Las Lágrimas de Lizza

Lo primero que notó fue la ausencia del aroma a miel.

Una eternidad atrás, Albus se había embriagado con aquel dulce perfume más de una vez, mientras repartía besos en la cara de Lizza o hundía los dedos en su cabello. Sin embargo, en ese momento, le parecía que aquella exquisita esencia se había esfumado por completo… Junto a todo lo demás.

—No quise interrumpirlos, pero este… —Miranda observó a Devon con ojos entrecerrados—. Persistente jovencito dice que tiene que tratar un asunto importante con ustedes.

—Lodge, ¿quieres hacer el favor de decirle a tu sobrino que los adultos estamos ocupados? —dijo Dimas rodando los ojos.

—Devon —Lodge se masajeó el entrecejo—. ¿Cuál es el asunto?

Este es el asunto —respondió él y trató de empujar a Lizza hacia adelante. Ella se resistió y, por el brusco movimiento, logró zafarse de su agarre.

—Oh, ya veo. Entonces, Dimas, ¿quieres decirle a tu protegida que ahora no es un buen momento?

—La encontré merodeando sola en los pasillos de abajo —explicó Devon. Bajó su varita, pero no le quitó a Lizza la vista de encima—. Dijo que estaba buscándolos a ustedes, pero yo sé que está con ellos, con toda esa estirpe de traidores y…

—Mabroidis —Lizza pasó entre ambos Lodge, ignorándolos por completo. Caminó hasta donde estaba Dimas, todavía sentado en el suelo—. ¿Qué demonios estás…?

Y entonces, su voz se apagó de forma escandalosa.

Vio a Albus.

Sus ojos se encontraron tan abruptamente, tan violentamente, que el corazón del muchacho, antes paralizado, comenzó a latir frenético contra su pecho. Se levantó, con la mirada de Dimas clavándosele en la nuca y el abrumador silencio pesándole en los hombros. La observó, de pies a cabeza, de frente, igual a sus más angustiantes sueños. Se dio cuenta, entonces, de que no sólo faltaba el aroma a miel. Lizza estaba distinta, toda ella. Delgada, desde los pómulos hasta las pequeñas manos que muchas veces se habían entrelazado con las suyas. Tenía el cabello más largo a como él recordaba, cayéndole como una cascada oscura por la espalda, y sus bonitos ojos estaban rodeados por profundas ojeras.

Le pareció preciosa, aun así. Preciosa y terrible.

—Albus… —alcanzó a decir ella y él apretó con fuerza la varita que tenía en la mano.

—¡POTTER! —gritó Devon notando su presencia. Parecía que iba a abalanzarse sobre él, pero su tío lo frenó con una mano—. ¡¿Qué haces?! ¡¿Qué hace él aquí?! ¡Podemos matarlo! ¡Podemos…!

—Tengo mucho que explicar, supongo —Dimas se levantó también y se aclaró la garganta. No parecían interesarle mucho el escándalo de Devon, más bien parecía preocupado por las miradas fijas que compartían Albus y Lizza—. Verás, Albus, ella…

—Está contigo. Lo sé.

Lizza abrió los ojos como platos.

—Ah, ¿sí? —se extrañó Dimas—. ¿Y cómo es que…?

—El Castel Nuovo. La vi.

—Oh, por supuesto.

—¡¿Qué hace aquí?! —seguía graznando Devon—. ¿Por qué no lo han matado? ¡Dijiste que iban a…!

—Entenderás, Albus —continuó Dimas, sin prestarle atención a nada más—, que cuando todo esto comenzó, necesitaba mantenerte bien vigilado. Y, después, cuando comprendí que eras tú el verdadero merecedor, requerí de un aliado que me ayudara a entenderte —rodeó a Lizza, que seguía pasmada, y le puso las manos sobre los hombros—. La señorita McAbee fue de gran utilidad para ambas tareas.

—¡Hay que acabar con él! —bramó Devon. Apartó el brazo de su tío y se adelantó con decisión hacia Albus, apuntándole con la varita. Él ni siquiera se inmutó—. ¡Si no lo matamos, no podremos…!

Lodge gruñó. Con un movimiento de su varita, le arrebató el arma a su sobrino. Éste se volvió, indignado.

—Potter está con nosotros ahora —explicó a regañadientes Lodge. Lizza dio un respingo.

—Así es. Todos somos parte del mismo equipo, ¿no es maravilloso? —anunció Dimas. Soltó a la muchacha e hizo un gesto despectivo con la mano, para que Devon se alejara—. Aclarado esto, ¿dejarían que Albus y yo siguiéramos con…?

—¡Es una maldita broma! —Devon los miró como si se hubiesen vuelto locos. Luego, clavó sus ojos en el medallón que colgaba del cuello de Albus—. ¡Dijeron que iban a matarlo! ¡Que sólo él podría controlar el poder de Merlín y por eso…!

—Ah, bien —lo interrumpió Dimas—. Siempre me ha incomodado lo mucho que le cuentas a tu sobrino, Benjamin.

—¡Pero yo no he dicho nada! —saltó Devon—. ¡Todo este tiempo he…! Esa estúpida de Rachel Carter me ha estado pisando los talones en la Academia. ¡Y jamás he soltado nada! Y los idiotas de sus hermanos… —escupió en el piso, cerca de los pies de Albus—. ¡Fueron a interrogarme! ¡Jamás he dicho nada de lo que sé!

—Lo sabemos, Devon, ahora…

—¡Dijiste que yo sería parte de esto! —le reclamó a su tío—. ¡Dijiste que podría estar cerca cuando encontraran las piezas que faltan! ¡Que yo podría…!

—Lo discutiremos afuera.

—¡Los he protegido todo este tiempo, yo…!

—Devon…

—¡LES DIJE CÓMO ENTRAR A HOGWARTS! —bramó el muchacho y fue hasta entonces que Albus apartó la mirada de Lizza—. ¡Yo les hablé del pasadizo! ¡Les dije que podían entrar por ahí y…!

—¿Qué? —los ojos de Albus pasaron de Devon a Lizza, de Lizza a Dimas. Para él había sido obvio que la muchacha era quien les había revelado la entrada en la estatua de la Bruja Tuerta. Era a ella a quien le había contado sobre el Mapa del Merodeador, después de todo, sobre los pasadizos ocultos…

—El pequeño Lodge contribuyó a nuestra invasión —le aclaró Dimas—. Al saber que estabas aquí, Benjamin dijo que no había manera de entrar al colegio, pero su sobrino nos contó que él conocía un pasadizo. Lo descubrió hace tiempo, gracias a ti, de hecho —sonrió—. ¿Lo ves? Es una prueba más de que el destino se acomodó para que todos estuviéramos aquí esta noche.

Y de pronto, Albus recordó: Hogwarts, su sexto año. Devon, con su impecable insignia de prefecto, los había atrapado a él y a Scorpius una noche, mientras ambos intentaban ir a Honeydukes por golosinas. Habían discutido, todo se había salido de control, hechizos, maldiciones… Albus siempre se había imaginado que, en medio de todo ese alboroto, su enemigo había podido vislumbrar el pasadizo de la estatua, pero nunca había estado completamente seguro de ello.

Nunca, hasta ese momento.

—¡Yo creí que querían entrar para asesinarlo! —Devon lucía visiblemente decepcionado. Miraba a Albus como si le hubiese arrebatado un premio que creía merecer—. ¡No pueden incluirlo, no tardará en correr con su padre y…!

—Benjamin, encárgate, ¿sí? —Dimas se frotó las sienes, como si la presencia de Devon estuviera provocándole jaqueca.

Lodge intentó tomar a su sobrino por el hombro, pero éste se soltó.

—¿A qué juegan? Primero involucran a esta sangre sucia —apuntó a Lizza—. ¡Todo el tiempo se exhibía con Potter afuera de la Academia! Y, aun así, ustedes pensaron que sería buena idea tenerla de nuestro lado. Pero, Potter aquí…

—Ya basta. Hablaremos afuera —Lodge parecía estar de acuerdo con cada una de las palabras del muchacho, pero tras una última mirada exasperada por parte de Dimas, volvió a tomarlo por los hombros. Devon se soltó una última vez y avanzó hasta Albus.

—No me quitarás esto, Potter.

Su voz era baja, pero un veneno peligroso parecía escurrirse entre cada sílaba. Sin embargo, Albus se había enfrentado a él muchísimas veces en el pasado y sus amenazas nunca le habían preocupado en lo absoluto. Alzó una ceja, con aparente aburrimiento, y Devon apretó los puños.

—Te juro que no lo harás. Me encargaré de eso.

Se dejó guiar por el agarre de su tío. Lodge lo llevó afuera de la torre y cerró la puerta tras ellos. Ninguno volvió.

—Debo admitir que el niño tiene algo de razón —Miranda, que había permanecido en silencio hasta ese momento, se acercó. Dio un saltito para sentarse sobre el gran y único escritorio de roble que había en la torre, donde Albus había dejado sus cosas. Con aparente despreocupación, comenzó a juguetear con el tirante de su mochila—. A todos nos tomó por sorpresa esta inusual alianza, Mabroidis.

—Albus ha demostrado ser más de lo que imaginábamos —Dimas infló el pecho.

—Estoy segura de eso.

Miranda sonrió, mientras tomaba con curiosidad el frasquito de recuerdos que había estado reposando en el escritorio y que Albus le había quitado a su padre. Dimas se adelantó, se lo quitó de las manos con delicadeza y volvió a ponerlo donde estaba. Luego le ofreció el brazo.

—¿Te importa que me retire un momento, Albus? Para mí es muy importante que Miranda entienda por qué este derecho es tuyo.

Ella acentuó su sonrisa, complacida por la importancia que se le estaba dando. Aceptó el brazo de Dimas y bajó del escritorio. Albus guardó silencio y el hombre interpretó aquello como una afirmación.

—Dejaré que sigas revisando el diario de Vivian y los pergaminos, mientras tanto. Nadie te molestará.

Fue por Lizza. Iba a tomarla del brazo también, igual que a Miranda, pero apenas hubo contacto, la muchacha pareció despertar de un trance y se movió bruscamente. En dos pasos llegó hasta donde estaba Albus.

—Albus —dijo, brusca, desesperada. El muchacho desvió la vista antes de que sus ojos pudieran encontrarse otra vez—. No es lo que… Albus, así no es cómo…

—Querida, por favor —pidió Dimas gentilmente—. Dejemos que el muchacho se concentre en su tarea, ¿está bien?

—Mabroidis —ella se volvió y pareció olvidarse de lo pequeña y delgada que era en comparación a aquel hombre. Su voz se tornó furiosa y miró a Dimas como si quisiera estrellarlo contra el suelo—. ¿Qué es lo que has hecho?

—No todo está perdido, querida, ya tendrán tiempo de hablar —dijo él—. Después de todo, la misma causa nos une ahora. Pero en este momento, Albus tiene cosas más importantes que atender, ¿está bien?

Volvió a tomarla del brazo y ella tragó antes de dejarse llevar. Avanzaron. Albus les dio la espalda y se inclinó para recoger los pergaminos y el diario. Sintió los ojos de Lizza sobre él por unos momentos, pero luego la puerta se cerró y finalmente se quedó solo en la torre.


—¡¿Qué diablos te pasa?!

Hugo y Lily fueron empujados violentamente al interior de un armario. Fred (quien los había arrastrado hasta ahí), entró con ellos, cerró la puerta con rapidez y empuñó su varita.

—¡Alguien venía detrás de nosotros! —explicó—. ¿No las vieron? Íbamos dando vuelta cuando…

—¡Eran mis amigas! —le reclamó Lily.

—No, no —Fred pegó el oído a la puerta, tratando de escuchar algo en el exterior—. ¿Qué no las viste? ¡Parecía que iban a atacarnos!

—¡No seas…! —Lily pateó el suelo.

—Mira, esta situación ya es lo suficientemente preocupante como para lidiar también con tu paranoia, Fred —Hugo rodó los ojos—. Tenemos que volver al punto donde nos separamos de los demás y salir de aquí antes de que los hombres de Lodge conviertan a Hogwarts en un campo de guerra.

—Y yo voy a ir por mis amigas —dijo Lily—. Si estaban siguiéndonos, es porque no alcanzaron a salir del castillo. Tenemos que ayudarlas a ir a Hogsmeade antes de que…

La puerta del armario estalló en mil pedazos, con un estruendo tan potente que hizo vibrar las paredes y empujó a Fred hasta el suelo. Dos muchachas rubias, con el rostro pálido y ausente, estaban al margen, apuntándoles con sus varitas.

—¡Emma! ¡Eleanor! —exclamó Lily.

—¡Cuidado! —gritó Fred y tiró de su brazo.

—¡No interferirán! —bramaron ellas al unísono, blandiendo su arma al mismo tiempo. Dos destellos plateados golpearon cerca de la cabeza de Hugo.

—¡¿Qué demo…?!

—¡No lo detendrán! —otros dos hechizos fueron contenidos por un escudo de Lily.

¡Desma…! —exclamó Fred, pero su prima se interpuso.

—¡No! ¡No las lastimes!

Pero otro destello iluminó el armario y el escudo de Lily se quebró. Ella, Hugo y Fred salieron despedidos hacia atrás, golpeándose violentamente contra la pared.

—¡Basta! —exclamó Lily desde el suelo—. ¡¿Qué les pasa?! ¡Vamos, soy yo…!

—¡NO INTERFERIRÁN!

¡DESMAIUS!

Hubo otro estruendo y un remolino confuso de colores. Un espeso humo invadió todo el espacio y Lily, Hugo y Fred trataron de dispersarlo, entre quejidos y jadeos. Cuando lograron enfocar la vista, descubrieron a las dos muchachas rubias desmayadas en una orilla. Al margen de la puerta, una persona parecía completamente atónita mientras seguía apuntándoles con la varita.

—¡Cécille! —exclamó Lily y corrió a abrazar a su amiga.

—Y-yo… No pretendía… —la muchacha bajó su arma y recibió el abrazo con torpeza. Observó a las chicas inconscientes, angustiada—. ¡Oh, no quería hacerles daño! Pero, las vi y… ¡Estaban atacándolos! No entendí qué… ¿Por qué…?

—Nos salvaste el pellejo —Fred la miró, aliviado.

—Eso fue… —Hugo se puso de pie, con la boca abierta y los ojos ligeramente desorbitados—. Fue…

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Lily—. Te dijimos que esperaras en Hogsmeade, con los demás.

—¡Lo sé y sigo muy enojada! —reaccionó Cécille. Luego sonrió—. Fue un… ¿Cómo lo llamaste tú? ¿Aire de firmeza? —Lily se carcajeó y volvió a abrazarla—. Recordé lo que me contaste una vez, sobre el pasadizo que no se ve en el Mapa del Merodeador, el de Cabeza de Puerco. Me separé del grupo que se escondía en Hogsmeade y logré llegar.

—… asombroso —murmuró Hugo, apenas hilando su frase anterior.

—¿Qué haces? —preguntó Lily. Fred se había acercado a las dos muchachas inconscientes y luego había hecho aparecer una soga para atarlas.

—Bueno, intentaron atacarnos y, no sé tú, pero yo quisiera evitar el drama.

—Al fin un pensamiento razonable de tu parte.

Rachel Carter llegó hasta ellos, con un aspecto algo desaliñado, pero el rostro tan inalterable como de costumbre. Con un movimiento de su varita, corrigió el nudo que Fred estaba haciendo y les hizo una seña a todos para que la siguieran.

—¿Los demás…? —comenzó a preguntar Lily y, mientras caminaban, la profesora se dedicó a explicarles todo lo que había sucedido en Honeydukes, desde la aparición de Rose y Scorpius sin Albus (Lily soltó un fuerte jadeo), hasta cómo habían concluido que la Comisión de Registro de Hijos de Muggles era una trampa para controlar a todos los que se hubiesen registrado.

—¿Dice que Rose se fue junto a Malfoy para…?

—¿En serio, Hugo? —Lily lo miró enfadada—. De todo lo que dijo, ¿eso es lo que más te preocupa?

—Emma y Eleanor tienen parientes muggles —dijo Cécille—. También estaban bajo el efecto. Nosotros no porque no hemos…

—… visto hacia el cielo, ¿verdad? —Lily miró a la profesora. Ella asintió.

—Tenemos que dejar que Weasley haga su parte. Mientras tanto, debemos evitar a esos lunáticos y salvar a quienes se hayan quedado en el castillo.

—A sus órdenes, profesora —Fred le guiñó un ojo.

—Si no podemos… Es decir, si yo miró al cielo y me pongo así… —murmuró Lily. Dejó que Fred y la profesora se adelantaran un par de pasos, para quedar al lado de Hugo y Cécille—. Tienen que buscar a Albus, ¿de acuerdo? Ahora que no está con Rose y Scorpius…

—¿Crees que él haya sido el que lanzó ese hechizo? —le preguntó Hugo.

—¡No lo sé! Tú no lo viste, estaba… Raro. Estaba muy raro. Si lo ven, deben detenerlo y hacer que vaya con los demás, ¿está bien?

—No vas a mirar al cielo —determinó Cécille—. Y Albus jamás le haría algo así a tu familia.

—Si soy yo el que se pierde…—masculló Hugo. Volteó a ver a Cécille—. Tal vez tenga que… Tal vez debería… Decir que… B-bueno, yo… Tengo algo que decir.

—¿De todos los malditos momentos que has tenido para…? —Lily dio una bocanada furiosa de aire—. ¿De verdad piensas que justo ahora es momento de…?

—Oh, maldita sea, ¡Lily, cállate! —exclamó él.

Entonces, Rachel Carter chistó y los miró a los tres como si fuera a imponerles un severo castigo. Ellos enmudecieron mientras Fred soltaba una risita, y los cinco siguieron avanzando por los pasillos del colegio.


El Aurea Pergamena bien armado y casi completo.

La daga dorada.

El diario de Vivian Lake.

Albus tenía esos tres objetos bien acomodados sobre el escritorio. Estaba seguro de que había absorbido ya todo el poder que los dos primeros podían ofrecerle. Sin embargo, dentro de él algo palpitaba con inquietud, reclamando la unión de los pergaminos que faltaban.

Y para eso necesitaba el diario.

Era difícil entender la fina caligrafía de Vivian Lake entre aquellas amarillentas páginas. El pequeño libro seguramente había sido hechizado para conservarse a pesar de sus siglos de existencia, pero se sentía tan frágil ante el tacto, que Albus creía que si seguía hojeándolo terminaría por romperlo. Entre lo poco que había podido leer, estaba la historia que ya conocía, pero desde la perspectiva de Vivian: Merlín, su libro, cómo renunció a su magia y la guardó ahí, los hechizos que ella sabía y sus sospechas sobre que el objeto designado para controlar los pergaminos (y destruirlos, si así lo quería) era la vieja daga del mago.

Pero Albus estaba buscando otra cosa.

Quería un indicio, una instrucción que le dijera cómo hallar la parte que le faltaba y no dejárselo todo únicamente al destino.

Estaba hundido en esas cavilaciones cuando, de pronto, escuchó un grito ahogado, seguido por un fuerte golpe contra la puerta de entrada. Levantó su varita, pero antes de que pudiera hacer cualquier otra cosa, la puerta se abrió y uno de los hombres que había estado antes en la torre, se desplomó, como saco de patatas contra el suelo.

Detrás de él, apareció Lizza.

—Idiota —dijo, dándole una patada al cuerpo inconsciente del hombre. Alzó la vista, varita en mano, y miró a Albus—. ¿Está aquí? —su vista recorrió toda la torre—. Dejó a este tipo vigilando la puerta y se fue con esa tal Savage. Ya no vi a dónde… ¿Mabroidis está aquí?

Albus no respondió.

—Escucha —le dijo y avanzó un par de pasos. Parecía muy apurada—. No sé qué es lo que sabes y qué no, no sé qué te haya dicho Mabroidis o qué hayas asumido. Te lo voy a contar todo, te lo juro. Pero nada de eso importa ahora. Tenemos que irnos y rápido.

Él no bajó su arma.

—Sé que no estás del lado de Mabroidis —se guardó su propia varita en el bolsillo—. Y no sé lo que intentas hacer, Albus, pero sea lo que sea, no va a funcionar. Créeme. Así que tenemos que salir de aquí antes de que él vuelva, ¿de acuerdo?

Albus no le hizo caso. Ni siquiera se movió.

—Tu familia está aquí —Lizza lo miró con urgencia—. Todos ellos. Vinieron hasta el castillo para buscarte. Llegué con ellos. Estaba en la oficina con Teddy cuando James le avisó que te habían encontrado. Me separé porque Lily dijo que Mabroidis también había entrado a Hogwarts… —volteó hacia atrás, como si temiera que alguien entrara de pronto—. No importa. Te lo explicaré todo en el camino. Vámonos.

Apenas alcanzó a dar un paso en dirección a la puerta. Volteó a ver a Albus, todavía rígido en su lugar y con la varita alzada.

—No entiendes —lo apremió—. Lodge está organizando a esos hombres para desplazarse por el castillo. ¡Van a toparse con tu familia! Tenemos que apresurarnos —caminó ligeramente hacia él—. Albus, de verdad. No importa lo que estés planeando, Mabroidis va a descubrirlo, te lo aseguro. Tienes que venir conmigo ahora.

¿Tengo qué…? —murmuró Albus. Su voz fue gélida. Hielo que cuarteaba el ambiente.

—Mira, no sé lo que está pasando, ¿sí? Pero si Mabroidis regresa, él…

—Deja de mentir.

—…va a descubrir enseguida lo que estás haciendo. Ningún plan que tengas va a…

—Basta.

—…funcionar. Y mientras, Lodge va a buscar a tu familia y…

—¡DEJA DE MENTIR!

El rugido retumbó en las paredes. Lizza trastabilló hacia atrás, no por el grito, no, sino porque Albus había alzado su arma bruscamente, apuntándole directo al rostro.

Apenas y podía sentir el calor ya. La sensación de poder que le brindaban el Aurea Pergamena y la daga se habían diluido conforme Lizza iba hablando. Lo único real en ese momento, lo único que parecía existir dentro de él era la rabia, los reclamos que se le ahogaban en la garganta y la furiosa tormenta que crecía con violencia en su interior. Una cosa era pensarla, soñarla, incluso verla de frente y soportar la parálisis en su corazón. Pero tenerla ahí, tan cerca, hablándole como si aquellos insufribles meses jamás hubiesen pasado, como si la conexión que habían compartido no estuviese podrida… Porque Lizza no era solamente una chica con la que había roto y que había extrañado como un demente. Ella era la persona que lo había quebrado con una traición, quien se había ganado su confianza para después despedazarla, a quien había considerado una luz en medio de un mundo oscurecido por los secretos.

Asió su varita con más fuerza.

—¿Realmente pretendes que yo…? —masculló—. ¿Crees que voy a seguirte sin más? ¿Después de…? Te acercas a mí. Ayudas a Dimas y a Lodge. Vas al Castel Nuovo para vigilar el Aurea Pergamena. Me atacas. Luego vienes hasta acá, con mi familia —la miró, asqueado, perturbado—. Y crees, por un momento realmente crees que yo…

Se tragó un grito. Bajó su varita, pero no dejó verla, no dejó de estar atento a cada movimiento. El rostro de Lizza se contorsionó en un gesto extraño, entre sorprendido y angustiado.

—T-tienes razón —dijo y aspiró con fuerza—. Y voy… Voy a explicártelo, ¿sí? Todo. Es sólo que… Al verte aquí, creí que antes debíamos… No importa lo que pasó conmigo. No importa. Es más urgente que te marches, Albus.

—No quiero escucharte.

—Yo sólo… S-sólo quiero que te alejes cuanto antes de Mabroidis. Debes detenerte, porque él va a descubrir lo que planeas. N-no estoy… No estoy mintiéndote. Vine hasta acá porque…

—¿…querías salvarme? —siseó él.

—No tienes que confiar en mí —dijo apresuradamente—. Tienes razón. No tienes por qué. Sólo vete, Albus. Si eso es lo que… No iré contigo, si no quieres. Sólo quiero que te vayas y encuentres a tu familia, lo juro. Vigilaré que nadie te siga, pero…

Una sonrisa cruel se dibujó en el rostro del muchacho. Se volvió. Su vista se clavó nuevamente en los pergaminos y sus manos se aferraron a los bordes de la daga.

—No estoy atrapado, Lizza.

No volteó a verla, pero la escuchó soltar un jadeo.

—Basta —balbuceó—. Basta con lo que intentas. No tienes que decirme tu plan o lo que estás tratando de hacer. No tienes que confiar en mí. Sólo vete antes de que Mabroidis…

—No hay nadie a quien salvar.

Aquellas palabras se escucharon tan tajantes, que Albus creyó que Lizza había vuelto a retroceder y que, esta vez, no detendría su camino hacia la puerta. No obstante, ella no se movió.

—No te creo. Estás planeando algo y hasta ahora te ha funcionado. Pero no estás de parte de esos hombres, no…

—¿Tú lo estás o no?

Lizza reaccionó como si le hubiesen pegado una bofetada.

—Albus… —dijo cuidadosamente—. Mabroidis va a descubrir lo que estás planeando. Lodge va a encontrar a tu familia. Debes irte, Albus. Por favor. Por favor.

Él no reconoció aquel tono implorante en su voz. Meses atrás le hubiera parecido imposible pensar en que aquella muchacha pudiera suplicarle algo a alguien. No contestó y siguió aferrándose a los objetos que tenía delante, con fuerza.

—Tienes razón —repitió ella—. No puedo pedirte… No tendrías por qué creerme, lo sé. Déjame explicarte todo, entonces. Te diré todo ahora si con eso tú… Sólo quiero que te vayas, Albus. Si eso es lo que necesitas para saber que te estoy diciendo la verdad…

—¿Estás con Dimas y Lodge? —preguntó Albus y la escuchó sobresaltarse.

—Sí.

—¿Lo estabas desde que salías conmigo?

Silencio.

—Sí.

—Nada de lo que digas va a cambiar eso.

—Lo sé.

Y entonces, la escuchó llorar.

Se dio cuenta de que nunca antes había escuchado a Lizza llorar. Sus suaves lamentos parecían notas tristes en una melodía quebrada. El susurro de algo profundo que poco a poco se rompe.

—Ya lo sé, pero… Tienes que creerme ahora e irte. Y si sólo así vas a saber que no estoy mintiéndote, entonces… Entonces tienes que saberlo todo. Porque no puedo dejar que te quedes aquí.

Albus se volvió. Lo que le provocó la visión de Lizza llorando fue tan abrasivo, que tuvo que soltar los pergaminos. Mientras hablaba, la distancia que los separaba iba desapareciendo.

—Me mentiste.

—No…

—Todo el tiempo. Tú… Sabías cómo me sentía y sólo…

—No, no fue así.

—¡ME MENTISTE! —bramó. La tomó por los hombros, la apretó con fuerza. Le miró los ojos, oscuros, inundados, cerca, tan cerca. Quería seguirle gritando. Quería rugirle en la cara y hacerle daño. Lizza sollozó y seguramente aquel fue el sonido más horrible que él podría haber escuchado.

La soltó.

—E-es verdad. Nada de lo que yo diga va a cambiar las cosas. Pero no puedo… N-no puedo dejar que te quedes aquí. Mabroidis v-va a descubrirte —se pasó una mano por los ojos inútilmente. Las lágrimas seguían rodando por sus mejillas empalidecidas—. Sólo escúchame para que después… Para que entiendas y después puedas irte. Voy a contarte todo, lo prometo. Todo. Por favor.

Albus había escuchado la promesa de la verdad una y otra vez. Distintas épocas, diferentes personas. Tantas veces, tanto, tanto, que aquellas palabras ya se le colaban en los oídos con irritación, dispuesto a más secretos, a más mentiras dichas por gente en la que siempre creyó confiar. Pero, ahí estaba Lizza y las sonrisas se habían convertido en sollozos y los besos chispeantes ya eran lágrimas. Y Albus supo que lo único que sería más insoportable que enfrentarse a aquella traición sería el nunca saber por qué… Por qué.

Un minuto entero pasó sin que nadie dijera nada. Entonces, Albus levantó la barbilla.

—Te escucho.

Lizza soltó el aire que había estado conteniendo.

—¿Recuerdas…? —susurró—. ¿Recuerdas la primera vez que me besaste?


Por el hueco que había dejado la estatua destruida de la Bruja Tuerta, se asomaron las cabezas de Ron y Draco. Ambos hombres verificaron que no hubiera nadie merodeando por esa parte del colegio, salieron con las varitas preparadas y le hicieron una seña a sus hijos para que los imitaran.

—Entonces, Weasley —dijo Draco mientras los cuatro bajaban por una escalera—. De acuerdo con tu teoría, la sangre de todos los familiares de muggles está en un contenedor, en lo alto del cielo.

—En una torre, sí, probablemente —Rose carraspeó.

—¿Y sólo hay que derribarlo para romper el encantamiento?

—No precisamente. La magia antigua se compone de conjuros complicados, con elementos físicos que pueden alterar los efectos si no se hacen bien.

Antes de que dieran vuelta por un corredor, Ron los detuvo con un gesto de su mano. Al comprobar que era seguro, siguieron caminando.

—¿Y tú podrás romper ese encantamiento sin alterar los efectos? —Draco alzó las cejas.

—Claro que puede —dijo Scorpius rápidamente. Tanto su padre como Ron voltearon a verlo—. Ella… —se atragantó—. Sí, claro que puede.

—Será difícil —respondió Rose—. Primero tengo que ver de qué elementos se compone el ritual, qué es exactamente el contenedor con la sangre…

—No te preocupes —le dijo Scorpius—. Es decir, ¡pudiste resolver lo de la cueva, con la piedra y la reina Maeve! Y, además, encontraste las pistas de la pieza oculta en el Castel Nuovo. Esto será sencillo.

—Tú hiciste lo del Castel Nuovo —rebatió ella—. ¿Recuerdas? Tradujiste lo que decía la tumba de Merlín. "Es una suerte que yo sí esté incluido en la búsqueda, Weasley".

—¡Oh, vamos! ¿Vas a seguir recordando todos los momentos en los que me porté idiota? Además, tú dijiste algo como "cualquiera pudo deducir eso, Malfoy" —Scorpius se rio, pero se calló en cuanto los dos hombres voltearon a verlo otra vez.

—Por cierto, ¿no te ha dolido? —preguntó Rose sin darse cuenta de aquello. Le miró la espalda de reojo, mientras daban vuelta por una amplia sala y bajaban otras escaleras—. Con tantas cosas que sucedieron, no te puse las pociones.

—¿Pociones? —preguntó Draco.

—¿No se las…? —Ron volvió a voltearse.

—Estoy bien —se apresuró a decir el muchacho.

Cuando llegaron al primer piso, Ron volvió a detenerlos e hizo una seña para que guardaran silencio. Detrás de la puerta que daba al Gran Comedor, se escuchaba un ligero murmullo. Draco se puso delante de Rose y Scorpius, y los cuatro prepararon sus varitas.

Con un conjuro silencioso, Ron hizo que la puerta se abriera de golpe. El lugar estuvo a punto de atiborrarse de hechizos, pero antes de que eso pasara, alcanzaron a ver a los gemelos Scamander, pálidos y con el rostro sudoroso.

—¡Oh, bendito sea Merlín! —Lorcan bajó su arma y se puso una mano en el pecho—. ¡Son ustedes!

—¡Rose! —exclamó Lysander, feliz de verla—. ¿Estás bien? ¿Dónde está Albus?

—Luego —Ron miró por sobre su hombro, asegurándose de que no había nadie más ahí—. ¿Qué pasó con ustedes?

—¿Qué pasó? ¡Apenas alcanzamos a ocultarnos aquí! ¡Eso pasó! ¡Nos atacaron dos niñas como si fueran marionetas poseídas!

—Estaban de pie, viendo por una ventana —explicó Lysander—. Intentamos ayudarlas a salir, pero…

—¡Se fueron contra nosotros!

—¿Qué ventana? —preguntó Rose.

—¿Qué? ¡Te estoy diciendo que dos niñas…!

—¿Qué ventana?

—Era… ¿El quinto piso? —respondió Lorcan, confundido. Se rascó la sien con su varita—. No lo sé. Todo fue muy rápido. Tuvimos que correr y creo que las perdimos por el pasadizo del segundo piso.

—Una torre que se ve directamente desde la ventana del quinto piso… —murmuró Rose para sí misma.

—La Torre de Astronomía —dijo Draco y ella asintió.

—¡Ahí debe ser! ¡Ahí debe estar el contenedor!

No se molestaron en explicarles a los gemelos lo que estaba sucediendo. Salieron apresuradamente del castillo, por la puerta principal, en dirección a los jardines. Rodearon la estructura hasta que visualizaron la gran Torre de Astronomía, imponiéndose en medio del cielo oscuro.

—No veo nada extraño —dijo Scorpius entrecerrando los ojos.

—Es porque ninguno de nosotros se registró en ese programa —explicó Rose—. Pero debemos llegar ahí cuanto antes. Tal vez si volvemos y tomamos un atajo…

—Una escoba sería buena en este momento —se lamentó Ron.

Entonces, el rostro de Lysander se iluminó. Apuntó su varita, aparentemente hacia la nada, y gritó:

¡Accio Saeta de Plata!

Al instante se escuchó un zumbido que, con cada segundo, se hacía más fuerte. Luego, una escoba bien pulida y con el mango adornado por pintura plateada salió despedida por una de las ventanas del castillo, rompiendo el cristal y aterrizando limpiamente frente a ellos.

—Lily —dijo el muchacho cuando todos lo miraron de forma interrogante. Las mejillas se le colorearon—. Er, quiero decir… Que Lily esconde su escoba en el baño de Myrtle la Llorona. Era más rápido traerla de ahí que convocar una del campo de quidditch.

—¿Y tú cómo sabes…?

—Te llevaré —le dijo Ron a Rose, interrumpiendo la pregunta de Lorcan—. Iremos allá para que tires esa maldita cosa. Los demás, mientras, quédense aquí y vigilen.

Se trepó a la escoba sin miramientos y Rose subió detrás de él, agarrándose fuertemente de su espalda. Una patada en el piso, un ligero gritito y ambos se elevaron con rapidez, en dirección a la Torre de Astronomía. Sus siluetas apenas comenzaban a perderse entre la oscuridad cuando…

—¡WEASLEY! —gritó Draco, pero ya era tarde.

Un cúmulo de hechizos salió de la nada en dirección a la Saeta de Plata, y Ron y Rose se tambalearon en el aire, mientras los que estaban en el suelo corrían apresuradamente por los jardines, buscando la fuente de aquel ataque.

—¡Ahí! —gritó Scorpius y lanzó un hechizo en dirección a unos matorrales que crecían sobre el muro de piedra del castillo. El conjuro fue desviado y, de entre las sombras, aparecieron tres de los seguidores de Lodge,

¡Everte statum!

¡Expulso!

Draco, Scorpius, Lorcan y Lysander comenzaron a combatir contra esos hombres. Sin embargo, un rayo de luz naranja a sus espaldas voló por los aires, pegándole directo a la escoba que transportaba a Ron y a Rose. El estallido fue instantáneo y las llamas iluminaron su alrededor, mientras padre e hija caían en picada.

¡Aresto momentum!

Ron alcanzó a frenar la caída de ambos. La Saeta de Plata se desplomó a su lado, con las ramitas incendiadas.

—¡NO INTERFERIRÁN! —gritaron a la vez unos cinco niños de tercer año, mientras corrían con las varitas alzadas hacia ellos. Ron creó un escudo que hizo rebotar sus hechizos, pero entonces un rayo le pegó por la espalda. Los seguidores de Lodge seguían combatiendo contra los demás.

Entre defensas y ataques, se vieron rodeados. Los rayos volaban por sobre sus cabezas, el sonido de las varitas cortaba el aire, la madrugada en el jardín era iluminada por los destellos mágicos de aquella batalla.

—¡Debes irte! —le dijo Ron a Rose, mientras Draco desviaba un hechizo dirigido hacia ellos y derrumbaba al chico que se los había lanzado—. ¡Malfoy, no podemos atacar estudiantes!

—¡Tienes razón! ¡Es mejor ser asesinados por unos niños! —entre él y Lysander sostuvieron un escudo que logró parar a los seguidores de Lodge momentáneamente.

—¡Rose, ya! —gritó Ron, mientras él y Lorcan paraban los ataques del otro lado—. ¡Ve a la torre! ¡Ahora!

—No, yo…

—¡Vayan ustedes! ¡Los cubriremos!

—Papá…

Rose no entendió a qué se refería su padre con "ustedes" hasta que Scorpius (libre de cualquier ataque, gracias a los escudos de los otros) tiró de su brazo y comenzó a correr. Ambos llegaron hasta la escoba y el muchacho hizo un mohín de preocupación al ver las ramitas, casi chamuscadas. Aun así, se trepó con decisión y extendió la mano.

—Va a ser un viaje algo movido.

Rose hizo un sonido de angustia, pero aceptó su mano. Se subió detrás de él y, al instante, ambos se elevaron en el aire.


Lo recordaba. Claro que lo recordaba.

Albus recién se había enterado del escape de Lodge en Azkaban y ansiaba tanto poder hablar con su padre sobre la situación, que le había pedido un favor desesperado a Scorpius: alcanzar a Lizza en aquella vieja cafetería muggle, para avisarle que no podría llegar a comer con ella esa tarde. Su amigo había cumplido con la tarea, por supuesto, pero también había caído en la imprudencia que lo caracterizaba y, entre bromas, Lizza había terminado descubriendo lo que Albus sentía por ella.

Tranquilízate, Al. Sé que Scorpius solamente intentaba gastarnos una broma…

¿Qué te hace pensar que era una broma?

Ella había balbuceado algo. Él había sido valiente.

Albus recordaba con una claridad agobiante cómo se había sentido aquel primer contacto con sus labios. Ese nerviosismo entre risas, ese delicioso aroma a miel. Aquello le parecía ahora tan lejano, tan distante. Como otro mundo que aún podía ver a través de un cristal, pero que, por más que se esforzara, ya no podía tocar.

No dijo nada, pero su cabeza se movió en un ligero asentimiento y Lizza volvió a sollozar.

—Te alcancé antes de que fueras a la Academia de Aurores para tu examen. Estábamos en un callejón. Te conté lo que había dicho Scorpius y tú…

—Recuerdo —la interrumpió. No quería que le contara lo que él ya sabía, no quería pensar en aquel tiempo tan simple, tan…

—Mabroidis estaba ahí.

La miró, con la sorpresa reflejada en el rostro. Lizza cerró los ojos, intentando frenar su llanto.

—Estaba ahí, en el callejón, observándonos. Te siguió después para atacarte en tu examen. Estaba ahí también cuando Scorpius me avisó que te habían llevado a San Mungo. Y esa noche, ¿recuerdas que fui a tu casa para ver cómo estabas? Cenamos, me acompañaste afuera. También estaba ahí, Albus. Estuvo ahí, oculto, todo el tiempo.

—¿Por qué…?

—¡Te estaba siguiendo! Te siguió a todas partes desde que sacó a Lodge de Azkaban. No sé por qué, pero sólo hasta que estuvo con Lodge comenzó a interesarse en ti y a buscarte.

Albus sí lo sabía.

Dimas creía que Lodge había tocado la daga. Durante todos esos años, creyó que, luego de sacar a Lodge de Azkaban, podría hacerse con el poder del Aurea Pergamena. El problema era que Lodge no la había tocado, sino Albus. Al estar juntos de nuevo, habían descubierto aquello y por eso se habían dedicado a perseguirlo.

—Un domingo fui a tu casa. Era el último día de agosto, ¿te acuerdas? Estabas molesto porque, desde el día del ataque en tu examen, tu padre había puesto a varios aurores a seguirte los pasos. Pero a mí no me molestaba estar ahí. James había invitado a sus amigos y Rose llegó un rato después para hablar contigo. Yo me fui cuando comenzó a anochecer. Llegué a casa y supongo que ahí… Sí, supongo que a partir de ahí fue cuando cambió todo.

Lizza lo miró a la cara, con la intensidad destellando detrás del llanto. Al mencionar aquello, un fuerte jadeo pareció asfixiarle la garganta.

—Encontré… Mi padre estaba en la sala. Se sentía mal. Le dolía el pecho. Igual… Igual que a mamá.

El tiempo que Albus había pasado realmente junto a Lizza, se le antojaba a él como muy poco. Un instante en su vida. Un suspiro enamorado apenas. No obstante, la conocía lo suficiente como para saber que la muerte de su madre era un tema muy espinoso, una herida profunda que nunca había terminado de cicatrizar.

Estaba enferma, Albus. No pudimos hacer nada. Lo único que recuerdo bien es que yo deseaba una solución mágica para curarla o algo así… Fue mucho antes de saber que era una bruja, por supuesto.

¿Habrías podido…?

No, claro que no. Lo investigué. No había manera de salvarla, ni siquiera con magia.

—Lo llevé al hospital. Nos dijeron… Ellos dijeron que era lo mismo. Mi papá tiene lo mismo que tuvo ella —Lizza se tapó el rostro con ambas manos—. Al regresar a casa, hablamos. Estuvimos despiertos casi toda la noche. Le prometí… Yo le prometí que todo iría bien. Recuerdo que me quedé dormida en el sofá de la sala y luego… Tú me despertaste, Albus.

Suspiró para calmarse. Con cada palabra, las lágrimas parecían disminuir.

—Estabas en la chimenea, por la Red Flu. Habíamos acordado ir a desayunar, pero era el primero de septiembre y debías acompañar a Lily al andén 9 ¾. Sólo querías avisarme

Un pinchazo doloroso golpeó a Albus cuando, de repente, se acordó de aquello y de cómo le había parecido que la muchacha actuaba rara durante esa corta conversación. Lizza no estaba molesta porque él no hubiera compartido sus verdaderas preocupaciones con ella (durante esos días, recién se había enterado de la historia del Aurea Pergamena); estaba devastada por su padre…

—Papá se había ido ya al trabajo. Yo me alisté para ir al Ministerio y… Y esa fue la primera vez que vi a Mabroidis.

Se descubrió el rostro. Albus le vio las mejillas, sucias por las lágrimas que comenzaban a secarse.

—Él te seguía a todas partes. Sabía a dónde ibas, cuándo, con quién. Y así fue cómo dio conmigo. Sabía quién era yo y lo que tú y yo teníamos. No podía acercarse a ti debido a las escoltas que tu padre te había puesto después del ataque. Así que decidió acercarse por otro lado, supongo. No tengo idea de cómo supo dónde vivía. Aunque esa tipa, Savage, sí… Antes trabajaba en el Ministerio. Seguramente le fue fácil conseguir la información.

Logró contener un sollozo.

—Esa mañana, ahí estaba. Apenas me alejé de la Red Flu y él… Ahí estaba, tan cómodo, como si llevara días paseándose por mi casa. Te juro, Albus… —volteó a verlo con urgencia—. Intenté atacarlo, lo intenté, pero me desarmó en cuanto… Ni siquiera pude… Todo fue tan rápido y de pronto él ya tenía mi varita.

Los brazos se le cayeron a los costados, como si durante todo ese tiempo hubiese estado haciendo un esfuerzo descomunal por mantenerlos firmes.

—Dijo su nombre. Dijo que me conocía y que había escuchado todo lo que papá y yo habíamos hablado. Él sabía lo que le estaba pasando, lo que iba a pasarle después… Y dijo… Dijo que tenía algo que podía ayudarlo.

Los ojos de Lizza se desviaron entonces hacia el escritorio, donde reposaba el Aurea Pergamena.

—No sé lo que es —barbotó—. Mabroidis sólo me habló de Merlín y de un poder extraordinario, algo que sobrepasaba cualquier magia… Algo que podía salvar a mi papá. Yo estaba aterrada. No podía pensar, no podía hacer nada más que escucharlo y…

Su llanto había parado. Por completo. Parecía determinada a no dejar que más lágrimas escaparan por sus ojos.

—No dejó de hablar, como si ya nos conociéramos, como si fuese un amigo que va a contarme una buena noticia. Dijo que ya lo había intentado antes, que había querido salvar a otras personas en el pasado, pero que no lo había logrado. "Me hace falta algo", dijo, "algo que me fue arrebatado hace tiempo". Y dijo que esa magia no funcionaría a menos que él recuperara eso que le quitaron… Y que por eso necesitaba mi ayuda.

La mirada que Lizza le dirigió en ese momento fue demasiado triste. Sus ojos parecieron temblar junto a su cuerpo, en un delicado escalofrío.

—Yo acababa de… Y-yo acababa de saber lo de mi papá, Albus. Oh, Dios… No podía ni imaginar la posibilidad de perderlo. Y Mabroidis dijo que podía solucionarlo si yo lo ayudaba a él, porque sólo yo tenía acceso a algo que él no… Yo tenía acceso a…

—A mí —murmuró Albus.

—La persona que le arrebató aquello que era de él.

Hipó con fuerza.

—Nunca has perdido a alguien —le dijo de pronto y aquello no se sintió como una acusación—. No hablo de una pelea o una separación. Estoy hablando de la muerte, Albus. Nunca has perdido a nadie así. Cuando mi mamá… Nada fue igual. Nunca. No podía dejar que algo así volviera a suceder. No podía perder a mi papá, no a él. No si yo… Si yo tenía al fin, ante mí, la solución mágica para curarlo.

Parecía que, en cualquier momento, Lizza iba a ceder ante el llanto nuevamente y que los temblores de su cuerpo iban a apoderarse de ella. Sin embargo, aunque se sentía como lo más difícil de hacer en ese instante, mantuvo su vista fija en Albus y no derramó más lágrimas.

—Comenzó a hablar sobre ti. Me explicó que te había estado siguiendo porque tú interferiste y por eso él no podía usar esa magia. Dijo que Lodge era solamente una pieza más en el juego y que yo no tenía por qué enterarme de más. Pero que podía ayudarme. Él dijo que quería ayudarme —la voz se le quebró—. Así que lo hice. Y-yo… Le dije. Le conté a Mabroidis dónde estarías esa mañana. Le dije sobre el andén 9 ¾.

Albus tenía los puños apretados, pero no se dio cuenta hasta que la rabia hizo estremecer sus nudillos.

—¡Fue un segundo solamente! —exclamó ella—. Un segundo en que yo… Estaba tan asustada, Albus, yo… No sé qué pasó. Sólo podía pensar en mi papá y… —se entrelazó las manos, en un vano intento por calmar el temblor—. Fue un segundo… Pero eso bastó. En ese instante le vendí mi alma a Dimas Mabroidis.

Una sola lágrima, imprudente, se le escapó.

—Me arrepentí de inmediato. Pero apenas me di la vuelta, él ya se había ido. Corrí al Ministerio para avisarle a alguien, pero cuando llegué todo era un caos. Todos hablaban ya sobre un ataque horrible en el andén 9 ¾, con mucha gente involucrada… Quise decirle a Teddy lo que había pasado, pero no estaba y todos los aurores se habían ido ya a detener el ataque. ¡No sabía qué hacer! No sabía a quién podía decirle, en quién confiar… Quise irme, pero cerraron las salidas del Ministerio para evitar que la gente fuera al andén. Tuve que esperar a que todo se calmara. Escuché que no hubo víctimas, pero aun así… No sabía dónde podías estar tú, fui a tu casa, pero estaba vacía y luego me aparecí afuera de la Academia de Aurores —suspiró—. ¡Y sí! Ahí estabas. Y estabas bien.

Albus negó con la cabeza.

—Me atacaron. Estuve a punto de morir.

—Y-yo… Yo no…

—Ellos lastimaron a Lily.

—¡No tenía idea de que había más involucrados, no sabía qué es lo que iban a…!

—¿Y qué pensabas tú que iban a hacer, Lizza? —Albus se dio la vuelta, dio un par de pasos bruscos y sin sentido—. ¿Qué pensabas tú que quería hacer Mabroidis? Te dijo que estaba con Lodge y sabías que antes habían intentado… —el aire que aspiró le quemó la garganta—. Lastimaron a Lily —repitió. La imagen de su hermana con las piernas ensangrentadas le provocó nauseas—. Pudiste habérmelo dicho todo cuando me alcanzaste en la Academia.

—Q-quise hacerlo —respondió ella—. Pero… Mabroidis estaba ahí otra vez, oculto en el callejón de enfrente. Tú, Scorpius y la escolta que tu padre había enviado estaban de espaldas y… Mabroidis quería que sólo yo lo viera, quería que yo notara que estaba ahí.

—Lo superábamos en número. Podríamos haber…

—M-mi padre, Albus —dijo y con violencia se limpió el inicio de otras dos lágrimas—. Tenía tanto miedo por él, yo… Ese hombre acababa de atacarte en un lugar lleno de brujas y magos. Si no le importó eso, ¿qué podría importarle atacar a un muggle que jamás se defendería ante la magia? Tenía mucho que perder y estaba ahí para advertírmelo. Lo sabía. Así que… Yo simplemente… Fingí.

¡Oh, estás bien! El Ministerio está hecho un desastre. Todos hablaban sobre lo que pasó en el andén y recordé que dijiste que ibas a acompañar a Lily… ¡Oh, Albus!

—De no haber sido así, te lo habría dicho todo en ese momento. Te lo juro. Fui tan estúpida y tenía tanto miedo. Jamás quise que… Fue un segundo… Sólo un segundo…

No sabes cuánto lo siento…

Lizza le había murmurado aquello, mientras se estrechaban el uno al otro afuera de la Academia de Aurores. Albus había creído que aquel triste susurro se debía a su preocupación por el ataque. Y efectivamente, Lizza lamentaba lo que había sucedido… Pero porque ella lo había provocado.

—Regresé a casa sólo para llevarme a mi papá. Quería ir contigo y tu padre, para contarles todo. Sabía que con ustedes estaríamos a salvo… Pero Mabroidis se me había adelantado.

Paró por un momento. Aunque su voz continuaba cargada de emociones, su cuerpo parecía debilitarse a cada minuto. Sus ojeras se veían más pronunciadas. Su palidez era mucho más notoria.

—Quería asegurarse de que no te hubiera dicho nada, saber si le había contado a alguien lo que sucedió. "No me gusta que me traicionen, querida. Acabo de matar a alguien por eso".

Y Albus se acordó de Montague, el temeroso hombre que estaba junto a Dimas cuando lo habían acorralado en el andén.

—No pude defenderme. Él me atacó y yo… Lo único que me quedaba… La única salida que encontré fue seguir fingiendo —soltó una risita triste—. Le dije que fui a buscarte porque era lo que se suponía que debía de hacer. Dije que estaba de su lado porque lo único que me importaba era salvar a mi papá. "Te gusta el muchacho, ¿no? Eso puede ser un problema". Y yo le dije que no. "¿Aun si para obtener esa magia tuviera que matarlo?". Y yo volví a decir que no.

Se dejó caer en el sofá que antes había ocupado Selwyn.

—Dijo que tenía que probárselo, que debía probarle mi lealtad… —un dejo de cólera impregnó sus palabras—. Así que me leyó la mente. Y yo lo dejé. Esa vez y la siguiente y la siguiente.

Levantó la cara, desesperada.

— Yo te veía todos los días, Albus, en esa vieja cafetería. Y todos los días, al llegar a mi casa, Mabroidis estaba esperándome para leerme la mente y conocerte a través de mí.

Albus tragó.

—Aun así, no intentaste… —comenzó a decir, en un murmullo que apenas se escuchó.

—No podía hacer nada. Seguía aterrada por mi papá. Me había metido en algo que escapaba por completo de mi control. Y… No lo sé, supongo que pensé que podía ganar tiempo. La escolta de aurores seguía cuidándote. Si Mabroidis aún me necesitaba era porque no podía acercarse a ti directamente. Estabas protegido. En cambio, mi papá… Además, en esos momentos, tú estabas… Distante —lo miró con algo parecido a la ternura, mientras él pensaba en ese breve periodo, después del ataque en el andén, después de la pelea con su padre, cuando lo único que daba vueltas por su mente era el plan que había diseñado para buscar el Aurea Pergamena—. No me contabas mucho y, por lo tanto, Mabroidis no se enteraba de mucho. Creí que podríamos seguir así hasta que hubiera alguna oportunidad, hasta que él cometiera un error. Realmente creí que todavía podíamos escapar. Pero entonces, una noche fuiste a mi casa y… Bueno, te acuerdas, ¿no?

Albus le devolvió la mirada y supo lo que ella iba a decir, antes incluso de que abriera la boca.

—Dijiste que no podíamos seguir viéndonos.

No, no podían. Había llegado a esa trágica conclusión la misma noche en la que decidió irse del Valle de Godric, para iniciar su búsqueda del Aurea Pergamena. Se había aparecido en casa de Lizza para despedirse y poder verla una última vez antes de partir.

—"Tengo que decirte tantas cosas" —lo citó ella—. Llevabas tiempo planeando algo, ¿verdad? Yo lo notaba. Por supuesto que lo notaba. Pero era mejor que no lo supiera, porque entonces también lo sabría Mabroidis. Pero, ese día tú… Ibas a decírmelo, ¿cierto? Ibas a contarme lo que estaba pasando y lo pensabas hacer.

Claro que iba a hacerlo. Iba a contarle todo. Albus había creído que eso era lo mínimo que ella se merecía después de compartir con él esas maravillosas semanas.

—No podía dejar que lo hicieras —continuó Lizza—. Mabroidis estaba a punto de llegar a mi casa. Era la hora en la que siempre se aparecía para leerme la mente. Cuando tú llegaste, creí que te vería y saldría, que te atacaría. Estaba muerta de miedo. Pero la escolta de aurores seguía contigo y él los vio. Cuando llegó, no se atrevió a salir. Yo no sabía qué hacer y tú sólo… Sólo me besaste y…

Su voz se debilitó y un ligero, casi imperceptible sollozo se le escapó de los labios.

Albus recordaba ese último beso más que cualquier otra cosa. Lo desesperado que se había sentido; las manos anhelantes de ella al abrazarlo; cómo, por un brevísimo instante, le había parecido que ella se sentía igual de angustiada que él; aquel atisbo de frustración en su semblante una vez que sus cuerpos se separaron…

—Ibas a explicarme y yo no podía dejarte. No podía dejar que hablaras, Albus. Si lo hacías, si me contabas todo, él iba a saberlo de inmediato. Si me decías cualquier cosa, en especial eso que planeabas, Mabroidis iba a leerme la mente un segundo después y lo arruinaría todo para ti. Tenía que callarte de cualquier forma…

Con todo lo que ha pasado, te has dado cuenta de que no puedes estar con alguien como yo. Eres demasiado importante.

—Me habías contado tanto sobre ti, sobre tu padre… Supe lo que tenía que decir para que te callaras. Quería que te molestaras conmigo y te marcharas cuanto antes.

No puedes darte el lujo de perder el tiempo con una insignificante hija de muggles como yo, ¿verdad?

—No quería lastimarte, sólo detenerte. Nunca creí ni una palabra de lo que te dije esa noche. Pero planeabas algo importante y si Mabroidis se enteraba, no podrías conseguirlo.

Merece a alguien mejor que yo, Albus. Eres un Potter.

—Dije todo eso porque quería mantenerte a salvo.

Esta vez, fue Albus quien sintió todo su cuerpo temblar. Ya no era ira, no. O tal vez sí. En realidad, no sabía muy qué era lo que tenía que sentir. El sólo recordar aquella conversación lo hizo darse la vuelta, incapaz de seguir mirando el rostro de Lizza.

—Yo tenía razón. Mabroidis ya estaba en mi casa cuando entré. Le conté que habías terminado conmigo. Le pregunté si no pensaba asesinarte—se rio, con tristeza—. Parecía disfrutarlo mucho, ¿sabes? Cada vez que yo decía esa clase de cosas, fingiendo que lo único que realmente me interesaba era salvar a papá. Era casi cínica para que pudiera creerme. Pero no creo que alguna vez lo haya hecho. No por completo. Era el juego solamente. Yo fingía que estaba de su lado y él fingía creerme. Y, de cualquier forma, él ganaba. Siempre ganaba y obtenía lo que quería, porque yo lo dejaba leer mi mente para que pudiera acercarse a ti sin tener que hacerlo.

Se levantó del sofá y las débiles rodillas le crujieron en protesta.

—Me obligó a buscarte al día siguiente, para pedirte perdón y que volvieras a confiar en mí. No estabas en la cafetería, ni en la Academia. Fui a tu casa y entonces tu madre me dijo que te habían escondido —volvió a reírse, esta vez con arañazos de verdadera alegría en la voz—. ¡Estaba tan aliviada! Creí que estabas a salvo. Mabroidis iba a leerme la mente después, así que le pregunté a tu madre dónde estabas, pero ella se negó a decirme cualquier cosa y yo estaba tan agradecida por eso. Él estaba esperándome, claro. Cuando le conté, dijo que estaba bien porque planeaba dejarte en paz por un rato. Creí que eso era todo, que yo ya no le hacía falta y él dejaría de prestarme atención. Pensé que, tal vez así, yo podría hacer algo finalmente para detenerlo. Pero creo que, para ese momento, Mabroidis ya estaba seguro de que yo no iba a traicionarlo. No mientras mi padre estuviera en peligro. No confiaba en los hombres que Lodge había reclutado y necesitaba a alguien que le fuera fiel… Así que me envió al Castel Nuovo.

Bajó ligeramente la mirada, avergonzada. Tardó unos segundos en volver a hablar.

—Yo no sabía lo que estaban haciendo. Hasta ahora no sé… Mabroidis sólo me dejó con los otros que vigilaban el castillo, pero no les dijo mi nombre. Dijo que no todos los que lo seguían debían conocerme. Vigilábamos, sólo vigilábamos y entonces…

—Yo.

—¡No lo sabía! Había tres intrusos y jamás imaginé… Creí que lo que tu madre me había dicho era la verdad, que estabas escondido, a salvo. No tenía ni idea de… Yo sólo hacia lo que Mabroidis me pedía y por eso, ese día, te ataqué, sin saber que eras tú.

¡Tengo a uno! ¡Travers, ven rápido!

—Escapaste. Nos llevaron a todos a una mansión abandonada. Ahí vi a Lodge. Me dejó claro que no confiaba en mí, pero yo no le tenía miedo. Me limité a obedecer a Mabroidis y a contarle lo que había visto. Le dije que no conocía al muchacho que ataqué, pero él no estaba del todo convencido y creyó que habías sido tú. Dije que era imposible, que estabas escondido, que no había manera… Creo que yo misma trataba de convencerme de eso.

Tomó aire lentamente, como quien se prepara para arrojarse al agua.

—Después de aquello, no lo vi por meses. Todos los días me planteaba contarle a alguien lo que yo había hecho. Pero… Mi papá. Cada día empeoraba más y yo no sabía en quién podía confiar. Mabroidis había dicho que muchos hombres estaban de su lado y el Ministerio comenzó a volverse un desastre por culpa de esa mujer, Savage. Luego… Después de Navidad… Apareció otra vez.

Lizza aspiró con fuerza y, al último segundo, su respiración pareció cortarse.

—Cuando Mabroidis se apareció, mi papá estaba en casa. Lo saqué como pude, con excusas. Luego Mabroidis dijo que te había visto, que nunca habías estado escondido y… Que quería que volvieras. Quería que lo buscaras y me necesitaba otra vez porque… Él quería que yo le diera una razón. Algo importante. Algo lo suficientemente poderoso para hacerte volver, aunque no quisieras.

El tercer suspiro de Lizza fue más largo, más quebrado. Lo acompañaron los temblores y los ojos vidriosos, a punto de rendirse ante las lágrimas de nuevo.

—I-intenté… Intenté salir del juego. Me había equivocado, incluso cuando quise arreglar las cosas. Una y otra vez, él siempre lo adivinó y estuvo delante. No podía seguir así. Le dije que no tenía idea de cómo hacerlo, que no sabía nada, ninguna razón para traerte de vuelta… Pero… E-entonces mi papá… Él volvió a la casa y…

Los temblores de su cuerpo se hicieron tan incontrolables, que los dientes de Lizza comenzaron a castañear, casi como si la torre se encontrara helada. Negó con la cabeza, se abrazó a sí misma, apretó con fuerza los párpados.

—¡L-lo tort-turó! —chilló—. ¡Él torturó a mi papá! No se detenía, no paraba… No sabía qué hacer. N-no pude hacer nada… Quería una razón… Él q-quería… ¡Y se la di! —se atragantó con las palabras—. L-le dije que… De nuevo le dije… Y-yo… Sólo quería que se detuviera y le dije… Que tú sólo volverías por tu familia.

Lizza abrió los ojos. Una a una, las lágrimas que había logrado contener fueron liberadas. Le cayeron rápido sobre el rostro, como si compitieran por ver cuál se deslizaba antes por su cuello. Albus se obligó a corresponder su mirada y en su mente retumbó la conversación que había mantenido con Dimas hace apenas unas horas.

Tenía que darte una razón.

Para volver.

No. Una razón para que sintieras… Desesperación. No fue idea mía.

—¡Lo lamento! Lo lamento tanto, Albus… De verdad, yo… Jamás quise que les pasara algo. No quería… Necesitaba que Mabroidis dejara en paz a mi papá y s-sabía que tu familia tenía a aurores cuidándolos. L-luego de que se lo dije se fue y yo tuve que… Tuve que borrarle la memoria a mi papá. Empeoró tanto después de eso. ¡Está tan mal ahora que yo…! —volvió a negar con la cabeza—. Savage influyó en el Ministerio para que le quitaran las escoltas a tu familia. Cuando me enteré de lo que le sucedió a James y a Alice en aquel campo de quidditch, supe que fue por mí. Después a tu prima, afuera de San Mungo. Y luego… Esa mujer puso semillas de Tentácula en la oficina de tu padre… Hirieron a tantas personas… Nunca quise que le sucediera nada a tu prima o a la mamá de Rose, ¡Dios! ¡Rose e-es mi amiga! Nunca pretendí… Nunca…

Para ese momento, sus palabras apenas podían distinguirse entre tantos sollozos.

—Fue mi culpa, lo sé, porque Mabroidis jamás se habría arriesgado a tocarlos si yo no le hubiera dicho nada. Esa noche, cuando sucedió la explosión, vi a tu padre… E-estuve a punto de hablarle para decirle todo… P-pero mi papá. Después de lo que había pasado… ¡No quería perderlo! No quería perder a mi papá y todo lo que ha sucedido, desde el comienzo, ha sido a causa de eso.

Las piernas de Lizza temblaban tanto, que Albus creyó que, en cualquier segundo, ella se desplomaría en el suelo. Sus sollozos hacían eco en la torre, abrumando todos los sentidos del muchacho.

—Después de eso, apenas dejé el Ministerio —balbuceó—. Quería… T-traté de ayudarle a Teddy en todo lo que pude. Su esposa estaba en el hospital por mi culpa y… Quería estar cerca de tu familia, estar pendiente, por si… —agachó la cabeza—. Hace unas horas, James se apareció. Dijo que te habían encontrado. No se dio cuenta de que yo estaba ahí, no al principio, pero luego me explicó que no estabas escondido, que te habían visto en Hogwarts. Necesitaba verte, Albus, contártelo todo. No podía…Ya no podía… Llegamos a Hogsmeade y había tanto alboroto… Tu familia estaba reunida en un pub. Me quedé en la puerta. Escuché que Lily decía… Mabroidis había llegado antes otra vez. Decidí buscarte. Quería llegar a ti antes que nadie, antes que Mabroidis. Pero ese estúpido de Devon Lodge me vio y… Bueno…

—Tú sacaste la daga del Ministerio.

—¿Qué? No, no… No sé de qué hablas, te lo juro.

—Dimas dijo que una amiga había…

—¡Savage! ¡O no lo sé, alguien más! No sé, Albus. No sé nada más de lo que ya te he contado. Ni siquiera sé qué… ¡Ni siquiera entiendo qué es esa cosa! —apuntó a los pergaminos, a la daga—. Él sólo me quería porque estaba cerca de ti, pero yo no soy parte de sus planes. Antes de él, nunca te mentí. Nunca quise hacerte daño. T-tú realmente me… Aquella tarde, la primera, cuando Rose me invitó a almorzar y tú y yo nos quedamos charlando, ¿recuerdas? Me gustabas. Realmente me gustabas. Eso jamás fue mentira.

Lizza lloró. Tan fuerte, tan triste. Su cuerpo se convulsionó en lamentos. Sus ojos oscuros y enrojecidos derramaron lágrimas hasta cansarse. Porcelana quebrándose. Pólvora mojándose. La última nota en una dolorida canción.

—Ahora lo sabes —murmuró—. Todo. N-no… No me atrevería a pedirte perdón, Albus. No es lo que b-busco. Vine aquí porque necesito que sepas que, no importa lo que hagas, Mabroidis siempre irá delante de ti. Va a descubrir lo que estás planeando. Lo hará. Y por eso tienes que irte. Tienes que ir con tu familia… Por favor.

El silencio más oscuro gobernó en la torre. Albus no podía sentir sus músculos adormecidos, ni sus nudillos acalambrados. Ni siquiera el calor de los pergaminos. La historia de Lizza, cada palabra, cada acción relatada, seguía resonando en sus oídos, como si estuviera condenado a escucharla para siempre.

Finalmente, luego de unos minutos, forzó su voz.

—Entiendo.

Lizza alzó la vista.

—Lo entiendo todo —dijo Albus lentamente—. Pero teníamos razón antes: nada de lo que dijiste va a cambiar las cosas —se enderezó—. Porque estás equivocada. No hay un plan oculto y no temo que Dimas descubra algo. Estoy aquí porque quiero hacerlo.

Las lágrimas no pararon, pero los ojos de Lizza se perdieron en él, intentando reconocer algún matiz deshonesto, algún atisbo de mentira en su semblante.

—No tienes qué decirme nada, Albus —dijo—. Sólo quiero que te vayas. Es la verdad. Tú no puedes estar con Mabroidis…

—No entiendes…

—Albus…

—Hay mucho más oculto detrás de esto. Mucho más que no puedes comprender.

—¿Dónde están Rose y Scorpius? —Lizza volvió a limpiarse el rostro, bruscamente. Apretó los labios con fuerza—. ¿Dónde…?

—A salvo.

—¿Qué…?

—Ordené que nadie les haga daño.

—¿Tú le ordenaste…? ¿A quién?

—Todos deben obedecerme.

Los ojos de Lizza se desorbitaron.

—¿Tú…? ¿Le ordenaste a esos hombres que…?

—Esos hombres no son necesarios. Dimas se deshará de ellos en cuanto resolvamos esto. Rose, Scorpius y mi familia estarán bien.

—Albus…

—Lo ordené.

—Escúchate…

—Sólo necesito tiempo para encontrar algo. Tiempo. Es todo lo que necesito.

—Albus…

—¡No podrías entenderlo!

—¡¿Qué cosa?! —chilló ella—. ¡Escúchate! ¿Dejaste a Rose y a Scorpius…? ¡¿Qué debo entender?! ¿Qué te aliaste con el hombre que lastimó a tu familia?

—En eso nos parecemos, tal vez.

Lizza tragó con fuerza.

—Precisamente, tú… ¿Qué no escuchaste todo lo que te he contado? ¿Todo lo que Mabroidis ha…?

—No lo entiendes.

—¿No te das cuenta de lo que te está haciendo?

—Dimas no…

—¡Hablo de esas malditas cosas!

Su dedo se movió con brusquedad, en dirección a los pergaminos que reposaban en el escritorio. Los ojos de Albus centellaron.

—Ni siquiera sabes lo que…

—No. No sé lo que son —lo interrumpió ella—. Pero sé que éste no eres tú. Tú jamás… ¡Escucha lo que me estás diciendo, Albus! Tú nunca…

—No me conoces, Lizza.

—Lo hago.

—No —escupió Albus. Se le acercó, la enfrentó. Pronunció cada palabra con una claridad abrasiva—. Tú no sabes nada de mí. Ya no. No me conoces en lo absoluto.

—¡Lo hago!

Lizza se olvidó de las lágrimas, de los sollozos y de que realmente parecía a punto de romperse. Dio un par de zancadas, seguras, violentas. Se encontró con los ojos de Albus, todavía furiosos, todavía exaltados, inhaló cerca de su rostro… Y lo besó.

Sujetó su cara con ambas manos, pequeñas y delgaditas; recorrió su boca como tantas otras veces en el pasado y se estremeció cuando él la sujetó por la cintura, con fuerza. Fue como aquel último beso en la acera frente a su casa, desesperado, intenso, aferrándose el uno al otro con desesperación. Las manos de Lizza se perdieron en su cabello y Albus la atrapó contra la pared. Jadearon. Caricias aquí y allá. Un abrazo que se perdía en los límites…

Y de pronto, calma.

Un roce de labios. Pausado, lento. Lizza suspiró en su boca. Albus abrió los ojos.

—Quédate.

Lentamente, sus largas pestañas se levantaron también. Así, tan cerca, Albus podía verle los restos de lágrimas, atorados entre las hebras oscuras que siempre le habían fascinado.

—Albus…

—Quédate.

—Vámonos —dijo. Suplicó—. Vámonos de aquí.

Albus se separó un par de milímetros.

—No.

—A-Albus… Por favor…

—Quédate. Termina esto conmigo —pidió y Lizza volvió a llorar—. Sólo necesito tiempo. Un poco de tiempo y la magia estará completa. Entonces, podremos hacerlo, ¿entiendes? Podremos curar a tu padre. Podremos, incluso… —le acarició las mejillas—. Podemos hacer que tu madre vuelva.

Lizza lo empujó lejos de ella. Retrocedió y Albus pensó que nadie, nunca, lo había mirado con tanta rabia y desilusión.

—Albus, despierta.

—Jamás había estado más…

—No.

—Tú tampoco lo entiendes —la acusó—. No entiendes la magnitud de esto.

—¿Entender…? —a Lizza pareció írsele el aire—. ¡¿Lo que hacen esos hombres?! ¡¿Lo que hace Mabroidis?!

—¡Tú también lo querías! Me delataste. Te metiste en esto.

—Y pagué… He pagado tanto por eso —suspiró profundamente. Cerró los ojos al hacerlo. Cuando volvió a abrirlos, Albus supo que aquella mirada era la última que estaba dispuesta a dirigirle—. Albus, no sigas. Vámonos. Por favor.

Lo primero que había notado cuando la volvió a ver, fue la ausencia del aroma a miel. Albus la miró, claro, seguro, erguido… Y negó.

Ya no hubo más palabras desesperadas, ni largas explicaciones. No más temblores, mejillas empalidecidas o besos anhelantes. No más lágrimas. Lizza se dio la vuelta, casi como si fuera a caerse, pasó por encima del hombre que había dejado inconsciente y avanzó sola hasta la puerta. Tardó todo un suspiro en atravesarla.

Luego, se fue.

—Tienes razón, Albus. Nadie puede entender la magnitud de esto.

No se sobresaltó, pero se volvió, extrañado. En el otro extremo de la torre se movió el papel tapiz, como si una pequeña cascada de agua danzara en el aire. El hechizo desilusionador se deshizo y Dimas apareció, con la varita en la mano.

—Nadie, excepto tú, por supuesto.

—¿Estás espiándome?

Dimas se rio.

—Venía hacia acá para continuar con nuestra investigación y entonces vi a la señorita McAbee entrar. Sólo quería asegurarme de que ella no representara un problema para nuestra misión, Albus. Sé que puede serlo.

—No lo es. Ya no.

Dimas lo miró a los ojos. Albus se mantuvo erguido.

—Oh, descuida. Todo lo que te dijo fue verdad —se quitó un hilo suelto de su túnica, con despreocupación—. Te contó todo tal como sucedió. Supongo que su alma ya estará tranquila, al volver a ser tan franca como lo había sido antes de mí.

Caminó hasta la ventana de la torre. Se quedó admirando el paisaje, todavía oscuro, sin tintes del alba asomándose tras las montañas.

—Siempre me ha fascinado la contradicción en los seres humanos, ¿sabes? —le dijo—. Alguien sumamente inteligente que termina compartiendo sus planes por ambición. Alguien brillante cegada por la venganza. O alguien, como la señorita McAbee, sincera hasta lo imprudente, pero capaz de mantener una mentira por temor. Contradicción. ¡Vaya! Así es realmente difícil notar cualidades como la lealtad en quienes te rodean, ¿no crees?

—Lealtad —repitió Albus, mientras se paraba al lado de Dimas—. Mi lealtad está con quien me ayude a encontrar la pieza que falta —volteó a verlo—. ¿La tuya?

—Albus —Dimas alzó las cejas—. Ya te he dicho lo que yo quiero.

—Después de todo esto…

—He hecho muchas cosas para acercarme al Aurea Pergamena. Creo que tú, más que nadie, lo entiende. Pero ya te lo he dicho. He comprendido que mi destino está en poder presenciar la magia que tú obtengas.

Volvió a mirarlo con intensidad. Después, caminó hasta el escritorio y tomó el Aurea Pergamena. Lo hojeó cuidadosamente durante unos segundos, hasta llegar a una de las páginas finales.

—La prueba de mi lealtad, si eso quieres —dijo. Le extendió los pergaminos a Albus—. Lo necesitarás una vez que encontremos la pieza que falta.

Señaló una leyenda a la mitad de la página, escrita en aquel idioma desconocido. Pero ésta, a diferencia de las demás en los pergaminos, no estaba plasmada en tinta negra, sino esmeralda. Albus lo miró, interrogante.

—En su diario, Vivian lo llama el ultima spell. El hechizo final. Una vez que tengas los pergaminos completos y la daga en tu poder, deberás leerlo —le sonrió—. Así, la magia saldrá del Aurea Pergamena y se dirigirá al nuevo recipiente, al verdadero merecedor: tú.

Albus le devolvió la sonrisa.


¡Hellowwww, amig s!

Y aquí estamos en un nuevo año. Esto pensaba subirse para el último de diciembre, pero la vida, la familia, la pandemia y todo lo demás. La verdad es que, aun así, estoy empezando bastante optimista este 2021 y quería compartirles un poco de mi buena vibra en forma del capítulo tan anhelado y soñado sobre Lizza y su verdad.

Ahí tienen. Probablemente es lo más larguísimo que he escrito desde el capítulo de Dimas y Dante, pero, todo tenía que concordar. Sé que para estas alturas (¡otro año ya!) probablemente ya han olvidado muchos detallitos que ayudaban a hilar este capítulo y por eso traté de poner las frases en cursivas, donde se iban soltando pistas o los motivos de Lizza sin que nos diéramos cuenta. Pero también podrán notar en el capítulo "Desesperación" que Lizza dice claramente "pueden leerme la mente, si quieren" cuando les habla sobre lo que pasó en el Castel Nuovo (ya bien acostumbrada a que se le metan en la mente) y en "La Razón" podemos ver la PREtortura al pobre padre de la chica, así como un pequeñito indicio de su enfermedad.

Por otro lado, Devon Lodge, de quien seguro que ya no se acordaban porque tenemos malos más malos que él... Siempre pensé que fuera él quien, al final, sería la clave para entrar a Hogwarts. En los capítulos "Noticias" y "El camino pedregoso" se menciona ese encuentro donde él vio el pasadizo, así que no me lo saqué de la manga, ¡lo juro! Sólo quería desviar su atención hacia Lizza.

Y bien, ¿la perdonan? ¿La siguen odiando? ¿Nunca lo hicieron? Me muero como no tienen una idea de leer sus comentarios. Btw, los del capítulo pasado los contestaré mañana porque ahora ya tengo que dormir para ir a mi vida de adulta mañana, ¡pero lo haré como siempre, lo prometo!

Una vez más, gracias por seguir aquí y prestarme un ratito de su vida. Los amo y espero estén bien en todo este asunto pandémico.

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