Poison Mermaid se abrió camino a través de los muchos piratas que rodeaban un punto de la isla. La noticia se había extendido rápidamente, y ella se enteró de lo ocurrido incluso antes de que ningún capitán o contramaestre la informara oficialmente. Es decir, todo lo oficialmente que puede esperarse en el puerto de la libertad y la piratería: Un poni desconocido había llegado a Tortuga, pero ningún barco había atracado los últimos días. La única conclusión lógica era que debía tratarse de un espía, o un demonologista. La almirante estaba algo sorprendida porque los marineros no lo hubiesen apalizado y lanzado a sus cascos para que dictara veredicto.
Viendo que llegaba al centro del círculo de piratas armados y ansiosos, apartó a los últimos para encarar al supuesto espía. Y, desde luego, los ojos bizqueantes de una yegua que esbozaba la sonrisa más afable que jamás viera fue lo último que esperaba encontrar. Se trataba de una pegaso gris de ojos amarillos y crin rubia; por equipo solo llevaba unas alforjas, un chaleco y una gorra marrones, con un emblema que la idenficaban como…
—¿Servicios postales de Equestria? —parpadeó Poison Mermaid, visiblemente sorprendida—. Pero… Querida, ¿cómo has llegado aquí?
—Uuuuh, tú hablas como mi amiga Rarity —exclamó la extraña—. Pues volando, claro.
—Esta isla está a dos días de navegación de la población más cercana. Tiene que haberte traído un barco por fuerza.
—No, no lo hizo. Vine yo. ¡Oye, tienes una pata de madera y un parche en el ojo! ¿Eres pirata?
—Eh… sí, lo soy. ¿Y cómo has llegado volando hasta aquí? ¡Ningún pegaso podría hacer ese trayecto volando!
—Pues….
Hubo un silencio expectante, mientras la extraña yegua se llevaba un casco al mentón y miraba a dos puntos diferentes del cielo al mismo tiempo.
—Pueeeeees… —los piratas contuvieron la respiración, adelantando la cabeza y girando las orejas para escuchar su respuesta—…. Pueeeeeees…
—¡Por Celestia, que lo diga ya! —gritó alguien.
—¡No puedo con la intriga! —respondió otro.
—Pues no lo sé —concluyó la yegua gris.
Todos los presentes gritaron exasperados ante la respuesta, y algunos amartillaron sus pistolas y rifles. Poison alzó un casco haciendo que todos guardaran silencio y apartaran las armas, y se llevó el otro, de madera, a la sien.
—A ver si lo he entendido, querida: Has venido volando.
—Sí.
—No te ha traído ningún barco.
—No.
—¿Has venido volando desde Equestria?
—Desde Ponyville.
—¿Y no sabes cómo lo has hecho?
—No.
De tratarse de cualquier otra criatura en Equus, Poison Mermaid no habría dudado de que le estaban tomando el pelo. Pero algo en la expresión divertida, bonachona y bobalicona de aquella poni que, por momentos, le caía más simpática, le decía que tenía ante si una persona sencillamente incapaz de tomar el pelo a nadie.
—Y… ¿Por qué has venido?
—¡Traigo una carta! Soy cartera —añadió, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Una carta… ¿Para quién?
—Para la… —la pegaso gris sacó la carta de las alforjas y leyó—...Poison Mermaid, capitana de la Sirena Mutilada— la cartera miró a Poison, luego a la carta, luego a Poison, luego a la carta, y luego a las dos al mismo tiempo—. ¿Eres tú?
—Sí. Soy la capitana Poison Mermaid.
Al instante, la capitana se encontró con un documento frente a sus ojos y un bolígrafo en la boca.
—Firma aquí, por favor.
Una vez lo hizo, y la carta le fue entregada, Poison se dispuso a abrirla. No sin antes mirar una vez más a la yegua gris y preguntar:
—¿De verdad no sabes cómo has llegado aquí?
—¡Nop!
—Llegaré a mi tumba dándole vueltas a esto…
—¡Bueno, yo me tengo que ir! Te ha atendido Derpy Hooves, por si necesitas reclamar algo en las oficinas de Ponyville. ¡Adiós!
Todos miraron cómo esta alzó el vuelo y, tras dar varias vueltas como un palomo mareado, volaba en dirección aproximada a Equestria.
—Pero… ¡Equestria está demasiado lejos! ¿Cómo…?
—High Tide, si lo pienso demasiado me dará algo —finalmente, Poison abrió la carta y la leyó—. No puede ser… ¡es de la princesa Twilight Sparkle!
—¿Qué? ¿Y qué dice?
Tras unos segundos, la capitana Poison Mermaid alzó la cabeza y gritó:
—¡Convocad a todos los capitanes! ¡Preparáos para zarpar!
Hope Spell y Starlight Glimmer avanzaron por los oscuros pasadizos y las lóbregas cámaras de las catacumbas de Canterlot. Cientos de años construcciones alzadas sobre antiguas ruinas habían dado lugar a una oscura ciudad fantasmal que se extendía por kilómetros bajo la capital.
—Esto es como buscar una aguja en un pajar —murmuró Starlight.
—Lo sé. Pero preferí probar suerte aquí abajo, quizá pueda detectar a algún diabolista o demonio.
—O quizá no.
—O quizá no —reconoció el verde unicornio.
Siguieron avanzando durante cerca de una hora hasta que se detuvieron para descansar. Las entradas, recovecos y bifurcaciones hacían casi imposible orientarse ahí abajo; por si acaso, cada pocos metros se aseguraban de que podían teleportarse de vuelta a la superficie para no acabar irremediablemente perdidos.
—¿Qué hay de Aitana Pones? ¿Es tu amiga, verdad?
—Algo más que amiga. Está en Manehattan.
—Oh...
—Está viva y peleando contra los demonios. No está muerta.
—Sé que debe ser duro saber que…
Hope se detuvo en seco y miró a Starlight.
—No lo entiendes: realmente no está muerta. Si lo estuviera, ya me habría enterado, porque…
Hope guardó silencio y los dos magos se giraron hacia el mismo túnel oscuro.
—¿Has oído eso?
Starlight asintió y conjuró; súbitamente, ninguno de los dos emitía sonido alguno cuando sus cascos golpeaban la dura piedra del suelo. Avanzaron en total silencio hacia el origen del sonido; pudieron escuchar algo galopar rápido y detenerse a poca distancia de ellos. Hope conjuró de golpe y una brillante luz blanca iluminó toda la estancia.
—¡Ay! —gritó un potrillo, tapándose los ojos. Los dos adultos se relajaron al momento; se trataba de un jovencísimo potro de tierra, que vestía viejas ropas manchadas y raídas que ya le venían pequeñas. El pequeño retrocedió asustado.
—Tranquilo, no te vamos a hacer daño —dijo Hope Spell en voz baja; el pequeño abrió los ojos, todavía deslumbrado, y los miró—. ¿Qué haces aquí abajo?
—Yo… vivo aquí abajo.
—¿Aquí solo? —exclamó Starlight—. ¿Y tus padres?
El pequeño bajó la mirada y no respondió. Hope se le acercó.
—¿Por qué no vas arriba? La Guardia Solar te ayudará y…
—¡No! No me gusta el orfanato. No me gusta —dijo con firmeza—. Aquí estamos bien.
—¿Estáis?
—Mi hermana y yo. Estamos bien aquí.
Starlight y Hope se miraron, reconociendo el golpe de buena suerte que habían tenido.
—¿Cómo te llamas?
—Dust. Dust Wing —respondió, y después añadió—. ¡Ya sé que no soy un pegaso!
—Es un nombre muy bonito. Te tengo que preguntar algo, ¿has visto a ponis… raros por aquí abajo?
Dust miró a los dos, extrañado.
—Vosotros sois los más raros que he visto. Aquí bajan pocos ponis: ponis sin casa, y a veces niños grandes que quieren asustarse. Nunca he visto adultos como vosotros aquí, y tampoco con una espada. Bueno, una vez vino la Guardia Solar y llevaban lanzas… —caviló el potrillo.
—¿La Guardia Solar? ¿Por qué?
—Venían a por nosotros —respondió—. No nos encontraron.
—Oh…
Hope y Starlight se despidieron poco después del pequeño y se teleportaron de vuelta al exterior. Si aquellos potros seguían ahí, significaba que no había demonologistas en aquellos angostos túneles.
Y si Canterlot debía ser atacada pronto, Dust Wing estaría mucho más seguro oculto entre las catacumbas de la capital.
Canterlot se sumió en un aterrado silencio cuando su ciudadanía vio la Guardia Solar partir, en perfecta formación, encabezada por la Princesa Luna y el Príncipe Shining Armor. Los ciudadanos abrieron un pasillo silencioso e impresionado en la avenida principal de la capital Equestre, viendo pasar a los jóvenes soldados que iban a la batalla. Un semental salió de la multitud y galopó hacia un unicornio, gritando su nombre. Este se detuvo un instante y lo arropó en uno de esos cortísimos e interminables abrazos propios de aquellos que no saben si volverán a verse. Esforzándose por sonreír por encima de las lágrimas de su amado, le dedicó unas palabras y una promesa antes de dejarlo y volver a su puesto.
Ordenadamente, la Guardia Solar embarcó varios trenes que, uno tras otro, tomaron velocidad hacia el este. Las vías habían sido saboteadas más adelante, eso lo sabían, pero aprovecharían el medio de locomoción por tanto trayecto como fuera posible.
Se detuvieron en cada pueblo y en cada estación en la ruta, recogiendo en ellas a miembros y escuadrones de las guardias Solar y Lunar. La noticia no había tardado en repartirse por toda Equestria, y multitud de civiles aguardaban en cada estación también dispuestos a prestar sus habilidades en aquel esfuerzo por liberar Manehattan y el Imperio de Cristal de las garras del Tártaro: constructores, sanitarios, magos, y ponis de todas las razas no dudaron en acercarse al primer oficial que vieron en cada estación para unirse al ejército ecuestre.
Tras unas pocas estaciones, tuvieron que rechazar a los que ya no cabían en los trenes. E incluso así, no pudieron evitar que grupos de pegasos siguieran al convoy. Fue poco después de pasar Ponyville que las grandes máquinas debieron frenar en seco. Frente a las mismas, algún tipo de magia había derretido las vías en un gran tramo. No sería posible repararlas en un tiempo suficiente, por lo que Shining Armor dio orden de descender y continuar el resto del camino al trote.
A medida que el gran ejército reunido de Equestria formaba en los valles al norte del Everfree, el príncipe regente recordó que, cuando era potro, siempre soñó con un día liderar un ejército como aquel. Tristemente, los sueños raramente reflejan el horror de la realidad al que pronto se enfrentarían. Finalmente, el unicornio caminó hasta donde vio a Luna hablando con una guardia solar: Se trataba de una unicornio de pelaje rosa blanquecino y crin roja cuyos ojos eran de un tono azul tan profundo que casi rozaba lo antinatural. Armada con una armadura dorada que la identificaba como sargento, la yegua se cuadró ante la llegada de Shining Armor.
—Descanse, sargento Violet —la yegua pasó a la pose indicada—. He sabido de su actuación en la crisis de Manresht en Manehattan. Parece que usted sí que sabía cómo combatir a ese monstruo.
—Solamente observé y actué en consecuencia, señor —replicó la yegua. Su voz era firme, toda la dulzura que pudiera haber poseído aplastada bajo la disciplina de la vida militar—. Aquel ser se alimentaba de nuestra magia, y nuestras barreras no podían detener sus ataques.
—Lo sé, he leído el informe y por eso la he llamado a usted. Necesitaremos pensar rápido para contrarrestar los horrores del Tártaro.
—Capitán, si me permite la pregunta, ¿por qué no ha llamado al capitán Clear Order?
—Alguien debía permanecer en Canterlot. Dos capitanes dirigiendo la misma tropa no suele dar buenos resultados. ¿Alguna pregunta más, sargento?
—Señor, no señor. Si me lo permite: será un honor luchar a su lado, capitán Armor.
—Vuelva a su puesto, sargento.
Esta se cuadró una vez más y regresó a la marcha, alcanzando pronto la cabeza de la misma. Luna se dirigió al veterano capitán de la guardia.
—¿Creéis que vuestro plan funcionará?
—No es el único, Luna —replicó—. Aitana y el profesor Pones están en Manehattan, sin duda organizando una resistencia. Avanzaremos un equipo pequeño hasta la ciudad: si los hechizos funcionan, podremos atacar. Si no, atraeremos a la niebla fuera de Manehattan para dar una oportunidad a los Arqueólogos.
—Nós rezamos porque sea suficiente.
Shining no respondió a ello. No insultaría la inteligencia de Luna tratando de negar el alto riesgo que implicaba aquel plan.
Un poni de cristal atravesó a toda prisa un túnel hasta detenerse frente a la puerta de uno de los refugios. Desesperadamente la golpeó con los cascos delanteros hasta que un ventanuco se abrió; finalmente, una pequeña puerta apareció y el poni entró en el refugio. Frente a él había un unicornio, y a ambos lados varios milicianos aguardaban con sus ballestas alzadas hacia el recién llegado.
—No te muevas.
Durante un instante sintió cómo la magia rastreaba su mente en busca de magia negra, una experiencia incómoda pero necesaria. Cuando el mago dio el visto bueno, los milicianos bajaron las armas.
—¡Tengo que hablar con la princesa, o con la Paladina! ¡Es urgente!
—¿De qué se trata?
—¡De Sombra! —explicó—. ¡Es urgente!
El mago hizo un gesto a un miliciano que escoltó al joven. Atravesaron varias angostas cámaras, todas ellas llenas de ponis de cristal cuyos colores lucían apagados, hacinados en cámaras que no estaban preparadas para albergar a tantos ponis. A pesar de los preparativos previos, varios refugios se habían perdido y los supervivientes se habían concentrado en los restantes.
Un amplio espacio más adelante había sido acondicionado como un hospital de campaña, donde docenas de heridos gemían en el suelo mientras los saturados Meisters y sanadores ciervo hacían lo posible por salvarlos o aliviar su sufrimiento.
Tras ser escaneado una vez más por otro unicornio y dado el visto bueno por dos Caballeros de Cristal, el joven poni fue llevado hasta la sala donde encontró a las dos yeguas que necesitaba ver. Tanto Aura como Cadence mostraban grandes ojeras, pero no cesaban de intercambiar ideas mientras observaban un mapa holográfico del Imperio de Cristal. Habían pasado solo tres días desde la invasión, y dudaba que ninguna hubiera dormido.
—¿Qué ocurre?
—Princesa, Paladina, es el rey Sombra —viendo que ambas lo miraban interesadas, continuó—. ¡Se ha ido!
—¿Qué?
—Me colé en el palacio. No podía verlo, pero oí lo que le decía al mago negro. Le dijo que… que era parte del pacto, que no le fallara y que le dejaba al cargo. Y luego… desapareció.
—¿Cómo sabes que desapareció? —inquirió la paladina Aura—. No podías verlo.
—Porque… el Rey Sombra da miedo incluso cuando no puedes verlo. Y de pronto ya no lo tenía. Estoy seguro de que ya no está en el Imperio de Cristal.
Las dos yeguas se miraron, intentando comprender qué quería decir aquello.
—Eso podría ser nuestra oportunidad.
—No perdáis la perspectiva, majestad: El hecho es que seguimos asediados por las fuerzas demoníacas, y por esa maldita niebla.
Después de separarse de Starlight Shimmer, Hope Spell se había vuelto a centrar en sus hechizos de detección esperando localizar cualquier fuente de poder demoníaco, por nimia que fuera. Agotado de tanta concentración, relajó la postura en que se hallaba sentado y alcanzó una botella de zumo que bebió a grandes tragos.
Se levantó y, una vez más, sacó un pergamino manuscrito y lo quemó en una poción alquímica. El mensaje se consumió y sus cenizas, tras dar varias vueltas, se concentraron y formaron nuevamente el mismo mensaje. Hope suspiró: algo le impedía enviar un mensaje a Aitana o al profesor Pones. Tenía la esperanza de que ambos siguieran vivos, pues no había recibido sus pergaminos rojos tampoco.
—Por favor, estad bien...
La duda crecía en su interior. Si no podía enviar mensajes, ¿podían los pergaminos rojos llegar hasta él? ¿Estaban Aitana y su padre con vida, o habían…? Intentó alejar su pensamiento de aquella posibilidad. No podía dejarse llevar por el miedo. Salió a la calle para despejarse. Canterlot estaba tensa: la gente no hablaba con la misma alegría que los días anteriores, y muchos llevaban la pena y la preocupación reflejados en el rostro. Todavía no había noticias de Shining Armor, Luna ni los valientes que los habían seguido hasta Manehattan, y no sabía cuándo llegarían a la metrópolis. En tren, habrían llegado en menos de un día, así que todo dependía de cuánta parte del trayecto pudieran cubrir con aquel medio de transporte.
Tras unos minutos volvió al interior del edificio, notando ya una incipiente jaqueca. No era fácil concentrarse ni mantener un hechizo así. Bebió un nuevo trago de zumo y, cuando entró en la sala del mapa que convocara el día anterior, se detuvo en seco.
Una luz roja se había iluminado sobre la plaza central de Canterlot.
Un cañón fue disparado y, durante un terrorífico instante, Trixie Lullamoon pensó que iba a ser devorada por las enormes fauces de la mantícora. Pero, como siempre, la magia de Starlight la salvó en el último instante, teleportándola cuando la criatura ya cerraba la boca y fingía masticar a la Gran y Poderosa Trixie.
El público aguantó la respiración… hasta que la maga de espectáculo reapareció tras una cortina, haciendo una reverencia junto a su Gran y Poderosa ayudante, Starlight Glimmer.
—¡Gracias, gracias! ¡La GRAN Y PODEROSA TRIXIE agradece vuestros…! ¿Qué te pasa, Starlight?
La aludida se había quedado quieta mirando hacia el castillo de la capital. Su cuerno se iluminó brevemente y, a pesar de que no alzó la voz, Trixie notó que su amiga estaba aterrada.
—Trixie, lleva a todo el mundo a las catacumbas.
—¿Qué? ¿Por qué?
Súbitamente, lo que solo podía describirse como una onda de choque emocional barrió toda la ciudad. El público se calló de repente, mirando alrededor y sintiendo un terror que la mayoría jamás había experimentado; un horror que se clavaba en el alma y les instaba a huir. A lo lejos, en la plaza principal, una nube negra se dejó ver entre los edificios. Trixie tragó saliva, mientras Starlight conjuraba un hechizo de protección.
—Tenemos que correr… yo no sé luchar —murmuró la yegua azul con la voz trémula.
—Corre entonces —respondió Starlight con seriedad, pero sin odio—. Yo me quedo.
—¡No!
La Gran y Poderosa Trixie se acercó a Starlight Glimmer e, hiperventilando, imploró con la mirada que recapacitara. Su amiga sonrió brevemente y la abrazó con fuerza.
—Sabes que no puedo hacerlo. No hay muchos magos tan capaces como yo, sin ofender —añadió, bromeando por encima del miedo—. He cometido muchos errores, Trixie. No hacer nada hoy no va a ser uno de ellos.
El miedo no abandonó el rostro de la maga de espectáculo, pero algo cambió en la yegua azul; todavía temblando por la adrenalina que crecía en ella, miró a los ponis que estaban empezando a entrar en pánico. A lo lejos escuchó el estallido de un hechizo de combate y la orden gritada de un guardia.
—¡Ja! —exclamó con su habitual y falsa prepotencia, sabiendo que no conseguiría disimular su miedo—. ¡La GRAN Y PODEROSA TRIXIE te hará tragar esas palabras salvando a todos estos ponis! Hay una entrada en los baños termales, pero no te preocupes porque la GRAN Y PODEROSA TRIXIE aguardará tu llegada.
—Entonces ya me siento más segura —replicó Starligh antes de conjurar y desaparecer con un teletransporte.
Trixie se quedó paralizada, mirando al espacio vacío donde hacía un instante estaba aquella increíble unicornio que la había aceptado. No fruto del miedo, de una falsa admiración o del engaño: la había aceptado por como era, con todos los defectos que ella ocultaba bajo una capa de fanfarronería. El público se estaba levantando y miraban hacia dónde correr, el pánico creciendo a ojos vista. Hubo una nueva explosión, esta vez más cercana, y alguien gritó cuando varias criaturas voladoras tomaron los cielos.
No eran pegasos.
Si fuera la misma yegua de siempre, Trixie habría huido y salvado la vida. Pero no podía abandonar a Starlight… y ya no era la misma maga de espectáculo de siempre.
—¡Todos los ponis! ¡Seguid a la GRAN Y PODEROSA TRIXIE hacia vuestra salvación! ¡Esto no es un espectáculo! ¡Fluffly, ayúdame!
Y la mantícora que acompañaba a Trixie vaya usted a saber por qué, saltó al centro de la calle para encargarse de cualquier demonio que se atreviera a acercarse. Parecía extrañamente excitada ante la cercanía de la batalla: aquel espectáculo siempre le daba hambre.
Hope chocó violentamente contra una yegua que huía desesperada del fenómeno. Encontrándose pronto con otros muchos ponis que galopaban en dirección contraria a la suya, el semental verde acabó alternando su galope con cortos teletransportes para intentar llegar a la plaza principal donde había detectado el origen del ritual infernal.
A duras penas había recorrido un par de calles cuando algo impactó violentamente una pared frente a él; un guardia solar, poni de tierra, había sido proyectado contra la misma, cayendo inconsciente y ensangrentado al suelo. Al otro lado de la calle, un guardia solar y un pegaso civil luchaban desesperadamente contra un gran demonio de la destrucción. La criatura, grande como tres ponis, abrió sus deformes fauces y rugió con la crueldad sin sentido de un incendio forestal.
"Céntrate en tu objetivo". El recuerdo de la voz de Aitana se coló en su mente, y él se obligó a obedecerla y seguir galopando; frente a él, una escuadrilla de la Guardia Solar combatía desesperadamente contra varios demonios; a uno de ellos lo reconoció como un Faust. Su víctima, un unicornio de la guardia, miraba a su alrededor confundido y aterrado.
Hope Spell desenfundó su espada y, mientras la lanzaba contra el demonio del terror, conjuró un haz de luz que obligó a retroceder a los otros habitantes del Tártaro. La Guardia retomó la formación y se preparó para avanzar.
—¡Permaneced juntos y no os separéis! —ordenó Hope Spell—. ¡Os protegeré con mi magia, tenemos que llegar a la plaza!
—¿Hope Spell? —murmuró el cabo de la escuadrilla, antes de responder—. ¡Soldados, es el héroe de Germarenia! ¡Vamos a apoyarle!
—¡Señor, sí, señor!
Coordinados al tener un objetivo claro, los soldados de tierra cargaron contra las monstruosidades que se acercaban. Los magos dispararon a las que se hallaban a distancia mientras dos pegasos combatían a los diablillos voladores antes de que pudieran atacar. Hope Spell llamó a la magia blanca, negando momentáneamente el terror antinatural que el Tártaro inspiraba en el alma de los mortales.
No demasiado lejos de ahí, varios proyectiles ígneos fueron disparados al aire, pero una barrera mágica violeta los detuvo fácilmente. Twilitght Sparkle resintió la herida todavía no sanada del vientre, pero siguió volando tan rápido como pudo. Varios diablillos se lanzaron contra ella, pero no tardaron en caer bajo la tromba de proyectiles que la princesa de la amistad conjuró.
Picó a toda velocidad para aterrizar en una calle justo al frente de un gran demonio del fuego y la destrucción, deteniendo a la abominación con un hechizo repulsor. El monstruo rugió violentamente y cargó contra la alicornio, pero esta lo detuvo lanzándole un rayo de energía pura que lo hizo rugir de dolor.
—¡Corred! —ordenó a los ponis que tenía a la espalda—. ¡Rápido!
—¡Oh dioses, ¿pero dónde vais?!
A un lado de la entrada de los baños termales, Trixie se vio obligada una vez más a alejarse para indicar a ponis presas del pánico hacia dónde ir. Había perdido la cuenta de cuántos ciudadanos se habían adentrado en los mismos hacia las catacumbas. Ya hacía rato que Fluffy había saltado sobre un demonio, y Trixie la había perdido de vista entre las calles. Los Guardias Solares galopaban o volaban hacia el lugar de donde parecían surgir los demonios. Parecían estar lejos, todavía tenían posibilidades de sobrevivir a aquello…
¡Gritos! Trixie saltó y se giró cuando escuchó a la multitud gritar histéricamente. Un poni se revolvía en el suelo mientras las llamas lo devoraban; otros saltaron a un lado evitando los proyectiles de los diablillos voladores. El pánico cundió, y los que no huyeron despavoridos por la ciudad se agolparon en la entrada de los baños.
La maga de espectáculo vio a unos potros que se juntaban unos con otros, llorando y sin saber a dónde ir, y ella galopó hacia ellos. "Id a ese edificio, rápido", les quiso decir, pero sonó más como "¡ideseficiohdiosohdios!". Notó un cosquilleo en el cuerno, se giró para ver cómo una bola de fuego infernal se echaba sobre ella… y durante un instante, dejó de pensar. Un instinto que había entrenado hacía años tomó el control, una habilidad que había perfeccionado cuando solo era la joven y atractiva ayudante de un lanzador de cuchillos.
Su cuerno se iluminó y ella se echó a un lado; la bola de fuego, en vez de seguir directa hacia los potros, giró ciento ochenta grados alrededor de Trixie y, con un ostentoso movimiento de cabeza de la maga, fue devuelta al demonio que la había lanzado.
Impresionada, la mismísima Trixie miró la tremenda explosión que se produjo en el aire, sintiendo cómo la onda de choque le sacudía la melena. Ni siquiera ella podía creerse lo que acababa de hacer.
—Guau…. —después se giró a los potros—. ¡¿Pero qué hacéis aquí todavía?! ¡Vamos!
—¡Eres genial, Trixie, gracias!
Y, por primera vez en su existencia, Trixie realmente creyó que lo era.
Luna se detuvo en seco y miró en dirección a Canterlot. Pero, desde donde estaba, la gran ciudad quedaba al otro lado de la lejana montaña donde se erigía la capital Equestre. Shining Armor galopó hacia la princesa de la noche al notar que algo iba mal.
—Están atacando Canterlot.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo?!
Luna abrió los ojos completamente y miró a Shining Armor.
—¿Por qué trajisteis a la sargento Violet?
—¿Qué? ¿Por qué me…?
—¡Dijisteis que ella sí que sabía cómo combatir a Manresht!
Todo el ejército de Equestria se detuvo a la vez. Todos los soldados miraron a su alrededor y sacaron armas, pues todos identificaron al instante el terror antinatural del Tártaro. Shining Armor escaneó los alrededores: al sur habían dejado atrás el bosque Everfree y, a pocos kilómetros, se alzaba una zona rocosa y árida conocida como "Rambling Rock Ridge". A algo más de distancia, al norte, se alzaba la montaña Foal. Bordeando esta y descendiendo de norte a sur por el este del ejército, un caudaloso río delimitaba el área. Esto limitaba sus opciones a dos: continuar la marcha hasta el este, o dirigirse al oeste e intentar volver a Canterlot. En la mejor de las situaciones, podrían llegar a los trenes que se habían detenido kilómetros atrás, pero eso les llevaría varias horas.
—Es una emboscada —informó Shining, se ajustó el casco y después se dirigió a sus hombres—. ¡Pegasos, atentos a cualquier movimiento!
—¡Capitán, al sur! Por Celestia…
Luna alzó el vuelo y pudo otear lo que ocurría: había varios ponis, todos ellos portando armaduras de la Guardia Solar, en círculo en torno a un pentagrama. La magia demoníaca surgía del ritual que estaban haciendo, y en el centro de la formación de runas, una yegua que portaba una armadura de la guardia Lunar, se retorcía y gritaba mientras su cuerpo se deformaba, como si algo demasiado grande intentara abrirse paso a través del mismo.
Hope Spell, liderando a la escuadrilla de la guardia solar, llegó a la gran plaza central de Canterlot y supo que era demasiado tarde.
Una docena de ponis y grifos gritaron las últimas palabras de la invocación. A su alrededor, una multitud de demonios del fuego y la destrucción contenían a los guardias que trataban de llegar al lugar. El velo de la realidad se rasgó y, dando paso a una nueva nube de sombras que cubrió todo el lugar, y con ellas, la paz, el amor, y toda esperanza fueron devoradas dejando en su lugar una promesa de esclavitud, muerte y tortura eterna.
Lo primero que se hizo visible, fue un cuerno naranja y brillante como un ascua. El unicornio gris oscuro surgió a continuación de la oscuridad, revelando que portaba una corona de acero en la frente, enmarcando una crin negra que se sacudía como una infinita llamarada del mismo color.
Hope Spell retrocedió ante aquella visión. Pero una luz se iluminó en el cielo, combatiendo la oscuridad inevitable del Rey Sombra. Radiante como el alba tras una noche de tormenta, la princesa Celestia llamó a toda su magia, hasta que esta la cubrió convirtiéndola en un segundo sol en el firmamento. Un inmenso haz de luz y fuego blanco cayó sobre el ritual, como si el astro rey hubiese golpeado el lugar en persona. A pesar de ello, una oscura barrera apareció sobre los demonologistas y, aunque se resintió ante el ataque, resistió y los protegió. Cuando Hope Spell pudo abrir los ojos de nuevo, pudo ver claramente cómo Sombra clavaba la mirada en Celestia y sonreía mostrando todos los dientes. Todos ellos eran colmillos, y culminó el hechizo del ritual con unas últimas palabras en el idioma prohibido del Tártaro: "Y con su magia, el pacto queda sellado".
Y la magia empezó a morir.
Un sinfín de espíritus y almas torturadas surgieron el vórtice de oscuridad, volando alrededor del maestro demonologista y fundiéndose con las runas que había trazadas en el suelo. El poder impío creció vertiginosamente, y los soldados que había en la zona solo atinaron a observar el evento sin saber cómo actuar. Hope intentó conjurar una barrera… y descubrió que no podía. Era como si una voluntad más poderosa se hubiese adueñado de la magia que él normalmente manejaba con facilidad.
Aterrado, se giró hacia los soldados y gritó "¡A cubierto!".
Casi todos los civiles de la zona habían accedido ya a las catacumbas a través de los baños, y Trixie esperaba ansiosa el regreso de su amiga. En la ciudad la situación se volvió desesperada: a medida que decrecía el número de ciudadanos en las calles, había más demonios y más guardias solares luchando ferozmente. La maga de espectáculo no había intentado repetir la hazaña que hiciera antes para salvar a los potrillos, ocultándose tras una columna.
—¿Qué…?
Sintió algo extraño, como un vacío en el pecho y sintió que algo mágico estaba ocurriendo. Intentó conjurar una de las protecciones que le enseñara Starlight, pero no pudo. Tranquilízate, Trixie, solo estás nerviosa, ¡concéntrate!. Pero por más que se concentró, la magia no parecía acudir a su cuerno.
—¡Trixie!
Starlight apareció galopando desde una esquina, derrapando en el suelo empedrado. La unicornio azul surgió de detrás de la columna y le hizo señas, preparada para correr al ver el aterrado rostro de su amiga. Esta, al llegar, hizo que sus cuernos se tocaran.
—¡Tienes que conjurar conmigo, es la única forma!
—¿Qué? La gran y pode…
—¡Nos están robando la magia, ayúdame!
Trixie asintió, cerró los ojos y dejó la mente en blanco. En seguida sintió los patrones mágicos del hechizo que estaba convocando Starlight, y ella los siguió, prestando su voluntad y la magia que le restaba en aquel desesperado intento por resistirse a algo tan inevitable como la noche.
Twilight notó el fenómeno, se resguardó en un callejón y respiró pesadamente, mientras varios ponis galopaban a su lado para resguardarse en algún edificio. Todo estaba ocurriendo exactamente como temía.
"Atacará Canterlot", le había indicado Dark Art, encerrados los dos en una esfera de silencio, "pero antes Manehattan habrá caído. Aguardarán a que envíen a la Guardia a liberarla, entonces atacarán".
Twilight salió del callejón en el que había parado a recuperar el aliento y galopó alejándose del origen del hechizo del rey Sombra. Pronto abandonó la avenida principal y se adentró por las calles que tantas veces había recorrido cuando era una potra.
"No sé lo que tiene preparado ni dónde lo realizará, algún tipo de ritual. Si no lo detenéis antes de que lo empiece, no lo podréis parar. Lleva cientos de años acumulando poder en forma de almas atrapadas en su plano del Tártaro. Una vez esté en marcha, será imparable, pero solo podrá usarlo una vez. Ese ritual es su jugada maestra, la que la Hermandad, y otros antes que ella, le ha ayudado a preparar durante siglos".
La alicornio lavanda saltó por encima por un pequeño muro que dividía en dos una calle estrecha y giró por otra avenida, viendo al final de la misma la torre de astronomía. Solo tenía que llegar a ella y esperar el momento adecuado… cuando varios demonios aparecieron frente a ella. Twilight intentó conjurar, pero los hechizos repulsores a duras penas supusieron una molestia para aquellas criaturas del Tártaro.
"Emboscará al ejército de Equestria en el camino a Manehattan. Tienen infiltrados, no sé los detalles, pero sé que uno de ellos es un poderoso elementalista. No puedo decirte lo siguiente, pues me delataría si te capturan. Sí te puedo decir una cosa:"
Twilight voló hacia atrás para evitar las llamaradas de las criaturas y, con un grito, saltó de vuelta al callejón intentando huir de las criaturas. Tras ella, los demonios rugieron y se lanzaron a la cacería.
"El ejército deberá retirarse hacia Trottingham. Será su única posibilidad, y la Hermandad la tiene prevista. Debes tomar medidas para que no sean arrasados ahí. El ataque llegará por el sur".
Desesperada, la princesa de la amistad se lanzó contra una ventana, conjurando con todas sus fuerzas para protegerse de los cortes y del impacto.
En aquel valle al norte de Rumbling Rock Ridge, Luna conjuró contra el ritual pero una guardia solar se adelantó y conjuró contra ella. Una gran roca se desgajó del suelo e interceptó el hechizo de la princesa alicornio. Con la magia acudiendo con furia a su cuerno, la guardia atacó haciendo grandes aspavientos con la cabeza y el cuerpo, casi como una demostración de artes marciales.
No era la primera vez que Luna veía a un mago elementalista en combate. Pero pocas veces había visto a ninguno que atacara con la habilidad, precisión y ferocidad de aquella yegua: se vio obligada a conjurar una protección para detener un rayo, usó su telequinesia para desviar una lluvia de rocas y contraatacó lanzan un hechizo de pura energía contra una concentrada llamarada, estallando los dos hechizos en el aire.
En el suelo, la sargento Violet se quitó el casco y miró a Luna desafiante. Sus ojos azules brillaban intensamente y su melena roja como la sangre revoloteó despeinada en torno a su rostro.
—¡Sargento Violet! —gritó Shining Armor, quien se había adelantado—. ¡Traidora!
—¿Traidora? No, capitán —dijo, apartándose para mostrar su obra—. La palabra es "infiltrada".
Y tras ella, el cuerpo de la desdichada yegua explotó cuando una inmensa criatura se abrió camino hacia el mundo terrenal. Se alzó en toda su terrorífica gloria; como la parodia aterradora de un grifo mutado y deforme, como si una pesadilla colectiva hubiera cobrado forma física; miró hacia los soldados de Equestria quienes retrocedieron ante su mera visión: la piel, el pelaje, las plumas, el fuego y el magma se mezclaban en su cuerpo en una caótica danza, y con cada segundo la magia del Tártaro se volvió más tangible que nunca.
Baraz rugió, y junto al rugido un centenar de deflagraciones de llamas se sucedieron a su alrededor, cada una portando a un nuevo seguidor del gran señor del fuego. Durante un terrorífico instante los soldados murmuraron plegarias y dieron pasos atrás, sus mentes luchando por comprender que ese era el mismo horror que había asediado Germarenia hacía tan solo unas semanas.
—¡Preparados para el combate! —rugió Shining Armor—. ¡Escudos al frente! ¡Disparad todo! ¡Magos, bombardeo!
Cuando las primeras monstruosidades del Tártaro se lanzaban a la carga, la lluvia de conjuros arribó: docenas de explosiones cubrieron el espacio entre los mortales y los demonios, mandando a los segundos al Tártaro antes de que siquiera llegaran al cuerpo a cuerpo. Los hechizos infernales que sí lo hacían fueron detenidos por los magos de Equestria, esta vez bien entrenados en cómo defenderse de las artes infernales.
—¡Sargentos, prepárense para cargar! ¡Rodearemos a Baraz y acabaremos con él antes de que traiga a todo su ejército! ¡Les haremos pagar por cada muerto de Germarenia! ¡Por Equestria!
A su alrededor, los soldados Equestres rugieron a todo pulmón.
Luna, por contra, se había concentrado en tratar de derribar a Baraz, pero la unicornio Violet siguió enfocada en una lucha perdida, desviando e interceptando todo ataque de la princesa. Aquella batalla estaba ganada para el ejército poni: no había forma en que Baraz lograra traer a tiempo a los suficientes demonios para hacerles frente.
Pero Violet no huía.
En Canterlot, la magia infernal alcanzó su punto álgido y, durante un terrorífico instante, un silencio opresivo cubrió la plaza central. Este estalló como una distorsión de la realidad que se expandió en una esfera en torno al ritual, cubriendo toda la ciudad en cuestión de segundos.
Hope Spell fue derribado al suelo cuando una enorme fuerza lo golpeó, y por más que intentó protegerse la magia no acudió a él.
Celestia cayó varios metros, logrando recuperar el vuelo a poca distancia del suelo.
Trixie Lullamoon y Starlight Glimmer gritaron, usando todas sus energías y voluntades en un hechizo que estaba desviando aquel infernal ritual a su alrededor.
El edificio en el que se había ocultado Twilight gimió, sus ventanas estallaron y la alicornio intentó escapar desesperadamente de aquel lugar, mientras la estructura se derrumbaba a su alrededor y sobre ella.
Y, a muchos kilómetros de allí, Luna notó la creciente magia impía acercarse desde el oeste. Vio con un instante de margen cómo la distorsión de la realidad se echaba sobre el ejérico sobre el ejército, cubriendo un área tan colosal que acabó con cualquier opción de esquivarla, ya fuera por tierra o por aire. Conjuró una protección pero, por alguna razón, la magia no acudió con fuerza a su cuerno.
La princesa recibió el impacto de lleno, perdió todo control de su vuelo y cayó a muchos metros de distancia, golpeándose duramente contra el suelo. Todavía aturdida, se puso tambaleantemente en pie e intentó conjurar sus protecciones, pero algo hizo que la magia muriera antes de que se materializara. Se llevó un casco al cuerno y notó protuberancias afiladas en el mismo. Cristales. Varios soldados galoparon hacia ella y la hicieron retroceder tras las líneas de escudos, y ahí fue donde la princesa vio que no era la única afectada. Todos los unicornios habían sufrido el mismo destino, sus cuernos cubiertos de cristales negros como la obsidiana y convertidos en apéndices inservibles. También había heridos a causa del fuerte impacto. Shining Armor gritaba órdenes apresuradamente, galopando frente a la primera linea; cristales negros cubrían su cuerno también.
Les habían robado la magia.
Al frente del creciente ejército demoníaco, Violet, por contra, no se había visto afectada por el fenómeno. Se giró hacia Baraz, y el gigantesco señor del Tártaro bajó la mirada hacia aquella poni a través de la cual había sido convocado.
—Mátalos a todos.
Al tiempo que Baraz rugía y mandaba a su ejército a la carga, Shining Armor ordenó replegarse al suyo.
Mientras tanto, en Canterlot, Hope Spell huía acompañado por tantos soldados como pudieron seguirle.
Trixie y Starlight bajaron a las catacumbas y descubrieron que ellas dos eran las únicas unicornio que no habían sido afectadas por el ritual de Sombra.
Jadeando y herida, Twilight logró quitarse los escombros de encima y salir de nuevo a la calle. Supo que tenía que encontrar dónde esconderse cuanto antes.
En la sala del trono del palacio, varios soldados se prepararon para luchar contra el Rey Sombra, protegiendo a la acorralada princesa Celestia tras ellos, pero bastó con un simple hechizo del oscuro unicornio para que sus voluntades quedaran anuladas, convirtiéndolos en sus títeres. Celestia se alzó, orgullosa y negándose a doblegarse ante el destino que le aguardaba
—Da igual lo que tengas pensado para mi, Sombra. Da igual con qué me amenaces o las torturas a las que me sometas, ¡jamás me rendiré!
—¿Qué has imaginado que haría si te capturaba, Celestia? —murmuró el Rey Sombra. Su voz era negra, eclipsaba otros sonidos y no producía eco alguno—. ¿Por qué clase de tirano me tomas?
—No conseguirás esclavizar por siempre a Equestria: ¡los pequeños ponis no se rendirán, y volverán a ser libres! Da igual lo que me hagas, o las torturas que me inflijan tus demonios, ¡siempre lucharé contra ti, y jamás estaré sola!
—Lo sé —susurró el oscuro rey del Tártaro.
Sombra conjuró y una guadaña cuyo filo estaba compuesto por sombras apareció a su lado; Celestia retrocedió, pero no logró esquivarla a tiempo. Notó un frío ardiente en el costado que pronto se expandió por todo el pecho, y la garganta. Emitiendo un gemido sin aire, la princesa del sol intentó conjurar, pero los cristales de su cuerno acabaron con la magia antes de que se materializara.
El Rey forzó a Celestia a bajar la cabeza y la miró fijamente a los ojos. En ellos, la alicornio apreció el regocijo de un plan llegando a su fin, y un odio que, realmente, no estaba motivando sus acciones.
—¿Esperabas que te dejara vivir, semidiosa? —murmuró—. ¿O que aguardara la llegada de tu hermana para rescatarte, y entre las dos acabar conmigo? No —concluyó, arrancando la guadaña del cuerpo de Celestia. Esta cayó al suelo, incapaz de respirar o decir palabra alguna—. Tu hermana morirá, al igual que tú y todos aquellos que tengan alguna posibilidad de detenerme.
—N… no…
—¿No? Vamos, Celestia, mírame a los ojos.
El Rey Sombra se acercó hasta que la princesa del sol pudo sentir su aliento helado y ardiente. Clavó la mirada en los ojos del rey y, al momento, el temor tomó su rostro.
—No…
La guadaña del Rey Sombra trazó un arco; su portador observó, con cierto regocijo, la cabeza de Celestia rodar por el suelo antes de detenerse a los pies de la escalinata que subía al trono.
En el valle al norte de Rambling Rock Ridge, Luna detuvo su carrera al notar un vacío en el pecho. Se dejó caer sobre una pata en el suelo, llevándose una pezuña al corazón y sintiendo que algo muy profundo le había sido arrancado del alma. Alzó la cabeza y las lágrimas acudieron como cataratas a sus ojos.
—¡CELESTIA!
—¡Princesa! —gritó un soldado, un unicornio que sostenía una lanza como lo haría un poni de tierra—. ¡Corra, no se detenga!
Varios ponis de tierra formaron un muro de escudos que detuvo los proyectiles ígneos de un demonio de la destrucción. Luna se puso en pie y alzó el vuelo, siguiendo la ordenada retirada que estaba dirigiendo Shining Armor. Sin su magia, su ejército se había vuelto incapaz de luchar contra las fueras del Tártaro. Había escogido una senda que llevaba hacia el sureste. Hacia Trottingham.
NOTA DEL AUTOR:
Os juro que yo no quería matar a Celestia. Os lo juro. Llevo desde siempre pensando que Sombra la capturaría, que le haría mil perrerías, pero no esto. Pero es que fue escribir la escena y os podéis imaginar la escena en mi cabeza.
Sombra: "La mato"
Yo: "¿Qué?"
Sombra: "Que la mato"
Yo: "¡Pero tío, que es Celestia! ¡No puedes matarla así como...!"
Sombra: "¿Tengo cara de villano de opereta? ¿De ir a dejarla viva para que la rescate su hermana y me peguen una paliza? La mato y encima me regocijo."
Yo: "Pero..."
Sombra: "¡Que le corto la cabeza!"
Yo: "...vale..."
Me ha quedado un capítulo muy largo, pero era necesario.
Una nota: El 24 de mayo de 2022 resubí este capítulo con un pequeño cambio en la interacción entre Sombra y Celestia.
¡Gracias por leerme!
