La senda trazada en la nada de aquel plano de existencia atravesó un denso bosque que, finalmente, se abrió en un pacífico lago.

Aitana, con el aspecto de una joven de veinte años, no se percató de este hecho hasta que sus cascos pisaron el suelo alfombrado con ramas, hojas, raíces y arbustos, alzando la vista para maravillarse ante el paisaje. Su crin bicolor era larga y lacia, cayendo desde su cuello sobre sus hombros.

A pesar de que la yegua marrón no acababa de confiar en sus sentidos, se sintió absorbida por la paz que emanaba ese lugar: la fresca humedad del aire que sentía en el hocico, el suave chapoteo de alguna criatura acuática, el brillante color turquesa del agua que se reflejaba en sus ojos verdes y daba a los árboles que bordeaban la orilla un tono aturquesado… Una suave brisa mecía las copas de los árboles y, con ella, bailaban suaves luces sobre la superficie del agua. Los Fuegos Fatuos danzaban al son de los elementales del aire, tomando la danza matices tan sutiles que muy pocos mortales serían capaces de apreciarlos en su totalidad. Como enmarcando aquella escena, el cielo que se dejaba ver entre los resquicios del follaje mostraba la esplendorosa creación de la princesa Luna en forma de miles de estrellas y sus constelaciones.

La yegua marrón se tumbó en la orilla y permitió que sus cascos rozaran parsimoniosamente, observando embelesada la danza de los espíritus y los fuegos fatuos. No pasó mucho tiempo hasta que sintió movimiento a su alrededor, siempre situado un poco más allá de la periferia de su visión. No se inmutó cuando sintió que una o varias criaturas la acechaban, ni tampoco cuando escuchó una rama pisada más cerca de lo que había estimado.

—No pierdas el tiempo atacándome. Sé que no eres real.

El movimiento se detuvo abruptamente, y la joven yegua siguió hablando mientras miraba hacia el lago.

—Ya me he dado cuenta que este lugar es mi propia mente… o quizá yo lo voy creando mientras camino, pero la diferencia no importa demasiado. Todavía no entiendo bien qué hago aquí, pero si tienes que decirme algo, dilo. No me hagas perder el tiempo, me necesitan.


En el mundo físico, en el oculto e improvisado hospital donde Aitana descansaba, la enfermera Red Heart llegó a la habitación de su paciente tras oír una breve alarma que la había despertado por la noche. Primero observó los datos que le daban los muchos aparatos tecnomágicos que monitorizaban a Aitana Pones, después miró a la paciente y, finalmente, se quitó el gorrito de su pijama.

—¡Rose Luck! Llama al doctor Horse y a Zecora —ordenó al tiempo que encendía las luces y empezaba a preparar material y medicaciones—. Va a ocurrir otra vez.


Al haber silencio, Aitana siguió divagando en voz alta.

—Me pregunto por qué mi subconsciente ha creado este lugar. ¿Qué podría representar? Los lagos y bosques, en la mitología de los ponis salvajes del norte, son los guardianes de los portales al Tártaro y a otros planos. Protegen al mundo de los monstruos y los demonios. ¿Me intenta señalar que quizá podría haber evitado que los demonios dominaran mi vida? Aj, nunca he llegado a entender el psicoanálisis...

¿Por qué lo hiciste?

—¿Por qué hice qué?

Se giró hacia el movimiento que sintió. Caminando entre lo árboles apareció una yegua unicornio: su cuerno estaba partido, su pelaje manchado por sangre propia y seca, y una profunda herida se abría en su pecho.

Aitana se levantó al instante y retrocedió.

—¿Por qué me mataste?

—Yo… yo… no quería hacerlo —mintió—. Creí que eras una cultista también, ¡estaba en combate, no pude…!

—¡Mientes!

La yegua muerta avanzó hacia la joven Arqueóloga, la cual retrocedió hasta dar con un árbol.

—¡Te supliqué que no lo hicieras, te pedí ayuda, te pedí que me liberaras, que salvaras a mi hijo! ¡A mi hijo! Y me mataste, ¡me mataste!

—¡Me equivoqué, no te escuché, hice lo posible! Tienes que creerme, ¡por favor!

—¡MIENTES!

La unicornio que debería estar muerta saltó contra Aitana; un instante después el ataque fue desviado con una finta, y al momento una daga atravesó limpiamente el cuello de la enloquecida yegua. Aitana la observó a través de las lágrimas intentar arrancarse la daga entre estertores agónicos.

—Lo siento… ¡lo siento! Debí salvarte, pero no pude, ¡no pude!

—¿Y a mi?

Un potro apareció entre la espesura. Una puñalada le había abierto una herida de muerte en el cuello.

—¿A mi también? —dijo un grifo cuyo cráneo estaba atravesado por un virote.

—¿Qué hice yo, por qué no me salvaste? —sollozó un semental que no debería poder hablar a través de su garganta cercenada—. ¡Te supliqué ayuda, te la supliqué!

Uno a uno, ponis y grifos aparecieron, todos acusando a Aitana de no haberlos salvado, de haberlos asesinado. La cacofonía de sus acusaciones se mezcló con el torrente de dolor y arrepentimiento que había ocultado durante tanto tiempo, y la yegua intentó contestar, decirles que debían entender, pero era una discusión que sabía que jamás ganaría.

Y en el fondo de su alma, podía sentir la oscura presencia que la perseguía aguardar.

"Quizá tú hicieras algo muy malo en el pasado, Aitana, pero no eres una mala poni. Te equivocaste, pero no eres una mala poni. No lo eres."

—¡Me equivoqué! —gritó Aitana y, por alguna razón, todos aquellos que ella asesinara en el pasado guardaron silenio—. Yo… tendría que haber escuchado a Gilderald, ¡me dijo que era demasiado pronto, que no estaba preparada, pero le dije que iría y él y Daring Do tuvieron que venir conmigo! Si les hubiese escuchado, si hubiese esperado… no lo habría hecho. Lo siento…

—¡¿Pero por qué nos mataste?! ¡No tenías razón, estábamos indefensos, y muchos se rindieron cuando les atacaste! ¡¿Por qué?!

—Yo… yo… tenía miedo, no supe ver que vosotros…

"La verdad es necesaria, aunque no sea agradable. Ahora debes ser honesta contigo misma."

—¡Mientes! ¡Estás mintiendo, eres un monstruo, una asesina como tu madre! ¡Disfrutaste matándonos, disfrutaste viéndonos suplicar! ¡Asesina!

—No… ¡No! ¡Yo no soy como mi madre, nunca he disfrutado de matar, nunca!

—¡¿Por qué lo hiciste, entonces, por qué?!

—Yo…

La joven Aitana bajó la vista, sintiendo la opresión en el pecho. Podía sentir la oscuridad cerniéndose sobre ella, la oscura presencia aguardar, y la culpa de todas las vidas que arrancó aquel día amenazar con arrastrarla al olvido. No quería hacerlo, no quería reconocerlo, ¡le dolía solo pensar en ello!

"Ahora debes ser honesta contigo misma."

—¡LO HICE PARA VENGARME!

La yegua marrón avanzó un paso hacia las apariciones que la rodeaban, separándose del árbol a su espalda. Habló entrecortadamente, las lágrimas arrastrando la culpa que jamás había confesado a nadie.

—¡No quería acabar con el culto, quería matarlos a todos! ¡Quería vengarme, por todas las veces que me hicieron huir, por todos los amigos que perdí, por Swift Comet! ¡Quería hacerles pagar un millón de veces todo el dolor que me provocaron! ¡Quería hacerles sufrir, no podía tolerar que ningún puto cultista se rindiera! ¡Todos debían morir, TODOS!

—¡Pero muchos de nosotros no éramos cultistas!

Aitana miró alrededor, pero no pudo sostener la mirada a todas las apariciones: ni a la madre que le suplicó por salvar a su potro, ni al potro que asesinó ella misma, ni al grifo que no pudo defenderse o al cultista arrepentido que estaba intentando huir de aquel lugar cuando ella llegó.

—No podía… —dijo en voz baja—. No podía parar. Cuando empecé a… matar a los cultistas perdí la razón, ¡la perdí! —gritó—. Solo recuerdo flashes, vuestras caras suplicando que parara, ¡pero no podía! ¡No podía parar! Pagué con vosotros todo lo que sufrí, ¡y no debió ser así! ¡Debí escuchar a Gilderald, dejar que él me guiara! Lo siento, ¡lo siento! ¡Ojalá os pudiera devolver la vida, daría mi propia vida para hacerlo, pero no puedo! ¡Lo siento!

—¿Crees que eso justifica nuestras muertes? ¿Que un "lo siento" es suficiente?

Aitana miró al semental que le preguntaba eso. Una voz sonó en su mente, algo que alguien le había dicho… ¿quién era? Un yegua, su voz era bondad y su espíritu paz. Fluttershy. Era la voz de Fluttershy. "Pobre, ¡pobre criaturita! Has sufrido tanto… Muchos animalitos, cuando no pueden vivir en paz, hacen cosas terribles. Tú las has hecho pero también has hecho cosas buenas. Has luchado para proteger a muchos. Quizá tú hicieras algo muy malo en el pasado, Aitana, pero no eres una mala poni. Te equivocaste, pero no eres una mala poni. No lo eres".

—No. Nunca podré justificar lo que hice. Pero creo… que eso me ha llevado a hacer el bien, a enmendar un poco mi error. He salvado a mucha gente, he rescatado a muchos, he protegido a muchos inocentes de una muerte segura. Quizá… eso compense un poco lo que os hice.

Todos se quedaron inmóviles tras esas palabras, y a los pocos segundos algo ocurrió. Fue como si el mundo se hubiese fundido brevemente en una niebla negra y, cuando reapareció, Aitana seguía en el mismo lugar pero no quedaba ninguna de las víctimas de sus propias actos. Escuchó sin embargo cómo un pegaso volaba y se posaba en el suelo del bosque, caminando a paso normal sin intentar evitar pisar las ramas y hojas que denotaban su presencia.

Fue difícil distinguir el pelaje azul marino en la penumbra del bosque. Las crines púrpura de la yegua, sin embargo, fueron bastante más fáciles de ver. Pero lo que realmente delató su presencia e identidad fue cuando abrió sus ojos grandes, brillantes y de color azul cielo. Midnight Shield avanzó hacia la orilla del lago donde Aitana veía a la aparición.

—¡Qué orgullosa estoy de ti, Dawn Hope!

La pegaso se detuvo, sonriendo cálidamente hacia su hija. Su respuesta llegó como una canción, una melodía sin palabras que al instante arrastró a Aitana hasta su más temprana infancia, hacia una época ya olvidada de seguridad y amor.

Un corto galope después, madre e hija se fundieron en el abrazo ansiado durante casi tres décadas.

—Esto es un sueño —sollozó Aitana—. ¡Es un sueño y lo sé! No quiero despertar, ¡no quiero!

—Es real, hija —respondió la pegaso dulcemente—. Soy realmente tu madre, y estoy muy orgullosa de ti.

Hubo un cambio que Aitana notó al instante. Ella tenía un recuerdo vago de su madre, y este estaba plagado por la sensación de amor, calor, y seguridad. Lo que notó ella en aquel instante… no le transmitió ese calor que tan bien recordaba. Alzó la vista y vio a Midnight Shield mirarla directamente con un orgullo pleno de frío reconocimiento.

—Eres igual que yo.

Al instante, Aitana retrocedió.

—¡No! ¡Yo no soy como tú, papá me lo contó todo! ¡Yo no soy una asesina!

—Lo eres. Y una muy exitosa, además: asesinas a más de cincuenta personas en una noche, ¡y consigues encima parecer la víctima! Yo solo me escondía, jamás me atrapaban, pero tú, hija mía—dijo, alargando un silencio innecesario—, eres brillante.

—¡Y una mierda! —gritó Aitana—. ¡Nunca más volveré a justificar lo que hice! ¡Cometí un error, no estoy orgullosa y no lo disfruté! ¡Yo no soy como tú!

—¿Ah, no? —murmuró, caminando de lado y rodeando a la yegua de tierra—. ¿Y por qué llevas mi espada, entonces?

Aitana bajó la vista cuando sintió el peso del arma en su pata delantera derecha. Volvió a mirar a Midnight vio que su madre llevaba exactamente el mismo arma de la misma forma: la misma hoja, el mismo forjado, el mismo enganche, y el mismo patrón de runas y pictogramas adornándola.

La respuesta de Aitana no mostró ningún tipo de duda.

—Porque un arma también se puede usar para proteger. No soy una asesina como tú, nunca lo seré. ¡Nunca!

—Si no eres como yo… no eres digna de blandirla.

La pegaso dio un fuerte golpe con las alas y voló hacia la espesura. La yegua marrón retrocedió, recorriendo la oscuridad del bosque con los ojos allá donde oía el movimiento. Podía escucharla saltar de árbol en árbol, recorriendo la espesura que la rodeaba a una velocidad que pronto le hizo perder toda posibilidad de deducir por dónde iba a aparecer; Aitana retrocedió hasta casi rozar el agua con las patas traseras y aguardó.

Cuando Midnight Shield apareció lo hizo a una velocidad cegadora: saltó contra un tronco cercano y se proyectó con las cuatro patas contra Aitana, aleteando con fuerza y emitiendo un grito que casi parecía el gruñir de un gran felino.

Una pantera con alas.

La joven Aitana se apartó en el último instante, sintiendo un tirón cuando el arma de Midnight le cortó un trozo de la crin; cuando la yegua marrón contraatacó la pegaso la bloqueó. Los golpes se sucedían a toda velocidad, Aitana contando con la ventaja de una mayor fuerza física, Midnight siendo rápida y cambiando de posición en un instante, sin permitir que su hija le ganara ventaja.

Aitana reconoció enseguida los patrones que su madre seguía en combate: usaba muchos de los movimientos de Rise Love, pero al mismo tiempo trazaba parábolas mucho más largas con su vuelo para ganar inercia. Una pegaso entrenada por batponies, tan rápida como los primeros, pero no tan ágil como los segundos.

En el fragor del combate, Aitana perdió el hilo de sus pensamientos y tácticas y dejó que el instinto tomara el control de sus actos. "No pienses, ¡actúa!". El enfrentamiento se alargó varios segundos, intercambiando ambas yeguas golpes, bloqueos, fintas y contraataques a toda velocidad hasta que Midnight Shield voló hacia atrás, preparando un ataque.

Aitana Pones exhaló y bajó el arma en posición defensiva. Normalmente habría estado furiosa, preparada para asestar un golpe fatal, pero en aquella ocasión no permitió que su instinto tomara totalmente el control. Vio a su madre lanzarse contra ella desde la oscuridad con una expresión que, normalmente, le habría helado la sangre.

Tan justa fue la esquiva que Aitana sintió un corte en el hombro izquierdo; giró sobre si misma, bloqueó el ala de Midnight con la pata izquierda y saltó sobre ella cuando la proyectó al suelo. Desplegó la espada hacia adelante, y supo que ya la tenía a su merced: podría darle el golpe de gracia en aquel preciso momento. Bajo ella, Midnight Shield había quedado bocaabajo, inmovilizada por lo que sería menos de un segundo, pero tiempo de sobra para la poni de tierra. Podría arrancarle la vida ahí mismo, podría atravesarle la nuca sin dificultad pero, sin gritar ni sin alzar la voz, clavó la espada en el suelo a tan solo un centímetro de la cabeza de la pegaso. Y exclamó algo que, en el fondo, deseaba que fuese cierto aunque a veces ella misma no lo creyera.

—¡No soy una asesina!

—No. ¡Eres débil!

Aitana no tuvo ninguna posibilidad, y cuando retrocedió un profundo corte se abría a lo largo de su pecho y pata derecha. Midnight se levantó y cuando Aitana trató de alzar su espada descubrió que la pata no le respondía; la pegaso ni siquiera usó su propia arma: golpeó a su hija varias veces, siendo esta incapaz de defenderse en ese estado y la empujó contra un árbol.

—Tienes razón, ¡tú no eres mi hija! Eres débil, eres cobarde, ¡eres patética! ¡Fuiste un error, jamás debí tenerte! ¡Debí aliarme con Hellfire, decirle dónde estabas y dejar que se diviertara contigo! ¡Nada ha valido la pena en tu miserable vida, estás sola, nadie te recordará cuando mueras y nadie sabrá jamás todo lo que sufriste para salvar a una panda de ingratos! ¡Dejaste morir a tus amigos, al poni que amabas por tu cobardía, por no decirles la verdad! ¡Solo tenías una amiga y la dejaste morir en Germarenia! ¡Mereces sufrir y morir sola, como murieron todos ellos por tu culpa! ¡Como todos los que murieron por ti! ¡Nada de lo que hagas podrá enmendar sus muertes!

Durante un instante, el rostro de Aitana se contrajo por el dolor. Pero no fue por las heridas, por las palabras o por el odio que su madre estaba volcando en ella: fue por el dolor de recordar la muerte de Daring Do, todavía demasiado fresca en su memoria. Cuando habló lo hizo con la voz clara y sin gritar.

—Mientes.

" ¡Ellos querrán volver a verte, seguro que se alegran! ¡Seguro que organizan una gran fiesta para ti!"

—Tengo amigos. Amigos que no solo me rescataron, si no que se las apañaron para venir aquí a pedirme que vuelva.

"Ya no tienes que luchar tú sola: tienes amigos. Me tienes a mi, a todas mis amigas, a Hope Spell y a Rise Love, y seguro que hay muchos más. Vuelve con todos tus amigos, Aitana."

—Tengo amigos que ya han luchado a mi lado, y que volverán a hacerlo. ¡He estado sola muchos años, pero ya no lo estoy!

"Sabes lo que iba a decir en el mausoleo, ¡y quizá sea cierto, o quizá solo soy un estúpido potro enamoradizo!"

—Hope Spell me quiere. Me da igual si dura dos días o mil siglos. Me quiere.

"¡No dejes que te hagan creer que no mereces vivir, que eres una poni horrible, que eres una asesina, no lo eres! ¡Eres mejor poni de lo que yo jamás llegaré a ser, eres valiente, leal y protectora!"

—Me he equivocado, he matado a gente inocente y jamás me lo perdonaré. Pero dedicaré el resto de mi vida a enmendar ese error.

—¡Por más que repitas eso no se va a…!

—¡Cállate! Este mundo es mi creación, ¡aquí mando yo! Además, estoy pensando algo: mi padre también me mintió durante demasiado tiempo. Me dijo la verdad sobre ti hace muy poco tiempo.

Aitana empezó a caminar y, mientras lo hacía, la profunda herida que le había dejado inservible la pata derecha desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Con cada paso que dio mientras hablaba su crin se acortó, la yegua creció ligeramente y su rostro se volvió más duro y experimentado. Para cuando estuvo frente a frente con Midnight Shield su aspecto volvía a ser el de la Aitana treintañera que descansaba en coma en el mundo real.

—Me dijo que mi madre era una asesina nata, que disfrutaba del combate y del asesinato. Y también que era una madre amorosa, que lo habría dado todo por mi, que lo dio todo por mi. Y tú no…

—¡Basta!

Midnight Shield volvió a lanzarse contra Aitana, pero esta no retrocedió: cargó de frente contra ella y la placó, lanzándola al suelo con toda su fuerza. Una vez inmovilizada, Aitana, con la cara atravesada por la ira, la golpeó en el rostro alternativamente con ambos cascos.

—¡Tú no eres mi madre! ¡No lo eres! ¡NO ERES ELLA! ¡NO ERES NADA!

Con cada frase, un nuevo casquetazo caía. Al principio la pegaso se intentó defender, pero placada de aquella forma su fuerza no era rival para la poni de tierra. Entre golpe y golpe su expresión cambió: primero dolor, luego ira y, súbitamente, una sonrisa de aquel que se sabe ya victorioso. Al sexto casquetazo, tan fuerte que hizo que la yegua inmovilizada girara la cabeza al lado contrario, su pelaje se volvió marrón. Aitana se detuvo al observar que sus crines eran grises y violeta y que su morro era oscuro. La criatura miró lentamente a Aitana, mostrando unos intensos ojos verdes.

Soy todo lo que una vez pudiste ser.

Aitana se quedó chocada por la visión, momento que su doppleganger aprovechó para alzar un casco; una burbuja de energía la envolvió y lanzó contra el suelo a distancia. Cuando se levantó, su doble hizo lo mismo, caminando paso a paso hacia ella. El bosque se difuminó y pronto la criatura que había adoptado la forma de la única mortal en aquel mundo caminaba en medio de una oscuridad infinita.

Soy los sueños, esperanzas y la paz que siempre deseaste y que jamás alcanzarás.

Durante un instante, Aitana percibió que su doble estaba embarazada y, junto a ella, un joven pegaso pelirrojo de pelaje añil la acarició con cariño.

Soy el amor que jamás tendrás, el hogar que siempre ansiarás —la cruel doble de Aitana giró, mostrando que sobre su grupa una pequeña pegaso descansaba; tendría dos o tres años, sus crines eran grises y su pelaje marrón—. Soy la madre que nunca serás, ¡la familia que jamás tendrás! Soy todo aquello que tú nunca alcanzarás.

Aitana observó la escena frente a ella: Swift Comet vivo y siendo un gran padre; su hija, tan hermosa como una vez soñó que sería; y su doppleganger en una versión de si misma que no había tenido que luchar toda una vida. Sin el dolor de la pérdida en el rostro, sin cicatrices bajo el pelaje, y con un cuerpo menos fornido que el suyo, al no haber tenido que entrenar y luchar toda la vida.

Era un bonito sueño. Pero solo era un sueño.

—Te equivocas. Mi madre era una asesina, alguien mucho peor que yo… pero también fue una gran madre. Una gran esposa que formó una familia y alcanzó la paz, aunque fuera brevemente.

¡Nada te espera al otro lado! ¡Solo dolor! ¡Solo pérdida! ¡Muerte, traición! ¡Nada te espera allí!

—Me esperan mis amigos.

¡Todo lo que has hecho ha sido traerles dolor y muerte! ¡El mundo estaría mejor sin ti!

"¡Y sé que te sientes responsable por tus amigos, que quieres protegerlos, que quieres proteger a los inocentes! ¡Pues agárrate a eso, porque te necesitan! ¡Te necesitan! ¡Y si no vuelves, les fallarás a todos! ¡No les falles!"

"No puedo luchar yo solo contra el Apocalipsis, ¡te necesito! ¡El mundo te necesita! Tienes que luchar, ¡tienes que volver a luchar! ¡No dejes que te arrastren al Tártaro!"

Aitana Pones esbozó una sonrisa que dedicó al monstruo que intentaba hacerla caer en la desesperación.

—Me necesitan, y yo no voy a fallarles. En el último año he frenado tres veces al Tártaro, y volveré a hacerlo las veces que sean necesarias. Debe ser frustrante haber estado tan cerca de atrapar a la yegua que evitó tu regreso y ver cómo ahora se escapa de tus garras. ¿Verdad, Weischtmann?

Aitana se acercó hasta su doppleganger, y pudo ver brevemente la verdad: al demonio que se escondía bajo esa apariencia, al ser infernal que intentaba arrastrarla de vuelta al Tártaro. Y pudo sentir su odio, frustración e ira al verse descubierto. Aitana sonrió con suficiencia.

—No tienes poder sobre mi. No en este reino. Vete.

El día de tu muerte reclamaré tu alma para mi, Aitana Pones.

—No tendrás esa suerte. Disfruta de tu exilio. Y gracias por obligarme a enfrentar mis demonios. Te debo una, idiota.

La criatura que había adoptado su aspecto desapareció lentamente hasta que Aitana quedó en la más completa oscuridad. Poco a poco el lago en el bosque que encontrara antes reapareció, estando ella en pie junto a su orilla. Los fuegos fatuos seguían su eterna danza y el lugar estaba en paz.

Aitana Pones miró a su alrededor.

—¿No debería… despertar ahora? ¿Qué más falta?

Reaccionó de inmediato incluso antes de procesar lo que había oído, desplegando la espada y preparándose para el combate. Una grave y oscura risa creció entre los árboles, y algo en la voz que la emitía le resultaba aterradoramente familiar. Unos segundos después sintió el frío antinatural de la nigromancia y la muerte tomó el lugar: los árboles se marchitaron y murieron, las hierbas y flores se consumieron como si hubieran pasado mil años, y los fuegos fatuos huyeron del lugar.

En medio de ese vórtice de muerte apareció una yegua. Su pelaje era naranja, sus ojos negros de pupilas rojas, su aspecto esquelético y raquítico, con grandes jirones de pelaje colgando entre las raídas ropas que portaba.

—No…

—¿Sorprendida? En mi época todos esperaban que fuese un semental también, aunque yo misma ayudaba a mantener esa ilusión, incluso adopté el nombre de uno —murmuró Kolnarg—. Debo darte las gracias, Arqueóloga, pues yo jamás habría escapado de sus garras.

—Qué… ¡¿Qué haces aquí?!

—¿No lo recuerdas? —murmuró—. Me permitiste poseerte —dijo, arrastrando las palabras con deleite—. Ya no vivo en la brújula… y estás a punto de despertar.

—No… ¡No! ¡NO!


En el mundo físico, Zecora salió de su trance. El doctor Horse y las enfermeras Red Heart y Rose Luck notaron al instante la cara de pánico de la cebra.

—¡CORRED!

Mientras los tres sanitarios obedecían y galopaban escaleras abajo, Zecora colocó ambos cascos sobre la sien de Aitana.

—¡Aitana, escucha mi voz! ¡No le dejes poseerte, eres más fuerte que…!

Zecora se detuvo al notar que le faltaba el aire al tiempo que un profundo y punzante dolor le tomaba el pecho. Se echó atrás, cayendo al suelo con la cara desencajada por la desesperación.

En la cama, la yegua se incorporó, un aura oscura cubriendo su pelaje, y un translúcido cuerno negro apareció sobre su frente. Sin que su rostro variara un ápice se arrancó todos los tubos, gemas y aparatos que tenía conectados, disparando las alarmas de los monitores.

Interesante —habló Kolnarg, la voz ronca de Aitana mezclándose con la de Kolnarg que esta vez ya no era barítona, si no soprano—. Compartir mente con esta yegua me ha hecho aprender vuestro idioma. Siéntete agraciada, cebra, la Faraona Kolnarg gobernará sobre el mundo.

Kolnarg caminó sin prisa escaleras abajo, abandonando a la cebra que ya sufría sus últimos estertores e ignorando la característica detonación mágica de una teleportación en el piso inferior. Zecora cerró los ojos una última vez, dejando que el reino espiritual la tomase y le permitiese realizar una última acción por el mundo de los vivos.


En toda Equestria, varios ponis despertaron al mismo tiempo aquella noche.

Un anciano semental en Manehattan.
Cinco yeguas y una joven alicornio en Ponyville.

Un mago blanco en un tren de regreso desde Appleloosa.

Todos ellos despertaron con un conocimiento grabado en sus mentes: Aitana Pones había despertado, y Kolnarg volvía a caminar entre los vivos.


NOTA DEL AUTOR:

Sé que me he demorado actualizando, pero he escrito y reescrito esto (y los siguientes dos capítulos) unas cuantas veces. Vale, que uno también es vago, pero qué se le va a hacer.

Supongo que muchos habéis visto esa referencia a Starcraft II: Heart of the Swarm. Hacía mucho que la tenía en mente, me alegro de que ya esté publicada.

Y respecto a Kolnarg siendo una yegua... bueno, no os engaño, se me ocurrió hace poco pero me pareció que sería un cambio refrescante en un mundo donde todos los villanos, hasta ahora, han sido machos.

Gracias por leerme, un abrazo.