LA GUERRA EN LAS SOMBRAS
Libro tercero: "La llegada de la sombra"
Seis horas antes del inicio del concierto de la Feria de Cristal.
En algún lugar no muy lejos de Tortuga.
El unicornio de crines naranjas con las puntas chamuscadas subió a la embarcación atracada en la playa de una isla cuyos habitantes habían abandonado hacía tiempo; Fire Roar mostraba unas ojeras y una apatía muy poco habituales en él. Habían pasado ya quince días desde que el demonio del mar los atacara y después de que el capitán Argul hundiera la Sirena Mutilada.
En lo alto de la escalera de cuerda alguien le tendió un casco; el poni que lo hizo era alto y delgado, y le saludó en un idioma extranjero: "As-Salaam-Alaikum". Fire ya había aprendido que eso quería decir "bienvenido".
Aquí y allá, los tripulantes de aquella embarcación trabajaban a destajo para reparar los daños del combate junto a los tripulantes de la Sirena Mutilada. Al unicornio se le ensombreció el rostro al recordar a su barco, su hogar ahora hundido sin remedio. El navío que les había rescatado era una antigua nave de recreo Equestriana: larga y estilizada, había sido diseñada con el lujo y la ostentación como objetivos principales, ignorando la eficiencia y seguridad de la misma. No era la nave adecuada para una tripulación pirata, ni siquiera para realizar viajes en alta mar, pero era la nave que aquella joven tripulación había conseguido y había hecho suya.
Sobre el mástil más alto ondeaba una bandera negra, en cuyo interior lucía una cadena rota.
El Esclavo Liberado.
Caminó hacia los aposentos del capitán; este estaba en cubierta, ayudando en las reparaciones como el que más. Fire debía reconocer que aquella era una tripulación unida como pocas veces había visto, y a pesar de no hablar el idioma no era difícil notar que todos trataban al capitán como si fuera uno más de la tripulación. En su experiencia, eso podía ser negativo.
El susodicho se acercó a Fire. Se trataba de un semental de tierra de pelaje marrón claro y que vestía ropas que le recordaban a las que llevaban los lobos de Los Reinos. Sobre su cabeza llevaba un enorme turbante.
—Ka-tila Fire Roar. ¿Bien, todo? ¿Encontrar algo?
—Hay árboles grandes unos dos kilómetros hacia el centro de la isla, también hay un arroyo de agua potable —respondió, enseñando su cantimplora llena—. Su Majestad está haciendo no-sé-qué-pollas-mágicas, y los salvajes se han fortificado en el centro de la isla, ¡esto no puede ser bueno!
—Nem —afirmó el capitán—. Nada bueno. Nada bueno. Ka-tila Poison, ¿bien?
—Joder, aún no he podido ir a verla, ¿vale? Ahora voy.
Diciendo eso, esquivó al capitán del Esclavo Liberado y se dirigió a los aposentos del susodicho poni, donde la pegaso descansaba. En seguida vio al contramaestre High Tide.
—¿Cómo está?
—Mal —respondió—. Se está recuperando de las heridas pero... nunca la he visto así, Fire. Me temo que ha perdido el fuego de su alma.
—Mis cojones. Déjame pasar.
Abrió la puerta del camarote y al momento lo asaltó un olor que no dejaba de impactarle cada día que entraba en aquel espacio. No era el olor a poni, o el olor a sangre y sudor: era el olor de una yegua que se había abandonado completamente. El interior estaba a oscuras, solo entrando unos rayos de luz a través de las rendijas de las contraventanas. Poison, tumbada sobre la cama, ni siquiera reaccionó cuando Fire Roar entró.
—Poison, ¿cómo estás?
—Mutilada —respondió secamente.
Cada día eran la misma pregunta y la misma respuesta. Fire había pensado que necesitaba tiempo, que debía dejar espacio a Poison para que ordenara la cabeza y empezara a actuar como siempre. Pero, día a día, ya habían pasado dos semanas desde aquello y no había conseguido resultados.
No más.
Conjuró e hizo que las contraventanas se abrieran de golpe. El súbito resplandor hizo que la yegua se sacudiera en la cama y se tapara el rostro con un gruñido de dolor.
—Déjame en paz.
—¡No! —contestó—. ¡Si no vas a ser nuestra capitana dilo ya, esto no puede seguir así!
—Dile a Hight Tide que está al mando —respondió con voz fría y distante—. Ya no soy vuestra capitana.
Fire Roar se quedó inmóvil durante unos segundos. Por primera y probablemente última vez en su vida, habló lentamente, con una ira calmada cargada de dolor y desesperación.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Poison Mermaid?
Ella no respondió.
—La Poison que yo conozco no se rendiría. La Poison que yo conozco lucharía contra la furia de los dioses en persona. ¡La Poison que yo conozco lucha contra criaturas terribles, se lanza a liberar a inocentes y jamás abandona a su tripulación! ¡¿Quién eres tú y qué has hecho con mi Poison?!
—¿Qué quieres de mi, Fire? —gruñó ella con hastío.
—¡Te quiero de vuelta! ¡Queremos a nuestra capitana! Si tú abandonas toda la tripulación lo hará. ¡Te necesitamos, Poison!
—Así que es eso, solo me necesitáis.
"Oh mierda, la he cagado. Piensa, Fire, piensa."
—¡Has luchado por todos nosotros, y nosotros por ti! —gritó él—. ¡Has sido la única pirata capaz de vencer a un demonio del mar más grande que el Kraken! ¡Eres la mejor, y queremos que sigas siendo nuestra capitana, porque sin ti no somos nada! ¡No puedes rendirte ahora! ¡Tienes que luchar contra esto!
Súbitamente la yegua se alzó de la cama y encaró a Fire con rabia.
—¡¿Qué más quieres que entregue, Fire Roar?! —gritó ella, su único ojo refulgiendo por la rabia, el dolor y las lágrimas—. ¡¿Mi otro ojo?! ¡¿O quizá...?!
Al dar un paso adelante, Poison dio un traspiés y no llegó a caer al suelo porque chocó contra una pared. Se había intentado apoyar en la pata que ya no tenía.
—¿Qué más quieres de mi? —susurró sin ahogar un sollozo—. ¿No te basta con verme así?
Fire sintió un agudo dolor en la garganta y, durante un instante, luchó contra las lágrimas; la yegua que amaba había sido fuerte por él muchísimas veces, y ahora era su turno de hacer lo propio. Poison había perdido una pata y un ojo cuando el demonio la golpeó antes de morir; gran parte de su pelaje se había consumido por la sangre ácida de aquel monstruo y, aunque empezaba a crecer de nuevo, la cicatriz era más que evidente. Pero lo peor no eran las heridas: era el hecho de que ya había abandonado toda intención de volver a ser la que era. No había hecho ningún ademán por levantarse, por aprender a sobrellevar las dificultades de aquellas terribles heridas, o por superar el temor de lo que había vivido.
—Poison... yo no sé cómo te sientes, no puedo ponerme en tu lugar.
—Nadie puede.
—¡No me jodas, he visto marineros con menos miembros que tú y no montan tanto drama! Pero sí que sé lo que pasaría si fuese yo quien estuviese en tu lugar y tú en el mío.
A medida que hablaba el semental fue acercándose paso a paso, dando peso a sus palabras.
—¡Me dirías que mueva el culo y empiece a recuperarme! ¡Me darías una patada en el flanco, me sacarías de la cama y me obligarías a ponerme una pata de palo y a volver a disparar cañones! ¡Me insultarías si me dejara caer, me amenazarías con darme alguna de tus pociones y me obligarías a volver a levantarme, porque si no lo hicieras sería lo mismo que dejarme morir! ¡La yegua que amo no es ninguna inválida: es valiente, leal, inteligente y preciosa! ¡Y me da puto igual cuántas patas te falten, si estás ciega o si te quedas desfigurada! ¡Te amo, Poison, y si no quieres seguir navegando dímelo ahora y nos iremos lejos de aquí, que le jodan al mundo, a los demonios, a Tortuga y a todo el mundo! ¡Que les jodan!
Dejó de avanzar cuando estuvo frente a frente con ella, y entonces relajó el tono y la dureza de su voz. Por primera vez desde que la vio caer al mar, desde que creyó que ya había muerto, Poison Mermaid devolvió la mirada a Fire Roar.
—No pienso dejarte morir tirada en una cama, Poison. Dime ya qué quieres hacer, por favor, porque no puedo soportar verte así.
La yegua pegaso bajó la vista durante unos segundos. Cuando la volvió a alzar, el sargento de artillería vio un lejano reflejo de la yegua que amaba en aquel ojo: la mirada de una yegua decidida, altiva, pasional y que lo daría todo por cada miembro de su tripulación. Solo era un reflejo, a duras penas un recuerdo de la capitana cuyas gestas todavía eran cantada por juglares en todos los puertos del mundo.
—Ayúdame a salir —susurró.
En la cubierta habían oído los gritos que la capitana y Fire Roar habían intercambiado. Cuando se abrió la puerta esperaron que el sargento de artillería saliera furibundo y se perdiera por la isla, como había pasado otras tantas veces anteriormente.
Pero todos dejaron todo lo que estaban haciendo cuando vieron que Poison Mermaid, apoyándose en Fire Roar, salía al exterior con su único ojo entornado por el resplandor del sol. Estaba sucia, despeinada y no lucía ningún ropaje como normalmente hacía.
—Capitana —se aproximó High Tide—. ¿Está bien?
—No. Pero eso no importa. Necesito que me expliquéis lo que ocurrió después de que matáramos al demonio.
Quizá porque pocos esperaban que Poison volviera a salir a repartir órdenes, High Tide tardó unos segundos en responder.
—El Relámpago Negro apareció y nos atacó. La Sirena ya estaba malherida, no pudimos reaccionar a tiempo, capitana. Lo siento mucho.
Poison Mermaid miró entonces al capitán del Esclavo Liberado.
—Tu nombre era... Alraqiq... Alariq Alhu...
—Alraqiq Almuarara —corrigió el aludido amablemente—. "Alraq".
—Alraq, ¿cómo nos encontrásteis?
Por respuesta, Alraq sacó un pergamino de sus ropajes y se lo entregó a Poison. El mensaje tenía los bordes chamuscados, señal de que había sido enviado mediante fuego alquímico o similar.
"Se ofrece recompensa por la cabeza de la capitana Poison Mermaid.
10.000 monedas de oro. A entregar a la guardia de Taichnitlán en los Reinos Lobo.
Los ataques contra Tortuga continuarán hasta que Poison Mermaid esté muerta"
La pegaso añil intentó no reaccionar ante esa recompensa.
—¿Y cómo supisteis dónde íbamos a estar?
Alraq gritó algo en su idioma y un potro galopó a su lado.
—Él vio. Dieron oro a Argul. Argul fue a por ti. Nosotros seguimos. Nosotros prometimos ayudar, Ka-tila Poison Mermaid.
—Argul también ayudó a rescatar a tu gente, Alraq.
—Argul lobo. No bueno, no confiar en lobo.
La capitana se soltó de Fire Roar, y tuvo que usar sus alas para recuperar el equilibrio.
—Argul sabía dónde íbamos a estar, no podían pagar por adelantado a cualquiera —afirmó, diciendo sus pensamientos en voz alta—. Santoj o Wrath habrían tomado el dinero, matado al mensajero y me habrían advertido. ¿Qué ataques a Tortuga?
—Empezaron poco antes de que nos hundieran, capitana —explicó High Tide—. Demonios del mar asaltando islas, buques hundidos y demás. Son los mismos contra los que luchamos, los que parecen sirenas monstruosas. El naufragio que encontramos fue una de las primeras víctimas de los demonios.
—¿Por qué te quieren muerta, Poison? Es decir, ¿quién te quiere TAN muerta?
Poison se separó de Fire Roar y, volando para no tener que cojear, se colocó en lo alto del castillo de popa con ambas tripulaciones frente a ella.
—Hay muchos que me quieren muerta, Fire, pero este está especialmente interesado. El por qué, no tengo ni idea, pero no me parece una venganza.
—Capitana, ¿qué vamos a hacer?
Poison vio que todos los ojos estaban posados en ella: su tripulación esperaba órdenes de su capitana, y la tripulación del Esclavo Liberado necesitaba guía. Era una tripulación muy joven y con muy poca experiencia, era un milagro que sobrevivieran a un combate contra el Relámpago Negro. Al menos, el capitán Alraq tenía el sentido común de escuchar a alguien mucho más experimentado.
—¿Que qué vamos a hacer? Os lo voy a decir: ¡Vamos a volver a Tortuga! ¡Vamos a unirnos a su defensa, vamos a acabar con cada maldito demonio que se cruce en nuestro camino! ¡Si son las mismas furcias marinas las que atacan nuestro puerto, les recordaremos que somos nosotros los que hemos matado a su puta madre!
Fire Roar sonrió como nunca había hecho. Su capitana había vuelto. Poison había regresado. A su lado un semental aulló un grito de batalla al que se unió, alentado por su capitana.
—¡Después averiguaremos quién se ha atrevido a atacarnos, y le haremos pagar por cada compañero, por cada marinero libre muerto bajo las garras de los demonios! ¡Y os juro que le haré pagar mil veces por lo que le hizo a la Sirena Mutilada! ¡High Tide, quiero al Esclavo Liberado navegando mañana por la mañana, te hago responsable de ello! ¡Fire Roar, pon a punto la artillería, escoge los mejores cañones y desembarcad los peores, necesitaremos velocidad! ¡Capitán Alraq, mis sementales os enseñarán a combatir en alta mar y cómo matar a esos demonios, os enseñaremos a seguir siendo libres! ¡A trabajar, mis valientes!
Todos se pusieron al momento cascos a la obra. Poison, sonriente, dio un paso para bajar a bañarse al mar, dio un traspiés… y cayó al suelo, rodando por las escaleras de popa hasta la cubierta principal. Todos se detuvieron al ver el patético espectáculo.
—¡He dicho "a trabajar"!
Ya entrada la noche, el contramaestre High Tide entró en los aposentos del capitán. Poison había reorganizado la estancia, colocando una gran mesa sobre la que estaba trabajando; en ella había desplegado un mapa en el que tomaba notas sobre las corrientes marina de los archipiélagos cercanos. A su lado, había varias cartas junto a un fuego alquímico que, por la experiencia de High Tide, estaba preparado para enviarlas a sus destinatarios concretos.
—¿Capitana?
—Lee esto.
Poison le alcanzó una nota con los bordes chamuscados. "Los demonios están asaltando el Imperio de Cristal".
—Maldición... esto no puede ser casualidad.
—No lo es —confirmó ella.
La pegaso introdujo las cartas una a una en el fuego alquímico y sus cenizas volaron a través de la ventana en distintas direcciones.
—El demonologista que ayudamos a capturar en los Reinos Lobo, el asalto no-muerto a Lutnia, los ataques a Germarenia y el Imperio de Cristal, el demonio del mar, el ataque a Tortuga y ahora otra vez al Imperio... Esto es muy grande High Tide.
—¿A quién ha escrito?
—A nuestros aliados en Tortuga.
El poni de tierra inspiró hondo sintiendo la preocupación en la boca del estómago.
—¿Cómo sabe quién es nuestro aliado? Hay una gran recompensa sobre su cabeza, capitana.
—Lo sabremos cuando lleguemos. Necesito tu ayuda.
La yegua miró durante un segundo el mapa... y luego recapacitó con un gruñido al darse cuenta de que había intentado moverlo con la pata derecha. Lo hizo torpemente con la izquierda.
—Por lo que me habéis contado, están centrando su asedio en Tortuga. Al ser demonios su número nunca disminuye: sencillamente hay que esperar a que el Portal vuelva atraer a más.
—¿El portal?
—El demonio más grande. El que matamos.
—Ah. Pero si está muerto, ¿cómo siguen llegando esas sirenas?
—Si hubiese un nuevo portal, ya se habría dejado ver. Tiene que tratarse de uno o varios demonologistas, y no pueden estar muy lejos de Tortuga o no podrían mantener el asedio con efectividad. Si algo tenemos los piratas es que luchamos muy duro.
La yegua sacudió la cabeza para apartar las crines turquesas que le molestaban y señaló una zona del mapa. La isla de Tortuga estaba rodeada por otras islas menores que se expandían a lo largo de varios kilómetros. Había señalado la zona con el muñón de su pata delantera derecha, y High Tide notó el que hecho la afectó notablemente. Supuso que Poison estaba haciendo un ejercicio consciente para aceptar lo que le había pasado.
—Tiene que estar escondido en una de estas islas. Yo dirigiré a toda la tripulación del Esclavo y a varios de los nuestros directamente a Tortuga y ayudaremos a defenderla. Escogeras un pequeño equipo y aprovecharéis las corrientes para localizar a los demonologistas; llévate pegasos y unicornios para que podáis huir si os encuentran las sirenas.
—¿Y cómo vamos a encontrarlo?
—Porque cuando sepa que estoy viva y dónde estoy enviará a todo su ejército a por mi.
High Tide pensó durante unos segundos antes de asentir.
—Entiendo, pretende hacer de cebo, ya que claramente enviaron al demonio del mar contra usted directamente. En ese caso creo que su majestad ha llegado justo a tiempo. ¡Pasa!
La puerta se abrió, dejando paso al gran ciervo marrón. Asunrix miró a la capitana y saludó con una silenciosa inclinación de cabeza y una sonrisa, tendiéndole un gran fardo de telas. Cuando la capitana lo desenrrolló miró sorprendida el objeto: se trataba de una pata de madera casi perfecta. Tallada desde justo después de la articulación del hombro, la falange y el codo de la misma estaban articulados a la perfección.
—Querido, ¿cómo has hecho esto?
—No he sido yo: ha sido Gaia. Llevo días entrando en comunión con ella, explicándole lo que hiciste y se ha mostrado dispuesta a ayudar; los carpinteros de La Sirena la han construido, Gaia ha dado los toques finales. Por favor, pruébesela, maestra pirata.
—Te tengo dicho que "capitana" es suficiente —murmuró ella sin enfado.
Con ayuda del contramaestre se colocó el apéndice artificial tras varios ajustes de las correas. Se quedó quieta sin atreverse realmente a poner peso en el mismo durante un rato. Cuando lo hizo y bajó del banco, la capitana cayó de la forma más inesperada posible: ¡La pata se había extendido por si misma hacia un lado, golpeando la mesa y lanzando a Poison en dirección contraria!
—¡¿Pero qué?! ¡Esta pata está embrujada! —gritó ella con un toque de humor.
—Embrujada no, solo encantada.
—Encantada no, bendita por Gaia —explicó Asunrix—. Pero es posible que tarde un tiempo en acostumbrarse.
—No creo que pueda ser tan... ¡woah!
La pata de madera se contrajo tirando a Poison al suelo para, al momento, volver a extenderse completamente haciéndola saltar, rozar el techo y aterrizar patéticamente en la mesa que antes había volcado. High Tide se acercó a paso tranquilo
—También le he traído un parche, capitana. El color hace juego con tu pelaje, porque, en serio Poison, estás horrible.
La capitana intentó ponerse en pie, furibunda... pero solo consiguió volver a caerse de una forma aún más ridícula. Ambos ponis y el ciervo rieron a carcajadas, dejándose oír por toda la tripulación quien, tras semanas de duda e incertidumbre, volvía a confiar en que el futuro, por impredecible que fuera, no estaba cubierto de sombras.
Poison Mermaid había vuelto. Y, si bien muchos consideraban que las canciones de los juglares exageraban al otorgar a Poison con semejante título, todos los marineros de aquella embarcación sabían que la Reina del Mar se dirigía a Tortuga.
Y mientras siguieran sus órdenes, ni siquiera el mismísimo Tártaro podía hacerles frente.
NOTA DEL AUTOR:
En este capítulo empieza el tercer libro de "La Guerra en las Sombras": La guerra contra la sombra.
Ejjem... iba a llamarlo "El retorno del rey", pero... no es plan.
Gracias a mi amiga Pandora Lawliett por revisar toda la escena de Poison y darme su visto bueno :). ¡Gracias por leerme, hasta la próxima!
