—¿Qué opinas, Helm Salt?
—No lo sé. Nunca he visto un naufragio así, capitana. ¿Quizá les explotó la santa bárbara?
—No veo maderas quemadas —señaló Fire Roar.
Poison Mermaid guardó el catalejo una vez más. Entre aquella niebla era incapaz de ver demasiado lejos; estaban en alta mar por la noche persiguiendo una presa cuando vieron tras el horizonte una señal mágica de socorro. Tardaron varias horas en llegar a la zona y, hasta el momento, solo habían encontrado trozos de madera y algún barril del barco que perseguían. Por si aquello no fuese suficiente, una densa niebla matutina se había levantado.
—Guardad silencio. Que los pegasos patrullen los alrededores, buscad supervivientes. Si alguien encuentra el San Brico que vuelva de inmediato, no os fiéis de esos demonologistas. Asunrix, ¿qué te dice tu magia de druida?
El gran ciervo marrón no intentó explicar por qué su "magia de druida" no le decía nada. A algunos ponis de esa tripulación les costaba entender la unión tan íntima que Gaia guardaba con él. La Capitana Poison era consciente de esto, y usaba palabras que todos sus hombres pudieran entender.
—Gaia está inquieta —respondió—. Esto no ha sido un accidente.
Los pegasos alzaron el vuelo y partieron en todas direcciones; durante un rato continuaron navegando, siguiendo los restos del naufragio, esperando encontrar algo. El silencio era sepulcral, así como la sensación de peligro. Casi un cuarto de hora después, alguien llamó la atención de la capitana: dos pegasos volvían cargando con un alto y delgado poni de Saddle Arabia. Este estaba inconsciente y empapado, y sus ropas lucían una gran mancha de sangre.
El sanador lo atendió al momento, confirmando que estaba vivo. Poison Mermaid sacó un frasco de sus ropajes, lo abrió y lo puso bajo el hocico del náufrago; al instante el poni despertó con una gran aspiración histérica e intentó retroceder, hablando rápidamente en un idioma que Asunrix no entendió. Uno de los marineros de Poison hizo de intérprete.
—Dice que volvían a Saddle Arabia cuando fueron atacados. Que no tuvieron ninguna posibilidad.
—Pregúntale su relación con los demonologistas.
El marinero lo hizo, y el largo y asustado poni negó rápidamente con la cabeza, dando una larga explicación.
—Dice que no sabe nada de eso, que subió a la nave como pasajero en los Reinos Lobo para volver a Saddle Arabia.
—¿Quién les atacó? ¿Cuándo ocurrió?
—Anoche —respondió el marinero tras cuestionar de nuevo, traduciendo a medida que el náufrago hablaba—. Dice que algo los golpeó, el barco se detuvo y entonces… Un momento. Shaytan Albahr? Hal'ant mtakd?
—Nem! —respondió el aterrorizado poni—. Shaytan Albahr… Shaytan Albahr!
El traductor miró directamente a Poison antes de traducir eso.
—Demonios. Demonios del mar.
—Salgamos de esta niebla —ordenó Poison tras unos segundos—. Dad diez minutos a los pegasos por si encuentran más supervivientes, luego volvemos a Tortuga.
Al día siguiente, la Sirena Mutilada navegaba plácidamente en un mar en calma. Todavía faltaban varias horas para que llegara al puerto libre de Tortuga. Teniendo las bodegas llenas con los botines de las últimas presas que se habían cobrado, normalmente habrían tomado una ruta larga y tranquila, evitando las zonas más concurridas. Sin embargo la capitana había ordenado que volvieran por la ruta más rápida al puerto libre.
El náufrago que rescataran seguía en la bodega, incapaz de comunicarse más que con el único poni que hablaba árabe, y actuando como un demente. Muchos marineros pensaban que el naufragio lo había trastornado y que probablemente había imaginado demonios, pero todos estuvieron de acuerdo con Poison cuando tomaron la ruta rápida de vuelta. ¿Supersticiosos? Quizá, pero siempre responderían "mejor supersticioso y vivo que no temerario y muerto".
Asunrix observó que la tripulación, a pesar de la preocupación, estaba extrañamente risueña. Siempre le resultaba curioso que todos reaccionaran igual: muchas noches, especialmente tras haber tomado una presa y llenado la bodega de riquezas, la capitana Poison Mermaid se retiraba, sin excepción, a su camarote acompañada del mismo afortunado semental. A pesar de ser un barco medianamente grande, la madera a duras penas conseguía amortiguar las exaltadas exclamaciones de Poison. Lo que estaba ocurriendo realmente en aquel camarote… era motivo para que muchos dejaran volar la imaginación.
Asunrix optó por hacer tiempo mirando hacia el mar. Estaban cerca de un pequeño archipiélago deshabitado. Aunque todavía le costaba, había aprendido a escuchar a Gaia a través de sus criaturas del mar, pero debía reconocer que ese no era realmente su territorio.
—¿Qué notas, majestad?
—Nada nuevo, maestro pirata —respondió Asunrix mirando al teniente Helm Salt—. No acabo de acostumbrarme realmente al mar. Creo que soy un druida de secano.
—Lástima. Esperaba que tú también notaras que el mar está extraño.
—¿A qué te refieres?
—No lo sé, pero no soy el único que lo ha notado. Y fue todo desde aquella tormenta que vimos a lo lejos hace varios días. No sé si estará relacionado con nuestro amigo de Saddle Arabia.
—Gaia parece tranquila.
—Espero que tengas razón. La capitana debería estar libre pronto, creo que querías hablar con ella.
—Gracias, maestro pirata.
Asunrix se adentró en el castillo de popa y se detuvo silenciosamente tras la puerta del camarote de la capitana. Tras la misma podía escuchar la inconfundible voz de ella; aunque no podía distinguir exactamente las palabras, los aspavientos, las palabras exhaladas y el silencio de él eran un claro indicativo de lo que estaba ocurriendo exactamente. El gran ciervo marrón esperó pacientemente hasta que tuvo la impresión que la capitana ya iba a terminar, llamó a la puerta y pasó sin esperar respuesta.
Sentado en una silla, Fire Roar miraba embelesado a la yegua frente a él. Poison no llevaba sus habituales ropas de trabajo o el cinturón donde portaba sus armas y pociones; en su lugar la pegaso añil sostenía un pequeño libreto que leía apasionadamente.
—"¿Qué es mi barco? Mi tesoro. ¿Qué es mi Dios? La libertad. ¿Mi ley? la fuerza y el viento. ¿Mi única patria? La mar"
La yegua terminó la narración y miró a Fire Roar, esperando su respuesta. El semental tardó unos segundos en cerrar la boca, y Asunrix sonrió reconociendo en él el rostro de un enamorado.
—Qué bonico, cariño. Pero, ¿por qué has hablado como un chico cuando has dicho "sentenciado estoy a muerte"? ¿No sería "sentenciada"? Y también has dicho que eres el rey del mar, y tú eres una...
—Ay, Fire —respondió ella, acercándose e interrumpiéndole con un dulce beso en los labios—. ¡Pero qué inculto que eres!
—Es que yo sé de lo que sé, nena.
—Ya lo sé, querido —lo volvió a besar, más intensamente que antes—. Vé a comprobar la munición, pólvora y los cañones. Y dile a Helm Salt que mantenga la vigilancia, el mar está raro hoy.
El cambio del tono de voz de Poison Mermaid fue sutil, pero lo suficiente para que Fire entendiera al momento que ahora era la capitana quien le estaba dando una orden a su capitán de artillería.
—Ahora mismo, capitana.
El unicornio de las crines quemadas se levantó y salió de la sala embelesado, sin ni siquiera percatarse de que había tenido que rodear a Asunrix para llegar a la puerta. Poison se sacudió la despeinada melena de la cara y miró al druida.
—Veo que no hace falta que te invite a pasar, querido —dijo mientras buscaba sus ropas en la habitación—. ¿Qué necesitas?
—No eres la única que nota algo extraño en el mar, Poison. Helm Salt me acaba de hablar de ello. ¿Qué es lo que teméis?
—Lo que no puedo ver, Asunrix.
La capitana recogió una camisa del suelo y, tras estudiarla y olerla, la descartó a un rincón para tal fin.
—Viste tú mismo el naufragio que encontramos —continuó, tomando una camisa marinera blanca y limpia de un armario—. No había casi restos, no parecía una batalla. ¿Viste algún salvaje en la orilla de la isla que bordeamos ayer por la tarde? Yo tampoco y eso es raro, o se han marchado o se han retirado al interior. Me preocupa lo que dice el superviviente, no quiero descartarlo como un delirio todavía.
—¿Alguna idea?
—A saber —la capitana se ajustó el cinturón con todas sus armas sobre la ropa—. ¿Sirenas? ¿Barcos fantasmas? ¿Un pirata que no deja supervivientes? ¿Quizá hay realmente un demonio acechándonos? Con todo lo que ha ocurrido en Equestria, los Reinos lobo y Cérvidas me espero cualquier cosa. Pero hablemos de ti, ¿qué necesitas, querido?
—Solo quería informarte de que abandonaré tu barco en Tortuga.
La capitana se sentó para ajustarse botas en las patas traseras (que como aprendió Asunrix, servían para que los cascos de los ponis no resbalaran en la madera mojada) y le hizo un gesto para que continuara.
—Hay dos razones: la primera es que las pistas que obtuvimos del capitán de la Garra Roja nos han llevado a un callejón sin salida.
—¿Callejón sin salida? Hemos acabado con varios templos y sus cultistas, y hemos obtenido muchas riquezas de ellos.
—Y tu tripulación ha sido ejemplar, Poison, me siento honrado por haber luchado junto a vosotros. Pero el San Brico era nuestra última pista, me temo que he agotado los rastros de la Hermandad de la Sombra en este rincón del mundo. Debo regresar a Cérvidas.
—¿Y cuál es la segunda razón?
—Que ya no tengo dinero para seguir contratando tus servicios.
Sonriendo, la capitana se levantó y se sacudió el pelo una vez más. De una forma incomprensible para Asunrix, Poison volvía a gozar de una elegancia propia de la nobleza, y aún así inspiraba el respeto propio de una capitana pirata de renombre.
—La tripulación te aprecia, Asunrix. Serías bienvenido a bordo no como un cliente, si no como uno más.
—Te lo agradezco, Poison Mermaid, pero no puedo hacerlo. No soy un pirata, pero eso ya lo sabes.
—Sí. Pero habría sido muy descortés por mi parte no ofrecerte un puesto a bordo de La Sirena —sonrió la pegaso—. No podremos llevarte a Lutnia, los piratas no somos bienvenidos en tu tierra, pero podemos dejarte en algún puerto de Equestria. No deberías tardar en…
La capitana dejó de hablar a mitad de frase y miró por detrás de Asunrix en silencio.
—¿Capitana? ¿Qué…? —el ciervo se giró: Poison estaba mirando por la ventana, y vio que el mar en torno al barco se había oscurecido hasta volverse casi completamente negro—. ¿Qué es…?
La nave se detuvo de golpe con un tremendo crujido, lanzando objetos, yegua y ciervo por igual contra una pared. Poison se recuperó rápidamente y galopó hacia la cubierta seguida por Asunrix. Fuera los marineros miraban por la borda a ambos lados.
—¡¿Qué ha pasado?! ¿Hemos chocado con un arrecife?
—¡No hay arrecifes en esta zona! —respondió Helm Salt—. ¡Ha aparecido debajo nuestro de repente!
—¿Que ha aparecido? ¡¿El qué?!
La capitana alzó el vuelo para poder ver mejor: bajo el barco, el agua se había tornado completamente negra a pesar de que el sol brillaba con fuerza. Asunrix vio el mismo fenómeno desde la cubierta y cerró los ojos, intentando escuchar la voz de Gaia. No tenía grandes esperanzas, a bordo de un barco le costaba mucho trabajo meditar y no…
Para los que lo vieron, el ciervo solo cerró los ojos durante un instante. Para el druida, sin embargo, se sintió muy distinto, cosa que Poison reconoció al segundo.
—Es Gaia, me ha…
—Asunrix, dime qué has visto, no me hagas perder el tiempo.
—¡Un ser antiguo como el mar! —exclamó el druida—. Pero es una abominación muerta, no debería estar aquí.
—¿Qué quieres decir?
—¡Que debería estar muerta, Poison! ¡Es algo ancestral, algo que no debería estar vivo pero lo está! ¡Y está bajo el barco!
Hubo un escándalo en la puerta que daba a las cubiertas inferiores cuando el poni de Saddle Arabia salió a todo correr, se lanzó hacia Poison y la tomó por los hombros, gritando algo en su idioma natal con el terror reflejado en su rostro. Fire Roar le apuntó con la pistola a la sien, haciendo que el alterado semental retrocediera al momento.
—¡Capitana, no he podido detenerlo, lo siento! —gritó el traductor, apareciendo tras el histérico poni extranjero—. ¡Dice que es lo mismo que ocurrió con su barco!
—Shaytan Albahr! Shaytan Albahr! —repitió desesperado el extranjero en su idioma natal.
Helm Salt, Fire Roar y Asunrix vieron algo en Poison que no había visto nunca: Miedo. Pero la voz de la yegua no titubeó un ápice.
—¡Zafarrancho de combate!
Alrededor de Asunrix la tripulación reaccionó con la coordinación de la que ya había sido testigo, pero en aquella ocasión podía sentir el miedo de cada marinero.
—¡Fire Roar, prepara bombas! ¡Carpinteros, preparaos para reparar cualquier fuga! ¡Tomad arpones y preparad los botes! ¡Todas las armas preparadas, si realmente es un demonio le enseñaremos que el mar nos pertenece!
—¡Poison! ¿Qué ocurre, a qué nos enfrentamos?
—Si hay suerte… estamos interpretando muy mal el haber chocado contra un arrecife de coral.
—¿Y si no la hay?
La tripulación galopaba arriba y abajo, organizados por el teniente Helm Salt para cumplir las órdenes de Poison. A pesar de que el viento hinchaba las velas, el barco no avanzaba.
—¡Sé lo mismo que tú, Asunrix! ¡Un demonio, vete tú a saber! Hay muchas leyendas, de criaturas ancestrales que dominaban el mar, de dioses olvidados, de criaturas marinas gigantescas… ¡no tengo ni idea!
—¡Hay algo en el agua! —gritó el pegaso vigía—. ¡Algo se acerca al…! ¡Iron, cuidado!
Muy poco llegaron a ver cómo algo aferraba al desgraciado semental y lo lanzaba por la borda. Otro marinero que se asomó para ver cómo su compañero era arrastrado al fondo del mar corrió la misma suerte. Poison notó un movimiento y se giró cuando un unicornio que había subido a un mástil con sus pistolas era placado por algo; fuese lo que fuese esa criatura había saltado desde el agua por encima de La Sirena Mutilada, había agarrado a su presa y la había arrastrado al fondo del mar por el lado contrario.
Y fuese lo que fuese esa criatura, tenía cola de pez.
—¡Al centro del barco, alejaos de la borda! ¡Vigilad la bodega de cañones! ¡Espalda contra espalda!
La orden llegó un instante antes de que se desatara la pesadilla. Un sonido desgarrador ensordeció cualquier conversación e hizo que los mortales intentaran taparse los oídos mientras se alejaban de la borda: cientos de voces agudas, desgarradas e imposibles gritando al mismo tiempo. Hubo un disparo y gritos cuando la primera criatura saltó sobre los marineros. Poison alzó la pistola y disparó sin estudiar a qué estaba disparando exactamente: La criatura pasó por encima de ella y cayó al otro lado de la cubierta, sacudiéndose sobre la madera como un pez fuera del agua, pero no tardó en alzarse sobre sus patas delanteras, mostrando que la bala no la había herido de gravedad.
El ser clavó sus ojos sin párpados en Poison y chilló, mostrando una boca desproporcionadamente grande cubierta con cientos de colmillos largos y afilados. La parte superior de su cuerpo era la de un poni grotesco y deformado, pero no tenía pelaje; en su lugar, una piel grisácea, húmeda y apestosa lo cubría, fundiéndose con las escamas que protegían la parte inferior de su cuerpo acabada en cola de pez.
Poison se quedó paralizada durante un instante a causa del miedo que le inspiró el imposible chillido. La monstruosa sirena, si se la podía llamar así, lejos de estar indefensa fuera del agua se arrastró rápidamente sobre sus patas delanteras acabadas en garras y se impulsó sobre la pegaso añil. Pero esta avanzó hacia el monstruo espada en ristre y dejó que con su propia incercia se ensartara en el afilado filo.
—¡Ninguna furcia marina va a hundir mi barco!
Esa arenga a su tripulación le hizo perder un valioso instante, uno en el que no pudo arrancar su espada del pesado cuerpo de la sirena antes de que otras se lanzaran contra ella. Pero antes de que ninguna llegara a dañarla, una saeta de fuego de Fire Roar dio cuenta de una, y la lanza de Asunrix acabó con otra. Algo más allá, un fuerte poni de tierra apartó con una poderosa coz a una criatura que había derribado a un compañero, al otro lado Helm Salt dirigía a la mitad de la tripulación para formar un muro de espadas, arpones y otras armas, y en el cielo los pegasos de la tripulación, sabiendo a qué se enfrentaban, volaban rápidamente disparando con sus ballestas y pistolas a cuanto objetivo se ponía a su alcance y esquivando a los monstruos que intentaban alcanzarlos.
A pesar de que la tripulación de La Sirena Mutilada plantó batalla con una coordinación excelente, a pesar de usar todos sus recursos a la perfección, y a pesar que nadie se retiró, los primeros heridos cayeron. Algunos víctimas de las garras de las sirenas, otros luchando por sus vidas tras un mordisco en un punto vital… y los monstruos seguían subiendo al barco sin cesar. Los estaban matando por docenas, y aún así no dejaban de llegar.
—¡Capitana, son demonios, mire!
Poison miró a la sirena muerta que le señaló Helm Salt. Esta, tras unos segundos, empezó a fundirse hasta convertirse en un charco de agua sobre la cubierta. La capitana miró a su teniente sin entender.
—¡Hay un demonio más grande que las convoca! —gritó—. ¡Hay que matarlo o nunca dejarán de venir!
—¡Bajo el barco, Poison! —gritó Asunrix mientras despachaba a otra criatura—. ¡La he sentido, está bajo el barco!
—¡Fire, dame las bombas de compuesto rojo, rápido! ¡Vé a los cañones!
En menos de cinco segundos, el joven e hiperactivo semental le tiró una bolsa a Poison y después galopó a la cubierta de artillería. La pegaso añil alzó el vuelo y, protegida por los otros pegasos de la tripulación, voló en torno al barco lanzando una a una las bombas al agua. Cuando volvió a cubierta, donde la lucha continuaba, gritó algo que muy pocos llegaron a oír:
—¡Preparados para reparar fugas! ¡Agarraos!
La primera bomba detonó en el agua, y su impacto sacudió violentamente la Sirena Mutilada. Y tras ella cinco detonaciones más ocurrieron por orden, allá donde Poison las había soltado. El combate siguió en cubierta, pero pronto se notó que las sirenas habían dejado de saltar a la nave. En el silencio se escucharon gritos en las bodegas inferiores seguidos de los martillazos de algún marinero reparando fugas de agua.
—¡A babor!
A muy poca distancia de la sirena, el agua se combó brevemente antes de revelar que una inmensa criatura estaba surgiendo del mar. Su colosal figura opacó el sol, cubriendo a La Sirena Mutilada con su sombra y el goteo del agua de su cuerpo se sintió como una intensa lluvia salada en la cubierta. Su rostro recordaba vagamente al de un poni cruzado con una criatura abisal, con una gran boca llena de colmillos al igual que las sirenas que habían estado matando en cubierta. Alzó sus enormes brazos acabados en garras capaces de atravesar limpiamente a un dragón adulto y avanzó hacia el barco.
En la cubierta, los marineros retrocedieron, pero ninguno se atrevió a saltar al agua. Inútiles balas de pistolas y mosquetes fueron disparadas al ser sin que este se inmutara, los unicornios lanzaron sus hechizos que resbalaron inofensivamente sobre la infernal criatura. Poison no supo qué orden dar y miró alrededor, buscando cualquier salida para sus valientes marineros.
En la bodega de cañones, Fire Roar esperó con una creciente sonrisa maníaca a que la gran muralla de escamas que se aproximaba al barco estuviera en la posición indicada. Junto a él, seis ponis aguardaban frente al mismo número de cañones… y dio la señal.
El gargantuesco ser gritó, grandes trozos de piel cubierta de escamas siendo arrancados de su cuerpo, y él mismo siendo impulsado unos metros atrás. Un crujido recorrió la Sirena Mutilada cuando esta se inclinó hacia el lado contrario a causa del retroceso de los cañones, sonando casi como un grito de guerra emitido por la nave misma, scando a la capitana de su ensimismamiento. La pegaso añil alzó el vuelo solo un palmo sobre la cubierta y apuntó con el sable hacia el gran demonio.
—¡FUEGO!
Como uno solo, toda la tripulación tomó pistolas, mosquetes y ballestas y disparó al enorme ser. Los cañones abrieron fuego uno a uno tan rápido como recargaban, en una sucesión continua de proyectiles, y la criatura rugió, protegiéndose de la salva con ambos brazos. Durante un instante, pareció funcionar: las balas de cañón abrían grandes heridas en el demonio del mar y los fusiles apuntados a los ojos lo obligaban a protegerse, evitando que avanzara. Durante un instante todos tuvieron la esperanza de que sería suficiente, de que iban a frenar a la legendaria criatura. Pero todo cambió cuando esta alzó ambos brazos y golpeó el agua, creando una enorme ola que se abalanzó sobre la Sirena Mutilada.
Asunrix no llegó a escuchar la orden de Poison, no hizo falta: llamando a su unión con Gaia y a los elementales del agua hizo que la gran ola disminuyera notablemente de tamaño. Eso no impidió que el navío recibiera el impacto y que el timonel tuviera que luchar por mantener el rumbo.
—¡Cuidado!
La enorme garra de la criatura golpeó la Sirena Mutilada, atravesando la cubierta con un estallido de astillas y gritos histéricos. Algunos, los más bravos, recargaron sus armas y dispararon; los más inconscientes intentaron golpear el apéndice de la criatura con arpones y espadas. El viento sopló con más fuerza cuando la penumbra de una nube cubrió la zona, pero de nada sirvió cuando con su otra garra el demonio destruyó todas las velas, grandes trozos de madera y tela cayendo sobre la cubierta. Las armas cortas se tornaron inútiles, el cuerpo a cuerpo un suicidio seguro, y la magia de los pocos unicornios resbalaba sobre la criatura inofensivamente. Esta alzó de nuevo un brazo para terminar de hundir la embarcación, pero no se percató que una criatura se había agarrado a la garra que alzaba sobre su cabeza.
El gran ciervo marrón se soltó y se vio en el aire encima del monstruo durante un instante a una altura mucho mayor de la que había estimado. Algo sabía seguro: Gaia odiaba a esa criatura, y la madre naturaleza lo estaba mirando a él, al aliado del que esperaba ayuda para acabar con aquel demonio del mar.
Asunrix asintió, y los elementales acudieron a su llamada.
Cuando cayó de nuevo sobre el hombro del colosal demonio, lo hizo con la destrucción de una tormenta y la furia elemental de una erupción volcánica: el fuego cubrió todo el costado del ser, y los rayos hicieron que el demonio chillara de dolor. Asunrix saltó inmediatamente, aturdido, y llegó a ver al demonio recuperarse; lo vio alzar ambos brazos con un chillido de ira, incluso cuando los elementales seguían centelleando sobre su piel... y supo que el navío no aguantaría ese impacto.
Súbitamente, una gran detonación de llamas azules se formó en la monstruosa boca del demonio y se extendió por su deforme cabeza. Este se sacudió salvajemente, bramando por el dolor, pero nuevas explosiones se formaron sobre él, cubriéndolo del incandescente fuego alquímico. Finalmente el demonio se lanzó al agua.
Al mismo tiempo, algo atrapó a Asunrix en el aire. Uno de los pegasos de la tripulación lo había interceptado y lo devolvió a la nave.
La Sirena se inclinaba peligrosamente mientras unos pocos marineros intentaban cortar los cabos que ataban los mástiles partidos y que amenazaban con hacer volcar la embarcación. Toda la cubierta estaba llena de marineros malheridos, así como algunos que desde el agua gritaban desesperados que les tiraran un cabo. El curandero de la tripulación se acercó al galope a la capitana, pero la pegaso añil lo rechazó con un gesto.
—¡Déjame, estoy bien! ¡Atiende a otro, es una orden!
—Poison… tu pata…
Fire Roar, todavía recargando el pequeño cañón con el que disparara el Infierno Líquido al demonio, miró impactado a la yegua que amaba. Ella no quería mirar atrás, pero sabía que era malo: no podía sentir bien el apéndice herido, tampoco podía moverlo, pero notaba claramente el calor de la sangre empapándole el pelaje.
—He dicho que no es nada —respondió, sin dudar de que todos sabían que mentía—. Buen tiro, Fire, solo lo hemos espantado, no tardará en volver. Preparad los botes, abandonamos la nave.
—¡Poison, no! Si ataca los botes no tendremos ninguna posibilidad, ¡tenemos que pararlo aquí y ahora!
—Fire, es una orden. No podemos vencerlo, si nos damos prisa llegaremos a tierra.
—¡Sí que podemos, Poison, escúchame! Yo sé de lo que sé, ¿recuerdas? ¡Y de reventar cosas sé la hostia!
Sin esperar respuesta, el semental unicornio conjuró una llamarada sobre la cubierta; esta se expandió sobre la misma sin causar ningún daño más que una ligera marca de carbonilla.
—Una bomba en su piel no le hará nada, ¿de acuerdo? Pero si abrimos un agujero y ponemos la bomba dentro… —el semental juntó los dos cascos y los separó mientras imitaba el sonido de una explosión con la boca.
—¿Quieres dispararle en la boca?
—¡Ya lo he hecho, ¿cómo te crees que seguimos vivos?! —respondió Fire haciendo un aspaviento hacia Asunrix—. ¡Ordena que me traigan todos los cañones que puedan a cubierta! ¡Le abriré un agujero en el puto pecho y tú, Poison, prepara tus mejores explosivos! ¡Vamos a reventar a ese hijo de puta!
Unos pocos se habían detenido en torno al trío al escuchar el plan de Fire Roar. Nadie se atrevió a murmurar o a expresar otra idea mientras Poison tomaba una decisión. La joven yegua intentó apoyar la pata herida por error e hizo un auténtico esfuerzo para no gritar.
—¡Los heridos a la bodega inferior! ¡Subid a cubierta los cañones que Fire Roar indique! ¡Hagamos que ese monstruo se arrepienta de haberse cruzado en nuestro camino! ¡¿Estáis conmigo, mis valientes?!
No hubo un grito afirmativo: solo hubo acción. La mayor parte de los heridos se negaron a abandonar la lucha, solo aquellos que no podían ni tenerse en pie fueron obligados a hacerlo. Como una máquina perfectamente engrasada, la tripulación empezó a subir cañones a la cubierta, usando la grúa de a bordo con gran habilidad. Afortunadamente, el gran agujero que la gigantesca criratura había abierto fue muy útil para ello. Aunque Asunrix no conocía las artes sanatorias de los curanderos ciervo, usó su magia para detener la hemorragia de la pata de Poison mientras esta trabajaba a toda velocidad mezclando productos alquímicos en su habitación.
En el exterior, Fire colocó a toda velocidad los cañones sobre unas plataformas que Asunrix ya había visto antes. Permitirían al joven unicornio, con ayuda de unos pocos compañeros, controlar perfectamente la altura y dirección de los cañones para apuntar rápidamente. Era la misma plataforma que utilizaba para efectuar disparos de precisión contra una presa que huía. Los minutos pasaron rápidamente, cargados de miedo y determinación. La tripulación de La Sirena Mutilada había tomado su decisión: lucharían hasta el final por su navío. Por su hogar. Por su capitana.
No era difícil notar por qué: Desde Fire Roar, el inestable capitán de artillería, hasta el veterano marinero demasiado anciano para ser contratado en cualquier nave, todos los marineros de Poison Mermaid eran gente a la que se le había dado una segunda oportunidad. Personas rechazadas en sus tierras natales, en otros navíos, esclavos ahora liberados, criminales o gente a la que la capitana había ayudado en el pasado. En sus viajes con La Sirena Mutilada Asunrix supo de algunas gestas de Poison: sus mayores presas, los barcos esclavistas que había hundido, cuando ayudó a una población grifo con una maldición por una recompensa mínima, cuando introdujo alimentos de contrabando en una ciudad asediada, cuando ayudó a evacuar a los refugiados de una isla arrasada por un huracán… y muchísimas otras historias que eran contadas por los marineros de La Sirena en cada puerto que tocaban.
Poison Mermaid era una capitana pirata, de eso no había duda para Asunrix. Pero comprendió que ella había hecho mucho bien con sus aventuras, y no se sorprendía al apreciar la lealtad absoluta de sus hombres. Y si bien él no lucharía por ella, consideraría un honor si la muerte lo alcanzara luchando junto a ella.
El gran ciervo se situó en proa y cerró los ojos, escuchando los sutiles mensajes que Gaia le enviaba. Podía sentir al demonio del mar bajo el barco, acechando, calculando un nuevo asalto. Lo habían herido considerablemente, pero estaba sanando.
—Informad a Fire Roar y a la capitana que el demonio regenera sus heridas —dijo Asunrix en voz alta sin abrir los ojos.
El druida hizo lo imposible por vaciar su mente, por dejar un espacio en sus pensamientos para que Gaia le hablara. Percibió la presencia de bancos de peces en la distancia, pero actuaban de forma extraña. Su danza le recordaba al baile de las bandadas de aves cuando volaban al atardecer, y su formación se abría igual que si hubiera un depredador cerca. ¿Pretendía Gaia decirle algo con ello?
Sintió el movimiento en el agua antes de que esta llegara a sacudirse.
—¡YA VIENE! ¡A BABOR!
Al instante, Poison Mermaid galopó al exterior y dio varios sacos a los pegasos de la tripulación. El último saco, mucho más grande que el resto, se lo quedó ella misma, aunque le pasó varios botes a Fire Roar, el cual se afanó en vaciarlos dentro de balas de cañón preparadas para tal fin.
—¡Volad a su alrededor cuando salga, rodeadlo, dadle tiempo a Fire! ¡Cuando sus balas le rompan el pecho, lanzad las bombas dentro! ¡Hoy devolvemos a ese bastardo al Tártaro!
—¡Sí, capitana!
—¡Por Poison! ¡Por la Sirena!
Al mismo tiempo, Fire Roar repartía instrucciones entre los artilleros. Pero Asunrix no las escuchó, porque escuchó una sirena chillar… de dolor. Se asomó brevemente por la borda para ver una creciente mancha de sangre roja expandirse en el agua. Muchas de las sirenas que intentaban llegar a la nave se giraron para luchar contra algo que las perseguía… y entonces los vio. Tiburones, docenas de ellos, navegaban en círculos en torno a La Sirena Mutilada, atacando y devorando a todo demonio que caía en sus fauces. Una conmoción en el agua desveló la presencia de una manada de orcas que, igualmente, daban caza a los pequeños demonios marinos. Aún así, varias sirenas estaban consiguiendo saltar a cubierta, atravesando el gran ciervo a la primera criatura que cayó sobre él.
A pesar de los heridos y lo dañado que estaba el barco, la tripulación no tuvo grandes dificultades en detener a las pocas sirenas que no eran devoradas por las criaturas del mar. Si Fire Roar estaba inquieto ante su papel en aquella lucha desesperada, no lo parecía: esbozaba una extraña sonrisa casi psicopática, aguardando pacientemente con sus crines chamuscadas cubriéndole parcialmente el rostro.
—Sal, ratita, quiero verte la colita…
La cancioncita de Fire se interrumpió cuando se escuchó un potente crujido en las bodegas inferiores y todo el barco se sacudió violentamente. El gran demonio surgió del agua junto a la nave, una de sus garras profundamente clavada bajo la linea de flotación de La Sirena Mutilada; la nave de la capitana Poison Mermaid gimió lastimeramente. Eñ gran demonio del mar observó a los mortales que luchaban por sus vidas en un barco al que le quedaba poco tiempo de existencia.
Y Fire Roar agradeció que aquella criatura fuese tan prepotente.
Un pegaso planeó frente a la gran criatura para dispararle en un ojo, y esta lo aplastó como si fuera una mosca con ambas garras. Otro pegaso voló por donde su camarada había muerto, llamando la atención del monstruo que intentó golpearlo con una garra. Fire Roar siguió ese movimiento, esperó a que el demonio le dejara un disparo limpio... y disparó.
Como uno solo, todos los cañones lanzaron sus proyectiles. El impacto hizo gritar al demonio, y las explosiones cubrieron durante un instante la zona de impacto con una lluvia de pólvora, sangre y trozos sanguinolentos. Al instante otro pegaso voló sobre el ser, volcando en su cabeza un preparado alquímico de Poison; Fire no supo lo que era, pero su color era verde brillante y el demonio gritó y se llevó las garras a la cabeza.
Fue cuando Fire la vio.
Poison voló directamente hacia el monstruo, acompañada por dos pegasos que interceptaron a las sirenas que intentaron saltar contra ella. Llevaba el zurrón con las bombas que había preparado y que no había dado a otros pegasos; la gran criatura se sacudió, revelando que los cañonazos de Fire Spell, literalmente, le habían abierto una gran herida en el torso que se estaba cerrando rápidamente. La pegaso añil tomó el saco con la boca y giró sobre si misma para lanzar las bombas, y el ancestral demonio vio a la pequeña capitana del navío.
—¡POISON!
El saco fue lanzado.
La capitana desapareció bajo la garra del monstruo.
Asunrix llamó desesperadamente a Gaia y una columna de agua se alzó donde la pegaso iba a caer.
Fire Roar saltó por la borda.
Las bombas detonaron, y con ellas todo el torso del demonio del mar. Este cayó de espaldas lentamente, un brazo separándose de su cuerpo por el hombro, mientras los restos de sangre nauseabunda y trozos de hueso y carne caían al agua y sobre la cubierta de la nave. La tripulación superviviente despachó a la última sirena que había subido a su barco y aguardó en silencio… hasta que alguien gritó de júbilo.
Pronto toda la tripulación coreó por una victoria contra todo pronóstico. Los marineros se afanaron en ir al fondo de la bodega para intentar detener la enorme fuga que amenazaba con hundir su nave. El curandero y todo aquel que supiera algo de sanación atendieron a los heridos con sus mejores habilidades.
Y en el agua, Fire Roar gritó que le tiraran una cuerda, arrastrando con él a Poison Mermaid.
Poison abrió los ojos. No podía enfocar frente a ella, pero oía su nombre. Parpadeó, miró, vio a Fire Roar gritar, lo vio llorar. La estaba llamando, quería responder, pero no pudo. Estaba en La Sirena, pero la nave crujía. La nave sufría.
—¡Haz algo, joder!
—No puedo hacer más por ella. Necesita un hospital.
La oscuridad la reclamó. Solo quería dormir, solo quería…
...dormir.
En su sueño, notó movimiento. Algo la despertó, un sonido enorme, una explosión. Alguien la llevaba en la grupa. Abrió los ojos y solo pudo ver agua y rostros heridos y asustados. Escuchó la voz de Helm Salt dando órdenes, pero no podía entender sus palabras. Olió a quien la llevaba, era Asunrix. El ciervo giró y pudo ver que estaban en un bote. A lo lejos, la proa de un naufragio sobresalía del agua.
La Sirena Mutilada se hundía...
Tras la nave, otro barco se aproximaba. Una columna de agua se alzó cerca del bote. No llegó a ver lo que ocurrió, pero escuchó el sonido de una bala de cañón golpear el agua, el crujir de la madera y a su tripulación morir. El barco que los perseguía tenía las velas grises.
Una bala de cañón cayó cerca de ese barco. Una segunda le hizo impacto y el barco maniobró para defenderse. Había otra nave disparándole.
La oscuridad la tomó de nuevo. Y su sueño estuvo plagado de pesadillas: de demonios que surgían del mar, de canciones que la llevaban a la locura, de espíritus que la atormentaban y de su tripulación muriendo por su culpa.
No supo si había despertado durante un segundo o si lo había soñado. Pero vio un barco pirata con una bandera que no conocía. Luego gritó de dolor y suplicó porque la oscuridad la llamara de nuevo. Algo le agarró la pata, y supo que no estaba sola, y que quien la consolaba lloraba por ella.
NOTA DEL AUTOR:
¿Cómo escribir una escena que enfrente a un barco pirata mítico contra una criatura mitológica, y que al mismo tiempo no sea una copia exacta de la fantástica batalla de la Perla Negra contra el Kraken en Piratas del Caribe 2? Eso me ha sido un pequeño reto creativo, pero estoy muy satisfecho con el resultado :).
Quiero comentar algo: Como sabéis Poison Mermaid y su tripulación (incluida la Sirena Mutilada) son originarias del fanfiction "La Dama Venenosa" escrita por Pandora Lawliett. He hablado con ella y hemos acordado que mi historia es un Universo Alternativo a la suya. En otras palabras, lo que ella escriba distará mucho de lo que ocurre en La Guerra en las Sombras.
Espero que os haya gustado. ¡Un abrazo!
