Tal como dijo el piloto, la nave tardó solo seis días en llegar a Manehattan. La imponente ciudad Equestriana, "la capital del mar" como era llamada informalmente, presentaba una visión espectacular con sus grandes construcciones y el continuo tráfico marítimo que la caracterizaba. Desde la distancia no parecía que nada hubiera alterado su normal actividad, como si sus habitantes fueran ajenos a los eventos ocurridos en Cérvidas hacía algo más de una semana.

Sin embargo, Hope observó algo extraño: varios ponis empezaron a seguir al barco desde el muelle y, cuando echaron amarras, una gran multitud se congregó frente al mismo. Los propios marineros del bergantín estaban sorprendidos, pero hubo alguien que supo enseguida qué estaba ocurriendo. Y lo explicó con dos simples palabras:

—Oh, mierda.

La pasarela fue tendida y Aitana fue la primera en descender. Al instante, todos esos ponis, armados con libretas y grabadoras, la rodearon, inclusive los pegasos fotógrafos que se afanaban en tomar una instantánea de la llegada de la doctora Pones a Manehattan.

—¡Doctora Pones! Una entrevista para el Daily Mare: ¿estuvo usted en Lutnia cuando se produjo el ataque?

—¡Doctora, Fast Pen, del Manehattan Express! ¿Sabe algo del ataque no-muerto? ¿Es cierto que combatió usted contra un Maestro de la Guerra?

—¡Señorita Pones! Hay rumores que la relacionan a usted con el ataque, ¿tiene algo que añadir?

Aitana respiró hondo antes de alzar la voz para responder.

—Os voy a dar cuatro respuestas: Sí, sí, no y...

La cuarta llegó como una acción: aún con la pata trasera enyesada, la yegua marrón dio un paso atrás y empujó a una reportera hacia el borde del muelle. Esta no esperaba el empujón y, a pesar de sus esfuerzos, perdió el equilibrio y cayó al agua.

—¡Y si alguien quiere acompañarla que me haga otra pregunta! ¡Hope, vamos!

Los periodistas se separaron de la arqueóloga, la cual, acompañada por el joven y avergonzado unicornio, echó a andar hacia la universidad. A pesar de que algún periodista le lanzó una pregunta o la recriminó por su actitud, ninguno se atrevió a acercarse de nuevo.

A su espalda, un pegaso ayudó a la desafortunada periodista a salir del agua.

—"Estudia periodismo", dijeron, "será divertido", dijeron. Yo me vuelvo a mis novelas.

Ya en la universidad, Aitana se dirigió directamente al edificio de Historia y Arqueología para encontrarse con su padre.

—Hope, ve con tu familia. Hablaré contigo más tarde.

—¿Has pensado sobre lo que te dije?

—Hablaré contigo después, cansino.

Sin despedirse, Aitana se marchó dejando solo al joven semental. Este la miró unos segundos y negó con la cabeza antes de tomar el camino hacia su casa. A fin de cuentas, si las noticias del ataque habían llegado ahí, sus padres debían estar de los nervios.

Aitana, mientras tanto, subió directamente al despacho de su padre. Algunos alumnos la reconocieron y la saludaron, pero la mayoría notaron que la yegua marrón no estaba del mismo buen humor y ganas de fiesta con las que solía volver a la universidad tras sus expediciones. Llamó a la puerta del despacho y entró. Su padre, el profesor Pones, estaba rodeado de un montón de cachivaches y mapas, como de costumbre; nada más verla, salió de detrás del escritorio y el chirrido de su silla de ruedas acompañó al anciano unicornio gris cuando corrió a abrazar a Aitana.

—Hija, me alegro de verte de una pieza —el profesor reparó en la escayola de la pata trasera derecha de su hija—. Bueno, más o menos.

—Le dijo el ciego al tuerto —respondió ella con falsa malicia.

—Eso ha sido un golpe bajo. Espero que tengas una buena historia por contar.

—Demasiado, papá. Saca un par de copas de algo fuerte, nos van a hacer falta. Las cosas van mucho peor de lo que imaginábamos.

—Eso me temo.

El profesor sacó una botella de un licor fuerte de frutas y dos copas, las cuales fue sirviendo a intervalos regulares a medida que Aitana relataba lo que había ocurrido: El intento fallido de destruir a Kolnarg, Sinveria descrifrando el pergamino, el ataque de los no muertos, la dominación de Asunrix y la injusta decisión de Solnes.

—Hay un detalle más preocupante todavía, papá. Le pregunté al ciervo traidor cuándo fue contactado por Sharp Mind, y dijo que fue hace dos meses. Antes del ataque al Imperio de Cristal.

El anciano no pronunció en seguida sus siguientes palabras, temeroso de reconocer que sus sospechas eran ciertas.

—Nos han utilizado para traducir el pergamino, necesitaban mis contactos en Cérvidas. Hija mía... tenemos un topo.

El profesor se quedó sentado mientras su hija se levantaba para caminar en círculos, visiblemente alterada.

—Todavía no sé cómo, pero han averiguado lo suficiente para poder organizar todo esto. Sabían que Daring Do estaría en el Imperio, y dejaron las suficientes pistas para que recuperara los pergaminos y nosotros creyéramos habernos adelantado a la Hermandad de la Sombra.

—¿Pero quién puede ser el topo? ¿Quién? ¡Esto es una locura!

—Probablemente quien sea ni siquiera es consciente de que está pasando información al enemigo.

Aitana se quedó mirando a la pizarra una vez hizo un rápido esquema frente a Macdolia y el profesor para explicar su teoría de la Hermandad. Obviamente, al ser un despacho conocido, el unicornio lo había borrado. Ahora explicaba algo respecto al periodo imperial de Cebrania.

—¿Crees que pudo ser por lo de Manresht?

—No —respondió el profesor—. Reunir un ejército no muerto como el que describes tiene que haberles llevado meses, creo que era un plan que pusieron en marcha desde antes de que volvieras de los Reinos Lobo. Todo esto está siguiendo un patrón bastante lógico.

—¿De qué hablas?

—Se están dando más desapariciones, y si a eso le unimos el intento de capturar a Manresht, indica que están ofreciendo poder a algún demonio. Están siguiendo el patrón básico de una gran invocación, pero a una escala gargantuesca. Temo que estén intentando invocar a un gran señor del Tártaro.

—El señor de las Sombras, sea quien sea...

La arqueóloga volvió a sentarse y se quedó en silencio junto a su padre, bebiendo poco a poco el fuerte y dulce licor. La lucha contra las Artes Prohibidas de la magia estaba a punto de salir de las sombras, y eso no era un pensamiento agradable. Solo los necios que jamás la han experimentado consideran que la guerra es un evento épico y honorable.

—Hope Spell dice que quiere unirse, que quiere luchar.

—¿Oh? —respondió el profesor, sorprendido—. ¿Y por qué, si puede saberse?

—Dice que no puede quedarse quieto, que quiere proteger a quien pueda y usar su magia blanca para algo más que curar.

—Je, pobre iluso, no tiene ni idea de qué está hablando.

—Cierto —afirmó Aitana—, pero es listo. Supo usar sus pocas habilidades con frialdad, y no parece que le mueva la codicia. Pero tiene familia.

—Protegerla será un problema.

—Pero al mismo tiempo solo me conoce a mi como cazadora de demonios, y probablemente imagine que tú también estás envuelto. Si decidimos que se una, yo evitaría darle más información sobre los otros hasta que sea necesario.

—Sabes bien cómo puede acabar esto, hija mía. Si se une, organizaré un plan de contingencia para su familia.

—Je, si no te conociera pensaría que pretendes matarlos a todos.

Nuevamente se quedaron en un tenso silencio; Aitana acabó su copa de nuevo, pero no la rellenó. No sabía cómo decir lo siguiente, por primera vez en muchos años se sentía realmente aterrorizada. Tenía miedo de lo que podía averiguar al hacerle la siguiente pregunta a su padre. Pero sabía que la duda podía llevar a la desconfianza, y no quería que eso ocurriera. El profesor Roy Pones era su única familia, a fin de cuentas.

—Papá, hay algo que no te he contado. Sobre el ritual para destruir a Kolnarg.

—¿Sí?

—Entró en mi mente y... me...

—¿Te dominó de nuevo?

—No —negó la yegua del chaleco—. Me mostró... algo. Por lo visto, cuando llevaste tú la brújula mientras estuve en la cárcel, entró en tu mente.

Súbitamente, Aitana sintió que el susodicho objeto aumentaba en peso y reducía su temperatura. El ligero murmullo que la arqueóloga sentía en la parte de atrás de la cabeza cuando portaba el receptáculo del lich se redujo, como si el espíritu estuviera escuchando la conversación. El unicornio gris de crines negras pareció ligeramente alterado.

—Eso no puede ser, Aitana. Jamás sentí que nada entrara en mi mente, debió inventárselo.

—Había demasiados detalles, ningún error. Mamá era una guardia lunar, ¿verdad?

El profesor Pones asintió, por lo que su hija siguió hablando.

—Pero la vi caer, papá, y no iba vestida como una guardia.

—Aitana, seguramente fue una ilusión que...

—¡Sabes que las ilusiones no me afectan! Heredé tu dura cabeza, ni siquiera los mejores magos negros son capaces de dominarme desde que era una potrilla. ¡Eso no era una ilusión!

—¡Aitana, estás cayendo en el juego de...!

—¡Cállate! Sé lo que he visto, y necesito que me lo expliques, necesito que lo arreglemos ahora. Vi a mamá caer en una explosión, ¡y no llevaba armadura ni símbolos de la guardia! Viví tus recuerdos, luchando junto al tío Gilderald para encontrarla, ¡estabas fuera de ti! La secuestraron, ¿verdad?

El unicornio miró a su hija con severidad, pero un ligero temblor en el párpado le traicionó.

—Ya te lo dije, tu madre murió luchando contra un demonio, no hay nada más que hablar.

—¿Y qué hay de Hellfire?

La expresión del profesor Pones se truncó: se quedó con la boca abierta al oír ese nombre, sin poder encontrar una respuesta adecuada. Y, para su desgracia, Aitana confirmó que lo que había visto no eran invenciones de Kolnarg.

—Jamás me dijiste ese nombre, papá, ¡nunca en mi puta vida! Él secuestró a mamá, ese hijo perra lo hizo, ¡y tú corriste para salvarla, junto al tío Gilderald! Ninguno de vosotros me lo había contado, ni siquiera conocía ese nombre, ¡joder! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me mentisteis sobre la muerte de mi madre?! ¡¿Por qué, maldita sea?!

—¡Porque hay cosas que no le puedes contar a una potrilla, Aitana!

—¡Dejé de ser una potra el día que apuñalé a un mago negro en la cocina! ¡Yo tenía quince años entonces, y estoy a punto de cumplir treinta y uno! ¿Cuántas mentiras más me habéis contado?

La yegua terminó la retahíla, pero su padre tardó unos segundos en recuperar las fuerzas para hablar. Lo hizo con la voz quebrada.

—Hay... cosas que no se le puede contar a una potra, hija mía. Y cuando pasan los años es muy complicado encontrar el momento adecuado para hacerlo.

Aitana respiraba rápidamente, luchando por controlarse y calmarse.

—Solo dime una cosa, papá, dime que lo último que vi no era cierto.

—¿Qué es lo que viste?

La arqueóloga, por primera vez en décadas, sintió que se venía abajo emocionalmente. Era una idea demasiado terrible, algo que estaba haciendo flaquear su fuerza de voluntad. Si esto resultaba ser cierto, la confianza que había depositado en su padre, el único poni del mundo en el que lo había hecho, iba a verse rota para siempre. Le costó un rato superar el nudo que se le había formado en la garganta; cuando lo hizo, fue con el susurro de una potra que luchaba por no llorar.

—Dime que tú no la mataste.

El profesor Pones miró a su hija y una profunda tristeza atravesó su mirada al saber que iba a sacar a la luz el momento más oscuro de su existencia, un recuerdo clavado profundamente en su alma.

—Siéntate, hija, tenemos mucho de lo que hablar.


NOTA DEL AUTOR:

¿Quién era la madre de Aitana Pones? Si os apetece un preámbulo, quizá queráis leer mi one-shot "Cuéntame tu historia".

Gracias a todos por leerme y por vuestros reviews, ¡un abrazo!