Aitana empezó a despertar poco a poco, notando la ligera presión de una venda sobre su pata delantera izquierda. Se sentía descansada, lo cual era un alivio: significaba que no había hecho ninguna estupidez durante la noche. Pero eso sí: tenía un dolor de cabeza brutal. Abrió los ojos; la luz que entraba por la ventana no le molestaba a la vista, lo que significaba que no era resaca. Repasó todo lo que recordaba de la noche anterior, por si había algún momento perdido, pero no fue el caso.
—Hombre, al fin despiertas. ¿Estás bien?
Aitana se giró hacia la voz, donde encontró a Macdolia tendiéndole un casco para ayudarle a levantarse.
—Perfectamente. ¿Y tú?
La yegua marrón aceptó la ayuda y se levantó pero, al mirar a su compañera se dio cuenta de que Macdolia la miraba muy seria. Aitana maldijo su estampa, sabía lo que iba a preguntar.
—¿Qué pasó anoche? ¿Qué es esa brújula?
"Bingo".
—Mira, lo único que importa es que estamos bien, ¿vale?
—No, Aitana, no esquives la pregunta. Anoche te levantaste, estabas como poseída, y durante un instante parecía que me ibas a atacar.
En ese momento Aitana recordó que había sido dominada durante un instante cuando dormía. Maldita sea.
—Mira, solo es un objeto que me permite hacer magia, ¿vale? ¿Quieres dejar el tema de una puta vez?
—¡Aitana, objetos así no existen! —respondió Macdolia—. A duras penas existen objetos capaces de mejorar la magia de un unicornio, ¿cómo van a existir brújulas baratas capaces de darte poder mágico? ¡Eso no es posible!
—¿Qué va a saber una esclava, o una guardaespaldas de todo esto? ¡No es de tu incumbencia cómo hice magia, y te recuerdo que te salvé la vida!
—¿Crees que no puedo reconocer la nigromancia cuando la veo?
La arqueóloga se quedó en silencio. Ahora esa yegua sabía también de las artes prohibidas de la magia, ¿qué más sorpresas guardaba?
—Mira Aitana, eres lo bastante inteligente para darte cuenta que soy mucho más de lo que te he dicho. Anoche te levantaste en sueño y me hablaste en el antiguo idioma de Egiptrot.
—¡Venga ya, ahora me vas a decir que puedes reconocer un idioma muerto cuando lo...!
—"Ak-tir nara maltok, ak molnara mawantolk. Ak-tir nara maltok" —tras repetir las palabras que dijo Aitana, poseída, Macdolia las tradujo—. "Pronto seré libre, y mi venganza empezará por esta yegua. Pronto seré libre".
Lo que había hecho Macdolia iba más allá de meramente repetir las palabras que había escuchado la noche anterior: las había dicho con una entonación y una pronunciación que ningún ente viviente debería conocer. El antiguo idioma de Egiptrot llevaba milenios muerto, y solo se conocía por sus transcripciones en otros idiomas igualmente muertos. Sin pensarlo dos veces, la arqueóloga metió un casco en la bolsa que descansaba sobre el montón de paja que hacía de cama y la sacó con una daga asida al mismo, la cual posó amenazadoramente contra el cuello de Macdolia. Esta no pareció hacer ademán de defenderse.
—¿Quién eres? ¿Qué eres?
—Soy tu amiga, Aitana.
—¡Y una mierda! —respondió la aludida—. ¡Casi nadie puede entender ese idioma, mucho menos hablarlo! ¿Quién eres? ¿Qué eres?
—¡Soy una poni, te estoy intentando ayudar!
—¡He visto demasiados monstruos disfrazados como ponis!
El temor por el arma que amenazaba con quitarle la vida hizo que el gesto de Macdolia temblara ligeramente; sin embargo, con un gran control sobre si misma, habló con toda la calma que pudo.
—Pues menuda birria de monstruo. En vez de atacarte cuando estabas débil o robarte la brújula mientras dormías, he decidido permanecer a tu lado.
—¡Tú sabrás qué interés tienes!
—¡Ayudar! ¡Aitana, soy una guardaespaldas, en eso no te he mentido! ¡Quiero ayudar, quiero proteger a todo aquel que necesite ayuda, y desde luego no quiero ver cómo la Fiebre Infernal se lleva miles de vidas por delante! ¿Por qué iba a estar ayudándote, si no? Si hay una posibilidad de que se te vuelvas loca, de que... "eso" que hiciste ayer se salga de tu control, necesito saber a qué me enfrento.
La arqueóloga mantuvo la mirada fija en Macdolia; aunque la creía cuando decía que quería ayudarla, no acababa de confiar en alguien que le estaba ocultando de forma tan obvia su pasado. O, para más inri, cómo era posible que supiera tantas cosas... que prácticamente nadie debería conocer. La yegua roja suspiró aliviada cuando sintió que la presión sobre su cuello se relajaba.
—No necesito una historia al detalle, Aitana —dijo en voz baja—. Solo necesito saber lo más importante, lo justo para saber cómo ayudarte si te... descontrolas. Solo lo necesario, nada más.
Finalmente, la aludida bajó el cuchillo y, con un movimiento extrañamente casual para haberlo hecho solo con los cascos, guardó la daga en una de sus alforjas. A continuación se sentó junto a las mismas .
—Llevo muchos años enfrentándome a... peligros en la oscuridad. Una de mis primeras expediciones fue a investigar una fuente de energía nigromántica, ya que había señales al respecto.
—¿Extrañas plagas, enfermedades, campos de cultivo marchitados? —inquirió la yegua de las coletas.
—Veo que no mentías cuando dijiste que podías reconocer la nigromancia. Sí, esos y otros signos. Nuestras investigaciones nos llevaron a una pirámide sin descubrir en Egiptrot; esperábamos encontrar... algún artefacto de la antigüedad, quizá un objeto mágico nigromántico, o un nigromante reuniendo un pequeño ejército de no muertos. Algo así.
—¿Qué fue lo que encontrásteis?
La arqueóloga tomó la brújula rota que siempre llevaba con un casco y jugueteó con ella; a Macdolia este gesto le pareció un signo de nerviosismo muy bien controlado. El objeto era bastante viejo y grande, casi del tamaño del casco de un poni adulto, y parecía haber sido atravesada por algo con mucha fuerza.
—Un puto lich. Apareció cerca mío cuando estaba intentando orientarme y me atacó; reaccioné por instinto y me intenté proteger con la brújula que estaba mirando. El hechizo, se incrustó en ella, por eso sigo viva; después llegaron mis compañeros y lo atacamos con todo lo que teníamos.
—¿Fue muy... difícil?
—Murieron muchos, ¿algún otro detalle morboso que quiera saber, señorita? —respondió Aitana con rudeza. Después siguió relatando —. Pudimos inmovilizarlo con magia, mientras íbamos a buscar la filacteria.
—Ahí me superas, Aitana, ¿qué es una filacteria?
—A ver, ¿sabes lo que es un lich?
Macdolia tenía una idea muy vaga al respecto, y tuvo que pensar la respuesta.
—Eh... Un nigromante extremadamente poderoso que ha vencido a la muerte convirtiéndose en no muerto, ¿no?
—Bien, pero, ¿cómo lo hace? ¿Cómo engaña al orden universal para que su alma no trascienda y así pueda quedarse en este mundo? Utiliza una filacteria: Una gran gema imbuida con la sangre de decenas de víctimas que sirve como receptáculo para su alma. Cuando su cuerpo muere, el alma del lich vuelve a la filacteria y, desde ella, puede poseer otro cuerpo cercano a la misma.
—Entiendo. Entonces teníais que destruir la filacteria antes de poder... matarlo, ¿verdad?
Aitana notó que Macdolia parecía haber dudado al usar el verbo "matar". No intentó entender el por qué.
—Sí. Mientras lo retenían encontramos y destruimos su filacteria, y después nos lanzamos a acabar con él, pero pasó algo... inesperado. Sin una filacteria a la que regresar, el alma del lich buscó la fuente nigromántica más cercana...
—¿...Y solo encontró la brújula? —concluyó Macdolia.
Aitana asintió y alzó el susodicho objeto.
—Está muy debilitado, y no puede intentar poseer otros cuerpos. Pero en ocasiones me intenta poseer a mi, o a cualquiera que tenga la brújula en un momento dado. Tampoco puede hacer magia por si mismo, salvo a través de su portador.
—¿Pero por qué te hace caso?
—Está... dormido, por así decirlo. Cuando le dejo despertar lo empujo para que reconozca como una amenaza lo mismo que está atacándome a mi; el problema es que luego se mantiene despierto un buen rato, intentando poseerme completamente. Pero a cojones a mi no me gana nadie, tengo la cabeza muy dura desde que era una potra, no es tan fácil dominarme.
—¡¿Pero por qué lo llevas encima?! ¡Es muy peligroso! ¡Si perdieras el control en una ciudad poblada...!
Aitana se levantó de golpe y se acercó unos pasos a Macdolia.
—¿Y qué idea tienes? ¡Dímela, estaré encantada de oírla! ¿Destruir la brújula? ¿Cómo sabes que no liberará el espíritu? ¿Esconderla, y esperar a que tarde o temprano alguien la encuentre? ¿Dársela a otra persona, y esperar a que Kolnarg la posea y arrase medio mundo?
En esta ocasión fue Macdolia la que se levantó y miró a su compañera, con una expresión de alarma y sorpresa en el rostro.
—¿Kolnarg? ¿Has dicho Kolnarg? ¿El gran mago de Egiptrot, el nigromante que arrasó todo el reino en venganza contra el faraón? ¿El que juró que volvería para reconquistar el lugar que le pertenece del mundo? ¡¿EL PRIMERO DE LOS LICHES?!
Aitana se maldijo a si misma en silencio y se giró, volviendo a su camastro.
—Ya te he contado bastante. Si pierdo el control déjame inconsciente. ¿Contenta?
Sin decir una palabra más, la arqueóloga abrió una de sus bolsas y se dedicó a reorganizar el contenido. Macdolia permaneció observándola en shock; ¿de verdad esa yegua llevaba encima el alma de uno de los magos oscuros más poderosos de todos los tiempos? ¿Y de verdad era capaz de aguantar sus intentos de dominarla por pura fortaleza mental? Si esto era así, ¿a qué más había llegado a enfrentarse Aitana Pones? Conocía bien su figura pública: una arqueóloga caída en la desgracia académica debido a sus estudios y teorías sobre la historia de Equestria.
Y es que hacía unos pocos años -Macdolia no podía recordar cuántos exactamente- Aitana regresó de una excavación en el antiguo ducado de Unicornia asegurando que había existido una guerra entre el mismo y Cebrania. Esas teorías fueron recogidas en su propia tesis doctoral, la cual fue automáticamente ignorada y calificada como una locura y un sinsentido por arqueólogos de renombre, siendo quizás el propio padre de Aitana, el profesor Roy Pones, el único historiador que la respaldó. Sin embargo todo fue a peor cuando la propia princesa Celestia declaró públicamente que jamás había habido guerra alguna entre Unicornia y Cebrania.
Así fue como terminó la corta carrera en la arqueología de Aitana Pones. Siguió participando en excavaciones y prospecciones desde aquel entonces, pero jamás nadie volvió a prestar atención a sus investigaciones, con la sonada excepción de revistas amantes de lo paranormal y las conspiraciones. Si el mundo se hiciera a la idea, aunque fuese vaga, de a todo lo que se enfrentaba Aitana Pones...
Súbitamente se escucharon unos pasos acercarse a toda prisa; alguien llamó a la puerta y entró sin esperar a que le dieran permiso para hacerlo. Se trataba de un lobo, el padre de la familia que las había acogido, que portaba dos fardos de tela. Era un macho joven, de unos treinta años, de fuertes patas y garras desgastadas que narraban por si mismas su trabajo cargando los barcos mercantes. Habló con bastante prisa, casi atropellándose con sus palabras.
—Tenéis que iros, ponis. La guardia sabe que estáis por el barrio y están registrando todas las casas. Si os encuentran aquí...
Macdolia se levantó, mirándolo con una sonrisa en la cara y hablando en el idioma natal de su anfitrión.
—Lo entiendo, Kassan. Gracias por acogernos en plena noche, nos has salvado la vida.
—Tú salvaste a mi hijo, Ka'tila Macdolia. Siempre estaré en deuda contigo.
Ka'tila, "respetada". No era una palabra que un lobo utilizara con asiduidad, más que para dirigirse a un superior, o para expresar un profundo respeto y agradecimiento hacia alguien. El lobo mordió dos fardos que llevaba sobre el lomo y los lanzó a las yeguas: eran trajes para el desierto completos, baratos, pero efectivos para quitar el calor. Y todavía más importante era que las cubrirían completamente; si caminaban a cuatro patas podrían pasar como dos lobos viajeros. Se vistieron con los mismos rápidamente.
—Gracias por todo, Kassan —se despidió Macdolia—. Salam Aleikum.
—Aleikum Salam, Ka'tila Macdolia.
Salieron de la casa y rápidamente, pero sin correr, se dirigieron a las calles principales de la ciudad, donde esperaban poder perderse entre la multitud. La ciudad estaba parcialmente colapsada; el tráfico de carretas y comerciantes no había disminuido, pero las noticias de la magia oscura que se usó la noche anterior en la mansión de Alib ib Massan habían corrido. Los que podían permitírselo habían contratado grupos de guardaespaldas para protegerse, y la guardia no dudaba en detener y registrar a cualquiera que le pareciera sospechoso.
—Me acabo de fijar... ¿olvidaste tu sombrero en casa de Alib?
—No, lo dejé —comentó Aitana—. ¿Esperas que pase desapercibida llevando un sombrero sobre el traje? Solo lo llevaba para el sol, nada más.
Caminar por la ciudad se había vuelto algo mucho más lento; sabían que no podían quedarse mucho tiempo, hay muy pocos ponis en los Reinos Lobo y no tardarían en identificarlas, aún con los trajes para el desierto.
—¿Aitana, tienes alguna idea de cómo ir al sur?
—Sí. Todavía tengo bastante oro encima. Creo que lo mejor será llegar hasta el puerto fluvial, en el extremo este de la ciudad. Después pagaré a algún comerciante para que nos lleve río arriba, hasta el corazón de los Reinos Lobo.
—¿Entonces me dejas que...? —sin previo aviso, Macdolia empezó a hablar en lobo con un acento casi perfecto—. No creo que el Bolón sea la flor más indicada para adornar el hijab de tu hija en su boda.
—Pero qué estás... oh. Sí, quizás, ¿quizá unas pocas flores de Paronamio? Son de vivos colores.
Ambas yeguas mantuvieron su falsa conversación en lobo mientras pasaban cerca de una pareja de guardias, los cuales no repararon en su presencia. Una vez lejos del peligro, Macdolia repitió su pregunta.
—¿Entonces me dejas ayudarte?
—Creo que prefiero mantenerte cerca, sabes pelear. Pero no me hagas arrepentirme.
—Vamos, que no te fías de dejarme atrás, no vaya a seguirte, ¿verdad? —rió Macdolia —. A mi ya me va bien, no tardaré en demostrarte que no tengo malas intenciones.
Después de mezclarse entre un grupo de transportistas que iban al río, y tras sobornar al guardia de la muralla apropiado, las dos yeguas lograron salir de la zona más transitada de Taichnitlán y dirigirse al puerto fluvial. El sol del desierto era intenso, pero la brisa que venía del mar unida a los trajes que portaban hicieron que el calor fuera soportable.
Tras un par de horas de caminar y de evitar hábilmente las patrullas de los guardias, las yeguas llegaron al puerto fluvial. En definitiva se trataba de un muelle de carga dedicado a preparar las mercancías que irían río arriba, hasta el corazón de los Reinos Lobo, motivo por el que el comercio no era demasiado abundante en el mismo. Decenas de barcos, más pequeños que los grandes mercantes de Taichnitlán, estaban atracando en el puerto. Otros muchos iban y venían río arriba, mientras inmensas caravanas de transporte traían bienes desde el puerto marítimo.
Una vez en los muelles, Aitana buscó a un mozo de cuerdas joven y le pagó un par de monedas a cambio de que le encontrara un capitán dispuesto a llevar a dos pasajeros en su barco. Macdolia estaba nerviosa, sabiendo que en cualquier momento cualquiera podría identificarlas como las ponis responsables del ataque en la mansión. Por contra, Aitana guió a su compañera hasta una taberna cercana tras informar al mozo de dónde encontrarlas. Para sorpresa de la yegua roja, la arqueóloga se quitó la capucha y el velo del traje, revelando su naturaleza como poni. Aunque algunos la miraron, curiosos, al poco todos los presentes volvieron a sus asuntos y a sus tragos. Era el típico lugar al que acuden las personas que no quieren ser molestadas, y mucho menos tener a la guardia rondando por ahí.
Mientras bebían algo -y Macdolia descubría la cerveza loba- alguien entró en la taberna. A primera vista parecía un poni semental, bastante alto. Era blanco, con un patrón de rayas negras sobre su pelaje y crin, la cual caía sobre un lado de su cuello. Joven, de aspecto resuelto y ágil, miró alrededor unos segundos antes de acercarse a la mesa donde Aitana y Macdolia aguardaban.
—Me han informado que en mi barco queréis embarcar —expuso el semental cebra—. Sin duda, de algo queréis escapar.
—Pareces joven para ser capitán —observó Aitana.
—El liderazgo al más capaz es entregado, no siempre al más anciano.
Aitana miró a Macdolia un instante antes de seguir hablando.
—Más que escapar, necesitamos ir al sur lo más rápido posible. ¿Puedes llevarnos?
—No tratáis de escapar, pero parece que os buscan. ¿Es que acaso de bruja os acusan?
—No somos un peligro —explicó Macdolia. La cebra, tras unos segundos, sonrió.
—Brujas serían llamadas por los lobos la mayoría de cebras. No os preocupéis, no hay nada en vosotras que tema. Soy el capitán Santoj.
Ambas yeguas respiraron aliviadas. Ese capitán no parecía ir a delatarlas.
—Aitana Pones, y ésta es Macdolia. ¿Cuál es tu precio?
—Cuarenta escudos cada pasajero. Y creedme, el dinero estudio con esmero.
—Vaya —exclamó Aitana—. Y se suponía que las cebras eran espirituales.
—Y los ponis pacíficos, Aitana Pones. No te andes con jeroglíficos.
Aitana se llevó una pezuña bajo el traje y contó con el tacto las monedas que llevaba encima.
—Puedo ofrecerte treinta monedas ahora. ¿Comercias también en los puertos de Equestria?
—Sí, comercio con los ponis.
—En ese caso, te puedo hacer un pagaré oficial. En cualquier puerto de Equestria te pagarán lo que diga en él.
—Es un gran retraso en mi pago. No sé si aceptarlo sería sensato.
—¿Veinte escudos extra lo harían aceptable?
La cebra sonrió mientras se levantaba. Aitana maldijo para sus adentros: no iba a aceptarlo. ¿Y cómo explicar que el destino de miles de lobos podía estar en juego si no llegaban rápido?
—Mi barco es el "Ritual Resonante", muelle doce. Zarparemos al caer la noche.
Sin decir más, Santoj salió de la taberna. Las dos yeguas se miraron, casi sin creer su suerte. Quizá, al final, todo saliera bien.
Tres horas después de haber zarpado, Aitana y Macdolia empezaban a estar algo agobiadas de estar las dos encerradas en una pequeña caja de madera. El capitán Santoj las había escondido en la misma, poniendo todavía más cajas de carga encima de la suya para hacer más difícil que las descubrieran.
—Oye, Aitana.
—¿Qué?
—Tengo que ir al baño.
—No me jodas, Macdolia —susurró Aitana.
—En serio. No debí tomar esa última cerveza.
—Como no te aguantes vamos a desear las dos que nos hubiera atrapado la guardia. ¡En serio!
Las dos se quedaron un rato en silencio. Macdolia, incómoda, se movía algo más que Aitana, la cual hacía lo posible por no sulfurarse.
—Aitana, ¿te queda agua?
—No. Y la verdad es que tengo sed.
Hubo un nuevo e incómodo silencio que fue roto por una risita mal aguantada de Macdolia. A pesar de la oscuridad, Aitana hizo lo posible por mirarla con todo el mal humor que era capaz de transmitir.
—¡Ni se te ocurra hacer un chiste!
—¡Calla! —susurró la yegua roja entre risitas— ¡No me hagas reír!
Enfurruñada, Aitana volvió a guardar silencio; podía sentir a su lado a Macdolia respirar entrecortadamente. Esta no tardó mucho en volver a susurrar:
—Oye, estaba pensando que...
—¡Joder, Macdolia! Tenemos que guardar silencio, cojones.
—No, si ya lo sé, pero es que estaba pensando que...
—¡¿Qué?! —preguntó la arqueóloga, exasperada.
—Que si nos organizamos bien... podríamos acabar con todos nuestros problemas.
Ese fue el punto en que la yegua marrón ya no pudo más. Cogió aire con toda su fuerza e, incapaz de aguantarlo más... Empezó a reír a carcajadas, que fueron acompañadas por las de Macdolia. Por más que intentaron reprimirse, cada vez que una mencionaba que las iban a oír, la otra respondía riendo más fuerte.
—¡Vamos a morir! —exclamó Aitana entre risas—. ¡Vamos a morir y es culpa tuya!
—¡Al menos morirás bien hidratada!
Pero, tras ese comentario, escucharon un fuerte golpe sobre ellas: alguien había retirado la caja que estaba sobre la suya propia. Dejando de reír de golpe, Aitana tomó una de las dagas de sus alforjas y se preparó para combatir de ser necesario; sin embargo, antes de nadie apareciera, escucharon una voz conocida.
—Menuda forma de guardar silencio. Me pregunto, ¿qué pasaría si os pidiera que riérais con esmero?
La tapa de la caja se abrió y en seguida vieron la cara del capitán Santoj.
—Podéis salir, mientras naveguemos seguras os podéis sentir.
Nada más hacerlo, Macdolia saltó al exterior y galopó en busca de las letrinas.
El viaje iba a durar tres días si no había ningún incidente por el camino. A pesar de estar remontando el río, Santoj les explicó que las cebras de su tripulación conocían formas de hacer que el viento soplara siempre en su favor. Cuando preguntaron acerca de posibles complicaciones dio a entender que tendrían que hundir su barco para que no llegaran a tiempo a su destino.
Aitana prefirió no ser pájaro de mal agüero.
El primer día y su noche transcurrieron sin ningún incidente; durante la misma la arqueóloga aprovechó para controlar la trayectoria astral de Mater Luminis, confirmando que sus cálculos eran correctos. Debían faltar unos diez días para la confluencia estelar que causaría el alzamiento de Manresht... si es que eso es lo que iba a ocurrir.
Durante la segunda noche ambas yeguas escucharon al vigía gritar algo, seguido del rápido caminar de la tripulación hacia la proa. Las dos fueron a la misma para ver qué ocurría: río arriba se podía ver un gran resplandor naranja. Aparentemente, un pequeño pueblo estaba en llamas. El capitán Santoj ya estaba oteando el mismo con el catalejo, con la boca ligeramente abierta debido a la impresión.
—No nos vamos a detener. No podríamos ayudar, solo entorpecer.
—¿Cómo que no? ¡Si nos paramos quizá podamos salvar algunas vidas! —objetó Macdolia.
Aitana le quitó el catalejo al capitán y observó ella misma. Lo que vio la dejó con la boca abierta, y lanzó una gran maldición en voz alta.
—Macdolia, el capitán tiene razón.
—¡Cómo puedes decir eso! ¡Se supone que estás aquí para ayudar! ¿Verdad?
—Escucha, a veces hay que...
—¿Hay que qué, Aitana? ¡No me digas que sólo ayudas cuando te...!
Un aullido, un rugido o ambas cosas a la vez la interrumpieron; era un grito imposible de lanzar por cualquier criatura viviente, algo que hizo que todos los presentes se giraran y miraran en todas direcciones. Una presencia, un peligro invisible pareció acecharlos, y varios marineros sacaron las armas buscando en vano al ser que les iba a atacar. La propia Macdolia retrocedió, aterrorizada, esperando que en cualquier momento algo saltara sobre ella.
—¡Tranquilos!
Aitana se mantuvo en el centro de la cubierta, hablando a todos los presentes.
—¡No hay ningún peligro en este barco! Eso que sentís es magia, una ilusión, no dejéis que os controle.
El capitán tardó unos segundos en cerciorarse de que la arqueóloga decía la verdad antes de ordenar a sus hombres que guardaran las armas. Macdolia, todavía asustada, se acercó a su compañera.
—¿Qué clase de magia puede...? Oh, dioses...
Ahora que el barco estaba a la altura del pueblo, todos pudieron ver a la criatura que había aullado. Era un lobo o, al menos, una vez lo fue; mucho más grande que cualquiera de estos, se alzaba sobre dos patas y su carne ardía con un fuego infernal, cuyas llamas sobresalían por encima de los edificios y ya habían provocado varios incendios. Sus garras eran enormes y afiladas, al igual que sus colmillos, los cuales pudieron ver cuando el ser rugió. Al hacerlo un gran cono de llamas surgió de sus fauces, cubriendo una gran zona frente a él; tras el fuego salió, rodando por el suelo, un guerrero lobo. Este se levantó, portando una espada en la mano, con la armadura todavía ardiendo, y cargó contra la infernal criatura.
Aitana, sin perder de vista lo que ocurría, alcanzó su alforja izquierda con una pata, sacando un largo objeto que, de alguna forma, se había enganchado a la misma.
—El Tártaro, Macdolia. Eso que sientes es pura energía demoníaca.
El ataque del guardia hizo blanco, atravesando a la criatura a la altura del corazón. Esta se quedó inmóvil, solo durante un instante... y después atrapó al desgraciado mortal con sus garras. El terrorífico rugido del ser eclipsó el grito de dolor del guardia; el monstruo lo desgarró limpiamente, lanzando sus restos a ambos lados de si mismo, y avanzó hacia los mortales que huían hacia el desierto.
Macdolia, aunque aterrorizada, se preparó para saltar a tierra cuando lo ocurrido, pero una calmada voz la detuvo.
—Quieta.
Aitana, a su lado, alzó el objeto que había sacado y lo estiró con una pata; la ballesta plegable se abrió como un abanico y, al momento, la arqueóloga tensó el arma y la armó con un virote que había sacado del un compartimento del cuerpo de la misma. Después apoyó el arma en la baranda del barco y apuntó durante unos interminables segundos; Macdolia se sorprendió al escuchar a Aitana murmurar una plegaria.
—Pte Ska Win, blanca madre de los búfalos, ata a esta criatura a la tierra.
Apretó la palanca disparadora y, un instante después, el proyectil se incrustó profundamente en la cabeza del ser infernal. El fuego que salía de su carne se apagó rápidamente y, en seguida, la criatura cayó muerta. Cuando el barco pasó de largo, sin detenerse en el pueblo, Aitana plegó y guardó el arma en un compartimento acorde de sus alforjas.
—Qué... ¿Qué era eso, Aitana? ¿Eso era un zombie ígneo? ¿Los de la Fiebre Infernal?
—Sí. Y viéndolo de cerca sé lo que es: un cadáver poseído por un demonio menor del fuego.
—Pero entonces... Eso significa que Manresht ha vuelto.
—Eso parece —respondió la arqueóloga—. Todo apunta a ello, pero podría ser otra cosa.
Río abajo, en el mismo pueblo que habían dejado atrás, se escuchó un nuevo aullido igual de terrorífico que el anterior. Macdolia reaccionó de golpe queriendo dirigirse al capitán para que dieran la vuelta, pero Aitana lo evitó atrapándola con una pata.
—¡Qué haces! ¡Tenemos que volver, tenemos que ayudarles, esa gente va a morir!
—Escúchame bien, ahora no podemos distraernos. ¿Entiendes? ¡Tenemos que centrarnos en el objetivo! Si nos paramos a ayudar a todo aquel con problemas, sólo surgirán más zombis ardientes.
—Pero...
—¡No hay peros, Macdolia! ¿Quieres ayudarme? ¡Pues céntrate en el objetivo! ¡Tenemos que seguir adelante, tenemos que encontrar el origen de todo esto y destruirlo! ¡Sólo así detendremos esta pesadilla antes de que sea imparable!
Se quedaron en silencio. La mayoría de la tripulación del barco no hablaba equestriano, así que no entendieron lo que habían discutido las dos ponis. Un joven tripulante lobo seguía mirando hacia el pueblo cuyas llamas empequeñeían con la distancia, en shock, mientras repetía "Kelting'otar nahter". Macdolia, mirándolo, preguntó:
—¿Crees que la guardia podrá controlar la plaga, Aitana?
—No —dijo ella sin dudar—. Esto no es una enfermedad como tú la entiendes; me temo que todo aquel que muera, por la causa que sea, se levantará de nuevo. Es cuestión de tiempo que el ejército tenga que retirarse hacia el norte, abandonando las poblaciones afectadas a su suerte.
Asintiendo, Macdolia se acercó al lobo para intentar consolarlo. Aitana sacó el mapa mientras cavilaba para sí misma. "El primer arco de Ob-Nikoón". Era su única pista, y ésta provenía de una canción infantil. Como no encontraran una pista mejor, algo que les indicara el origen exacto de las fuerzas del Tártaro, pronto se encontrarían frente a un ejército de demonios. Dioses, y ella era la única lo bastante cerca del lugar como para hacer algo al respecto.
Volviendo a los camarotes, Aitana se sentó en una mesa, encendió una lámpara de aceite y sacó un pergamino y una pluma de sus alforjas.
"
P.P:
Esto es más de lo que pensábamos, tus contactos tenían razón con lo de la magia del Tártaro en los Reinos Lobo. La Fiebre Infernal ha vuelto, no son zombies si no demonios menores del fuego poseyendo cuerpos. Ha coincidido con el alineamiento astral de Mater Luminis con Morek-Sidón.
Si se trata de Manresht, como sospechamos, debe haber una ventana al Tártaro desde la que obtiene su poder. Si no consigo pararlo vamos a tener al demonologista como epicentro de un gran portal al Tártaro. Ya sabes lo que esto significa. Si conoces a alguien, cualquiera que pueda ayudar, contacta con él ahora. No tenemos mucho tiempo.
Me dirijo a Joth-Lambarg en busca de más pistas. Te mantendré informado.
Informa también a los otros. Si no lo consigo quizá tengáis que reuniros de nuevo.
A.P"
Aitana enrolló el pegamino y sacó un pequeño frasco de sus alforjas; al abrirlo una llamarada verde salió del mismo, y lanzó el pergamino sobre la misma. Este se consumió al instante y las cenizas, rodeadas por una brisa del mismo color, salieron volando hacia el destinatario del mensaje.
Las llamas del pueblo se perdieron en la lejanía hasta convertirse en un diminuto punto luminoso. Al día siguiente llegarían a su destino: Joth-Lambarg, la capital de los Reinos Lobo.
Con la primera luz del alba, el "Ritual resonante" inició la maniobra de atraque en la capital loba. Unas pocas columnas de humo translúcido indicaban los incendios que acababan de ser sofocados. El puerto estaba en una tensa quietud: los guardias lo habían tomado, evitando que nadie embarcara. En cuanto el barco estuvo asegurado en el muelle, un soldado se acercó.
—Los comerciantes vendrán a por su mercancía aquí. No bajen del barco, hay una epidemia.
—¿De qué epidemia se trata?
—La fiebre infernal.
Aitana y Macdolia, sin dudarlo, se prepararon para saltar a tierra firme. El lobo, aunque no intentó detenerlas, les advirtió:
—Si bajáis a la ciudad no podréis abandonarla hasta que se levante la cuarentena.
—Lo sabemos —respondió Aitana—. Capitán, gracias por el viaje.
—La mejor de las suertes, queridas amigas. Que todas mis bendiciones os sirvan de guía.
El que el guardia no reaccionara ante la presencia de las ponis indicó a estas que las noticias sobre su espectáculo en Taichnitlán aún no había alcanzado la capital loba. Aún así, en cuanto encontraron una esquina apartada de la vista, se pusieron lo trajes del desierto. Era mejor prevenir.
Joth-Lambarg, al igual que su hermana costera, era un remanso de civilización en el desierto. Entre los edificios que conformaban viviendas y comercios destacaban grandes construcciones y monumentos que, a diferencia de Taichnitlán, servían como evocadores recuerdos de la historia y la cultura de los lobos, en vez de ser un medio para exaltar el ego y la prepotencia de nobles y burgueses. Normalmente, la capital loba bullía con la actividad comercial y política, al igual que con el trabajo de sus habitantes. Sin embargo, en aquellos momentos la ciudad se hallaba en un tenso silencio, todavía en shock por los sucesos de la noche anterior. Pocos comercios se habían atrevido a abrir sus puertas, y algunos habían sido ya saqueados por personas desesperadas por sobrevivir a la cuarentena. Aquellos que no estaban luchando por conseguir provisiones se afanaban en asegurar sus viviendas con maderas, hasta el punto de tapiar las ventanas más bajas con piedras, ladrillo y argamasa.
Las dos ponis, ocultas bajo sus trajes de viaje, atravesaron las calles tratando de pasar desapercibidas.
Se escuchó el ruido de madera al romperse cuando un grupo de lobos jóvenes asaltaron por la fuerza una carnicería; el dueño de la misma salió corriendo a la calle, llamando a la guardia. Una patrulla de la misma apareció tras una esquina se metieron en la tienda, cimitarra en mano, a detener a los saqueadores. Macdolia dio un paso hacia la escena, queriendo poner paz antes de que alguien saliera herido, pero Aitana la empujó contra un muro, deteniendo su carrera.
—¿Qué haces? ¡Algún lobo morirá si no hago algo!
—Y más morirán los próximos días si los guardias te reconocen y te matan. Estamos en una ciudad en cuarentena, la guardia no atenderá a razones.
—¡Pues saquemos a esos chicos de ahí, solo están asustados!
—¡Toda la ciudad lo está, y aunque les ayudes a ellos no evitarás que otros mueran! ¡No dejes que te maten inútilmente!
Macdolia luchó contra Aitana, pero esta última se dio cuenta de que su compañera no estaba usando todas sus fuerzas; probablemente estaba luchando también contra su propia moral para no apartar a la arqueóloga y correr en auxilio de esos lobos, aunque le costara la vida. Pasaron pocos segundos antes de que los guardias salieron de la tienda llevándose a los saqueadores, uno de ellos visiblemente herido.
La yegua roja con coletas se quedó quieta, mirando al suelo bajo su traje del desierto y temblando ligeramente.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Y ahora qué debemos hacer, Aitana?
—Necesito encontrar más información sobre el monumento a Ob-nikoón. Y tú podrías...
Un sargento de la guardia gritó por una calle contigua, ordenando a los civiles que se apartasen; una patrulla arrastraba tras ellos a dos lobos muertos, un macho y una hembra, cuyo pelo estaba completamente calcinado. Eran grandes, muchísimo más de lo que habían apreciado la noche anterior desde el barco; sus cuerpos habían crecido tanto en altura como en musculatura, convirtiendo a cada uno de esos seres en unos colosos entre los lobos que una vez fueron. Sus garras y dientes, amarillentos, habían aumentado su filo y tamaño proporcionalmente, dando a esas criaturas el aspecto de ser unos cazadores venidos del peor de los infiernos. Aún muertos, era una visión escalofriante.
—Esos lobos debían tener familia —murmuró Macdolia—. Iré a encontrarla, quizá nos ayuden.
—Nos encontramos aquí dentro de dos horas, ¿hecho?
—Hecho.
—Empezó... a media noche.
Macdolia hablaba con una pareja de lobos. De hecho, los padres de uno de los muertos que habían visto en la calle. Le había llevado relativamente poco tiempo dar con ellos: había encontrado la casa calcinada de la que venían los guardias, y luego solo tuvo que preguntar a los vecinos. Lo más complicado fue cuando tuvo que quitarse el traje, mostrando su naturaleza poni.
—¡Pero tú eres una poni!
—Hay rumores... dicen que había una bruja poni en Taichnitlán.
—Soy una poni, pero no soy una bruja —explicó Macdolia con una sonrisa—. De hecho estoy intentando detener la maldición de la fiebre infernal.
Macdolia sabía que había llamado la atención de varios lobos de la zona, y que era probable que llamaran a la guardia. Tendría que averiguar lo que pudiera cuanto antes antes de salir a escondidas por la parte trasera de la casa. El lobo, mientras abrazaba a su esposa, siguió relatando.
—Nuestro hijo, Caleb... sufría fiebres. Empezaron hace dos días, llamamos al médico del barrio y éste le dio unas hierbas. Dijo que se curaría pero... pero no lo hizo. Fue a peor y... falleció ayer por la tarde.
La loba emitió un gemido ahogado.
—Lo... lo llevamos a casa, como es tradición. Queríamos guardarle vela durante la noche, y esta mañana... incinerarlo. Pero no... no ocurrió así...
El padre del fallecido bajó la cabeza, con los ojos abiertos y brillantes por el shock.
—Por favor, tómese el tiempo que necesite —suplicó Macdolia. Al cabo de un par de minutos fue la madre la que habló.
—Yo lo estaba guardando. Mi hijo, mi valiente hijo... estaba muerto. Lo sé, ¡una madre sabe cuando su hijo ha muerto! Pero... de repente... se levantó. ¡Se levantó! ¡Mi hijo estaba vivo! ¡Eso es lo que creí!
—Pero cuando abrió los ojos —interrumpió el padre—, vi el fuego, fuego que ardía tras sus párpados. Y se extendió, mientras Caleb se levantaba. Alzó sus garras hacia mi esposa, ¡y no eran las garras de un lobo! ¡Ese no era mi hijo!
El padre volvió a callar mientras se concentraba por controlar los temblores que habían invadido su cuerpo.
—Empujé a Caleb y saqué a mi esposa de allí. Después llegaron los aullidos y... los gritos, por toda la ciudad.
La loba, de un rápido movimiento, se libró del abrazo de su marido y se alzó sobre sus cuatro patas, mirando directamente a Macdolia. Esta se estremeció ante la ira y la desolación que poblaban sus ojos; el dolor de una madre que había visto a su hijo sufrir un destino peor que la muerte, y acabar convertido en el monstruo que todavía poblaba los mitos de su pueblo.
—Júralo. Jura que acabaras con esto, poni, júralo, por todos los dioses. He perdido a mi único hijo, y acabamos de confiar en una extranjera, en una poni, para compartir este dolor, todo bajo la promesa de que estás aquí para detener todo esto.
—Amor... —intentó el marido.
—¡Júralo, por todos los dioses! —gritó ella entre lágrimas—. ¡Jura que acabarás con esta pesadilla! ¡Júralo!
La yegua roja se quedó paralizada, sin saber bien cómo actuar. Solo acertó a asentir y responder con toda la firmeza que pudo.
—Lo juro. Detendremos la fiebre infernal.
La pareja loba se abrazó cuando la madre rompió a llorar de nuevo, y la yegua roja supo que ya era hora de marcharse. Poniéndose su traje se dirigió hacia la salida trasera de la casa para perderse entre las callejuelas de la capital, pero, antes de salir, una voz la interrumpió.
—Poni.
Era una loba joven, la vecina que había dado cobijo a la pareja tras haber perdido su casa y su hijo.
—Antes de que... ocurriera... sentí algo.
—¿Qué sentiste?
—Me desperté, pero tranquila. No era una pesadilla. Pero sentía que algo iba mal. Tenía todo el pelaje erizado y sentía un cosquilleo en la nuca. Y luego tuve mucho miedo.
—Eso es normal, tus vecinos gritaron y había fuego.
—No, no lo entiendes.
La loba miró hacia la sala, asegurándose de que la pareja no la oía.
—Sentí esto unos minutos antes de que empezaran a gritar. Fue antes de que Caleb se levantara, ¿entiendes?
Macdolia asintió en silencio. Acto seguido abandonó la casa, cubriéndose con el traje del desierto antes de perderse entre las callejuelas de la zona.
A la hora prevista, Macdolia volvió al lugar en el que había acordado encontrarse con Aitana. No la vio, en un principio, lo que la hizo preguntarse si había ocurrido algo, pero al poco tiempo alguien le lanzó una piedrecita; siguió la trayectoria con la vista y se encontró con la yegua marrón, todavía en su traje para el desierto, mirándola desde la azotea de una vivienda de una sola altura cercana. Se metió en el interior de la misma y, unos instantes después, la puerta principal del edificio se abrió. Macdolia entró y, tras ella, Aitana atrancó la puerta.
Era, obviamente, el hogar de una familia pobre; la entrada, que daba directamente a la cocina y comedor, estaba destrozada: divanes volcados, objetos y alguna ventana rota... y restos negros de un fuego que, afortunadamente, no había llegado a calcinar el lugar. Al avanzar unos pasos Macdolia pisó algo blando; se trataba de un pequeño muñeco de trapo, representando un lobo en miniatura.
—Creo que un lobo murió y se levantó de nuevo aquí.
—Y qué... ¿qué hay de la familia?
—No lo sé —reconoció la arqueóloga—. Probablemente estén muertos.
—¡Aitana!
La aludida se giró extrañada ante el alterado grito de su compañera.
—¿Qué? —preguntó—. Es la verdad; anoche huyeron de aquí, eso es obvio, y ahora no están. O han muerto, o quizá han logrado huir al desierto, en ambos casos, nos es indiferente. ¿Qué has averiguado?
—¡Si han muerto al menos... muestra un poco de respeto! ¿Cómo puedes hablar así de frío?
—Ay, la madre que... —murmuró Aitana por lo bajo—. Respeto a los muertos, pero ahora mismo respeto más a los vivos que pronto se unirán a los muertos como no hagamos algo. ¿Contenta, señorita? —preguntó sarcásticamente—. Ahora, ¿has averiguado algo? Porque lo que es yo, solo que aquí no hay ningún arco de Ob-Nikoón.
Tras decir esto, la yegua de crin bicolor empezó a desplegar sobre la mesa un mapa de los Reinos Lobo y sus alrededores, complementado con multitud de notas de momentos históricos, antiguos reinos y demás. Macdolia se quedó en el sitio, temblando ligeramente. Quería gritar, decirle a esa arqueóloga de tres al cuarto que habían dejado a todo un pueblo morir cuando podrían haber ayudado; quería golpearla para que empezara a ayudar a los que la rodeaban, en vez de hablar tanto...
Pero no hizo nada de eso.
Controlando su respiración, inspiró varias veces muy lentamente para calmarse. Curiosamente, Aitana actuó como si no hubiera notado el gesto, y colocó varios cojines junto a la mesa para que ambas pudieran sentarse a compartir información.
—El ataque ocurrió por toda la ciudad —empezó Macdolia—. Por lo visto siempre ha sido la misma historia: alguien murió en una casa y se levantó como un Zombie Infernal. Cada víctima que mataban, era otro monstruo que se unía a sus filas. El ataque acabó poco antes del alba.
—¿Sabes cómo acabó?
—Pues... no. Al parecer los zombies igneos simplemente... desaparecieron. Al amanecer no quedaba ni uno en la ciudad. Hay quien dice que se les ha visto partir al desierto.
Aitana anotó varias cosas en el mapa, haciendo referencia a la constelación de Morek-Sidón y algo sobre el flujo de almas al Tártaro.
—¿Algo más? —preguntó la yegua marrón.
—Sí. Una joven me dijo que... No sé, es extraño. Me dijo que antes del ataque se despertó teniendo miedo, con el pelo erizado. Y que fue unos minutos después cuando llegaron los zombies.
—Eso es interesante. ¡Muy interesante! —exclamó Aitana, como si acabara de tener una iluminación—. ¿Sabes lo que es una ventana al Tártaro? ¿Y un portal?
Macdolia negó en silencio. Aitana sacó un pergamino en blanco de sus alforjas y empezó a garabatear en él.
—Una ventana es lo que todo el mundo confunde con una puerta al Tártaro: un arco de obsidiana o algo similar. Estos arcos pueden ser utilizados por demonologistas para entrar en contacto con algún señor del Tártaro y, a través de un trato, obtener muchísimo poder.
La arqueóloga dibujó un portal en el centro del pergamino, y luego círculos concéntricos cada vez más alejados del mismo.
—Cerca de una Ventana se siento lo mismo que anoche cuando aulló el lobo infernal: miedo, terror, sensación de peligro... Esos son los efectos secundarios de la magia del Tártaro. Pero, cuanto más te alejas, esta sensación disminuye hasta desaparecer.
—Pero esa loba fue de las pocas, si no la única que lo sintió —concluyó Macdolia—. Entonces, ¿la ventana está lejos de aquí?
—Sí, pero lo bastante cerca para servir de nexo.
—Nexo entre... ¿los demonios que poseen los cuerpos y este mundo?
—Sí, pero no solo eso. Verás, los demonios ganan poder a través de las almas de los mortales.
Aitana dio la vuelta al pergamino y dibujó algo mientras explicaba.
—Hay más... paja al respecto, pero podemos resumir en hay tres clases de magia demoníaca, y de demonios ligados a la misma. Primero, los Señores de la Oscuridad y el Dolor —al tiempo, dibujó un símbolo que se asemejaba a una nube con forma de espiral—; los Señores del Terror y la Dominación —añadió un nuevo símbolo, una cabeza de serpiente sostenida por unas garras—; y los Señores del Fuego y la Destrucción.
El último símbolo quizá fue el más fácil de relacionar para Macdolia: Un tridente en medio de un mar de llamas.
—El objetivo de todos los Señores de los Demonios es ganar poder, y cuando hacen un trato con un demonologista siempre salen ganando. Ahora mismo la unión de Manresht con su señor no es lo bastante fuerte como para llamar directamente a demonios del fuego, por eso optan por esta táctica: Poseer a los muertos para traer la muerte y la destrucción. Con cada muerto, cada herido, cada familia rota, cada mortal aterrorizado, cada ciudad destruida... El señor de los demonios ganará poder. De igual forma lo hará el mortal con el que ha hecho el pacto.
Macdolia estaba bastante alucinada por las explicaciones. Alguien la había engañado al decirle lo que era un arqueólogo, en vista de las circunstancias..
—¿Y cuál es el siguiente paso?
Aitana se apoyó en la mesa, meditando durante unos momentos.
—Eso... no lo sé. Si es Manresht, u otro puto demonologista milenario mantenido vivo por un trato con el Tártaro, todavía debe estar atado a la ventana. Imagino que su objetivo es terminar su resurrección y, entonces, convertirse en un portal al Tártaro.
—¿Un portal?
—Un punto de entrada a este mundo —aclaró Aitana—. A través de él podrá llamar a las huestes infernales para que le sirvan teniendo, virtualmente, un ejército de demonios a su servicio.
La yegua roja se horrorizó al entender lo que eso provocaría: Un ejército de seres despiadados, con mucho más poder que cualquier mortal, dirigidos por una mente brillante... Y si había comprendido bien las explicaciones de Aitana, cada vez que mataran a alguien el poder de Manresht crecería, al igual que su ejército.
—Aitana, ¡tenemos que averiguar dónde está!
—Lo sé —respondió la otra con una sonrisa.
—¡¿Pero por qué estás tan tranquila?!
—Porque tengo una idea.
La poni marrón pasó un buen rato rebuscando en sus alforjas hasta encontrar un extraño artefacto. Era un conjunto de tres aros de latón, unidos entre sí con suaves engranajes; cuando Aitana desplegó un trípode bajo el objeto, se pudo apreciar que los aros rotaban en distintas direcciones y ángulos. A Macdolia le recordaba a un aparato para calcular trayectorias astronómicas. A continuación sacó una pequeña y ornamentada punta de metal, cuya base estaba engarzada con una gema roja que brillaba, signo de la magia con la que estaba imbuida. Con rápidos y hábiles movimientos, la arqueóloga fue tocando distintos puntos del artefacto y, a medida que lo hacía, pequeñas runas se iluminaron a lo largo de los aros. Con un último toque, el aparato cobró vida: los aros empezaron a girar lentamente, sin ninguna fuerza que los empujara, coordinados con precisión milimétrica. Finalmente, Aitana dejó caer la aguja dentro del artefacto. Sorprendentemente, ésta no cayó al fondo, sino que se quedó flotando justo en el centro, girando en el aire poco a poco.
—Perfecto —exclamó la arqueóloga, ajustándose el salacot—. Con esto podremos encontrar el origen de la energía demoníaca.
—¿Es un detector?
—Algo así, es un artefacto Germareno que conseguí en mi primera expedición.
—¿Conseguiste?
Aitana apartó un poco la vista y tosió dentro de su casco.
—Ejjem... bueno, en los registros pone que se perdió en el viaje de vuelta.
Macdolia rió en voz baja, aunque no estaba realmente de humor para hacerlo.
—Mejor no preguntaré. ¿Qué tenemos que hacer ahora?
—Esperar a la noche. Necesitaré unos minutos para que calibrarlo todo. Mejor pasemos desapercibidas hasta entonces.
Aitana aprovechó esos momentos de tranquilidad para echarse en una de las camas un rato; Macdolia seguía demasiado alterada como para pensar en descansar y prefirió explorar la casa. Tenía la vaga esperanza de encontrar alguna pista que le dijera que la familia de la misma había huido con éxito, que seguían vivos, aunque sabía que probablemente no hallaría nada.
El hogar era, realmente, muy humilde, formado por cuatro estancias: La entrada, que daba directamente a la cocina, despensa y comedor; dos habitaciones, una para los padres y otra para los cachorros, y una letrina. A la yegua roja le dolía ver que, como siempre, solían ser los más desfavorecidos los que más sufrían los efectos de las grandes crisis. Era una constante que había visto en todos sus viajes.
La cocina estaba, a decir verdad, hecha un desastre; había algunos platos de barro en el suelo, restos de comida que nadie había recogido... Todo signos de habían huido a toda prisa. Algo compungida, Macdolia empezó a recoger los pocos platos que no se habían roto. Al hacerlo tuvo que agacharse bajo el la cocina de carbón y, al retirar algunos cubiertos, observó algo en la pared del fondo. Extrañada, tomó una vela y la encendió para poder ver mejor.
—Aitana, tienes que ver esto.
Escuchó a la aludida bajar de la cama y refunfuñar ligeramente al acercarse.
—¿Qué? Estaba pillando el sueño.
—Mira, hay un símbolo en la pared.
La arqueóloga se agachó junto a Macdolia y miró lo que le señalaba: bajo el mueble de la cocina, tallado en la pared de barro, había un símbolo que la hizo abrir los ojos como platos. Se trataba de un pentagrama con una serie de letras en el pentágono interior.
—Eso es... alfabeto infernal.
Entre las dos retiraron el mueble para que Aitana pudiera estudiar la marca detalladamente; el polvo que aún se acumulaba bajo esta indicaba que se había hecho hace poco, la forma en que el barro había sido quemado era un indicio de que el símbolo se había tallado con magia, y la deflagración negra a su alrededor era prueba de que la magia había acudido al mismo hacía poco.
Aitana se levantó y se sentó junto a la mesa; mirando al infinito sacó, de alguno de sus muchos bolsillos, un cigarrillo y lo encendió con la vela que portaba Macdolia. Esta pensó en decirle algo sobre lo malo que es fumar, pero no era el momento.
—¿Qué es eso, Aitana?
—Un signo de llamada.
La arqueóloga dio una calada; parecía estar procesando esa nueva pieza de información en todo el esquema que había hecho sobre lo que estaba ocurriendo.
—Normalmente, a través de una ventana, los demonios solo podrían poseer cuerpos muertos. Deben... dividir su voluntad en vigilar una zona muy grande del mundo y poseer a cualquier cuerpo que sientan en la misma. ¿Pero qué pasa si concentras la atención del Tártaro en varios puntos críticos del mundo?
—Que... ¿lo tienen más fácil? ¿Saben dónde buscar?
—Sí —asintió Aitana, dando una profunda calada—. Y al saber dónde buscar pueden intentar poseer a alguien que esté dormido... y matarlo.
Macdolia se quedó en shock al oír eso.
—¿Pero quién ha podido tallar ese símbolo? ¿Y por qué?
—Porque quieren que Manresht vuelva a este mundo —explicó la yegua marrón—. Piénsalo: si esperaran solo a que muriera alguien para poseerlo, los lobos quemarían los cadáveres antes de que llegue la noche. El señor del Tártaro no ganaría bastante poder, y el demonologista que lo sirve, si es que es Manresht, no podría resucitar. De esta forma se aseguran que, pase lo que pase, siempre habrá bastantes zombies ígneos en los Reinos. Hagan lo que hagan, salvo que descubran estos símbolos.
Ambas yeguas se quedaron en silencio, pensando en lo que todo esto implicaba. Si los zombies habían aparecido no solo en esta ciudad, sino en varios pueblos de los Reinos Lobo, debían llevar semanas, o meses preparando el regreso de Manresht. De ser así... alguien les llevaba mucha ventaja.
—Tenemos que advertir a la guardia, Aitana.
—Je, ¿y cómo propones que lo hagamos? Somos las brujas poni, ¿sabes?
—Tengo una idea.
Un grupo de la guardia de Joth-Lambarg marchaba a través del barrio trabajador de la ciudad; alguien había informado acerca de la presencia de las brujas poni en una casa abandonada. El sargento que dirigía la patrulla estudió el lugar: se trataba de una pequeña vivienda familiar, parcialmente quemada, y sabía que en la misma había surgido uno de esos zombies infernales la noche anterior. Que las brujas estuvieran justamente en el lugar del delito era una prueba clara de que ellas eran las culpables de desatara la Fiebre Infernal, sin duda.
Haciendo gestos, cuatro de sus hombres rodearon el lugar para evitar que nadie escapara; otro más se preparó para echar abajo la puerta, al tiempo que el sargento y dos guerreros se posicionaban para entrar en tropel en el edificio. A su señal, el ariete viviente cumplió su función a la perfección, entrando en la casa a través de una explosión de astillas y madera. A continuación entró el sargento.
—¡Ponis! ¡Quedáis detenidas por brujería!
—Este... sargento, no están.
—¡Ya veo que no están— farfulló, enfadado—. ¡Buscadlas!
Varios de sus hombres se repartieron por el vecindario, mientras otros se quedaban en la casa en busca de pistas o de rastros que pudieran seguir con el olfato. No tardaron mucho en notar que un mueble de la cocina había sido movido y que, en la pared junto a él había un extraño símbolo. Pocos minutos después, cuando reconocieron el alfabeto inscrito en el mismo, el aviso fue dado a la casa de la guardia.
NOTA DEL AUTOR:
Gracias por seguir leyéndome y, como siempre, los reviews son de agradecer. Sé de buena tinta que alguien ha hecho un dibujo de una escena de este capítulo, pero todavía no está acabado. ¡Qué ganas de verlo finalizado!
