Draco el que dijo aquello. Su voz había sido apenas un susurro, pero increíblemente logró interrumpir la batalla de James y Lily. Todos voltearon a verlo y él carraspeó, incómodo, al darse cuenta de que era el nuevo centro de atención
—Travers —explicó a regañadientes—. Cuando lo atrapamos, luego de salir de la mansión de Vivian Lake, dijo que Mabroidis tenía como aliada a una niña. La envió junto con algunos mortífagos a vigilar el Castel Nuovo. Era aliada de Mabroidis, no de Lodge, por eso nadie sabía quién era y yo nunca pude conocerla.
—¿Y usted cree que esa chica sea quien…? —Lorcan soltó un silbido—. ¿La novia de Albus…?
—¡Es absurdo! —insistió James—. La conocemos. No es una mala persona.
—No necesita serlo para estar de parte de Dimas y Lodge —comentó Luna pacíficamente, aunque nadie alcanzó a comprender ese comentario del todo.
—¡Pero Albus dijo que…!
—¡Basta, basta! —los frenó Ginny alzando una mano. Compartió una mirada con Harry y el entendió.
Pensar en que aquella muchacha, que había fascinado a su hijo durante semanas, podía estar de parte de esos hombres, le causaba nauseas. Y aún más, pensar en que Albus ya lo sabía y que había tenido que enfrentar esa realidad solo… Sin embargo, por eso mismo no podían detenerse ahora a analizar la situación. Debían entrar al castillo y acabar con todo de una buena vez.
—Lily, ¿tienes el Mapa? —su hija asintió. Se lo sacó del bolsillo del pantalón y lo entregó sin chistar—. Con esto encontraremos a esos hombres y buscaremos a Albus, Rose y Scorpius.
—Que empiece la fiesta, entonces —dijo George y todos asintieron.
James abandonó su incredulidad. Lily olvidó que, hasta hace unos momentos, estaba peleando con su hermano. Ambos compartieron una sonrisa y se irguieron, cuan altos eran, frente a su familia y amigos. Avanzaron hacia la pequeña puerta… Y entonces, Ginny se puso delante de ellos.
—Esperen —dijo y parecía que iba a detenerlos, igual a todas las otras veces anteriores, cuando habían querido involucrarse. Su gesto severo era el de antes. También su pose, sus brazos en jarra y la mirada inflexible que despedía matices de preocupación que sólo Harry alcanzaba a notar.
James y Lily aguardaron, conteniendo la respiración.
—No… —suspiró. Cerró los ojos con fuerza—. N-o se separen —dijo finalmente—. No ataquen a menos que sea necesario. Busquen a los chicos. Si alguno tiene problemas, pida ayuda cuanto antes, ¿entendido?
—Sí —dijo James y la voz le salió aliviada, llena de la calidez que seguramente estaba invadiendo su interior.
—No quiero héroes. Entraremos y saldremos lo antes posible. No…
—Está bien, mamá —Lily sonrió.
Ginny, apenas, también lo hizo.
—Andando —ordenó Bill y mantuvo abierta la puerta para que todos pudieran salir.
Y así lo hicieron.
Uno a uno, juntos. Hijos, padres, hijas, madres. Cada uno avanzó junto al otro, como siempre debió de haber sido.
—Esperen —dijo Percy de repente. Frunció ligeramente el entrecejo—. Los menores de edad…
—Dijeron que podíamos ir —saltó Hugo de inmediato.
—Claro, porque sus padres están aquí —explicó él—. Sin embargo, no podemos hacernos responsables por los demás.
No especificó nada, pero le dirigió una mirada significativa a Cécille, siempre callada, de pie junto a Lily y Hugo.
—No —dijo Lily y se puso delante de su amiga—. Ni hablar. Ella nos ha estado ayudando, ella…
—Percy tiene razón —dijo Hermione y a pesar de que su pose era severa, cuando se acercó a ellos la voz le salió suave—. Cécille, lo siento mucho, pero debes quedarte aquí.
—Mamá… —intentó Hugo, mientras la muchacha a su lado palidecía.
—No sabemos qué vamos a encontrar en el castillo y no podemos arriesgarnos. Lo mejor será que se quedé aquí con los demás, mientras nosotros…
—No —murmuró ella—. Por favor, no… Si es porque no soy parte de su familia, y-yo…
—Irás —dijo Lily, decidida. Miró a su alrededor y frunció el ceño—. Rachel Carter tampoco lo es y aun así…
—La profesora Carter es auror y mayor de edad —intervino Angelina.
—No. ¡Ni siquiera nos habrían dicho lo que estaba pasando si no fuera por Cécille! —exclamó Lily—. Fue ella la que nos convenció para que…
—Lily, por favor —pidió Hermione. Miró a la amiga de su hijo, todavía con delicadeza—. Puedes ayudar a Neville y a los otros, ¿está bien? Seguramente no tardarán en informar a las familias de todos sobre la situación y entonces la tuya vendrá y…
—Yo no tengo familia —balbuceó Cécille bruscamente. Todos se quedaron quietos y ella inhaló con fuerza—. Por favor, yo quiero… Lily y Hugo son lo más parecido que tengo a una, y-yo… No puedo quedarme aquí mientras ellos están arriesgándose allá… Por favor.
Miró a su alrededor, seguramente esperando encontrar apoyo en la mirada de alguno de los presentes, pero todos parecían pensar lo mismo que Hermione y Percy. Por un momento, su mirada se cruzó con la de Harry…
Y él entendió.
Yo no tengo familia.
Sin embargo, no tuvo otra opción.
—Lo lamento, Cécille —dijo con sinceridad—. Pero no podemos arriesgar a más personas.
Hizo un gesto con la cabeza que los demás recibieron como una orden. Lentamente, continuaron con su camino hacia la salida. Cécille los observó abandonar la pequeña taberna y, con una mueca de pánico, se volvió hacia Lily.
—No, Lily, por favor, yo…
—Volveremos —afirmó ella y la abrazó—. Encontraremos a Albus y trituraremos los huesos de esos idiotas lo antes posible. Volveremos pronto. En serio.
Cuando se separaron, las lágrimas comenzaron a escapar por los ojos de Cécille. Hugo la observó con la impotencia reflejada en el rostro y dio un par de pasos tímidos hacia ella.
—L-lo haremos —tartamudeó—. Será rápido. Y mañana… Mañana nos reiremos de esto y podremos… Tú y yo podremos ir a estudiar los hechizos no verbales a esa aula, tal como dijiste —le tomó las manos, repentinamente más seguro—. Te lo prometo.
Y tras compartir una última mirada, se alejó junto a los demás, dejando a Cécille de pie en medio de la taberna.
Ojalá hubiera otra manera.
Ojalá las cosas no se hubieran salido de control y Albus no tuviera que correr, pasar rápido al lado de todos los niños, jóvenes y profesores que se dirigían al Gran Comedor. Esquivarlos, agachar la cabeza, ir por los pasillos que tantas veces había recorrido cuando era niño, bajar por las escaleras que se sabía de memoria. Ojalá que Rose y Scorpius no lo buscaran y se quedaran allá, lejos, junto a sus preocupaciones y miedos. Ojalá que el castillo realmente quedara vacío y McGonagall no alcanzara a avisarle a nadie más que él estaba ahí…
Ojalá.
Albus no dejó de correr hasta que el barullo se convirtió apenas en un eco. Había llegado hasta un pasillo, cercano a las mazmorras del colegio, donde las antorchas, colgadas de los muros, producían sombras siniestras y danzantes. Agitado, se dejó caer contra la pared, envolviendo su mochila contra sí.
Todo le daba vueltas.
Pensamientos pasaban rápidos, como balas, dentro de su mente. Dimas, Lodge, Lizza, Hogwarts en alerta preventiva, todos siendo conscientes de lo que estaba haciendo y de lo que había hecho ya…
Se aferró a su mochila. Dejó que el calor que desprendía el Aurea Pergamena se deslizara hacia su interior, tranquilizando sus sentidos, desvaneciendo el temblor en sus manos. La magia que lo llamaba le recorrió el cuerpo y, poco a poco, su respiración fue desacelerándose…
—Pero cuánto alboroto, ¿verdad?
Se levantó. Trastabilló. Empuñó su varita.
Apenas a un par de metros de distancia, Dimas Mabroidis yacía recargado en la falda de una estatua.
—Lodge tenía razón —comentó. Vestía el manto negro de antes, el que le cubría el rostro entero—. Parece que, desde la última guerra, todos en este castillo están un poco paranoicos.
Albus disparó.
El hechizo produjo una luz cegadora que iluminó todo el pasillo. No dio en el blanco. Un ligero estallido en la pared y Dimas sacó su varita para desviar un segundo ataque.
—También me alegra verte, Albus.
No parecía alterado. Observaba su alrededor con tanta calma como si Albus fuese un amigo que veía a diario.
—Así que… Hogwarts —hizo un gesto despectivo con la mano—. Había escuchado mucho sobre este lugar, ¿sabes? No me parece la gran cosa después de todo.
Volvió a atacar. Dimas se movió rápido. Esta vez, cuando el desvío pegó contra el muro, un par de ladrillos se resquebrajaron.
—Entonces, ¿quién creyó que este lugar sería un buen sitio para esconder los pergaminos? —preguntó el hombre, como si nadie lo hubiese atacado y aquello fuera una conversación casual—. ¿Fue la misma persona que ocultó aquí la daga? ¿Acaso alguien más…?
Un grito de rabia desgarró la garganta de Albus.
Volvió a lanzar hechizos, uno tras otro, sin parar. Dimas los esquivó todos. Luces de colores inundaron el corredor. El polvo de los ladrillos astillados saltó sobre ellos. Las descargas de magia se escucharon igual a latigazos. Ambos danzaban, atacando, esquivando, en un brusco baile de magia, hasta que finalmente…
Albus acertó.
Dimas jadeó por la sorpresa y creó un escudo que los demás hechizos no pudieron penetrar. Con la respiración entrecortada, se sobó el antebrazo, donde el hechizo de Albus le había pegado.
—Bien —soltó exasperado—. Muy bien, Albus —gruñó—. Pero, ¿podríamos dejarnos ya de estupideces?
—No ganaran —dijo él. La voz le salió intensa, quebrada—. Hogwarts está protegido. Fue una estupidez entrar.
—No estás escuchando, Albus.
—No pueden ganar, no…
—No me interesa ganar.
Albus no bajó su varita. No parpadeó. Dimas se apartó el manto negro del rostro y sonrió.
—Creí que ya lo habías entendido —dijo. Su voz era baja, pero producía eco en el corredor—. No me interesa tomar este castillo, ni derrotar a todos esos viejos que lo cuidan. Lo único que quiero es que Lodge y esos imbéciles que dicen seguirlo consigan el tiempo suficiente para que tú y yo podamos encontrar la pieza del Aurea Pergamena que nos falta. Una vez que la tengamos, nada más importará.
—No te saldrás con la tuya —dijo Albus. Sus dedos se tornaron blancos en torno a su arma—. Van a atraparlos.
—No antes de que tú y yo la encontremos, espero.
—No —escupió Albus a duras penas—. Yo jamás…
—Estamos aquí para eso, Albus.
—Jamás…
—Es lo único que importa.
—N-no…
—Tú nos trajiste aquí.
—¡No! —blandió su varita y un rayo se partió en el aire al chocar con el escudo. Dimas se tambaleó y sujetó su propia arma con precaución.
—Está bien —dijo, tras un jadeo—. Lo haremos a tu manera.
Avanzó un par de pasos, sin retirar su escudo, sin dejar de mirar al muchacho. Albus lo siguió con su varita, preparado para volver a atacar.
—Tranquilízate. Vamos a fingir por un momento que realmente te interesa este maldito castillo y quienes están aquí —dijo Dimas—. Lodge y los otros no lastimaran a nadie, si eso es lo que te preocupa. Únicamente los mantendrán entretenidos mientras tú y yo…
—No —soltó y algo le caló en la garganta—. Jamás haría nada contigo. Yo jamás…
De la boca de Dimas salió un ruido de fastidio.
—Creí que ya habíamos avanzado en ese tema, Albus —puso los ojos en blanco—. Te di algún tiempo para pensarlo, ¿no es así? Si no quisieras encontrar los pergaminos, tú y yo no estaríamos aquí.
—Fue una trampa —dijo él, veneno en su voz—. Me tendiste una maldita trampa. La daga… —los dedos volvieron a temblarle—. Tú me diste la daga porque…
—Oh, ya veo. Entonces, estás molesto.
Sonrió. Las curvas de su boca desdibujaron sus finas facciones. Albus estuvo a punto de soltar otro grito de pura rabia, pero Dimas habló antes de que él pudiera hacer cualquier cosa.
—No era una trampa, Albus. Era una apuesta segura.
Su gesto se torció con satisfacción y continuó paseándose por el pasillo, protegido por su escudo.
—Ya sabes que por mucho tiempo me hospedé en la antigua mansión de mi antepasada, ¿verdad? La hermosa Vivian Lake, amor y perdición de Merlín. Pues bien, en ese lugar pude encontrar muchísimas notas, cientos de hechizos creados por ella. Entre ellos había una curiosa maldición para rastrear objetos que antes estaban en tu posesión. Bastante útil, ¿no crees? Con eso hechicé la daga que te di. Quería encontrarte, es cierto. Pero sólo… Sólo hasta que tú decidieras abrazar por fin lo que es tuyo.
Se sujetó ambas manos y se paró derecho, como un profesor a punto de dar clase.
—Esa maldición sólo se activaría si tú utilizabas la daga y leías alguno de los conjuros del Aurea Pergamena.
Abrió los brazos, como si estuviera a punto de abrazarlo.
—Y al fin lo hiciste. Por eso estás aquí. Utilizaste los pergaminos y, gracias a eso, descubriste dónde está la siguiente pieza del Aurea Pergamena —suspiró—. Te encontré, Albus, porque así lo quisiste tú. Porque activaste mi hechizo y al fin aceptaste tu destino sin reservas. Por fin te reconociste como el único merecedor de la magia de Merlín.
Albus soltó otro alarido y gritó más hechizos. El escándalo rebotó en las paredes y las luces chocaron entre sí. Ninguno de sus ataques, sin embargo, fue capaz de quebrar el escudo de su oponente. Paró. Estaba temblando, sudando. Su cabeza daba vueltas otra vez y, dentro de su mochila, el Aurea Pergamena palpitaba con fuerza.
—Yo no… —jadeó—. Yo no…
Te encontré porque así lo quisiste tú.
—No —dijo y volvió a alzar su arma, con más firmeza que antes—. No —su voz se volvió alta y vibrante. Ira que opacaba el calor—. Tú… —soltó con furia—. Atacaste a mi familia. Los lastimaste.
Dimas cerró los ojos, como si acabara de recordar un detalle que prefería olvidar.
—Oh, sí —chasqueó la lengua—. Pero era la única manera de ayudarte, Albus.
El muchacho calló. Frunció el ceño, confundido, furioso. Dimas acarició lentamente el escudo que lo protegía y clavó sus ojos oscuros en él.
—Cuando nos vimos aquella vez en la mansión de Vivian y te entregué la daga, confiaba en que no tardarías en utilizarla. Le había colocado ya la maldición de rastreo y sabía que pronto, muy pronto, tú aceptarías tu destino y yo podría encontrarte. Juntos continuaríamos con la búsqueda del Aurea Pergamena y obtendríamos lo que Vivian Lake y tantos otros en el pasado no pudieron. Era el plan perfecto… O eso creí, hasta que Lodge me contó que tú habías escapado de la mansión… Acompañado.
Volvió a suspirar. Albus notó que su rostro se contraía en un gesto desagradable de molestia y… ¿Decepción?
—Esos dos niños —dijo—. Tu prima Weasley y el hijo de Malfoy… Estaban contigo también aquella noche, hace tantos años, en el Bosque Prohibido, ¿no es cierto? Cuando tocaste la daga por primera vez.
—¡Ellos no tienen nada que ver en esto! —saltó Albus de inmediato.
—Tienes razón —concedió Dimas casi al instante. Sus palabras continuaban lentas, calmadas—. Ellos no tienen nada que ver. No entienden el Aurea Pergamena, no entienden la daga, ni el poder que emanan y aun así… Aun así, te acompañaron aquella vez y han seguido haciéndolo durante todo este tiempo, ¿verdad? —negó con la cabeza—. Algunas veces, Albus, la lealtad es una virtud muy estúpida. En especial si terminas atrapado en un helado calabozo durante días y…
Ante la sola mención de aquel acontecimiento, Albus se vio cegado por una ráfaga de culpa, cólera y dolor. Su varita se movió con brusquedad y disparó sin detenerse. Pensó en Rose, temblando y sollozando, en Scorpius, casi inconsciente en un charco de su propia sangre. Disparó, disparó, disparó y los hechizos pegaron todos en el escudo de Dimas, que pareció adelgazarse ante cada golpe.
—¡Albus! —rugió el hombre—. ¡Basta!
Alzó su varita para mantener su protección. Los disparos del muchacho le pegaban sin tregua y, para detenerlos, tuvo que lanzar un hechizo que infló el escudo. Un destello de luz chocó contra un rayo de Albus y, con la fuerza del impacto, el muchacho trastabilló hacia atrás.
—¡No tuve nada qué ver en eso, Albus! —gritó Dimas, una vez libre de los ataques—. Yo no capturé a tus amigos, ¿ya lo olvidaste? En ese momento estaba en Irlanda, con Lodge. Buscábamos los pergaminos que había encontrado la reina Maeve.
—Tus seguidores… —escupió Albus, temblando.
—Los seguidores de Lodge.
—Rose y Scorpius no hicieron nada para…
—Jamás me dijeron que los habían capturado.
—No hicieron nada… Ellos…
—No supe que estaban en la mansión hasta el día que volvimos. Cuando tú volviste por ellos también.
Albus se calló, jadeando.
—Nunca estuvo en mis planes involucrarlos —dijo Dimas lentamente—. Aunque debo admitir que tu prima fue de gran ayuda para entender la situación en la que te encontrabas.
Al asegurarse de que su escudo estaba firme de nuevo, bajó su varita.
—Los seguidores de Lodge torturaron al chico Malfoy. Y para que no siguieran haciéndolo, tu prima aceptó contarles todo. Una lástima. Hasta ese día, Lodge y yo habíamos logrado mantener gran parte de la historia del Aurea Pergamena en secreto. Esos idiotas sólo sabían lo necesario. Después de que tu prima les contara todo, nos exigieron a mí y a Lodge darles parte del poder cuando lográramos encontrar los pergaminos. ¿Puedes creerlo? —jadeó una carcajada por algo que no parecía divertirle—. Esos imbéciles creyéndose dignos de un poder así…
Por un momento, los ojos parecieron centellarle de furia, pero fue un instante tan breve, que Albus incluso creyó habérselo imaginado.
—Además de exigir derechos que no merecían, esos idiotas nos contaron a mí y a Lodge todas las demás cosas que tu prima les dijo. Entre ellas, lo que estaba sucediéndote con los pergaminos de Merlín que ya habías encontrado —volvió a sonreír, ansioso—. Lo sentías, ¿no es así? Te llamaban. El poder de Merlín trataba de entrar en ti. Eras el nuevo recipiente.
Con su mano libre, Albus asió el tirante de su mochila.
—Sin embargo, tu prima también les dijo que ella trataba, a toda costa, de frenar esa situación. Ella y el chico Malfoy querían alejarte de tu destino. Creían que era lo mejor para ti, que estaban protegiéndote… —soltó algo parecido a un graznido de frustración—. ¡Protegerte! No entienden. Nadie lo entiende. Tú no necesitas protección. Ellos… Ellos estaban frenándote, Albus. Lo supe desde aquella noche en el Bosque Prohibido, hace tanto tiempo. Lo supe cuando Lodge me dijo que seguían acompañándote en tu búsqueda. Tus amigos estaban atravesándose en tu camino, estaban deteniéndote y tú no hacías nada para evitarlo.
Albus frunció el ceño.
—Sabía que no aceptarías tu destino. No con ellos ahí actuando como obstáculos. Mientras ellos siguieran contigo, tú te convencerías de que no debías usar el poder de Merlín. Y si no lo usabas, el hechizo de rastreo en la daga no funcionaría y yo jamás podría encontrarte. Entonces… —no sonrió, pero repentinamente endulzó su voz—. Tenía que darte una razón.
—Para volver.
—No —dijo—. Una razón para que sintieras… Desesperación.
No lo comprendió y Dimas pareció notarlo, porque cuando volvió a hablar, su voz todavía era dulce, complacida.
—No fue idea mía —admitió—. Sin embargo… Desesperación —saboreó la palabra—. Aquel día en el andén 9 ¾, ¿recuerdas? Cuando te atreviste a enfrentarme por primera vez. Me hablaste sobre el Aurea Pergamena, exigiste una verdad que nadie te había contado. Jamás había visto tanta furia, tanta decisión… Fue ahí cuando lo supe. Eras tú. El elegido, el verdadero merecedor de la magia de Merlín. No te habías involucrado por accidente. ¡Realmente eras tú! Lo sentiste también, ¿verdad? El camino hacia tu destino había comenzado. E hiciste todo eso, Albus, solamente porque creías que yo había lastimado a tu hermana.
Los ojos le brillaron.
—Estabas desesperado. La angustia y la ira te impulsaron a enfrentarme. La desesperación por salvar a tu hermana fue lo que logró vencer tu incredulidad. Desesperación. Yo sabía, Albus, que la única manera de que aceptaras quién eres, que ignoraras lo que te decían tu prima y el chico Malfoy, la única forma de que utilizaras el Aurea Pergamena y la daga… Era haciéndote sentir de nuevo esa desesperación.
Albus no se había dado cuenta, pero mientras Dimas hablaba, él había estado conteniendo la respiración. Cuando al fin pudo aspirar de nuevo, lo hizo con tanta fuerza que el oxígeno atascado le quemó la garganta.
—Ataque a tu familia, Albus —dijo Dimas—, porque tenías que sentir desesperación para reconocer tu destino.
—Yo no… —barbotó. Dentro de su mochila, el calor del Aurea Pergamena comenzó a palpitar con fuerza en su interior.
—No podía dejar que ellos siguieran alejándote de tu camino, Albus. Weasley y Malfoy no pueden entenderlo y, si yo no intervenía, tú seguirías conteniéndote.
—Ellos… Ellos no…
—Los lazos son ataduras. Debías de alejarte para poder avanzar. Esa fue la razón por la que te fuiste de casa en primer lugar, ¿no es así?
—B-basta…
—Si no sentías de nuevo esa furia, esa determinación, esa pérdida, seguirías alejándote de lo que fue tuyo desde el comienzo.
—No…
—Lo entendiste. Te enteraste de los ataques a tu familia y leíste uno de los conjuros. Me dejaste encontrarte.
—Yo… Yo no…
—Y ahora estás aquí por tu propia voluntad. Sin Weasley, sin Malfoy.
—Basta…
— No los necesitas, Albus. Jamás los has necesitado y lo sabes. Utilizaste el Aurea Pergamena y ya estás listo para encontrar la parte que falta y convertirte, al fin, en el único heredero de Merlín.
—¡BASTA!
El rayo que escapó de su varita fue impresionante. Las luces chocaron con su alrededor y se estrellaron en el escudo. No paró, no desistió. Dejó que la furia escapara por su arma y golpeara su objetivo… Me dejaste encontrarte. No. Estás aquí por tu propia voluntad. Ya basta. Debías de alejarte para poder avanzar. El ataque era tan fuerte que Dimas se vio obligado a alzar su varita y pronunciar más hechizos para protegerse. Parecía que el escudo apenas y se sostenía. Albus respiraba con dificultad. Jadeaba y quería gritar, pero algo en su garganta se lo impedía. La mano que sujetaba el tirante de su mochila le temblaba. El calor que sentía desde adentro comenzaba a abrumar sus sentidos. Le quemaba la cabeza, le punzaban las piernas. Todo parecía cerrarse a su alrededor, engullirlo. El elegido, el verdadero merecedor de la magia de Merlín…
Agotado, dejó caer su brazo, parando su ataque.
—Albus…
La voz de Dimas sonó lejana, pero se había acercado. Albus levantó la vista y vio sus ojos, oscuros, profundos, anhelantes.
—Albus —dijo él suavemente—. Dime, ¿qué se siente?
Dimas dejó de verlo a él. Observó su mochila con fascinación.
—Toda mi vida…—murmuró—. He pasado toda mi vida queriendo utilizarlos. Los hechizos de Merlín. Su poder, su magia. Lo que nadie ha podido obtener antes…
Alzó una mano, ansiosa, y Albus retrocedió. Dimas rio por lo bajo.
—Oh, no, no. No es para mí. Ya lo he entendido —levantó de nuevo las manos, como en señal de paz—. Yo soy sólo un testigo en la historia. Una pieza más en el juego de Merlín. El verdadero merecedor… Eres tú.
Albus bajó su arma.
—Nadie más que tú puede obtener ese poder. Eres a quien Merlín escogió para controlar su magia. Eres el elegido para encontrar el Aurea Pergamena —Dimas avanzó un par de pasos. Albus ya no retrocedió—. Lo único que te pido es que me dejes. Déjame presenciar la magia de Merlín de cerca. Déjame cumplir con mi parte y guiarte hasta el poder que es para ti.
A lo lejos se escuchaba un ligero murmullo. Pasos, voces, tal vez. El sonido era tan difuso que Albus no alcanzaba a identificarlo. Lo único de lo que podía percatarse con claridad, lo único que parecía tener sentido en ese momento, era el calor que despedían los pergaminos y la daga, y los ojos suplicantes de Dimas Mabroidis clavándose en los suyos…
—Estoy aquí para acompañarte. Sólo eso. Para ayudarte a encontrar lo que buscas.
Los hombros del muchacho descendieron, casi sin que él lo notara.
—No me necesitas, Albus. No necesitas a nadie. Eso lo sé muy bien. Pero he estudiado los pergaminos y la daga durante toda mi vida. Tengo el diario de Vivian. Sé todo lo que tú quieres conocer sobre ese poder.
Estiró ligeramente su mano
—Lo haremos bajo tus términos. Lo prometo. Pero déjame ayudarte a conseguir lo que mereces.
El muchacho tragó.
—Déjame, Albus.
Levantó la vista. Vio sus ojos reflejados en los de Dimas…
Pero cualquier respuesta, cualquier réplica que pudiera haber pronunciado luego de aquella petición… Jamás sucedió.
De golpe, un estallido rompió con la densa oscuridad del corredor y una luz, blanca e inmensa, invadió todo el espacio. El profundo destello cegó momentáneamente a Albus, que cayó hacia atrás, sujetando con fuerza su varita y su mochila. La luz no le hizo nada, sin embargo. Se sintió casi como una caricia contra su piel.
Todo sucedió en un instante, en apenas un segundo, pero para cuando el brillo desapareció y Albus pudo observar su alrededor de nuevo, vio que el escudo de Dimas se había cuarteado hasta romperse. Un hechizo lo había tirado a varios metros de distancia, en el suelo, y el hombre, jadeando, apenas alcanzó a esquivar una segunda y fuerte embestida.
Albus levantó la vista para ver a quien había atacado.
Y en medio de aquel corredor, al fin, se encontraron los ojos verdes, intensos e idénticos.
—Albus —dijo Harry.
Fue como si el mundo entero se tambaleara, aunque ninguno pudo moverse ni un centímetro.
El calor, la sensación de poder que quemaba las venas de Albus, desapareció al instante. Por su pecho brotó la ira de nuevo. El dolor, la nostalgia, el resentimiento. Las emociones chocaron en su interior y le ahogaron los sentidos. Frenaron su respiración. Le paralizaron el cuerpo. Su escape, su viaje, sus pruebas, sus fallos… Todo pasó ante sus ojos y se le plantó delante, en la poca distancia que había entre él y su padre…
Su padre.
Al fin.
—Albus… —volvió a decir Harry. Pero otro destello golpeó el corredor y nada pudo suceder.
Dimas se había levantado y su hechizo casi alcanzó a rozarlo. Ambos hombres se atacaron, defendieron, esquivaron. Un par de ladrillos salieron desprendidos del techo, cayendo entre ambos. El ataque paró por un momento y Dimas sonrió.
—Potter —dijo—. Qué oportuno.
Avanzó hacia un lado y Harry lo hizo hacia el contrario. Sus pies se movieron a la vez, mientras sus manos se tensaban alrededor de sus armas. Parecían dos bestias rodeando un círculo, dispuestas a saltar en cualquier momento sobre su presa.
—Fue un largo camino para llegar hasta tu hijo, ¿no es así, Potter? Un largo, largo camino —chasqueó la lengua—. Pero, si no te importa, Albus y yo estábamos a la mitad de una interesante conversación.
Harry disparó. Su ataque fue limpio y fluido. Dimas lo paró con otro escudo que no pudo mantener.
—No volverás a acercarte a mi hijo.
Un susurro ponzoñoso. Una advertencia punzante. Albus jamás había escuchado la voz de su padre llena de tanta cólera.
Dimas se rio.
—¿Por qué no dejamos que él lo decida?
Otro disparo. Otro resplandor. Los muros escupiendo polvo. Los sonidos quebrando el aire. Los rayos escaparon por doquier, los hechizos se golpearon entre sí. Albus apenas alcanzó a levantarse, sujetando con fuerza su mochila, tropezando hasta pararse detrás de una estatua, protegiéndose de los ladrillos que caían sin control. Un sonido fuerte. Un hoyo en el techo. Del otro lado del corredor, tras un grueso pilar, cayó su padre, que se levantó rápidamente, con un feo corte en la mejilla y la respiración agitada. Sus ojos volvieron a encontrarse y parecía que Harry quería ir hasta él, pero Dimas seguía atacando y los ladrillos seguían cayendo, separándolos.
—¡Lo sé todo! —gritó, por encima de los estruendosos hechizos y a Albus se le cortó la respiración—. Todo, Albus. Y tenías razón. Sobre el Aurea Pergamena, sobre lo que estaba pasando. Yo estaba equivocado. Debías saber sobre la daga, debí decirte…
—Qué tierno —se escuchó la voz de Dimas, lejos, probablemente oculto bajo la estatua en la que había estado recargado al inicio—. Qué tierno y qué tarde —sus rayos partieron el aire, golpearon el pilar que protegía a Harry—. ¡Esto no es sobre ti, Potter! Deja ese afán de protagonismo. Esto es sobre Albus y su destino.
—Lo sé —dijo, pero no a él, sino a Albus—. Ya lo sé.
Parte del pilar se partió. Más polvo, más luz, más todo. El ataque de Dimas parecía no detenerse y Harry creó un escudo tambaleante.
—¡Escucha! —pidió en medio del caos. Todavía estaba mirándolo, todavía parecía querer desaparecer esos pocos metros que los separaban—. ¡No importa lo que sientas sobre esos pergaminos! Lo resolveremos. Lo haremos, Albus.
El escudo se cuarteó. Harry lanzó un hechizo que debió chocar con el de Dimas porque los rayos comenzaron a esparcirse con rapidez de nuevo y la cabeza de la estatua donde Albus se ocultaba se precipitó al suelo. El muchacho apenas alcanzó a esquivarla.
—¡Eres un hombre común, Potter! —gritó Dimas desde el otro lado—. ¡No hay nada qué resolver!
—No lo escuches, Albus…
—¡Son tuyos, Albus!
—Lo que él te haya dicho…
—¡La verdad! ¡Te he dicho la verdad!
—No tienes por qué escucharlo…
—¡Soy el único que le ha dicho la verdad!
El pilar y el escudo se deshicieron en mil pedazos. La explosión creó un viento intenso y las antorchas en los muros se apagaron. Harry salió al encuentro de su oponente y la batalla continuó. Un destello rojo, un brillo azul. Los ataques hicieron temblar el piso. Fuego. Agua. Llamas que se congelaban antes de llegar a su víctima. Restos de ladrillos que nublaban sus ojos. Estallidos ensordecedores. Albus se asomó por detrás de la estatua y, entre la oscuridad y los destellos que escapaban de los hechizos, vio a su padre y a Dimas en una batalla parecida a un espejo, donde los dos se movían a la vez, atacaban al mismo tiempo e igualaban su poder.
Dos de los hechizos volvieron a chocar y los hombres cayeron hacia atrás, sin dejar de apuntarse.
Por el brusco movimiento, del bolsillo de Harry cayó un objeto que produjo un ruido metálico contra el piso, nada estruendoso comparado con el escándalo de los hechizos… Y, sin embargo, eso pareció crear una barrera invisible entre ambos.
Dimas se levantó, pero no volvió a atacar.
En medio de los dos hombres había caído un medallón dorado, con el símbolo del Aurea Pergamena grabado en su superficie. Albus lo reconoció de inmediato. Dimas lo había usado antes, impecable sobre su túnica negra.
—Entonces, ahí estaba —dijo.
—Es lo único que te queda de ellos, ¿verdad?
Harry también se levantó. Albus se confundió cuando el rostro de Dimas, siempre seguro, siempre orgulloso, se contrajo en una mueca de perplejidad.
—Tus padres —dijo Harry—. Ariadne Mabroidis… Y Cornelius Savage.
Las finas facciones de Dimas se descompusieron como Albus jamás había visto. La simple mención de aquellos nombres logró traspasar cualquier protección que pudiera haber mantenido sobre sí mismo. Su rostro se convirtió en un poema de confusión y tristeza. De pronto, se notó mayor, mucho más mayor de lo que realmente debía ser.
Rápidamente, trató de recomponerse, y esbozó una sonrisa que, por primera vez, se notaba falsa y forzada.
—Debo admitir… —alcanzó a decir—. Que estoy bastante impresionado, Potter.
—Lo sé todo —dijo Harry—. Todo.
—Ya veo —Dimas observó el piso. Junto al medallón había caído también un pequeño objeto que había pasado desapercibido hasta el momento, un frasco diminuto con hebras plateadas danzando en su interior—. Veo que al final sí fue capaz de decir algo, después de todo… Dante.
—Me lo mostró. Entregó sus recuerdos.
—Más interesante todavía.
—Está muerto.
Albus no entendía. Los oídos le zumbaban después de aquel ruido que repentinamente se había callado y no entendía. No podía comprender la conversación y cómo, de repente, su padre parecía estar ganando una batalla que ya no se peleaba con hechizos. Aquellas palabras parecieron afectar a Dimas mucho más que cualquier golpe o encantamiento.
—¿Fuiste tú? —preguntó. Harry negó con la cabeza—. No iba a durar mucho en esa celda.
—Lo dejaste ahí —Harry apretó su varita—. Era tu hermano.
—Era un cobarde.
—Savage era tu padre.
—Él también lo era.
—Lo asesinaste.
Dimas torció una mueca.
—"Estoy orgulloso de ti, hijo" —murmuró, en voz tan baja que Albus casi no alcanzó a escucharlo.
Por primera vez podía ver duda, titubeo en el semblante de Dimas Mabroidis. Sonreía y los labios se le tambaleaban. Aquella conversación, aquellas palabras parecían agobiarlo desde el interior. Harry se permitió avanzar un par de pasos. Dimas no se movió.
—"Estoy orgulloso de ti, hijo" —repitió y la varita, alzada, se movió hacia abajo ligeramente—. Tan, tan orgulloso…
A Albus se le aceleró el corazón. Su padre empuñó su arma, dispuesto a atacar a alguien que no parecía querer defenderse más. Contuvo la respiración y Harry murmuró el inicio de un conjuro…
Luego salió despedido hacia adelante.
Alguien lo había atacado por detrás. Se había golpeado contra el suelo, sangre en la frente, las gafas rotas. Dimas pareció despertar de su repentino ensimismamiento y Albus ahogó un grito.
—¡Potter! —gritó Benjamin Lodge y blandió su varita, histérico, en dirección hacia Harry.
Un escudo conjurado desde el suelo. El hombre, furioso, contra él. Harry logró quebrar otra parte del techo y más ladrillos salieron disparados por doquier. Dimas se unió al momento. Dos cúmulos de hechizos contra Harry, que apenas y logró ponerse de pie para esquivarlos. Desesperación palpable. Una victoria arrebatada. Gritos, golpes y algo que parecía ser el final…
Dimas y Lodge cayeron al suelo.
Fueron empujados por un rayo dorado que pareció golpearlos de la nada.
Cuando levantaron la vista, Albus estaba de pie junto a su padre, con la varita alzada.
—Albus, espera… —barbotó Dimas, pero Lodge soltó un rugido de odio y retomó su ataque. Ambos se pusieron de pie y la pelea siguió…
Dimas y Lodge. Albus y Harry.
Relámpagos iluminaron la oscuridad. Estallidos, escudos, gritos. Harry avanzaba a través de luces de colores. La varita de Albus danzaba en su mano. Sus pies se movían a la par. Sus movimientos se coordinaban y encajaban a la perfección. Peleaban y lo hacían juntos. Lado a lado, a la misma altura…
—¡Tú! —gritó Lodge y uno de sus hechizos alcanzó a rozar a Albus en la pierna.
—¡Desmaius!
—¡Crucio!
Todo paró.
Aquel breve instante de gloria se detuvo y Albus sintió que caía y caía y todo ardía a su alrededor. La maldición le pegó de lleno. Mil cuchillos se retorcieron en su interior. El gritó que soltó debió retumbar hasta las mazmorras, hasta los pisos de arriba, hasta afuera de Hogwarts. Sintió que cada hueso, cada músculo de su cuerpo se partía en dos. No podía ver. No podía escuchar. Sentía su garganta despedazarse entre alaridos que no era capaz de controlar. Apenas fue capaz de visualizar a Lodge, frente a él, con la varita alzada y la cara desdibujada por el rencor. Igual a aquella vez. Igual al Bosque Prohibido hace tantos años, cuando Lodge había intentado ahogarlo con sus propias manos y él supo que iba a morir…
E igual que aquella vez, de repente, todo se detuvo.
Albus aspiró todo el aire que había perdido y sus músculos palpitaron con alivio al verse libres de la maldición. Cuando pudo enfocar bien, se dio cuenta de que su padre había apartado a Lodge y el hombre había caído, inconsciente, a varios metros de distancia. Dimas, en cambio, parecía desesperado por acercarse a él y seguía gritando hechizos que Harry desviaba.
Se levantó, sujetó con fuerza su varita, pero antes de poder intervenir otra vez, antes de poder acercarse si quiera… Su padre creó un escudo que lo empujó de vuelta. Albus trastabilló, jadeando por la sorpresa.
—¡Vete! —gritó Harry—. ¡Es a ti a quién quieren! ¡Vete, Albus!
—¡Es tuya, Albus! ¡De nadie más!
Con un horrible escalofrío recorriéndole la columna, Albus entendió de qué estaba hablando Dimas.
Con una mano, su padre agitaba la varita, sin detenerse, en dirección a su oponente. Y con la otra… Tenía bien sujeta su mochila, en donde estaba el Aurea Pergamena y la daga.
—¡Esto es lo que quieren! —le gritó Harry y su voz había perdido ya todo matiz de añoranza y suavidad. Volvía a ser firme, inquebrantable, tan severa como siempre—. ¡Sal de aquí! ¡Me encargaré de esto!
—Sí, corre, Albus —alcanzó a decir Dimas en voz baja—. Obedece a papá.
Harry lanzó un hechizo que Dimas apenas pudo esquivar. Respondió. Descargas brillantes golpearon el alrededor. Fuertes, explosivas. El sonido de las paredes cuarteándose hizo eco en el castillo…
—¡No! —jadeó Dimas. Un hechizo de Harry le hirió el costado y lo hizo soltar su arma.
Harry avanzó, con la urgencia escapando por cada poro de su piel, con la varita alzada en dirección a su enemigo…
Y de pronto, en menos tiempo de lo que dura un suspiro sobresaltado, su arma le fue arrebatada. Escapó de su mano a través de un rayo de luz, cayendo al suelo con un sonido sordo. Harry se volvió rápidamente, dispuesto a encarar a su nuevo atacante…
Pero detrás de él no había nadie.
Nadie más que Albus.
—No —dijo su hijo. Varita alzada en su dirección, mirada fría—. No.
Harry lo miró sin parpadear.
—¿Qué…?
—No vas a quitarme esto —dijo Albus.
Y el mundo se quebró.
—Albus…
— Es mío.
—No… Espera…
— No soy como tú.
—Albus…
—¡Desmaius!
El hechizo dio en el blanco.
Harry cayó al suelo, inconsciente.
Y finalmente, Albus encontró una manera.
No me maten por el final. Gracias.
Ahora sí… ¡Holaaaa!
Dentro del plan de escritura que les comentaba en el capítulo pasado, venía una reestructuración para pulir lo último de este fanfic y pues… El estar editando, cambiando partes, modificando, hizo que de repente perdiera la inspiración. Sip, mi yo del pasado tenía razón. El propósito de escribir muuucho valió igual que la dieta. Pero después de días de estar escribiendo sin parar y de unas vacaciones bien merecidas en mi trabajo, al fin terminé.
Tengo que decir que estoy nerviosa porque sentí los tiempos demasiado rápidos en este capítulo. Muchas cosas en poco tiempo. Espero que no esté mal.
En cuanto al final (gracias por no matarme), tengo que confesarles que rompí mi propio corazón escribiéndolo. Estaba planeado desde el comienzo, ya saben, un hilo que fue formando el camino de Albus, pero definitivamente no estaba preparada para lo que me iba a hacer sentir ese último enfrentamiento entre padre e hijo. Lloré un poquito.
Espero que haya podido mostrar con claridad la explicación de Dimas Mabroidis (ya les di más respuestas, amigos) y no se desesperen. Sé que aún faltan más reencuentros (Rose y Scorpius no han visto a sus papás, eh, y no nos olvidemos de Lizza), pero estoy trabajando duro en esta recta final.
Como siempre, gracias infinitas por su paciencia y por seguir conmigo, los quiero muchísimo :)
¡Reviews plis!
