Una calma antinatural cubría el desierto. Los animales que vivían cerca del río se movían en la noche con demasiada precaución, atentos al menor sonido, buscando un peligro oculto en el aire; era casi como si esperaran que la muerte se echara sobre ellos en cualquier momento. En medio de ese ambiente, solo dos cuadrúpedas se mantenían inmóviles, en una inquieta vigilia.
Ninguna decía una palabra. Estaban atentas, buscando cualquier indicio de movimientos sobre la arena. Esperaban la nueva oleada mágica, la comunión de Manresht con las fuerzas demoníacas. Pero, sobre todo, esperaban una pista, por pequeña que fuera, que les señalara dónde buscar. Macdolia miró hacia la luna llena, calculando la hora.
—Ya casi es media noche.
—Sí —respondió Macdolia en voz baja—, ¿seguro que funcionará?
—No veo por qué no. La última vez nos detectaron por ello, debería ocurrir igual esta vez.
—Entonces solo queda esperar.
—De acuerdo.
Un rato después, lejos de las arqueólogas, un chacal surgió temeroso de su madriguera, oculto tras una roca cercana al río Narval. Si había una razón por la que se atrevía a adentrarse en esas arenas, malditas durante la noche, era el hambre de sus crías. Él y su pareja podían sobrevivir varios días sin comer, pero su camada no; sus cachorros eran demasiado grandes para alimentarse solo con la leche de su madre.
Agachado en la arena, el pequeño canino rebuscó entre las rocas cercanas a la orilla. Su agudo olfato le llevó a la pista de algún gran insecto. Arrastrándose a toda velocidad, siguió el rastro hasta el punto en el que este desaparecía en la arena. Ahí excavó un poco, revelando a su presa: un escorpión negro. De un rápido mordisco le cortó el aguijón y lo apresó con sus mandíbulas. Pero en ese momento, una brisa cálida recorrió el desierto... y el terror vino con ella.
El chacal alzó la vista, con los ojos desorbitados y las orejas totalmente desplegadas. Su pelaje se erizó ante un peligro invisible, y su corazón se desvocó en su pecho. De pronto todos sus otros instintos dejaron de ser importantes; no existía el hambre, no existía la necesidad de cazar. Ahora, el único instinto importante fue el de huir y proteger a su camada. Soltó al malherido escorpión y echó a correr hacia su madriguera.
Hubo unos instantes de silencio antes de que la paz del desierto fuese rota. A pocos metros de donde hacía un momento estaba el chacal, la arena se removió. Una garra ennegrecida surgió de esta, seguida por un lobo de aspecto demoníaco. Las llamas cubrieron su cuerpo a medida que el ser salía a la noche y, cuando lo hubo hecho completamente, rugió a la Luna. Un rugido que fue coreado por cientos, miles de demonios en millas a la redonda. Entonces, guiado por una mano invisible, el zombie ígneo echó a galopar hacia las ruinas del antiguo asentamiento coltorginés.
Semienterradas en la arena sobre una duna, Aitana y Macdolia observaron cómo muchísimos zombies aparecían de todas partes y se dirigían al mismo punto: el arco de Ob-Nikoón. Allí donde habían dejado el detector mágico activado. Ambas yeguas estaban sobrecogidas por efecto de la magia del Tártaro; aunque ya estaban acostumbradas a los efectos del poder demoníaco, en esta zona su influencia se dejaba notar mucho más intensamente que en Joth-Lambarg.
—La mayoría viene del este.
—Sí —susurró Aitana—. Movámonos hacia allí, cuando vean que era un señuelo tendrán que proteger la madriguera de Manresht.
En silencio y evitando ser vistas, las ponis se dirigieron al este.
Sobre el río Narval, un grifo regresó volando a su embarcación, la cual seguía navegando contra corriente. El capitán Argul, junto a su cliente, lo miró esperando su informe.
—Hay unas ruinas unas cuatro millas río arriba. Hace quince minutos, miles de zombis de fuego han aparecido en el desierto. Se mueven en grupos y de forma coordinada, capitán.
El unicornio azul sonrió siniestramente.
—Son ellas, lo han encontrado.
—¡A todo trapo, marineros! ¡Revisad armas y fusiles! ¡Preparad los cañones!
El barco siguió su rumbo, impulsado por la fuerza de los remeros y los vientos creados por los grifos, mientras la tripulación se preparaba para demostrar que la fama del Relámpago Negro era bien merecida.
Aitana y Macdolia siguieron su camino hacia el este, deteniéndose en la parte superior de las dunas para estudiar los movimientos de los zombis, para después desplazarse rápidamente hasta la siguiente. Los monstruos, tras descubrir el engaño, se dispersaron por el desierto en busca de las intrusas. Estas pudieron comprobar que lo que había observado Macdolia en la ciudad era cierto: Los no muertos se movían en grupos, de forma organizada. Al principio, habían regresado hacia el este, pero al poco empezaron a expandirse en un semicírculo cada vez más grande.
Macdolia observó el trayecto de los zombis, imaginando que buscaban proteger la guarida de Manresht. Si era así, un grupo debería haberse quedado escondido muy cerca de la misma para dar la alarma; el resto de lobos rodearían el lugar para hallar a los intrusos. Al poco tiempo, el grupo más adelantado que iba hacia el este detuvo su carrera sobre la arena, mientas el resto iba tomando posiciones, formando un círculo. La poni roja sonrió: serían inteligentes, pero no eran demasiado listos. Mentalmente hizo unos cálculos trigonométricos, trazó dos lineas imaginarias que, al alargarlas, convergían sobre un punto al otro lado de una duna.
—Por aquí.
Aitana siguió a su amiga, caminando por detrás de la cima de la duna en la que estaban. A los pocos minutos, Macdolia sonrió.
—Ahí está.
La yegua roja señaló una hondonada entre dos dunas. Sobre esta había varias rocas, lo cual llamó la atención de la arqueóloga, ya que ese desierto era casi únicamente arena. Pero al fijarse mejor notó movimientos entre las mismas: Eran lobos, zombies ígneos que mantenían sus llamas apagadas. Escudriñando las rocas en seguida encontró una que no era tal: Era el techo de una construcción en piedra completamente enterrada. A pesar de la brillante luna, no pudo apreciar detalles salvo el corte regular que la diferenciaba del resto de piedras.
—Joder, ahí hay más de veinte zombis. Si nos ven, el resto se echarán sobre nosotras.
—¿Por un casual tienes algo en tus alforjas para volvernos invisibles?
—Eh... nop.
—Creo que solo nos queda una opción...
Los demonios paseaban entre las rocas que rodeaban la guarida de Manresht. Sus llamas estaban apagadas, no así su ansia de sangre y destrucción. Mas debían vigiliar, había intrusos cerca, y si Manresht fracasaba en su regreso al mundo de los mortales, el portal no se abriría.
Un lobo se giró rápidamente al sentir un movimiento sobre la arena, y escudriñó la zona con sus antinaturales ojos. Se alzó sobre sus patas traseras y avanzó hacia el lugar, gruñendo por lo bajo; tras unos segundos no vio ni escuchó nada. Pero cuando iba a regresar sintió que el tacto de la arena bajo su garra era sustituido por algo suave y húmedo. Antes de que pudiera ver de qué se trataba, algo lo derribó al suelo, y un certero golpe en la nuca lo devolvió a la muerte.
El resto de lobos se giraron hacia la zona en donde habían sentido la muerte de su hermano: Macdolia se alzaba sobre el cadáver del monstruo. Estaba cubierta por su traje para el desierto, mojado y rebozado en arena. Todos los zombis rugieron a la vez y encendieron sus llamas, iluminando la noche, mientras cientos de aullidos imposibles coreaban el grito de batalla. Macdolia se deshizo de su camuflaje y echó a correr en dirección contraria, perseguida por todo el ejército de Manresht.
Los lobos galoparon tras la intrusa, dejando la guarida de su señor desprotegida. Cuando se hubieron alejado, Aitana surgió de la arena, camuflada de igual forma que Macdolia. Se deshizo del traje y corrió hacia la construcción que había visto, cuya arquitectura era evidentemente coltorginesa. Se deslizó rápidamente a de un agujero que le sirvió de entrada, y cayó, derrapando sobre una rampa de arena, en un oscuro pasillo descendiente.
El silencio reinaba en el lugar. La arqueóloga sacó de su bolsillo una pequeña lámpara de aceite, la encendió y la cogió con la boca. Después desenganchó su lanza y la asió al arnés, preparada para el combate.
—Espero que vuelvas con vida, amiga —murmuró entre dientes.
Avanzó pasillo abajo, y a cada paso que daba la magia demoníaca se hacía más presente, haciendo que su corazón palpitara cada vez con más fuerza.
Macdolia galopaba tan rápido como podía mientras subía una duna. El truco había funcionado: los zombis la perseguían a ella. Solo esperaba que no hubieran visto a Aitana y que su amiga hubiera podido colarse en la guarida de Manresht.
En cuanto llegó a lo alto de la formación de arena se detuvo en seco, derrapando. Un grupo de casi veinte zombis había subido por el otro lado, cortándole la retirada, y el más cercano ya se estaba echando sobre ella. El reloj de su Cutie Mark se iluminó durante un ligero instante. A los ojos de los lobos, la yegua roja se desvaneció para reaparecer al instante a la espalda del zombi. Antes de que ninguno llegara a atacarla de nuevo, Macdolia se deslizó colina abajo a toda velocidad. Desde esa altura la yegua pudo ver como miles de hogueras imposibles cubrían el desierto... y todas ellas se dirigían a darle caza.
Rezando todas las oraciones que conocía, Macdolia se dirigió al río Narval.
El silencio del ancestral edificio era opresivo. Aitana sentía el palpitar de su corazón en sus oídos, y el ligero golpeteo de sus cascos contra la piedra resonaba como el incansable golpear de un martillo. Miraba tanto las paredes como el suelo y el techo, pues conocía demasiado bien ese tipo de mausoleos.
Llegó a una zona en la que el pasillo se ensanchaba ligeramente. Se detuvo, y al dejar de caminar el único sonido que se escuchaba era su propia respiración. Iluminó las paredes, revelando una serie de jeroglíficos, pero no intentó leerlos. En su lugar, se fijó en el suelo, cuyas baldosas seguían un patrón sospechosamente regular. La arqueóloga tomó una piedra del suelo , la lanzó sobre las mismas... y la trampa se activó.
La baldosa bajo la piedra se hundió, y los jeroglíficos de las paredes se rompieron para mostrar muchísimos agujeros perfectamente simétricos. Hubo un ruido de resortes que precedió a una lluvia de proyectiles metálicos, la cual surgió de la pared izquierda. Los proyectiles desaparecieron a través de los agujeros de la pared derecha; un nuevo sonido de resortes indicó a Aitana que la trampa era cíclica: la munición era, virtualmente, infinita.
La arqueóloga fue tocando la piedras de la pared derecha hasta que escuchó una que una sonaba un poco suelta. Se alzó sobre sus patas delanteras y empezó a golpearla con todas sus fuerzas. Una vez, dos, tres, cuatro... y a cada golpe, la piedra fue cediendo. Con un último y decisivo patadón, la piedra se hundió hasta el fondo y cayó, revelando una cámara oculta. La arqueóloga se asomó con la lámpara, viendo el mecanismo de la trampa frente a ella. Sonrió antes de correr a desarmar el ancestral artilugio por la fuerza.
Volvió al pasillo principal y activó la trampa dos veces mas. A la tercera, a pesar de que escuchaban los resortes, ninguna flecha surgió de la pared. Con tranquilidad, atravesó el pasillo sin preocuparse por las baldosas que se hundían bajo sus cascos.
Poco después llegó a una gran sala de planta rectangular, la cual reconoció como una Sala de Ofrendas... vacía. Ese edificio parecía un mausoleo Coltorginés, pero estaba desprovisto de todos los detalles religiosos de su cultura, incluidos las ofrendas que los familiares del fallecido ofrecían a los dioses. El polvo cubría toda la estancia, revelando rastros de unas criaturas que se habían desplazado por ahí hacía pocos días. Aitana supo que no estaba sola, probablemente Manresht tenía guardianes.
Había varias puertas, pero no dudó en escoger la que le llevaría a su objetivo: aquella a través de la cual se podía escuchar un extraño cántico haciendo eco en los pasillos milenarios.
Macdolia alcanzó en su carrera la orilla del río y siguió corriendo siguiendo la corriente del mismo, tenía que seguir alejando a los demonios de Aitana si querían tener una posibilidad. La mayor parte de estos seguían a su espalda, teniendo que preocuparse solo por algún grupo suelto que trató de cortarle el camino. Sin embargo, el cansancio estaba haciendo mella en la yegua. Jadeaba ruidosamente, y las patas empezaban a dolerle. No sabía cuánto tiempo iba a poder aguantar ese ritmo.
"Como Poison Mermaid no llegue pronto, de esta no salgo", pensó.
Miró un momento atrás, viendo solo las llamas de los demonios cubriendo el desierto. Pero cuando volvió su vista adelante vio unas luces... sobre el agua del río. No tardó en distinguir los faroles que iluminaban la estructura de madera de una gran embarcación fluvial. Macdolia sonrió sin dejar de correr.
—¡Gracias a los dioses!
La embarcación viró sobre sí misma, encarando su costado hacia la zona general donde estaba Macdolia. Esta no acabó de entender lo que ocurría hasta que, sobre los rugidos de los zombis, escuchó las ininteligibles órdenes del capitán del barco. La yegua roja gritó y saltó al suelo al mismo tiempo que el retumbar de los cañones ensordecía cualquier otro sonido. La arena del desierto estalló a la espalda de Macdolia, la cual solo pudo cubrirse de los restos de metralla que llegaron hasta ella. Cuando alzó la vista, frente a ella solo había varios cráteres alfombrados con los restos desmembrados de medio centenar de zombis. Se puso en pie al ver que más monstruos seguían persiguiéndola.
—¡¿Y este es el equipo de rescate?!
Escuchó a alguien gritar sobre su cabeza. Recortadas contra las estrellas vio las siluetas de varios grifos. Hubo una nueva orden seguida del repiqueteo de varias armas de fuego: mosquetes cortos. Varios zombis que se acercaban a la orilla cayeron abatidos, y los grifos recargaron sus armas. Macdolia sonrió, aliviada al tener ayuda. Pero, entonces, un grifo gritó:
—¡Ahí está! ¡Capturadla, viva o muerta!
Los grifos hicieron un picado sobre la yegua. Macdolia echó a correr y aguardó al último instante para tirarse al suelo y rodar, evitando las garras de las enormes aves de presa. Pero al levantarse, el último grifo la golpeó con violencia, proyectándola varios metros y haciendo que rodara por el suelo sin control. Cuando se levantó siguió corriendo, sintiendo el escozor de la herida sobre su costado.
—¡¿Pero es que nada puede salir bien?!
Notó que muchos de los zombis abandonaron su persecución para ir hacia el río. El ruido de decenas de mosquetes en la lejanía le indicó que el resto de la tripulación acababa de tocar tierra.
A medida que avanzaba por el pasillo los cánticos se hicieron más claros y audibles. Aitana no tardó en reconocer un idioma que, sencillamente, se había negado a estudiar: Infernal, el idioma del Tártaro, la lengua que usaban los demonologistas para hacer tratos con los demonios. Una lengua cuyas palabras, en si mismas, suponían una ofensa a la creación y una condena al alma de aquel que se atrevía a pronunciarlas.
No había muchos seres vivos que lo conocieran.
La arqueóloga vio una luz rojiza al final del túnel, tras una esquina, y un agónico rugido coreó lo cánticos. Apagó la lámpara y se acercó lo más sigilosamente que pudo.
—Mierda...
El pasillo daba acceso a una gran sala circular. En el centro de la misma había un sarcófago de piedra abierto, cuya tapa descansaba en el mismo, ligeramente desplazada a un lado. Sobre el mismo, rodeado por una esfera de energía roja, había un lobo: Totalmente negro, con unos ojos rojos como la sangre; su aspecto era demacrado y cadavérico, solo su forma de retorcerse cuando hebras de energía hacían contacto con su cuerpo indicaba que ese ser no estaba muerto. Varos haces de energía surgieron a la vez de la esfera e impactaron en el lobo, el cual se encogió durante un instante. Después se estiró completamente y rugió con fuerza, al tiempo que sus ojos empezaron a brillar con el poder que estaba recuperando.
Manresht estaba resucitando.
A ambos lados del sarcófago había dos seres que entonaban el oscuro ritual. Caminaban sobre cuatro patas, como si fueran grandes cánidos; sus cuerpos eran un caótico mosaico de pelaje, carne y fuego a partes iguales, y bastante más grandes y corpulentos que cualquier poni. Sus cabezas estaban coronadas por dos cuernos retorcidos cuyos extremos apuntaban hacia adelante. Sus patas acababan en grandes garras y, cuando hablaban, pequeñas volutas de fuego surgían de sus fauces.
Demonios del fuego y la destrucción.
Al otro lado de la sala, detrás del sarcófago, Aitana pudo ver finalmente el origen de toda esa pesadilla: La ventana al tártaro. Eran dos columnas de obsidiana talladas con brillantes runas. Entre ambos pilares no parecía haber nada, pero fijándose bien pudo ver que el aire en esa zona oscilaba. La sensación de terror que provocaba la magia demoníaca se hizo tan intensa al mirar el portal que Aitana tuvo que echarse atrás y respirar hondo varias veces para calmar los temblores que la habían invadido. Evaluando la situación se dio cuenta de que solo tenía una ventaja: No esperaban que se hubiera infiltrado hasta ahí. Además, también contaba con el hecho de que los demonios, una vez se manifestaban físicamente en el mundo, se volvían tan vulnerables como cualquier ser vivo: Un lanzazo en el punto indicado los devolvería al infierno del que habían salido.
Aitana introdujó su casco derecho en una zona de sus alforjas, sintiendo en seguida una correa asirse firmemente en torno al mismo. Al sacarlo, estaba armado con una daga asida de forma que emulaba el espolón de un gallo. Después asió su lanza con una pata y se preparó para el combate. No podía fallar.
Un nuevo impacto mandó a Macdolia al suelo, la cual logró rodar antes de que otro grifo la ensartara con una cimitarra que sostenía con sus garras de águila. El sonido de los disparos de mosquetes y cañones llegaba desde la orilla, donde la tripulación pirata se estaba abriendo paso, fuego mediante.
—¿Cómo lo están haciendo? ¿Cómo pueden estar venciendo a los zombies?—Macdolia se tocó la Cutie Mark con una pata—. ¡Vamos, tú, ¿no puedes hacer nada más?!
El reloj de su flanco se iluminó como había hecho antes, pero esta vez hubo algo diferente: La yegua roja sintió algo enredándose alrededor de su pezuña. Cuando la retiró vio que el reloj dorado se había materializado, tomando el tamaño de un plato pequeño, con una larga cadena del mismo color. Macdolia observó esta última alucinada, pues su marca nunca había hecho nada semejante.
La yegua roja escuchó el grito de un grifo al lanzarse sobre ella. Ella esquivó la embestida y, con el mismo movimiento, lanzó el reloj. Movido como si tuviera voluntad propia, se enrolló en torno al tobillo de la criatura. El grifo maldijo y trató de elevarse, pero Macdolia tiró con todas sus fuerzas, haciendo que se estrellara contra el suelo.
El resto de grifos se lanzaron al ataque, y la escena se repitió: Combinando su velocidad con su nueva arma, pronto tres de estos seres yacían inconscientes sobre la arena.
—¡Retirada, volved con el resto!
La yegua roja, viéndose libre del peligro inminente, miró alrededor. Los lobos ígneos la habían dejado y cargaban contra algo entre ella y el río. Escuchó los disparos de los piratas, ruido de combate, rugidos y órdenes gritadas al viento. Macdolia empezó a correr hacia allí; no podía permitir que todos esos... estúpidos murieran a manos de los monstruos. Pero algo la hizo detenerse en seco.
La temperatura bajó en picado.
Un aire helado se extendió desde donde estaban los piratas, y Macdolia sintió su alma sobrecogerse por una magia que jamás había experimentado antes. Se echó al suelo por puro instinto, mientras dedicaba una oración mental a Fausticorn... y un infierno de muerte se desató sobre ella. La magia, invisible y terrible, se extendió sobre el desierto, haciendo que las pocas plantas y cactus que había se marchitaran como si hubieran envejecido cientos de años. Los zombis frente a ella se quedaron inmóviles durante unos instantes antes de caer inertes sobre la arena. Cuando lo hicieron y la magia cesó, la yegua roja pudo ver a los piratas lobo. Y en medio de estos había un unicornio, iluminado a partes iguales por las antorchas y la luz verdosa de su cuerno.
Macdolia echó a correr. Más grupos de zombis se lanzaron sobre los piratas y sobre ella misma. Pero en ese momento, la yegua roja prefería de mucho enfrentarse a los demonios que no a ese nigromante.
Aitana entró en la sala del ritual y arrojó su lanza. El proyectil se incrustó en los cuartos traseros de un demonio, el cual rugió de sorpresa y dolor, lanzando una nube de llamas por la boca. Sin perder un instante, la poni galopó y saltó sobre él; antes de que el infernal ser comprendiera qué había ocurrido, la daga de la arqueóloga le atravesó la yugular. El demonio, al morir, se deshizo en una bola de fuego, dejando solo unas pocas cenizas como recuerdo de su paso por el mundo.
La arqueóloga intentó recuperar su lanza, pero el otro demonio no se lo permitió: con un rugido de batalla, lanzó un enorme cono de fuego que obligó a Aitana a rodar por el suelo para salvar la vida. Manresht, desde la esfera, rugió a su vez y gritó cuando más y más haces de energía se unieron a él.
El demonio del fuego empezó a lanzar ataque tras ataque a la yegua, tratando de acabar con ella a distancia al ver lo peligrosa que era cuerpo a cuerpo. Esta saltaba de un lado a otro, esquivando todas las llamaradas que le lanzaba, pero el monstruo sabía que era cuestión de tiempo: la mortal acabaría cansándose, y él disponía de todo el fuego del Tártaro hasta darle muerte.
Hubo un antinatural rugido de dolor cuando dos cuchillos arrojadizos atravesaron el fuego y se clavaron profundamente en su cuerpo. Aitana, antes de que la última llamarada desapareciera, saltó a través de esta, daga en ristre, y cargó contra el demonio. El ser infernal la recibió lanzando un garrazo para matarla rápidamente; la yegua se agachó en el último instante y, al tiempo que se posicionaba a un flanco del mismo le lanzó un ataque que abrió una profunda herida en el flanco de la caótica criatura. El demonio llamó a las impuras energías que lo alimentaban y se alzó sobre las patas traseras; cuando golpeó el suelo con las delanteras una deflagración de llamas ocurrió a su alrededor, iluminando la sala violentamente con un calor que ningún mortal podría resistir.
Fue por ese resplandor por el que no advirtió que la poni había saltado por encima de él y que, aún en el aire, estaba a punto de degollarlo.
Cuando Aitana pisó el suelo, al otro lado de su adversario, este estaba siendo ya consumido por el fuego del Tártaro. Se permitió un segundo de respiro: ya había ganado. Ahora solo le quedaba cerrar la ventana, encerrar a Manresht en su sarcófago y sellarlo, y cuando llegara Poison Mermaid...
Un aura roja rodeó a la yegua y, antes de que esta pudiera reaccionar, la proyectó contra una pared a toda velocidad. Impactó con su flanco, siendo sus alforjas lo único que le permitieron amortiguar ligeramente el golpe; cayó sobre sus patas luchando por seguir respirando al sentir un profundo dolor en las costillas. Frente a ella, todavía unido a la ventana al Tártaro por hebras de energía, Manresht deshizo la burbuja mágica y saltó al suelo. Su cuerpo había crecido en cuestión de segundos, y sus músculos se habían desarrollado hasta convertirlo en la versión infernal de un licántropo. Clavó sus ojos ardientes en Aitana Pones y rugió, al tiempo que la magia infecta del Tártaro acudía a sus garras negras.
—Oh... mierda.
La yegua marrón observó al hechicero milenario frente a ella; la magia estaba haciendo crecer sus garras, preparado para atacarla cuerpo a cuerpo, lo que significaba que todavía no había recuperado todo su poder. Aún tenía una oportunidad, pero muy poco tiempo; lo mejor que podía hacer era provocarlo a cometer un error, que no viera sus verdaderas intenciones. Respirando hondamente para calmar el dolor en sus costillas, Aitana Pones adoptó una pose prepotente.
—¿Al fin te has decidido a hacer el trabajo tú mismo, perro? —le escupió en lobo—. Espero que seas mejor rival que los dos demonios que te servían.
Manresht habló entonces; su lenguaje era una mezcla del antiguo lobo intercalado con algunas sílabas infernales, y su voz, grave y rasposa, arrastraba consigo el poder que el Tártaro le había concedido.
—¿Qué rival crees ser para mi, mortal? ¡Yo, Manresht, he vuelto de entre los muertos como juré, más fuerte que nunca! Aún estás a tiempo de jurarme servidumbre y salvar la vida. Sométete a mi, y quizá te otorgue una parte del mundo cuando este se rinda a mi.
Aitana sonrió ligeramente, pues Manresht había mostrado su punto débil, sólo le quedaba explotarlo. Si hay algo mejor que ser infravalorado por el enemigo es, además, enfrentarse a uno arrogante y engreído. Con una sonrisa desafiante, la yegua retiró la capa exterior de sus alforjas, revelando todo su armamento.
—¿Y por qué iba yo a servir a la ramera de un demonio?
Al instante los ojos de Manresht brillaron como vivas ascuas y, rugiendo, se lanzó contra la impertinente mortal. Esta esperó al último instante para esquivar el ataque y, al tiempo que se situaba a la espalda del demonologista le lanzó un tajo con la daga. Las garras de Manresht se clavaron profundamente en la roca de la pared, y el arma de Aitana le abrió a este un profundo corte en el costado. Sin embargo la herida se cerró en meros segundos frente a sus ojos; por desgracia, exactamente lo que esperaba que ocurriera.
Aitana retrocedió rápidamente, llevando la cabeza a sus alforjas para lanzarle varios cuchillos al lobo infernal; este, mientras se giraba, no se molestó siquiera en intentar esquivarlos, sabedor de que no podía morir, y cargó contra ella. La Arqueóloga descubrió en aquel momento que la magia del Tártaro estaba volviendo a Manresht más veloz por momentos, y no pudo apartarse a tiempo; logró esquivar la peor parte del ataque pero, con un revés de su zarpa la golpeó fuertemente, lanzándola a la esquina contraria de la sala y alejándola de la ventana.
Las hebras que unían a Manresht con el Tártaro se intensificaron.
—Ya sé quién eres, Aitana Pones, hoy conocerás la muerte.
—¿Qué? —exclamó Aitana, recuperándose del impacto—. ¿Cómo puedes saber...?
Dejó de hablar cuando Manresht rugió, alzando ambas garras al tiempo que un fuego infernal acudía a las mismas. Aitana intentó ponerse a cubierto tras el sarcófago, pero más llamas surgieron frente a ella, cortándole la retirada; estaba atrapada, Manresht lo sabía y pretendía acabar con la mortal de un único y decisivo ataque. Cuando juntó ambas garras frente a él, todo el poder del Tártaro que había convocado engulló a la arqueóloga como una ola. Tal era la furia de las llamas que ni siquiera llegó a oírla gritar.
Súbitamente, el demonologista lobo sintió un fuerte impacto en el hombro... seguido de otro en el pecho, y un tercero en una pata trasera. Perdiendo el equilibrio cayó sobre sus cuatro garras y, al hacerlo, el fuego murió. Allá donde debería haber estado el cadáver de Aitana Pones se alzaba esta... rodeada por una barrera mágica. Su pelaje se había oscurecido, y sus ojos eran completamente grises. Unida a su cuello por una cadena, la brújula donde residía el alma del lich flotaba rodeada por un aura púrpura.
—Ak-Malrok maerk Tartarus tolg!
Manresht entendió a la perfección el antiguo idioma de Egiptrot: "Mi alma no será un juguete del Tártaro". Sinceramente sorprendido, pues desconocía que los ponis de tierra pudieran hacer ese tipo de magia, Manresht volvió a conjurar; varias saetas de fuego aparecieron frente a él, un hechizo más acorde para atravesar unas defensas mágicas.
Desde el cuerpo de Aitana, Kolnarg aguardó unos instantes; había reconocido en el hechicero infernal los mismos defectos que la yegua que lo mantenía atrapado. Esperó a que Manresht le lanzara toda la potencia de su magia y, cuando la primera saeta impactó contra su barrera mágica, se teleportó... al lado mismo de la ventana al Tártaro.
Fue en ese momento que Aitana Pones recuperó el control sobre su cuerpo; se quedó confundida durante un instante pero, al momento, reaccionó tomando un pequeño objeto de sus alforjas y lanzándolo junto a la ventana. Galopando tan rápido como pudo, se alejó del arco de obsidiana y saltó tras el sarcófago, protegiéndole de la ola de llamas que le estaba lanzando Manresht y de lo que estaba por venir. Las llamas no llegaron a tocarla, pero el calor de las mismas la hizo gritar al notar arder el pelaje sobre su lomo.
El grito de la mortal hizo reír a Manresht pero, quizá, lo que no había calculado fue que el objeto que Aitana había colocado era un pequeño explosivo.
La detonación fue suficiente para agrietar la ventana, pero no para derrumbarla; sin dudarlo la yegua se levantó y cargó con todo su peso contra la columna más dañada de la misma. El impacto la hizo gritar al empeorar el dolor en sus costillas, pero surtió efecto: Un coro de gritos y aullidos imposibles llenó la estancia durante unos segundos cuando la conexión con el Tártaro se rompió. Manresht aulló a su vez, llevándose las garras a la cabeza al sentir su conexión con su señor demonio disminuir hasta casi desaparecer. Sin embargo, al poco tiempo empezó a reír en voz alta hasta soltar una carcajada.
—¡Estúpida mortal! —rugió—. ¡Sigo siendo inmortal, solo has ralentizado mi retorno!
—Y también tu capacidad para regenerarte, estúpido —jadeó Aitana, subida a la tapa del sarcófago y enarbolando su lanza directamente contra el cuello de Manresht.
De un certero golpe el arma atravesó al hechicero lobo con un horrendo crujir de carne y huesos; la sangre saltó por doquier pero, al igual que antes, la herida empezó a regenerarse al momento. Sin embargo el proceso estaba siendo más lento, dándole a la arqueóloga el tiempo que necesitaba: usando la lanza como una palanca, y sin sacarla de la cabeza de su enemigo, colocó la parte superior de este sobre el sarcófago. Después bajó y empezó a empujarlo para meterlo dentro del mismo.
La lanza se ennegreció y empezó a arder a medida que Manresht regeneraba sus heridas.
—¡Vamos!
Aitana terminó de meterlo en el sarcófago y después se afanó en cerrar la pesada losa de piedra; por suerte para ella esta era mucho menos pesada de lo habitual, estaba claro que el lobo no había planeado quedarse por siempre en su tumba. Se subió entonces sobre el sarcófago cerrado y sacó de sus alforjas un lápiz de carbón con el que trazó un signo: un pentagrama rodeado por un círculo y en cuyo interior había un ojo ardiente; exactamente la marca que ella misma portaba en el flanco. Después tomó una brillante gema blanca de algún bolsillo y la aplastó contra la roca; la magia que la hacía brillar se liberó, iluminando cada detalle del símbolo arcano.
—¡Mater Luminis, trae la luz en la oscuridad!
En ese momento sintió el primer golpe desde el interior del sarcófago.
—¡Imperator Stellarum, trae el orden en el caos!
Un rugido salió de la tumba, y los golpes se volvieron más intensos.
—¡Pte Ska Win, blanca madre de los búfalos, ata a esta criatura a la tierra!
Con esa última invocación, el símbolo arcano empezó a brillar con una fuerza cegadora; la luz blanca se apagó poco a poco y, a medida que lo hacía, los golpes desde el interior del sarcófago se silenciaron. Aitana se quedó quieta, asegurándose de que el sello era seguro antes de dejarse caer, jadeante.
Estaba agotada; había usado la brújula en su favor en muchas ocasiones, a veces Kolnarg había intentado dominarla... Pero esa vez había sido diferente. Kolnarg había actuado solo, Aitana no le había guiado, y la liberó de su posesión en el momento exacto para que usara su bomba. ¿Por qué? Además, había usado magia mucho más poderosa de lo normal, y por alguna razón había consumido las energías de la propia Aitana. Se sentía como si la hubiera tocado un espectro, agotada física y emocionalmente.
"Si morías aquí los dos habríamos sido atrapados por el Tártaro, arqueóloga".
A medida que esas palabras ajenas resonaban en la mente de la yegua marrón, la voluntad del lich hizo presa sobre esta; esta gritó, llevándose los cascos a la cabeza y luchando por mantener el control. ¡Jamás lo había sentido tan fuerte! ¡Jamás la había atacado como en esa ocasión! La yegua marrón se puso en pie, apretando los dientes, al tiempo que la sombra del nigromante empezaba a cubrirla.
—No me vas a poseer, hijo de puta... ¡Este es mi cuerpo!
Con esa frase Aitana se aferró a su voluntad con todas sus fuerzas, obligando poco a poco al espíritu a retornar a la brújula. Pero pudo escucharlo en su mente, riendo levemente, sabiendo que Aitana estaba débil. Esta supo que volvería a intentarlo en algún momento. Tenía que salir de ahí, tenía que estar con alguien de confianza si Kolnarg ganaba la batalla por su mente. Caminó lentamente, volviendo sobre sus pasos y superando la trampa que ya había desactivado antes.
Finalmente subió la rampa de arena que daba al exterior; sintió un gran alivio al salir al frío de la noche, pero no bajó la guardia y observó alrededor. Pudo ver las llamas de algunos zombis hacia el norte, cerca del río. No había monstruos cerca de ella, pero los oía rugir en la distancia. El arrítmico repiqueteo de armas de fuego resonaba desde el Narval. Aitana sonrió, Poison había llegado mucho antes de lo que esperaba. El sonido del galope sobre la arena llamó su atención hacia Macdolia; al parecer se las había apañado para sobrevivir. Parecía relativamente intacta y llevaba un objeto brillante en la pata derecha.
Pero algo no iba bien.
—¡Aitana, corre!
—¡Ahí está, matadla!
La arqueóloga miró hacia la duna donde había surgido la segunda voz. Un grupo de seres, lobos por su forma de sostenerse sobre sus patas traseras, apareció, alzando armas de fuego. Las dos yeguas se pusieron a cubierto tras las rocas de la zona, las detonaciones precedieron a una lluvia de balas y, cuando cesaron, las dos ponis se levantaron y echaron a correr en dirección contraria.
—¡¿Quién cojones son esos?!
—¡No lo sé, pero hay un unicornio entre ellos! ¡Y no es bueno!
—¡¿Cómo que no es bueno?!
Hubo una perturbación en el aire, una vibración mágica, y la temperatura volvió a caer en picado. Aitana, sorprendida, observó el vaho formarse a partir de su respiración... y un miedo nada relacionado con la magia en sí misma la embargó.
—Nigromancia...
La yegua marrón se giró durante un instante y vio al unicornio conjurar sobre una duna, junto a los lobos, mientras su cuerno brillaba intensamente. En la noche solo pudo apreciar claramente sus crines blancas, que adquirían tonos verdosos por el aura que surgía de su cuerno. El brillo de su cuerno se apagó, sumiendo la zona en la oscuridad, pero el antinatural frío, en lugar de desaparecer, se incrementó. Aitana reaccionó por un instinto adquirido en anteriores incursiones.
—¡Macdolia, detrás de mi!
Aitana no quería hacer lo que iba a hacer, pero no tenía tiempo de trazar un círculo de protección. Se llevó una pezuña al bolsillo y sacó una pequeña gema blanca, la lanzó al aire y la aplastó con ambos cascos. Una intensa explosión de luz se produjo, y frente a las dos yeguas apareció una abominación: Era negra y semitransparente, y por rostro solo tenía dos agresivos ojos blancos. Solo tenía un brazo derecho que acababa en cinco largas garras negras. El ser se detuvo ante la explosión, cubriéndose el rostro.
—¡¿Qué es eso?! —gritó Macdolia.
La arqueóloga no repondió: una vez más, dejó caer sus defensas mentales dejando que Kolnarg tomara el control. El oscuro brillo de la brújula se extendió por todo el cuerpo de la poni, mientras esta pronunciaba una ininteligible retahíla. El espectro se quedó quieto durante un instante y, tras unos momentos, cargó volando contra el mismo unicornio que lo había convocado. Acto seguido, Aitana cayó al suelo llevándose la pezuñas a la cabeza.
—¡Aitana!
Macdolia miró impotente cómo la oscuridad de la brújula pugnaba por cubrir completamente a su amiga, la cual luchaba por mantener el control sobre si misma. Escuchó los gritos de los lobos que las perseguían. Sabiendo que no tenían tiempo, la yegua roja se agachó y alzó parcialmente a Aitana sobre su grupa. Caminó tan rápido como pudo hasta rodear una duna, donde bajó a la yegua marrón y procedió a enterrarla parcialmente en la arena.
—Aitana, tenemos que escondernos. No hagas ruido.
A pesar de que esta seguía luchando contra Kolnarg, logró asentir: la había entendido. Pero su amiga estaba demasiado débil, no estaba logrando contener al lich en su receptáculo. Macdolia se tumbó junto a Aitana y cubrió de arena de igual forma que había hecho con ella. Sabía que Aitana le habría dicho que no lo hiciera... pero tenía miedo de que no lo lograra. Probablemente podría aguantar, aunque fuera solo unos minutos.
Macdolia le quitó la brújula a Aitana y se la colgó del cuello.
Al principio no sintió nada. Qué extraño, esperaba que Kolnarg intentara poseerla desde el principio. Se acomodó junto a Aitana, la cual seguía respirando agitadamente, y se aseguró que ambas estuvieran bien ocultas. Después esperó, escuchando solo los rugidos de algún zombi y las órdenes del capitán de los piratas. Aguardó, jadeante y atenta por si aparecía un nuevo peligro.
Observó a Aitana, la cual parecía estar empezando a calmarse, pero todavía mantenía los ojos cerrados. Era obvio que necesitaba más tiempo; Macdolia decidió que se lo daría antes de devolverle la brújula. De todas formas, ella se sentía bien.
No había esperado algo así cuando llegó a los Reinos Lobo. ¿Proteger a alguien? A eso estaba acostumbrada, pero no a luchar por salvar a toda una nación de la furia del Tártaro. ¿Era esa la vida de Aitana? ¿Cómo lo hacía para mantenerse cuerda? Era una heroína, ¡las dos lo eran y nunca lo iban a reconocer! ¡Era injusto!
Macdolia sacudió la cabeza, intentando despejarse. Tenía que seguir atenta, pero aquel pensamiento se estaba adueñando poco a poco de su mente. Es que era cierto, merecía ser reconocida como una heroína, ¿por qué no lo era? ¡Aitana había salvado muchísimas vidas! Y ella también, sin ser tan objetivamente cruel como podía serlo Aitana. Pero... ¿y si pudiera hacerlo? ¿Y si pudiera hacer que el mundo la reconociera? Era una idea absurda pero increíblemente tentadora...
Perdió el hilo de su pensamiento. Su pelaje empezó a oscurecerse, al igual que sus ojos que se tornaron grises. Una sonrisa tomó su rostro y abrió la boca para decir algo en el antiguo idioma de Egiptrot... cuando un veloz casco atrapó la brújula y se la arrancó del cuello. Al instante, Macdolia sintió cómo la oscura presencia que se había aferrado a su mente sin que ella lo notara, la abandonaba. Miró en todas direcciones, confundida, hasta toparse con los ojos verdes de Aitana, la cual se estaba ajustando el objeto en torno al cuello.
—Gracias, necesitaba estos minutos. Pero no vuelvas a hacerlo.
—¿Qué? ¿Cuándo...?
Pero la arqueóloga cerró los ojos, conteniendo con su propia voluntad los ataques mentales de Kolnarg. Macdolia sintió que le temblaban las patas. ¿Cuánto había tardado en caer? ¿Un par de minutos? ¿Cómo lo hacía Aitana para resistir portar esa brújula veinticuatro horas al día? ¿Cómo se las apañaba para permitir que el lich la controlara durante unos instantes para que atacara a sus enemigos? ¿Cómo diantres no se volvía loca?
Finalmente, la luz de la brújula se apagó y Aitana abrió los ojos. Pero se la notaba que todavía respiraba pesadamente.
—Tenemos que acercarnos. Tenemos que observar qué hacen. Un nigromante... joder. Lo que nos faltaba.
Con todo el sigilo que pudieron empezaron a desplazarse, siguiendo la linea de la duna, hasta poder observar la entrada a la guarida de Manresht. Estudiándolos un poco mejor, Aitana dedujo que se trataba de mercenarios, debía haber cerca de treinta, combinando tanto grifos como lobos. Habían plantado antorchas alrededor de la zona, y formaban un círculo que vigilaba en todas direcciones, con sus armas cargadas; mosquetes, principalmente, aunque también tenían ballestas y muchas armas cuerpo a cuerpo. En el centro del círculo había un lobo negro que, por como dirigía al resto, dedujeron que era el capitán. Y junto a él estaba el unicornio: pelaje azul oscuro y crin blanca como la leche. Repartía instrucciones con calma y desdén, con la superioridad propia de aquel que se cree más poderoso que los que le rodeaban, signos que Aitana había visto en otros nigromantes anteriormente.
Los preparativos duraron casi una hora; los mercenarios prepararon cuerdas y poleas, mientras unos pocos entraban en la guarida de Manresht. Finalmente se escuchó a alguien dar instrucciones a gritos desde el interior, momento en que gran parte de los presentes empezaron a tirar, coordinados por su capitán.
—Joder. Mierda, ¡joder! Van a sacarlo ellos mismos.
—Bueno... es lo que querías hacer tú, ¿no, Aitana?
—¿Un nigromante queriendo capturar a un demonologista milenario? Esto no es bueno...
Casi dos horas después hubo un movimiento en la entrada de la construcción. Varios lobos usaron picos y hachas para agrandar el agujero en el techo de la construcción que había enterrada en la arena; finalmente, el pesadísimo sarcófago salió al exterior, todavía sellado por la runa que la propia Aitana había trazado.
—Su puta madre. Eso quería hacer yo, ¡pero para matarlo!
Aitana se puso en pie, dispuesta a acercarse, pero Macdolia la detuvo.
—¡Quieta! ¿Pero qué haces?
—¡No podemos dejarle! ¡No sé qué pretende, pero no pienso quedarme quieta hasta que ocurra!
—¿Qué pretendes, matarte estúpidamente?
La yegua marrón volvió a avanzar, pero esta vez Macdolia la placó. Al hacerlo observó que la brújula brillaba débilmente, y que este brillo se reflejaba en los ojos de su amiga.
—¡Déjame, tengo que impedirlo!
—¡Aitana, para! ¡La brújula te está afectando! Si vas ahora solo lograrás que te maten.
La arqueóloga se quedó quieta y Macdolia la liberó. Finalmente reconoció que la yegua roja llevaba razón, y volvió a concentrarse en controlar a Kolnarg, mientras maldecía por lo bajo. La siguiente media hora observaron impotentes cómo los piratas cargaban el sarcófago de Manresht hasta su barco. Las dos yeguas no lograron ver una forma de acercarse a la nave sin ser vistas, los piratas vigilaban una zona muy amplia. Había algunos zombis ardiendo en la oscuridad, pero parecían desorientados ahora que su conexión con el Tártaro había desaparecido.
La caja fue subida a la embarcación y esta inició las maniobras para girar ciento ochenta grados y navegar río abajo. Las dos ponis se acercaron a la orilla, y solo pudieron observar cómo se alejaba el barco sin posibilidad alguna de detenerlo. El sol empezó a despuntar en el horizonte.
—Mierda, mierda, ¡joder! ¡¿Quién cojones es ese tipo?!
—Aitana, no podemos hacer nada. Avancemos junto al río, quizá encontremos, no sé... alguna pista.
Macdolia sabía que era una falsa esperanza pero... no podían hacer otra cosa.
La temperatura empezó a subir, lo que no ayudaba a Aitana con las quemaduras ni sus heridas. Se dio un rápido baño en el río antes de seguir la corriente tras el barco que ya hacía rato que se había perdido en la lejanía. Les quedaban millas hasta la siguiente ciudad, y eso si no había sido arrasada por los zombis. Se dio cuenta de que habían perdido... y no sabía quién era ese unicornio. Demonios, ¡ni siquiera había llegado a ver su Cutie Mark!
—¡Mierda, joder! ¿Qué hacemos ahora?
—¿No puedes llamar a otros arqueólogos?
—¿Y cómo les indico qué nigromante se ha llevado a Manresht si ni siquiera nosotras lo sabemos? ¡Mierda!
—Aitana... ¡mira!
En la lejanía del río, la silueta de lo que parecía un barco comenzó a dibujarse sobre el horizonte. La arqueóloga se puso en guardia al verlo, tanto con la esperanza como el temor de que los mercenarios estuvieran regresando. Pero las velas de esa embarcación eran blancas, no grises, y la madera era más clara que el barco donde iba el nigromante.
—¿Son ellos? —preguntó McDohlia.
—No, espera... yo conozco ese barco.
Aitana galopó por la orilla al encuentro del majestuoso navío que dominaba las mansas aguas con maestría. Algo echó a volar desde cubierta, acercándose a ellas rápidamente. Con un delicado aterrizaje, una pegaso añil se posó suavemente sobre las arenas del desierto. Portaba ropas evidentemente piratas, adecuadas para la vida en alta mar. Pero, por alguna razón, caían con elegantemente sobre la anatomía de la yegua, siguiendo sus movimientos con soltura y sofisticación; sofisticación que contrastaba ampliamente con las dos pistolas y la cimitarra que llevaba colgadas a ambos lados de la grupa.
Esas armas las debía llevar ocultas la última vez que Aitana la vio en el gran mercado de Taichnitlán.
—Es evidente que no se te puede dejar sola ni un momento, querida —bromeó Poison Mermaid—. Y veo que además tienes compañía —con un elegante movimiento de cabeza, Poison se apartó el flequillo turquesa salpicado de mechones azules de la cara. Macdolia observó sorprendida que la oreja izquierda de la pegaso había sido parcialmente arrancada, quedando solo la mitad de la misma—. Por suerte, hay sitio de sobra en La sirena, y también tenemos un médico fantástico.
—¡Poison, te tienes que haber cruzado con un barco de velas grises! ¡Tenemos que atraparlo, nos han robado algo vital!
—Creo que el sol te ha dado demasiado fuerte en esa cabecita tuya. ¿Acaso no sabes que eso es un interceptor grifo? —Poison resopló con sarcasmo—. Van armados hasta los dientes, sería una imprudencia ir detrás de...
—¡TE PAGO LO QUE QUIERAS!
Los ojos de pupilas azules de Poison se posaron sobre su cliente, dilatándose ligeramente. Después sonrió con dulzura.
—Soy una pirata, pero tengo mis principios. Una buena aventura es bastante pago; y darles una patada en el culo a la competencia que intenta derrocarme de mi trono y quitarnos el título de piratas más temidos de cualquier masa grande de agua es más que suficiente recompensa para nosotros —una balsa proveniente del barco llegó hasta la orilla. Poison se giró a la misma—. Subid.
—¿Piratas? ¿Estás segura de esto, Aitana? —susurró Macdolia, aprovechando que la capitana se había dado la vuelta.
—Poison siempre cumple los tratos. Y es nuestra única posibilidad de atrapar a ese nigromante.
—Has tratado con ella antes, ¿verdad?
—De hecho eres una poni libre gracias a un trabajo que ella hizo por mi.
Macdolia no llegó a indagar al respecto, pues guardaron silencio al subir a la barca. La yegua roja miró recelosa el navío mientras se acercaban al mismo: Era un barco grande, probablemente un mercante reconvertido. Pudo contar siete cañones por banda, y, aunque no sabía mucho de ingeniería naval, le pareció que ese barco tenía una estructura muy sólida. Observó, además, que toda la tripulación estaba formada por ponis de todas las razas, no habiendo aparentemente miembros de ninguna otra especie a bordo.
En cuanto subieron todos a cubierta, la capitana Poison Mermaid avanzó hacia el castillo de popa, con unos andares más propios de una convención social de la alta nobleza que no de la capitana de un navío pirata.
—Por favor, que el médico atienda a nuestras invitadas, sin ellas no tendríamos una nueva aventura entre los cascos —dijo hablando en un tono tranquilo y bajo—. Izad las velas y levad anclas, seguimos al interceptor grifo.
El contramaestre, un poni marrón algo mayor que Poison, repitió la orden, y la tripulación empezó a moverse con gran velocidad, corriendo o volando de un lado a otro concentrada en su labor: los pegasos impulsaban con sus alas las velas del barco, los unicornios usaban su magia para manipular los aparejos y cuerdas, mientras que los ponis de tierra eran la fuerza bruta a la hora de izar velas. Macdolia y Aitana fueron llevadas a la bodega donde el médico las esperaba para tratar sus heridas.
La Sirena Mutilada, la nave de la conocida Dama Venenosa, avanzó río abajo con el sol a su espalda, cortando el agua como una saeta.
NOTA DEL AUTOR:
He corregido varios fallos que tenía este capítulo que hace tiempo que vengo queriendo corregir. Pero ahora que MArtin Cirilo ha empezado un audiolibro de La Guerra en las Sombras, necesité corregirlo ya.
Espero que lo hayais disfrutado. ¡Gracias por leerme! :)
