Henry tenía razón, era una tarde hermosa, Robin y Regina habían caminado un rato por el pueblo y estaban sentados junto al estanque que les recordaba sus primeros paseos juntos. Regina tenía la cabeza recargada en su hombro mientras observaba el agua.

-Tenemos que irnos- soltó Robin de pronto –Sígueme.
En cuestión de minutos llegaron a las orillas del bosque. Se detuvieron frente a un árbol donde había una flecha clavada.

-Es por aquí- dijo él apretando un poco sus manos entrelazadas.
Conforme se adentraban más en el bosque, encontraban más flechas clavadas en los árboles, al parecer ellas marcaban el camino. Siguieron pequeños senderos que en ocasiones perdían, pero Robin parecía saber perfecto a donde iban.

Pasaron media hora caminando hasta que llegaron a un árbol particularmente grande, en él se encontraba una flecha más pero en esta ocasión colgaba de ella una pequeña canasta.

-Necesito que te cubras los ojos- dijo Robin mientras sacaba una pañoleta de la canasta

-¿Qué tramas Locksley?- preguntó Regina sonriendo confundida.

-Es una sorpresa- respondió Robin misteriosamente.

Regina cubrió sus ojos, sintió como Robin la sujetó por los hombros mientras la dirigía unos metros más adelante. Regina trataba de usar sus sentidos para saber a dónde iban. El aire era fresco, inundado por el tranquilo sonido de las aves, el olor le recordaba a él.

Se detuvieron, Robin se paró frente a ella y desató la pañoleta. Cuando ella abrió los ojos se encontró con lo que podía ser lo más romántico que había visto.

-¿Te gusta?- preguntó Robin nervioso.

-¿Es una broma? ¡Lo amo! Nunca nadie había hecho algo así por mí- respondió ella emocionada.

Era un claro en el bosque, en el centro se encontraba una mesa de madera cubierta por un impecable mantel blanco con sillas blancas a los lados. La mesa estaba preparada con una cena para dos adornada con flores frescas. Alrededor, sujetas en los árboles colgaban series de velas que alumbraban con una luz tenue ese perfecto atardecer.

-Buscamos el lugar más hermoso del bosque para ti- interrumpió Robin, llevándola hacia la mesa.

-¿Buscamos?- preguntó ella sospechando la respuesta.

-Sí, Henry y Roland ayudaron- contestó con una gran sonrisa.

-Entonces… por eso se comportaban tan raro- exclamó Regina aliviada.

Los amigos de Robin ayudaron a servir la cena y amenizar el ambiente con música. Antes de que pudieran darse cuenta llegó la noche. Al terminar su cena siguieron bebiendo vino y platicando, de pronto Regina comenzó a contemplar la noche y se dio cuenta que tenía mucho tiempo sin admirar con tanta calma el cielo nocturno.

Cuando bajó la mirada, Robin se puso de pie y le tendió su mano invitándola a levantarse. Regina lo siguió sin preguntar.

-Gina, eres la mujer más increíble que he conocido- dijo Robin tomando sus manos –siento una conexión contigo que no tuve con nadie más, como si nos conociéramos de otra vida. Nuestro destino es estar juntos, ya no puedo imaginar mi vida sin ti y por eso quisiera saber…

Al momento que dijo esto, metió su mano en el bolsillo derecho y sacó una pequeña caja de madera tallada, la puso en su mano y la extendió hacia Regina. Ella tomó la caja, la abrió y encontró un anillo plateado con una piedra verde. Mientras Regina abría la caja, Robin se arrodillo frente a ella.

-Regina Mills, ¿te casarías conmigo?

Regina admiro todo a su alrededor, la cena, el bosque, el anillo y ese maravilloso hombre frente a ella dispuesto a pasar el resto de su vida juntos. La respuesta llegó clara, sin dudas.

-Sí, ¡claro que sí!- expresó con entusiasmo arrodillándose también.

Robin tomó el anillo, se lo puso a su prometida y le dio un tierno beso en la mano.

-Perdón si el anillo no es tan bonito- señaló apenado.

-¿Qué dices? Es perfecto- respondió ella admirando la joya en su dedo.

Se levantaron del suelo húmedo sin soltar sus manos, se abrazaron y Regina se acercó a él para besarlo. De pronto, uno de sus hombres comenzó a tocar una suave melodía.

-¿Bailas?- preguntó ella señalando una parte del claro.

-Contigo, siempre- respondió Robin tomando a su amada y llevándola suavemente con la música.

Se abrazaron y siguieron el ritmo lentamente. Y así se quedaron un buen rato bailando, con la poca luz que ofrecían las velas, sin preocupaciones, disfrutando de su compañía, disfrutando del momento. Bailando bajo las estrellas.