Los calabozos de Cérvidas, a pesar de las similitudes que guardaban con los de las otras razas, tenían notables diferencias. Para empezar, no había puertas como tal, ni barrotes metálicos; la estancia estaba excavada bajo la raíz de un gran árbol que hacía las veces de casa de la guardia, cercano a la gran Sequoia que se erigía sobre el puerto. Las raíces del mismo atravesaban el techo como estacas, clavándose en el suelo y haciendo las veces de barrotes. Pero, como todas las construcciones druidas, la madera de las mismas era dura como la roca, haciendo imposible romperla sin las herramientas adecuadas.
Tampoco es que Aitana o Hope Spell lo hubieran intentado.
El constante gotear del agua en distintos recipientes se hacía, ciertamente, monótono. Los ciervos consideraban un deshonor y una ofensa a Gaia maltratar a sus prisioneros, hasta el punto de que proveerían carne a un cautivo carnívoro si era necesario. Era por eso que en cada celda había una raíz de la que goteaba agua potable a buen ritmo sobre un recipiente acorde.
Plic, plic, plic, plic...
Aitana estaba tumbada en su estancia, mirando al techo con paciencia e imaginando lo que iba a ocurrir a continuación. Sus heridas habían sido tratadas y los curanderos ciervo habían mostrado su habilidad al sanar su pata trasera, ya que se había preparado para un dolor mucho más intenso del que sintió. Combinando la magia druídica con grandes conocimientos de anatomía, sacaron el arma que la atravesaba y detuvieron la hemorragia en menos de un minuto. Un grueso vendaje de algodón cubría su herida extremidad; otro más sostenía la pata delantera derecha entablillada pues, como ella había sospechado, se la había esguinzado. Algunas cataplasmas cubrían otras heridas o quemaduras menores, pero ninguna de estas últimas revestía gravedad alguna.
Hacía ya un par de horas desde que la trajeron a la celda, proporcionándole también un manojo de plantas medicinales, de las cuales cogió distraídamente algunas hojas y las masticó; tenían un intenso sabor a medio camino entre la hierbabuena y el heno, y mantenían el dolor a raya. El que le hubieran dado esas plantas indicaba a la yegua marrón que habían logrado poner en duda cualquier acusación contra ella o Hope Spell, una buena señal dentro de lo mal que había salido todo.
—Disculpe, Maestro de la Guerra...
—Soldado druida —respondió el guardia ciervo, corrigiendo al semental verde que estaba encerrado en una celda frente a la de Aitana—. Todavía me falta mucho tiempo para ser considerado como tal, Maestro de la Magia.
—Oh, lo lamento —se disculpó el aludido—. ¿Sabe cuánto tiempo nos tendrán aquí?
—La investigación sigue en curso, cuando se sepa su conclusión se decidirá sobre vuestra libertad.
Hope, que llevaba un anillo de madera sellado en la base del cuerno para inhibir su magia, siguió hablando con el ciervo, tratando de sonsacarle más información, pero Aitana los ignoró. Se giró sobre sí misma, tumbándose sobre su vientre, y miró hacia la gran sala circular a la que daban todas las celdas. Allí, reposando sobre un tocón que hacía las veces de mesa, se hallaban sus alforjas, cuyo contenido, junto a las pezuñas armadas, se hallaba repartido sobre la superficie. Y, apartada en una esquina, se hallaba la brújula en la que residía Kolnarg.
Y eso era lo que la mantenía en vilo.
Cuando la ordenaron dejar todos los objetos ahí, un ciervo estuvo a punto de coger el colgante con las pezuñas. Por suerte, Solnes estaba presente y Aitana pudo hacerle saber que el espíritu que había asediado el círculo de los druidas habitaba en la brújula, por lo que el Señor de la Guerra no dudó en ordenar que nadie lo tocara.
Por el momento, nadie había desobedecido la orden.
La situación estaba en un delicado equilibrio: si alguien con menos resistencia mental que Aitana tocaba ese objeto Kolnarg podría volver a poseer un cuerpo físico... en una de las ciudades más pobladas de Cérvidas. Sería una masacre y la arqueóloga no podría hacer nada para evitarlo. Pensó también en su estupidez al dejar sola a Sinveria, y el desastre que era haber perdido ese pergamino, sin embargo... tenía cosas más importantes que hacer que lamentarse por ello. Aitana esperaba que, en cualquier momento, alguien abriera sus celdas... y que no se tratara precisamente de un Maestro de la Guerra. Había hechos demasiado evidentes como para que no los tuviera en cuenta. El enemigo había jugado sus cartas con maestría, en un movimiento tan bien orquestado que nadie podría haber previsto.
Finalmente, desde que dejara los Reinos Lobo, la cazadora de demonios sabía quién era su enemigo: La Hermandad de la Sombra. Curioso, cuanto menos, que fuera Hope el que hubiera averiguado el nombre antes que ella. Cuando Aitana se encontró con Dark Art en el desierto creyó que, realmente, el enfrentamiento se había debido a que ambos andaban tras el mismo objetivo: capturar a Manresht. Aunque todavía no era seguro, sospechaba que el nigromante formaba parte de la misma hermandad, la cual obviamente quería ver a Aitana muerta.
Otra vez... otra vez alguien quería verla morir. ¿Por qué, en esta ocasión? No podía tratarse de la misma gente que la obligó a huir durante su potrillez, no quedaba nadie que lo recordara.
Ella misma se había asegurado de ello.
Pero entonces... ¿desde cuándo? ¿Cuánto hacía que la vigilaban? ¿Cómo supieron que ella iba tras Manresht? Es cierto que, durante años, Aitana ha sido el único miembro de los Arqueólogos medianamente conocida: su teoría sobre la guerra entre Unicornia y Cebrania le había valido cierta infamia. Aún así, su función como cazadora de lo oculto jamás había trascendido hasta que decidió desatar a Manresht en Manehattan.
Adicionalmente, siempre trataba de ser precavida. Cuando viajaba, solía hacerlo sin llamar la atención: cogía barcos que estaban a punto de zarpar, daba rodeos si era necesario, se comunicaba por medios seguros y pasaba inadvertida...
Detuvo su corriente de pensamientos ante este último, y no pudo evitar reírse de sí misma al pensar cómo la había liado al provocar a una unidad de mercenarios nada más pisar Taichnitlán; hecho que acabó con ella siendo perseguida por todos los Reinos Lobo bajo el sobrenombre de "Bruja Poni". "Inadvertida... mis cojones".
La Hermandad de la Sombra había sabido leer, al igual que ella y su padre, el próximo retorno de Manresht. Sin embargo se les adelantaron, acelerando su llegada mediante las runas que encontraron en Joth-Lambarg. Pero, si le llevaban tanta ventaja, ¿por qué no fueron antes a por Manresht, si esa era su intención? ¿Por qué esperar a que llegara ella?
"Aitana Pones... debí haber insistido en que te mataran en el desierto."
"¿Quién eres, nigromante?"
"Soy un servidor del verdadero señor del mundo. Pero eso no importa, pues pronto morirás, Arqueóloga."
Aitana alzó la cabeza ligeramente, rememorando esas palabras.
"Pero eso no importa, pues pronto morirás, Arqueóloga."
Arqueóloga...
—Espera un segundo... —murmuró para sí misma.
El llamarla así, la actitud, la fuerza con la que la atacó... todo encajaba. Dark Art sabía que "arqueóloga" solo era una fachada; y si en aquel entonces, antes de revelarse como cazadora de demonios en Manehattan, ya la habían identificado como tal... ¿a cuántos otros "Arqueólogos" habían localizado? ¿Cuántos de sus compañeros estaban en peligro? ¿Sabía la hermandad que su padre, el profesor Pones, servía como punto logístico para todos ellos?
Si su suposición era correcta...
Aitana dejó de elucubrar sobre todo esto cuando escuchó el resonar de unos cascos desde la entrada a la zona de los calabozos. Dos soldados ciervo entraron en la estancia, portando sus habituales armaduras. Los dos guardias que guardaban los calabozos saludaron con una respetuosa reverencia y les entregaron la raíz que hacía las veces de llave mágica para abrir las celdas, tras lo cual fueron relevados. Los ciervos que recién iniciaban su turno se quedaron en el centro de la sala, mirando los objetos de Aitana y murmurando entre ellos en voz baja.
—Hola, soldados druidas —saludó Hope Spell desde su celda—. ¿Saben algo sobre la investigación, o cuándo saldremos de aquí?
A pesar de que el unicornio insistió, los ciervos no se dignaron en responder; en vez de ello pasaron frente a las dos celdas ocupadas, estudiando a sus prisioneros e ignorando las repetidas preguntas de Hope. Aitana observó al que se detuvo frente a ella: portaba una lanza corta y una armadura de madera reforzada, como todos los guerreros del ejército de Lutnia. Las marcas sobre esta última lo identificaban como el equivalente a un cabo de la guardia solar. Sin intentar hablar con él, Aitana cogió un manojo de hierbas y se lo metió en la boca.
—Pues vaya —exclamó Hope— ya podrían habernos mandado a alguien que hablara Equestriano, porque con la cháchara que me das, Aitana...
—Quizá solo son un par de idiotas irrespetuosos que te están ignorando, Hope —respondió la yegua.
—¡Silencio, ponis!
"Bingo".
La arqueóloga cogió un buen manojo de la hierba medicinal y se la comió antes de empezar a aflojar el nudo de la venda que le cubría la pata delantera. Hope, indignado, habló bastante airado.
—Disculpe, soldado druida, pero no hemos hecho nada para que nos traten así.
Una vez más, sus palabras fueron automáticamente ignoradas, mientras ambos ciervos seguían hablando en su propia lengua. Estos se situaron junto a la mesa donde reposaban los objetos personales de Aitana y Hope, mirando alternativamente a estos y a la primera. Ella actuó como si no le importara lo que hicieran, aunque permanecía atenta a sus movimientos. La conversación entre los guardias se intensificó, dando la impresión de estar discutiendo. Una actitud muy poco profesional para el, normalmente, disciplinado ejército de Cérvidas.
—Señores ciervo, al menos podrían usar una lengua que comprendamos.
—No te preocupes, Hope —dijo Aitana, alzando la voz lo justo para que se la oyera bien, pero sin parecer alterada—. Solo están decidiendo si deberían matarnos ahora o no.
Hubo un incrédulo silencio mientras ambos ciervos miraban a la vez a la arqueóloga.
—¿Qué, en nombre de Undeb â Nartur, estás diciendo, poni?
—No eres digno de mencionar su nombre, traidor —respondió Aitana acusadoramente, hablando en un perfecto ciervo—. ¿Cómo te atreves a invocar a la madre naturaleza cuando has traído la muerte a su puerta?
Los dos ciervos se quedaron sin palabras durante unos instantes.
—Nosotros no hemos invocado a los no muertos, cazadora de demonios.
—Pero les permitisteis el paso, bastardos hijos del infierno —exclamó la yegua, esta vez en Equestriano para que Hope la entendiera—. Traicionasteis a vuestra gente, al mundo y a vuestra propia naturaleza. ¿Qué os han prometido?
—No tienes pruebas de ello, poni, ¡no puedes demostrarlo! —la educación inculcada por los ciervos traicionó al soldado, que respondió en el mismo idioma que la arqueóloga.
—¿Cómo, si no, iba una nave llena de esqueletos y necrófagos a atracar en el puerto sin que nadie lo notara? ¡Un druida de la guardia tuvo que registrar la nave y reportar que no había nada extraño! ¡Todas las muertes ocurridas esta noche son obra vuestra, traidores!
Hubo un gran golpe de cascos contra madera cuando Hope se lanzó contra las raíces que cerraban su celda.
—¡Cómo pudisteis! —gritó—. ¡Cómo pudisteis permitir esto! ¡Sinveria murió, vuestra más grande investigadora, por vuestra culpa! ¿Por qué? ¡¿Qué os prometió Sharp Mind?!
—¡Silencio! —ordenó uno de los ciervos— ¡Silencio, prisioneros!
—¿Poder? ¿Dinero? —siguió Aitana, continuando la pregunta lanzada por Hope Spell—. ¿Qué os pudo prometer que os llevara a traicionar vuestro juramento como druidas, como ciervos? Por favor, sorprendedme, ¿qué estupidez habéis creído?
—¡He dicho que os calléis, vosotros no lo entenderíais, poni!
—¿Dominar un trozo del mundo? ¿O resucitar a un muerto? ¡¿Qué os prometió, ciervo?! ¡Bastardos! ¡Traidores!
—¡Basta!
Uno de los ciervos, un joven de pelaje cobrizo, se acercó rápidamente a la celda de Aitana.
—Tú no sabes nada. ¡No tienes ni idea de lo que nos mostraron! El mundo está condenado, ¡lo hemos visto, nos han mostrado los poderes que están a punto de llegar!
—¡Podríais haberlo dicho, haber movido al Círculo de los druidas para actuar! ¡En vez de eso traicionasteis a vuestra gente uniéndoos a los magos negros!
—¡Para proteger a Cérvidas! ¡Unas pocas muertes no importan ante la seguridad de toda la nación!
El ciervo clavó sus ojos lleno de furia en Aitana, y esta rió amargamente, respondiendo con toda la bilis que su propio enfado le proporcionó.
—¿Qué esperas, ciervo? ¿Comprensión, perdón, un abrazo? ¿Algo que os haga sentir mejor después de haber creído las mentiras de los magos negros?
—¡Los demonios siempre cumplen sus pactos, poni! ¡Haré lo que haga falta por proteger a Cérvidas!
—¡Oh, así que hablásteis directamente con un demonio! Vaya, estoy segura de que este cumplirá su palabra —respondió con nada disimulado sarcasmo—. Y ahora que ya sabemos quiénes son los traidores, decidme, mis pequeños idiotas, ¿por qué no llamáis a Gaia para matarnos e inventar la historia que queráis?
El ciervo que estaba junto a la celda de la yegua no se movió, mirándola fijamente. Aitana volvió a reír.
—No podéis porque Gaia sabe que sois sus enemigos. Habéis perdido su favor, y lo habéis perdido para siempre. Habéis sacrificado vuestra unión con la naturaleza a cambio de falsas promesas. Bravo.
Y, para rematar la puñalada, golpeó con una pezuña el suelo, muy despacio, parodiando un lento aplauso. El ciervo asió firmemente la lanza con una pezuña y, con la boca, lanzó la llave mágica de las celdas al aire para engancharla en su cornamenta.
—Sacrificaremos lo que haga falta, Aitana Pones, para proteger a los nuestros. Pero te equivocas cuando crees que hemos perdido todo: pronto recuperaremos un poder aún mayor que el de Gaia y, cuando tú estés muerta, seremos reconocidos como miembros importantes de la Hermandad de la Sombra.
—Ya veo... así que para proteger Cérvidas —murmuró Hope Spell, a caballo entre la incredulidad y la ira—. ¡Y de paso vender vuestras almas para conseguir poder, ¿os habéis vuelto locos?!
—La verdad no es locura, Maestro de la magia —respondió el otro ciervo, con voz sombría—. Ahora no tenemos a la madre naturaleza de nuestro lado, pero... un unicornio que no sabe combatir ni puede conjurar y una yegua herida... estoy bastante seguro de que no necesitamos a Gaia para cobrarnos vuestras cabezas.
El ciervo se volvió a acercar a la celda de Aitana; la llave brilló brevemente y las raíces que servían de barrotes se retiraron. Después sacudió la cabeza, lanzando el pequeño colgante a su compañero quien la atrapó de la misma forma. La yegua retrocedió en el cubículo, mientras el druida repudiado por Gaia se acercaba, lanza en ristre, sonriendo cruelmente.
—Ya no pareces tan valiente, Aitana Pones, pero no te preocupes, no te haré sufrir.
Se escuchó a Hope gritar, pidiendo ayuda, pero Aitana no le prestó atención: primero salvarse a si misma, después al joven semental. El ciervo frente a ella se lanzó contra la yegua herida, con la confianza de que esta no podría siquiera defenderse. Pero, en ese mismo instante, un pequeño objeto de madera golpeó el suelo:
Una tablilla.
El ciervo cobrizo observó el vendaje de la pata delantera de la arqueóloga deshacerse, emulando un remolino blanco. El hecho lo pilló totalmente por sorpresa, desconcertándolo durante un instante, el suficiente para que Aitana actuara. Solo llegó a apreciar a la poni echarse a un lado y golpear la lanza con la pata que hacía un momento estaba entablillada; trató de luchar pero en apenas un instante encontró que su arma estaba inmovilizada con una hábil presa de la arqueóloga. Esta clavó su mirada en el ciervo, con la ira reflejándose en sus ojos, antes de arrancarle el arma de las pezuñas.
Desde fuera, Hope y el otro ciervo escucharon los ruidos de la lucha; pocos instantes después, el ex druida salió retrocediendo de la celda de Aitana, antes de que el mango de la lanza que esta le había arrebatado lo golpeara con toda su fuerza en las patas delanteras, haciéndole caer. Adelantándose a cualquier intento de levantarse, la cazadora de demonios avanzó, cojeando, y le puso la punta de la lanza en la yugular. Todos se quedaron en silencio, observando la escena con incredulidad.
—¿Cómo es...? ¡Está herida, ¿cómo ha podido vencerte?!
La yegua posó la punta de la lanza en la garganta del ciervo color cobre y levantó la vista; herida como estaba no pudo alzarse completamente sin perder el equilibrio, haciendo que su melena gris y violeta cayera parcialmente sobre sus ojos. El ciervo libre sintió su alma helarse ante la mirada sin escrúpulos que le dedicó la cazadora de demonios.
—Yo sola pude mantener a raya al Maestro de la Guerra Asunrix, y vosotros, pimpollos sin magia, ¿de verdad creísteis que podíais vencerme en combate cerrado? Deberíais haberme ensartado a distancia sin abrir las celdas, inútiles.
Hubo un instante de tenso silencio, mientras el ciervo libre calculaba qué hacer. Hope, aunque su celda estaba abierta, se encontraba al fondo de la misma, evitando al guerrero armado frente a él. Aitana, para sostener la lanza, tenía que estar en equilibrio sobre sus dos patas sanas; lo que es más, los efectos de la planta medicinal estaban desvaneciéndose, y cada vez más notaba el dolor palpitante del esguince en la pata delantera y un lacerante entumecimiento en la trasera. No le quedaban más ases en la manga, ni podía enzarzarse en otro combate sin el factor de la sorpresa.
Súbitamente se hizo patente un cambio en el aire, un ligero temblor en la tierra y la madera que formaba la estancia subterránea.
En los niveles superiores del árbol de la guardia, Asunrix caminaba en círculos nerviosamente. Su costillar estaba cubierto por un grueso vendaje, y tenía algunas heridas menores en otras partes del cuerpo. Solnes lo observaba en silencio hasta que el gran ciervo marrón se giró súbitamente hacia él.
—¡¿Cómo pudieron entrar en mi casa?! ¿Cómo? Un unicornio necesita conocer el lugar al que teletransportarse, ¡tuvo que entrar antes que yo!
—Tuviste a un unicornio alojado en tu hogar, Asunrix —respondió el, en comparación, pequeño ciervo pelirrojo—. Pudo haber sido él.
—¡Te repito que el Maestro de la Magia Hope Spell no fue quien me atacó! Fue un anciano, un unicornio rojo.
—¿Y si Hope le mostró cómo teletransportarse a tu casa?
Asunrix miró al suelo, intentando desentrañar la veracidad de esa teoría. ¿Había dado alojamiento al responsable del ataque, de la muerte de Sinveria? Si era así, si Hope había traicionado su confianza... El gran ciervo marrón se asustó ante las ideas que le vinieron a la mente; "no puedo dejarme llevar por la ira".
—No quiero creerlo, no vi ninguna maldad en Hope Spell en todos estos días...
—Los testigos aseguran que vieron a un poni pelirrojo, como describes, hablando contigo durante el ataque, mientras estabas dominado; también que fueron dos pegasos los que causaron los incendios en los barcos, evitando que pudiéramos perseguir a la única nave que escapó, de bandera Equestriana; además tú tuviste un unicornio alojado en tu hogar. Son demasiados ponis en torno a este ataque para que sea una mera casualidad, amigo mío.
Lanzando una maldición en su propio idioma, Asunrix golpeó con todas sus fuerzas la pared más cercana, sintiendo a continuación el espíritu del árbol que les daba cobijo quejarse débilmente. No podía creerlo, ¿pero quién más podía haber sido? ¿Quién más podía haber mostrado al mago negro cómo llegar hasta él en el único momento del día que estaba a solas?
Sus recuerdos seguían atormentándolo, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo...
—Por toda la bondad de Gaia... Asunrix, tenemos que informar a Aitana Pones inmediatamente. Si esto es cierto, la verdadera historia de Weischtmann no debe descubrirse...
Pero Asunrix, apenas escuchó esas palabras, sintió su voluntad flaquear; una voz en su cabeza le repetía "recupera el pergamino traducido, mata a la traductora, y tráemelo". Y el gran ciervo se giró para mirar a su amada, pero no la vio: solo vio un objetivo.
—Asunrix, ¿qué ocurre?
Este dudó cuando la magia negra se manifestó en su mente; cerró los ojos solo un instante, durante el cual sintió al árbol gritar una alarma. Sinveria intentó huir, pero él se puso frente a ella, armado con una lanza, cuando dos zorros le atacaron. Solo tardó unos segundos en librarse de los cánidos para llamar a Gaia con un golpe de su pezuña, calculando el disparo que acabaría con la investigadora.
—¡MALDITA SEA! —gritó, tratando de alejarse de ese recuerdo—. ¡Maldita sea Gaia por no advertirme, maldita sea!
—La madre naturaleza sabe que es tu dolor, y no tú, quien habla.
—¡Iba a dejarlo, Solnes! ¡Iba a volver a ser un artesano, quería casarme con ella! ¡¿Cómo pude matarla?! ¡¿Por qué no pude resistir la magia, por qué?!
El aludido se levantó, se puso frente a su amigo y bajó ligeramente la cabeza, haciendo con el movimiento que sus cornamentas se rozaran. Un gesto de camaradería entre los ciervos.
—No fue culpa tuya, Asunrix. El mago negro que te hechizó era muy poderoso, necesité canalizar la ayuda de Gaia a través de todos mis guerreros para liberarte. Fuiste tú el elegido, pero de haber sido yo nada habría cambiado: ahora sería yo quien lloraría la muerte de un ser querido, y tú quien me consolaría. No fue culpa tuya.
Asunrix, tras unos segundos, asintió entre temblores por la ira y el dolor. Finalmente, este acertó a preguntar:
—¿Qué es lo que sabes, Solnes?
—Poco —reconoció este—. El mago negro se hacía llamar Sharp Mind, de acuerdo al Maestro de la Magia Hope Spell, y forma parte de la "Hermandad de la Sombra". En la ciudad se vio también a un hechicero infernal, un grifo, encontrado muerto en el bosque de la sabiduría; según los prisioneros, Aitana Pones acabó con él. Hope Spell explicó que te persiguió después de mataras a...
Solnes corrigió rápidamente sus palabras.
—Después de la muerte de Sinveria, Hope Spell te persiguió, pero el diabolista grifo lo detuvo por la fuerza. La Maestra Arqueóloga Aitana Pones llegó poco después, mató al hechicero infernal y ambos ponis salieron en tu busca. Sabían que ibas a entregar el pergamino al mago negro, e intentaron impedirlo. Asunrix, ¿tienes alguna idea de lo que decía ese pergamino, o de dónde salió?
El gran ciervo marrón negó con la cabeza.
—Sé poco, Solnes. Hope Spell vino enviado por el profesor Pones para investigar el pergamino, Sinveria me pidió que lo recibiera. Por lo visto encontraron el pergamino en el Imperio de Cristal, algo relacionado con una leyenda Germarena. Sinveria... sabía algo más. Reforzó sus hechizos de protección sin descanso, y antes de...
Asunrix tragó saliva; Solnes respetó ese momentáneo silencio.
—Cuando tradujo el pergamino me dijo que había que informar a Aitana Pones, que la verdadera historia del Weischtmann no debía descubrirse.
—¿El Weischtmann? —preguntó el ciervo pelirrojo—. No sé nada al respecto, le pediré a los escribas que lo investiguen.
—¿Qué hay del nigromante? —cuestionó Asunrix—. Tuvo que haber uno.
—En mi opinión, hubo más de uno. Trajeron un barco carguero grifo lleno de esqueletos y necrófagos, desde el cual lanzaron los ataques. Los movimientos de los no muertos seguían un patrón lógico, pero quien los dirigía no estaba cerca.
—Explícate, Solnes, por favor.
Este asintió y sacó un mapa de la ciudad en el que marcó las maniobras de los no muertos, dónde se enfrentaron a ellos y otros detalles tácticos. Era obvio que el objetivo de los nigromantes era bloquear todos los accesos al puerto durante todo el tiempo posible, a base de lanzar oleadas de esqueletos contra las calles principales y enviando grupos de necrófagos a las secundarias. Una vez el ejército de Lutnia entró en el puerto, este fue atacado desde todos los ángulos por cientos de necrófagos, lo que obligó a los druidas a iniciar una escaramuza que, si bien supuso poco riesgo para los mismos, sí que ralentizó su avance.
—Eso sí, hay algo que no entiendo —objetó Solnes—. Varios grupos bastante numerosos de no muertos atacaron el muelle en el que estabas tú; al principio pensé que quizá un druida estaba combatiendo contra los mismos, pero parece ser que eras tú luchando contra Aitana Pones y Hope Spell, mientras varios marineros grifos y lobos protegían el muelle. ¿Por qué?
—Porque... Sharp Mind me obligó a matar a Aitana Pones.
—Entonces, ¿la arqueóloga era el objetivo?
—No, en absoluto —respondió Asunrix—. El objetivo era el pergamino y... Sinveria. El unicornio rojo, Sharp Mind, me volvió a hechizar una vez se lo entregué para hacerme matar a la Maestra Arqueóloga.
Se miraron fijamente al darse cuenta los dos al mismo tiempo de un importante detalle.
—Si Hope Spell estaba con la Hermandad... ¿por qué luchó contra ti? ¿Un choque entre la lealtad y sus sentimientos?
Asunrix hizo ruido con la nariz al contener una pequeña risa.
—Te complicas demasiado, amigo mío. La teoría más sencilla suele ser la correcta; yo creo que Hope Spell no está con la Hermandad de la Sombra.
—¿Y qué hay de Aitana Pones? ¿Del espíritu maligno que porta consigo? Esa yegua liberó un hechicero infernal en una de las ciudades más pobladas de Equestria, ¿y ahora trae a un ser peligroso aquí? ¿Cómo sabemos que ella no está relacionada con todo esto? ¿O que no usa a ese ser para obtener poder?
—Yo... no estaba presente, Solnes. ¿Qué te contaron los druidas del círculo?
El ciervo rojo caminó hasta la mesa, junto a la cual se sentó mientras hablaba.
—Dicen que Aitana Pones no mintió: les entregó la brújula para destruir al espíritu que la mora, pero este era demasiado poderoso; invocó decenas de espectros que rodearon el círculo, y la amenaza fue que si lo destruían estos quedarían libres. Habrían muerto muchos.
—¿Qué hizo ella?
—Según los testigos, habló con el espíritu. Este se comunicaba mentalmente con ella, pero la poni estaba muy alterada, gritando. El sumo Maestro dijo que debía estar afectando a su mente, ya que gritó algo así como "no me importa lo que me muestres, no dudaré de él".
—¿Y tú qué viste?
—Cuando llegué ella misma gritó que cancelaran el ritual.
Asunrix caminó inquieto por la habitación, golpeando fuerte e inconscientemente el suelo con las pezuñas.
—Quiero encontrar al culpable, ¡quiero hacerle pagar, Solnes! Pero cuanto más hablamos menos creo que los dos ponis que retenemos estén relacionados. ¡Pero es que es peor, por todo el amor de Gaia! ¿No das cuenta? Ha tenido que ser un ciervo, Solnes, un guerrero druida o un Maestro de la Guerra.
—¿Qué estás diciendo, Asunrix?
—Todos los barcos son inspeccionados al atracar, ¡es normativa del puerto! Quien sea que inspeccionó ese carguero, no informó de los no muertos en su interior.
—Había magos negros, pudieron dominar a los guardias.
—¿Lo suficiente para que estos escribieran un informe coherente sobre el contenido del barco? ¿Como para no notar que alguien había jugado con sus mentes? ¡Míralo, me lo has enseñado antes! "Artesanía poni y grifo", y un reporte detallado de dónde dijo el capitán que la adquirió.
—Asunrix, esa acusación es muy grave...
—Todo esto a plena luz del día —continuó el aludido sin detenerse—, con comerciantes, marinos y guardias patrullando el puerto. ¡Tenían que saberlo de antes para pasar desapercibidos!
—Asunrix, escucha...
—¡Si tenemos un traidor entre nosotros tenemos que atraparlo! ¡Hacerle pagar por lo que...!
—¡Maestro de la Guerra Asunrix, ya basta!
El gran ciervo detuvo sus elucubraciones al escuchar la orden de un igual. Solnes se levantó y apoyó las pezuñas en la mesa, golpeándola a medida que hablaba.
—Estás herido emocionalmente, y has perdido a Sinveria. Estas dolido y lo entiendo, ¡pero no voy a permitir que tu sufrimiento siempre la semilla de la discordia entre nuestros soldados! ¡No voy a empezar una caza de brujas, Asunrix! ¿Entendido?
—Solnes, no puedes negar que...
—Negaré todo aquello que no se demuestre antes.
—¡Estás negándote a ver que lo que digo tiene sentido!
—Se acabó. ¡Guardias!
Ante la sorprendida mirada de Asunrix, la puerta de la sala se abrió y tres soldados ciervo entraron en la misma. Solnes, sin dejar de mirar al gran ciervo marrón, empezó a repartir órdenes.
—En nombre del Círculo de los Druidas, y en virtud del cargo que me ha sido otorgado, considero que el Maestro de la Guerra Asunrix no está en condición de dirigir los ejércitos de Lutnia.
—¡Pero qué estás diciendo!
—Y por lo tanto —continuó Solnes—, será escoltado a su hogar y relevado de sus funciones, las cuales le serán devueltas una vez vuelva a hallarse en paz consigo mismo y con Gaia...
—¡No puedes hacerme esto, Solnes! ¡Eres mi amigo, hemos luchado juntos durante una década!
—... Y sea capaz de separar sus deseos personales de las necesidades de Cérvidas.
Asunrix observó, pasmado, cómo su viejo amigo se volvía a sentar para empezar a redactar la órden oficial que haría llegar al Círculo, y sabía que le darían la razón. Uno de los tres guerreros se acercó y, cortésmente, le pidió que le acompañara.
—Solnes, ¿por qué?
—Porque tú harías lo mismo si estuvieras en mi situación.
El guerrero ciervo insistió en su petición, con más autoridad que antes. Asunrix bullía de furia, ¿cómo podían alejarle de la investigación? Si creía que apartándole de su cargo lo lograría, pronto demostraría que también podía investigar en privado, si era necesario. En silencio caminó hacia la salida escoltado por los guerreros cuando la paz del interior del árbol de la guardia fue rota con una alarma transmitida por Gaia. En pocos segundos, un guardia de los niveles inferiores puso palabras a la misma.
—¡Los calabozos! ¡Los prisioneros están libres!
Asunrix echó a galopar escaleras abajo, ignorando las órdenes de sus escoltas de que se detuviera. Bajó todos los niveles hasta llegar al descenso que llevaba a la estancia bajo las raíces del árbol donde se erigían las celdas. Ya había varios guerreros ciervo bloqueando la entrada, empuñando sus armas hacia los calabozos; pudo escucharlos gritar "suelta el arma". Asunrix avanzó y los guerreros ciervo, que aún no sabían de lo ocurrido en los niveles superiores, se apartaron para dejarle pasar. Frente a él la escena era, cuanto menos, insólita:
Aitana Pones, en equilibrio sobre dos patas, ya que una de las traseras estaba inutilizada, mantenía a un guerrero druida amenazado bajo la punta de una lanza que, evidentemente, había arrebatado al mismo. Al otro lado de los calabozos, el otro guardia que estaba vigilando a los prisioneros miraba a esta y a sus compañeros alternativamente. Y lo que más le sorprendió es que ambas celdas estaban abiertas de par en par, aunque Hope Spell no había salido de la suya.
En ese momento llegó Solnes quien, tras estudiar la escena, fue el primero en hablar.
—Poni, ¡¿qué estás haciendo?! ¡Libéralo!
—¿Liberar a uno de los traidores que permitió el ataque? —respondió Aitana—. ¿Qué pasa, no quieres conocer a los responsables de la muerte de Sinveria?
—¿De qué estás hablando?
—¡Es mentira! —gritó el ciervo cobrizo desde el suelo—. ¡Esta yegua es una demente!
—¡Preguntadle a Gaia! ¡Decidme si podéis sentir a Gaia a través de estos traidores, venga! Os han traicionado, permitieron entrar a los no muertos en el puerto; han hecho un trato con la Hermandad de la Sombra y Gaia les ha repudiado.
Solnes no supo cómo reaccionar, ¿era cierto lo que decían? Pero, antes de que diera ninguna orden, Asunrix avanzó hacia Aitana Pones y el ciervo que mantenía como rehén. Ante los sorprendidos druidas, golpeó el suelo para formar una lanza de madera de la nada, cuyo filo puso en la garganta de la arqueóloga.
—No estás en condiciones de luchar, poni, y si quieres vivir no dañarás a este ciervo. Suelta el arma.
La yegua retrocedió inmediatamente; había jugado todas sus cartas, ahora solo podía rezar porque saliera bien. El ciervo cobrizo, viéndose libre, se levantó.
—Gracias, Maestro de la Guerra. Estos ponis nos engañaron para que abriéramos las puertas, y después...
—Silencio —ordenó Asunrix—. Soltad vuestras armas y colocaos en el centro de la sala.
—No... no irán a creer a estos ponis, ¿verdad?
—Como la Maestra Arqueóloga ha dicho, preguntaremos a Gaia.
Los dos traidores supieron que no tenían escapatoria: la única salida estaba bloqueada por sus, antaño, compañeros. Sin otra opción, soltaron las armas y se juntaron en el centro de la sala. Algunos de los guerreros druidas se separaron para vigilar a Hope Spell y Aitana.
Los dos Maestros de la Guerra presentes se pusieron frente a los ciervos sospechosos. Tras unos instantes, los cuernos de los primeros empezaron a brillar una cálida luz verdosa, pero nada ocurrió hasta pasado casi medio minuto: El aire se enrareció ligeramente para los ponis; para los ciervos fue un claro grito de Gaia: "Enemigos".
La reacción de todos los presentes no se dejó esperar: varios ciervos avanzaron y levantaron sus armas contra sus antiguos camaradas, los cuales se rindieron sin ofrecer resistencia.
—¿Por qué? ¿Por qué habéis traicionado a Gaia? —preguntó el Maestro de la Guerra pelirrojo en su idioma natal.
—Usted no lo entendería, Solnes. No somos unos traidores, protegíamos Cérvidas.
—¿Con qué fuerzas habéis pactado?
Pero la pregunta quedó sin respuesta: Un violento crujido recorrió la sala; la madera bajo uno de los ex-druidas se levantó violentamente, proyectándolo contra una pared. El golpe fue brutal pero, antes de que el afectado llegara a caer, varias ramas y raíces surgieron de la tierra contra la que había impactado, inmovilizándolo contra el muro.
—¡Asunrix, no!
—¡¿QUIÉN OS DIO LA ORDEN?! —preguntó el gran ciervo marrón, que ya había avanzado y posado el filo de su arma sobre el cuello del traidor—. ¡QUIERO NOMBRES!
—¡No... no puedo! ¡No sabe a qué fuerzas se enfrenta, Asunrix!
—¿Y tú?
Como coletilla a esa pregunta, Asunrix golpeó el suelo con una pezuña trasera mientras su cornamenta brillaba con furia; a su espalda se escuchó un golpe y un quejido ahogado, seguido de las exclamaciones de los presentes y el grito de Hope Spell. El inmovilizado ciervo abrió los ojos de par en par, en shock por la atroz muerte de su compañero.
—Dime lo que quiero saber, traidor, o tu muerte será mucho más lenta.
Una nueva rama, larga y fina, surgió de la tierra tras el aludido y se cerró firmemente en torno a su cuello, apretando poco a poco.
—¡Sharp Mind! —gritó, aterrorizado—. ¡Fue Sharp Mind quien contactó con nosotros cuando patrullábamos las calas del norte, hace dos meses! ¡Nos lo mostró!
—¡¿QUÉ OS MOSTRÓ?!
—¡Al Señor de las Sombras! ¡Hablamos con él a través de una potra, y nos mostró lo que está por venir! ¡Este mundo está condenado, hicimos un trato para salvar Cérvidas!
—¡¿Qué trato?! —gritó Asunrix—. ¡HABLA!
—¡Recuperar un pergamino ciervo que traerían unos ponis para traducir y asesinar a Aitana Pones! ¡Ese fue el trato!
La poni marrón trató de sortear a los guardias que, mirando la escena, la habían perdido de vista. Pero en seguida la detuvieron por lo que gritó:
—¿Cuándo ocurrió eso exactamente?
—El quinto día... agh... de la tercera luna de Gaia. Hace dos meses.
Aitana maldijo para sus adentros. Asunrix siguió el interrogatorio.
—¡¿De dónde venía el carguero con los no muertos?!
—No lo... —el ciervo no pudo seguir hablando, ya que la rama le estaba estrangulando. Asunrix la aflojó con su magia—. No sé de dónde zarpó. Nunca me lo dijeron.
—¿Cómo era el barco? —cuestionó Aitana—. Descríbelo.
—Era... un carguero medio, una carabela grifo. Tenía cañones ocultos en su bodega, y la tripulación iba bien armada. Tenía marcas de disparos y fuego en la cubierta, por fuera estaban disimuladas.
—Y la potrilla, la que usaron para que hablaras con El Señor de las Sombras ese... ¿quién era?
—Era una esclava... me dijo su nombre, pero no era un nombre poni. "Anippa", creo. Murió después, cuando el demonio abandonó su cuerpo.
—No... —corrigió Aitana—. Debía ser "Anippe", un nombre de Egiptrot, significa "Hija del río de la vida". ¿Dónde viste a esa niña?
—Por favor —suplicó el traidor, ya que las ramas que le aprisionaban aumentaban su presión cada vez más—, suélteme, no puedo huir.
Por respuesta, Asunrix apretó un poco más la lanza contra su cuello.
—Sigue hablando.
—¡En su nave! ¡La vi en su nave, nos subieron a ella! Ya tenían un pequeño cargamento de esqueletos, pero eran muy pocos.
—¿Qué más viste? ¿En qué puertos atracó el barco? —el traidor dudó, lo que hizo que Asunrix le gritara—. ¡CONTESTA!
—Vi... ¡vi monedas sin cuño! ¡Espadas curvas, cimitarras, y tenían armas de pólvora, como los lobos! ¡Es todo lo que vi, no sé nada más!
—Entonces pasaron por el puerto pirata de Tortuga —concluyó Solnes, que se había mantenido al margen—. No puedes cargar un ejército no muerto sin llamar la atención: lo debieron hacer en varios puertos, de contrabando. Quizá varias naves distintas se reunieron en Tortuga para acabar de juntar a los no muertos en un solo carguero. También debieron asaltar algunos barcos en el camino, para conseguir nuevos cadáveres. Asunrix, ya tienes tu información, libéralo por favor.
Asunrix se mantuvo inmóvil, clavando su mirada en el traidor. Poco a poco retrocedió, separando la punta de la lanza del ciervo cobrizo y, con una orden mental, las raíces que lo aprisionaban se retiraron, dejándolo caer torpemente al suelo. Varias heridas se habían abierto en sus pezuñas, allá donde las finas ramas habían atravesado su piel. El ciervo respiró, aliviado de haber salvado, aunque fuera de momento, la vida.
Varios guerreros druida se adelantaron para detener al traidor, el cual no pensó siquiera en resistirse a ello. Pero, súbitamente, estos se detuvieron y miraron al mismo tiempo a Asunrix, alejándose del mismo unos pasos a continuación. El gran ciervo marrón se giró poco a poco para clavar sus ojos en el herido ciervo cobrizo; el guerrero repudiado por Gaia se levantó y retrocedió, topándose en seguida con la pared a su espalda; desesperado miró a todos los presentes.
—¡Me someteré a juicio, confesaré, pero no le dejéis hacerlo!
Solnes y varios de sus soldados conjuraron al mismo tiempo, tratando de guiar a Gaia para detener al enloquecido Maestro de la Guerra, pero, por alguna razón, esta no siguió sus indicaciones. El espíritu de Asunrix gritó a la madre naturaleza y, como si de un lago al que hubieran arrojado una piedra se tratara, el suelo se combó en ondas que desequilibraron a todos los presentes.
El ciervo cobrizo sintió un ligero temblor bajo sus pezuñas; un temblor que, aún habiéndole sido negado su comunión con Gaia, conocía demasiado bien: el rugido de la naturaleza a punto de cobrarse una presa. Frente a él, el cuerpo de Asunrix se cubrió con pequeñas luces rojizas, elementales del fuego que acudían al grito de furia y destrucción de su hermano ciervo; pequeños espíritus plateados se unieron a la danza con los elementales del fuego y, a medida que lo hacían, arcos eléctricos recorrieron el cuerpo del Maestro de la Guerra. A medida que los espíritus se acumulaban en torno al druida sus rasgos se fueron recortando, hasta que el traidor solo pudo apreciar sus ojos cargados de odio y muerte.
El primero de los elementales saltó sobre el traidor, haciéndolo gritar. Poco a poco, cada espíritu de la naturaleza se unió al asalto, haciendo gritar al ciervo cobrizo hasta que sus gritos se tornaron una desgarradora e ignorada petición de clemencia.
Unos largos minutos después, Asunrix avanzó en silencio entre los guerreros ciervo a través de la neblina nauseabunda que había provocado con su magia. Nadie se atrevió a ponerse en su camino. Hope Spell vomitaba en su celda al haber sido testigo de la ira del druida; este último se situó durante un instante frente a su amigo Solnes y le habló en voz baja, pero lo suficientemente audible para que todos le escucharan.
—Abandono mi rango. Voy a cazarlos.
En medio del shock, Asunrix abandonó la estancia, dejando a su espalda, en paredes opuestas, dos sanguinolentos mosaicos que una vez fueron los ciervos que rompieron sus juramentos, traicionando a su patria, su mundo y a la mismísima Gaia.
NOTA DEL AUTOR:
Si quieres vivir, no te alíes con el mago negro que dominó a Asunrix y le hizo matar al amor de su vida. Los Maestros de la Guerra son muy, muy brutos.
