Hacía un buen rato que desde el exterior de la casa de Aitana se oían ruidos que nada habrían tenido que envidiar al que haría un Oso Lunar en una tienda de porcelana fina. La Arqueóloga tardó casi una hora en lograr despejar una pequeña mesa para el té que, anteriormente, tenía cubierta por una montaña de cacharros variados. El problema no era solo quitarlos de encima de la misma, sino luego encontrar una forma de organizarlos en su caótica colección para poder localizarlos más tarde con facilidad. Aunque no lo pareciera, Aitana Pones sabía perfectamente dónde encontrar hasta el más diminuto objeto en su hogar.

Justo había terminado la faena cuando alguien llamó a la puerta; la yegua marrón se tomó unos segundos en sacar de un armario tres cojines y, con unas coces bien calculadas, lanzarlos alrededor de la mesa que había preparado. Después fue a abrir y, como esperaba, se topó con su padre, el cual llevaba una alforja junto a un gran fardo sobre la espalda.

—Buenas tardes.

Padre e hija quedaron en silencio durante unos largos e incómodos segundos.

—¿Puedo pasar?

—Yo te he invitado. Pasa.

El profesor hizo lo propio, usando su magia para hacer levitar la silla de ruedas y superar el pequeño escalón de la entrada. No pudo evitar un silbido de admiración ante el considerable esfuerzo que había hecho su hija para preparar el comedor para la ocasión.

—Recibí tu mensaje, ya lo tengo todo listo —dijo el anciano unicornio, sacando de una alforja una botella de licor y tres vasos, que puso sobre la mesa.
—Bien, perfecto. Hoy le tocará decidir.

El profesor detuvo su vista sobre el pelaje de su hija; esta no llevaba sus alforjas y a decir verdad incluso a él se le hacía raro verla así. Eso le llevó a notar, en las zonas normalmente cubiertas, las marcas de heridas y cicatrices antiguas: un ligero bulto alargado narraba una profunda herida ya sanada en el costado; el pelaje ligeramente áspero y corto del lomo era un mudo testigo de las quemaduras que sufrió enfrentándose a Manresht en los Reinos Lobo... y eso por no hablar de la pata que todavía llevaba vendada.

Y ahí seguía: habiendo sufrido heridas y traumas por los que cualquier otro poni se encerraría en su casa y no volvería a salir, Aitana continuaba al pie del cañón, investigando, buscando nuevas pistas, enfrentándose a lo imposible... En ese aspecto, era demasiado parecida a su madre.

—Aitana, quería decirte que...

—No quiero hablar de lo de ayer.

—No pude contártelo antes.

—¡Basta! Lo último que quiero hacer es discutir, porque te aseguro que me está costando la ostia no echarte, pero hay cosas más importantes.

—Lo siendo tanto, hija...

Ambos se quedaron en silencio, el cual no tardó en ser roto por el canto de la colonia de canturos que Aitana conservaba bajo el entarimado.

—Hija quiero darte algo.

El profesor usó su magia para tomar el fardo que llevaba y posarlo sobre la encimera de la cocina. Aitana desató y desenrolló la tela hábilmente de un mordisco y, al instante, reconoció el afilado metal de una espada. La estudió durante un largo momento; se trataba de una espada batpony modificada, ligeramente más larga de lo habitual. El enganche de pata estaba ornamentado con un dragón esculpido en plata, una auténtica obra de artesanía; la hoja del arma mostraba multitud de runas y pictogramas tallados con minuciosa precisión y cuidado, contando una historia sin palabras.

La yegua ya había deducido qué era esa espada antes de que su padre dijera nada.

—Es… la espada de tu madre. La he guardado todo este tiempo no… no me atreví a dártela antes. He vuelto a hechizar el enganche, funciona como el de cualquiera de tus cuchillas.

Aitana observó el objeto largamente antes de, finalmente, acercar un casco al enganche. Al instante una correa surgió el mismo, enrollándose a lo largo de la misma pata firmemente; la yegua se alejó ligeramente de su padre antes de experimentar. Con un simple gesto del casco el arma cambiaba de posición, desplegándose por delante de su pata, o retrayéndose hasta sobresalir por detrás de su codo, asomando la punta ligeramente por encima de su lomo. Era ligera y bien equilibrada, pero era un arma diseñada para una pegaso, no una poni de tierra.

Finalmente, Aitana caminó hasta una esquina de la casa y se quitó el arma, dejándola apoyada en ese lugar.

—Se siente bien tener al fin un recuerdo de mi madre, ¿no crees?

Las agrias palabras de Aitana fueron seguidas de un denso silencio. Durante el mismo, el canto de los canturos se hizo más presente que nunca, oportunidad que el profesor intentó aprovechar para bromear.

—Hija, ¿no podías escoger un sistema de alarma más molesto que este?

—Hombre, podría criar Worgs y tenerlos en el jardín —respondió ella, haciendo un esfuerzo por bromear—. Aunque el tema de que salgan a cazar por la noche y causen el terror en la ciudad es un poco peliagudo.
—Tanto como worgs... ¿Qué tal un Orthos? Una cabeza con mal humor, y la otra cariñosa, ¡la mascota perfecta!

—Llámame pija, pero a mi lo de cocinar un trozo de carne a diario me da un poco de repelús.

—En el fondo lo entiendo —rumió el profesor teatralmente—. ¿Y si le das de comer muslo de diabolista? Podrías considerarlo como una propina por un trabajo bien hecho.

—¿Por qué no? Podría montar una carnicería.

Padre e hija intercambiaron una extraña e incómoda risa, dándose cuenta de cuánto estaban intentando forzar la situación, por lo que acabaron volviendo a callar. Finalmente, tras unos minutos, Aitana sacó dos vasos de un armario y los llenó de sidra, sirviendo uno a su padre. El unicornio gris se fijó en que su hija no parecía cojear tanto como el día anterior.

—¿Qué tal llevas la pata? —preguntó el profesor al cabo de un rato.

—Mucho mejor —respondió, demostrando que podía agacharse completamente sobre los cuatro cascos sin problemas—. Mañana tengo que ir a la enfermería a ver si me pueden quitar la venda de una vez.

—Estaría bien, no sé cuándo tendrás que volver a la acción.

—¿Hay novedades de la hermandad?

—Nada nuevo, la verdad. Estoy intentando mover contactos en el Imperio de Cristal también, no me extrañaría que hubiera magos negros entre las casas nobles.

—¿Qué crees que están preparando? ¿Una invocación?

El profesor pensó la respuesta durante unos segundos.

—Creo que sería... algo más. Son demasiado enrevesados, creo que el plan va mucho más allá de invocar a cualquier demonio, están preparando un golpe muy poderoso para cuando llamen a su señor.

—Vamos, llegar pisando fuerte. Seguramente están preparando una invasión en toda regla, ¿no crees?

El profesor no llegó a responder, pues alguien golpeó la puerta insistentemente. Aitana tomó los vasos de sidra y los puso en el fregadero, antes de gritar "adelante". El pomo de la puerta se iluminó con un aura mágica verdosa y la puerta se abrió, dando paso a Hope Spell.

—Buenas tardes Aitana... ¿profesor Pones?

—Buenas tardes, señor Spell. Aitana me ha hablado bien de usted, y créame que eso es algo... remarcable.

—Eh... gracias. No sabía que usted iba a venir, profesor.

—Hay muchas cosas que no sabes, Hope —respondió Aitana—. Sentaos, tenemos mucho de lo que hablar.

Todos hicieron lo que Aitana había dicho, y el unicornio anciano usó su magia para descorchar la botella de licor de frutas y servir las tres copas que había en la mesa, repartiéndolas a continuación. Hope tomó la suya con su magia, pero la dejó sobre la mesa. Estaba notablemente inquieto, ya que lo último que esperaba era que el profesor Pones fuese a estar presente para hablar de él luchando junto a Aitana. Aunque bien pensado tenía sentido que el padre de estuviese presente, a pesar de ser un poni aparentemente muy pacífico.

—Bueno, señor Spell —empezó el unicornio gris— Aitana me ha contado lo ocurrido en Cérvidas. Sin embargo me gustaría saber cómo vivió usted esos eventos.

—No sé bien cómo empezar... Ahora que lo pienso, usted conocía a Sinveria, ¿verdad?

—Sí, la conocí cuando era una cervatilla. De hecho...

El profesor se calló a media frase, con los ojos de Aitana y Hope clavados en él. Recordaba cuando vio a Sinveria sola, habiendo perdido a sus padres, en medio de la destrucción de su pueblo. Estuvo a punto de adoptarla, pero Midnight Shield le quitó la idea de la cabeza, ya que la pequeña ciervo estaría más segura siendo una desconocida para los demonologistas. Pero Sinveria le hizo prometer que le escribiría, y jamás perdieron el contacto.

—No importa —dijo el profesor, sacudiendo la cabeza—. Pero su muerte ha sido una noticia funesta para mi.

—Lo lamento, profesor...

—No fue culpa suya —le interrumpió el aludido—. Pero quiero saber cómo vivió usted lo ocurrido.

—Pues... lo primero que pasó desde mi llegada fue la segunda noche que pasé ahí. Estuve todo el día ayudando a Sinveria con la traducción.

—¿Cómo la ayudaste, exactamente?

Hope respondió a Aitana, contándole algunos detalles técnicos y mágicos del trabajo que hicieron: usar su magia para debilitar una runa de protección, buscar documentos entre los libros de Sinveria, comprobar datos...

—Lo único que llegamos a sacar en claro, sin hacer todo el ritual, es que el pergamino advertía de algún tipo de peligro, nada más. Lo siento.

—Lo entiendo. Dígame, joven, ¿qué ocurrió aquella noche?

—Salí a tomar algo a una taberna, cerca de la casa de Asunrix. Y... casi no lo recuerdo. Alguien se sentó a mi lado y se presentó, charlamos un rato y después desperté en la cama. Me dijo que se llamaba "Sharp Mind".

—¿Qué crees que ocurrió, Hope Spell?

El unicornio se sintió incómodo por la pregunta y miró alrededor nerviosamente antes de responder.

—Creo que... me dominó y me obligó a hablar. Debí contarle que había traído el pergamino y que Sinveria lo estaba traduciendo. Obtuvo la información a través de mi, me debió lanzar un conjuro desmemorizante y después me hizo volver a casa.

—¿Qué hiciste entonces?

—Me preocupé, porque Sinveria me había dicho que "los auténticos arqueólogos jamás son demasiado precavidos". Así que me lancé una protección blanca, pero no tenía magia negra afectándome, por lo que creí que... que...

En vista de que Hope no se atrevía a decirlo, fue Aitana quien completó la frase.

—Que se te había ido la pinza y te lo habías imaginado, o que te habías emborrachado o algo así, ¿verdad?

—Sí —susurró el unicornio verde, con la cabeza gacha.

—Sinveria no era ninguna estúpida, y sabía a qué tipo de magos me enfrento. Si hubieras contado lo que te había pasado ella habría sabido contra qué defenderse. Y hoy seguiría viva.

Hope alzó la cabeza, buscando desesperadamente algo que decir. A pesar de la dura verdad que había dicho Aitana, no había una intención acusatoria en sus palabras.

—Yo... no sabía...

—Es cierto, no lo sabías —interrumpió la yegua marrón—. Y con ese desconocimiento juegan los magos negros: casi ningún poni Equestriano conoce la existencia de estas artes y cómo detectarlas: lagunas mentales, tiempo perdido, recuerdos borrosos... Todo eso son signos de que un mago, un demonio o un mago negro pueden haber estado jugando con su mente. No lo olvides nunca, Hope Spell.

Hope murmuró "lo siento" en voz baja y después tomó un trago de licor. Aitana y su padre se miraron rápidamente, y este último asintió. La yegua tomó un trago también y siguió hablando.

—Como te dijo Asunrix, no te culpes, tú no lo sabías. Pero que te sirva de lección si vas a dedicarte a esto. Dime ¿volviste a encontrarte con Sharp Mind?

—Sí, fue... la misma noche del ataque, mientras estabas en el ritual.

Hope hablaba lentamente, tratando de convencerse de que la muerte de Sinveria no había sido culpa suya. Estuvo un rato hasta que logró apartar la cruenta escena que vio en la casa de esta antes de conseguir, poco a poco, enfocar su mente hacia lo que le preguntaban.

—Estaba en otra taberna y Sharp Mind se sentó a mi lado. Al momento sentí la magia negra en mí, pero el hechizo que había lanzado evitó que pudiera dominarme. Me preguntó dónde estabas y yo intenté engañarlo.

—¿Por qué?

—Pues... no lo sé, Aitana. Supongo que fue automático tratar de engañar a alguien que me estaba intentando dominar, ¿no crees? Pero se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y siguió hablando conmigo. Me intentó convencer para unirme a la Hermandad de la Sombra, me ofreció poder y conocimiento. Me negué.

—¿Por qué?

—¿Que por qué me...? ¡Porque la magia negra es un crimen contra toda forma de vida! ¡Es una magia que se centra en anular la voluntad de otros seres para tu propio beneficio! —Hope miró luego a Aitana, algo ofendido por la pregunta—. Y si vais a preguntarlo: La nigromancia acaba basándose en provocar la muerte de seres vivos para aumentar tu poder, y la demonología en sacrificar personas inocentes para alimentar con sus almas a un demonio. Preferiría estar muerto antes que unirme a los practicantes de estas artes.

Los dos Pones intercambiaron miradas durante un instante ante el arrebato de Hope Spell, el cual bebió otro trago de su vaso, apurándolo. Aitana se lo volvió a llenar, dejando que su padre preguntara a continuación.

—Me alegra oír eso, señor Hope Spell. Dígame, cuando usted descubrió lo ocurrido con Sinveria decidió perseguir a Asunrix. Encuentro que fue un acto insensato, ya que usted tendría muy pocas posibilidades contra cualquier soldado raso, y ninguna contra un Maestro de la Guerra. Lo que es más, si usted sigue vivo es porque las órdenes de Asunrix eran llevar el pergamino al puerto, y este no necesitó atacarle para cumplirlas.

—Porque quería ayudarlo, quería liberarle, pero no pude hacerlo. Y también quería contar a alguien lo que había ocurrido, que había un mago negro en Cérvidas.

—¿Para qué?

—¡Para detener a Sharp Mind! ¡Había que impedir que hiciera más daño!

Aitana asintió ante lo que oía, calibrándolo tanto con lo que había observado en Hope tanto en Cérvidas como durante el viaje de vuelta. En cierto aspecto era un estúpido idealista, pero dispuesto a sacrificarse por ayudar a otras personas. Tenía bien claro el papel de las artes oscuras en el mundo, y las despreciaba profundamente.

Era justo el tipo de poni que necesitaban.

—Me gusta lo que dices, Hope. Es hora de que empecemos a hablar de lo que vas a hacer en el futuro.

El aludido miró a Aitana, algo emocionado. ¿Iba a aceptar que la acompañara en sus expediciones? Pero algo le decía que no iba a ser tan simple.

—Entre nosotros nos hacemos llamar los "Arqueólogos" —explicó la yegua—, y de hecho casi todos nosotros tenemos reputación en la misma dirección: arqueología, historia, mitología, exploración... Por una parte, profundizamos más en estas materias, buscando los detalles que la historia ha ocultado. Por otra, tener acreditaciones como arqueólogos nos permite acceder a excavaciones, templos y tumbas recién descubiertos para investigar la presencia de seres o artes oscuras. En muchas ocasiones dirigimos los primeros equipos de excavación que llegan a un nuevo yacimiento, o nos colamos en el mismo antes que nadie.

—La antigüedad ha dejado muchos peligros ocultos, señor Spell —continuó el profesor—. Tumbas de demonologistas aguardando su regreso, como Manresht; el escondite de liches, maldiciones atadas a objetos míticos... Durante cientos de años, la orden de los Arqueólogos hemos velado por detener estos peligros antes de que se desataran. Y, al mismo tiempo, hemos sido la segunda línea de defensa contra las artes oscuras: Ahí donde estas se instalan, a escondidas de la guardia Solar y Lunar, nosotros acudimos. Actuamos en las sombras, en secreto, sin dejar nunca constancia de la existencia de nuestra orden. De vez en cuando la prensa hace eco de nuestras actividades, pero jamás saben bien qué ha ocurrido. El caso más sonado en los últimos años ha sido el de Aitana en los Reinos Lobo.

—Perdone profesor, pero... ¿cuántos Arqueólogos hay?

—Actualmente, y contándonos a Aitana y a mi... cinco.

La cara de Hope Spell se tornó un poema de incredulidad.

—¿Solo cinco ponis? ¿Pero por qué no reclutan a más gente?

—Hope, eres lo bastante listo para saber lo que significa "actuar en la sombras", ¿verdad? —dijo Aitana sarcásticamente—. ¿Quieres que coloque un anuncio en el tablón de la universidad?

El unicornio verde se quedó en silencio, sin saber bien qué decir a eso. Aitana miró a su padre durante un instante, lanzando a continuación una pregunta que tenía ensayada mentalmente.

—Mi padre llegó a la universidad hace ya quince años, y yo, entre la carrera y el doctorado, he estado en la misma durante diez. Dime, ¿qué sabes de nosotros? ¿Has oído algo de nuestra familia, amigos, parejas...?

—Pues... nunca he sido demasiado cotilla, la verdad. De usted, profesor, no sé nada. De ti, Aitana, bueno... por ahí se dice que... Bueno...

Hope carraspeó incómodamente, ante lo cual Aitana dijo:

—Sí, lo imagino, que soy un polvo fácil o algo por el estilo. Lo sé y me da igual, sinceramente. Pero ya has respondido: mi padre y yo solo nos tenemos el uno al otro, no tenemos más familia o amigos íntimos.

—Eh... vale —Hope, obviamente, no entendía a dónde quería llegar la yegua marrón.

—Señor Spell, Sinveria se protegió bien cuando recibió el pergamino, eso hacía siempre. ¿Cómo superó Sharp Mind todas sus defensas?

—Pues lo hizo dominando a Asunrix...

Y, en ese instante, todas las piezas encajaron en la mente de Hope Spell, pero se negó a poner en palabras lo que estaba deduciendo.

—Esperad, ¿qué me queréis decir?

—Que los magos negros, demonologistas, nigromantes y demás calaña no dudarán en llegar a ti a través de cualquier medio.

—¿Me estás diciendo que mi familia está en peligro?

Hope se levantó, con los ojos abiertos completamente y la adrenalina disparándose por su cuerpo. El profesor Pones habló con voz tranquilizadora.

—No, señor Spell, dudo que estén en peligro ahora mismo. Por favor, siéntese.

Tras unos momentos, el unicornio verde lo hizo, aún visiblemente alterado.

—Usted, de momento, no es importante para ellos. Solo ha sido un estudiante de magia blanca que casualmente logró resistir un hechizo de Sharp Mind; saben que ya habrá contado lo que sabe, así que gastar recursos en acabar con usted sería un sinsentido.

—Y menos aún cuando saben que yo vivo cerca —añadió Aitana—. No se arriesgarán a acercarse al lugar donde reside un Arqueólogo a no ser que sea absolutamente necesario: sabemos detectarlos y combatirlos. Sería una imprudencia.

—Pero si usted decide unirse a los Arqueólogos... entonces sí. Usted se convertirá en un objetivo para la Hermandad de la Sombra, y cualquier otro practicante de las artes oscuras. Y su familia estará en peligro.

Hope se quedó sin palabras, eso era lo último que esperaba. Pero era tan lógico que no entendía cómo no se le había ocurrido.

—Si usted se une a los Arqueólogos, señor Spell, le daremos entrenamiento en las artes de combate y el conocimiento acumulado generación tras generación de cazadores de demonios. Le daremos apoyo, y acompañará a Aitana en sus misiones hasta que esté preparado para tomar las suyas propias.

—Haremos lo posible por proteger a los tuyos, pero si quieres unirte a nosotros, vas a tener que separarte de tu familia, tarde o temprano.

—Entonces... —hope bebió un poco mientras recuperaba la palabras—, tendré que renegar de mi familia. ¿Es eso?

—Ojalá fuera tan fácil, Hope.

Este miró a Aitana, ¿que abandonar a su familia era fácil para ella?

—El problema está, Hope, en que a ti ya te conocen. Eres Hope Spell, el unicornio verde estudiante de magia blanca; uno de los líderes de la Hermandad de la Sombra, Sharp mind, te conoce en persona y sabe de dónde eres. Incluso aunque abandonaras Manehattan, aunque cambiaras de nombre, ellos no lo tendrán difícil para encontrar a tu familia y usarla de cebo para atraparte.

—La única solución, señor Spell, si usted decide unirse a nosotros, es que sea su familia al completo quien cambie de identidad.

El campo de levitación con el que Hope sostenía su bebida tembló ligeramente, sacudiendo el vaso de licor; dejó el mismo en la mesa y, a continuación, se levantó para echar a andar en círculos por la sala, con los ojos fijos en el suelo.

—Tengo a mis padres y a dos hermanas pequeñas. Algunos primos lejanos en Fillydelphia, pero tengo poco contacto con ellos...

—La decisión es tuya, Hope.

El aludido miró hizo un par de círculos más caminando antes de preguntar:

—¿Podéis darme unos días para decidirme?

—No. Podemos darte una hora, dos a lo sumo.

—¿Qué? —inquirió el unicornio verde—. ¿Por qué?

—Porque te hemos envenenado.

Hope abrió completamente los ojos mirando a la familia Pones que seguía sentada tranquilamente. Luego se fijó en el vaso de licor que antes se había bebido, y que Aitana ya había rellenado.

—Es un veneno desmemorizante —puntualizó rápidamente el unicornio anciano—. De hecho no tendrá efecto a no ser que yo haga un hechizo antes de dos horas; le hará olvidar todo lo ocurrido hoy.

Hope, aunque indignado, comprendió qué quería decir Atiana por la mañana cuando dijo que "no arriesgaba nada" por hablarle sobre los objetos de su casa.

—Pero... ¿qué demonios es esto? ¿Se supone que tengo que confiar en vosotros, entonces?

—Hope, no seas idiota. El secretismo de los Arqueólogos es lo que nos permite movernos con libertad y no tener puntos débiles. ¿Te crees de verdad que si tuviera malas intenciones, o si dudara de ti, estaríamos teniendo esta conversación?

El profesor Pones se levantó y se acercó al unicornio verde.

—Es raro que mi hija dé un voto de confianza a nadie; usted muestra todas las cualidades que hacen falta para ser un cazador de demonios. Sin embargo es necesario que conozca usted todos los riesgos y sacrificios que implica serlo; la confianza entre nosotros es absolutamente necesaria, y esta no se consigue con mentiras u ocultando información.

—¿Y qué pasa si me niego? —preguntó Hope.

Hubo unos instantes de silencio. Hope no se dio cuenta que Aitana había dirigido una mirada muy seria a su padre ante sus últimas palabras.

—Mi padre hará el hechizo —respondió Aitana, finalmente— y caerás dormido. Despertarás dentro de unas horas y yo te diré que he decidido que no quiero que me acompañes, y que vuelvas a tu vida. A partir de ahí, lo que hagas es cosa tuya, no volveremos a inmiscuirte en nuestros asuntos.

Hope Spell volvió a caminar en círculos, cavilando las implicaciones que tenían cualquier decisión que tomara. Unirse a los Arqueólogos le obligaría a alejar a su familia, a hacerles cambiar de vida, y era algo injusto y doloroso. Por otra parte, si rechazaba la oferta, olvidaría todo lo que habían hablado y... probablemente, él empezaría a investigar a los magos oscuros por su propia cuenta, poniendo a su familia en peligro nuevamente. Todo giraba, finalmente, en torno al mismo problema: proteger a aquellos que amaba luchando, o confiando en que otros lo harían por él.

—La decisión es tuya, Hope —dijo la yegua de hocico oscuro—. Nadie te culpará si dices que no.


Un rápido galopar se escuchó a través del bosque Everfree; la responsable del mismo, una inquieta potrilla de pelaje amarillo y crines rojas adornadas por un lazo, se detuvo entre varios árboles, mirando alrededor con el miedo en el rostro.

—Oh no... ¡oh, no, no, no, no! ¡Estaba aquí, no puede haber desaparecido!

Escogiendo la dirección que le pareció correcta, la cual no distaba mucho de haber escogido al azar, empezó a galopar entre los árboles desesperada por encontrar una senda. Llevaba mucho rato perdida, y apenas podía ver el sol a través del follaje. Se volvió a detener en un pequeño claro, pero esta vez no pudo reconocer nada alrededor.

—¡No, no, no, no!

Finalmente, asumiendo que estaba irremediablemente perdida, Applebloom hizo lo único que podía hacer una potrilla en su situación.

—¡¿HOLA?! ¡¿ME OYE ALGUIEN?! ¡Applejack, Zecora! ¿Alguien?

Tras unos segundos de silencio no hubo respuesta alguna a sus gritos. La pequeña empezó a desesperarse, notando cómo la luz empezaba a morir, ¿pero cuánto tiempo había pasado en el bosque? ¡No debería haber entrado en el bosque por la tarde, no quería pasar la noche ahí! El silencio la rodeó completamente, amenazador y terrible, como si algo se preparara para atacarla.

Crack.

Hubo un crujido muy cercano a ella. Applebloom dio un salto, gritó en el aire, y galopó a toda velocidad hacia un arbusto cercano, bajo el que se escondió, temblorosa. Nuevamente el silencio se hizo presente, y la pobre potra tuvo hasta miedo de respirar demasiado fuerte. ¿Qué había ahí fuera? ¿Sería un lobo de madera, un oso lunar? ¡O quizá el SlenderPony! Durante unos instantes solo pudo escuchar el martilleo de su corazón en el pecho... hasta que algo apartó el matorral, descubriendo frente a ella dos brillantes ojos turquesa.

—¡BU!

—¡WAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAGH!

Applebloom retrocedió tan rápido como pudo pero, al instante, reconoció la piel y crin con un característico patrón a rayas, y los enormes aros dorados que adornaban las orejas de una buena amiga.

—¡Zecora! —gritó la pequeña, aterrorizada y ofendida. La cebra rió ligeramente antes de responder.

—Espero que me puedas perdonar, pequeña Applebloom. No pude evitar hacerte "bú".

Ya mas tranquila, aunque el corazón aún le golpeaba el pecho a toda velocidad, la pequeña Apple salió del arbusto.

—Iba a verte porque las CMC y yo queríamos ver si estabas en casa para venir a conseguir nuestras cutie marks como... ¡Exploradoras del bosque! ¿Qué, estarás en casa, estarás, estarás, estarás...?

La cebra rió ante el entusiasmo de la pequeña potra antes de hablar con su habitual tono de voz calmado y cantarín.

—Un honor sería para mi contar con la presencia de vosotras tres, pero me temo que el mejor momento este no es.

—¿Qué ocurre, Zecora?

—El bosque está alterado, como si algo lo hubiera atacado. Se está defendiendo y, para eso, sus caminos ha cerrado.

—¡Ah, por eso no pude encontrar la senda! —Zecora asintió a la conclusión de la pequeña— ¿Pero de qué se está defendiendo? ¿Es un monstruo?

—Lo que tu llamas monstruo es un animal poco comprendido. El bosque esconde muchos misterios, nada que ver con un ser enfurecido.

—¿Entonces, qué es?

Casi sin que la pequeña se diera cuenta, ambas se habían puesto a caminar entre los árboles, sin seguir ninguna senda aparente. La cebra encontraba su propio camino a la perfección, lanzando pequeñas miradas a su alrededor para ver señales que la ayudaran a orientarse: la dirección en la que crecía el musgo, la inclinación de los árboles, el viento...

—Lo desconozco, sinceramente. Lo que sí sé, mi pequeña amiga, es que adentrarse hoy en el bosque es algo propio de un demente.

—Eh... pero... —Applebloom dudó, tomando eso como una regañina—. ¡Pero yo no lo sabía!

—En eso tienes razón, y por eso te pido que regreses y de que nadie se acerque al bosque por hoy informes.

—¿Pero cómo voy a ir si estoy perdid...?

Antes de que acabara la queja, el bosque dio lugar a una explanada; frente a ella los árboles se abrían en un gran claro, al final del cual pudo ver el puente de entrada a Ponyville.

—¿Qué? ¿Pero cómo? ¡Si he estado perdida durante horas!

—Solo durante una hora, y dando vueltas como una peonza. Es fácil en el bosque, además, encontrar a una potra chillona —rió Zecora.

—¡Pero...!

—Ve y haz lo que he dicho.

Applebloom se giró para encontrar que su amiga se había dado la vuelta y estaba desapareciendo entre los árboles. Enfadada, hinchó los carrillos, ¡ella quería ver al monstruo! Pero acabó yendo a informar primero a su familia de lo que decía Zecora. Después de todo, no quería que nadie se pusiera en peligro por accidente.

Mientras tanto, Zecora se dirigió a lo profundo del bosque Everfree, siendo pronto engullida por el laberinto de vegetación que conformaba la zona más salvaje del mismo. A medida que avanzaba, la sensación de amenaza y temor que la había invadido a primera hora aquella mañana regresó. El bosque estaba inquieto; una ardilla, temerosa, se asomó de su madriguera, vigilando alrededor antes de volver con sus crías; el follaje de los árboles era más espeso de lo habitual, creando un clima claustrofóbico y aterrador, y varios lugares donde Zecora sabía que solía haber senderos estaban sellados por los arbustos.

Escuchó el crujir de unas ramas cerca de ella; sin temor observó el lugar para ver a un lobo de madera. El enorme y antinatural depredador clavó sus brillantes ojos en la cebra y, tras olisquearla en la distancia, se giró y siguió vigilando. Zecora observó que la criatura mostraba la actitud de un guardián de la manada, pero esta no estaba cerca; el lobo de madera estaba guardando esa sección del bosque.

La cebra cerró los ojos y caminó a ciegas, buscando qué era lo que el Everfree estaba protegiendo. La sensación de inquietud que copaba la atmósfera del bosque era constante pero, tras moverse en una dirección concreta, notó que esta aumentaba. Sabiendo que la fuente del peligro estaba hacia allí, Zecora se dirigió trotando hacia la misma. No tardó en darse cuenta de que se estaba aproximando al castillo abandonado de las hermanas alicornio.

Gritos.

A mucha distancia se escucharon unos gritos que parecían ponis; estos se intercalaron con el rugir de varias criaturas, a cada cual más grande que la anterior.

Fuego.

Grandes resplandores rojizos iluminaron una gran zona del bosque; Zecora galopó hacia el combate, quizá se trataba de un grupo de viajeros perdidos que habían provocado al Everfree sin querer. El sonido del combate duró un par de minutos más, haciéndose más fuerte a cada paso que daba la cebra, hasta que se llegó al claro que daba acceso al antiguo castillo de Nightmare Moon... y observó que el combate había acabado.

No se trataba de viajeros.

Los cuerpos de varios animales se hallaban desperdigados por la zona, entre los cadáveres de media docena de ponis; un oso lunar, gigantesco, resoplaba por el esfuerzo, y su oscura piel perlada con estrellas tenía varias quemaduras recientes. Había también restos de algunos lobos de madera en el suelo, destrozados por una poderosa magia; a Zecora le llamó la atención que uno de estos seres se había marchitado, pareciendo su cadáver una ancestral acumulación de troncos marchitos y desecados.

La sensación de inquietud, en esa zona, se convirtió en un mar de terror antinatural bien conocido para la chamán. El enorme oso gruñó hacia ella, pero la cebra no se inquietó: entonando un gutural cántico en su lengua natal, sacó un bote de sus alforjas y se acercó poco a poco al oso lunar. Este pareció dudar al principio pero, al poco, el extraño cantar pareció infundir algún tipo de entendimiento en la gigantesca criatura, la cual no solo permitió a Zecora acercarse, sino que incluso se agachó y le mostró la zona de su pelaje quemada por el fuego antinatural. La cebra, sin dejar de canturrear en ningún momento, aplicó el ungüento del bote en las heridas del oso. Un ligerísimo gruñido, casi como una exhalación, indicó cómo el producto estaba calmando el dolor del gran animal.

Cuando hubo terminado el tratamiento, Zecora caminó entre los cadáveres de los ponis, estudiándolos con detenimiento. No conocía a ninguno de los mismos. Había tanto unicornios como ponis de tierra; algunos habían caído bajo las mandíbulas de los lobos de madera, la gran mayoría bajo las garras del oso lunar. La chamán se agachó sobre uno de los cuerpos, posando su casco delantero en el mismo y cerrando los ojos. Un instante después se levantó de nuevo, suspirando para sí misma.

—¿Qué te pudieron ofrecer para que tu alma decidieras vender?

Mientras Zecora repetía el mismo proceso en cada cuerpo, unas enormes criaturas surgieron de las sombras del Everfree. Parecidos a un gran lobo, sus pelajes eran marrones o completamente negros, con unos ojos salvajes que brillaban en la oscuridad; sus mandíbulas, inconcediblemente grandes, mostraban dos hileras de colmillos afilados como dagas, y sus patas delanteras acababan en cuatro enormes garras. Los Worgs*, lobos de las sombras y los bosques, aparecieron uno a uno, mirando durante un instante a Zecora antes de enfocar sus miradas hacia el castillo, pero no se atrevieron a adentrarse en él. El poder de su antigua propietaria, la misma Nightmare Moon, todavía rivalizaba con el dominio del bosque sobre la zona, y la mayoría de animales no osaban adentrarse en el ancestral edificio.

Zecora se situó en el centro del claro, mientras que el lobo más grande, el macho alfa, la observaba en silencio. Ahí, la cebra se alzó sobre sus patas traseras, extendió las delanteras a ambos lados de su cuerpo, y cerró los ojos, emitiendo un grave sonido constante desde su garganta. Dejó que el mismo invadiera sus sentidos uno a uno: Primero su oído acalló los ruidos del bosque y los animales que la rodeaban; después su cuerpo dejó de sentir el viento y la tierra bajo sus cascos traseros. Lo más complejo del arte de la meditación era el último movimiento: lograr silenciar los instintos más primarios de un ser vivo. Poco a poco dejó de sentir en su hocico el olor de la sangre, el fuego y la muerte; el sentido primordial que le gritaba que se alejara de esa zona, lentamente, fue silenciado, hasta que una oscuridad y quietud totales invadieron la mente de la chamán cebra.

Finalmente, Zecora abrió los ojos al mundo espiritual.

Los espíritus elementales que poblaban el bosque, los mismos responsables de su inestable clima, circulaban por las corrientes salvajes que ellos mismos provocaban con su danza. Espíritus del viento, del agua, de los árboles y las rocas... todos ellos se enlazaban en una aparentemente caótica danza, pero que trasmitía armonía, naturaleza y equilibrio. El bosque Everfree era de los pocos lugares realmente salvajes que quedaban en Equestria, uno de los pocos que se había resistido al artificial orden que caracterizaba la magia de los ponis. Los habitantes de Equestria eran criaturas... interesantes, a ojos de Zecora. Pacíficos y amistosos, animales de manada que confiaban fácilmente en otras criaturas. Y, sin embargo, en ocasiones tan recelosos que huían de lo desconocido, como le ocurrió a ella cuando llegó a las cercanías de Ponyville.

Los conceptos de la vida y la muerte, que tan olvidados tenían los ponis, copaban ese lugar. Los espíritus de los árboles y la tierra se arremolinaban en torno a los animales y plantas muertos, que pronto darían riqueza y nutrientes al lecho del bosque; el viento, movido por los elementales del aire, transportaba el polen y los olores que los cazadores usaban para localizar a sus presas, estas para evitar ser devoradas, y todos los animales para encontrar pareja en la época de celo.

Con sus ojos espirituales fue siguiendo la danza de varios elementales del aire que parecían dirigirse hacia el castillo de Nightmare Moon... pero se detuvieron abruptamente, cambiando de dirección en el último instante.

No necesitó preguntarse demasiado tiempo qué estaba ocurriendo: Los espíritus que poblaban la zona se agitaron inquietos durante unos instantes, y Zecora sintió una sensación de calor y peligro atacar su propia alma. El castillo abandonado se distorsionó ante sus ojos espirituales, y pronto sintió la presencia de un poder terrible surgiendo del interior de la antigua construcción.

Alguien estaba abriendo una ventana al Tártaro. Zecora cerró los ojos y, en un instante, todos sus sentidos volvieron al mundo físico.

Toda la zona era una vorágine de magia demoníaca: los lobos se sobrecogieron y retrocedieron, levantando los belfos y gruñendo; el oso hizo lo mismo, mirando alrededor con miedo; los árboles se agitaron cuando cientos de pequeños animales abandonaron sus refugios y corrieron alejándose de la zona. Hacía muchos años que Zecora no presenciaba algo así, y dudaba de que jamás hubiera ocurrido antes dentro de los límites del bosque Everfree.

La chamán avanzó unos pasos hacia el origen del portal, pero ella no fue la única en hacerlo.

El viento empezó a soplar con fuerza, y los animales dejaron de retroceder. El gran oso lunar y los Worgs estudiaron los alrededores, buscando una presa en vez del peligro. Hubo un violento sonido de galope cuando varios lobos de madera aparecieron en la zona, rugiendo hacia un enemigo que todavía no podían ver.

El oso lunar fue el primero en seguir a Zecora, dirigiéndose al precipicio que separaba el castillo del resto del bosque. Siendo demasiado grande para atravesar el diminuto puente, simplemente descendió a las profundidades de la grieta para, después, escalar por el otro lado. Zecora empezó a atravesar la tambaleante construcción de madera, notando la presencia de la magia prohibida con más fuerza a cada paso. Los Worgs y los Lobos de madera siguieron los pasos de la chamán cebra a través del puente, desplegándose alrededor del castillo y entrando a través de puertas, ventanas y aperturas que el tiempo había abierto en los gruesos muros.

El viento se incrementó, y las nubes salvajes se acumularon sobre la ancestral construcción. El bosque Everfree aulló contra aquellos que se habían atrevido a traer al Tártaro a sus dominios.


El sol empezó a ocultarse sobre una inmensa selva; el irregular terreno, con montañas que sobresalían de la frondosa composición de la misma, creaba la sensación de que se trataba de un mar verde de olas congeladas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los ruidos de los animales sonaban por doquier, pero pocos ponis civilizados se habrían aventurado en una zona tan salvaje y alejada del centro de Equestria.

Cerca a un pequeño lago, sobre varios árboles y sostenida con una ingeniosa y caótica mezcla de lianas, maderas, trozos de tela y refuerzos de metal, se encontraba una pequeña cabaña. Y, de la misma, surgía el continuo rugir de un animal moribundo.

El interior era pobre, escueto y funcional: un rincón donde guardar reservas de comida y agua, otro donde almacenar objetos varios, bastantes libros, telas, ropa, mapas... y mucho desorden. Un visitante avispado no habría tardado en seguir el extraño sonido hasta una hamaca sostenida entre dos paredes, y tampoco habría tardado en ver que el supuesto animal moribundo no era otra cosa que una yegua babeante y roncante. De pelaje amarillo, portaba un chaleco y un salacot que le tapaba la cara, protegiéndola de la luz menguante, bajo el cual sobresalía una larga y característica cabellera que se asemejaba a un arcoíris en blanco y negro.

La joven yegua parecía bien adaptada a los sonidos de la selva, ya que ninguno parecía molestarla: ni los gritos de los monos aullantes, ni los cánticos de los pájaros carnívoros que volaban cerca de la cabaña, ni los gruñidos del tigre selvático. Pero hay sonidos que, automáticamente son capaces de poner en alerta al poni más aguerrido.

—¡DARING DO!

La yegua se levantó de golpe, haciendo saltar a su sombrero que, trazando una parábola extrañamente perfecta, cayó en la posición exacta sobre su cabeza. La crin negra y gris se sacudió a un lado y al otro, cuando su propietaria buscó la amenaza. Después desplegó sus alas y se dirigió a una ventana en un corto vuelo.

—¿Qué te pasa...? ¡Woah!

Nada más asomarse vio una inconfundible mano con pelaje azulado dirigirse hacia ella; se agachó rápidamente, esquivándola y evitando ser atrapada. La intrépida exploradora, famosa por sus novelas -de las que muy pocos conocían realmente su veracidad- no perdió un instante en volar a toda velocidad y dirigirse a una frágil pared cercana. En el último instante plegó sus alas y cargó con las patas traseras por delante; la madera crujió y cedió ante el súbito impacto, y Daring Do sintió el gratificante contacto de pelaje, piel y músculo bajo sus cascos traseros. Ahuizotl perdió el agarré y cayó varios metros, antes de encontrar una rama del inmenso árbol con la que detener su caída, desde donde miró con rabia a su enemiga.

—¡Vamos, Ahuizotl! ¿Acaso he ido yo a despertarte de la siesta? Estos no son modales.

—Maldita Daring Do, ¡aunque te hagas la inocente de nada servirá! ¡Sé que lo tienes tú!

—¿Pero de qué hablas?

—¡No mientas, sé que me has robado el Gran Bastón de los Aydara! ¡Lo tenía todo listo para el ritual y TÚ me lo robaste!

—¿Cómo, que ya lo habías encontrado? ¡¿Cómo es que no me lo habías dicho?!

—¡PORQUE TÚ ME LO ROBASTE ANTES!

—¡Que yo no te he robado nada! ¡Estaba durmiendo!

—¡No importa lo que digas, recuperaré el bastón! ¡APRESADLA!

Varios ponis salvajes, enormes y armados con lanzas, entraron en la cabaña. Daring Do echó a volar en dirección contraria, saltando por la ventana y dirigiéndose a la selva; más salvajes la esperaban ahí, preparados para lanzar sus jabalinas. La exploradora hizo un picado sobre el poni más cercano, cayendo con las cuatro patas sobre su cabeza y desequilibrándolo; el resto de ponis no lanzaron sus armas, temerosos de herir a su compañero, momento que Daring Do aprovechó para perderse entre los árboles.

—¡No escaparás, Daring Do! ¡A por ella, mis pequeños!

Mientras alternaba rápidos vuelos y un galope zigzagueante a través de la selva, Daring Do escuchó a su espalda el rugir de varios enormes felinos, coreados por el bufido de un adorable gatito blanco. Maldito gatito, de todos sus hermanos era sin duda el peor. Pero lo más inquietante de todo esto no era que Ahuizotl hubiera encontrado el bastón de los Ay-dara, o que ahora estuviera intentando matarla (otra vez). Lo realmente inquietante, lo que verdaderamente preocupaba a Daring Do, era que ella no había robado ese objeto milenario. Y, por más que ella siempre lograra desbaratar los planes del gran simio azul, lo cierto es que este no era un rival a subestimar.

Tras unos minutos de huida se detuvo tras un gran árbol, jadeando, escuchando atentamente por si alguien la seguía.

—No me fastidies... —jadeó—… ¿La hermandad también está aquí?

Una lanza pasó volando a escasos centímetros de su cara, clavándose violentamente contra un árbol cercano.

—¡Ahuizotl, no me digas que aún estás resentido porque no te di el anillo!

—¡ATRAPADLA! —gritó Auithzothl, señalándola y guiando a sus enormes felinos a darle caza.


—Hay algo que no entiendo —dijo Hope Spell, todavía en pie frente a la familia Pones.

—Pregunta.

—Si solo sois cinco, ¿cómo podéis mantener el orden? ¿Cómo lográis combatir a los nigromantes, demonologistas y demás?

—Ellos tampoco son demasiados, Hope —respondió Aitana.

—Pero, si no me equivoco, cualquier mago mediocre puede volverse inmensamente poderoso usando la nigromancia, o haciendo un pacto con demonios. Podría haber decenas de practicantes de las artes prohibidas en Equestria, ahora mismo. No me creo que podáis con todos ellos.

—No le falta razón, señor Spell.

El profesor caminó con su silla de ruedas hasta situarse en el centro de la sala.

—Es cierto que una criatura puede volverse muy poderosa muy rápido haciendo un pacto con el Tártaro, por ejemplo. Sin embargo este poder es una mera ilusión, y si se conocen las técnicas adecuadas, no son rival para un cazador de demonios. Aitana misma, siendo una poni de tierra, ha acabado con muchísimos magos negros y nigromantes, y ha devuelto al Tártaro a cientos de demonios.

—El auténtico problema no son los idiotas que descubren las artes prohibidas —añadió Aitana —, sino aquellos que han estado toda una vida entrenando en las mismas. Lo que tú viste en Cérvidas no era más que un ejército no-muerto reunido por unos cuantos nigromantes mediocres.

—¿Que un ejército capaz de sitiar la capital de Cérvidas es algo "mediocre" para ti? —exclamó Hope, perplejo —. ¿A qué llamas tú un nigromante competente?

—Por ejemplo, a las plagas de Egiptrot.

Hope conocía bien la historia mitológica: un faraón condenó a un gran mago a morir, junto a todos sus familiares y discípulos, por haber usado magia nigromántica para destruir a un ejercito enemigo. El mago juró que por cada ejecución, cientos de ciudadanos morirían a su vez. La amenaza fue ignorada, y así se desataron las plagas de Egiptrot: La plaga de langostas que devoraron los campos de cultivos, la peste que acabó con todos los trabajadores, la noche en que un hechizo mató a todos los primogénitos de las familias nobles, la lluvia de sangre y, finalmente, el alzamiento de los muertos que arrasó el reino.

—Eso es mitología, Aitana.

—¿Recuerdas lo que te conté en el barco, sobre La Gran Purga y El Olvido que instauró Celestia? La verdadera historia de Egiptrot se ocultó y se convirtió en un mito. Lo cierto es que todas esas plagas las hizo un único nigromante con un poder jamás visto.

—Eso... no es posible.

Aitana se descolgó la brújula que siempre portaba al cuello y se la pasó a Hope. Este la alcanzó con un casco y, nada más tocarla, se quedó quieto, mirando al infinito. Tan rápido como se la había dado, Aitana recuperó el objeto. Hope la miró, asustado.

—¿Ese es… el espíritu que notaban los druidas y que intentaste destruir? ¿Qué demonios es?

—El responsable de las plagas de Egiptrot.

—Por Celestia…

Hope tomó su vaso con magia para beber un poco más, pero luego recordó que estaba envenenado, y lo volvió a dejar. Viendo el gesto, Aitana se levantó y sacó tres nuevos vasos y una botella de sidra que abrió frente a Hope.

—Pero entonces, ¿cómo hacéis lo que hacéis? ¿Les plantáis batalla abiertamente?

—La verdad es que pocas veces —explicó Aitana —. Últimamente todo ha estado muy animado, pero casi todas mis expediciones han sido investigaciones que han concluido antes de que llegara a haber problemas de verdad. Lo que ocurrió en los Reinos Lobo ha sido el primer alzamiento real de un demonologista con semejante poder en siglos. Y, ahora mismo, la Hermandad de la Sombra nos lleva ventaja.

—Los magos oscuros, especialmente los demonologistas, actúan a través de cultos menores —añadió el profesor —. Cuando un gran demonologista hace movimientos es a través de otros ponis que creen estar en control de la situación, cuando en realidad están sirviendo a un mago más poderoso sin saberlo. Su objetivo siempre es otorgar poder a algún señor de Tártaro para así obtener sus favores; en otras ocasiones intentan ganar poder ellos mismos para intentar dominar a algún demonio. Nosotros detectamos estos cultos menores, los perseguimos y acabamos con ellos en silencio antes de que lleguen a ser un verdadero problema. Después seguimos las pistas que estos dejan hasta el cultista principal que ha organizado toda la trama.

—Luego están los nigromantes, esos son fáciles de localizar, las señales de su presencia son muy características y no saben esconderse. Los realmente complicados son los magos negros, no es nada fácil dar con ellos.

—Usted, señor Spell, —continuó el profesor— entiende nuestro trabajo como un batalla, y no se puede estar más equivocado. Esto es un juego de ajedrez y poder en las sombras: al igual que ellos tienen sus cultos menores, nosotros tenemos informadores, ayudantes, y contactos en toda Equestria y fuera de esta. Un movimiento en falso por nuestra parte puede suponer nuestra destrucción, y el triunfo de los servidores del Tártaro.

Hope Spell se volvió a sentar, con el vaso de fría sidra frente a él. Sabía que pronto tendría que escoger, ¿unirse a los Arqueólogos y perder a su familia, o ignorarlo todo para permanecer con ella? Quería a sus hermanas, las amaba como a nada en el mundo, ¿cómo podía desprenderse de ellas? Quizá... quizá pudiera pensar otra solución. Quizá...


Un bólido de color cian atravesó PonyVille a toda velocidad, sorteando edificios con una agilidad impresionante, dejando tras de sí una estela con todos los colores del arcoíris. El cielo se estaba cubriendo rápidamente con densas nubes grises, y los truenos se dejaban escuchar.

—¡Todos los ponis, escuchad! —gritó Rainbow Dash. El viento creciente revolvió su melena multicolor en torno a su rostro—. ¡Se acerca una gran tormenta, tenéis que volver a casa ya!

—¡Rainbow Dash! —exclamó la alcaldesa llamada Alcaldesa**—. ¿Qué significa esto? ¡No había ninguna tormenta planificada para este mes!

A medida que más habitantes del pueblo se reunían en torno a la yegua azul, muchas voces se unieron a la pregunta de la alcaldesa. Rainbow se giró hacia varios antes de llevarse una pezuña a la cara. "'Busca una promoción en el equipo meteorológico', dijeron. 'Será divertido', dijeron." Era en esos momentos, cuando tenía que dirigirse a un pueblo exigiéndole explicaciones, cuando la pegaso deportista detestaba los bits extra que le daba esa promoción. Con la potencia de unos pulmones entrenados durante toda una vida de atletismo y vuelo, Rainbow cogió aire y berreó:

—¡BUENO, YA VALE! —el griterío a su alrededor murió de golpe—. Esta es una tormenta del Everfree, ¿entendéis? ¡Es una tormenta salvaje y no podemos controlarla! Ya hemos ido a investigar y es muy violenta, ¡así que mejor que os escondáis!

Hubo un momento de silencio que dejó escuchar mejor el aullar del viento a través de los edificios del pueblo. Entre la multitud Rainbow, por fin, pudo ver la cara de una unicornio lila que conocía muy bien. Esta galopaba desde la estación. Spike, por contra, se desvió hacia la librería, cargando con una enorme bolsa de empanadas.

—Rainbow, ¿cómo de peligrosa es la tormenta? ¿Basta con que nos quedemos en casa?

Súbitamente, la aludida sintió un inmenso resplandor a su espalda, seguido inmediatamente de la onda de choque y la explosión de un rayo que había caído en el bosque, demasiado cerca del linde del pueblo. La pegaso hizo un gran esfuerzo mental por no parecer inmutada en absoluto, era un momento demasiado épico como para estropearlo pareciendo asustada. Guardando la compostura con terquedad, la orgullosa pegaso miró a la multitud y arqueó una ceja.

—Bueno, ciudadanos, ya habéis oído: id todos a casa y cerrad puertas y ventanas —ordenó la alcaldesa con inquieta tranquilidad.

—¡Mejor quedáos en el sótano! —añadió Twilight—. Si no tenéis id a casa de algún amigo, o venid a Golden Oaks, Spike y yo tenemos sitio de sobra.

—¡Yo voy a avisar a Applejack! —gritó Rainbow antes de salir volando hacia la granja a toda velocidad.

Poco a poco, los ponis abandonaron las calles, siguiendo las recomendaciones de la jefa del equipo meteorológico. Sobre el bosque Everfree, la creciente tormenta rugía. Twilight, mientras acompañaba a un pequeño grupo de ponis hacia Golden Oaks, se detuvo durante un instante, mirando a la misma.

Notó que el corazón se le disparaba, sintiendo en su conciencia el resquemor de un temor que jamás había experimentado. Se concentró, haciendo que su cuerno brillara ligeramente, y no tardó en sentir una corriente de magia surgiendo del bosque. Una magia que le inspiraba... sentimientos parecidos a la magia oscura que había tenido que usar en el Imperio de Cristal para desvelar los planes de Sombra.

Pero había algo más que acompañaba a esa magia, un temblor que sentía en su propia alma...

—¡Twilight Sparkle! ¿Estás bien?

Dejó de mirar a la tormenta ante la pregunta de la señora Cake. La yegua llevaba a sus dos potrillos en sendas alforjas a la espalda. Pudo ver a su marido en el Sugarcube Corner, clavando tablas en las ventanas.

—Sí... sí señora Cake, estoy bien. ¿Su casa cuenta con sótano? —la madre negó, y Twilight sonrió tranquilizadoramente —. Entonces vamos a la mía.

—¡Oh, querida! ¿Cómo puedo agradecértelo?

Los dos gemelos cake parecían divertidos por el viento que hacía volar las crines de su madre, despeinándola. Twilight rió sinceramente.

—Es un placer, no tiene que hacer nada. Aunque sé que Spike será muy feliz si le reserva un pastel de gemas en la próxima hornada.

—Oh, el pequeño siempre tiene uno reservado, ya lo sabes. Pero en la siguiente me aseguraré de ponerle un rubí extra-grande.

Trotaron hacia la biblioteca de Ponyville y, nada más llegar, Twilight se detuvo boquiabierta. Todas las ventanas habían sido selladas con maderas, pero eso no parecía un trabajo apresurado: Estaban todas bien alineadas, sin dejar un resquicio. Varios ponis estaban entrando, dirigidos por Spike. El pequeño dragón vio a Twilight y la llamó en la distancia.

—¡Spike! ¿Pero cómo has hecho todo esto? —preguntó Twilight al acercarse, sorprendida —. ¡Acabamos de llegar!

—Fi yo no hef... —el dragón dejó de hablar para tragar la empanada que se estaba comiendo—. Perdón; no he sido yo, ha sido...

Completando la respuesta de Spike, una poni rosa apareció súbitamente entre este y Twilight, hablando a toda velocidad.

—¡Hola Twilight! Estaba esta mañana preparando pasteles cuando sentí a mi Pinkie-Sentido, pero es que era raro, porque fue temblor de pelo, pelo lacio, pelo afro, pelo lacio, cosquilleto de pata y orejas aleteantes, ¡tres veces! Pero claro, eso me pasa cuando me voy a mojar por sorpresa, ¡pero no había tanta agua cerca! Entonces fui a preguntar a un Clear Skies, ya sabes la pegaso del equipo meteorológico, y me dijo que no iba a llover. Y yo dije, "uy qué raro", pero entonces quise ir a ver a Zecora, ¡pero el bosque no me dejó pasar! ¿Te lo puedes creer? Porque entonces...

—Pinkie, un bosque es un bosque —objetó Twilight —. ¡No puede decidir no dejarte pasar!

—Bueno, ¡dah! Es un bosque mágico, y había lobos de madera que querían jugar al pilla pilla. ¡Porque no querían dejarme pasar! ¡Si yo siempre he sido buena con el bosque, siempre recojo los papeles de los caramelos cuando paseo por él! Y entonces volví a sentir al pinkie sentido, pero esta vez era aleteo de orejas, patitas tensas, salto salvaje y cosquilleto de nariz..

—Espera, ¿cosquilleto? Pinkie, se dice "cosquilleo".

—Claro que no, un cosquilleto no es lo mismo que un cosquilleo, ¡todo poni lo sabe!

Sorprendentemente para las otras dos yeguas, los gemelos Cake se miraron entre sí y asintieron entre risitas.

—¡El cosquilleto de nariz significaba que iba a haber una tormenta en el bosque, una muy mala! Así que volví al pueblo para avisar, pero pensé "ese es trabajo de Rainbow Dash, mejor le dejo a ella" y decidí venir a tu casa a tapiar las ventanas. ¡Porque esta noche podríamos hacer una GRAAAAAAN pijamada! ¿Qué te parece?

Twilight, Spike y la señora Cake miraban a la poni rosa murmurando "Eh..." y sin saber qué decir ante tal despliegue de verborrea. Pinkie sacudió su esponjosa cola y de ella salió una enorme gema roja que le pasó a la señora Cake.

—Tenga señora Cake, para el pastel de Spike.

Mientras la poni rosa se metía en la biblioteca, las dos ponis y el dragón se miraron mutuamente antes de exclamar a la vez:

—¡Es Pinkie Pie!

Twilight fue la primera en entrar y, en cuanto lo hizo, tuvo que hacer un esfuerzo para no alterarse al ver la biblioteca con tanto movimiento. Y no se trataba de ponis en absoluto: ¡ardillas! ¡Había ardillas transportando una enorme pila de bellotas una a una en una larga fila hacia el sótano! Vio que varios ratones corrían hacia un periódico, rompían varias tiras de papel y se lo llevaban abajo a su vez. Y, en medio de esa pequeña y adorable vorágine animal, un pequeño conejo blanco dirigía a sus amiguitos pronunciando ininteligibles palabrotas conejiles.

—¿Pinkie... también ha traído a Fluttershy?

—También ha traído a Fluttershy —confirmó Spike —. Por cierto, al oso le gusta la miel. Fluttershy dice que cuando pase la tormenta nos traerá más.

—¿Cómo que "al oso le gusta la miel"?

Un enorme eructo resonó desde el sótano por toda la casa árbol. Los gemelos Cake se carcajearon como respuesta.


—Creo que no tengo opción —reflexionó Hope Spell en voz alta —. Amo a mi familia, especialmente a mi hermanas pequeñas más que cualquier cosa en el mundo. No puedo imaginar cómo sería separarme de ellas.

Aitana suspiró en silencio, esperando a que el semental verde rechazara unirse a los Arqueólogos. Una lástima, pero no podía obligarle.

—Entiendo todo el secretismo que traéis, y por qué me haréis olvidar esta conversación si digo que no. Pero me conozco bien, y sé que si mañana despierto sin recordar nada y me dices que no quieres que te acompañe, Aitana... Me pondré a investigar por mi cuenta, y a buscar magos negros en solitario. ¿Qué hago entonces? ¿Me uno a vosotros y me separo de mi familia, lucho en solitario para que acaben descubriendo a los que amo, o me quedo quieto rezando para que no falléis?

El joven unicornio clavó la mirada en el suelo durante unos segundos con expresión serena. El profesor Pones estaba, ciertamente, sorprendido por la madurez que mostraba su estudiante. Los hechos de Lutnia le habían hecho crecer de repente, pasando de ser un inocente poni Equestriano a uno que acababa de conocer los horrores del mundo. Y no solo los había conocido: los había enfrentado y, ahora, estaba a punto de optar por seguir haciéndolo. Hope levantó la cabeza y miró directamente a la familia Pones con sus ojos marrones.

—Acepto. Pensaré qué... hacer con mi familia. Pero acepto.

El anciano gris se levantó y se dirigió hacia Hope, inclinándose ligeramente ante él en señal de respeto.

—Bienvenido a los Arqueólogos, Hope Spell. Mañana empezará tu entrenamiento.


NOTA DEL AUTOR:

*Los Worgs son una criatura no-totalmente-de-mi-invención (vamos, un lobo de las sombras se ha visto en mil historias) que aparecieron en el fanfiction "Hermanas de la Tormenta".

**No tenía realmente ninguna forma de traducir el chiste de "Mayor, the the mayor mare". Y la verdad no suelo ver la serie en español, no sé cómo lo habrán traducido :D

Hace un tiempo que escribí este capítulo, y ahora pienso que es un poco demasiado largo... pero no. Se queda así, ya que todos estos eventos están ocurriendo al mismo tiempo, y no hay mejor forma de narrarlos.

Un saludo y gracias por leerme!