Shining Armor observó seriamente, pero sin severidad a las yeguas que se hallaban frente al trono tras exponer su caso.

—¿Por qué no se nos informó antes de este problema? Nuestros consejeros creían que el problema era la falta de personal, no de equipo médico, doctora Bismuth.

—Es... meister, majestad.

—¿Disculpe?

Meister, majestad —explicó la aludida—. Hace mil años no había doctores, había meisters.

Cadence disfrutó de esa pequeña pausa observando a su marido inspirar lentamente. Sabía lo que irritaba a Shining Armor que alguien se andara por las ramas.

—Bien, meister Bismuth, ¿por qué no se nos informó antes?

—Fue... una imprudencia, majestad —reconoció otra yegua, una enfermera—. Creímos tener bastante, pero las necesidades de los habitantes han sido demasiado para nuestros recursos. Incluso con los suministros extra que trajeron de Equestria.

Cadence empezó a escuchar la respuesta de su marido pero, poco a poco, su atención dribló hacia algo que solo ella percibía. Los sonidos en la sala se apagaron a sus oídos, y sintió la punzada de un incipiente pánico atenazarle la boca del estómago. Miró alrededor, confundida.

—Majestad, ¿está bien? —susurró Zaphire Assistant.

—No... estoy segura.

La sala empezó a quedarse en silencio, primero por observar el extraño comportamiento de la Princesa de Cristal, y segundo porque casi todos los presentes reconocieron una sensación que hacía demasiados años que no experimentaban, desde antes de la llegada del Rey Sombra: Una alarma lanzada por el propio Corazón de Cristal.

Cadence gritó cuando sintió una súbita punzada en la sien, como si alguien intentara entrar por la fuerza en sus pensamientos; cayó del trono sobre sus cuatro patas, sujetándose la cabeza con un casco y mirando al suelo.

—¡Cadence!

—¡Majestad, es el corazón! —gritó el capitán—. ¿Dónde está el peligro? ¡Guíenos!

La alicornio rosada perdió contacto con la realidad durante un instante mientras una sucesión de imágenes pasaba frente a sus ojos. La zona este de la ciudad, sector Diamante; una gran mansión de cristal pulido, y una sombra en el interior. Se concentró en la misma, intentando averiguar qué había detectado el Corazón... y unos ojos antiguos como la existencia misma le devolvieron la mirada, y con ella llegaron el horror y la locura.

El grito de la alicornio sonó por la sala del trono, a pesar de los intentos de Shining por calmarla.

—¡Meister Bismuth, atienda a la princesa!

—¡No! —gritó Cadence, luchando por mantenerse en el mundo real—. ¡Barrio Diamante, residencia de los Diamond! ¡Demonio, hay un demonio!

—¡Envíen un mensaje a las patrullas cercanas, que cerquen la zona! —ordenó el capitán—. Su majestad Shining Armor, nos encargamos de... ¿Majestad?

Nadie tuvo tiempo de nada más que gritarle que no lo hiciera. El cuerno del semental se iluminó e, inmediatamente, la indumentaria que sus ayudantes tanto habían trabajado para ajustar aquella mañana se rompió en girones; un nuevo hechizo y la armadura dorada de Shining Armor levitó a toda velocidad desde la parte trasera de su trono, ajustándose sobre su cuerpo a la perfección en un instante.

Un tercer hechizo y el príncipe regente y General de los Caballeros de Cristal se teleportó.

—¡Envíe ayuda! —ordenó Cadence—. ¡Es más poderoso de lo que piensa!


Shining se apareció en el barrio Diamante, pero a algo de distancia de la casa de los Diamond; no iba a cometer la novatez de teleportarse directamente a la boca del lobo. La cúpula que protegía el Imperio de Cristal se había tornado rojiza, avisando a los habitantes de que un gran peligro se había desatado contra ellos. Los ponis de cristal corrían, huyendo del corazón del barrio Diamante, indicando a Shining Armor sin pretenderlo dónde debía dirigirse. Al hacerlo empezó a sentir un extraño temor, una sensación de peligro constante, como si su propia alma le gritara que se alejara de aquel lugar.

—Celestia bendita... ¿esto es lo que sentían los soldados al combatir contra Manresht?

Galopó en contra de la marea de histéricos ponis y, al girar por una calle principal lo vio:

Una inmensa nube negra y opaca surgía de la mansión de los Diamond y se expandía por la calle. Rayos rojos la recorrían por momentos, como hebras de energía. El antinatural fenómeno expandía sus tentáculos para atrapar a los civiles cercanos que todavía intentaban escapar. Un semental, súbitamente, cayó al suelo y se llevó los cascos a la cabeza, gritando aterrorizado ante un peligro que solo se hallaba en su mente. Una yegua se quedó paralizada por el pánico, apoyada contra una pared y observando el muro de sombras infernales que se echaba sobre ella.

Shining observó durante un instante el fenómeno y no tardó en reconocer de lo que se trataba en realidad, trazando su estrategia en un instante. Primero conjuró una barrera para separar a los dos civiles del peligro que se echaba sobre ellos; un segundo hechizo hizo que una gran bola, como un sol en miniatura, se formara sobre la nube y proyectara su luz sobre la misma. Al instante las sombras parecieron encogerse contra el suelo y, en su lugar, solo quedó un poni negro como la noche.

—¡Corred! —gritó Shining Armor al tiempo que desenfundaba su espada.

Galopó hacia la barrera, calculando la distancia que le separaba del infernal ser que se estaba preparando para recibirlo; en el último instante se teletransportó para caer justo frente al mismo, cargando sin dudar. El oscuro poni parecía desarmado pero, en el último instante, conjuró un filo negro translúcido y el ataque del unicornio blanco fue detenido. Los golpes se sucedieron a toda velocidad; Shining parecía llevar la ventaja pero, cuando estaba a punto de dar el golpe final a su enemigo este se transformó en una nube de sombras y se reformó a distancia del unicornio. Un rayo rojo fue lanzado contra el príncipe regente y estalló contra las defensas de este último, el cual no dudó en devolverle un rayo de pura energía. Sin embargo, el mismo atravesó limpiamente al poni negro sin llegar a dañarlo.

Shining, jadeando, lo observó con atención. Era un unicornio negro como la noche; sus ojos eran rojos y brillantes, y su cuerno acababa en una punta anaranjada. Le recordaba demasiado a...

—Tú no eres Sombra. ¿Quién eres?

—La muerte reptante, oh Majestad —respondió con sorna.

Se escuchó el redoble del galopar de una unidad militar; al poco una veintena de Caballeros de Cristal apareció por las calles cercanas, cerrando la ruta de escape del demonologista.

—No tienes escapatoria. ¡Quedas detenido en nombre de la Corona de Cristal!

—Oh, ¿en serio?

Las sombras volvieron a cubrir al unicornio negro, llegando a apagar la luz que antes convocara Shining. La antinatural sensación de miedo se incrementó hasta niveles difícilmente soportables y el aire pareció enrarecerse, temblando frente a los ojos de los mortales presentes. Hubo gritos confusos entre los soldados, y el propio Shining Armor retrocedió sin saber qué estaba ocurriendo.

El velo de la realidad se rasgó.

Con un golpe tan fuerte que agrietó el suelo con el impacto, el brazo rojizo de una criatura gigantesca surgió del enjambre de sombras. A medida que avanzaba hacia Shining Armor mostró el resto de su cuerpo: una cara como de dragón, acabada en grandes colmillos y ojos desiguales, patas acabadas en pezuñas sobre las que se sostenía como un bípedo. Sus garras delanteras eran afiladas e increíblemente grandes, y el fuego acudía a sus fauces cada vez que respiraba.

—No es posible... —murmuró Shining Armor.

El demonio de la destrucción cargó contra el príncipe regente, trazando una amplia parábola con su garra delantera. Shining acertó a teleportarse fuera del peligro; cuando notó de nuevo el suelo bajo sus cascos tomó el escudo que colgaba de su armadura y se preparó para el combate.

Tras la monstruosidad podía escuchar los gritos de terror de los Caballeros de Cristal.


En la sala del trono alguien había traído agua a la princesa Mi Amore de Candenza para ayudarla a recuperarse de la experiencia. Esta seguía sintiendo el corazón en su mente, como un grito de ayuda... y su propio espíritu le gritaba que Shining Armor estaba en peligro, que necesitaba ayuda.

—¿Hay alguna noticia? —gimió ella.

—No, princesa.

—No... no sé qué hacer, Zaphire. Siento que el corazón me pide ayuda, pero no sé cómo...

—Princesa —respondió el consejero—, déjese guiar por este.

—¿Cómo lo hago?

—No lo sé.

La sinceridad de la respuesta casi hizo que Cadence sintiera ganas de reír. ¿Dejarse guiar? ¿Cómo? La alicornio optó por lo más básico que aprendían todos los potrillos unicornio cuando se trataba de sentir las hebras de la magia: cerró los ojos. Al hacerlo sintió con más intensidad que antes la llamada del Corazón de Cristal.

Por favor, guíame. ¿Qué necesitas?

La respuesta llegó tan clara como la luz del medio día y, al instante, Cadence sintió cómo su voluntad era arrastrada a otro lugar. Sintió lo que estaba percibiendo en Corazón de Cristal: Pudo sentir la misma sombra que había visto antes, cargada de terror y locura. Y había otras dos presencias cercanas: una dorada, irradiando orden, bien y justicia; la otra era roja como la sangre, e irradiaba muerte y destrucción.

A ese. Hazlo, ¡a ese!

Pero el corazón volvió a responderle, necesitaba algo más. ¿A qué se refería? "Por favor, dime qué necesitas". En aquella ocasión fueron una serie de imágenes las que vio Cadence, todas ellas mostrando a los habitantes del Imperio de Cristal huyendo aterrorizados, con sus pelajes apagados y las melenas caídas.

La Princesa de Cristal comprendió.


Shining detuvo un nuevo impacto con su escudo de metal, tan violento que lo hizo saltar varios metros hacia atrás. Conjuró varios proyectiles mágicos contra el demonio de la destrucción que volvía a avanzar contra él, pero estos no fueron suficiente para detenerlo. En esta ocasión el monstruo extendió sus garras hacia Shining Armor y un violento mar de llamas surgió de las mismas; el unicornio, demasiado agotado para volver a teleportarse, conjuró una barrera mágica frente a él. La fuerza del fuego infernal lo obligó a clavar las patas en el suelo para no ser arrastrado hacia atrás, usando toda su fuerza mágica en mantener la única protección que le estaba salvando la vida. Pero ese ser no daba muestras de menguar la fuerza de su ataque, rugiendo y manteniéndolo constante en todo momento.

Hubo un violento crujido cuando el terreno, no muy lejos de Shining, empezó a combarse hacia arriba a toda velocidad, avanzando la ruptura hacia el demonio. Cristales de un puro tono turquesa surgieron del suelo, combándose hacia adelante como afiladas garras, las cuales acabaron haciendo impacto contra el demonio de la destrucción. Este gritó por el dolor y la sorpresa y retrocedió, cortando el torrente de llamas contra el que Shining Armor estaba luchando.

Junto al unicornio apareció una yegua de cristal de pelaje anaranjado y crines azul oscuro, vistiendo con un elegante vestido. El único signo de alteración alguna en la noble era el hecho de que estaba despeinada, mostrando el cuerno que ocultaba bajo sus elaborados peinados.

—¿Lady Sparkling Destiny? —preguntó Shining, confundido.

—Ese es un señor del Fuego y la Destrucción, Majestad. Si no lo detenemos ahora se volverá más poderoso cuanto más daño haga.

El demonio no les dio más tregua, saltando hacia ambos magos. Sparkling Destiny fue rápida en apartarse de la trayectoria; Shining por contra, esquivó el ataque por muy poco, galopando luego bajo el demonio para atacarlo directamente con su espada.

Y entonces se escuchó una voz, amplificada por todo el Imperio de Cristal.

¡Mis pequeños ponis! ¡Escuchadme! ¡Estamos siendo atacados! ¡Pero podemos defendernos todos juntos! Al igual que cuando me conocisteis, os pido ayuda otra vez!

En el barrio de Cuarzo, una yegua que se afanaba en poner a salvo a los huérfanos de los que cuidaba, se detuvo al escuchar la voz de la bondadosa yegua que la había recibido aquella mañana. Los pequeños hicieron lo mismo.

Desde el hospital del Imperio, médicos, enfermeros y pacientes por igual se asomaron a ventanas y puertas o salieron al exterior para encararse al haz de luz que proyectaba el Corazón de Cristal.

En las calles más lejanas al peligro inmediato los ponis de cristal alzaron las cabezas a la cúpula que los protegía y cerraron los ojos.

¡Ayudad al Corazón de Cristal, vuestras esperanzas le dan la fuerza para protegernos a todos!

A medida que Cadence hablaba el haz de energía que emitía el susodicho artefacto se volvió más luminoso y violento; la cúpula, ahora rojiza que cubría el Imperio brilló con fuerza, y una serie de arcos energéticos la recorrió, concentrándose sobre un punto concreto.

Desde tierra, Shining lanzó varios cortes a las patas traseras del monstruo contra el que combatía, mientras Sparkling Destiny lo atacaba a distancia con sus afilados cristales convertidos en proyectiles. A pesar de ello, el demonio se apartó y lanzó un garrazo contra el unicornio blanco; este no logró evitarlo o protegerse, recibiendo de lleno el impactó que lo lanzó a varios metros de distancia. Solo su armadura, una de las mejores que proveía el ejército de Equestria evitó que sufriera heridas de mayor gravedad.

Rodando sobre sí mismo para absorber el violento impacto contra el impacto contra el suelo, Shining logró ponerse en pie rápidamente, resintiendo un profundo dolor en una de sus patas traseras. El demonio volvía a cargar contra él para rematarlo pero, para su sorpresa, vio cómo un haz de energía se estaba formando sobre el monstruo, surgido directamente de la cúpula que protegía el Imperio.

Y entonces escuchó la voz de su esposa en su mente: "¡Aléjate!"

Haciendo un último esfuerzo mágico, Shining Armor se teleportó fuera del peligro.

Durante un instante, el mundo se tornó rojo y los sonidos se apagaron; la detonación obligó a Sparkling Destiny a echarse al suelo, y todos tuvieron que cerrar los ojos ante la potente la intensidad de la descarga energética. El gran demonio rugió de dolor, cayendo al suelo y sosteniéndose con tres patas. Su brazo derecho había sido arrancado de cuajo por las defensas de Imperio de Cristal. Lady Sparkling Destiny no perdió tiempo en conjurar, haciendo que los cristales que conjuraba se clavaran en el monstruoso ser, evitando que volviera a levantarse.

Shining Armor se levantó y galopó ignorando el dolor de su pata sobre los cristales de la Lady Diamond, para saltar directamente sobre la cabeza del demonio. En el aire dejó caer su escudo, giró la espada y la liberó de su agarre mágico para asirla con ambos cascos, apuntando a la nuca de la criatura infernal. Un espasmo recorrió a la misma y, al momento, cayó interte al suelo

Un instante después, el cuerpo del demonio fue consumido por llamas que surgieron de ninguna parte. Shining Armor gritó por la sorpresa cuando sintió que el ser bajo sus cascos desaparecía, haciéndolo caer al suelo. Absolutamente agotado por el combate, el príncipe regente alzó la vista para ver al unicornio negro volar al frente de un enjambre de sombras hacia Lady Sparkling Destiny; esta se alzó sobre sus patas traseras y golpeó el suelo al tiempo que conjuraba, volviendo a levantar un bosque de agujas de cristal hacia su enemigo. El ataque no pareció afectarlo, y el demonologista pasó volando junto a Sparkling Destiny, lanzándola al suelo con un violento impacto.

Shining intentó por todos los medios levantarse y correr tras el negro unicornio, pero a duras penas se vio capaz de ponerse en pie. Pocos segundos después escuchó el inconfundible pesado galopar de una formación de Caballeros de Cristal acercándose a toda velocidad.

—¡Aquí! —gritó, jadeando— ¡Id tras él, atrapadlo!


La oscura sombra que era Hellfire recorrió el barrio diamante a toda velocidad hasta alcanzar los barrios más pobres de la periferia. Ahí se arremolinó por un callejón hasta solidificarse en la forma del unicornio negro que siguió galopando, perdiéndose por los rincones más inhóspitos del Imperio de Cristal. Su aura demoníaca seguía activa, y podía escuchar gritos de los vecinos al sentirla demasiado cerca. El linde de la cúpula que proyectaba el Corazón de Cristal podía divisarse a algo menos de un kilómetro en la dirección hacia la que iba. La magia acudió a su cuerno, preparándose para teleportarse al lugar...

...cuando un agudo dolor atravesó un lateral de su cuello.

El negro demonologista gritó, sin haber previsto ese ataque. De su propia piel sobresalía el grueso virote de madera de una ballesta que, inexplicablemente, había conseguido herirlo. Maldiciendo usó su magia para extraerlo y, nada más hacerlo, un aura violácea cubrió la herida, sanándola al instante.

Frente a él, sosteniendo una ballesta, se encontró con una yegua: De pelaje amarillo oscuro y crines grises, llevaba un chal púrpura que la cubría desde el cuello a las patas traseras, cuyo vuelo caía a ras de suelo tras ella; a lo largo del cuello de la prenda había un bordado en hilo blanco que, más que adornar, tornaba el conjunto en algo estrafalario. El sombrero gris azulado que llevaba en la cabeza no ayudaba a paliar el aspecto de anciana descarriada que transmitía. Hellfire la observó, incrédulo, y después miró el virote, cuya punta brillaba a causa de la magia que la imbuía.

—¿Qué clase de broma es esta?

—Lo siento, muchacho, pero cuando se trata de bastardos que juegan con el Tártaro, no me ando con bromas. Normalmente peleo sin armas, pero hoy haré una excepción.

—¡Vas a alimentar mi poder, anciana!

Con ese grito, Hellfire concentró la magia en su cuerno y la liberó en la forma de un torrente de llamas negras hacia la impertinente yegua; esta, en lugar de apartarse, galopó hacia las mismas y, en el último instante, algo se rasgó en su traje. El unicornio negro no llegó a ver qué pasaba hasta que la anciana voló por encima de su conjuro; atinó a notar el brillo del metal, forzándolo a rodar por el suelo para evitar el ataque. Cuando se puso en pie invocó su propio filo de sombra, deteniendo en el movimiento una de las espadas de su adversaria; dos afiladas cuchillas, sostenidas con algún tipo de mecanismo y correas, sobresalían de las patas delanteras de la yegua. Habiéndose desprendido de su traje pudo apreciar que, en realidad, se trataba de una pegaso. Sus crines, de varias tonalidades de gris, caían a lo largo de su cuello, y portaba un chaleco verde. Ambos contendientes intercambiaron varios golpes antes de que la pegaso decidiera retroceder para reconsiderar su ataque.

Al posarse en el suelo, un inconfundible sombrero salacot cayó sobre su cabeza.

—¡¿Daring Do?! ¿Es una broma?

—Te repites bastante, demonologista —respondió la yegua famosa por las novelas de las que era protagonista—. ¿Quién eres y qué haces aquí?

—¡Ja! —rió el demonologista—. ¿Por qué iba a responderte a ti, potra? ¡Esta no es una de tus novelas baratas!

—¿Todos los demonologistas sois igual de estúpidos? Si leyeras mis novelas sabrías que todo lo que cuento en ellas ocurre de verdad.

—¿Crees que vas a poder matarme? Otros lo han intentado antes, y uno llegó a conseguirlo... por un tiempo.

—Oh, ¡gran genio maquiavélico que eres! —respondió Daring Do con sarcasmo—. Dime, mientras hacías tu espectáculo en el centro, ¿qué estaban buscando tus hombres en la biblioteca?

Con cierta satisfacción, la yegua caminó frente al demonologista mientras narraba.

—Un plan brillante: montar tal escándalo en el centro que tus hombres tuvieran vía libre para ir a la biblioteca y acceder a los archivos protegidos... ¿Buscabas esto, por casualidad?

Con esas palabras, Daring Do sacó dos pergaminos protegidos en bloques de cristal de algún bolsillo de su chaleco. El unicornio negro no respondió: la magia acudió a su cuerno y, rápidamente, las sombras rodearon a Daring Do. Esta miró alrededor, guardando los pergaminos y desplegando nuevamente sus armas; al instante notó el grito espiritual que precedía a la llegada de un demonio al mundo físico. La pegaso, de un fuerte aleteo, salió volando en vertical hacia arriba, localizó a su enemigo y giró, cayendo casi en picado sobre él. El demonologista le lanzó una lluvia de proyectiles negros que esta que esta evitó con rápidos giros, y se preparo para enzarzarse cuerpo a cuerpo con el...

—¡Agh!

Un lacerante dolor en el pecho hizo que Daring Do retrocediera a toda velocidad; la espada de Hellfire estaba manchada de sangre, pero esta no goteó, sino que fue absorbida con ansia por la oscura arma. A un lado de Daring Do, la nube de sombras desapareció, mostrando bajo ella a varias criaturas demoníacas: pequeños, deformes, rápidos y alados, los diablillos alzaron el vuelo y se lanzaron contra la mortal. Hellfire, por su parte, adoptó de nuevo la forma de un enjambre de sombras y rodeó a la arqueóloga.

Daring se lanzó hacia adelante, sobreponiéndose al dolor en el pectoral, y cargó contra los diablillos; tres de estos cayeron rápidamente ante la acometida de la exploradora, pero el resto la evitaron, lanzando pequeñas llamaradas hacia ella. Daring Do las esquivó y se preparó para eliminar a los últimos... cuando observó que, del enjambre de sombras que era el unicornio negro, más diablillos estaban surgiendo. Diez, veinte se habían formado ya y estaban cargando contra ella. La pegaso giró rápidamente y sobrevoló un edificio cercano para evitar la carga de los demonios... pero la herida en el pecho le estaba pasando factura, no podía mantener la velocidad el tiempo suficiente, y sentía poco a poco la presencia de los diablillos cada vez más cercana a su espalda. Pero, súbitamente, notó un resplandor a su izquierda; una serie de proyectiles mágicos de un brillante color rosáceo pasaron volando junto a ella e impactaron contra las pequeñas monstruosidades a su espalda. Daring Do pudo apreciar un escuadrón de los caballeros de cristal y, tras los mismos, la imponente figura alada de la alicornio Cadence. La pegaso no perdió un instante en volar en dirección contraria, perdiéndose entre varios edificios y, finalmente, posándose sobre el tejado de uno de los mismos. Tras asegurarse de que nadie la seguía sacó varios trapos limpios de sus alforjas y se tapó la herida.

Sacó a continuación los dos pergaminos que había recuperado de la biblioteca, asegurándose de que seguían intactos. Sobre ella la cúpula del corazón mantenía un tono rojizo, y podía escuchar las explosiones y los gritos del combate que estaban librando contra ese demonologista. Con lo poco que había visto, Daring Do tenía algo claro: no iban a poder contra él. Ella misma habría esperado poder acabar con él cuando llegaran los Caballeros de Cristal y Cadence pero, viendo la facilidad con la que llamaba al Tártaro quedaba claro que se trataba de un gran demonologista. Uno capaz de controlar a los grandes señores del Tártaro. ¿Quién era ese unicornio?

—Tengo que hacer llegar esto al profesor... Si lo que dice es cierto es demasiado importante para que caiga en manos de la corona.

Tras vendarse la herida del pecho, Daring Do sacó un nuevo disfraz de A.K. Yearling de su chaleco y se vistió para la ocasión, bajando a la calle y encaminándose a la estación de tren a continuación. Antes de llegar a su destino la cúpula del Corazón de Cristal recuperó su aspecto normal: el peligro había abandonado el Imperio.

Pero era cuestión de tiempo que volviera a aparecer.

—Maldita sea, Aitana, va a ser cierto lo de la organización...


NOTA DEL AUTOR:

Si habéis leído hasta aquí, ¡gracias! Es siempre un placer saber que alguien presta atención a lo que escribo :D.

FHix: Ciertamente, me apena que en Equestrianet no sean más abiertos en temas de fanfiction. Cuando eres un escritor como yo, que trata de hacer los mundos más grandes saliendo de usar solo personajes Canon, automáticamente no tienes muchas posibilidades de salir patrocinado ahí. ¡Qué se le va a hacer! Al final escribo por amor al arte, porque si fuera por los reviews que recibo lo habría dejado hace mucho tiempo.

Y por cierto, ¡gracias por tus extensos análisis de mis ( nuestros) otros fics!

Un saludo a todos y como siempre, dejadme un review si os gusta (o no) lo que leéis.

¡Brohoof!