Con el transcurso del día los colores de Lutnia fueron cambiando. El follaje que cubría la totalidad de la misma pasó de mostrar vivos colores verdes a un reposado tono anaranjado cuando la luz del atardecer lo iluminó. La actividad de los ciervos no redujo su calmado ritmo, pero sí que fue cambiando en naturaleza. Con el menguar de la luz los comerciantes, escolares y artesanos fueron recogiéndose en sus respectivos hogares. Los ciervos jóvenes, y algún ocasional visitante de otras razas, acudieron a lugares de reunión cuyo nombre, traducido al idioma poni, era "taberna", a pesar de que su concepto distaba mucho del Equestriano.
Cuando los últimos rayos del astro rey murieron tras el horizonte la ciudad ciervo se iluminó por una claridad que provenía de los propios árboles que formaban sus calles y edificios; todos ellos emitían un ligero resplandor, iluminando Lutnia con unos agradables tonos verdes y anaranjados.
Fue por ello por lo que Hope Spell no se percató de la llegada de la noche hasta bastante después de la puesta del sol. Al mirar al exterior observó que el Bosque de la Sabiduría se hallaba casi en la completa oscuridad, solo combatida por el resplandor de las ventanas donde estudiosos como él y Sinveria se hallaban en plena faena.
—¡Ostras, se ha hecho de noche! Ni me había dado cuenta —el unicornio miró a su alrededor, confundido—. ¿De dónde sale esta luz?
—Es el espíritu de Gaia, Maestro de la magia. ¿No te lo enseñó anoche Asunrix?
—Sinceramente, estaba tan cansado del viaje que ni lo noté. Veo que toda la ciudad está iluminada menos esta zona.
—Es normal, Maestro de la magia. En el Bosque de la Sabiduría se hallan los principales observatorios de Cérvidas. Mantener una amplia área de oscuridad ayuda a los astrónomos en sus observaciones.
Hope asintió, y entonces recordó lo que le había dicho Asunrix. Se asomó bien a la ventana, miró hacia arriba y lo que vio le dejó boquiabierto: Las copas de los árboles se hallaban iluminadas por miles de puntitos luminosos que se movían lentamente; algunos de estos eran más intensos que otros, pero observando atentamente descubrió que en realidad se trataban de congregaciones de luces más pequeñas. Todas ellas formaban un ambiente mágico, como observar una galaxia en constante evolución. El unicornio miró alrededor, dándose cuenta del silencio que reinaba en el lugar. Sin embargo, el silencio no era tal, pues lo grillos cantaban desde las raíces de los árboles, aunque sus llamadas estaban tan en armonía con el ambiente que Hope Spell las había ignorado al principio.
—Por Celestia...
—Es hermoso, ¿verdad? —sonrió Sinveria situándose junto a Hope—. El Bosque de la Sabiduría se ha conservado alterando lo mínimo el bosque original; los druidas estudian aquí la naturaleza y se comunican con el espíritu de Gaia. Si miras alrededor, Maestro de la magia, verás zorros, alces, ratones y otros animales; las actividades de nuestras razas los asustan, por lo que evitan el centro de la ciudad, mas acuden a este lugar sin más temor que el de ser cazados por sus depredadores naturales.
Guardaron silencio por largo rato, disfrutando ambos de la paz que ofrecía la noche en el bosque. El viento era fresco, a pesar de ser verano, y entre las copas de los árboles se podía apreciar un cielo completamente despejado, mostrando una Luna a pocos días de alcanzar su plenitud.
—El pergamino que me trajiste parece hablar de algún tipo de ritual. Sin embargo todavía necesito trabajar para tener una traducción completa.
—¿Qué necesitas para ello? —preguntó Hope. No sabía cuándo había empezado a tutear a Sinveria.
—Envié un mensaje a los maestros druidas —explicó la cierva—, pidiéndoles la clave para deshacer el hechizo protector.
—No acabo de comprender ese concepto, Sinveria. ¿Qué clave?
—La magia druídica rápida se basa en la comunicación mental con Gaia —explicó ella—. Sin embargo, los hechizos más complejos requieren ser escritos y pronunciados en el antiguo idioma de mi raza. La clave que me enviarán me permitirá escribir un contrahechizo.
—¿Escribirlo? Espera, eso significa que cualquiera, sea ciervo o no, podría usar la magia druídica, ¿no?
Sinveria sonrió y cerró los ojos, negando con la cabeza.
—No. Se ha intentado antes, pero la magia druídica es intrínseca de los ciervos. Solo algunos elementos excepcionales de otras razas han podido alcanzar siquiera la superficie del espíritu de Gaia. Las Cebras son la raza que más druidas, después de nosotros, han tenido. No se sabe de ningún druida lobo, y respecto a los ponis... bueno, normalmente es complejo que lo entiendan.
—¿El qué?
Hope Spell se hallaba fascinado. A pesar de que había estudiado a fondo todos los tomos que encontró sobre la cultura de Cérvidas, jamás habría aprendido tanto como lo estaba haciendo en una sola tarde con Sinveria. Esta última siguió explicando.
—La magia intrínseca de los ponis funciona... porque sí. Tú, Maestro de la magia, sabes que si lo deseas vas a realizar un conjuro, y no necesitas preguntarte por qué ocurre. Los ciervos, por contra, sabemos que nuestra magia proviene de la unión con la naturaleza; nosotros le pedimos a Gaia su ayuda, y esta nos la provee si somos dignos de ella.
—¿Entonces, cómo es que la magia poni puede afectar a la magia ciervo, Sinveria?
—Verás, si leíste mi tratado "Interrelación espiritual con la magia poni" ya conoces gran parte de mis investigaciones...
El tiempo fue pasando a medida que Hope Spell y Sinveria debatían sobre distintos aspectos de la magia poni y druida. La luna se alzó en todo su esplendor, creando halos de luminosidad entre las copas de los árboles. En ese tiempo Hope pudo apreciar el vuelo de algunos búhos y el rápido aleteo de los murciélagos cuando se lanzaban a cazar insectos. En Equestria se solía temer a estos seres de la noche pero, estando ahí, Hope se preguntaba por qué alguna vez llegó a temerlos.
Sinveria alzó la cabeza de pronto, algo tensa, y se alejó de la ventana mirando a la entrada. Hope la siguió con la mirada sin comprender qué pasaba, y antes de que llegara a preguntar al respecto alguien llamó a la puerta. La ciervo, seria, se puso frente a la misma antes de abrirla mediante su magia. Al otro lado se hallaba un ciervo de gran tamaño y cornamenta que ambos conocían bien. Asunrix accedió al interior de la sala, pero se quedó justo frente a en el linde de la entrada, mirando a Sinveria. Hope no entendía bien el motivo de la tensión que notaba entre ambos, ¿qué estaba pasando?
Pero había algo más: Hope Spell sentía que algo iba mal, más allá de la aparente tensión entre los dos amigos. ¿Pero qué era? ¿Por qué tenía la sensación de estar en peligro? Asunrix dio un paso al frente y, sorprendentemente, hincó una pata delantera en el suelo y se inclinó ante Sinveria.
—Maestra investigadora Sinveria, te pido perdón por mi comportamiento esta mañana —expuso en equestriano—. No hay justificación posible ante las palabras y las formas con las que me dirigí a ti.
Sinveria cambió su semblante al instante, esbozando una expresión de alivio y alegría en su rostro.
—Maestro de la Guerra Asunrix, acepto tus disculpas y entiendo que tus palabras fueron motivadas por tu lealtad a nuestra nación. Espero dejar esto atrás y poder volver a dirigirme a ti simplemente como "Asunrix".
El guerrero druida se levantó y miró a su amiga con una sonrisa. Ambos ciervos hicieron una ligera reverencia, saludándose como amigos y dejando atrás aquella discusión. Hope Spell se relajó y sonrió también, convencido de que lo que había sentido antes era producto de la tensión que se respiraba en el ambiente hacía un momento. Sinveria se tornó hacia Hope.
—Maestro de la magia, tu ayuda ha sido grande, pero creo que ya hemos trabajado bastante por hoy, deberíamos descansar. ¿Por qué no visitas las tabernas de la ciudad? Podrías encontrar en ellas ciervos de tu edad, sin duda te será gratificante.
—Si lo deseas te puedo indicar una cercana a mi casa, así podrás regresar cuando te plazca —ofreció Asunrix.
—La verdad es que sí que me gustaría probar algo de comida y bebida típicas de Cérvidas.
Hope y Asunrix se despidieron de Sinveria y abandonaron el edificio. La investigadora observó por la ventana cómo estos se alejaban y, una vez se adentraron en las calles de la ciudad, miró alrededor. Con la boca emitió un largo silbido, casi imperceptible, y regresó al interior de su casa. Unos segundos después se escuchó un aleteo que precedió a media docena de búhos y lechuzas. La puerta de la sala se abrió dejando paso a dos zorros que se sentaron ante la cierva, la cual observó a todos los animales reunidos.
—Guardad el árbol, amigos —solicitó en su idioma natal—. Nadie debería venir esta noche, avisadme si ocurre.
Un búho emitió un particular ulular y miró durante unos largos segundos a Sinveria. Esta respondió:
—No lo sé, pero podría traer la muerte a muchos.
Los animales se giraron y salieron del edificio para vigilar los alrededores del mismo. Sinveria volvió a su estudio, con el semblante serio, y leyó lo poco que se podía entender del pergamino. "Sello", "Ritual", "señor del dolor", "energía". Pasó la pezuña por el mismo, deseando poder desencriptarlo para leerlo completamente.
—¿Qué es lo que has encontrado, amigo mío?
Conocía bien al profesor Pones, de casi toda la vida, y sabía bien los riesgos que llegaba a asumir. Si le había enviado a ella ese documento es porque necesitaba que se tradujera rápida y disimuladamente, y si así era podría haber mucha gente en peligro.
Como aquella vez...
Sus padres le habían dicho que se escondiera y no hiciera ruido. Sabía que ellos debían proteger el pueblo, era su deber. En el exterior se oía el ruido de combate, los rugidos de los animales, y... el dolor, el dolor de Gaia. También el terror que atenazaba su estómago y voluntad, haciendo que solo pudiera pensar en esconderse bajo las sábanas de la cama, rezando porque estas la protegieran del mal que estaba atacando su ciudad.¿Por qué les atacaban? Era incapaz de entender un motivo para causar tanta muerte, tanta destrucción.
El ruido se hacía cada vez más fuerte, el resplandor del fuego a través de la ventana crecía segundo a segundo, y de pronto la puerta se abrió. Apareció una cierva, una guerrera, jadeando y con el pelaje ennegrecido por las llamas.
—¿Mamá? ¿Qué pasa?
—¡Sinveria, vamos, tenemos que huir!
Sin preguntar más al respecto, la cervatilla corrió junto a su madre. Salieron a las calles del pueblo, el fuego estaba por todas partes, los árboles ardían y Gaia chillaba. La pequeña ahogó un hipido, y su madre la guió en una precipitada carrera. Cientos de ciervos huían por las calles, histéricos, dirigiéndose con un sorprendente orden hacia la mejor ruta de huída. Siguieron el camino durante lo que pareció un instante para la pequeña cuando, en una calle lateral, se vio un gran resplandor seguido de un terrorífico rugido.
Sinveria se giró a tiempo para ver una monstruosidad dirigirse hacia ella. El terror distorsionó la imagen de sus recuerdos, pero recordaba muchos de sus detalles: era más grande que un oso, con colmillos imposibles a través de los cuales surgían grandes llamaradas de fuego negro. Era un ser cuadrúpedo pero tenía dos brazos a ambos lados del torso que acababan en gigantescas garras.
La cervatilla sintió que la tierra bajo sus pies se combaba, formando una onda cuyo epicentro era su madre. Solo llegó a ver cómo esta llamaba a Gaia para lanzar varias lanzas de piedra hacia el monstruo que cargaba contra los indefensos civiles. La onda de tierra empujó a Sinveria hacia atrás y la hizo caer lejos del peligro, y cuando logró incorporarse no vio a su madre; el monstruo estaba cubierto de sangre y los ciervos huyeron de él dispersándose en un amplio abanico.
Súbitamente Sinveria notó un gran resplandor blanco a su espalda. Tres enormes bolas de energía pasaron junto a ella e impactaron contra el demonio. La fuerza del ataque fue tal que este tuvo que retroceder, rugiendo por la sorpresa y el dolor. Una sombra pasó volando sobre la pequeña, lanzándose directamente al combate; era una pegaso de pelaje azul marino y crines lilas. El demonio la vio y alzó sus garras, intentando ensartarla en pleno vuelo, pero esa poni hizo una pirueta y ganó altura de un fuerte aleteo. Dejando bajo ella las garras del monstruo, giró sobre si misma y se combó hacia atrás, trazando una parábola que acabó en la nuca del enorme demonio. Al instante el monstruo cayó abatido hacia adelante, con la pegaso fuertemente asida a su cuello, antes de que el cuerpo del ser se consumiera en un mar de llamas. La yegua se levantó y fue entonces cuando Sinveria apreció la larga espada que se hallaba unida a una de sus patas delanteras. El arma se plegó hacia atrás, sobresaliendo por un lado sobre el lomo de la poni.
La pequeña notó movimiento a su lado. Junto a ella había un unicornio de pelaje gris y crines negras, que portaba lo que parecía una armadura hecha de algún tipo de tela reforzada. Su cuerno y cuerpo brillaban ligeramente, y varias brillantes saetas de energía orbitaban a su alrededor. Su marca era un rayo cuya punta se fusionaba con el filo de una espada.
—¡Midnight Shield! ¿Estás bien?
La pegaso voló hacia el unicornio y sonrió con prepotencia. Cuando aterrizó Sinveria pudo fijarse en su marca: dos cuchillas de casco deteniendo una lanza.
—¿Qué pasa? ¿Me echas un polvo y ya estás enamorado, Royal?
—Nah —sonrió él con sorna—. Es que lo hiciste fatal y no me gustaría que murieras sin aprender del maestro.
—¡Ja! —exclamó ella, riendo con complicidad—. Entonces mejor que no muramos esta noche.
Hubo un estrépito cuando una gran criatura aterrizó junto a la pareja: un grifo de plumas marrones y doradas, con la cabeza blanca. En sus garras delanteras llevaba una gran ballesta, y toda una colección de pergaminos asida a sus costados mediante correas.
—Los demonios están tomando las salidas norte y oeste de la ciudad.
—Buscan matar a tantos como puedan —señaló Midnight Shield—. Están ofreciendo almas a su señor.
—Gilderald, apoya a los guerreros druida en la salida norte. Night, protege a los civiles que quedan por las calles. Yo iré a la salida oeste.
—¿Y qué hay de...?
—¡Ya lo cazaremos en otro momento! —respondió Royal—. Ahora tenemos que salvar a esta gente, no nos queda otra opción.
—Hijo de... —murmuró Midnight Shield—. Otra vez se nos va a escapar —después señaló a Royal—. No se te ocurra morir.
—Gracias por preocuparte por mi también, Night —añadió el grifo en tono de broma.
Este y Midnight Shield echaron a volar, perdiéndose en la noche iluminada por las llamas que crecían cada vez más. Royal iba a echar acorrer pero entonces advirtió que la cervatilla que había salvado seguía inmóvil a su lado. Miró alrededor, buscando algún ciervo que pudiera encargarse de ella, pero al no verlo tomó la única decisión posible.
—Ven conmigo, te protegeré. No te separes de mi lado.
Sinveria se levantó y corrió junto a su rescatador hacia la salida oeste de la ciudad. Al poco encontraron frente a ellos a un grupo de guerreros druida enfrentándose a una pequeña marabunta de demonios del fuego. Royal conjuró y decenas de saetas brillantes surgieron de su cuerno, dirigiéndose hacia los seres antinaturales que se atrevían a atacar la pequeña población de Cérvidas. Pero hubo una criatura que alzó sus garras y detuvo la mayor parte de proyectiles: Era más grande que los otros demonios, y se encaró directamente hacia el mago que la había atacado.
—Al fin aparece el portal —murmuró Royal Destiny con una sonrisa, al tiempo que desenvainaba una espada con su magia.
La mente de Sinveria volvió al presente. La cierva sentía lágrimas en los ojos que secó con una pezuña. ¿Cuánto había pasado desde la noche en que perdió a sus padres? Hizo cuentas mentales para hallar la respuesta: treinta y un años. Toda una vida... y seguía recordándolo como si hubiera sido ayer. El terror de la magia demoníaca, la crueldad y la sed de sangre de los habitantes del Tártaro... Volvió a leer el pergamino, y algo tuvo muy claro: Independientemente de lo que le había prometido a Asunrix, descifraría el mensaje y se lo haría llegar al profesor Pones o a su hija.
Ella misma no era capaz de luchar contra los horrores del Tártaro, el espíritu del guerrero no estaba presente en su ser. Pero podía apoyar con su conocimiento a aquellos que dedicaban su vida a enfrentarse a los horrores que moran entre los mundos... y a mantener sus secretos, aunque ello le costara su amistad con Asunrix.
—Aquí es, Maestro de la magia.
Asunrix había guiado a Hope Spell hasta un pequeño edificio entre dos árboles. Dentro se podía escuchar música y laúd y algunas voces charlando tranquilamente. En el interior había varias mesas hechas con piedra natural sin tallar que a hope le recordaron a grandes champiñones. Había ciervos de todas las edades sentados en torno a las mismas, al igual que alguna pareja bailando lentamente al ritmo de laúd. En general el ambiente era muy calmado, lo que hizo que el poni pensara que eso era más un salón del té que no una taberna.
—Vaya, vuestras tabernas son muy tranquilas comparadas con las de Equestria.
—Los ciervos y los ponis somos diferentes. Voy a retirarme a descansar, Maestro de la magia; el árbol que me da cobijo te abrirá las puerta cuando regreses. ¿Sabrás volver?
—Sí, sabré. Gracias Asunrix, que descanses. Y por cierto, me alegro que hayáis hecho las paces tú y Sinveria.
El gran ciervo sonrió y murmuró "yo también" antes de despedirse y salir del edificio. Hope Spell se dirigió a la barra -al menos, lo que supuso que era el equivalente de barra para los ciervos, se trataba de una pared de la que los presentes obtenían bebidas. Hope vio una mesa donde había varias jarras de madera limpias, así que cogió una. Pero cuando llegó a la "barra" no supo qué hacer: solo había una pared con varios huecos.
—Madad thödum jarüra chë?
Hope vio a un ciervo a su lado diciéndole algo. Hope hizo un gesto de no comprenderle, y el ciervo asintió. Tomó su jarra y la puso en uno de los huecos del árbol: automáticamente un líquido anaranjado surgió del mismo, llenándola hasta arriba. Se la volvió a entregar y se fue murmurando una despedida en su idioma.
El unicornio se sentó en una mesa a solas y probó la bebida. Le recordó a una sidra con un toque a salvia y mandarina; estaba muy buena y, sin duda, tenía algo de alcohol, pero no demasiado. Los ciervos presentes se relacionaban de forma muy cortés, sentados en mesas y charlando animadamente, aunque sin hacer excesivo ruido. No es que Hope fuera muy fiestero, pero a él le parecía que ese lugar necesitaba un poco más de marcha.
—Vaya, qué sorpresa encontrar a un congénere.
Hope se giró hacia la voz y se topó con un poni poniéndose a su lado. Era un unicornio de pelaje rojo oscuro, y sus crines canosas denotaban la avanzada edad del mismo. Hope sonrió y alzó su jarra, brindando con el recién llegado.
—Siempre es una alegría encontrar a otro poni en tierras extranjeras, supongo. No es que haya viajado mucho.
—Desde luego —dijo el anciano—. Me llamo Sharp Mind, ¿cuál es tu nombre?
—Hope Spell, encantado.
—¿Y qué haces tan lejos de Equestria, Hope Spell?
—Soy un estudiante de historia en prácticas...
En alta mar al oeste de Lutnia una embarcación surcaba las olas a toda vela. El viento le era favorable a su destino y el mar estaba en calma. A pesar de que era de noche la luna iluminaba el agua desde el horizonte, creando la ilusión de que los marineros se hallaban sobre un infinito océano de destellos plateados. El velero navegaba sin ningún tipo de iluminación o lámparas para ayudar a los marineros a orientarse, para así evitar ser asaltados por piratas durante la travesía nocturna. Tampoco es que necesitaran referencias para desplazarse por la nave, ya que esta era como una segunda casa para ellos.
La tripulación en turno aquella noche caminaba con calma de un lado a otro, ajustando algún aparejo y haciendo pequeñas correcciones en la ruta, mientras los grumetes se encargaban de las tareas más pesadas como fregar la cubierta. Todo el mundo tenía una labor aquella noche menos una yegua que, apoyada en la pasarela de proa, miraba al infinito con aire mohíno. Como siempre, portaba dos grandes y alargadas alforjas asidas firmemente a ambos lados de su lomo.
—El mar ayuda a encontrarse con uno mismo en noches como esta.
La yegua se giró y miró a su interlocutor alzando una ceja: un unicornio mayor de pelaje blanco. Este, al no obtener respuesta de ella tosió para romper el incómodo silencio y explicarse.
—Parece usted triste, doctora Pones.
—Cada vez que alguien lo menciona me da más rabia ese título... ¿Por qué crees que estoy triste?
—Llevas horas mirando al horizonte, Aitana.
Aitana volvió a fijar su vista en el horizonte.
—Lo que estoy es hasta el hocico —respondió apática—. Me he pasado algo más de dos meses en la cárcel leyendo literatura horrenda, y ahora que salgo me tiro otra semana más encerrada en un barco.
—No creo que mi barco sea tan malo como una cárcel.
—No, no lo es, pero ahora mismo necesito poder caminar con mis propios cascos más de veinte metros.
—Me temo que el único consuelo que puedo ofrecer es que esta es una de las naves más rápidas haciendo esta ruta. Si hubiera tomado un crucero de línea tardaría el doble de tiempo.
—Algo es algo.
El hecho de que Aitana no dijera nada más fue un indicativo de que no tenía ganas de conversar; esta escuchó los pasos del capitán alejarse. Pasó un rato encerrada en su mundo y preocupaciones hasta que se levantó y se dirigió hacia su camarote -o, al menos, una zona de la bodega lo bastante aislada para contar con un mínimo de intimidad, lejos de las hamacas y literas donde dormía todo el mundo-. Por el camino buscó con la vista a un semental en concreto y se detuvo a su lado durante un instante.
—Hazme un favor y tráeme cerveza —dijo antes de seguir su camino.
Pudo escuchar risas a su espalda, pues toda la tripulación ya sabía que esa petición no era precisamente para conseguir bebida. Sinceramente, le daba muy igual que los amigos del marinero supieran que esa noche iba a triunfar. Ella pensaba que "qué cojones": si iba a jugarse el cuello persiguiendo a una organización de nigromantes y demonologistas, al menos se aseguraría de morir habiendo echado una cana al aire.
Y eso por no contar que faltaban aún al menos cuatro días para llegar a Lutnia. Tenía que buscar formas de matar el tiempo.
Hope se despertó de un sobresalto en la cama de invitados de la casa de Asunrix. Miró alrededor, confundido, pues todavía era de noche.
—¿Cómo he llegado aquí?
Intentó rememorar, pero lo último que recordaba era a un amable ciervo ayudándose a servirse una bebida cuyo nombre no conocía. ¿Tanto había bebido? No, no era posible, notaría los efectos si hubiera bebido tanto. Lo que es más, probablemente estaría inconsciente. Vio sus alforjas colgadas en la pared y fue a revisarlas: No faltaba absolutamente nada y todo estaba en el mismo orden, no parecía que nadie hubiera mirado dentro.
El unicornio se sentó en el suelo intentando pensar. ¿Qué había ocurrido? ¿Cuánto tiempo había pasado? Todavía no se veía el alba, así que no podía haber pasado más que unas pocas horas, a lo sumo. ¿Cómo era posible que no recordara nada? Algo... extraño había ocurrido.
"Los auténticos arqueólogos, aquellos que investigan cara a cara la antigüedad, jamás son demasiado precavidos".
El semental verde rebuscó en sus alforjas y sacó un pequeño tomo de magia blanca; lo abrió sobre la mesa y pasó las páginas rápidamente hasta hallar la que contenía el conjuro que necesitaba. Tuvo que leer unas cuantas veces las instrucciones y los patrones mágicos a seguir antes de atreverse a conjurar. Su cuerno brilló con un aura verdosa durante unos segundos; poco a poco, el cuerpo de Hope Spell fue rodeado por pequeñas hebras de magia de un brillante color blanco, las cuales fueron aumentando en número y densidad. Al cabo de unos segundos las hebras se cerraron sobre Hope y desaparecieron bajo su pelaje. El unicornio mantuvo el conjuro durante unos segundos más, quedando exhausto y jadeante después. Tal como decían las instrucciones, no se sentía diferente, lo cual era una buena señal, probablemente. Eso significaba que, o bien lo había ejecutado mal, o bien no estaba siendo presa de la magia negra o mental. Probablemente era el segundo caso, y además el hechizo debería protegerlo durante... un tiempo. Esos antiguos tomos sobre la magia blanca no eran demasiado precisos en esos aspectos.
Algo más tranquilo, decidió que lo mejor era irse a dormir. Quizá esa extraña bebida ciervo había tenido un efecto inesperado en él.
NOTA DEL AUTOR:
Seguramente deba hacer caso al señor Uningenieromas y dejar de prestar al número de reviews que tengo. Los pocos lectores de esta historia me dejan un feedback brutal. Así que aquí van a ir unos cuantos capítulos del tirón.
