El blanco unicornio abrió los ojos al notar que su mujer despertaba, girando sobre su lomo y abrazándola para besarla.

—Buenos días, amor.

—Buenos días. Tenemos que levantarnos, Shining.

—Cinco minutitos más…

La pareja real se abrazó bajo las mantas, disfrutando de esos momentos de tranquilidad. El trabajo como regentes del imperio raramente les dejaba tiempo para disfrutar de la compañía mutua en paz, y por ello atesoraban aquellos instantes. El unicornio, tras perderse entre la melena de Cadence abrió los ojos y se preparó para levantarse… cuando notó que algo había cambiado en la habitación.

—¿Shining? ¿Qué pasa? —preguntó ella al notar la súbita tensión en su marido.

El semental hizo un gesto a su esposa para que guardara silencio y se levantó al tiempo que conjuraba; la espada real fue desenfundada desde el rincón en el que descansaba, y la magia tomó los sentidos de Shining Armor, quien empezó a escrudiñar cada recoveco de la habitación. Fue entonces cuando Cadence notó lo que ocurría:

En una pared, clavada sobre un retrato de los príncipes regentes del Imperio, alguien había clavado una daga manchada con sangre seca. Shining Armor, mientras tanto, alternó distintos hechizos mientras permanecía atento, algunos de los cuales Cadence reconoció: "Detectar vida", "ancla dimensional", y un hechizo que no reconoció pero que dedujo que le serviría para ver en la oscuridad o algo parecido.

En la sala contigua se escuchó un galope que se acercaba rápidamente; Shining se colocó frente a la puerta y alzó la espada, preparado para defenderse, cuando esta se abrió de un solo golpe.

—¡Majestades…! —Zaphire Assistant se detuvo de golpe al ver al príncipe regente, pero este bajó rápidamente el arma al reconocer a su asistente real—. ¿Qué ha pasado? ¿Están bien?

—Sí, estamos bien, no hay nadie más aquí —aseguró Shining—. ¿Qué ocurre, Zaphire? ¿Son los Diamond?

—Eh… sí, acabamos de… ¿cómo lo ha sabido?

Shining Armor conjuró e hizo que su armadura levitara y se ajustara sobre él a toda velocidad mientras salía al exterior dando órdenes a los guardias que habían acompañado a Zaphire.

—¡Comprobad cómo están todos los amigos y aliados de la casa Diamond! ¡Organizad patrullas en el Palacio y escudriñad cada habitación! ¡Tres Caballeros y un unicornio capaz de ver lo invisible por patrulla! ¡Muévanse!

—¡Sí, majestad!

Cadence se arregló rápidamente mientras organizaba su parte en cualquier crisis: ordenó que no se abriera la Corte por la mañana, comprobó que el Corazón de Cristal no la estaba advirtiendo de ningún peligro y se encargó de atender a un grupo de periodistas que, al ver el revuelo de los Caballeros de Cristal, habían ido a Palacio para intentar obtener una exclusiva.

Para cuando pudo llegar ella misma a la mansión de los Diamond dos horas después, Shining Armor ya salía de la misma con la sombra del horror atravesando su rostro. Usando las palabras justas, el blanco unicornio se dirigió a un sargento de los Caballeros de Cristal, el cual asintió y, junto a dos compañeros, marchó al interior.

Varios soldados jóvenes, los primeros en descubrir la escena del crimen, se habían apartado a un lado de la calle. Uno de ellos todavía tenía arcadas. Cadence se acercó a su marido.

—Amor, ¿qué ha pasado?

—Batponies —respondió—. Ha sido una venganza y los cuerpos… —el semental se calló para evitar dar detalles malsanos a su esposa—. De alguna forma han sabido que los Diamond estaban detrás del ataque, han dejado una nota: "Sabemos lo que hicisteis".

—¿Batponies? ¿Cómo…? Tengo que verlo.

—¡No! —exclamó Shining, poniéndose frente a su esposa—. No entres, cariño es… es terrible. Es una venganza, nunca he visto nada igual.

—¿Pero cómo lo han hecho? Había guardias asignados, ¿no vieron nada?

—Los dejaron fuera de combate.

Cadence giró sobre si misma, haciéndose a la idea de lo que suponía ese crimen para el propio Imperio de Cristal.

—Es un desastre, Shining, un desastre —susurró para que solo la oyera él—. Sparkling sabía que algo iba a ocurrir durante la Feria de Cristal, y ahora…

Una pareja de Guardias Solares llegaron trotando al lugar, escoltando a un unicornio. Zaphire Assistant hizo una rápida reverencia.

—Sus majestades, tengo malas noticias: La Guardia Lunar ha abandonado el Imperio.

—Eso ya lo imaginaba —murmuró Shining Armor.

—Todos los batponies se han marchado, majestades —puntualizó Zaphire—. No han dejado ningún mensaje.

—Nos… ¿nos han abandonado? ¿Después de todo lo que ha pasado?

—¿Y puedes culparlos, Cadence? —respondió Shining Armor—. ¿Después de descubrir que los Diamond estaban detrás del ataque y de la muerte de toda una compañía de la Guardia Lunar? Probablemente también sepan de nuestro trato con ellos. Tenemos suerte de que no lo hayan hecho público.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

—Tú tienes que encargarte del Imperio, mi amor —respondió el semental—. Sé que podrás lidiar con las consecuencias de este asesinato. Yo tengo que ir a aclarar las cosas con los batponies.

—¿Qué? ¡Shining, no! ¡Son unos monstruos, unos asesinos!

El aludido sonrió y negó con la cabeza.

—Son mucho más complejos que eso, y no nos quieren muertos.

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque no existen muchos ponis capaces de colarse en un castillo con tanto sigilo. Y porque la daga estaba manchada con sangre: primero mató a los Diamond, y luego la dejó en nuestra habitación como advertencia.

—Advertencia… ¿de que podríamos ser los siguientes?

—No. Es una advertencia de que podrían habernos matado y decidieron no hacerlo, Cadence.

En la puerta de la mansión empezó a haber movimiento: periodistas y curiosos se intentaban asomar para averiguar qué había pasado.

—Debéis encargaros vosotros de lidiar con esto —explicó Shining a Cadence y Zaphire Assistant—. Yo partiré de incógnito a Hollow Shades. Debo hablar con ellos, no podemos permitirnos más enemigos.


Ajena al terrible crimen, una poni de cristal recorrió el pasillo de la planta de psiquiatría del hospital del Imperio mientras revisaba sus notas. A su lado, un joven pegaso que vestía una bata que lo identificaba como un médico residente Ecuestre la acompañaba a paso ligero.

—¿Entonces no cree que sea un delirio provocado por el ataque de las Fatas Negras, doctora?

Meister, joven, soy una Meister. Todavía no se ha establecido una convalidación entre lo que yo era hace mil años, y aún hay muchos avances con los que debo ponerme al día. Y no, es bastante obvio que no.

—No lo entiendo. Según he leído en los informes, los afectados por las Fatas Negras suelen presentar estados confusionales provocados por un síndrome que ustedes han apodado "Deleción emocional".

La Meister se detuvo y miró al joven frunciendo el ceño y acentuando sus incipientes arrugas.

—Si hubieses estudiado mínimamente sabrías la diferencia entre "delirio" y "confusión". Y si hubieses prestado atención a los pacientes que te fueron asignados podrías enumerar las características comunes de todos ellos, características que he incluido como definitorias del síndrome que has mencionado. ¿Puedes enumerarlas tú?

Ante el silencio del joven médico, la yegua de cristal habló mientras acentuaba cada característica con un golpe en sus notas.

—Pelaje apagado, patrones de comportamiento repetitivo, incapacidad empática, tristeza vital, depresión e incapacidad para reconocer a sus seres queridos como tales. En general, muestran muchas características comunes con un TEA incapacitante —ante la cara de confusión del pegaso, la Meister hizo un aspaviento y aclaró—. ¡Trastorno del Espectro Autista! ¡Maldita sea, cuando yo me formé todavía hablábamos de los humores vitales, y ahora ya conozco mejor la ciencia moderna que tú! ¿Cómo demonios enseñan medicina hoy día? ¡Espero que al menos sepas enumerar las características diagnósticas de la paciente!

—¡Sí, eso sí! Delirio persecutorio, ideas paranoides, y en la valoración mostró signos de sufrir un trastorno de la personalidad múltiple.

—¡Bien! ¡Ni una sola característica en común con el Síndrome de la Deleción Emocional! ¡NO han sido las fatas negras! Se llama "Diagnóstico Diferencial", ¡estúdialo!

Refunfuñando, la yegua de cristal caminó a grandes zancadas lo que faltaba del camino y abrió una puerta que estaba cerrada con llave. La habitación de la paciente estaba impoluta: la cama hecha y limpia, el suelo limpio y pulido y el armario vacío… al igual que la habitación. Ambos ponis observaron el hecho y se asomaron al exterior para confirmar que estaban en la habitación correcta.

—¡Ah, Maestra Sanadora Lumescent! Que Gaia bendiga sus pasos.

Un ciervo se acercó sonriendo a los dos. Se trataba de uno de los curanderos druida que habían acudido al Imperio tras el ataque de las fatas.

—Maestro Curandero Folmarn, siempre es un honor —respondió la doctora con una educación mecánica—. ¿Dónde está la paciente Macdolia?

—La he dejado marchar.

—¿Qué? —respondió tras unos segundos de incrédulo silencio.

—La he dejado marchar. No estaba afectada por la magia de las fatas, no estaba enferma y tampoco era peligrosa.

—¡Pero si tenía ideas paranoides! ¡Que si había viajado en el tiempo, que si tenía que salvar a Aitana Pones de si misma, que si íbamos a morir todos si no la dejábamos marchar! ¡Esa poni no está bien!

—Gaia mira a esa poni con confianza. Creo que es una visionaria, pero no una enferma mental. En mi tierra he conocido grandes sabios que podrían parecer locos, pero en realidad escondían gran conocimiento y sabiduría.

Lumescent se giró rápidamente y lanzó las notas al aire, dejando que cayeran a su espalda.

—¡Locos! ¡Estoy rodeada de locos e incompetentes! ¡Yo paso! ¡Me voy a casa!


La eterna oscuridad de aquel plano de limbo era mucho más profunda que la mera ausencia de luz. Era la falta de existencia, la ausencia de la creación en si misma. En aquel extraño mundo no había un arriba o un abajo, un norte o un sur, y era difícil distinguir el "antes" del "después". Solo la voluntad de un ser sentiente era capaz de traer una mínima semblanza de existencia, una diminuta mota de luz y creación en el infinito océano de la nada.

La potra galopaba por aquella insignificante porción de realidad.

Podía sentir una presencia que la rodeaba, que la llamaba, que intentaba arrastrarla al olvido. Y era una idea tentadora: la paz absoluta, no volver a sufrir, no volver a luchar… pero sabía que era mentira: Más allá del olvido aguardaba un monstruo, uno que le negaría el descanso de la muerte.

No recordaba quién era ese monstruo, ni por qué la acechaba. Como tampoco podía recordar exactamente quiénes eran aquellos que sabía que aguardaban su regreso, aquellos que la amaban. Pero sabía que la necesitaban, y eso era todo lo que requería la pequeña potra marrón de hocico oscuro para no rendirse, para no dejarse arrastrar a la nada, para seguir adelante aún cuando no sabía hacia dónde ir.

Sus crines violetas y grises estaban desenmarañadas y sucias, y su pelaje estaba cubierto de sudor seco. A su espalda quedó el histérico y rabioso grito de alguien la culpaba de una muerte que ella no había causado, pero de la que se sentía responsable. Siguió corriendo hasta que el rápido golpear de sus cascos en el suelo fue el único sonido que escuchaba; se detuvo jadeando y, cuando recuperó el aliento, apretó los dientes, mirando a su alrededor rápidamente.

¡Ya basta! ¡¿Qué quieres de mi?! ¡Ya les he pedido perdón, ya lo he hecho, quiero salir de aquí!

¿Disculparte? ¿Cómo?

La potra retrocedió unos pasos cuando, entre la niebla, apareció aquel pegaso que amó hacía ya tantos años. Swift Comet la observó con odio, desdén y superioridad, haciendo que la pequeña sintiera escalofríos. El semental avanzó unos pasos que arrastraban aquella seguridad y físico que la enamoraran en primer lugar, pero su rostro normalmente pacífico estaba tomado por la locura de la venganza.

Swift... estás...

¿Vivo? —replicó él con rabia—. Me abandonaste, perra ingrata, ¡me abandonaste!

¿Qué? No... no lo hice, ¡no lo hice, te lo juro! —chilló la potra—. Me quedé contigo, ¡hice todo lo que pude!

¡Me abandonaste! ¡Te salvé la vida, te la salvé, y me dejaste morir! ¡Te había jurado amor, pero me mentiste, me mentiste!

Yo…

Estoy muerto por tu culpa. Por tu cobardía, tus mentiras, porque no fuiste lo bastante fuerte. Tú me mataste, Ice Blossom, ¡tú lo hiciste! ¿Cómo puedes vivir? ¡¿Cómo puedes seguir viviendo después de lo que hiciste?! ¡Muchos murieron por ti, YO morí por ti! ¡Deberías estar muerta!

Aitana retrocedió ante el agresivo avance del semental y no se detuvo hasta que su pata trasera no encontró nada sólido en lo que apoyarse. Tras ella solo había la nada, el infinito abismo. La potra cerró los ojos y se echó al suelo, luchando contra el oscuro deseo de dejarse caer, de dejarlo todo atrás. Sentía un vacío en el pecho, como si su corazón hubiese dejado de latir y eso no le importara realmente. Como si, en el fondo, lo deseara.


—Adrenalina setecientos, preparadla para otro choque.

—¡Horse, ya le hemos dado tres dosis!

—Haz como dice el doctor, Rose —jadeó Redheart—. Es una yegua fuerte.

Las alarmas habían llenado la habitación del improvisado hospital en el que ocultaban a Aitana. Sobre la yegua, la enfermera Redheart aplicaba compresiones a la paciente, mientras Rose se afanaba en preparar y administrar la medicación solicitada. A los pies de la cama, el doctor Horse repasaba notas mientras preparaba un artefacto tecnomágico. La tranquilidad de este y de la veterana enfermera contrastaban con la tensión de las alarmas y los nervios de Rose.

La puerta se abrió, dando paso a una cebra. Zecora observó la situación, a Aitana y después preguntó en voz alta.

—¿Cuánto tiempo ha pasado así?

—Cinco minutos, Zecora. No responde a ningún tratamiento; podemos mantenerla con vida, pero no mucho más con el equipo que tenemos aquí.

—Me hago cargo. Pase lo que pase, no ceséis en vuestro trabajo.

La cebra se alzó sobre las patas traseras y, guardando el equilibrio con una facilidad pasmosa, cerró los ojos para después abrirlos al mundo espiritual. En la sala destacaron en seguida los espíritus de los tres profesionales, afanándose por mantener a una criatura moribunda con vida. Sobre la cama, solo podía ver la silueta negra de dicha criatura: el alma de Aitana Pones no estaba ahí, pero eso ya lo sabía. La chamán cebra forzó su voluntad hacia el vacío infinito y se dejó arrastrar por la única luz en aquella nada absoluta.

Percibió primero a Aitana Pones, encogida, temblorosa, al borde de la rendición absoluta, a punto de caer hacia el olvido.

Cerca de ella percibió un recuerdo. Un ser querido, un amor intenso como el sol, alguien fallecido. Una culpa infinita, un dolor reprimido durante demasiado tiempo.

Y, tras ese recuerdo, una presencia. Una criatura maligna, empujando a Aitana Pones hacia la locura, a dejarse llevar por el dolor y el remordimiento. Zecora no intentó percibir qué era aquella presencia, si es que no se trataba del demonio Weischtmann en persona; no tardaría en ser detectada ella misma. No podía arriesgarse a caer atrapada también; enviar su propia voluntad a través de los infinitos planos de la existencia tenía graves riesgos.

Sabía que Aitana jamás podría notar su presencia. Pero sí que captaría las ideas, los sentimientos, y la verdad que ella le susurrara. Se acercó rápidamente a la presencia menguante de la Arqueóloga y susurró unas rápidas palabras; después, la presencia de Zecora se desvaneció de aquel mundo imposible.


¡Eres un monstruo —gritó el enfurecido semental—. ¡Una asesina! ¡Una traidora! ¡Me abandonaste, nos abandonaste a todos y te atreviste a seguir viviendo!

La potra se encogió ante esas palabras y ante el recuerdo de todas las personas que había dejado atrás en su vida. Una culpa y un dolor que siempre la habían atormentado… pero una idea se superpuso a todo ello. No acababa de recordar de quién provenían aquellas palabras, pero sí que recordaba una entereza y una rectitud envidiables, y la voluntad inquebrantable de una yegua que jamás dejaría a alguien atrás.

Por primera vez, reconoció que esa idea era verdadera.

No…

¡¿Qué has dicho?!

No fue mi culpa… No fue culpa mía.

¡Yo morí por tu culpa, porque fuiste débil! ¡Porque me abandonaste, me dejaste atrás!

¡No fue culpa mía! —respondió la potra, levantándose y mirándolo con firmeza a través de las lágrimas!—. ¡Te equivocas! ¡No te abandoné, no te dejé morir!

¡Estoy muerto!

¡Swift Comet murió salvándome la vida! ¡Y Swift Comet jamás me culparía de su muerte! ¡Nunca lo haría! —hizo una pausa jadeante antes de añadir—. Porque Swift me amaba.


Zecora recuperó el sentido y se posó suavemente sobre las cuatro patas. Frente a ella, la enfermera Redheart detuvo las compresiones y los tres profesionales revisaron a la paciente rápidamente.

—¡Pulso, hay pulso femoral!

—¡Carotídeo también!

—Seguimos en arritmia. Cargad amiodarona.

La cebra caminó hasta la cabecera de la cama, se acercó a la oreja de Aitana y susurró: "tú no los mataste".


¡Si hubieras sido más fuerte yo estaría vivo! ¡Si hubieses luchado no habrían muerto tantos!

La potra miró a Swift Comet bajó la vista ante los ataques del semental.

Es… cierto. Si hubiese luchado antes, si te hubiese contado la verdad quizá… quizá seguirías vivo —alzó la vista y lo miró con la pena reflejada en el rostro—. Pero yo no te maté. No fui yo, Swift.

Aitana avanzó hacia el semental; con cada paso que dio el rostro del mismo se relajó, con cada paso que dio la yegua sintió una gran carga acumularse en el pecho. Su espíritu intuía lo que iba a hacer antes de que su propia mente lo hubiera decidido. Para cuando estuvo a la altura de Swift Comet, la potra había crecido hasta tener la edad y altura que tenía cuando adoptó el nombre de Ice Blossom, una yegua de tierra adolescente. Miró aquellos ojos de un profundo tono ámbar del pegaso, y alzó una pezuña para apartarle los mechones pelirrojos del rostro. La joven yegua de tierra se gastó unos segundos en apreciar el pelaje añil y el suave gesto con el que el semental respondió a su caricia.

No puedo seguir así no puedo cargar más con la culpa. Tienes que marcharte y descansar, mi amor —ambos se miraron en ese silencio, pero él no respondió—. Habría dado mi vida por la tuya, pero no puedo hacerlo. Ahora tengo que seguir adelante, tengo que dejarte marchar —Aitana ahogó un hipido y no trató de contener las lágrimas—. Te quiero, siempre te querré.

El pegaso sonrió y le devolvió el gesto con el casco izquierdo. La joven yegua pudo sentir la presencia monstruosa que la había perseguido en las sombras rugir, gritar de frustración, pero la ignoró. Cuando Swift retiró la pata, una preciosa flor blanca destacaba en las crines de la yegua: Un tulipán de las nubes, una flor extraña, única y hermosa que solo crecía en las cumbres más altas. Por un interminable instante, Aitana volvió a estar allí: en aquel carruaje volador, a gran altura sobre la ciudad y las montañas; en la colina bajo las estrellas, acunados por el rugido de la cascada; acurrucada en un abrazo tras haber pronunciado una promesa eterna.

¿Por siempre?

Por siempre —aseguró ella con una sonrisa empapada en lágrimas—. Vete y descansa en paz, mi amor.

Los dos adolescentes se besaron… y él desapareció en una nube de luz. Aitana se quedó mirando al vacío donde él había estado y se tocó la crin donde el tulipán que reposaba hacía un instante había desaparecido. La yegua marrón sintió la necesidad de hiperventilar pero no lo hizo… porque, sorprendentemente, se sentía bien.

O quizá la palabra era "ligera".

Se sentó en el lugar, dejándose llevar por los recuerdos de Swift Comet que había ocultado detrás de la cortina de su muerte, permitiéndose rememorar aquel sentimiento de paz, amor y hogar que sintió durante un breve periodo de su vida. Por primera vez en más de una década, Aitana fue capaz de recordar todos los buenos momentos que vivió con él; todo el amor y el cariño que sentía por él, las risas, las lágrimas y la esperanza ante una vida de paz. Por primera vez no lo recordaba porque murió: lo recordaba porque vivió, porque lo amó, y porque él la correspondió.

Por siempre —murmuró mientras se ponía en pie.

Después echó a caminar en una dirección al azar. Tenía que salir de ese lugar.


El doctor Horse revisó todos los números una vez más, incrédulo.

—No lo entiendo, esto no tiene ningún sentido. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué se ha recuperado de pronto?

—Esto es solo el principio, doctor. Debéis estar atentos, porque por venir está lo peor.

—Zecora, basta de adivinanzas —replicó Red Heart, tomando una taza de café humeante que, una vez más, había sacado de la nada—. Somos científicos: necesitamos hechos, algo que podamos entender. Traduce tus cosas espirituales a un idioma que podamos entender.

La cebra rió por lo bajo con ese tono de voz algo grave que usaba antes de responder.

—Nuestra amiga a uno de los demonios de su pasado se acaba de enfrentar. Pero debéis saber que este no es el que más peligro acarreará: Aún debe confrontar el mayor error de sus andanzas, cuando muchos inocentes murieron por culpa de Aitana.

—A ver si lo entiendo: un demonio está usando su culpa, su remordimiento y demás para hacerla sentir fatal fatal y así matarla, ¿lo he entendido bien? —preguntó Rose Luck, a lo que Zecora asintió—. ¡¿Y qué podemos hacer al respecto?!

—Sobre ella permaneced atentos, y cuando sea necesario seguid usando vuestros talentos.

Hubo un silencio que fue interrumpido por el sonido de Red Heart encendiéndose un cigarrillo.

—¿Qué? —preguntó ante la mirada acusadora de Horse—. Vale, que en cualquier momento puede volver a entrar en parada, y lo único que podemos hacer es mantenerla con vida y rezar porque ella supere sus traumas, ¿correcto? Vale —afirmó la enfermera, alargando innecesariamente esa palabra—, preparémoslo todo para cuando decida volver a morirse.

Zecora observó cómo los tres sanitarios preparaban todo el material y abandonó la casa. La próxima vez que Aitana necesitara ayuda, volvería a acudir.


Dos días después, una figura solitaria se adentró en los densos bosques orientales de Equestria. Cubierta por una capa gris, solo el cuerno que sobresalía bajo la capucha denotaba un detalle de la identidad del semental. Normalmente, el semental se habría dirigido a una de las poblaciones batpony que bordean el bosque Hollow Shades, pero no tenía tanto tiempo. Necesitaba entrar en contacto con los líderes de la nación batpony, y por ello había escogido dirigirse en linea recta hacia donde se creía se hallaba la principal ciudad de los ponis de la noche, oculta en zonas del bosque que jamás habían sido pisadas por un poni equestre.

Un hechizo para localizar el norte le permitió seguir caminando en linea recta por el bosque. Otro de detectar vida le permitió sentir los animales que había ocultos en la espesura y las copas de los árboles. Al principio no detecto nada extraño, más que una criatura más grande en un árbol, ¿un búho, quizá? Pero, tras haberlo dejado atrás, notó otra criatura igual en otro árbol más adelante, y pronto su magia le reveló que cada vez más de esas criaturas lo estaban rodeando en un silencio perfecto. El caminante se detuvo y, con un hechizo, desenfundó su espada y la lanzó al suelo, al tiempo que se retiraba la capucha revelando su identidad.

—¡He venido a hablar con la capitana Rise Love! —anunció Shining Armor—. ¡Vengo solo y desarmado, no pretendo mal alguno!

El unicornio se quedó quieto y, aunque no pudo escuchar nada, sabía que los batponies que lo rodeaban estaban comunicándose con su inaudible idioma. Pero de pronto un bufido suspirado sonó entre la espesura y, con él, los ojos de un poni de la noche se abrieron en la oscuridad. Poco a poco, todos los batponies empezaron a hacer lo propio y allá donde mirara el príncipe del Imperio de Cristal otro par de ojos se abría. Pudo contar más de veinte batponies rodeándolo.

Su magia le indicó que una criatura se acercaba un instante antes de que esta aterrizara frente al unicornio. Pelaje gris y crines azul eléctrico, el semental vestía la armadura ligera de la Guardia Lunar y llevaba galones que lo identificaban como capitán. Iba armado con una espada batpony en una pata y una ballesta cargada en la otra, y no hizo ningún gesto para parecer menos amenazador.

—No eres bienvenido aquí, Shining Armor —expuso Moonlight Sonata—. No después de lo que hicisteis. Pensé que la daga serviría como advertencia.

—¿Todo esto es por mi? —preguntó, señalando a su alrededor con una pata.

—Sabíamos que venías, y jamás cometeré el error de subestimarte. ¿Qué quieres?

—¿Dónde está Rise Love?

—Ocupada.

Shining miró al semental frente a él, sintiendo la fría rabia que lo embargaba.

—Imagino por qué lo hicisteis, pero hay algo que no sabéis: Los Diamond tenían información importante, que iban a compartir con nosotros. Matándolos solo habéis ayudado a la causa de los…

—¿Es por eso por lo que les ayudabais a escapar? ¿Permitirles que salieran del imperio con la gloria, sin pagar por sus crímenes?

—Era la mejor opción. Obtendríamos la información, y luego estarían en un lugar controlado por hombres de nuestra confianza. Sabemos que la Hermandad de la Sombra prepara algo para la Feria de Cristal, ¡pero ahora no tenemos forma de saber qué! No voy a buscar culpables, no voy a acusar a nadie, pero necesitamos a los batponies más que nunca. Os necesitamos. El Imperio os necesita. Por favor.

Moonlight Sonata esperó a que Shining acabara antes de hablar él. Lo hizo caminando a su alrededor lentamente, obligando al unicornio a girar para seguir mirándolo.

—¿Por qué íbamos a hacerlo? Mis compañeros, mis amigos murieron por tu imperio y tú y tu mujer los traicionasteis.

—¡No los traicionamos! ¡Era la idea más inteligente, necesitábamos la información de los Diamond!

—Pero sabíais que trabajaban con los demonios desde hace meses. ¿Por qué no nos avisasteis?

—¿Qué? ¿Cómo lo has…?

—Las preguntas las hago yo —explicitó mientras seguía caminando, obligando a Shining a girar rápidamente para poder mirarlo—. ¿Por qué no nos avisasteis?

—¡Nadie más debía saberlo! ¿Qué habríais hecho.

—Los habríamos torturado hasta sacarles la información. ¿Por qué no nos avisasteis? ¿Por qué no los detuvisteis? ¿Por qué seguían libres?

—¡Porque los necesitábamos, necesitábamos vigilarlos de cerca! ¿Cómo sabes todo esto?

Por respuesta, Moonlight Sonata lanzó un pergamino al suelo que Shining tomó con su magia. Solo necesitó un instante para reconocer la caligrafía de su esposa y el sello real del Imperio de Cristal. Era la orden real para reubicar a los Diamond. Si se trataba de una copia, era perfecta.

—¿Cómo habéis conseguido esto?

Moonlight no replicó porque, súbitamente, galopó hacia adelante mientras desplegaba su espada. Shining retrocedió y llamó a la magia para protegerse, pero el violento choque de metales hizo que no fuese necesario: Moonlight Sonata había interceptado a un joven batpony que se había lanzado sobre el unicornio, espada en ristre. Ambos batponies mostraron todos los dientes y se bufaron mutuamente, haciendo que Shining retrocediera. Se había enfrentado antes de batponies, pero ver a dos ponis de la noche amenazándose el uno al otro como animales salvajes era algo para lo que no estaba preparado.

El joven batpony intentó rodear a su capitán para atacar a Shining, pero no llegó lejos: Moonlight trazó un arco con la espada que cortó limpiamente la fina piel que formaba una de las alas del joven, haciendo que este cayera aparatosamente al suelo. Antes de que llegara a levantarse, otro batpony saltó sobre el joven y lo placó, obligándolo entre bufidos a alejarse del unicornio. Moonlight Sonata se acercó andando al unicornio.

—Muchos te quieren muerto, y a tu mujer también.

—¿Y por qué sigo vivo, entonces?

—Porque tu pueblo no tiene la culpa. Sois parte del Imperio de Cristal, y vuestra muerte iría acompañada por la de miles de inocentes. No somos enemigos de los ponis cristalinos, pero jamás volveremos a luchar por vosotros, Shining Armor. La batalla contra Weischtmann fue la primera y última vez que el Imperio de Cristal contará con el ejército de la noche.

—Eso es absurdo, ¡nos enfrentamos a algo muy grande, Moonlight, no puedes…!

—¿Absurdo? —replicó con furia el capitán de los batponies—. ¿Te atreves de tildar de "absurdo" la muerte de ciento trece de mis compañeros, Shining Armor? ¿Te atreves a menospreciar sus muertes en mi propio hogar? ¿O vas a quitarle importancia a haber hecho tratos con los responsables últimos de sus muertes?

—¡No podíamos atacarlos! ¡Muchos ponis de cristal consideraban a los Diamond unos héroes, aunque fuese mentira! ¡Atacarlos habría supuesto una revuelta social!

—Podríais haber lidiado con ella. Dejar al enemigo dentro de tu ciudad fue un error que todos han pagado. Que los ponis de Hollow Shades hemos pagado con nuestras vidas.

—Es muy fácil saber lo que se debería haber hecho a título póstumo, Moonlight —replicó el unicornio secamente—. ¿Crees que he olvidado las muertes de los Guardias Solares en el templo de Selene*, sus sacrificios por salvar a tu gente? No sois los únicos que han sufrido.

—Después de esa batalla nos encargamos de todos los seguidores de Nightmare Moon, no hicimos tratos con ellos. Esa es la diferencia, Shining Armor. Esa es la traición.

Sentenciando esa conversación, Moonlight Sonata caminó hacia la oscuridad del bosque.

—Acompañad al príncipe regente de vuelta a la estación. Y aseguraos de que tome el tren de vuelta sano y salvo.

Shining Armor no tuvo tiempo a seguirlo antes de que varios guardias lunares le bloquearan el camino y lo obligaran a dirigirse fuera de Hollow Shades.


—¡Wala! ¡Qué pasada!

—¡Fua, tío! ¿Habéis visto los edificios?

—¡No puedo ver nada! ¡Soy un batpony, por todo lo que es sagrado!

La joven banda Steel Note, formada por Lovely Rock, Lucent, Dawn y Greta, bajó del carruaje que la había traído desde la estación hasta el centro del Imperio de Cristal. De los cuatro, tres estaban absolutamente fascinados por los ponis de cristal y sus construcciones, mientras que el pobre Dawn era sencillamente incapaz de abrir los ojos.

Una pareja de Caballeros de Cristal los guió hacia el interior del Palacio. De no ser por la presencia de la Guardia esta habría sido una tarea bastante más compleja, ya que la gran plaza estaba llena de ciudadanos enfadados y periodistas, protestando por alguna razón.

—¡Eh, eh, oiga! —gritó la menuda grifo—. ¿Por qué se queja la gente, que ha pasado?

—Han asesinado a unos nobles, unos héroes de la resistencia contra Sombra —respondió uno de los Caballeros—. Quieren respuestas, saber qué ha pasado.

—A… ¿asesinado?

Lovely Rock, Lucent y Greta se quedaron impresionados por la noticia. Dawn, por contra, se adelantó aún con los ojos cerrados y preguntó.

—¿Y qué se sabe? ¿Hay sospechosos?

—¡Puf! Lo que hay son teorías —respondió el caballero—. Por lo visto los mataron a ellos y a todos sus sirvientes, y se dice que fue una masacre. Algunos sospechan de diabolistas vengándose por el papel de los Diamond en la dictadura de Sombra, hay quien..

—¿Y qué papel fue ese? —interrumpió Greta.

—¡La familia Diamond eran héroes! Algunos dirigieron la resistencia, otros escaparon y pidieron ayuda a Equestria… Por eso se cree que fueron diabolistas.

—También he oído teorías de que fue la propia Guardia Solar, e incluso que fueron unos asesinos batpony. Vamos, que no se sabe nada, y la corona todavía no ha hecho una declaración oficial.

Poco después superaron a los manifestantes y, tras ser identificados en las puertas del palacio por una pareja de Guardias Solares, los cuatro músicos entraron en el majestuoso y brillante edificio (esto último siendo desagradablemente apreciado por Dawn, incluso con los ojos cerrados). Fueron conducidos a través de varios pasillos que desembocaron en una gran sala.

—Hostia, hostia, ¡hostia hostia, que son ellas! ¡Cadence! ¡Y Luna!

—¡¿Qué?! ¡¿Dónde?! ¡Y yo con estos pelos!

—¡Tssssht! —chistó Lucent—. ¡Guardad la compostura, un poco de etiqueta no os hará daño!

Las dos alicornios discutían acaloradamente, tanto que no prestaron atención a los recién llegados. Los Guardias que los escoltaban les indicaron que aguardaran a una respetuosa distancia desde la que no pudieran escuchar de qué hablaban Cadence y Luna… salvo por un ligero detalle: No tuvieron en cuenta que el agudo oído de Dawn.

—...no sé en qué pensabais, sobrina. Si sabíais que esos nobles estaban aliados con los demonologistas, debísteis detenerlos inmediatamente.

—Tía Luna, sabes que mi decisión no era descabellada —replicó la alicornio rosada—. No me explico cómo pudieron averiguarlo. ¿No puedes hablar con ellos, convencer a los Batponies de que no somos sus enemigos?

—¿Queréis que les explique que no los traicionasteis, Cadenza? ¿Que no hicisteis un pacto con aquellos responsables de la muerte de sus hermanos? ¿Cómo os sentiríais vos si hubiese muerto Shining Armor y mi hermana y nós negociáramos con sus asesinos?

—No había una decisión correcta, Luna —replicó Cadence tras unos segundos—. Todas las opciones eran una apuesta arriesgada. Me ayudaría mucho si, al menos, pudiésemos saber quién es el asesino, tía, ¿me ayudarás con eso?

—No.

—¿Qué? ¿Por qué no me quieres ayudar?

—Os estoy ayudando —respondió Luna con calma ante la alteración de su sobrina—. Lo último que queréis ahora, sobrina, es provocar a los batponies. No sois consciente de sus capacidades.

—¡No creerás que irían a la guerra por esto! ¡Eso es absurdo, Luna!

—Si Hollow Shades atacara, jamás sabríais que estáis en guerra. Moriríais, y también los principales mandos militares y civiles del Imperio y de Equestria. Dejarían que las dos naciones se sumieran en la anarquía antes de atacar. Haceos un favor y creedme en esto, querida sobrina: No persigáis a los batponies. No les deis más razones para odiaros.

Cadence trastabilló con las palabras al intentar responder.

—Qué… pero… ¿por qué me dices esto, Luna? Si no te conociera, creería que es una amenaza.

—No olvidéis que hace un milenio yo fui Nightmare Moon, y los batponies su ejército de la noche. Creedme en esto: no permitáis que esta ofensa crezca, es mejor que quede así.

Ambas princesas se tomaron una pausa que uno de los guardias aprovechó para aproximarse a ellas. Tras unas pocas palabras, ambas se aproximaron a la joven banda. Lovely Rock y los demás las observaron, paralizados y con los ojos abiertos como un conejo mirando aterrorizado a una bola de fuego que se echara sobre él.

—Tíos, tíos, tíos, ¿qué decimos? No sé hablar con la realeza.

—¡Calla, calla, solo sé educada!

—¡La vamos a cagar, la vamos a cagar!

—Buenos días —saludó Cadence, calurosamente—. Espero que el viaje haya sido agradable. ¿Sois la banda Steel Note, verdad? La mismísima Pinkie Pie os ha recomendado personalmente.

La noticia cayó como una montaña sobre los músicos.

—¿Pinkie? ¿Pinkie Pie nos ha recomendado?

—¿Pinkie, en plan, la portadora del elemento de la risa?

—¿LA Pinkie Pie?

—"La" Pinkie Pie —respondió Cadence con una sonrisa. A su lado, Luna ahogó una risa—. Pero debo preguntaros algo, ¿comprendéis la importancia de la Feria de Cristal?

Tras unos minutos de explicación, la joven banda habló, por primera vez en todo el día, en voz baja y poco a poco.

—Entonces... ¿tenemos que hacer que la gente sea feliz para que así carguen de energía el Corazón de Cristal que protegerá a todo el imperio de las inclemencias del tiempo, de los demonios y otros peligros?

—Sí. Es una gran responsabilidad.

—Este... majestad —preguntó Lovely Rock algo azorada—. ¿Cree que funcionarán canciones ridiculizando a los demonios, subidas de tono, que bromeen sobre los pactos con el Tártaro y que hablen de los que han salvado a Germarenia del asedio?

—Sí... sí, creo que sí.

—¡Entonces este es nuestro concierto!

Alguien carraspeó a la espalda de la banda. Una elegante yegua gris se apoyaba en una unicornio blanca de crin azul eléctrico, ambas mirando a los integrantes de Steel Pick con sendas sonrisas divertidas.

—Yo diría —objetó Octavia, con un marcado acento Germarenio— que es "nuestro" concierto, también. Y me interesa esa última canción, ¿podemos escucharla?

Al instante, hubo una explosión de gritos, entusiasmo y proyectos musicales mientras Lovely Rock, Lucent, Dawn y Greta histerizaban en torno a dos de las más grandes artistas de Equestria. Luna y Cadence se sintieron, súbitamente, ignoradas.

—Artistas —murmuró Cadence, divertida—. Dejémoslos, tía Luna. ¿Me dijiste que querías enseñarme algo más? Tengo mucha curiosidad por esa yegua que has traído contigo.

—¡Ah! Recomendación de mi hermana cuando supo de nuestra idea. Es una yegua algo…

—¿Excéntrica? ¿Extraña? ¿Impertinente? ¿Loca?

—Quizá todas esas palabras sean acertadas —replicó Luna mientras abría un puerta hacia una sala cercana, dejando atrás el griterío de los músicos—. Pero nós usaríamos…

SILENCE!

Ambas princesas se quedaron de piedra cuando un casco de color celeste se alzó autoritariamente; la yegua responsable del gesto tenía la crin blanca y vestía un conjunto negro con motivos blancos y fucsia que solo alguien con una gran autoestima sería capaz de portar con estilo. A pesar de sus gruesas gafas de montura negra y cristal fucsia, a juego con el vestido, las alicornios pudieron sentir la mirada de reproche que les dirigió.

Tras unos segundos, la yegua se giró y repartió instrucciones a varios unicornios que estaban situados en torno a una plataforma; unos altavoces habían sido instalados cerca y un grupo de modistas se encargaban de que no hubiese una sola impureza en el lugar.

—Photo Finish, nós no creemos…

—THST! La royauté de le spectacle ha de concentrarse.

—La… ¿realeza? ¡Nós somos la realeza!

Oui, oui, oui… Échese a un lado, majesté, je no quiero pas que estropeen nada.

—¿Que no quiere que…? ¡Pero si fue idea nuestra, y desarrollada por magos de la Guardia Lunar! —pero, para exasperación de Luna, Photo Finish ya se había girado, ignorándola—. ¡Arrrrrgh! ¡Esto tiene que ser una broma de Celestia! ¡Nós os maldecimos, hermana! ¡Y VOS DEJAD DE REIR, SOBRINA!

El equipo siguió trabajando durante unos minutos, siempre atentos a un gran reloj. Cuando este estaba a punto de dar la hora en punto, los unicornios conjuraron a la vez. Entre ellos, sobre la plataforma, apareció un poni de tierra, una proyección ilusoria. Este miró a un lado, como si observara a alguien que no estaba en la sala.

—¿Ya estamos? Vale, esto es raro. ¡Hola! ¡Aquí equipo de Canterlot, probando! ¿Funciona?

Photo Finish tomó un pergamino y lo quemó en un compuesto alquímico. Unos segundos después, exactamente el mismo pergamino se formó de la nada frente al poni ilusorio, el cual lo tomó en pleno vuelo.

—Vale, ¡vale! ¡Nos reciben en el Imperio de Cristal! ¡El hechizo funciona!

La sala estalló en vítores. Cadence, curiosa, intentó tocar la proyección para confirmar que era solo eso.

—Luna, ¿podrías…?

—Es un hechizo que hemos desarrollado. Debe hacerse entre varios unicornios entrenados divididos en equipos en distintas localizaciones. Un equipo "copia" lo que está ocurriendo en un lugar muy concreto, y el resto de equipos hacen una proyección visual y auditiva en sus respectivas localizaciones.

La alicornio del amor observó al poni de la proyección leer un texto que, dedujo, habían acordado para probar que todo funcionara bien.

—¿Y con esto podríamos proyectar un concierto entero? ¿Y a dónde?

—Ha sido un trabajo a toda prisa, querida sobrina, mas nós hemos organizado para que el gran concierto de la Feria de Crisal se proyecte en Canterlot, Manehattan, Trottingham, Las Pegasus, Ponyville, Germarenia y Fillydelphia. Nós pensamos que a Equestria le sentará bien saber que el Imperio de Cristal sigue adelante, a pesar de las circunstancias. A decir la verdad, fue idea de Octavia, porque "la música une, así que deberíamos tocar para toda Equestria".

—Más vale que prepare las sales —dijo Cadence, haciendo que Luna la mirara confundida—. ¡Cuando se lo digamos a los miembros de Steel Note les va a dar un patatús!


—¡Vale! —exclamó la yegua roja de las coletas—. Vale, ya he visto lo que es diferente en esta línea, ¿sabes? —preguntó a su silencioso acompañante—. Han triunfado donde en las otras fallaron, ¿entiendes?

Junto a Macdolia, un borrachísimo poni sin techo roncó ruidosamente y dejó caer una botella de sidra que rodó por la calle.

—Es decir, ¡Aitana está viva! Vale, más o menos, ¡pero es una mejora! ¡Y han rechazado no uno, si no dos asaltos del Tártaro! Ahora tengo que decidir, ¿qué hago, a quién intento ayudar? ¡Hay mil cosas que hacer, y más si no puedo advertirles de lo que les va a pasar!

La yegua trotó por la pequeña calle Equestriana, sus cascos resonando entre las paredes de las casas colindantes. Distraidamente dio una patada a la botella que la lanzó hacia la oscuridad. Un gato protestó con un maullido asustado, seguido por un ofendido bufar.

—¡Perdón! Vale… ¿voy a por Poison Mermaid? ¿O voy a por Trixie y Starlight? Los lobos invernales no necesitan ayuda, de eso estoy segura, pero… ¿y qué hay de los pueblos salvajes del norte? ¡Argh! ¡No puedo ayudarlos a todos! Dita sea mi estampa, he vivido esto demasiadas veces… ¿Qué debería hacer?

El borracho se despertó brevemente, intentando enfocar a la extraña yegua que vociferaba en la calle. Muy locuazmente, exclamó: "¿Eh?"

—Ah… tienes razón. Tendré que esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Y creo que la más importante es Aitana, mejor que me ponga a buscarla. Bueno, gracias por la ayuda, amigo.

Ante el muy confundido y ebrio poni, Macdolia se perdió entre las calles de la pequeña ciudad ecuestre.


El puerto libre de Tortuga gozaba, como cada noche a aquellas horas, de la algarabía y el continuo festejar de sus posadas. Tal era la fiesta que la música, el baile, las risas y las peleas eran fácilmente audibles desde el muelle.

El gran capitán lobo Argul no se sobresaltó cuando un grifo de su tripulación aterrizó a su lado y le hizo entrega de un pergamino y una pesada bolsa de oro. Desplegó el mensaje, lo leyó detenidamente y lo volvió a enrollar para guardarlo en un recoveco de sus ropas típicas de los Reinos Lobo.

—Vé a buscar al resto. Zarpamos de inmediato.

Menos de dos horas después, el Relámpago Negro abandonó el puerto.


El desierto de Appleloosa era un lugar agradable durante la noche. Las temperaturas caían en picado y llegaba a hacer un frío muy de agradecer tras el sofocante calor del día. Muy lejos del asentamiento poni de la región, el suave ruido de los tambores resonaba entre los afilados riscos de la región; el poblado búfalo se alzaba en círculo, sus grandes tiendas Tipi formaban varios círculos concéntricos, en cuyo centro común había una hoguera donde búfalos de todas las edades se sentaban y conversaban. Algunos, los más jóvenes, bailaban junto al fuego.

El jefe Thunderhooves tomó una larga pipa de cáñamo y dio una lenta calada. Tras exhalar el humo poco a poco, la pasó a la pequeña criatura, en comparación, que se sentaba a su lado. Un aura mágica blanca tomó la pipa en el aire y el unicornio intentó fumar sin éxito, interrumpido por un tremendo ataque de tos que hizo que su cara pasara del verde a un azul intenso. El jefe de la tribu rió en voz baja.

—Intención importar, Hope Spell. No importar si tú no gustas tabaco búfalo. No ofensa.

—Gra… gracias jefe —respondió Hope, sudoroso y algo pálido—. He disfrutado mucho de vuestra hospitalidad, pero debo partir mañana. ¿Has meditado sobre lo que te conté?

Thunderhooves tomó de nuevo la pipa y fumó en silencio. Hope ya se había acostumbrado a los extraños silencios del líder de los búfalos, así que aguardó pacientemente. Frente a ellos una joven búfalo bailaba al son de los tambores. Little Strongheart era solo una adolescente, pero su tamaño y fuerza física ya rivalizaban con los del más grande de los ponis.

—El chamán de la tribu hablar de sueños terribles —explicó—. Ver seres de fuego, oscuridad, muerte y dolor devorar pequeños ponis. Ver seres de fuego consumir a lobos en desiertos lejanos. Ver búfalos de mentes atadas que jamás volverían a hacer una estampida en terrenos sagrados. Ver lejanas tribus en tierras nevadas huir hasta ser acorraladas. Y oír los gritos de hijos, y de hijos de hijos; ellos llamarnos, preguntar por qué lo permitimos, preguntar qué hacer mal. Chamán creer que tú decir verdad.

—Entonces… ¿nos ayudaréis?

—No.

Súbitamente los búfalos emitieron un grito al aire que fue respondido por el violento choque de dos guerreros que habían cargado el uno contra el otro. Hope hizo lo posible por no caerse a causa de la violenta sacudida.

—¿Por qué no? Creí que comprendías el riesgo que corremos.

—Comprendo —aseguró Thunderhooves—. Pero tú no comprender que búfalos no tribu guerrera. Ser pocos. No ser tribu guerrera que tú buscar, si nosotros ir norte, nosotros morir. Es mi deber proteger mi tribu, asegurar que los jóvenes tener tribu que llamar hogar.

—Pero jefe…

—No peros. Si ponis de Appleloosa ser atacados, tribu búfalo ayudar. Eso yo prometer. Yo hablar con líderes de otras tribus búfalo, no prometo más. Pero ahora yo recomiendo tú tener cuidado.

—¿Por qué, qué has visto que yo no?

—Gran Montana tener ojos en ti. Ser bella hembra, y tener algo por machos pequeños. Tú hoy noche de suerte.

Hope Spell miró a la aludida y, evidentemente, vio cómo esta le hacía ojitos. El unicornio tragó saliva, planteándose si sería más seguro aventurarse a solas a través del desierto para intentar regresar a Appleloosa.


Aquella mañana, los animales que podían hacerlo se alejaron a toda prisa de aquella remota isla, y los que no podían hacerlo se escondieron en cualquier rincón que pudieron encontrar. Porque aquella tormenta no era natural.

Los rayos refulgían con destellos rojizos, la lluvia caía torrencialmente arrastrada por el viento, y este arrastraba a su vez una voz que recitaba un poderoso hechizo en un idioma muerto. Sobre el borde de un acantilado, la infecta magia nigromántica iluminaba un círculo de runas, y dentro del mismo un unicornio de pelaje negro levitaba, sus crines blancas sacudiéndose violentamente en el vórtice de la vorágine mágica.

Dark Art se encogió cuando un haz mágico hizo impacto en él, resintiendo las barreras que había convocado para protegerse. Aún así no detuvo su interminable hechizo, haciendo gala de una increíble concentración. Poco poco, la magia que lo iluminaba se volvió más intensa, hasta el punto de rivalizar con la creciente luz del sol saliente. Cuando esta luz alcanzó su cúlmen la magia, sencillamente, se extinguió.

La tormenta emitió un último trueno y se disipó rápidamente, la lluvia cesó y el viento desapareció. El gran nigromante descendió poco a poco a medida que la magia lo abandonaba hasta posarse en el suelo con gran delicadeza. Gastó unos segundos respirando profundamente antes de abrir los ojos, mirando los cadáveres de aquellos jóvenes practicantes de la nigromancia a los que había engañado.

—Sentíos orgullosos. Acabáis de ayudarme a resucitar una leyenda.

Dark Art caminó hasta la orilla contraria de la isla, donde un bote aguardaba por él.


NOTA DEL AUTOR:

Hacía mucho que tenía en mente la historia de Aitana, de hecho desde antes de escribir la primera palabra de este fic ya hace unos pocos años. El ser forzada a huir, hasta que cuando creía que iba a tener una vida de paz al fin, una vez más se lo arrebataron todo y perdió la cabeza. Aún así se me ha hecho increíblemente raro verla decir "Te quiero" y "mi amor", me he tenido que recordar a mi mismo que la Aitana joven no es el mismo personaje que la Aitana treinta añera.

Aún así, me alegra haber podido por fin publicar esta parte de su historia. Espero que haya estado a la altura de las expectativas :S.

Este capítulo es un poco más largo que la media, pero era necesario para situar varios elementos en el gran tablero de esta historia. En el futuro, todos ellos tendrán su papel, no se preocupen.

Ya tengo el siguiente capítulo escrito, pero necesito revisarlo muy bien. "La leyenda de la reina del mar" primera parte. Ahí lo dejo caer :P

Gracias por leerme. ¡Un saludo!

*El templo de Selene sale al final de la historia "La maldición del batpony" escrita por mi. Como de costumbre, no es necesario leerla para disfrutar de "La guerra en las sombras".