Un ligero temblor perturbó la paz del bosque, como un silencioso susurro, un imperceptible mensaje transmitido a través del follaje. Un oso, iluminado por la Luna, surgió de su madriguera, olisqueó el aire y echó a correr a través de los árboles. Una pequeña jauría de zorros, que normalmente habría huido ante la visión del gran depredador, se unió al mismo en su carrera. Sobre las copas de los árboles decenas de búhos y lechuzas volaban como una gran bandada de aves nocturnas, entre las que podía llegar a distinguirse la inconfundible silueta de varios halcones, seres normalmente diurnos, que se dirigían con determinación cazadora en la misma dirección que sus hermanos de la noche.

A medida que se adentraban en la capital de Cérvidas, los animales pudieron notar la llamada de sus hermanos ciervo. Aquellos que no combatían se hallaban erguidos a ambos lados de las calles, sus cuernos brillando débilmente mientras guiaban la voluntad de Gaia hacia el enemigo. La hierba susurraba palabras de valor, los árboles se agitaban con ira ante aquel que osaba atacarles, y el viento silbaba gritos de guerra que corearon la llegada de los animales a la batalla. Una presencia cercana al mar combatía el aura protectora de la madre naturaleza: Era una presencia de muerte, frío y terror, una presencia que normalmente habría hecho huir a cualquier animal salvaje... pero no a aquellos que luchaban guiados por los druidas.

Los guerreros ciervo formaron una linea de lanzas en las principales calles de la ciudad, preparados para enfrentarse a la invasión que avanzaba desde el puerto. El espíritu de Gaia circuló a través de todos ellos, concentrándose en los señores de la guerra que los lideraban, los cuales evaluaron al enemigo que se presentaba a su frente. Cientos de seres se desplazaban por el suelo a cuatro patas con gran agilidad: Piel grisácea, sin pelo, con una cabeza redonda que era poco más que piel y huesos, en la que destacaban los ojos negros y dientes amarillos. Sus patas delanteras acababan en afiladas garras del mismo color que sus colmillos, y corrían por la calle a la misma velocidad que trepaban por los árboles. Originalmente, quizá, fueron algún tipo de simio, sin embargo en ese momento poco quedaba de los seres que fueron antaño, siendo conocidos como "necrófagos".

Avanzando desde el puerto, un par de centenares de esqueletos de diversas razas cargaba desorganizadamente hacia el centro de la ciudad, siguiendo el siniestro ritmo del golpear de sus huesos. El Maestro de la Guerra Solnes, recién llegado desde el círculo ritual, se adelantó, estudiando a los no muertos. Ese ataque había sido organizado con maña, probablemente era una distracción y lo sabía. Pero, aunque difícilmente supondría un riesgo real para Lutnia, los guerreros druidas debían defender a los civiles. Observó a sus compañeros, dándose cuenta de que faltaba alguien.

—¿Dónde está Asunrix? ¿Por qué no ha acudido?

—No lo sé. No noto su presencia desde hace un rato.

—Lo resolveremos luego. Enviad varias patrullas a las calles secundarias, los necrófagos podrían esquivar nuestra linea de batalla. Que Gaia guíe vuestros espíritus, hermanos.

Los guerreros ciervo afianzaron su posición en un perfecto orden y silencio. Los cuernos de los mismos se iluminaron, entrando en contacto con el espíritu de Gaia que se comunicaba con los señores de la guerra, los cuales se encargaron de dirigir la voluntad del ejército de Lutnia. La luz de los árboles, normalmente suave y de tonos verdes y anaranjados, se tornó de un intenso color azul, y el viento creció de intensidad hasta convertirse en un continuo aullido. Los zorros rodearon a los ciervos, buscando huecos por los que dar caza a no-muertos que se separaran del grupo, y las aves depredadoras sobrevolaron la zona, preparándose para la caza.

Y, cuando supo que todo estuvo en orden, Gaia acudió en persona a la batalla.

Las raíces de los árboles se alzaron, cayendo pesadamente sobre los esqueletos; las plantas del suelo lucharon por atrapar a los seres antinaturales, ralentizando su avance; los búhos, halcones y lechuzas se lanzaron contra los necrófagos que trepaban por los árboles, precipitándolos contra el suelo. Hubo un gran estrépito tras las líneas ciervo, pero ninguno de sus integrantes se alteró: en perfecto orden abrieron dos huecos en su formación a través de los cuales pasaron dos enormes osos que, cegados por la sed de caza, cargaron contra los esqueletos, seguidos por sus hermanos ciervo.

Los ciervos, apoyados por la madre naturaleza, avanzaron imparables a través de las fuerzas enemigas; los esqueletos, sencillamente, no eran rival contra la organización y la magia de los druidas, y los necrófagos eran inmisericordemente derribados y rematados en el suelo. A los pocos minutos, la mayoría de no muertos yacía despedazada en tierra, y los ciervos rehicieron su formación para avanzar hacia el puerto. Pero, antes de que pudieran hacerlo, se escuchó el inconfundible repiqueteo de un gran número de esqueletos galopando hacia ellos desde los muelles. El Maestro de la Guerra Solnes ordenó el alto, preparando a sus guerreros para resistir la carga.

Pero todos los ciervos se sorprendieron al ver un brillante estallido de luz frente a ellos de la cual surgieron dos ponis que se habían teletransportado. Al sentir la muerte surgir del colgante de uno de estos, los guerreros ciervo estuvieron a punto de atacarles, pero para su sorpresa los dos ponis echaron a correr hacia los no muertos, derribando a alguno en su carrera.

Aitana estudió sus alternativas: tenían que llegar al puerto para recuperar ese pergamino. Los no-muertos no le preocupaban, los druidas darían cuenta de ellos. Pero todo el ejército nigromántico se alzaba en el único camino que veía hasta los muelles. No tenían más alternativa.

—¡Hope, tenemos que saltar tras ellos y correr!

—¡No veo dónde vamos, Aitana! ¡Es demasiado arriesgado!

—¡Si no llegamos a tiempo Sinveria habrá muerto para nada! ¡Vamos!

Hope se detuvo junto a la arqueóloga, observando a los esqueletos y necrófagos que corrían hacia ellos. Tras unos segundos de cálculo mental, agarró el casco de su compañera y llamó a la magia, siendo rodeados ambos por la misma. Con un estallido, se teletransportaron varios cientos de metros hacia adelante. Al principio pensaron que había salido bien: los esqueletos estaban a muchos metros detrás de los ponis... pero en seguida los necrófagos que trepaban por los troncos de los árboles saltaron al suelo, dispuestos a devorar a los cuadrúpedos.

La cazadora de demonios no perdió el tiempo: metió el hocico en un bolsillo de sus alforjas y sacó un pequeño cuchillo que lanzó con precisión hacia el necrófago más cercano. Hope usó su magia para propulsar a otra criatura hacia un árbol. Viendo una oportunidad, Aitana cargó contra varios seres al mismo tiempo, gritando a Hope que la siguiera: combinando la magia del unicornio y la pericia en combate de Aitana, lograron abrir un hueco por el que huir hacia una calle lateral más pequeña. Los horribles sonidos de los no muertos a su espalda les indicó que estaban siendo perseguidos de muy cerca. Hope jadeaba ruidosamente, tanto por el esfuerzo como por el terror.

El callejón, iluminado por la luz azul de Gaia, parecía desierto. Los árboles hogar crecían muy cerca los unos de los otros, y se agitaban inquietos ante los no-muertos. Estos últimos perseguían a los ponis, gritando con voces imposibles y dejando hondas marcas de sus garras en la madera al trepar. El viento empezó a soplar con más fuerza, los árboles gimieron y decenas de aves recorrieron la zona. La tierra empezó a agitarse bajo las pezuñas de Hope y Aitana, y los arbustos crecieron a toda velocidad, cerrando el callejón tras los ponis.

Gaia se estaba defendiendo.

Un terrorífico estrépito hizo que Hope mirara atrás: Un árbol, como si fuera un gran animal, había golpeado el suelo con una pesada rama, aplastando a varios necrófagos con el impacto y bloqueando la calle a los no muertos. Llegó a apreciar cómo decenas de pájaros se lanzaban sobre los engendros, y también el rugir de algo que parecía un oso. Después volvió a mirar adelante, corriendo junto a Aitana, pero una sonrisa cruzó el rostro del semental: Lo había entendido. Gaia estaba luchando junto a ellos, les estaba ayudando, ¡podían conseguirlo! Y además, él era un mago blanco, solo necesitaba recordar la teoría. Sin dejar de correr, Hope sacó con su magia un libro de sus alforjas y lo desplegó frente a él, pasando páginas rápidamente.

Siguieron galopando durante un par de minutos a través de las estrechas calles de Lutnia, en dirección al puerto. Los ruidos de la batalla venían de todas partes, la vegetación se agitaba inquieta. Una pareja de necrófagos apareció frente a ellos, mostrando sus enormes y putrefactos dientes amarillos, bloqueándoles el paso. Hope avanzó un par de pasos.

—¡Déjamelos a mí!

Habiendo encontrado el hechizo adecuado, y envalentonado por la ayuda de Gaia, Hope empezó a conjurar, centrándose completamente en el libro y los patrones mágicos que debía seguir.

El joven tardó unos instantes en darse cuenta de que Aitana lo había ignorado.

La yegua sacó uno de los cuchillos y lo lanzó al necrófago de la izquierda, impactándole en toda la frente, al tiempo que cargaba contra el de la derecha. Aunque Hope gritó algo, Aitana estaba mas pendiente de esquivar la dentellada de aquel ser en el último momento, chocando contra él y lanzándolo al suelo. Antes de que este se levantase, la cazadora sacó el cuchillo que había lanzado de la frente del otro necrófago, que se había quedado catatónico en el sitio, y lo usó para rematar al caído.

—¡Vamos!

—¿Porque te la has jugado tanto? ¡Habría podido acabar con ellos con mi magia!

La yegua no se dignó a mirarle mientras volvían a correr, hablando con una voz cargada de adrenalina.

—¡No tenemos tiempo para esto! ¡No pienses, actúa!

Hope no llegó a responder cuando la calle que recorrían acabó en un claro al final del cual pudo ver unos fuegos gigantescos. El gran árbol de Lutnia se alzaba frente a ellos y, tras el mismo, estaba el mar; las hogueras, en realidad, eran barcos atracados en el puerto, calcinándose sin remedio. Aitana maldijo por lo bajo y rodeó la Sequoia, esquivando e ignorando a los pocos necrófagos que encontró en su camino. El gran puerto de Lutnia era un caos: Los esqueletos que no estaban combatiendo al ejército ciervo corrían de un lado a otro sobre los cadáveres de marineros y comerciantes que no habían podido escapar.

En el cielo ambos ponis pudieron ver dos puntos de luz volando a toda velocidad: dos pegasos que portaban sendas antorchas. Habían despegado desde un barco en llamas y se desplazaban hacia el que parecía ser el último barco intacto del puerto. Aitana, sin un ápice de duda, sacó la ballesta de sus alforjas, la desplegó y apuntó hacia los saboteadores.

—¡Aitana, qué vas a hacer!

—Como se te ocurra detenerme te juro que te dispararé a ti.

La yegua marrón siguió a su objetivo con la ballesta, para después seguir su linea de vuelo, calculando el tiempo que necesitaría el virote para alcanzar su objetivo. El pegaso objetivo, ajeno a la amenaza, hizo una parábola en el aire y, en el punto álgido, la gravedad redujo ligeramente su velocidad antes de que se lanzara en picado a por el barco lobo que pretendía incendiar.

El mecanismo fue accionado, propulsando el virote, que durante casi dos segundos recorrió el cielo iluminado por las llamas. Aitana, ya estaba recargando cuando el pegaso al que había disparado se detuvo en seco en el aire, al ver el proyectil pasar a escasos centímetros de su cara. La arqueóloga maldijo en voz alta y, en el aire, los dos pegasos reaccionaron al instante lanzándose hacia el barco que quedaba intacto. Antes de que pudiera apuntar de nuevo, las velas de la nave empezaron a arder y los dos saboteadores echaron a volar hacia mar abierto.

—Hijos de puta...

—¡Aitana, quizá tu nave siga intacta! ¡Está bastante apartada de aquí! —gritó Hope.

—¡Vamos!

Ambos ponis galoparon hacia la susodicha embarcación. Quizá el capitán pudiera atrapar a Sharp Mind; era su única posibilidad, ese pergamino no debía caer en manos de la hermandad. Recorrieron el puerto, superando varias naves atracadas cuyos tripulantes luchaban contra las llamas, si no contra los engendros nigrománticos. Otros marineros, de todas las razas, corrían o volaban, aterrorizados, buscando ayuda para sí mismos o para compañeros caídos. No faltaba mucho para llegar al barco de Aitana cuando una figura apareció frente a ellos, iluminada por las llamas de los incendios, y cargó contra los ponis. La arqueóloga reconoció a su atacante y se preparó para recibirlo en combate.

—¡Asunrix, no!

Ignorando el grito de Hope, la lanza del dominado druida pasó a escasos centímetros de la yegua marrón; esta se echó a un lado en el último momento, derrapando sobre sus cascos, y le dio una coz en el costado, desequilibrando al ciervo.

—¡Hope, si puedes liberarlo, es el momento!

El semental sacó su tratado de magia blanca de las alforjas y lo abrió, pasando páginas a toda velocidad como si un viento invisible las sacudiera. Asunrix enarboló una vez más su arma con la pezuña y el antebrazo, lanzando rápidos tajos a Aitana; esta retrocedió, esquivando los ataques y buscando una oportunidad, hasta que sus cascos traseros rozaron el borde del muelle, frente a un barco atracado. El druida cargó contra su acorralada contrincante para ensartarla. Hope Spell gritó, al ver la punta de la lanza acercarse a toda velocidad a su compañera.

Aitana se alzó sobre sus cuartos traseros y descargó una de las pezuñas armadas sobre la lanza de su rival; el arma se desvió de su trayectoria, clavándose con toda la fuerza de la carga en la madera del barco a su espalda, y siendo arrancada de los cascos de Asunrix. Sin darle tiempo a reaccionar, la yegua marrón avanzó a la ofensiva; el ciervo se levantó sobre sus cuartos traseros, evitando el ataque, y retrocedió, momento que Aitana aprovecho para desclavar la lanza del barco y blandirla de igual forma que su enemigo. El Maestro de la Guerra caminó hacia un lado, ganando algo de distancia con la cazadora de demonios.

—Asunrix, reacciona. ¡Estás poseído!

El ciervo se quedó inmóvil durante un segundo ante las palabras de la arqueóloga, pero en seguida un destello de magia violácea tuvo lugar en sus ojos. Sus cuernos brillaron con un aura verde y levantó su pata diestra. La madera de la gran raíz que formaba el muelle se combó ante la voluntad del druida, y una gran lanza del mismo material, dura como la roca, se formó, proyectándose inofensivamente para que el druida pudiera blandirla.

Aitana avanzó contra el druida y, cuando sus armas chocaron, empezó la auténtica danza de la lucha. Ambos contrincantes intercambiaron golpes a una velocidad vertiginosa, desviando las lanzadas y contraatacando a un ritmo frenético; cada vez que parecía estar en desventaja, Aitana aprovechaba la cercanía de un barco u obstáculo para cambiar rápidamente de posición y recuperar ventaja; Asunrix combinaba su gran habilidad en combate con la magia druídica, provocando que el propio terreno atacara a la arqueóloga. Hope Spell, que seguía buscando cómo liberar al druida de la dominación no podía siquiera seguir el combate.

Y por eso no vio que, realmente, Aitana estaba perdiendo.

Esta jamás se había enfrentado a muerte con un Maestro de la Guerra, y ahora comprendía el por qué de su título: cada ataque que lanzaba era fácilmente desviado por Asunrix, y cada vez que este contraatacaba Aitana se veía forzada a retroceder. Cuando conseguía alguna ventaja, por nimia que fuera, la magia del druida la obligaba a perder su posición para no ser atrapada por las plantas que aparecían de la nada. El druida miró con furia antinatural a la yegua y, con un gruñido, sus cuernos se cubrieron con hebras de electricidad que, al poco, recorrieron todo su cuerpo y su arma. Aitana retrocedió.

—¡Hope, necesito ese hechizo!

—¡Lo tengo!

El unicornio empezó a leer en voz alta el hechizo a medida que conjuraba. Asunrix, ignorándolo, volvió a lanzarse sobre la yegua marrón, lanza por delante. Esta detuvo el ataque con su propio arma y descubrió su error: una descarga eléctrica recorrió su cuerpo a través de la lanza. Aitana gritó y soltó su arma, justo a tiempo para rodar a un lado y esquivar un nuevo ataque. Ahora, desarmada e indefensa, la arqueóloga supo que no tenía ninguna posibilidad: no podía huir, no tenía dónde esconderse, y no podía atacar. Solo podía resistir tanto como pudiera hasta que Hope completara el hechizo.

Hope Spell recitó todo el conjuro, pero nada sucedió. Maldijo para si mismo y respiró hondo: necesitaba calmarse, era la única forma de hacer que la magia blanca funcionase. Se preparó para recitar de nuevo el hechizo cuando escuchó unos pasos secos a su espalda. Avanzando desde la ciudad, varios necrófagos cargaron contra él. Aterrorizado, Hope dejó caer el libro y conjuró un hechizo de repulsión, que proyectó a uno de los seres a varios metros de distancia. Pero las otras criaturas no se detuvieron, obligando a Hope a defenderse a la desesperada. Aitana gritó de nuevo, víctima de una nueva descarga; Hope volvió a conjurar, rechazando a otro no muerto, pero el primero ya se había vuelto a unir al combate. La arqueóloga, nuevamente, gritó de dolor a su espalda.

—¡Aitana!

El tiempo pareció ralentizarse para Hope, sin ser capaz de dejar de mirar las garras de los necrófagos que se lanzaban sobre él. A duras penas retrocedió para evitar un garrazo, conjurando para empujar a sus adversarios hacia atrás, pero apenas logró moverlos más de medio metro. Estos se prepararon para saltar sobre él nuevamente cuando hubo dos detonaciones cercanas. Antes de que Hope entendiera qué había ocurrido, dos de los no muertos cayeron al suelo, heridos de muerte.

El unicornio verde miró a una nave a su derecha para ver a tres marineros lobo que todavía sostenían sus mosquetes humeantes; desde el otro lado del muelle, dos grifos volaron desde una embarcación de Griffonia, portando grandes armas cuerpo a cuerpo, y se lanzaron sobre los necrófagos que seguían vivos, separándolos de Hope Spell.

—¡Ese ciervo está con los nigromantes! —rugió uno de los lobos en idioma poni, al tiempo que bajaba para unirse a los grifos—. ¡Haced algo con él, ha matado a muchos de los míos!

Hope Spell, sin responder, se giró hacia su compañera. Esta seguía esquivando ataques a toda velocidad, jadeando por el esfuerzo y evidentemente dolorida por las descargas eléctricas. Asunrix seguía centrado en la arqueóloga, como si su único objetivo fuese acabar con ella. Hope supo que no iba a poder liberarlo, no era lo bastante bueno para improvisar un hechizo de magia blanca así. Solo le quedaba una opción: llamó a la magia y la concentró en la punta de su cuerno, centrando su objetivo no en el druida en sí, sino en los elementales de la tormenta que le protegían.

En el momento en que Asunrix descargaba de nuevo su lanza contra Aitana, Hope le lanzó la blanca bola de energía. Esta le impactó, cubriéndolo por una inofensiva capa de magia que lo hizo retroceder, confundido. Los elementales de la tormenta abandonaron su cuerpo y las hebras de electricidad desaparecieron. Viendo su oportunidad, Aitana cargó contra el ciervo, golpeándolo con el cuerpo y lanzándolo al suelo a un par de metros de distancia. Cuando la yegua marrón retrocedió Hope le tendió con su magia la lanza que antes había soltado. Asunrix se levantó, mirando a los dos ponis con una furia que no le pertenecía; detrás de los mismos, lobos y grifos luchaban contra más no muertos que llegaban desde el centro del puerto.

—¿No puedes liberarlo?

—No —reconoció Hope.

El dominado druida ciervo se levantó y encaró a los dos ponis. Sus cuernos brillaron y miró al cielo: el viento se levantó, concentrando las nubes sobre ellos, las cuales se cargaron con rayos. Y, cuando blandió su lanza, la punta de la misma se cubrió con un intenso fuego mágico. Aitana adoptó posición de combate y, esta vez, esperó que su contrincante atacara primero.

—¿Creías que jamás verías la magia negra, chaval? —preguntó Aitana, jadeante—. Bienvenido a mi mundo.


NOTA DEL AUTOR:

Y esto es lo que pasa cuando nuestros protagonistas se enfrentan a un combatiente de élite. El título "Maestro de la Guerra" no es una mera formalidad, por lo visto. Creo que si conocéis la novela "La princesa prometida" habréis notado la inspiración en la narración del duelo. Tengo que decir que he disfrutado mucho escribiendo la escena del ejército de Lutnia, intentando tratar a la Madre Naturaleza como si fuera un personaje más, no una "fuerza mística" o una mera fuente de magia. Me resulta muy inspiradora la imagen de toda la población ciervo, los no combatientes comunicándose con Gaia y dirigiéndola hacia el combate. Todo el mundo lucha, a su manera.

Por cierto, he actualizado el capítulo anterior, ya que me faltaron varias separaciones entre las distintas escenas y la lectura se hacía algo más confusa.

Como de costumbre, si os ha agradado os agradeceré mucho cualquier review :). Y si no os ha gustado, agradeceré aún más saber por qué, ¡que hay que seguir aprendiendo!

Un abrazo y gracias por leerme.