Disclaimer: Los personajes de Harry Potter no son míos, son propiedad de J.K. Rowling. La historia tampoco me pertenece, es de Inadaze22 y fue beteada por Julietta Regneey.

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Capítulo doce: Absolutamente nada

Primera parte: Catorce minutos

10 de diciembre

Por el rabillo del ojo, Hermione discretamente observó cómo el reloj de la oficina de su terapeuta se acercaba a la hora del término de su sesión.

Faltaban catorce minutos y pensó que tenía buenas posibilidades de conseguir la victoria en el duelo de miradas de ese día. Había perdido la batalla anterior y Hermione estaba decidida a no perder esta también.

Después de todo, ella no era alguien que se rendía con facilidad.

Era la tercera cita a la que asistía y aparte de algunos irritantes intercambios de palabras, Katherine Shepard le preguntaba ese molesto "¿por qué estás aquí?" aparte de eso, no había pronunciado más palabras aparte de "buenos días" y "hasta la próxima". Hermione vio como la señora Shepard se ponía cómoda en su silla, garabateando notas mientras le devolvía la mirada.

Hermione no quería saber cómo lo hacía, pero aparentemente podía saber cosas de ella sin las palabras.

Quizás no era la única que se quedaba mirando a su terapeuta durante sus sesiones.

Se preguntó cuántas historias de éxito tenía Katherine Shepard en su haber. Probablemente ninguna... Bueno, tenía una si contaba la de Pansy, pero eso todavía era un trabajo en progreso. Hermione no conocía a una persona rota que hubiera sido curada por Katherine Shepard. Era joven, era cinco años mayor que ella y estuvo en Hogwarts, en Hufflepuff y aunque Hermione sabía que ser una Hufflepuff, no significaba que no hubiera experimentado mucho en la vida y eso tampoco la tranquilizaba. Aun así, eso no le hizo querer abrirse a esta bruja o confiar en ella.

Confiar.

Últimamente, todo parecía reducirse a esa pequeña palabra.

Parecía que Hermione había puesto su fe en muchas personas en las que antes no hubiera considerado.

«Ahora quedan doce minutos.»

Por ejemplo, Draco Malfoy.

Hermione no sabía qué demonios la había poseído como para contarle tanto de su vida y se reprendió una vez que lo vio allí en silencio. Era como si no pudiera dejar de hablar con Draco. Cuanto más hablaba, más ligera se sentía; la presión sobre su cuerpo parecía disminuir. No, por supuesto que ella no le contó todo, pero ahora tenía una nueva apreciación por el consejo de Pansy sobre "sacarlo todo". Aunque Hermione no había esperado poner a prueba esa teoría con Malfoy.

Y como antes, no decía ni una palabra después de que ella le contara algo.

Hablar con él era diferente a hablar con Pansy, se dio cuenta casi al instante.

No confiaba en él tanto como confiaba en Pansy, pero podía decir que confiaba un poco en él. Tenía que hacerlo, gracias a su conversación anterior. Y además de eso, Draco le había dado muchas razones para confiar en él.

Pansy era una bruja optimista; siempre le brindaba consuelo, consejos y un hombro en el que apoyarse y llorar. Su afirmación constante era que todo mejoraría con el tiempo. Merlín, Pansy siempre tenía algo que decir. Pero a veces, Hermione no quería sus palabras, no quería su consuelo, no quería su consejo. El hombro estaba bien, pero podía ahorrarse todo lo demás. Ella solo quería que alguien se sentara y escuchara.

Malfoy había hecho precisamente eso.

Sin embargo, no era como si pudiera hacer otra cosa. No era como si fuera a calmarla con su optimismo; ese no era su estilo. No era como si fuera a inundarla con sabiduría y experiencias personales; estaba segura de que él no tenía ninguna con la que ella pudiera identificarse. No era como si fuera a reprenderla por todo el mal que había hecho; él era tan imperfecto como ella. Draco Malfoy no iba a hacer nada en absoluto, excepto escuchar.

Y eso la había hecho sentir bien y mucho mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo.

«Quedan once minutos.»

Se dio cuenta de que el concurso de miradas era como un pequeño juego para su terapeuta, un juego infantil que Katherine Shepard estaba decidida a ganar. Hermione pensó que era bastante triste que pudiera leer a su terapeuta mejor de lo que su terapeuta podía leerla a ella. Se habría reído si Katherine no lo interpretara como una especie de avance.

Sus manos descansaban en los brazos de la silla mientras continuaba el juego.

Y luego sucedió.

Katherine apartó la mirada por completo de Hermione, miró sus notas y luego volvió a mirarla… Sólo para encontrarse con la leve sonrisa de ganadora de su paciente. Casi podía escuchar a su terapeuta bufar de molestia. Katherine debió haber pensado que lo había ocultado bien, pero no lo había hecho. Podía sentarse allí y esperar todo lo que quisiera, Hermione no iba a responder la misma pregunta por tercera vez. Fue bastante redundante e irritante.

Que la señora Shepard jugara con su pluma y que la observara. Esas eran las únicas acciones que iban a suceder en esa habitación.

«Quedan nueve minutos.»

Hermione miró a su terapeuta. Se veía... Normal. Como si la vida la hubiera tratado con amabilidad. Sus ojos se entrecerraron cuando la amargura subió a su pecho.

—Hermione —había comenzado a llamarla así durante la sesión anterior—. ¿Qué tienes en mente ahora mismo?

Katherine dejó su cuaderno en la mesa auxiliar junto a su silla, se puso cómoda y se ajustó los anteojos de gruesos marcos en su rostro.

Bueno, al menos era una pregunta diferente, pero se sentía demasiado beligerante para responder.

Silencio.

La mujer de la pregunta tomó un sorbo de agua y la terapeuta siguió escribiendo en su bloc de notas. Merlín, ¿cuántas notas podría tomar sobre una persona que no hablaba? Quizás estaba garabateando su lista de compras o quizás su lista de cosas por hacer.

Eso era plausible.

Hermione se reclinó en su asiento, tamborileando los dedos en los brazos de la silla.

«Quedan ocho minutos.»

—¿Puedes decirme en qué estás pensando? —preguntó de nuevo, escribiendo más notas.

Encontró la voz de su terapeuta desagradable, porque sonaba como la versión femenina de Malfoy. Por supuesto, en el sentido de que su voz era repugnantemente tranquila, carecía de emoción y que contenía indicios de arrogancia y aburrimiento.

Con un suspiro, Hermione respondió.

—Me pregunto por qué te pago para que nos sentemos en silencio.

Eso ciertamente llamó su atención. Con calma, miró por encima de los marcos de sus gafas y respondió.

—Estamos sentadas en silencio porque te niegas a decirme por qué estás aquí.

Extremadamente molesta, Hermione replicó.

—Solo porque ya has hecho la misma pregunta tres veces. Te he dado mi respuesta tres veces. ¿Qué más quieres?

«Quedan siete minutos.»

Por supuesto, su voz permaneció enfermizamente tranquila.

—Esto no se trata de lo que quiero, Hermione. Se trata de lo que tú quieres y para ser perfectamente honesta, no estoy segura de que estés lista para la terapia.

—¿Cómo puedes decir algo así?

Ella se encogió de hombros.

—Fácil. Tú... No estás... Lista... Para... Terapia. Ahí, lo dije. Hermione, no estás lista para abrirte. No estás lista para hablar... De nada. Y hasta que lo estés, me sentaré aquí. Créame, esto no es fácil para mí. Soy buena en lo que hago, me he comunicado con muchos pacientes y no me habrían dado una licencia de trabajo si no estuviera calificada para el trabajo. Además, mis clientes dicen que yo soy "buena" —hizo una pausa por un momento—. Durante las últimas tres sesiones he considerado derivarte a otro terapeuta, pero no lo he hecho, porque a pesar de que has probado mi paciencia, mi terquedad es tan legendaria como la tuya. No me rindo con la gente y no me voy a rendir contigo. Así que nos sentaremos aquí, cada semana, hasta que seamos viejas, grises y seniles... O hasta que decidas bajar las defensas que te rodean.

Atónita, Hermione se quedó sentada y la miró fijamente. Estaba absolutamente asombrada por la cruda honestidad y determinación en la voz de su terapeuta.

—Solo puedo ayudarte si estás dispuesta a ayudarte a ti misma, Hermione.

Se sentó más derecha en su silla.

—Estoy dispuesta.

—Entonces pruébalo, habla conmigo... Dime algo. Te escondes detrás de tus paredes. No puedo entrar a menos que me dejes... Nadie podrá entrar a menos que tú los dejes.

«Quedan seis minutos.»

Con su mano acarició sus suaves rizos.

—¿Qué quieres que diga?

—Podrías comenzar respondiendo mi pregunta, ¿por qué estás aquí?

Y Hermione Granger explotó.

Era una mujer al límite y ya casi había tenido suficiente con que le hicieran la misma pregunta repetidamente.

En un instante, se puso de pie.

—Porque soy un desastre por dentro. ¡Estoy harta de odiarme a mí misma! Porque tengo sueños sobre mi hijo muerto donde me dice que es feliz y que quiere que yo también sea feliz. Siento que les he fallado a todos, ¡antes lo sabía todo, pero ya no recuerdo nada sobre mis padres! Estoy aquí porque no sé qué hacer y tengo miedo de fallarle a mi hijo como le he fallado a mis padres. Estoy aquí por mí —su voz se quebró.

Katherine miró a su cliente con expresión tranquila mientras anotaba rápidamente.

—Yo solo… —la voz de Hermione se quebró y las lágrimas finalmente brotaron—. Quiero amarme a mí misma, solo... No puedo hacerlo por mi cuenta. Y es por eso que estoy aquí.

Hubo una pausa antes de que su terapeuta le hablara.

—No eres un fracaso, Hermione. De hecho, eres mucho más fuerte de lo que crees.

Todo el mundo le había dicho eso y estaba harta de esas palabras.

—Bueno, he sido fuerte durante tanto tiempo... Estoy cansada de ser fuerte. Fui fuerte por mis amigos antes y durante la guerra. Fui fuerte por Pansy. Fui fuerte por mis padres y por Matthew. Simplemente no me quedan fuerzas.

—Lo eres y voy a ayudarte a verlo, pero la cosa es que tienes que cambiar tu forma de pensar antes de que ocurran cambios reales. Mientras pienses negativamente, todo va a ser negativo... Y vas a perderte de todas las cosas buenas y de las buenas personas que tienes en tu vida porque estás tan atrapada viendo lo malo en todo.

—Solo veo lo malo porque solo eso me ha pasado.

—¿Consideras malos los años que tuviste con tu hijo?

—No —negó con la cabeza—. Por supuesto que no.

«Quedan tres minutos.»

En voz baja, Hermione susurró.

—Esta será mi primera Navidad sin Matthew. Ha pasado un año desde que murió.

Katherine tomó nota de eso.

—Pansy está decidida a no dejarme sola, pero no quiero compañía.

—Ella solo está tratando de ayudarte.

—Lo sé, pero es demasiado —respondió Hermione miserablemente.

—¿Por qué no se lo dices? ¿Por qué no lo hablas con ella? Obviamente confías en ella.

Y ahí estaba de nuevo, la confianza.

Estaría mintiendo si dijera que no confiaba en Pansy. A medida que pasaban los meses, se encontró confiando y dependiendo cada vez más de Pansy, pero no podía abrirse con ella sobre el funcionamiento interno de su mente. Ella no quería, lamentablemente, así era cómo estaban las cosas en ese momento.

Probablemente porque Pansy había presenciado algunos de los días más difíciles de la vida de Hermione, y viceversa. Hermione podía decir que Pansy aún escondía su daño y que solo era fuerte por Hermione. No quería agregar más peso a los hombros de Pansy. Claro, estaba trabajando para recomponerse, pero Pansy era delicada. Hermione no quería ser una carga, no quería ser un peso y no quería que Pansy la dejara porque no podía soportar toda la tristeza en la vida de Hermione.

«Quedan dos minutos.»

—Estás callada de nuevo, ¿estás enojada? —preguntó su terapeuta después de un minuto de silencio.

Las honestas y frías palabras que escaparon de sus propios labios dejaron helada a Hermione.

—Sí, pero no contigo.

Katherine cruzó las piernas y escribió una pequeña nota.

—¿Con quién estás enojada, Hermione?

Se encontró con los ojos azules de su terapeuta.

—La lista es demasiado larga para que yo la revele de una sola vez.

—¿Dónde te ubicas en esa lista?

Ni siquiera tuvo que contemplar su respuesta.

—Número uno.

La terapeuta tomó algunas notas.

—¿Por qué?

Por alguna extraña razón, sintió que estaba bien seguir hablando.

—He hecho mucho mal, he mentido tanto y ahora tengo que arreglarlo. Si hubiera dicho la verdad, las cosas hubieran sido diferentes.

—No lo sabes.

—Pero me siento así. Siento que soy la razón por la que mis padres murieron... Si no los hubiera enviado a Australia, si hubiera pensado en poner barreras en su casa, si hubiera pensado en todas estas cosas, todavía estarían vivos. Siento que soy la culpable de la muerte de mi hijo. Todo lo que tenía que hacer era llamar a su padre, sé que hubiera estado en Italia a la mañana siguiente y me habría ayudado en cualquier forma en que él pudiera... Pero yo no lo hice.

«Queda un minuto.»

—La retrospectiva siempre nos hace ver todo perfecto, lo sabes.

—Sí.

Ella miró su reloj.

—Nos queda menos de un minuto, pero hemos avanzado mucho en estos últimos catorce minutos.

Katherine tomó su varita y la agitó en el aire.

Hermione estaba demasiado emocionada para preguntarle qué estaba haciendo.

—Hago que todos mis pacientes lleven un diario —como si fuera una señal, un libro apareció en la habitación y Katherine lo agarró en el aire—. Una vez al día; quiero que escribas cómo te sientes. Pueden ser solo palabras como: triste, deprimida, feliz o frustrada, o puede ser algo detallado. Ni siquiera tiene que escribir en el diario —le entregó el libro y observó mientras Hermione hojeaba las páginas vacías—. Solo creo que puede hacerte sentir un poco mejor.

Hubo un timbre familiar que le hizo saber a Hermione que la sesión había terminado.

—¿A la misma hora la semana que viene? —preguntó la terapeuta esperanzada.

Hermione asintió, acunó el diario en su mano, se levantó de su asiento y salió. Tenía media hora antes de las lecciones de italiano con Narcissa y necesitaría cada minuto para recomponerse.

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Segunda parte: El zorro y las uvas

El aire en la lujosa cafetería londinense era denso, agradablemente denso, lleno hasta el tope con el aroma de los granos de café, bollos, mermeladas, miel y pasteles. Los sonidos melódicos de una guitarra salían de los altavoces muggles colocados en lo alto de las paredes.

En general, el lugar era calmado, solo se podía escuchar la música, el parloteo ligero de otros clientes y los suaves sonidos de las máquinas moliendo granos de café.

Draco Malfoy se sentó en una mesa para dos en la esquina trasera del local. La posición de la mesa le daba una vista perfecta de las bulliciosas calles del centro de Londres. Bebió un sorbo de su espresso colombiano y mordió un bollo mientras miraba por la ventana.

Si bien la cafetería era agradable, afuera, era otra historia.

Una pared de vidrio lo separaba del resto de Londres y estaba agradecido por eso. Los cielos anticipaban otro aguacero invernal. Había llovido mucho en las últimas semanas, pero aparte de las nevadas que cayeron cuando salvó la vida de Granger, no había vuelto a nevar ni una vez; para consternación de su madre, la que anticipaba una blanca Navidad.

Ella decía que la nieve hacía que la mansión pareciera una de esas viejas mansiones de cuentos infantiles. Tenía que estar de acuerdo en eso porque realmente le importaba un comino la decoración. De hecho, quería que nevara para que ella dejara de quejarse. Quería que nevara para que no hablara de cuánto quería que Lucius regresara del hospital. Había estado en San Mungo desde la noche del incidente que le dejó ligeros hematomas en el cuello, los que esperaba que nadie notara. Para su pavor y emoción, su padre regresaba a casa, solo para la temporada navideña, para que estuviera con la familia.

Cinco sanadores lo comentaron, alegando que con las nuevas pociones que estaba tomando ya no era una amenaza para los demás.

El cuello de Draco pensaba de manera diferente.

Las hinchadas nubes sobre Londres se oscurecieron hasta volverse de un lamentable gris. La turbia niebla se instaló en la ciudad. La combinación de nubes grises y smog hacía que pareciera el crepúsculo en lugar del mediodía.

Pensó en ello como una extraña y retorcida premonición del futuro.

Miró su costoso reloj de pulsera. Estaba quince minutos tarde. Draco frunció el ceño y tomó otro trago de su taza. Le gustaría decirle que no tenía ninguna importancia para él que ella llegara tarde, pero se sintió un poco molesto por la impuntualidad; especialmente porque no era característico en ella.

Bueno, no importaba, Narcissa Black Malfoy era la razón por la que estaba allí.

¡Oh no! Olvidé que tengo que encontrarme con Hermione en esa bonita cafetería a la que vamos todo el tiempo para mis lecciones de italiano. Draco, ¿puedes hacerme un gran favor?

Depende.

¿Podrías ir y tomar una taza de café con ella?

Levantó la vista del artículo del Profeta que estaba leyendo; una ceja rubia se elevó inquisitivamente.

Umm... ¿Por qué?

No tuve tiempo de escribir y cancelar nuestra lección de italiano. Vive tan lejos y odio que tenga que venir hasta Londres cuando no tiene que hacerlo. Al menos puede tomar una taza de café, eso y también tener una conversación decente.

Su excusa fue débil en el mejor de los casos. Draco dobló el periódico con cuidado y lo dejó sobre la mesa. Tenía una respuesta en mente, una que no lo tendría viajando a Londres Muggle en su día libre.

Está bien, bueno, enviaré a mi búho. El mensaje le llegará en una hora.

Narcissa entrecerró sus ojos azules.

¿Te mataría tomar una taza de café con ella?

Con un encogimiento de hombros.

Puede que sí—respondió.

Luego su madre lo amenazó con algunos maleficios antes de que cediera.

A Draco no le importaría si ella nunca se presentaba. Su día no se arruinaría. Podía terminar su café y un bollo sin ver el miserable rostro con facciones cetrinas de Granger, sin escuchar su voz y sin mirar sus ojos hundidos. Había oído, visto y sentido lo suficiente de su miseria en los últimos cuatro meses como para durarle toda la vida.

Y luego ella entró, con paraguas en mano. Llevaba chaqueta, jeans, zapatos y la misma expresión cansada con la que él estaba familiarizado.

Draco suspiró.

Naturalmente, tenía libros bajo el brazo. Libros de italianos, asumió.

Inmediatamente sus ojos vagaron por toda la tienda hasta que se posaron en los de él. Casi esperaba que ella se marchara, pero no lo hizo. En cambio, respiró hondo y se acercó. Valiente, aunque muy lentamente; parecía como si se estuviera acercando a un animal salvaje. Draco puso los ojos en blanco y mordió su bollo, masticando pensativamente, justo cuando ella se detuvo justo en frente de la mesa.

La confusión estaba escrita en su rostro y su voz sonaba similar.

—Se suponía que debía encontrarme con Narcissa aquí.

Bebió un poco de café y respondió, sin emoción.

—Mi madre no pudo venir hoy y me envió en su lugar.

La preocupación se marcó en sus rasgos y en su voz cuando preguntó.

—¿Está bien?

Una parte de él quería explicarle que su psicótico padre regresaría a casa y su madre estaba en la mansión ordenando a los elfos domésticos como realizar sus escandalosos planes para la cena de "Bienvenido a casa" que probablemente no comería porque estaría demasiado ocupado deambulando por los pasillos de la mansión o completamente catatónico. Una parte de él quería decirle que Narcissa también estaba ocupada planeando la extravagante cena de Nochebuena; una cena a la que Granger ya estaba invitada.

Pero se decidió en esconder todo lo que estaba en su mente.

Él conocía sus secretos y luchas, pero ella no conocía los suyos. Draco quería mantenerlo así el mayor tiempo posible.

—Sí, está bien. Surgió algo y era demasiado tarde para escribir y cancelar. ¿Te importaría unirte a mí? —su voz sonaba educada, como siempre, pero tenía un tono de indiferencia. Draco quería dejar en claro que esto no le importaba.

Granger lo miró fijamente.

—¿Qué?

Draco puso los ojos en blanco ante su falta de elocuencia.

—Le prometí que tomaría un café contigo.

Se quedó inmóvil, pero dejó los libros sobre la mesa. Uno era un libro italiano y el otro parecía una especie de diario.

—¿Por qué harías eso?

Su nariz se ensanchó cuando soltó un suspiro frustrado.

—Porque ella me pidió que lo hiciera —gruñó exaltado—. Me guste o no, prefiero no ser hechizado por mi propia madre. Así que siéntate.

Pasaron ciento siete segundos para que Hermione Granger se acomodara en su asiento frente a él. Pasaron otros ciento cincuenta antes de que decidiera pedir un pequeño chocolate caliente y un pastelillo de vainilla.

Draco pidió otro espresso colombiano y le dijo a la linda camarera que pusiera el pedido de ella en su cuenta. No sabía a quién odiaba más; a la Granger defensiva o la Granger mentirosa. Ambas eran un fastidio que se metían debajo de su piel de la peor manera posible. Finalmente, decidió que podía manejar a la Granger defensiva, pero solo después de que se dio cuenta que ella estaba a la defensiva porque se sentía amenazada y aprensiva. Se dio cuenta de que tenía algunas razones para temerle.

¿Pero no tenía ya razones para confiar en él? Draco apartó ese pensamiento de su mente. Después de todo, a él no le importaba mucho asegurarse su confianza.

—Puedo pagar mi propia comida, Malfoy —dijo Granger en voz baja.

—Nadie dijo que no pudieras. Deja de estar tan malditamente a la defensiva, Granger —respondió con los dientes apretados—. Es bastante molesto.

Ella resopló, pero, afortunadamente, no dijo nada más.

Diez minutos de silencio se posaron sobre ellos, al igual que la nube y smog se posaban sobre la ciudad. Draco pasó su tiempo alternando en ver la ventana y beber lo último de su café. Cuando miró en dirección a Granger, descubrió que ella estaba ocupada mirando por la ventana; sus dedos golpeaban la mesa al ritmo de la guitarra, pero su ritmo estaba un poco fuera de tiempo.

Por primera vez desde que entró, la examinó de cerca.

Ella se sentó frente a él; su postura era un poco rígida e incómoda y tenía las piernas cruzadas. El cabello tupido de Granger estaba fuera de su rostro, resaltando su inmaculada piel. Mirarla le trajo recuerdos de lo que le había dicho en el hospital. No se había permitido pensar en la relación de Granger y Potter o incluso en la concepción de Matthew; de hecho, no quería pensar en eso en absoluto. Probablemente fue mucho más complicado que la historia que contó; todo lo demás en su vida funcionaba de esa forma. Aun así, entrecerró los ojos, no con malicia, ella era como un laberinto que estaba tratando de atravesar por primera vez.

Por lo que recordaba de la foto que le había devuelto, las dos cosas que Matthew heredó de su padre eran parte del color de sus ojos y su cabello desordenado. Todo lo demás vino directamente de su madre. Sí, era el hijo de su madre en todos los sentidos. Ahora estaba deliberando sobre si encontraba a la Granger sentada frente a él tan atractiva como la Granger de la foto.

El pensamiento fue lo suficientemente alarmante como para sacarlo de su ensoñación.

Sus ojos se dirigieron una vez más a Granger solo para ver si lo había sorprendido mirándolo y descubrió que ella no se dio cuenta. Lo que sea que estuviera mirando debía de ser muy interesante porque no miró en su dirección. Y cuando lo hizo, fue solo porque la mesera les entregó sus pedidos.

Granger tomó un sorbo de su chocolate caliente y le dio un mordisco a su pastelito. Parecía como si hubiera librado una batalla interna hace solo unos momentos.

—¿Por qué no estás en el Ministerio hoy?

—Me tomé el día libre —respondió casualmente.

Ella asintió.

—Oh —soltó.

—¿Por qué no estás en el trabajo?

—No trabajo los jueves.

Draco frunció el ceño.

—Bueno, ¿por qué no?

—Solo trabajo tres días a la semana, de lunes a miércoles —ella le dijo—. Es porque estoy haciendo trabajos privados o trabajo de campo; ambos son agotadores. Además, después del incidente de la mansión Marquette, mi jefe me ha sacado del trabajo de campo hasta que termine con la fisioterapia y me haya recuperado por completo. No creo que le guste mucho, pero me está pagando demasiado como para enviarme al campo donde puedo lastimarme aún más.

—¿Ya perdonaste a Potter?

—No.

El adolescente interior en Draco Malfoy se rio entre dientes con júbilo, mientras que el hombre adulto tomaba un sorbo de café.

—¿Quieres hacerlo?

Ella se encogió de hombros con rigidez, pero habló con calma.

—Algún día.

—¿Por qué te odia tanto?

—Es como la fábula que le conté a tu madre el primer día en el restaurante; la fábula del zorro y las uvas.

Draco no sabía de qué demonios estaba hablando. Recordaba el momento, pero estuvo demasiado ocupado tratando de procesar cada palabra que ella había dicho esa tarde como para captar completamente la fábula. Otro silencio se apoderó de ellos. Draco permaneció pensativo mientras Granger tamborileaba los dedos al ritmo de la música. Finalmente, dejó de intentar recordar la historia completa sobre el zorro y las uvas.

En cambio, su mente vagó en otra dirección. Había leído un artículo en su archivo sobre cómo ella era una destacada rompe maldiciones en Europa.

—Si no te importa que te pregunte, ¿cómo ganaste tanto prestigio en el negocio de romper maldiciones cuando tenías a Matthew en casa?

Granger lo miró fijamente por un momento antes de inhalar.

—No voy a decir que fue fácil y que floté hacia la maternidad con facilidad, ni siquiera voy a decirte que todo fue sol y margaritas. Tenía dieciocho años cuando descubrí que estaba embarazada y diecinueve cuando nació Matthew. Yo era, de alguna manera, una niña. Me había alejado de todos, incluso de Pansy.

—¿Por qué no le dijiste a Pansy?

—Ella tenía sus propios problemas para superar y esa es la verdad.

Draco tomó un sorbo de su taza de café recién hecho.

Granger tomó un sorbo de su humeante chocolate caliente antes de continuar.

—Estaba sola y asustada, pero decidida a hacer lo correcto por él —le dijo con un brillo de determinación en sus ojos y rápidamente continuó—. No sé qué hubiera pasado si no hubiera recibido la oferta del banco veneciano antes de irme a Australia. Tenía toda la intención de rechazarlos, pero cuando decidí quedarme con Matthew, rápidamente acepté su oferta.

Descubrió que estaba muy impresionado con ella.

—¿Qué hiciste allí?

—Me contrataron como aprendiz, no me pagaban casi nada y estudié para mis EXTASIS con un tutor que me proporcionaron.

—Pero, ¿qué hiciste para tener dinero?

—Había agotado mis ahorros personales durante la búsqueda de Horrocrux el año anterior, pero mis padres me habían creado una pequeña cuenta de ahorros que podría obtener cuando cumpliera diecinueve años. Así que usé ese dinero para comprar una casa, amueblarla, pagar todos los gastos médicos porque visita solo un médico muggle y prepararme para tener un hijo. Guardé un poco para emergencias y una vez que tuve a Matthew, vivimos de mi paga como aprendiz. Era muy sacrificado; solo tenía lo suficiente para pagar las cosas de Matthew y una niñera, que resultó ser una bruja. Casi tuve que despedirla porque no tenía el dinero para pagarle, pero ella se apiadó de mí y por un tiempo se quedó gratis... Y cuando me contrataron como una rompe maldiciones permanente, le devolví todo lo que le debía y más.

No había mucho que pudiera decir.

Afuera, un trueno crepitó.

—Yo estaba allí para él durante las mañanas, la niñera se quedaba con él durante el día y yo llegaba a casa todas las tardes a la misma hora. Nadie, excepto mi jefe, sabía sobre Matthew y yo quería que siguiera siendo así. Amaba mi trabajo, pero amaba más a mi hijo y no asumí ninguna tarea que me impidiera llegar temprano a casa. Parecía que cada pocos meses recibía un ascenso y para cuando llegó su segundo cumpleaños, yo estaba a cargo de todas las operaciones bancarias y estaba haciendo trabajos por contrato privado.

Draco asintió.

—Para ser honesta, no sé cómo lo equilibré todo, pero me las arreglé. Nos las arreglamos a través de enfermedades y todo —terminó, pero su voz había perdido su fuerza anterior. Los ojos marrones miraron fijamente su taza de chocolate caliente. Podía decir que ella luchaba por contener las lágrimas.

Draco se aclaró la garganta, incómodo.

—Yo lo…

—No quiero tu lástima, Malfoy. Aparte del hecho de que es un tema extremadamente doloroso, esa es la otra razón por la que no hablo de él ni de mis padres. No necesito tu lástima; no la quiero. Tengo suficientes personas en este mundo que se compadecen de mí, incluyéndome a mí misma y no necesito que te subas al tren.

Aturdido por su vehemencia, la miró desde el otro lado de la mesa. Su respuesta fue fría y brusca.

—No lo hago, Granger. No te compadezco. En todo caso, siento empatía. Estoy seguro de que tu gran cerebro puede comprender el concepto de que la compasión y la empatía son dos cosas completamente diferentes.

Granger parecía perpleja.

—Yo…

Draco bajó la voz y los ojos.

—De nuevo, deja de estar tan malditamente a la defensiva. Es bastante molesto.

Otro silencio cayó entre ellos. Granger se quedó mirando su taza mientras Draco terminaba su bollo.

—¿Cuándo se enfermó? —preguntó y como siempre, no pudo entender por qué hizo esa pregunta.

Por supuesto, volvió a ponerse a la defensiva.

—¿Por qué quieres saberlo?

Ya había tenido suficiente.

—Creo que hemos superado la desconfianza y creo que hemos superado las teorías de conspiración —escupió Draco con frialdad y continuó en un tono que era una mezcla entre molestia y desapego—. Creo que he probado que no voy a correr y contar tu historia. Creo que hemos llegado al punto en que puedo decir con seguridad que no te odio. Además, Pansy y mi madre inventarían maleficios para usar en mí si alguna vez te hiciera algo malo.

El siguiente silencio fue un poco más incómodo que el anterior. Granger mordió su pastelito y masticó con dificultad mientras Draco se bebía el resto de su café caliente.

Una sonrisa triste apareció en su rostro cuando una lágrima rodó por su mejilla y cayó sobre su chocolate caliente.

—Casi muero al darlo a luz y él nació enfermo... Tenía un soplo en el corazón y lo operaron de inmediato. Me dijeron que debía darlo en adopción; que una niña de diecinueve años y no podría criarlo sola, pero me negué. ¿Qué clase de madre renuncia a su hijo solo porque no es perfecto?

Su mente vagó de regreso a su propia madre y todos los sacrificios que ella había hecho por él… Y lo entendió. Simplemente la entendía.

—Superamos el soplo cardíaco notablemente rápido. Se recuperó muy bien, mejor antes de lo que anticiparon. Dijeron que no podría caminar sin perder el aliento, pero él corría constantemente. Dijeron que no podría hacer muchas cosas, pero las hacía todas. Jugaba al fútbol y montaba su triciclo constantemente. Todo fue normal hasta que cumplió dos años.

—¿Dos?

—Sí, parecía que se estaba deteriorando ante mis ojos. Estaba tan cansado, incómodo y débil. La niñera lo llevó al parque y se cayó; el moretón no desapareció durante un mes. Empezó a perder peso, no podía caminar derecho y tenía la visión borrosa. Y un día tuvo una convulsión y lo llevaron de urgencia al hospital. Todo lo que hizo falta fue un análisis de sangre. Tenía leucemia linfocítica aguda y necesitaba un trasplante de médula ósea. Traté de hacerlo de la manera mágica, pero es más o menos igual que la manera muggle. Así que me apegué a lo que conocía.

Draco se movió incómodo en su silla.

—Yo no era compatible y sabía que Harry lo era. Pensé en escribirle, confesarle todo y rogarle su ayuda para salvar a nuestro hijo, pero no pude. De todos modos, no tenía que hacerlo, porque rápidamente encontraron un donante; obtuvo la médula que necesitaba. Lo iniciaron en la quimioterapia y tres meses después, estaba en remisión. Pensé que estábamos a salvo, que estábamos libres… De leucemia. Pero no estábamos a salvo del tumor.

—¿Tumor?

Ella asintió solemnemente.

—Verás, la convulsión anterior fue causada por el tumor, no por la leucemia; ellos encontraron la leucemia primero. Así que cuando encontraron el tumor solo unas semanas después de su tercer cumpleaños, lo volvieron a poner en radioterapia. Fue tan reacio como sería cualquier niño de tres años, pero era realmente valiente. No podía notar que estaba enfermo, nada en su personalidad había cambiado. Para ese momento, podía permitirme traer a un sanador privado para ayudarlo y lo hice. El Sanador ayudó a prolongar su vida y mantuvo su cabello. Pero el tumor nunca dejó de crecer. Estaba en una parte peligrosa, no lo podían operar y pronto me dijeron que comenzara a hacer los arreglos. Y fue entonces cuando le escribí a Pansy.

Conocía el resto de esa historia. No necesitaba oírla de nuevo.

Parecía que su respeto por ella se cuadruplicó en la última media hora, para ser honesto consigo mismo, no podía comprender todo lo que ella había experimentado. Tampoco quería hacerlo.

La paternidad no se le había pasado por la cabeza cuando tenía diecinueve años. La vida se trataba de limpiar su apellido, recuperarse de la guerra, lidiar con un padre en Azkaban y luchar para conseguir una noche de sueño. Granger no solo tuvo que recuperarse de la guerra y las tragedias personales que la siguieron, sino que también tuvo que ponerse en segundo lugar. Ella era madre, pero no cualquier madre; ella era la madre de un niño enfermo.

Y ella no se había rendido. Fue un testimonio de su carácter.

Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras miraba por la ventana. Ella no se molestó en limpiarlas.

Todo estaba en silencio entre ellos.

Otro trueno retumbó, el cielo brilló con la luz y todos afuera se apresuraron a buscar refugio mientras los cielos se abrían y lloraban con ella. Draco miró al otro lado de la mesa y pensó en decir algo, pero estimó que era mejor no decir nada en absoluto.

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Fin capítulo doce

Notas: ¡Hola! ¿Qué tal? Disculpen la tardanza, pero estuve fuera de la ciudad por temas médicos en los días en los que se suponía tenía agendada la actualización. Aunque ya estoy aquí y me pondré al día con las cosas que tendría que haber subido. No me voy a alargar mucho en estas notas, porque estoy algo cansada. Realmente espero que les guste esta nueva actualización. Y no se olviden de comentar, que ese es mi único sustento.

Nos vemos el próximo mes. Recuerden cuidarse mucho. Bye!

Link historia original: www . fanfiction s/4172243/1/Broken

Naoko Ichigo