—Aitana, he leído tu estudio sobre la guerra entre Unicornia y Cebrania. Sinceramente, yo también creí que era una locura hasta que estudiaron tu teoría.
—Ya, tuve que llevarles a un demonologista milenario a la cara para que empezaran a escucharme. Menuda panda de imbéciles.
La arqueóloga y Hope Spell se habían detenido en un pequeño mercado cercano al Bosque de la Sabiduría. El joven unicornio pensó que la yegua estaba curioseando los productos, pero lo cierto es que esta estaba usando todos sus sentidos para intentar localizar cualquier indicio de magia negra, nigromancia, o cualquier cosa que le hiciera sospechar que Dark Art estaba por la zona.
—Bueno, sí, eso fue una estupidez por parte de la comisión del doctorado —reconoció Hope Spell—. Sin embargo lo han arreglado nombrándote doctora en historia y arqueología, ¿no crees?
—¡Que no me llames doctora, demonios!
Hope se detuvo sorprendido ante la respuesta.
—Los doctores son una panda de imbéciles que deciden cuál fue el pasado del mundo sin mover el culo de sus despachos. Yo soy una arqueóloga: yo viajo, descubro pruebas y emito teorías. Acepto que mis descubrimientos pueden destapar verdades incómodas, y que otros pueden demostrar que me equivoco, no como esos cabezas de chorlito que se aferran a falsas verdades.
—Oye... ¿no dijiste en Manehattan que tú eras una cazadora de demonios y no una arqueóloga?
Aitana miró a Hope seriamente durante unos segundos antes de que una ligera carcajada la traicionara.
—Vale, cierto. Digamos que soy arqueóloga en mis ratos libres.
Se detuvieron un rato frente al puesto de un comerciante lobo que vendía armas de todo tipo: lanzas, ballestas, espadas adaptadas a la morfología de distintas razas... Pero viendo la tranquilidad del lugar y la cara de frustración del dueño del puesto, era evidente que vender armas en Lutnia no era una buena idea de negocio. En cuanto vio a Aitana estudiar su mercancía el lobo se afanó en atenderla, presentándole todo aquello que tenía para convertir a un poni en una máquina de matar.
—Pero en serio, Aitana, me cuesta creer que seas una cazadora de demonios. No han habido casos de diabolismo o nigromancia en Equestria por más de trescientos años.
—Ya, convencida estoy —dijo ella con un deje sarcástico.
—Claro, luego están hechos como los de Flower Ville hace cosa de un año. Hay quien lo toma como un asalto demoníaco, pero la verdad es que solo fue que Cerbero se fue de la puerta del Tártaro, y un espíritu del invierno aprovechó la ocasión y cerca estuvo de escapar.*
Aitana rodó los ojos mientras compraba algo. Hope Spell no se había molestado en investigar mucho, contentándose con la versión oficial. Cualquiera que lo hubiera hecho había sabido de cómo los habitantes de Flower Ville habían perdido toda su magia, robada por una unicornio que había sido controlada por el poder de un libro negro. También sabría de la presencia de los lobos invernales luchando contra la misma, y de la desaparición de dicho libro. O al menos, la guardia solar creía que el libro había desaparecido. A veces Aitana se sorprendía por la cantidad de contactos que tenía su padre.
Al menos, la yegua marrón había podido comprobar que Hope Spell seguía en la típica posición Equestriana de creer que todo iba bien. A pesar de que estudiaba magia blanca y que, según le había dicho su padre, era un mago bastante diestro, ni siquiera se había planteado la posibilidad de enfrentarse a un mago negro. No iba a confiar su espalda a un chaval así, Asunrix era un mejor seguro para proteger a Sinveria mientras Aitana trataba de destruir de una maldita vez a Kolnarg.
—Claro que… tras todo lo ocurrido últimamente y lo del pergamino, me estoy planteando que quizá haya algo más oscuro tras esos eventos.
"Mira tú, quizá el chaval valga más de lo que parece a simple vista".
Aún así, no acababa de sentirse segura con la decisión, estaba arriesgando demasiado por hacer el ritual. Pero, pensándolo fríamente, solo cabía la posibilidad de que atacaran a Sinveria, frente al hecho innegable de que no tendría muchas más oportunidades de destruir a Kolnarg. Era posible que el pergamino ciervo no revelara ninguna información de utilidad, y que todo esto solo fuera una pista falsa. Por Celestia, iba a maldecir a muchos dioses si al final todo el viaje había sido en vano.
A su alrededor, los ciervos guardaban silencio mirando a Aitana con miedo. Los dos guardias que la interrogaron antes la seguían de cerca, vigilando sus movimientos. El único que no parecía darse cuenta de este hecho era el comerciante lobo que esperaba impaciente realizar su primera venta del día.
—Señorita poni, tiene usted pinta de luchadora. Permítame ofrecerle algo especial.
El lobo buscó en las cajas bajo su puesto y dejó dos objetos metálicos frente a Aitana, la cual los observó con una grata sorpresa.
—¿Eso son unos cascos armados de los ponis bárbaros de las montañas de Kukalamaro? ¿Cómo los has conseguido?
—¡Por supuesto señorita, artesanía original de los ponis salvajes! Comprenderá que una pieza así no es barata, pero podría hacerle a usted un descuento.
Aitana metió el hocico en un bolsillo de sus alforjas y sacó un objeto que lanzó al aire. Hábilmente lo atrapó con el ojo izquierdo, mostrando a todos que era una lente de joyero, y estudió las armas de cerca. A los pocos segundos alzó la cabeza y una ofendida ceja.
—¿Artesanía bárbara hecha con acero lobo? Amigo, ¿me ves cara de gültar meg?
—Este... bien, es cierto —asintió el lobo, aceptando el insulto que la yegua le había dedicado en su idioma natal—. Es usted buena, señorita. Evidentemente es una réplica, pero totalmente funcional, un arma mortal en pezuñas del poni indicado.
—Cascos. Los ponis tenemos cascos, no pezuñas. ¿Cuál es tu precio?
Tras varios minutos de regateo, Aitana y el tendero lobo alcanzaron un acuerdo. Lo que es más, el propio tendero llamó a un compañero suyo, herrero, para que ajustara las piezas a la anatomía de Aitana.
Satisfecha con la compra, la yegua marrón colgó las nuevas armas sobre su grupa y se dirigió de vuelta al bosque de la sabiduría, puesto que ya estaba atardeciendo. Hope observó durante unos segundos una ballesta del puesto de armas, pero finalmente negó con la cabeza y siguió a la arqueóloga de vuelta a casa de Sinveria. Sin duda, todo aquello lo estaba volviendo más paranoico de lo saludable, además, ¿para qué iba él a necesitar una ballesta?
Dos horas después de su retorno a casa de Sinveria, alguien llamó a la puerta. No hizo falta que nadie abriera para que supieran de qué se trataba.
—Maestra Arqueóloga, han venido a buscarte —anunció Asunrix—. El círculo está preparado.
—Pienso que debería quedarme, por si acaso. No me fío de que nadie venga a por ti, Sinveria.
La investigadora sonrió, negando con la cabeza y acercándose a Asunrix. El guerrero druida estaba equipado con su armadura, a la cual había asida una lanza corta con un arnés similar al que usan los guardias reales de Equestria.
—No debes preocuparte, maestra arqueóloga. Tenemos toda la zona vigilada y Asunrix permanecerá conmigo. Además tengo muchas vías para huir si algo sale mal. Acaba con ese espíritu de la muerte, es lo que debes hacer, quizá no tengas otra oportunidad como esta.
Aitana miró a los dos ciervos y a Hope. No le hacía gracia, pero no podía estar en dos lugares a la vez, y desde luego no quería desaprovechar una oportunidad caída del cielo para acabar con Kolnarg.
—De acuerdo. Permaneced atentos.
—Aitana, ¿qué quieres que haga yo?
La aludida miró a Hope Spell. Un chaval recién salido de las protectoras alas de Celestia, que estudiaba magia blanca por "amor al arte", que no esperaba ver en su vida cualquier cosa que pudiera combatir con su magia, y que ni siquiera sabía pelear... "¿Y este de qué me va a servir?".
—Y yo qué sé. Quédate por aquí, o vete a tomar una copa o algo.
—¿No quieres ayuda? Quizá podría...
—Mira chaval, esto es mucho más que tus prácticas como estudiante, ¿vale? Has hecho tu trabajo traduciendo el pergamino muy bien, se lo haré saber a tus profesores. Pero ahora no molestes.
El rostro del unicornio verde se crispó ligeramente por el enfado, pero no dijo nada. En su lugar, recogió sus alforjas y abandonó el lugar en silencio.
—¿Por qué le faltas al respeto así? Hope Spell desea ayudar, maestra arqueóloga.
—Los tres sabemos que podría haber problemas. Prefiero no tener por en medio a un poni incapaz de defenderse a si mismo.
—Creo que el Maestro de la magia tiene potencial —expuso Asunrix.
—Cuando lo demuestre lo consideraré. Me voy al ritual, volveré en cuanto pueda. Tened cuidado.
Aitana abandonó el edificio, siguiendo un druida del círculo y siendo escoltada por dos guardias. Asunrix y Sinveria se quedaron a solas.
—Espero que logre devolver a ese espíritu a la corriente de Gaia.
—Sí —respondió la joven investigadora—. Pero es cierto que estamos arriesgando al separarnos. Permanezcamos atentos a cualquier hecho sospechoso. ¿Deberías ir a buscar al Maestro de la Magia?
—Lamentablemente, Sinveria, voy a compartir los miedos de Aitana Pones. Prefiero permanecer contigo en todo momento. Con toda probabilidad volverá a mi casa.
—Estoy convencida de que Hope Spell no tardará en demostrar la falta de percepción de la Maestra Arqueóloga.
Asunrix se asomó al balcón, vigilando la gran explanada que formaba el Bosque de la Sabiduría. Sinveria se sentó en su escritorio, sacó el pergamino con la respuesta de los maestros druidas y, usando la clave en él escrita, empezó a redactar el contraconjuro que le permitiría descifrar de una vez el ancestral pergamino.
Mientras tanto, Hope Spell entró en una taberna Ciervo y se sirvió una especie de sidra de salvia dulce, maldiciendo para sí mismo. ¿Quién se creía que era esa yegua? Había valido la pena investigar junto a Sinveria, eso sí, pero ahora sabía que toda esta experiencia no iba a aportarle nada más en la universidad que unas palmaditas en la espalda y un "gracias".
Se sentó en un taburete, sintiéndose estúpido por haberse planteado el gastar dinero en una ballesta. ¿Quién demonios iba a suponer una amenaza en un sitio tan pacífico como Lutnia salvo Aitana en persona? Bebió un largo trago de sidra y se quedó mirando al infinito con cara de frustración. Le habría encantado acudir al ritual, pero salvo los ciervos nadie podía acceder al círculo druídico, excepto si era invitado expresamente. Y Aitana había dejado bien claro que no lo quería cerca.
Al menos, en un par de días, saldría un nuevo barco hacia Equestria. Como mínimo intentaría mantener el contacto con la maestra investigadora Sinveria, era una ciervo encantadora. Y todo un ejemplo a seguir en materia de investigación mágica.
Al cabo de diez minutos Aitana llegó al círculo ritual. Estaba formado por una hilera circular de piedras de casi siete metros de diámetro, en cuyo centro se alzaba una piedra de corte radial. Aunque la arqueóloga no sabía demasiado de la magia de los druidas, logró reconocer algunos de los símbolos de las piedras exteriores: invocaciones al espíritu de Gaia, plegarias a los ancestros, fórmulas para hablar con los elementales... Había una docena de ciervos en la zona, cada uno ocupando un lugar definido en el ritual, y todos ellos vestidos con túnicas de colores pardos. Uno de ellos, un anciano de pelaje gris, se acercó a Aitana.
—Sé bienvenida, Maestra Arqueóloga. El Maestro de la Guerra Asunrix nos ha explicado tu problema y por qué portas a un ser peligroso contigo, vamos a ayudarte a devolverlo a la corriente de Gaia.
—Genial, ¿qué tengo que hacer? —Aitana estaba algo nerviosa, tenía que reconocerlo. Todavía le costaba creer que fuera a acabar con Kolnarg de una maldita vez.
—Paciencia, joven. Debes saber que el espíritu que portas contigo habrá establecido una conexión con tu propia alma. Cuando empiece el ritual se manifestará y, probablemente, hablará contigo. Debes estar preparada para sus manipulaciones, ya que esas serán las únicas armas que podrá usar para defenderse.
—Gracias por preocuparte, este... ¿Maestro druida? Pero no es necesario, tengo mucha más resistencia mental de la que imaginas.
—Rezo porque los hechos demuestren estar a la altura de tus palabras. Y la forma correcta de dirigirse a mi es "Maestro de los Espíritus".
El ciervo hizo un gesto a sus compañeros, los cuales tocaron las piedras del círculo con el casco derecho y empezaron a entonar un cántico en voz baja.
—Coloca el recipiente del espíritu en la piedra central y regresa aquí.
Aitana hizo lo que le dijeron y volvió al exterior del círculo. Dirigidos por el líder de los druidas, los ciervos elevaron su canto. La magia se hizo tan poderosa que Aitana juraría que podía paladearla en el aire, y las piedras del círculo se iluminaron, detallando con su luz una serie de pictogramas ciervo que antes no se habían dejado ver. El viento creció en torno al ritual al mismo ritmo que la voz de los druidas.
Entonces llegó la sensación opuesta a lo que era la magia druídica: una premonición de terror, muerte y oscuridad. Las sombras tomaron el centro del círculo y, poco a poco, se congregaron en una compacta nube. Esta adquirió la forma de un poni y, a medida que el ritual avanzaba, se distinguieron algunos colores. Naranja oscurecido en su pelaje, no se podían ver sus crines, pero las sombras rezumaban alrededor de la criatura, dando la impresión de que estaba formada completamente por humo solidificado. Kolnarg, forzado a manifestarse en el mundo de los vivos sin un cuerpo físico, abrió sus ojos verdes que brillaban como dagas envenenadas. Miró alrededor, dejando una estela de fantasmagórico humo con el movimiento, se alzó sobre sus patas traseras y golpeó el suelo. A pesar de que era una forma espiritual y, por tanto, no hacía ruido alguno con sus golpes, una onda expansiva surgió del impacto, deteniéndose con fuerza en el linde del círculo ritual.
Kolnarg recorrió su mirada por todos los presentes hasta detenerla sobre Aitana Pones. Ella no pudo verla, pero sintió la sonrisa del lich en su mente. El cuerno intangible de este brilló con un enfermizo tono verdoso... y la temperatura del aire cayó en picado. Una sombra recorrió la zona en el exterior del muro: negra, semitransparente, sin rostro y con afiladas garras negras. Voló a toda velocidad hasta detenerse sobre uno de los druidas. Los guardias presentes asieron sus armas, de hecho Aitana iba a hacer lo mismo... cuando aparecieron más criaturas.
Uno a uno, los espectros fueron formándose de la nada y rodeando el círculo de invocación, formando en silencio sobre todos los mortales presentes. Aitana los fue contando, calculando con cuántos podía acabar con las piedras mágicas que llevaba encima... pero perdió la cuenta. Debía haber casi un centenar de seres espectrales.
Fue entonces cuando Kolnarg habló, aunque solo Aitana pudo oírlo.
—¿Realmente vas a matarme, Dawn Hope?
La yegua marrón se quedó de piedra al escuchar esas palabras.
—¡¿Cómo puedes tú saber ese nombre?!
—He hablado con tu espíritu, cazadora de demonios —explicó Kolnarg, su voz acariciando lascivamente la mente de Aitana.
—Tanto da, ¡hoy vas a morir para siempre, Kolnarg!
—Oh... ¿eso piensas?
Los guardias habían invocado a los elementales del bosque para tratar de frenar a los espectros, pero estos últimos rodearon a los verdes espíritus de la naturaleza con facilidad y se lanzaron contra los druidas que realizaban el ritual. En menos de un segundo, las afiladas y ectoplásmicas garras de los espectros se posaron sobre la garganta de los druidas, listos para degollarlos.
—¡Eres imbécil, Kolnarg! —gritó Aitana—. Estás en el centro de una vorágine mágica, ¡si rompes el ritual así, tu alma desaparecerá para siempre!
—Y si ellos me obligan a morir, todos mis espectros serán libres para alimentarse con las almas de los ciervos de esta ciudad.
Aitana intentó calcular un nuevo plan. Los espectros aguardaban las órdenes de su maestro, y los druidas estaban paralizados por el terror de verse incapaces de defenderse. ¿Cómo podía Kolnarg mantener esclavizados a tantos seres cuando él mismo estaba atrapado? Si esto era solo una fracción del poder que una vez tuvo, la arqueóloga no quería imaginar qué podía ocurrir si se liberaba.
—Tú ganas. Libera a los druidas y pararemos el ritual sin matarte.
—No, Dawn Hope, todavía no. Tengo muchas cosas que decirte, a ti que te atreviste a esclavizarme y engañarme. Soy consciente por primera vez en una década y quiero... disfrutarlo.
La poni no dijo nada, esperando que Kolnarg dijera lo que tenía que decir. Sintió una vez más la cruel sonrisa del lich en su mente.
—¿Quieres saber cómo murió tu madre... realmente?
—No te atrevas a mentarla, hijo de puta —respondió Aitana—. Mi madre murió luchando contra un demonio, no creeré tus mentiras.
—¿Mentiras? —el lich rió—. ¿Te he dicho ya que he estado dentro de la mente de tu padre?
Aitana gruñó al sentir algo aferrarse a su mente: la voluntad de Kolnarg intentando forzarla a ver y experimentar unos recuerdos ajenos. La primera imagen que se deslizó en su consciencia fue una explosión de la que surgió una malherida pegaso azul marino de crines lilas.
Y, de alguna manera, la yegua marrón supo que lo que estaba viendo no era más que el principio de la muerte de su madre.
NOTA DEL AUTOR: En este capítulo hay una referencia a un fanfiction de Unade, que forma parte de la trilogía Hermanas de la tormenta.
Los peligros de la civilización.*
La maldición de Mountain Peak.
Hermanas de la tormenta
Como habréis imaginado, no es casualidad mencionarlos. "La guerra en las sombras" es la historia principal del universo formado por "La Maldición de Batpony", "Cuéntame tu historia", y "Hermanas de la Tormenta". Voy a escribir esto de forma que NO necesitéis leer esas historias, pero si queréis saber más sobre distintas razas o partes del mundo, quizá os interese :)
Este es un capítulo corto, pero tranquilos lo compensaré en el siguiente. Si os ha agradado, ¡compartidlo!
