Ven aquí, pequeña zorra.

Sin saber bien por qué, la potrilla ignoró el terror que la atenazaba y avanzó con pasos firmes hacia los tres ponis que había en su casa, los tres desconocidos que habían entrado por la fuerza. Sentía la cabeza ligera, olvidando todo lo que la preocupaba, solo debía avanzar y se sentía bien haciéndolo. Inconscientemente rodeó un bulto en el suelo.

Por la periferia de su visión vio que el bulto era una yegua: su tata, su cuidadora, la misma que cuidaba de ella cuando sus padres estaban de viaje. Yacía inerte en el suelo, con la vista fija hacia el infinito; un reguero de sangre desde su pecho alimentaba el creciente charco rojo y espeso sobre el entarimado.

Volvió a sentir miedo y miró de nuevo a los intrusos. Los asesinos... ¡no iría con ellos!

¡No! ¡¿Dónde está papá?! ¡¿Dónde está mamá?! ¡Papi, mami! —lloró ella.

¿Qué ocurre, se te resiste una mocosa? —se burló uno de los asesinos—. Hagámoslo a la vieja usanza, sin lengua no gritará mientras nos divertimos con ella, ¿verdad, pequeña?

La potrilla vio cómo el que hablaba asía un cuchillo con los dientes, y los tres intrusos se acercaron. La niña retrocedió hasta topar con un muro, gritando, pidiendo ayuda a sus padres. No sabía quiénes eran, ni qué querían de ella, pero sabía que era algo terrible.

Súbitamente, una ventana estalló en una lluvia de cristales rotos cuando una gran criatura la atravesó. Un muro de plumas marrones y doradas aterrizó sobre uno de los ponis, clavando una garra sobre su cabeza y aplastándola contra el suelo. La gran criatura se encaró hacia los otros dos intrusos y se lanzó sobre ellos. La potrilla aprovechó para correr y esconderse tras un mueble cercano, esperando encogida a que todo acabara. Pocos segundos después llegó el silencio, seguido de una grave y familiar voz.

Soy yo, Dawn Hope.

¿Tío Gilderald? —preguntó la pequeña, girándose hacia el grifo que la había salvado.

Tenemos que irnos.

¿Dónde están papá y mamá?

Vendrán luego. Vamos, ven conmigo.


Aitana despertó y abrió los ojos, enfocando su vista rápidamente al techo de la cubierta de las hamacas. Se quedó así un rato, dejándose un tiempo para regresar del mundo onírico. Hacía mucho que aquel sueño había dejado de ser una recurrente pesadilla para convertirse en un recuerdo bastante repetitivo.

Quizá recordaba aquel día, aparte de por el trauma que tanto le costó superar, porque supuso un punto de inflexión en su vida Si esa psicóloga de pacotilla tuviera alguna idea de todo por lo que había pasado su infancia...

El suave vaivén de la embarcación acompasaba la voz del capitán y el trotar de los marineros en cubierta. La hamaca sobre la que descansaba la arqueóloga contrarrestaba el movimiento creando, a ojos de la yegua, la extraña sensación de estar flotando en el centro de una enorme caja de madera. Tras unos minutos, se levantó y desperezó, dirigiéndose a la cubierta superior, esquivando a algún ocasional marinero que, tras una noche de trabajo, descansaba en cualquier litera u hamaca.

Aitana pensó que debían estar cerca de puerto, por lo que la tripulación debía estar preparándose para el atraque. Nada más abrir la puerta que daba al exterior pudo ver a los marineros trabajando sin prisa pero sin pausa, modificando distintos aparejos y ajustando cuerdas y demás parafernalia de navegación. En cuanto la arqueóloga dio un par de pasos al frente y dirigió la vista a la proa se quedó sin palabras.

—Ostras...

Al principio le había parecido que un inmenso árbol, por alguna inexplicable razón, crecía en medio del mar. Pero no tardó en salir de su error a medida que se dirigió a la proa: la embarcación estaba cerca de tierra. Ante ellos se alzaba un frondoso bosque, del que destacaba una gigantesca Sequoia; sus ramas crecían cientos de metros por encima del mar, y sus raíces se desplegaban a través del mismo. Mirándolo con más detalle vio que las raíces eran completamente planas en su parte superior y que docenas de barcos se hallaban detenidos a su lado. Pero cuando la arqueóloga observó las cuerdas que ataban a los mismos cayó en la cuenta de que no estaban simplemente detenidos: estaban atracados.

—¿No había estado nunca en el gran puerto de Lutnia, Aitana? —preguntó el capitán, situándose a su lado. Aitana negó con la cabeza, boquiabierta.

—He estado en otras ciudades ciervo, pero nunca en Lutnia.

Pudo apreciar bastante movimiento a lo largo de las raíces -o, mejor dicho, los muelles- de la Sequoia. Miembros de todas las razas cargaban y descargaban distintas mercaderías, y el profundo bosque que rodeaba el puerto demostró bien pronto ser la capital de Cérvidas. Probablemente, las más grande Cuidad Bosque del mundo conocido.

—Había oído de la capital de Cérvidas, pero... esto supera todo lo que habría imaginado.

—Je, todo el mundo se sorprende la primera vez —comentó el capitán—. Los ponis creemos ser buenos con las plantas, pero la verdad es que solo somos unos aficionados comparados con los ciervos.

A medida que se acercaban al muelle Aitana pasó a estudiar las embarcaciones atracadas en el mismo. Provenían de multitud de naciones diferentes: Equestria, Griffonia, Cebrania, Isaura... La arqueóloga pensó que, si Dark Art y los suyos estaban ahí, tratarían de pasar desapercibidos. Quizá recabar información usando magia negra, u organizar un gran atentado con magia demoníaca para distraer la atención de su auténtico objetivo.

—Esa gran Sequoia es el centro de gobierno del Consejo Ciervo, y además sirve como primera linea de defensa en caso de ataque —explicó el capitán, sacando a Aitana de sus pensamientos—. Hace algunos años un grupo de piratas grifo intentó organizar un asalto al puerto. Según cuentan, los ciervos convocaron un maremoto que acabó con toda la flotilla.

—Cualquiera puede prepararse para resistir un ataque frontal —respondió la yegua marrón—. Voy a recoger mis trastos.

La yegua marrón bajó a donde había dejado sus alforjas y, como cada día, las abrió para revisarlas a fondo. En primer lugar introdujo las patas en unos compartimentos para tal fin; un brillo mágico ocurrió y algo se asió en torno a los cascos de Aitana. Al sacarlos, sendas dagas gemelas estaban atadas a los mismos y listas para el combate. Al volver a meter los cascos en el mismo lugar, ocurrió el proceso inverso.

La ballesta plegable seguía en su compartimento, tan rápida y fiable como de costumbre; las distintas gemas mágicas, imbuidas por su propio padre, estaban preparadas para ser usadas en distintos círculos y rituales rúnicos de ser necesario. El resto de bolsillos y huecos eran más mundanos, ya que no estaban pensados para usar en combate: una gran bolsa donde llevaba las puntas de lanza (que tan útiles le fueron en los Reinos Lobo junto a Macdolia), una serie de bolsas de monedas ocultas entre los distintos pliegues. Había un bolsillo mágico también, más grande por dentro que por fuera, que en esos momentos estaba vacío. No había podido recuperar el detector mágico que usó en el desierto, por desgracia.

Justo terminaba de volver a guardar todas sus armas y enseres cuando escuchó a los marineros gritar órdenes al personal del puerto. Estaban atracando. Un rato después, Aitana descendió a través de la pasarela que unía el velero bergantín con el puerto de Lutnia. Se distrajo mirando al suelo, todavía sorprendida de que evidentemente fuera una gigantesca raíz viva de la Sequoia. No tardó en oír una voz de acento Equestriano.

—¡Doctora Pones!

Un unicornio, algo más joven que Aitana, de color verde menta y crines marrones se acercó al trote a ella. Su Cutie Mark era un libro abierto rodeado por un aura mágica blanca; parecía en parte ilusionado de verla.

—Doctora, es un placer, soy Hope Spell...

—Ya, ya, el estudiante que ha mandado mi padre —respondió ella, cortante—. Llámame Aitana. ¿Has podido averiguar algo útil?

Aitana evitó a propósito mencionar el motivo exacto de su visita. Aunque ese poni cuadraba con la descripción que le había dado su padre, no iba a permitirse el lujo de revelar información sin asegurarse antes.

—Este... sí, claro. He estado trabajando con la maestra investigadora Sinveria en el pergamino. Vamos, le llevaré con ella, doctora... quiero decir, Aitana.

—Vamos.

Caminaron bastante rápido a través de la capital de Cérvidas. Aitana lamentó sinceramente el no tener más tiempo para conocer esa ciudad, o quizá visitar los centros de saber ciervo. La perfecta armonía entre el bosque original y las calles era algo digno de admirar. Hope hizo un ademán de explicar algún detalle interesante, pero Aitana no tardó en responderle.

—Mira Hope, haré turismo cuando acabe el trabajo, ¿vale? ¿Puedes llevarme a la casa de Sinveria?

Hope Spell miró a la yegua con el ceño fruncido.

—Ya me habían comentado que eras una borde. Vamos, por aquí.

Aitana siguió andando a su lado, sin que la respuesta del semental la afectara en absoluto. Pero tras varios minutos de paseo pensó en que tendría que conocer un poco a Hope Spell, por si las cosas se torcían.

—Me comentó el profesor Pones que estudias la magia blanca.

—Así es, pero a duras penas la he llegado a poner en práctica, salvo por algún pequeño hechizo de curación. No es que se vea cada día la magia negra o la nigromancia.

—Entonces supongo que sabrás identificarlas si las ves.

—Bueno, no las he experimentado, pero he estudiado los efectos y sensaciones que producen. No hay magos negros o nigromantes en Equestria.

Aitana decidió no hacer ningún comentario al respecto. Dulce inocencia equestriana. Si ese estudiante tan solo imaginara el motivo que la había llevado a Cérvidas... O que había conocido a un nigromante en los Reinos Lobo hacía tan solo tres meses. ¿A qué demonios obedecían Dark Art y los suyos? ¿Qué es lo que buscaban? Las opciones eran tantas que era imposible reducir la lista sin tener más pistas. Si se trataba de algún ritual nigromántico, podrían estar tratando de acumular mucho poder para desatar una maldición o alzar un inmenso ejército de no-muertos. Si se trataba de un trato con el Tártaro, quizá estaban tratando de abrir un gran portal al mismo o estaban alimentando algún gran demonio con poder. Pero esto eran solo unas pocas posibilidades entre cientos.

"El señor de la sombra regresará, y tú pronto conocerás la muerte." El vaticinio de Manresht, antes de morir, todavía resonaba en su mente. Intuía que lo ocurrido en los Reinos Lobo, los objetivos de Dark Art y "el señor de la sombra" estaban relacionados. Quizá se trataba de un gran demonio del terror, o de elementales de la sombra.

Aitana se sorprendió cuando notó que el silencio crecía a su alrededor. Los ciervos se detenían a su paso, observándola con... ¿miedo? Una madre escondió a sus hijos detrás suyo, y algunos jóvenes se apartaron del camino de los dos ponis. Miró perpleja a Hope Spell, que parecía tan sorprendido como ella.

—Por Celestia, ¡que tampoco soy tan fea! —bromeó ella, disimulando lo alerta que estaba ante cualquier posible ataque.

—No sé, Aitana, nunca los había visto así.

Ante el creciente silencio se escuchó el galopar de dos criaturas. Aparecieron dos ciervos, dos guerreros druida. Iban equipados con una armadura verde y dorada hecha de madera y cuerdas trenzadas, cuyos cascos se ajustaban en torno a sus cornamentas. Aparentemente no iban armados, pero Aitana conocía lo bastante bien a los druidas para saber que no era una buena idea iniciar una pelea, y menos aún en su propio terreno. Los dos guerreros se detuvieron ante los ponis y los estudiaron durante largos segundos, especialmente a Aitana.

Almin dar radug?

La arqueóloga fue a decir algo, pero Hope Spell se adelantó chapurreando "no entiendo" en el idioma de los ciervos. El otro druida tomó la palabra, hablando en Equestriano con fluidez.

—¿Dónde os dirigís, ponis?

—Al bosque de la sabiduría —respondió Hope—. Somos invitados de la maestra investigadora Sinveria, y yo estoy siendo acogido por el Maestro de la Guerra Asunrix.

—¿Qué motivo os trae a Cérvidas?

—Este... —Hope dudó—, una investigación. Pero creo que solo la maestra investigadora responsable de la misma puede decidir si divulgarla.

Los dos ciervos se miraron, intercambiando algunas palabras en su idioma.

—Os escoltaremos. Caminad delante, ponis, y no hagáis movimientos extraños.

—¡Hay que fastidiarse! —exclamó Aitana—. Esperaba que trataran mal a los ponis en los Reinos Lobo, ¿pero en Cérvidas? ¿Dónde quedó la hospitalidad de los druidas?

—No es por vuestra especie, poni. Caminad.

Con los guardias vigilando desde atrás, la comitiva se puso en camino. Aitana no lograba entender lo que ocurría; no se habían dirigido a ella por su nombre, ni siquiera como "maestra arqueóloga" como habría esperado si la hubieran reconocido. No la estaban deteniendo, pero todos parecían temerla. ¿Por qué? ¿Qué veían los ciervos que ella no podía? Pasaron cerca de un grupo de cervatillos y pudo escucharlos decir algunas palabras entre asustados susurros. Una de ellas logró entenderla: "muerte". El peso de la cadena que colgaba de su cuello y cuyo final se perdía entre los enganches de sus alforjas pareció incrementarse. "No puede ser eso..."

Tardaron varios minutos de silencioso caminar en llegar al Bosque de la Sabiduría, donde Hope Spell señaló el hogar de Sinveria. El silencio se rompió con el agudo y corto aullido de un zorro, seguido del ulular de varias lechuzas. Cuando estaban a punto de entrar en el árbol, Aitana sintió cómo los dos guardias retrocedían un par de pasos. Sin esperar a ver lo que ocurría, saltó hacia un lado empujando a Hope.

Allí donde estaba ella hacía un segundo se alzó una columna de tierra que la habría lanzado al suelo. Un gran ciervo de pelaje castaño salió del hogar de Sinveria y se encaró a Aitana. Sus cuernos se iluminaron en verde durante un segundo, y la arqueóloga sintió las plantas bajo ella cobrar vida; Hope Spell gritó algo, pero no pudo prestarle atención. Rodó sobre si misma, levantándose y evitando ser atrapada por las plantas; Aitana pasó a la ofensiva, cargando directamente contra el druida que la atacaba, pero este se movió rápidamente, esquivando su carga y conjurando una lanza de madera y piedra que surgió del suelo mismo. La poni esquivo un par de lanzadas antes de acortar distancias con su adversario, pero las plantas le atraparon las patas traseras haciéndola caer; en el último segundo vio la lanza del druida dirigirse a su cuello, justo a tiempo para desviarla con un golpe de pezuña, haciendo que el arma se clavara en el suelo junto a su cabeza.

—Asunrix, ¡basta! ¡Es la hija del profesor Pones!

Asunrix pareció dudar; Aitana no perdió tiempo en golpearlo con las patas traseras para sacárselo de encima y ponerse en pie. Cuando lo hizo se percató de que los otros dos guardias ciervo estaban inconscientes en el suelo. Hope Spell, algo alterado, explicó:

—Hechizo de sueño. Siempre es útil.

—¿Cuál es tu nombre, poni? —preguntó Asunrix, levantándose y alzando su arma.

—Me llamo Aitana Pones, ciervo. ¡¿Por qué demonios has intentado matarme?!

—Portas la oscuridad contigo.

—¡Joder, y luego dicen que yo soy impulsiva!

Una cierva joven, Sinveria, salió del árbol. Cuando vio a la yegua, la miró de arriba a abajo y dijo:

—Soy la maestra investigadora Sinveria. Por el gran espíritu de Gaia, ¿qué clase de demonio llevas encima, Maestra Arqueóloga?

Un rato después, Hope Spell, Sinveria, Asunrix y Aitana pasaron dentro de la casa de la primera. Los dos guardias ciervo se quedaron en la puerta, todavía recelosos de Aitana a pesar de que Sinveria había explicado que no había qué temer. Pero el verdadero motivo por el que no se habían marchado es porque Asunrix no se lo había ordenado, hecho que no pasó desapercibido por los invitados poni.

Aitana bebió un trago de té y meditó bien las siguientes palabras que diría. No tardó en hacer gala de sus escasas dotes diplomáticas.

—Vale, voy a intentar ser amable y no maldecir a tus ancestros por haber intentado matarme —dijo dirigiéndose a Asunrix—. Pero supongo que yo habría hecho lo mismo si fuera tu y notara... lo que sea que habéis notado en mi.

El aludido frunció el ceño, pero mantuvo un tono neutro en su respuesta.

—Es comprensible que te sientas ofendida, maestra arqueóloga. Me alegro que comprendas mis actos y espero que aceptes mis disculpas. Eres una gran luchadora.

—¿Puedes explicarnos qué es esa presencia? —preguntó Sinveria, visiblemente incómoda.

—¿A qué presencia os referís? Yo no siento nada —añadió Hope.

Aitana siguió la cadena que colgaba de su cuello hasta sacar la brújula de un resquicio de sus alforjas. La descolgó y la posó sobre la mesa.

—No os preocupéis, no os podrá hacer nada mientras no la toquéis. En resumen, en esta brújula está atrapada el alma de un poderoso lich de la antigüedad.

Sinveria observó a Aitana con expresión de inquietud. Hope, por su parte, fijó su vista en la brújula sin poder creer lo que decía la yegua a su lado.

—¿Y por qué llevas un ser tan poderoso contigo? Veo en tu alma que has sido víctima de la magia negra y la magia de la muerte en el pasado, mas no veo en ti la mancha de haberlas usado en tu beneficio.

—Pues porque yo tengo la cabeza lo bastante dura como para aguantar a este bicho cuando intenta dominarme. No quiero dejar el objeto para evitar que lo encuentre algún estúpido, y no sé cómo destruirlo sin liberar al... ¡no lo toques!

Hope retiró la pata rápidamente.

—Nos ocultas información, maestra arqueóloga.

Todos miraron a Asunrix.

—Yo sí que veo la mancha de la muerte en ti. Has usado ese objeto, a ese lich. Se ha manifestado a través de ti, ¿verdad?

—Sí. Supongo que todos sabéis lo que ocurrió en Manehattan con el diabolista Manresht, ¿verdad? —todos los presentes asintieron—. Llevo enfrentándome a diabolistas, magos negros y nigromantes toda la vida. Este bicho llegó a mi brújula por pura mala suerte cuando tratamos de destruirlo. Pero me ha ayudado a enfrentarme a cosas contra las que normalmente estaría indefensa. Pero decidí no volver a hacerlo después de que casi... perdiera el control en los Reinos Lobo.

El Maestro de la Guerra clavó su mirada en Aitana.

—Entonces me estás diciendo que has usado a un ser que representa un peligro para todo el mundo en tu beneficio.

—No me toques los… el hocico, Asunrix —respondió la poni, corrigiendo su propio lenguaje—. Habría sido estúpida si no lo hubiera hecho para enfrentarme a seres más poderosos que yo. Te daré la razón en que no pienso volver a usarlo, la última vez me puso en serios aprietos, y todavía busco una forma de acabar con el lich para siempre. No te atrevas a acusarme de ser una nigromante, diabolista o algo por el estilo.

—En ese caso te invito a demostrarlo, maestra arqueóloga.

—¿De qué hablas?

—¿Estás pensando en usar el campo de los druidas, Asunrix? —interrumpió Sinveria.

—Sí —respondió este, y después se dirigió a Aitana—. Existe un gran círculo ritual en Lutnia, maestra arqueóloga. Un círculo que podríamos utilizar para obligar al espíritu que mora en la brújula a regresar al flujo de Gaia. A trascender.

Aitana se incorporó en el taburete, apoyándose en la mesa. Sintió un ligero cambio en la intensidad de los latidos de su corazón, y una sutil sensación nerviosa en la boca del estómago.

—¿Lo dices en serio? ¿Crees que podrías obligar a uno de los liches más poderosos de la historia a... trascender?

—Sí —aseguró él—. Los nigromantes evaden a la muerte aislándose de la corriente espiritual de Gaia. Los druidas podemos romper la burbuja que los mantiene al margen de la naturaleza. Puedo organizarlo para esta misma noche, si quieres.

Aitana estuvo a punto de soltar una carcajada. Tanto de alegría como de incredulidad. ¿Realmente creía ese druida que ella deseaba la magia de Kolnarg, o algo por el estilo?

—¡Genial! Joder, tantos años buscando... debería haber venido antes de Lutnia, no sabía que podíais hacer esto. Supongo que tendrás que hacer preparativos, ¿verdad?

—Así es.

—Vale... Sinveria... quiero decir, Maestra Investigadora, ¿lograsteis traducir el pergamino?

La cierva asintió mientras apuraba su té.

—Puedes llamarme Sinveria, Maestra Arqueóloga. Casi lo hemos traducido; hace poco recibí la clave del Círculo para poder escribir el contra hechizo Todavía tardaré varias horas, pero confío en tenerlo listo para esta noche.

—¡Perfecto! —exclamó la arqueóloga—. Esto está saliendo casi demasiado bien...

—Hope Spell también ha ayudado mucho —añadió la cierva, mirando al aludido con una sonrisa—. Sin su inestimable ayuda habría tardado varios días más en conseguirlo.

—Oh, tampoco he hecho tanto… —respondió el joven, algo azorado.

Aitana calibró sus posibilidades. No iba a perder una oportunidad de destruir de una vez a ese maldito lich, pero le inquietaba que alguien pudiera atacar a Sinveria en su ausencia. Tenía que ordenar prioridades y, siendo franca, podía esperar un poco para acabar con Kolnarg de ser necesario.

—Supongo que tú, Sinveria —dijo, olvidándose del protocolo ciervo—, sabes lo que hay en juego, ¿verdad?

—Solo en parte. Conozco a tu padre, Maestra Arqueóloga, y sé que hay mucho más de lo que parece.

—Creo que debería quedarme hasta que el pergamino ya no esté en tus cascos, para asegurarme que nadie te ataca mientras investigas.

—¿Ataca? ¿Pero de qué estáis hablando? ¡Nadie me dijo que esto pudiera ser peligroso!

Sinveria posó su pata sobre el hombro de Hope.

—Maestro de la Magia, te has visto envuelto en algo que no te incumbía en principio. El pergamino que me has traído está relacionado con eventos más grandes de lo que imaginas, y la mejor manera de protegerte era que no supieras nada al respecto. Lo siento mucho.

El aludido miró a los presentes uno a uno, no sabiendo si sentirse ofendido o agradecido. Quizá un poco de cada.

—Bueno… bien. ¿Podéis explicármelo ahora?

—Es fácil —respondió Aitana—. ¿Has oído hablar del ataque al Imperio de Cristal hace unas semanas? Iban tras ese pergamino que has traído, una amiga mía logró recuperarlo a tiempo.

El unicornio verde se quedó en silencio, mirando al infinito. ¿Había llevado algo encima codiciado por al menos un poderoso diabolista? ¿Por qué le habían enviado a él? Y lo de la otra noche… ¿podría ser que no hubiera sido la bebida ciervo? ¿Y si algo extraño había ocurrido? No podía ser, su propia magia blanca no había detectado nada extraño…

—¿Hope Spell? ¿Sigues con nosotros?

—Sí, sí —respondió a la pregunta cargada de sorna de Aitana—. Es… chocante, pero estoy bien.

Asunrix fue el siguiente en hablar tras unos segundos.

—No será necesario que te quedes a proteger a Sinveria, Maestra Arqueóloga. Como viste, supimos de tu llegada antes de que estuvieras cerca del árbol. Además yo permaneceré con ella mientras realizas el ritual. Tenemos la suerte de que no hay ningún rito druídico planeado para esta noche, si esperas es posible que pierdas esta oportunidad de acabar con la amenaza que portas contigo.

—¿No habéis notado nada extraño los últimos días? ¿Otras presencias oscuras aparte de la de mi brújula?

—No —aseguró Sinveria—. Lancé todos mis hechizos defensivos en el mismo instante que recibí el pergamino de los cascos de Hope Spell. No existe mago negro o nigromante que pueda acercarse a este lugar sin que yo me entere.

La arqueóloga se lo pensó durante unos segundos.

—Supongo que ya tenemos un plan, entonces.

Aitana recogió la brújula; Asunrix partió hacia el Campo de los Druidas para hablar con el Líder de los rituales, y después volvería para proteger a Sinveria. Ahora estaba convencido de que había realmente algo muy grande en juego relacionado con ese pergamino, y no permitiría que nadie dañase a su vieja amiga.


Cerca del puerto de Lutnia el mercado estaba en pleno apogeo. Miembros de todas las razas intercambiaban todo tipo de mercaderías, y algunos osados tentaban a la suerte vendiendo ejemplos de gastronomía extranjera.

Sharp Mind se acercó al puesto de un comerciante lobo y, tras curiosear los suculentos manjares vegetarianos de su desértica nación, se decidió por unos higos chumbos asados. Pagó lo acordado y se alejó para curiosear las artesanías en metal de un grifo. Un guardia ciervo, fuera de servicio, se acercó al mismo puesto y se situó a su lado, aparentemente interesado en los mismos productos.

—La cazadora de demonios ha llegado —informó, sin establecer contacto visual con el unicornio rojo—. Está en compañía de la maestra investigadora. Porta un espíritu malvado con ella.

El semental asintió en silencio, trasteando entre los ornamentos de hierro del grifo. Encontró especialmente bonito un collar con un pequeño e intrincado nudo metálico como colgante.

—¿Debemos... actuar?

—No —respondió—. El objetivo está en cascos de la investigadora, todo lo demás es secundario.

—El lugar muy seguro, lo mantienen vigilado con muchos hechizos. No será fácil acercarse sin ser detectado.

Sharp Mind decidió comprar el collar, dedicando una amable sonrisa al vendedor.

—Ese no es vuestro trabajo. Actuaréis cuándo y como os sea indicado.

El unicornio rojo de crines canosas se giró, alejándose del puesto sin haber mirado ni una sola vez a su interlocutor. Se colgó el collar y degustó uno de los higos chumbos. Eran realmente sabrosos.


NOTA DEL AUTOR:

Sharp Mind es un personaje que me agrada, frío y calculador. Es un gustazo escribir sus escuetas escenas.

Tengo bastante trabajo adelantado, así que espero volver a publicar a lo largo de esta semana. ¡Gracias por leerme!

Volgrand