La poseída Aitana miró hacia el cielo al tiempo que su fantasmal cuerno se iluminaba. La luz disminuyó, como si el cielo se hubiese encapotado, pero lo que eclipsaba el sol no era una nube.
Primero se escuchó un potente zumbido que creció rápidamente de intensidad. Un enjambre de moscas y tábanos apareció sobre el barco y se lanzó sobre lo marineros. Estos gritaron, aterrorizados, intentando librarse de las dolorosas picaduras. El teniendo High Tide gritó "¡Viento!", y varios pegasos y grifos alzaron el vuelo, creando una ráfaga para repeler a los insectos, pero estos volvían a cerrarse sobre sus objetivos a la menor oportunidad. Los unicornios de Poison se unieron al intento de desviar el enjambre
Dark Art retrocedió y canalizó su magia, lanzando un rayo negro hacia la yegua poseída. Esta no pareció percatarse del ataque, pero cuando iba a impactar una barrera mágica se hizo visible a su alrededor, desviando el proyectil. Aitana se giró hacia el nigromante.
—Kaltig marak matnur? Part, marak KOLNARG marae!
—¿Kolnarg? —repitió Dark Art, al ser la única palabra que había entendido.
El lich que poseía a la arqueóloga empezó a conjurar usando el antiguo idioma, con una voz grave sobreponiéndose a la de Aitana. Esferas negras se formaron de la nada y orbitaron en torno a su conjurador, mientras más y más se unían a la danza. Dark Art conjuró sus defensas, pero no tardó en darse cuenta de que no iba a poder resistir semejante poder.
Las esferas giraron a toda velocidad antes de salir proyectadas hacia el unicornio azul, trazando amplias parábolas que convergían en el mismo punto. Macdolia quiso moverse para sacar a Dark Art de una muerte asegurada, pero ni siquiera ella fue lo bastante rápida para evitar los esqueletos y ayudarle al mismo tiempo; el unicornio azul conjuró en el último instante, y una explosión de muerte cubrió la zona donde estaba. Cuando los restos de la magia se disiparon, del nigromante no quedaba ni rastro.
En medio del combate, Macdolia se vio luchando codo con codo junto a Poison Mermaid.
—¡¿Qué le pasa a Aitana?! ¡¿Está haciendo magia?! ¡¿Y dónde está el nigromante?!
En ese momento, la arqueóloga, todavía poseída, avanzaba con una cruel sonrisa, mientras dirigía a los esqueletos en el combate.
—Está... ¡dominada! —mintió Macdolia—. ¡Dominada por el nigromante!
Un lobo se libró de la pelea contra los esqueletos y cargó contra la yegua marrón. Esta lo miró, sin dejar de sonreír y conjuró. El atacante se detuvo y gritó, derrumbándose al tiempo que el pelaje de su cuerpo se volvía completamente blanco. Una vez en el suelo, su cuerpo se consumió hasta convertirse en cenizas que fueron arrastradas por el viento. Poison observó lo ocurrido, así como la cruel y antinatural sonrisa de la yegua marrón.
—No está dominada, está poseída. ¡Dadme un mosquete, rápido!
Uno de sus sementales obedeció la orden al instante, lanzándole el arma solicitada. La pegaso la atrapó en el aire y voló hasta un mástil de su propio barco. Con calma y destreza sacó una extraña bala de sus zurrones junto a una carga de pólvora. Con ensayada precisión empezó a cargar el arma a toda velocidad.
—¡Pero qué hace!
Macdolia no podía permitir que mataran a Aitana, ¡no era culpa suya! ¡Estaba poseída! Corrió hacia atrás, evitando los esqueletos y saltando al barco de Poison. Durante esos breves segundos la elegante yegua terminó de presionar la pólvora, se posicionó sobre el palo y alzó el mosquete, apartando mechones azules y turquesa de su cara con un movimiento de cabeza. Aitana seguía avanzando hacia los marineros, hablando en un idioma que Poison no entendía, pero que no auguraba nada bueno. Apuntó con cuidado, solo tenía un disparo.
—¡Poison, no lo hagas! ¡Está poseída! ¡No es culpa suya!
La capitana ignoró el ruego de Macdolia. Aitana se acercaba a los marineros, pero el teniente High Tide ordenó retirada, orden que fue obedecida por ambas tripulaciones. Los esqueletos formaron una linea que cargó contra todo ser vivo frente a ellos. Poison ajustó su disparo, corrigiéndolo según los movimientos de los barcos y la fuerza del viento. El enjambre de tábanos volvió a cerrarse sobre los marineros, a pesar de los continuos esfuerzos de pegasos y grifos por repelerlos. Poison agarró con su casco derecho la palanca del disparador, y respiró hondo, calmando el temblor natural de su pulso.
—¡No!
Macdolia observó desde abajo, impotente, cómo la detonación surgía del arma de Poison y, sin embargo, no fue una explosión de sangre cubrió el rostro de la yegua marrón, sino una nube verdosa que envolvió su cabeza por completo. Aitana retrocedió y gruñó por lo bajo, murmurando algo en un idioma ininteligible, después parpadeó un par de veces mirando al infinito... y cayó inconsciente. La sombra que la cubría siguió rodeándola durante unos segundos, pero finalmente se disipó.
Poison Mermaid levantó su arma y observó cómo los esqueletos, tras unos momentos, caían al suelo como pequeñas montañas de huesos de distintos tamaños. Los tábanos, tras un nuevo golpe de viento, se dispersaron y no regresaron. La capitana de La Sirena Mutilada miró sonriente a la alterada yegua roja.
—Vamos, querida, ¿de verdad creíste que iba a matarla? ¿Y quién iba a pagarme mis honorarios, entonces?
—Oh... gracias.
Hubo un repiqueteo de metal sobre madera. Toda la tripulación del Relámpago negro había lanzado sus armas al suelo y el contramaestre, un grifo de plumas doradas y pelaje marrón, gritó:
—¡Capitana Poison Mermaid, nos rendimos!
La aludida saltó del palo y voló hasta la cubierta para empezar a repartir órdenes a sus hombres.
—Buen trabajo, queridos. Atended a los heridos, también a Aitana Pones. Ayudad a los que hayan caído por la borda y recuperad lo que habíamos venido a buscar y cualquier otra cosa de valor.
Macdolia llegó tras la capitana y escuchó la última orden.
—Eh, sí. Es un sarcófago con un símbolo arcano encima, dile a tu tripulación que la traten con cuidado, por favor.
—Claro, querida —dijo Poison con una sonrisa—. Ya habéis oído a nuestra pasajera. Teniente High Tide...
—¿Sí, capitana?
La yegua roja se percató de que algo iba mal al apreciar una extraña sombra en la cordial sonrisa de Poison.
—Apresad a Macdolia.
Antes de que la yegua roja pudiera reaccionar, media docena de ponis se echaron sobre ella y la amarraron de cascos a cabeza.
Cuando Aitana despertó pudo jurar que jamás, en toda su vida, se había santido tan mal. Le costaba respirar, y un dolor estaba creciendo en su pecho a cada inspiración; tenía un profundo dolor en el costado derecho y se sentía agotada más allá de lo físico, como si acabara de despertar de un coma profundo. Intentó moverse sin éxito, por lo que por un instane temió esar paralizada. No tardó en sentir el tacto de una cuerda fírmemente amarrada a su alrededor.
—¡Se está despertando!
Escuchó un montón de movimiento frente a ella. Al abrir los ojos, que habían recuperado su color verde natural, el mundo estaba totalmente desenfocado, pero poco a poco pudo ir distinguiendo las figuras de casi veinte ponis frente a ella. Estaban en la cubierta de un barco y el sol brillaba con fuerza. Los sementales de Poison fueron definiéndose a los ojos de Aitana y, entonces, observó que todos ellos portaban mosquetes... y le estaban apuntando. Bajó la vista para ver que estaba atada al mástil principal de La Sirena; frente a ella, en el mástil menor, estaba también Macdolia, atada de igual forma y amordazada. Poison se hallaba al frente de sus sementales, apuntando a la arqueóloga a su vez.
—Poison, ¿qué cojones haces? —jadeó—. ¡Suéltanos!
—Lo siento, querida, pero no voy a correr riesgos —respondió la capitana—. Dime, Aitana, ¿dónde nos conocimos?
—¿A qué viene esa pregunta? ¡Lo sabes perfectamente! ¡Suéltanos!
Poison observó con cierto desdén a la yegua marrón, enfundó su pistola y se acercó a la misma. Sin un ápice de duda o de piedad en su rostro, desenfundó el sable.
—Creo que no lo has entendido, querida. Antes has atacado a mis hombres, y por suerte para ti no tuvimos que lamentar ninguna baja. Sería una capitana pésima si me arriesgara a que algo así ocurriera nuevamente. Según parece estabas poseída, y por eso te voy a dar la oportunidad de demostrar que realmente eres tú.
La yegua de crin turquesa levantó el afilado sable y lo colocó sobre la yugular de la arqueóloga, con la presión exacta para que una minúscula gota de sangre le recorriera el cuello.
—¿Dónde nos conocimos, cuándo, y para qué?
Aitana tragó saliva. Macdolia intentó gritar, aunque sus gritos quedaron en quedos gemidos debido a la mordaza.
—Nos conocimos en Phillidelphia —respondió la arqueóloga rápidamente, aunque tenía que detenerse por momentos porque se quedaba sin aire—, hace unos tres meses. Contacté contigo a través del barman del "Cordero degollado", buscaba alguien para un trabajo y me dijo que tú eras la mejor. Te entregué el mapa para encontrar el Cetro dorado del Alicornio, el cual me entregaste hace un mes y medio en la taberna "El Manehattanés errante", donde tuvimos una pelea contra unos tipos que creyeron que te podían robar. Te pagué exactamente 15215 bits por tus servicios, y cuando me viste dijiste que "vaya cambio de look" porque iba teñida de rojo para que no me reconocieran. Y que el sombrero de paja me quedaba fatal. Y me diste tu polvo alquímico violeta para mandarte un mensaje si tenía otro trabajo.
La capitana mantuvo el arma en su sitio, mirando a Aitana fijamente a los ojos. Finalmente bajó el sable y sentenció:
—Es ella. Soltadlas y atended adecuadamente sus heridas.
Aitana cayó pesadamente al suelo en cuanto las cuerdas que la sostenían fueron retiradas. Se miró el costado y, a pesar de todo lo que había visto en su vida, sintió que se ponía lívida al ver una gran cantidad de sangre empapando el pelaje, y un extraño bulto que no debería estar ahí.
—Sep, tienes tres costillas rotas y una de ellas salió hacia afuera —explicó el médico con parsimonia—. Tendré que ponerte una cataplasma para parar la sangre y bloquear el agujero para que sigas respirando. ¿Cómo pudiste combatir así?
—No... no sé... —respondió la arqueóloga, dejando caer su cabeza sobre la cubierta—. Adrenalina, supongo. No... no puedo respirar.
—Nah, no te preocupes, que esto no es nada.
—¡Aitana!
Macdolia, que había sido liberada, galopó hasta el lado de su amiga.
—¿Cómo estas?
—Bien. Me... ¿me poseyó? Joder... fui una idiota.
—Pero todo está bien. Tenemos el sarcófago.
—Menos mal...¡AARG!
Con un sonoro crujido, el médico recolocó algo en el costado de Aitana, haciendo que esta gritara por el horrendo dolor.
—¡Lista!
—Menos mal... —suspiró Macdolia.
—No, digo que lista la primera costilla. Quedan dos más por recolocar
—¡Es... espera! —suplicó Aitana—. ¡Que alguien me dé ron, joder!
—¿Ron? No, aquí solo tenemos zarzaparrilla. ¡Traed una botella!
A varios metros de la truculenta escena, el teniente High Tide se acercó a Poison Mermaid.
—Capitana, ¿no debería darle a la pasajera algo para el dolor? Su calmante alquímico es mejor que la caricia de una madre.
La yegua de pelaje añil miró, desde la distancia, cómo Aitana pegaba un buen lingotazo de licor preparándose para afrontar las curas del médico.
—No, déjala, es una yegua dura.
Después se adentró en su camarote, escuchando a la arqueóloga volver a gritar de dolor. Lo llevaba claro si esperaba que malgastara sus caros calmantes después de no haberle advertido que había un nigromante en el Relámpago Negro. Ese abordaje habría sido muy diferente si lo hubiese sabido.
Un unicornio azul surgió de las aguas del Narval y nadó hasta la orilla. Cuando hizo pie, Dark Art se sacudió las blancas crines que llevaba pegadas a los ojos. Los dos barcos se alejaban río abajo. El combate había terminado hacía unos minutos y, evidentemente, habían logrado detener a Aitana Pones de alguna forma. Él se había visto obligado a teleportarse para huir de su furia, pero calculó mal y acabó cayendo al agua a casi doscientos metros de su barco.
Pero había algo que lo perturbaba: no era el hecho de que Aitana pudiera ejecutar alta magia negra como esa. Ni siquiera que hablara en un idioma muerto: era el nombre que había pronunciado.
—Kolnarg...
En la hermandad se sabía que los arqueólogos, entre ellos Aitana Pones, habían acudido a algún lugar de Egiptrot hacía unos diez años para acabar con el ancestral lich. Pero nadie sabía qué había ocurrido ahí exactamente: solo se sabía que el poder de ese ser desapareció, por lo que supusieron que los Arqueólogos habían tenido éxito en su misión. Pero esto... cambiaba las cosas.
—Así que esto es lo que pasó, Kolnarg está ligado a Aitana Pones.
Dark Art echó a andar río abajo. No sabía cuánto tardaría en llegar a alguna ciudad para encontrar un transporte de vuelta a Equestria. Había perdido a Manresht, pero a cambio tenía localizado al lich más poderoso de todos los tiempos, y esa era una información muy importante. Solo tenía que encargarse de que la Hermandad de la Sombra no supiera de ello... de momento.
Dos días después, La Sirena Mutilada superó la desembocadura del río, junto a Taichnitlán, y se dirigió sobre aguas tranquilas hacia Manehattan. Tuvieron que sobornar a algunos miembros de la guardia, los cuales se mostraron más que deseosos de librarse de un poco de trabajo para controlar los cientos de refugiados que habían llegado desde el sur. Por lo que pudieron escuchar, la terrible plaga que había asolado los Reinos Lobo estaba remitiendo, y el ejército se estaba encargando de dar caza a los zombis ígneos que habían sobrevivido. Lo cierto es que a Poison no le importaba en absoluto tomar la vía fácil y sobornar a quien fuera necesario, lo cargaría todo en la factura de Aitana.
Llegada la noche, la tripulación se reunió para cenar y abrir unas cuantas botellas de zarzaparrilla. La capitana no acudió, ya que estaba ocupada haciendo cuentas de los daños sufridos para calcular a cuánto ascenderían sus honorarios. Alguien llamó a la puerta de su camarote.
—Adelante.
Aitana Pones entró en la sala, caminando lentamente. Firmes vendajes le cubrían el pecho en su totalidad, limpios de todo resto de sangre. Poison sonrió cortésmente, que no sinceramente.
—Veo que nuestro médico ha hecho un buen trabajo contigo, querida. Me alegra verte caminar por tu propio casco.
—Sí, es bueno el jodío —dijo la yegua marrón, sentándose dolorosamente en una silla—. Pero no veas lo que duele.
—Es lo que tiene correr riesgos innecesarios —respondió la capitana levantando la vista de los papeles que tenía sobre el escritorio—. ¿Podremos tener una noche tranquila, al menos? Tú y tu compañera tenéis que descansar, o no os curaréis en la vida.
—Sinceramente, soy inútil en alta mar. De tener una noche tranquila tendrás que encargarte tú.
Aitana paseó la vista por la estancia, deteniéndose en un enorme arcón que había en la misma. En un principio no era lo bastante grande para guardar el sarcófago de Manresht, pero la magia a veces creaba artefactos así de curiosos.
—¿El sarcófago está seguro? Es primordial que no se abra, ni se altere el símbolo arcano que tiene encima.
Poison se levantó de la silla y paseó por la habitación hasta el mismo arcón.
—Tendrían que pasar por encima de mi cadáver —dijo, acariciando la tapa del mueble—. Y ni aún así conseguirían encontrarlo.
—No me engañaron cuando me dijeron que eras la mejor —sonrió la yegua marrón—. Si no llegas a venir habría sido un desastre que ni te imaginas.
Poison resopló visiblemente, levantando su flequillo bicolor, y caminó de vuelta a su silla.
—Pues claro que soy la mejor. No todos los piratas ganamos nuestra fama por habladurías, los hay que lo hacemos por méritos propios.
—No hace falta que lo jures, Poison. Ahora solo espero que no me lleves a la ruina con tu factura —añadió Aitana, bromeando.
—Ya veremos... Puede que te haga el descuento para amigos y familiares si llegamos todos de una pieza a casa. Y tú entras en el paquete de "todos".
—Bueno, no creo que pase nada más durante el camino, no creo que nadie sepa lo que ha ocurrido realmente —la arqueóloga se estiró ligeramente y se levantó—. Ah bueno, creo que me iré a dormir. En otra ocasión quizá buscaría compañía con alguno de tus sementales, pero hoy no me veo en condiciones —Aitana parpadeó un par de veces—. Jamás creí que diría algo así...
La poni se dirigió a la puerta. Antes de que llegara, Poison se levantó rápidamente y se interpuso en su camino, mirándola seriamente.
—Antes de irte, querida... Me gustaría saber qué demonios ha pasado ahí fuera contigo. Y no me digas "nada" o "estaba siendo controlada por el nigromante" porque sé perfectamente que estabas poseída
—No lo entenderías, Poison —respondió, ligeramente inquieta—. Es un efecto secundario de una... expedición, por así decirlo.
Poison Mermaid rió con sorna.
—De efectos secundarios de expediciones también puedo hablarte yo, querida —dijo, girando la cabeza y mostrando su oreja izquierda, rota y mutilada—. Has estado jugando con magia oscura, ¿no? Una magia antigua y oscura...
—¡Qué coño dices! Yo no he jugado con las artes prohibidas de la magia.
—Querida, no intentes engañarme. Si no fuera eso, las balas especiales que usé contra ti no te habrían afectado en absoluto; estaban hechas con un producto alquímico que afecta a la conexión de los espíritus con este mundo.
Aitana se sorprendió, ya que no esperaba que una capitana pirata supiera tanto sobre posesiones, y menos aún sobre cómo contrarrestarlas con tanta efectividad.
—No, no he estado "jugando" con magia oscura, ¿es que tengo cara de loca? ¡Vale, no respondas a eso! —añadió rápidamente—. Lo que pasa es que... me dedico a... cazar magos oscuros, por así decirlo.
Poison ató cabos rápidamente.
—Entonces... ¿la fiebre infernal de los Reinos Lobo...?
—Sí. Nosotras la hemos detenido.
Ambas se quedaron en silencio y, muy lentamente, Poison giró la cabeza y miró directamente al arcón mágico bajo el cual descansaba el sarcófago. "Es primordial que no se abra, ni se altere el símbolo arcano que tiene encima".
—¿Qué... demonio hay en ese sarcófago?
Aitana sintió el nerviosismo en la boca del estómago; sin darse cuenta había revelado a Poison lo que llevaba realmente.
—¿Qué sabes de los demonios, Poison?
La aludida volvió a mirar a Aitana, con una mezcla de miedo y enfado en el rostro.
—Que podría tirar el sarcófago por la borda y olvidarme de todo esto.
—¿Puedes asegurar que no se abrirá? ¿Que el que hizo el pacto que desató la Fiebre Infernal no escapará tarde o temprano, Poison?
—¿Encerrado en un sarcófago sellado por una runa? ¿Cómo va a escapar de eso?
—De la misma forma que el muy cabrón ha sobrevivido en su tumba durante unos quince siglos.
Poison miró a Aitana y al arcón alternativamente, maldiciendo a la yegua marrón. ¿Qué había metido en su barco? ¿A qué había expuesto si tripulación? ¿Y para qué quería llevarlo esa loca a Manehattan?
—No pienses estupideces sobre qué hacer y escúchame, Poison: Puedo matarlo.
—¿Cómo piensas hacerlo, querida? —esa última palabra la dijo más por costumbre y educación que otra cosa, y la ironía de haberlo hecho hizo que le diera una entonación extraña—. Lo estás llevando a Manehattan, ¡hay casi un millón de ponis en esa ciudad!
—Porque ahí tengo mis... contactos para seguir conteniéndolo hasta llevarlo a un lugar seguro. Un lugar donde podamos matarlo para siempre, sin riesgo a que se libere.
—¿Cómo puedes estar tú tan segura?
—Joder, Poison, ¿acaso tienes un plan b? ¿Una idea de qué hacer con este bicho?
—¿Cómo voy a tener una idea, Aitana, si jamás me dijiste qué pretendías subir a este barco? —exclamó—. Has puesto en peligro a mi tripulación, ¡son mi familia! Primero no me adviertes de que había un nigromante, y ahora embarcas un demonio.
Con la calma que precede a una tormenta, Poison caminó lentamente hasta detrás de su escritorio; se agachó ligeramente y sacó del mismo una pistola de yesca que posó sobre la mesa.
—Dame un solo motivo, Aitana Pones, por el que no deba considerar que mi tripulación estaría más segura sin ti a bordo.
La yegua marrón se quedó quieta, recordando por qué odiaba tanto viajar en barco. En cualquier otra situación podría pensar en correr, aún herida, o intentar alguna treta para recuperar el arma... pero seguía atrapada en un barco.
—Joder, ¿es que nada puede salir bien? —murmuró por lo bajo antes de responder—. Cojones, Poison, ¡porque quiero matar a ese monstruo! ¿Qué parte de eso no entiendes? ¿Qué parte de que llegué a los Reinos, descubrí la conexión entre Manresht y la Fiebre Infernal, y corrí al sur para detenerlo antes de que el Tártaro se desatara sobre la tierra?
—¿Así que se llama Manresht? —respondió la capitana señalando al arcón—. No me suena el nombre. Pero eso aún nos deja a ti, Aitana; fuiste poseída y creo que ahora ya sé quién lo hizo. ¿Cómo sé que no va a volver a ocurrir?
—No fue Manresht.
Aitana se llevó un casco a la cadenita que siempre colgaba de su cuello; ahora mismo no llevaba sus alforjas, de forma que llevaba la brújula parcialmente cubierta bajo los vendajes de su costado. La sacó y la levantó, mostrándole a Poison el destrozado artefacto.
—¿Qué es eso?
—Algo que no puedo matar. Lo mismo que aprovechó mi momento de debilidad para dominarme.
—¿Y por qué lo llevas encima? Hay cosas con las que no hay que jugar.
La arqueóloga caminó lentamente hacia una de las ventanas del camarote, y se quedó mirando a la negrura del mar.
—Ya me he dado cuenta. Tengo la cabeza jodidamente dura, ¿sabes? Puedo aguantar casi cualquier ataque a mi mente, por eso llevo esto. Pero me vi obligada a usarlo en mi favor y... salió mal. Jamás había perdido el control de esa forma.
—Deshazte de ella, entonces.
—¿Te crees que no lo he pensado desde que estamos en alta mar? —preguntó Aitana con cierto deje de ofensa—. ¿Lanzarla por la borda? Joder, claro que sí, aunque te cueste creerlo quiero destruir esta cosa. ¿Pero cómo sabes que no se liberará? ¿Que tarde o temprano no la encontrará alguien que será poseído? Es una mierda, pero me toca a mi cargar con ella.
La capitana del La Sirena Mutilada no pareció completamente convencida. Aitana suspiró.
—Ah, joder. Mira, si no te fías ordena a tus hombres que si me ven poseída de nuevo me vuelen la cabeza directamente, ¿vale? Y el demonio del sarcófago, mientras nadie toque las runas que lo sellan no podrá escapar, en teoría.
Poison se levantó y, al hacerlo, enfundó la pistola.
—Te vi luchar, en el Relámpago, contra el nigromante. No luchabas como una simple poni de tierra bien entrenada, si no como alguien que sabía perfectamente a qué se enfrentaba. Créeme, querida, que preferiría decir que no te creo y arrojar tu cuerpo por la borda, me quitaría un peso de encima el resto del viaje. Pero te advierto que no dudaré en hacerlo si en algún momento veo a mi tripulación en peligro.
Aitana asintió; la yegua de añil se acercó a una mesa secundaria que tenía llena de cachivaches y empezó a sacar una gran variedad de productos y matraces. La arqueóloga recordó que, cuando le recomendaron contratar a Poison, también le dijeron que era una gran alquimista.
—Si eso que llevas al cuello es lo que te poseyó vas a necesitar un poco de ayuda. Espera un momento, voy a preparar algo.
—Eh... vale, cojonudo.
La pegaso empezó a trabajar rápidamente, pasando de una pequeña mesa de alquimia a distintos cajones de los cuales sacaba ingredientes a cada cual más pintoresco que el anterior. Aitana no pudo entender qué hacía, solo la vio mezclar mil cosas diferentes en un frasco de cristal y ponerlo sobre unas velas. La mezcla empezó a hervir, adquiriendo un tono violáceo. La exploradora se sorprendió al ver cómo el líquido empezaba a brillar ligeramente. Poison retiró el frasco del fuego y vertió el contenido en un pequeño bote que cerró antes de dárselo a Aitana.
—Este brebaje me enseñaron a prepararlo unos grifos a los que les devolví un tótem sagrado que les habían robado. Sirve para proteger la mente y el cuerpo en una posesión; en otras palabras, te hace consciente de que estás siendo poseída. Nunca he tenido que usarla para mí misma
—Hostia. Muchas gracias, Poison —respondió Aitana mientras guardaba el bote—. Me será muy útil.
—Cuando lleguemos a puerto te daré la receta para que puedas prepararte más, aunque los ingredientes son muy escasos. Vete a descansar, Aitana, todavía nos quedan dos semanas de viaje hasta Manehattan.
La capitana volvió a su escritorio y se sentó, sin embargo pareció algo incómoda. Con algo de fastidio se llevó un casco a un flanco, desenfundó el arma y la dejó en un cajón a su lado. Después empezó a hacer cuentas de nuevo, invitando con su indiferencia a que Aitana abandonara el camarote. Esta lo hizo, suspirando porque Poison no hubiera tomado la vía fácil y equívoca.
Optó por hacer caso y regresar a la cubierta de las hamacas para descansar; bajo una de las mismas encontró sus alforja, identificando la que iba a ser su cama el resto del viaje. Alguien se revolvió en la hamaca contigua al escuchar a Aitana acercarse.
—¿Todo bien?
—Perfectamente. Tuve que hablar un poco con Poison, pero al final todo ha salido de puta madre.
La yegua roja se incorporó. Tenía varias vendas sobre sus patas y cabeza, y un montón de apósitos que tapaban distintas heridas leves en todo su cuerpo. Pero, en general, estaba en buenas condiciones.
—¿Qué piensas hacer con Manresht?
—Mi padre me ayudará. Llevaremos el sarcófago a un lugar seguro, y ahí lo abriremos dentro de un círculo de contención para acabar con él.
—¿De verdad hay que... matarlo, Aitana? —preguntó Macdolia en voz baja—. ¿No hay ninguna otra posibilidad?
La yegua marrón se tumbó, no sin dificultades, en su hamaca y se preparó para dormir.
—No. Solo los dioses y semidioses pueden vivir eternamente. Cualquier otro que lo haga sencillamente es un ser malvado por naturaleza.
—Todo el mundo puede cambiar.
—Aj, joder Macdolia, mira que eres idealista. Incluso aunque así fuera, Manresht debería haber muerto hace más de mil años. No hay nada que hacer por él, solo dejar que el señor de las estrellas juzgue su alma cuando muera.
Macdolia guardó silencio durante unos minutos, apenada porque Aitana tenía razón en que no había nada que hacer por Manresht. Pero algo le había llamado la atención.
—¿Eres religiosa? No me lo pareciste cuando te conocí.
—Je, religiosa no es la palabra —Aitana miró a su amiga con media sonrisa—. No lucho por ningún dios, pero sí que creo que los titanes, los creadores del mundo, existen. Hay demasiados detalles como para que crea otra cosa.
—¿Qué cosas?
—Bueno, para empezar la magia rúnica: si no invocas las bendiciones de Imperator Stellarum, Mater Luminis, y Pte Ska Win, los sellos de contención sencillamente no funcionan, a no ser que seas un unicornio y los alimentes con tu propia magia. Aparte de que todas las religiones existentes...
—¡Eh, princesitas! —gritó un semental—. ¡A hablar de teología os vais a cubierta, que intentamos dormir!
Macdolia se disculpó y volvió a tumbarse. Aitana se cubrió el rostro con una pata. Por primera vez en más de una semana pudo dormir relajada, sin el enorme peso de la responsabilidad recayendo sobre sus hombros.
—Oye Aitana.
—Dime.
—¿Qué representa tu cutie mark? ¿Cuál es tu talento?
—Protección —explicó la yegua marrón antes de dormirse—. Protección a cualquier coste.
NOTA DEL AUTOR:
Bueno, ya estamos por llegar al final de la primera parte de "La guerra en las sombras". Hasta el momento solo han rascado la superficie de una gran trama que va a empezar a desarrollarse. ¡No os lo podéis perder!
Un gran saludo a 'Anon' por darme ánimos recordándome que este fic merece más atención de la que recibe. Es el mundo del fanfiction, todos sabemos que es así. Pero si tú me estás leyendo y te ha gustado la historia, hazme el favor de dejarme un review. Así sabré que hay al menos alguien interesado en que siga escribiendo :).
Un saludo y gracias por leerme.
