Aquella fue una mañana de lágrimas. Lágrimas por los que había sobrevivido contra todo pronóstico. Lágrimas por los caídos y los heridos.

Pero Germarenia resistió. Germarenia resistió, una vez más.

El hospital de la ciudad había sido atacado también, pero gracias a la audacia de sus trabajadores pudieron evitar una carnicería atrincherándose en las zonas interiores del mismo hasta la llegada de los refuerzos. Hope Spell aguardaba todavía ser atendido; hacía poco que había podido llegar al hospital, y sus heridas y quemaduras no eran de gravedad. Cuando finalmente le trataron la pata herida y pudo volver a caminar con relativa normalidad fue cuando vio una yegua conocida. Aitana estaba de pie junto a una camilla; tenía varios vendajes en el cuerpo pero, en general, parecía en buena salud.

—¡Aitana! Por fin te encuentro. ¿Cómo estás?

—No he encontrado a Daring.

El unicornio fue a preguntar algo, pero descubrió que ya conocía la respuesta, así que lo hizo él mismo. En el calor de la batalla no había prestado ninguna atención a sus alforjas o los preparados alquímicos y mágicos que en ellas llevaba. Abrió un bolsillo y sacó varios frascos de colores, uno de los cuales brillaba con un tono rojizo. La alarma tomó el rostro de la yegua, pero Hope no la dejó hablar antes de abrirlo.

Un pergamino rojo apareció en la nube mágica que surgió del bote. Ninguno de los dos lo abrió, no hacía falta, pues las siglas "D.D." estaban claramente inscritas en el sello de cera que lo cerraba.

—Aitana… Lo siento mucho.

La yegua marrón no respondió a eso: se giró y caminó hasta perderse por un pasillo del hospital. Hope la siguió tan rápido como pudo, debido a su cojera. La encontró en una sala vacía, un despacho que había sido dañado durante el ataque. Faltaba gran parte del muro exterior del mismo.

—Aitana…

—Joder…. Joder, joder, joder, ¡JODER!

La yegua acompañó ese último grito con un casquetazo que abrió un agujero en la pared más cercana.

—Por favor, cálmate.

—¡Vete a la mierda tú y tu "cálmate"! ¡¿Por qué, joder, por qué?! ¡Gilderald era un maldito experto, debería haber sabido mejor! ¡Debería haber sabido que esto ocurriría! ¡¿Por qué no nos avisó, por qué?!

—¡Le engañó un gran señor del Tártaro, Aitana! Ya estaba perdido, ¡no podías salvarlo!

—¡Sí que podría, maldita sea! ¡Sí que podía! ¡¿Quieres saber qué fue lo último que me gritó?! ¿Antes de morir, ¡quieres saberlo!? ¡Me dijo "corre"!

Aitana volvió a girarse y un nuevo agujero fue abierto en la pared.

—¡Todo el puto mundo tiene que mentir, todo el puto mundo! Toda la vida diciendo que el Tártaro engaña, ¡y él se deja engañar! ¡Y por su puta culpa han muerto cientos de personas, Daring Do también!

—Aitana, tienes que controlarte, así no vas a…

—¡CONTRÓLATE TÚ, MALDITO CRÍO! ¡Gilderald era mi tío y Daring Do mi hermana! ¡¿Te enteras?! ¡Eran mi única familia aparte de mi padre! Ese puto traidor…

Hope Spell retrocedió un paso, y no fue por el significado de esas palabras. Fue porque un brillo purpúreo surgió del hueco de las alforjas donde se perdía el colgante de la brújula rota.

—Aitana, esto no ha sido culpa de tu padre —dijo el joven unicornio con todo conciliador—. Él no podía saber que…

—Él sabía cómo murió mi madre y eligió mentirme. Él sabía por qué nos perseguían y decidió no decírmelo.

La brújula rota se escurrió de su hueco y quedó colgando del cuello de la yegua, brillando levemente con un tono púrpura. Hope pudo sentir claramente el frío antinatural de la nigromancia surgiendo de la misma.

—Aitana, Kolnarg te está afectando. No le permitas…

—Ni Kolnarg ni hostias —respondió ella con frialdad—. Mi tío está ardiendo en el infierno. Daring Do está muerta. Mi padre jamás confió en mi y me mintió.

—Tu padre hizo lo que creía mejor, Aitana. Su situación no era fácil.

—¡Claro! ¡¿Cómo vas a decirle a una potra que su madre era una ASESINA?!

—Tu madre no era una asesina.

Esa última frase la pronunció una yegua de voz cálida que entró en la sala. Rise Love se había quitado la armadura, y presentaba algunas quemaduras en el pelaje. La batpony se acercó a Aitana Pones y la observó alternativamente con la brújula que brillaba. En su pata derecha portaba la ornamentada espada de Aitana.

—Midnight Shield era una Cazadora Batpony. Igual que lo soy yo, y todos los que han acudido conmigo para proteger la ciudad.

—¿Qué?

Rise Love volvió a observar la brújula.

—Ya sé lo que es eso. Te recomiendo que lo controles antes de que tenga que hacerlo yo.

—¡¿Me estás amenazando?!

—Sí —afirmó Rise Love—. Deseo ayudarte, pero si te considero un peligro te mataré antes de que puedas reaccionar. A esa cosa le afectan tus sentimientos, por lo que veo; respira hondo y tranquilízate.

Aitana, finalmente, bajó la vista y observó ella misma la brújula rota. Maldiciendo en voz baja la guardó en su hueco de las alforjas y respiró profundamente, mientras se concentraba en expulsar la presencia de Kolnarg de su mente. El brillo de la misma no cesó, pero la yegua marrón pudo mantener una conversación, aunque su voz seguía sonando tensa.

—¿Qué sabes de mi madre? —preguntó—. ¿Por qué quieres ayudarme?

—Porque protegemos a los nuestros, y también a sus familias. Es hora de que cierres ese capítulo de tu vida. Venid conmigo, tú también, Hope Spell.

—¿Por qué yo?

—Porque ahora solo os tenéis el uno al otro. Tomad mi casco.

Hope Spell fue el primero en tomar la pata de Rise Love y, al poco, Aitana hizo lo propio. Rise Love desplegó las alas y, durante un instante, sus ojos se afilaron, su pelaje se erizó y mostró los colmillos. Entonces los tres se desvanecieron en una nube de oscuridad.


En una oscura sala, un arco de piedra empezó a crepitar.

Una bola de energía purpúrea apareció en su interior y se expandió hasta opacar toda visión a su través. Súbitamente la energía detonó y tres ponis aparecieron en la estancia. Rise Love observó con media sonrisa como Hope Spell y Aitana Pones daban un par de traspiés antes de vaciar todo el contenido de sus estómagos.

—El salto siempre es mareante la primera vez, y no habéis dormido nada esta noche. La próxima vez irá mejor.

—Qué… ¿Dónde estamos? —preguntó Aitana luchando contra las arcadas.

—En el castillo Umbra, hogar de los Cazadores Batpony. Está en una bolsa dimensional, para entendernos. Seguidme.

El lugar recordaba a las mazmorras de un castillo antiguo. Construido con piedra poco pulida, había antorchas cada pocos metros que a duras penas superaban la oscuridad. El ambiente era lóbrego y bastante inquietante, a juzgar por los ponis diurnos.

—Los batponies de Hollow Shades sufrimos una maldición que llamamos "la Sed".

—¿Sed?

—Sed de sangre. De matar, de dar rienda suelta a todos nuestros instintos.

Por el camino se cruzaron con un unicornio que, caminando en casi completa oscuridad, saludó con la cabeza a Rise Love. A Hope le llamó la atención que las pupilas del mismo brillaban en la oscuridad.

—La gran mayoría consigue controlarla siendo solo un potro. La encogen en sus conciencias y jamás vuelven a sentirla con tanta intensidad. Unos pocos, sin embargo, sucumben a la misma y cometen algún crimen. Estos batponies pierden la razón, se convierten en poco más que animales salvajes cuya única salida es la muerte. Los llamamos ferales.

—¿Por qué nos cuentas esto? ¡¿Qué tiene que ver esto con mi madre?!

—Paciencia —replicó Rise—. Unos pocos batponies llegamos a saciar nuestra Sed, pero no perdemos la razón. Recordamos nuestros crímenes y, con el debido entrenamiento, acabamos controlando nuestra maldición. La usamos en nuestro beneficio para proteger a los nuestros.

Hope miró a Rise como si acabara de encajar varias piezas de una duda que lo carcomía.

—Los Cazadores Batpony. Por eso en un momento pareces un monstruo sediento de sangre, pero después pareces una batpony común.

—Exacto. Puedo llamar a la Sed a mi antojo, usarla en mis misiones y después retraerla. Me vuelve más fuerte, más rápida, más perceptiva, más calculadora. Una cazadora.

—Pero entonces… Estás bailando entre seguir siendo tú o convertirte en un feral. ¿Puedes mantener siempre el control?

—No. No siempre.

—Bueno, ¡ya vale! —gritó Aitana—. ¡No entiendo qué tiene que ver todo esto con mi madre! ¡¿Qué sabes de ella?!

—Midnight Shield sufría su propia sed. Una no muy diferente a la nuestra.

Caminando desde la oscuridad, más allá de la luz que había conjurado Hope Spell, apareció un anciano batpony. De pelaje gris oscuro y crines canosas, los más llamativo del anciano era que sus pupilas eran enormes, fijas y blancas. Era ciego, pero nada en su andar o movimientos indicaba que tuviera dificultad alguna para orientarse.

—¿Quién es…?

—Anciano. Puedes llamarme Anciano, Dawn Hope.

—¿Qué? —respondió Aitana— ¿Nos hemos conocido?

—No, pero hueles igual que tu madre.

Aitana no consiguió responder a eso, por lo que Hope lo hizo por ella.

—¿La conoció usted, anciano?

—Sí. Yo estuve aquí cuando la encontramos, cuando inició su entrenamiento y cuando lo completó. Y también me encargué de escribir su historia para las generaciones venideras.

—¿Historia? ¿Generaciones? —Aitana parecía realmente confusa—. No entiendo nada, ¡no entiendo! ¿Qué tiene que ver esto con mi madre? ¿Por qué acudió aquí?

—La trajimos porque no era tan diferente a nosotros. Seguidme, y usted, joven, baje la intensidad de su cuerno. Tanta luz es molesta para Rise Love.

Hope Spell se disculpó y cambió el tono de su magia a uno rojizo. Un instante después mostró una cara de auténtica confusión al percatarse del hecho. Rise rió en voz baja y murmuró "nadie sabe cómo lo hace".

—Todos los Cazadores Batpony hemos cometido crímenes horribles. Hemos matado a inocentes, torturado, herido o violado. Porque no hay otra forma, es la única manera de saber que somos Cazadores, cuando sucumbimos a la Sed y no nos convertimos en ferales. Y, normalmente, nuestras víctimas son amigos, padres, madres o hermanos.

Hope observó cómo Rise Love apartaba la mirada ante esas palabras.

—Midnight Shield no era diferente —continuó el anciano—. Durante años sufrió su Sed, durante años intentó controlarla, hasta que le dio rienda suelta. Fue su manera de sobrevivir, de no volverse loca y de escapar de Isaura.

—Mi padre… me contó que ella era hija de esclavos. Que escapó y mató a muchos.

—Lo hizo. Hemos llegado; joven, adelántese e ilumine, por favor.

Hope hizo lo que le decían y, a medida que su luz crecía, pudieron ver que en la pared había colgado un gran cuadro.

—Como parte del entrenamiento animamos a los nuevos Cazadores a desarrollar alguna faceta artística: escritura, música, escultura…

Aitana se adelantó con la boca abierta, mirando el cuadro.

—Midnight Shield se decantó por la pintura.

El lienzo mostraba una imagen de tonos muy oscuros; sobre un fondo gris oscuro se recortaban sombras escalofriantes. Algunas parecían ponis, otras simplemente monstruos. El fondo tenía un degradado que iba aclarándose hasta una esquina del cuadro donde había una pequeña potra pegaso, de pelaje azul marino y crines lilas, que estaba encogida con los ojos cerrados.

—Mamá… —susurró la yegua.

—Parece que ella quiere alejarse de los monstruos y del terror.

—Yo también veo lo contrario —objetó Rise Love—, que son estos los que intentan alejarse de ella.

—Midnight Shield recordaba su Sed desde que era una potra —ilustró el anciano batpony—. Un deseo latente de matar, de causar sufrimiento, pero consiguió controlarlo durante muchísimos años. Por aquí.

El anciano guió a la comitiva a lo largo del muro hasta que un nuevo cuadro apareció; Aitana emitió un ligero gemido por la impresión.

El lienzo mostraba una violenta imagen: En primer plano, en la parte baja, un semental de facciones difusas pero aterrorizadas observaba sus últimos segundos de vida con una gran daga posada contra su cuello. A su espalda, una pegaso azul, Midnight Shield, sonreía maníacamente mientras le arrebataba la vida a su presa.

El realismo de la obra era escalofriante.

—Cuando dio rienda suelta a su Sed, ya no pudo parar. Y así pasó varios años, sin otra forma de vivir, sin saber que tenía alternativas. No existen demasiadas para una esclava de Isaura.

Pero, cuando viajó a Equestria, se enfrentó a un Cazador Batpony. Este reconoció la misma Sed que nosotros sufrimos, pero la vio en una pegaso. Midnight Shield fue derrotada y capturada. La trajimos aquí, donde le dimos una oportunidad.

—¿Qué oportunidad?

—La de controlar su sed. La oportunidad de usarla para proteger a otros de sufrir un destino tan aciago como el que ella padeció. Seguidme.

El siguiente cuadro al que llegaron mostraba un cielo en contraste: En el lado superior izquierdo era de noche y el cielo estaba estrellado. En el inferior derecho se podía ver el amanecer, y ambos contrastes se difuminaban en un degradado. Sobre ese choque, Midnight Shield aparecía flotando en el aire, con las alas extendidas y los cascos a ambos lados de su cuerpo, como si estuviera meditando.

—Le costó casi dos años aprender a controlar su sed. Pero lo consiguió.

—Entonces… ¿dejó de sentirla? —preguntó Aitana—. ¿Por eso decís que no era una asesina?

—Jamás dejó de sentirla. Ningún Cazador puede. Pero la utilizó para proteger Equestria, para defender a inocentes y perseguir a los peores monstruos, aquellos que se ocultan bajo la fachada de la bondad y la sociedad. Mató a más gente, pero con cada muerte evitó muchísimas otras y muchísimo sufrimiento.

—Es un equilibrio —empezó Hope Spell—. Un equilibrio entre el bien y el mal, la vida y la muerte… Creo que comprendo.

—Los Cazadores Batpony vivimos entre la luz y la oscuridad —añadió Rise Love—. Hacemos actos… horrendos, en ocasiones, pero amamos con pasión. Midnight Shield era la ponificación perfecta de una Cazadora Batpony en el cuerpo de una pegaso. Es una leyenda entre nosotros, única en nuestra historia.

—Yo…

Todos se quedaron en silencio. Aitana miraba el cuadro mientras intentaba hablar pero, finalmente bajó la cabeza sin mirar a nadie.

—Yo ya no sé qué creer.

El anciano batpony se acercó a Aitana y la hizo caminar a lo largo de la pared hasta que llegaron a un nuevo cuadro. Cuando Hope lo iluminó, se quedó sin palabras. Aitana tampoco dijo nada mientras miraba la obra.

—Midnight Shield acabó encontrando la paz. Encontró un propósito en la vida, una forma de intentar enmendar sus innumerables crímenes del pasado. Salvó a muchísimos inocentes, detuvo tramas esclavistas y acabó luchando junto a los Arqueólogos contra el Tártaro. Los héroes luchan en la luz, los Cazadores lo hacemos en las sombras.

Midnight Shield aparecía en aquel cuadro sobre un fondo luminoso. Estaba tumbada sobre unos cojines blancos, sonriente, en paz. La luz la iluminaba desde algún punto indeterminado a la derecha. La yegua miraba hacia abajo con una sonrisa cálida que infundía amor y cariño.

—Tu vida ha sido compleja y no has conocido tus raíces. Entiendo que no sepas que creer, pero hay algo de lo que puedes estar segura. Algo de lo que jamás debes dudar.

En el cuadro, entre las patas de Midnight Shield, había una diminuta potra de tierra. Su pelaje era marrón claro, más oscuro en su morro, y sus crines alternaban mechones grises y púrpura.

Aitana pasó un casco por su propia imagen.

—Tu madre te amaba, Dawn Hope, como solo una madre puede amar.

—Joder… Joder…

Las lágrimas brotaron de sus ojos y la yegua marrón bajó la cabeza, haciendo lo imposible por limpiarse mientras murmuraba en voz baja. Pero, hiciera lo que hiciera, no pudo controlarse, no pudo detenerse.

Unas patas la rodearon. Aitana reconoció a Hope Spell, abrazándola, como hiciera hacía menos de dos días en el tren. Y las fuerzas la abandonaron: toda intención de mostrarse fuerte, su viejo sistema de echar a cualquiera que se aproximara demasiado, la facahada de estúpida ira tras la que siempre se había ocultado. Todo ello se desmoronó como un castillo de naipes.

Y Aitana supo que no encontraría el valor para detener su propio llanto.


En la lejana isla Tortuga, un ciervo se agitaba en su cama.

En su sueño volvía a sentir la opresión de la magia negra; la voz que le decía qué hacer, a quién matar, dónde ir a continuación. Frente a él, Sinveria leía el pergamino ya descifrado.

—Por toda la bondad de Gaia... Asunrix, tenemos que informar a Aitana Pones inmediatamente. Si esto es cierto, la verdadera historia de Weischtmann no debe descubrirse...

El gran guerrero se quedó inmóvil. Una diminuta voz en su conciencia intentaba luchar contra la magia de Sharp Mind, intentaba mantener el control. Frente a él, Sinveria lo observó, confundida y asustada. Pero no pronunció las palabras que él recordaba.

—Asunrix, no te vayas.

Gaia acudió a su llamada; la puerta se abrió a su espalda y los afilados dientes de un zorro se clavaron en sus cuartos traseros. Sinveria lo miró y alzó la voz.

—¡No te vayas, quédate! ¡Te necesito, Asunrix, necesito que te quedes!

"Otra vez no, no quiero verlo otra vez, no quiero revivirlo"

"Habla con ella", susurró la voz de Appet. "Habla con ella, no temas".

"¿Por qué? Solo es una pesadilla"

"Es necesario".

Asunrix, en su sueño, se deshizo de los pequeños cánidos y llamó a la magia; varias lanzas de madera aparecieron del suelo, Sinveria intentó correr hacia la ventana. El gran ciervo marrón cerró los ojos, no quería ver, y murmuró una plegaria a Gaia. Las lanzas fueron disparadas hacia la indefensa hembra… y jamás escuchó su impacto, ni el gemido ahogado de ella. Hubo una gran luz que lo deslumbró y, súbitamente sintió una brisa cálida.

Se encontró en un claro del bosque tapizado con hierbas y flores. El cielo estaba despejado y el sol del medio día iluminaba con toda su intensidad. La temperatura era agradable y una sensación de paz le embriagó. Frente a él, un enorme árbol se alzaba; un roble que, pese a su juventud, había alcanzado un tamaño considerable. Su follaje ofrecía una acogedora sombra entre sus raíces, y multitud de pájaros iban y venían desde los nidos construidos entre sus ramas.

Una ciervo de color tierra estaba tumbada en la sombra, estudiando algo en la raíz del gran roble. Sus cuernos eran pequeños y sus tatuajes eran hermosos, en armonía con la personalidad de una hembra única. Los ojos turquesa de esta miraron a Asunrix con paz, amor y sin rencor alguno.

—Sinveria…

La ciervo se levantó y alejó del árbol, observándolo desde algo más de distancia.

—¿Recuerdas cuando planté la semilla, Asunrix? —preguntó ella. Su voz era dulce y modulada, como él recordaba—. Creíste que no lo veríamos crecer hasta que fuésemos ancianos, pero yo sabía que Gaia le ayudaría.

Sinveria se acercó a Asunrix. Este no dijo nada, incapaz de hallar las palabras, incluso aunque fuera solo un sueño.

—Pasábamos muchas horas aquí, ¿recuerdas? Jugábamos cuando éramos cervatillos, durante horas; y luego yo leía mientras tú entrenabas tu unión con Gaia, o venías con amigos para entrenar y volverte un mejor guerrero. Pero este siempre fue nuestro lugar, Asunrix.

—Sinveria, yo…

El gran ciervo volvió a quedarse en silencio. Sinveria rió ligera y sinceramente ante su falta de palabras.

—Aquí fue donde me declaré. Y donde tú respondiste que pretendías unirte al ejército de Lutnia y ser un Maestro de la Guerra cuando estuvieras preparado.

—¡Sinveria, lo siento!

Asunrix habló de corrido, con la voz quebrándose cada pocas palabras.

—¡Lo siento! ¡Me pediste que te protegiera, te juré que lo haría, pero te fallé! Tendría que haberlo sabido, ¡tendría que haberme resistido a ese unicornio, pero no lo hice! Te fallé, Sinveria, ¡yo te maté! ¡Yo lo hice! Yo te amo, te amo y te he fallado. Que Gaia te dé la paz yo… lo siento tanto…

Asunrix bajó la cabeza y clavó su mirada borrosa en la hierba. Tras unos instantes, tan largos como una eternidad, notó el suave toque del casco de Sinveria en su mejilla, animándole a alzar la vista.

—No fue culpa tuya, Asunrix. Yo lo sé, los dos lo sabemos; deseas encontrar al culpable, pero no eres tú. No lo eres.

—Eso no cambia nada. Tú estás muerta, ¡y esto solo es un sueño! Solo te veo como te recuerdo, solo es un sueño.

Asunrix se sorprendió al escuchar la suave risa de Sinveria. La cierva lo miraba con la mirada más dulce que pudiera recordar.

—Estás cegado por tu propia ira, Asunrix. Tan cegado que no puedes oír los susurros de los espíritus, el canto del viento o el rugir del mar. No has podido siquiera ver que Gaia ha estado intentando hablar contigo a través de mi.

—¿Qué?

—Mira a tu alrededor, druida, y dime qué ves.

Asunrix recorrió el lugar con la mirada sin conseguir ver lo que fuera que Sinveria le decía. ¿Por qué le decía eso? ¡Solo era un sueño, solo era una pesadilla para atormentarlo por su error! ¡Por su debilidad y su…! El Honorable Guerrero interrumpió sus propios pensamientos, su propia culpa y remordimiento, inspiró por el hocico y cerró los ojos. Hacía demasiado que no meditaba.

Los elementales del viento rozaron su pelaje.

El espíritu del gran roble lo saludó, recordando al una vez joven ciervo que ayudó a plantar la semilla desde la que creció.

Pudo sentir vida: las llamadas a las hembras de los estorninos, el ajetreo y orden de un joven hormiguero, una familia de roedores entre las raíces de los árboles, y el amor de dos nutrias en un río cercano.

Pudo sentir muerte: una reina abeja llegando al final de su vida, salmones siendo devorados por un oso, árboles jóvenes falleciendo bajo la sombra de árboles más grandes y viejos.

Y sintió el equilibrio que envolvía todo. Una paz no basada en la bondad o la maldad, si no simplemente en la existencia. El delicado equilibrio entre el caos, el orden, el bien y el mal que daba lugar a la vida misma. La voluntad imperceptible que movía tormentas y sequías por igual; la furia con la que las olas rompían rocas y acantilados, la paz de un oasis en el desierto, el cataclismo de un volcán en erupción.

Asunrix se dejó sumir más en la meditación, y una imagen se formó en su mente: Un mar de fuego, garras, colmillos y rugidos. Un ejército de criaturas antinaturales, de seres dedicados a la destrucción y la muerte. Demonios, cientos, miles de ellos que, guiados por una única y ancestral voluntad, cargaban contra una muralla. En su visión siguió a un demonio cuadrúpedo que, clavando sus garras en la piedra tallada, escaló la muralla hasta superarla, pero fue recibido por varios proyectiles de fuego. Una espada atravesó a la monstruosidad, devolviéndola al Tártaro, y un unicornio verde menta rugió un desafío al ejército infernal.

Asunrix abrió los ojos con un sobresalto. Frente a él, Sinveria seguía observándolo.

—Eso ha sido una visión. ¿Dónde ha ocurrido?

—En Germarenia, hace unas horas. La doctora Pones y el maestro de la magia Hope Spell han sobrevivido. El Tártaro ya ha pisado el mundo, ha atacado a Gaia en persona. Debes defenderla, Asunrix.

—Eso quiere decir que tú… no eres un sueño. ¿Tú eres…?

—Sí. Soy el espíritu de Sinveria, y este —dijo, señalando el bucólico escenario frente a ellos— es mi limbo, donde aguardaba tu llegada.

El gran ciervo marrón se levantó y abrazó a Sinveria con fuerza. Esta se lo devolvió pero, tras unos instantes, se separó de él.

—Asunrix, necesito que hagas algo por mi.

—Lo que sea.

—Que encuentres la paz, y que cuando otra hembra encauce su camino con el tuyo, no temas acompañarla.

—Sinveria, no me pidas eso, por favor —dijo él con un susurro—. Te amo, Sinveria, jamás debí rechazarte por los Maestros de la Guerra…

—Y siempre me amarás —aseguró ella con una sonrisa—. Pero el corazón es grande, y un día albergará a alguien más.

El ciervo no encontró voz alguna, por lo que solo asintió. Súbitamente hubo un cambio en el mundo a su alrededor: La brisa se detuvo, y los pájaros dejaron de cantar. Era como si el flujo de Gaia se hubiera detenido en un punto de inflexión. Sinveria avanzó dos pasos.

—Escúchame, Asunrix, porque necesito que recuerdes todas las palabras que te voy a decir. No tendremos otra oportunidad, es por este mensaje por lo que Gaia me ha hecho permanecer para encontrarte. He alargado mi estadía en el limbo demasiado.

—Sinveria…

—No podemos detener lo inevitable, Asunrix. Estoy muerta, nada puede remediar eso; pero puedo dejarte un legado que permita a las generaciones futuras proteger a Gaia como hemos hecho hasta ahora. Una pequeña esperanza de detener el Tártaro antes de que este se haga fuerte en el mundo.

Asunrix se tomó un segundo para recuperar la serenidad. Deseaba con todas sus fuerzas suplicar a Sinveria para que no se marchara, pero sabía que era imposible. Que esos minutos que acababa de vivir con ella eran un regalo único y no debía desaprovecharlos.

—¿Qué quieres decirme, Sinveria?

—Voy a narrar, palabra por palabra, lo que decía el pergamino. Y es vital que lo recuerdes y lo escribas en cuanto despiertes, Asunrix. Debes enviarlo inmediatamente a los Arqueólogos. Es la única posibilidad que tenéis de evitar que el Tártaro se desate imparable en el mundo.


Hope Spell se agitó en sueños hasta que se despertó dando un grito. Miró las penumbras a su alrededor, rotas por una antorcha que ardía a bastante altura del techo, y no se tranquilizó hasta que reconoció dónde se hallaba.

Estaba en una habitación de piedra sin ventanas, cubierta con grandes y mullidos cojines; una de las salas de invitados del castillo Umbra. Hope no supo qué hora debía ser, no había luz que le sirviera de guía y tampoco había ningún reloj a la vista. Sudoroso y jadeando volvió a bajar la cabeza, y fue entonces cuando notó que alguien lo abrazaba. A su espalda, Aitana pasaba una pata sobre su pecho.

—¿Aitana?

—Llevas una hora teniendo pesadillas —dijo sin abrir los ojos—. Intenta dormir.

Hope se tumbó de nuevo. A su espalda, Aitana se quedó dormida otra vez.


En Trottingham, la puerta de un apartamento se abrió cuando una yegua adolescente la atravesó a todo correr. La joven, de pelaje azul claro y melena rubia, portaba un periódico en la boca que echó y desplegó sobre una mesa.

—¡Papá! ¡Mamá! ¡Bright! ¡Tenéis que ver esto, ahora!

Star Wander y Silver Lay llegaron a la entrada del piso casi a la vez, y a los pocos segundos Bright hizo su aparición. A duras penas habían pasado dos días desde que tuvieron que abandonar Manehattan y, tal como decía la nota que les dio Hop, en Phyllidelphia fueron recibidos por alguien que los acompañó a un piso franco.

No había logrado obtener respuesta sobre qué le había ocurrido a Hope o qué estaba haciendo, más allá de un escueto "proteger Equestria". Todavía estaban en el piso franco mientras sus nuevas identidades eran creadas, aunque claro que eso no evitó a la joven Sunny salir de la casa en cuanto tuvo oportunidad.

—¿Qué ocurre?

—¡Es por lo que ha ocurrido en Germarenia! Ya han publicado un artículo y fotos, ¡no os lo vais a creer!

—¿Que hay demonios? —aventuró Silver Lay—. Después de lo que hemos pasado, sí, me lo puedo creer.

—¡No es eso, papá, no es eso! Es por las fotos, ¡mirad!

Los dos progenitores se lanzaron sobre el periódico, pero al poco la magia de Bright lo tomó y desplegó en alto para que todos pudieran ver el artículo a la vez. Las fotografías que aparecían parecían irreales: Monstruos de pesadilla saltando contra formaciones de soldados, grifos y pegasos combatiendo en el aire, un demonio gigantesco atravesando edificios con facilidad… El conjunto se centraba en una foto más grande que mostraba a dos ponis con alas de murciélago combatiendo a los demonios. Los batponies mostraban sus colmillos, enormes y aterradores, y parecían estar bailando entre el ejército del Tártaro con sus espadas. Habría sido perfectamente creíble si estos hubieran sido los verdaderos monstruos de aquella historia.

—"La llegada de la Guardia Lunar fue providencial para la defensa de la ciudad. Los testigos afirman que los batponies se enfrentaron tanto a los demonios voladores como a aquellos que tomaron las calles, dando tiempo a..."

—¡Pasa la página, pasa la página!

La segunda página del artículo estaba encabezada por el titular: "Los héroes de Germarenia". En la primera imagen aparecía una formación de soldados equipados con pesadas armaduras formando al otro lado de la puerta de una muralla, aguantando una carga de demonios. Tras ellos había una yegua también portando una armadura y, sobre la misma, dos características alforjas. La única arma que portaba era una espada curva atada a su pata delantera derecha.

—"La doctora Aitana Pones, conocida por haber descubierto el yacimiento que confirmó una antigua guerra con Unicornia, por haber liberado al hechicero infernal Maresht en Manehattan, y por haber estado presente en el ataque no-muerto a Lutnia" —leyó Star Wander en voz alta—. "Los supervivientes aseguran que fueron ella y otros dos ponis quienes advirtieron a tiempo del ataque y permitieron a la ciudad prepararse".

Había varias imágenes más que mostraban a los soldados resistiendo en la muralla, formaciones de pegasos y grifos combatiendo a demonios voladores, una yegua regordeta dirigiendo los disparos de dos catapultas y una balista… Pero la siguiente imagen que llamó la atención a la familia era una que mostraba un primer plano de una pegaso. Esta no llevaba armadura, si no un inconfundible chaleco verde y un sombrero tipo salacot. En sus patas portaba sendas dagas y estaba girada, arengando a una pareja de soldados que formaban junto a una improvisada barricada.

—"Los testigos hablan de 'Daring Do', aunque nadie sabe asegurar si se trata del mismo personaje de novela. Sin embargo dicen que esta dirigió la defensa de la calle principal cuando los demonios empezaron a aparecer dentro de la ciudad. No sobrevivió al ataque del Tártaro."

—¿Daring Do? ¿Daring Do es real?

—Quizá solo era alguien disfrazado, Bright.

Había varias fotografías más que acababan con una impresionante imagen de la princesa Celestia en persona dirigiendo a la Guardia Solar para acabar con los pocos demonios que quedaban tras su llegada al amanecer. Sin embargo, esta fotografía fue ignorada por la familia, así como su explicación, ya que antes había otra que los dejó sin aliento.

En ella, Hope Spell alzaba una espada sostenida con magia sobre su cabeza. A su lado, un demonio se consumía en un mar de llamas. Frente a él, un ejército de demonios avanzaba a través de una avenida ennegrecida por las llamas, dirigidos por un gigantesco demonio de cabeza aguileña. Hope Spell les plantaba cara y gritaba, mientras otros soldados de Germarenia corrían a su lado, armas en ristre. La familia quedó en silencio hasta que fue Bright quien leyó la entrada de la foto.

—"El mismo semental con el que se decía la doctora Pones tenía un romance, también estaba presente. Según un superviviente, su nombre es Hope Spell, y su papel en la batalla crucial: Ayudó a resistir en las murallas, combatió el terror del Tártaro y, cuando todo parecía perdido, tomó el mando de los defensores, dirigiendo a los últimos supervivientes hasta el amanecer. Sobrevivió a la batalla, pero, en el momento de escribir este artículo, se desconoce su paradero".

—Hope…

—¡Esto es lo que iba a hacer! ¡Por eso nos atacaron, está luchando contra los demonios!

—¿Pero por qué él?

Bright, sin embargo, plegó el periódico y se quedó callada. Sunny, a pesar de ser muy diferente a ella, conocía a su hermana a la perfección, e intuyó lo que estaba pasando por su cabeza.

—¿Estás pensando en ayudarle?

—No —negó la yegua del pelo casi blanco—. No estoy preparada para ayudarle, eso está claro. Pero puedo prepararme, puedo estar lista por si los demonios llegan aquí.

—Ah no, ¡eso sí que no! No voy a perder a mis hijas también en esta lucha, ¡sois demasiado jóvenes!

—No puedes evitar que yo estudie, papá —replicó Bright con su calma usual—. Somos demasiado jóvenes para unirnos al ejército, aunque no pensaba hacerlo, pero somos demasiado mayores para ignorar esto.

—¡Ya viste lo que te pasó cuando esos locos de hechizaron! —gritó Silver Lay.

—Y no permitiré que me vuelva a ocurrir. O que lo que vi se vuelva real.

La yegua de pelaje azul marino hizo un ademán por salir de casa, pero Sunny la detuvo. La poni de tierra tenía una extraña sonrisa en su rostro.

—¿De verdad esperas que sea la única hermana que no haga nada? Yo no puedo hacer magia, pero puedo aprender contigo.

Bright le devolvió la sonrisa a su hermana mayor y salió del apartamento acompañada por ella. Star Wander y Silver Lay se quedaron callados, volviendo a desplegar el periódico para ver la foto de su hijo una vez más.


Seis yeguas únicas y un bebé dragón se reunían en silencio. Cinco de ellas observaban a la última, una unicornio lavanda, cuando esta terminó de narrar su historia. Twilight Sparkle todavía llevaba un vendaje en el cuerno y parecía bastante cansada. El Sugarcube Corner estaba bastante tranquilo, como era habitual, lo cual daba un margen de intimidad a las portadoras de los elementos de la Armonía.

—Twilight, querida, ¿estás segura?

—¡Eso no me importa ahora! —replicó Rainbow Dash con su habitual energía—. ¿Estás bien? Porque te juro que como esa loca de las dagas te haya hecho daño…

—Estoy bien, Rainbow —respondió Twilight Sparkle con calma mientras levitaba su taza de té—. ¿Ves? Puedo hacer magia, estoy bien. No hagas tonterías, por favor.

—¡Pero honestamente, azucarillo! A mi esto me suena muy raro, ¡muy raro! ¿Que la princesa Celestia nos ha engañado a todos? ¿Que ella hizo un… un… que apartó a todos los que sabía algo de las artes oscuras? ¡No puedo creérmelo!

—Esto, perdón, pero yo… —todas esperaron pacientemente a que Fluttershy recuperara su voz—. Quizá haya otra explicación.

—Incluso aunque Celestia no ordenara esa… purga, hay demasiados indicios, chicas. Las armaduras, los símbolos, los ataques a Cérvidas y los Reinos Lobo, y ahora… ¡Ahora en Germarenia! Y el pensadero…

—¿Es posible que se falso, Twilight? —aventuró Spike—. Podría ser un engaño muy bien hecho.

—No lo creo, Spike. No creo que sea falso.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Debemos prepararnos —respondió la portadora de la Magia elemental—. Si la doctora Pones y Gilderald tienen razón en sus sospechas...

La conversación se interrumpió cuando hubo un cambio en la música de la radio. Un aviso del locutor informó de que estaban conectando en directo con Germarenia, donde la princesa Celestia iba a dirigirse a la nación.


Un aullido transportó un mensaje a través de los páramos helados de las tierras salvajes del norte. Una loba sin garras ni colmillos agitó las orejas al oírlo y salió del hueco entre algunos árboles donde se refugiaba. La sorpresa a duras penas se reflejó en el rostro de la yegua de pelaje gris claro, y sus crines, despeinadas, salvajes, blancas y celestes fueron sacudidas por el helado viento del norte. Sin embargo, su pelo era más espeso de lo habitual para su raza, y este helor no parecía afectarla en absoluto.

El mensaje era repetido por un hermano a dos días de marcha hasta el nordeste. Los ojos dorados de la loba sin garras miraron en esa dirección, esperando a que se repitiera el mensaje antes de confirmar que lo había recibido. Cerrando los ojos y alzando el rostro al cielo como si quisiera besar las nubes, la poni emitió un largo y agudo aullido que se prolongó durante casi medio minuto. Había sutiles cambios en su tono, variaciones en su ritmo que eran casi imperceptibles al oído común, pero para los Lobos Invernales era un una canción y un idioma que solo ellos podían apreciar en toda su magnitud.

Cuando su hermano respondió, confirmando que iba a aullar el mensaje de vuelta a la manada, la yegua gris se agachó en su escondite y sacó dos dagas; estaban algo oxidadas por el tiempo, pero no por ello dejaban de ser buenas armas. Sus colmillos. De otro hueco sacó unas alforjas ligeras que se echó encima, llenándolas con algunas bayas y los restos de un conejo que guardaba y, finalmente, empezó a galopar hacia el oeste.

La gran madriguera poni de cristal estaba a más de un día de viaje, no podía perder ni un solo instante. No necesitaba preguntar por qué era ella la que debía acudir, pues jamás ningún lobo pondría en duda las visiones de la Vidente. Además, era obvio que pronto el mundo de los Lobos Invernales se encontraría de bruces con el de los ponis. Ella era Sweetie Grauj: Sweetie, de los ponis de Mountain Peak, y Grauj, de los lobos invernales. La única poni que había decidido ser una loba*.

El viento cambió de dirección, soplando hacia el oeste, y las nubes se arremolinaron sobre Grauj. Un trueno tan grave que se sintió más como una vibración rugió, y la nieve empezó a caer con fuerza sin entorpecer el galope de la hermana de la tormenta.

No pasó mucho tiempo antes de escuchar otros aullidos que transportaban mensajes que no eran para ella. Su madre estaba invocando viejas alianzas, convocando a los mejores cazadores a acompañar a Grauj. Solo una vez en la vida había visto Grauj a los lobos invernales uniendo fuerzas en torno a una gran cacería. Aunque su parte poni no usaría esa palabra; una cacería implicaba matar por el bien del grupo, por alimentar a las crías y expulsar a enemigos de su territorio. Aquella era una llamada a algo mucho más grande: la supervivencia de todos sus hermanos, de sus territorios y de las presas de las que se alimentaban. Una llamada a la que el mismo espíritu de la tormenta estaba respondiendo con más fuerza que nunca. No, aquello no era una simple cacería.

Los Lobos Invernales iban a la guerra.


Al atardecer de aquel día, todos los incendios de Germarenia habían sido controlados y los heridos atendidos. Se levantaron improvisadas tiendas donde refugiar a aquellos que habían perdido sus hogares, y se organizaron patrullas a lo largo de las granjas que rodeaban la ciudad en busca de cualquier demonio superviviente o de otros cultos diabolistas como el que abrió la puerta al Tártaro.

Una gran multitud se reunía en la plaza principal de la ciudad: ciudadanos, guardias y curiosos acompañaban a los periodistas llegados desde todos los rincones de Equestria. Todos ellos aguardaban pacientemente frente a una tarima que había sido construida rápidamente. El silencio reinó completamente cuando una imponente figura alada subió a la misma, dirigiéndose al micrófono que ahí había. La princesa Celestia mantuvo una mirada impasible y tomó aire por el hocico para calmar sus propios nervios. Hacía muchos siglos que no debía dirigir un discurso como aquel; la sonrisa cálida no iba a acompañarla en aquella ocasión, como tampoco lo haría la voz conciliadora por la que era conocida.

—Mis pequeños ponis: hoy hemos sido testigos de un hecho que no había ocurrido en siglos. El Tártaro ha regresado al mundo, y lo ha hecho con toda su fiereza. Mis oraciones están con aquellos que han caído defendiendo Germarenia, frenando una invasión que sin duda habría afectado a toda Equestria.

—¡Princesa! —gritó un periodista, sin dudar en interrumpirla—. Ha dicho que esto no había ocurrido en siglos, ¿cuándo ocurrió por última vez? ¡No existen registros históricos de ninguna batalla semejante!

—¡Princesa Celestia! ¿Están estos hechos relacionados con la batalla de Unicornia que usted todavía niega? ¡Necesitamos respuestas!

—¿Puede volver a ocurrir esto? ¿Qué medidas está tomando para proteger a sus súbditos?

—¿Dónde está la princesa Luna?

Pronto las preguntas de los periodistas se convirtieron en una cacofonía ininteligible. Celestia alzó lentamente una pata hasta que el silencio volvió a reinar.

—Hace ochocientos años, yo misma ordené eliminar toda referencia a las artes prohibidas: La magia negra, la nigromancia y el diabolismo. Mi esperanza con ello era poner fin a una época, que databa de antes del alzamiento y caída de Nightmare Moon, en la que los magos oscuros actuaban con impunidad y creaban un inimaginable sufrimiento a sus víctimas**. Con ello también ordené eliminar de los registros históricos toda referencia a las grandes batallas libradas contra el Tártaro o los ejeŕcitos no-muertos.

—¡Nos dejó indefensos, sin conocimiento de que esto podía ocurrir!

—Y también creé más de medio milenio de paz —replicó Celestia sin variar el tono de su voz—. Quinientos años en los que no ha habido ningún alzamiento diabolista mayor, y los menores han sido rápidamente sofocados.

—Entonces, ¿qué ocurrió en Unicornia? ¿Están estos hechos relacionados?

Celestia se tomó una pausa para responder, ante los bolígrafos expectantes de los periodistas.

—Los duques de Unicornia hicieron pactos de poder con el Tártaro. Nadie pudo verlo hasta que fue demasiado tarde, hasta que el poder del Tártaro hubo tomado a todos los ciudadanos del ducado. Fue una delegación cebra la que alzó la alarma; un mes después el ejército de Cebrania desembarcó en Equestria y unimos fuerzas contra el ejército demoníaco de Unicornia. Los restos de esa batalla son los que la doctora Aitana Pones encontró. Aquella fue la última guerra librada contra el Tártaro.

Las patas y las voces volvieron a alzarse con furia, exigiendo respuestas. Celestia esperó tranquilamente a que reinara el silencio antes de volver a hablar.

—Hace milenios, los pequeños ponis sobrevivieron a situaciones terribles, incluso antes de que mi hermana y yo llegáramos a Equestria. Lograron superar al invierno de los Windigos, a hambrunas, enfermedades y guerras contra naciones mucho más poderosas. Lograron unir a las tres razas poni bajo una sola bandera, no por el uso de la fuerza, si no por la paz y la armonía. Pero no fue sin un gran sufrimiento que se lograron estas igualmente grandes metas.

En este momento, es fácil caer en el miedo y la desesperación, en la sospecha y la desesperanza. No permitamos que eso suceda: la armonía, la paz, el amor y la amistad deben seguir siendo los pilares que fundamenten nuestra nación. Equestria creció como una unión, una hermandad entre pueblos antaño enemigos. Y juntos es como hemos sobrevivido, juntos es como afrontaremos cualquier reto que esté por venir. Pase lo que pase, las guardias Solar y Lunar, mi hermana Luna y yo misma estaremos siempre presentes para proteger a los habitantes de Equestria de cualquier mal, venga de donde venga.

Celestia se tomó unos segundos y, cuando empezaba la avalancha de voces y patas levantadas, desplegó las alas y voló hasta perderse tras un edificio. En un momento como ese no podía permitir que una pregunta comprometida quitara el foco de atención del mensaje que quería transmitir.


En el castillo Umbra, Hope Spell empezó a menearse en su sueño, inquieto. Al cabo de unos minutos se despertó con un sobresalto, miró a su alrededor y se secó el sudor de la frente. No estaba demasiado seguro de cuánto tiempo había pasado, pero todavía tenía mucho sueño. Haciendo lo posible por no ver la pesadilla en la que volvía a vivir la batalla por Germarenia, se tumbó y cerró los ojos. Pero hubo algo que le llamó la atención: una vibración, un zumbido.

Iluminando su cuerno buscó sus propias alforjas, pero no pudo levantarse porque Aitana seguía tumbada a su espalda con la pata rodeándole el pecho. Hope seguía sorprendido por el cambio de actitud de la yegua; quizá la revelación sobre su madre había cerrado un amargo capítulo de su vida, o quizá ya había renegado de mantener su fachada de fría estúpidez tras la que se ocultaba. El semental verde usó su magia para acercar las alforjas y abrir un bolsillo de las mismas; un humo verdoso salió del mismo y se arremolinó en el aire. Un pergamino se formó en el mismo, siguiendo el proceso inverso de consumirse hasta las cenizas. Hope lo leyó una primera vez, abrió muchos los ojos, y conjuró una luz en su cuerno para leer con mayor claridad.

—¡AITANA, DESPIERTA!

—¡ARG! ¡¿Qué pasa?!

—¡Es Asunrix, lo tiene, lo ha descubierto!

—¡¿El qué?!

—¡El pergamino! —gritó, poniéndoselo frente a la cara—. ¡Lo que decía el pergamino ciervo! ¡El Weischtmann es un gran demonio! ¡Y está encerrado en este mundo!


NOTA DEL AUTOR:

Me he retrasado algo más de lo habitual en actualizar. He estado de viaje, y aparte tengo que empezar a estudiar las oposiciones. En fin, la vida real llega sin avisar :P.

Me ha costado algo este capítulo, porque intenté forzar una discusión entre Hope y Aitana que creo que deberán tener en algún momento. Sin embargo, tras reescribirla y eliminarla cuatro veces, me di cuenta de que este no era el momento de tenerla. Acaban de salir de una batalla brutal, después de todo. Todo llegará.

Adios, querida Sinveria, tuviste una existencia breve, pero tu autor te quiere mucho :_(

Gracias a todos por leerme, ¡un saludo!

PD: Gracias, UnIngenieroMas por la letra de la canción. Encontraré dónde meterla, ¡palabra!