—Asunrix…
El gran ciervo marrón se encontró solo en medio de la oscuridad, la voz llamándolo desde todas direcciones.
—¡Sinveria!
—Asunrix, no te vayas.
—No, otra vez no, por favor…
Frente a sus ojos se formó el interior de un árbol-hogar donde residía Sinveria. La ciervo tomó el maldito pergamino con una pezuña y lo leyó, su cara demostrando una gran sorpresa. Y Asunrix empezó a sentir una voz en su cabeza, una voz que le pedía matar.
—¡NO!
Despertando de golpe, el gran ciervo se levantó del lecho; sudoroso se tapó los ojos con las patas, intentando calmar el temblor de su cuerpo. El sonido de las olas rompiendo en la costa se escuchaba por la ventana entreabierta; el sur era muy cálido, el cielo estaba despejado, colándose la luz del atardecer a través de las cortinas que revoloteaban con la brisa.
El puerto pirata de Tortuga no distaba demasiado de lo que él imaginaba. Una pequeña isla en medio del gran mar que separaba Equestria del continente donde se asentaban Egiptrot, Cérvidas y los Reinos Lobos, dejando Cebrania al sur. El puerto había marcado el crecimiento del pueblo en la isla, compuesto por pequeños edificios, y una gran cantidad de almacenes y tabernas variadas. No había apreciado demasiada actividad mercantil, a diferencia de su ciudad natal, pero no disfrutó demasiado del paseo tras su llegada. Después del viaje y de no haber dormido bien desde la muerte de Sinveria, el cansancio lo llevó directo a su habitación alquilada a medio día.
Asunrix se levantó finalmente y, tras asearse rápidamente, bajó las escaleras del edificio. Era una construcción de manufactura poni hecha con maderas de dudosa calidad y de aún más dudosas cualidades estéticas. A cada paso los escalones crujían bajo sus pezuñas, y el sonido de las voces en el piso se hacían más audibles. El salón principal se alzaba varios metros de altura, siendo originalmente un patio interior que había sido techado; en el segundo nivel había una terraza que daba acceso a varias habitaciones en las que recibir las atenciones de los trabajadores y trabajadoras del lugar.
En Tortuga no tenían demasiados reparos con ese tipo de profesiones.
La gran posada estaba mucho más llena que cuando había llegado hacía solo unas horas; grupos de todas las razas conocidas se reunían en torno a mesas o cerca de tablas estratégicamente clavadas en horizontal a las paredes. Había varias mesas redondas en las que ponis, cebras y lobos por igual apostaban jugando a los dados y cartas, entre gritos de alegría coreados por la frustración del perdedor.
Al Honorable Guerrero -como le llamaban ahora en Cérvidas tras dejar a los Maestros de la Guerra- ese lugar le resultaba algo agobiante. Acostumbrado como estaba a la calmada alegría de su raza y nación, la concatenación de gritos, carcajadas y alguna ocasional pelea despertaba su entrenado instinto de poner orden. Caminó hacia la barra cuando unas carcajadas sobre su cabeza le llamaron la atención; en la parte más alta de la habitación, junto al techo, alcanzó a ver una plataforma construida sobre una columna. Las risas venían de un grupo de batponies que, como cualquier otro cliente de la posada, bebían y disfrutaban del día. El ciervo se quedó unos instantes quieto, mirando a esa misteriosa raza que poblaba las leyendas de su nación.
—Qué amigo, ¿es la primera vez que ves un batpony? Hay bastantes por aquí.
El lobo que le había hablado, con evidente acento de los Reinos Lobo, apoyaba sus patas delanteras en la barra para ayudarse con la tarea de limpiar una jarra de cerveza. Su pelaje era negro con algunas manchas grises en el vientre y el rostro, y varias cicatrices demostraban que no era alguien ajeno al combate. A pesar de su voz ligeramente áspera y directa, el lobo sonreía con cortesía. Eso no ayudaba a calmar la inquietud que sus afilados dientes y colmillos inspiraban.
—No suelen dejarse ver por la civilización —señaló el lobo—. Aunque desde que regresó la princesa Luna se han integrado en Equestria, eso he oído. Tú no eres ciervo de mar, ¿verdad? —en el fondo no era una pregunta—. ¿Quieres alcohol con la comida?
—¿Alcohol? Eh… no, gracias, agua está bien.
—¡Ja! —se carcajeó—. ¡Cielo! ¿Queda estofado vegetariano?
Una voz femenina respondió "¡Marchando" desde el interior de la cocina. Poco después, un generoso plato de estofado humeante fue servido al ciervo. No era exquisito, pero tampoco terrible, y encontró curioso ver que había sido cocinado, entre otras cosas, con algas.
El barman volvió a acercarse.
—Vamos a ver, ¿qué hace un ex-Maestro de la Guerra en Tortuga, si puede saberse?
—¿Cómo sabe que ya no soy un Maestro de la Guerra?
—He visto muchos viajeros y aprendido mucho, también los pictogramas de tu raza; tus tatuajes hablan por ti. Entonces, ¿qué haces aquí?
—Estoy… buscando a alguien.
—¿A quién?
—Tengo que averiguarlo.
El lobo asintió en silencio mientras observaba al ciervo frente a él. En parte parecía tan curioso como el propio Asunrix cuando vio a los batponies.
—Mira ciervo, en los años que llevo aquí vuelves a ver las mismas miradas en distintos ojos. Y tú estás buscando venganza.
—No creo que sea asunto suyo…
—¡Lo es! Todo lo que pasa en Tortuga es asunto mío —respondió el lobo—. Me llamo Bayhas, por cierto.
—Soy Asunrix, maestro…. —el ciervo dudó durante un instante—. No creo que haya título en Cérvidas para referirse a un barman.
—¡Ah, lo sé! Estuve hace años en tu tierra, ¡qué aburrimiento! Llámame "tabernero" si lo prefieres, porque yo no pienso llamarte "honorable guerrero".
—Veo que conoce usted mi cultura.
—Muchos años aquí, ya te lo he dicho, he conocido a mucha gente. Entonces, ¿a quién estás buscando exactamente? Como eres nuevo te daré una pista: El pago básico por información es un doblón de plata, más si es información comprometida.
Asunrix asintió y sacó una moneda sin cuño de uno de sus zurrones. Las monedas en Tortuga se dividían en bronce, plata y oro, sin ningún tipo de identificación. Para los piratas era más fácil fundir las monedas para venderlas al peso en la civilización que no justificar de dónde habían sacado sus botines.
—Supongo que sabe del ataque no-muerto a Lutnia. Tengo pistas de que los responsables pasaron por Tortuga, probablemente reunieron los cadáveres y esqueletos aquí.
—Ah, sí, claro —empezó Bayhas, aceptando el pago—. Estás de suerte, tendrías que hablar con aquella tripulación de ahí.
El gran ciervo se giró, siguiendo con la vista hacia donde señalaba Bayhas. Dos mesas habían sido juntadas y en torno a ellas se sentaba una tripulación poni; la mayoría estaban bebiendo y riendo, aunque había una yegua de crines azules entre ellos que parecía mantener la compostura, riendo ligeramente ante los comentarios de los sementales. Quizá era una "trabajadora" de la posada.
—¿Ellos aceptaron el trabajo para los nigromantes?
—¡En absoluto! Ellos lo rechazaron. Son piratas, pero éticos a su manera.
—Agradezco su ayuda, Bayhas —respondió Asunrix, pagando por la consumición y alejándose de la barra.
El gran ciervo se acercó a la mesa en cuestión y esperó unos educados segundos… en los que fue ignorado. Asunrix se sentía realmente perdido: en su nación habría bastado con su presencia para que tarde o temprano le prestaran atención, ya que no era educado interrumpir una conversación ajena. Estaba claro que esa galantería de los ciervos no iba a ser útil en aquel puerto.
—¡Disculpen!
Al grito, todos en la mesa dejaron de hablar y lo miraron directamente. Casi todos los marineros estaban evidentemente bebidos, algunos tenían vendajes en el cuerpo y rostro, y absolutamente todos portaban armas de algún tipo. A decir verdad, no desentonaban en el ambiente general del puerto de Tortuga.
—Me gustaría hablar con su… eh… —Asunrix dudó durante un instante—. Con su capitán, si es posible.
Acabo esa frase mirando directamente a un semental que irradiaba cierta autoridad, al que sus compañeros parecían dirigirse con respeto. Este devolvió una mirada silenciosa al ciervo y, sin decir una palabra, torció una pata para señalar a su lado, a la elegante yegua que se sentaba con ellos.
—Me temo, queridos, que nuestro amigo habrá pensado que soy una furcia cualquiera.
—Yo… No, esa no era mi intención.
Las miradas que le dirigieron, de pronto, se tornaron inmensamente hostiles, y algunos sementales empezaron a levantarse poco a poco. El ciervo retrocedió un poco, intentando pensar qué decir para arreglar esa absurda situación. "¡Malditos piratas!". Pero de pronto, la yegua soltó una carcajada en voz baja… y todos los marineros estallaron en risas ante la confusión de Asunrix.
—¡Esa es nuestra capitana!
—¡Grande! ¡Qué cara se le ha quedado!
—Basta, queridos, basta —ordenó la capitana sin alzar la voz—. Ya ha acabado la broma, por favor haced sitio a nuestro posible cliente.
Los sementales se movieron a un lado dejando un espacio para Asunrix. Junto a la capitana se quedaron también dos sementales unicornio: uno era el mismo que él había confundido como capitán; el otro era joven, de crines anaranjadas que acababan en puntas quemadas. Algo en su sonrisa indicaba que ese poni no estaba completamente en sus cabales.
La yegua, una pegaso, desentonaba completamente con el ambiente que la rodeaba. Vestía ropajes cómodos para el trabajo en alta mar pero, de alguna forma, guardaba una elegancia poco propia de un marinero, por no hablar de un pirata. Su pelaje era añil, y sus crines, aunque incluían ese mismo color, eran mayoritariamente verde azuladas. A pesar de la calidad de su ropa y el buen gusto en el vestir, la ilusión acababa con la cimitarra y las dos pistolas que colgaban de un cinturón que le rodeaba el vientre. Le llamó la atención su marca, una botella de veneno que parecía enmarcada por una mancha negra que cubría parte de sus flancos.
—Soy la capitana Poison Mermaid, de la Sirena Mutilada. Estos son mi contramaestre, High Tide, y mi sargento de artillería, Fire Roar.
—Me llamo Asunrix, Honorable Guerrero de Lutnia.
Nadie respondió durante un instante.
—¿Qué?
—Mis disculpas, es un título de… Da igual. Me llamo Asunrix, soy de Cérvidas.
—¡No, no, no! —gritó el joven de chamuscadas crines naranjas, Fire roar—. Si dices que eres honorable, eres honorable.
—Fire, no te pases —advirtió High Tide.
—¡Tienes razón! ¡No estamos a la altura!
Fire Roar estalló en una carcajada coreada por el resto de la mesa. Poison alzó un casco, pidiendo orden en silencio.
—Vamos, queridos, no seáis descorteses. Bueno, díganos usted, excelencia.
Más risas. Asunrix mantuvo la mirada impasible, definitivamente no acababa de comprender el chiste. La propia Poison Mermaid se había reído esa vez, a pesar de haber intentado mantener la compostura.
—Ay, querido —murmuró Poison cuando las risas se calmaron, secándose una lágrima—, es obvio que no has salido nunca de Cérvidas, ¿verdad?
—En alguna misión militar y en patrullas fronterizas.
—Eso es como si no salieras —señaló High Tide—. Sigues rodeado por los tuyos y tu cultura, eso no es salir de un país.
—Bueno, su majestad, ¿qué haces en Tortuga? ¿Te has perdido?
Asunrix miró al joven de la crin quemada frente a él, sintiéndose algo ofendido por el tono que usaba. No estaba seguro de si el tal Fire Roar se estaba burlando de él o si era algo cultural.
—Estoy buscando a unos nigromantes que reunieron el ejército que atacó Lutnia hace unas semanas.
El aparente recochineo que seguía habiendo en la mesa llegó a su fin cuando Asunrix terminó de hablar. Poison Mermaid se acomodó en el banco y tomó un trago de un combinado frente a ella. Su bebida era la única servida en una copa y adornada con una sombrillita de colores.
—¿Y por qué crees que sabemos algo, querido?
—Si no me han mentido, usted rechazó un trabajo para esa misma gente, capitana.
—La pregunta importante es: ¿Cuánto puedes ofrecer?
—Bastante, creo que lo suficiente, podemos discutirlo de ser necesario.
—Un momento, ¿para qué quieres encontrar a esos nigromantes? —atajó High Tide—. Ya hemos tenido bastante problemas con esta clase de calaña los últimos meses.
—¡Joder, sí! Porque si es alguien que piensa volver a traer esqueletos y plagas a nuestro barco, ¡le pego un tiro ahora mismo!
Poniendo énfasis a esa afirmación, el joven unicornio levitó una de sus pistolas y la posó sobre la mesa con un sonoro golpe. Asunrix, en esta ocasión, se alzó furibundo y respondió con un grito.
—¡Quiero interrogarlos y matarlos!
Hubo un súbito silencio en la mesa, en el que Poison indicó a Asunrix que se sentara. El ciervo no se dio cuenta, pero toda la tripulación de La Sirena Mutilada dirigió miradas alrededor, estudiando las reacciones de los que les rodeaban.
—En ese caso quizá podamos llegar a un acuerdo, querido, pero no esta noche. Hoy hay una celebración en Tortuga.
—¿Qué? Pero…
—No hay "pero" que valga —atajó rápidamente la capitana—. Ya has llamado bastante la atención, posiblemente ya sepan que vas a por ellos.
—Además no sabes nada de este lugar. Relájate y disfruta de esta noche, te ayudará a comprender qué es Tortuga, realmente.
—¿Qué hay que comprender? —respondió Asunrix a High Tide—. Un puerto pirata, un puerto criminal.
—Civilizados —murmuró alguien en voz baja—. No tienen ni idea...
Escuchó a varios marineros chistar pidiendo silencio. Las mesas empezaron a ser apartadas hacia las paredes, dejando un gran espacio en el centro de la posada. La barra había sido cubierta por jarras de cerveza, a las cuales se lanzaron los clientes más cercanos. Una en concreto fue iluminada por un aura rojiza y levitada hasta Asunrix.
—Calla, escucha, canta y aprende —indicó High Tide.
En medio del silencio que se había creado se escucharon unos pasos resonar en la madera. Una yegua apareció a través de la puerta que daba a la cocina; era una poni fuerte debido al trabajo, con la melena recogida en una trenza a lo largo de su cuello, y una diadema de bronce adornaba su frente. Caminó hasta el centro de la estancia, con todas las miradas clavadas en su pelaje castaño, y el silencio era tan abrumador que durante un instante solo podía escucharse el romper de las olas. Un semental, una cebra de hecho, tomó unos tambores y empezó a tocar un ritmo simple; la protagonista de la canción bailó lentamente al son, y Asunrix se percató de que, a pesar de ser una yegua entrada en años, mantenía una belleza exótica que no pasaba desapercibida.
Al segundo compás del tambor, la yegua empezó a cantar. Su voz era grave para una hembra, pero fuerte y rasgada, arrastrando dolor y melancolía con cada sílaba.
Conocí a un poni en mi hogar,
zarpemos, vamos lejos,
me embarazó y me engañó
y me llevó a Egiptrot.*
Una flauta, tocada por el barman, Bayhas, cubrió el vacío que dejó la voz de la yegua al acabar la estrofa. Asunrix miró a su alrededor, sorprendido de que todos los piratas presentes mostraran semejante respeto por la yegua. Algunos miraban al suelo, cantando en voz baja, y otros la miraban fijamente a ella. La canción, cuyos versos repetitivos eran coreados por todos los presentes, hablaba de una yegua que viajó a Egiptrot y acabó endeudada de por vida, luchando por mantener a su hija a pesar de las dificultades e injusticias.
Mi nombre era Anabel, os digo,
mi nombre era Anabel.
Ahora descanso en una tumba
perdida en Egiptrot.
Todos los presentes, incluida la propia Poison Mermaid, repitieron esta estrofa en tercera persona, "su nombre era anabel...". Poco a poco más instrumentos iban uniéndose a la canción, y el ritmo de esta, a pesar de ser melancólico, invitaba al baile. Pero hubo muy pocos que se levantaran para hacerlo, observando a la yegua cantar en solitario en el centro de la estancia.
La canción iba ganando en intensidad a medida que la historia se desarrollaba: La de una madre incapaz de adaptarse a una sociedad que la mantenía infeliz, la de una hija obligada a realizar un trabajo ingrato para pagar deudas, la de un amor prohibido en su país…. Una historia increíblemente triste y melancólica, con la que todos los presentes, de alguna forma, parecían reconocerse. Asunrix, por contra, estaba confundido, sin entender la lección que supuestamente debía aprender acerca de Tortuga.
Sintió un golpe en su costado durante un interludio instrumental de la canción. Poison Mermaid le indicó que se agachara para hablarle en la oreja.
—La madre de la canción es la suya propia —dijo, señalando a la yegua—. Appet nació en Egiptrot, su madre endeudada, deuda que ella heredó y que jamás podría pagar.
Rise señaló hacia los batponies que, silenciosamente, volaban en círculos junto al techo de la taberna. El ciervo reconoció al poco que, de hecho, estaban bailando.
—La tripulación del "Viento de Noche", guerreros fieros que no podían satisfacer su afán de combate su tierra natal, pero tampoco querían venderse como mercenarios —después señaló al barman, Bayhas—. Un lobo enamorado de una poni —dijo, refiriéndose a Appet—, una relación que jamás sería aceptada en ningún reino conocido, salvo quizás por Equestria.
—¿Son pareja? —preguntó, sorprendido—. ¿Huyeron a este lugar, entonces?
—¿Huir? Que no te oigan insinuar algo así, querido, no existen piratas más temibles en todo el mundo que ellos dos. Appet y Bayhas formaron la mayor flota pirata de la historia, expulsaron a las fuerzas militares grifo de Tortuga y fundaron esta ciudad. Muchos me han llamado "La Reina de los mares", pero pondría mi barco al servicio de La poni y el lobo sin dudarlo.
Asunrix clavó su mirada en la yegua en cuestión, Appet; su trenza rojiza danzaba sobre su cuello con cada paso, y su rostro tenía rasgos ligeramente orientales, típicos de los ponis de Egiptrot. Appet cruzó su mirada con Asunrix, y este último sintió un escalofrío, como si esos ojos dorados hubieran mirado a su propia alma.
La canción pareció llegar a su fin cuando los instrumentos tocaron una única nota durante unos segundos, la cual fue coreada por Appet cantando "Pero ahora yace en una tumba, perdida en Egiptrot". Todos los presentes alzaron sus jarras y bebieron, y pronto el alboroto empezó a tomar el lugar. Poison siguió explicando.
—Querido, se dice que los que frecuentamos este puerto somos escoria, meros piratas y criminales, pero somos más que eso; somos los que hemos osado a negarnos a aceptar las limitaciones que se nos han impuesto.
La taberna estalló en gritos de júbilo cuando Appet y Bayhas se besaron, una escena que Asunrix jamás habría esperado ver. La música empezó a sonar animada, dirigida por un veloz violín tocado por un unicornio.
—¡Mi propia tripulación es un ejemplo! —dijo Poison, alzando la voz por encima del creciente alboroto—. En Equestria se les consideraría criminales, pero la mayoría solo cometieron errores, o son demasiado salvajes para vivir en la sociedad poni.
—¿Y qué hay de usted, capitana? —respondió Asunrix—. Usted no parece así, ¿qué la trajo al puerto de Tortuga?
La elegante yegua de crines celestes sonrió enigmáticamente y no respondió. Los tripulantes de La Sirena Mutilada se alzaron para unirse al jolglorio del baile; el joven semental Fire Roar tomó a su capitana por una pezuña para sacarla a bailar, pero esta se detuvo un instante.
—Hay algo que debes saber, estimado: Solo aquellos que no conocen este puerto lo llaman "Tortuga".
—¿Y cómo lo llamáis vosotros?
—¡Libertad! —gritó la joven pareja antes de unirse a la fiesta.
El ciervo jamás había visto un baile tan salvaje: Saltos, gritos, choques violentos y varios marineros que empezaron una pelea a casquetazo limpio. La canción, que en esta ocasión Bayhas cantaba junto a Appet, llamó a todas las "ratas" del lugar a beber ron, dando un mensaje claro, directo y rítmico: "Beber, pelear y fornicar". Asunrix jamás había sido alguien fiestero, ni siquiera para los estándares de su país natal: Lo suyo siempre había sido la contemplación de la naturaleza, el entrenamiento y la meditación, por lo que se planteó retirarse pronto de la fiesta.
Claro que esta última no iba a permitirlo. Un lobo, obviamente bebido, se acercó dando un traspiés después de que un poni lo golpeara en la cara y, sin demasiada habilidad, intentó golpear al ex-Maestro de la Guerra… Y la memoria muscular tomó el control. Un sonoro golpe llamó la atención de los más cercanos, exactamente cuando el lobo caía inconsciente; la posición de Asunrix dejó claro que él había sido el responsable de dejar a su oponente fuera de combate golpeándolo contra la mesa.
Y media docena de marineros cargó contra él.
Asunrix se preparó para combatir, pero alguien se adelantó: Poison Mermaid pasó a su lado y, con un impresionante golpe, rompió una jarra de cerveza en la cabeza del semental más cercano. Otros marineros de la Sirena Mutilada se adelantaron y se unieron a la salvaje pelea. Asunrix miró a la yegua.
—¡Bienvenido a Tortuga, querido! Esos dos son tuyos.
—¿Qué…?
Un grifo y una cebra saltaron sobre el desprevenido ciervo. Poison Mermaid sobrevoló el combate y gritó:
—¡Tenemos a un lado a Amberlay, del Ritual Resonante, y a Golberg, del Muerte Súbita, peleando contra Asunrix, un guerrero druida de Cérvidas! ¡Cinco doblones de plata por el ciervo!
—¡Lo veo y subo a seis!
—¡Un doblón de oro por Amberlay y Golberg!
Mientras las apuestas iban siendo cantadas y alguien se encargaba de recogerlas, Asunrix consiguió empujar a sus contrincantes y levantarse. Poison Mermaid se acercó.
—Poison, ¿qué significa esto? ¡No quiero pelear para divertir a nadie!
—¿No necesitas información, querido? Empieza por adaptarte a este lugar y no llamar la atención. Estoy segura de que puedes con esos dos, pero no vayas a usar magia.
—¿Por qué?
—Las peleas de taberna se hacen sin armas ni magia. ¿Quieres que te disparen, acaso?
De algún lugar sonó una campana seguida por el rugido de todos los marineros de la taberna. El grifo y la cebra volvieron a cargar contra Asunrix.
—¡Estos piratas están locos!
Horas después, la fiesta llegó a su fin bien entrada la madrugada y la taberna se sumió en una soporífera paz. Las mesas seguían apartadas al lado de las paredes, y muchas de ellas estaban volcadas y rotas; algunos marineros roncaban en el suelo, demasiado borrachos o quizá inconscientes tras una pelea, y jarras de cerveza rotas adornaban el lugar. En el techo, varios batponis dormían cabeza abajo, colgando por sus colas. De estos, dos yeguas dormían juntas, envueltas en sus propias alas como un único ser.
A pocos metros de la taberna, junto al mar, Asunrix observaba la calmada noche y escuchaba las olas romper contra la costa. Aunque había usado su magia para curarse tras el combate, todavía resentía un tremendo golpe que había recibido en la mandíbula. El druida podía sentir a Gaia agitarse bajo sus pezuñas, un reflejo de su propio estado de ánimo; una vez más, alzó una pata y golpeó el suelo, haciendo que una piedra saliera disparada hacia el agua y rebotara en esta, perdiéndose en la oscuridad.
Con una exclamación de frustración, Asunrix volvió a golpear el suelo, esta vez creando un agujero bajo su pata de una forma que solo un druida podía hacer. Durante un rato se quedó quieto, respirando y haciendo un esfuerzo en vano por meditar. La falta de sueño de las últimas semanas no ayudaba con su enfado y frutración.
—Pareces furioso, druida.
Desde la taberna una figura femenina se acercaba; Appet caminó lentamente hacia Asunrix, sus exóticos ojos escudriñando cada detalle del ciervo y haciendo que este acabara apartando la mirada. Tomó una inspiración honda y exhaló por la boca antes de responder.
—Espero no haberla molestado, maestra… Appet —se corrigió a si mismo—. Estoy intranquilo, es cierto.
Appet se sentó y, con una de las patas delanteras, tomó una piedrecita del agujero que había creado Asunrix y la lanzó al agua. Estando cerca de ella, el druida notó que esta ocultaba múltiples cicatrices bajo el pelaje de su lomo.
—Hay muchas formas de esclavitud —explicó ella antes de que Asunrix preguntara—. Cuando la miseria que pagan a una yegua es todo lo que tiene para subsistir, no se es libre para negarse a nada.
—¿Qué clase de… monstruo haría algo así?
—Uno como el que se llevó a tu… ¿prometida? —Appet observó la sorpresa del ciervo y rió ligeramente—. Mi marido nunca falla, y hasta aquí han llegado algunas historias del ataque a Lutnia. Una de ellas sobre de un Maestro de la Guerra, poseído y obligado a asesinar a su prometida, que ahora busca venganza. Y has confirmado tu historia al aparecer aquí buscando a unos nigromantes.
El ciervo gruñó, algo molesto.
—No se pueden tener secretos aquí.
—Te equivocas. Todo el mundo en Tortuga tiene secretos; el tuyo era demasiado evidente. Por cierto, tengo que darte un consejo.
La exótica yegua de pelaje castaño posó un casco sobre el costado de Asunrix y lo miró con sus ojos dorados.
—Habla con ella.
—¿Con quién?
—Con ella.
Por supuesto que Asunrix sabía a quién se refería exactamente, e iba a replicar pero Appet no se lo permitió.
—La tripulación que te trajo cuenta que cada noche te despertabas gritando su nombre. Sueñas con ella, con el momento de su muerte.
—Por qué… ¡¿Por qué me dices esto?! —exclamó Asunrix, perdiendo la calma—. Con todo el respeto, eso no es asunto tuyo ni de nadie más, maestra tabernera. Yo decidiré la mejor forma de lidiar con mi culpa.
Parecía que la yegua iba a responder pero, a media frase, se levantó y miró hacia el horizonte con los ojos entrecerrados. Asunrix, demasiado ofuscado para percatarse, siguió con su diatriba.
—Agradezco tu preocupación, pero los ciervos tratamos estos temas en la intimidad mediante meditación y…
—Fi aism Alaliha…
Tras decir esas palabras en su idioma natal, Appet echó a correr hacia la taberna. Fue cuando Asunrix vio una luz sobre el mar; un hechizo había sido lanzado hacia el cielo desde un barco que se aproximaba a la costa en plena noche. Cuando el hechizo detonó con una luz anaranjada, el ciervo pudo ver que el navío ondeaba una bandera pirata y se aproximaba a toda vela.
Desde una torre de vigilancia del puerto una campana empezó a sonar insistentemente, seguida por otras a lo largo de la costa hasta que la alarma se extendió a toda la población. Al instante hubo gritos desde la taberna y otros edificios cercanos, marineros y habitantes de la isla saliendo al exterior a todo correr.
—¡¿Qué ocurre?! ¿Nos atacan? —Pero Appet no respondió a Asunrix, ya que galopó al interior de su taberna—. ¡¿Qué está pasando?!
—Nadie nos ataca, querido.
La capitana Poison Mermaid solo había tardado un momento en volar desde la habitación donde se alojaba hasta ahí; se tomó un momento mientras se llevaba una rodaja de pepino a la boca.
—¿Entonces qué ocurre, maestra pirata?
—Necesitan ayuda. Y llámame Poison o "capitana", por favor.
Tras aquello, Poison Mermaid desplegó sus alas y voló hacia el mar. Alrededor del confudido ciervo marineros de todas las razas y tripulaciones habían despertado y salían al exterior portando lámparas y antorchas; pegasos, batponies y grifos volaron hacia el barco que llegaba mientras pequeñas embarcaciones eran movidas a toda prisa para dejar libre gran parte del muelle. Varias voces anunciaron a gritos dónde se estaban estableciendo los curanderos para recibir a los heridos, y muchas camillas fueron llevadas hacia el puerto.
El barco que entraba era de pequeño tamaño y se acercaba a demasiada velocidad para un atraque seguro; su casco estaba dañado por fuego, a juzgar por Asunrix, de naturaleza mágica, y uno de sus mástiles menores estaba partido. Cuando estaba cerca del muelle, las velas fueron recogidas y la embarcación giró de forma imposible. Un grito desde el aire hizo que Asunrix viera a Poison Mermaid dirigiendo a los voladores, que ayudaban en la desesperada maniobra con cabos atados a distintos puntos de la embarcación. Desde tierra todas las tripulaciones se coordinaron para amarrar el navío a puerto y colocar una escalera rápidamente.
Asunrix esperaba encontrarse con marineros heridos y poco más. Pero el primero en descender el barco fue un lobo que saltó a tierra y corrió a dos patas hacia los curanderos más cercanos portando un potro entre sus garras delanteras. El pequeño parecía estar muy herido, y en torno a su cuello portaba un collar de cuero que lo identificaba como un esclavo de los Reinos Lobo.
Poison Mermaid descendió sobre el muelle y aguardó junto a otros capitanes; un lobo de pelaje blanco y gris bajó de la nave atacada, y, rugiendo, la golpeó con una garra. Asunrix se acercó cuando este empezó a hablar a gritos.
—¡Esas escorias, esos bastardos de La Garra Roja! ¡Los vimos al sureste de aquí, iban a los Reinos Lobo desde Egiptrot y los interceptamos! Eran tres naves, pero logramos inutilizar una al menos, ¡pero esos bastardos soltaron la carga! ¡La tiraron al mar! Ordené parar.
—¿La carga?
—Esclavos —aclaró una cebra cerca de Asunrix—. Al mar los esclavos fueron tirados.
—¿Dónde fue eso? ¿Dónde os atacaron?
—Cuatro horas a todo trapo al noreste de aquí. Unas doce millas náuticas hacia Cérvidas. ¡Y mientras recogíamos a los esclavos su nave, "Venganza", giró en redondo y nos disparó! ¡No hemos podido salvar ni a la mitad! ¡Bastardos!
Mientras el capitán lobo decía eso varios marineros trajeron barriles para crear una improvisada mesa y desplegaron un mapa.
—Están evitando la costa —observó Poison Mermaid mientras trazaba una linea de puntos desde Egiptrot a los Reinos Lobo, pasando por la zona aproximada del encuentro—. Deben estar evitando las patrullas ciervo. Se dirigirán directamente al gran puerto de Taichnitlán, eso limita sus opciones. La Sirena Mutilada irá tras ellos.
El mismo semental cebra que había explicado qué era la "mercancía" se adelantó.
—No me conocéis, mas mi ayuda agradeceréis. Santoj es mi nombre, y os acompañaré en el Ritual Resonante.
—¿Qué puede hacer tu nave, Santoj?
—Cargará con los esclavos y es sigilosa, no nos amedrenta una situación peligrosa.
—No podréis solos contra el Venganza, es una mala bestia. ¡Mis muchachos y yo iremos también!
Una batpony de pelaje gris y crines blancas y rojas se posó entre los presentes; había estado revoloteando el lugar en silencio.
—Les prometí a mis muchachos un combate de calidad. A falta de uno, el Viento de Noche se conformará con esos esclavistas de mala muerte.
—La fiereza de tu tripulación será bienvenida, Wrath —respondió Poison Mermaid.
—Yo también iré.
Esa cuarta voz vino de la espalda de Asunrix; un gran lobo negro se abrió paso a empujones, caminando sobre dos patas, y se posó sobre las cuatro frente a Poison Mermaid.
—Argul —dijo la yegua pegaso con poco disimulado desprecio—. No vi tu nave al llegar, querido, creí que habías caído en nuestro último encuentro.
—Llegué después de ti, poni —escupió—. Ya conoces lo que mis marineros y yo podemos hacer.
Hubo un tenso silencio entre los dos capitanes.
—En el Filho La Sirena tenía ventaja sobre el Relámpago Negro. En alta mar me lo habría pensado dos veces. Me gustará contar contigo como aliado, esta vez.
—A mi no —respondió—. Pero hay esclavistas de por medio. Eso es más importante.
Finalmente Poison Mermaid alzó una pata hacia Argul.
—Juro sobre mi vida, mi nave y mis sementales que no alzaré un arma contra ti o tu tripulación mientras naveguemos juntos.
—Yo también lo juro, poni —respondió el gran lobo negro tomando el casco de la pegaso—. Si hemos de volver a combatir, será cuando acabemos con La Garra Roja y sus prisioneros estén a salvo.
—Y yo soy testigo.
Appet y Bayhas, en algún momento, habían llegado al lado de los congregados.
—Si alguno de vosotros rompe este juramento será expulsado de Tortuga por siempre, junto a toda su tripulación.
—Y también sentirá la furia de La poni y el lobo —añadió Bayhas—. Navegad seguros, volved de una pieza y rescatad a todos los que podáis.
—Así lo haremos.
Cada capitán tomó su propio camino, y Asunrix decidió seguir a Poison Mermaid.
—Estás de suerte, Asunrix, querido.
—¿Por qué?
—¿No es evidente? —señaló ella, sacudiendo su melena con un giro de cabeza algo teatral—. La flota La Garra Roja es la que aceptó el encargo de los nigromantes. Además, no todos los días se ve a cuatro capitanes pirata navegando bajo la misma bandera.
La tripulación de La Sirena Mutilada no tardó en surgir de entre el gentío que ayudaba a los heridos del navío recién llegado, y se acercó a su capitana.
—¡Esta noche el mar ruge venganza! ¡Los navíos Ritual Resonante, Viento de noche y el Relámpago Negro salen a vengar a los caídos! ¿Vamos a ser menos, mis valientes?
Como un único ser, la tripulación de la Sirena Mutilada rugió una negativa. Poison Mermaid parecía fuera de sí por el orgullo.
—¡Cargad la zarzaparrilla y preparad a La Sirena, zarpamos en quince minutos! ¡Vamos a cazar esclavistas!
La tripulación galopó hacia su barco y varios puntos de la ciudad, cargando los enseres necesarios para la campaña. Todos menos el contramaestre, High Tide, que se acercó a Poison.
—Capitana, disculpe. Todavía tiene restos de… mascarilla. En la cara.
La yegua se sonrojó ligeramente y se pasó un casco por donde le había señalado el semental, confirmando que era cierto.
—¡¿Por qué nadie me lo dijo antes?!
NOTA DEL AUTOR:
Si tenéis curiosidad, la canción que canta Appet es "annabelle" de Ye Barnished Privateers. La canción animada después, aunque ya no la menciono mucho, en mi mente es "First night back at port" del mismo grupo.
Hace mucho prometí que Poison Mermaid volvería a aparecer en esta historia. Soy un autor de palabra. La creadora de este personaje (que de hecho lo primero que escribió fue como una precuela a este fanfic) es Pandora Lawliet, ¡y finalmente ha empezado a publicarlo en Fanfiction punto net! Podéis buscar el fic "La dama venenosa" y, si os apetece, dejadle un review a ver si se anima a seguir publicando (he leído lo que tiene guardado y os aseguro que es bueno. ¡Convencedla de que lo haga público!).
¡Gracias a todos por leerme!
Typezoolid: Tendrás que imaginarlo tú xD. No tenía ganas de perder tiempo describiendo cómo Aitana y Rise Love acababan con unos cultistas de mala muerte.
UnIngenieroMas: Como siempre, ¡gracias por tus comentarios! Me alegra que no se te haya hecho largo, tenía miedo de que pasara.
Fhix: Nada nada, a partir de ahora escribiré romances de Spike con todo ente femenino de la serie y verás cómo triunfo xD.
¡Un abrazo!
