El unicornio gris de crines negras levantó el vaso con su magia y lo revolvió, mirándolo en silencio. En ese mismo instante Aitana notó más que nunca la edad de su padre: las pocas arrugas que tenía se habían acentuado y su crin, al caer al lado de su rostro, desveló las canas que la cubrían. Desde su posición, la yegua marrón apreció el borde de la Cutie Mark que el semental frente a ella ocultaba bajo los anclajes de su silla de ruedas: un rayo cuya punta acababa en una espada. Un tipo de marca que solo unos pocos ponis poseían en Equestria, y que denotaba la inclinación natural de su poseedor hacia el combate.
Aitana apenas recordaba el día en que su padre regresó a casa en silla de ruedas, unas semanas después de que Gilderald la salvara de los magos negros que todavía asaltaban sus sueños. El profesor Roy Pones bebió un trago y alzó la vista hacia su hija, con una mirada cargada de tristeza y... miedo.
—No sé por donde empezar.
—Háblame de mamá. De la de verdad.
El semental asintió y pasó varios segundos mirando su propio vaso.
—No conozco totalmente su historia, Aitana, jamás me la contó, aunque sé algunos retazos. Vivió casi toda su juventud siendo perseguida, y tuvo que luchar para sobrevivir.
—No éramos tan diferentes, entonces.
—Sí que lo sois, hija. Tu madre nació en Isaura, hija de esclavos.
La yegua marrón se apoyó sobre la mesa, mirando a su padre estupefacta. Había visitado ese reino en un par de ocasiones.
—Entonces... ¿era una esclava?
—Sí, pero escapó siendo solo una potra, y pasó años sobreviviendo en las calles, huyendo de los esclavistas y luchando cuando fue necesario. Una vez me comentó que mató a varios de estos… de hecho mató a muchos, demasiados.
—Supervivencia —expresó Aitana, evitando darle mayor importancia—. Yo misma he tenido que matar a veces en mis...
—No, no es lo mismo: Midnight Shield asesinó a esclavistas, guardias y esclavos por igual.
La yegua marrón empezó a deducir hacia donde iba la historia, y no le gustó mucho el desenlace que intuía.
—¿Qué demonios quieres decir? ¿Que mamá asesinó a gente inocente?
—No sé quiénes fueron sus... víctimas, exactamente; sí que sé que Midnight Shield se convirtió en el terror en su ciudad, y acabó siendo perseguida por toda la guardia. Al final fue capturada pero, por alguna razón, no la ejecutaron. En lugar de ello pasó a trabajar para un burgués, un mafioso.
Aitana se quedó totalmente parada ante esa información.
—Me estás diciendo que mamá era...
—Una asesina a sueldo.
—¡Qué broma es esta! —gritó la Arqueóloga—. ¡Me has dicho toda la vida que mamá era una guardia, y ahora me vienes con esto!
El profesor observó a su hija cuando esta se levantó y se alejó, andando el círculos mientras hablaba.
—¡La recuerdo poco, pero no podía ser... eso! ¡Tienes que estar de coña!
—¡Aitana, tranquilízate! —gritó el unicornio. Su cuerno brilló ligeramente, y la sala se cubrió de un aura azulada, insonorizándola—. ¡Esa fue tu madre, cierto, pero no es la misma yegua que era cuando tú naciste! Si vas a juzgarla, antes escucha toda la historia.
Aitana miró intensamente a su padre, con la ira y el desengaño reflejados en su rostro. Al cabo de unos segundos se sentó de nuevo sin decir nada, esperando a que el semental continuara. Este requirió de unos momentos para calmarse él mismo antes seguir. Entendía el enfado de su hija, pero si quería conocer la verdad sobre su madre, debía escuchar toda la historia.
—Trabajó con ese mafioso durante... no sé, creo que unos años. Y todo cambió cuando este decidió ampliar el negocio en Equestria. Menospreció a los Equestrianos tratando de hacerse con el control de los bajos fondos de Trottingham.
—¿Qué ocurrió?
—Quietos.
El calmado susurro de alarma hizo que el gran poni de tierra negro y sus secuaces se detuvieran. Una pegaso, de pelaje azul oscuro y crines lilas, miraba hacia atrás y ligeramente arriba, escudriñando la nave donde retenían a los secuestrados. Su Cutie Mark la formaba una cuchilla de casco.
—¿Qué ocurre, Midnight Shield?
—Silencio.
La pegaso podía notarlo en sus plumas: las leves corrientes de aire que había levantado una gran criatura voladora, probablemente un pegaso. Y... había algo, una ligerísima vibración que sentía en los oídos. Jamás había experimentado nada similar. Por suerte para ella, todos los presentes sabían que no había que menospreciar los agudos sentidos de la asesina, por lo que guardaron un tenso silencio.
Y por eso pudo escuchar el inconfundible sonido de la madera y la cuerda al ser tensadas. Saltando al tiempo que desplegaba sus alas, Midnight Shield se lanzó contra su jefe, apartándolo del ataque. A su espalda escuchó el impacto del virote seguido del de un poni al desplomarse.
—¡Corred!
La pegaso azul oscuro se levantó y voló directamente siguiendo la trayectoria del virote hacia el tirador. La nave era enorme, y las pocas lámparas que había en el suelo no podían iluminarla completamente. Había advertido sobre lo poco seguro que era el edificio, pero no la habían escuchado. Ahora solo le quedaba hacer su trabajo.
Sin embargo, cuando llegó a las vigas del techo no había nadie. Buscó a su alrededor, sabiendo que estaba en una posición vulnerable, pero una vez más volvió a escuchar una ballesta al ser cargada. Hizo un rápido picado, evitando el virote que pasó justo donde habría estado su cabeza, clavándose en una viga.
—¿Puedes ver en la oscuridad, cerdo?
Midnight Shield, conociendo el punto fuerte de su enemigo, voló en picado hasta el suelo, haciendo una parábola para recoger una de las lámparas de aceite y volver al techo. En ese tiempo el tirador pudo disparar una vez más, sin atinar a la veloz pegaso. Cuando esta llegó a lo más alto de la construcción, lanzó el objeto hacia la zona donde creía que estaba su enemigo. El aceite ardió y se expandió en una enorme lluvia de llamas, cubriendo de fuego gran parte del techo y de las vigas que lo sostenían.
Entonces lo vio: una sombra que voló, alejándose del calor y la luz. Midnight se lanzó contra ella, desplegando en el vuelo dos dagas de casco gemelas. Esperaba acabar con el atacante rápidamente pero, en el último instante, el reflejo del fuego desveló dos largas cuchillas que este portaba. La pegaso detuvo su vuelo rápidamente y se preparó para defenderse.
Los metales chocaron en repetidas ocasiones; el atacante era extremadamente rápido y hábil, forzando a Midnight Shield a mantenerse completamente a la defensiva. Cada ataque que esta lanzaba era rápidamente detenido y, en sus defensas, la pegaso estaba perdiendo terreno, acercándose rápidamente al techo que, a su espalda, empezaba a consumirse por las llamas.
Sin poder mantener la posición más tiempo, Midnight voló hacia atrás, directamente hacia una de las vigas en llamas, girándose en el aire y golpeándola fuertemente con las patas traseras. Esto tuvo el efecto previsto, creando una pequeña explosión de ascuas que la pegaso atravesó limpiamente. Sin embargo, quien fuera a quien combatía, no debió ver el movimiento, ya que gritó cuando varias brasas cayeron sobre él, un grito que no parecía poni.
Midnight Shield se posó sobre una de las vigas y, frente a él, su enemigo hizo lo mismo. Iluminado por el fuego, la pegaso solo pudo apreciar sus detalles más característicos: Pelaje gris, casi negro; sus dos patas tenían asidas dos largas cuchillas gemelas a algún tipo de brazalete que permitía retraerlas sobre sí mismas; sus orejas eran grandes y peludas, y mantenía los ojos cerrados. Pero lo más inquietante fue apreciar que sus alas no eran las de un pegaso, sino de un murciélago.
La criatura abrió los párpados, revelando unas afiladas pupilas, tan brillantes que se podían apreciar las llamas reflejándose en las mismas. Al mismo tiempo, se agachó ligeramente, adoptando posición de guardia, y bufó como un gato furioso hacia Midnight Shield. Su dentadura acababa en dos largos, blancos y afilados colmillos.
Midnight Shield tardó poco en recuperarse del shock. Cuando lo hizo, esbozó una sonrisa que mostró todos los dientes y presentó sus propias armas, preparándose para el combate.
—No sabía que los batponis eran reales. Será un placer matarte, asesino.
El batpony se lanzó hacia Midnight Shield, trazando una parábola. Esta notó la sensación que, como siempre, la absorbía en combate: el momento en el que su mente lógica se apagaba y dejaba que el instinto tomara control de sus actos. Detuvo el primer ataque y, con un grave grito, coceó al batpony en el pecho con las patas traseras, lanzándolo al aire y cargando tras él a continuación.
—Un asesino batpony, eso es lo que ocurrió. Atacó al mafioso y tu madre le hizo frente.
—Los batpony... ¿Un guardia Lunar?
—En aquel entonces no, los batponies vivían aislados de Equestria. Uno de los primeros actos de Luna fue integrarlos en la Guardia Lunar. Je, a tu madre le habría hecho gracia ser parte de la misma.
Aitana ató cabos rápidamente.
—Espera un momento... ¿Me estás diciendo que mamá luchaba junto a batponies?
—Sí, era algún tipo de cuerpo de élite. No sé mucho más, me temo, pero los vi luchar en alguna ocasión y… pude intuir por qué tu madre luchaba con ellos.
El profesor se levantó y caminó hacia la ventana del despacho. Desde ella podía ver el campus en su totalidad, y a los estudiantes caminando o volando de un lugar a otro. Se podían contar miembros de todas las razas: pegasos, unicornios, ponis de tierra, grifos e incluso algún ocasional ciervo. También empezaban a verse estudiantes batpony. Desde el regreso de Luna, esa extraña raza poni había empezado a reintegrarse en la sociedad Equestriana, especialmente a través de la guardia Lunar. La presencia de los guardas batpony había ayudado a acabar con los prejuicios creados por generaciones de escritores y dramaturgos.
—Tu madre era... grácil. El combate era, para ella, un juego, una parte de su vida; volaba con una precisión absoluta y, siempre que podía, acababa con sus enemigos rápidamente. Pero cuando uno de estos lograba hacerle frente, Midnight Shield se volvía...
El unicornio pareció dudar sobre qué decir a continuación.
—Siempre la llamé, medio en broma, "pantera con alas". No se me ocurre nada mejor.
El profesor se giró hacia su hija; su expresión era triste y melancólica, lo cual chocó profundamente con el discurso que pronunció a continuación.
—En combate era terrorífica, no te lo puedes imaginar. Cuando se dejaba llevar se volvía puro instinto cazador y... lo disfrutaba. Era el tipo de poni que podía asesinar a alguien con una sonrisa, mirando a su siguiente víctima.
—Qué... ¡Eso no puede ser! Recuerdo su Cutie Mark, una daga de casco. Mamá me explicó que era porque a ella le gustaba proteger a...
—Te mentimos, Aitana, no te podíamos decir la verdad. Su Cutie Mark representaba su talento especial: el combate y el asesinato.
La aludida escuchó esa última palabra, y no pudo evitar empezar a repetirla en su mente. Asesinato. La habilidad especial de su madre era quitar la vida. Asesinato, era aquello para lo que había nacido, lo que disfrutaba. Asesinar sin otro objetivo que la muerte en si.
Su madre era una asesina nata.
El profesor Pones observó a su hija en silencio: se había quedado callada, mirando sus propios cascos casi sin parpadear. No podía culparla, no podía de ninguna forma: había tenido que mentirle cuando era una potra, para protegerla de las represalias que los magos negros, nigromantes y diabolistas a los que él y Midnight Shield daban caza pudieran llevar a cabo. Como acabó, finalmente, ocurriendo, a pesar de todas sus precauciones.
—De esa poni, de esa asesina... me enamoré. Y ella me correspondió —el unicornio gris acabó esa frase con una ligera risa—. No te creerías cómo nos conocimos, suena a algún fanfiction hecho por un escritor frustrado con demasiado tiempo libre.
—A ver... sorpréndeme, si es que puedes hacerlo todavía más.
—¿No es evidente? Intentó matarme.
Royal Destiny estaba quieto, jadeando, esperando cualquier señal de dónde pudiera encontrarse su enemigo. A sus cascos, los cadáveres de varios nigromantes, que él mismo había matado, convertían la zona en un sitio complicado para cabalgar. La noche era cerrada, y la oscuridad casi completa. Su cuerno brillaba ligeramente, manteniendo un hechizo de detección que era la única posibilidad de localizar al cultista restante, que en tantos aprietos le estaba metiendo. A su lado, una alargada espada plateada levitaba, sujeta por su propia magia.
Le había lanzado varios ataques, sin detenerse, para después perderse en la oscuridad. Fuera quien fuera, tenía a Royal en su terreno, y este se estaba empezando a debilitar. Tenía que vencer cuanto antes.
Una sensación, como un chispazo mágico en su mente, le alertó de un ser vivo acercándose a toda velocidad por su espalda. El unicornio gris se giró, llevando su espada para interceptar el ataque; esta impactó contra una larga cuchilla que estaba asida a la pata delantera de una yegua de pelaje azul oscuro. Esta vez no se retiró, en vez de eso retrocedió ligeramente y empezó a lanzar veloces tajos a Royal. El semental se defendió, deteniendo el arma de su enemiga con la suya propia y, cuando vio una oportunidad, cargó su magia en una fuerte explosión de luz. El resplandor cogió de improviso a la pegaso, la cual se vio forzada a retroceder de un rápido vuelo a ciegas. En ese instante, Royal tuvo la oportunidad de ver que la crin de la yegua era violeta, y sus ojos de color azul cielo.
Tras unos segundos, escuchó su voz en la oscuridad, fría, susurrada y regocijándose en la situación.
—Nada mal para un cultista.
—¿Qué?
—No esperaba que uno de tu calaña ofreciera tanta resistencia. Hagamos un trato: dime dónde está el resto del culto, y te perdonaré la vida.
—¿Qué...? ¡¿Pero tú eres estúpida?! ¡No soy un cultista, soy un cazador de demonios!
—Aunque mientas no vas a...
—¡¿Y por qué te crees que todos estos están muertos?! ¡Mira a cualquier cadáver, que si no fue mi magia, fue mi espada quien lo mató!
Pasaron unos segundos antes de que el semental escuchara a la pegaso posarse en el suelo. Solo hizo falta un momento para que unas palabras llegaran a sus oídos: "Fíjate, va a ser cierto y todo".
El profesor sonreía ligeramente, perdido en sus recuerdos.
—Me confundió con un cultista. En aquel entonces ella ya era una agente de los batponis, y había ido a acabar con el mismo culto que yo. Estaban organizando sacrificios rituales e invocando demonios demasiado cerca de la frontera, en el Oeste Desconocido.
El profesor estuvo a punto de servirse otra copa, pero se dio cuenta que estaba bebiendo demasiado, así que desistió.
—A partir de ese momento, Midnight Shield y yo viajamos juntos. Al principio porque perseguíamos el mismo objetivo, pero acabó acompañando a los Arqueólogos en sus misiones. Hicimos un gran equipo con Gilderald; fue durante una expedición en Cérvidas cuando tu madre y yo... bueno, empezamos nuestra relación. Ahí fue donde conocí a Sinveria, la salvamos de un demonio cuando era una cervatilla. Unos dos años después, si no me falla la memoria, nos retiramos por un tiempo y dejamos las expediciones.
—¿Por qué?
—Porque tu madre se quedó embarazada. De ti.
El unicornio, se quedó un rato mirando por la ventana. El ligero brillo de su cuerno, con el que mantenía el campo de silencio, hacía que los rasgos de su rostro se marcaran con intensidad. La ligera sonrisa que le había acompañado hasta entonces murió.
—Cuando naciste... me sorprendí por la calidez de Midnight Shield. Aunque conmigo siempre fue una gran... esposa —dijo el profesor, con un tono que dejaba entrever que había detalles privados que no pensaba compartir con Aitana—, siempre temí que pudiera ser fría o distante contigo. No fue así, y esos recuerdos que tienes de ella son reales, hija. Era... una gran madre, y te amaba. Nos amaba a los dos, y habría dado la vida por ti.
Pones calló durante un instante, como si hubiera retenido algo que estuvo a punto de decir. Aitana aprovechó ese instante.
—Explícame cómo una asesina nata podía ser tan cálida. No lo entiendo.
—Porque ella era una yegua pasional, en todos los aspectos. A esas alturas, había aprendido a usar su don por un bien mayor. Ella vivía para el combate y para causar la muerte, pero aprovechaba su... predisposición natural para proteger el mundo del mal, viniera de donde viniera. En ese aspecto, no es tan diferente a ti.
—¡Pero antes me dijiste que sí que lo era!
—Porque tú no disfrutas ni del combate ni de causar la muerte: lo usas como una herramienta, como algo necesario. Tu madre... sí que lo disfrutaba. Era su vida.
El unicornio gris aprovechó para mirar a su hija; esta se había servido un nuevo vaso de licor, pero no lo había tocado todavía. Había esperado que Aitana siguiera maldiciendo en voz alta, que le gritara o algo peor. Y la conocía lo bastante bien como para saber que eso no era una buena señal. Pero ya no valía la pena ocultar nada más.
—Cuando tú cumpliste cuatro años, los Arqueólogos nos contactaron: había una gran trama diabolista en Cérvidas y Equestria. No podíamos quedarnos quietos, esperando a que quizá fallaran y los diabolistas pudieran ponerte en peligro. Nos reunimos con Gilderald y volvimos a la acción.
Viajamos a Cérvidas, y, durante un año, fuimos dando caza a los distintos cultos. Ya sabes cómo funciona: grupos de diabolistas aislados, que creen poseer el control de su zona cuando en realidad eran títeres de alguien sin saberlo. En este caso, era un de poderoso diabolista que había hecho un pacto con dos grandes señores de los demonios: Uno del fuego y la destrucción, y otro de la oscuridad y el terror.
—¿Quién era?
—Ya conoces su nombre: Hellfire.
El profesor, que todavía estaba frente a al ventana, volvió a su mesa y se sirvió un largo trago de licor. Su expresión, abatida, denotaba que llegaba al momento que no quería rememorar.
—Lo fuimos arrinconando. Él fue ganando poder, pretendía invocar un gran demonio al que dominaría para hacerse más poderoso y desafiar a Celestia en persona. Suena descabellado pero... podría haberlo logrado, y habrían muerto muchos en el proceso. Acabamos en un empate técnico, eso lo supe después. Él ya tenía lo necesario para el ritual, pero con nosotros pisándole los talones no podía empezarlo. Lo que hizo, en su lugar, fue lanzar un gran ataque contra una población poni, en el Oeste Desconocido.
—Os tendió una trampa —concluyó Aitana.
—Sí. Y caímos en ella.
Royal Destiny lanzó una devastadora lluvia de energía contra el gran demonio de la destrucción que se había interpuesto en su camino. Incluso antes de que este cayera, el unicornio se deslizó entre las patas de la monstruosidad, galopando a continuación hacia su amada. En su mente no había otro objetivo que no fuera recogerla y huir.
Frente a él, junto a varios pequeños diablillos del fuego, un unicornio negro lo miraba. Su cuerno, liso y curvado, acababa en una incandescente punta roja, el mismo color que brillaba en sus crueles ojos. Su pelo, gris oscuro, caía a ambos lados de su cuello, protegido por una armadura metálica de color granate. El diabolista miró a Royal con una cruel sonrisa, y el cazador de demonios se detuvo, alzando su espada e invocando varias saetas mágicas que empezaron a orbitar a su alrededor.
—Royal Destiny en persona... Es un placer, Arqueólogo.
—¡Hellfire! Al fin te muestras, cobarde.
—Oh, tú y yo combatiremos, Royal...
El demonologista detuvo la frase al tiempo que su cuerno se cubría con un aura negra que burbujeaba energía verdosa. Cubierta en un oscuro manto, Midnight Shield, inconsciente y ensangrentada, levitó al lado del oscuro unicornio.
—Pero eso será en otra ocasión —dijo, antes de teleportarse junto a la pegaso.
—¡MIDNIGHT!
Regresando de sus recuerdos, el profesor dio un largo trago de licor, sintiendo que la culpa que había reprimido por tantos años volvía a embargarlo.
—Fuimos en su busca, Aitana. Durante tres días cazamos a los cultistas, interrogamos a los que hizo falta y encontramos su madriguera. Claro que sabíamos que era una trampa, ¿pero qué podíamos hacer?
—Joder...
—Cuando lo encontramos, nos soltó un ejército de demonios. Gilderald siempre ha sido muy bueno con los campos de contención, así que se encargó de frenarlos, y yo fui directamente a por Hellfire. Pero... usó un arma contra la que yo no podía combatir.
El enorme grifo de plumas doradas lanzó sus dos hachas gemelas; estas recorrieron en aire a través de la oscura estancia hasta que impactaron contra dos pequeños demonios del fuego que avanzaban hacia él, seguidos de otros muchos. Gilderald introdujo sus garras en una bolsa que portaba y lanzó dos puñados de polvo verdoso hacia adelante, en un amplio arco frente a él. A media que el polvo trazaba dos lineas difuminadas en el suelo, el gran grifo trazó con sus garras runas que aparecieron en el aire como luces incandescentes, al tiempo que pronunciaba palabras arcanas.
Y los pequeños demonios, que esperaban acabar rápidamente con su enemigo gracias a su gran número, se toparon con dos invisibles barreras de fuerza que los frenaron en seco.
Una inmensa llamarada surgió a la espalda de Gilderald, cubriendo la zona donde sabía que se encontraba su compañero. Estaba a punto de acudir en su auxilio, pero a través del fuego surgieron varias saetas de brillante magia blanca que, trazando amplias parábolas, convergieron sobre el diabolista negro que lanzaba el ataque. Este se protegió, y el fuego se apagó cuando dejó de concentrarse en el mismo. Y, sin embargo, la sonrisa no murió en el rostro de Hellfire.
—Deberías darte prisa, arqueólogo —dijo el demonologista con sorna—. Quién sabe, quizá todavía esté con vida. O quizá no lo esté... pero siempre me quedará tu hija para seguir divirtiéndome. ¿Dawn Hope, en Trottingham?
La magia rodeó a Royal Destiny, fruto de la pura rabia y del instinto de proteger a su hija, haciendo que sus crines se sacudieran con furia. Había torturado a Midnight Shield, su esposa jamás habría revelado que tenían una hija, y menos dónde encontrarla.
—¡Esta es tu última noche, Hellfire! ¡Te haré sufrir, hijo de puta!
—¿Y a ella, la harás sufrir?
En ese instante, Royal Destiny notó un movimiento a un lado y se giró rápidamente para interceptarlo. Su espada chocó contra un largo filo plateado que reconoció al instante: su hoja estaba cubierta por runas lobas y pictogramas ciervo. El enganche, adaptado a la pata de un poni, había sido rematado con la figura de un dragón. No fue hasta que cruzó su mirada con los ojos de Midnight Shield que no reconoció a su esposa. Pero sus pupilas, en vez del usual azul cielo, se habían vuelto verdes, y una sombra púrpura surgía de sus ojos.
—No... ¡No! ¡Midnight Shield, soy yo!
La pegaso no reaccionó ante las palabras de su marido, lanzando ataque tras ataque contra el desesperado unicornio.
—La había dominado, Aitana, usando los poderes del Tártaro. Yo no podía concentrarme en medio del combate para intentar liberarla, y Gilderald no podía ayudarme. Yo... no pude...
El unicornio gris, el que antaño fue el cazador de demonios Royal Destiny, no pudo seguir hablando. Ante una muy sorprendida Aitana, que jamás lo había visto así, el profesor Pones derramó varias lágrimas en silencio. La yegua no supo bien cómo reaccionar pero, tan pronto como había ocurrido, su padre se recuperó y se secó la cara.
—Perdona, es... duro recordarlo.
—Vale vale, no te preocupes... Joder, ¿qué pasó? ¿Al final la...?
—No, hija, no exactamente. Yo no podía herirla, incluso aunque hubiera querido no habría podido. Tu madre era muchísimo mejor que en combate cerrado, yo no tenía ninguna posibilidad.
La zona era un caos: decenas de demonios intentaban avanzar hacia los cazadores. Los campos de contención creados por el grifo, Gilderald, los retenían, y los que lograban superarlo eran inmediatamente eliminados por las garras de este. Pero toda esa área era un gran portal demoníaco cuyo vórtice era Hellfire, y los seres del Tártaro aparecían por doquier, entre deflagraciones de llamas.
Y mientras tanto, dos ponis libraban un combate singular.
Royal Destiny retrocedió, usando un sencillo hechizo para detener la hemorragia de varios cortes que había recibido en las patas delanteras, ahí donde su armadura no le protegía. La pegaso frente a él se preparaba para atacarlo de nuevo y, no lejos de ahí, Hellfire reía cruelmente. La prepotencia del diabolista era lo único que le estaba dando una oportunidad al cazador de demonios en esa lucha desigual.
—¡Midnight Shield, por favor, recuerda!
La aludida rodeó ligeramente al unicornio, buscando una forma de acabar con ese combate.
—¡Lucha contra el demonio, no le dejes dominarte! ¡No dejes que te esclavicen otra vez!
—Ella no puede oírte, Royal —dijo Hellfire—. Ahora es mi títere, y su alma está alimentando mi poder.
—¡No! ¡Tienes que luchar, Midnight, por favor, cariño, no le dejes!
La pegaso alzó el vuelo varios metros y se lanzó en picado contra el mago; una barrera mágica la frenó casi en seco, evitando la carga, pero aún así atacó a Royal con grandes arcos de su espada, que cambiaba de posición en su pata según le conviniera. El unicornio gris se defendió con su propia arma , retrocediendo por su vida. En un hábil movimiento, Royal logró bloquear la espada de Midnight Shield contra el suelo. La yegua de pelaje azul oscuro se revolvió, haciendo que su crin violeta cubriera su rostro durante un instante.
—¡Midnight, por todos los titanes, piensa en tu hija! ¡Piensa en Dawn Hope, lucha por ella, lucha!
Royal miraba directamente a los ojos de su esposa y, como si de un milagro se tratara, observó que estos habían recuperado su habitual tono azul. En un quedo susurro, la oyó decir "Royal", pero, tan pronto como había ocurrido, la pegaso se separó y retrocedió de dos poderosos aleteos. Se preparó para una nueva carga y Royal Destiny, maldiciendo, hizo lo propio para defenderse.
Midnight alzó el vuelo y cargó contra su marido. Este levantó la espada para desviar el ataque... pero, en el último instante, lo comprendió. Lo comprendió cuando vio que los ojos de su esposa volvían a ser azules, y cuando esta retrajo su espada a una posición desde la que no podría atacarle.
Antes de que pudiera apartar su arma, Midnight Shield cayó sobre la afilada punta de esta. Fue un instante tan largo como una eternidad para Royal Destiny quien, impotente, pudo ver cómo su propia espada se hundía en el pecho de la yegua que amaba. Liberó el agarre mágico que la sostenía, pero ya era demasiado tarde; se alzó sobre las patas traseras para intentar frenar su empuje, para acabar atrapando a la pegaso en un abrazo.
—¡Midnight! ¡Midnight, no!
—Royal... cuídala... no le dejes...
—¡MIDNIGHT SHIELD!
La muerte tomó los ojos azules de la pegaso, quedando fijos y mirando al infinito. Royal Destiny gritó su nombre una vez más antes de asumir lo que acababa de ocurrir. Como un montaña, sintió el peso de la pérdida y la culpa amenazar con aplastarlo bajo su abrazo. No podía estar muerta, no debería estarlo.
El unicornio se agachó un poco, acompañando la caída de la yegua hasta el suelo, sin dejar que se desplomara completamente. Los gritos e impactos del combate que libraba Gilderald llegaron a él, pero sonaban extremadamente distantes.
Calor.
Miró hacia un lado para ver cómo una ola de fuego, oscuridad y muerte se echaba sobre él. Y, en un instante, su mente salió del shock y procesó lo que había ocurrido.
Hellfire la había matado.
Royal Destiny se levantó, dejando caer a su esposa, y conjuró; una barrera de energía blanca se formó frente a él, deteniendo el ataque. Este intensificó su potencia, alimentado por los pactos que Hellfire había hecho con el Tártaro, pero el unicornio gris hizo lo propio, gritando a medida que la energía mágica fluía con más fuerza a través de su ser.
Hellfire la había torturado.
La barrera del mago de combate se combó hacia adelante, empujando el poderoso hechizo de Hellfire hasta que su lanzador se reveló. Sin perder un instante, Royal cargó su magia y lanzó una tromba de proyectiles azulados contra él, y esta vez fue turno del diabolista de usar su magia para protegerse.
¡Hellfire iba a por Dawn Hope!
Los ojos del unicornio gris brillaron con tanta intensidad que parecieron tornarse completamente blancos; se teletransportó justo encima del unicornio negro, conjurando una espada hecha de pura energía. El diabolista se giró a tiempo, convocando él mismo un filo de sombras para defenderse del enloquecido mago de combate que se echaba sobre él.
Aitana miró a su padre, sin saber qué decir.
—No recuerdo qué ocurrió, estaba... fuera de mi. Lo que sí recuerdo es que superé las defensas de Hellfire y conjuré un hechizo explosivo. La explosión me proyectó contra una columna; cuando desperté, no podía mover las patas traseras. Lo maté.
—Pero... entonces...
—Ahora ya conoces la verdad, hija mía, yo no maté a tu madre: ella se suicidó contra mi espada, para salvarme la vida y protegerte.
La yegua marrón se levantó y caminó hasta la ventana, recordando momentos de su pasado que ahora empezaban a cuadrar.
—La última orden de Hellfire... fue ir a por mi.
—Sí.
—No te perseguían a ti... me perseguían a mi.
—Solo eran títeres de Hellfire, ni siquiera sabían por qué te perseguían, pero yo ya no podía luchar, no podía protegerte. Por eso decidí huir.
—Pero no funcionó.
Flowerville, Nittinghale, Baltimare, Fillydelphia, y otros muchos lugares. Lugares donde había intentado establecerse, llevar una vida normal... Pero los malditos diabolistas siempre los encontraban. Se llevaron su infancia y, cuando Aitana tomó la decisión de no volver a huir, toda esperanza de encontrar la paz fue abandonada con ella.
—Pensé que te perseguían a ti, papá, porque siempre me dijiste que habías sido un cazador de demonios. Luego creí que las veces que habían intentado atraparme fue solo para llegar hasta a ti. Pero... yo era el objetivo, la venganza de Hellfire.
—Sí. Lo siento mucho, hija, pero no podía contarte cuando eras pequeña que un grupo de locos quería capturarte y torturarte hasta la muerte. Y luego... jamás vi la forma de decírtelo. Ni de contarte la verdad sobre tu madre. No sabes cuánto lo siento.
Aitana miró a su padre y, después, la botella medio vacía de licor. Y en su mente, todavía bullendo por haber encontrado la verdad sobre por qué había huido durante toda su infancia, solo había el pensamiento de que necesitaba más.
—Papá —dijo, levantándose—, tengo que... Necesito pensar. Joder... necesito... ¡JODER!
—Aitana, cálmate.
—¡¿Cómo quieres que me calme?! ¡Acabo de enterarme que el mismo hijo de perra que torturó, dominó y... mató a mi madre me persiguió durante toda mi infancia! ¡Que mi madre era una ASESINA que vivía para matar, y no una Guardia Lunar como me hiciste creer! ¡¿Cómo quieres que me calme?! ¡ME HAS MENTIDO TODA PUTA LA VIDA!
El profesor Pones esperó a que su hija acabara de gritar antes de hablar sin alzar la voz.
—Debí hacerlo antes, Aitana, pero no sabía cómo.
—¡Joder!
La furibunda yegua se dirigió a la puerta y la abrió.
—Dawn Hope.
Aitana, al oír su nombre de nacimiento, se giró hacia su padre. Este la observaba con un profundo abatimiento.
—Lo hice para protegerte, hija mía.
—Podrías haberlo hecho contándome la verdad, Royal Destiny.
La Arqueóloga se marchó, dando un sonoro portazo tras ella. El profesor se quedó en silencio, con el desprecio con el que su hija había escupido aquellas palabras haciendo eco en su ser.
Veintisiete años habían pasado desde la muerte de Midnight Shield, y el profesor Pones todavía recordaba ese momento como si acabara de ocurrir. El unicornio salió de detrás de su mesa y caminó hasta un armario del cual sacó varios cacharros usando su magia. Cuando hubo extraído el último pudo acceder al falso fondo del mueble y abrirlo, un espacio donde guardaba un solo objeto.
Con sumo cuidado sacó un alargado fardo de tela cubierto de polvo. Lo había escondido ahí cuando asumió su nueva vida como el Profesor Pones, y no había tenido valor de volver a sacarlo. Era un forma de rememorar su mayor error y, a la vez, un tiempo en el que todo había sido mejor. Colocó el fardo sobre la mesa, desató las cuerdas y empezó a deshacerlo.
El corazón le dio un vuelco cuando la primera pulgada de metal apareció frente a él, todavía tan brillante como la primera vez que lo vio. Se obligó a detenerse y respirar hondo antes de seguir desenvolviendo el objeto. El filo quedó a la vista, mostrando algunos puntos de óxido causados por años de falta de cuidados. El brazalete que unía el mecanismo para desplegar el arma seguía intacto, si bien la magia que alimentaba este último había muerto. Y, ahí donde la espada se unía con el ingenioso enganche, la figura plateada de un dragón se alzaba. Sus garras se fundían con el brazalete, como si lo estuviera abrazando, y la hoja surgía como una prolongación de su cola, articulándose sobre la misma.
El profesor observó ese objeto único con reverencia y tristeza.
La espada de Midnight Shield demostraba su excelente calidad por el buen estado que conservaba tras tantos años. Cuando la pegaso se unió a los Cazadores Batpony descubrió que su estilo de combate distaba de los mismos, pero adoptó su propia versión de la espada batpony. Al igual que estas, podía desplegarse o retraerse según le conveniera, pero era más larga de lo habitual. Un arma ideal para combinar el combate cerrado con pasadas a toda velocidad, más acordes al vuelo de un pegaso.
Con los años de lucha y servicio, Midnight fue encargando tallar los distintos símbolos y runas que cubrían el arma, cada cual con un significado distinto y único para ella: lealtad, lucha, amor, muerte, redención, familia… En conjunto, era un arma única.
Durante años el antiguo cazador de demonios había guardado el arma de su esposa. En principio pretendía entregársela a Aitana, pero nunca logró hacerlo. El por qué, ni siquiera él lo sabía. ¿Quizá porque era reconocer que Midnight había muerto? ¿Porque era incapaz de seguir adelante? ¿Por miedo a su reacción?
Solo el ver la espada trajo mil recuerdos a la mente del unicornio en las puertas de la ancianidad. Recuerdos de batallas, sufrimiento y muerte... y también de amor, pasión, cariño y hogar. No pudo aguantar mucho tiempo antes de volver a cubrir el arma.
NOTA DEL AUTOR:
Ya sabes toda la verdad. ¿Contenta, Aitana?
Espero haber estado a la altura de las expectativas levantadas en las visiones que le mostró Kolnarg en Cérvidas.
Muchas gracias por leerme, un abrazo.
