Declaración de responsabilidad: Ranma ½ es de propiedad de Rumiko Takahashi. Hago esto por diversión, no me demanden, soy pobre.

Símbolos:

-Palabras habladas.-

Pensamientos.

"Palabras con énfasis o énfasis en ella, como burlas o amenazas".

GRITOS.

= 0 =: Cambio de escena.

¿Puede su amor ser tan fuerte que traspase las barreras del tiempo y el espacio? Predestinados a estar juntos, a pesar de todo y de todos.


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YUANFEN

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Capitulo anterior:

Muy bien, ¡buenas noches Ranko! — Y le hizo una pequeña inclinación de cabeza.

¡Buenas noches Princesa!

Las dos doncellas siguieron a la princesa Akane una vez que dejaron a Ranko en las puertas de las piscinas de aguas termales. Ranko revisó si había alguien más en el lugar y maldijo por lo bajo al darse cuenta que le habían dejado el famoso vestido, al menos era de un color oscuro y muy simple. Doncellas odiosas, eligieron lo más barato, ¿por qué me odiaron tanto?

¡MALDICIÓN!

Ahora, ¡¿cómo saldré de aquí?! Golpeando con sus palmas abiertas sobre el agua caliente.


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Capítulo 10: "Castigo".

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Se metió rápidamente en el agua caliente, sintiendo el cambio en el tamaño de sus huesos, dejando inmediatamente el frío atrás. Quiso relajarse un momento introduciendo el resto de su cuerpo y dejando a la vista solo sus ojos como un cocodrilo esperando por su presa por si ingresaba alguien, pero no tenía caso, debía salir rápidamente de ahí.

Ahora sí se complicaba todo, ella era una princesa.

Y no cualquier princesa, era una Tendo.

¿Por qué los dioses lo odiaban tanto? Sin darse cuenta se giró, dándole la espalda a la puerta.

— ¡QUIETO AHÍ SAOTOME! — Gritaron, paralizando al hombre de húmeda y trenzada coleta.

Había sido descubierto como un tonto tomándose un baño en vez de escapar. Se dio la media vuelta lentamente con las manos en alto como se lo pidieron, al menos tenía la posibilidad de conocer a sus captores y grabarse sus rostros para buscarlos en el infierno.

Los miró con profundo rencor, haciendo tronar sus dedos.

Apretó los dientes con rabia.

Ahí frente a él estaban esos dos idiotas que acababan de darle el susto de su vida.

—De saber que solo quería un baño termal hubiésemos buscado alguna terma más cercana a nuestro reino Alteza, JAJAJAJAJAJ. – Se carcajeaban los muchachos mirando el rostro iracundo del príncipe.

— ¿Están locos? Casi me mataron del susto. — Salió del agua y los golpeó fuertemente en la cabeza. — ¿Alguien los siguió? — Se vistió lo velozmente, mientras escuchaba las respuestas.

—Por supuesto que no alteza, no hay nadie en esta ala del palacio.

—Le traemos algunas prendas de vestir, salvo que prefiera las de la princesa. Pudimos notar su accidente. — Daisuke le codeó el estómago suavemente cerrándole un ojo.

— ¿Accidente? ¿Dónde estaban cuando pasó?

— ¿A su lado?

— ¿En el techo?

— ¿Qué? ¡Miserables! Y yo buscándolos como idiota.

—Ajajajajja, no sea odioso príncipe, estoy seguro que prefería la compañía de la princesa a la nuestra hace un rato.

—Daisukeeee…— El príncipe arrastró cada vocal con rabia.

—Bien, bien, podríamos mirar por el lugar. — Le respondió el muchacho como si nada.

— ¿Estás loco Dai? ¿Quieres morir? Estamos en la mismita boca del lobo feroz, llenos de dientes muy afilados, esperando devorarnos en cualquier momento, debemos salir de aquí ahora. — El pelicorto lo decía rápidamente, un poco nervioso por encontrarse en un lugar completamente desconocido y de los enemigos.

—Hiroshi, Daisuke, gracias por acompañarme. — El príncipe se asomaba por la puerta mirando el largo pasillo en busca de algún guardia, perfectamente vestido de negro.

—No se preocupe su alteza, para eso estamos. — Respondieron llenos de orgullo los muchachos.

— Miraremos alrededor, nunca se sabe si necesitaremos venir otra vez algún día.

— ¿Usted cree?

— Claro que sí, ¡vamos! — Y salieron mezclándose con la sombras.

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Sonó el tambor mayor con un redoble e inmediatamente los sirvientes se desparramaron por toda la Corte del Palacio repartiendo los más exquisitos manjares. Estaban presentes todos los cancilleres de las provincias aledañas, también los altos magistrados, Generales Veteranos y sus hijos varones jóvenes.

Siempre es bueno estrechar los lazos con la realeza y qué mejor que la expectativa que alguno de los apuestos jóvenes formaran parte de la familia real más querida y apreciada en años del Reino.

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Soun miró a la gran cantidad de personas presentes en el Palacio para la ceremonia, pero en días como este no podía dejar de pensar que se encontraba solo ante la multitud. Sin ella los días se mantuvieron siempre grises, había pequeños destellos de felicidad que solían regalarle sus hijos, pero no era lo mismo.

Desde que La Reina madre Kimiko había fallecido [siendo ésta muy joven], el pueblo había tenido un especial afecto por sus herederos. Ella no solo era hermosa, a diferencia de otros miembros de la familia real, solía escaparse y merodear por las calles de los distintos Reinos que visitaba desde muy joven, reír con sus habitantes sin ser descubierta por los pobladores ni por su padre, el Emperador. Uno de sus destinos favoritos: el Reino de Nerima.

Cuenta la leyenda que solía soñar despierta con que sus hijos conquistarían el mundo y traerían la paz al Imperio, siendo el Emperador su principal oyente, escuchaba con especial entusiasmo de sus travesuras sin inmutarse. Contándole "los sueños que tenía por las noches". Jamás se dio cuenta que por mucho que creyera que escapaba sin ser descubierta, alguien siempre resguardaba su seguridad.

Las prosperas tierras de antaño, se habían convertido en campos de batalla que dejaban manchadas de sangre cada pueblo, condenándolos a un futuro incierto y con ello a sus descendientes. Dejando a su paso a poblaciones enteras diezmadas y empobrecidas.

Entre los más amenazados, se peleaban el primer lugar los miembros de la familia real, siendo los blancos predilectos de continuos ataques por los Daimyos que buscaban hacerse con el poder.

Sin ir más lejos, el príncipe heredero Akihito, el hijo mayor del Emperador fue emboscado y obligado a cometer Sepukki brutalmente frente a sus propios hijos, para después ser asesinados todos en su castillo. El Emperador al conocer esta noticia decidió que ninguno de sus hijos abandonara el Palacio, cortando de lleno con las aventuras de la princesa.

Los caminos que nos presenta el destino siempre son desconocidos, y más aún para un Emperador preocupado de sacar adelante un Imperio que estaba en constante ataque, no se dio cuenta cuando la más pequeñas de sus hijas había dejado sus travesuras infantiles para convertirse en una mujer llena de sueños románticos, cuyo corazón fue inmisericordemente robado por un humilde muchacho.

Desde sus primeros escapes en la niñez, nunca había tomado atención a ningún joven en especial, pero una vez, mientras escapaba de unos sujetos vio a un hombre delgado que utilizaba algunas acrobacias que llamaron su atención. Lo buscó durante días hasta poder localizarlo a las afueras del pueblo, junto a otro muchacho y su anciano maestro. Se contentaba con verlo correr de aquí allá detrás de un viejecillo que lo formaba en las artes marciales, para convertirse en el futuro cercano en Samurái.

Desde que lo conoció sus escapes solo tenían un destino, mirarlo escondida entre las hierbas llenas de rocío de la mañana, a veces acompañada de una de sus amigas, Nodoka, la que siempre solía aburrirse, pero que la acompañaba de todas formas.

Podría pasarte algo, le decía Nodoka y jamás abandonó su lado.

Una de esas mañanas, como cualquier otra, la joven e intrépida muchacha fue descubierta por el hombre que observaba con detenimiento. Este con un palo en la mano la hizo levantarse lentamente entre los arbustos, pero digna como toda su estirpe, salió de su escondiste con una de sus doncellas aterrorizada.

— ¿Qué hace ahí?

—Nada, solo… ¡Solo estábamos descansado!- Desvió el rostro ocultando su sonrojo, siempre había sido una mala mentirosa, pero tenía una voz tan bonita, pensó la chica.

— ¿A las siete de la mañana? —El joven la miró extrañado.

—Sí señor, somos forasteras.

—Ohh, entiendo, ¿quieren desayunar? No tengo mucho, pero puedo compartir algo para engañar al estómago por el momento, mi compañero se llevó parte de mis alimentos. — Le dijo sonrojándose de vergüenza, llevándose una mano detrás de la cabeza y agachando el rostro. Las invitó a salir completamente entre las ramas, dándose cuenta que eran tres muchachas y no dos como pensaba.

Las condujo donde tenía sus víveres cocinándolos en un pequeño brasero con una olla negra enroscada a unos palos sobre unos montículos de piedra. Las muchachas se miraron entre sí y la joven y enamorada princesa lo siguió de inmediato sentándose en un tronco…

Con la mala suerte que este se volcó haciéndola caer de espaldas al suelo. El hombre al ver la escena corrió inmediatamente a su lado, al igual que su doncella, siendo el primero más rápido.

— ¿Esta bien señorita? — Le preguntó el joven y producto de la cercanía notó por primera vez su hermoso rostro y se sonrojó furiosamente. Tragando saliva mientras le soltaba la mano luego de levantarla. La princesa se limpió el vestido mientras su doncella la ayudaba.

Ella asintió y lo siguió con la mirada, sentándose muy recta en el pedazo de tronco que había rodado antes.

El hombre la miraba de reojo mientras revolvía una mezcla vaporosa de algo en el fuego.

Claramente ella no es de por aquí.

Sus vestimentas ricamente cosidas y de telas que solían llevar los nobles lo evidenciaban.

— ¿Puedo saber su nombre señorita?

—YO…Sí, mi nombre es Kimiko.

—Mucho gusto Señorita Kimiko, mi nombre es Soun. — Se levantó e hizo una pequeña reverencia.

¡Qué nombre más lindo tiene! Pensaron ambos, sonriéndose mutuamente mientras el sol terminaba de posarse frente a sus cabezas.

Desde entonces, la muchacha nunca más volvió a mirarlo a escondidas en sus entrenamientos, solían juntarse en las tardes a pasear por los hermosos canales llenos de flores y tembladeras esparcidas.

Enamorándose.

Cada día más.

La muchacha era inmensamente feliz, pero sabía que le mentía. Ella deseaba con todo el corazón contarle que era la princesa del Imperio y que por eso mismo pronto tendría que dejar ese lugar y volver a la capital, con sus padres y hermanos.

—Soun, tengo que hablar contigo. — Dijo ella un día, mientras caminaban.

—Yo también contigo, Kimiko.

—Entonces habla tu primero, Soun. — Estaba que moría de los nervios.

—Está bien, Kimiko yo… Iré a la guerra.

— ¿Qué? ¡¿Cómo es posible?! — La princesa se llevó una mano a la boca, mientras trataba de controlar su acelerado corazón.

¡LA GUERRA, OH DIOSES, OH DIOSES!

—He sido reclutado Kimiko, es mi deber. — Soun la miró directamente a los ojos, sería un honor morir en la batalla, pero moriría mil veces con tal de lograr la tranquilidad para el pueblo y para ella.

—No, no puedes, ¡tú no puedes!

—Claro que sí, y lo haré. Y cuando regrese yo… Kimiko, cuando regrese… ¿Quieres casarte conmigo? — Le entregó un pequeño paquete muy bien envuelto en seda roja, ella lo abrió llenándosele los ojos de lágrimas. Era una hermosa peineta de plata finamente tallada que utilizaban como adornos las mujeres comprometidas, tenía la forma de la flor de loto en una de sus esquinas.

—Soun…Yo…—No sabía que contestar, estaba pasmada. Quería llorar de felicidad y tristeza al mismo tiempo, tanta ambivalencia en mi ser.

—Me convertiré en un hombre digno de ti Kimiko, prometo convertirme en el mejor soldado… Solo acepta ser mi mujer. — Se arrodilló ante ella y la miró esperanzado, sellando su promesa de amor eterno.

—No Soun… Tú no entiendes…

—No tengas miedo Kimiko, prometo volver, ¡debes creer en mí!

—Pero Soun…

—No digas nada más, me haré un hombre digno de ti y regresaré ¿me esperarás?

—Yo… Sí, Soun.

El hombre se arriesgó a abrazarla y lo hizo, con la inocencia de un niño y la mujer se sonrojó torpemente no sabiendo que hacer en un primer momento y le devolvió el abrazo, ocultando su rostro en su pecho mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. No pudo decirle la verdad, ella regresaría a la capital del Imperio.

¿Cómo podría cumplir su promesa?

Esa misma tarde Soun fue convocado a formar parte de las fuerzas imperiales para aplacar los intentos de invasión en las fronteras, pasó a formar parte de una de las más grandes legiones de soldados del imperio. Producto de su entrenamiento y gran destreza en el arte aprendido de su maestro y su largo camino como forastero había escalado con su dedicación, esfuerzo y lucha hasta las más altas posiciones dentro de su escuadrón, se había mantenido vivo a pesar del hambre, el frio y la muerte que lo acechaba a diario.

Su nombre se hizo conocido en todo el Imperio, por su resistencia durante diez días por refuerzos, con no más de veinte hombres, logrando acorralar a los extranjeros y atenuar su amenazas, exterminándolos de lleno y dando un gran golpe a las fuerzas enemigas. Había dejado en alto el nombre del Imperio y las fuerzas imperiales que aún mantenía a pesar de los años. Ayudó a mantener en pie el Imperio una vez más. Varios de sus amigos en ese tiempo habían muerto en el calor de batalla, muchos de ellos arriesgando sus vidas en pro de un bien superior, la paz del Imperio: que significaba la paz de los Reinos, o al menos eso querían creer los millares de soldados que perdían la vida en batalla, pero ahora por fin podía volver.

Luego de casi dos largos años de lucha, alejado del mundo que conocía y de la mujer que amaba, podía volver a su hogar, había conseguido su ascenso y con ello la posibilidad de abandonar el frente de batalla y sumarse a los grandes generales de guerra que desde la capital ayudaban al Emperador a controlar las provincias y reinos aledaños.

Al fin podía volver a ella y reclamarla como suya en matrimonio, pero antes debía recibir los reconocimientos de parte del mismísimo Emperador en persona, su legión de no más de veinte hombres había realizado una proeza del tamaño del Imperio, permaneciendo en paz gracias a su gran valor.

El Emperador Akiyama Tendo, un hombre de mediana edad, de nevados cabellos y delgado, con un bigote curvado y vestido de morados ropajes lo recibió encantado, haciendo una gran fiesta en su honor. El Emperador era considerado un hombre sabio, podía reconocer la valentía y humildad del joven que se presentaba ante sus ojos, desprendiendo un aura de gallardo samurái.

—Estamos reunidos aquí para celebrar la hazaña sin igual, de un hombre que con la ayuda de los dioses pudo torcer la mano al destino y convertir una derrota en la más aplastante de las victorias, aclámenos y brindemos honores al General en jefe Soun Himura y toda su legión.

Los hombres se arrodillaron ante el Emperador honrados y se emocionaron hasta querer llorar por tamaño homenaje, la gente a su alrededor los reverenciaban arrodillados.

—Estoy tan contento, y conmovido por su hazaña que concederé en matrimonio a las mejores concubinas del reino a tus hombres y a ti mi querido Soun, te comprometeré en matrimonio con una de mis hijas, elige cuál de ellas quieres para tu matrimonio. — Le señaló un grupo de cuatro mujeres que lo miraban con admiración.

Soun abrió los ojos conmocionado, él no podía aceptar esta proposición, pero si no lo hacía se consideraba como una ofensa al Emperador y con grandes probabilidades de ser condenado a muerte.

Kimiko…

—Emperador yo…

—No es necesario que elija padre, yo me casaré con él. — Del otro lado del lugar que había señalado el Emperador apareció una hermosa mujer vestida de gasas turquesas y cabellos azulados sujetos en un lindo moño adornado de palillos plateados, entre ellos, una peineta de flor de loto.

— ¿Qué haces pequeña? — El Emperador la miró confundido.

— ¡Kimiko! —Exclamó Soun.

—Padre…Emperador, yo deseo desposarme con él…— Kimiko Tendo se arrodilló cuando llegó cerca del Emperador y bajó su cabeza hasta el suelo suplicándole por ese honor.

El pueblo presente la miró consternado, la hija predilecta del Emperador se ofrecía a casarse con un plebeyo, un no real. No sabían qué pensar, no sabían si reír, llorar o aplaudir, decidiéndose finalmente por esto último. Todo el mundo explotó en aclamaciones y vítores ante la futura boda, la princesa del imperio única hija de la emperatriz había decidido su destino uniéndose a aquel hombre.

La mujer se levantó lentamente y se dirigió dónde estaba Soun, lo miró con lágrimas en los ojos y le dijo muy bajito.

—He cumplido mi promesa. — Y le sonrió, apretando su áspera mano.

A los pocos días se casaron y su historia de amor rompió las barreras del imperio. Era conocida por todos, Soun había adquirido el apellido del emperador y le habían sido donadas las tierras del reino de Nerima hasta que el emperador muriera y pudiera tomar el trono. Lamentablemente Kimiko había fallecido a muy temprana edad, dejando a sus pequeños hijos y su marido solos. El Emperador se había empecinado en seguir viviendo a pesar del dolor de su perdida, seguía siendo el mismo viejo tozudo, no dejaría el Imperio en manos de nadie que no fuera lo suficientemente digno o capaz.

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Soun se había perdido en estos recuerdos haciendo un barrido visual de las personas presentes sin verlas realmente. Las hijas de su primer matrimonio estaban en una parte de la sala esperando por la ceremonia, frunció las cejas y se preguntó dónde estaría la más pequeña, no la divisaba por ninguna parte, así que se dio el tiempo de arrastrar la mirada por todo el Palacio, lleno de personas disfrutando de las más finas exquisiteces.

En una de las esquinas podía ver a Ryu Kumon molesto, probablemente buscando a su pequeña hija, solía ponerle los pelos de punta al hombre. Lo había elegido para cuidarla porque sus personalidades contrastaban, se conocían desde pequeños. Ryu Kumon era hijo de uno de sus mejores amigos y mano derecha, era rudo y tosco, pero sabía que era un hombre fuerte, que de ser necesario sacrificaría la vida por su pequeña princesa.

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Ryu Kumon se movía como un león enjaulado de un lado a otro, buscando un momento para escapar. El rey Soun sonrió enigmáticamente ante su actitud, y entrecerró sus ojos, había sido descuidado al quitarle la escolta a su pequeña, pero era necesario. Akane había rogado que necesitaba respirar y que el hombre la sofocaba con su presencia.

Esa chiquilla era igual que su madre, medio suspiró - medio exclamó falto de aire ante su amado recuerdo.

El bombo sonó lejano y distraído como estaba no se dio cuenta de lo que alguien, la actual Reina, la concubina real Sadashi, seguía hablando de algo que se rehusaba a comprender, mientras tomaba un sorbo de vino.

Amargo, pensó, como mi vida desde que te fuiste Kimiko. Miró desolado el interior del pequeño contenedor del más fino de los vinos.

— ¡Princesa Akane!

Todos los presentes se levantaron y la reverenciaron mientras ella se dirigía rápidamente al lado de sus hermanas sentadas en unas mesitas bajas, de costado al Rey, seguida fielmente por sus dos damas. Ryu Kumon le levantó una ceja y se las frunció, la princesa solo le sonrió brillantemente.

Vestía un hermoso kimono de seda azul oscuro en la parte baja convirtiéndose al calipso claro en la parte de la cintura y su pecho, con flores plateadas en la parte inferior que se unían con pequeñas flores esparcidas por el vestido, su pelo negro azulado atado en un bello moño adornado con palillos de plata, con figuras de un dragón que terminaban en pequeños hilos de cadenas de oro.

— ¡¿Dónde te habías metido Akane?!- Le dijo Nabiki molesta.

—Por ahí, me atrasé.- Le respondió lo mejor que pudo fingiendo inocencia.

— ¿Atrasarte? ¡Estamos en la ceremonia más esperada del año por los dioses Akane!

—Lo siento. Ya estoy aquí. — Le sonrió de buen humor, disculpándose con su padre a lo lejos y con sus hermanas ya presentes, que asintieron en comprensión, su padre le devolvió el gesto, disculpándola. La reina Sadashi solo la miró sardónica, ignorándola después.

Sayuri tomó uno de los pequeños vasos que le dejaron para servir el vino, comprobando que este no estuviera envenenado. Tomó un sorbo y nada pasó después de unos instantes así que era seguro y lo dispuso para la princesa. Esta no siendo muy amante del mismo, lo tomó e hizo como que bebía, sin hacerlo realmente.

—Cof cof…— Dijo el maestro de ceremonias, llevando toda la atención de los presentes a él. — Ya que estamos todos presentes, quisiera dar inicio a la ceremonia de este año. Desde el lejano monte del miedo han sido conducidas hasta nuestro reino, iluminando el sendero que los dioses han escrito para hacer que nuestro reino florezca y se levante como un icono de nuestro imperio, le pedimos humildemente a las damas Itaku que nos revelen la voluntad del cielo.

Todos se pusieron de pie y acomodaron sus vestimentas en espera de la llegada de las mujeres, los sirvientes rápidamente quitaron las mesitas bajas donde se ubicaron antes los invitados, despejando completamente el lugar en cosa de minutos.

—Ohhh, Akane, ¡te ves hermosa! — Le dijo Leiko, mientras se levantaba para posicionarse cerca de la princesa. Se encontraba sentada a la mano derecha de Akane, sin embargo, el alago de sus palabras nunca llegó a sus ojos, ni mucho menos a su corazón.

—Gracias hermana. — Akane le sonrió, distraída y perdida en sus recuerdos, pensando en la joven de ojos azules idénticos a los del príncipe.

Una vez que se abrieron las puertas del salón numerosas mujeres ingresaron una a una, llenando el espacio vacío que habían despejado en el centro de la sala, acomodándose como podían.

Las mujeres Itako conformaban un grupo selecto, todas ellas ciegas, una categoría especial dentro del Imperio, que por sus atributos eran capaces de comunicarse con los dioses y conocer su voluntad, no solo poseían dones adivinatorios, eran médium, chamanes, entre otras particularidades. Eran dignas enviadas de los Dioses y poseedoras de la verdad revelada.

Vestían para la ocasión con un largo kimono blanco, amarrados por la cintura con un cordón café y descalzas, completando sus vestimentas con distintos collares de colmillos de lobos y otros animales. La mujer que las encabezaba tenía colgado a su cuello la mandíbula completa de un lobo.

Se acomodaron en un pequeño círculo en el centro del salón del Palacio Real. Una de ellas comenzó a tocar lentamente un bombo, mientras otra hacía sonar una campana. Las velas se apagaron mientras comenzaron a recitar una y otra vez oraciones desconocidas para todos, mientras lentamente la mujer con el collar de la mandíbula de un lobo hacía sonar una especie de pandero, buscando la comunicación de con los dioses, encendiéndose como por arte de magia unas pequeñas luces de colores, tal como luciérnagas en la oscuridad que se había convertido la estancia, solo se escuchó la exclamación de los presentes.

El ambiente se tornó irreal mientras la sensación de libertad, amor y felicidad se filtraba en sus corazones y convertía este suceso en un verdadero ensueño.

La maestra en sus más de ochenta años realizando los mismos rituales, soportado las más difíciles pruebas durante su rito de iniciación, y después memorizando miles de oraciones, todo ello sumado a su ceguera, nunca había logrado conexión alguna con una de las diosas superiores, hasta hoy.

La divinidad había respondido a sus llamados.

Después de al menos una hora de canticos y oraciones, el ritual había sido satisfactoriamente completado con la conexión de un dios con la maestra Itaku, la diosa Tenazuchi se había manifestado.

La asombró y sintió un estremecimiento en todo su cuerpo por el toque de la diosa en su mente, pudo ver claramente lo que intentaba trasmitirle, con la vista que no poseía viajó a otros tiempos, pero con un mensaje destinado a solo uno de los presentes. Por un par de segundos pudo ver con los ojos cerrados a todos los presentes y entre ese tumulto de gente a la persona que la diosa quería que llevara su consejo, pudo notar los hilos de luz que los unían. Abrió su boca en un gesto de sorpresa y estupor conociendo más allá de lo que pensaba que podía existir, torció el gesto y sus cejas escasas se arrugaron.

Agotada por la conexión desfalleció en el suelo, ante la mirada atenta de todos y fue ayudada rápidamente a ponerse nuevamente de pie por uno de los consejeros del Palacio. Se volvió ante el Rey, sabiendo exactamente donde estaba, arrodillándose frente a él, le hablo fuerte y claro.

— ¡Su alteza! No somos dignos de transmitir el mensaje de los dioses, pero es nuestro deber que ha sido revelado ante su interdicción. — Le dijo apresurada la anciana, pasando su mano por la mandíbula de lobo atada a su cuello para darse fortaleza.

El Rey no dijo nada, mirándola conmocionado, de todos los años que llevaban haciendo este mismo ritual, solo en este había sentido la presencia celestial que había hecho latir raudamente su corazón y sonrojado sus mejillas, llenándolos por un instante de una inmensa paz.

La anciana se acomodó lo mejor que pudo desde su posición sobre sus pies, siguiendo arrodillada y comenzó a relatarle una serie de eventos venideros para el reino, todos escuchaban entusiasmados los acontecimientos futuros narrados, hasta que se detuvo en uno en particular.

—Llegará el día que una doncella cabalgará en un salvaje corcel trayendo caos irracional y librándonos de todo mal, hará nuestro mundo más próspero llenándonos de esperanza, pero… Solo si logramos controlar la furia ardiente de su corazón no seremos consumidos por su dolor… La entrega de su alma una vez más en recompensa de sus búsquedas y pérdidas pasadas, logrando encontrar su lugar en el universo.

El Rey silente como los demás invitados, no se atrevieron a hacer ninguna clase de conjeturas acerca de lo escuchado. Era difícil poder encontrar sentido a esa profecía, probablemente algún mensaje encubierto de los dioses. ¿Qué clase de mujer se atrevería a luchar por el imperio? Al menos no en esta vida.

Las mujeres salieron silenciosamente tal como entraron, llevándose toda la mística de la ceremonia con sus silenciosos pasos sobre la madera. Las hijas del Rey se miraban unas a otras no sabiendo muy bien cómo interpretar las palabras de las Itaku, pero concordaron que algo había estado presente unos segundos antes.

El pensamiento de todos los presentes fue interrumpido por las tres palmadas dadas en el aire por el Rey, volviéndose todos a mirarlo.

—Hemos sido bendecidos por la visita de los dioses prometiendo prosperidad y paz para nuestro reino, es tiempo de celebrar estos magnánimos sucesos, a comer y que vuelva la música.

Todos los presentes volvieron a acomodarse en sus puestos nuevamente presentes en el salón real, esta vez la música se hizo más alegre, mientras una muchacha tocaba el arpa cadenciosas melodías para que unas cinco bailarinas vestidas de gasas de colores dieran vueltas en el mismo centro que habían estado las Itaku dando los designios para el futuro, movían sus pañuelos de gasas de colores floridos dándoles distintas formas mientras se contoneaban para no tocarse entre sí.

La fiesta seguía y comían todo clase de manjares que circulaban entre bandejas de oro y plata, pescados enormes, los trozos de carnes y verduras varias hacían de acompañamiento al suntuoso festín. Hoy era fiesta en el Palacio, y es lo único que importaba.

— Princesa Akane, ¿se siente bien? — Le dijo preocupada Sayuri, no había probado bocado y se había mantenido callada toda la ceremonia, perdida en sus pensamientos.

—Yo…me siento extraña Sayuri, quizá necesite descansar…— La mujer se tocó la frente, no podía quitar las mariposas de su vientre, había sentido el toque de la diosa, pero no era capaz de desbloquear en su mente lo que había tratado de decirle, parecía un código secreto que no podía descifrar ni comprender. Yuka la ayudó a levantarse mientras se excusaba para salir del lugar mirando a su padre.

— ¿Dónde va Princesa? — Tan pronto como se levantó la chica, más pálida de lo normal, Ryu Kumon había llegado a su lado a interrogarla acerca de sus acciones, Sayuri sacando a relucir toda su valentía, le contestó tajante:

—La princesa se siente mareada, necesita aire.

— ¿Es eso cierto princesa? — Pero no respondió solo lo miró con ojos opacos y con un color traslucido en su rostro, comenzando a sudar. ¿Estaba enferma? — ¿Comió algo? ¿Acaso es veneno? — Intentó tomar su mano, pero Yuka se lo impidió, deteniéndolo antes que siguiera pudiera concretar la idea en su mente poniéndose en el otro costado libre de la princesa.

—No, la princesa no consumió nada hoy, quizás eso la tenga enferma. Solo necesita aire y descansar, volveremos después. — Emprendieron su caminata con la disculpa a los presentes y el permiso de su padre para descansar, escoltada por Sayuri, Yuka y Ryu Kumon.

Habían sido demasiadas emociones por el día quizás.

La princesa estaba a punto de cruzar el umbral para salir cuando un hombre vestido de armadura plateada brillante irrumpió dentro de la sala.

— ¡SU ALTEZA, SU ALTEZA! — Corrió dirigiéndose frente a él haciendo ondear su capa en el aire mientras caminaba, arrodillándose frente al rey. — Perdone mi intromisión su alteza, pero tengo noticias urgentes del Reino Saotome.

—Habla ya. — El Rey pidió rápidamente.

—El Príncipe señor, ¡el príncipe Saotome está vivo!

— ¿QUÉ? ¿Cómo es eso posible?

—No sabemos muy bien cómo pudo sanarse, pero dicen que se trata de un milagro.

La princesa que aún no abandonaba el lugar sintió estremecer todo su cuerpo y se sintió a punto del desmayo ahí mismo, solo su fuerte tozudez la mantenía consciente, apretó el agarre en las muchachas que la miraron preocupadas ante las noticias del soldado.

—Pero encontramos al causante, alguien le suministró el antídoto su alteza, ¡tráiganlo, tráiganlo acá! — El comandante gritó y entraron dos hombres sujetando a otro con la cabeza tapada en una bolsa negra, este intentaba en vano liberarse, pero no pudo. Atado de manos y golpeado, fue sometido a numerosas torturas para que hablara, descubriendo finalmente la verdad.

El soldado de brillante armadura le quitó la capucha y vieron su rostro ensangrentado por la búsqueda de la confección.

— ¡Dile al Rey lo que sabes! ¡Habla de inmediato!

—Fue una mujer, una mujer ingresó al Palacio esa noche llevando el antídoto al príncipe y salvándole la vida.

La Princesa Akane cerró fuertemente sus ojos.

—Y ¿cómo sabes que fue una mujer?

—Por la forma en que cabalgaba su caballo, explícale al rey. — Volvía a exigirle al hombre el comandante.

—Salí esa noche a tomar un poco de sake con mis amigos y pude ver como una mujer descendía de las paredes del palacio Saotome y emprendía el rumbo en su caballo blanco.

— ¿Estás seguro de lo que dices? — Preguntó el rey con el miedo en sus ojos. El hombre solo asintió. — Pero, ¿quién?

—No es obvio su majestad, la única que posee un caballo blanco en este reino, único en su especie es la princesa Akane, ha cometido alta traición, merece un castigo digno a tal fechoría. — La apuntó donde se encontraba de espaldas al Rey. — El castigo por ello es la Muerte.

—MADREEE. — Grito Leiko, si bien ella quería un poco de castigo para la muchacha, no implicaba jamás su muerte, ¿es que su madre se había vuelto loca? ¿Acaso no sabía del amor que tenía el rey por su hija más querida?

— ¿Cómo sabemos que no estas mintiendo? Perteneces al Reino Saotome. — El Rey replicó solemne haciendo caso omiso a las palabras de la concubina real.

El hombre la miró con cara más blanca que las calas e intentó explicarse.

—Jamás culparía a la princesa por ello, era muy difícil que pudiera saber quién era en la oscuridad, podría ser cualquiera.

—AKANEE. —Dijo el Rey en un grito. Asustándola, siendo secundado por la misma expresión y dolor al pronunciar su nombre de Nabiki, Kasumi, y Ryu.

Todos los presentes dirigieron sus miradas a la princesa Akane, que en un primer momento se sorprendió, pero rápidamente todo control de sí misma, soportando el mareo y los deseos de vomitar. Apretó los puños, soltándose del agarre de los muchachos y volviendo la serenidad a su rostro.

Se dio vuelta con toda la dignidad que poseía en ese instante.

—Fui yo, Padre. — Y lo miró directamente a los ojos.

—Hermana tu no…— Dijo Kasumi llevándose una mano a la boca.

— ¡AKANE! — Nabiki contuvo el aliento. No era posible, Akane podría ser una cabezota, pero jamás una traidora.

Ryu se dio rápidamente la vuelta para tratar de comprender ¿qué diablos había sucedido, esta chiquilla era una deshonrosa traidora?

¡JAMÁS!

La conocía más que nadie de este reino, era absurdo. Habían crecido juntos y si de algo estaba seguro es del amor de la niña por el Rey y el reino, por mantener la tradición familiar, a la que había sido siempre relegada a practicarla escondidas, pero cometer alta traición.

¡Era un absurdo!

Maldita serpiente indiciosa de la concubina real, madre de Leiko. Todos sabían que odiaba a Akane, pero esto era demasiado a hasta para ella. Era algo abominable lo que intentaba adjudicarle.

—Tiene razón señor… — Intentó grabar su cara en su cabeza, jamás lo había visto por aquí o los alrededores, pero… — Yo le di el antídoto.

—AKANEE. — Exclamó el Rey asustado y tembloroso.

— ¡Princesa no mienta! ¡Eso es imposible! — Dijo enfurecido Ryu.

Y lo siguieron en exclamaciones Nabiki y Kasumi.

— ¿Por qué hizo eso princesa?

— ¡Traición!

— ¡Merece la muerte! — Volvió a interrumpir ante la corte la concubina real.

— ¿Es que no te das cuenta de lo que hiciste? ¡Comprometiste a todo el reino por tu acto de rebeldía! ¿Cómo pudiste hacernos algo así hermana? — Leiko intentaba llorar desesperada para demostrar el amor que tenía por el pueblo y el reino.

— Solo salve la vida de alguien que salvó la mía, mi deuda esta saldada Pa… Su alteza, era una cuestión de honor, entiéndame. — Humildemente bajó la cabeza, agachándose en el proceso para inclinarse ante el Rey y arrodillarse.

— ¿Honor? Ayudaste al enemigo malcriada. — Le gritó la reina Sadashi. — Y nos has puesto en peligro a todos nosotros.

—Su alteza, tiene que creerme. Jamás traicionaría a mi familia, lo que se me acusa es un error.

—No…— Soun no sabía qué pensar de todo esto.

— ¿Creerte? ¡JA! Haz cometido un acto que solo puede pagarse con la muerte. — La apuntó malévolamente con una sonrisa adornando sus labios rojos. — ¡Sujétenla y llévenla a la horca! — Los guardias no sabían qué hacer, intentaron acercarse a la princesa, pero no se atrevieron a tocarla haciendo un circulo a su alrededor y acorralándolos a los cuatro.

—Princesa, quédese detrás de mí. — Ruy Kumon estaba listo para atacar a cualquiera de los soldados que se pretendiera aproximarse a la princesa, no dejaría que nadie la tocara, aun cuando perdiera su vida en ello, ella solo se levantó mansamente.

— ¡AKANEEEE! — Gritaron Kasumi y Nabiki no sabiendo qué hacer y con el temor comiéndoles las entrañas.

— ¡Suficiente!- Gritó el rey. — Akane. — Suspiró cansino el Rey diciéndose a sí mismo, porque tienes que parecerte tanto a tu madre. — Las formas que tiene el destino para actuar son muy conmovedoras princesa Akane, es probable que la muerte del príncipe nos trajera mucha alegría, sin embargo, los dioses no quisieron que muriera y te encomendaron una misión. Tu delito solo puede ser compensado con la muerte.

Todos los presentes exclamaron sin poder articular palabra, se callaron. La princesa Akane siempre fue una de las más testarudas, pero de corazón frágil y condolido. La más parecida a su fallecida madre Kimiko, no merecía este final. Los consejeros del Rey estuvieron a punto de intervenir en su favor, cuando el Rey siguió hablando, se levantó y tomó una larga aspiración de su cigarro, mirando sobre la cabeza de los presentes y caminando de uno a otro lado frente al trono, lentamente.

—Pero hoy los dioses tampoco podrán conocerte princesa, castíguenla. Denle 50 azotes de inmediato.

— ¡PADRE!

— ¡SU ALTEZA!

— ¡MI REY!

Todos los presentes contuvieron el aliento, la frágil muchacha no saldría viva de semejante castigo. Ryu Kumon pensó en escapar con la princesa de inmediato, podía tomar la gran mayoría de los guardias, pero eran tres muchachas a defender y conociendo a la princesa se entrometería...

¡Maldición!

Yuka y Sayuri se arrodillaron inmediatamente suplicando clemencia y aceptando ellas los azotes en vez de su ama, pero no fueron escuchadas.

Nabiki y Kasumi, suplicaron piedad por su hermana pequeña y rebajarle el castigo, pero tampoco fueron oídas.

—Pero su Alteza… Debe cumplir la ley. ¡Merece morir por sus actos! — Dijo la reina y solo consiguió la mirada fría de Soun sobre su cuerpo, mirándola por primera vez en toda la noche.

— ¿Quieres decir que mi autoridad está por debajo de la ley? — La miró detenida y directamente los ojos, pudiendo traspasarle la rabia e indignación que sentía. — Mi poder ha sido dado por los dioses, espero puedas entenderlo algún día.

-No su alteza, no quise faltarle el respeto. — La concubina real se acobardó y dio una larga reverencia, arrodillándose ante él y el resto de la corte presente. Leiko, como hija de la concubina real también se arrodilló notando la imprudencia de las palabras de su madre, al parecer fue superada por la emoción al notar una pequeña rendija de poder.

El rey la miró con decepción, ninguna de las mujeres que formaban parte de las consortes imperiales se comparaban ni llegarían a tener jamás el corazón y prudencia de Kimiko, pero había sido su error al creer que algún día podía volver a conocer a alguien como ella y compararlas, que el cielo le perdonará por insultar su recuerdo.

— ¿Qué no escucharon? ¡Llévenla afuera y denle su castigo! Quien se oponga recibirá a la muerte esta noche. — Se retiró siendo seguido por sus fieles sirvientes, que miraban con horror a la niña pálida que recibiría el castigo. Sabían que el rey jamás haría daño a sus hijos, menos a la pequeña tormento idéntica a la Reina Kimiko, pero esto había sobrepasado incluso su potestad. La concubina real, sonrió satisfecha desde su posición, su plan había salido perfectamente.

Ryu Kumon tuvo que hacerse a un lado, al igual que las doncellas. Los guardias sacaron con pesar a la muchacha, tomándola suavemente por los brazos y susurrándole una disculpa ante su actuar. La muchacha solo se dejó hacer, mientras sus doncellas desesperadas lloraban no pudiendo hacer nada y siguiéndolas hasta el patio interior. Ryu apretó fuertemente su mano en la ropa que tenía tomada de sus pantalones rasgándolos, era un inútil. Todo fue su culpa, descuidó su trabajo y permitió que la princesa se provocara este daño ella misma, él estaba para detenerla ante su comportamiento irracional.

¿Cómo diablos esa estúpida podría sobrevivir a los golpes?

Todos abandonaron el salón, la ceremonia había terminado de la peor forma posible y pocos querían estar presente ante la golpiza que recibiría la princesa, ¿quién sabía lo que los dioses tenían preparado para el futuro del reino, si alguien era capaz de golpear a la hija de una de las gobernantes más queridas?

Pero, ¿es que acaso ella realmente había cometido traición al salvar la vida del príncipe? ¿Qué no sabía de las rencillas de la familia? Las mismas preguntas se paseaban por la cabeza de varios de los presentes.

Nadie hablaba ni comentaba. Solo sabían que no podían tener conexión alguna con el reino vecino, pero nadie conocía la razón exacta.

¿Era tan grave como para ser calificada de traición?

Los más altos funcionarios del reino se retiraron inmediatamente, no siendo capaces de mirar tan funesto espectáculo, pero otros se quedaron para comprobar con sus propios ojos la fortaleza y decisión del rey manteniendo intacta su fama. La honorabilidad, no exenta para con sus propios hijos. Es por eso que había sido ascendido a su estatus aun cuando no procedía de familia noble, su entereza y lealtad con el reino eran admirables.

Los guardias amarraron temblorosos las delgadas muñecas de la princesa en cordeles atados a otro palo largo enterrados en la tierra, no la despojaron de ninguna de sus vestimentas, pretendiendo con esto pudieran aplacar en lo posible sus golpes, y de igual forma la reverenciaron susurrando nuevas disculpas por hacer solo su trabajo.

La princesa los miró sin verlos realmente y agachó la cabeza en entendimiento, miró a sus doncellas un lado y a sus hermanas en el otro llorando, Ryu de brazos cruzados mirándola molesto.

Ese bobo hubiese querido hacerlo él mismo, y sintió el impulso de reír, pero no lo hizo.

Bueno, de todas formas debía pagar por haber ensuciado el diáfano pelaje de mi hermosa Escarlata.

Los dos guardias encargados del castigo, atizaron los látigos con pesar, hicieron una breve reverencia y se ubicaron para comenzar con el castigo, alguien debía hacer el trabajo sucio.

=0=

— ¡Dijiste que esta era la salida Hiroshi! — Le dijo molesto el príncipe Ranma, llevaban varios minutos deambulando dentro del castillo Tendo y habían tenido suerte de no encontrarse con nadie, pero sabían que era cosa de minutos encontrar a los saldados que resguardaban el lugar y eso solo significaría problemas.

—No entiendo como pude perderme su alteza. Debe ser que es la primera vez que vengo hasta aquí. — Respondió sarcásticamente el hombre de cabello corto y ojos aún más rasgados con el afán de salir rápido del lugar, buscando una ruta adecuada entre la oscuridad que los circundaba.

—Creo que estamos frente al Palacio Real. — Les dijo Daisuke como si nada.

— ¿QUÉ? — Ambos hombres comenzaron a mirar rápidamente a su alrededor notando su fatal equivocación.

—Mierda, si nos descubren…— No terminó de hablar cuando se abrieron las puertas del salón principal y comenzó a salir la gente rápidamente dispersándose por todos lados. Los muchachos solo atinaron a esconderse muy juntos entre los pequeños arbustos y árboles, entre las sombras.

Lo lograron a duras penas y suspiraron aliviados. Esperando que saliera el resto de las personas para escapar definitivamente, pero lamentablemente no fue así. Por el contrario, gran parte de ellos se movió alrededor bajando las escaleras y posicionándose en el centro del patio que daba donde estaban los arbustos que los escondían. Dándoles una buena vista del centro del lugar, que fue de a poco ocupado por un puñado de personas esperando algo.

— ¿Qué diablos sucede aquí? — Les susurró Daisuke, tapándose con una rama intentando lograr una mejor posición para observar.

— Creo que es por la festividad de la luna, quizás van a prender lámparas o algo así. — Hiroshi hizo lo mismo que Daisuke y levantó el cuello.

No terminó de decir nada más, cuando notaron que una muchacha era llevada hasta el centro del lugar por dos guardias, dándoles la espalda no pudieron reconocerla en un primer momento. La mujer no decía nada, con la cabeza gacha. La posicionaron suave y lentamente, amarrándola de unas cuerdas en el medio del lugar, varias mujeres lloraban quejumbrosamente, lo que perturbó un poco a los hombres escondidos.

De repente la chica levantó su rostro y miró a los presentes, dirigiendo su mirada más allá de donde estaban ellos escondidos, al hombre que observaba todo esto desde las puertas del Palacio, su padre acompañado de esa mujer que siempre la odio. Quiso llorar, pero no se lo permitió, no ahora, nunca frente a ella.

El príncipe no había tomado atención a lo que ocurría en el centro con la mujer, intentando buscar una salida y encontrándose con el rostro del Rey Tendo, nunca lo había conocido, pero ¿por qué le resultaba tan familiar?

— ¡Por los dioses! ¡Es la princesa! Daisuke estuvo a punto de salir de sus escondiste ante el asombro. Ranma, se volvió tan rápido que los huesos de su cuello sonaron y su corazón amenazó con salirse del pecho al comprobar que efectivamente era ella.

— ¿PERO QUÉ DEMONIOS?

No entendían nada, ¿es que acaso no era una princesa? ¿Por qué la estaban atando y nadie hacia nada? El príncipe Ranma apretó fuertemente el puño y arrugó el entrecejo, tratando de comprender qué demonios pasaba.

—Princesa Akane; ante su acto de desobediencia, nuestro rey ha decidido que su castigo sean cincuenta azotes, procedan de inmediato. — Proclamó el eunuco real sin mucho ánimo, lamentando inmediatamente sus palabras al notar la cara desolada de la muchacha.

—Padre…—Susurró la princesa, desviando su mirada al suelo.

La concubina real se adelantó y burlescamente le dijo a la chiquilla:

—Ojalá ahora comprendas que nunca se debe traicionar a la familia querida, el deshonor de ayudar a un Saotome te perseguirá por el resto de la vida en las marcas que llevará tu cuerpo, ja ja ja.

Los guardias se miraron dándose valor y comenzar con la condena levantando rápidamente los azotes.

—Ayudar a un Saotome…- Repitió el príncipe Ranma. — ¡Es mi culpa! Descubrieron que me ayudó…— No le importaba nada, él asumiría las consecuencias de la locura que provocaría al aparecer dentro del palacio enemigo, pero no dejaría que ella…—Por salvarle la vida a costa de la suya, preferiría mil veces morir.

Salió de su escondite dispuesto a saltar al centro del lugar, preparó el salto y…

Daisuke lo tomo rápidamente de los hombros y le tapó la boca mientras Hiroshi se encargaba de sus piernas sujetándolas contra su propio cuerpo para que dejara de moverse, quedando los tres tendidos en el suelo, con incluso una mejor vista a la luz de las antorchas que rodeaban el lugar y tenían algunos de los guardias. Contorneándose y moviéndose como un caballo salvaje siendo domesticado, pero los muchachos mantuvieron su agarre de fierro, sin poder quitárselos de encima.

Tenía que pensar en algo ya. Mordió la mano de Daisuke, quien protestó lastimosamente, pero no gritó ni soltó el agarre.

El chasquido del látigo golpeando la carne y el gemido sorprendido de la muchacha los detuvo mirándola aterrados. La chica estaba siendo golpeada lentamente por los dos guardias, ella solo atinaba a morderse el labio para no llorar ni gritar del dolor, su cuerpo se balanceaba en cada nuevo golpe mientras uno de los guardias contaba la cantidad.

—Uno.

—Dos.

—Tres.

Ninguna de las mujeres se atrevía a mirarla, y se voltearon tratando de escapar de la macabra escena frente a sus ojos, Kasumi abrazó a Nabiki quien miraba la escena frente a sus ojos como irreal, ni siquiera notó las lágrimas que corrían por sus mejillas, mientras Kasumi se aferraba a ella.

Yuka y Sayuri, sus dos damas, no dejaban de llorar y rogaban piedad por la muchacha, ofreciéndose para tomar parte del castigo, siendo detenidas por otros sirvientes para no correr a proteger a la princesa.

De a poco el bello kimono comenzaba a llenarse de la sangre de la espalda herida de la chica, la tela blanquecina se convertía rápidamente en rojo pasión.

El príncipe Ranma alterado intentó nuevamente escapar del agarre de los hombres y estuvo a punto de hacerlo. Pocas veces habían sido testigos de castigos a mujeres, lo único que hacían era entrenar ante la posibilidad de enfrentar la guerra, pero sin hacerlo realmente.

La chiquilla sudaba copiosamente, pálida como un fantasma. Estaba a punto de desmayarse, revolviéndose entre el agarre de las cuerdas.

— ¡Déjenme, déjenme ayudarla, la mataran! — Gritó conmocionada Nabiki. —PADREEE, ya es suficiente.

— ¡YAAA BASTAAAAAA! — Gritó colérico Ryu, los guardias se detuvieron y las doncellas de la princesa acudieron a su lado.

—RECIBIRÉ SUS GOLPES. — Pidió sorpresivamente Ryu Kumon, poniendo una rodilla en el suelo, solicitando la autorización del Rey, la poca gente presente lo miraron impactados.

— ¿QUÉ? — Leiko no pudo articular otra palabra.

— ¿CÓMO TE ATREVES PLEBEYO? — Gritó la concubina real.

—Ryu…— Leiko, en un hilo de voz, ¿por qué esa chica tenía que quitarle siempre todo?

— ¡No, no lo harás! La princesa debe ser castigada, no tú ¡insolente! — La concubina real apretó los dientes, intentando controlarse, entrometidos.

—Baaasta Ryu, déjalos continuar…Me lo merezco…Ensucié a…a… Escarlata. —Le dolía respirar por las heridas abiertas de su espalda, en su ya roto kimono.

—Princesa…—Ryu no pudo terminar de hablar, mientras las criadas trataban de convencerla.

—Princesa, no puede seguir así, morirá por las heridas. — Le suplicaron Yuka y Sayuri.

—No te entrometas en mis asuntos Ryu. — Le dijo rápidamente la princesa con una renovada furia. — Este es mi castigo, solo déjame en paz, ¿por qué siempre tienes que entrometerte?

—Pero princesa…—

La muchacha lo miró ceñudo y comprendió lo que quería decirle. Si el continuaba con sus argumentos solo haría más severo el castigo, maldita chiquilla honorable, como un samurái.

La concubina real sonrió para sí y abandonó el lugar.

Esta será una gran noche.

Por fin había conseguido una mancha en la vida de la princesa.

¡Maldita chiquilla! ¡Igual a esa mujer que tanto odiaba! Seguida de Leiko que miraba atrás, hacia Ryu, que estaba inmóvil cerca de la princesa que soportaba un nuevo latigazo. ¿Por qué no puedes quererme? Y maldijo mentalmente a su hermana una vez más.

=0=

El príncipe Ranma no soportaba más, podía sentir como su fuerza bruta fluía por su cuerpo carcomiendo la punta de los dedos y por fin pudo liberarse de los dos hombres. Se levantó rápidamente para ir en ayuda de la princesa Akane, pero Daisuke en un golpe de gracia lo condujo al mundo de los sueños tocando uno de sus puntos de presión.

—Perdóneme alteza, pero no podemos permitir que muera en este lugar. — Lo agarraron antes que se desplomara fuertemente en el suelo y fueran descubiertos. Tomándolo desde tras por el pecho y pudiendo por fin descansar, se sentían adoloridos, pero no más que su corazón golpeado con tanta brutalidad por como la princesa estaba siendo castigada e intentaron en vano no escuchar el sonido de los látigos. En un golpe de gracia que no esperaron los muchachos, el príncipe Ranma los noqueó y salió rápidamente de su escondite.

Utilizó el Umisen-ken para esconderse entre la multitud y llegar a la princesa, situándose frente a la espalda de la muchacha, que estaba a mitad del camino de la inconciencia y comenzando a recibir los latigazos, sin ser descubierto por el resto, mordiéndose los labios aguantándose el daño.

¿Cómo diablos había recibido tanto dolor esta chiquilla sin llorar?

Cada nuevo latigazo lo hizo tomar conciencia de la mujer que estaba delante de él, no había rastro alguno de lágrimas, solo soportó el sufrimiento. Con un comportamiento muy atrevido de su parte tocó su frente con el cuello de la muchacha, quien rápidamente subió la cabeza regresando en sí desde su meditación para soportar el dolor. El príncipe le susurró lo más bajito que podía:

—Tienes que vivir Akane, tenemos que volver a encontrarnos. — La princesa solo abrió los ojos, ¿Cómo era posible? ¿Esa era la voz de Ranma? ¿Él estaba aquí? Sintió el chasquido del látigo nuevamente en el aire para golpearla, apretó los dientes para soportar el dolor, pero no sintió nada. Solo la presión y el picor del cabello rozándole en su cuello, intentando girar la cabeza.

—No seas boba, no nos pongas en evidencia, soy yo… Ranma.

—Pero ¿cómo…?

—Shuuuuu, silencio. Quedan menos.

—Ran…ma. — Se le llenaron los ojos de lágrimas por primera vez en toda la noche y comenzaron a caer una tras otra rápidamente, vislumbrándose entre la fría noche.

=0=

Ryu notó el cambio en la postura de la princesa y observando que se quebraba, por fin comenzaba a llorar. Quería acercarse a ella, pero no podía. Afinó sus sentidos para concentrarlos en la princesa, transmitiéndole energía, pero no pudo.

Frunció las cejas, ¿qué pasaba aquí? Se concentró nuevamente, sentía algo más mezclado en el ki de la princesa.

¿Qué diablos pasaba ahí?

¿Qué es esa energía extraña?

¿Es que acaso la princesa se estaba muriendo?

¡DIABLOS! ¡NO!

Y puso en marcha su cuerpo, acercándose raudo a la princesa.

=0=

El príncipe Ranma soportó el resto de los latigazos, quedándose hasta que los guardias estaban extenuados. La princesa estaba inconsciente hace varios minutos y se atrevió a sujetarla en el aire antes que cayera definitivamente al suelo, haciendo palanca con las sogas sujetándolas para que no le provocaran más daño. Uno de los guardias se movió rápidamente soltando las ataduras, dejándolas caer para terminar con el sufrimiento de la muchacha.

El príncipe la mantuvo inmovilizada con un solo brazo, hasta que dejaran caer las amarras. La miró, posándola suavemente en el pasto a su alrededor y le acaricio la mejilla.

—Eres una boba, ¿por qué me ayudaste?

La princesa entreabrió los ojos e intentó decir algo, pero estaba tan cansada, trato de levantar el brazo pero este cayó graciosamente en su estómago.

— ¿Boba, confías en mí? — Ella lo miró a punto de desmayarse, pero logrando susurrar.

—Sí…— Perezosamente se la llevó la inconciencia.

— Prométeme que vas a vivir, promételo Akane, tengo que entregarte algo. — El príncipe no alcanzo a hacer nada más cuando fue golpeado fuera del abrazo de la princesa.

¿Qué diablos?

El muchacho fue expulsado ferozmente del lado de la princesa. Quedó sentado luego de haber dado nueva vuelta en el suelo del golpe que era imposible que recibiera. Miró al hombre que se arrodilló cerca de la chica con rabia.

¿Es que ese hombre podía verlo?

No, eso era imposible.

La furia que comenzó a sentir subió vertiginosa por la boca del estómago, mientas Ryu levantaba rápidamente a la princesa fuera del alcance del príncipe. Conduciéndola a una de las puertas adyacentes al palacio probablemente a curar y sanar sus heridas, seguido por un séquito de mujeres, que no conocía y lloraban desconsoladamente.

Se levantó apresurado para darles alcance, conociendo que sucedería con la muchacha podría irse tranquilo. Estaba a punto de alcanzar las escaleras cuando chocó de bruces con algo que lo hizo caer sentado al suelo.

¿Una pared invisible?

¡¿Qué diablos?!

¿Qué pasaba aquí?

¿Podía verlo?

¡IMPOSIBLE!

Pero ese hombre conocía la técnica y había creado ese campo magnético para descubrirlo. ¡En el umisen-ken no podía traspasar la barrera sin ser descubierto! Rabiosamente apretó las manos crispándose los dedos y notando como los nudillos se ponían blancos de ira.

¡Quería verla y saber que estaba bien!

Estaba a punto de salir del umisen-ken y cometer una locura, solo quería evidenciar que esta fuera de peligro, cuando vio un movimiento por el rabillo del ojo y notó que uno de los guardias estaba justo por encontrar a los dos muchachos inconscientes.

¡Maldición!

¿Por qué diablos todo tenía que ser tan difícil?

¡Se había olvidado por completo de ellos!

Corrió lo más rápido que pudieron sus piernas y los tapó con follaje para no ser descubiertos. Cuando se agachó, una de sus manos rozó una pequeña piedra, la miró y la lanzó cerca de unos árboles lejanos. Los guardias corrieron a investigar el sonido. Cayeron con el truco número 1 del manual de distracción de la Escuela Saotome del todo vale.

¡Bien! Sonrió el ojiazul.

El problema es que tenía dos hombres inconscientes aún, que no daban luces de despertar en el corto plazo y un hombre que había detectado algo extraño y que al parecer era cercano a la princesa.

¡Mierda!

¡Estaba metido en grandes problemas ahora!

=0=

[Continuará…]

...


N/A.

¡Infinitas gracias a todos los que pasan por aquí! Me hacen el día cada vez que leo sus mensajes C:

¡Sugerencias, descargos DM! ;*

¡Que tengan una hermosa semana!

*Yuanfen: Es un término chino relacionado con el budismo que es difícil de explicar, pero que en general se refiere a los amores que nacieron predestinados. Algunos creen que las fuerzas que manejan y causas detrás del Yuanfen son las acciones realizadas en las reencarnaciones previas, asemejándolo al karma del budismo, pero diferenciándose del mismo, por cuanto el Yuan se refiere a la conjunción de dos personas cuyos destinos se encuentran unidos.