El Símbolo
Una rápida línea de humo atravesó el balcón más amplio de la Torre de Astronomía.
El impacto fue inevitable. La escoba se estrelló contra un muro y luego cayó al suelo con un estrépito, derribando violentamente a sus pasajeros.
—¿Estás bien? —preguntó Scorpius con la respiración agitada. Él y Rose habían quedado tendidos boca arriba, junto a la escoba y sus ramitas chamuscadas.
—Muy alto —murmuró ella apenas. Tenía el rostro pálido, los ojos fuertemente cerrados y sus manos parecían querer aferrarse al suelo de piedra—. Muy rápido.
—Te lo dije: un viaje movido —intentó reírse. Se levantó con un quejido y le ofreció la mano—. Traté de ir con calma, pero…
—¿Calma? ¿Eso te pareció?
—¡Oye, la escoba está quemada! Apenas y pude elevarla.
—Creí que volaba con el mejor cazador que Slytherin tuvo en años.
—Sí, búrlate, pero… ¡Oh, mierda!
Ambos soltaron un fuerte jadeo.
Frente a ellos, en el espacio que había entre otros dos balcones, se alzaba un enorme pedestal, con runas grabadas sobre su superficie. Sobre él, había una vasija de cristal y, dentro de ella, reposaba un líquido rojizo y espeso: la sangre de todos los familiares de muggles que se habían inscrito al programa de Miranda Savage.
—Creo que es el contenedor que buscamos —dijo Scorpius. Rose frunció el ceño y se acercó un poco, observando con atención cada detalle de aquella estructura.
—Latín —señaló unos garabatos tallados en el piso, apenas visibles sobre la piedra.
—¿Y ya viste eso? —Scorpius apuntó a la base del pedestal, donde alguien había pintado el símbolo del Aurea Pergamena… Con sangre. Tragó—. Albus no pudo haber hecho esto.
—No —respondió ella gravemente—. Pero él lo activó.
—Yo también lo pienso —confesó—. ¿Crees que Dimas lo haya encontrado o será que él…?
—No lo sé —por un momento los ojos se le pusieron llorosos, pero luego aspiró con fuerza y miró determinada hacia el frente—. Pero Teddy tiene razón. No importa ahora cómo haya pasado, lo que tenemos que hacer es desactivar este conjuro cuanto antes. Sólo así podremos salvar a los que están siendo controlados y entonces… Entonces podremos buscar a Albus.
Dio un último vistazo a las palabras en latín talladas en el suelo. Luego, fijó su vista en el contenedor con la sangre. Se sacó la varita del bolsillo y apuntó.
—¡Evert…!
Pero apenas y alcanzó a murmurar el inicio de su hechizo, pues un estallido salido de la nada retumbó en toda la torre.
Al instante, un círculo de llamas negras prendió alrededor del pedestal.
—¡¿Qué demo…?!
—Lo sabía —dijo Rose sin alterarse—. Le pusieron un hechizo de protección.
No dijo nada más y se puso a caminar alrededor del círculo llameante. Scorpius bufó, exasperado.
—Sé que disfrutas mucho de esta pequeña dinámica que tenemos, pero dada la situación, ¿por qué no nos saltamos la parte en la que finjo entenderte y comienzas a explicarme?
—A esto me refería cuando dije que no sería tan fácil romper el conjuro de control —aclaró rodando los ojos—. No podemos simplemente tirar el contenedor con la sangre y ya. Esa tal Savage debió de imaginar que mi madre o cualquier otra persona descubriría su plan y sabría cómo detenerla. Así que le puso una protección al contenedor para que no pudiéramos tirarlo —volvió a señalar los hechizos escritos en el suelo.
—Ya —Scorpius también sacó su varita—. Lo que dices es que para tirar el contenedor con la sangre y liberar a la gente que está siendo controlada, primero tenemos que romper el hechizo de protección que puso esa mujer.
—Así es. Las llamas negras pueden atravesarse con una poción de hielo —Rose se acercó a las flamas y éstas se movieron junto a ella, siguiendo su silueta, como retándola a acercarse más—. Pero, en teoría, eso no será necesario. No si logro alterar los principios del hechizo.
—Bueno —Scorpius se rascó la nuca—. Eso está bien, ¿no? Es decir, tú puedes…
—No es tan simple —se mordió el labio—. Esa mujer debe ser muy poderosa para colocar un hechizo de protección sobre un ritual antiguo. Es magia avanzada. Yo no sé si puedo… Además, nuestros padres siguen abajo, ¿crees que…? Ya debieron de haber derrotado a los que estaban atacándolos, ¿no? Tal vez debimos quedarnos. Y mi mamá está con los otros, esperando para poder salir y ayudarnos. No sé si…
—La primera vez que monté una escoba me rompí la nariz —soltó Scorpius repentinamente.
Rose parpadeó.
—¿Qué?
—Eso. Toda la nariz —la miró, serio—. Yo diré algo y tú dirás algo, ¿bien? Como en el calabozo, cuando Selwyn nos tenía presos.
—Scorpius…
—Mira, sé que justo ahora no puedo serte de mucha ayuda —se acercó un par de pasos—. Pero debes resolver esto y no deberías de preocuparte por nada más mientras tanto. Si puedo, al menos, hacer que despejes un poco esa mente titánica que tienes con algunas idioteces…
Rose volvió a morderse el labio.
—A menos que produzca el efecto contrario y sólo esté distrayéndote con mi parloteo —trastabilló hacia atrás—. Me callaré para que tú…
—Cuando era niña, rompí la escoba de juguete de James —dijo de pronto—. Fue un accidente. Me obligó a subir y comencé a patalear en el aire.
Scorpius torció una sonrisa y ella asintió.
Sus ojos volvieron a clavarse en el contenedor, pero esta vez, no se detuvieron ahí. Pasaron por las runas grabadas en el pedestal, por el latín en el suelo, por las llamas danzantes que la seguían cada vez que caminaba demasiado cerca.
—Mi papá quería que fuera un buscador. Pero, ¡por favor! ¿Perderte de toda la acción hasta que aparezca la maldita snitch?
Rose trazó con su varita un par de runas en el aire. Los símbolos se quedaron flotando sobre ella, como hilos de diamantina sin disolver.
—No es que no me guste el quidditch. Pero odio volar.
—Sí —respondió él—. Pude notarlo cuando nos elevamos y me clavaste las uñas en el estómago.
Ambos sonrieron.
—Con que, ¿un hechizo de curación?
—No fue instantáneo. Pasaron algunos días. Leí el conjuro varias veces y, poco a poco, las quemaduras dejaron de doler. Incluso desaparecieron cicatrices de años.
—Asombroso.
—Pero no la que me hice con la daga —Albus levantó ligeramente su mano derecha. El corte que se había hecho cuando niño seguía sobresaliendo sobre su palma, atravesando con fineza sus líneas de nacimiento.
—No, claro que no —respondió Dimas y se inclinó hacia adelante en su asiento—. Esa marca te señaló. Más que el corte, lo que hay en tu piel es magia. Magia que te liga con el Aurea Pergamena.
—Entonces no desaparecerá. Es igual a una cicatriz hecha con magia oscura.
—Sí, pero más divertida.
Albus torció una sonrisa irónica.
Nadie había vuelto a entrar en la torre desde que Lizza se había ido.
Después de hablarle sobre el ultima spell, el hechizo del Aurea Pergamena que Albus tendría que conjurar una vez que reunieran todas las piezas, Dimas lo había invitado a sentarse para analizar juntos el diario de Vivian, los pergaminos y algunos documentos que había llevado consigo y que le habían servido durante su búsqueda.
Juntos, trataban de encontrar un conjuro que les permitiera localizar la parte faltante en Hogwarts y, entre teorías y fascinaciones, habían terminado hablando sobre los hechizos que Albus había invocado ya.
—Luego leí el conjuro que ya te conté, con el que fui todas las personas que encontraron una parte del Aurea Pergamena. Creo que reviví los momentos claves de su búsqueda: cuando el rey Alfonso decidió esconder su parte en el Castel Nuovo; cuando la reina Maeve le encargó a su esposo guardar los pergaminos en su tumba; cuando Merlín se desprendió de su última chispa de magia, la guardó en los pergaminos finales y, antes de que pudiera esconderlos igual que los demás, Vivian llegó y…
—Claro —Dimas torció la boca.
—Al final, fui Gryffindor. Alcancé a ver Hogwarts, pero desperté antes de poder ver el sitio exacto donde lo guardó.
—¡Quién lo diría! Gryffindor —chasqueó la lengua—. Siempre me pareció el fundador menos interesante.
—Creí que no conocías Hogwarts.
—No el colegio, sí su historia. A mi padre le gustaban las historias.
Hubo algo diferente en su voz cuando dijo aquello. Un ligero quiebre que Albus no hubiera podido distinguir de no estar tan cerca.
—No he leído nada más —continuó—. No hasta que estuve aquí y dijiste que podía hacer que nadie…
—Que nadie interfiera, sí. Y, gracias al hechizo que leíste, nadie ha interferido. Y, tal como ordenaste, nadie ha salido lastimado tampoco.
—Sí —por un breve instante, los ojos de Albus se desviaron hacia la ventana. Luego, sin turbarse, volvieron a los pergaminos y al diario de Vivian—. Entonces, lo que necesitamos ahora es un hechizo para encontrar la pieza que falta.
—Conozco ese diario de memoria —Dimas se desparramó sobre su asiento—. Si existe un hechizo así, Vivian no lo conocía, te lo puedo asegurar. De otra forma, habría podido encontrar todo el Aurea Pergamena sin problemas.
En ese momento, la puerta de la torre se abrió bruscamente. Benjamin Lodge se paró en el umbral, tenso y sudoroso, con la mandíbula apretada y las gafas resbalándosele por la nariz.
Antes de entrar, dio un severo vistazo al interior de la torre. Su mirada pasó del hombre que Lizza había dejado inconsciente (y que nadie se había molestado en despertar) a Dimas y Albus cómodamente sentados.
—Siento interrumpir —dijo, aunque parecía que no lo sentía en absoluto—. Pero creí que debía informarte sobre la situación que tenemos afuera.
—¡Ah, Benjamin! ¿Dónde te habías metido? —Dimas extendió las manos—. Claro, claro. ¿Qué noticias nos traes del mundo exterior?
—Tenemos el castillo controlado, casi vacío. Pero temo que los profesores que evacuaron el lugar puedan regresar con refuerzos. Hay que movernos. Mientras tanto, Miranda está encargándose del escuadrón que entró.
—¿El escuadrón? —Albus levantó la vista.
—Tu padre venía acompañado. ¿Cómo es que se hacen llamar? ¿La Orden del Fénix? Es adorable —Dimas volvió a reírse—. Básicamente, tu familia y unos pocos invitados.
—Dije que…
—Oh, no, no, nadie les hará nada, Albus, te lo aseguro —lo calmó—. Tú despejaste bastante el camino con el hechizo que lanzaste. Y, respecto a los demás, fui muy claro con Miranda. Ella únicamente los entretendrá un rato, mientras encontramos la pieza que falta.
—Sí —Lodge apretó los dientes—. ¿Y cuándo se supone que pasará eso?
—Paciencia, Benjamin…
—¿Paciencia? —Lodge no gritó, pero se volvió con rudeza—. ¡Dimas! —se mordió la lengua, volteó a ver a Albus con furia—. ¿Podemos dejarnos ya de estupideces y…?
—Tienes que disculparlo, Albus. Benjamin está un poco molesto porque no lo incluimos en nuestra junta —señaló una silla—. Vamos, viejo amigo, ponte cómodo. Estamos tratando de encontrar alguna pista sobre la ubicación de la última pieza.
—No sé si lo notaste, pero tenemos minutos, ¡minutos! Antes de que las cosas comiencen a complicarse.
—¿Y qué sugieres, Benjamin? ¿Pasear con Albus por todo el castillo hasta que sienta el Aurea Pergamena? —hizo un gesto despectivo con la mano—. Miranda y tus títeres pueden encargarse de todo.
—Dimas…
—Y si perdemos a esos peones, no pasará nada, ¿verdad? Ése era su propósito. Están ganando tiempo para nosotros. Son sólo soldados provisionales, tú mismo lo dijiste.
Parecía que Lodge se moría por pegarle un puñetazo. Sin embargo, y a pesar de su evidente histeria, se mantuvo derecho y asintió.
—Hay otra cosa —gruñó. Nuevamente observó a Albus.
—Otra cosa, claro, siempre hay otra cosa.
—Bajé a revisar las mazmorras. Potter no está.
Aquellas palabras fueron las únicas que lograron sacar a Albus de su aparente ensimismamiento. Levantó la cara, tensó los hombros, en un movimiento tan brusco que casi dejó caer los pergaminos acomodados sobre su regazo.
Dimas le clavó a Lodge una mirada furiosa.
—Oh, bueno, sí. Iba a despertar en algún momento —se levantó de su lugar. Caminó frente a Lodge sin dejar de taladrarlo con los ojos y luego se volvió hacia Albus—. ¿Y bien?
El muchacho le devolvió la mirada.
—Cuando tu padre nos encuentre (y nos encontrará, ya lo hizo antes) —dijo Dimas lentamente—. ¿Qué es lo que vamos a hacer?
—Dimas…—refunfuñó Lodge.
—¿Qué vamos a hacer, Albus? —reafirmó.
Él no respondió.
—Ya demostraste que tu deseo por encontrar la pieza que falta, tu destino, es mucho más importante que el arrepentimiento de la señorita McAbee —continuó Dimas y se acercó al sofá donde Albus estaba sentado. Recargó los brazos en el respaldo sin dejar de mirarlo, de forma que sus rostros quedaron separados apenas por centímetros—. Pero, si tu padre vuelve a aparecerse por aquí, ¿cuál será la orden, Albus?
—No se aparecerá por aquí.
—Ya no está en las mazmorras.
—No se aparecerá por aquí —Albus se levantó. Obligó a Dimas a retroceder—. No tiene cómo encontrarme.
No se los explicó, pero de repente, el Mapa del Merodeador (que le había arrebatado a su padre luego de dejarlo inconsciente) le pesó una tonelada en el interior de la chaqueta.
—Irá a ayudar a mi familia y a los otros. Lo conozco —dijo—. Y, de acuerdo con tus propias palabras, el hechizo que yo leí y la intervención de Miranda Savage, son suficientes para mantener a todos entretenidos mientras encontramos el pergamino. Para cuando mi padre tenga la oportunidad de hallarnos, ya será tarde.
La mirada de Dimas se sintió como mil dagas atravesando sus pensamientos. Albus se mantuvo firme, mientras el hombre dejaba de parpadear para observarlo con atención. Después de unos segundos, sonrió.
—Ya escuchaste, Benjamin. Harry Potter no se aparecerá por aquí.
—¡Dimas! —Lodge agitó los brazos. Parecía realmente harto—. Si Potter está por el castillo…
—Si Potter está por el castillo, el hechizo que Albus lanzó será suficiente para que no interfiera en nuestra misión —se dio la vuelta para encararlo. Le sacudió la túnica, como quitándole polvo de los hombros—. Deja de estresarte. Mientras tanto, nosotros debemos seguir analizando el Aurea Pergamena y el diario, ¿sí?
—Creo que…
—Creo que Albus ya fue lo suficientemente claro. Y si hay alguien aquí que puede resolver esto mejor que nadie, Benjamin, es él.
Y Albus no pudo evitar sonreír ante la mirada rabiosa de Lodge.
—Ya está.
Los hilos de diamantina que Rose había delineado con su varita iluminaban el techo abovedado de la Torre de Astronomía. Cada símbolo trazado era particularmente diferente a los otros y, juntos, flotaban encima de las llamas negras, rodeando por completo el ritual.
—Lástima. No terminé de contarte la fabulosa anécdota del pequeño Scorpius y su túnica rosa —el muchacho se acercó a ella y observó el fuego con el ceño fruncido.
—Ya habrá tiempo.
—Eso espero.
Rose inhaló profundamente y observó los símbolos sobre ella, como si estuviese repasando un texto para un examen muy difícil. Al comprobar que todo estaba en orden, asintió para sí misma.
—Estas runas que dibujé, invalidarán el hechizo de protección que colocó esa mujer —explicó—. Me permitirán atravesar las llamas sin dificultad. Entonces, podré tirar el contenedor con la sangre y los que están siendo controlados despertarán.
—Bien —dijo Scorpius, tensándose en su lugar.
—Será rápido —lo tranquilizó y, muy segura y muy determinada, caminó hasta las flamas negras. Scorpius la miró con preocupación, pero pareció hacer un esfuerzo descomunal por callarse sus inquietudes cuando la vio mover la mano, casi rozando el fuego con la punta de los dedos.
La muchacha volvió a inhalar con fuerza antes de moverse con rapidez…
Y al instante, gritó.
—¡Rose!
En el momento en el que su mano atravesó las llamas, éstas tronaron y se engrandecieron, ardiendo sobre su piel a una velocidad impresionante.
Rose cayó hacia atrás, gimoteó de dolor y se agarró la mano lastimada con fuerza, mientras Scorpius se inclinaba junto a ella, apurado.
—¡Merlín! —exclamó al ver las llagas sangrantes en su mano. Rápidamente le tomó el brazo y apuntó con su varita—. ¡Aguamenti!
El agua cristalina se derramó sobre la piel enrojecida. Rose contrajo el rostro, conteniendo un grito de dolor.
—Está bien —intentó calmarla. Pronunció otro hechizo y una brisa fresca salió de su varita, desinflamando poco a poco las llagas—. Está bien —se rasgó la manga para envolverle la mano en una venda improvisada.
—C-creí que era todo —murmuró Rose con los ojos llorosos—. Modifiqué todos los principios del hechizo… C-creí…
—Está bien —repitió él, ayudándola a levantarse.
—¡No! ¡No entiendes! ¡Hice todo lo que creí que…! —se apartó de él, clavó la vista en el ritual. Lo miró todo con agresiva atención, los símbolos, las llamas, el pedestal, la sangre en el contenedor de cristal—. ¡Hice todo bien! No entiendo qué… Las runas que tracé debían invalidar todo lo que hizo esa mujer, ¿por qué no…? ¡Son las correctas!
—Rose, tal vez debamos…
—Lo único que podría impedir que yo cruce es que mi sangre estuviera en el contenedor, como la de los demás o… —rodeó el círculo llameante, sin prestarle atención a nada más—. ¡No lo sé! Tal vez hay algo que no estoy viendo. Algo que esa mujer haya previsto, una trampa que haya incluido en su hechizo de protección.
—Hablaremos con los demás —intentó Scorpius, mirándole la mano con inquietud—. Tal vez alguno de ellos sepa qué…
—¡Ya no hay tiempo! —movió los brazos violentamente. Con la sacudida, se lastimó la mano vendada. Maldijo por lo bajo mientras volvía a sujetársela—. Ya tardé demasiado y si no hacemos algo, esta cosa va a seguir controlándolos… No, no. ¡Tenemos que tirar el contenedor ya!
—Sí, pero…
—Algo se me está escapando —sus pupilas se movían rápido, pero sus párpados estaban muy quietos, como si no se atreviera a pestañear por miedo a perderse de algún detalle—. Si yo fuera esa mujer, si yo fuera Miranda Savage y hubiera colocado aquí el ritual y el hechizo para protegerlo… Lo arreglaría para cuidarlo de personas como nosotros, ¿verdad? Porque sabría que alguien como mi madre, alguien de la Orden del Fénix, podría intentar desactivarlo. Entonces, lo arreglaría para que únicamente las personas que estuvieran de mi lado pudieran acercarse… Pero, ¿qué…? ¿Cómo lo haría?
—Rose…
—No es al azar. Mi madre lo dijo: cualquier hechizo debe tener un patrón. ¿Cuál es éste? ¿Qué tienen ellos que yo no?
—Bueno, además de decencia y de que tú no pintarías símbolos raros con sangre…
Scorpius estaba por tomarla del brazo para alejarla de ahí, pero entonces, Rose dio un saltito y volteó a verlo, con los ojos como platos y la boca entreabierta.
—¡Eso es! ¡Sangre! —miró por entre las llamas, a la base del pedestal, donde relucía el símbolo del Aurea Pergamena marcado por el carmesí de la sangre—. ¡Eso es lo que no estoy viendo!
—¿Qué…?
—¿Cómo no lo noté? ¡Esa marca fue puesta ahí por una razón! No es la misma sangre que está en el contenedor, ¡es todo lo contrario! Sí, eso debe ser —caminó de un lado a otro, pero sin quitarle la vista de encima al símbolo—. Así se encargarían de proteger el conjuro de los familiares de muggles, de mi madre, de la mayoría de mi familia… ¡De cualquiera que pudiera haber resuelto esto y no fuera como ellos! Ése es su factor en común, su patrón… ¡Eso que está ahí es sangre pura!
—Pero…
—Así, aunque alguien pudiera haber roto el hechizo de protección, no podría cruzar. Nadie puede cruzar salvo esa mujer, Mabroidis, Lodge o cualquiera de esos lunáticos que los siguen —bufó—. ¡Por eso no puedo entrar! Aunque mi sangre no esté en el contenedor, no soy parte de ese patrón, soy mestiza. Las runas que dibujé funcionan, pero solamente puede pasar alguien como ellos… —el rostro se le iluminó—. ¡Eso es! ¡Tú! ¡Tú podrás cruzar!
—¡¿Qué?!
Para toda respuesta, Rose alzó su mano buena y, de un solo tirón, arrancó varios cabellos de la cabeza del muchacho.
—¡Agh! ¿Qué demonios estás…?
Sin explicaciones, los lanzó a través del círculo de fuego. Las llamas no se engrandecieron. Tampoco tronaron. Las hebras rubias cayeron al piso sin mayor espectáculo.
—¿Y eso qué prueba? —exclamó Scorpius.
—Escucha —pidió Rose—. Hice todo bien. Estoy segura. Pero esa mujer puso una última trampa. No podré atravesar las llamas porque no soy como ellos. Pero tú…
—N-no, yo… —Scorpius parpadeó muy rápido—. No sabes si…
—¡Sí lo sé!
—Nadie tiene su sangre completamente pura, Rose —farfulló—. Incluso mi familia, antes, alguna vez tuvo que haber alguien que…
—¡Sí! ¡Al igual que ellos! Pero no es algo directo, hace años que no pasa. Por generaciones tu familia ha sido sangre pura. Eres como ellos.
—Deja de decir…
—¡Sólo tienes que entrar! Yo estaré aquí y te diré cómo tirar el contenedor correctamente —comenzó a empujarlo hacia el círculo de fuego, entusiasmada—. ¡Es como en la tumba de la reina Maeve! ¡Sólo podía entrar quien tuviera la llave! Tu llave es la sangre que…
—¡No, no entiendes! —Scorpius se frenó antes de que pudieran acercarse más. Cuando se volvió para mirarla, tenía el rostro pálido—. No puedo hacerlo, Rose.
—Las llamas no van a hacerte daño. En serio. Las runas que dibujé invalidan cualquier…
—No es eso —murmuró. Agachó la mirada—. ¿Qué pasa si…? ¿Qué tal si al entrar también me controla, como a los otros? Tal vez si cruzo… Es un hechizo de control —negó con la cabeza, aterrado—. ¿Qué tal si no reacciono? ¿Qué tal si entro ahí y…?
—No, no. Eso no puede pasar. Estoy completamente segura de…
—¿Qué pasa si no puedo reaccionar y te ataco?
La miró a los ojos y, cuando lo hizo, Rose reconoció en su rostro un destello de la misma expresión angustiada que había visto solamente una vez, la noche en la que se habían topado con los boggarts y Scorpius se había enfrentado a sí mismo… Convertido en un mortífago.
—Eso no va a suceder —dijo ella firmemente.
—No lo sabes, no…
—Scorpius —también lo miró a los ojos—. Tienes que confiar en mí.
—No es…
—Yo confío en ti.
Rose abandonó la brusquedad y la rapidez con la que había estado hablando. Dijo aquello lento, claro. Con una sinceridad que le dilataba las pupilas y le aceleraba el pulso.
—Eso —carraspeó y se hizo ligeramente hacia atrás—. Confío en ti —se encogió de hombros—. Era mi turno de decir algo, ¿no es así?
Scorpius se había quedado muy quieto, con la boca todavía abierta en su negativa inacabada. Iba a responder, pero entonces, la realidad de una batalla que apenas iniciaba los abofeteó a ambos con violencia.
Dos rayos pasaron rozando sus cabezas, mientras el ya conocido grito de "¡NO INTERFERIRÁN!" retumbó contra los muros de piedra. Cinco muchachos fornidos y altos subían por la escalera, con la mirada ida y las varitas empuñadas en su dirección.
—¡Hazlo! —gritó Rose y logró desviar otros dos rayos con un escudo rápido. Scorpius alzó su varita, preparándose para luchar, pero ella se interpuso—. ¡No, yo me encargo! ¡Tú cruza! ¡Ahora!
Lo empujó lejos de ella cuanto pudo, movió la varita cual látigo y su hechizo logró dejar inconsciente a uno de los muchachos. Scorpius le dirigió una última mirada de terror antes de correr hasta el círculo de fuego negro.
En cuanto estuvo cerca, las llamas comenzaron a seguir su figura, como advirtiéndole, amenazándolo.
Respiró hondo.
De un solo golpe, metió la mano entera.
Las brasas se estremecieron ligeramente, pero él las sintió como agua cayendo de una cascada, acariciando su piel sin provocarle ningún daño. Más decidido que nunca, dio un brinco y atravesó el fuego.
—Sí… Sí… ¡Sí! —gritó con voz ronca y se palpó todo el cuerpo, tratando de encontrar algo inusual en él —. ¡Tenías razón! ¡Estoy dentro! ¡Estoy dentro!
—¡Bien! —Rose esquivó un ataque. Gritó un hechizo que pegó en la pared. Dos ladrillos salieron despedidos, golpeando a otro de los muchachos—. ¡Ahora, pon atención!
—¡Abajo! ¡Todos abajo!
Rachel Carter había estado guiando a Fred, Lily, Hugo y Cécille por los pasillos del colegio. Trataban de encontrar a los demás sin ser detectados y, sobre todo, sin que el hechizo de control en el cielo le afectara a los últimos tres.
Cada vez que pasaban cerca de una ventana, la auror chistaba esa misma orden. Todos se ponían en cuclillas y avanzaban lentamente. Sólo los más jóvenes cerraban los ojos.
—Estúpida ventana… Estúpido hechizo… Estúpida Miranda Savage…—murmuraba Hugo, mientras avanzaba a tientas detrás de Fred. En ese momento tenían que pasar al lado de un ventanal con terraza del quinto piso, desde donde se podía ver el patio de Hogwarts.
—¡Quietos! —Rachel, delante de todos, paró su caminar antes de soltar aquella orden. Fred chocó contra ella y los otros tres, sin poder ver nada, colisionaron en su espalda.
—¡Ah! ¿Ahora qué? —preguntó Lily, casi a punto de abrir los ojos.
—Hablando del diablo… —dijo Fred. Junto a Rachel, asomó ligeramente la cabeza por el ventanal.
—¿Qué pasa? —preguntó Cécille con voz aterrada.
—Esa mujer. En el patio.
La figura de Miranda Savage era distinguible aun con la altura. Estaba caminando por el patio, con aparente despreocupación… Rodeando a varios cuerpos, arrodillados y atados con sogas.
—Tiene rehenes —les informó Rachel a los que no podían ver.
—Estúpida bruja —soltó Hugo.
—¿Es…? —se espantó Fred. Enfocó la vista—. ¿Tiene a la tía Ginny?
—¡¿Qué?! —Lily intentó levantarse, pero Hugo la frenó a ciegas.
—Si ves al cielo, tú también serás controlada.
—¡¿Y tú crees que eso me importa si…?!
—También al tío Bill, el tío Charlie —continuó Fred—. El señor Scamander y…
—Profesores —completó Rachel—. Y niños.
—Pero, ¿sólo está ella? —preguntó Cécille.
—No. Veo a cinco tipos del otro lado —dijo Fred.
—Otros cinco —informó Rachel—. Al norte. Y seis más bloqueando las escaleras.
—Y, ¿tres? No, Cuatro. Cuatro más de este lado.
—¿Y mi papá…? —dijo Lily—. ¿No está mi papá entre los rehenes?
—No. Son todos.
—¡Vamos! —gruñó—. Sólo se fue a buscar a Albus, ¿dónde está? —dejó caer la cabeza contra la pared.
—Tal vez todavía no lo encuentra… —intentó decirle Cécille, pero Lily negó, angustiada.
—¡Llevaba el mapa con él! —gimoteó—. Tendría que haberlo encontrado ya, ¿no era ese el plan? ¿Encontrar a Albus y salir de aquí cuanto antes? ¿Y si le sucedió algo? ¿Si se encontró con Dimas Mabroidis? O tal vez, ¡también está siendo controlado por esa maldita cosa en el cielo y…!
—¡Abajo! —volvió a decir Rachel. Los cinco se tiraron al suelo. Desde el patio, Miranda Savage había volteado de reojo a ese ventanal precisamente.
—¿Nos vio? —Fred se estremeció.
—Creo que no —respondió Rachel, aunque permaneció tirada con los otros, pegada al límite del ventanal—. Si queremos liberar a esos rehenes, tenemos que combatir a veinte enemigos y a Miranda Savage como objetivo principal —bufó—. Lanzarles un ataque desde aquí sólo nos dejaría expuestos a los hechizos.
—¡Entonces hay que bajar! —exclamó Lily. Otra vez estuvo a punto de levantarse, pero Hugo la jaló del brazo.
—¿Estás loca? ¿No escuchaste cuántos son? ¡Y nosotros sólo somos cinco!
—Dos, en realidad —aclaró Fred—. Ustedes todavía están ciegos. Si miran al cielo, se pondrán del lado de esos lunáticos y nos asesinarán.
—¡No voy a dejar a mi mamá ahí abajo! ¡Los liberaremos y luego iremos todos a buscar a Albus y a mi papá!
—Lily, basta —dijo Cécille entre dientes.
—¡No pienso dejar que…!
—¡Sólo lograrás que nos maten! —habló de una forma inusualmente severa y pareció que, sólo así, Lily se resignó a quedarse quieta—. Profesora Carter, ¿no podemos hacer algo para ayudarlos?
—No sin refuerzos —respondió ella—. ¿Con cuántos de su familia contamos en caso de que el hechizo de control no se rompa?
—Pocos —a Hugo se le fue el aire—. Muy pocos, en realidad. No los suficientes.
—Entonces, dependemos de que Weasley logre acabar con ese maldito conjuro.
—¡La cuarta runa de la derecha! ¡La que tiene una especie de cruz en la punta!
Scorpius alzó la vista, desesperado, buscando la bendita runa entre los símbolos que Rose había dibujado en el aire.
—¡Aquí no hay ninguna cruz!
—¡Tu derecha, no mi derecha!
—¡Ya, listo! ¡Creo que es ésa!
—¡Dibújala en el piso! ¡Que sea idéntica!
El muchacho sujetó su varita con ambas manos, tratando de que la madera no se le resbalara entre los dedos temblorosos. Al apuntar al piso de piedra, tensó el rostro, concentrándose en plasmar correctamente el símbolo que Rose le había indicado.
Había repetido esa misma rutina durante los últimos minutos, rápido, trazando alrededor del pedestal runas que no comprendía, pero que, se suponía, les permitirían tirar el contenedor.
Paró. Un estallido lo sobresaltó. Se detuvo antes de arriesgarse a dibujar una línea equivocada.
—¿Ya lo hiciste?
—¡No, es…! —apuntó de nuevo—. ¡No puedo concentrarme con tanto ruido!
—¡Oh, lo siento! ¡Intentaré de no distraerte!
El grito sarcástico de Rose fue acompañado por un jadeo. Un rayo plateado estuvo a punto de rozarle el hombro. Se apresuró a contraatacar. Le quedaban dos contrincantes únicamente. Los otros tres muchachos que habían subido a atacarlos, reposaban desmayados en diferentes puntos de la Torre de Astronomía.
—¡Listo! ¡Está listo! —gritó Scorpius.
—¡Bien! ¡La última! —arrojó un hechizo silencioso. Sus oponentes se elevaron bruscamente y una fuerte presión de aire los dejó atrapados contra el techo—. ¡Se ve como una "m", pero tiene tres picos en la parte de abajo, me parece!
—¡¿Te parece?!
—¡Dibújala ya!
Scorpius soltó varias palabrotas, pero sí logró encontrar la runa y, rápidamente, se puso a dibujarla en el suelo.
Rose volteó a verlo para confirmar que hubiera escogido la correcta. Sin embargo, ese pequeño momento de distracción le costó caro. Uno de los muchachos que flotaba en el aire logró zafar su brazo de la presión del hechizo. Apuntó su varita hacia Rose. Le dio. Tras un destello, ella cayó y la magia que contenía a sus prisioneros se rompió.
Los muchachos se fueron al piso. Uno quedó tendido, inconsciente, pero el que la había atacado se puso de pie y gritó un conjuro que ella apenas alcanzó a bloquear con un escudo. El impacto fue tan fuerte que ambas varitas salieron despedidas hacia un lado.
—¡Terminé! —gritó Scorpius y se volvió entusiasmado, pero en su rostro se reflejó el pánico al ver a Rose en el piso, desarmada.
—¡Tíralo! —le gritó—. ¡Tira el contenedor ahora!
—¡NO INTERFERIRÁS!
El muchacho controlado se abalanzó sobre Rose antes de que ella pudiera recoger su arma. En un parpadeo, la tomó del cuello, la levantó y la estampó contra una de las paredes. Todos los huesos de la muchacha crujieron.
—¡ROSE! —bramó Scorpius.
—¡D-derríbal-lo! —jadeó ella. Se agarró de los brazos de su atacante. Sus pies dejaron de tocar la superficie. Soltó patadas desesperadas en el aire—. ¡AHORA!
De la varita de Scorpius salió un chispazo que se impactó contra el contenedor de cristal… Y éste cayó.
Cientos de pedazos vítreos estallaron cuando tocó la superficie. La sangre se derramó y, casi como si tuviera vida propia, comenzó a deslizarse por el piso de piedra, rodeando con rapidez las runas que el muchacho había dibujado.
Al instante y conforme el líquido carmesí avanzaba, toda la estructura, desde el pedestal hasta el círculo de fuego, empezó a vibrar.
—¿Qué…? —el muchacho que tenía apresada a Rose soltó ligeramente su agarre, como si de repente le hubieran golpeado la cabeza. Ella aprovechó ese instante de debilidad, dio una fuerte bocanada de aire y le pateó el estómago. Ambos cayeron al suelo.
—¿Qué fue…? —parpadeó, confundido. Pero entonces se desplomó, inconsciente. Scorpius le había lanzado un hechizo por la espalda.
—¡Sal de ahí! —intentó gritar Rose, con un hilo de voz lastimada apenas audible. La vibración de la estructura se hacía más fuerte a cada momento—. ¡Sal! —y movió los brazos, desesperada, haciéndole señas a Scorpius para que se moviera.
Él atravesó nuevamente el círculo de fuego, corrió hasta donde estaba Rose, se tiró a su lado y, adivinando lo que estaba a punto de suceder, creó un escudo sobre ellos y los muchachos.
Las llamas negras se apagaron en ese momento, pero volvieron a prenderse en segundos, con un abrazador estruendo. Esta vez envolvieron el pedestal y se hicieron tan grandes que casi rozaron el techo. La piedra pronto empezó a consumirse mágicamente, como si fuese papel, mientras la sangre seguía y seguía avanzando por el ritual…
Finalmente, todo estalló.
Varios ladrillos se desprendieron del techo. Los muros se estremecieron. La Torre de Astronomía entera se inundó de polvo y, por cada balcón, escapó un espeso hilo de humo negro.
Y, sin embargo, eso fue todo.
Con la explosión, paró la vibración. Paró el avance de la sangre derramada. Paró el fuego azabache. Y el conjuro del Aurea Pergamena que había estado controlando a los familiares de muggles… Finalmente se rompió.
Cuando el viento de la madrugada logró despejar un poco el lugar, Rose y Scorpius abrieron los ojos. Frente a ellos se encontraba el pedestal consumido cual carbón y todo el ritual reducido únicamente a una mancha imborrable y oscura en el piso.
—Lo hiciste —murmuró Rose.
Scorpius tragó.
—¡Lo hiciste! —repitió ella. Aun con la voz afectada, soltó una risa estridente y le echó los brazos al cuello—. ¡Funcionó! ¡Sabía que funcionaría!
Él seguía con la varita bien sujeta en su mano y la vista fija en lo que quedaba del pedestal. Sólo hasta que recibió el repentino abrazo, pareció reaccionar, quitó el escudo que había formado y, todavía conmocionado, todavía sorprendido, sonrió.
—Sabía que lo harías.
Rose se separó, correspondió a su sonrisa y se estiró para recoger su varita. Iba a levantarse, cuando Scorpius habló.
—Tu jabón.
Lo hizo demasiado bajo, demasiado rápido y, sin embargo, ella lo escuchó. Se detuvo antes de poder incorporarse y volteó a verlo, sin comprender enteramente aquellas palabras.
—Menta. El cuero de mis guantes de quidditch. Algo limpio —su voz apenas y salía—. Tu jabón es… Es el tercer aroma de mi amortentia, Rose.
No lo comprendió en un inicio. Las palabras se enredaron al llegar a sus oídos y sólo conforme pasaron los segundos, fueron deshilachándose. La comprensión la golpeó con un repentino estremecimiento.
—Mentí. Cuando dije que no sabía lo que era. Mentí, yo… Sabía. Claro que lo sabía. Siempre lo he sabido —levantó la vista para encontrarse con su rostro, petrificado en todos los sentidos—. Era… Era mi turno de decir algo, supongo.
Pero el silencio que le siguió a ese murmullo duró apenas un segundo de casi nada, pues el sonido de pasos apresurados y violentos impidió cualquier otro suceso extraordinario que pudiera haber pasado después. Alguien subía por la escalera. Avanzaba rápido y no iba solo. Rose y Scorpius no tuvieron ni tiempo de levantarse cuando, tras un grito colérico, les llegó el conocido hedor de transpiración y demasiadas botellas de whisky de fuego.
—¡Ustedes…! —bramó Selwyn, liderando a más hombres.
Rose blandió su varita. Tiró parte del techo y creó una barrera momentánea entre ambos grupos. Scorpius invocó la escoba de Lily, se levantó y tiró del brazo de la muchacha. Ambos corrieron hasta el borde de la torre, mientras Selwyn seguía gritando y se abría paso entre los ladrillos derrumbados
—¡Levicorpus!
Los cinco muchachos inconscientes flotaron ante el hechizo de Rose, y la siguieron, cual marionetas, mientras ella y Scorpius se trepaban a la escoba casi destruida.
—¡Avada…!
Pero Selwyn ni siquiera terminó de pronunciar la maldición, pues todos, Rose, Scorpius y los cinco muchachos, se lanzaron en picada por uno de los balcones.
La explosión alertó de inmediato a los que estaban en el patio.
Todos clavaron la vista en el punto más alto del castillo, donde se visualizaban los hilos de humo, oscuros y danzantes, que salían de la Torre de Astronomía.
Miranda Savage se alejó un poco de los que mantenía cautivos y alzó la cara cuanto pudo, como si no pudiera apartar los ojos del cielo, en donde se encontraba la evidencia de un poderoso conjuro roto.
La evidencia de que su brillante hechizo de protección había sido quebrantado.
—¿Acaso eso no era parte del plan?
Fue Ginny quien habló. Estaba atada con una soga, al frente de los demás rehenes. Iba despeinada y tenía el hombro de la túnica rasgado, ligeramente manchado de sangre.
Aun así, se veía triunfante.
Miranda se volvió hacia ella y dibujó un intento de sonrisa, que la hacía lucir como si dos ganchos le sujetaran con fuerza las orillas de los labios.
—Oh, los héroes de guerra. Una vida llena de facilidades y optimismo ciego.
Se acercó, se inclinó. Su rostro y el de Ginny quedaron a la misma altura.
—Me pregunto si ese optimismo sobrepasa el hecho de que, en este momento, no tienes ni idea de dónde está tu familia —soltó una risita—. Pero no te preocupes. Te diré algo, querida: yo sé exactamente dónde deben estar tus hijos.
—No la escuches, Ginny —le advirtió Bill, también capturado.
—Lo que estaba en esa torre era un plan para conseguirnos aliados —continuó la mujer—. Todos los impuros se pasaron a nuestro lado.
—Es mentira —dijo Rolf.
—No, no lo es —canturreó Miranda, sin voltearlo a ver—. Y ya que tus hijos tienen la sangre bastante contaminada, supongo que se han pasado el rato contribuyendo a mi causa.
—Sí, hasta que esa cosa explotó —dijo Charlie. Miranda le clavó unos ojos que no coincidían para nada con su sonrisa.
—Señorita Savage —uno de los hombres que rodeaba el patio se aclaró la garganta—. ¿No deberíamos…? Tal vez si le informamos a Lodge lo que ha pasado…
—Ya debió verlo él mismo.
—Pero, señorita Savage…
—¡HE DICHO QUE YA DEBIÓ VERLO!
Se incorporó bruscamente. El moño en el cabello se le desprendió. Mechones oscuros, salpicados de canas, le cayeron por la frente y, de pronto, Miranda pareció más vieja, más temblorosa, más inestable.
—En cuanto a tu esposo, cariño, te urge conseguir algo mejor —se volvió otra vez hacia Ginny, con voz endulzada, como si nunca hubiera perdido el control—. Es decir, estás en problemas y no lo veo por aquí. ¿Acaso no querrá venir o será que su sangre impura lo ha forzado también a unirse a mi causa? —se puso un dedo en la barbilla—. O, por supuesto, puede ser que la búsqueda de tu hijo pequeño ha terminado en un fatal desenlace.
Ginny no bajó la mirada, no parpadeó. Enfrentó las palabras de aquella mujer con el rostro en alto y los ojos ardiendo.
—Me imagino que tú no eres tan trascendental como ese vástago. Después de todo, está buscándolo a él y no le preocupó traerte a ti o a las otras dos crías a este lugar, ¿verdad? Pero, incluso así, si Potter aún no consigue que lo maten, será interesante ver lo que hará cuando te vea a ti… Bueno, peor de lo que estás ahora.
—Inténtalo —siseó Ginny.
Al ver que sus amenazas no conseguían el efecto deseado, el rostro de Miranda se desdibujó en la ira. Iba a levantar su varita, cuando un alarido sobresaltó a todo el mundo.
El hombre que había intentado hablar ella cayó al piso, rígido y con la vista perdida. Lo mismo hizo otro. Y otro. Uno a uno, segundo a segundo, las personas que rodeaban el patio fueron desplomándose como fichas en un tablero.
Miranda se volvió a tiempo. Desvió el hechizo que iba dirigido a ella. Y, al ver a la autora de aquel ataque, soltó un graznido furioso.
Hermione le apuntaba desde la otra esquina del patio.
Iba junto a James, Molly y Teddy. Junto a Alice y Neville. Junto al profesor Creevey.
Desde Honeydukes todos habían visto también los hilos de humo en el cielo, la señal de que el conjuro de control había sido deshecho y de que ninguna magia, ni ningún estatus de sangre, les impediría combatir.
—¡Dos por allá! —gritó James—. ¡Y que alguien cubra la escalera!
Obedecieron. Atacaron. El muchacho se abalanzó al centro del patio para liberar a los prisioneros. Un hombre le bloqueó el paso. Pero, al momento, un rayo salió de la nada y golpeó tan fuerte a su enemigo, que éste dio varias volteretas en el aire antes de caer al suelo.
—¿Viste cómo le di? —exclamó George, entusiasmado. Él y Angelina iban bajando por una de las escaleras, disparando hechizos como si fueran serpentinas de fiesta—. ¡Siento la tardanza! —se encaminó hacia ellos—. Estábamos esperando a que apareciera alguien más de nuestro lado.
—¿Y te pareció buena idea dejarnos como rehenes mientras tanto? —lo reprendió Bill, mientras James desataba la soga que lo mantenía prisionero.
—¡Te veías tan pacifico ahí atado! Le voy a pasar el consejo a Fleur para cuando no te soporte.
—¡Mamá! —James ignoró a sus tíos y llegó hasta ella. Rápidamente la desató.
—¿Estás bien? —preguntó Ginny en cuanto pudo levantarse. Le palpó toda la cara a su hijo—. ¿Estás…?
—Sí, bien. Todo bien.
—Esa mujer dijo que los estaban controlando —explicó Charlie. Angelina ya lo había desatado y, en ese momento, se encargaba de Rolf, los profesores de Hogwarts y los niños pequeños que lloraban en silencio.
—No a mí —dijo James, ligeramente orgulloso—. A los demás. Pero sólo si veían al cielo. Es largo de contar. No importa. Parece que Rose lo logró. Bien, ahora, sus varitas…
—¡Por aquí!
Voltearon. Luna caminaba hacia ellos, sujetando diferentes varitas con ambas manos, pasando por entre los que combatían con una tranquilidad que no parecía encajar. Detrás de ella, también habían llegado Percy, Dominique y Louis.
—Pensé que las necesitarían —explicó al entregárselas—. Se las quité a esa mujer —señaló un cuerpo a unos metros de distancia, que flotaba bocabajo, sin poder incorporarse.
—¡James! —Alice le gritó desde el otro lado. Entre ella y su padre acababan de desarmar a un hombre—. ¡Tenemos problemas! —y señaló el corredor contrario.
Una decena de hombres y mujeres se acercaban velozmente al patio, con las varitas preparadas y la boca abierta en el inicio de un hechizo.
—¡PROTEGO!
Antes de que alguien tuviera tiempo de reaccionar, un escudo inmenso impidió el ataque. Los rayos rebotaron contra sus dueños, tirándolos hacia atrás.
—¡Profesora McGonagall! —exclamó Neville, aliviado.
La mujer iba llegando. Se paró en el límite del patio, derecha, con los brazos alzados y la varita cual batuta.
—Bueno, ¿qué esperan? —soltó exasperada. Detrás de ella estaban todos los profesores que se habían encargado de evacuar a los alumnos—. ¡Esto ya tomó demasiado tiempo!
Y todos se prepararon para atacar.
Pronto, el patio se cubrió de luminosos estallidos. El silencio de la madrugada se rompió por los gritos enfurecidos, las voces decididas. Los recién llegados bloquearon las posibles rutas de escape y todos tuvieron que enfrentarse cara a cara con sus enemigos en ese pequeño espacio. No había duda, ni temor. Sólo la voluntad de pelear y de acabar con todo lo más rápido posible.
En medio de la lucha recién iniciada, dos siluetas permanecían inmóviles.
Hermione y Miranda ocupaban extremos diferentes del patio, quietas, atentas, observando a la otra sin parpadear, esperando el primer ataque.
—¡Crucio!
El rayo de Miranda atravesó el lugar limpiamente.
Hermione apenas tuvo que moverse para esquivarlo.
La primera atacó de nuevo. Rayo tras rayo, sin detenerse. Con gritos rabiosos, con todo el resentimiento que había escondido debajo de sonrisas falsas y formalidades hipócritas. Los bruscos movimientos de su cuerpo le alborotaron más el cabello, los gritos le acentuaron las arrugas. Un torbellino de locura colérica que había terminado por estallar.
Hermione, en cambio, desvió cada hechizo y movió su varita con fluidez. Erguida como un muro inquebrantable, respondió al ataque, siempre con la vista clavada en su objetivo.
Los estragos de la explosión llegaron también hasta la torre en la que se encontraban Albus, Dimas y Lodge.
—No… —dijo el último y observó con pánico la única ventana de la torre. El oscuro humo había cubierto por completo el cielo tras el cristal—. Lo… Lo rompieron.
Se acercó. Cada paso pareció costarle un esfuerzo descomunal. Meses de planes, de estrategias. Sueños sublimes. Momentos en los que realmente se había sentido como un líder exitoso frente a la gente que apoyaba su causa.
—Lo rompieron —repitió—. Rompieron el conjuro de control.
Dimas se levantó de su asiento.
—Está bien, Benjamin —dijo, aunque el tono de su voz era grave, sin un ápice de la camaradería con la que había estado hablando antes—. No necesitamos más aliados. Mucho menos a esos sangre sucia. Lo que necesitamos…
—¡Rompieron el conjuro de control!
Cuando se volvió, toda la tensión que albergaba en sus hombros, pareció estallar. Tembló de rabia y sus ojos vidriosos se clavaron en Albus.
—Benjamin —Dimas se paró frente a él, bloqueándole la vista—. Lo que necesitamos es encontrar la última parte del Aurea Pergamena.
—La Orden atrapará a los que están allá y vendrán por nosotros.
—No. No lo harán. No antes de que…
—¡Estás aquí sentado, sin hacer nada! —intentó gritar. El sonido de su voz se le atoró entre los dientes—. Te dije que entrar a Hogwarts era una idea fatal. Te dije que…
—Está destinado, viejo amigo. Encontraremos la pieza y…
—¡Tú y tu maldito destino…! —Lodge se soltó de su agarre. Sacó su varita y apuntó por encima de Dimas, en dirección a Albus.
Éste se levantó al instante, pero no hubo necesidad de defenderse, porque Dimas volvió a pararse entre ambos, impidiendo cualquier tipo de enfrentamiento.
—No estás pensando con la cabeza —no gritó, pero dejó de arrastrar encanto en su actitud. Tomó a Lodge por los hombros, esta vez con brusquedad palpable—. Tus peones se encargarán de esos payasos mientras nosotros buscamos el Aurea Pergamena, ¿no es así? —al no obtener respuesta, alzó la voz—. ¿No es así?
—¡No podrán! —Lodge también lo encaró—. Sin el conjuro de control, tendrán a más de su lado; si los profesores vuelven, nos superarán en número. ¡No tardarán en derrotarlos! Y no importa que el destino esté de tu lado, ¡no tendrás tiempo de buscar la última pieza!
Desde donde estaba, Albus no podía verles el rostro. No obstante, estaba seguro de que las miradas que ambos hombres se dirigían en ese momento podían cortar el aire. Pasó un minuto entero en el respirar de cada uno fue el único sonido distinguible dentro de la torre. Finalmente, Dimas se separó de su compañero y exhaló, como resignado.
—Bien —soltó—. Bien —se ajustó el cuello del manto negro, se puso las manos detrás de la espalda—. Iremos nosotros, entonces.
—No.
Albus habló fuerte, determinante. Ambos hombres se volvieron en su dirección y Lodge (que parecía bastante complacido con que al fin se le hiciera caso), lo miró con odio.
—Dijiste que me ayudarías a encontrar algo en los pergaminos y en el diario. Algo para hallar la parte que falta —le dijo Albus a Dimas.
—Lo sé, y eso es lo que haremos, Albus —lo tranquilizó él—. Pero me temo que, en este momento, Lodge tiene razón. Los peones no podrán aguantar mucho por sí solos y es hora de que las demás piezas avancen para proteger al rey —y lo señaló.
—No —Albus se plantó delante de ellos—. Los demás pueden encargarse de eso.
—¡Dimas…! —vociferó Lodge.
—No veo qué es lo que te preocupa —Dimas volvió a prestarle atención sólo a Albus. Su tono se tornó amable nuevamente—. Me fui hace un rato con Miranda, ¿recuerdas? Eso mismo haré ahora. Lodge y yo analizaremos la situación y luego volveremos aquí —alzó las cejas—. A no ser que te preocupe otra cosa —lo miró con detenimiento—. ¿No estarás temiendo por tu familia o sí?
Albus alzó la barbilla.
—¿Por qué habría de hacerlo? —preguntó con frialdad—. Di la orden de que no los tocaran. Y sé que se cumplirá.
—Así es —Dimas sonrió—. Entonces, deja de angustiarte. Sólo acompañaré a Lodge para calmar las cosas. Volveremos pronto.
Le hizo una seña a su compañero para que avanzara. Éste pasó por delante de Albus con los puños apretados, pero no dijo nada más. Dimas se colocó la capucha del manto negro, la que ocultaba su rostro con magia. Se quedó parado ahí un momento, frente a Albus, sin que él fuera capaz de distinguir sus ojos en la oscuridad que le brindaba la prenda. Luego de unos segundos, avanzó detrás de Lodge y cerró la puerta de la torre.
Albus se quedó solo otra vez.
Y el Mapa del Merodeador volvió a pesarle como plomo en el interior de la chaqueta.
—¡ARESTO MOMENTUM!
Aquel hechizo frenó una caída fatal.
Pero, incluso así, las siete figuras que cayeron a toda velocidad por el borde de la Torre de Astronomía, sufrieron una profunda y dolorosa sumergida en el Lago Negro.
El primero en sacar la cabeza fuera del agua, jadeando y braceando como loco, fue Scorpius.
—¡Rose! —gritó y manoteó el lago a su alrededor, mirando a todos lados—. ¡Rose!
La muchacha salió a la superficie unos segundos después, tosiendo fuertemente y con la varita en la mano. Al ver a Scorpius, a varios metros de distancia, una expresión de alivio le cruzó por el rostro. Pronto, agitó su arma sobre el agua para que los muchachos desmayados pudieran emerger también y mantenerse a flote. Scorpius apuntó su varita para ayudarla a guiarlos hasta la orilla. Con otro hechizo, los cinco estudiantes expulsaron el agua que habían tragado y, completamente empapados y todavía inconscientes, quedaron tendidos sobre el césped.
—Selwyn —gruñó Scorpius. Él y Rose comenzaron a nadar hacia el borde—. De todos los malditos que pudieron haber llegado… Tenía que ser él… Claro que sí… Imbécil…
Llegaron a un punto en el que sus pies tocaron al fin el suelo. Ambos caminaron con pesadez, magullados y agitados, salpicando agua y lodo mientras trataban de salir por completo del lago.
—Pero, si fueron a buscarnos de inmediato, significa que funcionó, ¿cierto? —preguntó cuando el agua ya les llegaba la cintura—. Es decir, el tipo que estaba atacándote también despertó por un momento. Entonces, ¡realmente lo logramos! Rompimos un maldito conjuro del Aurea Pergamena. No puedo creer que…
—¡Scorpius!
Rose se detuvo. Lucía muy enfadada, con la piel bajo las pecas encendida y los rizos de cabello deshechos por el agua. Al escuchar su nombre, Scorpius no se volvió de inmediato, pero sí paró su caminar. Volteó a verla después de un suspiro de resignación.
—Lo que dijiste… —soltó ella, casi como si fuera a regañarlo—. Lo que dijiste arriba…
—Escucha, no…
—Querías hablar —puños apretados, ceño fruncido, voz rígida.
—No importa, no…
—¿No importa? —chilló Rose—. ¡Dices que…! ¡Primero te parece buena idea decir que…! ¡Tú iniciaste!
—¡No, yo…! —ante la acusación, también alzó la voz—. ¡Este no es el momento! Hay que encontrar a los demás —y continuó su caminar, chapoteando agua mientras avanzaba.
—¿No es el momento? —exclamó ella. Comenzó a seguirlo, tan rápido como el agua se lo permitió—. ¡Arriba parecía ser, claro, el momento ideal para…!
—¡Deja de gritarme!
—¡…y ahora, convenientemente decides cambiar de tema como si fuera…!
—¡Deja de gritarme! ¡Por eso no te había dicho nada en primer lugar!
Rose se detuvo y abrió la boca exageradamente.
—¡Sí! —reafirmó Scorpius. Volteó a verla, sin dejar de avanzar, aunque casi paró cuando notó la expresión furiosa en el rostro de la muchacha—. Tú… Nunca me tragaste y yo…
—¿Yo? —Rose salpicó agua cuando agitó los brazos y volvió a lastimarse la mano vendada—. ¡Ah, maldición! —se la sujetó con fuerza.
—¿Estás…? —Scorpuis se detuvo e hizo ademán de acercarse, pero la mirada de ella logró paralizarlo.
—¿Yo no te tragaba? ¿Yo? Tú eras quién…
—Ambos. Yo, tú… Ambos —se llevó las manos al cabello, sacudiéndose los mechones empapados que le caían por la frente, en un gesto mitad nervioso y mitad exasperado.
—No entiendo —confesó Rose. Parecía muy molesta. Realmente perdida—. Nunca pareció que tú… Nunca dijiste…
—Porque yo no quería —soltó de golpe, frustrado, enfadado. Un elástico que alguien ha estirado hasta el límite.
Rose se calló. Apretó la mano lastimada contra su pecho y se calló. Los separaban metro y medio de distancia, olas ligeras, oscuras, y años de escarlata contra esmeralda, de un pasado que en realidad no era propio y de riñas sin sentido por la atención de Albus.
—Sabía lo que pensabas sobre mí —murmuró—. Cada que ibas a buscar a Albus y me veías ahí… Yo era idiota. Idiota. Me tratabas como a un idiota y yo me portaba así porque realmente me lo ponías muy fácil. No quería, ni siquiera me di cuenta de cuándo… Sólo un día, olí mi amortentia y lo supe. Nunca intenté nada porque sabía lo que pensabas. Y estaba bien. Yo estaba bien. Pero, todo esto… —sus hombros bajaron—. Las cosas son tan distintas ahora que creí que tal vez… Pero no importa. Soy idiota. Sólo… Creí que debías saberlo, Rose.
Scorpius lucía verdaderamente exhausto y se había autonombrado "idiota" cuatro veces sin darse cuenta. En la superficie del Lago Negro se reflejaba el momento previo al amanecer y el humo que todavía salía de la Torre de Astronomía. Ahí, también se reflejó el rostro de Rose. Frente arrugada, labios apretados; la misma expresión perdida que, sin darse cuenta, ya había hecho otras veces frente a él.
—Supongo, entonces, que ahora es mi turno.
Scorpius no lo comprendió. No hizo nada. No se movió cuando ella, tan segura y decidida como cuando había estado a punto de cruzar el umbral de fuego, avanzó a trompicones por el lago, se acercó a él, lo tomó bruscamente de las solapas…
Y le plantó un beso en la boca.
Y luego, hubo un grito.
Tronó, en un graznido furioso y mortal; tan fuerte como el estallido que ellos habían provocado en la torre; tan, tan fuerte que logró que, a la mitad del beso, ambos muchachos abrieran los ojos para compartir una mirada de pánico.
—¡¿PERO QUÉ…?!
Ron y Draco habían llegado al lago justo a tiempo.
Se separaron. Rose y Scorpius. Ambos muchachos se empujaron lejos uno del otro y trastabillaron hacia atrás, con tanta rapidez y torpeza que casi se van de espaldas al agua.
—¡Lo hicimos! —gritó Rose, con una voz que se parecía a uñas rasgando una pizarra. Se balanceó, repentinamente menos drástica, empalidecida—. ¡El contenedor! Lo tiramos. Funcionó. Está hecho.
Scorpius, a su lado, parecía que apenas y podía respirar. Draco, frente a ella, contraía tanto las cejas que éstas lucían como si estuvieran a punto de tocarse. Y Ron, completamente pasmado, no movía ningún músculo de su cuerpo, salvo por el brazo con el que sujetaba su varita y que, poco a poco, se flexionaba…
—¡En marcha! —exclamó Rose antes de que algo más sucediera. Dio varios pasitos veloces hasta salir del lago y pasó entre Ron y Draco, sin voltearlos a ver. Ambos hombres la siguieron con la mirada y luego volvieron a clavar sus ojos en Scorpius.
El muchacho tragó sonoramente, pero imitó a Rose y caminó encogido, como si quisiera hundirse en el agua otra vez.
—¡Bien! ¡Los encontraron! —dijo Lysander. Él y Lorcan corrían por el jardín, en su dirección—. Los niños que nos atacaban comenzaron a despertar ya. Parece que están bien. ¡Se rompió el conjuro!
—¿Ustedes…? —preguntó su gemelo al notar que los otros cuatro caminaban rígidos, sin sonreír y sin detenerse—. ¿Están todos bien?
—Perfectamente —gruñó Draco.
La batalla en el patio era una confrontación entusiasta en donde no parecía haber rastro de desesperanza o dolor. La confianza danzaba en el aire sobre los gritos de lucha. Todos los recién llegados combatían con una determinación que, en realidad, parecía emoción.
—¡Bloqueen la escalera! —ordenó James. Estaba peleando con un hombre robusto, pero alcanzó a darse cuenta de que varios de los antiguos mortífagos intentaban escapar de la lucha—. ¡La escalera! ¡La escalera!
Al ver que los demás estaban enfrascados en sus propias batallas, el muchacho aumentó el número de hechizos que lanzaba a su contrincante. El hombre tropezó hacia atrás ante el cúmulo de encantamientos y James logró petrificarlo, para después echarse a correr hacia las escaleras.
—¡James! —le gritó Louis alarmado, a unos metros de distancia—. ¡Espera!
El sonido de su voz llegó tarde.
Sus enemigos no estaban intentando huir, sino dar alerta. Por la escalera, bajaban más personas, todas con las varitas apuntando en su dirección.
Sin embargo, James no tuvo necesidad de bloquear el ataque, porque en ese instante, una especie de corriente eléctrica, visible e intensa, recorrió a esos hombres de pies a cabeza.
Rachel había abierto ya el ventanal con terraza del quinto piso, sin temor a que el conjuro de control les afectara a Lily, Hugo o Cécille. Desde arriba, podía ver todo el panorama completo y, así, dirigir sus hechizos hacia donde más hicieran falta.
—¡Atrás de mí! —les mandó, pero Lily masculló algo que sonó a un "¡sí, claro!" y blandió su varita como si estuviera a punto de lanzar una pelota.
Bolas chispeantes cayeron hasta el patio, avanzaron solas y persiguieron a quienes estaban atacando a su familia. Al alcanzarlos, saltaron sobre ellos y descargaron una luz cegadora frente a sus rostros. El mismo hechizo arrojaron Hugo, Cécille y Fred, y pronto, todo el patio quedó cubierto por grandes destellos.
—¡Ya era hora! —le gritó James a su hermana. Ella no alcanzó a escucharlo en la distancia, pero probablemente imaginó lo que le estaba reclamando, porque en respuesta hizo una seña grosera con la mano.
—No está mi papá —Lily dio un vistazo rápido al patio.
—Ni mi papá o Rose —dijo Hugo—. Y mi mamá…
—Por allá —le indicó Cécille, apuntando a la orilla del lugar, donde los hechizos parecían ser más potentes y brillantes que en ninguna otra parte.
Hermione y Miranda seguían combatiendo como si estuvieran en un espacio oscuro, donde lo único visible era la figura de la otra.
La primera se mantenía derecha. No gritaba sus hechizos y apenas parpadeaba ante los movimientos de su enemiga. Miranda, en cambio, se veía como un tornado; daba vueltas, rugía, se reía y parecía que, a la vez, lloraba.
Ninguna había logrado herir físicamente a la otra… Hasta ese momento.
Miranda dio un paso en falso. El rayo de Hermione le pegó en la pierna.
La mujer cayó de rodillas, pero no bajó su varita y no dejó de atacar. Lanzó un potente hilo de luz roja, que atravesó el patio y que Hermione contuvo con un hechizo igual de poderoso. Las luces se entremezclaron, mientras ambas mujeres se esforzaban por mantener erguidas sus armas, hasta romper la magia de la otra.
—¡Cuidado! —rugió la voz de Hugo de repente.
Al ver que las bolas centellantes venían de arriba, los antiguos mortífagos habían comenzado a atacar la terraza. El muchacho alcanzó a bloquear a tiempo un encantamiento dirigido a Cécille… Pero su grito estridente había alarmado a Hermione.
Pasó en un segundo.
Ella volvió la vista y Miranda aprovechó aquel brevísimo descuido para desviar su rayo, entremezclado con el de Hermione, hacia arriba.
Hacia la terraza.
—¡NO! —gritó Ginny.
El ataque pegó justo a la mitad de la estructura. Todos en el patio se inmovilizaron ante la expectativa del caos. El entusiasmo se vio golpeado por la cruel realidad. Los ladrillos se partieron. Hugo, Lily, Cécille, Fred y Rachel gritaron, mientras caían por el piso resquebrajado, en un desplome que parecía inevitable.
Pasó en un segundo.
Y antes de que cualquiera pudiera levantar su varita para frenar el desastre, antes de que alguno pudiera siquiera apuntarle a Miranda… Otro rayo cruzó el lugar.
Fue una luz intensa, fuerte, densa, que se golpeó contra el rayo rojo, lo desvaneció y luego se expandió alrededor de toda la terraza. La caída de los muchachos fue detenida. La estructura se quedó quieta antes de terminar de partirse. Los ladrillos, poco a poco, volvieron a unirse.
—¿Qué fue…? —alcanzó a decir Fred al verse a salvo.
Pasó en un segundo. Y no lo hizo Hermione, ni Ginny, ni James. No lo hizo ninguno de los que estaban en el patio. Y confundidos, aliados, enemigos, todos, volvieron la vista para buscar el origen de aquella magnífica luz, que se fundió junto con los primeros rayos del amanecer.
Harry.
—¡Papá! —exclamó James.
El hombre sostenía su varita con ambas manos, desde la terraza de enfrente, firme, caótico, con la frente llena de sangre y las gafas rotas. Con un movimiento brusco, pero diestro, logró que su rayo se levantara todavía más. La terraza volvió a su forma original, como si el ataque nunca hubiese ocurrido.
Al ver aquello, Miranda volvió a gritar, se levantó, aun lastimada, y contraatacó. Lanzó todos sus hechizos en dirección a Harry, pero él no se sobresaltó. Terminó de arreglar la estructura y correspondió a las agresiones, desde arriba, desde lejos.
—¡Expulso! —bramó Hermione y Mirada tuvo que volver su atención nuevamente a ella.
Harry convocó una niebla blanca que lo hizo flotar hasta el patio y, rápidamente, comenzó a luchar.
Su llegada pareció encender una chispa de valor entre su familia. Si antes combatían con emoción, en ese momento, el júbilo y el vigor se mezclaron con la magia. Todos atacaron impetuosamente, arremetieron con fuerza contra los antiguos mortífagos y éstos se mostraron cada vez más temerosos, más dudosos.
—¡De este lado! —gritó James. Bill, Teddy y Dominique atendieron su llamado de inmediato. Entre los cuatro acorralaron a seis enemigos, rodeándolos contra uno de los muros. Los hombres tragaron y luego, resignados, tiraron sus armas.
—¡Colligentu! —exclamó McGonagall y cinco tipos que la rodeaban fueron empujados por una fuerza invisible hasta ese círculo de captura. Los otros profesores se unieron a James, para ayudarle a contener a los cautivos.
—¡Ahí van dos más! —les gritó George. Entre él y Angelina lanzaron a un par de hombres, cual trapos viejos, al centro de ese círculo.
—¡Otra más! —Fred, todavía en la terraza, hizo levitar a una mujer y la envió hasta allá. Revoloteó las cejas en dirección a Rachel, de pie junto a él—. No tiene nada que temer, profesora. Yo estoy aquí.
—Un alivio —ella convocó la misma niebla que había utilizado Harry y la usó para bajar de la terraza. Lanzó un rayo directo a tres hombres que apenas corrían en su dirección.
—¡Incarcerous! —gritó Hugo. Una soga envolvió a dos tipos que trataban de huir, en dirección a un corredor. Cécille, a su lado, sonrió.
—Tal vez, juntos… —sugirió. Hugo asintió, entusiasmado.
—¡Incarcerous! —bramaron ambos. La soga que convocaron no sólo envolvió a más de sus enemigos, sino que los jaló hasta donde estaba James.
—¡Potter! —gritó un hombre calvo. Se atravesó en el camino de Harry y diez más se le unieron, bloqueándole el paso.
Harry guardó silencio y alzó la barbilla.
—Devaister —murmuró apenas.
Con un tronido, el piso bajo aquellos hombres se resquebrajó con violencia. Raíces gruesas y vivas salieron de la superficie y se enredaron a sus cuerpos en un parpadeo. Los apretaron, los envolvieron, los obligaron a soltar sus armas. Harry pasó entre ellos, ignorando sus gritos de odio y dolor, y avanzó en dirección a donde Hermione y Miranda seguían combatiendo.
—¡Expulso! —gritó cuando estuvo lo suficientemente cerca.
Miranda se volvió y desvió su ataque.
—¿Decidiste unirte a la fiesta, Potter?
—¿Dónde está Albus?
Soltó una risotada que no calló, ni siquiera cuando Hermione volvió a atacarla y Harry se le unió en el combate.
—¡Está a cargo ahora! Lo sabes, ¿no? —se carcajeó. Apenas y pudo levantar un escudo para protegerse de un ataque, pero eso no pareció importarle—. ¡Y lo hace muy bien!
Quitó su encantamiento y lanzó un denso humo negro que cegó a Harry. Él agitó su varita y cuando consiguió despejar su alrededor, vio que Miranda había arrojado a Hermione a un par de metros de distancia, colocándole un escudo que le impedía volver a acercarse.
Entonces, quedaron cara a cara, Harry y Miranda.
Y, por primera vez, ninguna expresión, ni ira, ni encanto fingido, cruzó por el rostro de la mujer.
—Tú lo mataste —dijo lentamente.
Harry negó.
—Eso fue lo que te dijo Mabroidis. Pero esa misión no fue…
—¡Tú lo mataste!
—Tu padre no habría querido…
El grito que Miranda soltó en ese momento pareció desgarrarle la garganta entera.
La mujer se abalanzó sobre él, varita en mano, y sacó de sus solapas un puñal.
Era igual a todas las armas que utilizaba Dimas Mabroidis, las que quemaban a sus víctimas por dentro. Harry las reconocía ya. Las había visto demasiadas veces, de cerca, cuando lo habían herido en la mansión de Vivian, cuando Albus fue lastimado en su examen, cuando encontró el cuerpo inerte y sangrante de Cornelius Savage en aquellas ruinas de Grecia…
—¡No es quien tú crees! —bramó Harry. Bloqueó un hechizo. Miranda no le daba la oportunidad de acercarse—. ¡Te está usando!
Pero ella parecía no escucharlo. Soltaba conjuros mal dichos. Lanzaba rayos sin apuntar. Agitaba el puñal en todas direcciones. Volvía a reír. Volvía a llorar. Harry saltó hacia un lado, cuando uno de sus tantos rayos casi logró pegarle.
—¡Él fue quien lo hizo! ¡Mabroidis! —le gritó. Contratacó—. ¡Mira los recuerdos! ¡Tiene los recuerdos de Dante! ¡Llévalos al pensadero!
No supo si la mujer oyó aquello o no, porque en ese instante, Hermione logró quitar el escudo que la retenía y arrojó un conjuro tan fuerte, que Miranda fue lanzada hasta el otro extremo del patio y cayó de bruces contra el suelo.
—¡Petrificus totalus!
Esta vez no dio en el blanco.
Miranda se levantó, herida pero determinada. Iba a volver a atacarlos cuando los demás comenzaron a acercarse. Entonces, pareció que despertaba de un sueño. Se dio cuenta de que sus aliados habían sido capturados y de que sus enemigos la superaban en número. Sus ojos recorrieron rápidamente el lugar, buscando una posible ruta de escape.
—¡Bombarda! —exclamó y un muro muy cercano a ella explotó.
Polvo, piedras, confusión. Harry y Hermione se apresuraron al lugar, esperando ver a la mujer detrás de los restos de ladrillos. Pero ella se había valido de aquella breve cortina de humo para poder escapar.
—¡Esa…! —Hermione aspiró hondo—. No podrá ir lejos, de todos modos. Está herida y su propia explosión seguro la ha dejado mal. Estaba demasiado cerca —lo miró con preocupación—. ¿Tú estás bien, Harry?
Él no supo qué responderle.
A su alrededor, Teddy, Dominique y Alice hacían levitar a los antiguos mortífagos que habían sido noqueados, para amarrarlos con sogas. Bill, Charlie, George, Angelina y Percy intentaban cortar las raíces que él había invocado, para liberar a los que habían quedado atrapados antes de que se asfixiaran y, así, poder capturarlos debidamente. McGonagall gritaba órdenes a los profesores, mientras algunos de ellos se dedicaban a atender a los niños rehenes y otros rodeaban el círculo de cautivos en donde iban apilando a sus enemigos. Molly y Luna atendían a Ginny, Louis y Rolf, los más afectados durante la batalla. Y, finalmente, James hacía levitar ladrillos sueltos para formar una especie de escalera, para que Lily, Hugo, Cécille y Fred pudieran bajar de la terraza.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Harry.
Hermione se puso a explicarle todo el asunto del conjuro de control y cómo Ron y Draco, con sus respectivos hijos, se habían ido a tratar de desactivarlo.
—…debieron lograrlo, si no, no habríamos podido salir de Hogsmeade sin ser controlados. Deben de estar buscándonos. ¿Tú no fuiste…?
—Estaba por las mazmorras. No vi hacia el cielo.
En ese momento, Ginny se separó de los demás y llegó corriendo hasta ellos.
—¿Estás bien? —preguntó cuando le echó los brazos al cuello. Harry calló nuevamente, pero la estrechó con ansiedad. Al separarse, le miró con preocupación el hombro lastimado—. No es nada —dijo ella rápidamente. Tragó—. ¿Y Albus?
Guardó silencio. Un silencio pequeñísimo y brutal que lo obligó a desviar la vista y que deformó las facciones de Ginny en una mueca de angustia.
—Harry, ¿qué…?
—Está bien —trató de decirle apresuradamente—. Él está bien. Sólo… —su varita cayendo al suelo. Unos ojos helados. No soy como tú y una luz cegadora—. Sólo debo volver por él.
—¿Qué?
—Escucha —pidió—. Está a salvo. Te lo juro —la garganta le quemó—. Pero debo regresar. Regresaré y lo traeré.
Los ojos de Ginny gritaron.
—¡Papá!
James y Lily corrían hasta ellos, despeinados, agitados y con la ropa llena de los vestigios de una batalla recién terminada. Parecían bastante entusiasmados y eso provocó que a Harry le picara más la garganta.
—¡Al fin apareciste! —exclamó su hija.
—Eso que hiciste con la luz, para detener la terraza… ¡Increíble! —James le dio una palmadita en la espalda—. ¿Quién diría que a tu edad aún tienes buenos trucos?
—Los idiotas de allá parecen muy dispuestos a hablar, ahora que están atrapados —Lily señaló el círculo de cautivos con fastidio—. ¡Están muertos de miedo! Y nos dijeron que no nos faltan muchos por capturar. Al parecer sólo son Selwyn y un par de imbéciles que están con él…
—Benjamin Lodge y el trol de su sobrino, que, por alguna razón, anda por aquí…
—Y por supuesto, ese tipo, Dimas Mabroidis —rodó los ojos—. Dijeron que se estaban reuniendo en la Torre Sellada. Tal vez todavía estén ahí. Pero, no sé, no conozco ese lugar, ni recuerdo haberlo visto en el Mapa del Merodeador.
—Es la torre donde se guarda el Libro de Admisión y la Pluma de Aceptación —explicó Hermione—. Los objetos responsables de que se admitan a los alumnos en Hogwarts. Me parece que no muchos conocen su ubicación, seguramente es exclusiva de directivos o profesores… Como lo fue Benjamin Lodge.
—McGonagall tiene la ubicación, entonces. Será fácil encontrarlos —dijo Lily—. ¡Oh! Y los demás están formando una comisión para ir al Ministerio y que, para variar, hagan algo.
—Ya está todo resuelto —James sonrió—. ¿Encontraste a Albus?
Ginny no había dejado de mirarlo ni por un momento. Parecía que quería leerle la mente, preguntarle, rugirle. Pero Harry no sabía cómo decirle que había fallado. Otra vez. No sabía cómo decirle que la oportunidad de recuperar a su hijo se le había escapado de las manos, como un chorro de agua que no podía sostener. Lo siento, lo siento. Necesitaba otra oportunidad. La quería con desesperación. No para obligar a Albus a volver, sino para decírselo. Lo siento, cuánto lo siento. Que estaba equivocado, que había obrado mal, que todo lo que había hecho había sido únicamente porque quería mantenerlo a salvo, porque nunca, jamás, habría soportado que algo malo… No. No sabes cuánto lo siento.
—Iré por él —dijo—. Lo traeré. No se preocupen.
—Voy contigo —se apresuró James.
—No —dijo Harry firmemente. Su hijo abrió la boca para replicar, pero él se adelantó—. Te necesitan aquí. Yo necesito que te quedes aquí —lo sujetó por los hombros, orgulloso—. Has estado increíble. Los dos —le acarició el cabello a su hija—. Pero Albus únicamente vendrá si voy yo solo.
—Pero, papá… —intentó Lily.
—Tú lo dijiste. Tengo que traerlo —le sonrió—. Mientras tanto, deben encargarse de todo aquí. Sé que lo harán.
Ninguno parecía convencido, sin embargo, parecieron dejarse llevar por la confianza que habían construido durante todo ese tiempo. No le preguntaron nada más, pero lo rodearon fuertemente con los brazos y a Harry se le calentó todo el pecho.
Podía sentirlo, aun así. Ahí, muy dentro, escondido bajo la fuerza que le estaban transmitiendo sus hijos.
Miedo.
—Cuando vea que hemos capturado a la mayoría, Benjamin Lodge se aparecerá por aquí. Tengan cuidado con él —dijo en cuanto James y Lily lo soltaron. Se volvió hacia Hermione—. Encárgate del Ministerio. Avisa a Kingsley. Él moverá las cosas para enviar a todos a Azkaban cuanto antes.
—Mabroidis sigue por ahí —le advirtió Hermione—. Tal vez no sea buena idea que vayas tú solo.
—Vendrán hacia acá —negó Harry—. Por eso deben quedarse juntos. Además, hay que buscar a Ron, Rose y los demás.
—Harry —Ginny le tomó la mano y, levemente, lo jaló hacia ella. Lo miró a los ojos. Todavía gritaban.
—Debes quedarte con Lily y James —suplicó en voz baja.
—No hagas eso —le reprendió ella—. Si Albus está en peligro…
—Sólo regresará si voy solo —repitió. Lo sabía. No podía llegar con un escuadrón, con una escolta. Lo siento, lo siento, lo siento. No podía llegar a salvarlo, porque Albus no necesitaba eso—. No volveré sin él —le prometió.
Toda una vida compartida y, sin embargo, habían sido muy pocas las ocasiones en las que Harry la había visto llorar. Por eso, al mirarla, sintió que se moría un poco. Ginny cerró los ojos, callando los gritos de su interior, y dejó que un par de lágrimas le atravesaran las mejillas. Se acercó más y Harry supo que ella también sabía lo que él.
—Vuelvan a salvo —le murmuró cerca del oído. Su boca se deslizó suavemente, desde su pómulo hasta sus labios, en un beso veloz y lloroso que le hubiese gustado alargar—. Ambos.
Harry se separó y asintió. Le pareció que irse en ese momento era lo más difícil que alguna vez había tenido que hacer.
—Quédense juntos —suplicó. Miró a Hermione y ella asintió en un incondicional ve, los cuidaré—. Por favor.
Se dio la vuelta. Se acercó a McGonagall para preguntarle sobre la Torre Sellada. No se detuvo ante cuestionamientos o a peticiones sobre no ir solo. Siguió. Y, antes de adentrarse en el castillo por completo, se volvió para mirar por última vez a Lily, James y Ginny.
Junto al Mapa del Merodeador, desplegado en la mesa, estaba el Aurea Pergamena.
Los ojos de Albus recorrían con rapidez cada página, cada inscripción grabada. También tenía ahí el diario de Vivian y parecía que sus manos se habían olvidado de la delicadeza con la que había estado hojeándolo antes. La daga dorada reposaba a un lado, mientras él buscaba, analizaba, escudriñaba entre cada uno de esos tesoros.
Nada.
No sentía nada salvo el calor ya conocido, y entre aquellos objetos no parecía haber ninguna pista ni dirección a seguir.
—Maldita sea —masculló mientras se apresuraba a recoger los papeles regados por el suelo, las cosas de Vivian Lake, de la reina Maeve y del rey Alfonso V de Aragón que Dimas había llevado consigo.
Leyó, revisó, analizó, volvió a leer.
El corazón le latía tan rápido como los segundos que sentía correr en su contra. Se estaba perdiendo de algo, lo sabía. Algo sumamente importante que estaba frente a él, pero que no había alcanzado a captar todavía.
Frustrado, decidió revisar el pergamino que Godric Gryffindor había escrito, firmando como G.G. Lo conocía ya de memoria, pero tal vez ahí…
Un rayo de sol atravesó la ventana de la torre e iluminó la mesa donde se encontraba. El detalle le habría pasado desapercibido de no ser porque esa luz pegó directo en el medallón que le colgaba del cuello. Los rayos provocaron que el símbolo del Aurea Pergamena, grabado sobre la superficie dorada, se reflejara en los papeles que tenía desplegados.
La línea de esquinas curvas, la especie de flecha atravesándola.
Albus había visto esos trazos una y otra vez durante toda su búsqueda. Sin embargo, nunca le habían provocado nada.
Hasta ese momento.
Fue igual a la explosión que había sentido en su interior cuando encontró el conjuro ideal para que nadie interfiera en su camino. Una sensación desgarradora, momentánea, que le entumeció los sentidos e hizo vibrar su estómago.
—No es una flecha. Así es como Merlín ilustraba su libro de hechizos. Mi madre decía que era la daga atravesando el Aurea Pergamena.
Eso le había dicho Dimas. Y Vivan también lo creía así. Lo había escrito en su diario: la única forma de destruir el Aurea Pergamena era atravesarlo con la daga de Merlín. Quizás era cierto. Quizás ese símbolo no significaba más que una representación del final de la magia. Un emblema para darle cara a esa herencia.
Pero quizás también…
Apartó todo del escritorio. Todo. Entre las cosas que Dimas había llevado, estaba un plano del Castel Nuovo, la morada de Alfonso V de Aragón y el sitio en donde él, Rose y Scorpius habían hallado el primer fajo de pergaminos.
Lo extendió sobre la mesa. Con su varita, dibujó en el aire el símbolo del Aurea Pergamena, de forma que cubriera por completo el plano. La explosión dentro de sí se acrecentó.
Lo que él pensaba que era una flecha, realmente lo era.
La punta señalaba un extremo del Castel Nuovo. El arco triunfal que estaba encima de la entrada. El lugar exacto en donde el rey había decidido esconder su parte del Aurea Pergamena.
Tomó otro pergamino. Era un mapa de Sligo, Irlanda, el condado donde había vivido la Maeve. Acomodó el símbolo sobre él, tal como lo había hecho con el plano y, nuevamente, la extraña punta le indicó el camino correcto, hacia la montaña de Knocknarea, donde estaba la tumba de la reina y donde Albus había encontrado, oculta entre tesoros, la segunda parte del Aurea Pergamena.
Cuando desplegó el Mapa del Merodeador, le temblaban las manos.
Esas personas habían estado destinadas a encontrar una parte. Solamente una parte. Se habían propuesto esconder las piezas del rompecabezas para que, cientos de años después, el elegido, el único heredero, Albus, pudiera armar por completo el Aurea Pergamena. Y todos habían escondido una pista ante sus ojos. Habían utilizado el símbolo de Merlín más que como un emblema o una pista sobre cómo destruir los pergaminos.
Una señal.
Una flecha directa.
Una línea que trazaba el lugar que buscaba.
El mapa que su abuelo había creado era más pequeño que los otros planos. Albus ajustó el símbolo del Aurea Pergamena sobre él, de modo que cubriera cada pasillo, cada torre, cada pasadizo…
Y ahí estaba.
Claro.
Movió el mapa desplegado de un lado a otro, repitiendo el proceso. No funcionó. Sólo una vez, esa primera vez, la flecha verdaderamente apuntó a un lugar en específico del castillo.
Tomó el Aurea Pergamena, la daga, el diario de Vivian. Se guardó todo entre las solapas, con la explosión de calor apoderándose de todo su ser. Estaba a punto de doblar el Mapa del Merodeador y echarse a correr, cuando una de las pequeñas motitas con nombre llamó su atención.
Lo vio de reojo, casi lo pasó por alto en medio de su euforia. El punto con la leyenda "Elizabeth McAbee" se movía rápidamente, en dirección al puente colgante.
Lizza.
Algo helado se le coló en el interior, pero no entendió qué era. No hasta que notó el otro punto moviéndose junto a ella.
"Devon Lodge".
Llegó con un pinchazo en el estómago, con manos repentinamente frías y dedos que se aferraron de pronto al borde de la mesa. La voz de su enemigo le resonó en los tímpanos, como si aún lo tuviera de frente, como si aún estuviera a tiempo y pudiera tomar en serio su advertencia…
—No me quitarás esto, Potter. Te juro que no lo harás. Me encargaré de eso.
Y Albus salió de la torre… En dirección a donde los puntos de Devon y Lizza forcejeaban.
Buenas, buenaaaaaaas!
Una eternidad después, aquí lo tienen. La verdad es que ha sido un año sumamente ocupado para mí. Sumándole eso a la bendita pandemia que aún no termina y que me tiene loca (soy de las que sigue encerrada lo más posible porque mi mamá todavía no puede ser vacunada *cries in paranóica), pero al menos el estrés es mucho menor que el año pasado y esta semana me desvelé para poder terminar esto.
Estaba, estoy, muy nerviosa por este capítulo. No pretendo que esto sea la batalla de Hogwarts, you know. Es una pelea mucho más íntima, no con el mundo mágico sino con la familia Potter. Espero aun así, que la disfruten que hay mucha acción y optimismo en el aire. Ya les hacía falta a los personajes un rato de ánimo después de tanto drama, ¿no? Les durará o no, prometo que lo veremos (ahora sí) muy pronto. Por el momento, el conjuro de control es historia, la Orden del Fénix está casi reunida por completo y Harry ya volvió por Albus.
Oh, sí. Y romance. Ok. Espero leerlos al respecto con muchas ansias. Que nerviaaaaaaas. Me divertí mucho escribiendo esa parte pero callaré porque como escritora debo ser parcial. Los espero.
Los quiero mucho. Gracias, gracias infinitas por seguir aquí a pesar del tiempo y todo. Sus reviews me dan latidos, así que, van. ¡Espero les haya gustado!
¡Reviews plis!
