A través de los resquicios de las contraventanas de madera Macdolia podía escuchar los gritos del pregonero en la calle. Su treta había dado resultado, y ahora se estaba informando a la población para que registraran en sus casas en busca de símbolos extraños y que, de hallarlos, informaran a los guardias. Con un poco de suerte, esa noche el ataque sería mucho menos intenso.

Se giró para hablar con Aitana, la cual estaba en el suelo trabajando con el detector mágico de latón.

—Bueno, repasemos el plan —comenzó Macdolia—. Nos escondemos en este edificio y tú despliegas el artefacto.

—Ahham... —murmuró Aitana mientras trabajaba en el mismo.

—Luego esperamos a media noche a que ocurra la "oleada mágica", y tu artefacto debería detectar la fuente, ¿correcto?

La arqueóloga escupió el destornillador con el que estaba manipulando algunas runas del detector y asintió, al tiempo que se levantaba y se acercaba a varios palos largos que había en el suelo. Macdolia no entendía por qué su compañera la había hecho conseguirlos de cualquier forma: ahí había mangos de escobas, lanzas rotas, azadas, picos... Todo cosas que había saqueado con sigilo de varios edificios, o que había encontrado en casas ahora vacías.

—Pero necesitará varios minutos para triangular la posición, ¿verdad? Lo que significa que deberemos protegerlo.

—Muy observadora. Por suerte el detector no hace ruido y apenas emite luz, por lo que deberíamos pasar desapercibidas.

Ambas yeguas se quedaron en silencio.

—Aitana, creo que sabes que decir eso es provocar al destino para que demuestre que te equivocas, ¿verdad?

—Sí. Qué puta manía tengo con tentar a la suerte.

—Por cierto, ¿qué son esos palos?

—Pronto, armas para defendernos de los zombies de fuego.

La yegua marrón se descolgó una de las alforjas y, tras rebuscar un poco, sacó varios objetos metálicos. Eran romboides, con una punta mucho más larga que la otra, y muy afilados. En el extremo más corto tenían un anclaje circular.

—Puntas de lanza...

—Sí. Llevar una espada encima llama la atención y pesa. Suelo llevar pequeños cuchillos y puntas de lanza, por si acaso.

—Aitana, no pienso matar a nadie.

Sorprendida, la aludida miró a Macdolia. ¿Acaso su amiga no era consciente de a qué se enfrentaban?

—¿Qué dices? ¿Eres consciente de que estamos intentando salvar todo un país de ser arrasado, verdad? ¿De que estamos intentando salvar no cientos, sino miles de vidas?

—Lo sé, Aitana, pero yo nunca mato a nadie. Asesinar a alguien es un acto que va en contra de toda mi forma de ser. Si viajo precisamente como... guardaespaldas —la yegua remarcó con un tono distinto aquella palabra—, es porque creo que toda vida puede ser salvada y protegida, aún si se trata de alguien como Nightmare Moon. Una vez muertos, perdemos la oportunidad de redimirnos, si arrebatamos vidas dejamos de ser ser ponis. Se nos dio conocimiento para usarlo como es debido, y no para dilapidarlo empleándolo como si fuésemos animales prehistóricos. No permitiré que nadie caiga mientras esté a mi alcance, sea quien sea y sea lo que sea.

Aitana centró su atención en completar la lanza. Aunque entendía la postura de Macdolia, para ella había cosas mucho más importantes en juego. Y si matando a alguien se salvaban miles de vidas, no dudaría en hacerlo. Asiendo la lanza completada se acercó a Macdolia.

—No mataré a nadie a no ser que sea necesario, y mejor no entremos en debate sobre qué significa "necesario". Pero esta noche necesitaré tu ayuda.

—No voy a coger un arma así, Aitana. Aunque estén afectados por la fiebre infernal, esos lobos son...

—Muertos vivientes.

Macdolia quiso buscar una respuesta, cualquier argumento para rebatir a su amiga, pero, en el fondo de su ser, sabía que esta tenía razón. Aún así le costaba asimilar que un lobo pudiera convertirse en ese tipo de monstruo en cuestión de minutos, olvidando todos sus sueños y deseos.

—Los jodidos zombis ardientes son lobos muertos y poseídos por un demonio menor del fuego. Lo único que se puede hacer por ellos es matarlos. Dar descanso a sus almas.

Resignada, Macdolia aceptó la lanza.

—¿Sabes su punto débil?

—Si son como el que abatí cuando estábamos en el barco, la cabeza; si no es así, la columna vertebral. En el peor de los casos les inutilizamos una pierna y corremos. Si la cabeza no funciona lo más seguro es atravesarles el cuello para partirles las vértebras.

Aitana volvió a sentarse en el suelo para montar más lanzas con movimientos extrañamente casuales; al contrario que su compañera, que se había quedado chocada por lo que le había dicho. ¿Cómo podía explicar algo tan terrible como la mejor forma de matar sin alterarse?

—¿Pero cómo puedes ser tan fría? Acabas de explicarme como quien va a comprar el pan que lo mejor es "partir las vértebras" a los zombis. ¿Cómo puedes seguir tan tranquila?

—Vaya preguntita. Mira, de que mi trabajo salga bien o mal depende la vida de miles de personas inocentes, y hago esto en cada maldita expedición que va más allá de investigar un nuevo yacimiento: me enfrento a maldiciones, magos y demonios ancestrales. Lo que hago es una mierda, y muchos me considerarían una criminal, pero haciéndolo, Macdolia, he salvado muchísimas más vidas de las que puedes imaginar.

Mientras hablaba, Aitana terminó de montar su propia lanza. La sopesó en la pezuña, calibrando el equilibrio, antes de lanzarla con ambos cascos contra una pared, donde se quedó clavada... pero el mango se rompió por el impacto. Enfadada recogió los restos y los desechó, buscando un cuerpo mejor para el arma entre los palos.

—¿Y sabes qué es lo "mejor" de mi trabajo? Que el mundo jamás sabrá lo que he hecho. Hay cosas que deben permanecer ocultas, porque pueden llevar a imbéciles sedientos de poder a la locura. No voy a recibir una maldita recompensa, prácticamente nadie vendrá a ayudarme, y nunca seré reconocida como lo son las portadoras de los elementos. No soy una asesina, pero en ocasiones no hay otro remedio.

—Siempre hay una alternativa, Aitana. Siempre.

—No sabes nada del mundo que hay tras la capa de bondad, amistad y felicidad que cubre Equestria. No tienes ni puta idea.

—¡No me digas lo que sé o dejo de saber, Aitana! ¡Si hay algo que sé es que el asesinato es un crimen contra todo lo que significa ser un poni! ¡Contra lo que significa ser un ser vivo con raciocinio! Te equivocas, Aitana Pones. La muerte no es el camino.

Aitana miró en silencio, pero severamente, a su amiga. El detector seguía girando lentamente, con la aguja suspendida en su centro pero sin señalar a nada en concreto.

—Mira, yo funciono así: mi objetivo es detener a Manresht, o a quien sea que está provocando esto, y nada más me importa. Si quieres irte, hazlo, pero no me toques los cojones. Tengo cosas más importantes por las que preocuparme.

Aitana volvió a sus mapas, intentando buscar alguna pista más en la poca información que tenía. Macdolia estuvo a punto de gritarle, ¿por qué demonios le faltaba al respeto de esa manera? ¡Si seguía viva era gracias a ella, jamás lo habría logrado si no la hubiese ayudado con esos mercenarios! Estaban metidas en una situación espantosa, en la que la vida de miles de lobos dependía de ellas, quienes parecían ser las únicas en tener alguna pista de lo que estaba ocurriendo. La yegua de las coletas deseaba, realmente, lanzarse hacia cualquier sitio para detener esa maldición, ¡pero no sabría hacia donde hasta la noche, cuando ocurrieran más muertes!

Y Aitana, en ese momento... seguía manteniendo la calma. A pesar de los insultos que había dicho antes, en ningún momento se había alterado; la yegua roja no pudo evitar sorprenderse por ello. Esa arqueóloga no iba tras un tesoro: estaba cazando una maldición: Era consciente de que cada segundo que perdiera le estaba costando la vida a cientos de lobos... y aún así mantenía la calma. Era la fría lógica de una poni que sabía centrar sus objetivos, ignorando el resto de detalles, en pos de un bien mayor. ¿Acaso para la arqueóloga el fin justificaba los medios? Si era así, Macdolia no la acompañaría. No podía, era algo totalmente contrario a su ética.

Sin embargo... Aitana se había desviado del camino. Había consumido una parte importante de sus recursos y había arriesgado su propia vida sólo para rescatarla, dos veces, de hecho. A una completa desconocida, sin esperar nada a cambio. Eso no cuadraba con el estilo de alguien que antepone sus objetivos a cualquier otra cosa. Aitana era un misterio para ella, no acababa de comprender totalmente sus motivaciones, quizá porque ambas eran muy diferentes. ¿Hacía bien en seguirla? ¿Podría mantenerse firme en sus convicciones cuando Aitana decidiera hacer algo... incorrecto?

Pero, a pesar de todo, considerando lo que estaba en juego, supo que no tenía otra elección.

—Te ayudaré a acabar esto, Aitana. Pero ya sabes mi opinión, no me gustaría enfrentarme a ti.

—A ninguna nos gustaría.

Macdolia no supo si debía interpretar esa respuesta como una amenaza, por lo que prefirió no preguntar. Cuando faltaban un par de horas para el ocaso, la arqueóloga rebuscó en su zurrón y sacó varios rollos de pergamino, un tintero y una pluma, y empezó a escribir algo. Al final, a Macdolia le pudo la curiosidad y se acercó a mirar. Se dio cuenta que Aitana estaba escribiendo todo lo que había averiguado y lo que pensaba hacer a continuación.

Cuando terminó, la poni marrón enrolló el pergamino y sacó un pequeño bote de su bolsillo. Era de cristal, y dentro tenía algún tipo de sustancia verde y muy brillante. Cuando abrió el bote una llamarada verde surgió del mismo y, sin perder un instante, lanzó el pergamino dentro de esta, reduciéndolo en un instante a cenizas.

—¿Qué has hecho?

—Enviar un mensaje a otros Arqueólogos como yo. Si no conseguimos detener a Manresht alguien tendrá que acabar el trabajo.

Pasaron el resto de la tarde en silencio. En la calle, las patrullas seguían buscando a las dos "brujas ponis", pero nadie parecía haber reparado en dónde se escondían. Y, mientras esperaban, Macdolia caviló acerca de esos otros "Arqueólogos" como Aitana Pones. ¿Cuántos otros ponis había luchando en las sombras contra los demonios?


Hacía ya un rato que el sol se había ocultado. Antorchas y farolas iluminaban las calles, patrulladas por numerosos guardias. Salvo por el ruido de los soldados, la ciudad estaba en un completo y tenso silencio. Aitana había subido a la azotea del edificio en el que se habían hecho fuertes y miraba hacia el norte o, mejor dicho, se encaraba en esa dirección, pues mantenía los ojos cerrados.

—¿Qué haces, Aitana?

—Espero a la magia.

—¿Cómo se hace eso?

—Cerrando los ojos y sintiendo. Cállate.

Molesta, Macdolia guardó silencio. Vale que estuviera concentrada, pero Aitana tenía una habilidad especial para ser desagradable. Se distrajo unos minutos ajustándose el arnés que le había dado su amiga: se trataba de un sencillo cinturón con enganches en ambos costados; estaba pensado para introducir en estos la base de la lanza, para que así un poni pudiera manejarla con una pezuña y resistir embestidas, transfiriendo el impacto a todo su cuerpo sin perder el equilibrio. Aunque nunca había combatido con lanza, Macdolia había visto a los guardias de Canterlot usar enganches similares integrados en sus armaduras, y esperaba poder hacerlo bastante bien.

Pasó algo más de una hora durante la cual Aitana apenas se movió. Era curioso, cuando la conoció le pareció más bien una yegua de acción poco paciente, sin embargo ahora estaba dando muestras de una paciencia que estaba enervando a la misma Macdolia. Se distrajo mirando al cielo nocturno del desierto. El firmamento mostraba una vista espectacular: la luna estaba en cuarto creciente, a poca altura sobre el horizonte. Como siempre, la temperatura había caído con el sol, y en ese momento hacía algo de frío. Se levanto una ligera brisa cálida que movió las crines de las yeguas y, súbitamente, Aitana dio un respingo y se puso en pie.

—¡Ahí está!

—¿Qué?

Sin responder, Aitana Pones echó a correr escaleras abajo. La yegua roja se quedó perpleja, ¿qué demonios había pasado? Fue a seguir a su amiga cuando ella también lo sintió: El pelaje sobre su lomo y espalda se erizó sin razón y, de pronto, una sensación de peligro se disparó en su mente. Se giró en todas direcciones sin ver nada ni sentir otra cosa que no fuera la adrenalina atenazando su estómago.

—Por el amor de Fausticorn, ¡es como ayer!

—¡Es la magia, Macdolia! ¡Es magia demoníaca, por eso tienes miedo, no le hagas caso!

Al oír eso, la yegua roja bajó al piso inferior. Aitana estaba trasteando con el detector mágico, mientras murmuraba "vamos, vamos, funciona". Al cabo de pocos segundos, el artefacto empezó a moverse con más velocidad, y sus runas empezaron a brillar con fuerza alternativamente con fuerza. La aguja en el centro rotó sobre su centro de gravedad a toda velocidad, concentrando poco a poco su giro en un amplio cono que apuntaba al noreste.

—¡Sí señor! ¡Vamos pequeño, dime dónde está!

Pero el entusiasmado grito de Aitana se vio eclipsado por un infernal aullido que estaba a medio camino de ser un grito desgarrado. Y con él, llegó el auténtico terror: como una respiración en la nuca, como estar viendo los ojos de un depredador en la oscuridad, todos los instintos de supervivencia se activaron en las yeguas y les gritaron que huyeran. Macdolia los ignoró, sabedora que era efecto de la magia infernal, y galopó a la azotea. Con el corazón desbocado observó que varias casas de la ciudad estaban ya en llamas... y varios aullidos más resonaron por la misma.

Vio a una familia loba correr por sus vidas, perseguidos por tres zombies ígneos. ¡¿Cómo era posible, cómo habían aparecido tan rápido?! Hubo un grito, una orden militar, que precedió a una patrulla que se adentró en la calle, la cual tomó posiciones rápidamente, lanzas y escudos en ristre. Con un solo y coordinado paso, varios pasillos se abrieron en la unidad, dejando paso a los ciudadanos para que se protegieran tras los soldados. Cuando el último se halló a salvo, la formación se cerró en una falange de picas.

Los tres zombies infernales se detuvieron frente a los soldados y aullaron, antes de tomar aire. El grito de Macdolia, que sabía lo que iba a ocurrir, fue eclipsado por el del sargento de la unidad: Perfectamente coordinados, cada soldado descolgó una gran piel de su cinturón y cubrieron sus cabezas con la misma, hincando una rodilla en el suelo a continuación. Tal como había visto la noche anterior Macdolia, los lobos infernales lanzaron su fuego infernal hacia los soldados, esperando calcinarlos. Pero, cuando estas desaparecieron, los guerreros se pusieron en pie sin haber sufrido una sola quemadura.

Los guerreros lobo habían aprendido las tácticas de sus enemigos, y las estaban contrarrestando.

Pero la alegría de Macdolia duró poco cuando vio a otros dos monstruos saltar de azotea en azotea para, finalmente, caer en medio de la formación de los guardias, rompiéndola. Lo que en principio había sido una pelea en firme pronto se convirtió en una melee descoordinada, a pesar de las órdenes del sargento.

Al otro lado del edificio en el que estaban se escuchó a una loba gritar brevemente; Macdolia corrió para ver qué había ocurrido. Un zombie ígneo miraba fijamente a una joven loba, la cual sostenía frente a él con la misma garra con la que le atravesaba el torso. Rugió a su víctima y después la lanzó a varios metros de distancia. Tan solo un instante tras golpearse contra un muro y caer al suelo, la loba empezó a moverse y las llamas surgieron de debajo de su pelaje.

—¡Aitana! ¡Están apareciendo muchos zombis! —gritó, bajando a ver a la arqueóloga.

—¡Ya lo oigo! —gritó esta, estudiando el detector mágico— ¡Hago lo que puedo!

—¡Tenemos que ayudarles!

—¡No! ¡Necesitamos saber dónde está la ventana, necesito más tiempo!

Macdolia volvió a la azotea, pero lo que vio la dejó de piedra: había fuego, mucho fuego por todas partes. Más de una docena de casas habían empezado a arder, y en algunas las llamas eran tan violentas que, si quedaba alguien en el interior, no tendría ninguna posibilidad de escapar. Los gritos se sucedían por doquier, y por la calle pudo ver a varios lobos huir de los zombies. Era fácil localizar a los monstruos en la oscuridad, pero ello no hacía que fuese más fácil escapar de ellos. El fuego empezó a crecer de forma imposible en varias calles, cortando las rutas de huida de los ciudadanos. La unidad de soldados que tan valiente e inteligentemente se había enfrentado a los primeros lobos, ahora se hallaba desorganizada y muchos de sus miembros habían huido al encontrarse luchando contra sus antiguos compañeros, ahora transformados en monstruosidades.

—¡Aitana, tenemos que ayudar!

—¡Ya está cerca, ya casi lo tengo!

—¡Oh, por todos los demonios!

Macdolia asió su lanza y la enganchó en el arnés, dispuesta a saltar a la calle para intentar salvar a alguien, a cualquiera. Pronto vio su primer objetivo: había un pequeño grupo de lobos que, huyendo de un zombie, se habían encontrado en un callejón sin salida. Pero antes de que Macdolia saltara en su ayuda ocurrió algo sorprendente: el zombie ignoró a sus presas. Lo que es más, sin ninguna causa aparente cambió de dirección y se alejó de los civiles.

Extrañada, la poni roja buscó algo que justificara esa acción. Un grupo de ciudadanos huía, pero ningún lobo ígneo los seguía; a un poco de distancia, varios zombis avanzaron por una calle, ignorando a una loba anciana que habría sido una presa fácil. Y, aunque más monstruos aparecieron en los alrededores, no atacaron a ningún otro mortal.

Macdolia observó las trayectorias de todos los zombies que veía... y entendió lo que estaba ocurriendo.

—¡Aitana, vienen hacia aquí!

—¡¿Qué?!

—¡Todos los zombies vienen hacia aquí!

Vio un grupo de cinco de estos seres acercarse, pero al llegar a un calle transversal una patrulla de guardias apareció, preparada para el combate. Sin embargo, solo dos de los zombis se separaron del grupo, lanzando grandes llamaradas a los soldados para bloquearles el paso. Los otros tres siguieron su camino sin oposición hacia el edificio en el que se refugiaban las ponis.

—Por todo lo que es... ¡Son inteligentes! ¡Están usando tácticas de grupo, son inteligentes!

En el nivel inferior Aitana estudió el artefacto. Todavía no había detectado el origen de la magia; las runas brillaban cada vez con más fuerza, mientras la aguja ajustaba cada vez más su giro hacia una dirección concreta.

—¡Al piso de abajo! ¡Nos han detectado, saben que podemos localizar la ventana! ¡Tenemos que aguantar, no habrá otra oportunidad!

—¡Movámonos a otro sitio!

—¡No! Si muevo el detector tendremos que empezar otra vez. ¡Tenemos que aguantar!

Macdolia galopó escaleras abajo, reuniéndose con Aitana. Ambas yeguas aprovecharon esos instantes para ajustar bien los enganches de las lanzas, mientras los rugidos desde el exterior se aproximaban. Inquietos y amenazadores halos rojizos fueron proyectados por las llamas a través de los resquicios de puertas y ventanas. La yegua con coletas lanzó una risita nerviosa, intentando luchar contra el miedo que la embargaba.

—Llevar encima a un peligroso Lich y ser poseída por este, pelearte contra mercenarios, ser acusada de bruja y ahora esto... ¡en solo cuatro días! ¿Cómo lo haces para meterte en estos líos, Aitana?

Aitana apoyó algunas de las lanzas que había fabricado contra la pared, y cogió otra. El rugido de los monstruosos lobos era cada vez más fuerte, y pronto se escuchó el primer golpe contra una ventana, mientras el nauseabundo olor a carne quemada por un fuego infecto invadía la vivienda.

—Sinceramente, Macdolia...

Con un crujido ensordecedor, la garra llameante de un lobo atravesó la madera de una ventana. Sin perder un instante, Aitana saltó y ensartó al monstruo a través del agujero. El ataque atravesó limpiamente el cráneo al zombi, y este se derrumbó en el sitio.

—... no tengo ni idea. Apunta a la cabeza.

—De acuerdo.

Ambas yeguas colocaron las lanzas en sus respectivos arneses y se prepararon para el combate. Los golpes se sucedieron por todas las entradas posibles, pero no se abrió ninguna. El humo empezó a invadir la estancia cuando la madera de puertas y ventanas empezó a arder. Se hizo un silencio sepulcral, solo roto por el crepitar del fuego y las agitadas respiraciones de las yeguas.

Entonces, todas las entradas estallaron a la vez. Los monstruos las golpearon al mismo tiempo, creando una explosión de trozos de madera y astillas incandescentes, obligando a las ponis a cubrirse. Los lobos infernales entraron a cuatro patas, y no fue hasta que se alzaron sobre las traseras que no mostraron realmente el infierno por el que había pasado esa ciudad la noche anterior. Sus enormes garras incandescentes podían partir fácilmente en dos a un poni; todos los seres abrieron la boca a la vez, mostrando las llamas que ardían en el interior de esta y rugieron, como el crepitar de un volcán en erupción. Macdolia retrocedió un paso inconscientemente, pero Aitana desobedeció a sus instintos. Escogió un objetivo y, sin dudar, se lanzó contra él. El rugido de un zombi quedó truncado cuando la lanza de la arqueóloga le atravesó la garganta con gran precisión. Esta pudo sentir el crujir de huesos a través del enganche de su arma. El lobo infernal se quedó inmovil, como si no hubiese notado el ataque, pero al poco las llamas que le cubrían se apagaron, y el ser cayó inerte al suelo.

Los otros lobos no tardaron en girarse contra la arqueóloga, la cual se vio obligada a abandonar su lanza y saltar hacia atrás para esquivar garras y llamaradas. Recogiendo otra arma de la pared, gritó:

—¡Ese miedo que sientes no es natural! ¡Es la magia infernal, engaña a los sentidos, aterroriza tu alma! ¡Ignóralo!

Un certero lanzazo de Macdolia devolvió a otro zombi a la muerte.

—¡Como si estos monstruos no me dieran miedo, entendido!

Los demonios se lanzaron sobre las ponis a la vez. Ambas aguantaron para ensartar a los dos primeros, soltaron las lanzas y retrocedieron escaleras arriba, recogiendo más armas que tenían preparadas. Los seres infernales las alcanzaron, pero una soberbia coz de Macdolia tiró a uno al piso inferior, rodando por las escaleras y llevándose consigo al resto de no muertos. La arqueóloga, rápidamente, cogió una pequeña mesa y la tiró escaleras abajo, con la esperanza de que frenara a los monstruos solo un poco más. Miró al artefacto, la aguja del cual giraba cada vez más lentamente, apuntando al norte-noreste.

—¡Ya casi está!

—¡Cuidado!

Un lobo llameante subió la escalera y atacó a Aitana. Esta saltó hacia atrás, y lanzó una coz con todas sus fuerzas, lanzando al monstruo al suelo. Pero en esos escasos segundos varios zombis más entraron en la estancia y se dividieron, cargando directamente contra las ponis. Aitana esquivó varios garrazos a duras penas, viéndose superada e incapaz de contraatacar. De pronto notó un movimiento a su izquierda.

—¡Macdolia STRIKE!

Un lobo salió proyectado contra una pared, pero cuando Aitana miró no vio a su amiga. Un movimiento a su derecha, y otro zombi fue lanzado contra otro muro. La arqueóloga, aunque no entendía bien qué estaba haciendo la yegua roja, lo iba a aprovechar. Metió la pezuña en sus alforjas, sacó el látigo, lo cogió con la boca y se movió a un lado.

Pudo apreciar un movimiento justo detrás de unos de los lobos, y esta vez pudo ver a Macdolia, lanzando una coz con una velocidad casi imposible. Aitana lanzó el látigo antes incluso de que el zombi recibiera el impacto. El monstruo, mientras estaba en el aire, fue atrapado por el arma de Aitana, la cual hincó las pezuñas y tiró con todas sus fuerzas, cambiando la trayectoria del zombie y lanzándolo contra sus hermanos, derribándolos.

—¡Mira! —gritó Macdolia señalando al artefacto.

La aguja estaba quieta, señalando al nor-noreste. La arqueóloga corrió y leyó las runas, mientras los demonios se levantaban y aún más llegaban desde el piso inferior.

—¡Lo tengo! ¡22 millas, nor-noreste! ¡Vámonos! —ordenó, al tiempo que tomaba el artefacto y lo lanzaba con gran precisión para colgarlo de un enganche de sus alforjas.

Las yeguas subieron las escaleras a la azotea a toda velocidad, mientras los zombis de fuego se lanzaban tras ellas. Sin detenerse un segundo, Aitana lanzó su látigo para engancharlo a una viga sobresaliente de una casa vecina y usarlo junto a Macdolia para llegar al tejado de la siguiente construcción. Los zombis intentaron seguirlas, pero solo lograron estrellarse contra la calle. Lejos de detenerse, se levantaron y corrieron al nuevo edificio, derribando la puerta. Macdolia rezó porque no hubiera nadie en esa casa.

—¿Qué hacemos, Aitana?

—Salir de la ciudad. Por la mañana los imbéciles de la guardia nos darán caza. ¡Vamos!

Recorrieron parte de Joth-Lambarg saltando de tejado en tejado, mientras los zombis, desde la calle, las perseguían incansablemente. Decenas de edificios estaban en llamas, iluminando la noche con el calor de la muerte. Los gritos de ayuda y las llamadas a familiares y amigos desaparecidos se confundían con las ordenes de los soldados que intentaban en vano frenar la invasión infernal. Las ponis siguieron recorriendo los tejados en dirección a la muralla hasta que llegaron a una zona que ya no era más que un montón de ruinas incandescentes. No tuvieron otra alternativa que descender a la calle.

En cuanto la pisaron, tuvieron que hacerse a un lado para esquivar a un grupo de aterrorizados civiles que huían por sus vidas. Tras ellos aparecieron los monstruos, con sus ojos imposibles fijos en las dos hembras que habían localizado la posición de su enlace con el mundo.

—Mierda, ¡pensé que sólo seguían el rastro del detector! ¡Lo he desactivado!

—¡Mejor que nos intenten atrapar, así dejarán al resto en paz! ¡Corre!

Jadeando, siguieron a los civiles hacia el este, para después tomar una calle al norte. Los zombis ardientes no eran más rápidos que un poni al galope, pero eran muchos e incansables. El agotamiento hacía mella en las dos ponis, y las distancias se acortaban. Dos zombies surgieron de un callejón, cortándoles la retirada. Aitana reaccionó al instante: cogió su látigo con los dientes, saltó tan alto como pudo y lo enganchó a una farola. Aprovechó la inercia que ganó para golpear a su enemigo con todas sus fuerzas, lanzándolo varios metros hacia atrás.

Macdolia simplemente intentó embestir al otro ser, sin detenerse en su carrera. Sin embargo, el lobo lanzó una lengua de llamas. La yegua roja siguió corriendo unos metros antes de darse cuenta de que el pelaje sobre su lomo estaba ardiendo. Por puro instinto, se lanzó al suelo para sofocar las llamas y, cuando se puso en pie de un salto, el demonio se había lanzado sobre ella. Antes de que pudiera reaccionar, escuchó una voz a su espalda.

—¡Agáchate!

Macdolia lo hizo, dejando paso a Aitana que, todavía columpiándose con su látigo, pasó a toda velocidad sobre la yegua roja, pateando al monstruo con una fuerza impresionante. Aterrizó al momento y desenganchó su improvisado columpio. No hizo falta que dijera nada para que Macdolia la siguiera a través de las calles de Joth-Lambarg.

El mundo de las dos yeguas se convirtió en un caótico mosaico de gritos, llamas y garras. Los monstruos surgían de todas partes, la guardia los combatía y trataba en vano de salvar a los civiles. Muchos estaban cayendo esa noche, demasiados, y Macdolia lo sabía. Luchó con todas sus fuerzas por abrirse paso a la muralla, sintiendo la impotencia de no poder detenerse a ayudar. Por primera vez comprendió cuánta razón llevaba Aitana: tenían que llegar al fondo de esa maldición para detenerla.

Y tenían que hacerlo cuanto antes.

Varios monstruos surgieron de entre las casas en llamas. Macdolia galopó hacia el primero y lo pateó con todas sus fuerzas, partiéndole una pierna. Recogió la lanza de un soldado muerto del suelo y, con ambas pezuñas, la usó para atravesar el cráneo de un segundo zombi. Se lanzó contra un tercero, girando sobre sus patas delanteras y golpeándolo con las traseras, lanzándolo contra una pared con tanta fuerza que esta se agrietó.

Cuando volvió a correr junto a Aitana, su amiga la miraba con los ojos como platos.

—¡¿Cómo cojones has hecho eso?! ¡Nadie se mueve tan rápido!

Macdolia no comprendió a qué se refería su amiga hasta que miró atrás. Los tres lobos que había derribado estaban separados más de diez metros entre ellos. Ya se lo explicaría en otra ocasión.

Las casas de la periferia de la ciudad eran más pobres y bajas, lo que les permitió usarlas para trepar a la muralla. Solo había un aterrado guardia novato guardándola, el resto estaban combatiendo a los zombis. No llegó a ver a las ponis, sólo escuchó su galopar antes de recibir un golpe en la cabeza que lo dejó inconsciente. Para cuando se recuperó, solo alcanzó a ver a las dos brujas poni galopar hacia el noreste, dejando un camino de huellas sobre la arena del desierto.


NOTA DEL AUTOR:

Espero que la espera no se os haya hecho muy larga. Los que leísteis la primera edición de este fic notaréis a partir de aquí bastantes cambios en las acciones y las escenas de acción. Especialmente en el episodio 6.

PEro espero que a estas alturas ya se hayan hecho evidentes algunos cambios muy grandes en el comportamiento de Aitana respecto a Macdolia y cómo empiezan a construir su amistad en torno a un evento tan terrible como La Fiebre Infernal. Me gusta mucho más cómo está quedando ahora mismo.

Así que nada, espero que os guste. Os agradecería que dejarais algún comentario y, si os ha gustado, recomendadme a vuestros amigos.

(Pero sobre todo a vuestras amigas)