La claridad del nuevo día precedió al sol de la princesa Celestia, el cual se preparaba para mostrarse, implacable e inmisericorde, sobre el desierto. El relente de la noche empezó a retirarse y en pocos minutos dejaría paso al insoportable calor característico de los Reinos Lobo. Sobre el horizonte, hacia el suroeste, varias columnas de humo se alzaban. No se podía ver de dónde surgían exactamente, pero las dos yeguas que caminaban por la arena sabían bien que eran restos del desastre de Joth-Lambarg.
—¿Falta mucho, Aitana?
—Oh, por todo lo que... Macdolia, te juro que si lo vuelves a preguntar te quito tu ración de agua.
—Pero en serio, llevamos la mitad de la noche caminando. ¿Cuánto puede faltar?
—Probablemente un par de horas. Tendremos que buscar un refugio pronto.
—Sí, quizás lanzarnos al desierto sin pensar una ruta no fue una gran idea...
La arqueóloga se detuvo, mirando a su amiga con una ceja levantada.
—¿Lo estás diciendo en serio?
—En parte, supongo —contestó Macdolia—. Aunque creo que estoy... tratando de...
—¿Qué?
Macdolia se quedó unos segundos en silencio, con una expresión de dolor que incluso Aitana logró captar.
—Aitana, si mi trabajo es proteger ponis es porque siempre he tenido... el don de la oportunidad. Siempre conseguía aparecer en el momento oportuno para salvar a aquel que lo necesitase y nunca nadie había tenido que... —la yegua bajó la vista—. Pero esto... esto ha sido distinto. Tantísimas vidas consumidas por esa maldición, y yo no he podido hacer nada por ellas... Nada, salvo ahorrarles una existencia cruel dándoles el golpe de gracia... Me siento tan...
Macdolia no acabó la frase, sino que cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes con rabia. Culpa, remordimientos, vergüenza... ella misma no sabía bien cómo sentirse. Sin poder evitarlo revivió varios momentos de la noche anterior: los gritos de terror, las caras de angustia, los cuerpos inertes en el suelo...
Sintió el contacto de Aitana contra su flanco, como un suave empujón.
—Escucha, Macdolia. Lo que has vivido es una mierda, algo que pocos ponis podrían superar. Si quieres llorar hazlo, si quieres gritar hazlo... pero ahora no. Ahora necesito... necesitamos que te centres, ¿de acuerdo? Vamos a seguir adelante, vamos a encontrar a Manresht y acabaremos con esta matanza.
—¿Y qué pasa si no lo conseguimos? —respondió entre dientes.
—Envié un mensaje anoche. Si no lo conseguimos, otro Arqueólogo acabará con esto.
Macdolia abrió los ojos de golpe, se separó de su amiga y la encaró, con lágrimas luchando por escapar de sus ojos.
—¡¿Y por qué no han venido a ayudar?! ¡Esto nos viene grande, Aitana! ¡Miles de personas inocentes están muriendo, ¿y tus compañeros esperan que lo resuelvas o mueras antes de mover un dedo?!
—No han venido porque somos muy pocos los que investigamos lo oculto, y cada cual tiene sus propios asuntos entre pezuñas. El arqueólogo más cercano está a varias semanas de viaje de aquí, no pueden ayudarnos. ¡Deja de una vez de desesperar y culpar a cualquiera de lo ocurrido, joder! Todas las personas de las que hablas dependen de nosotras, y no vas a arreglarlo gritando y llorando en medio del desierto.
—¡Podrías decir lo que sabes a la guardia loba! ¡Alguien nos ayudaría!
—¡No digas gilipolleces! En los Reinos Lobo sólo los más ambiciosos y crueles llegan a ser alguien en el ejército, y los mercenarios luchan por dinero. ¿De verdad quieres acercar a alguien así a la corrupción demoníaca?
—¡Dices eso para sentirte bien! Empiezo a creer que haces esto solo por la aventura, o quizá por las riquezas. ¡Eres una hipócrita!
Cuando Macdolia dijo eso, algo cambió en Aitana. La arqueóloga, con una mezcla de rabia e indignación en la cara, se agachó ligeramente y cargó contra su compañera, buscando empujarla con el flanco y derribarla. Pero Macdolia hizo gala de su gran velocidad una vez más, apartándose del camino de la arqueóloga y poniéndose a su espalda. Aitana rodó por el suelo, evitando la embestida de la yegua roja y se puso en pie.
—¡Eres una hipócrita! ¡Me pides que te ayude, cuando es evidente que no confías en nadie!
—¡¿Y qué cojones esperas?! ¡Claro que no confío en nadie!
—Te equivocas, Aitana. Porque si algo sé, es que hay que confiar.
Aitana lanzó una amarga carcajada al aire.
—¡No tienes ni puta idea! Me he enfrentado a demonios de todos los tipos, ¡no puedes contar con el primer idiota bienintencionado que se te ponga por delante para ayudarte! ¡Pocos están preparados para enfrentarse a los horrores del Tártaro!
—¡¿Y de verdad esperas luchar sola?! ¡Eso es muy prepotente por tu parte!
—¡Por supuesto que lucho sola! ¿Crees que los demonios son solo sangre, fuego y destrucción? No tienes ni idea, ¡ni puta idea! Los demonios corrompen, seducen y engañan. Engañan a imbéciles ambiciosos para condenar sus almas por toda la eternidad y así poder poner sus garras en este mundo.
Aitana avanzó unos pasos.
—Los soldados lobo luchan por la gloria o por el poder, y los mercenarios por el oro. ¡Y los demonios lo usarán para seducirles, para poseerlos! ¡Cualquier aliado que lleve a enfrentarse a Manresht podría volverse contra mi! Dime, ¿en quién cojones quieres confiar para esto, Macdolia? ¡Dímelo, estoy deseando escucharlo!
Tras el arrebato de la arqueóloga, la aludida se quedó en silencio. Buscó una repuesta, alguien en quien confiar pero, por más que pensara, no conocía a nadie dispuesto a hacerlo.
—Ti... tiene que haber alguien, Aitana.
Esta no respondió mientras el sol se alzaba sobre el horizonte. El calor empezó a dejarse notar con intensidad. Aitana rebuscó en sus alforjas y sacó los dos trajes del desierto, tirándole uno a Macdolia a continuación.
—Póntelo, aquí es cuestión de vida o muerte.
Sin esperar repuesta, la arqueóloga se puso en camino. Tras unos segundos, Macdolia logró preguntar:
—Pero entonces... ¿por qué confías en mi?
—Porque buscas salvar a la gente sin pedir nada a cambio.
Macdolia se quedó quieta, mirando cómo la otra yegua se alejaba poco a poco. Estaban solas en el desierto, con el peso de toda una nación sobre los hombros... ¿Cómo podía soportarlo? ¿Cómo podía mantenerse tan fría ante semejante carga? Finalmente se echó el traje encima y siguió a la yegua que, por más desagradable o cruel que pudiera ser, la había salvado de una vida de esclavitud. Puede que no coincidieran en los métodos pero, a fin de cuentas, Macdolia y Aitana perseguían el mismo objetivo: detener la matanza de Manresht.
Una hora de camino después Aitana se detuvo de golpe al superar una duna e hizo gestos a Macdolia para que se agachara. No muy lejos de ellas se encontraron con una caravana de lobos; en un principio temieron que se tratara de un grupo de guardias o mercenarios, pero poco tardaron en salir de su error: El aspecto harapiento y desesperado de los miembros de la comitiva, las heridas de aquellos que reposaban en los trineos de arena, y las madres que cargaban con sus cachorros les indicaron que era todo lo contrario. Eran ciudadanos lobo que, en su desesperación por escapar de la maldición de la fiebre infernal, prefirieron probar suerte atravesando el desierto. Todos en la caravana mostraban el cansancio y el miedo en sus rostros, algunos estaban malheridos y otros habían perdido gran parte del pelaje por las quemaduras. Los más fuertes arrastraban trineos de arena sobre los que se amontonaban algunos víveres junto a los heridos.
—En fin, mejor que sigamos y... ¿Macdolia?
Sin escucharla, la yegua roja se puso en pie, se quitó la protección de la cabeza y la cara y se acercó sin esconderse a la caravana. Aitana maldijo para sí misma y la siguió. Estúpida y sentimental yegua, no deberían perder el tiempo con esto, no podían arriesgarse a que la guardia les siguiera la pista. Como si lo hubiese dicho en voz alta, un gran lobo gris oscuro surgió del grupo. Portaba una armadura de cuero, una alabarda en las garras y una cimitarra en el cinto. Sobre su espalda llevaba un escudo de madera.
—¡No os acerquéis, brujas, sé quiénes sois! —farfulló en lobo, poniéndose en guardia. Los civiles retrocedieron, alejándose de las ponis.
—¡Tranquilos! Me llamo Macdolia. Sé lo que habéis oído, pero sabed que es mentira. No somos brujas, nosotras no hemos creado esto. Estamos intentando ayudar.
—¡Mentís! ¡Queréis extender la maldición entre esta gente, malditas!
Macdolia, en vez de responder, se quitó el traje y se giró para mostrar su lomo. El pelaje ennegrecido del mismo era un silencioso testimonio del enfrentamiento que tuvo contra los demonios la noche anterior.
—A nosotras también nos han atacado. Estamos intentando encontrar el origen de todo esto y detenerlo cuanto antes. Pero os podemos ayudar, tenemos agua y... eh... —Macdolia se dirigió a Aitana—. Oye, ¿tienes vendas?
Poniendo los ojos en blanco, la arqueóloga asintió.
—Tenemos agua y algunas vendas —concluyó Macdolia—. Dejad que os ayudemos, por favor.
Algunos de los civiles se miraron entre ellos, sin saber bien cómo reaccionar. Fue una loba joven la que se atrevió, finalmente, a hablar.
—Mi hijo... mi hijo está herido.
Cogiendo las vendas que le dio Aitana, Macdolia avanzó hacia la madre. La arqueóloga la siguió, pero de pronto se encontró con una alabarda cortándole el paso.
—Suelta las armas, poni.
La aludida miró al soldado con cara de cruz. Evidentemente, todavía portaba una lanza que había conseguido en algún momento durante su huída de Joth-Lambarg. No es que le gustara cargar con ella, pero la noche anterior había demostrado ser un arma muy efectiva contra los zombis de fuego.
—¿Las vas a soltar tú, lobo? —el soldado, tenso, no respondió, implicando el "no" con su silencio—. Entonces yo tampoco. No hagamos gestos violentos y todo irá bien.
Aitana rodeó la alabarda, se acercó a un carro y sacó su cantimplora, dispuesta a compartir parte de su ración. De todas formas sabía que no estaban lejos del río Narval, el agua no sería un gran problema. Al ver las miradas sospechosas que le lanzaron los que la rodeaban, suspiró y pegó un largo trago.
—¿Os basta para convenceros de que no estoy intentando envenenaros? Joder, si esto me pasa por ayudar.
Macdolia, mientras tanto, se dedicó a ayudar a los heridos, vendando quemaduras y heridas. No era una experta en ello, pero sabía que cubrir una quemadura evitaría que esta se infectara y que el herido se deshidratara a través de ella. Mientras lo hacía, pudo averiguar que esa caravana la formaban los supervivientes de media docena de pueblos... y no eran más que treinta lobos. Los pocos guardias apostados en cada asentamiento habían muerto a los pocos minutos de empezar el ataque. A diferencia de lo que decía la leyenda, los afectados por la fiebre infernal no mostraron ningún síntoma hasta apenas una hora antes de morir, evitando cualquier posibilidad de aislar a los portadores de la plaga; eso confirmaba las explicaciones de Aitana sobre el símbolo infernal que habían encontrado.
—¿Y cómo conseguísteis escapar, si puede saberse? —preguntó Aitana sin ningún tacto—. Los zombies de fuego son muy rápidos, y me sorprende que tantos heridos y niños lograran escapar con vida.
—Nadie escapó, poni. Los demonios se fueron.
—¿Cómo?
El soldado que había respondido seguía en pie cerca de Aitana. Aunque no empuñaba su arma con intenciones de usarla, vigilaba de cerca cualquier movimiento de las equinas.
—Poco antes del amanecer, los zombies dejaron de atacar y abandonaron el pueblo. Entonces ordené a los supervivientes formar una caravana e ir hacia el noroeste.
—¿Al noroeste? Claro, para llegar al Narval y que el agua no os falte.
—Así es —asintió el guardia— Así podríamos seguir el viaje hacia Joth-Lambarg.
—Olvidad la capital loba. La maldición también la ha afectado, nosotras venimos de ahí.
Aitana no había calibrado bien el peso de sus palabras. Los murmuros entre los lobos crecieron de intensidad, hasta que se convirtieron en una desesperada discusión. Las acusaciones se cruzaron, culpando al soldado de haberlos llevado al desierto para nada. Otros inquirieron a las ponis sobre conocidos y familiares... pero la mayoría simplemente se dejó caer, pensando que no había salvación posible.
—¡BASTA! —gritó Macdolia, colocándose en el centro del grupo—. Escuchad, Joth-Lambarg no es un buen destino, pero la idea de ir al río es la mejor que podíais tener. Si seguís el Narval llegaréis al principal río del país, el Filho. Seguidlo hacia el norte, con suerte la maldición no habrá afectado a ciudades costeras como Taichnitlán.
—¿Pero cómo lo sabes? —preguntó alguien, desesperado y asustado—. ¿Cómo sabes que el norte no ha sido afectado?
—No podemos saberlo ahora mismo —intervino Aitana—. Pero si ha sido afectado probablemente encontraréis grupos de guardias avisando de ello. Seguir el Filho hacia el norte es lo mejor que podéis hacer, vuestra mejor posibilidad de sobrevivir.
Hubo un poco más de debate al respecto pero, sin ver una opción más razonable, todos los lobos acabaron aceptando el plan de las dos yeguas. Cuando ambos grupos se preparaban para emprender sus propios caminos, Aitana Pones tuvo una idea. Alzando la voz, preguntó:
—¿Alguien vio a dónde se dirigían los zombies de fuego? Al amanecer, cuando se fueron, ¿alguien lo vio?
Hubo varias respuestas afirmativas, y todos los lobos contaron lo mismo: Cerca del amanecer, los lobos abandonaron los pueblos y se dirigieron hacia el desierto.
—Es cierto, los vi partir hacia el nor-noreste.
—Yo, desde mi pueblo, los vi ir al norte.
—¡Pero es que apagaron las llamas!
Aitana, interesada, inquirió a este último testigo.
—¿Cómo que apagaron las llamas?
—Al amanecer, en cuanto salió el sol, los lobos dejaron de arder. Lo sé porque yo estaba fuera de la ciudad y había un lobo cerca de mi cuando ocurrió. Pero siguió caminando hacia... creo que era el noroeste.
La arqueóloga sacó sus mapas y pidió a todos los presentes que localizaran sus pueblos en los mismos e indicaran hacia donde vieron partir a los zombis. Poco a poco, distintas rayas fueron trazadas en el pergamino. Cuando todos acabaron, Aitana trazó la propia linea que le había indicado el detector, saliendo de Joth-Lambarg, e indicó la distancia aproxiamada que el mismo había dado. Punto que coincidió con bastante exactitud en la zona que había triangulado con ayuda de los supervivientes: un lugar cercano al río Narval, en medio del desierto, donde según sus mapas no había absolutamente nada; parecía hallarse a dos o tres horas de viaje, a lo sumo. Cuando levantó la cabeza, se encontró con una sonriente Macdolia frente a ella.
—Al final esto te ha sido útil, ¿no?
—Que no se te suba a la cabeza.
Tardaron poco tiempo ya en despedirse y cada grupo siguió su camino. Macdolia sonreía, por primera vez, por haber podido ayudar de primera mano a un grupo de gente. Sabía que, comparado con el mal al que se enfrentaban, era como combatir el ímpetu del mar con un castillo de arena. Pero eran este tipo de actos los que movían a Macdolia a seguir adelante.
Tras varias millas de caminata hacia el noreste, lograron ver el gran río Narval. Este discurría de este a oeste, y acababa uniéndose al Filho unos kilómetros al norte de Joth-Lambarg. Macdolia respiró aliviada al saber que ya no iban a tener problemas con el agua. Aitana solo murmuró "te lo dije". Poco después se permitieron tomarse un descanso bajo la sombra de una palmera que crecía junto a la orilla del río; y había sido justo a tiempo, el sol estaba a punto de alcanzar su punto más álgido e, incluso con los trajes para el desierto, era casi un suicidio seguir caminando. En el mejor de los casos ambas se hallarían con un golpe de calor para cuando tuvieran que actuar por la noche, era mejor estar descansadas.
Pero Macdolia, al salir del agua después de haber nadado un poco, se detuvo mirando hacia el este. Aitana observó curiosa cuando la yegua roja trotó hacia la palmera... ¡y empezó a subir por ella! Agarrada con las cuatro patas, y reptando como una lombriz con problemas de coordinación, logró llegar hasta casi la copa del árbol.
—Oye, ya que estás bájate un coco.
—Vale, pero es que allí hay un... ¡ah! ¡AH!
Como era de esperar, la yegua marrón observó a su compañera perder su precario agarre y caer pesadamente sobre la espalda. Por fortuna, la arena amortiguó la caída, aunque cuando se despejó la nube que había levantado, Macdolia se hallaba totalmente rebozada en la misma.
—¿Tú qué? —preguntó Aitana, divertida—. ¿Tenías ganas de ir a la playa o algo?
—No —tosió la aludida, levantándose—. Es que río arriba hay una construcción o algo, como a un kilómetro de la orilla.
—¿En serio? ¿A qué distancia?
—Pues no muy lejos. Más o menos hora y media caminando, creo.
—Bueno, descansemos un poco y vamos allá. Y joder, Macdolia, límpiate, estás horrible —añadió Aitana, imitando una voz extremadamente amanerada.
Echando unas risas las dos, Macdolia volvió al agua. Aitana se preguntó si la yegua roja habría captado la referencia literaria.
Tras dos horas y pico de caminar quedó claro que calcular distancias no era el punto fuerte de la yegua de las coletas. La construcción que había visto era, en realidad, unas ruinas antiguas; Aitana no tardó en reconocerlas como una antigua ciudad del imperio Coltorginés. En su opinión no parecían haber sido investigadas por ningún equipo arqueológico, y lamentó no hallarse en un momento más tranquilo para investigarlas ella misma en su totalidad.
Pronto las dos se separaron para buscar pistas. Sin embargo, por más que buscaron y miraron alrededor, no encontraron nada que les indicara dónde podía esconderse Manresht. Aitana maldijo en voz alta.
—Joder, esperaba encontrar un templo, o un edificio más entero.
—Sí, es como buscar una aguja en un pajar.
—Más bien, una momia en el desierto.
Las dos yeguas se sentaron sobre unas rocas a la sombra de un pequeño muro. El calor era insoportable, aunque los trajes ayudaban. Compartieron agua y algunos frutos deshidratados que llevaban.
—Mira, es que ya sólo nos queda ver si por la noche vemos algún zombi de fuego —razonó Aitana—. Quizá Manresht los esté reuniendo y podamos descubrirlo así.
—Eso suponiendo que realmente lo esté reuniendo. Esperar tanto sólo provocará más muertos, Aitana.
—Ya lo sé, pero... ¿tienes alguna idea? En serio, no pretendo ser borde, pero si tienes alguna idea me encantaría oírla.
Macdolia se dejó caer contra el muro. Pues claro que no tenía ningunam, si la hubiera tenido ya la habría propuesto. Maldición, otra vez esperando, más vidas que no podría salvar. Se empezaba a desesperar, pero recordó las palabras de Aitana: "Si quieres llorar hazlo, si quieres gritar hazlo, pero todavía no". Miró alrededor, buscando distraerse con cualquier cosa. Vio una especie de columna rodeada de piedras que sobresalía de la arena. Se acercó para examinarla y observó que varios jeroglíficos estaban tallados en la misma; encontró un entretenido pasatiempo en intentar deducir qué significaban los mismos, aunque no tenía ningún conocimiento sobre el tema.
Aitana, frustrada, se quedó sentada. Pero pronto sintió una extraña vibración en un bolsillo de sus alforjas. Sabiendo de qué se trataba, no tardó nada en sacar un pequeño frasco verde. Lo abrió y de él surgió una llamarada del mismo color, de la cual se materializó un pergamino. Lo recogió en el aire y leyó en silencio.
"A.P.:
Tras leer mis tratados y tus descubrimientos, está bastante claro que Manresht está utilizando a los zombies infernales para alimentar el poder de su señor y, así, acelerar su resurrección.
Pero hay algo que no has tenido en cuenta: Manresht era un hechicero. Uno muy poderoso, pero sólo era un hechicero. NADIE puede tener tanto poder como para controlar a tantísimos demonios del fuego, y ningún hechicero puede vencer a la muerte como lo ha hecho él. Es, sencillamente, imposible, por más tratos que haya hecho.
En mi opinión, Manresht debe estar usando una ventana al Tártaro para mantenerse con vida y, al mismo tiempo, permitir a los demonios desencadenar la Fiebre. Esa debe ser su fuente de poder, y para usarla debe haber hecho un trato muy bueno con un gran demonio del fuego. Esto significa algo que no te va a gustar: mientras esté apoyado por el demonio, nunca podrás matar a Manresht; con toda probabilidad, mientras esté cerca de la ventana será virtualmente indestructible. Puedes intentar destruir la misma, eso evitará que se alcen nuevos zombies ígneos, pero no evitará que Manresht siga resucitando, aunque más lentamente.
Creo que tu mejor opción es sacar al diabolista de su madriguera y llevarlo lejos de los Reinos Lobo. Fuera de su área de influencia, perderá su poder en poco tiempo y volverá a ser un mortal, entonces podrás matarlo. Espero que tengas una caja a mano cuando recibas este mensaje, porque tendrás que usar un Sello Arcano para contenerlo el tiempo suficiente. ¿Quizá su propio sarcófago?
Buena suerte.
G."
Aitana se leyó un par de veces el mensaje antes de enrollarlo y guardarlo. No dudaba en la teoría de su compañero, nadie sabía más de estas cosas que él. Sin embargo, esto acababa de complicarle mucho el trabajo. Una cosa era matar a un antiguo hechicero. Otra cosa era sacar a un hechicero inmortal de los Reinos Lobo sin ningún tipo de transporte o equipo de contención. Sus cavilaciones quedaron interrumpidas por una pregunta:
—Oye Aitana, ¿sabes leer jeroglíficos?
—Sí, aunque "leer" un jeroglífico es un poco sui generis.
Curiosa, la arqueóloga dejó de lado el problema y se acercó a examinar la roca.
—Este símbolo es "la guerra", y este señala "el fin". Entonces, acabó una guerra —de sus alforjas sacó un suave pincel con el que fue limpiando los jeroglíficos—. Mira, esto es un amanecer, creo, aunque no queda nada de la pintura original. Suerte que lo tallaron en la roca.
—¿Qué significa? ¿El día siguiente al fin de una guerra?
—Sí, pero es un sol saliendo, no ocultándose. Entonces, fuera cual fuera esa guerra, esta gente la ganó.
Aitana, movida por su pasión como historiadora y arqueóloga, examinó otras rocas que rodeaban la columna, descubriendo nuevos símbolos y dibujos tallados.
—¡Anda, mira! Esto representa la constelación del escorpión antes de que la explosión de una estrella la transformara. Entonces estas ruinas tienen más de... ¡dosmil años! Increíble. Entonces, por aquí tiene que estar... ¡Macdolia! Busca una pieza de la columna grande, con un montón de lobos tallados en ella.
Tras un par de minutos, la encontraron.
—¿Qué es esto?
—Es la "Piedra real", como la llaman los arqueólogos de despacho. Es una representación de la familia real en el momento en que se talló y de sus antepasados. Este de aquí era Ob-nirval, el arquitecto, cuyo hijo fue...
Aitana, a los pocos minutos, se sumergió en una sucesión interminable de nombres de antiguos reyes que relataba con pasión, entremezclándolos con detalles históricos sobre su reinado. Lo único que le quedó claro a la Macdolia es que todos los nombres empezaban por "Ob" por algún tipo de tradición.
—… y así, Ob-kaltreg revolucionó los campos de cultivo de su época. Y mira, el último de la lista, cuando se talló esta piedra es...
Macdolia, luchando por no mostrar cuán aburrida estaba, se esforzó en fijarse en el tallado. Aunque estaba destrozado en parte, algunos detalles se habían salvado: la posición del cuerpo, erguido y en tensión. El brazo derecho doblado hacia atrás, con la garra sobre su pecho. El brazo izquierdo estaba extendido hacia adelante, sosteniendo un enorme arco.
—El cazador... —murmuró Aitana. Ambas yeguas se miraron.
—¡Ob-nikoón. el cazador!
La arqueóloga miró las rocas del suelo con otros ojos, fijándose en su estructura y no en sus inscripciones. Talladas con forma ligeramente trapezoidal, con una exactitud matemática, se agrupaban todas junto a la misma columna, pero formaban un camino hacia el sur. Aitana las siguió hasta donde calculó que acababa el reguero y se puso a excavar como una posesa. Macdolia la observó, alucinada, ¿qué diantres estaba haciendo su amiga? Tras un par de minutos una carcajada victoriosa salió de la garganta de la yegua marrón.
—¡Es esto! ¡Este es el arco de Ob-nikoón! ¡Como decía tu canción, Macdolia!
Cuando Aitana se movió, Macdolia pudo ver lo que había encontrado y, ahora que lo veía en conjunto, se dio cuenta que no era lo que parecía: Lo que ella había creído que eran unas columnas eran, en realidad, los dos brazos de un ancestral y derruido arco del triunfo.
—Estamos cerca, ¡estamos muy cerca! —exclamó Aitana—. Tendremos que esperar, Macdolia, y que los propios demonios nos guíen. Esta noche encontraremos a Manresht y acabaremos con esto.
Macdolia asintió, sintiendo esperanza. Tendrían que esperar, habría más muertes esa noche... pero estaban a punto de conseguirlo, la pesadilla estaba a punto de acabar. Aitana la llamó y, a la sombra de un muro, sacó la carta y se la dio. Cuando terminó de leerla, la yegua roja se quedó lívida.
—Por el amor de... ¿cómo vamos a hacer esto, Aitana?
—Primero, necesitaremos un transporte. Por suerte, vi a una vieja amiga en Taichnitlán.
Aitana se quitó las alforjas y rebuscó en ellas algo que estaba al fondo del todo: un pequeño recipiente de barro. Le quitó la tela que lo cubría, revelando un extraño polvo púrpura en el interior y, tras prender un poco de fuego con yesca y pedernal, la arqueóloga hizo arder la sustancia. Esta empezó a soltar un humo de color lila, pero extrañamente, se quedó flotando sobre el recipiente, formando una esfera casi perfecta. Aitana, sin mirar a su compañera, empezó a hablar.
—Poison Mermaid, soy Aitana Pones, espero que estés cerca cuando recibas este mensaje. Necesito una misión de rescate muy urgente. Estoy en unas ruinas que se pueden ver desde la orilla del río Narval, a doce millas al este del pueblo pesquero Kilnat. Necesitaré ayuda para llevar un sarcófago, o una caja muy grande y pesada. El precio será el que tú decidas. Date prisa, por favor.
Cuando terminó el mensaje, Aitana sopló, dispersando la nube lila. Pero esta se reagrupó en el aire y, sin ningún viento que la empujara, voló directamente hacia el norte-noroeste. Sin decir una palabra, la yegua marrón alisó una zona de la arena para, a continuación, empezar a dibujar una serie de símbolos rúnicos.
—Bueno, Macdolia, ahora presta atención. Te voy a enseñar lo más básico de la magia rúnica: los símbolos arcanos de contención. Quizá no esté yo presente para encerrar a Manresht.
—¿Magia? Pero tú eres una poni de tierra.
—Sí, pero la magia rúnica puede hacerla cualquiera, de hecho los hechiceros grifo son unos expertos en ella. Si conoces los símbolos adecuados y cómo combinarlos puedes conseguir distintos efectos muy útiles para lidiar con demonios.
—¿Efectos como cuales?
—Concentración de magia, rituales, barreras, protecciones... Y, en este caso, la forma de sellar un receptáculo para que el ser que esté dentro no pueda escapar de ninguna forma. Bien, el primer símbolo se llama Tau...
El sol fue descendiendo poco a poco mientras Aitana seguía con su explicación. Cuando la acabó, ambas compañeras empezaron a discutir estrategias para enfrentarse a un hechicero diabolista que llevaba un milenio preparando su retorno.
Horas después, río abajo, un desesperado grito rompió la paz del desierto.
—¡Mi hijo! ¡Por favor, os lo diré todo, haré lo que queráis, pero dejad a mi hijo!
—Eso me gusta más, puta. Empieza a hablar.
Dos grifos, sujetaban a la desesperada madre. El lobezno, apenas un bebé, lloraba a gritos mientras un lobo negro lo sostenía cabeza abajo, agarrándolo por sus patitas traseras. Lo mantenía sobre la corriente del río, amenazando con soltarlo en cualquier momento.
Los miembros de la caravana que habían sido ayudados por Macdolia y Aitana se encogían atemorizados, rodeados por una veintena de grifos y lobos armados. El soldado que dirigía la caravana yacía agonizante en el suelo. Flotando en el río, una embarcación de maderas oscuras aguardaba, mecida por el vaivén de las corrientes fluviales. Sus velas grises denotaban la manufactura militar de Griffonia, pero su bandera no dejaba lugar a dudas: era un barco mercenario. Se podían contar un total de quince cañones por banda, aunque en ese momento los ventanucos estaban cerrados. Pocos navegantes quedaban a bordo, pues un buen número había descendido para detener la caravana.
Desde estribor, un unicornio observaba impasible cómo los mercenarios interrogaban a los aterrorizados civiles. Su pelaje, azul oscuro, hacía resaltar su crin totalmente blanca, a igual que su cola. Su Cutie Mark era una daga en la que se reflejaba un ojo verde. Los mercenarios lobo, tras devolverle el bebé a su madre -y haber asesinado a todo aquel que intentó huir o resistirse- embarcaron en sus botes para regresar al barco, mientras que los grifos volaban de regreso. El lobo negro que amenazó a la madre se dirigió directamente al poni en cuanto pisó cubierta.
—Las han visto. Se dirigían a un punto a unas cuarenta millas de aquí. Tenemos el viento a favor, pero vamos contracorriente. Deberíamos alcanzarlas de madrugada.
—Bien —sonrió el unicornio, hablando con una voz grave y oscura—. Partamos inmediatamente, capitán Argul. Ya conoce el trabajo.
—¿Qué quiere que hagamos con las dos ponis?
El cuadrúpedo se giró y encaró a su interlocutor. El capitán, aunque no lo mostraba en su rostro, se sentía intimidado por el extraño unicornio. Había algo en sus ojos plateados que le inquietaba, que le decía que debería tirar a su cliente por la borda. Pero la paga era lo bastante buena como para ignorar a sus instintos.
—Matad a Aitana Pones. Con la otra, la esclava liberada, haced lo que os plazca.
Argul asintió y se dirigió hacia el puente de mando mientras rugía órdenes.
—¡Izad la mayor, marineros! ¡Timonel, encara el centro del río! ¡Sacad los remos! ¡Si alguno de vosotros, escorias, mancilla el buen nombre del Relámpago negro, lo pasaré por la quilla!
Las velas grises de la embarcación fueron alzadas a toda velocidad, mientras el viento las hinchaba. La fuerza del mismo fue aumentada por el trabajo de los grifos que, al igual que los pegasos, controlaban las corrientes de aire. El Relámpago negro superó la fuerza del río Narval incluso antes de que los remeros empezaran a hacer su trabajo. En la proa, el unicornio miraba hacia el horizonte, mientras el sol recortaba la sombra del barco contra las aguas anaranjadas por el atardecer.
NOTA DEL AUTOR:
Bueno, unas cuantas publicaciones bastante seguidas, ¿eh? Espero que os estén gustando. Como siempre, agradezco cualquier comentario o review que queráis dejar. Gracias por leerme, ¡brohoof!
