Cuando abrió los ojos, un agudo pitido la ensordecía.

Aitana miró a su alrededor, intentando enfocar la vista; estaba en una calle pequeña, y a pocos metros esta daba directamente a la una gran avenida. Sintió un gran peso y varios impactos, y es cuando se percató de que un trozo de un muro de ladrillos se había derrumbado sobre ella. Recordó a Rise Love gritándole que fuera a los túneles y ella lo hizo… pero algo le impactó y perdió el sentido. Una explosión.

Hellfire. Hellfire había llegado, y ella no tenía ninguna posibilidad contra él. Tenía que correr. ¿Dónde estaba Rise? ¿Qué había pasado? Tenía que llegar al campus, a los túneles, como habían planeado. Debían resistir y esperar y no podía perder tiempo.

Se puso en pie como pudo, mientras los sonidos volvían a llegar con creciente normalidad a sus oídos. Tuvo que luchar contra el peso de los ladrillos y percató que tenía sangre en la cara que le caía desde alguna herida en la cabeza. "No es grave", se dijo, y empezó a andar tambaleándose y alejándose de la gran avenida; saltó a un lado cuando un montón escombros cayó desde lo alto, obligándose a acelerar el paso. Tan pronto como alcanzó un cruce giró a la izquierda y se dirigió al sur tan rápido como su cuerpo, aún recuperándose del impacto de la explosión, le permitía.

Los cristales rotos de los edificios habían caído en la calle, y cada paso crujía en los mismos. El temor creció en su corazón, y supo que era fruto de la magia del Tártaro, aunque tenía motivos para tener miedo. Se detuvo al escuchar un grito agudo, ¿eran sus oídos? ¿Una ilusión, un truco de algún demonio de la oscuridad? La estaban distrayendo, no podía retrasarse, la necesitaban. Tenía que…

Volvió a oír el grito. Era la voz de una potra, y gritaba "mamá"; no sabía si era un truco de los demonios o no, pero fue a comprobarlo igualmente. Aitana siguió el sonido tan rápido como pudo, sabía que no había tiempo, ¡los demonios llegarían en cualquier momento! Se introdujo en un edificio parcialmente derruido, tosiendo a causa del polvo y la tierra que todavía llenaban el aire.

—¡Hola! ¿Hay alguien?

—¡Aquí, por favor, ayuda!

Atravesó una habitación. Había una potra muy pequeña, de pelaje gris y crines rubias, que agarraba la pata de una yegua. Esta, que también tenía el mismo patrón de color en su pelaje y crin, estaba atrapada bajo…

Aitana hizo un esfuerzo para no decir nada que asustara más a la niña.

La yegua estaba atrapada bajo un enorme trozo de muro, seguramente una pared maestra; no había forma de que pudiera sacarla de ahí, de que sobreviviera al hacerlo, o siquiera que pudiera moverse una vez liberada. Aquella yegua sabía que iba a morir, y aún así alzó sus patas delanteras y acarició a su hija con una sonrisa coronada con amorosos ojos bizqueantes.

—Muffincito, tienes que irte —le susurró, disimulando el dolor—. Yo no puedo acompañarte.

—No… ¡no, mamá, no!

—Iré detrás de ti, te lo prometo cielo —mintió, miró a Aitana y, sin perder la sonrisa, añadió—. Ahora mi amiga te va a llevar a un lugar seguro, lejos de los monstruos.

La aludida sintió que el corazón se le encogía ante lo que iba a hacer.

—Mami… —la niña gritó más fuerte cuando Aitana la tomó con un casco y se la puso a la grupa— ¡Mamá!

—Cuidaré de ella —juró Aitana, mirando a la moribunda yegua—. Lo juro.

—Sé que lo harás —todos se giraron al escuchar el rugido de los demonios que olían el dolor de la madre—. Corred.

—Siento no poder ayudarte.

—Ya lo estás haciendo —respondió con sincero agradecimiento—. Corre.

Aitana retrocedió sin dejar de mirar a la yegua; la potra, sobre su grupa, susurró "mamá" varias veces, y lo gritó una última vez cuando su salvadora empezó a galopar con todas sus fuerzas. Salieron a la calle y, al momento, vio un gran demonio frente a ellas rugir; la yegua marrón galopó hacia él y, en el último instante, se lanzó al suelo, derrapando junto al monstruo y evitando su ataque en el último instante. De un salto superó los restos de un edificio derruido subió una pila de escombros y, al llegar arriba, sacó lo que parecía una larga cuerda negra de algún sitio de las grandes alforjas que llevaba. Varios demonios voladores se lanzaron sobre ellas y la pequeña supo que aquel iba a ser su fin, y que la pesadilla no iba a tener un final feliz.

—¡Agárrate! —gritó la Aitana, saltando al tiempo que lanzaba el látigo hacia un saliente cercano.


Golden Sheaf y Lovely Rock se abrazaban bajo la mesa en la que se habían resguardado de la lluvia de cristales y cascotes. Las dos tenían golpes y alguna herida, pero ninguna de gravedad; miraron a su alrededor con los ojos abiertos como platos y aguantaron la respiración al escuchar un grave gruñido en la calle, a demasiada poca distancia de ellas. Cuando la gran criatura se hubo alejado volvieron a respirar, pero los ruidos de los demonios en el exterior seguían presentes, y no veían una forma de escapar. Golden, finalmente, sollozó en silencio y Lovely la abrazó con fuerza.

—Sal… saldremos de esta —susurró, intentando infundirse a si misma de valor.

—No… no lo haremos —sollozó la yegua de cristal—. Y ahora nadie quedará para recordarlo, para saber lo que pasó con Amber. Él no quería esto, no lo quería…

—¿Amber? ¿Quién es?

—Mi prometido.

Lovely Rock retrocedió un poco contra la pared al escuchar a un demonio de nuevo. Golden guardó silencio unos segundos, pero pronto empezó a hablar.

—Él intentaba proteger a todos, intentaba salvar el Imperio, no quería que esto ocurriera. Y ahora le culparán.

—Estoy segura de que le recordarán como un héroe —susurró la cantante—. ¿Murió luchando contra Sombra?

—Amber no está muerto.

Lovely miró a la yegua de cristal con confusión.

—¿Qué?

—No lo entiendes… nadie lo entiende, ¡nadie! Amber predijo la llegada del demonio Sombra hace mil años, intentó advertir a la Princesa de Cristal pero no le escuchó —dijo sin disimular la ira y la impotencia—. Él convocó a Sombra sobre los lagos helados, luchó contra él… y falló. Solo los magos de cristal sabían lo que ocurrió, pero no le creyeron, ¡le culparon a él! ¡Decidieron que él invocó a Sombra para obtener su poder, pero no fue así! ¡Incluso se negaban a decir su nombre, y ahora no queda ningún unicornio de cristal! ¡Nadie que recuerde lo que ocurrió realmente, solo quedo yo!

Lovely Rock sintió la adrenalina en el estómago al comprender lo que estaba oyendo. Pero necesitó confirmarlo.

—¿Qué me estás diciendo? ¿Quién es Amber?

—¿De verdad no lo entiendes? ¡Amber es un unicornio de cristal poseído por el demonio Sombra! ¡Él no quería ser un tirano, quería detenerlo! ¡Yo soy su prometida, y la única que vio lo que ocurrió hace mil años!

Golden vio que la cantante la miraba con los ojos muy abiertos; por supuesto, no la creería, o la culparía a ella, como habían hecho tantos otros. "Por qué no lo evitaste" o "Por qué defiendes a ese monstruos", algo así le diría. Sin embargo, Lovely Rock la tomó por los hombros y le habló mirándola fijamente.

—Golden Sheaf, escúchame bien: Quiero que galopes hacia el sur. Tienes que llegar al campus universitario y encontrar a la doctora Aitana Pones.

—¿Qué? ¿Para qué?

—¡Escúchame! —le exclamó entre susurros—. ¡Ella sabe más que nadie de demonios, de magia prohibida y demás! ¡Quizá la doctora Pones pueda ayudar, tienes que contarle todo lo que sabes! Y por favor, ten fe en que todo saldrá bien.

—Lovely, ¿qué…?

—¡Corre!

—¡No!

Diciendo esto, y sin dejar que el grito de Golden la detuviera, Lovely Rock salió del escondite, saltó por la ventana a la calle y gritó.

—¡Eh, demonios, estoy aquí! ¡Venid a por mi!

Después salió corriendo, perseguida al poco por los habitantes del Tártaro. Solo esperó que aquella distracción diera margen a Golden Sheaf para escapar… y que su sacrificio sirviera para frenar al Rey Sombra.


Aitana saltó a través de un agujero abierto en la pared de un edificio, pero calculó mal la altura a la que se encontraba, cayendo pesadamente al suelo y chocando de costado contra una pared. Por fortuna, sus propias alforjas amortiguaron el impacto contra la misma.

—¡¿Estás bien?!

Por respuesta, Ditzy se abrazó con fuerza a su cuello. La Arqueóloga no tuvo tiempo para volver a preguntar: Un enorme demonio cuadrúpedo, demasiado grande para pasar por el agujero, atravesó la pared y saltó al suelo tras ella, quien se puso en pie y galopó por una calle estrecha.

Cosa que no importó al monstruo: Como si fuesen castillos de naipes, el demonio galopó tras Aitana derrumbando las paredes con las que chocaba a ambos lados de la calle.

—¡No me jodas!

—¡Apártate!

Aitana saltó a un lado nada más superar la estrecha calle y un hechizo zumbó allá donde habría estado ella. El enorme demonio rugió, y un unicornio de la guardia se acercó a ella y la ayudó a levantarse

—¡Debes correr al sur, busca a la guardia y te dirán dónde esconderte! Tú… ¿doctora Pones?

—¡No te hagas el héroe y corre, joder! ¡No podrás ayudar a nadie si mueres!

—No puedo, ¡hay mucha gente aquí!

Fue cuando Aitana se percató de que había más ponis en aquella calle, algunos de ellos heridos. Estaban cubiertos de polvo, alguno cojeaba y era ayudado por otros. Aitana respiró hondo, estudiando la situación y los sonidos a su alrededor: no iban a escapar a tiempo. No si pretendían salvar también a los heridos; ella sola podría haberse salvado, y también a Ditzy… pero no a todos.

A lo lejos se produjo una explosión, y pudo oír los gritos desesperados de los que intentaban huir del Tártaro. Buscó con la mirada hasta que encontró al poni ideal: un semental joven que no parecía herido. Se acercó al mismo y se agachó para que la potra bajara de su grupa.

—Pequeña, vas a marcharte con mi amigo, y él te llevará a un lugar seguro. ¿Entendido? —preguntó, mirando fijamente al semental, quien asintió sin dudar y se subió a la pequeña a la grupa.

Después desplegó de nuevo la ballesta y, mientras cargaba un virote, habló a la multitud.

—Tenéis que llegar al campus universitario, hay varios edificios preparados para que os refugiéis, habrá gente ahí indicando dónde ir. Nosotros ganaremos tiempo, ¿entendido? —tras tres segundos de silencio, Aitana gritó—. ¡Corred!

Mientras el grupo empezaba a galopar, Aitana y el unicornio retrocedieron juntos por la calle por la que huían los civiles.

—Mantén una barrera antimagia, que tengan que venir al cuerpo a cuerpo.

—Entendido, doctora.

—Me cago en todo… ¿Cuántas veces voy a tener que repetir que me llaméis "Aitana"?

—Lo lamento —el guardia conjuró una barrera y miró a la Arqueóloga—. Si caigo, que sepas que será un honor morir luchando junto a ti, Aitana.

La aludida alzó la ballesta y se preparó para disparar.

—No pretendo morir. Pero lo mismo digo.

El primer diablo llegó a la calle y fue recibido con un virote en la cabeza. Dos más no pudieron aguantar varios proyectiles mágicos… y para cuando llegó el cuarto, Aitana tiró la ballesta, desplegó la espada y se preparó para combatir.


Enfrentándose a la marea de ponis, grifos y otras criaturas que huían, un semental paralítico caminó con calma hacia el norte sin que nadie intentara detenerlo.

Calculó que había recorrido una cuarta parte del camino hasta el epicentro de la explosión cuando vio a los primeros diablillos asaltando a los ciudadanos; llamó a la magia y una bola de fuego y relámpagos se formó sobre su cabeza. Ambos elementos se separaron y levitaron frente a él, como aguardando órdenes; el profesor miró a los elementales y los saludó con una suave inclinación de cabeza.

—Matad a los demonios. Proteged a los mortales.

El elemental de la tormenta se transformó en un rayo, impactando contra un diablillo y reformándose como una bola de relámpagos que buscó otro objetivo. El del fuego, por contra, se interpuso ante los proyectiles impíos e ígneos de un demonio y se los devolvió, obligándolo a retroceder. La calle empezó a oscurecerse. La nube negra avanzaba, y los demonios de la sombra surgieron de la misma: tentaculares, reptantes, inspiraban pesadillas con su mera presencia, y se lanzaron directamente contra el único mortal que no huía de ellos.

Ninguno de ellos llegó a tocarlo. Una explosión de luz se formó desde el cuerno de Roy Pones, haciéndolos gritar y retroceder a la nube de la que habían surgido. Esta se detuvo frente al anciano mago, rodeándolo poco a poco. Solo la presencia de una luz blanca como la divinidad, conjurada por él mismo, evitó que aquel fenómeno antinatural lo cubriera completamente.

—Déjate de juegos y muéstrate.

Hubo una oscura risa entre las sombras, y de las mismas surgió el unicornio negro como si se tratara de una ilusión que hubiese cobrado consistencia.

—Royal Destiny en persona… ¿o debo llamarte "Roy Pones"?

El profesor no disimuló la ira de ver a Hellfire con vida.

—Quería creer que era otro hijo de perra el que atacó a mi hija en la tumba del norte. ¿Por qué sigues vivo? ¡Yo te maté!

El oscuro diabolista se desplazó rápidamente, como volando, hasta situarse a la espalda del profesor, desde donde susurró: "Lo hiciste".

—Nunca tuviste ninguna oportunidad, Royal Destiny. Yo soy inmortal, y ya te he vencido.

Esta vez, fue el profesor quien rió.

—Deberías estudiar filosofía, en concreto los silogismos lógicos —dijo mientras encaraba a Hellfire—. Tú jamás me has vencido: has vencido al tiempo, pero no a mi ni a los Arqueólogos. Incluso en la cúspide de tu poder, cuando todo un culto obedecía tus órdenes, no pudiste culminar tu plan.

—Ya habéis perdido —replicó, fundiéndose en la nube y reapareciendo a un lado del profesor—. El Rey Sombra ha regresado, y pronto toda Equestria caerá.

—Y tú solo serás su sirviente, su lacayo aterrorizado de la furia de tu señor. Y pensar que una vez podrías haber desafiado a Celestia en persona…

El negro unicornio negó con la cabeza, rió y una espada tallada en sombra sólida se formó a su lado, blandiéndola con su magia.

—Replica todo lo que quieras, Royal Destiny. Hoy vas a reencontrarte con la puta de tu esposa.


—¡Vamos, por aquí, subid, rápido!

Rarity guiaba a la desesperada muchedumbre al último barco que quedaba en el puerto, un carguero de los Reinos Lobo, el "Diamante de Taichnitlán". Haciendo gala de una gran voluntad por ayudar, o quizá guiados por su orgullo guerrero, los marineros estaban apostados en todos los puntos de tiro de la nave, y disparando sus fusiles y ballestas a todo diablillo que se atrevía a acercarse.

Pinkie Pie estaba a bordo del Diamante, calmando a los que ya habían subido y guiándolos a las cubiertas inferiores para hacer sitio a más.

—¡Señorita Rarity! —gritó un semental desde la cubierta. Se trataba de un elegante poni blanco, de melena azul y que vestía un impoluto traje a pesar de las circunstancias—. ¡Tiene que subir ya, no hay mucho más sitio!

La blanca unicornio observó a las muchísimas personas que se habían agolpado en el puerto. Ninguna de ellas tendría la suerte de escapar en uno de los muchos barcos que ya habían zarpado, ni tampoco en el Diamante. Devolvió una tierna sonrisa a Fancy Pants y negó suavemente.

—¡Pero Rarity…!

—¡Uy, pero no seas tontín! —respondió Pinkie Pie, brincando a su lado—. Tenemos que quedarnos a ayudar, ¡es lo que hacemos!

El semental se quedó sin palabras y tuvo que quitarse el monóculo para que no se le cayera. La esposa de Fancy Pants, Fleur de Lis, caminó hasta Pinkie.

Pego Pinkie, ¡es una locuga! Ya habéis visto la explosión… —la conversación quedó interrumpida cuando, a una orden del capitán, los fusileros abrieron fuego a la vez contra los diablillos que se acercaban—. ¡Tenéis que escapag!

—No podemos —respondió Pinkie con una sonrisa—. Esta ciudad va a necesitar muchas risas, tengo que quedarme —respondió con una triste sonrisa—. Cuando estéis a salvo, nunca dejéis de reír, ¿de acuerdo?

Cuando la pasarela estaba a punto de ser retirada, Pinkie Pie salió por la misma e hizo pasar a otra yegua que aguardaba, desesperada. El barco desatracó y varios aterrados ponis volaros o saltaron al barco, agarrándose a la baranda en busca de la salvación. Los marineros lobo, sin ningún miramiento, los echaron al mar o amenazaron con sus armas para que retrocedieran.

Las dos amigas se reunieron, viendo cómo el último barco se alejaba y ensordecidas por las súplicas de los ciudadanos para que volviera.

—¿Qué vamos a hacer ahora, Pinkie Pie?

—Jugar al escondite.

—De verdad, querida, tu optimismo nunca dejará de sorprenderme.

—¡Uy, pero no es optimismo! Es la verdad: tenemos que escondernos. Todos. Y ahora vamos a pasarlo muy mal, vamos a sufrir mucho… pero todo estará bien al final. Todos debemos creer que todo irá bien.

—Lo intentaré, Pinkie —respondió la modista—. Lo intentaré. ¡Todos los ponis, por aquí, seguidnos!


El guardia unicornio había muerto hacía minutos y Aitana corría por su vida. Aitana no rezó por su alma, pues sabía que los Titanes lo acogerían en su gloria, que Pte Ska Win apreciaría la bondad y el sacrificio del semental, que Zmeu cantaría por todos los demonios que había matado en su última batalla, y que Enlil escucharía orgulloso cómo desafió a las fuerzas del Tártaro hasta el último instante sin retroceder.

Habían aguantado el asalto de los diablillos, la carga de los demonios de la destrucción, y los infames hechizos lanzados por criaturas sin forma fija. Pero fue finalmente la carga de un gran demonio la que acabó con el unicornio, del cual Aitana nunca supo el nombre. Viéndose sola y superada, galopó con todas sus fuerzas, saltó a través de la ventana de un edificio, lo atravesó y saltó de nuevo al exterior en otra calle.

Los edificios a su alrededor estaban en llamas, y podía escuchar muchas explosiones en la distancia, obra sin duda de los demonios del fuego y la destrucción. Sintió varias veces el calor de las saetas infernales que pasaban demasiado cerca de ella, pero no se detuvo ni intentó ver qué la perseguía. Giró una estrecha calle que desembocaba en la avenida principal y fue cuando vio una lluvia de hechizos que devolvía el fuego a los seres del Tártaro.

Salió a la avenida y giró hacia el campus universitario, aún arriesgándose a que algún hechizo la impactase; frente a ella, docenas de unicornios lanzaban su magia sin cesar contra la tromba de demonios que se echaba sobre ellos. Algo pasó volando sobre ella, y llegó a apreciar a una pegaso que avanzó, disparó su ballesta y volvió a retroceder. Una barrera mágica apareció justo a la espalda de Aitana, deteniendo a un demonio que ya se lanzaba sobre ella; al poco escuchó el inconfundible grito de Steady Rock y sus colegas, y los vio saltar al frente de un enorme demonio que cargaba cuernos por delante. Entre los tres ponis lo frenaron a base de fuerza bruta y, mientras lo aguantaban, dos pegasos dispararon sus ballestas directamente sobre la nuca de la bestia, reduciéndola a un charco de llamas.

Finalmente Aitana llegó al campus universitario y atravesó las protecciones que habían convocado los unicornios. A su alrededor había unos pocos guardias solares, y la mayor parte de unicornios eran estudiantes de la universidad y otros ciudadanos que se habían unido a la defensa.

—¿Por qué estáis aquí todavía?

—¡Damos tiempo para que todos puedan huir! —gritó un guardia—. ¡El resto de ciudadanos se nos han sumado!

—¡Doctora Pones, mire!

La aludida miró al oeste y vio a la niebla colarse entre los edificios. Una niebla blanca y que se movía como un ser vivo, extendiéndose como una criatura informe de infinitos apéndices. Y pronto llegaría al campus.

—¡Atrás, hay que retroceder, si esa cosa nos cubre estamos perdidos! ¡Atrás!

—¡Retroceded! —ordenó un guardia, siguiendo la guía de la cazadora de demonios.

Dirigidos por la guardia solar, todos los civiles retrocedieron hasta los edificios designados del campus. Cuando practicamente todos habían entrado, cuando solo unos pocos unicornios mantenían una barrera mágica, cuando solo Aitana, Steady Rock y varios guardias solares resistían las cargas de los demonios… fue cuando todos vieron el fuego crecer en medio de la nube negra al tiempo que la niebla blanca llegaba al linde del campus universitario.


Hellfire retrocedió ante el hechizo de Royal Destiny y se giró rápidamente para detener el ataque de una pegaso de pelaje azul marino. Midnight Shield rió y retrocedió, preparándose para atacar de nuevo… y el profesor se percató de que su esposa estaba solo en su mente, lo que el demonologista había detenido era su propia espada hecha de luz solidificada.

El demonologista rugió con rabia y llamó a sus impíos señores: el poder tomó su cuerno y pronto, una tromba de oscuridad, fuego y muerte cubrió gran parte de la calle. El profesor Pones conjuró sus defensas, desviando el ataque que no cesó en largos segundos; tomó aire y exhaló, conjurando un hechizo que solo había leído en libros. El fuego acudió a él, los elementales danzaron a su alrededor y se fundieron con su pelaje, pero no le causaron ningún dolor. Los espíritus de la tormenta acudieron a su llamada y se fundieron junto a sus hermanos ardientes, haciendo que el pelaje del semental emitiera destellos naranjas y blancos cada vez con más intensidad.

Las llamas y la tormenta estallaron a la vez, consumiendo a los demonios que le rodeaban. Hellfire retrocedió, protegiéndose con su propia magia. Roy Pones levitó a pocos centímetros del suelo y una bola de energía elemental se formó entre sus cascos, manejándola él mismo entre ambos sin llegar a tocarla.

El fuego y el rayo tomaron forma: primero se desplegaron enormes alas que se extendieron por toda la avenida, luego surgió una enorme cola acabada en grandes plumas, la cabeza vino a continuación seguida por el pico y un penacho de llamas y tormenta, formando arcos eléctricos restallaron contra los edificios a ambos lados de la calle. La última vez que Hellfie vio al profesor Pones, este levitaba en medio del mar de llamas y tormentas que formaban el pecho del fénix, consumiéndose poco a poco hasta que de él solo fueron visibles los cascos formando aquel conjuro.


Aitana reconoció lo que estaba viendo. Un enorme fénix de fuego y tormenta alzándose, el mayor hechizo al que un elementalista puede aspirar; en el cúlmen de su poder, un mago podía usar su propia fuerza vital para lanzar el hechizo más destructivo jamás concebido: El último vuelo del Fénix*.

—¡Papá, no!

El fénix se alzó en todo su esplendor, plegó las alas y la magia se concentró en un único punto.

—¡Al suelo!

Como un mar elemental que se hubiera liberado en el centro de la ciudad, el fuego y los rayos recorrieron las calles varias manzanas a la redonda. No fue una explosión, si no una deflagración con voluntad propia que persiguió y calcinó a todo demonio que encontró en su camino; el calor se dejó sentir en el campus, pero los elementales evitaron a todos los mortales que, de otra forma, habrían muerto también.

Aitana alzó la vista, sintiendo la maldita vibración en las alforjas. Se levantó con lágrimas en los ojos, yendo hacia el origen del hechizo, pero alguien se interpuso en su camino.

—¡Papá!

—¡Aitana, tenemos que huir! —gritó Steady Rock—. ¡Mira!

La niebla blanca había llegado.

Una linea mágica trazada en el césped se iluminó, frenando al fenómeno durante unos segundos. Al poco, la protección cayó y la niebla avanzó, encontrándose con otra linea mágica.

—¡Mi padre!

—¡Luego lo buscamos! —gritó Steady Rock—. ¡Tienes que ir al edificio, ahora!

Súbitamente, el gran semental apartó a Aitana y golpeó algo. Fue la primera vez que veían un gris: era una yegua, pelaje y crin completamente grises, y, tras caer al suelo a causa del impacto, se levantó y gritó como un animal salvaje.

Y más estaban surgiendo de la niebla.

Sin necesitar más, Aitana Pones y Steady Rock se metieron en el edificio de Historia y Arqueología. Una criatura surgió de uno de los muchos agujeros que había en el suelo: era más grande que un poni, peluda y tenía garras. Sus boca estaba adornada por los dientes de un carnívoro, y miró impaciente a los recién llegados.

—¡Vamos ponis, deprisa! —instó el perro joyero—. ¡Vamos, rápido, rápido!

Steady Rock se quedó atrás para cerrar las grandes puertas, cuando escuchó una voz femenina en el exterior.

—¡Esperadme!

La niebla ya había superado todas las defensas salvo la última, quedando a pocos metros de distancia de la puerta. Primero vio algo rojo acercarse, una bufanda, y al poco pudo apreciar que se trataba de una yegua de cristal que galopaba con todas sus fuerzas a través de la niebla blanca. Tenía el pelaje chamuscado en varias zonas, pero no había perdido sus colores.

Golden Sheaf saltó al interior del edificio, Steady Rock cerró la puerta y ambos ponis se metieron por el agujero que les indicaba el perro joyero. Este, les siguió al poco, se detuvo dentro del túnel y clavó las garras en el techo del mismo, arrancando un gran pedazo de roca. Como un enorme efecto dominó, el túnel se vino abajo hasta que la entrada del mismo quedó completamente sellada.


Lovely Rock corría sin saber a dónde ir.

Desconocía lo que había ocurrido: un demonio la había atrapado. Era negro y tentacular, y no lo vio a tiempo cuando surgió de un edificio. Sus tentáculos la habían agarrado por las cuatro patas y llegaron más demonios, informes y que soltaban fuego entre las fauces. Lo que más miedo le dio fue saber que no la querían muerta.

Entonces llegó una tormenta de rayos y fuego y los mató.

Ella a duras penas se había quemado con la misma, pero los demonios que la apresaban murieron en el acto. Viéndose libre, la yegua volvió a correr, pero no sabía a dónde ir. ¿Al campus? ¿Fuera de la ciudad? ¿Al puerto? Finalmente optó por esconderse en las ruinas de un gran edificio y esperar.

El sol estaba alto cuando había empezado el ataque, y ya debía ser media tarde cuando escuchó los sollozos y los graves gruñidos. Se asomó por un diminuto resquicio y vio ponis. Ponis sucios, algunos heridos, de todas las edades posibles avanzando por la calle. De no haber oído a los demonios se habría unido a ellos; tras el grupo, dos demonios cuadrúpedos pastoreaban a la comitiva. Diablillos volaban sobre la misma y la dirigían a algún punto de la ciudad. Lovely Rock se encogió en su escondite, rezando a Celestia porque no la encontraran.

Cuando algo la agarró de la pata.

—¡NO!

Aquello que la apresaba la arrastró y lanzó violentamente al exterior, frente a los demonios cuadrúpedos. Miró atrás y vio a una de esas masas de tentáculos y sombras perderse de nuevo en la oscuridad de las ruinas; los demonios ordenaron algo en un idioma que no entendió pero que despertó un temor ancestral en su propia alma, por lo que se puso en pie y se unió a los prisioneros.

Caminaron durante un rato en el que más y más ciudadanos eran encontrados por los demonios de la sombra y llevados al grupo. Aquellos que se resistieron encontraron una muerte lenta y horrible, y los gritos de esos desgraciados acompañaron a los prisioneros durante todo el camino.

—¿Dónde crees que nos llevan? —murmuró una yegua, temblorosa—. Creo que… ¡ah!

Uno de los grandes demonios la atrapó y lanzó violentamente hacia un edificio cercano; del mismo surgieron varias criaturas negras e informes que atraparon a la desgraciada y la arrastraron al interior. Sus gritos no cesaron en ningún momento, así como sus súplicas y sus llamadas a la clemencia. Nadie volvió a intentar hablar en el grupo.

Y finalmente llegaron frente a un unicornio de pelaje negro, ojos rojos y cuerno acabado en una punta naranja. Llamaba la atención también que tenía la crin afeitada. Su pelaje mostraba marcas de quemaduras recientes, pero una magia oscura las estaba cubriendo y sanando a ojos vista. Hellfire se acercó al grupo y lo estudió.

—Tenéis suerte que he hecho tratos con muchos señores del Tártaro, no solo con los de la destrucción. En caso contrario ya estaríais muertos.

Empujados por los demonios, los prisioneros formaron una linea frente al demonologista. Lovely Rock acabó junto a un potro que, tembloroso, miraba al suelo. Esto no pasó desapercibido para el negro unicornio, quien se detuvo frente al pequeño y lo miró con divertida crueldad. Lovely Rock empujó al potro hacia atrás con gesto protector.

—Déjalo en paz —dijo, temblorosa, por encima del miedo que sentía.

—Vaya, tenemos una heroína en el grupo, ¿qué te parece? —se burló, y los grandes demonios rieron con voces que parecían volcanes en erupción—. Me resultas familiar, ¿te conozco? —Lovely Rock no respondió, manteniendo la mirada a aquel portador del Tártaro en el mundo—. ¡Oh, ya caigo! Vi tu concierto transmitido aquí desde el Imperio. Tienes una voz… prodigiosa.

Su cuerno burbujeó, Lovely Rock sintió que una gran fuerza la inmovilizaba y levitó hasta situarse a pocos centímetros del demonologista. Ella lo miró con odio, aterrada y rezando por un milagro. Se quedó lívida al ver una daga larga y muy fina flotar frente a ella y se agitó al ver que esta apuntaba directamente a su garganta.

—¡No! ¡No! ¡Por favor, no, quiero vivir, quiero vivir! —suplicó.

—No te preocupes, cariño —respondió Hellfire, acercándose hasta que ella pudo oler su fétido aliento—. Vas a vivir.

La yegua sintió un agudo dolor cuando la daga se clavó profundamente en su cuello y, durante un instante, no pudo respirar. Tan pronto como había ocurrido, Lovely cayó al suelo violentamente y se llevó un casco al cuello. Todos la vieron toser sangre y abrir la boca sin emitir ningún ruido, y comprendieron en shock que estaba gritando con todas sus fuerzas.

Mientras Lovely Rock gritaba en silencio, intentando encontrar la voz que le había sido arrebatada, cinco ponis más fueron escogidos y lanzados junto a ella, tres sementales y tres yeguas en total. Varios demonios se acercaron al grupo, todos ellos negros, tentaculares e informes, y Hellfire les dio una orden:

—Que ninguno muera.

Desde lo alto del edificio más cercano, Rise Love observó horrorizada lo que los demonios iban a hacer a aquellos desgraciados, y supo que estaba ante los demonios del terror y la tortura. Vio como los monstruos tentaculares tomaban a los desgraciados por las patas, y no le quedó ninguna duda de lo que iba a ocurrir.

No podía ayudarles, desgraciadamente.

Se alejó de la zona hasta el lado contrario del edificio y saltó a la terraza de un ático de otro edificio. Cuando aterrizó resintió el dolor de su ala derecha: no había acabado de recuperarse desde la batalla contra Weischtmann, y aquella explosión no había ayudado precisamente. Aguzando el oído, asegurándose de que no hubiera ningún demonio en las cercanías, la Cazadora Batpony entró en el piso a través de una ventana rota: era una vivienda moderna, de alta calidad, probablemente su dueño era alguien adinerado. Entró en el baño buscando un botiquín y se miró al espejo: Su colmillo derecho se había roto y tenía un gran golpe en el ojo izquierdo; al intentar abrirlo, se percató de que lo tenía inyectado en sangre y tuvo que apretar los dientes para no hacer ruido por el dolor. Encontró finalmente el botiquín y se vendó varias heridas, así como el ojo herido.

Rise aprovechó una viga para enganchar su cola en la misma y colgarse cabeza abajo, una postura cómoda para su raza. El enemigo había ganado, había conquistado Manehattan, pero estaban lejos de estar seguros. Sabía que Aitana Pones estaría formando la resistencia, mientras Rarity y Pinkie Pie mantenían la moral alta y combatían la desesperación del Tártaro.

Conocía bien su papel en aquel lugar, y por qué el mapa la había llamado allí. El Tártaro había conquistado una porción del mundo, pero no había vencido: Cuando muriera la última luz del atardecer, llegaría la hora del cazador.


NOTA DEL AUTOR:

*El último vuelo del Fénix es el mayor hechizo de fuego existente en el juego de rol Ars Magica. Según la leyenda de este mundo, el creador de la casa de magos de combate, Flambeau, lo usó durante una batalla en plena reconquista española luchando contra los ejércitos de Al-Andalus. El resultado fue la total aniquilación de todos los ejércitos involucrados en la misma… y la creación del desierto de los monegros. Obviamente la version del profesor Pones no es tan poderosa como la original… pero siempre que querido tener una excusa para mostrar este glorioso hechizo en una de mis historias :).

Un sacrificio de un viejo cazador de demonios para dar una oportunidad al mundo. Creo que no había personaje más idóneo para ello. Descanse en paz, profesor.

Este capítulo me ha quedado más intenso de lo que había imaginado. Perfecto.

Muchas gracias a Fhix por revisar este capítulo antes de su publicación.

Andy: Muchas gracias por tus reviews y por leerme :). El podcast se llama "Érase una vez un escritor", con Pandi y Volgrand, y puedes encontrarlo en Ivoox y en Spotify.

¡Gracias a todos y un abrazo!