Golden Sheaf, habiendo conseguido por fin hablar con Aitana Pones, sintió que la frustración y el miedo de los últimos días la arrollaban como un tsunami.
—¿Por qué no me escuchaste antes? —exclamó—. ¡Llevo desde que llegamos aquí intentando decírtelo y nunca me escuchabas!
—¡Porque hay un montón de ponis suplicándome que les salve la vida! —replicó Aitana—. Discúlpame si no te hice caso —añadió con ironía—, pero estaba ocupada.
—¡Basta! No arreglamos nada discutiendo —intercedió Rise Love. La batpony seguía mostrando el pelaje algo erizado y sus ojos brillaban—. No olvidéis que la magia del Tártaro nos afecta. No hagáis una estupidez. Golden Sheaf, cuéntanos lo que sabes.
La yegua de cristal, tras unos segundos, empezó a narrar en voz baja, casi susurrada.
—El rey Sombra no es un diabolista: es un unicornio, un maestro de la magia poseído por un demonio. El demonio se llama "Sombra". El unicornio… mi prometido, Amberat Preôt. Yo lo llamaba "Amber".
La yegua se detuvo un momento, como decidiendo cómo continuar su historia.
—Amber era un mago muy capaz que estudió todos los tratados sobre la guerra contra Weischtmann. En la escuela de magia del Imperio se le consideraba un prodigio, un auténtico especialista en la materia; tanto que era regularmente invitado a eventos sociales y fiestas de la nobleza. Así le conocí yo.
La enorme sala del palacio de cristal refulgía por la magia que imbuía sus brillantes paredes. Los asistentes de aquel festejo lucían sus mejores galas: grandes trajes con piedras engarzadas, armaduras ornamentales en las que destacaban los escudos de las casas nobles; todo ello coronado con las falsas risas, los susurros y las negociaciones sutiles que se solían dar cuando muchas familias nobles se reunían en un mismo lugar.
La jovencísima yegua de cristal observó aparentemente impasible, pero sorprendida en realidad, el casco que aquel unicornio le había tendido. La música sonaba lenta, rítmica y pausada, y los bailarines danzaban a su son. No era la primera ni la última vez que algún semental la invitaba a bailar, era lo común en aquellos eventos: ya fuese por mera galantería, por etiqueta o por interés en un casamiento, ella se había acostumbrado a que desconocidos fuesen falsamente gentiles y corteses con ella.
Pero algo en aquel unicornio que venía del sur era diferente. Su pelaje era gris oscuro, algo muy poco habitual en los ponis de cristal; su crin negra estaba bellamente recogida y sonreía con una sinceridad que, a los ojos habituados a detectar la mentira de la yegua, era refrescante y reconfortante. Casi sin pensarlo aceptó el casco y ambos salieron a bailar en el centro de la sala con las otras muchas parejas, mientras ella estudiaba el exotismo de sus rasgos.
—¿Quién eres? No te conozco.
—Amberat Preôt. Soy estudiante en la escuela de magia.
—¡Qué nombre más complicado! ¿De dónde vienes?
—De Unicornia. Llámame "Amber" entonces. ¿Cómo te llamas?
Pero, en aquella ocasión, la yegua no pudo contestar, porque la música marcó que era el momento de cambiar de pareja, y pronto se vio arrastrada por otro semental para continuar la danza.
Golden Sheaf se había quedado unos instantes recordando el pasado.
—Era demasiado prepotente, y alardeaba de sus logros. Varias veces dijo que él podría "invocar a todos los infiernos" si quisiera. Supongo que eso causó que lo involucraran… —la yegua de cristal hizo una pausa lánguida—. Nos veíamos regularmente y a mis padres no les pareció mal que me enamorara de él. Era una decisión "inteligente", dijo mi madre, tener lazos con la escuela de magia del Imperio, y con la nobleza Unicorniana. Así que nos permitieron prometernos. Muchos creían que Amber era solo un mago con grandes aspiraciones, que acabaría siendo el consejero real de palacio o algo así; el que se prometiera conmigo no hizo más que avivar esta teoría.
—¿Eres noble?
—He renegado mi linaje —respondió tajante—. Lo cierto es que Amber….
—No, espera un momento —interrumpió Aitana—. Creo que nos estás ocultando algo importante. ¿Quién eres realmente?
Golden negó con la cabeza.
—Todavía no quiero responder a eso —admitió la joven yegua—. Como os decía: Amber no buscaba poder, ni subir de escalafón social: él aspiraba a ser un cazador de demonios. Pero las habladurías hicieron que lo… involucraran.
—Amber, por favor, háblame.
El unicornio no respondió a la súplica de su prometida, mientras revisaba un larguísimo pergamino que sostenía con su magia, antes de descartarlo y pasar a otro.
—¡Amber!
Finalmente, el mago miró a la yegua frente a él, a esos ojos que le cautivaron desde el primer minuto que los vio en aquel baile que se le antojaba que hubiera ocurrido hacía tan solo unos días, pero el tiempo desde entonces se sentía como una vida entera. Su campo de levitación, tembloroso, dejó los pergaminos sobre la mesa.
—La princesa de Cristal ha ordenado que la asista en un ritual.
—Eso es bueno, ¿no?
—¡No! No lo es, no…
El unicornio miró a su alrededor. Estaban a solas en la casa del semental, y no se escuchó ni un solo ruido en la misma. Aún así, el unicornio tomó una pluma y escribió unas cortas palabras en la esquina de un pergamino.
"Pacto con el Tártaro"
Mientras ella asimilaba lo que esto quería decir, el unicornio quemó el pergamino para no dejar ninguna prueba del mensaje. Tras unos segundos, Amber tomó la bufanda roja que siempre llevaba al cuello y se la entregó a su prometida.
—Llévala siempre —le imploró—. Te protegerá.
—Yo sabía lo que eso significaba —continuó Golden, mesando la bufanda—. Si la princesa firmaba un trato con un señor del Tártaro… el Corazón de Cristal sería corrompido. El acuerdo, tácitamente, encadenaba a todos los ciudadanos del Imperio de Cristal al mismo.
—Tus padres eran nobles —señaló Rise—. ¿Les pediste ayuda?
—Amber me dijo que mis padres estaban con la princesa. Eran parte del… complot —respondió tras pensar una palabra para definir aquella situación.
—¿Y tú le creíste?
—Mis padres habría hecho cualquier cosa por mantener su estatus, aumentarlo y estar "por encima de la chusma y de los pueblerinos" —añadió, dando entonación a unas palabras que había escuchado mil veces en su infancia y juventud—. Murieron hace poco, nunca sabré si eran conscientes de lo que iban a desencadenar.
—¿Y la escuela de magia? —inquirió Rise Love—. ¿Nadie más a quien acudir?
—No. La Princesa tenía controlados todos los grupos de poder del Imperio; temimos que si buscábamos ayuda demasiado abiertamente nos descubrieran. Por lo que yo sé, éramos los únicos determinados a detenerla. Pude hablar con unos pocos caballeros de cristal de mi confianza.
—¿Qué hicisteis?
Golden Sheaf miró a las dos yeguas antes de empezar a narrar.
Los ponis de cristal miraban con terror al palacio, cuyo cristal se estaba tornando negro a ojos vista. Los Caballeros de Cristal ordenaron a todos volver a sus hogares, tan confundidos como los habitantes a los que protegían.
Una enorme cámara del sótano del palacio estaba completamente a oscuras, salvo en su centro: nueve ponis entonaban a la vez un hechizo en un idioma cuyas palabras invocaban a las pesadillas. Formaban en torno a un gran círculo de runas en el llamas negras y verdes brillaban con cada vez más intensidad. A la cabeza de esta congregación, una unicornio alta conjuró, y la magia de todos los presentes se congregó en su largo cuerno. Era una yegua larga y estilizada, de pelaje anaranjado y crines azul cristalino que se sacudían violentamente ante un viento imperceptible. La Princesa de Cristal.
Una figura vaporosa se formó entre las llamas innaturales. El poder que le había sido prometido y que ahora recibía la embriagó, cantando el ritual con cada vez más intensidad.
Todo sucedió demasiado rápido para reaccionar a tiempo. Se escuchó el coordinado y pesado galopar de varios ponis en la oscuridad, y pronto habían muerto tres cultistas atravesados por las lanzas de los Caballeros de Cristal. El resto dejaron de conjurar e intentaron defenderse, y fue cuando Amberat atacó: Los cristales del suelo crujieron y de ellos surgieron afiladas estalactitas que dieron muerte a otro cultista.
Uno de estos, una yegua unicornio, perdió la capucha al defenderse: con un violento aspaviento con la cabeza, conjuró los cristales de la misma forma que Amberat, interceptando el ataque. Miró a su alrededor y, al instante, tomó a otro cultista y se teletransportó fuera de aquella cámara. Siguiendo el ejemplo de los Diamond, el resto del culto hizo lo mismo, o trató de huir con métodos más mundanos.
—¡Traidores! —gritó la princesa.
—¡Se acabó, princesa!
Una joven noble de pelaje perlado se acercó a la escena, y las llamas verdes iluminaron su rostro. Portaba todos los ropajes y joyas que identificaban su linaje, y sobre los mismos llevaba también una gran y vieja bufanda de color rojo que desentonaba todo el conjunto.
—¡Cómo os atrevéis! —gritó la princesa—. ¡Soy la regente de este imperio, y os ordeno que os retiréis!
Los caballeros de cristal hicieron lo contrario, formando a ambos lados de la yegua. Amber se puso junto a ella.
—Habéis traicionado al Imperio de Cristal y a los ponis que jurásteis proteger —dijo el mago, acusadoramente—. ¡Íbais a entregar las almas de todo el Imperio de Cristal al Tártaro!
—Por la autoridad que me otorga mi linaje, y en vista de estos crímenes, se os ordena que os entreguéis pacíficamente, princesa.
—¡Jamás me entregaré! Jamás… me… ¿qué está…?
La princesa de cristal se derrumbó como si todas las fuerzas la hubiesen abandonado. Tras el instante de confusión, los caballeros de cristal gritaron y se llevaron los cascos a la cabeza. El propio Amber conjuró para protegerse de una magia que su prometida tan solo sintió como una ligera inquietud en el fondo de su mente; la bufanda que llevaba brilló con intensidad.
Y entonces la vio. La sombra se alzó en el círculo ritual, como un poni monstruoso y vaporoso, y al mirarlo pudo sentir, durante un breve instante, cómo su voluntad era ofuscada por su mera presencia.
—¡GOLDEN, CORRE! —gritó Amber, retrocediendo—. ¡Huye!
—¡Caballeros, atacadlo, rápido!
Pero estos no lo hicieron. Con los ojos cubiertos por una magia verde y morada, los Caballeros de Cristal, los protectores del Imperio, se giraron hacia Amber y Golden Sheaf.
El demonio se lanzó contra Amber, fundiéndose con él. Durante un breve momento, Amber gritó y luchó; durante un breve instante, miró a Golden y le imploró con la mirada que corriera. Pero la lucha de voluntades duró poco, y la joven noble vio sin ninguna duda cómo los ojos de su enamorado perdían el brillo de la vida, para dejar paso a una mirada cruel y antinatural.
Golden galopó con todas sus fuerzas.
Las tres yeguas se quedaron en silencio.
—Me deshice de todo lo que pudiera identificarme como noble y conseguí llegar al exterior. Fui parte de la rebelión, pero me capturaron a los pocos días. Gozaba de buena salud y los demonios no me reconocieron; fui esclava en las minas y en palacio.
—¿En palacio? ¿Qué trabajos debías…?
Golden Sheaf miró brevemente a Aitana y negó con la cabeza. Rise Love permaneció muy callada escuchando cada palabra de la yegua de cristal.
—Golden, una pregunta más: ¿Esa bufanda tuya puede protegerte de la niebla?
—Sí. Y también puede proteger a otro poni conmigo. ¿Podréis hacer algo? ¿Podréis…?
—¿Ayudar a Amber? —cuestionó Aitana, negando con la cabeza, dubitativa—. No lo sé. No lo creo. Ya veremos. Pero lo que nos has contado nos da muchas más posibilidades.
—Golden, ¿cuál es tu verdadero nombre?
La aludida no pareció entusiasmada con la pregunta.
—No pienso reclamar nada, ni exigir herencias ni títulos. He renegado de mi familia, y ellos lo hicieron de mi antes de morir —se levantó y, mientras caminaba hacia la puerta, anunció—. Mi nombre es Goldie Amethist Sheaf Sparkle Diamond. Soy la hija de Lord Diamond y Lady Sparkling Destiny, la última heredera de la casa Diamond. Y sí: mis padres estaban en el ritual; ahora están muertos y el linaje de mi familia lo hará con ellos.
Cuando la yegua de cristal hubo cerrado la puerta tras ella, Aitana y Rise permanecieron unos instantes en silencio.
—Joder… ¿Por qué no contó nada hasta ahora?
—Es normal que tenga miedo. Es fácil que otros ciudadanos la culpen a ella si se supiera todo.
—Parece que hubieras visto un fantasma, Rise. ¿Estás bien?
—Sí. No es nada: no había registro de que los Diamond tuvieran una hija, ni siquiera un retrato en su mansión. Realmente renegaron de ella.
—Eran unos bastardos.
—Sí… —la batpony sacudió la cabeza, como quitándose una idea de la mente—. ¿Qué piensas? Has sido extrañamente educada con ella.
—Tenía ganas de decirle de todo por no contar esto antes, pero me he controlado. Si lo que dice es cierto, nos da más posibilidades de vencer a Sombra. Habrá que apelar al alma que tiene atrapada para que luche contra la posesión; entonces, quizá, podamos vencerlo.
—Pero todavía tenemos que salir de aquí. Y con esa niebla es imposible.
—Y debemos considerar cuántos otros señores del Tártaro puede haber invocado en el mundo. No sé cómo vamos a hacerlo...
Alguien llamó a la puerta y, antes de que dijeran que podían pasar, la abrió. Octavia Auditor pasó junto a Vinyl Scratch, Rara y los miembros de Steel Note: Dawn, Lucent y Greta.
—Claro, pasad, no hay problema —exclamó Aitana con sarcasmo.
—Disculpad, pero es importante. Hemos estado hablando: creemos que podemos vencer a la niebla blanca —al ver que las dos líderes de facto de aquella resistencia se ponían en pie, Octavia continuó—. En la Feria de Cristal la niebla llegó a cubrir toda la ciudad. Fue Steel Note quienes la hicieron retroceder.
—¡Pero creíamos que era parte del espectáculo! —interrumpió Greta—. Es que los ponis de cristal se lo curran mucho…
—Han querido los titanes que coincidamos Steel Note, Octavia, Vinyl y yo —añadió Coloratura—. Si realmente la música puede vencer a la niebla blanca, podemos hacerlo.
—Nosotros no.
Todos miraron a Lucent, el bajista de Steel Note.
—Sin Lovely Rock no hay Steel Note.
—Joder, con los artistas —murmuró Aitana—. ¿Y no podéis tocar una balada bonita o algo?
—¡No! No lo entiendes: Lovely Rock es el corazón y el alma de nuestra música. Sin ella, sencillamente no funciona.
Rise Love voló brevemente y se plantó frente a Octavia. Había una calmada urgencia en su voz.
—¿Estáis seguras de que podéis hacerlo? —preguntó—. ¿Podéis asegurarme que funcionará?
—Eso creemos —respondió Vinyl tras mirar a Octavia—. Pero no lo sabremos hasta que lo intentemos. Y tendremos muchas más posibilidades si contamos con Steel Note también.
—Eso significa que dependemos de rescatar a su cantante, si sigue con vida.
—¡¿Qué quieres decir "si sigue…"?!
—Aitana —interrumpió Rise a Lucent—, ¿se te ocurre una forma de acabar con Hellfire?
El cambio de actitud de Rise Love había impactado a la arqueóloga: Habitualmente aparentaba ser una yegua fría, seria y que luchaba por controlarse en todo momento. En combate la había visto como Cazadora, había percibido en ella la pasión de la caza y la furia de un ser profundamente emotivo. Incluso, en una ocasión, llegó a ver a aquella Cazadora Batpony verdaderamente aterrorizada cuando se enfrentaron a Weischtmann.
Pero ahí veía otra cosa: en cómo miraba el mapa extendido sobre la mesa, las inflexiones de su voz y el lenguaje corporal eran de otra yegua. Aquella era la figura de la capitana de la Guardia Lunar de la que había oído hablar: la misma yegua que dirigió a la Primera Compañía Batpony para salvar a todo Hollow Shades de la Gema de la Sangre**.
—Hay una posibilidad, pero no sé si funcionará. Necesitaré…
—No lo digas.
Todos guardaron silencio mientras Rise Love dirigía una mirada ausente hacia la ventana.
—Salid todas, dejadnos a solas.
Cuando volvieron a estarlo, Aitana se acercó a Rise.
—¿Qué pasa?
—Nadie debe conocer nuestra estrategia al completo, solamente yo. Estamos en inferioridad numérica y táctica, y el tiempo corre en nuestra contra: si el enemigo captura a cualquiera y averiguan nuestro plan, no tendremos ninguna esperanza. Necesito que me digas lo más brevemente posible qué necesitas para matar a Hellfire. No entres en detalles.
—No puedo jurarte que funcione.
—Entendido. ¿Qué necesitas?
—Atraerlo a mi casa, y tendré más posibilidades si estás tú cerca.
Rise Love asintió.
—Necesito que vengan los líderes de la guardia, miembros de otros núcleos de resistencia, los músicos, sanadores, exploradores… Toda criatura que pueda dirigir a un pequeño equipo. Deben venir de uno en uno, yo les daré instrucciones y no deberán compartirlas con nadie.
—Rise, ¿en qué estás pensando?
—¿No es evidente? —respondió, devolviéndole la mirada cargada de una determinación capaz de doblegar la voluntad de un dragón—. Vamos a liberar Manehattan.
**Ver "La maldición del batpony", parte de este mismo universo alternativo.
Serpenteando a través de los diminutos huecos que se abrían en el túnel derruido de aquella mina de cristal, el negro demonio se abrió paso hacia los mortales que todavía resistían. Llegó hasta una estancia más amplia y, al instante, fue recibido con varios virotes que lo devolvieron temporalmente al Tártaro.
Superando el cadáver que se consumía en llamas oscuras, otros demonios de la oscuridad y la dominación se abrieron paso a través del túnel. Los ponis de cristal disparaban sus proyectiles sin cesar al tiempo que retrocedían, manteniendo las distancias sin dificultad. Súbitamente, las rocas que bloqueaban el pasadizo estallaron astillas cristalinas y, durante un instante, los defensores no pudieron ver qué estaba pasando.
De entre la nube de polvo y hielo, un anciano unicornio de pelaje rojo surgió… pero nadie disparó. Los defensores bajaron las armas, al mismo tiempo que la magia negra tomaba sus ojos y sus voluntades.
La puerta del refugio tras los defensores se cerró a toda prisa, mientras el pánico cundía entre los ciudadanos que en él se escondían.
—Ha caído el refugio del barrio sur.
—¿Ha escapado alguien?
—No lo sabemos, princesa.
Cadence bajó la vista sobre el mapa holográfico. Aura, frente a ella, no dijo nada más, viendo cómo la resolución de la Princesa de Cristal era puesta a prueba.
—¿Qué están haciendo los ponis esclavizados? —preguntó—. ¿Algo que podamos deducir?
—No. A un grupo los demonios los obligaron a reparar una casa para luego obligarlos a echarla abajo nuevamente. Son tareas sin sentido, sin un objetivo claro, princesa.
—Sí que lo tienen, paladina —replicó Cadence—. Alimentar a los demonios de la dominación. No hay un objetivo en esclavizar a mis pequeños ponis: ese es el objetivo en sí. Y cada destrucción, cada muerte, satisface a los monstruos del fuego y la destrucción.
La alicornio del amor se sentó en el suelo, inspiró profundamente y exhaló con lentitud, un pequeño ritual que siempre le había servido para controlar el estrés. Pero la paladina no tardó en notar que en esa ocasión no estaba funcionando.
—Dejadnos solas —ordenó a dos caballeros de Cristal que guardaban aquella cámara subterránea—. Princesa, saldremos de esta. Solo debemos resistir.
Cadence negó con la cabeza.
—Aura… lo que voy a decir no debe saberlo nadie más.
—Lo juro por mi honor como paladina de los Caballeros de Cristal.
—Mi tía… la princesa Celestia ha...
—No… no puede ser. No puede saberlo, princesa, nadie puede haberse comunicado con usted.
—Sencillamente lo sé. Lo supe enseguida, pero no quise creerlo. Siempre puedo sentir a las princesas alicornio, pero ahora no. No siento a Luna, ni a Twilight Sparkle, ni tampoco a mi marido. ¡No sé si Shining Armor está vivo!
La fornida yegua de cristal abrazó a Cadence, y esta se dejó caer, ahogando las lágrimas que guardaba en silencio mientras ejercía su papel como princesa de aquella ciudad invadida.
—Shining Armor es un líder militar como pocos han existido, y un excelente guerrero. Estoy convencida de que no se habrá dejado vencer tan fácilmente.
—¿Y qué hay de…?
—Tiene que haber otra explicación. Si realmente la princesa Celestia ha fallecido —argumentó, entonando con fuerza ese "si realmente"—, ¿por qué no sintió también las muertes de Luna y Twilight Sparkle? ¿O de su marido? Tiene que estar pasando algo más, quizá sea lo mismo que nos está impidiendo comunicarnos con el fuego alquímico.
—Aura, quizá no pueda venir nadie a ayudarnos. Creo que tenemos que actuar, pero no sé qué hacer.
—Princesa, con todo el respeto: Yo estuve ahí cuando Sombra tomó el Imperio hace mil años, y créame, esto —dijo, señalando a su alrededor— no está a la altura del terror, la muerte y la esclavitud a la que nos vimos sometidas.
Aura se alejó un poco de Cadence.
—El Rey Sombra tenía un objetivo claro: conquistar Equestria. Desde el primer día capturó y esclavizó a la mayor parte de la población; la resistencia fue asediada día y noche por ataques, buscando capturar a cuantos más pudiera. Los esclavos hicieron trabajos para el esfuerzo de guerra: construían murallas, armas, armaduras, trabajaban en las minas y en los campos de cultivo… Los ponis más fuertes y hábiles fueron dominados mediante magia, y pronto tuvo un ejército capaz de rivalizar con la Guardia Solar. Sin embargo, el mago negro que está ahora al mando, Sharp Mind, está perdiendo el tiempo. El único ejército que tiene de su lado son los demonios, y también a una buena parte de los Caballeros de Cristal.
Concluyendo, la paladina añadió:
—Lo único que nos impide haber acabado ya con todo esto es la niebla.
—Lo sé. Yo, y unos pocos magos, hemos intentado todo lo posible, pero no sabemos cómo liberar a los grises. Lo hemos intentado.
Ambas se quedaron en silencio.
—No podemos seguir así —concluyó Cadence—. Tengo que hablar con él.
—¿Qué? ¡Majestad, no!
—No soy tan tonta, Aura —replicó la alicornio rosada en tono bromeante—. No voy a ir en persona.
—¡General! —gritó un batpony—. ¡Fuego! ¡Hay fuego!
Moonlight Sonata saltó de la cama donde reposaba y siguió al joven soldado. Todavía no se acostumbraba a que lo llamaran "general". Salió al galope, pasando a través de docenas de guerreros batpony que corrían a tomar sus armas, alarmados. En el exterior la noche lo recibió, alzó el vuelo y superó las construcciones talladas en la propia base de la montaña, desplegándose ante sí la capital batpony: Los barrios exteriores de Lunaria estaban construidos en madera, piedra y paja, y muchos hogares tenían un nivel subterráneo, por lo que los edificios raramente superaban un piso de altura. El centro de la ciudad se hallaba en el templo de Selene, sobre el cual una imponente estatua de la diosa había sido tallada en la motaña. A diferencia de las metrópolis de otras naciones y razas, Lunaria no contaba con grandes murallas. En su lugar, los batponies confiaban en el bosque Hollow Shades para dar caza a sus enemigos, y en un intrincado sistema de cuevas construido tras el templo de Selene. El último reducto de resistencia si la ciudad era asediada.
Moonlight se posó frente a la entrada del templo: en la lejanía, más allá del linde de Hollow Shades, el fuego cubría el valle. Un fuego que se movía y avanzaba hacia el hogar de los batponies.
—¡Demonios! —gritó una yegua batpony, volando a toda velocidad desde donde se veían las llamas—. ¡Es un ejército, lo he visto, avanza hacia aquí!
Moonlight Sonata inspiró hondamente, ocultando su miedo. Lo que temía había ocurrido: no había ordenado acudir en auxilio de Canterlot porque esperaba ese movimiento.
Es lo que él hubiera hecho de ser el enemigo.
—¡A los puestos de combate! ¡Enviad mensajeros a los pueblos poni cercanos, que huyan hacia Lunaria!
Mientras los sargentos obedecían sus órdenes y dirigían las tropas, varias yeguas batpony adolescentes trajeron la armadura y las armas de Moonlight. Todas ellas vestían togas ceremoniales blancas, y la última de ellas era una joven batpony albina cuyos ojos, blancos como la leche, denotaban su ceguera. Portaba una túnica del color de las noches de luna llena, y una única y delicada diadema sobre su frente la identificaba como la suma sacerdotisa de Selene. Cuando Moonlight Sonata estuvo preparado para el combate, la yegua ciega se le acercó y, con un casco mojado en pintura roja, dibujó una luna creciente en la frente del semental.
Tras la sacerdotisa, las otras adolescentes, acólitas del templo, entonaron una melodía que danzaba entre los ultrasonidos y notas audibles por todos los ponis. La traducción más aproximada de aquel canto era: "¿Puedes ver la tormenta acercarse? Dime, ¿qué es lo que ves, enfrentándote al destino?*".
—La luna de sangre se alzará hoy —recitó la sacerdotisa—. Selene acogerá en su seno a los que encuentren su final en la batalla.
El semental gris oscuro no respondió de inmediato, pues comprendía el significado de aquel rezo.
—La luna de sangre se alza hoy —recitó Moonlight Sonata—. Devolveremos al infierno a aquellos que amenazan al pueblo batpony. Daremos nuestras vidas por proteger a los nuestros de la muerte y la desesperación.
—La luna de sangre avanza hoy. No hay odio. No hay locura. Solo hay caza, solo hay vida, solo hay muerte. Que la vuestra sirva para detener a aquellos que intentan extinguirnos.
—La luna de sangre se ocultará. Daremos nuestras vidas por los nuestros, daremos nuestras vidas y nuestras voluntades por Hollow Shades.
—La luna de sangre se oculta. No temáis a la Sed: si os ha de alcanzar será combatiendo a nuestro enemigo; se cantarán vuestras gestas cuando libréis una última batalla como sus portadores.
La mirada ciega de la sacerdotisa se clavó en los ojos de Moonlight Sonata, y este último hubiera jurado que la joven estaba escudriñando su propia alma; el mensaje era claro y simple: aquella era una guerra santa, una guerra por la supervivencia de la raza batpony. Habitualmente, las sacerdotisas de Selene predicaban el autocontrol, y lloraban por cada hijo de Selene que se perdía en la locura de la Sed de sangre, pero no en aquella ocasión. Debían vencer a cualquier precio.
Se giró y vio a todos los guerreros batpony pintándose el mismo símbolo en sus propias frentes: la luna de sangre. Con ese gesto, juraban darían muerte al enemigo, incluso si ello les costaba su propia cordura.
—Acógenos en tu seno, Selene, pues mucha sangre se va a derramar hoy.
Moonlight alzó la vista al cielo y, durante un terrible instante, creyó ver que la luna se había tornado roja.
Lovely Rock se encogió, temblando y abrazándose a si misma en posición fetal cuando escuchó un desgarrador grito. Las palabras fueron ininteligibles, pero la súplica y la desesperación que arrastraban eran inconfundibles. Se apretó tanto como pudo contra el muro, escondiéndose en la penumbra de aquella estancia, rezando por desaparecer. Luego se quedó quieta y, sin mover un músculo, miró hasta donde su posición le permitía. Los muros que daban al exterior estaban semi derruidos, hacía frío y la niebla blanca cubría el exterior como un pared inexpugnable. Una barrera de olvido y monstruos que ella observó con la desesperada promesa de salir de aquel lugar, de acabar con todas las pesadillas por siempre. Creyó que su corazón se había detenido cuando sintió el terror en su alma crecer, cuando todos sus músculos se tensaron, cuando toda la esperanza pareció abandonar el mundo.
Una criatura tentacular entró en la sala. Lovely cerró los ojos con fuerza, temblando, rezando a Celestia y a todos los titanes por no volver a ser la elegida. Lo sintió pasando junto a ella, arrastrándose junto a su cuerpo, oliendo su crin, si es que aquellos seres podían oler; transcurrieron unos interminables segundos en los que la yegua no respiró, oyendo solo el desesperado golpear de su corazón en los oídos. Y finalmente, el demonio se alejó.
Abrió los ojos y lo vio. Era una masa tentacular sin principio ni fin, cuyo cuerpo, si es que tenía uno, parecía fundirse en las sombras y en un humo oscuro que siempre la rodeaba. Era, creía, la primera vez que se atrevía a mirar directamente a un demonio de la tortura. Se arrastró o levitó, no estaba segura, hasta el otro lado de la sala, y los ponis que ahí había susurraron plegarias, gritaron, trataron de alejarse y alguno, como Lovely, sencillamente se encogió en posición fetal.
La criatura alargó un tentáculo y, al instante, el desgarrado grito de un pegaso llenó la sala. Entre convulsiones, el poni luchó e intentó golpear a la criatura; una yegua unicornio lo agarró por las patas delanteras y tiró entre lágrimas. Gritó "papá", y tenía el cuerno roto. Lovely Rock quiso gritar, pero el temor la paralizó y no se movió. Otro tentáculo agarró a la joven yegua, y sus gritos se unieron a los de su padre mientras ambos eran arrastrados hacia la oscuridad.
Lovely Rock se quedó quieta, temblando y sollozando en silencio, agradeciendo a Celestia no haber sido escogida en aquella ocasión... cuando lo volvió a sentir. El terror, la tensión, y el grito de su propia alma cuando un demonio volvió a acercarse. Una vez más se encogió, cerró los ojos y rezó con todas sus fuerzas.
Algo la agarró de una pata trasera, y su cuerpo reaccionó como si un millón de relámpagos hubiesen atravesado cada fibra de su ser. Sacudiéndose con violencia gritó, y de su garganta no surgió ningún sonido; el oscuro demonio la arrastró hacia la oscuridad, tomándola también de otra pata. Intentó golpearlo, desesperada, se agarró a salientes clavó sus cascos en la piedra, siendo rápidamente engullida por una oscuridad que era mucho más que la mera ausencia de luz, como si una voluntad terrible negara todo posibilidad de percibir el mundo en términos que no fuesen los suyos.
A su alrededor, los gritos se sucedían, coreados por las súplicas y risas enloquecidas. Rise intentó protegerse, intentó cubrirse para evitar el destino que ya había sufrido anteriormente. Como otras veces, algo la inmovilizó en la oscuridad; como otras veces, algo antinatural se abrió paso en su boca hasta su garganta hasta casi no dejarla respirar; y como otras veces, sintió a las criaturas tentaculares abrirse paso, a pesar de su lucha, a todas las zonas que intentaba proteger. "Cualquier cosa, cualquier cosa menos eso", quiso suplicar sin poder hacerlo.
Y, de pronto, una imagen se formó frente a sus ojos.
Era el mismo pegaso de antes. Gritaba, con los ojos desorbitados por el pánico: hebras de oscuridad lo inmovilizaban, flotando aparentemente en la nada. Un demonio, que a pesar de ser negro pudo ver con claridad en la ausencia de luz, agarró una de las alas libres del poni y empezó a tirar poco a poco de ella. El dolor tomó el rostro del poni, quien gritó con todas sus fuerzas mientras piel, músculos y tendones se tensaban más allá de sus límites naturales.
Lovely Rock sintió que ese "algo" se retiraba de su garganta y boca. Y entonces escuchó claramente la voz de los demonios en su mente. "Solo tienes que decir 'no'". Ella gritó, gritó con todas sus fuerzas, suplicó que lo liberaran, que no lo hicieran. El desgraciado pegaso la miró, le gritó, le suplicó que lo ayudara, y Lovely intentó con toda su voluntad encontrar la voz que le habían arrebatado. Las plumas del ala empezaron a caer, la piel se rasgó…
Con un chasquido, el miembro se desgajó del resto. Lovely Rock gritó en silencio, obnubilada por el calor húmedo de la sangre en su rostro, por los aullidos desgarrados del semental, y por los sollozos y los gritos de la hija del mismo. Finalmente, el poni perdió el conocimiento, y Lovely Rock sollozó en silencio, suplicó porque aquello fuera todo. Porque los demonios, por descabellado que fuera, encontraran un ápice de bondad en sus seres.
El semental desapareció en la oscuridad.
Su hija apareció a continuación, y un demonio la agarró por una pata trasera. La joven yegua chilló y suplicó desesperada, intentando librarse del implacable abrazo del demonio y la oscuridad eterna que los rodeaba. Poco a poco, empezó a estirar, igual que hiciera con el pegaso, y la yegua miró a Lovely, suplicando que la ayudara, que dijera que no lo hicieran.
"Solo tienes que decir 'no'".
El sol surgió tras un muro impenetrable de nubes. Sobre la nevada estepa del norte, Rainbow Dash miró hacia donde se hallaba el Imperio de Cristal. Toda la zona estaba cubierta por la niebla blanca, y de la gran ciudad solo destacaban los edificios más altos, incluyendo el palacio de cristal. Los habituales y brillantes colores azul y blanco habían muerto, y en su lugar el negro y el gris predominaban.
—¿Estás seguro de que esto funcionará? —inquirió la yegua.
—Estoy seguro —respondió el semental amarillo, Mulberry—. Y tampoco perdemos nada por intentarlo.
Rainbow observó a menos de cien metros de ellos un grupo de extraños ponis: Vestían exóticos ropajes tejidos con paja entrelazada con huesos, trozos de madera y toscas máscaras de distintas criaturas. Uno de los muchos grupos de chamanes que había hecho llamar Mulberry.
Decidida, la yegua aleteó varias veces, tanteando cuán rápido podía volar con la herida que aún estaba curándose en su espalda.
—Ya te dijo la curandera que si descansabas hoy podrías volar. Es muy buena.
—Ya, bueno, es que soy alucinante. Le he hecho fácil el trabajo.
Rainbow Dash se alzó un par de metros en el aire y volvió a aterrizar junto a Mulberry.
—Estoy lista.
Mulberry se adelantó hasta el borde del risco desde donde observaban la planicie, cerró los ojos y emitió un canto lento, grave y sin palabras**. La yegua se giró, porque por un instante creyó que aquella enigmática canción sonaba justo detrás de su nuca.
A lo lejos, escuchó la respuesta de los chamanes: las voces de yeguas y sementales se unieron por igual a la canción, y a pesar de la distancia las pudo oír con claridad. Más allá de donde alcanzaba su vista, más y más voces se unieron al canto, esta vez acompañados por instrumentos musicales que Rainbow Dash no supo identificar. Cerró los ojos con fuerza porque, por un instante, su vista se desenfocó y se sintió mareada, como si el mundo diera vueltas de forma imperceptible. Bajó la vista hacia la nieve…
...y los espíritus del hielo le devolvieron la mirada.
*He imaginado varias veces este momento al ritmo de la canción "Storm", de Theatre of Tragedy.
**La canción que imagino con este ritual es el comienzo de "El túnel de las delicias" hasta justo antes de que entren las gaitas y el violín.
Ya comenté en otra nota antes que imaginé toda una cultura espiritista y chamanista por parte de los ponis de las Tierras Salvajes, pero nunca llegué a escribirla. Aquí tenéis un pequeño esbozo de la idea que tengo.
El resto, si os apetece desarrollarlo, os lo dejo a vosotros, queridos escritores que me leéis :).
Por otra parte, ha pasado tiempo, pero os aseguro que no he dejado de escribir: Tengo ya escrito todo el arco del Imperio de Cristal, l amitad del arco de Manehattan, otra mitad del de Hollow Shades, planeado el de PonyVille y Trottingham, y pensado el de Cloudsdale y Appleloosa. Este último es el que más me está costando :S. Ahora necesito terminar de ordenar la secuencia de acciones y seguir publicando y terminando cada arco.
¡Ah! Y el de Canterlot también, ¡por supuesto! Que hay varias escenas que mostrar antes de llegar a la conclusión para que todas las piezas estén en su sitio a ojos del lector.
Muchas gracias a todos por leerme y por vuestra paciencia. ¡Un abrazo!
