—¿Qué es esto? ¡¿Qué has hecho?! Voy a salir de aquí.
—No —Aitana giró sobre si misma como si estuviera hablando con un interlocutor invisible—. Este es mi cuerpo y tú solo eres un invitado.
—¡Debemos escapar! ¡Nos vas a condenar a los dos!
—No puedes evitar que yo luche contra Weischtmann. Solo eres un huésped, no te permitiré dominarme.
La yegua marrón sintió el tirón mental de la voluntad de Kolnarg intentando forzarla a moverse. No lo hizo, y su cara se truncó en un gesto de terror e incredulidad; al hablar lo hizo con la voz barítona del lich sobreponiéndose a la suya propia.
—Loca, ¡estás loca!
—Si quieres evitar arder en el Tártaro me ayudarás. Si no, nos veremos en el infierno.
La barrera de magia blanca que bloqueaba el acceso al interior del mausoleo empezó a debilitarse. Los demonios de la tortura y el terror aguardaban silenciosos al otro lado; ya casi no quedaban runas que protegieran el lugar y, poco a poco, la oscuridad fue tomando posesión de la tumba del norte.
Aitana desplegó la espada de su madre y avanzó poco a poco. Al fondo de la ancestral construcción, el gran señor del terror y la tortura emitió un agudo, rasgado y triunfal rugido; el silencio que siguió al mismo fue sepulcral, solo roto por la rotura de la última runa de contención.
La barrera que convocara Hope Spell cayó.
Las criaturas de oscuridad se lanzaron contra la Arqueóloga; algunas volaban como nubes de sombras, otras reptaban por el suelo y la mayoría no tenía una forma constante. Una daga atravesó al demonio más cercano, que cayó al suelo con un grito que se asemejaba a un chirrido metálico; otra fue derribada y aplastada bajo un caso armado, tras dos cayeron bajo un amplio arco trazado con la espada…
La marabunta, eventualmente, consiguió rodear y asaltar a la yegua marrón desde todos los ángulos al mismo tiempo. Pero, como si se hubiese congelado el tiempo, todas las criaturas infernales se detuvieron en el aire durante unos segundos. El frío inconfundible de la nigromancia llenó el lugar y, como si la muerte decidido obedecer a la mortal, todos los demonios fueron enviados de vuelta al Tartaro.
—Vas a condenarnos a los dos al infierno, estúpida.
La yegua, cubierta por un manto de penumbra y con el fantasmagórico cuerno de Kolnarg levitando sobre su frente, avanzó al encuentro de Weischtmann.
Hope Spell hizo lo imposible por mantener el control. Lo primero que intentaría el Weischtmann sería usar su propia mente en su contra, tenía que evitarlo; escuchó algunas voces, muchas de ellas familiares: sus padres, hermanas, viejas amistades… Las ignoró, concentrándose en todo lo que había aprendido sobre magia blanca.
Tenía que encontrar a Rise Love.
Conjuró mientras se concentraba en todo lo que sabía sobre la Cazadora Batpony: su aspecto físico, su olor, su personalidad y todo lo que sintió durante el instante en que accedió a su mente para liberarla de Sharp Mind. Al poco supo hacia donde dirigirse; aún sumido en la más completa oscuridad y sin ninguna referencia, la magia le indicó hacia donde debía caminar.
Hope no intentó siquiera calcular el tiempo que estuvo caminando, sabía que probablemente sus sentidos le engañarían al respecto. Finalmente, siguiendo la guía de la magia blanca, escuchó la voz de la yegua batpony. Gritaba aterrorizada, y solo llegó a entender las palabras "por favor, diosa, no".
—¡Rise! ¡Aguanta!
Un poco después la escuchó otra vez, en esta ocasión sin decir ninguna palabra. Era un cruce entre un bufido y un grito aterrorizado. Hope se detuvo y convocó la luz más poderosa que pudo conjurar.
Frente a él, Rise Love retrocedía aterrorizada; sus pupilas se asemejaban a las de un dragón y sus colmillos se mostraban en todo su terrorífico esplendor. Tenía surcos de lágrimas en el rostro y retrocedía de una potra batpony que mostraba los mismos rasgos monstruosos que ella. Había un cuerpo en el suelo, el de un potro de pelaje gris y negro.
Súbitamente, ambos potros se fundieron en las sombras y desaparecieron. Rise Love los buscó durante un instante y, al momento, clavó la vista en el único ser vivo que pudo ver. El semental verde conjuró al mismo tiempo que su compañera cojeaba hacia él; a pesar de estar malherida y a pesar de que Hope esperaba que algo así ocurriera, fue por la fracción de un segundo que consiguió bloquear la carga en una barrera mágica antes de que ser herido de muerte. La cazadora, bufando fuera de si, giró la espada e intentó superar las defensas de Hope Spell mientras este volvía a conjurar a la desesperada.
Un campo de fuerza empujó a la yegua atrás varios metros, dando tiempo a Hope para conjurar.
—¡Escucha mi voz, Rise! ¡Eres dueña de tus actos, lo que has visto es una ilusión!
La batpony se puso en pie y galopó hacia el semental. Este conjuró sin dejar de hablar.
—¡Deja que mi magia te guíe, déjate llevar de nuevo a la luz! ¡Eres libre!
Hope tuvo que gritar eso mientras desataba su hechizo y saltaba a un lado al mismo tiempo. La batpony erró su ataque pero no intentó continuar la lucha: se detuvo de golpe, llevándose las patas al rostro y gritando. El semental la tomó rápidamente por los hombros y la obligó a mirarlo a los ojos.
—¡Escúchame! ¡Eso que has visto no era cierto, tus hijos no están aquí! ¡Eres libre otra vez, ¿entiendes?!
—¡Dusk! —gritó ella, fuera de sí—. ¡Dusk está… está…! ¡Tienes que ayudarlo, tú puedes curarlo, tú puedes…!
—¡Tienes que calmarte!
—¡NO PUEDO DEJARLO MORIR! ¡NO OTRA VEZ!**
—¡RISE! ¡Tú hijo está vivo y muy lejos de aquí! ¡No le ha pasado nada! ¡Era una pesadilla!
La batpony no respondió, respirando rápida y profundamente y mirando alrededor, todavía buscando a sus hijos. Aunque parecía haberle escuchado, Hope Spell notó que Rise estaba al borde del pánico. No tardó en deducir que estaban dentro del Portal que estaba convocando el Señor del Dolor; literalmente, el plano infernal del terror y la tortura se estaba entrelazando con el mundo material en aquella zona.
—Rise, quiero que salgas de aquí. Puedes saltar en las sombras como has hecho antes, sal de aquí y vuelve al Imperio de Cristal.
—No… no puedo….
—¡Debes hacerlo! ¡Si pierdes el control otra vez podrías matar a inocentes! ¡Y no puedo salvar a Aitana contigo de lastre! ¡Márchate, usa tu salto!
—¡No es eso! Hay algo… terrible en las sombras. No puedo saltar, ¡no quiero!
Hope decidió que si los instintos de Rise le decían que no usara el "salto", era mejor obedecerlos. Con un conjuro sacó un pequeño objeto de sus alforjas: un péndulo de plomo sujeto con una cadenita que le tendió a Rise.
—Sujeta esto con la boca —después conjuró y, al instante, el peso tiró en una dirección aparentemente al azar—. Síguelo y te llevará al Imperio. Ignora todo lo que veas u oigas, nada será real. No confíes en tus instintos hasta que estés bajo la protección del Corazón de Cristal, ¿entendido?
Rise Love asintió varias veces y, antes de irse, sacó un pequeño artefacto de madera, metal y resina de algún rincón de su armadura.
—Golpéalo contra la entrada y aléjate.
Hope, tras tomar el objeto, gastó un instante en conjurar un hechizo sanador; sabía que no podría arreglarle la pata rota a Rise Love o hacer que volviera a volar en tan poco tiempo, pero quizá lograra calmarle el dolor.
—Vete. Tu lucha no está aquí.
Asintiendo, la batpony trotó tan rápido como pudo hasta perderse en la oscuridad antinatural, siguiendo el péndulo como única guía. Hope Spell conjuró para encontrar su propio camino y, mientras andaba, sacó un pequeño tratado de magia blanca de su alforja y pasó las hojas rápidamente.
Dos Caballeras de Cristal galoparon tan rápido como pudieron a través de un pasadizo excavado en la roca y el cristal sobre los que se asentaba la gran ciudad. Dos, tres, cuatro virotes de ballesta fueron disparados desde la oscuridad, rebotando dolorosamente en la pesada armadura de las soldados del Imperio. Pero la quinta hizo una de ellas gritara y cayera al suelo.
—¡Ruby!
—¡No pares, corre! —gritó esta mientras se levantaba con una pata trasera inutilizada—. ¡Protege el refugio!
—¡No, no puedo...!
—¡Sí que puedes, Aura! —la interrumpió; su armadura cambió, alargando sus cristales hasta formar dos afiladas lanzas frente a su portadora— ¡Ha sido un honor! ¡Corre!
Aura miró a su compañera una última vez antes de echar a correr. A su espalda la escuchó gritar un improperio seguido de sonidos de combate, pero lo que más la asustaba era que el enemigo no emitía sonido alguno. Era como luchar contra un muerto.
Una gran puerta fundida en el cristal de la caverna se abrió frente a ella; a ambos lados de la misma varias ballestas asomaron, pero ninguna disparó.
—¡Bloquead la entrada! ¡Bloqueadla! —gritó una vez dentro del refugio. La Caballera de Cristal se quitó el casco de la armadura dejando al aire su crin rubia y cristalina recogida en una trenza, en aquel momento bastante despeinada— ¡Todos los civiles, al segundo nivel! ¡Necesito a cuatro ballesteros en los puestos de tiro, el resto retroceded y preparaos para bloquear el segundo portón!
—¡Señora, ya vienen! Oh, dioses, ¡mirad sus ojos!
—¡No los miréis! ¡Disparad, disparad!
En el exterior del Imperio de Cristal, los truenos retumbaron entre las nubes, e incluso un rayo cayó bastante cerca de la cúpula. Pero nadie en el interior de la ciudad le prestó atención.
—¡Retroceded al palacio! ¡Retroceded!
Moonlight Sonata detuvo el ataque de un batpony poseído -se llamaba Comet-, esquivó el segundo y lo devolvió al mundo de los muertos con un corte certero. Pero otros tres enemigos volaron hacia él, y el sargento primero se vio obligado a retroceder por su vida.
Su plan había funcionado hasta cierto punto. Cuando dio la orden, todos los milicianos y soldados de la Guardia Lunar dispararon contra los poseídos; estos descendieron rápidamente, cubriéndose entre los edificios y minimizando sus bajas… hasta que los Caballeros de Cristal salieron de sus escondites. Poco menos de una docena de poseídos cayó en unos segundos, ya fuera víctimas de ballestas disparadas a poca distancia o atrapados en una presa de la que no pudieron escapar.
Pero, aunque reaccionaban más lentamente que en vida, el ejército poseído aplicó su conocimiento a la perfección. Maniobraron rápidamente y, antes de que Moonlight pudiera reaccionar y dar órdenes, rodearon a los Caballeros más vulnerables. Siguiendo las instrucciones, el resto de defensores retrocedieron a los diferentes refugios en los que se ocultaba la población. Si esas sombras se alimentaban de los vivos, los refugios serían un manjar demasiado tentador.
Moonlight entendía bien el riesgo, pero no tenía otra opción. Necesitaba dividir a sus compañeros…
"Al enemigo… ahora es el enemigo. Necesito dividir al enemigo".
Tal como esperaba, el enemigo cargó directamente contra los batponies de la Guardia Lunar y los supervivientes de la Primera Compañía, ignorando a los milicianos y Caballeros de Cristal que había en las calles y algún edificio. Pronto se encontraron en la gran plaza que llevaba al Palacio de Cristal. Los poseídos sacaron las ballestas; Moonlight se llevó una pata a la gema que llevaba en la oreja.
—¡Princesa, ahora!
Al mismo tiempo que disparaban, una cúpula rosa se formó de la nada y cubrió a la Guardia Lunar hasta la entrada del palacio. Los virotes rebotaron inofensivamente en la misma… no así como el que disparó Moonlight desde el interior de la semiesfera, que la atravesó limpiamente e hizo impacto contra un enemigo. El resto de la Guardia Lunar no esperó a la orden, disparando a la vez que los pocos milicianos que quedaban en el exterior.
El enemigo dudó durante un instante en el que cayó una parte de sus efectivos bajo el fuego de los defensores, sin embargo no tardó en reaccionar. Rompiendo la formación en la que volaban, se repartieron a lo largo de la cúpula y la atravesaron para cargar contra la Guardia Lunar desde todos los ángulos. Y, aún con las bajas, seguían teniendo una ventaja numérica aplastante.
—Como en los viejos tiempos, ¿eh, Moonlight? —jadeó Midnight Slash mientras desplegaba sendas espadas gemelas.
—Luchando contra un enemigo muy superior. Como en los viejos tiempos. ¡No dejéis que lleguen al Corazón! ¡Protegedlo a cualquier precio!
Tras los defensores, el Corazón de Cristal destelleó furioso bajo la cúpula de Cadence.
—¡Permaneced juntos, no os separéis! ¡Son solo ilusiones, ignoradlas!
Pero incluso Shining Armor encontró difícil seguir sus propias órdenes. La barrera que convocaran los magos de su unidad había mantenido aquella oscuridad alejada de los soldados; era imposible orientarse, como si toda referencia se hubiese esfumado. Pero lo más difícil es que, más allá de la barrera, había cosas moviéndose. Cada soldado veía algo distinto, pero siempre algo en común: un ser querido perdido hacía mucho, un hijo en peligro, un hermano gritando… El propio príncipe había tenido el horror de ver a Cadence junto a un terrorífico demonio, siendo…
Prefirió evitar recordarlo. Pero sabía que tendría pesadillas con ello durante mucho tiempo.
Los soldados murmuraban plegarias a Celestia o a los Titanes, y los sargentos pedían instrucciones. Shining sabía que no podía mantener la tropa tranquila durante mucho más tiempo, aún menos cuando sus únicas instrucciones eran "esperad" y "permaneced juntos". El comunicador de su oreja había dejado de funcionar, por lo que no tenía información de lo que estaba ocurriendo en el exterior. Pensó en lo que podía estar ocurriéndole a su esposa en aquellos instantes: él era un soldado y estaba preparado para aguantar las condiciones más terribles; Cadence, a pesar de ser una alicornio, era una yegua bondadosa en extremo. Si se veía atrapada en ese reino de pesadilla…
No. Sabía que Cadence resistiría, sabía que lo haría. Él mismo se enfrentaría al Tártaro en persona si era necesario para proteger a los suyos; sobrevivirían para contar lo que había ocurrido, para ayudar después a los que tanto habían perdido ya en aquel horror, para evitar que el horror del Tártaro hiciese sufrir a más inocentes, y para proteger el Imperio de Cristal, a Equestria y el mundo mismo.
Shining Armor parpadeó un par de veces, perplejo por la velocidad a la que todos esos pensamientos pasaron por su mente. Fue entonces cuando se percató de que a su alrededor los murmullos angustiados habían guardado silencio; todos los soldados miraban a la oscuridad antinatural no con miedo, si no con determinación.
—Capitán, Príncipe, necesitamos órdenes. ¿Qué hacemos?
El unicornio blanco, Capitán de la Guardia Real y Príncipe Regente del Imperio de Cristal sonrió. Esa era la señal.
—Avanzad.
En la oscuridad más absoluta, hubo una explosión.
Los restos de la ancestral puerta circular, laboriosamente tallada con runas que ya habían perdido toda capacidad mágica, volaron por la sala. Al instante, demonios del terror y la tortura surgieron de las sombras al presentir la cercanía de un alma mortal.
El galope de cuatro cascos en la roca guardó silencio; los seres del Tártaro se lanzaron contra el mortal, pero este no retrocedió. La magia se acumuló sobre él y, durante un instante, solo pudo verse su cuerno, brillando en la oscuridad con una intensidad creciente.
Una explosión lumínica blanca e increíblemente intensa cubrió toda la sala. Los demonios gritaron y chirriaron, haciéndose visibles sus formas físicas brevemente antes de ser devueltas de un golpe al Tártaro. Hope Spell soltó una risa nerviosa.
—Alabada sea la teoría clásica de la magia. ¡Aitana!
Al no tener respuesta, Hope galopó hacia adelante. Los gritos que antes emitía el Señor del Dolor al escapar de su cárcel milenaria ahora guardaban silencio; no sabía qué significaba aquello, pero tenía que encontrar a esa yegua estúpida antes de que se matara en vano.
Hubo un grito y un movimiento justo en el linde del área que estaba iluminando con su magia. Había un demonio, bípedo e informe, que estaba sujetando con las garras las patas delanteras a una jovencísima yegua de pelaje azul claro y melena amarilla. La sostenía contra un muro mientras… Oh, Celestia bendita.
—¡SUNNY!
De un solo hechizo, Hope apartó al demonio de la destrucción y lo mató con la espada. La potra cayó al suelo, sollozando, y el semental se agachó para ayudarla.
—¡Sunny, ya ha pasado, ya está! ¿Cómo has llegado aquí, dónde están…?
La realización llegó solo un instante antes de que la hermana pequeña de Hope alzara la cabeza. Este saltó hacia atrás, evitando por poco una garra; las facciones de Sunny se retorcieron en una horrenda parodia de la misma mientras se levantaba sobre sus cascos traseros. El unicornio tardó unos instantes en conjurar un hechizo repulsor mientras retrocedía a la desesperada; la criatura que se hacía pasar por Sunny fue empujada contra el muro y, cuando volvió a cargar, fue recibida por la punta de la espada de Hope Spell.
No tuvo tiempo a respirar: un galopar desde la oscuridad y se encontró a su madre, poseída, cargando contra él; después llegaron su padre, Bright, un amigo de la infancia, su primera novia…
"No pienses: ¡actúa!"
Star Wander, o mejor dicho, el demonio que se hacía pasar por ella, chocó de bruces contra la barrera del unicornio verde; una saeta de fuego hizo arder a la parodia monstruosa de su padre; la espada devolvió al Tártaro a aquella Bright demoníaca, y una explosión de energía hirió de muerte a aquella yegua que llegó a amar hacía ya algunos años.
—¡No vas a engañarme, no otra vez, bastardo hijo de mil infiernos!
Rise Love galopaba con los ojos cerrados, sin usar sus ultrasonidos y guiándose únicamente por el sutil tirón del péndulo hechizado que le diera Hope Spell. Lágrimas causadas por el miedo escapaban bajo sus párpados, pues tenía que esforzarse en creer que todo lo que estaba escuchando u oyendo era mentira. Podía oír a sus hijos llamarla desesperadamente; a Moonlight Sonata, luchando una batalla perdida; a todos sus compañeros de instrucción muriendo uno a uno, a sus padres…
Rise se detuvo al notar que no sabía hacia dónde ir. Respiró rápidamente varias veces antes de atreverse a abrir los ojos: el péndulo colgaba lánguidamente bajo su barbilla, y todavía se hallaba envuelta por aquella oscuridad de pesadilla.
—¡No, no, no! Funciona, ¡funciona! ¡Por favor!
La batpony dejó caer el objeto al decir eso y, a pesar de sus esfuerzos, fue incapaz de encontrarlo entre la nieve virgen. Sentía movimiento a su alrededor, criaturas que no podía reconocer, y la creciente opresión de la Sed en su consciencia. Intentó volar, pero su ala rota le hizo perder el control y estrellarse contra la nieve; intentó volver a correr pero se detuvo al poco al no ser capaz de orientarse.
Intentó alejar sus pensamientos de los instintos primitivos que la estaban embargando por momentos: pensó en sus hijos para evitar pensar en el hambre; en su marido para no pensar en la sed de sangre... Se agachó y se cubrió las orejas al volver a oír voces familiares gritando de terror y dolor.
Súbitamente algo apareció muy cerca de ella. Una criatura voladora más grande que ella se había posado en el suelo; Rise Love desplegó la espada y se preparó para luchar.
—Guíame en mi último vuelo, mi Diosa —susurró con la voz temblorosa—. Si este es mi fin, que sea como una Cazadora y no como una feral.
—Eso no será necesario, Rise Love. Nós no lo permitiremos.
Antes de verla, la batpony notó que la oscuridad antinatural retrocedía desde un punto por delante de ella; cuando se vio libre de la misma y volvió a ver la noche tras lo que le habían parecido horas, una regia figura se alzó ante ella. La Princesa Luna, la Diosa, vestía una armadura de color negro que le cubría el pecho y los cuartos traseros, lugares en los que la propia marca de la alicornio, una luna creciente, destacaba en color blanco. Una espada reposaba en una vaina que recorría todo el costado de la princesa.
—No… es otra ilusión, ¡no eres real!
—Nós somos real, agente Rise Love. Hace años desobedecisteis mis órdenes y salvasteis a los batponies de Hollow Shades de un destino funesto. Me preguntásteis: "¿Qué has hecho desde tu regreso, mi Diosa? Podrías haber destruido la Gema de la Sangre o habernos dicho la verdad. Ya que tú no vas a hacer nada por nosotros, lo haré yo".
—Eres producto de mi mente… no eres real, eres otro demonio.
El cuerno de Luna se iluminó y, a pesar de que la batpony intentó evitarlo, un aura de color índigo rodeó a Rise Love y la hizo levitar. Esta gritó al sentir un crujido en su ala rota y se sacudió al notar la articulación de su pata herida moverse dolorosamente. Sin embargo, a los pocos segundos, se dio cuenta de que podía mover las alas y que, aunque le dolía, podía volver a apoyar peso en el casco herido.
—Nós somos real. Soy Luna, Diosa de la noche, las estrellas, la luna y los sueños.
—Mi Diosa, yo…
—No requerimos disculpas, Rise Love, mas sí información. ¿Dónde están Aitana Pones y Hope Spell? ¿Qué ha pasado ahí dentro?
—Un demonologista llamado Hellfire ha roto los sellos usando un gran cetro dorado con un cabezal en forma de alicornio. Hemos conseguido escapar, pero Aitana Pones se ha quedado dentro del mausoleo para ganar tiempo. Hope Spell ha vuelto a por ella.
La alicornio miró alrededor pensativa, pero sin alterarse. En esos pocos segundos volvió a conjurar; la espada que portaba se desenvainó por si misma y voló hacia la oscuridad que las rodeaba a pocos metros de distancia. Algo que no era de ese mundo chirrió y murió.
—Tenemos un trabajo para vos, Rise Love —expuso Luna mientras su espada volvía a envainarse—. Pondrá a prueba todas vuestras capacidades, y os arriesgaréis más que nunca a no libraros de la garra de la Sed. Mas temo no tengo otra opción.
Cuando Luna le explicó brevemente lo que ocurría a la Cazadora, esta respondió en un susurro.
—Mi Diosa…
—Los Cazadores Batpony y yo misma nos aseguraremos de que tus hijos tengan una buena vida. Os lo juro en nombre de mis padres, en nombre de los Titanes.
Rise Love asintió.
—Estoy preparada. Enviadme allí.
Con un nuevo conjuro, Rise fue cubierta brevemente por el aura índigo de la princesa antes de desaparecer en una detonación mágica.
—¡Escudo aquí, escudo!
—¡Aguantad, que no pasen! ¡Por el Imperio, por Equestria!
—¡Por Equestria!
Paso a paso, los Caballeros de Cristal y la Guardia Solar se abrieron paso a través de la oscuridad del Tártaro. Los demonios que aparecían seguían adoptando la forma de los seres queridos de los soldados que combatían, pero si estos se percataban de ello parecían perfectamente conscientes de que solo eran ilusiones. Sin embargo, muchos de los soldados de primera línea caían al suelo entre estertores, sufriendo dolores terribles cuando algún demonio conseguía herirlos.
—¡Magos, deflagración de Luz! ¡Equipo aéreo, cubran los flancos! ¡Adelante!
—¡Cuidado en la retaguardia!
Un gran demonio apareció por detrás de la formación; fundiéndose en la oscuridad que lo rodeaba, tenía enormes tentáculos y fauces. Llegó rápidamente y atacó a los soldados, pero una cúpula cian los cubrió y detuvo a la criatura de golpe. Shining Armor aplicó la fuerza necesaria en su escudo para detener a la criatura, no debía agotarse demasiado rápido. Aquella batalla iba a ser larga.
—¡Equipo aéreo, magos, acaben con este monstruo a mi señal!
—¡Han colocado algo en la puerta!
—¡Atrás!
No todos los milicianos lograron seguir la orden a tiempo. Una detonación abrió de golpe la puerta del refugio subterráneo, hiriendo a unos pocos. Aura cerró los ojos con fuerza para evitar las astillas y cargó hacia la abertura; usando todo su peso impactó contra un poni y lo derribó, aplastándolo después bajo los cascos armados de su armadura.
Los batponis poseídos entraron: negros sus ojos y ausentes sus voces, se lanzaron contra los valientes civiles que trataban de contenerlos. Y, durante un instante, pudo oírse el regodeo frío y hambriento del enjambre ante el festín que iba a darse.
La Caballera de Cristal cargó a un lado y lanzó a otro batpony contra un muro; notó varios impactos contra la armadura que la protegió de todo daño; una espada de cristal se proyectó desde uno de los brazales y Aura consiguió herir, aunque no de gravedad, a otro enemigo… antes de ser placada. Un batpony la lanzó al suelo y, sin poder levantarse, otros se lanzaron contra ella. Aura coceó con todas sus fuerzas, pero de nada sirvió: los golpes llegaron sin cesar, con tanta fuerza que ni siquiera su armadura pudo protegerla. Incapaz de contraatacar hizo lo imposible por protegerse, pero todo se fundió en negro al recibir un tremendo golpe.
—¡Proteged el Corazón de Cristal, protegedlo a cualquier precio!
—¡Sí, señor!
Los batponies defensores, y los pocos Caballeros de Cristal que había cerca de la plaza frente al Palacio de Cristal, retrocedían paso a paso, muy superados en número por el enemigo. Los poseídos ya dejaron claro su objetivo, lanzándose hacia el Corazón de Cristal cada vez que podían; los Guardias Lunares los interceptaban en el aire, y aquellos que llegaban al ancestral artefacto eran recibidos por una pareja de Caballeros de Cristal.
En tierra, dos milicianos que llegaron galopando fueron asesinados antes de que llegaran a alzar sus ballestas.
Un Caballero entabló combate contra un batpony poseído, pero otro no tardó en atacarlo mortalmente por la espalda.
La princesa Cadence se teleportó junto al Corazón de Cristal, usando su magia para intentar repeler a los atacantes y lanzando rayos de energía cuando podía. Pero el enemigo era rápido y ágil.
En el aire, Midnight Slash, enarbolando dos espadas, se enfrentó a dos batponies enemigos a la vez. La yegua rojiza gritaba con cada impacto, contraataque y bravuconada… hasta que un tercer poseído la atacó por la espalda, atravesando con su espada el punto más débil de la ligera armadura de la Guardia Lunar.
Moonlight Sonata no se percató del hecho. Los enemigos se acercaban; Cadence conjuró una nueva barrera para proteger el corazón y a los pocos defensores que quedaban. Pero la alicornio parecía agotada.
Los poseídos empezaron a golpear la cúpula sin cesar.
Aura despertó al sentir un olor fuerte y picante en el hocico. Se levantó con un sobresalto, encontrándose con una yegua, una enfermera, sosteniendo un bote de sales.
A su alrededor había varios muertos, pero también milicianos y civiles que, aunque malheridos, habían sobrevivido. Unos pasos que no parecían de poni la llevaron a ver a dos grifos acercarse, un macho y una hembra. Ella, la más joven, tenía un corte en el pecho que le había teñido el plumaje y el pelaje de rojo, pero no parecía ser grave. El macho, probablemente el padre de la adolescente, parecía intacto.
—¡Tomad nota, ponis! ¡Así defienden los grifos sus hogares!
—Papá, ya habían acabado con casi todos los ponis murciélago estos. No exageres.
—¡Tú cállate, señorita, y vé a que te atienda esa enfermera!
Aura se puso en pie; le dolía la cabeza y tenía rastros de sangre recorriéndole el rostro; supo antes de que la enfermera se lo dijera que había sufrido una conmoción. Nada grave, pero se sintió mareada durante un segundo. De hecho tuvo una sensación de irrealidad, como si no tuviera que estar ahí, como si estuviera en un lugar inadecuado…
Todos los ponis de cristal guardaron silencio al mismo tiempo. Los dos grifos observaron el fenómeno, confundidos.
—¿Qué os pasa, ponis?
—Es el Corazón de Cristal, pero… no sé qué ocurre.
—¡El Corazón! —gritó Aura—. ¡El Corazón está en peligro, está pidiendo socorro!
Los civiles alzaron la voz. Aura no permitió que cundiera el pánico.
—¡Todos los que podáis luchar, todos! ¡Coged armas, munición, todo lo que podáis y seguidme! ¡Coged las armas de estos batponies! ¡Ya hemos vivido una dictadura, ya hemos vivido la esclavitud y el terror, y esto —dijo señalando a los poseídos muertos— no es diferente! ¡No volveremos a ser esclavos! ¡Yo voy a luchar, seguidme si queréis vivir libres!
La Caballera de Cristal galopó hacia el exterior. Los milicianos fueron los primeros en tomar armas y seguirla; los dueños de Ca na Griffonia los siguieron.
Hope sintió un frío que reconoció al instante, pues nada tenía que ver con la magia del Tártaro.
Escuchó la voz de Aitana distorsionada, y una nueva fuente de poder se sumó al terror primitivo que la magia del Tártaro levantaba en su espíritu. El semental rezó con todas sus fuerzas por que sus suposiciones estuvieran equivocadas. Sintió el poder del Tártaro concentrarse, y respondió al mismo convocando a la magia blanca para protegerse.
Como una deflagración, el sufrimiento cubrió cada rincón del Mausoleo. Las defensas de Hope se resintieron y, aunque aguantaron, el semental cayó al suelo al sentir cómo un dolor profundo como su propia alma intentaba tomar su ser; con un nuevo conjuro, logró apartarlo lo suficiente para acostumbrarse a la horrible sensación. De no ser por su entrenamiento como mago blanco, no habría sido capaz de hacer nada más que gritar.
Algo gritó un poco más adelante. Algo que tenía la voz de una Arqueóloga.
—¡Aitana!
Hope galopó hacia allí, hacia el centro del mausoleo donde estaba el sarcófago. Los demonios que se fundían en la oscuridad retrocedían ante el campo luminoso del mago blanco, dándole vía libre para correr. No tardó mucho en verla, y cuando lo hizo se detuvo en seco. Aitana se giró y lo miró; sus pupilas eran grises y brillaban ligeramente, y su esclerótica había tomado un tono verdoso.
—¡¿Hope?!
—¿Qué has hecho?
Aitana miró al frente, hacia el sarcófago. El pelaje de la yegua estaba oscurecido, como si lo hubiese cubierto una sombra grisácea; pero lo que hizo que Hope tragara saliva es que un cuerno fantasmal había surgido sobre su frente. El frío característico de la nigromancia que sintiera antes se acrecentó cuando una magia negra envolvió el insustancial apéndice.
—¡Vete de aquí! —una voz barítona hacía eco a las palabras de Aitana—. ¡Vete!
Hope reconoció el nigromántico del hechizo "Último latido". Un rayo blanco rodeado por una espiral negra fue disparado hacia la sala y estalló contra algo. Hope Spell conjuró una luz a su vez para iluminar el sarcófago.
Junto al mismo, había una criatura bípeda.
Erguida completamente como ningún animal podía, bajó el apéndice superior con el que había detenido el ataque de Kolnarg. Acababa no en una pezuña o casco, sino en una una garra de cinco dedos sin afilar. No tenía pelaje, su piel era muy blanca y una larga melena negra caía desde su cabeza lánguidamente, tapando parcialmente su rostro. La criatura clavó sus ojos, pequeños y plateados, en los dos ponis a su frente.
Sonrió, y no había grandes colmillos en su dentadura. Alzó una mano y, al instante, Aitana gritó; capas de barreras mágicas aparecieron a su alrededor, y cuando estas cayeron se produjo un sonido terrorífico, como si cientos de almas hubieran sido torturadas hasta la destrucción en un instante.
Hope temió que, de hecho, así es como el lich Kolnarg se había protegido.
Desplegando la espada de su madre, la yegua marrón se lanzó contra Weischtmann. Hope Spell gritó y corrió junto a ella, lanzando adelante su propia espada levitada. Ambas armas se detuvieron abruptamente, chocando violenta e inofensivamente contra los dedos del Señor del Dolor. Y, con un solo gesto, ambos ponis fueron lanzados varios metros hacia atrás.
—¡Hope, vete de aquí, vete!
—¡Vámonos Aitana, no puedes vencer!
La criatura alzó un brazo hacia Aitana. Una luz oscura y luminosa al mismo tiempo acudió a su mano; Aitana se preparó para esquivar o resistir el ataque, pero no fue hasta el último instante en que se dio cuenta de lo que pasaba. De las verdaderas intenciones de Weischtmann.
El ataque saltó hacia Hope Spell.
La barrera del mago blanco brilló durante un instante y se colapsó; una segunda apareció y resistió durante un instante antes de colapsar a su vez; Hope consiguió conjurar un nuevo escudo que no tardó en ser roto a su vez… y algo lo empujó a un lado.
El semental rodó por el suelo debido al impacto y, cuando pudo mirar, se quedo helado durante un instante, como si algo hubiese obnubilado todos sus sentidos. En el suelo, frente a él, Aitana se retorcía con la cara desencajada; la sombra que la había cubierto, la posesión de Kolnarg, parpadeaba y decrecía en intensidad. Entonces pudo identificar que ese sonido que había ensordecido su mundo eran los gritos combinados de Aitana y el lich.
Hope Spell intentó llegar a ella, pero las sombras a su alrededor cobraron vida. Uno a uno, los demonios de la tortura, como masas informes, reptaron hacia él; el mago blanco rechazó a uno, atravesó a un segundo y a un tercero...
Garras y tentáculos tomaron a la yegua que seguía gritando y empezaron a arrastrarla hacia las sombras.
—¡No! ¡No! ¡Dejadla!
El semental verde concentró su magia en otra explosión lumínica; sabía que no sería tan poderosa como antes, no tenía tiempo, ¡solo necesitaba llegar a Aitana! La explosión hizo retroceder a los seres informes; Hope detuvo con su magia a un demonio que saltó contra él y lo echó a un lado. Saltó hacia adelante, a punto de agarrar una pata de la yegua que seguía retorciéndose y gritando… y esta desapareció.
Donde debería estar su compañera, solo había sombras y el duro suelo de piedra tallada. El semental giró sobre si mismo, se preparó para volver a pelear… pero los demonios retrocedieron.
Sintió cómo su alma gritaba un instante antes de que el Señor del Dolor apareciera a su lado. La alargada criatura se agachó sobre sus patas traseras, quedando a la altura de Hope Spell; el semental retrocedió unos pasos. El demonio alzó una de sus garras y la abrió frente al semental, y algo se formó sobre la misma desde las sombras. La figura fantasmagórica de Aitana Pones apareció; estaba encogida sobre si misma, parecía inconsciente, pero se movía espasmódicamente.
—¿Quieres volverla a ver? —su voz era... normal. No arrastraba un coro de voces imposibles, ni portaba con ella el poder del Tártaro, como habría esperado. Era una voz grave y susurrada.
Hope Spell, tras un largo instante, asintió. El Señor del Dolor, "Weischtmann" como había sido llamado por los magos de Unicornia hacía milenios, posó una de sus garras en la mejilla de Hope Spell. Fue un roce suave, casi una caricia, y aún así el semental no pudo siquiera pensar en cómo zafarse de él. Durante un instante sintió cómo la voluntad del gran demonio se abría paso a través de su mente sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.
—Una semidiosa... una alicornio, la princesa de la noche —sonrió—. Es antigua, pero no existía en mi época.
—He… he cumplido… ¡he cumplido! —gritó Hope—. ¿Dónde está Aitana?
Weischtmann se puso en pie y rió en voz baja. Los demonios surgieron de las sombras y rodearon a Hope Spell.
—La verás en mi infierno, mortal. Deberías haber especificado las condiciones de nuestro contrato.
Antes de que Weischtmann acabara la frase, Hope ya había conjurado; una detonación mágica empujó a los demonios que le bloqueaban el paso hacia el pasillo de salida. Viendo cómo el unicornio corría por su vida, el gran demonio empezó a caminar tras él, mientras su ejército se lanzaba a la caza.
—¡Princesa, coja el Corazón y huya! ¡Huya!
La cúpula que convocara Cadence en torno al ancestral artefactos había reducido su tamaño cada vez más, en un desesperado intento de la alicornio por resistir los ataques de los batponies poseídos que intentaban derribarla. La yegua sudaba y se estremecía con el esfuerzo.
—¡Si lo saco de su soporte caerá la barrera! ¡Las sombras entrarán! ¡Y los espectros! ¡Hay que aguantar!
Los ojos negros como pozos sin fondo de los poseídos se clavaban en los últimos defensores del Imperio de Cristal, intentando drenar su voluntad.
—¡Si ellos capturan el Corazón será mucho peor! ¡Habrá otra oportunidad, Princesa! ¡Nosotros ganaremos tiempo!
Cadence jadeó, mirando a su alrededor, y durante un instante tuvo la sensación de estar bajo el agua, pues todos los sonidos se ensordecieron para ella. El corazón brilló intensamente, y varias imágenes pasaron rápidamente por su mente.
Las nubes de tormenta, acumulándose sobre el Imperio de Cristal.
La ventisca de nieve, increíblemente intensa, rodeando la cúpula.
Grandes depredadores de pelaje gris casi blanco.
Unas crines blancas y celestes.
Unos ojos afilados como los de los dragones brillando en la sombra.
Y todas ellas venían enmarcadas en un mensaje que no contenía palabras, pero sí intención. Cadence comprendió.
—¡Sargento, voy a trasportarnos a la entrada del Palacio!
—¡Entendido!
La alicornio tomó con su magia el Corazón de Cristal; este se resistió ligeramente pero, tras un tirón telequinético, el gran rayo de energía que proyectaba se quebró. Con un sonido parecido al metal rompiéndose en mil pedazos, la gran cúpula que protegía el Imperio empezó a consumirse desde su punto más alto en un círculo creciente y descendiente. Cadence, con el artefacto en su posesión, volvió a conjurar y todos los defensores se desaparecieron junto a ella.
Al instante, aparecieron justo en la entrada del gran Palacio de Cristal. La Alicornio del amor conjuró otra vez, y el monumental edificio brilló intensamente; todas sus entradas secundarias se sellaron, todas las ventanas se fusionaron con cristales como si nunca hubiesen existido antes. Probablemente, las defensas del Palacio de Cristal no habían vuelto a ser activadas desde la creación del Corazón de Cristal.
Moonlight Sonata ayudó a otros a cerrar la gran puerta principal del Palacio. A su alrededor, solo había seis Guardias Lunares y dos Caballeros de Cristal. El sargento primero tragó saliva. Dos de los batponies armaron sus ballestas y tomaron los ventanucos junto a la gran puerta, disparando casi al instante mientras los pesados Caballeros afianzaban la puerta con sus propios cuerpos. En el exterior el viento, por primera vez en muchos meses, empezó a soplar con fuerza y la temperatura cayó en picado.
—El invierno ha llegado —murmuró alguien con una risa nerviosa.
Aura galopaba con todas sus fuerzas seguida por unos pocos milicianos del refugio. Sintió el miedo en el estómago cuando, con un sonido metálico, el rayo que emitía el Corazón de Cristal se rompió y, con él, la gran cúpula mágica que protegía el Imperio cayó.
Giró una esquina, tomando una de las avenidas principales que desembocaba en el Palacio de Cristal. El frío llegó a continuación como un jarro de agua helada; siendo ella una poni de cristal, estaba bien aclimatada al mismo, pero su presencia en el Imperio le recordó a los años de dictadura del Rey Sombra. Años en los que el invierno eterno del norte se ensañó con la ciudad con el consentimiento de su único dirigente.
El resplandor que iluminaba la ciudad noche y día murió junto a la cúpula, y pronto el Imperio se vio sumido en la oscuridad. Solamente el Palacio de Cristal, que brillaba ligeramente en la noche, servía de guía a la yegua.
Una intensísima nevada se hizo presente y varios truenos sonaron por encima de la ciudad. Aura se encontró pronto galopando sobre un manto creciente de nieve, pero no prestó atención a la velocidad a la que esta se acumulaba. La Caballera de Cristal escuchó un aleteo y, aunque se detuvo tan rápido como pudo, no llegó a adelantarse al ataque; su armadura detuvo una espada, y Aura placó al batpony que había intentado matarla. Las púas que crecieron de su armadura cristalina acabaron con él rápidamente.
Otra batpony poseída más apareció, pero esta no permitió que Aura lo placara; ágil como ella jamás lo sería, la batpony no dio tregua a la Caballera, obligándola a cambiar de posición todo el rato, pero sin llegar nunca a lanzar un ataque decisivo. Comprendió por qué cuando escuchó a los milicianos gritar a través de la creciente ventisca.
—¡No!
Un segundo batpony saltó desde la oscuridad y derribó a Aura, pero esta rodó para ponerse en pie rápidamente. Se giró para detener otro ataque, un impacto en el lomo de su armadura la hizo gritar de dolor y a duras penas consiguió desembarazarse del poni de ojos negros que la estaba intentando apuñalar en la nuca.
Se giró a tiempo para ver a otro batpony lanzarse a por ella... cuando algo inmenso lo arrolló a una velocidad abrumadora. Aura gritó y se puso en guardia; fuera lo que fuera aquello era enorme, peludo y tenía colmillos.
Rugidos.
A su alrededor se escuchó una cacofonía de rugidos graves y profundos; era un ruido que todo herbívoro reconocía al instante y activaba sus instintos más primitivos. Aura giró sobre si misma, buscando el origen del más cercano; más allá de donde podía ver, debido a la penumbra y la tormenta, los rugidos se mezclaron con el ruido del combate. Escuchó a los milicianos gritar durante unos segundos antes de que el silencio hiciera presa de todo.
Y entonces lo vio. O, mejor dicho, se mostró.
La cabeza de un gran lobo de pelaje gris, casi blanco, apareció frente a ella; el ser se acercaba a ella poco a poco, agazapado y gruñendo por lo bajo. Aura retrocedió mientras tomaba sus armas, asustada pero dispuesta a dar su vida si con ello podía salvar a algún ciudadano de aquella bestia... hasta que esta se alzó. Aura retrocedió ante el inmenso depredador, tan grande como el más grande de los ponis. El gesto de la criatura pareció relajarse y, durante un instante, la yegua apreció el profundo tono ambarino y brillante de sus ojos. El lobo, tras mirar largamente a la Caballera, apuntó con el hocico a un lado.
Y ahí, apareció una yegua.
Tenía el pelaje gris, muy espeso, y crines blancas con algunos mechones celeste. Sus ojos eran ámbar también, y tenía en los cascos dos dagas viejas y raídas; a juzgar por su aspecto, parecían más herramientas de recolección que no armas como tal. En su flanco destacaba una curiosa marca de belleza: una huella de lobo recortada sobre la luna creciente. La recién llegada miró brevemente a Aura.
—No eres nuestra presa.
Súbitamente, tanto ella como el lobo miraron en una dirección al mismo tiempo. Hubo un cambio en el viento y la ventisca se despejó en torno a un punto en concreto. Aura sintió un frío en el alma que poco tenía que ver con la temperatura del aire.
El empedrado de cristal de la gran plaza estaba cubierto por una sombra sólida que se alzaba desde el suelo; la sombra se movía, cambiaba y reptaba como si fuese una criatura viva, o quizá un enjambre. Podía escucharla susurrar palabras imposibles que resonaban en su mente, y no tardó en deducir que era esa cosa la que había poseído a los batponies.
En el centro de esa masa, había una criatura.
Era negra, de grandes ojos plateados, y cuadrúpeda como un poni, pero alargada y de contorno estilizado, aunque sus patas parecían difuminarse antes de llegar a tocar el suelo. No tenía rostro alguno, salvo por los dos pozos de mercurio que eran sus ojos. A pesar de ello, Aura pudo notar cómo esa criatura la observaba.
Entonces el ser habló: era una voz imposible, susurrada y gritada al mismo tiempo, que escuchaba con su alma y no con las orejas. Como la canción de un coro de potros torturados hasta la locura.
—Regresa con los tuyos, cazadora. Este no es lugar para un lobo invernal.
—Mientes. Siempre mientes. Este es nuestro hogar. Sois intrusos en mi territorio.
La yegua de cristal, de alguna forma, pudo entender a la criatura negra, a pesar de que no usara palabra alguna. En cuanto a la yegua gris, no hablaba, si no que usaba una serie de gruñidos guturales casi inaudibles.
—Lo que tus ancestros hicieron fue inútil. El señor del dolor es libre.
—Sabes quién soy, y tienes miedo.
—Sabemos quién eres, cazadora. Puedo llevarte con tu madre. Puedes volver a verla. Solo pídelo.
—Mi madre poni está muerta. La maté junto a la reina que tomó su espíritu. La cacé junto a tu hermana.
—No fuiste tú, fue tu manada.
Sentenciando esas palabras, el enjambre de fatas negras se lanzó contra Sweetie Grauj y el lobo que la acompañaba. La poni, la loba invernal, retrocedió un paso y bajó la vista mientras murmuraba con gruñidos casi inaudibles al unísono con su hermano. Ya podía sentir a las fatas intentando violar su mente, haciéndola sucumbir poco a poco pero irremediablemente hacia la apatía y el abandono. Pero también podía sentir la presencia de su manada, la presencia del espíritu de la tormenta clamando por ser liberado. Necesitaba mantenerse cuerda un poco más, solo unos segundos más. Retrocedió un paso, su casco hundiéndose ligeramente en la nieve recién caída y revelando el empedrado bajo la misma.
—Somos los lobos invernales. Somos los señores del invierno y de la noche.
La sombras empezaron a rodear a Grauj, a Aura y al lobo invernal. La yegua de cristal desplegó una cuchilla y retrocedió hacia la yegua gris y el lobo. Estos dos, por su parte, seguían gruñendo en voz baja mientras miraban al suelo.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿Qué es esa cosa?
La poni de tierra no respondió.
—La noche es nuestro reino. La nieve nuestra hermana...
En ese momento, movido por una voluntad imperceptible, el viento dejó de soplar, la nieve que caía desapareció... y los Lobos Invernales, perfectamente camuflados en las calles recién nevadas, aparecieron por todas partes. Decenas de ellos echaron los belfos atrás y rugieron a sus enemigos ancestrales, decenas de ellos tomaron aire y aguardaron expectantes, ansiosos por guiar a la tormenta en la cacería.
Aura giró sobre si misma, viendo que esos depredadores estaban por todo: en las calles, en lo alto de edificios, alrededor del palacio, cerca del pedestal del Corazón... ¡habían tomado la ciudad! Incluso más allá de donde ella podía ver, los ojos ambarinos de los lobos invernales denotaban la presencia de más cazadores de los que ella podía contar.
Grauj abrió los ojos. No necesitó terminar de recitar el alma de su manada, pues esta lo hizo por ella con sus actos.
La Caballero de Cristal se encogió cuando los lobos aullaron al mismo tiempo, con tanta fuerza que se sintió casi como una explosión; la canción de los lobos al principio fue disonante pero, poco a poco, todos los aullidos se unieron en un único tono ensordecedor. Aura sintió el suelo vibrar bajo ella, el viento se levantó y pudo escuchar a la sombra que la rodeaba gritar en su mente, la pudo sentir lanzarse al combate...
Primero hubo un resplandor cegador, y luego una explosión hizo que la yegua de cristal saltara al suelo; cuando alzó la vista vio que el enjambre había retrocedido; en el suelo, el rayo todavía chisporroteaba entre la nieve. La Sombra detuvo su avance, la reina gritó en su mente, y los lobos invernales guardaron silencio...
...porque estaban tomando aire de nuevo.
Entendiendo lo que pasaba, Aura se levantó; cuando vio a las criaturas voladoras iluminadas por un relámpago, se preparó para el combate. Los lobos invernales aullaron, y la tormenta respondió al son de su canción.
El primer rayo cayó directamente en el enjambre, y este chilló.
El segundo cayó al lado de la Reina, y esta se encogió ante el destello.
El tercero no llegó a tocar tierra: detonó en el aire y el espíritu de la tormenta tomó el suelo con violentos chispazos que rodearon a las fatas negras.
Los batponies poseídos llegaron volando.
Los Lobos Invernales saltaron a través de la zona, sabedores de que el espíritu de la tormenta jamás los dañaría. Las fatas negras gritaron con cada muerte, con cada dentellada, con cada rayo que les impactaba.
Un batpony fue atrapado por poderosas fauces, sacudido y descartado como un muñeco de trapo.
Un lobo cayó bajo el fuego de un virote, otro fue derribado por otros dos enemigos.
Una parte del enjambre intentó salir de la jaula que formaba el espíritu de la tormenta.
Aura vio entonces a la poni que acompañaba a los lobos; se había lanzado sobre un batpony poseído y, tras derribarlo, ¡le estaba mordiendo el cuello! La Caballera de Cristal no se lo pensó dos veces: galopó a través del campo de rayos eléctricos y, aunque resintió algunos chispazos, no se detuvo. Con su carga, golpeó y derribó a un batpony que estaba lanzándose sobre la espalda indefensa de Sweetie Grauj, coceándolo en el suelo a continuación.
La caballera no tardó en acabar con el batpony que había derribado; giró sobre si misma al ver a varios ponis galopar hacia ella. Eran ponis de cristal, y sus ojos también se habían vuelto completamente negros, como pozos sin fondo. Aura gritó un desafío cargado de rabia y dolor.
A su espalda, Sweetie Grauj gruñó hacia un nuevo enemigo.
Hope Spell jadeó al lanzar un nuevo conjuro. Una detonación de luz sobre su cabeza iluminó y cegó al mismo tiempo a los demonios que, camuflados en la sombra, intentaban atraparlo. Saltó tras una esquina y rodó, evitando una garra informe; una esfera de energía se materializó en torno a él y desintegró al protegerlo de un hechizo demoníaco sin que el unicornio detuviera su desesperada carrera ni un instante.
Lanzó su magia adelante para iluminar. El pasillo acababa en la gran sala de entrada, cubierta por los restos de la gran puerta que él mismo había destruido. La atravesó a todo galopar y subió el túnel excavado en la tierra y el hielo que lo llevaría al exterior.
Así como sus cascos tocaron la nieve del exterior, algo le tocó una pata.
Hope gritó y cayó al suelo, su pata trasera contraída por un dolor helador y ardiente al mismo tiempo; un demonio de la tortura caminó lentamente hacia él. El mago blanco retrocedió, intentando concentrarse por encima del dolor para llamar a la magia, cuando notó el movimiento a su lado.
—¡NO! —golpeó al demonio con la espada— .¡NO! —hizo un arco y obligó a un monstruo a retroceder—. ¡NO! —intentó ponerse en pie desesperadamente.
Algo lo agarró por el flanco y Hope gritó. La magia que sostenía su espada se quebró. Al principio intentó revolverse, intentó luchar… hasta que más demonios llegaron para alimentarse de su alma torturada, regodeándose en el festín que se abría frente a ellos.
El unicornio sintió un tirón, sintió cómo era arrastrado hacia la oscuridad. Volvió a intentar luchar por encima de los gritos, de los espasmos, pero de nada sirvió. Hope Spell se encogió sobre si mismo y, durante un instante, pensó en todo lo que había dejado atrás… y chocó con algo suave.
Hope seguía convulsionando, sus sentidos obnubilados por la terrible magia demoníaca. Pero algo lo recogió de la fría nieve, algo cuyo tacto le transmitió un calor que le recordó al abrazo de su madre. Poco a poco, el dolor remitió y todos los sentimientos de desesperación y perdición parecieron disolverse en un océano infinito. Cuando abrió los ojos, creyó haber visto un ángel. Un ángel de pelaje amarillo, crin rosa y grandes ojos azules que le estaba acariciando el rostro con un gesto de infinita preocupación y bondad.
Poco a poco fue más consciente de lo que le rodeaba. Seguía en la oscuridad antinatural que había convocado Weischtmann al liberarse pero, como si de una burbuja se tratara, la luz había tomado aquel lugar. Era una luz cálida y protectora, todo lo contrario a lo que había vivido aquella noche. Una cuerda que tenía en torno a su pecho se desató; al seguirla vio a una yegua con sombrero vaquero recogiéndola.
Una elegante unicornio blanca de crines púrpura miró con gesto de desaprobación a un demonio informe que se lanzaba sobre ella… y este se detuvo en seco. Detrás de ella, una poni de tierra rosa de crin esponjosa saltaba, lanzando carcajadas, mientras un pequeño grupo de seres del Tártaro intentaba atraparla.
Una unicornio lavanda… ¡a esa la conocía! Twilight Sparkle llamó a la magia cuando un demonio bípedo alzó sus patas superiores hacia ella. Un rayo de energía negra voló hacia la unicornio, pero esta no retrocedió: asustada, pero sin perder la calma, conjuró y un círculo blanco apareció frente a ella, absorbiendo el hechizo, el cual fue devuelto al instante a su lanzador.
Hubo una detonación en la oscuridad, y algo increíblemente veloz voló por encima de la zona, dejando una estela multicolor a su paso. Un círculo de arco iris se expandió rápidamente, echando a un lado la oscuridad e iluminando todo a su paso. Los demonios retrocedieron ante una magia que era exactamente lo opuesto a su propia naturaleza.
—Oh, pobre, ¡pobrecito! Ya pasó, ya pasó.
—¡Fluttershy! —exclamó Hope; el arcoiris sónico había borrado de un plumazo los restos de la magia que lo torturaba—. ¡Tú eres Fluttershy…! ¡Tenemos que salir de aquí, Weischtmann está libre, está viniendo!
—¡Ah!
La pegaso amarilla tiró de Hope Spell para apartarlo del peligro; a su espalda, un enorme demonio tentacular se lanzaba al combate, rodeado por otros de sus hermanos menores. Hope, debilitado, intentó conjurar una barrera para mantenerlos a raya, pero pronto descubrió que no iba a ser necesario. Una lluvia de virotes de ballesta cayó sobre la marabunta y una formación de pegasos de doradas armaduras pasó sobre la misma. Un hechizo de energía azul brillante impactó directamente contra el gran demonio, haciéndolo rugir… y algo lo hirió de muerte.
Una a una, seis espadas semitransparentes volaron hacia la monstruosidad y la atravesaron limpiamente. El gran demonio no tuvo tiempo a reaccionar cuando algo cayó sobre él; la Princesa Luna ni siquiera gastó un instante en mirar cómo el ser se consumía en cenizas a su espalda.
Por un lado, un ejército de demonios surgió del túnel que daba al mausoleo y se lanzó hacia las portadores de los elementos. Por el otro, hubo una orden gritada… y una formación de Caballeros de Cristal, lanzas de ristre, se preparó para recibir el ataque. Fluttershy guió a Hope para que se retirara junto a sus amigas tras la protección de los Caballeros. Apoyados por los magos de la Guardia Solar, el ejército del Imperio frenó en seco a los demonios, pero su gran número los obligó a retroceder poco a poco.
Cuando Hope se detuvo, jadeando, vio a las seis portadores junto a él. Y todas ellas llevaban los elementos colgados del cuello; como representaciones de sus propias marcas de belleza, los artefactos brillaban. No fue difícil deducir que eran estos los que estaban rechazando el aura de terror del Señor del Dolor.
—¡Hope! ¿Dónde está Aitana? ¿Qué ha pasado?
