Las malas noticias no llegan en días soleados.
Japón.
Taro Misaki tenía bien afianzada la idea de que las noticias tristes sólo podían llegar en días de lluvia o, en todo caso, por las noches, cuando el sol se ha marchado del cielo y la fría oscuridad se cierne sobre la Tierra. Él creía firmemente que la brillante luz del astro rey alejaba la mala suerte y que, por tanto, era imposible que un evento catastrófico pudiese ocurrir bajo sus rayos. Esta creencia la tenía arraigada desde que era muy niño, una superstición que bien pudo haber heredado de su padre, tan era así que cuando jugaba un partido de fútbol bajo la lluvia tenía que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no dejarse vencer por el pesimismo. No, las malas noticias no llegaban en días soleados, Misaki lo creía y lo aceptaba como una verdad incuestionable, tanto como que el cielo es azul.
Pero se equivocó.
Esa tarde era clara y bellísima, como pocas había por esas épocas. A través de la ventana abierta de su lujosa y bien amueblada sala se colaba el canto de los pájaros que alegraban al mundo con sus canciones incesantes, mientras una suave brisa veraniega agitaba las copas de los árboles y las mecía como si fuesen sus cunas. En el cielo despejado no había más que un par de nubes dispersas, nubes que no se convertirían jamás en lluvia pues estaban destinadas a deshacerse cual algodón fino en el aire. Sí, era una tarde hermosa, ¿quién habría podido pensar que ella tendría escondida entre sus horas semejante bomba?
– Sé que es difícil que lo creas, pero en verdad que estoy consciente de que he ignorado tus sentimientos durante mucho tiempo, Eriko –comentó Taro con toda la calma de la que fue capaz, tras hacer un enorme esfuerzo para alejar su atención de la tarde veraniega que lo tentaba con su hermosura–. Sé que te he lastimado más de lo que debería, más de lo que merecías, y que por lo mismo has llegado ya a tu límite. Sé que he sido un mal esposo últimamente pero quiero corregirlo, quiero ofrecerte todo aquello que es digno de ti, eso que no he sabido darte en estos años de relación.
Su subconsciente se rio a carcajadas cuando Misaki pronunció en voz alta las palabras "he sido un mal esposo últimamente" porque le pareció una broma descarada: Taro no había sido un pésimo marido últimamente, lo había sido prácticamente desde que se casó.
"Eriko siempre mereció algo mejor que tú…".
– No has sido tan mal marido todo el tiempo, Taro –repuso ella, con suavidad–. No la mayor parte del tiempo.
Tan mal esposo. No la mayor parte del tiempo. Eso significaba, por supuesto, que sí había sido un mal esposo al final de cuentas, sólo que no tan malo como él aseguraba que era. Sin embargo, con tantos años que llevaban de casados, aún un tiempo mínimo sería grande en proporción.
– No sé cómo sentirme al respecto – admitió Misaki, ofuscado, aunque después trató de sonreír–. Creo que lo dices para hacerme sentir menos miserable.
Eriko, su cónyuge desde hacía diecinueve años y madre de sus tres hijos, estaba sentada en su butaca especial, con los pies descalzos apoyados sobre su finísima alfombra blanca. Ella se jalaba con nerviosismo los escasos mechones de cabello que se apelmazaban en la nuca; sorprendentemente, tras llevarlo largo durante tantos años (prácticamente desde que Taro la conoció), Eriko había elegido cortarse el pelo sin remordimientos para dejárselo a la altura de las orejas, lo que debió de haber puesto a Misaki en alerta: no sería sino hasta mucho tiempo después que él se daría cuenta de que el que su mujer se hubiese deshecho de su hermoso cabello negro era una señal muy obvia que indicaba que ella había tomado una decisión muy drástica, del tipo de las que cambian la vida para siempre.
– No, lo digo en serio. –Eriko no le siguió el juego y se negó a suavizar la situación–. Me apoyaste durante los años en los que actué como lo que soy: una mujer caprichosa y posesiva. Otros se hubieran marchado en cuanto yo hiciera la primera rabieta, pero tú no te fuiste, nunca te separaste de mi lado ni siquiera en mis peores momentos y estuviste ahí cuando tuve depresión tras el nacimiento de Eijiro. Además, fuiste un padre maravilloso, lo sigues siendo, así que no te adjudiques errores que no hiciste.
– Pero sí debo aceptar los que sí cometí, ¿verdad? –continuó él.
– Exactamente. –Ella le lanzó una fría mirada–. Porque el que hayas sido un esposo increíble durante un tiempo no te exime de lo mal amante que has sido en los últimos años. Ni tampoco va a borrar el hecho de que me has destrozado el corazón.
Cuando quería, Eriko podía llegar a ser muy dura, por algo era una Wakabayashi. Taro se quedó callado, contemplando la alfombra blanca que Eriko tenía a sus pies, admirando sin pretenderlo sus finas uñas pintadas de rojo oscuro. Era una costumbre inevitable, cada vez que alguien le reclamaba por algo que él hizo mal (un pase errado, un penal fallado, la cancelación imprevista de un viaje prometido), Taro de inmediato miraba hacia los pies de esa persona, como si no fuese digno de verla a la cara. En ese momento, por la mente de Misaki cruzó el inoportuno pensamiento de que su mujer nunca dejó su costumbre de pintar sus uñas de rojo, simplemente fue variando el color a tonalidades más oscuras y sobrias conforme pasaban los años. Esto, al igual que el cortarse el cabello, era otra señal de que algo en Eriko estaba cambiando.
– Lo siento –se escuchó decir, en voz baja–. Nunca fue mi intención herirte.
Eriko enmudeció durante un largo rato, tanto que al fin Misaki se atrevió a levantar la vista y se dio cuenta de que ella estaba llorando. La mujer, al notar que había sido descubierta en un momento de debilidad, se obligó a continuar antes de que él quisiera consolarla, pues sabía que si permitía que Taro le mostrara algo de ternura, aunque fuese la más mínima, no seguiría adelante con la decisión que tantas lágrimas y noches de desvelo le costó tomar.
– No estoy tan segura de eso –replicó Eriko, con una dureza que jamás había empleado con él. Con otras personas sí, ella solía ser ruda y altanera con la gente que la rodeaba, pero con Taro Misaki jamás… hasta ese momento. Otro inequívoco signo de que la situación empezaba a cambiar, si es que no lo había hecho ya–. Creo que estabas muy consciente de que, si buscabas desesperadamente recuperar el amor de una mujer que alguna vez te amó y que no soy yo, ibas a terminar lastimándome a mí, que he sido tu esposa desde hace casi dos décadas y que soy la madre de tus tres hijos. Te he perdonado muchas cosas, Taro, pero no permitiré que finjas inocencia en algo que no tienes.
Sus palabras fueron como dagas afiladas que se clavaron en el cuerpo de Misaki, en su corazón, en su cerebro, en su hígado, en sus intestinos, en su piel; finas dagas que cortaban su ser en pequeños trozos que serían muy difíciles de volver a unir. En el fondo siempre estuvo consciente de eso, pero no fue sino hasta que ella lo dijo en voz alta que se volvió una realidad para Taro: Eriko siempre supo la verdad acerca de sus sentimientos.
Sí, era cierto, Taro le había sido infiel a Eriko con una mujer que él amó hacía mucho, muchísimo tiempo atrás, una francesita llamada Rika O'Hara que, para más señas, había sido su primer amor durante los años de adolescencia que Misaki pasó con su padre en Francia. Si bien Rika lo había querido de verdad y Taro a ella, cuando él regresó a Japón la relación se fragmentó debido a la distancia y a que, había que decirlo, Misaki conoció a Eriko. Ese triángulo amoroso podría haber quedado ahí, si no fuera porque, una y otra vez, la vida de Taro se entrecruzó con la de Rika a lo largo de los años y, cada vez que se veían, él se quedaba con la sensación de que había hecho algo mal, pero no fue sino hasta que ella se enamoró de otro hombre y decidió cortar toda relación con Misaki que él se dio cuenta de la verdad de sus sentimientos. Bien dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido.
Sin embargo, él estaba seguro de que también amaba a Eriko así que, ¿podría considerarse que ésa era una infidelidad? Ni siquiera hubo algo sexual, pues Misaki jamás se habría atrevido a engañar a su esposa a ese nivel, pero sí debía admitir que continuaba guardando para Rika los resquicios de un amor ardiente de juventud, tras toda una vida de estar separados y en donde ambos se casaron con otras personas y tuvieron hijos. Taro no sabía cómo podía ser posible, pero la crisis de la mediana edad lo golpeó en el pecho en forma del recuerdo de un amor del pasado y no lo dejó en paz a partir de ese momento, tuvieron que pasar muchas noches en vela y muchas tormentas de celos para que él reconociera que seguía queriendo a Rika de una manera irracional, al punto en el que si ella le hubiese pedido que le hiciera el amor, Taro habría cedido sin detenerse a pensar ni un momento en Eriko. Sin embargo, el karma lo había castigado duramente pues, si bien Misaki todavía seguía amando a una mujer que él despreció hacía muchos años para darle su favor a Eriko, Rika no guardaba por Taro ni siquiera los restos de un cariño fraternal. Ella había rehecho su vida al lado de Sasha Medvid, un hombre que, maldita sea, la amaba con locura y a quien ella adoraba con la misma intensidad, eliminando en el proceso y sin culpa ese sentimiento infantil que llegó a tener por Taro. Así pues, en esos momentos en los que su mundo amenazaba con derrumbarse, Misaki experimentó con fuerza el doble golpe mortal: había perdido a Rika y, al parecer, había perdido también su matrimonio con Eriko.
"No todo está perdido todavía", le aseguró una vocecilla muy cínica. "Eriko siempre te ha perdonado todos tus errores porque te ama más allá de la razón".
Tal vez debido a esto, Taro conservó la esperanza de que las cosas pudieran resolverse y llegar a buen término; al fin y al cabo, ésa era una tarde en donde el sol brillaba con todo su esplendor y las malas noticias no llegan en días soleados. Eriko era ruda, sí, era orgullosa, también, pero quedaba claro que todavía lo quería, Misaki podía verlo reflejado en su mirada.
Y entonces la bomba estalló.
– Quiero el divorcio, Taro –anunció Eriko, con voz fuerte y clara.
Sin poder creer lo que acababa de escuchar, Misaki la miró a la cara. Sus ojos negros ya estaban secos y poseían la fiera determinación que tanto caracterizaba a los Wakabayashi, lo que le hizo saber al hombre que su todavía esposa estaba hablando en serio. El tiempo se detuvo en ese momento y Taro sólo pudo pensar en una cosa: "¿Así se habrá sentido mi padre cuando le pasó esto a él?".
– No puedes estar hablando en serio –musitó él, aturdido–. Sé que he cometido errores pero, ¿el divorcio?
– Debí pedírtelo hace años –repuso Eriko, ya sin dolor en la voz–. Sabes que es lo mejor para los dos. Tú no puedes olvidarla a ella y yo no estoy dispuesta a seguir siendo tu plato de segunda mesa. Es doloroso, es triste, es detestable, pero es la verdad y no puedo seguir fingiendo que no la veo. Hace algunos años te habría odiado por esto, pero ahora sólo siento lástima por mí misma por haberlo aguantado durante tanto tiempo.
"Se acabó", susurró una voz al oído de Misaki, ya sin rastro de cinismo. "Sabías que esto iba a suceder, tarde o temprano, porque Eriko no es del tipo de mujer que deje pasar una infidelidad como la tuya. Te mereces esto y mucho más, jugaste con el amor de dos mujeres durante muchos años y ahora es justo que te quedes sin ninguna de las dos".
Inconscientemente, Taro miró por la ventana con una angustia que le estaba resultando muy difícil de contener. Eso seguramente era un error y en cualquier momento su esposa le diría que había estado bromeando, a pesar de que Eriko nunca bromeaba y que jamás reconocía haberse equivocado, aunque lo hubiera hecho.
"¡No! ¡Las malas noticias no llegan en días soleados!".
Pero ya desde antes de que acabara de formular este pensamiento idiota en su mente, él ya había captado el movimiento que hizo Eriko al levantarse de su asiento, caminar con paso lento hacia una mesita cercana, en donde estaba su bolso, para buscar algo en su interior y ofrecérselo a Taro. Él tomó el objeto sin estar plenamente consciente de lo que hacía y vio que se trataba de la tarjeta de presentación de un abogado, antes de que Eriko lo mirara por última vez.
– Adiós, Taro. –Ella todavía tuvo el suficiente temple para darle un beso en la mejilla.
Misaki no pudo reaccionar y vio cómo Eriko se alejaba para salir por la puerta, para salir definitivamente de su vida, siguiendo los pasos de Rika, haciendo lo mismo que hizo su propia madre, y lo dejó atrás, tal y como hicieron ellas en su momento. Y fue entonces que se dio cuenta de que había cometido un error muy grande…
Pero ya era demasiado tarde para corregirlo. Esta vez, de manera definitiva, Taro Misaki se había quedado completamente solo.
Fin.
Notas:
– Taro Misaki pertenece a Yoichi Takahashi ©.
– Eriko Wakabayashi y Rika O'Hara pertenecen a Lily de Wakabayashi.
– Sasha Medvid pertenece a Elieth Schneider.
– En el manga de Captain Tsubasa, fue Ichiro quien le sugirió a su esposa que se divorciaran, pero cambié esto para hacer un paralelismo con Taro y Eriko.
– Edité este relato para convertirlo en one-shot y sustituir a "Historias cortas sobre el desamor", que estaba planeado para ser un fic con varios capítulos. Pensaba escribir seis cuentos para contar la historia que tengo para Taro Misaki en mi universo (alcancé a publicar cuatro y tenía listo otro), pero ya desde el segundo relato me di cuenta de que me había embarcado en un proyecto para el que no tenía energías ni un estímulo real, además de que noté que no me iba a bastar con seis cuentos y que tendría que prolongar el asunto mucho más allá de lo que lo había planeado; esto me hizo postergar el proyecto por falta de tiempo y ahora que ha pasado más de un año de haberlo pausado, puedo admitir que no tengo motivación para escribir un fanfic largo de un personaje que ya no me entusiasma tanto. Así pues, decidí dejar esto como one-shot y borrar los otros relatos ya publicados, creo que el primer cuento funciona bien por sí solo y además es el que más me gustó de los que alcancé a escribir.
