Potentes coces echaron abajo las tablas habían sellado las ventanas y puestos de tiro de torres y murallas por siglos; la torre de vuelo fue despojada de tenderetes turísticos para dejar sitio a armas, armaduras y a los escuadrones aéreos. El hospital de la ciudad rebosaba de actividad mientras organizaban el traslado de enfermos y se preparaban para recibir a los heridos, grupos de unicornios recorrían las calles trazando líneas de runas y conjurando sobre las mismas, y los que no podían o no querían luchar reforzaban puertas y ventanas a contrarreloj.
Las lanzas, flechas y otros proyectiles eran transportados por voluntarios a todos los puntos de defensa; todos los carpinteros y artesanos de la ciudad se habían volcado en afilar las armas romas de exhibición, mientras los vecinos construían bloqueos en las calles más pequeñas con todo mueble que pudieran encontrar.
En el exterior, una yegua galopaba hacia la ciudad con un potrillo a su espalda, mientras otro un poco más mayor intentaba seguirle el paso. Detrás de ellos algo enorme los perseguía, podían escucharlo correr y rugir, y estaba cada vez más cerca. Sobre ella, iluminada por las llamas de las granjas que ardían en la oscuridad, una pegaso se lanzó en picado hacia el demonio. La madre escuchó una orden gritada desde encima suyo y se puso sobre dos patas, agradeciendo a Celestia cuando dos grifos la tomaron a ella y a sus hijos para llevarlos de vuelta a la ciudad.
Daring Do voló hacia atrás una vez la familia estuvo a salvo y, desde la altura, observó el infierno que se estaba desatando. El fuego de cada demonio se confundía en la noche como un único gran incendio de llamas, rugidos y criaturas imposibles. La exploradora voló de vuelta a la ciudad cuando el demonio que había esquivado intentó matarla con su fuego.
Frente a la casa de la guardia, una yegua arengaba a los soldados frente a ella; portaba un escudo pesado cubierto con telas, al igual que el resto de la guardia, que prestaba atención a sus explicaciones. Una vez más, les recordó que los demonios eran tan mortales como cualquier poni, y que el miedo era la mejor arma del Tártaro. Un grifo anciano salió del cuartel y habló con Aitana, la cual lo siguió de vuelta al edificio.
Y, sobre la muralla, Hope observaba el ejército demoníaco que se estaba desplegando a no demasiada distancia intentando por todos los medios controlar su propio miedo y nerviosismo. Desde que había avisado del ataque, más y más ponis se habían acercado a preguntarle sobre cómo combatir a los demonios, tareas que realizar y demás. Pero más importante, había tenido que acercarse él mismo a tranquilizar a soldados y voluntarios que estaban sucumbiendo al miedo y la desesperanza. Y no hacía falta ser un genio militar para saber que, si desfallecía, si mostraba duda, el delicado equilibrio moral de los defensores podría venirse abajo. "Hace dos semanas solo era un estudiante, y ahora esta gente me está siguiendo… Que Celestia me ayude."
El capitán de la guardia, Golberk, llevó volando y se posó junto a Hope Spell.
—He mandado un mensaje a la Guardia Solar.
—¿Cuánto tiempo pueden tardar? —susurró Hope.
Golberk no respondió a esa pregunta.
—Toda la ciudad está ayudando —observó Hope—. Para no haber librado ninguna batalla en siglos, todo el mundo parece saber qué hacer.
—Las leyendas juegan en nuestro favor. Todos los Germarenios se crían con historias de cómo resistimos, de cómo se organizó la defensa, y de cómo los civiles ayudaron también. Pero…
El grifo se quedó en silencio durante un segundo en el la sombra de la duda pasó sobre su rostro. Cuando volvió a hablar lo hizo con la voz firme y fuerte, dejando que todos lo oyeran.
—Resistiremos. Germarenia volverá a resistir. ¡Sargentos!
Dos ponis de tierra y un unicornio con galones militares respondieron a la llamada y se acercaron.
—Este unicornio es Hope Spell, un cazador de demonios. Ustedes darán las órdenes en mi ausencia, pero sigan su consejo cuando sea posible.
—¿Yo? Pero…
—No te estoy poniendo al mando, Hope —expuso el capitán grifo—, pero tu experiencia será muy bienvenida —después se agachó susurró—. No muestres duda, muchos se están fijando en ti.
El semental verde sintió un nudo en el estómago; él mismo había pensado en la necesidad de mostrarse firme, pero ver su pensamiento confirmado por Golberk no fue precísamente tranquilizador. Hope tomó aire y, mirando al grifo a los ojos, exclamó:
—Será un honor —durante un instante temió que hubiera sonado demasiado teatral, pero siguió adelante—. Sargentos, recuerden a los defensores que los demonios, en este mundo, son tan mortales como nosotros. Buscarán alimentarse de nuestro miedo y sufrimiento, no podemos rendirnos, tenemos que resistir a cualquier…
El discurso de Hope se vio interrumpido cuando hubo un rugir tan grave que hizo temblar las propias murallas; los demonios, en la lejanía, respondieron rugiendo a su vez, y la aterradora magia del Tártaro barrió Germarenia como una corriente de aire ardiente. Las llamas que ardían en la oscuridad empezaron a desplegarse rápidamente hacia la ciudad.
—¡Ya vienen!
—¡Mantengan posiciones! Voy a unirme al escuadrón aéreo, os confío las murallas.
—Las murallas resistirán, capitán —respondió uno de los sargentos.
El capitán, de un fuerte aleteo, se dirigió a la torre de vuelo, y los sargentos se repartieron en varios puntos de la muralla. El terror antinatural del Tártaro se empezó a hacer presente con más fuerza por momentos, pero Hope decidió no usar su magia para combatirlo; iba a ser una batalla larga, necesitaba reservar fuerzas. Alguien lo llamó a la espalda y le pasó una ballesta y un carcaj de virotes.
Un soldado grifo, con los ojos abiertos como platos, retrocedió un paso ante los monstruos que se acercaban en la oscuridad. Un poco más allá, la misma pegaso gris de crines verdes que escapara del culto a Baraz, Onix Pot, posó su ballesta en el suelo y, apoyándose sobre la misma, suplicó una plegaria a Celestia con la voz trémula. Y Hope sintió su propio miedo: el miedo lógico a la muerte y el sufrimiento, y también ese terror antinatural del Tártaro capaz de arrancar el valor de cualquiera que no lo conociera. A lo lejos podía escuchar las arengas de los sargentos, pero sus palabras eran ininteligibles.
Por más que le pesara, aquella sección de la muralla era su responsabilidad.
—¡Escuchad! ¡Ese miedo que sentís no es natural, es un efecto de la magia del Tártaro, una ilusión! ¡No permitáis que os domine! ¡No deis la victoria a los demonios tan fácilmente!
Ya podían escuchar el temblor del pesado galopar de los monstruos sobre la tierra; las llamas que estos emitían estaban cada vez más cerca, y ahora podían distinguir claramente la fauces desde las que emanaban, acercándose y rugiendo.
—¡Da igual lo grande que sea, da igual lo terrible que parezca, todos los demonios pueden morir! ¡Son demonios de la destrucción, son estúpidos y cargarán de frente, no conocen otra estrategia!
Todos los defensores a su alrededor cargaron las ballestas y las colocaron en los soportes que los civiles habían preparado; Hope hizo lo propio. Escuchó un galope a su espalda y vio a la inventora Foolhardy Gears correr hacia la calle principal. Sobre la muralla, dos guardias se afanaban en cargar la balista que esta había improvisado a partir de una catapulta. Onix Pot respiró hondamente y se levantó mientras cargaba su ballesta con determinación.
—¡Esos demonios no se conformarán con la ciudad, torturarán y matarán a todo aquel que capturen! ¡No podemos rendirnos, no podemos fallar, por todos los que dependen de nosotros! ¡Germarenia debe resistir!
—¡Y resistirá!
—¡Germarenia resistirá!
Estas últimas palabras las gritaron los defensores más cercanos, y pronto fueron coreadas a lo largo de todas las murallas. Los primeros seres infernales ahora estaban lo bastante cerca para poder apreciarlos; muchas criaturas diferentes, algunas grandes y otras pequeñas, pero todas tenían características comunes: enormes dientes y garras, casi todas emitían un fuego impío por las fauces, y sus cuerpos mezclaban caóticamente el pelaje con las llamas y la roca.
Una orden fue gritada y una lluvia de virotes recibió al ejército de Baraz; los demonios cayeron ante la andanada, muchos de ellos consumiéndose en charcos de llamas y regresando al infierno del que habían salido. Un poderoso chasquido resonó sobre el clamor de la carga y un enorme demonio, mucho más grande que sus hermanos, cayó con una lanza incrustada en el flanco.
Varios defensores rugieron victoriosos al ver a tantos demonios caer bajo sus proyectiles. Pero hubo un grito de alarma un instante antes de que una yegua junto a Hope cayera de la muralla. El semental verde miró al cielo y gritó "¡A cubierto!"
El infierno se había desatado frente a la ciudad; desde la torre de vuelo el capitán Golberk podía ver que las filas de enemigos se expandían cientos de metros hacia la oscuridad. A su lado, Daring Do observaba la misma escena.
—Celestia bendita, son miles. Tenemos que acabar con Baraz.
—No podemos —respondió Golberk con inquieta tranquilidad—. Si es tan grande como dice Hope Spell deberíamos poder verlo desde lejos, así que debe estar escondiéndose. No podemos intentar encontrarlo por pura suerte en la oscuridad.
—¡Capitán! ¡Voladores!
Desde su posición vieron como varios defensores de la muralla caían o eran alzados a las alturas por unas criaturas voladoras. Golberk gritó una orden y se ajustó el casco.
—¿Seguro que no quieres una armadura, Daring Do?
—Seguro —aseguró esta, sacando sendas espadas cortas de un bolsillo del chaleco demasiado pequeño como para albergarlas.
—Bien. ¡Escuadrón alfa, zona norte; beta, zona sur; nosotros tomaremos el centro!
—¡Señor, sí señor!
Los tres escuadrones de pegasos y grifos por igual se lanzaron al vacío desde las múltiples aperturas de la torre. Manteniendo la formación se dejaron caer hasta pocos metros por encima de los tejados de las casas de la ciudad, desplegaron las alas y trazaron un vuelo horizontal hacia la linea de batalla.
Decenas de criaturas se estaban lanzando contra los defensores; algo más pequeñas que un pegaso adulto, tenían alas y, a diferencia de sus hermanos de tierra no parecían tan deformes. Sus patas superiores acababan en garras afiladas, y, al ver al escuadrón de Golberk acercarse, alzaron el vuelo y escupieron rápidos proyectiles de fuego hacia ellos. El capitán gritó una orden y la formación de rompió para esquivar el ataque.
Daring Do pasó a toda velocidad junto a un diablillo y lo apuñaló en pleno vuelo, chochando después contra un segundo que no pudo resistir su embestida. A su lado, Golberk acabó con otra criatura de un hachazo y destruyó el ala de una segunda con la garra libre, dejándola caer hacia el ejército del Tártaro. Manteniendo la inercia, el escuadrón volvió a formar y maniobraron para hacer una nueva pasada. Daring Do echó en falta al menos a un miembro del mismo.
Los defensores de la muralla tuvieron que ponerse a cubierto ante el asalto de los demonios voladores, viéndose incapaces de seguir disparando durante unos interminables segundos. Al mirar atrás, Hope pudo ver los grupos de pegasos y grifos de la guardia lanzarse contra los atacantes y, cuando superaron la muralla, volvió a alzarse cargando su ballesta.
Durante un imperceptible segundo pudo ver cómo un grifo del escuadrón caía fuera de control hasta desaparecer en la marabunta de fuego y mandíbulas. Y, bajo la muralla, los grandes demonios del fuego y la destrucción clavaron sus garras en la roca y empezaron a escalar. Los defensores se afanaron en volver a disparar, concentrando el fuego en la base de la muralla.
A los virotes que disparaban se sumaron ataques mágicos lanzados por algunos unicornios, y una multitud de objetos que los civiles, aterrorizados, traían para lanzar a los demonios que escalaban. Hope Spell escuchó un grito alarmado desde la balista, y vio cómo sus operadores la giraban hacia la puerta oeste de la ciudad; un enorme demonio cuadrúpedo cargaba contra la misma, con su enorme cornamenta en espiral por delante. La balista disparó y la lanza rebotó contra el caparazón que cubría al monstruo.
El impacto hizo temblar toda la muralla. Desde la calle principal de la ciudad, un gran grupo de ponis de tierra y unicornios galoparon tras una yegua que crin lila y gris que vestía una armadura con el emblema de "sargento". Pero Hope Spell no aguardó a su llegada: corrió sobre la muralla hasta alcanzar la balista cuyos operarios intentaban recargar, aterrados. Mirando a través de un hueco en el suelo, diseñado para lanzar objetos a quienes intentaran abrir la puerta ariete mediante, Hope pudo ver al enorme demonio. Tomó aire profundamente por el hocico y llamó a la magia blanca: como una lenta deflagración de paz, una semiesfera luminosa surgió entre el gran demonio y la puerta, expandiéndose progresivamente y empujando a la monstruosidad al exterior, la cual no parecía poder tocar el fenómeno mágico sin sufrir daño.
Hope no necesitó decir nada. Un soldado cercano gritó una orden, y al disparo de la balista se sumaron los virotes de todos los defensores cercanos. El demonio desapareció en una deflagración ígnea, pero nadie lo celebró: era cuestión de tiempo que regresara.
Aitana marchaba hacia la muralla junto a los otros soldados de Germarenia; bajo sus eternas alforjas llevaba una armadura ligera de la guardia de Germarenia. Al presentarse ella en el cuartel para instruir a los ponis de tierra sobre cómo combatir a los demonios, hubo unanimidad y la nombraron, temporalmente, sargento. Sabían que necesitaban a alguien al mando de la unidad, y la presencia de una cazadora de demonios como ella fue muy bienvenida.
A medida que galopaban a través de las calles la Arqueóloga observó impresionada cómo toda la ciudad se había unido a la defensa: había bloqueos en muchas calles, puestos de tiro improvisados en la calle principal, e incluso vio a una yegua construir una balista al final de la misma. Comprendió que se trataba de la última linea de defensa, donde la guardia concentraría sus esfuerzos si la muralla era tomada. Los escuadrones voladores, entre los cuales debía hallarse Daring Do, pasaron volando sobre sus cabezas y chocaron en veloces pasadas contra los diablillos que asediaban las murallas; aquellos que no cayeron tras la embestida fueron recibidos con un proyectil mágico que detonó en el aire… y otro, y otro más. Los civiles unicornio habían salido a la calle o subido a edificios altos desde los que lanzaban el mismo hechizo que antes usaron para celebrar la festividad Germarena, aunque ahora tenían un objetivo distinto.
Llegando a la muralla, un estruendo resonó por encima de los sonidos y los gritos de la batalla y el portón principal crujió peligrosamente. Pero cuando Aitana llegaba al mismo para formar una línea defensiva, sintió la calidez tranquilizadora de la magia blanca de Hope Spell sobreponerse al terror antinatural del Tártaro; el unicornio estaba sobre el portón, concentrándose en su magia, y varios defensores a su lado concentraron fuego sobre un gran objetivo al otro lado de la muralla. "Buen trabajo, chaval", pensó.
Escuchó gritos a poca distancia y sintió el calor de una llamarada; con la deflagración ígnea todavía rugiendo a su alrededor, un gran demonio del fuego acudió al mundo mortal y rugió hacia los defensores que le daban la espalda. Aitana sintió que la sangre se le bajaba a las pezuñas al comprender lo que eso significaba.
—¡Baraz se está acercando, el portal se ha abierto dentro de la ciudad! —después se giró a los ponis de tierra que la seguían—. ¡Cabos, formad grupos de tres, cargad contra cualquier deflagración de fuego, no dejéis que los demonios se hagan fuertes! ¡Y tú! —gritó dirigiéndose a una pegaso que llevaba virotes hacia la muralla—. ¡Vuela al cuartel de la guardia y diles que se hagan fuertes en la calle principal! Si escucháis un toque largo del cuerno, volved a la puerta cagando hostias. ¡¿Entendido?!
—¡Sí, señora!
—¡Andando!
Siguiendo las órdenes, los soldados de Germarenia se repartieron a lo largo de la muralla para enfrentarse a cualquier demonio que osara aparecerse en su ciudad. Cerca de Aitana hubo una nueva deflagración; el monstruo que apareció era más grande y deforme que otros, teniendo incluso algún tentáculo ígneo surgiendo de su lomo.
—Encargáos de los otros que aparezcan por aquí —ordenó Aitana a los dos soldados que la acompañaban, desplegando la espada de su madre—. Este es mío.
Tras una segunda embestida aérea, el escuadrón de Daring Do se dirigió al centro de la ciudad, ganando altura para volver a atacar. Deflagraciones de fuego impío se sucedían en el interior de Germarenia, a lo largo de la muralla, y los soldados de tierra galopaban a toda velocidad para interceptar a los demonios que surgían de las mismas.
Había varios demonios corriendo ya por las calles; tanto civiles como guardias unieron fuerzas en detenerlos en varios puntos de choque. Sin embargo Daring Do tomó una decisión.
—¡Golberk, voy a ayudar ahí abajo!
Sin dar tiempo al capitán a replicar, Daring Do picó hacia la calle principal de la ciudad, donde varios demonios del fuego cargaban contra la barricada de los defensores. La pegaso amarilla cayó sobre uno de los mismos, espadas por delante, y lo devolvió al instante al Tártaro; los proyectiles de los otros defensores dieron cuenta del resto.
La barricada no pasaba de ser una acumulación apresurada de muebles y mesas para permitir a unos pocos ballesteros tener mejor ángulo de tiro y retrasar ligeramente las huestes infernales. No era, en absoluto, una muralla en firme. A pesar de ello, los inexpertos defensores intentaban usarla como si lo fuera, combatiendo desde encima de la misma.
—¡Dos escudos frente a la barricada, el resto quedaos donde estáis! —gritó.
Dos soldados intercambiaron una mirada y obedecieron, bajando de la barricada y formando frente a la misma. Daring Do voló sobre la formación y tomó una ballesta; al fondo más demonios se galopaban hacia la linea de defensa.
—Esperad a que choquen contra los escudos, apuntad a sus cabezas y ahorrad proyectiles. Cuando caiga un escudo, que otro venga y lo reemplace.
—Señorita… ¿Do?
A su espalda, un grupo de jóvenes unicornios la miraban. Aunque la habían reconocido, nadie parecía demasiado impresionado, dada la situación.
—Hemos acabado de trazar las líneas que nos dijo el unicornio ese… ¿cómo se llamaba?
—¿Hope Spell? ¿El que dio la alarma?
—¡Ese! Hemos trazado las líneas de runas que nos dijo. ¿Qué hacemos ahora?
La pegaso se fijó en una linea tras la barricada que le señalaron; al instante reconoció un hechizo rúnico anti-demonios. Era muy básico, no los detendría mucho tiempo.
—Repartíos por las distintas líneas que habéis trazado. Si se ordena retirada, concentrad vuestra magia en ellas para activarlas, corred cuando empiecen a brillar. Solo retrasará unos minutos a los demonios.
—¡Sí, de acuerdo!
Los unicornios se separaron por distintas calles y recovecos. A la espalda de Daring, el rugido de dos demonios precedió a su violento choque contra los escudos de los defensores, y al de las ballestas siendo disparadas.
El combate sobre la muralla se volvió desesperado por momentos. A pesar de la coordinación de los defensores, a pesar de su valiente defensa, cada vez más demonios llegaban a la muralla y empezaban a escalarla. Cada vez estaban más cerca de rebasarla, hecho que obligó a muchos defensores a tomar armas cuerpo a cuerpo para combatirlos. Hope Spell abandonó su ballesta, pasó su munición a otro poni a su lado y llamó a la magia, derribando a cualquier demonio que se acercara demasiado con proyectiles mágicos.
Un rugido a su espalda lo hizo girarse; un gran demonio increíblemente deforme giró sobre si mismo, intentando atrapar algo que se escurrió entre sus patas; el monstruo gritó de dolor y se derrumbó agarrándose el vientre. Aitana Pones rodó fuera del peligro antes de que el demonio cayera y lo remató clavándole su espada en la cabeza. Al momento el ser se deshizo en una deflagración de llamas, y Aitana gritó una orden a los soldados que la acompañaban.
Súbitamente Hope escuchó una voz, un susurro que sonaba en su propia mente: palabras de horror, de sufrimiento y de condena eterna dichas en un idioma que nadie hablaba pero que todos comprendían. Los demonios que cargaban contra la muralla se detuvieron y, coordinados por una voluntad superior, rugieron y aullaron al aire. Los defensores dudaron, sus armas temblaron y retrocedieron, alguno saltó de la muralla para huir.
Hope conjuró para protegerse a si mismo y a los pocos que le rodeaban; no podía proteger toda la muralla de la magia del Tártaro, no podía defender a todo el mundo, no podía combatir el terror que embargaba a los defensores.
Un soldado cerca de él salió corriendo, dejando su lanza atrás, y la garra de un demonio apareció sobre la muralla. Hope no pensó lo que hacía: tomó la lanza y, cuando el demonio saltó junto a los defensores, lo atravesó. Fue entonces cuando notó los proyectiles ígneos volando hacia él; Hope llamó a la magia común, a los elementales, y los virotes infernales giraron a su alrededor, impactando al demonio que había conseguido subir y haciéndolo caer hacia el vacío. Una rabia que no conocía se apoderó de él y, alzando la lanza sobre su cabeza, gritó un desafío.
Un poni repitió el grito a su lado y rechazó a un demonio con su lanza. Un grifo hizo lo propio, recargó su ballesta y disparó, y pronto toda la muralla estaba desafiando al Tártaro al unísono. Los demonios cada vez superaban la inmensa construcción en mayores números, pero no sería el miedo el que venciera a los defensores.
Hubo un tremendo impacto en la muralla y un grito alarmado desde el portón de la ciudad. Hope no pudo acercarse otra vez, más demonios estaban superando los proyectiles y llegando al cuerpo a cuerpo. Onix Pot voló sobre él y disparó su último virote contra un demonio que ya llegaba a Hope, tomando una lanza y combatiendo junto a este.
El largo toque de un cuerno sonó a su espalda.
Un soldado tocó una tercera vez el cuerno de la ciudad mientras los últimos soldados de tierra regresaban a todo correr al portón de la muralla. Un nuevo impacto lo hizo crujir y lo agrietó, acompañado el sonido por un grave rugir al otro lado.
—¡Escudos, formación cerrada, ballestas y unicornios, bombardead a ese hijo de puta cuando reviente la puerta! ¡A mi señal, romped la formación y dejadlo pasar, luego volved a formar!
Los guardias tomaron una formación en semicírculo frente a la puerta; Aitana tomó la segunda línea y rebuscó en sus alforjas, sacando una esfera de cristal de color blanco. Un nuevo impacto abrió un gran agujero en la puerta, a través del cual pudieron verse los cuernos de una criatura cuyo tamaño poco tenía que envidiar a un dragón adulto.
—¡A mi señal!
Los ballesteros alzaron sus armas y los unicornios prepararon su magia; Aitana tomó la bolita en un casco y se preparó para lanzarla.
El último impacto rompió la puerta y la abrió violentamente. El gigantesco demonio de la destrucción miró a los mortales y rugió.
—¡FUEGO!
La lluvia de proyectiles hizo que la monstruosa criatura cargara hacia adelante, rugiendo. Aitana lanzó la bola blanca y una deflagración de llamas azules envolvió al demonio, haciéndolo rugir de dolor.
—¡ROMPED, ROMPED!
Hubo unos pocos soldados que no pudieron seguir las órdenes a tiempo, siendo arrollados por el monstruo; Aitana esperó al último instante y, al apartarse, lanzó un corte a las patas del ser. El demonio se giró confundido y cegado por las llamas alquímicas de la Arqueóloga, y esta sacó su propia ballesta portátil, cargándola con uno de sus virotes con punta mágica.
—¡Ballesteros y magos, rodeadlo, mantened las distancias, no dejéis que os atrape!
Aitana disparó su ballesta apuntando a otra pata del monstruo, dejándolo cojo e indefenso ante los proyectiles. Después retomó su escudo y volvió a la primera linea, contra la cual ya estaban chocando los primeros demonios del fuego. Cuando tomó la posición de un guardia herido, los demonios retrocedieron y tomaron aire al mismo tiempo. No necesitó gritar la orden, todos sabían qué hacer: los soldados tomaron las telas húmedas que cubrían sus escudos, se taparon la cabeza con las mismas, y las llamas pasaron inofensivamente sobre ellos. Aprovechando la ceguera de los defensores, los demonios volvieron a chocar contra los escudos, pero la segunda línea de lanceros interpuso sus armas, mandando a los demonios de vuelta al Tártaro.
—¡Nada atraviesa esta puerta! ¡Venga lo que venga, nada la atraviesa!
Los soldados de Germarenia gritaron un desafío al unísono.
—¡Aquí, colocadlas aquí, vamos!
Al final de la calle principal de la ciudad, una yegua regordeta y naranja dirigía a un grupo de ponis y grifos mientras reinstalaban dos de las catapultas de fuegos mágicos que había anteriormente en las murallas. Daring Do recargó su ballesta, por la calle principal no parecían haberse aparecido más demonios. A lo lejos podían escucharse los sonidos de la batalla en la muralla, eclipsados por los gritos de los defensores y los rugidos del ejército del Tártaro, decenas de proyectiles mágicos detonaban en el aire y derribaban a los diablillos con sus explosiones. Pero aquella zona estaba extrañamente tranquila, y tras un par de minutos una inquietud invadió a la aventurera de novela.
—Tengo un mal presentimiento…
—¡Arriba!
Daring Do saltó a un lado no por el grito, si no por el calor y la luz anaranjada que la cubrió. Un cono de llamas cayó donde ella habría estado hacía un segundo; sobre un edificio de la calle, un gran demonio del fuego se mostró y rugió.
Otro más apareció por una calle secundaria, un tercero saltó desde otro edificio. Un soldado gritó brevemente antes de que un nuevo demonio le arrebatara la vida junto a la barricada.
—¡Retroceded! —ordenó un cabo—. ¡A la segunda barricada!
—¡Corred! —gritó Daring.
La pegaso introdujo un casco en su chaleco y, con un movimiento extrañamente casual, lanzó dos dagas hacia el primer demonio que la había atacado. Sin detenerse a observar si había llegado a impactar se lanzó contra el que estaba más cerca de los defensores que se retiraban. El demonio no llegó a verla antes de que un espadazo lo devolviera al Tártaro… y Daring Do se giró a tiempo para detener una cuchilla de llamas.
Frente a ella había un demonio que más parecía un lobo bípedo; el monstruo rugió y empezó a atacar rápidamente a la pegaso con sus dos espadas ígneas. Hubo una rápida sucesión de metales chocando hasta que Daring logró volar por encima de su objetivo y asestarle un corte en el rostro; el ser rugió, casi cegado y se giró hacia ella.
Cuando Daring se recuperó de la explosión que la proyectó a lo largo de la calle, se encontró aturdida en el suelo y con el pelaje quemado. A duras penas consiguió ponerse en pie para rechazar el primer ataque del demonio de las dos espadas. Luego sintió un profundo dolor en el bajo vientre y el ser la levantó en el aire, chocando los dos contra un muro. La pegaso amarilla se agarró a la garra del demonio, luchando por respirar e intentando el dolor. La criatura infernal la miró de cerca, directamente a los ojos, y ronroneó deleitándose con su sufrimiento.
Un rostro afilado, de enormes colmillos y feroces ojos rosas apareció de la nada, justo detrás del demonio; este tuvo un espasmo cuando fue atravesado por una brillante espada curva. Un instante después el monstruo se desvaneció consumido por un fuego impío. Lo último que vio Daring, antes de que la espada que la sostenía contra la pared se consumiera también, fue que las alas de la yegua frente a ella eran de murciélago.
La batpony, de pelaje azul y crines marrones, se acercó a la pegaso caída y la estudió brevemente. Después se levantó. A su alrededor los ponis de la noche aparecieron de la nada, de nubes de sombras y rincones oscuros, combatiendo a los demonios que asaltaban la calle principal.
—Limpiad las calles —ordenó Rise Love—. Las murallas no resistirán mucho tiempo.
—¿Qué hacemos si caen?
—Tenemos que acabar con el Portal. Hay que encontrarlo. Buscad al demonio más poderoso. No os enfrentéis a él en solitario.
—Entendido. Que la luna guíe tu vuelo.
Los Cazadores Batpony se repartieron por la ciudad.
Hope hizo volar su lanza y golpeó a un demonio, empujándolo fuera de la muralla; dos proyectiles mágicos impactaron contra otro en el lado contrario, y en el instante que se recuperaba del impacto un grifo lo atravesó con una espada.
Hope jadeaba y sudaba a mares. Los defensores gritaban y pedían ayuda cada vez más a menudo, cada vez con más desesperación. El unicornio verde volvió a conjurar y varios demonios perdieron agarre sobre la muralla y cayeron. A su espalda, los civiles echaron a correr hacia las calles de la ciudad. Un poni gritó cuando las llamas antinaturales del Tártaro lo envolvieron y, en su desesperación, cayó de la muralla.
Sobre las cabezas de los defensores, un gran grifo voló dando órdenes. Los escuadrones voladores hacían lo imposible por contener a los diablillos mientras Golberk dirigía la defensa.
—¡Atrás, a la calle principal, atrás!
No fue una retirada coordinada, nadie llegó a quedarse para cubrir a los compañeros que huían. Los defensores volaron o se teleportaron al suelo, los que no podían simplemente saltaron de la muralla si no tenían una escalera lo suficientemente cerca. Cuando Hope se giró para retirarse. Onix gritó y cayó de la muralla con un profundo corte en la espalda; una de las alas de la pegaso se separó de su cuerpo. El semental verde conjuró mientras caía y envolvió a ambos en un aura mágica, frenando la caída. A continuación galopó hacia la calle principal, portando a Onix Pot con él.
Varios unicornios jóvenes iluminaron sus cuernos; una larga linea de runas, trazada a lo largo de toda la base de la muralla empezó a brillar. Los defensores atravesaron la defensa mágica sin dificultad, pero los primeros demonios que superaron la muralla chocaron contra la misma, empezando a golpearla al instante.
Los defensores se retiraron de la puerta principal, salvo unos pocos escuderos que permanecieron para dar tiempo a sus compañeros. Aitana se unió a los soldados que se retiraban hacia la ciudad. Los últimos en correr fueron los unicornios que habían cargado las líneas rúnicas, sabiendo que la barrera no aguantaría mucho. Se repartieron por todas las calles secundarias, activando una a una las líneas que habían trazado, con el único objetivo de ganar tiempo.
Los diablillos superaron a los escuadrones aéreos y persiguieron a los defensores que huían al interior de la ciudad; varios unicornios se detuvieron, conjurando barreras para proteger a sus compañeros, pero unas figuras oscuras volaron sobre sus cabezas y se lanzaron contra los diablillos. Al principio pensó que serían unos pegasos, pero cuando el primer diablillo cayó y se consumió en las llamas del Tártaro, pudo ver brevemente que se trataba de batponies. Batponies que se movían a una velocidad increíble, y que eran casi imposible de seguir con la vista.
—¡Es la Guardia Lunar! —gritó una yegua unicornio con esperanzas renovadas—. ¡Han venido!
Con un chisporroteo mágico, la barrera rúnica se rompió y los demonios galoparon hacia la calle principal y cualquier callejón por el que pudieran colarse. La segunda protección mágica detuvo a los demonios y protegió a los ponis y grifos que habían conseguido superarla a tiempo, aunque muchos no lo consiguieron.
Hope fue de los últimos en superar la barricada antes de que los demonios la alcanzaran. Unos cuantos soldados bloquearon la entrada de la barricada, como les enseñara Daring Do, mientras los ballesteros y unicornios tomaban posiciones. Los demonios se acercaban en tropel, y Hope sintió que no tenían ninguna posibilidad de detenerlos…
...cuando una estantería pasó volando sobre la línea de defensa y cayó sobre la marabunta de demonios, que estallaron en deflagraciones de llamas. Al final de la calle pudo divisar que Foolhardy Gears no solo había construido una segunda balista, ¡estaba dirigiendo los disparos de dos catapultas!
Hope posó a Onix Pot en el suelo; la yegua sangraba demasiado y tenía lágrimas en los ojos. Hope tardó un instante en reaccionar. La pegaso habló, gritando por encima de la debilidad que la embargaba por momentos.
—Los siento, ¡lo siento!
—¡Un médico, necesito un médico! Aguanta, Onix.
—¡Lo siento! —gritó esta—. ¡Debimos llamar a la guardia, debimos avisar, no debimos ir! Esto no habría pasado si yo… ¡Que Celestia me perdone!
Alrededor de Hope y de la moribunda pegaso los defensores tomaban posiciones y llamaban a médicos y seres queridos por igual. Un poni de tierra con traje del hospital se acercó a los dos y, tras estudiar a Onix durante un segundo, miró a Hope y negó con la cabeza, marchándose a atender a otro herido a continuación. Hope tragó saliva.
—No podías hacer nada. Baraz ya lo tenía todo preparado antes de que vosotros hablarais con él. Vosotros sois sus víctimas, también.
—Podría… podría haber…
La yegua perdía fuerzas por momentos.
—Has aguantado la muralla conmigo, Onix Pot. Has dado tiempo a muchos, has salvado muchas vidas. Celestia perdonará tus errores.
La yegua gris tomó apretó el rostro contra el pelaje de él, abrazándolo con fuerza. A los pocos segundos, el semental unicornio notó cómo las últimas fuerzas abandonaban a Onix, quedando esta inerte todavía sujeta por el aura mágica de Hope Spell.
Una detonación mágica le devolvió a la realidad. Otra línea rúnica había sido destruida por el ejército demoníaco. Hope Spell apartó el cuerpo de Onix a un lado, a la entrada de una calle principal, quizá esperando que alguien la encontrara al finalizar la batalla...
Aitana se retiró de la primera linea para recuperar el aliento. Los gritos se sucedían a su alrededor, y los civiles que no estaban escondidos en sus casas ayudaban a retirar a los heridos y tomaban armas a la desesperada. La yegua marrón miró a Hope, y fue cuando este se dio cuenta de que su pelaje estaba cubierto de sangre ajena. Aitana no preguntó.
Algo se posó junto a los dos Arqueólogos.
—¡Rise Love! Bendita sea Celestia, ¡habéis venido!
La yegua batpony de pelaje azulado portaba una armadura que, aunque se asemejaba, no tenía ningún emblema de la Guardia Lunar. Era de color negro y hecha de algún material que parecía ligero a la par de rígido. En su pata derecha portaba una espada batpony y en la izquierda tenía una diminuta ballesta armada con virotes de metal. La yegua aparentaba ser un mar de tranquilidad en medio del caos de la batalla, pero algunas quemaduras sobre su armadura y pelaje indicaban que esta no se había mantenido al margen de la misma.
—¿Qué plan tenéis para matar al portal?
—A Baraz… Esa balista de ahí —señaló Hope—. Es nuestra mejor opción.
—Bien —asintió la cazadora—. Os lo traeremos. Resistid mientras podáis.
Con esas palabras, la yegua batpony desapareció en una nube de sombras. Hope no se permitió sentirse sorprendido por el fenómeno y miró a su alrededor: Aparte de los que estaban defendiendo la primera barricada de la calle principal, el resto de defensores parecían desorientados, sin saber a dónde dirigirse exactamente.
—¿Qué estáis haciendo? ¿Dónde está Golberk?
—No… ¡no lo sé! —gritó un cabo—. ¡No sé quién está al mando!
Hope Spell, por un segundo, deseó haber seguido siendo un estudiante ignorante sobre la verdad del mundo. Pero habló sin ni siquiera plantearse lo que iba a decir.
—¡Aitana, dirige la defensa de la barricada, a mi señal retiraos a la segunda! ¡Cabos, organizad a los defensores en la segunda y tercera barricadas! ¡Todos los tiradores, a los edificios cercanos, tomad posiciones donde podáis! ¡Y llevad cualquier cosa pesada a esas catapultas!
Las instrucciones fueron seguidas al pie de la letra. En el cielo, los pegasos y grifos hacían lo posible por rechazar las oleadas de diablillos que llegaban y, gracias a la ayuda de los Cazadores Batpony, conseguían mantenerlas alejadas de las tropas de tierra. Durante unos minutos, la primera barricada resistió, y por encima del ruido de la batalla se podían escuchar los berridos de Aitana Pones.
Hubo una orden gritada y los defensores abandonaron la primera barricada; el gran demonio de los cuernos curvos había vuelto y atravesó la improvisada defensa como si fuera un castillo de juguete. Una lluvia de proyectiles lo recibió, y fue finalmente un rayo eléctrico lanzado por algún unicornio el que lo devolvió al Tártaro. Hope tomó la segunda barricada en esa ocasión y llamó a la magia blanca, creando una barrera que frenaba a los demonios a medida que se acercaban, dando más tiempo a los tiradores para dar cuenta de ellos. Una inmensa luz naranja y roja cubrió el principio de la calle principal, como un gigantesco incendio.
Un semental batpony apareció junto a Hope Spell y le susurró "ya vienen".
—¡Aitana! ¡La balista, coge la balista! ¡No falles!
Un tremendo crujido y el grito alarmado de ponis y grifos por igual silenció la orden de Hope. Una garra, tan grande como un carromato, atravesó la parte más alta de los edificios de la calle como si fueran mantequilla. El fuego surgió en todas direcciones y enormes saetas de llamas fueron lanzadas al aire, iluminando a todos los batponies que no fueron alcanzados por las mismas. Estos dispararon una sucesión de proyectiles al monstruo y se apartaron cuando la otra garra del mismo intentó atraparlos, agarrándose finalmente a un edificio al otro lado de la calle principal..
Baraz se alzó en toda su terrorífica gloria; como la parodia aterradora de un grifo mutado y deforme, como si una pesadilla colectiva hubiera cobrado forma física, miró hacia los defensores y empezó a avanzar hacia los mismos. Con cada paso, la magia del Tártaro se hacía más poderosa, y cada vez más defensores abandonaban sus puestos para huir.
Un carromato y una gran piedra volaron por encima de la barricada e impactaron de lleno a Baraz; el gran señor del Tártaro rugió, un rugido que hizo temblar el suelo, cayó sobre sus cuatro patas y tomó aire.
—¡AL SUELO!
Hope a duras penas tuvo tiempo de seguir su propia orden mientras llamaba a la magia blanca. Una llamarada azul, naranja y negra barrió toda la calle y chocó contra la barrera de Hope, que desvió el ataque hacia arriba. A pesar de la protección de su magia, a pesar de que sabía que jamás volvería a hacer una barrera tan efectiva, el calor empezó a quemar su pelaje y todos los ponis y grifos a su alrededor gritaron de terror y dolor. Hasta que, súbitamente, el ataque finalizó.
Baraz rugió, con una lanza clavada profundamente en su hombro izquierdo. Aitana, rodeada por un sencillo círculo rúnico que ella misma había trazado y que la había protegido, recargó la balista. La única suerte de toda aquella situación es que Baraz se había llevado por delante a mortales, barricadas y demonios por igual. Los servidores del Tártaro regresaron, cargando hacia adelante y apareciendo entre deflagraciones de llamas, pero su carga no era tan compacta como antes.
Hope vio un cadáver cerca suyo, pero no le prestó atención. Tomó la espada del mismo con su magia, la alzó sobre su cabeza y gritó.
—¡No les deis tregua!
Baraz rugió, y su ejército rugió con él. Un demonio de la destrucción fue frenado por un grifo que portaba un escudo y rematado con la espada; unos jóvenes unicornios llamaron a la magia y lanzaron una salva de proyectiles a los monstruos que se aproximaban; dos ponis de tierra cargaron escudos por delante, derribaron a un demonio y lo aplastaron bajo sus pezuñas. Una línea de escudos fue formada más atrás para frenar a varios demonios a la vez, y los pegasos dieron cuenta de los diablillos voladores.
Hope esperó a que un demonio atacara primero, retrocedió para esquivar su garra y hundió la punta de la espada en su deforme cabeza. Varios batponies aparecieron de la nada, saltando de demonio en demonio como depredadores sobre sus presas. Los pocos que todavía contaban con ballestas centraron todos sus proyectiles contra Baraz, pero el gigantesco demonio parecía inmune a estos, avanzando con calma, regodeándose en el terror de unos mortales que veían cómo el fin se aproximaba con cada uno de sus pasos. Unos unicornios arriesgaron la vida, esquivando demonios y fuego impío para activar una linea de runas frente a las barricadas destruidas, pero de nada sirvió, pues Baraz la atravesó como si jamás hubiera estado ahí.
Varios pegasos y grifos se lanzaron sobre la espalda del monstruo, en un intento desesperado por detenerlo. El fuego cubrió a la bestia, y lo último que se escuchó de aquellos valientes fueron sus gritos, sostenidos por unos interminables segundos. El señor del Tártaro lanzó un tremendo rugido que barrió toda la calle; los defensores echaron a correr, los tiradores abandonaron sus puestos y las catapultas fueron abandonadas. Rise Love gritó una orden ultrasónica, y los Cazadores Batpony empezaron a desaparecer entre nubes de sombras.
La balista volvió a disparar y Baraz rugió cuando una nueva lanza se clavó en su pecho. Furioso alzó su enorme rostro aguileño y deforme, mirando a la yegua que se había atrevido a herirlo. Junto a Aitana Pones, Foolhardy Gears se apresuraba en recargar el arma de asedio y hacer algunos ajustes.
—¡¿Tienes algo que haga daño en esas alforjas?!
—¡Sí! —gritó Aitana mientras le pasaba un pequeño frasco—. ¡Solo hay que golpearlo y estalla!
Baraz se arrancó el proyectil con rabia y galopó hacia la Arqueóloga y la inventora. Foolhardy Gears abrió un agujero en la lanza donde colocó el frasco; luego ajustó una polea, tensó varias cuerdas y colocó el proyectil.
—¡No hay más, no falles!
—¡Vete!
La yegua regordeta galopó por una calle secundaria, huyendo de la bestia que se les echaba encima. Aitana tomó aire por la nariz mientras la observaba acercarse; a pesar de ser un monstruo del Tártaro, de que su pelaje y plumas se entrelazaban con el fuego y el magma, tenía ciertos rasgos familiares: El pico aguileño, la cicatriz sobre el pecho, y el dedo que le faltaba en la garra derecha.
—Hijo de puta...
Baraz llegó hasta Aitana y se alzó sobre dos patas.
La yegua marrón alzó la balista, disparó, y saltó a un lado antes de ser aplastada.
Hubo una explosión amortiguada y el gran señor del fuego y la destrucción se derrumbó contra el duro suelo. Lejos de estar vencido, rugió y luchó por ponerse en pie con unas patas delanteras que parecían estar fallando; en su pecho una enorme herida empezó a regenerarse a ojos vista. Baraz rugió y una onda expansiva de fuego se expandió en torno a él, derribando los edificios cercanos.
Una figura surgió al momento de un edificio que se derrumbaba: Aitana desplegó su espada y galopó hacia él; la sangre caía de su frente, sus alforjas habían empezado a arder en varios puntos y se sentía desorientada por la explosión, pero nada de eso la distraía de su objetivo. Galopó hacia adelante, mientras Baraz se tornaba hacia ella, tratando de levantarse; un diablillo saltó hacia Aitana, pero esta lo esquivó e ignoró. Un demonio, cuadrúpedo y deforme,, rodeó a su señor y cargó contra la yegua, pero esta lo derribó de un espadazo.
Pero Aitana se detuvo.
Varios demonios saltaron por encima de su señor, otros lo rodearon y un gran grupo de diablillos sobrevoló los edificios. Y todos saltaron contra Aitana, contra la única mortal que había conseguido herir a Baraz.
Algo se apareció a su lado y la rodeó con las patas.
Y de repente no había nada.
Una oscuridad opresiva la envolvió. Quiso gritar, pero no había aire que llenara sus pulmones; quiso mirar, pero no había ni un solo rayo de luz; solo se sintió flotar, ahogarse en un océano de la nada más absoluta.
Y de repente sintió el suelo bajo sus cascos. Lo primero que vio fueron unos jirones de oscuridad desvaneciéndose en el aire. Algo golpeó el enganche de su espada, y esta se desenganchó y amarró a una pata de pelaje gris azulado. Rise Love observó el arma de Midnight Shield con un profundo respeto y después se giró hacia Aitana.
—Quédate aquí.
La batpony caminó calle arriba; los demonios se giraron al verla llegar, Baraz luchó por ponerse en pie, y Rise Love avanzó hacia todos ellos con absoluta tranquilidad. La figura de la yegua quedó recortada en la oscuridad contra las llamas de los seres del Tártaro y de los edificios que ardían, y esta alzó el vuelo y desplegó las dos espadas batpony a sus lados. Eran demasiados demonios, incluso para el mejor de los guerreros, pero la Cazadora no retrocedió ni mostró miedo alguno.
Los Cazadores Batpony acudieron justo antes de que los primeros demonios llegaran a ella. Como sombras en la noche aparecieron uno a uno, mandando a cada engendro de vuelta al Tártaro. Rise Love entabló combate contra varios enemigos a la vez… y Aitana pronto no fue capaz de seguir su combate. Se movía a una velocidad imposible, desaparecía y volvía a aparecer sin dar tiempo a ver sus movimientos salvo cuando acababa con uno de sus adversarios. Paso a paso, muerte a muerte, los Cazadores Batpony se abrieron un camino entre la marabunta de demonios que no cesaba de aparecer y cargar contra ellos, una marabunta que solo buscaba ganar tiempo para que Baraz se recuperara.
Aitana salió de su escondite, tomó la lanza de un soldado muerto y cargó a la batalla, atravesando a un monstruo. Varios civiles y soldados supervivientes surgieron de las calles cercanas y se unieron a al combate. De los edificios colindantes, incluso de aquellos que estaban en llamas, ponis y grifos surgieron por igual y dispararon sus ballestas contra los demonios, y cuando carecían de las mismas lanzaron todo lo que tuvieron a su alcance. Algunos unicornios convocaron hechizos explosivos para acabar con los diablos voladores, y una deflagración de magia blanca empujó a los demonios a un lado, haciéndolos presa fácil para los Cazadores.
Hope Spell, portando una espada con su magia, llegó junto a Aitana. Los Cazadores Batpony despejaban los flancos, los pocos soldados que había frenaban a los demonios más grandes, pero aún así eran demasiados. Baraz estaba empezando a levantarse.
—Hope Spell —Rise Love apareció junto a los dos, su rostro haciendo justicia a todas las leyendas acerca de los vamponies—. Usa la magia blanca y abre un camino a Baraz.
—¡No aguantaré mucho, solo unos segundos!
—Suficiente. Hazlo.
Al tiempo que Hope conjuraba, Rise Love abrió la boca y enseñó todos los dientes, al tiempo que emitía un bufido aspirado escalofriante. Por encima de la batalla se escuchó el mismo bufido emitido por todos los batponies. Los demonios se detuvieron y cargaron al azar, confundidos, buscando quién estaba amenazándolos con ese sonido.
La magia blanca se expandió. Los demonios fueron empujados fuera de un círculo cuyo centro era el unicornio verde. Rise Love desapareció… y Baraz rugió, llevándose una garra a los ojos. El resto de batponies saltó contra el gran señor del Tártaro, como un enjambre, como una bandada de aves de presa terroríficas, atacando sus patas y la herida que todavía se regeneraba. Baraz giró sobre si mismo, dando lentos y enormes garrazos a ciegas, llamando al fuego sin ver a sus objetivos. Aitana desplegó un arnés de sus alforjas, afianzó la lanza en el mismo y cargó contra el gargantuesco demonio. Los batponies se lanzaron contra las patas delanteras de Baraz hasta que estas fallaron otra vez; Aitana vio, súbitamente, la enorme cabeza del demonio caer pesadamente frente a ella, y solo tuvo que variar ligeramente su carrera.
Baraz ni siquiera rugió cuando la lanza se clavó en su ojo. La monstruosidad quedó quieta, respirando pesadamente y moviendo las patas erráticamente. Aitana desenganchó el arnés y se preparó para rematar el trabajo.
—Dile a ese hijo de puta de Sombra que no se retrase. Que lo estoy esperando.
La Arqueóloga dio una coz a la lanza y, al instante, las llamas cubrieron a Baraz hasta que de este no quedaron más que las cenizas. La batalla se detuvo a los pocos segundos, los demonios mirando a su alrededor, desorientados y asustados.
—¡Ahora no pueden volver, el portal se ha cerrado! —gritó Hope Spell—. ¡Hay que acabar con ellos!
Pero los demonios no huyeron: se reagruparon y prepararon para volver a cargar. Aitana miró a su alrededor y vio… que no había demasiados supervivientes preparados para luchar. El cielo se iluminó, el sol había salido por el Este, pero la muralla no les permitía verlo todavía. Los civiles retrocedieron, y los soldados se prepararon para luchar hasta el fin.
Algo pasó por encima de la batalla; unas criaturas que parecían resplandecer volaron a bastante altura antes de dar una vuelta y dejarse caer. Varios disparos de ballesta llegaron a continuación, mandando a varios demonios de vuelta al Tártaro. Y algo más cayó del cielo.
Nadie lo vio llegar hasta que se produjo la explosión y la luz cegó a los últimos defensores de Germarenia. Los demonios que no fueron consumidos al instante ante el brutal impacto fueron proyectados lejos del epicentro de la detonación, rodando por el suelo y luchando por ponerse en pie. El primero que lo consiguió saltó directamente contra aquel que les había atacado; un rayo brillante como el sol le hizo impacto, y el monstruo se vio al instante reducido a cenizas.
Blanca como la pureza, la princesa Celestia miró a su alrededor, sus ojos opacados por una magia incandescente. Llevaba una armadura dorada y marrón que le cubría el pecho y el cuello completamente; a su lado, levitando, una gran alabarda dorada también levitaba, en posición de combate. Pero lo que hizo que todos retrocedieran, demonios, ponis y grifos por igual, es que bajo la corona que portaba, sus crines se habían tornado casi completamente blancas y se sacudían con furia. El rostro, usualmente afable y cálido de la princesa del Sol, no mostraba ninguna de aquellas dos cualidades.
Varios pegasos aterrizaron rápidamente al lado de Celestia, todos ellos portando armaduras doradas y brillantes. Y, mientras estos tiraban las ballestas y preparaban las lanzas cortas, la puerta este de la ciudad fue abierta, dejando entrar una formación de ponis de tierra a la carga.
La Guardia Solar había llegado.
Creo que esta es la mayor batalla que he escrito hasta la fecha. Man, am I satisfied!
El final de la misma me ha costado. En una primera versión, Aitana adquiría el modo "bad-ass" matando ella sola a Baraz, y yo "nah". En la segunda, se quedaba quieta mientras Rise Love acababa con él, y otro "nah". Al final ha quedado así.
Y bueno… he aquí el peligro del Tártaro, ¿verdad?
Además, tenía ganas de mostrar a una de las princesas de Equestria como lo que son en realidad: semidiosas. Y creo que ya ha quedado claro que en este universo alternativo Celestia no siempre fue la princesa cálida y acogedora que es hoy día.
Espero que lo hayáis disfrutado :).
¡A todo esto! SrAtomo está escribiendo una historia llamada "Perfecta alumna", que amenaza podría entrelazarse con "La Guerra en las Sombras". Él describe super bien cómo podría ser este universo antes de que Celestia ejecutara La Gran Purga que eliminó a casi todos los magos oscuros del mundo. Os la recomiendo mucho, aunque es una historia bastante dura desde el primer párrafo.
