En el bosque de la sabiduría, Sinveria se desperezó cuando acabó de redactar el contraconjuro. Era un proceso laborioso que requería un gran esfuerzo mental y mágico, pero ya solo quedaba lo más fácil. Que no lo más rápido, cabía decir.

—Asunrix —dijo ella en su idioma natal, su amigo la miró—. Voy a hacer el hechizo, estaré en trance durante unos quince minutos. Si ocurre algo grita y despertaré.

—Sé cómo funciona un trance, amiga mía —bromeó él—. Puede que no sea un maestro investigador, pero también soy druida.

—Es cierto, perdóname —se disculpó ella, sonriendo—. Es que estoy preocupada, no es común que el profesor Pones me pida ayuda.

Asunrix cerró los ojos y alzó la cabeza, emitiendo varios silbidos en distintas tonalidades. A través de las ventanas se pudo ver una bandada de murciélagos que rodeó el lugar, volando en círculos para vigilar. Golpeó dos veces el suelo con una pezuña, y el árbol que servía de hogar a Sinveria respondió con un grave ronroneo que se prolongó durante varios segundos. Ambos ciervos escucharon atentamente el mensaje que les transmitió.

—Solo hay ciervos en el Bosque de la Sabiduría —explicó el Maestro de la Guerra—, salvo un lobo que está usando el observatorio del sur. Todos son los moradores de estos árboles, no hay ningún extraño. Me mantendré vigilante por ti, Sinveria.

—Gracias, Asunrix, soy afortunada de tenerte a mi lado —dijo ella sinceramente—. Sin embargo estoy sorprendida por tu voluntad de ayudarme cuando en principio eras reacio a que entregara el pergamino a los ponis.

Asunrix caminó de una ventana a otra, manteniendo una mirada atenta al exterior.

—Confío en ti, Sinveria, y quería redimir la falta de respeto que tuve hace unos días. Además, si resulta que tienes razón y eres atacada, jamás me perdonaría el no estar aquí para protegerte.

La joven ciervo observó a su amigo, el cual se había quedado dubitativo a punto de añadir algo más.

—Me he planteado... abandonar. Dejar a los maestros de la guerra. Volver a ser un artesano.

—¿Cómo? —preguntó ella, sorprendida—. ¿Dejarías a los maestros? ¿Dejarías atrás tus obligaciones?

—Y también mis restricciones.

Sinveria se quedó con la boca abierta entendiendo perfectamente a qué se refería Asunrix. Cuando un druida tomaba el camino de la guerra, este juraba abandonar todo deseo de formar familia o encontrar pareja, con el objetivo de minimizar sus debilidades y que fuese capaz de luchar hasta la muerte sin nada que lo atara al mundo. Si Asunrix abandonaba, también abandonaría ese juramento... y sería libre de nuevo. La ciervo se acercó unos pasos a él.

—Ha pasado mucho tiempo, Asunrix. Más de una década.

—Lo sé, no te quiero pedir nada.

—Recuerdo cuando quisiste ser un Maestro de la Guerra. Dijiste que si los ciervos no protegían su nación, esta acabaría cayendo, que tenías que asegurarte de que aquellos que amabas estuvieran a salvo.

—Y lo he hecho durante quince años, es hora de dejar paso a nuevos druidas. Podré entrenarlos y servir de consejero, pero nada más. Quiero asentarme, Sinveria.

Ella miró directamente a los ojos de su amigo -o, al menos, al que consideró como tal desde que tomó la senda de la guerra.

—¿Es por una hembra, Asunrix? Dímelo.

—Sí. Siempre ha sido por una única hembra, y siempre lo será.

Eso fue todo lo que Sinveria necesitó para dar el paso que había deseado durante media vida: se alzó ligeramente sobre las patas traseras para llegar a la altura de Asunrix y le dio un rápido beso en los labios. Este no se retiró y, al poco, la acompañó durante unos pocos segundos.

—Acabemos con esto, Asunrix —dijo ella con una sonrisa de felicidad—. Vigila mientras ejecuto el contrahechizo.

—Yo te protejo. Siempre lo haré.

Sinveria desplegó el pergamino ancestral en la mesa y, a su lado, el hechizo que había redactado. Empezó a murmurar algo en el antiguo idioma de los druidas y su cuerpo se iluminó con un aura verde a medida que Gaia respondía a sus plegarias.

Asunrix, mientras tanto, se mantuvo vigilante ante cualquier peligro; ahora que sabía que Sinveria todavía le correspondía, jamás permitiría que nadie la dañase. Sintió una ligera sensación de terror proveniente del círculo de los druidas: La maestra arqueóloga estaba realizando el ritual para devolver el espíritu a la corriente de Gaia.

Fue entonces cuando notó que algo iba mal: era un grito repetido por Gaia, un grito de ayuda de los guerreros druida. Algo iba mal en el círculo. Asunrix miró atrás, debatiéndose entre sus obligaciones y sus sentimientos, y no tardó en decidirse por estos últimos. No iba a dejar a Sinveria sola e indefensa.


Midnight Shield, proyectada por la explosión, recorrió varios metros, inconsciente y ensangrentada, dando vueltas sin control en el aire entre los edificios de un pequeño poblado poni. Royal galopó hacia ella mientras concentraba su magia, pero un enorme demonio de la destrucción se interpuso en su camino. El unicornio liberó su energía y una multitud de rayos azules cubiertos de hebras rojas atravesaron al ser infernal de parte a parte. Incluso antes de que este cayera, Royal Destiny se deslizó entre las patas de la monstruosidad para correr en ayuda de su...

—¡NO! —gritó Aitana, alejando su mente de esos recuerdos ajenos y volviendo al mundo real—. ¡No te atrevas a usarla contra mi!

Uno de los guardias ciervo partió en busca de refuerzos, mientras que el otro trataba inútilmente de azuzar a los elementales del bosque contra los espectros. Pero estos repelían a los pacíficos espíritus, o los evitaban sin mayor complicación. Los druidas seguían inmovilizados, sus vidas descansando sobre las afiladas dagas negras que eran las garras de los esclavos nigrománticos.

Aitana podía sentir el frío regocijo de Kolnarg aprovechando esa oportunidad para torturar a su captora. Los recuerdos pugnaban por adentrarse en la mente de la yegua, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo. Incluso con su fuerza de voluntad, el lich, ahora libre de sus ataduras espirituales, no tenía que esforzarse mucho para vencer las defensas mentales de la arqueóloga. Se regocijó, lanzando recuerdos de forma desordenada a la mente de Aitana, dejando que ella fuera construyendo los hechos poco a poco antes de dar el golpe de gracia.

Sintió dolor, estaba en el suelo y no podía moverse. Sentía el agotamiento de haber usado su magia más allá de sus capacidades y lloraba sobre un cadáver. Una gran criatura de plumas marrones y doradas se posó frente a él. "Gilderald... Dawn Hope...". Pero antes de que acabara la frase, el enorme grifo dijo: "La protegeré con mi vida, compañero".

Una vez más, Aitana logró volver en sí cuando sintió una perturbación en la magia. Un druida había tratado de seguir el ritual, y el espectro tras él lo había degollado limpiamente. El ciervo trataba de taparse la garganta con las pezuñas luchando por respirar, y la magia del círculo se resintió, mas el ritual no se había roto todavía. Y a todos les quedó claro que una amenaza de Kolnarg jamás era en vano.


En una taberna cercana al Bosque de la Sabiduría, Hope Spell apuró su sidra con parsimonia y se sirvió otra, esperando pasar la noche más o menos entretenido. La verdad es que no había sabido cómo acercarse a los ciervos que había ahí. Parecían... distantes, a su manera. Una cultura muy diferente a la Equestre.

En el fondo, tampoco estaba de humor para intentarlo.

Se volvió a sentar en una gran mesa, en la cual había un grupo de ciervos muy jóvenes charlando animadamente entre sí. Hope fue a una esquina de la misma, sin desear realmente juntarse con nadie, estaba demasiado frustrado para disfrutarlo. Súbitamente alguien se sentó a su lado: un unicornio de pelaje rojo oscuro y crines canosas. El recién llegado dejó su propia jarra de sidra en la mesa y, sin presentarse, preguntó:

—¿Dónde está Aitana Pones?

Hope Spell se quedó inmóvil, mirando fijamente a la pared del fondo sin siquiera parpadear. El cuerno de Sharp Mind brillaba ligeramente con un aura púrpura.


Corría, corría con todas sus fuerzas a través de unos túneles de los que sobresalían las raíces de los árboles de la superficie. Podía sentir la ira, el miedo y el odio tomar cada fibra de su ser. Varios ponis se interpusieron en su camino, pero entre él y su compañero grifo dieron rápida cuenta de ellos. Giró una esquina, adentrándose en una sala donde fueron recibidos por una lluvia de flechas y proyectiles mágicos, pero el escudo de Royal Destiny la desvió. Liberando su magia con rabia y desesperación creó una lluvia de rayos que, como si tuvieran voluntad propia, derribaron a la mayoría de enemigos. Gilderald se lanzó al combate y, al poco, solo un poni quedó en pie. Royal corrió hacia el mismo, lo hizo levitar con su magia y lo estrelló contra el suelo, poniendo después ambos cascos sobre el ensangrentado cultista.

¡¿DÓNDE ESTÁ?!

Aitana maldijo para sí misma, dándose cuenta de lo que estaba haciendo Kolnarg. Si esos eran realmente los recuerdos de su padre, le había mentido: siempre le dijo que su madre, Midnight Shield, había caído en combate, jamás le dijo que hubiera partido en su búsqueda. La yegua trató de resistir los nuevos recuerdos, no podía permitir que Kolnarg sembrara la discordia entre ella y su padre. Podía arreglarlo, podía preguntarle después, pero no iba a dudar de sus intenciones. Jamás.

—¡Me da igual lo que me enseñes, Kolnarg! Incluso aunque sea cierto, ¡jamás me separaré de mi padre!

¿Y quién pretende separarte, Dawn Hope? Solo estoy... disfrutando...

Se escuchó el galopar de varios ciervos acercándose al círculo. La presencia de Gaia se hizo más fuerte, superando a la sensación de terror que arrastraba consigo el fantasmal nigromante. Kolnarg bajó ligeramente la cabeza, como si diera por concluida su venganza.

Parece que llegan los druidas, cazadora de demonios. Recuerda que si me obligan a morir todos mis espectros serán libres. No se han alimentado en siglos.

—Encontraré otra manera de matarte, hijo de puta.

Hasta entonces... solo recuerda...

Aitana se volvió a perder en un recuerdo ajeno.

Royal Destiny vio venir hacia él una llamarada imposible que abarcaba todo el área de una inmensa estancia; la magia acudió a su cuerno, condensándose durante un segundo antes de proyectar una poderosa barrera delante suyo, desviando el fuego violentamente en todas direcciones. Manteniendo la defensa, conjuró varias saetas de energía que, trazando amplias parábolas, convergieron en un punto concreto. El fuego desapareció rápidamente y, frente a él, apareció un unicornio de pelaje negro azabache y ojos antinaturalmente rojos. A varios metros de distancia, Gilderald se estaba enfrentando a dos grandes demonios, combinando la magia con un hábil combate cuerpo a cuerpo.

Deberías darte prisa, Arqueólogo —dijo el demonologista con sorna—. Quién sabe, quizá todavía esté con vida...

La ira invadió a Royal, pero su magia empezaba a agotarse. Cargó contra su enemigo, desenvainando con la levitación una espada y lanzó una rápida estocada, pero el unicornio negro formó un sólido filo de sombras que usó para desviar el ataque. Chocaron sus metales varias veces antes de separarse en un empate técnico.

O quizá no lo esté... pero siempre me quedará tu hija para seguir divirtiéndome. ¿Dawn Hope, que está en las afueras de Trottingham?

La magia rodeó a Royal Destiny, fruto de la pura rabia y del instinto de proteger a su hija, haciendo que sus crines se sacudieran con furia.

¡Esta es tu última noche, Hellfire! ¡Te haré sufrir, hijo de puta!

Aitana volvió en si durante un instante para ver cómo toda una unidad de guerreros druida, dirigidos por un Maestro de la Guerra, llegaban al círculo. Al instante, los espectros liberaron a los ciervos que dirigían el ritual y se quedaron flotando, a la espera. Kolnarg aguardó sin hacer nada.

—¡Cancelad el ritual! —gritó la yegua—. Si lo acabáis, todos los espectros se liberarán y habrá una masacre. ¡Paradlo!

—¡Haced lo que dice! —gritó el Maestro de la Guerra, al tiempo que otro guerrero se afanaba en ayudar al ciervo moribundo—. Detened el ritual, invocad al espíritu de Gaia, hermanos.

Cientos de espíritus de la naturaleza aparecieron alrededor del círculo; los druidas del mismo entonaron un cántico, y la magia del mismo empezó a desvanecerse poco a poco. La silueta de Kolnarg se empezó a difuminar en el aire. Aitana sintió, una vez más, la voz del lich en su cabeza.

Un último regalo, arqueóloga.

En poco menos de un minuto la magia murió completamente, las piedras alrededor del círculo perdieron su luz y las sombras del centro del mismo se dispersaron como una inofensiva niebla. Los espectros que aún quedaban desaparecieron de la misma forma que habían llegado, y el aire recuperó su calidez natural.

Alguien arrastró al druida herido por el espectro que, milagrosamente, había sobrevivido. El anciano ciervo que recibió a Aitana para el ritual se acercó a los guerreros murmurando "jamás había visto nada igual"; otro druida se acercó a la poni.

—¿Estás bien, maestra arqueóloga?

Aitana se había quedado inmóvil, incapaz incluso de parpadear, viendo una imagen que solo estaba en su cabeza. No hubo lágrimas ni ningún grito pero, sin previo aviso, se giró y galopó unos pocos metros para, finalmente, vaciar ruidosamente todo el contenido de su estómago. Un miembro del círculo se acercó para intentar confortarla, aún sin saber qué es lo que le estaba ocurriendo.


—Desconozco dónde está Aitana Pones —respondió Hope Spell con voz monótona—. Marchó sin decir a dónde.

—¿No dio ninguna pista? ¿Algún comentario de sus intenciones?

—No. Ya tiene el pergamino, dijo que no tenía nada más que hacer en Lutnia.

Sharp Mind observó a Hope en silencio, el cual seguía mirando el infinito sin parpadear. Recogió su jarra, bebió un trago y volvió a dejarla en su sitio, emitiendo una grave y silenciosa risa entre dientes.

—Eres bueno, Hope Spell. Por un momento me lo he creído.

Hope se permitió respirar normalmente al saber que su engaño no había funcionado, sintiendo todavía el temblor nervioso que le había provocado la magia negra. Jamás la había sentido antes, pero era exactamente como definían los libros: una sensación de opresión, como una premonición de muerte seguida de un sentimiento de paz absoluta. Milagrosamente, el hechizo que se lanzó la noche que regresó sin saber cómo a casa había durado hasta entonces, desviando el hechizo del mago negro y evitando que cayera presa de la voluntad de este. Observó a su atacante: pelaje rojo oscuro, crines canosas, de edad avanzada, y empezó a recordar: "Vaya, qué sorpresa encontrar a un congénere".

—¿Cómo lo has hecho, joven? Sé que estudias magia blanca, pero has logrado rechazar mis hechizos. Es toda una proeza.

—Cometiste un error... ¿Sharp Mind era tu nombre? Supongo que te excediste con el hechizo desmemorizante, me desperté en mi casa sin recordar nada.

—Y te preparaste por si volvías a ser atacado. Eres inteligente, muchacho, no entiendo cómo Aitana Pones puede permitirse despreciar tu ayuda.

Hope asintió en silencio, luchando por no dejarse llevar por el pánico, ya que solo las palabras podían sacarle de esa situación. Si había vencido su magia había sido más producto de la sorpresa que de la habilidad, no tenía ninguna posibilidad en un combate directo contra él. ¡Jamás había combatido contra nadie!

—Yo podría cambiar eso, Hope Spell —murmuró Sharp Mind—. La Hermandad de la Sombra acogería a alguien con tu potencial, te ayudaría a desarrollarlo.

—¿Cuál es vuestro objetivo? —preguntó él, intentando sonar interesado.

—Oh, eso no te lo puedo decir. Veo en ti el ansia de proteger al débil, de aprender, de superarte a ti mismo. Te puedo ofrecer todo eso y más: los tuyos siempre serán protegidos, aprenderás cosas que en ninguna academia del mundo podrás conocer, y te enfrentarás a retos que jamás imaginaste.

Hope Spell tomó su jarra y bebió un largo trago, al tiempo que observaba sus alrededores por el rabillo de los ojos. Había cerca de treinta ciervos, mayoritariamente jóvenes y adolescentes, y no pudo ver ningún guardia. Sharp Mind bebió de su propia jarra, aguardando una respuesta del unicornio verde.


Sinveria terminó de recitar el hechizo, quedando varios minutos en un profundo trance tras hacerlo a medida que Gaia canalizaba su energía a través de la druida. Finalmente empezó a despertar, abriendo los ojos poco a poco al mundo real.

El ancestral pergamino frente a ella brillaba con una cálida aura verde, levitando a pocos centímetros de la mesa. Se acercó, ansiosa por comprobar que había funcionado, viendo cómo los milenarios pictogramas cambiaban ante sus ojos. Poco a poco las palabras adquirieron sentido y las frases coherencia. El hechizo se apagó y Sinveria leyó, finalmente, el mensaje desencriptado. Sus ojos se abrieron de par en par, y tuvo que releerlo varias veces para cerciorarse de que no se equivocaba.

—Por toda la bondad de Gaia... Asunrix, tenemos que informar a Aitana Pones inmediatamente. Si esto es cierto, la verdadera historia de Weischtmann no debe descubrirse...

El gran guerrero ciervo seguía inmóvil, mirando a través de la ventana. Sinveria volvió a llamarlo, pero este tardó unos segundos en girarse. Tenía la mirada perdida, fija en el infinito.

—Asunrix, ¿qué ocurre?

El aludido cerró los ojos, y Sinveria sintió una atenazante opresión en el estómago, un aviso de Gaia, y se alejó del ciervo que amaba. Una nube lila surgió de debajo de los párpados del Maestro de la Guerra y, cuando los abrió, la esclerótica de sus ojos se había vuelto completamente verde.

Entonces el árbol gritó en un idioma que solo los druidas entendían.


—No —dijo Hope Spell—. "Los míos" son todos aquellos que necesiten ayuda, Sharp Mind. No me uniré a tu hermandad.

—Vaya, qué lástima —respondió el unicornio rojo, bebiendo otro trago con una expresión relajada que no correspondía en absoluto con el estado de nervios de su interlocutor—. ¿Entonces qué va a ser, mago blanco? ¿Vas a matarme?

Hope levitó su jarra, que seguía casi llena y bebió un pequeño trago. No pudo evitar que el miedo que sentía se dejara ver a través del temblor de su campo de levitación.

—Dudo ser un rival para ti, y además podrías usar tu magia para obligar a inocentes a atacarme. Pero tú tampoco me vas a matar.

—¿Y eso por qué, si se puede saber?

—Porque tu hermandad es débil.

El silencio que siguió hizo que una pequeña chispa de realización estallara en la mente de Hope. Había dado en el clavo.

—Actuáis con cautela, no os dejáis ver. No puedes permitir descubrirte combatiendo donde hay tantos testigos, ¿me equivoco? Creo que sois pocos, probablemente solo un puñado de vosotros sois realmente poderosos. El resto serán... solo secuaces, zelotes dispuestos a dar sus vidas por la causa, que no saben nada de trascendencia. Mandarás a uno de ellos a por mi, si es que me quieres muerto.

Sharp Mind no respondió, simplemente sonrió y apuró su bebida para después levantarse. Hope observó que el cuerno del anciano había vuelto a brillar durante un instante, pero no pudo concretar qué había hecho exactamente.

—Realmente prometedor, Hope Spell. En otra ocasión me encantaría tener un duelo de intelectos contigo, pero me temo que no me lo puedo permitir.

El unicornio rojo se acercó a Hope y le susurró en la oreja:

—Vigila tu espalda, mago blanco.


Sinveria, con el pergamino en la boca, galopó hacia la ventana más cercana, pero Asunrix, dominado, se interpuso en su camino enarbolando la lanza. Los cuernos del guerrero brillaron, a punto de lanzar un ataque, cuando la puerta de la entrada se abrió. Dos zorros saltaron sobre Asunrix, mordiéndolo en el cuello y una pata.

Sinveria trató de rodear el combate para escapar, sabiendo que no tenía ninguna posibilidad contra él. El Maestro de la Guerra se libró de los dos cánidos con rápidos y calculados movimientos, y golpeó el suelo con las pezuñas. Un enorme virote de madera surgió del mismo y fue arrojado contra la joven hembra.


Sharp Mind, andando sin prisa, salió de la taberna, y Hope Spell respiró varias veces tratando de controlar la adrenalina en su cuerpo. Santa Celestia, ¡había magos negros en Lutnia e iban tras Aitana! Estaban en peligro, ¡todos lo estaban! Tenía que avisarla. Se levantó rápidamente, dispuesto a galopar hasta el círculo de los druidas, pero se detuvo un instante mientras su mente procesaba toda la información de la que disponía:

Sharp Mind sabía del pergamino, ya que no había preguntado al respecto cuando lo mencionó. Conocía a Aitana, y sabía que no estaba con Sinveria, aunque desconocía dónde se encontraba exactamente. Quizá buscaba matarla, pero si esto era así, ¿por qué no la habían seguido cuando abandonó la casa de Sinveria? La arqueóloga llamaba la atención en Lutnia, era fácil seguirle la pista. La hermandad debía tener poca gente en la ciudad, y probablemente perseguían otro objetivo

Además, Sharp le había dominado a él y, aunque no lo recordaba, imaginaba que le había preguntado por su trabajo ahí; sabía que había traído el pergamino ciervo milenario para descifrarlo. Entonces tenía que estar vigilándolo, pero sin arriesgarse. Pensó en las únicas personas que estaban envueltas en la investigación, y fue entonces cuando todas las piezas del plan del mago negro encajaron como un puzzle en la mente de Hope Spell.

—Mierda, ¡Sinveria!

Sin pensar en su propia seguridad, ignorando la amenaza de Sharp Mind de vigilar su espalda, Hope Spell salió a la calle y se dirigió al Bosque de la Sabiduría tan rápido como pudo, combinando un veloz galope con varios teletransportes sucesivos. En menos de un minuto se adentró en el mismo, y en seguida notó que los animales estaban alterados, aullando, ululando y rugiendo señales de alarma y socorro. Sin dudarlo, Hope conjuró su magia para teletransportarse directamente en la casa de Sinveria.

Lo primero que vio fue sangre.


Aitana respiró ruidosamente, luchando por calmarse y alejar esa imagen de su mente. No era cierto, no podía serlo. Todo era una mentira creada por Kolnarg, probablemente vio en la mente del profesor Pones a su madre, en los meses que él portó la brújula, y había creado unos recuerdos falsos para torturarla. Tenía que ser eso, lo que le había mostrado no era posible, ¡sencillamente no lo era!

—Maestra Arqueóloga, ¿te encuentras bien?

—No, joder, no... Joder... ¿Cómo puede ser tan poderoso, joder?

—Creo que tendrás que dar explicaciones, poni —interrumpió uno de los guerreros.

—Maestro de la Guerra Solnes, no hay explicaciones que dar —respondió el anciano líder de los druidas del círculo—. El espíritu que hemos intentado devolver a la corriente de Gaia es extremadamente poderoso, la Maestra Arqueóloga ha hecho lo posible por salvarnos cuando salió mal.

Los dos ciervos siguieron discutiendo, pero Aitana no prestó atención. Aún estaba tratando de eliminar los recuerdos de su mente, mientras murmuraba en voz baja "no es cierto". La yegua notó que todo el mundo a su alrededor guardaba silencio. Los ciervos estaban quietos, mirando en una misma dirección.

—¿Qué pasa?

—Gaia... está pidiendo ayuda.

—¿Por qué? ¿Dónde?

Los guerreros, coordinados como si una única mente los dirigiera, formaron militarmente se dirigieron al galope hacia la ciudad. Uno de los druidas del círculo respondió:

—No muertos, en el puerto.

Aitana maldijo a todos los dioses que conocía, corrió a recoger la brújula del centro del círculo y después galopó hacia la casa de Sinveria. Primero sintió una ligera sensación de amenaza, que pronto se convirtió en el inequívoco terror que inspiraba la magia del Tártaro. Terror que pronto se vio acompañado por el inconfundible y antinatural frío que caracterizaba a la nigromancia.


Hope Spell se quedó en shock, incapaz de asimilar lo que veía. La ciervo marrón estaba suspendida contra una pared, varias lanzas de madera surgiendo de distintas parte de su anatomía. El olor de la sangre y la inconcebible crueldad del hecho se hicieron insoportables durante un instante en el que tuvo que concentrarse para seguir respirando.

Pero notó un movimiento a su espalda y el instinto le hizo moverse. Saltó tan rápido como pudo tras el escritorio donde tantas horas había trabajado con Sinveria; dos enormes impactos lo sacudieron, y un virote de madera viva atravesó el mueble, fallando su blanco por pocos centímetros. Hope llamó a la magia, haciendo levitar la mesa y la lanzó con todas sus fuerzas hacia adelante.

Un enorme crujido recorrió la estancia cuando el Maestro de la Guerra Asunrix combó la madera del objeto a su voluntad, destrozándolo con solo un roce de sus patas. Sus ojos, verdes por efecto de la magia negra y emitiendo una neblina púrpura, se clavaron carentes de emoción en Hope Spell. El ciervo golpeó el suelo y este se combó como una ola en el mar. Hope reaccionó llamando a la magia y transportándose al otro lado de la misma, lanzando en seguida una explosión de luz a los ojos de su poseído amigo.

—¡Asunrix, despierta, te han dominado!

Hope pudo ver que este llevaba el ancestral pergamino, dedujo que ya traducido, enganchado en un saliente de su armadura. El ciervo, cegado, se dirigió como pudo a una ventana, mientras Hope trataba de recordar a toda prisa la teoría sobre cómo liberar a alguien de la magia negra. Pero, sencillamente, no tuvo tiempo antes de que el ciervo saltara por la ventana.

—¡Asunrix, no!

Hope se teletransportó al exterior y vio al Maestro de la Guerra aterrizar sobre sus patas y correr hacia el interior de la ciudad. El unicornio lo persiguió, tenía que intentar detenerlo, ¡tenía que ayudarle y después encontrar a Sharp Mind! Pero una sensación en el aire disparó todas sus alarmas: un frío antinatural, acompañado por un terror extraño que se mezcló con el shock de lo que acababa de suceder en la casa árbol. Escuchó gritos, decenas de ciervos gritando y huyendo desordenadamente, ¿qué demonios sucedía?

Solo alcanzó a ver un resplandor rojo acercarse a él, pero le bastó para hacerle saltar a cubierto tras una Sequoia. Una enorme saeta de fuego impactó contra el gran árbol, explotando en una deflagración de llamas. Hope a duras penas logró ver a un grifo enorme cargando contra él: plumas grises, ojos brillantes y rojos, y la desquiciada expresión de alguien enloquecido por un poder que ningún mortal debería ser capaz de albergar. El joven unicornio supo que lo que estaba viendo era el resultado de alguien que había llegado a un pacto con el Tártaro.

Un maldito hechicero infernal.

Hope saltó hacia atrás un instante antes de que el grifo lo atrapara; una explosión de llamas negras se produjo bajo sus garras, ahí donde estas se clavaron en el suelo. Hope intentó conjurar, pero su adversario avanzó a una velocidad que no habría creído posible, obligándolo a retroceder nuevamente.

A la desesperada, Hope llamó a la magia y se teleportó sin prestar atención de su destino; apareció a unos pocos metros de altura, forzándolo a rodar con la caída para no hacerse daño; cuando pudo orientarse encontró al hechicero infernal volando a toda velocidad para echarse sobre él. Junto al caído unicornio había el cadáver de un guardia druida. Hope Spell usó su magia para recuperar un objeto y plantarlo en el suelo frente a él, cerrando los ojos.

Hubo un fuerte impacto seguido de un rugido moribundo. Hope abrió los ojos; el hechicero infernal estaba inerte, con la lanza que Hope había recogido atravesándolo limpiamente. El joven unicornio se sintió el shock, incapaz incluso de dejar caer la magia con la que sostenía el arma y a su víctima. Tenía que actuar, tenía que ir tras Asunrix, pero no podía procesar sus pensamientos.

El grifo alzó la cabeza.

Sus furiosos ojos, como ascuas ardientes, se clavaron sobre su presa. Hope retrocedió, aterrorizado, todavía sosteniendo la lanza, intentando alejar a esa monstruosidad. Su mente no llegaba a procesar que el hechicero siguiera vivo, ¿cómo era posible? ¡Debería estar muerto, o moribundo! El grifo avanzó, dejando que la lanza se clavara más profundamente en él y alzó una garra; el fuego del Tártaro acudió a la misma, preparándose para consumir al mortal hasta las cenizas.

Se escuchó un fuerte chasquido en una rama superior y, solo durante un instante, Hope percibió a una yegua marrón columpiándose de una cuerda a la que se agarraba con los dientes.

Aitana Pones cayó sobre el demonologista grifo, derribándolo con el brutal impacto; después se encabritó, mostrando que portaba ambas pezuñas armadas en las patas delanteras, y las dejó caer con toda su fuerza sobre la cabeza del hechicero. Hope se quedó paralizado ante la escena, sus ojos y oído solo parecían haber captado el crujido sanguinolento que el hechicero infernal emitió al morir. La cazadora de demonios sacudió la cabeza, con la sangre manchando sus patas y pecho, haciendo que el látigo que todavía llevaba en la boca se enrollara mágiamente en torno a un enganche que había en la alforja izquierda.

—¡¿Dónde está el pergamino?!

—Qué... Aitana... Sinveria..

—¡¿Qué ha ocurrido?! —la arqueóloga sacudió violentamente a Hope Spell—. ¡Contesta, joder!

—¡Sinveria ha muerto! —respondió él, gritando con voz desgarrada—. ¡Ha sido Asunrix, está dominado! ¡Hay un mago negro en Lutnia, Sharp Mind, y persigue el pergamino!

—¡Joder! ¿Dónde ha ido Asunrix? ¿Llevaba el pergamino?

—Ha ido al centro de la ciudad, y sí, lo llevaba. ¿Qué está pasando, Aitana? ¡¿Qué demonios está pasando!?

Aitana echó a correr hacia la zona céntrica, y Hope la siguió.

—Hay no muertos viniendo del puerto, ¡lo tenían todo pensado, los hijos de puta! ¡Asunrix va a los muelles, aprovecharán el caos para zarpar! ¡No puedo perder ese pergamino!

Ambos ponis salieron del Bosque de la Sabiduría y se adentraron en el centro de Lutnia; en seguida se encontraron con grandes grupos de civiles ciervos huyendo en dirección opuesta al puerto. Cuando los rebasaron, se toparon con los guerreros druida invocando a Gaia para combatir a los engendros nigrománticos que avanzaban incesantemente desde el gran puerto comercial de Lutnia.


NOTA DEL AUTOR:

Os prometí un capítulo más largo y soy hombre de palabra. Aquí es cuando Hope empieza a demostrar que no un "simple, estúpido e inocente" equestriano como pensaba Aitana. Y bueno, lamento la muerte de Sinveria.

A decir verdad cuando empecé a reescribir esto quise incluir el romance no consumado de Asunrix y Sinveria antes en la historia, introducirlo un poco antes de este capítulo. Pero por más que lo intenté, cada vez que lo metia desviaba la atención del lector hacia otro lugar y eso no me interesaba. Supongo que escribir romance sigue sin ser lo mío.

¡Espero que lo hayáis disfrutado! Un saludo :).