Disclaimer: Los personajes de Harry Potter no son míos, son propiedad de J.K. Rowling. La historia tampoco me pertenece, es de Inadaze22 y fue beteada por Julietta Regneey.
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Capítulo uno: Dos soledades
Parte 1: Túnicas y mandarina.
14 de agosto.
Limpiar la casa era uno de los aspectos necesarios de su recién descubierta, y con suerte larga, vida doméstica. Lástima que lo odiara. Fuera del trabajo, Draco nunca había sido una persona limpia u organizada. Era un niño mimado que se había convertido en hombre. Y con la cantidad de novias que había tenido en los últimos cinco años, Draco nunca había tenido muchas razones para ser organizado. Pero desde hace dos días, estaba soltero. Y se sentía bien. No, se sentía genial.
Draco Malfoy reprimió un bostezo de aburrimiento, ignorando el rugido de su estómago.
Estaba más que cansado, solo quería irse a casa para continuar la limpieza de su hogar y así eliminar de su vida las pruebas de su última ex novia.
Sin embargo, el destino, su madre y Pansy Parkinson tenían otros planes. Planes que incluían una cita programada para el ajuste de una túnica en el Diagon Alley… Ah, una tortura de leve a moderada para su persona. Sí, literalmente lo habían arrastrado.
—Draco, amor, ¿no quieres acompañarme a mi prueba de vestuario? —el tono meloso de su madre sonaba, por extraño que pareciera, casi malicioso.
Pansy también dibujó una dulce sonrisa en su rostro.
Dulce no era una palabra que solía usar para describir a Pansy o a su madre. Él comenzaba a sospechar levemente sobre la situación.
—Prefiero lanzarme un Stupefy.
Antes de que pudiera echarlas de su casa, Pansy le dijo que tenía algo en la espalda y después de tratar en vano de limpiarse, su madre decidió agarrarlo y se aparecieron en el Diagon Alley. No tuvo tiempo para indignarse con los flashes de las cámaras debido a que estaba demasiado mareado por el inesperado viaje. Draco tardó un minuto en darse cuenta de que no tenía su varita. «Mierda.»
Se sentía estúpido por caer en la trampa, pero a veces la simplicidad era la clave del sigilo. La simplicidad, después de todo, era el fuerte de Pansy. Su madre, era todo lo contrario. Cuando ella planeaba, lo hacía a lo grande, pero Draco todavía no podía descartar que su madre fuese la mente maestra. Después de todo, era una persona intrigante, pero solo cuando sentía que era necesario. A veces, ella podía convencerlo de que él fue quien tuvo la idea. Y así fue como terminó cargando sus bolsas como un maldito elfo doméstico, err, como un buen hijo.
Su presencia también fue generalmente requerida para perpetuar la fachada de que eran una familia noble, pero normal. Draco se burló de la palabra. Los Malfoy no habían sido normales durante mucho tiempo. La Segunda Guerra había disminuido enormemente su riqueza, gracias a las indemnizaciones y multas, pero eso no fue suficiente como para sacarlos de los escalones superiores de la sociedad. Su madre gastaba suficientes galeones para asegurarse de que la gente nunca olvidara que todavía formaban parte de la élite mágica. Si eso significaba aburridos viajes de compras en Diagon Alley, donde debían asegurarse de ser vistos por los fotógrafos, que así fuera.
—¿Mandarina? —ofreció Pansy, sentándose recatadamente con las piernas cruzadas. Sus ojos se entrecerraron con sospecha, ya lo habían engañado una vez ese día. Ella dejó escapar un suspiro dramático. Maldito infierno, estaban donde Madam Malkin desde hace una hora.—. Sé que tienes hambre.
Draco la fulminó con la mirada, pero le arrebató la fruta de la mano y la devoró. Aun masticando la jugosa fruta, frunció el ceño.
—No creas que la comida te va a sacar de mi lista de gente de mierda, Parkinson.
Ella bostezó, desinteresada.
—¿Se supone que debo estar temblando en mis Jimmy Choo?
—Sí —su respuesta quedó suspendida en el aire por un momento.
Cogió otra rebanada y se la metió perezosamente en la boca. Con gracia, Pansy se reclinó en su asiento y miró sus uñas perfectamente cuidadas.
—Parece que siempre olvidas que, aunque tu burla grosera asusta muchísimo a la mayoría de la gente, a mí no me produce nada.
Draco casi sonrió, casi.
Todavía estaba de mal humor, pero de todos modos miró en su dirección.
Si existiera un premio para "El que más cambió desde Hogwarts", Pansy "cara de Pug" Parkinson lo ganaría, sin duda alguna. Draco no sabía si fueron las atrocidades de la guerra que le habían cobrado la cordura de su madre, la vida de su padre y su propio sentido de la compostura durante una crisis nerviosa después de la muerte de este, o si simplemente maduró. De cualquier forma, la repugnante Pansy Parkinson ya no existía. En los últimos cinco años, había mejorado su apariencia, se había elevado en la sociedad hasta el punto en que a nadie le importaba que una vez hubiera tratado de sacrificar a Harry Potter, había logrado ganar una increíble cantidad de equilibrio y madurez. Además, Pansy había abandonado las viejas creencias de sangre pura simplemente porque de alguna manera había ganado un gran respeto por los nacidos de muggles y maldecía a cualquiera que dejara que la palabra "sangre sucia" se les escapara de los labios.
Incluyéndolo a él.
Tenía los moretones para probarlo.
Su amistad había experimentado más bajas que altas. Pansy estuvo allí en los peores momentos y tenía que respetarla por eso. A pesar de que la vida como editora principal de la revista de moda más popular, Magical and Stylish, la mantenía extremadamente ocupada y lejos de Londres, Pansy dejó en claro que no se iría de su lado. La mayoría de las veces, Draco sabía que necesitaba de todo el apoyo que pudieran darle.
—¿Qué piensas sobre esto?
Draco miró a su madre, que acababa de salir del probador vistiendo una túnica verde brillante. Mantuvo una expresión en blanco mientras ella giraba frente al espejo para darles una vista completa.
Fue fugaz; si hubiera parpadeado, se lo habría perdido, pero Draco vio que la ceja de su mejor amigo saltaba. Ella no aprobaba ese atuendo. Elaine, la diseñadora, miró con orgullo la túnica de su cliente, probablemente con la esperanza de ganar la aprobación de Pansy; lo había intentado sin éxito desde que llegaron. Pansy había usado su influencia para convencer a la gerencia de que cerrara la tienda durante tres horas mientras tenían una audiencia privada con su mejor diseñador. Le permitió a su madre elegir en paz las túnicas para la gala de verano. Su conjunto actual de túnicas era el duodécimo que había visto y aunque no lo dijo en voz alta, eran bastante atroces.
—Son simplemente espantosas —se quejó Pansy—. Parece que la sumergieron en Gillyweed picado.
Su dura reacción no lo sorprendió. Pansy pasaba sus días trabajando solo con los mejores diseñadores. Calificaba la ropa y hojeaba fotografías de modelos con dichos diseños. Su opinión y experiencia aparentemente eran importantes para su madre. Frunció el ceño y la empleada parecía abatida.
La empleada habló, aunque con timidez en su propia defensa.
—Si no le importa que pregunte...
—Pregunta.
—¿Qué tiene de malo, señorita Parkinson?
—Esa es una excelente pregunta, Elaine —ella se sentó derecha y Draco se masajeó las sienes para aliviar su creciente dolor de cabeza. Cuando Pansy respiró hondo, supo que la empleada había hecho la pregunta incorrecta—. Primero que todo, el color que elegiste no favorece nada su tono de piel; la hace parecer como si estuviera a punto de vomitar. Segundo, el corte de la túnica la ha envejecido unos cien años, nadie usa ese corte ya. Por último, la túnica casi toca el suelo y se ve desaliñada. De hecho, todo el atuendo parece viejo. Hiciste que la señora Malfoy pareciera un parche de césped que necesita ser cuidado.
Bueno, ella no estaba mintiendo.
Su madre parecía molesta. Pansy se comió la última rodaja de su mandarina y otro empleado inmediatamente le preparó una toallita húmeda para que se limpiara las manos.
«Ridículo» Draco puso los ojos en blanco.
Elaine se sonrojó.
—Y-y-yo puedo arreglarlo…
—Cálmate —Pansy levantó perezosamente la mano, su voz era autoritaria y reconfortante, una hazaña que solo ella podía lograr—. Realmente no hay nada de qué preocuparse. Un error como este es común para el ojo inexperto y es fácil de corregir. Mira, Elaine, estás pensando en algo normal. No te culpo, esta es una tienda de túnicas normales y estoy segura de que tu elección es aceptable cuando trabajas con gente común —ante eso, el rostro de Elaine se iluminó—. Pero quiero que salgas de ese monótono patrón ahora mismo y encuentres algo extraordinario. ¿Puedes hacer eso por mí?
La empleada asintió con tanta vehemencia que Draco pensó que su cuello se rompería.
—Y-yo puedo hacer eso, señorita Parkinson. No, yo lo haré —su comportamiento temeroso se transformó en pura determinación.
Pansy le sonrió a la joven bruja.
—¡Espléndido! Ese es el espíritu. Primero, necesitas una túnica más brillante. Sucede que sé que el tono de piel de la señora Malfoy se ve absolutamente deslumbrante con magenta o cualquier tono de naranja o melocotón —Narcissa estuvo de acuerdo con un asentimiento y una sonrisa—. A continuación, creo que deberíamos probar algo que no se vea tan anciano. Algo que abrace su figura, pero que no se aferre a ella. Algo que represente su edad sin exagerar. Por último, debes encontrar algo que caiga graciosamente debajo de sus rodillas. Estamos en verano.
Con un asentimiento, Elaine se fue a buscar una túnica que coincidiera con la visión de Pansy, mientras su madre regresaba al camerino arrastrando los pies, cerrando la puerta detrás de ella. Pansy despidió a la otra empleada, que actualmente los rondaba como un ave de presa.
«Gracias Merlín.»
Una vez que estuvo segura de que nadie estaba escuchando, Pansy se inclinó. Su voz era apenas un susurro cuando preguntó.
—¿Cómo está tu padre? Tu madre me dijo que tuvo otra crisis nerviosa hace dos días y que está de regreso en San Mungo.
El rostro de Draco se endureció de inmediato. Cuando no estaba teniendo brotes psicóticos que los obligaran a registrarlo en el ala Janus Thickey San Mungo, Lucius Malfoy pasaba sus días deambulando por la mansión, loco y delirante de su estadía de dos años en Azkaban por crímenes de guerra. No era un recuerdo o un tema particularmente agradable, ni tampoco deseaba discutirlo en Madam Malkin.
—Trató de empalarse con la espada de una de las armaduras. Lo salvé convirtiendo el arma en piedra. Tiene un feo hematoma y una vértebra lastimada en la espalda, pero al menos no fue empalado. Sin embargo, las lesiones no parecen frenarlo.
—Oh, Draco —Pansy puso su mano sobre la de él.
—Tengo la intención de dejarlo tener éxito algún día.
—No quisiste decir eso.
Movió su mano mientras la miraba de nuevo.
—Oh, ¿no es así?
—Amas a tu padre.
Draco se burló.
—No confundas mi respeto con el amor.
—¿Qué se supone que significa eso?
Draco se reclinó en su silla.
—El amor y el respeto son dos cosas diferentes, Pansy.
Vio brevemente a Elaine mientras corría por la tienda, buscando los artículos correctos. Le sorprendió que una tienda que no permitía su acceso hace cuatro años estuviera haciendo tanto esfuerzo ahora. Era patético, pero entendía lo que estaba en juego para Elaine. Si Pansy lo aprobaba, su vida nunca volvería a ser la misma. Buena suerte con eso. Pansy era notoriamente difícil de complacer.
—¿Exactamente en qué se diferencian? —ella arqueó una ceja.
—Respetas a los que amas, pero no tienes que amar a los que respetas.
Pansy no tuvo una réplica inmediata. Lo contó como una victoria.
—Supongo que tienes razón.
Toda la discusión terminó cuando apareció Elaine. Pansy examinó la túnica que había traído, casi frunciendo el ceño, luego le dijo que no regresara hasta que encontrara otra mejor.
Draco no tuvo mucho tiempo para deleitarse con el silencio, cuando estuvieron solos de nuevo, Pansy volvió a la temida conversación.
—¿Todavía te habla?
Tenía suficiente sentido común para mantener su rostro lo más neutral posible. Desde que su padre había regresado de Azkaban hacía tres años, Draco había pasado todos los fines de semana en la mansión con su madre, pero ni una sola vez pudo dormir. En cambio, se sentaba en la cama y escuchaba a su padre fuera de su habitación mientras rascaba la puerta como un gato y metía los dedos ensangrentados debajo de la puerta como si estuviera tratando de alcanzarlo. Su padre se había convertido en la prueba viviente de cómo era vivir sin un solo recuerdo feliz. A Draco se le revolvió el estómago al pensar en la última visita de su padre. Lucius hablaba constante y apasionadamente de criaturas llamadas Veagles. Aparentemente, infestaron la mente de su padre, le hablaban sobre el futuro, le decían que matara a toda su familia y luego se suicidara para así salvarlos de sus propios trágicos futuros.
…Los Veagles me dijeron que vienen los sangre sucia…
…No puedes escapar de tu destino, Draco. Ellos vendrán por ti a continuación, hijo... siempre obtienen lo que quieren...
...Puedo olerlo en el aire... ese olor, el olor a muerte, descomposición y sangre... ¿No puedes olerlo, Draco? Es maravilloso... oh, cómo extraño la sangre...
Palideció ante los recuerdos recientes, pero respondió a la pregunta de Pansy.
—Si.
Si Draco se salía con la suya, su padre estaría encerrado en la sala psiquiátrica de San Mungo hasta que muriera o se recuperara. Sin embargo, su destino no estaba en manos de Draco. El amor de su madre la había cegado haciéndole creer que algún día él se recuperaría por completo y ella no estaba dispuesta a darse por vencida.
«Amor —pensó Draco desapasionadamente— el amor le romperá el corazón.»
Sabía la verdad. Lo aceptaba. Su padre no se iba a recuperar milagrosamente; estaba demasiado ido, demasiado enfermo. Sus órganos habían comenzado a fallar, uno por uno, y los gritos entre Draco y su madre solo tensaban su relación.
Ella no estaba escuchando. Más que nunca, quería sacudirla y obligarla a entrar en razón.
Narcissa Malfoy se sentó tranquilamente en el sofá, mirando a su único hijo paseando por la habitación.
—Estás en negación —argumentó enojado—. Tratar de ahorcarse con tapices no es una señal de mejoría.
—¿Qué saben ellos? ¿Qué sabes tú? No renunciaré a mi fe solo para que puedas demostrar algún maldito punto, Draco. Los milagros pueden suceder.
—Sí, pueden, pero esto no es un cuento de hadas.
Su madre le había rogado que se quedara con ella permanentemente en la mansión durante las semanas posteriores al regreso de su padre, pero él se negó. Tenía un apartamento cerca del Ministerio, su madre se quedaba en la mansión y aunque a menudo pensaba en ello, Draco no la había abandonado por su causa perdida.
Eso nunca.
Sinceramente, Draco respetaba a su madre, más de lo que jamás había respetado a otra mujer en su vida. Era tan fuerte como obstinada y casi sin ayuda sacó a su familia de ese profundo agujero al que los arrojó Voldemort después de la guerra. Quería confiar en sus instintos sobre su padre, a pesar de sus propios sentimientos, pero ya no estaba seguro.
—Estoy seguro de que esto funcionará al final.
Draco sonrió.
—¿Has estado bebiendo la poción de optimismo de mi madre de nuevo?
—Necesitas un sorbo tú mismo —Pansy se reía entre dientes—. Te has vuelto bastante aburrido desde que te convertiste en el jefe de la familia Malfoy.
Draco luchó contra el impulso de poner los ojos en blanco.
Jefe de la familia Malfoy.
No era un título que hubiera querido a los veinticuatro años, pero gracias a su psicótico padre, la carga descansaba directamente sobre los hombros de Draco. Claro, tenía la ayuda del único de sus tíos que le agradaba, pero al final del día, era su responsabilidad mejorar su apellido. Todo lo que hacía, todas las personas con las que se asociaba, cada mujer con la que salía públicamente, e incluso en su trabajo en el Ministerio, todo se reflejaba en el apellido Malfoy.
Para su intenso disgusto, Narcissa necesitaba la presencia de Draco en cada función social a la que asistía, en cada baile de caridad que organizaba y en cada ceremonia de corte de cinta. No tuvo elección. Hacia eso por la familia. Nunca importó que Draco despreciara las fiestas, o que preferiría saltar desde lo alto del edificio más alto de Londres que pasar otra noche en una habitación llena de aristócratas. No importaba que odiara llevar a su "novia del momento" a las fiestas. Todas, sin excepción, miraban con lujuria a cualquier hombre más rico que él.
Y su madre se preguntaba que por qué no se había establecido con alguien todavía.
Se le permitió mantener la amistad con Pansy Parkinson y Blaise Zabini, eso era lo que lo mantenía cuerdo. Al crecer, todos habían creído en las viejas tradiciones de los sangre pura, Pansy más que Blaise, durante sus años escolares él salía con cualquier persona, al diablo con la sangre. Pero las familias Parkinson y Zabini no se aliaron con Voldemort en ninguna de las dos guerras. Fue bueno para ellos. Sin embargo, debido a su neutralidad, el padre de Pansy y la madre de Blaise habían muerto durante la última batalla contra los Mortífagos sobrevivientes aproximadamente un mes después de la guerra. Después de eso, todos dejaron de crucificar a Pansy por intentar entregar a Potter. Sin que nadie lo supiera ese fue el comienzo de su meteórico ascenso en la sociedad.
Hablando de Potter, su madre constantemente lo empujaba a hacer una alianza con él y con la comadreja, por el bien de la familia. Ni por todo el maldito infierno se rebajaría a forjar una especie de amistad con esos idiotas. Sin embargo, para apaciguar a su madre y hacer su parte para revivir el nombre Malfoy, Draco era lo más cordial posible cuando se encontraba con Potter, la comadreja o cualquier otra comadreja para el caso. Su madre debería estar complacida con sus intentos de cortesía; ser cortés con ellos era lo mismo que ser torturado.
Aun así, perseveraba.
Draco no veía mucho a la comadreja o a la chica comadreja, afortunadamente, pero veía a Harry Potter todos los días en el trabajo; incluso había tenido que trabajar con el Auror en numerosos casos. Y todo el mundo mágico debía sentirse afortunado de que él hubiera sido bendecido con una cantidad impresionante de autocontrol o tal vez no hubiera sido tan cortés cada vez que Potter tenía una mala actitud con él.
A veces quería hechizar al idiota tanto que le dolía, pero siempre se abstuvo. No fue por su búsqueda para restaurar el nombre de su familia, sino porque Draco amaba su trabajo.
Después de la guerra y por insistencia de su madre, Draco se convirtió en abogado. Al principio había odiado el trabajo, pero después de ganar un caso difícil en el que había trabajado duro, se dio cuenta de cuánto lo disfrutaba. Le podía dar buen uso a todos sus talentos. El enjuiciamiento era algo en lo que se destacaba y algo por lo que era ser conocido por su propio mérito y no por ser el hijo de Lucius Malfoy y el único Mortífago que nunca mató a nadie. Le ayudó a hacerse un nombre propio.
Pasaba cinco días a la semana presentando casos frente al Wizengamot, enviando a Azkaban a los Mortífagos capturados por el Ministerio ya grupos que aún simpatizaban con Voldemort. Cada victoria le daba una sensación de control del que había carecido toda su vida.
—¿Señor Malfoy? ¿Señorita Parkinson? ¿Hay algo que necesiten? —la empleada aduladora que sostenía las toallitas sonaba demasiado servil.
—Una varita estaría bien —de esa manera podría aparecer en su casa para comer en paz.
Pansy le dio un puñetazo en el hombro.
—No, no, pero gracias por preguntar.
Cuando la empleada se fue de nuevo, se aseguró de poner mala cara por su irritación. Odiaba que la gente lo llamara señor Malfoy. Hacía que su corazón latiera con fuerza y sus ojos vagaran por la habitación en busca de su trastornado padre. Por supuesto, él no se lo diría a ella, ni a nadie. Pansy se disculpó para ir a ayudar a Elaine y a su madre a elegir las últimas túnicas. Tan pronto como desapareció en el camerino, vio pasar a los empleados con varios juegos de túnicas.
Su estómago gruñó de nuevo y Draco hizo una mueca, esperando que nadie lo escuchara.
Miró a la empleada y se sintió aliviado al encontrarla colgando una túnica de gala. Era hora de concluir este infernal viaje de compras.
—Pansy, ¿podrías darte prisa y elegir una túnica?
Ella permaneció completamente imperturbable.
—Solo unos minutos, Draco.
—¿Madre? —se estaba moviendo en su silla que cada vez se sentía más incómoda.
—Ten paciencia, Draco —respondió su madre, con la voz un poco apagada.
No pudo evitar que su rostro se torciera en una mueca de desprecio. La paciencia era un atributo que no tenía, especialmente cuando se moría de hambre.
—Y no pongas esa expresión tampoco. Te hace lucir como tu padre.
El rostro de Draco cayó.
Escuchó a Pansy reír.
Consultó su reloj después de que su estómago volviera a gruñir. Eran las dos en punto.
—¡Por el amor de... Madre!
—¿Sí?
La empleada lame culos estaba recogiendo una túnica rosa neón que Pansy había descartado. Draco hizo una mueca involuntariamente ante el horrible color. Sus ojos estaban literalmente en llamas por la mezcla de amarillo, rosa, verdes lima, azul eléctrico y túnicas lavanda brillante que había visto.
—¿Ya van a terminar? Estoy hambriento.
Pansy salió primero, con una sonrisa, luego Elaine, con una mirada de alivio y, por último, Narcissa salió del camerino con una túnica de gala color mandarina.
Su ira y molestia mitigaron temporalmente cuando la vio. No podía negar que se veía bien. Tenía un aspecto elegante que nunca se había desvanecido a pesar del tiempo y la guerra. Giró sobre sus talones.
—¿Qué piensas, Draco?
La túnica mandarina la hacía parecer más joven y vibrante. Cuando sonrió, en realidad parecía realmente feliz. Draco sabía, aunque ella nunca hablaba de eso, los Malfoy no eran conocidos por compartir sus pensamientos más íntimos, su madre se preocupaba por la condición de su padre. A él nunca le gustó verla triste. Le recordaba demasiado a su adolescencia.
Aunque gimoteara y se quejara, Draco se quedaría con ella solo porque no quería verla triste. Una mujer triste no era algo con lo que pudiera lidiar. Pero ahora, Narcissa estaba sonriendo y no era una falsa. Él lo apreciaba.
—Te ves preciosa, madre. Deberías comprar la túnica y acompañarme a almorzar —sonrió y luego le hizo un gesto a Pansy, quien tenía las manos en las caderas—. Tú también, Pansy.
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Parte 2: Tortura en su máxima expresión.
Diagon Alley.
Honestamente, Hermione no tenía idea de por qué seguía viniendo sábado tras sábado. El lugar estaba en llamas, un fétido pozo de malos recuerdos y nostálgicas calles empedradas. Estar allí siempre la hacía sentir un profundo anhelo en su vientre, uno que se decía que era por el hambre, pero eso, nuevamente, era una mentira.
Después de la guerra, Diagon Alley fue restaurado más hermoso que nunca. Ella no había estado allí durante la era de la reconstrucción, pero había oído hablar de ello. Diagon Alley se había convertido en una especie de ciudad fantasma durante su sexto año. En su séptimo año, las calles estaban literalmente inundadas de nacidos de muggles que fueron perseguidos durante el reinado de poder, horror y destrucción de Voldemort.
Aquellos no habían sido los mejores tiempos, pero ahora eran cosa del pasado. Hermione esperaba que nunca hubiera otro Voldemort, pero había leído Hogwarts: Una Historia suficientes veces para saber que las cosas tendían a repetirse. Salió del Caldero Chorreante y dejó que la brisa veraniega le agitara el cabello.
Era mediados de agosto y Hermione sabía lo que eso significaba, las compras escolares estaban en marcha para las brujas y magos que estaban ansiosos por comenzar las clases. Los estudiantes más reacios probablemente completarían sus compras a última hora. Hermione tomó nota de evitar el Diagon Alley la próxima semana. Mientras miraba a su alrededor, dio un paseo por el sendero de los recuerdos, sintiéndose de regreso en una época en la que esperaba ansiosamente el primero de septiembre.
Harry. Comprar a Crookshanks en Magical Menagerie. Ver a Malfoy en varias tiendas en Diagon Alley. Hogwarts. Ginny. El enfrentamiento entre el señor Weasley y Lucius Malfoy en Flourish & Blotts. Ron. Comprar su primera varita con Ollivander. Dean y Seamus. Comprar plumas, tinta y pergamino. Fred y George. Tirar de sus padres a través del arco... «no.»
Tenía que dejar de hacerse esto a sí misma.
Le daba vueltas la cabeza y le dolía el corazón; aplastó esos sentimientos antes de que se volvieran demasiado difíciles de manejar. De todos modos, recordar nunca le había hecho ningún bien. A decir verdad, se habría Obliviado hace años si eso no significara perder todo.
Sacudió la cabeza para despejar la oscuridad, golpeó los ladrillos y observó cómo se abría el arco. Mientras caminaba por la entrada, Hermione se abanicó. Incluso con la brisa, era un día sofocante y caluroso. Londres y el resto del mundo, parecían estar en una especie de ola de calor.
Eso no disuadió ni un poco a las tiendas.
Diagon Alley la recibió con increíblemente concurridas calles adoquinadas, comercio bullicioso, gente charlando, niños felices entrando y saliendo de varias tiendas, niños pidiendo golosinas y variadas mascotas, vendedores que intentaban obtener ganancias con artículos aleatorios que a menudo eran de segunda mano, los sonidos y los olores eran abrumadores. Debería haberse sentido reconfortante y familiar, pero no lo era, ya no más.
Los flashes empezaron a parpadear; algo que solo la puso más ansiosa. Se topó con algunas personas sin nombre, murmurando disculpas mientras avanzaba hacia el restaurante. Hermione solo miró hacia arriba tres veces para determinar qué tan cerca estaba de su destino. Fue difícil, pero ignoró todas las miradas sobre ella, las fotos y su nombre siendo susurrado por algunos pocos.
—¿Esa es Hermione Granger?
—¿Crees que los rumores sean ciertos?
Aunque trató de no verse afectada, Hermione se enfureció ante la mención de los rumores.
—Benditas sean las estrellas, realmente es ella. Se ve diferente.
Hermione aceleró el paso, maldiciéndose por no aparecer directamente en el restaurante como solía hacer para evitar las multitudes.
—¿Hermione Granger? ¿De verdad eres tú? —Hermione se detuvo y miró. Ella mostró una débil sonrisa y saludó a Hannah Abbott mientras se acercaba.
Las viejas amigas intercambiaron amables abrazos antes de que Hannah comenzara a contarle los últimos cinco años de su vida. Se casó con Terry Boot un año después de que terminó la guerra y lucía su anillo de bodas de oro con orgullo.
Hermione comenzó a contarle sobre su estancia en Venecia e Italia, pero Hannah ya sabía de su repentina mudanza. Eso salió en todos los periódicos. Pero aún todos querían saber el por qué. La pausa expectante de Hannah hizo que fuera bastante obvio que ella todavía quería saber la respuesta.
—Necesitaba un cambio de escenario después de la guerra —era una mentira, por supuesto, pero Hermione esperaba que eso satisficiera la curiosidad de Hannah—. Venecia parecía el lugar perfecto para tener algo de paz y tranquilidad. Sabía que, si no me iba de inmediato, nunca lo haría.
Cuando sonrió y dijo que entendía, Hermione se llenó de alivio.
—¿Cuándo volviste?
—Hace siete meses.
Hannah pareció sorprendida.
—¿Tanto tiempo? Podrías haber escrito o algo así.
Ellas nunca habían sido lo suficientemente cercanas para escribirse cartas, así que Hermione permitió que otra mentira se le escapara.
—Estoy muy ocupada con mi nuevo trabajo —una mentira, sí, pero no del todo.
Su posición como una de las principales rompe maldiciones de Europa y el hecho de que trabajaba para una empresa privada llamada Curse-Breakers, Hermione tenía el lujo de trabajar tres días a la semana. No le importaba el dinero, pero no podía quejarse; ella ganaba más en esos días de lo que algunos ganaban en un mes.
—¿Qué haces? —preguntó Hermione educadamente.
—Soy dueña de una guardería para niños mágicos. Es algo que siempre quise hacer hasta tener mis propios hijos.
Hermione mantuvo su sonrisa.
—Eso es genial, Hannah. Parece que lo tienes todo resuelto —esperaba que esas palabras no hubieran salido tan tensas como sonaron en su cabeza.
Por supuesto, la modesta Hannah acudió rápidamente al rescate.
—No es perfecto, pero así es la vida, ¿verdad?
Ella no podría estar más de acuerdo.
—¡Oh! ¡Merlín! Son casi las dos en punto. Tengo que ir a encontrarme con Susan en el Boticario. Fue muy agradable verte, Hermione. Mándame una lechuza de vez en cuando, ¿de acuerdo?
Ella no lo haría, pero de todos modos asintió.
Hannah le dio otro abrazo, que probablemente fue capturado por la cámara y caminó rápidamente por la calle hacia el Boticario. Durante un minuto entero, Hermione se quedó allí de pie, suspirando de alivio porque la conversación finalmente había terminado. De alguna manera, una simple conversación le resultó más difícil que tomar la decisión de regresar a Gran Bretaña.
Recuperó su compostura y caminó en dirección al restaurante. La anfitriona era una chica de dieciséis años llamada Charlotte.
—Está un poco agitado aquí —le dedicó una sonrisa de dientes blancos—. Me ocuparé de conseguirle una mesa rápidamente.
Charlotte asistía a la Academia Beauxbatons, pero trabajaba en el restaurante durante el verano y ganaba lo suficiente como para no tener que pedirles dinero a sus padres para sus útiles escolares o gastos frívolos. Charlotte era la mayor de seis hermanos y sus padres eran pobres. Aunque sabía que no tenía que darle propina a la anfitriona, Hermione siempre le daba una pequeña bolsa con veinte galeones todos los sábados, solo para ayudarla. Llámenlo limpiar el alma o como sea, pero Hermione se sentía mejor consigo misma después de ayudar a la joven bruja.
—¿Está bien, señorita Granger? —Charlotte preguntó con curiosidad.
—No hay problema, en absoluto. Tómate tu tiempo, no tengo prisa —dijo una amable sonrisa que la joven le devolvió antes de apresurarse a ayudar a una de las camareras.
Sin pensarlo dos veces, Hermione tomó el único asiento vacío en la recepción y se puso a leer.
—¡Hermione Granger! —casi se encogió al escuchar esa voz, pero lentamente volvió la cabeza.
Era Lavender Brown, con un bebé.
Hasta ahora, se había topado con dos viejos compañeros de clase a los que no le importaba ver.
¿Quién sigue? ¿Draco Malfoy?
—Hey —la sonrisa de Hermione era débil—. ¿Cómo estás?
—Genial. Seamus y yo nos casamos el año pasado y este es Chase, nuestro hijo. Tiene seis meses.
El bebé, al que apodaban "Chase el Regordete" no parecía feliz, en realidad se veía bastante miserable.
Hermione sintió empatía. Era como si todas las personas con las que había ido a la escuela ahora estuvieran casadas tuvieran cómodas vidas; incluso aquellos que no fueron cercanos a ella, parecían ser felices. Un sentimiento de pavor la invadió, el mismo sentimiento que solía abrumarla cuando soñaba con perder el tren de regreso a Hogwarts.
Estaba condenada.
A pesar de sus mejores esfuerzos, Hermione no pudo ignorar los celos y la tristeza que surgieron en ella al observar a la madre y al hijo. Se sentía como si estuviera atrapada, esperando que llegara su propio tren. Incluso después de cinco años, Hermione se sentía como una chica de dieciocho, esperando que su vida comenzara.
¿Cuándo comenzó todo a salir mal?
Oh, ella lo sabía. Por supuesto que lo sabía.
Hermione sabía la fecha y la hora en que todo se vino abajo. El diez de septiembre. No se levantó de la cama esa mañana con el conocimiento de que sería el último día de vida como la conocía, el principio del fin, pero así fue. Si se hubiera quedado, tal vez hubiera tenido la vida que quería, los hijos que soñó o incluso la alegría que anhelaba, pero no había tiempo para pensar en los quizás.
Eso era una tortura en su máxima expresión.
—¿Qué has estado haciendo? —preguntó Lavender.
Hermione le dio la misma respuesta que le había dado a Hannah.
—Trabajando. Ya sabes cómo soy —y le dedicó una sonrisa que se sintió hueca, pero Lavender no se dio cuenta. Mentir, se dio cuenta, siempre era más fácil cuando no le importaba la persona o sus opiniones.
—Por supuesto —respondió con una brillante sonrisa.
Lavender inició el temido "recuerdas cuando".
Durante el primer D.A. Hermione evitó fruncir los labios y el ceño. Durante tercero, sonreía porque era todo lo que podía hacer para evitar gritar. Odiaba hablar de viejos recuerdos más de lo que odiaba hablar de la guerra. No podía hundirse en sus viejos recuerdos. No ahora, no con Lavender. Se sintió extraño, como un amargo sabor en su lengua. Después de todo, eran poco más que extrañas.
Chase empezó a llorar a todo pulmón. Hermione hizo una mueca ante sus estridentes gritos, vio como Lavender lo mecía, mostrando sus todavía torpes habilidades maternas. Hermione lo intentó, pero no podía apartar los ojos del niño, ni siquiera cuando estuvo calmado y se mordía sus puños. Realmente era una cosita regordeta, con su escaso cabello castaño claro y ojos marrones. Simplemente adorable. Se parecía a su madre, especialmente cuando hacía pucheros, pero Hermione todavía veía un poco de Seamus en él también.
Vio como Lavender rebotaba al chico sobre su rodilla, intentando, en vano, hacerlo reír. Después de unos momentos de arrullos y de tratar de provocar una risa, se rindió.
—Ha estado de mal humor toda la semana.
—Los niños de su edad solo gritan por algunas razones, hambre, cansancio, dolor o porque les están saliendo los dientes. Tal vez a Chase le estén saliendo los dientes.
Lavender hizo una pausa, como si estuviera considerando la sugerencia, luego sonrió.
—Eso explicaría su mal humor y el llanto. Hermione, realmente lo sabes todo, ¿eh?
Se encogió de hombros de nuevo, cansada de la conversación.
—Por supuesto que no. Solo…
—Señorita Granger —Charlotte interrumpió mientras se acercaba a las mujeres, mostrando una sonrisa amistosa. Hermione tuvo que contenerse para no saltar y huir de Lavender tan rápido como sus pies pudieran—. Su mesa está lista. Por aquí. Señora Finnigan, su mesa está casi limpia y volveré enseguida para mostrarle el camino.
Lavender asintió.
—Gracias —Hermione esperaba no sonar tan aliviada como se sentía.
Después de las despedidas y otra serie de promesas vacías de mantenerse en contacto, siguió a Charlotte hasta su mesa.
Charlotte siempre parecía perdida en sus pensamientos, con el ceño fruncido y arrugas en su frente. Hermione tomó la mano de la pensativa chica y colocó la pequeña bolsa de galeones en su palma.
—Ten. Y no me digas que no puedes aceptarla.
Ella sonrió y asintió, deslizando la bolsa en su bolsillo.
—Eres demasiado amable.
No, no lo era, pero Hermione mantuvo la boca cerrada.
Charlotte siempre se aseguraba de que la mesa al final del restaurante permaneciera libre todos los sábados a esta hora para Hermione. Extrañaría a la chica cuando se fuera a Beauxbatons el próximo miércoles.
La ubicación de la mesa era perfecta: en un rincón, aislada y a unos metros de la ventana. Era el asiento perfecto para evitar las constantes miradas del Diagon Alley. Durante esta hora del día, el sol estaba en cierto ángulo en el cielo, un poco más bajo y los rayos entraban por la ventana en dirección a su mesa, manteniéndola abrigada y cómoda mientras leía y comía.
—¿Lista para la escuela? —preguntó Hermione mientras dejaba su libro sobre la mesa.
—Sí, tengo mis libros y mi ropa listos —Charlotte se mordió el labio antes de apoyar la mano en el hombro de Hermione—. Solo... quiero agradecerle por todo lo que ha hecho por mí este verano, todo su apoyo, amabilidad y consejos. Realmente lo aprecio. Eres muy diferente de lo que los rumores dicen.
Hermione no sabía cómo sentirse.
—De nada.
—Escríbeme cuando estés en la escuela, ¿de acuerdo? —sus ojos brillaron esperanzados.
—Lo haré —prometió, aunque sabía que no lo haría.
Charlotte sonrió, asintió y se volvió para marcharse.
Cuando Hermione se sentó, pidió una copa de vino blanco y un trozo de quiche que nunca comía entero. Cuando su camarero se fue, exhaló y miró alrededor del concurrido restaurante. Era ruidoso, pero Hermione tenía la extraña habilidad de florecer en el caos. Mantenía su mente clara y sus pensamientos vagaban por territorios inexplorados.
La prisa de la hora del almuerzo estaba sobre el restaurante y las camareras parecían tan demacradas como se sentía Hermione, pero al menos ellas lograban mantener una sonrisa. Hermione había fallado en esa misión tan pronto se sentó. En ese momento, todo lo que quería hacer era irse, pero no lo haría. Cerró los ojos, esperando contenerse un poco más.
Podría hacerlo. Lo lograría. Ella estaba bien.
Puras mentiras.
Hermione abrió su novela justo donde la había dejado y sus ojos se posaron en la vieja fotografía que usaba como marcapáginas. El anhelo que sintió casi hizo añicos su determinación y desdobló delicadamente los andrajosos bordes.
No era todo lo que tenía, pero era lo último que quedaba.
Ni siquiera sabía la identidad del hombre que había tomado esa fotografía o exactamente qué día fue tomada, aun así, era la última vez que recordaba haber sido realmente feliz.
Semanas después, todo se había desmoronado y ella también.
Una vez que los bordes estuvieron bien, sus dedos rozaron delicadamente la imagen antes de poner la fotografía boca abajo sobre la mesa y retomar el libro donde lo había dejado, era sobre una mujer que había perdido todo.
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Fin capitulo uno
Notas: ¿Adivines quien se embarco en otra loca aventura? Así es, ¡yo! pero que les puedo decir, me encanta iniciar nuevos proyectos de traducción en momentos aleatorios. Además, ya hacía falta que les trajera un nuevo Dramione. Los capítulos son extremadamente largos, así que les pido paciencia.
inadaze22 amablemente me dio permiso para traducir esta magnifica obra de arte.
Link historia original: s/4172243/1/Broken
Naoko Ichigo
