La sala del trono de Nightmare Moon estaba tapizada por los restos de los muros derribados por el oso lunar y los cadáveres de diabolistas y nigromantes por igual. Los animales seguían en el lugar, pero la influencia del Tártaro hacía que estuvieran asustados y alerta ante cualquier peligro; el miedo antinatural cubría la sala como un manto.

Zecora entró en la misma y siguió la sensación hasta su misma fuente, situada tras una puerta oculta detrás del trono. Ahí pudo ver un arco de piedra negra, obsidiana probablemente, cuyo interior estaba cubierto por una sombra opaca de la cual surgían voces imposibles y la magia demoníaca se derramaba. La chamán, una vez más, cerró los ojos y meditó hasta aislarse del mundo real, volviendo a abrirlos al mundo espiritual.

El fuego la recibió, cegándola.

Un muro de llamas se alzaba frente a ella, haciéndola retroceder, a pesar de que sabía que no podía dañarla realmente. Y, en medio de esa vorágine, una figura oscura se alzaba; parecía un poni, un unicornio y sus crines parecían moverse como si fuesen fuego negro en si mismas. No podía diferenciar sus colores ni ver sus facciones, pero sí que notó cuando el demonio se giró hacia ella. No necesitó presentarse para anunciar que era el mismísimo Señor de las Sombras.

Arqueóloga…

—Es inconsciente acudir al bosque Everfree. Para tus seguidores, ha sido el fin.

—Ellos eran meros peones, son más útiles muertos. Sus almas ahora alimentan mi poder. Puedes esconderte en tu bosque, cebra. Una vez regrese al mundo dejaré que este rincón salvaje se pudra en el olvido.

—De tu regreso te puedes olvidar, pues no lo permitiremos jamás.

La figura caminó alrededor de Zecora, y esta pudo distinguir sus ojos, de un verde antinatural, rodeados por una neblina violeta. Su cuerno acababa en una punta rojiza.

—Nada volverá a detenerme, Arqueóloga, ni los elementos de la Armonía ni todos los cazadores de demonios del mundo. ¡Nada!

—Entonces ya te detuvimos en el pasado. ¿Quién eres, realmente?

—Eso no importa, Zecora. Vas a morir.

El cuerno del Señor de las Sombras se iluminó y Zecora fue proyectada contra una pared; al principio pensó que era una simple ilusión, pero sintió su cuerpo físico chocar dolorosamente contra el muro. Intentó entonces que sus sentidos regresaran al mundo físico, pero pudo sentir la voluntad del Señor de las Sombras aferrando su alma y manteniéndola ligada al mundo espiritual.

Estaba atrapada; el demonio se apareció frente a ella y una afilada arma, una guadaña, se posó contra su cuello… Y el mundo estalló en una amalgama de grises cuando los sentidos de Zecora regresaron al mundo físico.

Una deflagración de energía demoníaca surgió por última vez de la ventana al Tártaro; el crujir de piedras cubrió cualquier otro sonido mientras el Oso Lunar, fuera de si, descargaba su furia contra la zona donde antes se alzaba el arco de obsidiana. Zecora se levantó, llevándose una pata al cuello y viendo la sangre surgir del mismo.

Necesitó tomarse unos segundos para confirmar que seguía respirando antes de aceptar lo cerca que había estado de unirse por siempre al mundo espiritual.


Unas horas después, Hope Spell despertó casi nada más despuntar el sol, habiendo dormido bastante poco durante la noche. Las dudas y el miedo asaltaban su mente en todo momento: Miedo a perder a aquellos que amaba, de una forma u otra. Su decisión de unirse a los Arqueólogos seguía firme en su conciencia, pero no así las consecuencias de la misma. ¿Cómo iba a separarse de su familia?

Durante el continuo duermevela que había sido su reposo, mil ideas diferentes habían pasado por la mente del joven unicornio. Una que había cobrado bastante peso era retractarse, decirle a Aitana que no se quería unir y sencillamente seguir con su vida. Quizá ellos entenderían por qué era mejor que no olvidara su decisión... quizá...

Se giró sobre la cama para mirar por la ventana; su cuarto daba al este, por lo que el sol naciente bañaba con una cálida luz anaranjada toda la estancia. Desde que era un potro había tomado la costumbre de dejar las cortinas abiertas para despertar con el amanecer, aunque fuera para cerrarlas inmediatamente y volverse a dormir.

Si apartaba el hecho de que su familia tendría que cambiar de identidad, aun así, se sentía ridículamente pequeño. Entrar a formar parte de un pequeño equipo que velaba por detener las artes oscuras en Equestria... ¡Y más allá! ¿Qué era él, sino un simple unicornio aprendiz de la magia blanca? Y aun así, había sido Aitana quien le había ofrecido entrar en los Arqueólogos. ¿Qué había visto en él? ¿Realmente era la actitud lo que más contaba para ser un cazador de demonios? Le costaba creerlo, estaba seguro que debía haber muchos ponis mejor preparados que él.

Estuvo tumbado en la cama, viendo cómo el sol ascendía poco a poco sobre el horizonte, contando el tiempo mentalmente. En cualquier instante escucharía a sus padres bajar a la cocina; después llegaría el golpe en la puerta del potro que repartía el periódico para que después su padre le gritara "¡Apunta mejor, muchacho!". Después de eso llegaría el olor del chocolate caliente que los dos prepararían para las más pequeñas de la familia -ahora ya adolescentes-, una de las cuales galoparía escaleras abajo, mientras que la otra haría lo mismo con un tranquilo trote.

Tal como calculaba, a los pocos momentos escuchó el arrítmico caminar de ambas hermanas cuando se dirigieron escaleras abajo. Pronto escucharía a Sunny gritar...

—¡Hope, oye Hope, despierta, despierta!

Esas palabras hicieron reaccionar a Hope, el cual se reincorporó en la cama de golpe, sin terminar de ubicarse del todo.

—Ah ¿qué, qué…?

—Vamos, dormilón, que se te pegan las sabanas…

—¡Nos vamos a comer todos los cupcakes!

Antes de que el aludido pudiera responder, una vocecilla a su lado exclamó.

—¡Ah, esperad, no os los comáis todos, dejadme un poco!

Hope miró a su diestra y, por un instante, se quedó helado; era él mismo cuando tenía ocho o nueve años, se encontraba levantándose medio adormilado y con algo de torpeza. Miró por un momento a su alrededor y pudo comprobar que se encontraba en su antigua habitación de la casa de sus padres, a las afueras de Manehattan. Se hallaba exactamente igual a como la recordaba desde la última vez, nada había cambiado, aunque la decoración era más típica de cuando no era más que un potrillo con más sueños que experiencias. La luz del sol se colaba a raudales por la ventana, la cual tenía las cortinas abiertas, como siempre. Una amplia colección de libros decoraba las baldas superiores dispuestas encima de su cama, con algún que otro póster de la academia de magia local, a la cual había asistido y donde le habían enseñado todo lo que ahora sabía.

—¡Hope, a desayunar!

—¡Ya voy, mamá!

La voz de su madre desde la planta baja le hizo reaccionar y se levantó de su antigua cama, al tiempo que su otro yo del pasado salía disparado del baño adyacente para dirigirse a la cocina.

—¡Bright, Sunny, ni se os ocurra zampároslos todos!

El Hope adulto no pudo evitar esbozar una divertida sonrisa, puesto que recordaba muy bien esos momentos en los que se peleaba con sus hermanas por la cosa más nimia y boba posible. Eran las típicas disputas tontas entre hermanos por todo sin llegar a males mayores, aunque él las recordaba con especial cariño.

Salió al pasillo siguiendo la estela del pequeño Hope, bajando las escaleras y llegando al recibidor; hacía mucho tiempo desde la última vez que había estado allí, y ahora todo parecía cambiar, como si nunca hubiera sucedido. Fue entonces cuando le embargó una sensación de nostalgia que le hizo replantearse ciertas cosas. Aunque antes de que pudiera pensar en nada más, varias voces provenientes de la cocina le cortaron.

—¡Eh, te he visto, suelta inmediatamente ese cupcake!

—¡No, es mío, haber llegado tú antes!

—¡Pero yo también los quiero comer, déjame alguno!

—Hope, es que eres muy lento, si te levantaras más temprano…

Las palabras de su hermana pequeña dieron que pensar al Hope adulto, ya que razón no la faltaba; a él siempre le había gustado dormir, y la gran mayoría de las veces le solía costar levantarse, algo que siempre había perdurado, aun a pesar de los años.

El pequeño Hope quiso responder, pero en ese mismo instante su madre se metió para

mediar en la pequeña disputa.

—A ver, tranquilidad, hay cupcakes para todos…

—Chicos, haced caso a vuestra madre que ya sabéis que es la reina de la casa…—añadió en ese momento su padre, el cual se encontraba leyendo el periódico matutino.

—Oh, pero mira que eres tonto, Silver…

—Ya sabes que sí, Star…—añadió él, guiñándola un ojo.

Tanto su madre como el Hope adulto dejaron escapar una risita tonta; desde siempre él había tenido una muy buena relación con sus padres, de los cuales guardaba muy buenos y cariñosos recuerdos. Silver Lay, la segunda mejor promoción de la escuela de magia de su quinta, irreverente donde los haya, buen fajador, conversador y de lo más adulador. Aunque su madre en su momento no se mostró tan impresionada como el resto de yeguas con las que se solía ver, costándole un poco más en convencerla en ese sentido. Y no era para menos, puesto que Star Wander siempre se había considerado una poni un tanto refinada, algo resabida, pero con mucha clase y un pronto de lo más variable y flexible. Quizás fuera por eso por lo que le cayó tan en gracia a su padre, el cual no lo dudó en ningún instante, sabiendo que esa era la yegua. Y, como resultado, Hope y sus hermanas surgieron para hacerles compañía.

Por su parte Hope siempre se había llevado muy bien con sus progenitores, especialmente con su padre, con el cual tenía una relación cercana; a su madre también la quería igualmente, aunque sus hermanas pequeñas eran sus predilectas, especialmente Sunny.

—¡Dado que hoy es sábado seré yo la que proponga un juego, teniendo que participar todos!—anunció esta última en ese momento.

—¿Y eso por qué, a ver? Además yo no voy a poder, tengo cosas que hacer y estudiar…—comentó el pequeño Hope.

—Hope, sabes que cuando dice algo luego no para…—le recordó Bright, calmadamente.

—Sí, lo sé, ese es el problema…

Por otro lado de sus dos hermanas Sunny siempre había sido la más mandona y activa de las dos, casi tan resabida como su madre, y llegando a ser un tanto hiperactiva ya que raramente se estaba quieta; su pelaje era azul claro, a juego con unos ojos del mismo color, y una larga melena amarilla adornaba su cuerpo. Su madre se esperaba en peinarla y cepillarla cada mañana, pero raro era el día en que la pequeña no echara al traste tanto esfuerzo a base alocados juegos entre arbustos, césped y barro.

En el polo opuesto estaba Bright, mucho más tranquila y calmada, de ideas claras y bastante inteligente, ya que de hecho la gustaba mucho leer. A diferencia de sus hermanos, su pelaje era de un azul marino que, en ocasiones, parecía casi negro. Sus ojos eran violetas y se escondían tras unas pequeñas gafas, ya que veía mal de cerca y las necesitaba para leer. Sus crines eran también amarillas, aunque tan blancas que creaban la ilusión de que era una joven anciana del tamaño de una potrilla. Hope recordaba que algunos potros del colegio se metían con Bright por ello; sin embargo el pronto dominio de la magia de la potra la ayudo a lidiar con ellos de una forma muy creativa.

El semental todavía reía al recordar cómo vio a los dos abusones correr entre lágrimas con todo su pelaje "adornado" con topos fucsia.

—Vale, hagamos una cosa, Sunny —sugirió su madre, siguiendo el juego de su hija en parte, pero poniendo orden al mismo tiempo—, dado que sois tres ¿por qué no os repartís el día y cada uno decide qué hacer en cada momento del mismo? Por ejemplo tú puedes encargarte de la mañana, Bright de la tarde y Hope de la noche.

—Oh, venga ya, mamá, no me metas en esto…—masculló el pequeño Hope, un tanto molesto.

—Vamos, vamos, Hope, después de todo deberías pasar más tiempo con tus hermanas… además, tendrás el resto del día para ti después.

Ante eso el pequeño Hope no tuvo más remedio que aceptar.

—Agh, está bien…

De esta forma Sunny puso los puntos sobre las íes rápidamente y, por unanimidad suya propia, fueron a jugar al pilla-pilla al jardín. El Hope adulto les siguió y, en cuanto salió afuera por la puerta, pudo sentir el agradable clima del este de Equestria acompañado por una suave brisa que le azotó la crin, trayendo consigo el olor del mar y el susurro de las olas.

Desde donde estaban se podía ver el perfil de la ciudad de Manehattan al otro lado del estuario, con la figura del puente de Golden Stable cruzando sobre el río y entrando en la ciudad desde el oeste. Los altos edificios y la elevada densidad de población no tenían ni punto de comparación con las afueras al otro lado del estuario del río Trutson, justo al lado del cabo y muy cerca del faro de Manehattan, situado un poco más al sur de donde su casa se encontraba.

Desde la punta del cabo se podía ver con claridad todo el distrito bajo de la gran ciudad, además de la figura de la estatua de la Amistad situada en su isla homónima, con su pata alzada sosteniendo la antorcha del fuego de la Amistad y su serio gesto grabado en su metálica cara, mirando hacia el este y dando la bienvenida a los barcos cargados de mercancías e inmigrantes de otros reinos y países.

Ante esa visión el Hope adulto suspiró, dejándose llevar por las sensaciones que su viejo hogar le transmitía, sintiendo como la nostalgia comenzaba a invadirle cada vez con más fuerza; en el jardín el pequeño Hope jugaba con sus hermanas, aunque fuera un poco a desgana, oyéndose sus voces por todo el valle. Fue entonces cuando se dio cuenta de la realidad.

—Echo de menos todo esto— pensó en voz alta.

Fue en ese mismo instante cuando todo pareció detenerse de golpe; las nubes se quedaron quietas en el cielo, los sonidos enmudecieron y el viento dejó de soplar. Hope se quedó allí, extrañado, sin saber muy bien qué ocurría. Aunque entonces, en ese justo momento, una profunda y suave voz que le era familiar tronó por todo el valle, diciendo.

—No hay nada malo en sentir morriña de tu tierra, Hope.

En el cielo una radiante luna brilló, al tiempo que esta se abría como una flor, saliendo de ella una alicornio de pelaje oscuro y crin estrellada. Hope abrió muchísimo los ojos, sin creerse lo que estaba viendo.

—¡Pri… pri… princesa Luna! ¡Es todo un honor, alteza!—exclamó él, inclinándose ante ella.

La aludida voló hasta donde se encontraba y aterrizó justo enfrente, dirigiéndose a él suavemente.

—No es necesario que seas tan formal con nós, pequeño poni. Después de todo, este es tu sueño.

Sus palabras le llamaron la atención, comentando de seguido.

—Espere ¿mi sueño? Entonces, eso significa…

—Así es, estás soñando.

—Vaya… parecía tan real… Claro, ¿cómo iba a ser real y estar yo en dos sitios a la vez? —añadió, riéndose de sí mismo.

—Bueno, un sueño puede ser tan real como la propia realidad, sobre todo cuando se construye en base a los recuerdos. No es raro rememorar acontecimientos pasados a través de los sueños.

—Claro, recuerdo estos momentos, pero había olvidado cuánto los echaba de menos.

—Por supuesto. Aunque, por lo que he podido ver, hay algo más que parece inquietarte, ¿no es así?

Un tanto temeroso a hablar ante la princesa, Hope murmuró.

—Sí, bueno… ahora que voy a unirme a los Arqueólogos y en compañía de la doctora Pones, no puedo evitar preguntarme si separarme de mi familia es una buena idea. Hace tiempo que me alejé algo de ellos, para estudiar, y ya nos los veo tanto como antes. Pero ahora veo que los echo mucho de menos...

Luna esbozó una suave sonrisa, al tiempo que se quedaba pensativa por un momento, buscando las palabras adecuadas.

—Bueno, es normal sentir morriña por el pasado, en ese sentido los recuerdos son algo muy valioso para cualquiera. Pero míralo de esta forma, ahora que vas a ir de viaje y vas a aprender cosas nuevas, sobre todo teniendo en cuenta que Aitana Pones te acompaña, puedes crear nuevos recuerdos partiendo de los viejos.

Hope se quedó un tanto extrañado ante esa sugerencia, inquiriendo de seguido.

—¿A qué se refiere exactamente, princesa?

—Que eches de menos a tu familia es algo normal, pero ten en cuenta que ellos siempre te apoyaron a lo largo de todo tu aprendizaje. Te verán partir, porque seguramente esperarán encontrar a un fuerte y nuevo Hope Spell, uno del que pueden sentirse aún más orgullosos de él, si cabe. Y, para tus hermanas, no serás sino un gran ejemplo y modelo a seguir. Intenta que tus recuerdos no sean una traba, sino una inspiración para seguir adelante.

Las palabras de la princesa Luna resonaron fuertes y claras en su cabeza, pensando en todo lo que le había dicho. Miró en dirección al amplio jardín trasero de su casa, pudiendo verse a sí mismo junto a sus hermanas. Sunny les miraba con gesto demandante, tratando de que siguieran su juego, mientras que Bright, por su parte, conservaba en todo momento su típica calmada cara, haciendo caso a su hermana. Por parte del pequeño Hope había un gesto cansado y un tanto molesto, aunque en el fondo se le podía entrever cierta felicidad en su ser.

Desde la ventana de la cocina podía ver a sus padres mirándose entre sí con sendos gestos llenos de cariño, confidencia y amor, ella con una mueca zalamera, y él con una sonrisita divertida.

Fue entonces en ese mismo instante cuando comprendió las palabras de la princesa Luna, notando como se calmaba su agitado corazón. No veía razón para dudar de su nuevo cometido junto a los Arqueólogos y, además, la doctora Pones confiaba en él. No podía fallarles, ni a ellos, ni a ella ni a su familia. Al principio no entenderían por qué debían separarse... pero con el tiempo lo harían. No iba a ser un paso sencillo.

—Pues claro, ahora lo entiendo… gracias, princesa Luna.

—Oh, no ha sido nada, mi pequeño poni, he hecho lo que tenía qué hacer. Yo también espero muchas cosas de ti —añadió ella, guiñándole un ojo.

Hope no pudo evitar que se le subieran ligeramente los colores, tratando de ocultarlo como buenamente pudo. Sin decirle nada más, y dedicándole una última sonrisa, la princesa Luna agitó sus alas y se elevó en el cielo, envolviéndose en una fuerte luz blanca, empezando a desvanecerse poco a poco.

—Hope Spell, hay algo que debes saber —tronó la voz de Luna—. Cuando despiertes no recordarás habernos visto.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque es necesario.

Inmediatamente después, Hope sintió como si un hilo invisible tirara de él hacia arriba hasta finalmente alzarlo del todo, abriendo los ojos justo después. El sol que entraba a través de su ventana se había alzado bastante sobre el horizonte, bañando la estancia con su cálida luz. Abajo ya podía escuchar la algarabía de Sunny, ahora adolescente, mientras comía y hablaba al mismo tiempo de lo que iba a hacer ese día.

—¡Hope! ¡Baja ya, dormilón, que te quedarás sin cupcakes!


En el castillo de las hermanas Alicornio en Canterlot, Luna abrió los ojos tras toda una noche de vigilar los sueños de sus pequeños ponis. Había sido una noche de tormenta, por lo que había tenido que atender muchas pesadillas.

Pero el último sueño al que atendió fue el de un joven sobre el que sus agentes habían hablado, alguien que había acompañado a Aitana Pones a Cérvidas. Cuando vio su fotografía, supo que necesitaba conocerlo en persona. Al fin lo había hecho, pudiendo confirmar que la vidente de los Lobos Invernales no recibía su nombre en vano.

Hope Spell era el mismo semental que había visto en sus visiones. El macho alfa que dirigirá a su manada en los momentos de mayor oscuridad.


Con un esfuerzo mágico, la última tabla fue retirada de las ventanas de la bibliteca Golden Oaks. A pesar del frescor que la tormenta del Everfree había dejado esa mañana, Twilight se secó el sudor de la frente con un trapo. Desde luego, Pinkie Pie había hecho un trabajo excelente protegiendo todas las ventanas, y ninguna había sido dañada a pesar de la violencia del viento.

Con delicadeza posó esa última tabla sobre una gran pila de las mismas que, súbitamente, empezó a bambolearse. Spike, haciendo gala de su fuerza dragonil a pesar de su pequeño tamaño, cargó con todos los maderos para ponerlos a buen recaudo.

Ponyville estaba realmente tranquilo y, gracias al aviso de Rainbow Dash, practicamente ningún edificio había sido dañado por la tormenta más allá de alguna teja rota o ventanas agrietadas. El cielo ahora estaba despejado y se respiraba paz. Twilight miró directamente hacia el Everfree, recordando la vaga sensación de terror que haba sentido la noche anterior. ¿Qué podía haberla causado? Recordaba de sus lecciones de magia blanca que la nigromancia o el diabolismo podían afectar de forma indirecta a los sentimientos de los seres vivos... ¿podría tratarse de eso?

Escuchó una especie de crujido a su espalda y, al darse la vuelta, vio una enorme criatura tratando de salir de su casa a través de la puerta. El enorme oso que Fluttershy había traído estaba atascado en el marco de la salida, e intentaba forzar su camino al exterior clavando sus enormes garras en el suelo. Tras unos segundos este se dio por vencido y miró a Twilight, suplicando por su ayuda. La unicornio sonrió y cargó su magia: un instante después, el enorme oso se encogió hasta el tamaño de un chihuahua y, sorprendido, corrió fuera de la casa. Un nuevo conjuro y el gran depredador recuperó su tamaño natural.

Pero ocurrió algo que la estudiante de Celestia no había calculado: El oso la miró y, sin motivo aparente, echó a correr hacia ella. La unicornio intentó huir pero fue infructuoso: la enorme criatura la atrapó y le dio un cálido, cariñoso y peludo abrazo. Fluttershy salió entonces de la casa, caminando de espaldas y barriendo el suelo a su paso.

—¡Oh! Le gustas mucho, Twilight.

—No... puedo... respirar...

El oso finalmente soltó a la yegua y, tras repetir su abrazo con Fluttershy, empezó a caminar de vuelta al Everfree. La apacible pegaso se quedó en la biblioteca, ayudando a limpiar los estropicios que los animales pudieran haber causado. Por fortuna, más allá de un poco de suciedad y la madriguera de papeles y telas hecha por los roedores, no hubo males mayores que lamentar. Spike volvió cuando Fluttershy estaba intentando despedirse.

—Creo que yo... tendría que irme ya. Ver que mis animalitos estén bien en casa. Es decir, si no es molestia...

—Claro que no, Fluttershy. Muchas gracias por ayudarme a limpiar —respondió Twilight con una gran sonrisa—. ¿Sigue en marcha el plan de tomar el té este fin de semana?

—Oh sí, será muy divertido.

Las dos yeguas y el dragón se despidieron. Twilight miró la hora: era casi medio día. La cita que le había concertado el bibliotecario de Canterlot debería llegar pronto. Se preguntaba quién podría ser, jamás había escuchado su nombre. Si se trataba de un gran investigador, de un sabio o de un maestro, Twilight esperaba, aunque fuera, haber leído su nombre en alguna ocasión. No era el caso, y eso la tenía algo confundida.

Había demasiados secretos en torno a la investigación de la doctora Pones. ¿Cómo era posible que no hubiera ninguna pista respecto a esos símbolos de las armaduras? Era casi como si alguien hubiera intentado ocultarlos...

Twilight sacudió la cabeza. Le parecía una idea descabellada, extremadamente compleja de realizar. Sin duda la explicación debía ser otra, con suerte el señor Gilderald la haría salir de dudas.

Alguien llamó a la puerta.

—Twilight, ¡es la visita! Ya abro yo.

El dragoncito corrió hacia la puerta y la abrió de golpe, mirando hacia donde calculaba estaría la cabeza de un poni estándar.

—¡Hola, bienvenido a Golden...!

Frente a él vio una enorme criatura de plumas marrones y doradas. A medida que subía la vista pudo ver que el pecho del grifo estaba cruzado por sendas correas que sujetaban un montón de pergaminos, los cuales, por la experiencia del dragón con los mismos, eran de naturaleza mágica. Su cabeza estaba rematada por un afilado pico de águila y una gran cicatriz le atravesaba el rostro, aunque estaba camuflada en parte por el plumaje de su cabeza. La parte de león de su cuerpo tenía el pelaje marrón, y sus patas y alas eran fuertes a pesar de la aparentemente avanzada edad del grifo.

—¿...Oaks?

—¡Vaya! ¡Un bebé dragón! ¡Hola, pequeño! —exclamó el gran grifo, con voz grave y fuerte—. Tengo una cita con la señorita Twilight Sparkle.

—Claro... ¡Claro! Pase, pase.

Spike se apartó para dejar pasar al gran grifo, el cual tuvo que agacharse ligeramente para caber por la puerta. Twilight se quedó impresionada por la visión: No se trataba únicamente de un grifo grande, sino de uno que había ejercitado su cuerpo durante toda una vida, y la cicatriz de su rostro daba una buena pista de cuál había sido su cometido. Sin duda, era lo último que esperaba ver en un investigador o arqueólogo. Este clavó sus ojos amarillos en Twilight y se acercó con una amplia sonrisa.

—¡Señorita Twilight Sparkle! —exclamó—. ¡Es un placer conocer a la estudiante predilecta de Celestia, y portadora del elemento de la magia!

El grifo le tendió una garra, la cual Twilight aceptó. Controló un poco su impresión al darse cuenta de que le faltaba un dedo en la garra derecha.

—Encantada, ¿usted debe ser Gilderald, me equivoco?

—¡Para nada! Pero por favor, tutéame. Me dijeron que encontraste unos símbolos en las armaduras de Unicornia que no lograste identificar.

—¡Así es! —respondió esta, ilusionada—. Esperaba que usted... quiero decir, que pudieras ayudarme con ello.

—¡Será un placer! Pero antes...

El gran grifo alargó su garra izquierda hacia Twilight con el puño cerrado y, al abrirlo, un círculo de energía rojiza se formó entre sus falanges. En el transcurso de un segundo, el hechizo se hizo más grande y varias runas se formaron a su alrededor, siendo lanzado a continuación hacia la unicornio. Esta no se esperó el hechizo y no llegó a reaccionar a tiempo. Las runas se fundieron en su piel y, durante unos instantes, la yegua refulgió en un tono rojizo.

—¡Twilight!

—Tra... ¡Tranquilo Spike! Estoy bien, pero... ¿Por qué me has lanzado un hechizo de detección? ¡Estás en mi casa! ¡Eres mi invitado!

—¿Reconociste un hechizo rúnico tan rápido? Eres realmente hábil, Twilight Sparkle —concedió el grifo ante la ofendida yegua—. Disculpa mi falta de cortesía, pero es necesario que tome ciertas medidas de seguridad.

—¿Y qué esperabas detectar? —preguntó ella.

—Magia negra, nigromancia o el poder del Tártaro. Nunca se sabe. Deberíamos sentarnos antes de seguir con las preguntas, temo que las respuestas puedan ser... chocantes, para ti.

—¿Magia negra? ¿Pero qué...?

El gran grifo ignoró la pregunta y se sentó en una de mas sillas que había alrededor de la mesa de la bibliteca de Twilight. Esta se quedó perpleja, pero acabó sentándose junto a su extraño invitado. Spike, por su parte, sacó los pastelillos y el té que ya tenía preparados de antemano.

—¡Gracias, pequeño! —tronó Gilderald tomando su propia taza sin elegancia alguna—. Enséñame los símbolos que encontraste, Twilight.

—Sí... claro. Aquí tiene.

La unicornio usó su magia para tomar un papel y levitarlo hasta el grifo; este lo tomó en sus garras y tardó menos de un segundo en dejarlo sobre la mesa y responder.

—Fácil. Esos símbolos identifican los tres tipos generales de los señores del Tártaro: Los señores de la terror y la dominación, los señores del fuego y la destrucción, y los señores de la oscuridad y la tortura.

La unicornio lavanda miró a Spike, por si acaso ella lo había oído mal.

—Disculpa Gilderald, pero jamás he oído hablar de eso. El Tártaro no es más que una prisión a la que las princesas mandaron los demonios más peligrosos, no existen "fuerzas" en el Tártaro.

—Claro que no habéis oído hablar de ello —respondió el grifo, dirigiéndose tanto a Twilight como a Spike—. La princesa Celestia eliminó sistemáticamente toda referencia a las artes oscuras de la magia hace cosa de setecientos años.

—Espera, ¿demonologismo? ¿Te refieres a las artes prohibidas de la magia? Gilderald, fueron perdidas, toda referencia eliminada por los magos del mundo. Fue la decisión acertada para evitar que...

—Twilight Sparkle, si la princesa Celestia te ordenara quemar todos tus libros y olvidar todo lo que has aprendido de ellos, ¿lo harías?

La aludida tardó un instante en responder.

—¿Qué? Yo... bueno, supongo que... ¿Por qué iba a hacer eso?

—¡Porque es exactamente lo que pasó! Muchos se opusieron a su mandato, los que luchaban contra las artes oscuras se negaron a olvidarlas. Celestia tardó casi dos siglos en completar La Gran Purga y conseguir que el mundo olvidara las artes prohibidas de la magia.

—Eso de "purga" no suena nada bien —observó Spike.

—¡Desde luego que no! —exclamó Twilight—. Gilderald, ¿a dónde quieres llegar con todo esto?

—A la magnitud de lo que ha descubierto mi sobrina, Twilight Sparkle.

—¿Sobrina?

—La doctora Aitana Pones, ¡claro! ¡La familia es mucho más que una unión de sangre!

El gran grifo bebió su té de un trago, quizá dando tiempo a la unicornio y el dragón a hacer más preguntas.

—Hace setecientos años empezó el periodo que conoces como "La prohibición de la magia oscura"; Celestia decretó que la magia negra, la nigromancia y el diabolismo debían ser expulsados de las escuelas de magia, toda referencia a estas artes eliminadas, y sus practicantes perseguidos.

—¿Perseguidos? —preguntó Spike.

—Exterminados, pequeño. Celestia exterminó toda referencia y conocimiento a las artes prohibidas de forma sistemática.

—¡Eso no es posible!

Twilight, se levantó, ofendida y furiosa.

—¡Cómo puedes asegurar algo así! No hay ninguna prueba, nada que sostente semejante afirmación. ¡Celestia es una princesa bondadosa, ella jamás habría ordenado... exterminar nada ni a nadie!

—Lo hizo, Twilight Sparkle, y se encargó de eliminar todo recuerdo de ello. Lo que la doctora Pones ha encontrado no es simplemente la guerra entre Unicornia y Cebrania: Fue también la última gran guerra entre los mortales y las fuerzas del Tártaro.

—¡Si hubiera habido una guerra semejante habría pruebas! —exclamó la unicornio lavanda—. Informes militares, testimonios de los soldados, diarios, ¡armas! ¡Cebrania hablaría de tal guerra en sus escuelas, las cebras lo sabrían!

—Celestia acudió en persona a Unicornia, Twilight, y arrasó el reino mientras el ejército de Cebrania entretenía a las fuerzas demoníacas.

—¡Eso es mentira! ¡Estás hablando de un genocidio, Celestia nunca...!

—Y cuando acabó arrasó hasta el último soldado del campo de batalla, ponis, cebras y demonios por igual.

—¡Se acabó, sal de mi casa!

Todos se quedaron en silencio tras ese grito; Twilight respiraba agitadamente, esperando a que Gilderald se levantara. Este dejó su taza de té en la mesa y se giró para buscar algo en sus zurrones.

—Aitana Pones sabe lo que ha encontrado, y los símbolos de las armaduras son solo el principio. Sabe que el mundo reaccionará como tú si cuenta la verdad, por eso deben ser los historiadores los que la descubran y acepten.

Gilderald dejó el objeto que había tomado sobre la mesa; se trataba de una pequeña esfera blanca de naturaleza mágica, la cual brillaba levemente. Twilight lo reconoció inmediatamente como un pensadero.

—Es de un soldado de Unicornia. Míralo cuando te sientas preparada para enfrentarte a la verdad —diciendo eso, se levantó—. Gracias por el té.

El gran grifo abandonó el edificio sin esperar a que lo acompañaran a la puerta. Twilight y Spike se quedaron en silencio, ambos mirando el pensadero que reposaba sobre la mesa. Finalmente, Twilight lo tomó y lo guardó rápidamente en un cajón de la biblioteca.


—Buenos días, señor Spell. ¿Ha dormido bien?

El profesor Pones observó al unicornio verde entrar en su despacho; el mismo parecía cansado y, ciertamente, nervioso.

—Pues... sí, bastante bien. Aunque la idea de separarme de mi familia no es que ayude demasiado, sinceramente. ¿No cree que podríamos tutearnos ya, profesor?

—No. De cara al mundo, usted y yo solo tenemos una relación profesor-alumno. Y yo no tuteo a ninguno de mis estudiantes.

El profesor Pones hizo un gesto para que Hope se sentara frente a la mesa; sobra la misma había desplegados una cantidad ingente de libros y pergaminos. Al joven mago le bastó un rápido vistazo para ver que ninguno de ellos había sido sacado de la biblioteca.

—Todos estos documentos son tratados sobre la artes prohibidas de la magia. O, mejor dicho, son copias de los mismos.

Hope silbó largamente ante el gran volumen de lectura que tenía frente a él.

—¿Todo esto tengo que leer? Vaya, y luego me quejo de mis estudios...

—Oh, no joven, se equivoca. Esto no supone ni la mitad de todo el material que los Arqueólogos tenemos interiorizado. Aquí —dijo, señalando la montaña de documentos— encontrará usted información que no le ha sido impartida en sus clases de magia blanca: Cómo se estructuran los cultos al Tártaro, las clases de demonios, los poderes nigrománticos, la magia negra...

—¿Y la otra mitad?

—Verá, señor Spell, estos documentos son relativamente fáciles de conseguir, con algo de paciencia. El resto de conocimiento que usted obtendrá es el propio de la orden de los Arqueólogos: nuestra historia, nuestras grandes victorias y derrotas, enemigos que hemos enfrentado, objetos y criaturas que monitorizamos, nuestra red de contactos...

Hope estuvo a punto de preguntar por qué no le daba ese material al mismo tiempo, pero no tardó en elucubrar él mismo la respuesta. Con una queda carcajada miró al profesor.

—Todavía no confía en mi, ¿verdad?

—No. Tengo su palabra, señor Spell, pero solo sus actos demostrarán que es usted de fiar. Cuando el Tártaro le tiente, cuando se le ofrezca la maldición de la inmortalidad, cuando tenga usted oportunidad de dominar la magia negra... Entonces, solo entonces sabremos qué tipo de poni es usted.

—Creí que después de lo que dije ayer...

—Sé lo que dijo ayer —le interrumpió el unicornio anciano—. Pero solo fueron palabras, sustentadas, eso sí, por sus actos en Lutnia. Espero de verdad que mantenga usted los ideales que esgrimió, llegado el momento. Ahora, vamos a la casa de Aitana, ya tendrá tiempo usted de leer en su tiempo libre.

Durante un rato ambos sementales caminaron en silencio, acompañados por el repiqueteo de sus pasos y el ligero chirrido de la silla de ruedas. Hope todavía sentía un nudo en el estómago que, ahora que no tenía cómo distraerlo, se acrecentaba por momentos al pensar en su familia. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo iba a decirles que deberían irse, que él mismo los iba a poner en peligro? Sabía que no lo entenderían, que le intentarían hacer cambiar de parecer... ¿pero cómo iba a hacerlo? ¿Cómo, ahora que había empezado a ver los horrores que se ocultaban al mundo? Además no estaba seguro de cómo reaccionarían Aitana y su padre si ahora se echaba atrás, algo le decía que debían tener un as en la manga para tal eventualidad.

Sinceramente, él lo tendría de estar en su situación.

El campus estaba de nuevo el funcionamiento y el sol brillaba como si la tormenta de la noche anterior no hubiera ocurrido. A pesar de ello, la temperatura había caído drásticamente, marcando una súbita llegada del invierno; esa misma mañana el equipo meteorológico informó de que el otoño debería recogerse dos semanas antes de lo planeado. Cierto es que podrían arreglar el tiempo en unas pocas horas, pero algún alto mandatario de la fábrica del clima decidió aprovechar la tormenta salvaje en lugar de gastar tiempo y recursos en arreglar el descontrol climatológico.

La mayoría de estudiantes habían sacado ya sus abrigos para protegerse del frío ambiente, caminando de un lado a otro y charlando entre ellos. Todos menos Hope Spell que, una vez más, estaba lamentando no haber hecho caso a su madre cuando le dijo de coger un abrigo. El profesor Pones, como era habitual, llevaba un atuendo compuesto por una camisa anaranjada y una chaqueta marrón que rozaba la elegancia pero no llegaba a abrazarla, por lo que el cambio de temperatura no parecía afectarle. Caminando junto al anciano semental, y cuando ya salían del campus, Hope no pudo evitar lanzar una pregunta que le provocaba gran curiosidad.

—Profesor, ¿puedo preguntarle qué le pasó?

Hope terminó su frase señalando la silla de ruedas con el hocico; el anciano semental entendió el gesto al instante, frunciendo en ceño ante la atrevida pregunta.

—Solía luchar como Aitana, joven. Una de mis misiones salió muy mal.

Tras la seca respuesta, el profesor siguió andando mirando hacia adelante, evidentemente molesto. Hope prefirió callarse el resto del camino.

Tras un rato salieron del campus y se dirigieron al exterior de la ciudad; la urbanización en esa zona era muy poco densa, consistiendo en casas bastante separadas entre sí de granjeros y pequeñas familias. Los árboles se volvían más numerosos cuanto más caminaban, ya que por esa zona había un pequeño y pacífico bosque. Recordaba el camino hacia la casa de Aitana por la noche en que había tenido que cargar con ella hasta la misma; el hogar de la Arqueóloga destacaba porque, si su propietaria lo cuidara un poco, sería un espectacular lugar donde vivir. A pesar de ser una construcción de un solo piso, sin contar el sótano, la parte frontal se extendía casi diez metros de esquina a esquina; la estructura estaba hecha de madera bien trabajada, y las uniones de equinas, ventanas y puertas estaba trabajado por los hábiles cascos de un carpintero artesano.

Y hasta ahí acababa lo bueno: la falta de cuidado y mantenimiento había hecho que el barniz acabara deshaciéndose, dando un color grisáceo al muro; las plantas del jardín delantero crecían descontroladamente, sobresaliendo incluso por fuera de la verja exterior. Lo único que combatía la natural tendencia de la hierba y los arbustos a cubrirlo todo era un camino de losas que llevaba hasta la entrada principal y entraron sin llamar.

El interior de la casa estaba exactamente igual que la noche anterior: la mesita seguía en el mismo lugar, y la yegua ni siquiera había retirado las copas que compartieron, incluyendo la botella envenenada que todavía reposaba en el fregadero. Montañas de cachivaches crecían aquí y allá, con sus objetos más valiosos ocultos en la caótica organización de la que Aitana Pones hacía gala. El profesor lideró el camino a través de la construcción hasta una puerta, en el mismo dormitorio, que daba acceso al jardín trasero. La última vez que estuvo ahí, Hope ni siquiera se había fijado en la misma.

Y por eso, a punto estuvo de decir un improperio debido a la sorpresa.

Frente a él había una enorme explanada de hierba verde, segada a poca distancia del suelo. No muy lejos de la casa había un pequeño estanque artificial que parecía ideal para bañarse, a pesar de que el agua no era demasiado clara. Más adelante empezaban los árboles de un pequeño bosque que rodeaba la zona, dando sensación de intimidad. Llamaba la atención que en medio de la explanada había un gran círculo rúnico formado por piedras talladas con precisión.

—¿Qué pasa, que una Arqueóloga no puede tener un sitio para relajarse? —preguntó Aitana a media sonrisa. Hope se giró para encontrarse a la Arqueóloga tumbada en una hamaca, tomando el sol a pesar del frío; una botella de Sidra se encontraba sobre una mesa a su lado, mientras que otras, vacías, yacían sobre la hierba—. Nada mejor para que te dejen tranquila que una casa que parece cochambrosa por delante.

—Y que lo es por dentro, hija —puntualizó el profesor Pones con un poco de malicia—. Veo que ya te han quitado la venda.

Hope se fijó en ese momento en los cuartos traseros de Aitana; evidentemente, la pierna herida se hallaba libre de nuevo. Un ligero hundimiento en el pelaje indicaba dónde había sido alcanzada por la lanza.

—Sí, lo han hecho —respondió la yegua secamente—. Alimenta el círculo, no vayáis a marchitarme el césped. Adiós.

Sin decir nada más, Aitana Pones se levantó de la hamaca y se metió en la casa. Pocos segundos después se pudo escuchar el sonido de la puerta principal al cerrarse.

—¿Qué ha sido eso?

—Está… dolida conmigo, no le dé importancia. Deje sus cosas aquí.

Haciéndose una idea de lo que le había pasado a Aitana cuando la encontró hacía dos noches, Hope hizo como le dijeron y fue con el profesor Pones hacia el círculo. El anciano semental se concentró durante un instante, haciendo que las runas empezaran a brillar poco a poco con su magia. Al cabo de unos instantes, todo el círculo se ilumino hasta que cada marca arcana resplandeció notablemente.

Cuando entró en el círculo, el unicornio verde no sintió nada extraño. El profesor hizo lo propio a continuación, mientras se aflojaba el cuello de la camisa con telequinesia.

—Es un círculo de contención muy simple, señor Spell —explicó el unicornio paralítico—, evitará que nuestra magia llame la atención. La guardia podría interesarse en por qué estamos usando hechizos de alto nivel.

—Entiendo. ¿Qué vamos a hacer, profesor?

—Supongo que usted jamás había usado su magia en combate antes de Lutnia, ¿verdad? —el joven semental asintió—. Siendo usted un mago blanco, la magia defensiva le será útil. Me contó Aitana que logró usted detener varios rayos lanzados por un Maestro de la Guerra, toda una proeza.

—No, no lo fue —respondió el joven—. No sabía cómo frenar los ataques, utilicé magia bruta para hacerlo, y no demasiado bien. Y no supe aplicar la magia blanca en combate...

—Hay que reconocer nuestras propias limitaciones. ¿Conoce usted los hechizos básicos de protección de la magia blanca?

Hope, un poco dubitativo, asintió. Conocerlos los conocía... en teoría. En la práctica jamás los había llegado a utilizar de forma efectiva. El unicornio verde se concentró, recordando los patrones mágicos que había memorizado concienzudamente; pronto sintió el agradable calor de la magia blanca rodeándolo con una sensación de paz y protección.

El profesor Pones estudió al joven semental con expresión evaluadora, caminando a su alrededor y palpando con su propia magia la barrera que había convocado el mago blanco. Tras casi un minuto, el anciano conjuró al tiempo que alzaba un casco; una pequeña bola de energía negra apareció sobre el mismo y, como si fuera una pelota, la lanzó hacia Hope. El hechizo tardó solo un instante en empezar a deshacerse y, cuando alcanzó al unicornio verde, del mismo no quedaba más que una inofensiva bruma negruzca. Hope sonrió al ver por primera vez el hechizo en funcionamiento.

—Bueno, parece que puede usted soplar una vela —comentó el profesor mientras retrocedía unos pasos—. Veamos cómo se comporta contra un incendio.

En cuanto dijo esas palabras, el anciano unicornio conjuró; su cuerno se cubrió con un aura completamente negra, muy diferente a la magia que normalmente utilizaba, y la oscuridad tomó sus ojos cuando un poder maldito recorrió cada fibra del ser del profesor Pones. Hope sintió de repente ese frío antinatural que caracterizaba tan bien a la nigromancia, junto al cosquilleo en la base de su columna que sentía cuando se hallaba ante un gran poder mágico. El joven intentó retroceder y reforzar su barrera pero, antes de que pudiera hacer nada, una ola de magia oscura surgió frente al profesor. La barrera se hundió al instante, pese a los esfuerzos de Hope, ante la brutal acometida. El joven sintió un grito en su mente en cuanto el hechizo nigromántico le tocó:

El grito de su madre.

Una joven yegua de crines rubias yacía en el suelo, en un creciente círculo de sangre. Hope alzó la vista, sientiendo cómo el tiempo se ralentizaba, y clavó los ojos en el asesino: Era el mismo grifo diabolista que le había atacado en Cérvidas. ¿Cómo seguía vivo? ¡Aitana lo había matado! Pero el asesino había cambiado: su unión con el Tártaro era más profunda, y mostraba más rasgos demoníacos que no propios de su raza natal: Sus ojos, hundidos, se hallaban cubiertos por las sombras y brillaban como ascuas en la oscuridad; sus garras eran mucho más grandes de lo que debieran ser, y se hallaban cubiertas por un fuego sacrílego, y su voz no era otra cosa que simples rugidos imposibles.

Hope reaccionó al instante, conjurando su magia en el hechizo más terrible que pudo imaginar: Una tromba de rayos azulados salió de su cuerno, atravesando al diabolista por todo el cuerpo hasta que el mismo fue consumido por las llamas y reducido a cenizas. Pero el hecho no fue consuelo alguno: Sunny estaba muerta. Su madre lloraba sin cesar, y su padre se hallaba en shock, incapaz de moverse siquiera. Al igual que Hope.

Y, sin embargo, hubo una voz que mantuvo la calma, segura de sí misma.

Podemos traerla de vuelta. Lo he leído.

Bright se acercó al cuerpo sin vida de su hermana, sin temor o tristeza. Observaba la escena con cierta suficiencia, y acabó clavando los ojos en Hope Spell.

Solo hace falta... conocer el hechizo adecuado, y con qué poderes hacer un trato...

Hope sintió el poder del Tártaro recorrer su ser cuando su hermana empezó a conjurar; pronto un terrorífico resplandor cubrió los ojos de Sunny, la cual tosió y empezó a levantarse poco a poco.

No... ¡No, Bright, no lo hagas! ¡NO!

—¡NO! —gritó por última vez.

Con ese grito, Hope sintió un resplandor de luz, y la figura de su hermana fue sustituida por la del profesor Pones. El joven semental inspiró hondo, intentando calmarse y asimilar que todo había sido solo una pesadilla. Tembloroso, se puso en pie y miró al profesor Pones: La magia oscura todavía lo rodeaba; sus ojos, oscurecidos por la misma, recordaban a Hope vagamente a la mirada enloquecida que había visto en el grifo diabolista que le atacó en Cérvidas. Sin embargo, en solo unos segundos, la nigromancia abandonó al unicornio y frente a él vio al conocido semental que impartía clases de historia.

—Usted... —dijo Hope mientras se levantaba, todavía tembloroso—. No puede ser... usted, ¿es un nigromante?

El joven semental miró al anciano sin saber cómo reaccionar.

—Joven, si le digo que sé dibujar bastante bien, ¿diría usted que soy un dibujante?

—¡Pero los Arqueólogos luchamos contra las artes prohibidas! ¿Por qué...?

—Usted me ve en silla de ruedas, señor Spell, pero cuando era joven cazaba a los magos oscuros como lo hace Aitana hoy día. ¿Por qué cree que era tan bueno en ello? Porque conozco sus artes, sus puntos fuertes y los débiles. Todos los arqueólogos sabemos lo suficiente de nigromancia, magia negra y diabolismo para saber a qué nos enfrentamos, y pronto usted aprenderá bastante al respecto también.

—Pero… ¿no es peligroso estudiar esas artes?

—No si conoce usted los peligros de profundizar en su uso. Vamos, inténtelo de nuevo, esa barrera ha sido patética.

Hope llamó de nuevo a la magia blanca, intentando focalizar mejor sus defensas. El profesor Pones, por su parte, hizo exactamente lo mismo que antes: llamó a la nigromancia y convocó de nuevo el hechizo que haría que el joven unicornio viviera sus peores pesadillas y temores durante un instante.

El grito de terror de Hope lo siguió a continuación.

—Levántese, señor Spell —ordenó el profesor—. Está usted creando una esfera con su magia, en vez de eso concentre sus defensas entre usted y yo.

En esta ocasión, frente al sudoroso semental verde, se formó una barrera translucida, que distorsionaba la luz como el aire caliente. El padre de Aitana volvió a conjurar, al tiempo que esta alzaba la botella para apurarla hasta el final. Una nueva descarga mágica, seguida del grito de Hope y de una brisa fría que barrió las hojas de los árboles que rodeaban el jardín.

La estampa se repitió unas cuantas veces más: Hope volvía a intentar conjurar sus defensas, las cuales eran irremediablemente superadas sin esfuerzo alguno por parte del profesor Pones. Finalmente, este último se acercó al joven mago y lo ayudó a levantarse.

—Curioso. Incluso el círculo de protección más básico de la magia blanca debería ser capaz de detener este hechizo, no está pensado para penetrar ninguna barrera.

—No... no sé qué hacer, profesor —jadeó Hope, entre temblores—. Uso toda mi fuerza en intentar resistir, pero... no funciona.

—Creo que ahí tenemos una posible explicación, señor Spell. Defina usted la magia blanca en tres palabras, por favor.

El aludido dudó durante un instante antes de encontrar la respuesta.

—Amor, paz y... protección.

—Entonces, ¿por qué intenta usted vencer usando la fuerza?

El semblante de Hope Spell cambió de pronto cuando comprendió a qué se refería el profesor: había estado intentando usar la magia blanca con un sentimiento absolutamente contrario a la naturaleza de la misma. Sin darse cuenta, él mismo había debilitado sus propias capacidades mágicas. Repetir la misma estrategia que usó en Cérvidas contra la tormenta no iba a servir con la magia blanca.

Acompañado por el chirriar de su silla de ruedas, el anciano semental se alejó de Hope mientras la oscura sombra de la nigromancia cubría sus ojos. El joven unicornio se concentró en los patrones de magia de la protección blanca. Frente a él, el profesor Pones empezó a conjurar, haciendo que una densa niebla negra se formara a su alrededor. Hope tragó saliva, sintiendo el temor atenazarle el estómago; no quería volver a experimentar esa horrible pesadilla.

Paz. Amor. Protección.

Hope cerró los ojos y dejó que sus sentimientos vagaran a través de sus recuerdos más preciados: el nacimiento de sus hermanas; cuando fue admitido en la academia; el fracaso de Sunny en un torneo de Hoof Ball y cómo le afectó durante un tiempo, hasta que un día volvió a sonreír tras soltar una gran carcajada; sus padres, siempre presentes, siempre cuidando de ellos, protegiéndolos de todo mal...

Más allá que eso, recordó cosas que había visto en Cérvidas, tras el ataque: los maestros artesanos, ayudando a reconstruir la ciudad sin pedir nada a cambio; los cervatillos que recorrieron el puerto tras el ataque, metiéndose entre los restos de naves en llamas para rescatar a los que estaban atrapados; los curanderos, atendiendo a los heridos al instante, y todo aquel cuyas habilidades no eran adecuadas, ofreciendo apoyo y consuelo a los afectados, fuera cual fuera su raza.

Cuando abrió los ojos, el profesor Pones acababa de completar el conjuro, y la oscura niebla de pesadilla se echaba sobre Hope. Este, controlando su miedo, inspiró por el hocico y contuvo el aire durante un instante; cuando sopló poco a poco por la boca, la barrera que crepitaba frente a él brilló brevemente al sentir el contacto de la nigromancia. La oscura niebla se fue deshaciendo al tocar la defensa de la magia blanca y, aquella que no lo hizo, rodeo inofensivamente a Hope Spell, sin llegar a rozarlo siquiera.

El profesor Pones sonrió al ver el progreso del joven. Este último pensó que podría aprovechar el instante para lanzar un pequeño hechizo de ataque y pillar por sorpresa al anciano; conjuró rápidamente y soltó un pequeño proyectil de magia pura que se dirigió al profesor, un simple conjuro aturdidor. El señor Pones no trató siquiera de apartarse, y en el último momento se hizo visible una barrera mágica cuando el proyectil hizo impacto contra ella. Hope observó el hecho alucinado, ¿cuándo la había convocado? Roy Pones, por su parte, alzó una ceja.

Lo siguiente que pudo procesar Hope fue que estaba en el aire; después rodó varios metros por la hierba, gritando a cada golpe. No logró orientarse hasta que se detuvo, quedando el cielo frente a él, y ni siquiera se planteó la opción de levantarse antes de que la cabeza dejara de darle vueltas.

—¿Qué esperaba que ocurriera lanzándome un ataque tan pobre? —preguntó el profesor, ofendido—. Levántese, ahora que ha aprendido a conjurar una barrera casi en condiciones le enseñaré un poco de magia de ataque.


NOTA DEL AUTOR:

Un saludo muy grande a mi amigo SG91 por esa escena slice of life del comienzo del capítulo. Necesitaba escribir sobre la familia de Hope, darle un poco de introducción para que fuera algo más que un elemento de fondo, así que le pedí ayuda. El trabajo que ha hecho ha sido tan bueno que, al final, os puedo asegurar que la familia volverá a aparecer varias veces en el futuro.

Y bueno... entre doble, que acaba de pasar la navidad. ¡Felices fiestas a todos y gracias por leerme!