Un estruendo de rocas destruidas por un tremendo impacto acompañó al terrorífico rugido del oso lunar, coreado por los truenos que eran el grito de batalla del mismísimo Everfree. Zecora avanzaba por los lóbregos pasillos del castillo de Nightmare Moon, escoltada por un grupo de lobos de madera y Worgs por igual.
Hubo una sensación de frío antinatural frente a ellos y los animales retrocedieron, aún a pesar del valor que el bosque les inspiraba. La chamán cebra se adelantó, levantándose sobre dos patas y extendiendo los cascos delanteros hacia adelante; los espectros, oscuros, terroríficos e inmateriales, aparecieron a través de las paredes a toda velocidad, lanzándose contra los seres vivos frente a ellos. Pero, súbitamente se detuvieron frente a Zecora, cuyos ojos miraban en el mundo espiritual y no en el material.
—Muertos estáis, es ya hora de que libres seáis.
La figura de los espectros se empezó a difuminar y, al poco, fueron arrastrados por las corrientes espirituales y elementales del bosque. Zecora volvió a ver el mundo físico y avanzó, caminando despacio, mientras los depredadores a su lado corrían hacia adelante. Los gritos de los demonologistas y nigromantes que seguían con vida llegaron a sus oidos a continuación, pero la chamán mantuvo su ritmo al caminar.
—¿Tan desesperada está como para el bosque Everfree asaltar? —murmuró para si misma—. Este puede ser un error fatal para la Hermandad.
La selva era, de por si, un lugar intimidante: espesa vegetación que a duras penas permitía avanzar al poni más diestro, animales salvajes y peligrosos, miles de plantas venenosas, y otros muchos peligros inimaginables. Y no hablemos de en qué se convertía un lugar así durante una noche cerrada como era aquella. Aún con todas estas amenazas, había tribus de ponis salvajes que vivían en la misma, las cuales servían a un único señor; un ser que, creían, era un dios en la tierra, por lo que seguían sus órdenes sin duda alguna: Ahuizotl.
Un gran grupo de estos selváticos ponis se había desplegado en busca de la enemiga del gran dios; cubriendo una gran zona permanecían atentos a cualquier ruido o señal de su presencia para dar la alarma al instante. Armados con primitivas lanzas y cubiertos de tatuajes y pinturas tribales, los ponis salvajes eran grandes y fornidos, unos rivales a tener en cuenta. Lo único que les salvaba era que, por alguna razón, siempre capturaban a Daring Do con vida, en vez de intentar acabar con ella en el acto.
Y, desde su escondite entre la vegetación, la intrépida exploradora pensó que era una suerte que ese gran mono azul fuera tan orgulloso que siempre quisiera matarla de lentas e imaginativas formas, dándole siempre una oportunidad para escapar. A veces, Daring Do se preguntaba qué edad debía tener Ahuizotl, ya que su nombre aparecía en las civilizaciones Aydara y Pomaya: en la primera, como una criatura mitológica, un cánido acuático que usaba la mano de su cola para atrapar a sus víctimas y ahogarlas, mandándolas al paraíso. En la segunda, como un gran rey que llevó su reino a convertirse en un imperio antes de la llegada de Celestia y Luna y la formación de Equestria. Pero, si era tan viejo, ¿cómo podía ser tan tonto de no matarla en el acto? Quizá era un jovenzuelo que había adoptado el nombre, pero aún así, si era capaz de encontrar artefactos ancestrales con tanta facilidad debería...
...el tren de pensamiento de Daring Do se detuvo cuando una arcaica punta de lanza se posó en su cuello.
—¡MAK TAK TOK, MARAK OK PAK! —gritó el poni salvaje.
—¡Diantres!
En la distancia se escucharon gritos de respuesta; los ponis salvajes de la zona empezaron a correr hacia el que había dado la alarma. A cada segundo, más guerreros se unían a la carrera, convirtiéndose al poco en una maraña de pelaje, patas, cabezas y lanzas buscando a su enemigo. Sabían identificarlo: su salacot era inconfundible, y era una suerte que lo llevara, porque para los ponis salvajes todos los Equestrianos parecían iguales.
Todo el grupo siguió galopando hacia donde habían escuchado el grito de alarma; pero una de las lanzas destacó porque empezó a quedarse atrás poco a poco, ya que su portador pasó de un rápido galope a trotar, para acabar deteniéndose. Daring Do, que no llevaba el salacot y había cubierto su chaleco con fango y musgo, observó cómo los salvajes se alejaban al galope de ella. Miró alrededor por si había algún otro guerrero siguiéndola, antes de resoplar y secarse el sudor de la frente.
—La mejor maniobra Imhotep* de mi vida —dijo para si misma.
Sacudiéndose el camuflaje de encima, echó a caminar en dirección al último refugio que conocía de Ahuizotl y, antes de descartarla, usó la lanza para golpear varias lianas. El salacot cayó desde lo alto de las mismas sobre su cabeza, necesitando solo ajustarlo ligeramente con un casco. Pasó junto al poni salvaje que había dado la alarma, el cual estaba inconsciente con un gran golpe en sien; fue una gran suerte que el muy bobo hubiera decidido acercarse, en caso contrario la pegaso amarilla no habría podido despistar a sus perseguidores tan facilmente.
¿Cómo podía ser que Ahuizotl fuera tan hábil para descubrir tramas de la antigüedad y usarlas en su favor, y sin embargo se rodeara de ponis tan inútiles? Todo esto no eliminaba el hecho de que él era un auténtico genio de las artes oscuras y la mitología: esa especie de cruce entre un mono azul y un perro había puesto el mundo en peligro muchas más veces que cualquier otro ser que se conociera. Muy estúpido para algunas cosas, cierto, pero siempre mantenía unos planes bien calculados, aunque algo apresurados. El que alguien hubiera podido robarle el Gran Bastón de los Aydara sin que ni él ni ella misma se enteraran era algo que le preocupaba. ¿Quién podía haberse adentrado en la selva sin alertar a los ponis salvajes, infiltrarse bajo las mismas narices de Ahuizotl sin llamar la atención, y robar el objeto que tanto ansiaba este en completo silencio? ¿Y por qué? Después de saber de lo ocurrido en los Reinos Lobos, Cérvidas y la Hermandad de la Sombra...
Tenía que averiguar qué había pasado.
No podía volar: sabía que algunos de los grandes felinos de Ahuizotl habrían subido a los árboles para vigilar el cielo; su única opción era caminar. Echó a trotar tan rápido como pudo, pero lo bastante lento como para poder esconderse si se encontraba con algún guarda; tendría que ser rápida y sigilosa si quería infiltrarse en la fortaleza de su enemigo e investigar rodeada de ponis salvajes.
Bueno, no era nada del otro mundo, era fácil engañar a esos guerreros. Solo le preocupaba si el adorable gatito blanco la descubría. Dioses, cuánto odiaba a ese gatito...
Esa noche la luna se teñiría de rojo.
A pesar de la gran distancia que separaba Blotser Ville del bosque Everfree, las nubes de la tormenta que azotaba este último habían cubierto el cielo, eclipsando la luz de la luna menguante. La oscuridad era casi completa y el viento, suave y algo molesto, hacía el suficiente ruido para enmascarar los sonidos más tenues. La mayor parte de ponis equestrianos buscaría quedarse en casa aquella noche, esperando al amanecer; sin embargo, los jóvenes y adolescentes, incapaces de quedarse quietos, solían salir y aglomerarse en los locales y tabernas, buscando diversión y, probablemente, compañía. Algo que Great Knot, residente de esa pequeña ciudad costera cercana a Fillydelphia, sabía muy bien.
Blotser Ville era conocida por su gran playa de arena blanca, su puerto deportivo, y por tener algunos de los mejores clubs para salir de fiesta de esa zona de Equestria. Durante el día solía ser bastante tranquilo, pero por la noche se atestaba con los estudiantes y jóvenes trabajadores que venían desde la gran ciudad en busca de una noche de diversión.
El Pub estaba lleno a reventar: yeguas y sementales bailaban, charlaban, bebían y, en general, disfrutaban de su juventud. Great Knot dedicó un vistazo alrededor, localizando varias yeguas jóvenes de muy buen ver, pero no les prestó mayor atención. Ya había escogido a su presa.
—Serán ocho bits. El suyo es el de la sombrilla azul.
—Gracias, nos vemos más tarde.
El marinero, de pelaje anaranjado y crines rubias pagó al barman y recogió las dos bebidas, dirigiéndose luego a una mesa un poco apartada. Junto a ella, una yegua de pelaje gris azulado y crines marrones bailaba alegremente al compás de la música. Portaba un traje celeste que le cubría el cuerpo desde las patas delanteras hasta los flancos, tapando parcialmente su marca: Una luna llena. Great Knot tenía que reconocer que era una hermosa y atlética poni de tierra. Lo más atrayente de ella eran sus ojos rosas, que hacían juego con un mechón del mismo color que atravesaba su melena; tenía el cuerpo firme, bien formado y de generosas curvas que le era otorgado como recompensa a alguien dedicado al deporte. Algo curioso en su anatomía es que sus orejas parecían algo más grandes y peludas de lo habitual, pero lejos de ser algo negativo dotaba a la joven de cierto exotismo.
En cuanto se acercó, la joven yegua sonrió y él le dio la bebida; se fijó en que ella estaba masticando algo y, al darse ella cuenta de que la miraba, sacó con un casco un pequeño paquete de caramelos que le ofreció al semental. Este los rechazó, sonriendo, y bebió un trago de su propia copa, gesto que su acompañante repitió a su vez.
—¿Y qué me has dicho que estudias, guapa?
—Filología Equestre —respondió ella, ligeramente sonrojada por el cumplido —. ¿Y tú?
—Yo no estudio, soy marinero —habló él, casi gritando por encima del volumen de la música —. Pero ahora no navego, trabajo en el puerto.
—Debes haber visto mucho mundo, entonces.
—Bueno, he estado en muchos lugares —reconoció él, sonriente—. He visto la inmensidad del desierto de los Reinos Lobo, la hermosura de los bosques ciudad de Cérvidas, y la extrañas artes de las cebras en los puertos de Cebrania. Y sin embargo, jamás vi belleza como la tuya, Rise.
—Oh... —ella se sonrojó marcadamente—. ¡No exageres, adulador!
Como respuesta, el semental alzó su copa; Rise Love hizo lo propio con la suya, chocándola con su acompañante antes de beber ambos un generoso trago. Era un licor suave, dulce y aromático, que dejó un agradable calor en la garganta de la joven yegua. Esta posó su vaso en la mesa y se levantó.
—Tengo que ir al baño, ¿me esperas, por favor?
—Por una yegua como tú, espero toda la noche si hace falta.
Great Knot la observó alejarse, notando como a cada paso la joven empezaba a tambalearse cada vez más. Con tranquilidad, apuró su propia bebida con expresión relajada. Al principio no le agradaba la idea de lo que tenía que hacer... pero tras experimentar por si mismo el poder que le otorgó la primera víctima que entregó a la hermandad, toda duda fue despejada de su ser. Y eso no era más que el principio...
Esperaba poder divertirse con la víctima antes del ritual.
Con ensayada calma, el semental calculó cinco minutos exactos antes de levantarse y caminar hacia los servicios de las yeguas. Como siempre, había una cola bastante larga, pero en la puerta del baño había algo de alboroto.
—Disculpen, señoritas, ¿han visto a una joven de pelaje azul y crin marrón? Llevaba un traje celeste casi completo, y su marca es una luna llena.
—¡Eh, aquí hay alguien que la conoce! —gritaron como respuesta.
Al instante, Great Knot fue guiado hasta el baño donde vio el motivo de tanto alboroto: Rise estaba inconsciente en el suelo; dos yeguas pegaso le daban aire, mientras otras le mojaban la cara.
—Entró al baño, pero al salir de repente se cayó inconsciente.
—¡Oh, no! —exclamó el semental—. Le dije que la sidra especial Apple era demasiado fuerte, pero aún así bebió de más... Hey, ¡Rise! Venga, despierta bonita.
El gesto era teatral, sin duda, pero lo bastante realista como para que todas le creyeran cuando se agachó y sacudió ligeramente a la yegua inconsciente; a los pocos segundos esta gimió y abrió débilmente un ojo.
—Creo que bebí de más...
—Ya lo veo. Venga, bonita, te ayudaré a llegar a tu casa.
Ayudada por otras, Rise intentó levantarse con mucho esfuerzo. Sin embargo, hubo otra yegua que se adelantó.
—Pero esto... ¡esto es raro! Yo la vi entrar y no parecía borracha, pero al salir se desplomó de golpe.
—¿Y qué crees que ha pasado?
Great Knot miró a la joven unicornio que había expresado sus dudas.
—Pues no sé, pero a mi me suena más a...
De pronto, la unicornio se calló; los ojos de Great Knot fueron atravesados por un reflejo rojizo, el cual fue repetido al instante en las pupilas de su interlocutora.
—¿A qué te suena más? —preguntó otra yegua.
—Este... me... me suena más a una bajada de tensión, sí.
—Entonces más razón para que la lleve a casa —respondió Great Knot con una tranquilizadora sonrisa.
Poco después, ayudada por las presentes, Rise logró ponerse sobre sus patas y, apoyada en Great Knot, empezar a caminar siendo guiada por este. El semental agradeció la ayuda y se dirigió a la salida. Nadie más les detuvo en su camino a través del pub, y los vigilantes de la puerta no se sorprendieron al ver a alguien completamente borracho siendo ayudado por un amigo. Great Knot, ya fuera, se encaminó hacia una zona del puerto que conocía bien.
Rise Love inclinó ligeramente la cabeza al escuchar un sonido imperceptible al oído común. Giró las orejas hacia el origen del mismo y, sin reaccionar, se dejó guiar por su acompañante.
Daring Do no necesitó llegar al escondite de Ahuitzol: las pistas aparecieron frente a ella.
En medio de la noche, a través de la jungla, el griterío de un gran grupo de ponis salvajes la hizo esconderse a toda prisa. A los pocos segundos, los responsables del escándalo atravesaron la espesura por delante suyo, portando antorchas, lanzas y otras armas rudimentarias... pero pasaron de largo. Con sus escasos conocimientos del idioma natal de los ponis salvajes, la pegaso de pelo negro y gris reconoció la palabra "enemigo", "guerra" y "muerte". Si la buscaban a ella, Ahuitzol había ordenado... ¿matarla? ¿Por qué? Si el gran mono azul creía que ella tenía el bastón de los Aydara, no ordenaría matarla, ¡eso no tenía sentido!
Daring Do salió de su escondite y siguió al grupo volando a poca altura sobre el rastro despejado de vegetación que habían dejado los salvajes tras de sí, para no hacer ruido con sus pasos. Sin embargo, al poco tiempo, la exploradora se detuvo al ver algo extraño a su alrededor.
Había varios árboles que se habían vuelto grises, secos y marchitos; el olor a madera quemada llegó hasta ella, y no tardó en ver varias zonas de vegetación parcialmente carbonizadas. Fue entonces cuando, junto a un arbusto quemado, vio el primer cadáver de un poni salvaje: una expresión de auténtico terror enmarcaba su congelado rostro, el cual reposaba sobre un barro formado a partes iguales por la tierra del suelo y su propia sangre. Una desigual herida se abría ahí donde debería hallarse su yugular.
Junto a él, otro poni salvaje estaba inmóvil, apoyado contra un árbol; de hecho, su pecho había sido atravesado por una lanza que lo mantenía sujeto al tronco. Daring Do notó que el arma asesina era, de hecho, de manufactura tribal, y si algo había aprendido la pegaso de los seguidores de Ahuitzol es que estos jamás se atacaban entre sí. Movida por la necesidad de saber qué había pasado, se acercó poco a poco para estudiar el cuerpo, pero se detuvo a un paso del mismo.
—Eh, tú. ¿Estás muerto?
Al instante, la lanza y el propio árbol se sacudieron cuando el cadáver sujeto entre ambos se movió rápidamente; gruñendo y gimiendo, alzó sus cascos hacia Daring Do tratando de atraparla. Pero la exploradora, veterana en este tipo de sorpresas, se había puesto fuera de su alcance. Cosa que el otro poni salvaje no hizo, por lo visto, lo cual le dejaba claro que tenía a dos enemigos de los que preocuparse.
Primero, Daring Do asió la lanza con la boca y la arrancó de un fuerte tirón. Con un tremendo crujido, el arma se desclavó del tronco, liberando al zombie. Después saltó hacia atrás y, usando sus alas, hizo una parábola en el aire que acabó justo encima del otro poni salvaje muerto; con el propio impulso del vuelo, la pegaso clavó la arcaica lanza en la sien del cadáver, ahora no-muerto, el cual se sacudió por última vez con movimientos espasmódicos.
El primer zombie, ya libre del árbol, avanzó hacia la pegaso en un errático caminar, emitiendo hambrientos rugidos. No le dio tiempo a avanzar demasiado: una rápida sucesión de golpes propinados por la lanza lo mandó al suelo para, finalmente, ser rematado con una firme estocada a la altura de la nuca.
Sin inmutarse, Daring Do dejó la lanza y aguzó los oídos. Había muy poco ruido en la selva, descontando el que hacía el ejército salvaje que había visto antes; eso significaba que el nigromante no estaba lejos.
Entonces escuchó a los ponis salvajes emitir a la vez un gran grito de guerra. ¿Lo habían encontrado? La pegaso desplegó sus alas y voló a gran velocidad entre los árboles, siguiendo la senda que los guerreros habían abierto anteriormente. Poco a poco, los gritos de los ponis, el rugir de los zombis y el chocar de las armas se fue haciendo más y más claro a oídos de la exploradora.
La sofocante temperatura selvática cayó a toda velocidad, hecho que Daring Do identificó de inmediato: Sin perder un instante se echó a un lado y se cubrió tras un árbol. El frío se intensificó hasta volverse casi insoportable, como si una corriente de aire helado estuviera atravesando la selva y convergiendo sobre un único punto. Cuando este efecto acabó, el silencio cayó sobre la selva, sintiendo Daring Do que le faltaba el aire.
Y la muerte acudió.
Una fría explosión expansiva recorrió la selva, zigzagueando entre la vegetación y marchitándola a su paso. El efecto duró unos segundos, en los que la yegua amarilla observó cómo las plantas más pequeñas morían a su alrededor, y los árboles más grandes veían sus troncos dañarse ante el impacto de la magia nigromántica, crujiendo y cayendo a medida que el terrible hechizo los mataba sin misericordia; unos pocos segundos después todo volvió a la normalidad, y la intrépida exploradora soltó aire poco a poco, volviendo a respirar sin dificultad.
—Si esto es lo mejor que puede hacer, estoy de suerte —susurró con una sonrisa.
Echó a volar de nuevo, yendo hacia el epicentro del hechizo, y frente a ella la selva dio paso a una zona de vegetación poco densa que, a causa de la magia, se había convertido en un pequeño claro. Los ponis salvajes, aquellos que habían sobrevivido, huían de forma desperdigada o luchaban aterrorizados contra sus hermanos, ahora convertidos en no-muertos. Alejándose de la batalla, un pegaso y un unicornio caminaban con calma, este último portando un gran objeto macizo con su magia. Daring Do aterrizó sin pretender ser sigilosa.
—Vosotros dos no sois de aquí, ¿verdad?
Los dos ponis se giraron y, mientras sus rostros se tornaban en expresiones de incredulidad, Daring identificó a sus enemigos: El unicornio era, obviamente, el nigromante. El pegaso tenía el inconfundible brillo rojizo del poder demoníaco reflejado en sus ojos.
—¿Pero qué? ¿Daring Do? —tartamudeó el unicornio, perplejo.
—¡No me digas que Hellfire decía la verdad!
—¿Así se llamaba el que atacó el Imperio? Bueno, veréis, chicos, aunque me gusta bromear me temo que todavía no tenemos ese tipo de confianza.
—¡Venga ya, ahora nos ataca un personaje de novela! ¿Y qué vas a hacer, lanzarnos un adorable gatito para que nos mate? —exclamó el pegaso, burlonamente.
La exploradora dio un par de pasos, rodeando poco a poco a los dos practicantes de las artes prohibidas. Si acaso ese idiota supiera en cuántos apuros la había metido ese gato...
—Ms novelas son muy, por así decirlo, "descafeinadas". Así que os voy a explicar lo que va a pasar a continuación y que no saldrá en mi próximo libro.
Daring se detuvo y, con una pezuña, señaló al unicornio.
—Primero te mataré a ti, porque eres el más peligroso. Después —añadió, señalando al pegaso— te dejaré fuera de combate y tú me dirás todo lo que quiero saber. Porque, si no lo haces, dentro de poco estarás suplicando para que te deje morir.
Hubo unos segundos de silenciosa incredulidad; primero fue el unicornio el que empezó a reír, seguido por su compañero pegaso.
—Es una pena, Daring Do —dijo el nigromante—, siempre disfruté de tus novelas. Pero esto es más importante, me temo.
Diciendo eso, el unicornio hechizó, haciendo que su cuerno se cubriera con un aura negruzca. Daring Do no perdió un instante en alzar el vuelo a toda velocidad, hecho que su oponente pegaso imitó.
Una oscura saeta de magia oscura fue disparada; la exploradora plegó sus alas durante un instante, cayendo durante ese mismo tiempo y esquivó el ataque. El pegaso diabolista cargó contra ella, rugiendo mientras sus ojos se llenaban con el poder del Tártaro. Sus cascos delanteros se transformaron en sendas garras de llamas con las que atacó a la pegaso amarilla. Esta solo necesitó un rápido vistazo para localizar sus puntos débiles y prepararse para combatirlo.
Primero descendió solo unos centímetros su vuelo, deteniendo la garra de su enemigo con la pata delantera izquierda.
Después con la misma pata y usando la inercia que llevaba, se asió al cuello del diabolista, girando sobre si misma usando a su enemigo como pivote, golpeándolo desde abajo con las patas traseras y agarrándose a él completamente.
El diabolista perdió todo el aire de lo pulmones y, en un instante, se encontró volando de espaldas sin control; intentó estabilizarse pero se dio cuenta de que Daring Do había trabado su ala izquierda con una pata. El crujir de la articulación fue coreado por el grito de dolor del pegaso, el cual fue proyectado por la Arqueóloga contra una formación rocosa cercana bajo ellos.
Daring Do dejó caer a su enemigo hacia la muerte y voló haciendo un rápido zig-zag hacia el unicornio. Este intentó conjurar de nuevo, pero antes de que pudiera concentrarse la veloz pegaso chocó contra él, placándolo contra el suelo. Cuando este alzó la vista se encontró con el rostro de la arqueóloga y cazadora de demonios mirándolo con una furiosa sonrisa; sus crines grises y negras caían alrededor del mismo, sobre la cara del aterrorizado nigromante. Y ella ni siquiera había llegado a sudar en el combate.
—Vaya, lamento que no todo haya salido como te dije, parece que estoy perdiendo facultades. Dime, nigromante, ¿qué sabes del objeto que llevas? ¿Para qué ibais a usarlo?
—¡No te lo puedo decir! ¡El castigo será peor que mil muertes!
Daring se agachó aún más sobre su derrotado enemigo y clavó la mirada en sus ojos.
—Eso lo comprobaremos pronto, amigo. Tu dios no estará ahí para protegerte.
La joven yegua hacía rato que se había quedado inconsciente, por lo que Great Knot cargaba con ella sobre su lomo.
Nada más entrar en la zona portuaria, el gran semental se desvió del camino y entró en los callejones que unían la parte trasera de los grandes almacenes donde se almacenaba la mercancía. Se detuvo en varias ocasiones en rincones oscuros que conocía bien, asegurándose de que nadie le había seguido. Con cada nuevo cruce, la luz se volvía más y más tenue, a medida que se adentraba en rincones tan apartados que los servicios municipales no se molestaban siquiera en ir a arreglar las lámparas fundidas. En esos lugares, raramente acudía nadie a altas horas de la madrugada.
Revisando una última vez que nadie le había seguido, Great Knot se acercó llamó a una sencilla puerta de madera. Unos segundos después, una mirilla se abrió en la misma, tras la cual una yegua entrada en año lo observó.
—¿Santo y seña?
—Perejil —respondió el marinero.
—¿Traes a otro? ¿Vienes solo?
—Sabes que si no fuera así no habría venido. Una joven poni de tierra.
La mirilla se cerró y se pudo escuchar el ruido del metal contra la madera cuando un gran pestillo fue retirado para abrir la puerta. La yegua al otro lado se apartó para dejar pasar a Great Knot, estudiando a la joven que el marinero portaba a su espalda con una mirada evaluativa.
—Una joven realmente hermosa, el señor estará satisfecho con ella.
—Por supuesto.
—La próxima vez deberías intentar traer una unicornio. La magia natural de sus almas es útil para el sacrificio.
—Entendido, no hay problema. ¿Cuánto tiempo tenemos hasta el ritual?
—Ocurrirá en seguida —respondió la yegua—. El último sacrificio está a punto de concluir, el potro no aguantará mucho más castigo.
—¡Qué pena! —respondió Great Knot—. Esperaba poder divertirme un poco con ella —añadió con una cruel y lujuriosa sonrisa.
Al fondo de la sala había una puerta que daba a una escalera descendente y, desde el fondo de la misma, Great Knot podía sentir el poder demoníaco que se filtraba. Se encaminó a la misma, con Rise todavía inconsciente a su espalda, siendo pronto engullido por la oscuridad; el poder del Tártaro se hacía presente con más fuerza a cada paso. Great estaba un poco fastidiado de que el ritual ya fuera a acabar; uno de los placeres que tenía su función en la Hermandad de la Sombra era dar rienda suelta a sus más oscuras fantasías con cada yegua que capturaba. Parecía, sin embargo, que no iba a ser el caso en esa ocasión.
Rise se movió débilmente sobre su lomo.
—Tranquila pequeña, ya estamos llegando.
—Esta... es... ¿tu casa?
—Claro que sí, no te preocupes.
El semental descendió hasta el fondo del sótano, el cual conectó con una gran caverna. El cántico del culto se hizo audible, así como un débil sollozo; los cultistas, todos ellos ponis, formaban un círculo en el centro del cual se alzaba un altar de obsidiana.
—Sabía... sabía que me llevarías a...
—A casa, claro preciosa —dijo Great Knot sin prestar atención a la yegua con la que cargaba.
—Salve, Great Knot —saludó uno de los cultistas, un pegaso —. El Señor de las Sombras estará contento con el sacrificio que le traes.
—Salve, hermano.
Iban a seguir hablando, pero Rise no paraba de hacer lo propio y de moverse sobre su lomo. Great se revolvió, hastiado.
—¿Quieres estarte quieta?
—Va... vale. Es que no sé dónde estamos...
—Todo acabará en seguida, preciosa. Hermano, ¿la llave de la celda?
El pegaso sacó la susodicha llave de entre sus ropajes y se la tendió a Great Knot, el cual la cogió con los dientes. Después se encaminó hacia las celdas; a medida que se adentraban entre los pasillos del subterráneo el aire se enrarecía, y el olor a la sangre, orín y heces se hacía cada vez más fuerte. El semental ya se había acostumbrado al mismo, y solo lamentaba que no fuera a tener tiempo para divertirse con Rise, era una yegua realmente hermosa. Esta se volvió a sacudir ligeramente sobre su espalda, emitiendo una suave risa a continuación.
—No puedo creerlo...
—Ya, claro. ¿El qué? —preguntó el semental.
—Que haya sido tan fácil.
El marinero acababa de abrir la puerta de la celda cuando Rise Love dijo esas palabras.
—Sabía que me traerías —continuó Rise, a medida que su voz ganaba fuerza—. Podía oler la sangre en ti, diabolista.
—¿Qué?
El aludido se giró hacia Rise pero, para su sorpresa, notó algo extremadamente afilado posarse en su yugular. Asido a la pata de la yegua, oculto bajo el traje, un resorte había sacado una larga cuchilla; los ojos de la poni, que tan atractivos le habían parecido antes, ahora se habían tornado fríos, de pupilas alargadas y afiladas, mirándolo como un dragón hambriento, y sus colmillos asomaban bajo su mandíbula superior.
—Batpony...
—Solo tuve que tomarme un antídoto antes de beber la bebida envenenada.
Las ideas se enlazaron a toda velocidad en la mente del marinero cultista: La caída del culto de los Reinos Lobo, el caramelo que se estaba comiendo Rise, cuando se hizo la inconsciente en el baño… Ese fue su último pensamiento antes de que la daga le arrebatara la vida, y su alma fuera condenada a pagar el trato que había hecho con el Tártaro.
Rise Love saltó al suelo suavemente, tapando la boca del cultista con una pezuña y dejando que muriera en silencio. Miró a su alrededor, usando a la vez su afilada vista y sus ultrasonidos para escanear la zona, asegurándose de que estaba a solas. A través de los pasillos podía escuchar los cánticos, cada vez más fuertes, acompañados por el decreciente sollozo del potro que iban a sacrificar. No tenía mucho tiempo.
Caminó en silencio hacia el altar, deteniéndose en las sombras antes de que los cultistas ahí congregados se dieran cuenta de su presencia. Contó al menos una veintena de los mismos, habiendo sobre todo unicornios y pegasos en esta ocasión. Eran muchos, incluso para ella. Tenía que esperar solo un poco más, asegurarse que sus compañeros estaban en posición antes de atacar. Le habían dado la señal en cuanto salió el pub, la estaban siguiendo, no deberían tardar demasiado lejos...
El oscuro cántico alcanzó su clímax; Rise se asomó para ver cómo el maestro de la ceremonia levantaba una ornamentada daga sobre el altar. Fue en ese instante cuando lo vio:
El pelaje normalmente brillante el potro de cristal estaba casi apagado, y la mancha oscura en el altar bajo él era tan solo la sombra de las heridas que le habían causado. El potrillo observó el arma que le iba a arrancar, pero no había miedo en sus ojos, si no alivio y resignación. La mirada de una criatura que veía la muerte como su única escapatoria… un potro...
La mente civilizada de Rise Love se apagó.
Su percepción del mundo cambió rápidamente, y frente a ella ya no había cultistas, si no presas. Sintió cómo se le erizaba el pelaje bajo su vestido, las penumbras de la estancia se volvieron más claras a sus ojos y, teniendo la impresión de que el tiempo se había ralentizado, escuchó con detenimiento las voces de los cultistas que pronto iban a morir. Catorce yeguas y ocho sementales, seis pegasos, diez unicornios, seis ponis de tierra. Dos círculos rituales al fondo de la estancia. Una puerta de la que surgía un aroma nauseabundo, el olor de la muerte.
Nadie la escuchó activar un resorte de su pata izquierda. Nadie la vio alzarla.
El maestro del ritual se derrumbó súbitamente con un proyectil de metal clavado profundamente en la cabeza. Los cultistas se giraron en shock, para ver a la yegua que habían creído sería su siguiente sacrificio; sus ojos rosas, afilados como los de los dragones, brillaban en la oscuridad; la manga de su traje celeste estaba hecha jirones a causa del mecanismo de la ballesta de pata que llevaba escondida bajo la misma. Rise Love abrió la boca, mostrando sus colmillos, ahora largos y afilados, y emitió un bufido suspirado que recordaba vagamente al de un gato furioso, pero grave y aterrador.
Al instante hubo una explosión escaleras arriba. Una orden fue gritada; los unicornios cargaron su magia, y tanto ponis de tierra como pegasos corrieron hacia Rise Love. La agente Lunar forzó sus alas bajo el fino traje que las cubría, liberándolas. Una voz que solo podían percibir los batponies llegó hasta sus oídos; escuchó cómo dos de sus hermanos, también Cazadores, descendían por la escalera volando a toda velocidad.
—¿Cuántos supervivientes necesitas?
—Solo uno, y el potro.
Esas fueron las últimas palabras de Rise Love antes de dejar que el instinto la dominara por completo. Como un gato enfurecido, la Cazadora Batpony retrocedió unos metros y se posó en el suelo, bufando y mostrando sus colmillos al completo. Saltó hacia adelante, con la larga cuchilla saliendo por la manga de su pata derecha, y voló directamente contra los pegasos que ya estaban invocando sus poderes impíos. Una saeta de fuego pasó a pocos centímetros bajo ella; desvió el ataque de una yegua cuyas patas acababan en garras de demonio y la apuñaló en el mismo movimiento; golpeó con el costado a un semental cuyo cuerpo estaba helado y cubierto de sombras y, antes de que se recuperara, le cortó la garganta en pleno vuelo a otro cultista cercano. Los pegasos restantes no vieron llegar el peligro desde las escaleras, y todos ellos cayeron cuando unos precisos proyectiles de metal se clavaron profundamente en puntos clave de su anatomía.
Rise Love se posó en el suelo, al igual que otros dos Cazadores Batpony que aterrizaron a su lado. Los ponis de tierra cultistas, viendo lo ocurrido, retrocedieron junto a los magos. Un unicornio conjuró y empezó a oírse movimiento al otro lado de la puerta que olía a muerte. Los demonologistas terminaron su invocación y los círculos rituales que antes viera Rise se iluminaron con un fuego azulado. Dos grandes demonios de la destrucción, como un caótico cruce entre un gran perro y un lagarto, surgieron del mismo. Unas pequeñas bolas de madera rodaron por el suelo y, tras unos instantes, detonaron en una deflagración de humo negro como la noche.
Lo último que vieron los cultistas antes de que el mismo ocultara toda visión fueron tres pares de afilados ojos brillando en la oscuridad, los cuales se cerraron por completo cuando los batponies dejaron de usarlos para guiarse. Los gritos empezaron a continuación.
La batalla apenas duró unos minutos.
El humo había empezado a caer por su propio peso, deshaciendo la oscuridad artificial en la que se había desarrollado el combate. Rise Love caminó poco a poco por la estancia, entre los cadáveres de los cultistas, y los restos de los ponis zombificados que habían surgido de la puerta al fondo de la sala. Su cuchilla estaba cubierta por la sangre de los seguidores del Tartaro, al igual que sus patas delanteras. La Cazadora Batpony tenía, además, un corte en la mejilla y otro más en el costado.
Hubo, entre los pasillos, un moribundo grito de piedad que rápidamente fue acallado por el inconfundible sonido del metal hundiéndose en carne; sus hermanos estaban acabando con los remanentes del culto. Aunque este había sido mucho más duro que el que ella había encontrado en los Reinos Lobo, lo cierto es que todavía era muy débil. Estaban lejos de su auténtico objetivo.
Pero en ese momento, Rise Love no podía pensar en su ello. Caminó hacia el centro de la estancia principal, donde un gran pedestal de obsidiana se alzaba, donde el potro de cristal seguía encadenado. Con rápidos movimientos usó su cuchilla para forzar los grilletes y liberarlo, tomándolo en sus patas a continuación. El pequeño despertó de golpe al notar el movimiento y empezó a luchar con debilidad.
—No... ¡no! Por favor... —sollozó.
—Tranquilo, pequeño. Todo ha pasado.
La voz de Rise era increíblemente dulce, cálida y tranquilizadora. Se pasó una de las patas delanteras sobre el pelaje limpio de su lomo para librarla de los restos de sangre, y acarició suavemente al potro. Rise le habló con calma, con una ligerísima sonrisa, intentando no mostrar sus colmillos.
—Ya nadie te hará daño.
El pequeño alzó la mirada, observándola con miedo e incredulidad; tras unos largos segundos su cara se contrajo y enterró su rostro en el pelaje grisáceo de Rise Love. Ella lo abrazó con fuerza cuando el potro se echó a temblar, soltando entrecortados hipidos, demasiado débil como para gritar. A pesar del maternal gesto, la cara de la Cazadora Batpony se truncó por la ira y el odio.
Los pasos de uno de sus hermanos de caza se acercaron.
—Rise, ¿estás bien?
—¿Tenemos al superviviente? —preguntó ella secamente.
—Sí. Es el que hacía la veces de segundo líder, el primero era el maestro de ceremonias que tú mataste.
—¿Dónde está? Voy a sacarle la información yo misma, voy a llegar al fondo de esto.
El otro Cazador se acercó más, poniendo un casco sobre el hombro de la yegua y posicionándose frente a ella para frenarla.
—Sácalo de aquí, Rise Love. No dejes que la Sed te domine.
—Apártate.
La voz de la yegua era fría. Sus ojos afilados, al igual que sus colmillos, más largos de lo normal en su raza.
—No, Rise. Sal de aquí, proteje al pequeño.
—¡Yo puedo controlar la Sed mejor que tú!
—Esta vez no. Yo no tengo familia, y tú tienes dos potros como él —dijo, señalando con un gesto al pequeño herido—. Respira, Rise, la Sed te está tomando.
La yegua luchó contra su deseo de apartar a su compañero por la fuerza. Tras unos segundos de auto control, Rise Love cerró los ojos y se concentró en su propia respiración. Unos pocos instantes después pudo sentir cómo sus instintos de caza y muerte remitían ligeramente.
—¿Qué más hay dentro? —cuando abrió los ojos, sus pupilas habían vuelto a la normalidad, aunque el odio seguía presente en su ser.
—Muchos de los desaparecidos de La Diosa. Muchos como él —añadió, señalando al potro que todavía lloraba.
Rise Love asintió. Con paso tranquilo ascendió por las escaleras; la entrada había sido abierta mediante un explosivo mágico, y la unicornio que la guardaba yacía muerta en el suelo, víctima de una precisa puñalada en el corazón. Una muerte demasiado piadosa, a ojos de Rise.
En el exterior, la luna estaba casi completamente cubierta por las nubes, pero la tormenta parecía estar remitiendo. La batpony observó al pequeño que todavía se asía a sus brazos con los ojos cerrados y llorando a mares en silencio. La yegua hizo un gran esfuerzo en intentar desviar su atención de lo que había presenciado, necesitaba mantener el control.
Jamás habría imaginado que la investigación de un nigromante, Dark Art, la llevaría a meterse de lleno en una trama de cultos diabolistas que se extendía por varios países. Y si esto era así, ¿qué relación tenía Dark Art con los mismos, con el Señor de las Sombras? ¿Qué pintaban los nigromantes en un culto diabolista? Y, sobre todo, ¿tenía todo esto algo que ver con el ataque no-muerto de Lutnia? El que hubiera otro nigromante en el culto que acababan de matar era una prueba más de que se enfrentaban a algo mucho más grande de lo que parecía al principio.
Demasiadas preguntas en el aire, un misterio que apuntaba a la existencia de una trama mucho mayor. Y, por su experiencia tratando con organizaciones criminales, Rise Love imaginaba que solo había cortado dos cabezas de la hidra; la Hermandad de la Sombra seguía ahí, en algún lugar. Hallar el corazón de la misma no sería nada fácil.
El potro que sostenía soltó un gran hipido, llorando con más fuerza, y moviéndose muy poco a poco debido al dolor del sinfín de torturas que había sufrido.
Se sentó en una esquina de la calle, abrazando al pequeño para protegerlo del frío. Y, con una voz algo grave para una yegua, pero sorprendentemente dulce y cálida, le cantó la nana que su madre le cantaba cuando era pequeña*. La misma que ella cantaba a sus propios hijos.
Come little children, I'll take thee away.
Into a land of enchantment.
Come little children, the time's come to play,
here in my garden of shadows.
Follow sweet children, I'll show thee the way
Through all the pain and the sorrows.
Weep not poor children, for life is this way,
murdering beauty and passions.
Ya podía escuchar el aleteo de los guardias en la distancia, y el sonido de la madera de un carro aéreo. No habían tardado demasiado. Ahora mantendrían lo ocurrido en secreto, para evitar que el pánico se desatara en la sociedad Equestriana. Quizá era lo mejor.
Hush now, dear children, it must be this way
too weary of life and deceptions.
Rest now my children, for soon we'll away
into the calm and the quiet.
Escuchó la llamada hipersónica de un batpony, a la cual Rise respondió, cortando la canción durante un instante. Tres batponis, guardias nocturnos, aterrizaron frente a ella. Portaban sendas armaduras de color violáceo. Rise les indicó que no quedaban enemigos, por lo que los tres guardias se adentraron en la guarida del, ahora extinto, culto de la ciudad.
En ese instante, tres pegasos lideraron un carro a lo largo de la calle para aterrizar tan suavemente como pudieron. Del mismo salieron varios guardias, unicornios y ponis de tierra, con símbolos que los identificaban como sanitarios y miembros de la Guardia Lunar.
Rise Love se levantó y les entregó al potro de cristal, el cual fue introducido en el carro donde empezó a recibir tratamiento por sus heridas, entre exclamaciones de horror de los sanadores. Uno de ellos preguntó a Rise Love qué había ocurrido, pero esta no respondió, alzando el vuelo y perdiéndose en la oscuridad. Necesitaba pensar qué iba a hacer a continuación, dónde iba a dirigirse, pero sabía que esa noche no obtendría más respuestas. Podría, sencillamente, volver a casa, pero sabía que sus hijos se asustarían si la veían así. Debía limpiarse primero y esperar a que los efectos de la Sed en su cuerpo desaparecieran. Su pelaje todavía estaba erizado, sus colmillos eran más largos de lo normal, y sus pupilas brillaban más de la cuenta en la oscuridad.
Finalmente, optó por volar hasta la azotea de un edificio céntrico y quedarse ahí, mirando a la noche. Sabía que un grupo de guardias había ido a detener al barman del pub, pero deseaba tener la oportunidad de dar rienda suelta a sus instintos nuevamente. Poco después sacudió la cabeza, reconociendo que debía reprimir ese deseo; debía controlar la Sed.
La Sed de sangre era la maldición de los batponies, la maldición que todos experimentaban al menos una vez en la vida. Era un deseo incontrolable de matar, de dar rienda suelta a los instintos más primitivos y de beber la sangre de otros ponis. Y, aunque la mayor parte de batponies conseguían controlarla y no volver a sufrirla, algunos sucumbían… Y al matar a alguien perdían la razón y se transformaban en depredadores, no mejores que cualquier animal salvaje.
Pero existían unos pocos batponies que, tras sucumbir a la Sed conservaban la cordura… y la constante amenaza de caer de nuevo.
Los Cazadores Batpony eran aquellos que habían conseguido dominar su maldición hasta convertirla en su mayor don. Ellos enseñaron a Rise a controlar su Sed, a usarla en su favor, y a servir a Equestria llevando a cabo actos que ningún otro poni podría hacer. Los agentes de élite de la Guardia Lunar, desde que Luna volvió a integrarlos en la misma.**
Tumbada sobre el edificio dejó que transcurriera casi una hora, dándose tiempo a si misma a calmarse. La pequeña ciudad, tan cercana a la gran urbe de Fillydelphia, seguía tranquila, ajena a los horribles hechos que habían acaecido en sus entrañas.
Las afiladas orejas de Rise se tornaron hacia atrás cuando captaron un sonido nuevo: el crepitar de la magia. Alzó el vuelo rápidamente y desplegó su cuchilla, volando hacia el origen del mismo; una detonación lumínica frente a ella precedió al unicornio que se había teleportado a la azotea. Era casi un anciano, de pelaje rojo y crines de color ceniza... y estaba conjurando.
Rise no se lo pensó y cargó contra su atacante, cuando una voz sonó en su mente.
—¡Quieta!
La batpony desvió su vuelo, aterrizando rápidamente hasta detenerse frente al mago negro. Sharp Mind sonrió.
—Dime tu nombre.
—Rise Love.
—¿Qué sabes de La Hermandad de la Sombra, Rise Love?
Con la mirada fija en el infinito, la batpony pasó a narrar lo que había averiguado hasta la fecha. Sharp Mind confirmó que solo había acabado con dos cultos menores, y que no sabía nada aún de los verdaderos planes de la Hermandad. Eso le beneficiaba, de no ser así no podría utilizar tal herramienta para acabar con quien de verdad suponía un riesgo para sus planes.
—Viaja a Manehattan. Encuentra a la doctora Aitana Pones y mátala.
Rise escuchó la orden, impasible y, sin decir nada más, echó a volar hacia el norte. Un instante después, Sharp Mind se teleportó, apareciendo en un estrecho callejón. Se quedó quieto unos instantes, asegurándose de que nadie lo había seguido y, a continuación, empezó a caminar. Pronto salió a una calle principal donde se mezcló entre los jóvenes que poblaban la noche.
NOTA DEL AUTOR:
*La canción de Hocus Pocus se hizo famosa en el mundillo brony, como sabréis, por la animación de Duo Cartoonist "Children of the Night". El que Rise lo use aquí es, además, una autoreferencia al primer one-shot en el que apareció esta asesina de élite, llamado "El rescate de Preciosilla". Ese fic en concreto no forma parte de este universo, fue la secuela a "Vendida" de Escrittore Passione, pero fue donde acuñé mi propio concepto de esta misteriosa raza.
**Esa historia se trata en profundidad en el fanfiction "La maldición del batpony", donde podréis ver cómo llegó Rise Love a convertirse en la Cazadora Batpony que es en esta historia. Como siempre, no hace falta que la leáis, pero me haríais muy feliz si lo hacéis y me dejáis un review :D
Un abrazo a todos y gracias por leerme. Un saludo muy grande a FHix, UnIngenieroMás, Typezoolid, Bocas y a mis queridos lectores desconocidos por dejarme vuestros comentarios.
Felices fiestas :)
