La puerta de un edificio abandonado en los suburbios de Manehattan se abrió violentamente cuando un semental la atravesó con todas sus fuerzas. Galopó escaleras arriba, giró varios pasillos sin intentar orientarse, atravesó varias puertas sin saber a dónde se dirigía y llegó a una habitación sin ventanas. Rápidamente cerró la puerta a su espalda, colocó una mesa apolillada contra la misma y se apoyó en la pared, intentando controlar desesperadamente el ruido de sus jadeos. El semental de tierra aguardó largos minutos, aguzando el oído ante cualquier sonido… y la escuchó a los pocos minutos. Caminaba con tranquilidad allá por donde él había galopado, sus pasos resonando en el silencioso edificio como tambores en lo profundo.
La escuchó llegar hasta el pasillo contiguo y, cuando el retumbar de sus cascos se detuvo frente a la habitación donde se escondía, el semental contuvo la respiración, rezando en silencio. El pomo de la puerta giró pero, atrancada por la mesa, no llegó a abrirse. Tras unos segundos, la yegua que le perseguía cesó en su intento por entrar y sus pasos se alejaron; el semental volvió a respirar despacio, intentando evitar suspirar, moverse, o dar cualquier pista de dónde se había ocultado.
La habitación estaba a oscuras, y solo había por mobiliario la mesa que él mismo había movido, una silla rota y un armario oxidado; debía tratarse de la oficina de una antigua fábrica artesana, y no había otra salida a la vista. Esperaría horas, días si hacía falta antes de arriesgarse a salir de nuevo, no permitiría que esa loca le hiciera lo mismo que al resto del culto.
Sintió cómo la sangre se le helaba, como si su corazón hubiese dejado de bombear durante un instante. Allá donde había mirado hacía un segundo, donde no había nada más que polvo, había aparecido una figura equina; esta abrió sus afilados ojos rosas y desplegó sus alas como un murciélago monstruoso. El semental giró rápidamente para apartar la mesa y huir, pero un diminuto virote de metal se clavó en la pared frente a sus ojos, haciéndole frenar en seco.
—No lo intentes.
El semental invocó su alianza con las oscuras fuerzas del Tártaro y las llamas acudieron a sus cascos, iluminando la estancia. La batpony se acercó, y lo primero que reveló fueron sus colmillos como cuchillas, seguidos por el pelaje gris azulado y crines marrones. Vestía un elegante traje de negocios cuya manga derecha había sido rasgada por la daga que llevaba asida a la pata, y con la que había matado a todos sus compañeros. Solo el arma y parte del mismo casco estaban manchados de sangre, la yegua por contra podría haber salido andando de aquel lugar y nadie, jamás, sospecharía lo que había ocurrido.
—No lo intentes —repitió—. Aún herida, he matado a tus compañeros con facilidad, y tú no eres el más hábil de ellos. Necesito información y me la vas a dar.
—No te la daré —respondió desafiante—. No traicionaré al señor de las sombras. Tú solo eres una mortal, yo viviré eternamente.
—Tu alma caerá presa del Tártaro —replicó Rise Love con fría calma—, pero puedo ofrecerte una muerte rápida y la posibilidad de que redimas tus pecados. ¿Qué está haciendo la Hermandad en Manehattan? ¿Cuál es vuestro plan?
Rise Love sintió, súbitamente y durante un instante imperceptible, el inconfundible temor que inspiraba la magia demoníaca en todos los mortales. Los ojos del demonologista se iluminaron durante el mismo tiempo y este miró al vacío antes de reír en voz baja.
—Ya es tarde, Cazadora —replicó con valor renovado—. Todo está en marcha ya, y nuestro señor ya camina en el mundo.
—¿Qué?
—El Señor de las Sombras ha regresado al mundo físico. ¡Nuestra victoria está próxima, y sus servidores viviremos por siempre!
Un instante después, un limpio corte en la traquea demostró al demonologista lo equívoco de aquella teoría. Y también, mientras luchaba desesperadamente por respirar, que debió aceptar la oferta de Rise Love, la cual abandonó el edificio dejando atrás los estertores agónicos de aquel que había vendido su alma al Tártaro.
—¡Doctora Pones!
Aitana se giró molesta hacia el Guardia Solar que la llamaba. Qué manía con usar su título de doctora, ¿tanto les costaba llamarla simplemente "Aitana"? El susodicho llegó hasta ella y se cuadró militarmente; seguía encontrándolo curioso, ya que ella tenía muy poco de la disciplina que se impartía a los guardias solares y lunares, pero supuso que había sido la instructora de los mismos durante la última semana le había valido cierto rango honorífico en la misma.
—Ya os he pedido que no me llaméis...
—El Imperio de Cristal ha caído.
—...doctora. Espera, ¿qué?
—El Imperio ha caído —repitió—. Todavía está llegando información, pero se dice que el Rey Sombra ha regresado, que el Corazón de Cristal ha sido destruido.
La yegua marrón planteó lo que podía pasar a continuación; su propio padre había dicho cuáles serían los objetivos prioritarios en una invasión a Equestria: Canterlot, Manehattan, Ponyville, Cloudsdale y Trottingham.
—Mierda… es probable que seamos el siguiente objetivo. Informa a los sargentos de que asignen patrullas de cinco soldados a cada unicornio y que escaneen toda la ciudad. El menor signo de presencia demoníaca o de magia del Tártaro debe ser atajado de inmediato. Si encontráis algo….
La Cazadora de Demonios guardó silencio al notar cómo un temor que conocía bien tomaba su alma. Se giró hacia el origen del mismo y, aunque no vio nada, reconoció dónde había sentido aquella presencia sacrílega por última vez. Estuviese en lo cierto o no, el origen de la magia demoníaca estaba en el norte de la ciudad.
—¡Evacuad la zona norte! ¡Rápido!
—Pero…
—¡Escúchame bien, soldado de pacotilla! ¡Eso que se acerca es peor que el más grande de los demonios, peor que Baraz y Manresht juntos! ¡Y cuantos más mortales capture más poderoso se volverá! ¡Evacuad a todos los que podáis, enviad a la Guardia al norte y preparaos para enfrentaros al Tártaro! ¡MUÉVETE!
En un pequeño y desordenado piso en la avenida norte de la ciudad hubo una sonora carcajada.
—Y entonces —rió Lovely Rock— toqué mi propia versión de la quinta sinfonía de Betcoltven. ¡Tendríais que ver la cara del profesor!
La yegua tomó la guitarra y tocó una versión de aquella clásica pieza a ritmo del rock más duro. Todos vitorearon la impresionante demostración, aunque Octavia se mostró algo contrariada.
—No sé cómo sentirme —respondió—. Es una gran interpretación, ¡pero acabas de mancillar un clásico!
—Bah, ¡no te pongas así! —exclamó Greta—. El original sigue existiendo, después de todo. ¡Yo soy pianista clásica, no hay para tanto!
—Además, Tavi, tú tocas muchos clásicos junto a mis Wubs, ¿hmmm?
—¡No es lo mismo! —replicó la virtuosa—. A pesar de tus arreglos y moderneces —dijo con un toque de broma y desdén—, conservan su esencia y les da un nuevo significado complementario al original. Lo que hace Lovely es… ¡casi sacrílego!
—Debo decir —añadió el Lucent tomando su bajo y posando elegante y jocosamente— que si Betcoltven viviera hoy día, sería bajista sin duda alguna.
—Sin duda alguna.
—Por supuesto.
—Aham.
—Pues claro.
—¡¿Pero qué decís?!
Hubo una nueva carcajada ante el escándalo de la Cellista, en la que Lovely Rock se fijó en Golden Sheaf. La yegua de cristal lucía apagada, habiendo perdido el majestuoso brillo que mostraba su especie cuando la armonía era presente en sus corazones; había salido a la terraza y miraba el continuo ajetreo de la gran ciudad con tristeza. Sin decir nada, la cantante se levantó y salió al exterior, poniéndose a su lado.
—¿Estás bien?
—No.
—¿No quieres pasar con nosotros? Estamos…
—Os estáis riendo mientras mi hogar está siendo asediado. ¡Pues disculpa que no me una! —exclamó, golpeando la barandilla con un casco—. ¡Y todo el mundo cree que…! —se detuvo a media frase con lágrimas en los ojos y jadeante—. Lo siento. No es culpa tuya.
Tras unos segundos, Lovely Rock se acercó y abrazó a la sollozante yegua.
—No sé lo que es que los demonios ataquen mi hogar, pero sé lo duro que es perder a alguien que amas. No te quiero presionar, pero si quieres hablar de ello, puedes contar conmigo.
—No quiero hacerlo.
—Lo sé, yo también pasé por eso, pero…
—No es eso. Es que no me creerías.
La rockera miró extrañada a Golden Sheaf, cuyo rostro había vuelto a ocultar tras su abundante y semitransparente melena. ¿Qué quería decir con eso? ¿Quién era aquel poni, si es que se trataba de un poni, cuya pérdida la había afectado tanto? Debía haber una historia más compleja de lo que suponía tras aquellas palabras.
Golden Sheaf alzó la cabeza de pronto con los ojos muy abiertos y miró a ambos lados de la calle que se extendía por kilómetros a varios pisos bajo sus cascos; al mismo tiempo se llevó un casco a la gran bufanda que siempre llevaba y la ajustó en torno al cuello.
—¿Qué pasa? —y entonces ella también lo sintió. Un temor, una sensación de peligro inminente a punto de saltar sobre ella—. ¿Qué está pasando? —preguntó con la voz trémula.
Fue cuando lo vieron: de un edificio a dos manzanas de distancia, surgió una nube de humo negro y opaco que se movía haciendo caso omiso al viento. El humo bajó a ras de suelo, y pronto se escucharon los primeros gritos de los civiles al huir del fenómeno.
—Tenemos que correr —dijo Golden—. ¡Tenemos que irnos, hay que correr!
Lovely Rock entró en el piso, donde Octavia, Vinyl, Greta, Lucent y Dawn se habían quedado en silencio al sentir la magia del Tártaro.
—¡A la escalera de incendios, rápido!
El profesor Pones abrió los ojos y su cuerno dejó de brillar. Su despacho estaba cubierto por múltiples mapas de Manehattan, y en todos ellos se iluminó un punto en la zona norte de la gran metrópolis. Al mismo tiempo, una difuminada nube blanca se movía por el lado oeste de la ciudad, acercándose poco a poco.
Los efectos de la magia de Tártaro todavía tardarían unos minutos en dejarse notar en el Campus. Recogió varios pergaminos cuya tinta todavía estaba fresca, conjuró y se teleportó al exterior del edificio de historia y arqueología, donde no tardó en ver a un trío de guardias solares: unicornio, pegaso y poni de tierra. Se acercó a los mismos.
—Profesor Pones —saludó el unicornio—. ¿Necesita algo?
—Sí. Un gran demonologista está atacando la ciudad por la avenida norte. Vendrá directamente al campus, pues me quiere muerto.
—¿Qué? —preguntó incrédulo—. Profesor, ¿está seguro?
—Completamente. Además la niebla blanca que ha asediado el Imperio de Cristal y Hollow Shades está llegando por el oeste. Estamos rodeados, no podemos escapar, tienen que evacuar a todos los civiles que puedan a edificios bien protegidos, sótanos, catacumbas, etc. Varios edificios del campus han sido preparados para ello, este será un buen punto donde resistir durante la evacuación. Tenga —dijo, entregándole un pergamino.
—¿Qué es esto?
—Un conjuro que he desarrollado. No podrá vencer a la niebla blanca, pero quizá pueda frenarla al menos un tiempo. Tendrán que ceñirse al plan que trazamos ayer y evacuar a todos los civiles que puedan en barco. Ahora muévanse, jóvenes.
—Profesor, creo que está usted…
El unicornio guardó silencio al sentir los efectos de la magia demoníaca en su alma.
Los diablillos del fuego y la destrucción surgieron de la nube negra y se lanzaron contra los civiles como horrenda parodias de murciélagos hechos de fuego y caos. Un taxista no logró desengancharse a tiempo de su carro y gritó cuando las llamas lo envolvieron; más adelante una yegua se puso a cubierto tras un buzón y se cubrió la cabeza, demasiado aterrorizada como para reaccionar. La nube negra avanzó poco a poco, y de ella surgieron ahora los demonios de la sombra y el terror, tentaculares e informes que avanzaron como una pesadilla hecha física.
La yegua llegó a ver cómo algunos ciudadanos pasaban galopando a su lado, ignorándola, y sintió la presencia cada vez más próxima de los demonios. Alzó la cabeza y fue cuando vio al monstruo: Parecía una yegua de facciones afiladas y terroríficas como sus colmillos. Había caído sobre un diablillo y, tras atravesarlo con una daga, lanzó su cadáver incandescente a lo lejos. Levantó la pata izquierda mientras volaba a poca altura del suelo y disparó un proyectil hacia un objetivo que la yegua no pudo ver. La monstruosa batpony se giró hacia ella y clavó sus afilados ojos rosas en ella.
—¡Corre! —bufó, y desapareció en una nube de sombras. La yegua, finalmente, encontró el valor para correr por su vida, y Rise Love supo que no podría salvar a nadie más en aquel punto.
Aitana no llegó a encontrar al demonologista, o a ver la antinatural nube negra, pues una estampida de ciudadanos se lo impidió. Monstruosos e informes diablillos voladores asaltaban a los civiles que huían; un semental protegió a su hijo con su propio cuerpo cuando un proyectil ígneo le impactó; una yegua de tierra fue atrapada y, cuando volaba a gran altura, el demonio la dejó caer hacia una muerte segura. Un valiente pegaso intentó salvarla, lanzándose en picado tras ella, pero solo logró caer en las garras de otro habitante del Tártaro.
Mientras el caos se desataba a su alrededor y los ciudadanos de Manehattan galopaban aterrorizados alrededor de Aitana, ella fijó la vista en su objetivo; golpeó una de sus alforjas y sacó la ballesta plegable, montándola en menos de tres segundos. Alzó el arma, apuntó y el virote impactó contra un demonio, devolviéndolo al Tártaro.
—¡Por aquí! —gritó—. ¡Seguid la avenida, a la universidad! ¡Rápido!
Cargó un nuevo virote y mató a otro diablillo. Un escuadrón de pegasos que portaban armaduras doradas como el sol pasó sobre su cabeza y chocó en combate aéreo contra los demonios. Tras ellos llegó el resto de la guardia solar ponis de tierra y magos, que se prepararon para recibir a los demonios terrestres que perseguían a los civiles. Pronto toda la anchura de la calle quedó ocupada por un muro de lanzas y escudos, y los magos lanzaron su magia contra el ejército del Tártaro que cargaba contra ellos. El sargento se acercó a Aitana.
—¡Doctora Pones, estamos rodeados! —gritó por encima de las órdenes de la cabo de la unidad—. ¡La niebla blanca que vuelve locos a los ponis está entrando en la ciudad por el oeste! ¡El profesor Pones ha desarrollado un hechizo que quizá pueda detenerla, pero solo en espacios pequeños!
Aitana hizo un plano mental de lugar en el que estaban, e imaginó la mejor manera de salvar tantas vidas como fuera posible. Aunque habían previsto la eventualidad de que llegara la niebla, era un problema del que, de momento, solo podían huir.
—De puta madre. ¿Estáis siguiendo el plan?
—Ya está en marcha. Pero los barcos no podrán evacuar a toda la ciudad.
—¡Eso no importa, cada criatura que salvemos es negar un poco de poder al Tártaro!. Salvad a todos los que podáis y luego retiraos. No os enfrentéis al demonologista, no tenéis ninguna posibilidad.
—¿Acaso lo conoce?
Aitana no respondió, cargó otro virote y derribó a otro demonio. Pudo ver entonces la opaca nube negra al fondo de la avenida, acercándose poco a poco, y a los demonios saliendo de la misma.
—Esto es un portal, cada vez llegarán más demonios, ¡mierda! ¡Aguantad todo lo que podáis, dad tiempo a que se escondan los civiles, y luego retroceded!
En el aire, los pegasos se retiraron y los hechizos lanzados por los unicornios estallaron en una cacofonía ensordecedora, matando a todo demonio en su área de efecto. En la calle, los soldados de tierra gritaron un desafío cuando los primeros demonios del fuego y la destrucción llegaron a su linea de escudos y lanzas. Aitana blandió la espada de su madre y galopó para interceptar a un enorme demonio que surgió de una calle transversal, intentando flanquearlos.
Algo cayó encima de Dawn.
Era informe, con trozos de roca fundidos en la piel y sus gruñidos eran el sonido del hierro caliente enfriado en agua. Los músicos que lo acompañaban no acertaron a reaccionar ante el forcejeo del batpony, quien luchó desesperadamente para evitar las deformes mandíbulas del demonio. Golden Sheaf fue quien saltó sobre la criatura y la agarró por el cuello; a pesar de su inexperiencia y la certeza de que aquel monstruo acabaría con su vida, ese respiro dio espacio a Dawn: Girando sobre si mismo hizo caer a la criatura, luego alzó el vuelo y lo coceó en la cabeza con una espectacular maniobra. Lejos de acabar con el demonio, lo dejó aturdido, pero no mucho tiempo*.
Y a su espalda, más criaturas llegaban.
—¡Por aquí, vamos! —gritó Greta, corriendo hacia una calle transversal y estrecha.
Galoparon juntos a través de las estrechas calles entre altísimos edificios, y no tardaron en ver que ahí no estaban más seguros. En el primer cruce vieron a un grandísimo ser de fuego y oscuridad galopar hacia ellos; más adelante tuvieron que girar una esquina antes de que un grupo de diablillos los viera, los gritos histéricos de un grifo joven fueron indicación de qué era lo que distraía a las crueles criaturas. Minutos después de recorrer las calles, y ya sin saber a dónde dirigirse, pudieron ver el resplandor de las llamas impías en el siguiente cruce antes de ver a los monstruos que las provocaban. Escucharon un grito, como un chirriar metálico, encima de sus cabezas; unas criaturas blancas con rostros cubiertos de colmillos escalaban por la pared. Eran grandes y miraron a los mortales.
Greta se lanzó hombro por delante contra una puerta sin derribarla, pero al segundo intento se sumó Lucent, abriéndola con el impacto.
—¡Por aquí, rápido!
Los monstruos que escalaban clavaron sus garras en el edificio y se escuchó un gran crujido, como una explosión de piedra; grandes secciones del muro se resquebrajaron y cayeron sobre los mortales. Todos saltaron a través de la puerta y la nube de polvo que se formó los cegó momentáneamente, haciéndolos toser con violencia durante unos segundos.
—¿Estáis todos bien? —preguntó Octavia.
—Sí… estoy bien.
—¿Estamos todos?
Vinyl iluminó su cuerno y, bajo su luz atenuada por el polvo que llenaba el ambiente, cruzó la mirada con Octavia, Greta, Lucent y Dawn. Un instante después, en el exterior, escucharon a Lovely Rock gritar algo que no entendieron, seguido de un desesperado galope.
El profesor pones trotó todo lo rápido que le permitía su silla de ruedas hasta la zona norte del campus universitario, miró a los unicornios que lo acompañaban y habló con la voz calmada.
—¿Recuerdan los hechizos que les enseñé? —preguntó, obteniendo respuestas afirmativas—. Perfecto, tracen sus barreras y conjuren. Cada minuto retrocederemos diez pasos y repetiremos. Señor Steady Rock, usted y sus compañeros vigilen por si aparecen demonios y protejan a los unicornios. Pegasos, grifos y batponies, volad a la ciudad, dirigid a los que huyen hacia aquí y mantenednos informados del avance del enemigo. ¿Alguna pregunta?
—¡Ninguna, profesor! ¡Aplastaremos a esos demonios! —berreó Steady Rock, a lo que sus musculosos compañeros respondieron con un grito unánime.
—¿Qué hacemos cuando llegue la niebla blanca?
—Corran, escóndanse en los edificios que hemos acordado y lancen el hechizo que he preparado. Según los informes de Hollow Shades la niebla no entró tras puertas cerradas, o quizá no vio a quienes se escondían en los edificios.
—¿Cómo sabe eso, profesor Pones?
El anciano semental dedicó una mirada de soslayo al joven unicornio que preguntaba.
—Cuando lleve casi cincuenta años luchando contra el Tártaro lo sabrá. Empiecen a conjurar.
Cuando antes solo unos pocos civiles habían huido hacia la zona universitaria, en cuestión de minutos cientos de los mismos galoparon a través del campus guiados por los estudiantes pegaso. Cien metros más atrás, las puertas de los edificios de Historia y Arqueología, Biología y Ciencia Tecnomágica se abrieron y varios estudiantes indicaron a los refugiados que entraran.
El profesor Pones tenía muy claro lo que estaba pasando y a quién se enfrentaban. Y sabía bien que, si tenían que vencer, no iba a ser en una batalla campal.
—¡Listo, profesor!
—Buen trabajo. Diez pasos atrás y repitan.
Los unicornios retrocedieron a la vez, dejando frente a ellos una brillante linea de magia cuya luz se extendía en el aire. Todos escucharon un grito cuando un vórtice de llamas apareció de la nada: Un demonio del fuego, grande como tres ponis surgió del mismo. Parecía una araña monstruosa en su parte inferior, mientras que la superior parecía la gigantesca cabeza de un sabueso deforme y rabioso. Miró a los mortales que lo rodeaban y abrió sus fauces para rugir…
—¡A POR EL!
...cuando tres musculosos, berreantes y fornidos ponis de tierra cuya mayor afición era pelearse a casquetazo plano saltaron sobre él. La criatura fue rápidamente derribada con el impacto, y ya en el suelo recibió la mayor lluvia de casquetazos que ningún demonio hubiera recibido jamás.
El profesor asintió impresionado ante la demostración de sus estudiantes.
Un pequeño grupo de guardias solares clavó sus escudos en el suelo y recibió la carga de un enorme demonio de fuego. La criatura rugió y golpeó a los mortales, pero estos se protegieron alzando sus escudos sobre sus cabezas. Las armas, espadas y lanzas, se clavaron infructuosas en el vientre de la criatura, y esta siguió golpeando con todas sus fuerzas.
No llegó a ver las sombras formarse de la nada junto a su rostro, ni a la Cazadora que surgió de ellas. Rise Love se había desecho del traje que llevaba antes, y clavó su espada batpony en el cuello del demonio; este intentó alcanzar a la yegua, pero lejos de permitirlo, Rise voló en torno a su rostro rebanándole la vida con cada aleteo.
Cuando bajó al suelo, con el demonio aún consumiéndose en un charco de llamas, los guardias solares la miraron aterrados, retrocediendo y alzando sus armas contra ella. Un cabo ordenó que las bajaran.
—¿Usted es… la capitana Rise Love, de la Guardia Lunar?
—Sí. Tenéis que retroceder.
—Capitana, en esta avenida habitan cientos de personas, tenemos que…
—Si no han huido, ya están muertas —respondió—. El demonologista se acerca, y los demonios se están agrupando, pronto atacarán en masa.
—Pero capitán…
—Es una orden, cabo.
Sin esperar respuesta, Rise Love alzó el vuelo y se dirigió hacia donde el combate más intenso se estaba desarrollando. Desde el aire apreció la formación que formaba la práctica totalidad de la Guardia Solar de la ciudad aguantando la carga de docenas de demonios; sobre ellos, los pegasos entablaban combate aéreo contra los diablillos, esquivando proyectiles ígneos y respondiendo al fuego con sus espadas. Era de notar que, saltando de edificio en edificio, varios jóvenes pegasos y batponies estaban cubriendo a la Guardia Solar con ballestas. Los mismos jóvenes que habían entrenado en la universidad.
Un gran demonio surgió por una calle secundaria y cargó. Como esperaba que ocurriera, una yegua marrón salió a su encuentro espada en ristre; Rise se transportó en las sombras para llegar antes pero, cuando lo hizo, el demonio ya estaba en el suelo con una pata cercenada. Aitana desclavó su espada del cráneo de la criatura y miró a Rise con el fuego del Tártaro iluminándole el rostro.
—¡Rise! La niebla se acerca por el oeste, y el portal se está haciendo más grande. ¿Tú también lo sientes?
—Sí. Es el mismo demonologista que liberó a Weischtmann.
—¿Lo has visto?
—No. He visto y olido sus sombras, es él.
Aitana miró hacia la gran avenida con la ira reflejada en su rostro, asió su espada y empezó a avanzar, pero en seguida Rise Love se puso frente a ella.
—Tu madre está muerta.
La yegua marrón observó a Rise. Un sargento gritó una orden, y los magos respondieron conjurando una barrera que desvió una gran llamarada.
—¿Qué coño dices? ¿Te crees que no lo sé? ¡Ese hijo de puta es quien la mató!
—Tu madre está muerta, y eso no puedes cambiarlo.
—¡Déjate de gilipolleces y quítate de en medio!
Aitana vio venir el ataque de Rise y se adelantó al mismo, bloqueando el casco de su amiga. De nada sirvió: haciendo gala de una habilidad inmensamente superior a la Arqueóloga, trabó la pata armada, la empujó del pecho y ambas saltaron a través de la sombra. Cuando reaparecieron al instante, Aitana se encontró acorralada contra una pared mientras Rise la apresaba con un casco contra la garganta. Una vez más, la yegua marrón recordó que en combate abierto, no era rival para Rise Love.
—¡Escúchame bien, Aitana! ¡Tu madre está muerta, y suicidarte ahora para matar a su asesino no te la va a devolver! —Rise la liberó de la presa, y Aitana se posó sobre las cuatro patas—. Voy a dirigir la retirada de la Guardia, y tú…
Rise lo escuchó antes que Aitana y se giró hacia la avenida. La nube negra había llegado a toda velocidad frente a la Guardia Solar y se había detenido.
—¡Corre! ¡Vé a los túneles, corre!
Rise volvió a transportarse en las sombras y apareció tras los Guardias Solares.
—¡Retirada, todo el mundo atrás, retirada!
Los soldados respondieron al instante, retrocediendo con coordinación mientras mantenían los hechizos defensivos y el muro de escudos. La nube de oscuridad bajó casi a ras de suelo y de ella, como un fantasma que hubiese adquirido consistencia, surgió un poni de pelaje negro como la noche; sus ojos inyectados en sangre brillaron en la oscuridad que su propia nube negra proyectaba y su cuerno, retorcido y acabado en una punta anaranjada, brilló con un aura burbujeante y purpúrea.
La orden de retirada había llegado demasiado tarde.
Rise sintió el movimiento bajo sus cascos y alzó el vuelo; tentáculos de sombra sólida surgieron del suelo y atraparon a los Guardias Solares. Ningún mago llegó a reaccionar cuando la magia impía se acumuló en la zona, o cuando el calor y la presión aumentaron a una velocidad imposible. Llevada por su instinto, Rise saltó tan lejos como pudo a través de las sombras, apareciendo en una calle paralela al sur.
La detonación hizo que la batpony cayera al suelo cubriéndose las orejas; los cristales de todos los edificios estallaron. Rise sintió que sus pulmones se negaban a funcionar durante unos segundos; el aire que parecía haber abandonado la zona regresó como una implosión acompañado por un humo marrón y caliente como el infierno. Aturdida y luchando por respirar, la batpony volcó un contenedor y se escondió dentro del mismo para protegerse cuando miles de trozos de roca y cristal empezaron a caer por toda la calle.
Lovely Rock y Golden Sheaf saltaron sobre un carruaje abandonado, giraron una calle y se detuvieron jadeando con fuerza. Tras unos segundos Lovely habló.
—Los hemos despistado… creo.
—Tenemos que… salir de la ciudad —jadeó Golden.
En ese instante de pausa, la yegua de cristal se ajustó otra vez la gran bufanda roja que siempre portaba como si su vida dependiera de ello. Fue entonces cuando ambas notaron que algo iba mal: el temor que sentían en sus almas se incrementó hasta límites intolerables, sus corazones se aceleraron y ambas miraron a su alrededor buscando el peligro.
—Algo pasa… ¡algo va a pasar, tenemos que salir de aquí!
—¡Allí!
Las dos yeguas galoparon calle abajo hasta una ventana, sintiendo cómo si el mundo estuviese a punto de ser envuelto en llamas. Juntas saltaron y atravesaron el cristal. Un inmenso resplandor naranja se sucedió en la calle, el impacto hizo que todos los cristales reventaran y las dos yeguas gritaron cuando trozos de cristal y del propio edificio empezaron a caer a su alrededor. Golden abrazó a Lovely Rock y giraron como una sola en el suelo hasta resguardarse bajo una mesa.
—¡Pinkie, tenemos que hacer algo! —gritó Rarity, mirando por la ventana de un alto edificio cercano al puerto.
—¡No, no, no, no, no! ¡No podemos ir! —Pinkie Pie tenía continuos ticks y espasmos en el cuerpo—. ¡Algo terrible va a pasar, no vayas!
—¡Por eso tenemos que ir!
—¡No, no lo entiendes!
Rarity quedó cegada por un súbito resplandor blanco y naranja; antes de que supiera lo que ocurría, Pinkie Pie saltó sobre ella y la tiró al suelo. Un inmenso estruendo, como un trueno apocalíptico, reverberó en el gran edificio; muchas ventanas estallaron en pedazos y las dos yeguas gritaron. Aturdidas por la detonación, las dos se pusieron en pie y miraron por la ventana: Una gran columna de humo iluminada por las llamas se alzaba en la zona norte de la ciudad.
—Celestia bendita...
El campus quedó en silencio después de la onda de choque provocada por la explosión. Una inmensa nube negra y marrón se alzaba al norte, y cientos de los grandes edificios habían sido dañados, cayendo los cristales de sus ventanas en la calle.
Para el profesor Pones no hubo ninguna duda: La Guardia Solar había caído, y la que siguiera en condiciones de luchar estaría desorganizada y sin un mando claro.
—Vayan todos a los túneles —ordenó con calma.
Nadie se detuvo a cuestionar sus instrucciones, ni tampoco a ver que el profesor no se unía a sus alumnos. Respirando con calma, caminó con tranquilidad a través de la avenida norte al encuentro de su destino.
NOTA DEL AUTOR:
* ¿Alguien había olvidado que los batponies aprenden a pelear desde que son potros?
