Pergaminos.
La última semana de vida de Aitana Pones se había convertido en una sucesión interminable de más y más pergaminos. Los contactos de Alib habían dado su fruto, y pronto la arqueóloga consiguió acceso a las principales bibliotecas de Taichnitlán. Pero, aunque la información era mucha, poca le estaba siendo útil en su investigación.
Como era de esperar, toda referencia a Manresht quedaba oculta bajo la idea de que era una leyenda sin fundamento: No había pruebas, de acuerdo a los eruditos lobo, por lo que nunca se había investigado oficialmente. Aitana tenía que basarse en poemas, obras de teatro y referencias ocultas bajo historias diferentes, y las complejas runas lobas y sus diferencias sintácticas entre los diferentes dialectos eran una dificultad añadida a la labor. La poni de tierra se echó hacia atrás, quitándose las diminutas gafas de lectura y se estiró.
—Me voy a cagar en las condenadas runas lobas. Cojones.
De pronto la puerta de la sala se abrió, dejando entrar de golpe el brillante sol del desierto. Aitana se cubrió el rostro.
—¡ARG! ¡Mis ojos!
—¡Ahí va! Perdona, Aitana —se disculpó Macdolia con una sonrisa, antes de cerrar la puerta—. Te he traído algo de comer.
La poni roja paseó una bandeja de higos frente la yegua marrón. Esta apartó los pergaminos e hizo sitio para que Macdolia se sentara.
—¿Nadie te ha puesto problemas? —preguntó la arqueóloga.
—Nah, ninguno. Se ve que no quieren problemas con mi "amo".
—Je, claro. Las esclavas poni son muy caras.
—Ya ves. Dime, ¿has encontrado algo en este montón de pergaminos?
Aitana masticó un higo mirando a Macdolia agriamente, sin responder.
—Vale, lo tomaré como un "no".
—Hay muy pocas referencias fiables sobre Manresht —respondió la arqueóloga—. Y encima escrito en lobo, sus putas runas son un infierno de leer.
—Ya te digo.
Ambas yeguas se quedaron mirando. La cara de Aitana era un poema de incredulidad.
—Espera, ¿también entiendes las runas lobas? No es un alfabeto sencillo, precisamente.
—Ehm... bueno. Hablo muchos idiomas —respondió la poni roja.
—Mira tú qué bien.
Ninguna dijo nada durante un rato, mientras comían en silencio. Aitana observaba a su compañera con una mezcla de curiosidad y desconfianza; era evidente que esa yegua ocultaba mucho más de lo que mostraba, el qué, era otra cuestión. Hacía ya un par de días que le había explicado las razones de su viaje a los Reinos Lobo: la investigación sobre un nuevo posible alzamiento de Manresht. De todas formas, esa no era una información que ocultara -se la había contado a Alib y, por lo tanto, media ciudad debía estar ya enterada-. Pero la arqueóloga todavía no se fiaba de Macdolia, su historia tenía demasiados agujeros.
Aún así, había decidido que seguiría adelante con su plan para liberarla; fuera cual fuera su secreto, Aitana consideraba que ser un esclavo era un destino peor que la muerte misma. El collar de esclavitud seguía firmemente asido al cuello de la poni de las coletas; por suerte, Alib cumplió su palabra y había dejado a Macdolia "al servicio" de Aitana sin interferir. Si todo iba bien, en un par de días recibiría el Cetro Dorado del Alicornio y, así, cerraría el trato de una vez y podría seguir con sus investigaciones... si es que estas daban algún fruto. Estaba de hecho cumpliendo dos objetivos al mismo tiempo, al hacerle entrega de dicho cetro al comerciante lobo.
—Bueno, voy a volver a meterme en estos apasionantes escritos —dijo Aitana sarcásticamente.
—Hmmm... creo que te ayudaré, pero de otra forma.
—¿Huh? ¿Qué pretendes, Macdolia?
—Ir a conocer las leyendas y canciones locales. Quizá alguna hable de nuestro famoso Manresht, ¿no crees?
La yegua de las trenzas se levantó para ir a la puerta pero, en el último instante, se detuvo y miró a Aitana. Pareció pensarse un momento cómo lanzar la pregunta, tiempo que la arqueóloga la miró con la sensación de que sabía de qué iba tanta duda.
—Oye Aitana... ¿Qué significa tu Cutie Mark?
La yegua marrón le devolvió una mirada algo molesta mientras volvía a desplegar sus papeles para seguir la investigación. Su marca, fácilmente visible ahora que no llevaba puestas sus alforjas, consistía en un ojo llameante que formaba parte del pentágono central de una estrella de cinco puntas.
—Protección.
—¿Protección? No te lo tomes mal, pero no pareces del estilo de un guardia real o de una guardaespaldas...
—Y tú tienes un reloj por marca y no tienes pinta de relojera.
No hacía falta mucho más para saber que no iba a seguir hablando del tema. Tras despedirse, Macdolia abandonó la sala. La yegua marrón se pasó unos segundos rememorando cómo la había obtenido, pero al poco salió de su ensimismamiento y tomó el siguiente pergamino, cuyo título tardó unos momentos en traducir correctamente: "Tratado sanatorio de Ahmar ib Kassan ib Kassali". La fecha que marcaba coincidía con los años en los que, supuestamente, Manresht estuvo en activo. Quizá estuviera acercándose a algo.
Varias horas después, cuando la noche estaba por caer, Aitana recogió sus cosas y volvió a casa de su anfitrión.
—Hostia puta, qué dolor de cabeza...
Ninguno de los lobos que la vieron pasar por la calle se escandalizó por su lenguaje, ya que la mayoría no hablaba equestriano con la suficiente fluidez para comprenderlos. A medida que caía la noche las calles se fueron vaciando; la oscuridad, solo combatida por las antorchas y lámparas de algunas casas, era el medio natural para el afloramiento de la criminalidad. Esta era, normalmente, combatida por la guardia de la ciudad: unidades de grandes lobos, armados con cimitarras y mazas y cubiertos siempre por armaduras de cuero rojo y negro. La única diferencia entre estos y un criminal corriente es que ellos tenían la ley de su lado, actuando con casi total impunidad durante la noche. Cualquiera que hubiera viajado por los Reinos Lobo sabía que no era buena idea salir fuera de casa después del ocaso.
—¡Aitana!
Cuando estaba llegando a la casa de Alib, Macdolia se acercó corriendo tras llamarla. A pesar de haber pasado solo una semana, la yegua roja había cambiado de forma notoria: Su crin y pelaje tenían mejor aspecto, aún sin proponérselo, y se movía con una gran energía y vitalidad. Una sincera sonrisa atravesaba su rostro, con la felicidad de alguien que veía recuperado la libertad que ya daba por perdida.
—¡Hombre! Te veo contenta.
—Me he pasado la tarde charlando, cantando y jugando con algunos lobeznos. Son divertidos los pequeños.
—Yo estoy con la cabeza como un bombo. Sólo he encontrado algunos indicios, pero ninguna pista clara.
—¡Hey, yo he aprendido muchas leyendas y canciones hoy! Quizá encuentres algo si lo ponemos todo en común.
Había un solo guardia vigilandoó la entrada de la mansin de Alib. Iba equipado con una armadura de cuero, al igual que los otros mercenarios, así como una cimitarra y una maza. Diligentemente abrió la puerta y dejó pasar a las ponis, no sin antes dedicarles una amenazadora mirada. Macdolia adoptó la actitud de esclava que se esperaba de ella, siguiendo a Aitana con la cabeza gacha. Fue por eso por lo que se fijó en algo extraño en la indumentaria del guardia.
Las risas inundaban la casa; Alib estaba de fiesta con unos amigos suyos, y le gritó a Aitana que se uniera a la fiesta. Esta negó tan educadamente como pudo y el gordísimo lobo, incapaz de no mostrar su ostentosa "generosidad" ante sus amigos, ordenó a los esclavos que sirvieran la cena a su invitada en su habitación. Quince minutos después de haberr cumplido con su papel, Macdolia se reunió sigilosamente de nuevo con aitana.
—Aitana, no sé si te has fijado en el guardia de la entrada.
—¿Que no le caemos en gracia? —respondió la aludida tras tragar un dátil.
—No, que iba armado con una ballesta. Normalmente van armados con alabardas y espadas, no suelen llevar ballestas.
Aitana pensó en ello, e imaginó las razones. Pero, en su situación, no podía hacer mucho al respecto, por lo que hizo un gesto a Macdolia para que se sentara con ella. La yegua roja no acabó de comprender la aparente falta de interés de la arqueóloga en ese tema, pero accedió a sentarse y cambiar de tema.
—Entonces —empezó la yegua roja mientras masticaba unas uvas—, ¿qué has averiguado?
—Poco, hay registros que indican la posible presencia de Manresht hace casi mil quinientos años, pero ninguna pista clara hacia su tumba.
Aitana aprovechó para sacar varios papeles con esquemas que ella misma había escrito.
—En concreto he encontrado registros de una enfermedad que se dio entonces, llamada "Kelting'otar nahter".
—Ehm... "Fiebre del infierno", ¿verdad?
—Sí, pero yo lo traduciría como "Fiebre infernal". El sanador Ahmar ib Kassan ib Kassali la estuvo tratando. Al parecer comenzó en el extinto imperio Coltorginés, actualmente al sur de los Reinos Lobo. Y su tratamiento era un ritual que, hoy día, un unicornio entrenado llamaría "exorcismo".
—¿Crees que Manresht la provocó?
Aitana asintió mientras sacaba un mapa moderno, sobre el que había dibujado las fronteras y ciudades de reinos desaparecidos siglos atrás.
—He estado siguiendo algunos registros sobre los primeros casos. Por desgracia las fechas no son demasiado precisas, pero he calculado más o menos la zona por la que debieron ocurrir los primeros casos.
Macdolia se levantó ligeramente para observar el mapa con detenimiento; el area que indicaba Aitana seguía siendo enorme, englobando gran parte del sur de los Reinos Lobo, así como Egiptrot y parte de Zavros. Entre otras, se hallaba dentro de la zona la actual capital de los Reinos, Joth-Lambarg, y también englobaba las partes navegables del río Filo y algunos de sus afluentes.
—La verdad es que no he oído nada de esa zona. Pero lo de la Fiebre Infernal sí que me ha llamado la atención. ¿Sabes qué les pasaba a los que les afectaba?
—Sep —respondió Aitana mientras servía dos vasos de té—. En la primera fase, los enfermos caían presas de una fiebre sin igual que les llevaba inevitablemente a la muerte. En esta fase la enfermedad no se contagiaba. Lo peligroso era la segunda fase.
—Espera... ¿has dicho que les mataba? ¿Cómo va a haber una segunda fase?
—Porque los muertos se volvían a levantar.
Ninguna dijo nada más mientras bebían. Por más sorprendente que fuera que su compañera no se espantara, Aitana no acabó de sorprenderse por ello. Macdolia no parecía preocupada, si no más bien interesada y decidida. La mayor parte de ponis de Equestria se habrían asustado ante tal historia, o habrían puesto fin a la conversación diciendo que "eso no son más que tonterías". Sin embargo, la -todavía- esclava clavaba sus ojos de los de la arqueóloga con curiosidad y determinación.
—¿Cómo expandían la enfermedad los muertos, entonces?
—Atacando a los vivos. Pero de acuerdo a unos jeroglíficos que encontré en Egiptrot no eran simples zombies: eran muertos vivientes de fuego. Incendiaban ciudades, calcinaban a sus víctimas, y éstas se alzaban de nuevo para sumarse a la plaga.
—Entonces, si Manresht despierta...
—Si estoy en lo cierto, lo cual no es seguro del todo, podría volver a desatarse la Fiebre Infernal. Pero, honestamente, no creo que sea el caso...
Aitana dejó a un lado su vaso para mirar el mapa con detenimiento. En algún punto estaba la entrada a la cámara funeraria de Manresht, aquella en la que se recluyó al ser derrotado, y donde juró que aguardaría al momento adecuado para regresar.
Claro que eso no era más que la leyenda, una de la que no había más pruebas que las épicas epopeyas narradas en antiguas novelas y obras de teatro. Ni siquiera los auténticos arqueólogos, aquellos que estudian la historia más allá de lo que dicen los libros oficiales, como ella, habían hallado ninguna pista que probara la existencia de Manresht. Y, sin embargo, cuando los contactos de su padre indicaron la presencia de magia demoníaca en el desierto de los Reinos Lobo, solo un nombre pudo ser encontrado al respecto...
—...una canción
—¿Qué? —Aitana estaba tan absorta en sus pensamientos que no había escuchado toda la frase de su compañera.
—Unos lobeznos cantaron una triste canción que... ahora creo que adquiere otro sentido.
Macdolia empezó a cantar en el idioma lobo; entonaba algo grave para ser una yegua y, aunque su voz no era brillante, ponía mucho sentimiento en la canción.
Anoche vi a mi hermano
reposar moribundo en el lecho.
Anoche vi a mis padres
llorar por un hijo perdido.
Quise con ellos estar,
quise con ellos llorar.
Pero me ordenaron volver
y todas las ventanas cerrar.
Un ruido, un grito, despierto.
Un grito, un golpe, despierto.
Todas las ventanas cerradas
me ordenaron no salir.
Pero pude ver, bajo fuego y llamas
a mi hermano al desierto partir.
Son decenas, son cientos
los lobos que le siguen.
Desde el arco primero de Ob-nikoón.
Son decenas, son cientos
los lobos que le siguen.
Observan los tres ojos de Morek-sidón.
Aitana se tomó un momento para anotar toda la letra en papel.
—Ob-nikoón, "El cazador", rey del imperio Coltorginés hace unos mil quinientos años.
—¿Y a qué se refiere con "El primer arco"?
—Probablemente un monumento. Quizá un arco del triunfo, tengo que investigarlo.
—Y luego tenemos a Morek-sidón —continuó Macdolia—, el devorador de almas.
—Sí, el gran demonio serpiente, el guardián de las puertas del paraíso —continuó Aitana, más versada en mitología—. Los muertos deben enfrentarse a él para ganar acceso al paraíso; si fueron puros de corazón, podran sortearlo para llegar hasta el paraíso. Pero si no la serpiente los devorará, enviándolos por siempre al Tártaro. Los lobos creen que la constelación que nosotros llamamos "Hipogrifo" es, en realidad, la constelación de Morek-sidón.
—¿La del hipogrifo, dices?
Diciendo esto, Macdolia sacó un papel y dibujó las estrellas que formaban esa constelación. Aitana tomó nota que su compañera también sabía de astronomía. Cuando la esclava acabó, le pasó el dibujo.
—¿Puedes dibujar a Morek-sidón encima, a grandes rasgos?
Bebiendo un poco de té -que se estaba quedando frío- Aitana lo hizo. Era fácil imaginar a una serpiente mirando de frente, a punto de atacar. Unió los puntos necesarios y luego dibujó un poco el contorno de una cobra, dando sentido a las líneas. Macdolia observó el proceso con el brillo en los ojos del que notaba que algo no encajaba.
—¿Dónde está el tercer ojo?
—¿Qué?
—Eso —confirmó Macdolia—, que dónde está el tercer ojo. La canción decía "Observan los tres ojos de Morek-sidón".
Aitana observó el dibujo con la boca abierta. Increíble, ¡pero tenía razón! Los tres ojos de Morek-sidón... los tres ojos de la serpiente... el ojo de la magia... y en ese momento tuvo una iluminación. Sin decir nada, se levantó de golpe y galopó hacia el patio interior del palacete donde encontró a Alib fumando de cachimba rodeado por tres de sus mujeres, mientras algunos amigos suyos reían a vivo pulmón.
—¡Aitana, querida amiga! ¿Vienes a unirte a nosotros? El tabaco es bueno, y el vino aún mejor.
—Alib, ¿tienes algún tratado de astronomía? ¿Y un telescopio?
—¡Siempre trabajando! —bromeó el lobo—. Deberías relajarte, poni. Deja que tu esclava haga tu trabajo por una vez.
—Eso es decisión mía —respondió Aitana agriamente—. Alib, joder, ¿los tienes o no?
El lobo rodó los ojos hacia atrás. Mira que era pesada esa poni.
—Biblioteca del segundo piso. Eh, tú, chico —dijo refiriéndose a un joven esclavo lobo— ayuda a mi invitada a encontrar su tratado y el telescopio.
Aitana y Macdolia siguieron al joven hasta la biblioteca. Tardó pocos minutos en encontrar el tratado y, ya con el telescopio en los cascos, ambas yeguas trotaron hasta la terraza superior de la casa. La noche estaba despejada, y la luna acababa de entrar en su fase creciente. Colocaron el aparato, y la arqueóloga se puso rápidamente a trabajar, buscando algo en el cielo. A los pocos minutos murmuró para si misma:
—Bien... ahí estás... ¿pero a dónde vas?
Mientras la poni marrón miraba las cartas estelares, Macdolia aprovechó para mirar por el telescopio. Estaba enfocado a un brillante planeta blanco: Mater Luminis, la diosa portadora de la luz y la magia. Diosa que aún era adorada en todos los países y por todas las razas del mundo, incluidos los ponis. Los conceptos "paraíso" y "resurrección" siempre fueron ligados a ella, y se decía que alguien tocado por la diosa podía hablar con los muertos.
Macdolia se separó del telescopio cuando escuchó a Aitana murmurar algo.
—No puede ser... mierda, ¿cómo no nos dimos cuenta?
—¿Qué pasa, Aitana?
La arqueóloga estaba sentada en el suelo, sobre sus cuartos traseros, mirando al infinito. Parecía parcialmente en shock, como si acabara de descubrir que sus peores temores eran acertados.
—En todas las culturas del mundo se habla del "tercer ojo" como algo metafórico. El ojo del alma, en Zavros, La Voz de Gaia, en Cérvidas, o el sentido espiritual de las tribus búfalo. Aunque tienen detalles diferentes, todos hablan de lo mismo.
Aitana se levantó, caminando en círculos y hablando en voz alta.
—Y lo que es más: todas esas culturas tocan, de una forma u otra, a la diosa Mater Luminis. En Zavros se refieren al "chamán de los muertos", en Cérvidas hablan de "la guardiana del bosque eterno", y los búfalos la llaman "la guía de los muertos". ¡Demonios, hasta los dragones, cuando uno de los suyos se convierte en hechicero, dicen que "ha abierto su ojo de la magia"!
—Aitana, ¿dónde quieres llegar?
Como respuesta, cogió el papel donde habían dibujado la constelación y lo levantó, haciéndolo coincidir con las estrellas del cielo.
—Si mis cálculos son correctos, ocurrirá dentro de tres semanas: Mater Luminis avanzará hasta situarse justo sobre Morek-Sidón.
Entonces dibujó la trayectoria del planeta blanco en una perfecta parábola que encajó exactamente en el punto intermedio sobre los dos ojos de la constelación del dios serpiente. Macdolia abrió la boca, incrédula.
—Entonces... dentro de tres semanas... ¿Morek-sidón abrirá su tercer ojo?
—Metafóricamente hablando, sí. No sé si los seguidores de Morek-Sidón tendrán más poder entonces, pero sin duda es la señal: Este evento astronómico ocurre una vez cada varios miles de años. ¡Este es el momento que Manresht aguardaba!
—Nos quedamos sin tiempo.
La afirmación de Macdolia dejó a ambas yeguas en silencio, solo roto por las risas que Alib y sus invitados lanzaban desde el patio interior. Pero la yegua roja, de pronto, sonrió.
—Entonces tendremos que movernos rápido, ¿no crees?
—¿Por qué quieres seguirme, Macdolia?
La arqueóloga la miró suspicazmente; era definitivo que algo no cuadraba en esa yegua: Su historia hacía aguas por todas partes, y cualquier poni normal evitaría inmiscuirse en un asunto como detener a un hechicero diabolista milenario. En cambio, Macdolia parecía más decidida que nunca a ayudar, ¿qué pretendía? Esta miró sonriente a Aitana y respondió.
—Aitana, te debo mi libertad, y ese es un favor que difícilmente podré devolverte. Pero además, como ya te dije, soy una especie de "guardaespaldas", y no me perdonaría nunca haber podido ayudarte y no hacerlo.
—¿Y qué hay si ayudarme te cuesta la vida? ¿Te lo has planteado?
—Si así podemos evitar una catástrofe como la de tu teoría, pues que así sea. Aunque, sinceramente, preferiría que saliéramos las dos con vida.
Aitana observó a su compañera lanzar esa decidida respuesta y asintió.
—Espero que estés a la altura de tus palabras. Vamos —dijo, volviendo al piso inferior.
De vuelta a la habitación, ambas yeguas discutieron qué pasos seguir a continuación. La arqueóloga apostaba por ir al sur, a la capital loba, y seguir buscando pistas ahí. Sinceramente, estaba rezando porque la teoría que esgrimía estuviese equivocada y todo quedase en un viaje en vano. Sin embargo no estaba dispuesta a correr el riesgo de no actuar y, aunque Aitana no lo sabía, Macdolia pensaba exactamente lo mismo. Quedaba, sin embargo, el problema de que esta última seguía siendo una esclava de Alib, y este no la dejaría irse así como así.
La conversación se interrumpió cuando escucharon a alguien llamar fuertemente a la puerta de la mansión.
—¿Los guardias no han anunciado al visitante?
—Ahora ya sabemos por qué llevaba una ballesta el guardia, Macdolia.
En el piso de abajo se escuchó el ruido de la puerta principal al ser derribada con tanta fuerza que casi pareció una explosión. A continuación alguien gritó:
—¡PONI! ¡Sé que estás aquí dentro! ¡Alib, si no nos entregas a esa patética herbívora te mataremos a ti también!
—De acuerdo, ese es Mohammed —murmuró Aitana.
—¡Arriba! ¡Está arriba!
—Y... ese es Alib —comentó Macdolia, con preocupación—. Curiosa forma de proteger a una amiga, ¿no?
Aitana se levantó, tomando su sombrero y dejándolo sobre la mesa. No quería que nada la estorbara.
—Nunca hemos sido amigos — respondió, avanzando hacia la puerta. No tardó en darse cuenta de que Macdolia la seguía de cerca.
—No es tu pelea.
—Lo es desde el día que decidiste liberarme.
Sin más preámbulos ambas salieron de la habitación y se dirigieron a las escaleras desde las que se veía la entrada principal. Lo que encontraron habría dejado sin palabras a cualquiera: seis mercenarios, entre los que se encontraba el guardia que había antes en la puerta. Todos vestían pesadas armaduras de cuero y metal, e iban armados con una variedad de armas cuerpo a cuerpo y a distancia. Mohammed, el líder de la banda, señaló a Aitana.
—¡MATADLA!
Alguien alzó una ballesta, dispuesto a cumplir la orden, pero Aitana y Macdolia salieron corriendo en direcciones opuestas a través del pasillo del piso superior. Los mercenarios subieron las escaleras a todo correr y se dividieron en dos equipos, persiguiendo a ambas yeguas.
—¡No dejéis que escapen!
Los lobos se repartieron por las habitaciones para encontrar a sus presas. A fin de cuentas eran unas patéticas ponis desarmadas. Claro que sabían lo que le había pasado a Mohammed, pero era evidente que Aitana le había atacado por sorpresa; cuando la encontraran iban a despedazarla, y esa noche toda la tropa se daría un festín con su carne.
Un lobo de color negro avanzó de cuarto en cuarto, cimitarra en garra. Sin esperar o preocuparse por disimular, abrió una puerta de una patada. En seguida vio un movimiento al otro lado y se lanzó hacia adelante, pero se detuvo en el último momento al ver que, sobre una cama, sólo había una aterrorizada loba, una de las jóvenes esposas de Alib. El mercenario miró, sonriente, a la que probablemente sería parte de su botín esa noche. Tal y como Mohammed había prometido a cambio de ayudarle con su venganza.
A su espalda resonó un violento chasquido, pero cuando el lobo quiso girarse se dio cuenta de que no podía mover su arma. Una especie de cuerda se enrollaba en torno al filo y, antes de que el guerrero pudiera reaccionar, la cimitarra fue arrancada de sus garras de un fuerte tirón y arrastrada hacia la oscuridad. Pero en vez de caer al suelo quedó suspendida en el aire, aparentemente sin nada que la sujetara. Un instante después, Aitana Pones entró, sosteniendo la cimitarra en la boca, de la cual colgaba el látigo con el que se la había arrebatado.
El lobo se quedó sin habla. Aitana bajó el arma, le señaló a él, y después señaló a la ventana, y con una voz algo grave y rasposa ordenó:
—Salta.
—¡Patética herbívora!
Sacando una segunda espada corta, el lobo cargó contra la arqueóloga; esta giró la cabeza hacia sus largas alforjas y, de un tirón, retiró la capa exterior de las mismas. Estas estaban formadas por muchísimos compartimentos, de los cuales sobresalían una gran variedad de objetos colocados estratégicamente para ser fácilmente alcanzables por su portadora. Los mas notables de los mismos eran, sin duda, una gran cantidad de armas blancas y arrojadizas.
El lobo llegó a apreciar cómo la yegua soltaba la cimitarra y, de un rapidísimo movimiento, tomaba algo de sus alforjas. Después notó el dolor en la base de la garganta y cómo le faltaba el aire... Cuando cayó al suelo, en sus últimos momentos de vida, Aitana Pones ya había salido al pasillo.
—¡Macdolia STRIKE!
Al final del mismo, un guerrero lobo voló a través de una puerta para estamparse brutalmente contra el muro, cayendo inconsciente. La autora de semejante patadón, Macdolia, salió a continuación y miró a Aitana durante un instante, sonriente. La arqueóloga le devolvió la mirada, incrédula; ¿de verdad esa yegua había puesto nombre a su ataque? ¿Qué clase de...?
Su vista quedó eclipsada cuando un enorme lobo, portando un alfanjón a dos garras, cargó contra ella.
La yegua marrón interceptó el primer ataque, pero la fuerza del mismo le arrancó la cimitarra de la boca; el lobo, con un grito de guerra, descargó una segunda vez. Aitana lo esquivó en el último instante y retrocedió, gesto que hizo que el mercenario se creyera en ventaja, avanzando tras su presa y lanzando un tajo ascendente en diagonal.
Pero Aitana había calculado perfectamente su movimiento. Agachándose en el último instante, la afilada hoja del arma pasó rozando su crin para impactar contra una puerta y encajarse en ella. El enorme lobo intentó arrancarla, pero la yegua de pelo bicolor no se lo permitió: cargó con todas sus fuerza contra su adversario, dejándolo sin aliento por el impacto y lanzándolo al suelo. Sin darle tiempo a recuperarse, saltó sobre él y le pegó una coz en la cabeza, dejándolo fuera de combate.
Cuando miró adelante, jadeando, vio que dos lobos más yacían inconscientes frente a Macdolia. La yegua roja miró a los dos lobos restantes, entre los que estaba Mohammed, con una conciliadora sonrisa en la cara.
—Vamos, chicos, ya basta, ¿por qué no os vais y olvidamos todo esto?
Pero el lobo gris se llevó una garra a una gema que colgaba de su cuello.
—¡Esclava infecta! —rugió en su idioma natal—. ¡Aprende tu lugar!
La gema se iluminó, al igual que lo hizo el collar de Macdolia. Ésta abrió los ojos, aterrorizada, y se llevó una pezuña al cuello, intentando en vano arrancarse aquel cruel artefacto. Un instante después, la yegua gritó cuando arcos eléctricos surgieron del collar, recorriendo todo su cuerpo y haciéndola caer entre erráticos espasmos. Aitana galopó hacia los lobos.
—¡Déjala, hijo de puta!
Pero el otro mercenario sacó sus dos espadas y se plantó frente a la arqueóloga. Aitana intentó superarlo, pero sus rápidos ataques la obligaron a defenderse a la desesperada. Ambos lobos sonrieron, regodeándose en su victoria. Mohammed rodeó con una garra la gema, y el brillo se intensificó, al igual que los gritos de Macdolia.
La iba a matar.
Sin pensar bien en lo que hacía, Aitana se llevó una pezuña al cuello y asió el diminuto objeto que siempre colgaba del mismo. El lobo le lanzó otro tajo que ella no logró esquivar completamente, abriendo un corte en la pata de la arqueóloga, pero esta no retrocedió. Un brillo de un enfermizo color púrpura surgió de la pezuña en la que sostenía la destrozada brújula, y la mirada de Aitana se tornó oscura mientras sus palabras, en un antiguo idioma, se solapaban con una voz barítona.
—¡Aik's tak nili tok. Aik's tak nai marcul!
Con la última sílaba, un aura de oscuridad cubrió los ojos de la arqueóloga, mientras esta alzaba una pezuña hacia el lobo que se interponía entre ella y Macdolia. Una invisible explosión de energía proyectó al mercenario varios metros hacia atrás. Éste logró caer en pie y encararse, asustado, hacia la poni. Esto no debía ser así, ¡ella era una patética herbívora! ¡No debería vencerle!
La poni, fuera de sí, lo miró mientras pronunciaba un extraño cántico. El gran lobo se quedó mirando al infinito y, poco a poco, empezó a murmurar plegarias y ruegos en su propio idioma. En pocos segundos cayó al suelo, llevándose las garras a la cabeza y gritando aterrorizado. Mientras este era víctima de sus más horrendas pesadillas, Aitana se giró hacia Mohammed, que seguía agarrando la gema.
—¡Suelta ese objeto! —gritó él, aterrorizado— ¡Suéltalo o te juro que la mato!
Pero la arqueóloga no retrocedió un paso. Al contrario, avanzó, manteniéndole la mirada al lobo gris.
—Si Macdolia muere te mataré, hijo de puta. Suéltala y corre.
—¡Aléjate de mí o la mato, puta!
Aitana alzó una pata, mientras sus ojos irradiaban oscuridad con más fuerza que antes. De repente Mohammed sintió que le faltaba el aire, como si sus pulmones se negaran a funcionar, como si hubiera desaparecido todo el oxígeno a su alrededor, como si una voluntad terrorífica estuviera ordenando a su corazón que dejara de bombear sangre. ¿Qué demonios ocurría? ¡Esa poni no era unicornio, no debería poder hacer magia!
—¡TE HE DICHO QUE CORRAS!
La voz de la poni se mezcló completamente con un potente eco grave y antinatural. El lobo gris, finalmente, soltó la gema que torturaba a Macdolia y saltó escaleras abajo, corriendo con todas sus fuerzas por su vida. Macdolia dejó de gritar cuando la magia del collar cesó, y se intentó poner en pie mientras tosía.
Aitana, por contra, cerró los ojos con fuerza, mientras apretaba los dientes gruñendo por lo bajo. Poco a poco, empujada por la propia voluntad de la arqueóloga, la oscuridad que la había cubierto se replegó: recorrió sus patas delanteras hasta la brújula, abandonando en último lugar los ojos de la yegua. Con un extraño siseo, la oscuridad desapareció completamente y la brújula recuperó su estado inerte natural. Aitana se quedó quieta, jadeando con fuerza.
—Aitana... ¿estás bien?
—Sí... sí, lo estoy.
—Gracias... ¿qué demonios fue eso?
—Después. Ahora tenemos... tenemos que salir de aquí.
Macdolia asintió, y ambas yeguas empezaron a bajar, poco a poco, las escaleras. Abajo, escondido en el salón, encontraron a Alib junto a algunas de sus esposas. Estaba aterrorizado, pero no por los mercenarios: esas yeguas habían vencido a seis mercenarios armados. Lo que era peor, ahí arriba había ocurrido algo mágico, algo maligno. Aitana notó el miedo que inspiraba a su "amigo", y lo aprovechó.
—Vas a liberar a Macdolia. Ahora.
—Pero... pero... no me has pagado lo prometido, Aitana.
—Alib, tienes dos opciones. La primera es que la liberes ahora, y te enviaré el pago cuando pueda, como acordamos. La segunda...
Aitana guardó silencio al escuchar a alguien correr por las escaleras a su espalda. Un lobo apareció por ellas y, al avanzar, se encontró con las ponis. La arqueóloga se giró y lo miró, y al hacerlo el mercenario palideció.
—¡Kaz-tim! ¡Kaz-tim!
Y después, salió corriendo. "¡Bruja, bruja!" es lo que dijo. Poco a poco, Aitana volvió a mirar al comerciante.
—Tú eliges.
Alib se levantó cuando Macdolia se le acercó. Despacio, por el temor que sentía, cogió la gema y la acercó a unos puntos concretos del collar de la esclava. Éste brilló, inofensivamente esta vez, y empezó a retraerse hasta desaparecer completamente en una pequeña gema. Alib la recogió y se alejó. Macdolia se llevó un casco al cuello, sonriente.
—¡Sí! ¡Por fín!
—Marchaos —imploró Alib, aterrorizado—. ¡Marchaos y no volváis, ponis! ¡Marchaos, por todos los dioses, marchaos!
—Nos vamos, Alib. Soy una poni de palabra, recibirás el pago por Macdolia.
Ambas yeguas galoparon escaleras arriba y recogieron rápidamente algunos pergaminos y enseres de viaje. Pocos minutos después salieron a la calle, perdiéndose entre unos callejones justo antes de que la guardia llegara a la casa del comerciante.
—Tenemos que encontrar un lugar donde pasar la noche, Macdolia —dijo Aitana con un deje de miedo en su voz.
—Conozco a una familia, esta mañana saqué a su lobezno de un problema con unos ladrones. Nos darán cobijo.
Un grupo de cuatro guardias lobo patrullaban los callejones entre las casas más pobres de la ciudad. Sus pesadas armaduras hacían que sus pasos impactaran con fuerza en el suelo, anunciando su presencia sin necesidad de palabras. Macdolia, escondida, los observó a través de una diminuta ventana y suspiró aliviada cuando pasaron de largo. Todavía las buscaban; la exhibición de poder de la arqueóloga había llamado la atención de la guardia.
A su espalda, Aitana dormía profundamente. Macdolia intuía que, fuera cual fuera el origen de la magia que su amiga había usado para salvarla, la había agotado física y emocionalmente. Además, una vez estuvieron en un lugar seguro, la arqueóloga le había dado una extraña advertencia.
—Macdolia, necesito que me vigiles. Temo... pasar una mala noche.
—¿A qué te refieres?
—Puedo... ser peligrosa. Déjame inconsciente vuelvo a hacer magia.
Macdolia no pudo evitar llevar la vista al misterioso objeto de su amiga. ¿Una brújula? ¿Qué demonios era? ¿De dónde surgía ese... inquietante poder? No existían muchos objetos capaces siqueira de potenciar la magia de un unicornio, aún menos capaces de dar un poder así a un poni de tierra. ¿Qué demonios era esa brújula?
Un par de horas después, una nueva patrulla pasó cerca de la casa. Macdolia se escondió hasta que pasaron de largo. Pero cuando los sonidos de las pesadas pisadas de los guardias empezó a morir en la lejanía, un nuevo sonido llenó la sala.
—Ak-tir nara maltok, ak molnara mawantolk.
—¿Aitana?
La arqueóloga se había puesto en pie. La brújula, rodeada por un aura purpúrea, flotaba, aún unida a la cadena, a pocos centímetros de la cara de la yegua. Sus pupilas se habían tornado grises, y miraba a Macdolia como si no la reconociera.
—¡Aitana! ¡Para! ¿Qué te ocurre?
—¡Ak-tir nara maltok!
La voz de su amiga se había vuelto mucho más grave, como si un varón estuviera hablando a la vez que ella. Macdolia comprendió que su amiga estaba fuera de sí. Cuando la brújula empezó a brillar con más fuerza que antes, la yegua roja no lo dudó: avanzó hacia su amiga, se giró sobre sus cuartos delanteros y cogió impulso pero, en el último momento, Aitana pareció recuperar la cordura.
—Espera... ¡espera!
Macdolia detuvo el golpe al ver a su amiga reaccionar de nuevo; esta se sentó sobre sus cuartos traseros, llevándose un casco a la cabeza con los ojos cerrados con fuerza. Poco a poco, el brillo del colgante se fue apagando hasta desaparecer completamente.
—Tranquila, creo... creo que estaré bien.
Macdolia respiraba con fuerza, observando a su amiga volver al camastro y comprendiendo al fín a qué se refería. Ahora se hacía a la idea de la carga que portaba consigo. Las razones, eso sí, no alcanzaba a comprenderlas.
NOTA DEL AUTOR:
Quiero dedicar este capítulo a dos autores:
-Quisco Mcdohl, autor del personaje "Macdolia". Gracias a la misma, esta historia se volvió muchísimo más interesante.
-Kolbjorn, autor de "Armonía" entre otras muchas historias. Adopté la mitología creada por él en esta historia. ¡Leedlo, es genial!
Un saludo y gracias por leerme!
