Un dragoncito eructó; una nube de cenizas verdes apareció y de la misma se materializó un pergamino. Lo tomó en el aire, pero antes de poder desplegarlo eructó otras tres veces. Spike leyó los mensajes rápidamente y… se sintió muy estresado. Era la primera vez que iba a intentar hacerlo, y si lo hacía mal podía meter en muchos problemas a Twilight.

Por suerte, los mensajes no tenían un destinatario escrito, por lo que si se equivocaba no debería desvelar los planes -claramente secretos- de su hermana. Lo habían hablado, y ella había previsto la eventualidad de que el objeto no funcionara bien. Si no lo hacía, solo retrasaría los planes, pero no debería complicarlos demasiado.

Spike sacó un objeto de su zurrón; se trataba de un palito de madera con una gema engarzada al final. El dragoncito se tocó la sien con la gema varias veces.

—Doctor Horse, doctor Horse, doctor Horse…

Cuando la gema se iluminó, Spike tomó el pergamino indicado, lo quemó con su aliento y sus cenizas salieron volando como una nubecita luminosa hacia el exterior del edificio en el que estaba. Después hizo lo mismo pero con dos nombres diferentes: "Zecora" y "Shining Armor". El que este último saliera hacia una dirección distinta que los otros dos sirvió como confirmación de que la varita había hecho su trabajo correctamente, rompiendo temporalmente el vínculo exclusivo que tenía con la princesa Celestia.

Finalmente, quemó el pergamino con los nombres en la chimenea junto a la que se calentaba, se puso un mullido y muy calentito abrigo (de tonos azules y lavanda, a juego con sus escamas, cortesía de Rarity), unas orejeras y salió al exterior del hotel de la estación. El crudo invierno del norte lo recibió en toda su gloria, así como el caos que reinaba en el exterior.

El día anterior, Spike bajó del tren en la parada anterior al Imperio de Cristal, y se hallaba a bastantes kilómetros del mismo. Aún así, en la distancia podía apreciarse el resplandor de la cúpula que protegía la milenaria ciudad. Aquella noche los residentes de aquel pequeño pueblo habían sido testigos de cómo el brillo del Corazón de Cristal se apagaba durante algo más de una hora, y después habían llegado las noticias del ataque. Eso por no mencionar el enloquecedor baile que la luna y el sol habían protagonizado.

Los vecinos galopaban arriba y abajo, a pesar de que a duras penas estaba amaneciendo; cargaban carruajes con todo tipo de enseres: ropa de abrigo, comida, medicamentos… Todo aquello que los vecinos y negocios locales podían permitirse aportar estaba siendo enviado a toda prisa al Imperio. Las noticias estaban extendiéndose a lo largo de los distintos pueblos ferroviarios, de Equestria e incluso por otras naciones vecinas. Aquel sería solo el primero de muchos cargamentos y ayuda para reconstruir las vidas y la infraestructura de los Ponis de Cristal.

Spike, encogiéndose por el frío, fue directamente a donde los carruajes aguardaban a ser cargados. Encontró finalmente el tipo de transporte que necesitaba: una pareja de jóvenes pegasos llevaba un gran carro aéreo capaz de transportar a varios ponis. Tenía esquís para ser arrastrado en la nieve cuando el clima no permitía llevarlo volando. Era perfecto, pero tendría que convencer a los conductores.

—¡Buenos días!

Los dos miraron al joven dragón. Este adoptó su mejor actitud de galán encantador -al menos eso creía él- e inició la negociación. Aparte de las mejores palabras de Spike, una gran bolsa de oro fue parte del trato.

Un minuto después, el carro abandonó su posición y se dirigió a recoger a unos ponis muy importantes.


Cuatro días después del asedio a Germarenia, y dos desde que la Guardia Solar, Lunar, los Caballeros de Cristal, las princesas Alicornio y las portadoras de los Elementos de la Armonía consiguieran devolver al Tártaro a un gran señor demonio, Ponyville se hallaba sumido en una intensa actividad. Se sabía del grave precio que habían pagado los ponis de cristal, de las grandes bajas de la Guardia Lunar y también de una manada de lobos gigantescos, aunque no estaba claro si estos eran amigos o enemigos.

Ponis galopando, carruajes siendo transportados, coordinadores organizando la operación…. La actividad cubría cada rincón de Ponyville, incrementándose con la proximidad a la estación de tren. Grandes cargamentos de medicinas, ropa y alimentos varios estaban siendo preparados para ser cargados en el siguiente tren. Como ocurriera desde que la crisis empezara, la familia Apple jugó un papel principal en aquel movimiento social: Granny Smith hizo que la Alcaldesa fuera a verla a la granja -da igual la posición que ostente, NADIE dice "no" a Granny Smith- y rápidamente llegaron a un acuerdo: La familia Apple proveería todas las manzanas disponibles a precio de producción y sin necesidad de pagar de inmediato.

Había que ayudar, pero Granny Smith no iba a hacerlo a costa de arruinar a la familia.

Aquel sería ya el cuarto cargamento de manzanas que la familia enviaba a las zonas afectadas. Sin embargo, algo diferente estaba ocurriendo aquella mañana: Big Mac aguardaba en la estación cargando con un gran carruaje vacío. Tan pronto como llegó el tren, galopó hasta un vagón concreto y se colocó al lado. Algunos pudieron observar cómo Applejack cargaba con un poni envuelto en mantas, y también a la enfermera de Ponyville, Redheart, subir al carro junto a ella. Tan pronto como estuvieron asegurados, Big Mac galopó hacia el exterior del pueblo.


El doctor Horse paseó por la habitación de la paciente con las notas de la enfermera Redheart levitando frente a él. Estaban en una casa que lindaba con el bosque Everfree, en las afueras de Ponyville. Sin embargo, la habitación del primer piso en la que estaban había sido acondicionada para albergar una cama hospitalaria así como gran parte de la parafernalia necesaria para el cuidado de un paciente crítico.

El doctor, un unicornio de pelaje amarillo y que llevaba una eterna bata blanca, se ajustó las diminutas gafas y recolocó el fonendoscopio sobre su cuello.

—Redheart, ¿estás segura de esto? ¿Seguro que no ha habido ningún error?

—Te lo aseguro, Horse. Le he administrado los mejores calmantes que tenemos a dosis que rozan los límites de seguridad. Todas las veces que ha despertado ha sido gritando de dolor y miedo, ni siquiera Fluttershy conseguía calmarla.

La blanca yegua de tierra de crines rosa pálido tomó las notas que llevaba el doctor y las revisó rápidamente. No llevaba la cofia de enfermera y estaba algo despeinada; no era habitual que la avisaran a deshoras para viajar al norte a recibir a un paciente crítico en secreto, y llevaba más de veinticuatro horas sin dormir adecuadamente. Claro que tratándose de Twilight Sparkle y Fluttershy, Redheart no dudó en acudir inmediatamente.

—En el tren me faltaba equipo, pero aún así estoy confundida: No veo signos de trauma mayor o hemorragia interna; sus constantes son estables, aunque tiene taquicardia e hipertensión, probablemente relacionados con el dolor y la alteración mental; no hay signos de meningitis, sepsis o fallos orgánicos; he visto varios episodios convulsivos, pero dudo que se tratase de eventos epilépticos. Con mi instrumental, no he podido detectar ninguna enfermedad o envenenamiento de origen biológico, alquímico o mágico. De verdad, Horse, no sé qué le pasa, y no han querido darme muchos detalles de lo que ha ocurrido.

El doctor Horse observó a la paciente. Había oído hablar de esa yegua marrón: la infame arqueóloga responsable de liberar un demonio en Manehattan, aquella que últimamente parecía haber estado presente en todo lugar donde hubiera demonios o no muertos. Siempre pensó que debía ser una yegua imponente e intimidante, pero viéndola ahí solo podía ver a alguien terriblemente enfermo. Una gema parecía haberse fundido sobre su morro oscuro, aunque no era más que un artefacto mágico para asegurarse que un paciente tan sedado siguiera respirando. Estaba tumbada de lado, un tubo se unía a su pata y a una serie de aparatos médicos y mágicos; se podían apreciar a simple vista marcas de antiguas quemaduras y cicatrices bajo el pelaje, además de alguna herida más reciente pero ninguna de gravedad. La mantenían tan sedada como podían, pero aún así su cara seguía contrayéndose por momentos, gritando en silencio.

Horse apreciaba a la enfermera Redheart por su profesionalidad: una cuidadora excelente, con gran conocimiento y experiencia, aparte de tener un gran orgullo como profesional. Desde el momento que la conociera, no quiso hablarle de "usted" o llamarlo "doctor Horse", negándose a tratar a cualquier médico como si fuese un superior. Y, aunque él tardó en aceptar a aquella testaruda enfermera como un elemento valioso del equipo, acabó aprendiendo que ella siempre había tenido razón al no querer considerarse una inferior. A pesar de que ambos atacaban el tratamiento de sus pacientes desde perspectivas distintas, solían llegar a conclusiones muy similares, complimentando sus diagnósticos mutuamente.

Desgraciadamente, aquel caso no estaba siendo una excepción, ya que el escaneo mágico de Horse no había desvelado daños internos, confirmando lo que había dicho Red Heart. Cuando recibió la carta de Twilight Sparkle, el doctor pensó que debía ser una exageración, pero obviamente la maga tenía razón: la doctora Aitana Pones iba a necesitar de un tratamiento que salía de los conocimientos médicos habituales.

—Dime que me he equivocado y que sabes qué le ocurre.

—Ojalá —respondió Horse—. Hay algo mágico en ella, pero no es magia poni. Tiene que ser algo de magia infernal, pero todavía hay muy pocos tratados médicos al respecto. ¡Si Celestia no hubiese ocultado su existencia…!

Alguien llamó a la puerta, pero no esperó a que le dieran permiso para entrar. Siete yeguas, dos sementales y un dragoncito entraron.

—Disculpad el retraso —dijo Twilight, apurada—. Gracias por organizar esto, doctor Horse, y a ti Redheart por…

—Los agradecimientos después —interrumpió la enfermera y después se dirigió a los recién llegados que no conocía—. ¿Quiénes sois vosotros? Pensaba que esto era un secreto.

—Hope Spell, compañero de Aitana. Estaba con ella cuando… cayó.

—Yo soy el profesor Roy Pones, su padre —dijo este—. He venido desde Manehattan cuando Zecora me informó de lo ocurrido.

La aludida salió de entre los presentes. Fluttershy ya se había adelantado antes y estaba junto a Aitana, susurrando palabras tranquilizadoras.

—Sabía que vendrías con celeridad ante algo de tal gravedad —dijo Zecora—. Amigas, vuestro mensaje fue escueto, necesito más información. ¿Hay algo que hayáis guardado en secreto?

Twilight y sus amigas no respondieron. Fue Hope quien se adelantó.

—Aitana fue arrastrada al Tártaro por un gran señor del terror y la tortura. Hice un ritual para ir a rescatarla, aunque al final fue gracias a Rainbow Dash y todas vosotras que conseguimos salir de ahí.

—¡¿QUÉ?! —gritó el profesor Pones— ¡¿Que Aitana ha… qué?! ¡¿Cómo lo permitisteis?!

—¡Eh, eh, tranquilízate! —intervino Rainbow Dash—. Aitana hizo lo imposible por parar a ese monstruo, ¡si no fuera por Hope Spell no estaría aquí!

—¡Pero…!

—Basta —todos se detuvieron, a pesar de que la cebra no había alzado la voz—. Hope Spell, el profesor habla mucho de ti, dice que eres un poni que sabe observar. Me pregunto, ¿qué viste ahí que nos pueda ayudar?

Hope Spell se apartó del profesor Pones, el cual se había acercado mucho durante la breve discusión.

—Estaba atrapada. Cuando la encontré había muchos demonios atacándola… alimentándose de ella.

—¿Alimentándose? ¿Como si fuese una tarta? —preguntó Pinkie, evidentemente confundida.

—No… de su miedo y su dolor, Pinkie.

El doctor Horse se quitó las gafas y murmuró que no le habían entrenado para esas cosas. Redheart tomó un largo trago de una taza que café que no tenía hacía un momento. Applejack la miró, sorprendida.

—¿De dónde has sacado el café?

—Secretos del oficio.

—Bueno, ¿y qué vamos a hacer? —preguntó Spike en voz alta—. ¡La hemos traído hasta aquí, algo habrá que podamos hacer para ayudarla!

—Una idea tengo del mal que la asola, mas ahora debo observar a solas. Guardan gran similitud todas las enfermedades que afectan al espíritu y su salud.

—¿Qué?

—Va a mirar el mundo espiritual, Rainbow, para intentar descubrir qué le pasa.

—¿Qué?

La cebra pidió que le hicieran espacio frente a la cama; después se puso en pie sobre sus patas traseras, estiró las delanteras a ambos lados de su cuerpo y cerró los ojos. Los abrió a continuación al plano espiritual, aunque ninguno de los presentes se percató de ello. Solo tardó un minuto en salir del trance.

—Jamás vi algo similar, pero de otros chamanes sí lo pude escuchar.

—¿Qué le ocurre, Zecora?

—Trajiste su cuerpo desde el Tártaro, pero su espíritu sigue ahí atrapado. Aitana intenta escapar, pero es una lucha que no puede ganar. Su alma se consumirá con el tiempo, ese es su destino funesto.

—¡No! —gritó el profesor Pones—. ¡Tiene que haber algo que hacer, Zecora! ¡No puedes decirme que me quede a ver cómo mi hija arde en el infierno! ¡Haré lo que sea!

Sorprendentemente para todos, la cebra apartó suavemente al anciano con media sonrisa.

—No puedes por ella luchar, eso está claro como el cristal. Pero la podemos ayudar, y para ello, tenemos un equipo sin igual.

Las Portadoras de los Elementos se adelantaron al mismo tiempo.

—¿Qué tenemos que hacer?

—Primero, conocer a nuestra amiga es una obligación. Tienes que hablarnos mucho de tu hija, profesor.

—Hablaros de… ¿Aitana?

—Los señores del Tártaro usarán sus miedos, pesadillas y errores. También debemos conocerlos si para que ella pueda vencer sus temores.

El profesor Pones se echó a un lado de la sala y se acomodó sobre su silla. La enfermera Redheart alcanzó una taza de té humeante al anciano. Una vez más, nadie vio de dónde la había sacado.

—Su nombre de nacimiento es Dawn Hope, y solo tenía cuatro años cuando su madre fue asesinada por un demonologista...


Una yegua marrón galopaba echando fugaces miradas a su espalda. Su crin bicolor, lila y gris, se agitaba debido a la precipitada carrera, y no portaba sus usuales alforjas. A su alrededor solo había una negrura absoluta. Se detuvo abruptamente cuando una figura apareció de entre la bruma frente a ella; se trataba de una yegua joven que clavó sus ojos moribundos en la pequeña antes de desplomarse con un profundo corte en el cuello. Aitana giró y siguió corriendo.

¿Por qué te fuiste, High Sun?

Un potro le salió al paso; su pelaje, que debería ser de un brillante amarillo, estaba apagado. Tras él, una casa ardía, una casa en la que ella vivió en una ocasión.

Te eché mucho de menos, ¿por qué te fuiste?

Yo… —respondió ella con la voz rota—. No quería irme… no quería…

Pero lo hiciste —Una potra pegaso apareció de entre las sombras; portaba un uniforme escolar que, en aquel momento, estaba roto, como si la pequeña hubiese sido atacada—. Vinieron a mi casa, te buscaban a ti. No les dije nada, ¿por qué te fuiste? ¿No fui una buena amiga?

No… ¡No! ¡Eras mi mejor amiga! No quería irme, Lillypad, ¡te lo juro!

Mientes.

Otro ptro apareció junto a la ahora veinteañera yegua marrón y la miró con el dolor reflejado en sus ojos verdes; era un poni de tierra marrón y de abultada melena negra. Aitana sabía que tenía trece años, uno más que ella en aquel entonces...

¿Te acuerdas de mi?

Crimsom… yo…

Creí que me habías olvidado. Solíamos pasear por el gran parque durante horas. Yo quería ser cantante, y tú querías…

Cállate, por favor, ¡por favor! —gritó la yegua, su cuerpo, la manifestación de su propia alma, regresando a la adolescencia—. No quiero recordar…

Nos atacaron, Strong Move. Te aparté del hechizo.

¡Lo siento! ¡Me perseguían a mi, tú no tenías que…!

Me hicieron daño, Strong, caí al suelo y no podía moverme. ¿Por qué no volviste? ¿Por qué no me ayudaste? Tuve mucho miedo.

La cada vez más joven yegua retrocedió, girando sobre si misma y viendo una infinidad de rostros y ponis rodeándola: no recordaba todos los nombres, o dónde los había conocido exactamente, pero sabía que hubo un tiempo en el que se preocupó por ellos. Podía sentirlos juzgarla, exigiéndole explicaciones sin palabras, explicaciones a las que Aitana intentó atender mientras giraba sobre si misma.

Por favor, ¡tenéis que entender! Nos perseguían, ¡no podía quedarme! ¡Tuve que huir!

Y de pronto, todo cambió.

Tardó un instante en reconocer la sala en la que estaba: era una cocina en una casa de madera, la ventana daba a un gran jardín y permitía ver a lo lejos la montaña de Canterlot. Ella quiso cerrar los ojos, pero no pudo hacerlo, y vio que en la sala había una pareja: un semental… y ella misma. En aquel entonces había adoptado el nombre "Ice Blossom". Tenían dieciséis años.

El semental, Swift Comet, la empujó a un lado cuando un hechicero infernal apareció.

El hechizo hizo que este gritara y cayera al suelo mientras las llamas lo envolvían.

Un proyectil fue disparado acabando con la vida del adolescente.

El recuerdo se distorsionó con el grito de la yegua adolescente. No fue un grito de terror o piedad, no fue una súplica o una llamada de auxilio: Era el grito de una joven rota, un rugido de dolor, lágrimas y locura. El demonologista cayó al suelo ante el inesperado contraataque, y después brilló el reflejo de un cuchillo de cocina.

Todo se tornó rojo como la sangre; los sonidos eran amortiguados, pero aún así se podía escuchar cada impacto del cuchillo, cada estertor agónico, cada grito enloquecido… y el atroz silencio que siguió mientras la yegua seguía apuñalando el cadáver una y otra vez hasta que quedó sin fuerzas.

Luego llegó la luz; Ice Blossom, cubierta por sangre ajena, abrazaba el cadáver de Swift Comet y sollozaba. La puerta se abrió de golpe y apareció el profesor Pones, casi quince años más joven.

¡Ice! He sentido presencia de… Oh, Celestia, ¡Dawn Hope! ¿Estás bien? ¡Contesta! —esta acertó a asentir—. Bien… vale, no pasa nada, cielo, no pasa nada… Tenemos que irnos. Coge las cosas y…

No.

La voz de la joven hizo que su padre retrocediera. Su normalmente aguda voz de adolescente estaba rota y algo ronca, y arrastraba una ira y un dolor sin igual.

No voy a volver a huir. Nunca más. Si muerte es lo que buscan esos bastardos, la tendrán.

Dawn Hope, yo ya no puedo luchar, no podré…

Y no vas a hacerlo, lo haré yo —había una inquietante tranquilidad en las palabras de la adolescente—. No van a dejarnos en paz mientras sigamos vivos, siempre nos volverán a encontrar. Nunca más: los encontraré y los materé.

¡Dawn Hope, no vas a dedicarte a eso, podemos volver a empezar! ¡Podemos…!

Esta ya no es tu elección.

La jovencísima Aitana que observaba aquella escena de su pasado sintió que su vista iba hacia el suelo, hacia el cadáver de Swift Comet. Este abrió los ojos y los clavó en ella. El resto de la conversación se esfumó y solo quedaron ella y su difunto novio. A pesar del pelaje calcinado, a pesar de la horrenda herida en el cuello, sus facciones eran inconfundibles de una forma escalofriante.

¿Por qué no luchaste antes, Dawn Hope? Muchos murieron por tu cobardía.

No era lo bastante fuerte… ¡no quería luchar! Solo quería vivir, ¡pero luego luché! —exclamó la potra, por encima de las lágrimas y la culpa—. Luché mucho, ¡salvé a muchos!

¿Y por qué me mataste a mi?

Aitana giró para encontrarse con una yegua. No sabía el nombre de la misma, pero no le cupo duda de que ella era su asesina.

Estabas… —la potra dudó—. Estabas en el culto… eras una de ellos…

Estaba atrapada. Creí que me ibas a salvar y no lo hiciste. Me mataste mientras pedía ayuda.

El recuerdo voló ante los ojos de Aitana: aquella yegua gritando aterrorizada, defendiéndose desesperada y golpeándola, intentando evitar la daga…

No… —Aitana retrocedió, su voz aguda de la infancia rompiéndose en un sollozo creciente—. Eras una cultista, como todos en aquel lugar…

Yo no había hecho un pacto —dijo un grifo, y Aitana recordó su sangre saliente cuando lo degolló.

Yo tampoco.

Ni yo.

¿Por qué nos mataste? ¿Por qué?

Con cada nueva criatura, con cada palabra, los recuerdos que había reprimido pasaron frente a ella: un semental muriendo víctima de uno de sus virotes, el de una yegua apuñalada, el de un unicornio tan joven como ella jurando que no había pactado...

Aitana, ya como una potra, giró sobre si misma intentando en vano excusarse con sus demonios interiores, con cada error que había cometido, con cada vida que arrancó en aquella fatídica noche. Recordaba haberlo hecho, recordaba cada súplica de piedad, cada cada inocente que intentó luchar sin fuerzas ni posibilidad alguna, cada rostro aterrorizado… Los recordaba todos con nitidez, un recuerdo que había enterrado en lo más hondo de su ser. Toda la mentira que construyó alrededor del mismo, así como todas las excusas que usó para engañarse a si misma y no lidiar con la culpa se vinieron abajo. Aitana gritó, cayó al suelo y se tapó la cabeza sollozando sin consuelo.

Soy un monstruo… soy una asesina, soy como mamá, soy una asesina… Debí dejar que me mataran, debí morir…

Poco a poco, el silencio tomó todo. Aitana sintió un frío helador, una quietud imposible y notó una presencia cercana. Fuese lo que fuese, la potra deseó que por una vez se le concediera la paz que jamás pudo tener en vida. Pero la voz que sonó a continuación fue cálida, acogedora y comprensiva.

Cariño, a veces algunos ponis hacen grandes cosas por razones malas. Pero las hacen.

Una figura radiante y en cierta manera divina, en el sentido celestial de la palabra, apareció frente a Aitana. Rarity avanzó paso a paso, como una modelo de pasarela y se agachó frente a la sollozante potra. Su sonrisa por si misma era un mar de esperanza en aquel lugar plagado de pesadillas.

Quizá empezaste a hacer esto por el dolor, o porque no viste otra salida. Pero la verdad, querida, es que has ayudado a muchísimas criaturas. Has entregado tu paz, tu vida y tus sueños por proteger a desconocidos. Un auténtico acto de generosidad.

Hubo un movimiento junto a Rarity, y una nueva figura anaranjada apareció. Al igual que la anterior, brillaba con luz propia, como un faro en la noche, y saludó haciendo un gesto con su eterno sombrero vaquero. La sintió como un faro de rectitud en una tormenta caótica.

Sé que has hecho cosas muy malas, Aitana —empezó Applejack—, nos las acaban de contar. Pero Celestia mintió a todo el mundo y te dejó sola. ¡Defendiste la verdad cuando todos de atacaban, potra! Si no lo hubieses hecho, no sé qué habría ocurrido en Germarenia y el Imperio. La verdad es necesaria, aunque no sea agradable. Pero ahora debes ser honesta contigo misma, azucarillo.

Algo se posó suavemente en el suelo. Su pelaje amarillo refulgía y todo sentimiento de culpa, dolor o tristeza se doblegó ante la portadora de la Bondad primordial. Fluttershy se tumbó junto a Aitana y no dudó en acariciarla con un casco, un roce que se sintió cálido como el abrazo de un amante.

Pobre, ¡pobre criaturita! Has sufrido tanto… —murmuró con auténtica congoja—. Muchos animalitos, cuando no pueden vivir en paz, hacen cosas terribles. Tú las has hecho pero también has hecho cosas buenas. Has luchado para proteger a muchos, y una vez rescataste a una esclava cuando estabas muy lejos de aquí. Quizá… quizá tú hicieras algo muy malo en el pasado, Aitana, pero no eres una mala poni. Te equivocaste, pero no eres una mala poni. No lo eres.

Fluttershy se apartó con un gritito cuando algo botó a su lado. Fuese lo que fuese botó dos veces más en lados distintos de la potra hasta que la cara de Pinkie Pie topó morro con morro con la de Aitana. Su pelaje rosa parecía chicle, o quizá algodón de azúcar, y así como Fluttershy irradiaba paz y serenidad, el espíritu de Pinkie Pie era una carcajada que hacía reír al alma.

¡Y tus fiestas! Bueno, vale, puede que no sean tan grandes y organizadas como las mías peeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeero, ¡las haces! ¡Vuelves de tus aventuras, que son todas terribles y dan mucho miedo, y sigues riendo! ¡Y haciendo a otros reír! No sé por qué una pelea a casquetazos es tan divertida, ¡pero a tus amigos les gusta! ¡Ellos querrán volver a verte, seguro que se alegran! ¡Seguro que organizan una graaaaaaaaaaaaaaaan fiesta para ti!

Tras mantener una enorme sonrisa frente Aitana durante unos segundos, Pinkie Pie se echó atrás. Primero vio las patas de pelaje lavanda aparecer, y pronto reconoció a Twilight Sparkle. La portadora de la Amistad caminaba sin sonreír, con una gran preocupación reflejada en el rostro. Paso a paso, los otros elementos, así como las sensaciones que emanaban, parecieron brillar con más fuerza y un sentimiento de paz cubrió toda la zona. Eran la verdad, la bondad, la generosidad, la diversión y la lealtad hechas un único ser y envueltas por el respeto, el amor y el equilibrio. Eran la armonía y la paz personificadas por una única yegua que se agachó para hablar a la potra que seguía encogida frente a ella.

Aitana, no estás sola. Has estado sola durante demasiado tiempo, has luchado por otros sin otro apoyo que el de tu padre en la distancia, pero ya no. Ya no tienes que luchar tú sola: tienes amigos. Me tienes a mi, a todas mis amigas, a Hope Spell y a Rise Love, y seguro que hay muchos más. Vuelve con todos tus amigos, Aitana, y juntas superaremos cualquier obstáculo.

Con la sonrisa más reconfortante que Aitana había visto jamás, Twilight se levantó y caminó unos pasos atrás junto a sus otras cuatro amigas. Como si fuesen figuras de fina arena, sus cuerpos se deshicieron y donde ellas estuvieran apareció un semental anciano. El profesor Pones parecía más viejo, más canoso y más atormentado por la culpa que nunca. A diferencia de las Portadoras de los Elementos, su presencia en aquel lugar no parecía alterarlo. En realidad, era semental tan perdido como su propia hija.

Lo siento —comenzó, con un hilo de voz—. Dawn Hope, lo siento tanto… Si tan solo hubiese tenido el valor de decirte la verdad, si hubiese sido lo bastante sabio para pedir ayuda, si no hubiese huido… Tú no eras una luchadora, eras una potra pacífica y fue mi inacción lo que te llevó a luchar. Y ahora estás…

El profesor Pones sorbió por el hocico y se lanzó frente a Aitana, tomándole los cascos a la potra con fuerza y desesperación.

¡Por favor, hija, por favor, vuelve! ¡No dejes que te hagan creer que no mereces vivir, que eres una poni horrible, que eres una asesina, no lo eres! ¡Eres mejor poni de lo que yo jamás llegaré a ser, eres valiente, leal y protectora! ¡Por favor, vuelve, no te dejes arrastrar al Tártaro!

Aitana quiso responder, pero no tuvo tiempo: la imagen de su padre se difuminó frente a ella hasta desaparecer. Sintió una presencia detrás de ella que reconoció antes de girarse para mirarla. Hope Spell irradiaba una luz cálida y protectora, un sentimiento de hogar y seguridad, como si la luz de la magia blanca que usaba se hubiese tornado mil veces más intensa.

Aitana… —el semental pareció dudar, pero pronto esbozó una sonrisa divertida por encima de la preocupación y el cansancio—. ¡Mira que eres estúpida! ¿Esperabas quedarte atrás y que yo te dejara? ¿O que no fuese a rescatarte al Tártaro mismo? —hizo una pausa y se acercó, tumbándose frente a ella—. Mira… me da igual tu respuesta. Sabes lo que iba a decir en el mausoleo, ¡y quizá sea cierto, o quizá solo soy un estúpido potro enamoradizo! Pero hay algo que sí que sé, Aitana.

Hope se adelantó y abrazó a la potra marrón. Esta, por primera vez desde que apareciera Rarity, respondió al gesto dejándose abrazar.

Yo no puedo hacer esto solo. No puedo enfrentarme al Rey Sombra, a Dark Art, a Sharp Mind o a las huestes del infierno sin ayuda. No puedo luchar yo solo contra el Apocalipsis, ¡te necesito! ¡El mundo te necesita! Tienes que luchar, ¡tienes que volver a luchar! ¡No dejes que te arrastren al Tártaro!

¡Hope!

Aitana gritó eso cuando sintió a Hope desaparecer junto al abrazo que la había arropado. Miró a su alrededor, viéndose sola en la oscuridad, pero una oleada de sentimientos empezó a barrer la zona: Una sensación de fuerza, una voluntad inquebrantable y una determinación capaz de mover montañas. Supo que se trataba de Rainbow Dash incluso antes de que la portadora de la Lealtad apareciera frente a ella. La pegaso de crin multicolor habló en voz baja, algo poco habitual en ella.

No creo que lo sepas, pero conocí a Daring Do. La ayudé en una ocasión, y lo primero que me dijo es "yo trabajo sola". Je, qué más quisiera ella, ¡anda que no agradeció mi ayuda al final! —exclamó con un deje de orgullo—. Nos hicimos amigas, pero yo… la admiraba.

Rainbow Dash perdió la mirada en el infinito durante unos segundos. Cuando se dio cuenta, sacudió la cabeza y miró directamente a Aitana.

¿Sabes por qué la admiraba? —la pegaso empezó a subir el tono de voz mientras hablaba, llevada por el recuerdo de su amiga—. No trabajaba sola porque no le gustara la compañía o porque le molestaran los novatos, ¡era porque no quería que nadie sufriera por ella! ¡Porque no quería que nadie saliera herido por su culpa! Lo sospechaba hace mucho, pero no ha sido hasta ahora que he entendido las cosas que ella conocía que nosotras no…

La pegaso, súbitamente, bajó la voz y se acercó a la jovencísima Aitana, tomándola por los hombros para dar énfasis a lo que iba a decir.

Si lo que me han dicho de ti es cierto, tú no eres diferente. Te culpas porque crees que muchos sufrieron por tu culpa, y por eso ahora echas a todo el mundo, por eso eres desagradable con casi todos. ¡Escúchame, no fue culpa tuya! ¡Tú no les traicionaste, tú no les hiciste daño, fueron esos monstruos que te perseguían! ¡Y sé que te sientes responsable por tus amigos, que quieres protegerlos, que quieres proteger a los inocentes! ¡Pues agárrate a eso, porque te necesitan! ¡Te necesitan! ¡Y si no vuelves, les fallarás a todos! ¡No les falles!

Con ese último grito, Rainbow Dash desapareció en un instante. Aitana se levantó y buscó en vano en la oscuridad infinita que la rodeaba en todas direcciones.

¡¿Hola?! ¡¿Dónde habéis ido?! ¡¿Dónde estáis?!

La voz de la potra se perdió en el infinito. Respirando agitadamente, la yegua marrón se limpió las lágrimas. Tardó varios minutos en conseguir calmar su respiración y su miedo.

Tengo que salir de aquí…

Y caminó hacia la nada.


Ocho ponis y una cebra se agarraban los cascos, formando un círculo en torno a la cama del hospital. Todos ellos abrieron los ojos a la vez y perdieron el equilibrio al mismo tiempo, cayendo de culo al suelo. Los únicos que se libraron del aparatoso aterrizaje fueron el profesor Pones, que cayó sentado sobre su silla de ruedas, y Zecora, que cayó suavemente sobre sus cuatro patas.

—¡Chicas! —exclamó Spike, corriendo para ayudar a Twilight a levantarse—. ¿Estáis bien?

—Ay… ¡qué mareo!

—¡Uyyyyy sí, hagámoslo otra vez!

—¿Cuánto tiempo hemos estado así?

La enfermera Redheart, que tomaba un café y unas galletas junto al doctor Horse, miró el reloj de pared de la habitación.

—Treinta y siete segundos. No nos ha dado tiempo ni a merendar.

—¿Qué? Pero… ¡hemos estado mucho más!

—El tiempo en los otros planos varía, no puedes observarlo como el paso del día.

—¡Aitana! ¿Estás despierta? ¡Aitana!

Hope sacudió levemente a la yegua marrón sin conseguir que esta reaccionara en absoluto. Redheart dejó las galletas y se acercó.

—Está… sedada —informó—. La sedación funciona, no parece estar sufriendo ahora.

—Zecora, ¿cuándo despertará? ¿Va a…?

—Le hemos dado armas para a sus demonios vencer, cuándo lo hará es difícil de saber.

—Pero… ¿no sabes algo más preciso?

—Me temo que no sé más. Días, semanas, meses, o quizá nunca… Ahora, solo podemos esperar.

El doctor Horse estudió los distintos aparatos a los que Aitana estaba conectada.

—Nosotros nos encargaremos de cuidarla. La mantendremos con vida hasta que despierte.

—Se lo agradezco, doctor. Si podemos hacer algo…

—Encargaos de salvar Equestria, como siempre —respondió Redheart—. Nos encargaremos de mantener a Aitana sana y salva hasta que despierte.

Hope, tras unos segundos, se alejó de la cama. Sin embargo fue Pinkie Pie la primera en hablar.

—¡Uy sí, tengo que hacer la gimcana al revés! ¡Será divertido! ¡Os veo en unos días, traeré unas basbusas!

La poni rosa dio un saltito y, súbitamente, salió disparada hacia la salida.

—Pero qué… ¿Qué es una basbusa?

—Un dulce típico de Egiptrot —respondió Rarity—. Una auténtica delicatessen en Canterlot, si me permitís la observación, queridas.

—¿Egiptrot? ¿Qué…?

—"Profe", es Pinkie Pie —añadió Applejack—. Créeme: no preguntes.

Hope Spell se dirigió a todos los presentes.

—Amigas, os debemos la vida. Tenías razón, Twilight, lo que hice fue una locura y de no ser por vosotras yo tampoco habría escapado del Tártaro. Creo que todos tenemos que descansar, y después muchas cosas que hacer.

—¿Y tú?

—Yo también tengo algo que hacer. Nos mantendremos en contacto.

Al instante, Hope Spell conjuró y se teleportó fuera de aquel improvisado hospital.


NOTA DEL AUTOR: ¡Feliz año nuevo!

Me hace mucha ilusión lanzar estos dos capítulos como inicio del año 2019. Es el momento en el que habéis conocido el pasado de Aitana, qué la llevó a ser lo que era y por qué se comportaba como una auténtica estúpida en muchas ocasiones. En parte me da un poco de miedo como autor no haber conseguido justificar bien el personaje aquí :S. Pero bueno, ¡valor y al toro!

Como siempre, os agradezco mucho cualquier comentario o crítica.

Un saludo y gracias por leerme.