El viento soplaba sobre Tortuga y las nubes ocultaban toda luz de la luna; el fuego, los disparos y la magia iluminaban el puerto libre y los demonios del mar rugían un desafío, asaltando ese reducto de caótica civilización, incansables como la misma tormenta que se estaba formando en aquel momento.

Los demonios, horribles parodias de las sirenas que poblaban las leyendas de los marineros, surgían del mar y cargaban a través de la playa y el puerto chillando de forma imposible para un mortal. El ruido, coreado por cientos de monstruos, hizo que los piratas que formaban a distancia del mar dieran un paso atrás.

—¡Manteneos firmes!

El rugido de Bayhas hizo que los que retrocedían se detuvieran y alzaran arcabuces y pistolas. Serpenteando entre la caótica distribución de edificios, los monstruos se dirigían directamente a la calle principal donde varias lineas marineros los aguardaban. Junto al gran lobo gris, Appet vestía una armadura ligera de cuero y llevaba una pistola en un casco y una cimitarra a la cintura. Puede que la yegua hubiese dejado atrás la vida en alta mar y que ya estuviese lejos de ser la joven capitana que antaño fue, pero su valor no había menguado un ápice.

—¡No retrocedáis! ¡Preparad!

Appet galopó junto a la linea de fusiles, apuntando con su propia pistola.

—¡Apuntad!

Los monstruos se agolpaban frente a ella, arrastrándose por el suelo como serpientes a pesar de tener cola de criatura marina. Como tantas otras veces, cargaron directamente contra los mortales. Como tantas otras veces, Appet esperó a que estuvieran lo bastante cerca para no desperdiciar ni una sola bala.

—¡Fuego!

La primera linea disparó y docenas de demonios cayeron, fundiéndose en charcos de agua. La segunda linea avanzó, disparó una nueva salva y retrocedió para recargar mientras una tercera linea de piratas tomaba posiciones. Más atrás se escucharon detonaciones, que en menos de un segundo se transformaron en violentas explosiones en medio del ejército de criaturas demoníacas.

Y aún así, no era suficiente. Aún así, las sirenas avanzaban sin descanso y sin miedo, acercándose cada vez más a los piratas que recargaban desesperadamente sus fusiles y pistolas. Un grito precedió a los bufidos y desafíos de los batponies: La capitana Wrath fue la primera en cargar desde el aire contra el enemigo, seguida por toda su tripulación. Mientras los salvajes batponies sembraban el caos en la batalla, grupos de lobos y grifos cargaron entre los edificios hacia los flancos del enemigo.

Appet tiró su pistola, desenfundó la espada y señaló al enemigo.

—¡Cargad!

Appet y Bayhas, la poni y el lobo, los dos piratas más temidos que recordara la historia y que se habían retirado a la tranquila vida de regentar su posada, fueron los primeros en lanzarse al combate seguidos por las tripulaciones de varios navíos. Como tantas veces había ocurrido durante los últimos días, los piratas resultaron victoriosos. En tierra firme, los demonios del mar no eran buenos combatientes a pesar de sus afiladas garras y colmillos. Como tantas veces había ocurrido, con cada combate cada vez eran más los heridos y los muertos. Y los demonios no tardarían en volver.

—Llevad a los heridos a la enfermería y preparaos para otro ataque —rugió Bayhas—. ¡Quiero un recuento de munición y pólvora!

—¡Almirantes!

La extraña pareja se giró al grifo que les llamaba.

—¡Refuerzos! —gritó esperanzado—. ¡Llegan refuerzos, han desembarcado al otro lado de la isla! ¡Están llegando!

—¿De quién se trata?

—¡El Esclavo Liberado! ¡Y traen a la tripulación de La Sirena Mutilada!

—¿Siguen vivos? ¿Está Poison entre ellos?

—¡En cabeza!

—¡Esta yegua está loca! —exclamó Appet, corriendo a su encuentro.

Saliendo de la ciudad, los vio llegar: había muy pocos supervivientes de la Sirena, y el Esclavo Liberado no parecía haber sufrido grandes bajas. Evidentemente, en cabeza del grupo iba la mismísima Poison Mermaid; caminaba con determinación, a pesar de que una de sus patas era de madera y que un parche le cubría el ojo que había perdido. No muy lejos de ella, el gran ciervo marrón, Asunrix, se mostraba erguido y su cornamenta brillaba ligeramente mientras estudiaba los alrededores.

—Por todos los dioses… Poison, ¿qué haces aquí? ¡Hay una recompensa sobre tu cabeza!

—Para cobrar y detener los ataques a Tortuga deberán llevarla a Taichnitlán —respondió la pegaso turquesa—. Una lástima que la isla esté sitiada y no podáis abandonarla, en alta mar seríais presa fácil para los demonios.

—Toda nave que ha intentado abandonar Tortuga ha sido hundida antes de alcanzar el horizonte —informó Bayhas—. ¿Qué haces aquí?

—Esos bastardos me quieren muerta, no sé por qué, pero pienso averiguarlo.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Appet respecto a la pata y el ojo perdidos de Poison.

—Mis sementales y yo matamos al gran demonio del mar. Un Kraken era un chiste a su lado, y este es el precio que he pagado.

—Espero que tengas un plan —inquirió Bayhas—. Cada vez somos menos, y esta noche están nos han atacado cuatro veces, cada vez tardan menos en organizar otro asalto. No resistiremos mucho más, y no podemos huir.

—Tengo un plan. Alraq, que todos tomen posiciones y reforzad las defensas, estáis bajo el mando de Appet y Bayhas. Asunrix, sabes más de batallar que todos nosotros juntos, haz lo que veas necesario.

Tras dar la orden, la capitana echó a volar a poca altura sobre los edificios en dirección al puerto, buscando un movimiento extraño. No tardó demasiado en verlo: oculta tras un edificio, una de las sirenas demoníacas aguardaba a que sus hermanas regresaran para unirse al siguiente asalto; esta no vio venir el ataque hasta que Poison cayó sobre ella, golpeándola fuertemente con su pata de madera en la nuca y dejándola paralizada. La hizo girar y mirarla al rostro mientras desenfundaba la espada. El monstruo la miró a los ojos y sonrió, enseñando todos sus colmillos.

—Poissssson —dijo, sacando su lengua bífida entre los dientes—. Morirasssss Poissson, assssí lo quiere nuessssstro sssseñor...

—Dile entonces dónde estoy, y que lo estoy esperando.

Tras devolver a la demonio al Tártaro de un tajo en la garganta, regresó a las lineas defensivas y desde el aire pudo ver la inconfundible cornamenta de Asunrix; el druida hizo un movimiento ascendente mientras sus cuernos brillaban, haciendo que montones de rocas, ramas y vegetación crecieran por toda la calle, bloqueándola casi completamente para retrasar al enemigo. Luego se giró para estudiar a un grupo de marineros cuyas armas de fuego habían quedado sin munición; durante un largo minuto no dijo nada, observándolos poco a poco.

—¿Cómo lo ves, Asunrix?

—No podremos aguantar un ataque decidido —respondió él con sinceridad—. Si el Maestro Contramaestre High Tide no consigue encontrarlo…

—Lo encontrará, créeme. Y si no lo hace, ya no importará.

—Se ha vuelto bastante lúgubre, capitana.

—He perdido una pata, un ojo y tengo cicatrices de por vida por todo el cuerpo. ¿No crees que pega con mi nuevo estilo? —dijo ella en tono de broma.

—No creo que sea lo adecuado —dijo él con un toque de humor—. A su tripulación le sienta muy bien su toque de elegancia.

—Tomo nota.

Cuando llegó a la mesa de capitanes, Appet, Bayhas, Santoj y Wrath discutían sobre un mapa de la isla.

—¿Cuál es la situación?

—El punto fuerte de la defensa está en el propio puerto —explicó Bayhas—, solo hay otros dos puntos desde donde pueden saltar a tierra. El primero es fácil de defender por lo escarpado, es por donde habéis llegado y unos cuantos marineros pueden defenderlo sin problemas; la segunda está defendida por el capitán Argul y su tripulación. Aquí tenemos el resto.

Poison guardó silencio al escuchar el nombre de Argul.

—¿Cómo han sido los ataques?

—Atacan las dos playas y el puerto al mismo tiempo. Sus tácticas son simples y no se han adaptado a nuestra defensa, pero cada vez somos menos los que podemos combatir y nos quedamos sin munición. No sé cuántos ataques aguantaremos.

—Mandad un mensaje a las dos playas: si no les atacan con el próximo ataque, deben volver a defender el puerto.

—¿Qué? ¿Por qué? ¡Si nos rodean estamos perdidos, Poison!

—Es obvio que a ella quieren matar —explicó Santoj—. Para hacerlo, vendrán todos los demonios a este lugar.

—¡¿Los has provocado a venir aquí?! —exclamó Appet.

—Sí. Mis sementales están buscando a los demonologistas que convocan a los demonios, lanzándolo todo contra mí denotarán su posición. Solo debemos resistir, además, si son tan estúpidos como parecen, nos asaltarán por la puerta principal y será más fácil detenerlos.

—¿Por qué crees que son estúpidos?

Poison soltó una ligera carcajada, sacudiendo la cabeza para quitar un mechón turquesa que le había caído frente al ojo.

—Tienen un ejército virtualmente inacabable: cualquier estratega decente habría tomado esta isla ya. Los demonologistas que los convocan son unos estrategas pésimos, y esa será su perdición.

—Eso, o moriremos todos —añadió Wrath, con gesto agotado pero sonriendo con confianza—. Pero escogería mil veces esta muerte antes que la horca.


Dos pequeñas embarcaciones flotaban silenciosamente en el agua, sin encender ninguna luz que denotara su posición. Solo estaban a setecientos metros de la isla Tortuga, y ya hacía rato que las detonaciones, los disparos y los gritos habían acabado. Fire Roar se sacudió inquieto.

—Tardan demasiado —susurró—. Joder, seguro que los han pillado.

—Calla —respondió High Tide—. Lo encontrarán.

—¿Y si no lo hacen?

—¿Quieres callarte?

Junto a ellos, quince marineros más de La Sirena Mutilada y el Esclavo Liberado aguardaban con igual inquietud. Sabían que los demonios del mar estaban cerca, podían sentirlos en sus almas, y sabían que ahí serían presa fácil de las sirenas infernales. Hubo un silencioso sobresalto al escuchar los disparos desde el puerto; High Tide miró la posición de la luna: Solo habían pasado unos veinte minutos desde el anterior ataque. Si la provocación de Poison iba a tener algún efecto, ese era el momento para comprobarlo. Los minutos pasaron eternos mientras los ruidos de mosquetes y cañonazos se volvían cada vez más intensos en Tortuga, y finalmente un pegaso descendió desde el cielo y se posó en la embarcación junto a Fire Roar.

—Los tenemos. Están en la isla pequeña detrás de la grande frente al puerto. Los demonios aparecen y nadan directamente hacia Tortuga: si bordeamos por el este no nos verán llegar.

—Perfecto. No hagáis ni un solo ruido. Fire, ¿estás listo?

—Oh, sí —rió el loco sargento de artillería entre susurros mientras acariciaba el barril sobre el que se sentaba—. Lo estoy.


—¡¿Qué os pasa, panda de demonios incompetentes?! ¡Venid a por mi!

Poison aguardó al último instante para alzar el vuelo, al tiempo que dejaba caer una botella sobre el grupo de sirenas infernales que saltaba contra ella; llamas azules cubrieron toda la zona, acompañadas por los gritos agónicos de los monstruos. Santoj surgió junto a sus hombres de un edificio cercano y acabó con las pocas criaturas que habían sobrevivido al fuego alquímico.

Wrath aguantaba en una calle transversal a otro grupo de demonios que había intentado rodear a los defensores; más que defenderse, los batponies atacaban continuamente, retirándose cuando se veían superados solo para dejar que sus compañeros sorprendieran al enemigo atacando por otro flanco. Appet y Bayhas volvían a dirigir a los marineros que portaban armas de fuego, que en aquel instante estaban recargando desesperadamente. Frente a ellos, haciendo frente al asalto, inmóvil como un acantilado frente al batir de las olas, Asunrix reparía órdenes a los marineros frente a él, y a pesar de que no gritaba su voz era fácilmente escuchada por todos ellos; iban armados con lanzas de piedra y madera que el propio druida había convocado de la tierra.

Algunos marineros observaron sorprendidos que los árboles, arbustos y plantas habían adquirido un brillo azulado que iba en aumento.

—Estos son enemigos de Gaia, del propio mundo —dijo Asunrix, su voz potente, calmada y autoritaria—. Habéis hecho frente al Tártaro durante días, y hoy volveréis a hacerlo; no dejéis que su magia corrompa vuestra almas, no dejéis que sus mentiras os hagan dudar, no dejéis que el miedo tome vuestras acciones.

Poison, que había vuelto con la defensa tras tender la trampa a un grupo de monstruos, observó cómo la figura de Asunrix empezaba a destacar cada vez más; pequeñas luces, elementales del fuego y el aire, danzaban a su alrededor; su pelaje parecía más lustroso, y el druida se mostraba imponente como un dios de la guerra. Frente a él, los gritos antinaturales de las sirenas llenaban la noche, y el brillo azulado de toda planta visible se volvía más intenso. Siguiendo el ejemplo del druida, y henchidos por la magia de Gaia, ni un solo marinero retrocedió y todos asieron sus armas con decisión.

—Son demonios, pero pueden morir. Son demonios, pero no van a vencer. Son demonios, pero este no es su mundo. Y vosotros sois piratas, ¡pero hoy Gaia lucha de vuestro lado!

Respondiendo a esas palabras, el suelo estalló cuando grandes raíces surgieron del mismo para aplastar a los demonios como gigantescos tentáculos. Plantas más pequeñas atraparon a las criaturas, e incluso el viento sopló y arrastró el polvo a los ojos de aquellos que osaban invadir el mundo terrenal; el viento entre los edificios aulló como un cuerno de guerra y los piratar corearon el rugir de guerra de Gaia.

Poison tomó nota de jamás enemistarse con los Maestros de la Guerra.

La primera carga de las sirenas, rota por las plantas movidas por Gaia y los disparos de arcabuces y pistolas, fue despachada fácilmente por la linea de lanceros. No tardó en llegar una segunda oleada de monstruos, que obligaron a la linea a retroceder para dar tiempo a los fusileros. La tercera alcanzó a los lanceros con toda su furia, y fue la carga de Santoj y Wrath, junto a sus tripulaciones, por los flancos la que permitió resistir una vez más.

Cuando, finalmente, la munición se acabó, solo una enorme linea de marineros intentó mantener el frente contra el enemigo. Y pronto la linea se rompió, y la batalla quedó convertida en una caótica melée, donde los marineros lucharon por sus vidas. Nadie supo cómo empezó el primer fuego, pero pronto los edificios del puerto libre de Tortuga empezaron a arder uno tras otro.

Poison despachó a un demonio, luchando flanco con flanco junto a Alraq, cuando vio a la tripulación del Relámpago Negro: Llegaron cargando por tierra los lobos, los grifos planeando sobre ellos y chocaron contra los demonios con la furia de un tornado… que bien pronto se vio también rodeado y luchando por sus vidas.

—¡Retroceded hacia la taberna! ¡Retroceded y aguantad! —gritó Asunrix, habiéndose convertido en el líder de facto de aquella batalla—. ¡Formad a mi lado, resistid!

Los piratas obedecieron formando su linea junto a la taberna que se estaba consumiendo por las llamas. Al principio lograron aguantar el empuje infinito del Tártaro, pero poco a poco su linea fue retrocediendo. Poco a poco, los guerreros se fueron agolpando hasta que empezaron a tener problemas para maniobrar y para defenderse. Los estaban acorralando.

Y, de pronto, las sirenas dejaron de avanzar. Los marineros se quedaron inmóviles, espadas y lanzas en ristre, esperando el asalto final que nunca llegaba. Una única demonio se adelantó al resto.

—Entregadnosss a Poissssson. Entregadla y viviréissssss.

Los marineros miraron a su alrededor, encontrando pronto a Poison volando sobre ellos. Wrath fue la primera en volar junto a ella, seguida por muchos de sus hombres. Los grifos de Argul hicieron lo pronto, deteniéndose frente a la pegaso de la pata de madera y alzando sus armas. Wrath hizo lo propio hacia aquellos que pretendían entregar a la capitana.

—¡Vas a entregarte ahora mismo, Poison! —rugió Argul, alzando una pistola—. ¡Es a ti a quien quieren, no vamos a morir todos por una yegua!

—¡Antes pasarás por encima de mi cadáver! —bufó Wrath con rabia.

—No te atreverás —añadió Santoj, apoyando el filo de su cimitarra en el cuello de Argul—. A no ser que busques un rápido final.

—¡No os entregaremos a Poison! —rugió Bayhas empuñando dos espadas y encarando a las sirenas que los rodeaban.

—¡Somos marineros libres! —añadió Appet junto a su marido—. ¡Antes muertos!

—¡No esclavos! —farfulló Alraq, poniéndose junto a la legendaria pareja de piratas—. ¡No dar Poison! ¡Nunca!

—Entoncessss… essscogeisss la muerte….

Las sirenas empezaron a avanzar, y todos los marineros alzaron sus armas. Algunos intentaron huir a través del edificio en llamas, y empezaron varias peleas cuando unos pocos intentaron llegar a Poison a la fuerza. Esta miró a su alrededor, enfundó las armas y voló poco a poco hacia los demonios.

—¡Poison, mira al este! ¡No lo hagas!

Hubo un cambio en la luz que no todos notaron, pero las sirenas sí. Todas miraron hacia el mar, donde una columna de humo iluminada por llamas naranjas se alzaba en la oscuridad y la distancia. Los marineros no tardaron en ver que surgía de la pequeña isla detrás de la isla más grande frente al puerto… y pocos segundos después, llegó el sonido de la explosión.

Y las sirenas retrocedieron.

Poison desenfundó sus armas con una sonrisa que rozaba el sadismo.

—¡El portal ha caído, ya no pueden regresar! ¡Matadlas a todas, matadlas!

Los supervivientes de La Sirena Mutilada fueron los primeros en seguir a su capitana. El resto de marineros hicieron lo propio al ver que los demonios, realmente, retrocedían. La pegaso añil atravesó el cuello a un monstruo, coceó a otro con su pata de madera; Asunrix convocó el poder de Gaia a su alrededor, y los elementales de la tormenta acabaron con un gran número de enemigos; Wrath saltó directamente sobre una sirena y la mordió en el cuello mientras le atravesaba el pecho con la espalda; Santoj golpeó el suelo y una ola de tierra se formó en el mismo, derribando a los demonios que intentaban huir hacia el mar.

Y, en la ruta de huida de los monstruos, hubo una detonación mágica y una docena de marineros apareció. Algunos estaban heridos y llevaban a un unicornio inconsciente con ellos; Fire Roar conjuró y desenfundó las muchas pistolas que portaba consigo, apuntando a las sirenas frente a él.

—¿Contramaestre?

—¡FUEGO! —gritó High Tide.

Las sirenas se detuvieron al verse rodeadas, y no tardaron en ser atacadas por la espalda también. Poison, jadeante y viendo que la batalla estaba ganada, miró a su alrededor intentando ver quién había sobrevivido y quién no.

Un enorme lobo negro caminó a su lado. Argul llevaba la espada cubierta por la sangre de los demonios, y él mismo lucía varias heridas y garrazos propinados por los mismos. Cuando se acercó a Poison, bajó las armas y las enfundó. Los sonidos de la batalla en el puerto de la libertad empezaron a morir, pero nadie se atrevió a celebrar la victoria todavía.

—Poison, creí que estabas muerta.

Lo último que vio el capitán del Relámpago Negro fue la pistola de la pegaso añil.

Tras aquel disparo, aquella ejecución sumaria sin compasión, los piratas del puerto de la libertad se quedaron en silencio, paralizados. Los últimos demonios marinos, caóticas parodias de los monstruos que eran las sirenas en realidad, fueron despachados por la tripulación de la capitana Wrath, o saltaron desesperadas al mar; cerca de la taberna incendiada de Appet y Bayhas, Asunrix acabó con el demonio contra el que combatía con la tranquilidad y la precisión que solo un Maestro de la Guerra podía mostrar.

Poison bajó la pistola, dejando caer su mirada durante un instante en el cuerpo todavía convulsionante de Argul; varios marineros del Relámpago Negro intentaron avanzar, pero los marineros de Alraq no dudaron un instante en cargar contra ellos para detenerlos a la fuerza. Las llamas lamían el puerto de Tortuga, reflejándose en los rostros agotados, confusos y dolidos de los piratas. Para Poison era evidente que, antes de su llegada, habían estado a punto de rendirse, de dejarse llevar por la desesperación y por la tentación de acabar con tanto sufrimiento por la vía rápida. Tal era el poder y la maldición del Tártaro.

Poison Mermaid volvió a mirar al cadáver, ahora inmóvil, de Argul. Había imaginado ese momento varias veces los últimos dos días, había imaginado lo que iba a decirle, que todos supieran por qué lo asesinaba... pero no fue capaz. No consiguió encontrar las palabras que tanto había ensayado, sino el recuerdo del horror que su tripulación, su familia, había vivido: Los gritos, la sangre, los monstruos, el demonio que hundió su barco... Todo ello horrible e imperdonable, pero aún podría, quizá, haber mantenido la calma. Quizá, y aunque era una posibilidad remota, haberse aliado nuevamente con Argul, pues era un capitán de excepcional habilidad.

Pero sus recuerdos la llevaron a lo último que vio aquel fatídico día antes de caer inconsciente, lo que vio desde la balsa: la Sirena Mutilada hundiéndose... y el Relámpago Negro disparando contra ella, disparando contra sus valientes cuando estaban indefensos. El acto había llegado mucho antes que el pensamiento, y para cuando pudo darse cuenta de lo que iba a hacer, ya había ocurrido. Había asesinado a Argul… y no había lugar para el remordimiento o para las excusas.

High Tide se adelantó, cargando a su espalda el unicornio que habían traído. Era de una delgadez extrema, y aún inconsciente sus ojos brillaban con un fuego antinatural; su cuerno estaba roto, cortado limpiamente y, a juzgar por la sangre que le cubría el rostro, la amputación era reciente.

—Aquí está el bastardo —anunció el semental—. No nos vio llegar a tiempo; cuando lo hizo convocó a cientos de demonios a nuestro alrededor, pero Fire dio buena cuenta de ellos.

En silencio, mientras los capitanes supervivientes y las tripulaciones se reunían en torno al diabolista, Poison sacó una botellita de su zurrón, la destapó y la puso bajo el hocico del unicornio. Este despertó de inmediato y miró a su alrededor, confundido y aterrorizado.

—Así que tú eres el bastardo que ha sitiado esta isla durante días. ¿Me reconoces?

—Poison… ¡tú eres Poison Mermaid!

—La misma —respondió, avanzó y coceó al servidor del Tártaro, lanzándolo al suelo sobre su lomo y desenfundando la cimitarra—. ¿Por qué me queréis muerta?

—No… ¡no puedo! ¡Si lo digo mi señor…!

El desgraciado gritó desgarradoramente cuando Poison le atravesó una pata con la espada. Varias maldiciones en voz baja se escucharon entre los marineros que veían la escena.

—Habéis atacado mi barco —dijo, y con cada frase giró más la espada dentro de la herida—. Habéis matado a mis sementales. ¡Habéis hundido mi barco y atacado este puerto, y solo te tenemos a ti para culparte!

—¡Por favor, por favor!

—¡Y si no me das alguien más a quien rendir cuentas, te juro que…!

Alguien golpeó la pata con la que Poison estaba clavando la cimitarra en el demonologista. Asunrix la miró intensamente a los ojos, imponente como siempre, y de no ser por las manchas de sangre infernal sobre su pelaje, nadie diría que el Maestro de la Guerra acababa de sobrevivir a una batalla como aquella.

—No te pierdas, Poison —ordenó, su voz un manantial de tranquilidad—. No te conviertas en un monstruo.

—¡Pero ellos…!

—Son almas perdidas que han hecho algo horrible. Tú eres mejor que todos ellos, y que muchos de nosotros. No te pierdas en el odio.

Poison, se quedó inmóvil intentando controlarse cuando Asunrix se giró hacia el prisionero y se tumbó frente a él. Este se aguantaba entre sollozos la pata que sangraba, aunque por experiencia del Maestro de la Guerra, todavía tardaría horas en desangrarse.

—Gaia te odia —anunció en voz alta—. Gaia me pide que te mate, que te haga pagar por todo el dolor que le has provocado, pero estoy dispuesto a ofrecerte algo: la redención.

Esto hizo que el herido unicornio alzara la vista hacia el ciervo con esperanza.

—Me… ¿me dejarás vivir?

—No —respondió sin crueldad—. Pero puedo darte una muerte rápida, y apelar a Gaia porque ayude a tu espíritu a volver al ciclo natural de las almas. Que evite que tu alma sea reclamada por el Señor de las Sombras; es tu mejor oportunidad de evitar una eternidad de sufrimiento. Lo único que necesitamos… es que nos cuentes lo que sabes. ¿Por qué queríais matar a Poison?

—Eso… ¿me salvará?

—No está en mi poder, realmente. Pero te juro que imploraré a Gaia por que te dé una nueva oportunidad.

El aludido respiró pesadamente varias veces antes de hablar.

—El Señor de las Sombras ha visto el futuro. Ha visto a una pegaso de pelaje añil, hija de Equestria y del mar, salvaje y civilizada al mismo tiempo, que acudirá a la guerra de Equestria contra el Tártaro. No… no sé por qué es importante, pero nos ha ordenado darle muerte, por eso Dark Art convocó al gran demonio del mar y le ordenó buscar y destruir a la Sirena Mutilada.

—¿El nigromante?

—S… sí —jadeó, apretando la herida con un casco—. Engañó a muchos de sus seguidores, y todos fueron sacrificados en la invocación.

—La tormenta —recordó High Tide—. Al día siguiente empezaron los ataques.

—El Señor de las Sombras habló conmigo. Me dijo que el gran demonio del mar había muerto y Poison probablemente también, y me ordenó arrasar Tortuga. Eso… es todo lo que pasó.

—¿Cómo va a volver a este mundo el Señor de las Sombras? ¿Cuál es su plan?

—No lo sé —respondió el derrotado demonologista—. Sé que la clave de su regreso está en el Imperio de Cristal, y que ocurrirá pronto. Hay… grupos en toda Equestria, y todos actuarán a la vez, pero no sé los detalles. Lo juro, es todo lo que sé.

Asunrix miró al demonologista frente a él. Su mente regresó, momentáneamente, a la noche del asedio a Lutnia: cómo perdió el control de su voluntad, los no-muertos asaltando el puerto, su lucha contra Aitana… y la muerte de Sinveria. Todavía tenía grabada en la retina la imagen de la cierva que amaba muerta por su propia pezuña. Y algo en su ser clamaba por venganza, por impartir todo aquel dolor acumulado en cualquier criatura responsable, aunque fuera lejanamente, del mismo. A pesar de ello, su espíritu se mantuvo en calma: ya estuvo cegado por la ira en el pasado, y no iba a volver a permitir que ocurriera. Jamás volvería a ignorar los susurros de los espíritus, el canto del viento o el rugir del mar.

El Maestro de la Guerra posó una pezuña en el cuello del unicornio, y este lo miró con esperanza. Detrás de aquellos ojos poseídos por la magia sacrílega del Tártaro, Asunrix pudo ver, en realidad, a un semental aterrorizado, y aunque ello no le eximía de los muchos crímenes que había cometido, le inspiró compasión.

—Gracias.

Los elementales del aire cubrieron el cuerpo del druida con arcos eléctricos que saltaron a su cuello, su rostro y, finalmente, a su pezuña. Con un espasmo, el demonologista se desplomó y la vida lo abandonó.

High Tide observó todo desde el círculo de piratas de todas las clases que habían presenciado lo ocurrido, y lo que veía no le gustó nada: Los marineros estaban confundidos. La muerte de Argul a manos de la capitana había sido malo, pero podría comprenderse; ahora, la muestra de piedad de Asunrix hacia el responsable de tanto terror y sufrimiento había alzado rumores dubitativos y furiosos. Una ejecución sumaria habría sido más rápido y fácil, o aún mejor, soltar al desgraciado para que los piratas se divirtieran con él. Los piratas no eran malvados per se, pero la masa… es un animal estúpido y asustadizo.

Y Tortuga, el puerto de la Libertad, estaba confundido y asustado. High se acercó a su capitana.

—Poison, tienes que decir algo.

La yegua asintió y voló hasta una roca en el centro de la plaza. A su alrededor, los edificios seguían ardiendo, pero una ligera lluvia empezó a formarse. Sintió en seguida las miradas de todos los presentes clavadas en ella; llegó a encontrarse con la de Wrath, quien también parecía dudar sobre lo que acababa de ocurrir.

—El capitán Argul ordenó disparar contra mis sementales cuando la Sirena Mutilada se hundió. Les disparó después de que diésemos muerte al demonio del mar, y mientras huían en los botes, cuando estaban indefensos. No justificaré lo que he hecho, pero quien no hubiese actuado como yo, ¡que me dispare ahora mismo!

Diciendo esto, se puso en pie sobre dos patas y extendió las delanteras y las alas a ambos lados, mostrándose como un blanco fácil. Nadie disparó, y Poison no pudo evitar pensar en lo patético que hubiese sido si alguien le hubiese dado muerte en aquel preciso momento.

—No sé por qué me persiguen los demonologistas. No sé por qué ese Señor de las Sombras me quiere muerta, ni sé por qué ha decidido darnos muerte a todos. Yo no tenía intención de involucrarme en esto más de lo que me involucro en cualquier otra guerra. ¡Soy una marinera libre, y no debo lealtad a nadie más que a mi tripulación!

Poison miró al gentío frente a ella con la intensidad de aquella que ha estado a las puertas de la muerte, y ha regresado clamando venganza y justicia por todos los que habían muerto.

—¿Ese demonio, el Señor de las Sombras, me tenía miedo? ¡Ahora debe tenerlo, pues él ha despertado a su propia profecía! ¡Ahora puede temerme, pues sus servidores han matado a mis sementales! ¡Y puede temerme, porque se ha atrevido a intentar esclavizar a los marineros libres de Tortuga!

—¡Matemos a ese hijo de mil padres! —gritó Wrath.

Muchos marineros respondieron a la llamada de Wrath.

—¡Hace veinte años, dos marineros huyeron de la civilización, y juntos reunieron a todos los piratas del mar! —Poison señaló a Appet y Bayhas—. ¡Reunieron la mayor flota pirata de toda la historia, y juntos echaron de estas islas al ejército de los Reinos Lobo! ¡Y cuando regresaron, les hicieron frente juntos, acabando con toda su flota, en una batalla que aún hoy pasa factura a Taichnitlán!

La lluvia se tornó más intensa, y los marineros empezaron a gritar afirmaciones.

—¡Voy a conseguirme una nave! ¡Voy a viajar a Equestria! ¡Voy a matar a cada demonio que se ponga en mi camino, y a todos sus servidores! ¡Y voy a hacer pagar al responsable por las muertes de cada uno de nuestros compañeros, por cada alma perdida en el mar! ¡El señor de las Sombras se arrepentirá por habernos provocado! Todos los que queráis seguirme, ¡sabed que la historia hablará del día que el Tártaro declaró la guerra a Tortuga!

Fire Roar se adelantó a empujones entre el gentío y saltó sobre la roca. Se controló en el último instante… pero fue Poison quien se acercó y lo besó con pasión. Tras unos largos segundos, en que los gritos enfurecidos y exaltados de los piratas llenaron el cielo, Fire atinó a hablar.

—Has estado increíble, capitana.

—Capitana… en realidad no tengo barco, Hope. No sé bien qué soy.

—No estés tan segura, Poison —señaló la grave y rasgada voz de Bayhas, quien se acercó junto a su esposa Appet.

—¿Qué quieres decir?

—¿No es evidente? —respondió la yegua de acento extranjero—. Tenemos un barco para ti.


NOTA DEL AUTOR:

Y la leyenda de la Reina del Mar se completa así... prácticamente. Todavía queda mucha historia para Poison.

Espero que lo hayáis disfrutado. ¡Un abrazo!

Gracias UnIngenieroMás por señalar la razón por la que no me convencía este capítulo: No escribí bien a Asunrix. Ya está arreglado ahora, creo :)