Sharp Mind se acomodó sobre su espalda en el trono de cristal, ahora convertido en una versión oscura y retorcida del mismo, y observó a una yegua y un semental danzar frente a él. Ambos bailaban a dos patas, al son de la música de un trío de músicos, cuyos ojos estaban tomados por la magia negra. Cada vez que parecía que los bailarines iban a caer, avanzaban de nuevo y recuperaban el equilibrio, creando una sensación de ingravidez y magia con cada movimiento.
—No voy a engañarla, princesa Mi Amore de Cadenza: Jamás he tenido problemas en obtener lo que quisiera, o la compañía que deseara.
Junto al gran trono negro, Cadence observaba la escena con una ira muy bien contenida reflejada en su rostro. Estaba sucia, su melena despeinada, y había perdido la diadema, pero no parecía herida.
—Pero nunca llega a satisfacerme. Verá: cuando domino a alguien con la magia negra, su voluntad se vuelve una extensión de la mía. Sus acciones se vuelven predecibles, y desprovistas de pasión.
Los dos danzarines se acercaron y él la rodeó a su compañera con las patas delanteras; la yegua tomó el rostro del joven: las lenguas se encontraron, y después los labios. Ella le mordió el labio inferior, tirando de él ligeramente y soltándolo justo antes de hacerle daño; él la empujó, la golpeó en un gesto muy teatral, y la yegua giró, aparentando haber encajado el golpe.
—¿Vé lo que quiero decir? A mi jamás se me habría ocurrido algo así. El libre albedrío trae esa pasión y misterio que no se puede obtener con la magia negra.
—No son libres, Sharp Mind —replicó Cadence—. Te sirven por miedo a lo que les puedas hacer.
—A ti te siguen por amor, y porque se sienten protegidos contigo. A mi me sirven por miedo. ¿Cuál es la diferencia, realmente, Cadenza?
Los dos ponis bajaron a las cuatro patas y, danzando lentamente, se acercaron a Sharp Mind, subiendo las escaleras con actitud sumisa y lujuriosa. Cadence cruzó la mirada con la yegua, y en sus ojos no vio otra cosa que no fuese la voluntad de servir.
—Sé por lo que vienes, Mi Amore de Cadenza —susurró el anciano pelirrojo, mientras permitía que sus esclavos le besaran los cascos—. Cuanto más resistas, más morirán. Es mejor que os rindáis.
—Me estás pidiendo que rindamos nuestras mentes a ti.
—No. Eso es lo que ocurrirá tarde o temprano si seguís resistiendo lo inevitable. Te ofrezco gobernar este imperio junto a mi.
—Creo que temes que resistamos.
—No resistiréis mucho más. Los dos sabemos que esa es la realidad. Con la niebla cubriendo la ciudad, no sois más que ratas en agujeros esperando la muerte. Y descuida, no te deseo —añadió, acariciando el rostro del semental con gesto libinidoso—. Mis gustos son… diferentes.
Subrayando esas palabras, Sharp Mind acarició la crin del semental que subía poco a poco por sus patas traseras.
—Tus ponis siempre lucharán contra mi. Pero con tu ayuda, podemos hacer que acepten este cambio de gobierno con facilidad. Conservarán sus mentes, y no permitiré que los demonios los dañen.
—No puedes prometerme eso. Tú no controlas a los demonios de Hellfire.
—Soy un maestro de la magia negra, Cadenza. Te dejaré a ti adivinar el resto. Hay otra condición en mi trato: te dejarás hechizar. No te robaré la voluntad, pero haré que seas incapaz de dañarme u ocultarme la verdad.
—Incluso suponiendo que confíe en tu palabra, me estás pidiendo que someta a mis pequeños ponis, que acepten la esclavitud.
—No puedes confiar en mi palabras, pero no tienes otra opción. Si seguís resistiendo, tarde o temprano todos morirán o estarán atados a mi voluntad. ¿Qué es peor, Cadence, un régimen totalitario, o que nadie sea dueño de su propia mente?
La joven bailarina recorrió el pelaje de Sharp Mind hasta llegar a su vientre, besándolo poco a poco, y este la tomó por la barbilla. Ella siguió su casco y subió al trono besándolo brevemente antes de que el mago negro concluyera:
—Márchate ahora, Cadence. Tienes una hora para entregarte y aceptar. No volveré a hacerte esta oferta.
La alicornio no contestó enseguida, chocada por lo que estaba viendo. Durante un instante dudó si aquellos dos ponis de cristal estaban dominados o no pero, cuando la joven yegua de cristal subió completamente sobre Sharp Mind y su cabeza se posó sobre el hombro de él, cuando supo que su captor no podía verla, miró directamente a Cadence. Su rostro compungido abandonó el gesto sumiso de aquella gran actriz; Cadence asintió y, como una nube de ceniza arrastrada por el viento, su figura se deshizo en el aire hasta desaparecer.
Cuando su cuerpo físico abrió los ojos, la paladina Aura estaba frente a ella, sacudiéndola.
—¡Majestad! ¿Estáis bien? ¡Llevo rato intentando despertaros!
—Sí, estoy bien, Aura —dijo ella, notando dolorida por dónde la había agarrado para sacudirla—. Ya te dije que cuando estuviera en trance…
—¡Majestad, es Rainbow Dash!
—¡¿Qué?!
Rainbow Dash se inclinó a un lado esquivando varios proyectiles ígneos y alejándose de los diablillos que volaban hacia ella.
Voló en linea recta hasta llegar al palacio de cristal y giró en torno a las oscuras agujas de sus torres. La niebla lo cubría todo, y bajo la misma podía ver el fuego impío de los demonios preparándose para atacarla. Tras una segunda vuelta, varias saetas de fuego pasaron demasiado cerca de ella: un diablillo volaba justo a la cola de la pegaso, escupiéndole llamas.
—¡Ah, no! ¡A mi no das con esa porquería!
Driblando entre las torres del palacio, Rainbow Dash enfiló directamente hacia una de las avenidas de la ciudad, aleteando con todas sus fuerzas y estirando los cascos delanteros hacia adelante. Pronto sintió el calor en la punta de los mismos, la creciente resistencia a su vuelo y el ensordecedor aullido del viento en sus oídos, opacando todo otro sonido.
Cadence, en la salida de su refugio, conjuró una barrera protectora justo cuando el Arcoíris Sónico barrió la ciudad. Viendo que la niebla retrocedía con el mismo, salió al exterior y observó la estela multicolor que Rainbow Dash dejaba tras de si.
—¿Qué está haciendo? ¿Qué…?
La alicornio escuchó entonces algo: un canto, levísimo, lejano, pero que escuchaba con claridad. Reconoció que había algo mágico en el mismo, y vio algo flotar cerca de ella. Como visiones justo por el rabillo del ojo, Cadence tardó unos instantes en enfocar la vista para ver al primer espíritu. Jamás había visto uno antes, pero supo que no le pretendían ningún mal.
—¿Qué…? ¿Pero…?
—¡Majestad!
—¡Tranquila, Aura! Son… elementales.
—¡La niebla!
El fenómeno infernal volvía a cerrarse sobre ella. En el cielo, Rainbow Dash giró y regresó hacia la ciudad, perseguida por una bandada de diablillos. La princesa Cadence conjuró una bola de luz hacia arriba y, al instante, la pegaso azul maniobró hacia ella. Volvió a conjurar y rayos de energía surgieron de su cuerno, dispersando a los diablos que perseguían a la portadora de la Lealtad.
La Paladina Aura empujó a Cadence justo a tiempo para interceptar el bólido que era Rainbow en aquel instante; ambas yeguas rodaron por el suelo y a través del túnel que por el que la alicornio y la paladina habían salido.
—¡Ouch! —exclamó Rainbow, sacudiendo la cabeza—. ¡Me habría dolido menos chocar contra un muro!
—¡Rainbow Dash! ¿Qué haces aquí? ¿Qué está pasando?
—¡Son los ponis nómadas! ¡De las tierras salvajes! ¡Han venido los chamanes, dicen que pueden echar a la niebla!
—¿Cómo?
—¡Están cantando a los espíritus!
—Ah… eso explica por qué me está mirando esa piedra, no estoy loca —Aura se levantó, apartando a Rainbow Dash de encima suyo con facilidad—. Si pueden expulsar a la niebla blanca, quizá podamos evacuar varios refugios antes de que lleguen los demonios.
—¿Evacuar? No, ¡no! Mulberry dice que tenéis que recordar quiénes sois, y por qué sois libres.
—¿Quién es Mulberry?
—¡El padre de Sweetie Grauj, la poni que iba con los lobos! ¡Pero eso no es importante! ¡Dice que tenéis que saber seguro quiénes sois, por qué merecéis ser libres! ¡Que son vuestros espíritus los que deben mantener alejada a la Niebla Blanca!
La expresión de Cadence se ensombreció.
—Rainbow… el Corazón de Cristal ha sido destruido. Por más felices que sean los ponis, no servirá de nada. Ya no tenemos su protección.
—¿Qué?
El silencio cayó a plomo sobre las tres yeguas. En el exterior, la niebla volvió a cubrirlo todo, pero la canción continuaba. Rainbow miró al suelo y tembló ligeramente antes de exclamar:
—¡¿Y eso qué importa?!
—¿Que qué importa? ¡Es el Corazón el que nos protegía!
—¡No! ¡Os protegíais vosotros mismos! ¿No te das cuenta? —gritó, encarando a Aura—. ¡El Corazón de Cristal solo era un objeto mágico! ¡Vosotras lo alimentábais! ¡Fueron los ponis de cristal los que resistieron contra Sombra cuando todo estaba perdido! ¡Fueron los ponis de cristal los que creyeron en Cadence y protegieron este lugar de la corrupción! ¿Y me estás diciendo que ahora vas a dejarlo todo? ¿Que vas a abandonar a los que has jurado proteger?
—¡Yo no los he abandonado! ¡Estoy luchando para protegerlos cada día!
—¡Has dicho que pretendes huir! ¡No todos podrán hacerlo, lo sabes!
Aura se quedó en silencio, su rostro se relajó y, durante un momento, no pudo mantener la mirada con Rainbow Dash.
—No sé si podemos salvarlos. No lo sabemos.
—Podemos —aseguró la pegaso—. Estoy convencida.
—No puedes saberlo.
—Debo creer que podemos. Si no, es como darlos por muertos.
Sin responder a eso, la paladina Aura miró a Cadence.
—Mi marido no abandonaría a los ciudadanos. Lucharía hasta el final por salvarlos.
—Tenemos las de perder —continuó Aura—. Cualquier Paladín te diría que lo más inteligente es aprovechar esta oportunidad, retirarnos y salvar a cuantos podamos.
—¡Pues que les zurzan a los Paladines! ¡Yo no dejo a nadie atrás!
La Paladina Aura, tras unos segundos, clavó la mirada en los ojos magenta de la pegaso.
—Siempre libres —dijo—. Es ahora o nunca, ¿verdad?
—Hagámoslo. Juntas —concluyó la portadora de la Lealtad, poniendo un casco sobre la armadura de Aura.
Un gran portal de cristal duro como la roca explotó cuando un enorme demonio lo derribó con su peso. Desde el interior del refugio, los defensores dispararon una gran ballesta, devolviendo a la informe criatura de vuelta al Tártaro. Habiendo tomado posiciones tras barricadas, barriles, y cualquier otro mobiliario disponible, los ponis de cristal apuntaron sus ballestas a la entrada, esperando el ataque.
Pero cuando se despejaron las llamas, vieron la niebla entrar como si tuviera vida propia.
—¡Atrás! —gritó alguien—. ¡Atrás, rápido! ¡Hay que proteger a la princesa!
Hubo un cambio en el aire, como si una tormenta se estuviera formando dentro del propio refugio: los ponis sintieron cómo se les erizaba el pelaje, y el sabor metálico de la electricidad en el paladar. Fue entonces cuando vieron a los elementales.
O más bien, los sintieron.
Ráfagas de viento impactaron contra la niebla, como si intentaran echarla al exterior. En una esquina se formó una bolita de rayos que se lanzó contra el antinatural fenómeno, y la Niebla Blanca retrocedió, como si la hubiese dañado.
Algunos defensores observaron todo esto con creciente confusión y esperanza. Fue entonces cuando sintieron una conexión que hacía tiempo que no sentían: El sentimiento de comunidad, de ser parte de algo más grande.
La magia de la Princesa de Cristal se estaba haciendo presente en todo el Imperio. Y con ella, llegó su voz.
—¡Mis ciudadanos, escuchadme! ¡Los elementales están luchando contra la niebla, nos están dando una oportunidad, pero no pueden vencer solos!
En el refugio, Cadence hizo una pausa y miró a Aura, quien asintió en silencio. El cuerno de la alicornio brillaba con fuerza, mandando su mensaje a todos sus leales súbditos.
—Sé que habéis perdido la esperanza, sé que la pérdida del Corazón de Cristal ha sido terrible. ¡Pero no debéis dejaros llevar por la desesperación! El Corazón era un poderoso artefacto, pero erais vosotros quienes le dabais poder con vuestra alegría, vuestra esperanza y vuestra voluntad.
A través del refugio pudo escuchar el sonido de la lucha. La puerta principal había caído, y los demonios avanzaban. La Princesa, sin dejar de hablar, se dirigió hacia allí seguida por la Paladina Aura y por Rainbow Dash.
—Ese monstruo, Sharp Mind, nos ha hecho creer que no tenemos más opciones que rendirnos y ser dominados, o morir. ¡No puedo aceptarlo, no puedo quedarme quieta mientras caéis uno a uno! ¡Demasiado tiempo hemos estado escondidos y asustados! ¡Debemos luchar por aquellos que amamos, por nuestros vecinos, por nosotros mismos!
El trío de yeguas pasó por el barracón donde casi un centenar de telas hacían las veces de camas. Familias enteras se resguardaban ahí, rezando porque el ataque fuera rechazado. Todos la miraron.
—No os puedo jurar la victoria. No os puedo jurar nuestra supervivencia. Pero sé que nadie puede venir a ayudarnos. Solo nosotros podemos salvarnos. Pero os juro que si en este día hemos de caer, no estaréis solos. Si hemos de caer, yo caeré a vuestro lado*.
El hechizo sobre su cuerno se apagó, y Cadence avanzó hacia la salida. Cerca de ella, una yegua besó a sus hijos, se levantó y la siguió. Pasaron luego por el lugar donde descansaban los heridos, que miraron a la princesa de cristal como si fuese una aparición; cojeando los que podían, apoyándose en otros los que no, avanzaron tras ella. Llegaron, finalmente, a la entrada del refugio, donde solo unos pocos habían permanecido para disparar a los demonios que entraban a través de la niebla.
Los elementales que antes le hicieran frente eran cada vez más pequeños: la bola de rayos ahora a duras penas era un chisporroteo mágico, y las ráfagas de viento eran prácticamente imperceptibles. Cadence se detuvo frente al muro de niebla que lenta pero imparable se adentraba en el refugio. A su lado se colocó Rainbow Dash; en su cuello, el símbolo de la lealtad elemental se iluminó. La Princesa miró hacia atrás, a los pequeños ponis que la seguían y cuyas esperanzas reposaban sobre sus siguientes acciones. A su otro lado, la Paladina Aura avanzó, su pesada armadura de cristal sonando con cada paso, y el casco de la misma se formó sobre su cabeza como si hubiese crecido en un instante de la nada.
—Siempre libres.
Los pelajes apagados de todos los ponis de cristal volvieron a brillar. Al principio fue tan sutil que pocos se percataron, pero se volvió más intenso con cada paso que la princesa de cristal dio hacia la niebla blanca. La magia acudió al largo cuerno de la alicornio, y un gran rayo de magia y energía se formó, cubriendo casi la totalidad del túnel durante unos instantes, escuchándose los rugidos de los demonios en el mismo al morir.
Al instante, la niebla volvió a cubrir la salida.
—¡Siempre libres! —exclamó Aura, lanzándose al galope hacia la misma.
Todos vieron horrorizados cómo la Paladina se lanzaba contra el muro de niebla. Todos la vieron desplegar una lanza y desparecer, oculta tras la bruma… para luego escucharla combatir, en vez del habitual silencio lúgubre que seguía al poni que perdía su voluntad en la Niebla Blanca.
—¡No la dejemos sola! ¡Vamos!
Rainbow voló hacia el exterior y, a los pocos metros, pudo ver la silueta de Aura combatiendo contra un demonio con muchas patas y grandes fauces; la pegaso giró sobre si misma y lo coceó con las patas traseras, apartándolo de Aura. Esta se giró para encarar a otro monstruo demasiado tarde: un ser cuadrúpedo la lanzó al suelo, y en esa posición Aura combatió con todas sus fuerzas cuando el monstruo saltó sobre ella para darle muerte.
Una yegua de cristal apareció desde el refugio y alzó la ballesta hacia Rainbow Dash; el virote pasó a pocos centímetros de su rostro, impactando contra un pequeño demonio que estaba saltando contra la portadora de la lealtad. Durante un instante, Rainbow se sintió extraña, como si estuviera quedándose dormida: Los sonidos a su alrededor se apagaron, y una extraña paz la embargó. Observó con calma cómo Aura, tras dar muerte al demonio sobre ella, se ponía en pie mientras sus ojos y su pelaje iban perdiendo brillo poco a poco.
Algo brilló en torno a la paladina. Parecía una nubecita inmaterial, como un pequeño enjambre de luz que se arremolinaba y volaba en torno al rostro de la yegua de cristal. Rainbow se giró porque escuchó algo, como si alguien susurrara palabras ininteligibles en su oreja; volvió a escuchar el galopar de Aura cuando cargó otro monstruo, y la voz de Cadence no demasiado lejos.
Y un rostro se formó en el aire frente a su cara. Pudo distinguir unos ojitos divertidos e inmateriales, y una risa como la de un potro los acompañó cuando vio el viento danzar delante suyo.
—¡Wow! ¡Tú debes ser uno de los espíritus que decía Mulberry! ¿Me has ayudado?
El diminuto ser rió alegremente, una risa que Rainbow escuchó en su cabeza, y dio varias vueltas alegremente.
—¿Betsy? ¿Me has dicho que te llamas Betsy**? —el espíritu volvió a reir—. ¡Betsy entonces! —exclamó Rainbow Dash, mientras los ponis del refugio galopaban hacia la salida—. ¡Vamos!
Rainbow, con "Betsy" siguiéndola junto a su rostro, voló a toda velocidad hacia el exterior, donde aceleró tan rápido como pudo hacia arriba, girando enseguida para cargar contra un pequeño grupo de diablillos voladores. Cuando miró al suelo pudo ver cómo los ponis del refugio de Cadence habían salido, formando junto a Aura para combatir a las fuerzas del Tártaro. Grandes demonios cargaban ya contra ellos, pero los ponis de cristal no retrocedían, mientras Cadence conjuraba sus defensas sobre ellos.
Rainbow Dash, cuyos ojos estaban acostumbrados a apreciar los más mínimos cambios meteorológicos, observó que la niebla había perdido densidad. Que estaba, de hecho, alejándose de los ponis de cristal. Y sus pelajes resplandecían como no lo había visto desde que vencieran a Sombra hacía ya muchos meses. La pegaso voló a más altura y pudo apreciar ese mismo resplandor en otros puntos de la ciudad. Al instante picó hacia el suelo, deteniéndose junto a Cadence.
—¡Están luchando! —gritó—. ¡Han salido de los otros refugios, están luchando!
Cadence volvió a conjurar, hablando para todos sus súbditos.
—¡Avanzad hacia el Palacio de Cristal! ¡Uníos a nosotros en la avenida sur si podéis! ¡Debemos salvar a cuantos podamos!
—¡Caballeros, formación en cuña! —gritaba Aura, al frente de todos los ponis de cristal—. ¡Milicianos a los flancos, atentos a calles laterales! ¡Una vez en la plaza central quiero ballesteros en cada balcón y cada ventana!
A medida que la niebla retrocedía, la gran avenida se mostró frente a ellos… y muchos quedaron en silencio ante lo que vieron. Cubiertos por la nieve, muchos edificios estaban muy dañados, alguno totalmente derruido, pero eso no era lo impactante. El brillante cristal que una vez diera el característico aspecto a su ciudad ahora se había tornado en tonos negros, grises y púrpuras. La corrupción de Sombra que conocieran durante la dictadura de Sombra, la misma prueba física de la oscura magia que había tomado el Imperio de Cristal.
De cada calle que daba a la avenida, de cada montón de escombros, de cada edificio, surgieron las criaturas infernales: Demonios deformes y de todos los tamaños que rugieron mientras el fuego impío acudía a sus cuerpos. Y entre ellos pudieron ver a los ponis grises, que aullaron hacia el cielo y cargaron torpemente contra la formación.
—¡Aura, creo que podemos salvar a los ponis! —exclamó Rainbow— ¡Eso me han dicho!
La Paladina asintió mientras estudiaba al enemigo. Su casco se retrajo contra su armadura, y Rainbow exclamó una admiración: Anteriormente, el pelaje y las crines de la yegua le habían parecido apagados y anodinos. Una yegua de color gris blanquecino y crines rubias apagadas, le había parecido a la pegaso.
Pero ahora su pelaje brillaba como una perla pulida, y sus crines volaron contra el viento, doradas como el sol. Aura se miró a los caballeros y milicianos que aguardaban sus órdenes, y la misma princesa Cadence guardó silencio.
—Permaneced juntos —dijo—. Luchad juntos. Nuestros hermanos en los otros refugios están luchando también. Hoy luchamos contra el Tártaro, contra la esclavitud y contra el horror. Por todos nosotros, y por los que nos sigan, hoy liberaremos el Imperio de Cristal, y si hemos de caer lo haremos juntos. ¡Siempre libres!
Los ponis de cristal gritaron una afirmación. Muchos de ellos estaban heridos, la mayoría había sufrido hambre, pero ni un ápice de duda cruzó sus rostros. Siguiendo las instrucciones de Aura formaron de nuevo mientras varios tomaban posiciones en edificios cercanos.
A ojos de la pegaso, la Princesa de Cristal cambió: Su pelaje se volvió también brillante, y sus crines semitransparentes. Igual que cuando reactivaran el Corazón de Cristal.
—Gracias, Rainbow. Por recordarnos lo que somos.
En el suelo, demonios y ponis grises chocaron contra Caballeros y milicianos. Rainbow Dash cargó contra los diablillos que se acercaban.
Los ponis de cristal, tras resistir la carga inicial de los demonios, empezaron a avanzar.
Paso a paso, caminando sobre la nieve con facilidad, caballeros y milicianos se dirigieron hacia la plaza central del Imperio de Cristal. La Niebla Blanca se había alejado lo suficiente para dejar ver la oscura versión del Palacio de Cristal que se alzaba ahora en el centro del Imperio.
Y, a medida que avanzaban, más ponis se unieron a la marcha: al principio fueron unos pocos civiles y milicianos. Más adelante, varios Caballeros de un refugio cercano se unieron a la lucha. Cargaron todos contra un gran demonio que estaba intentando dar muerte a varios milicianos que lo distraían galopando entre ruinas y disparándole cuando podían.
Cuando llegaron frente al palacio, varios grupos de ponis surgieron casi al mismo tiempo de las distintas avenidas que convergían en la gran plaza central del Imperio. Los ponis de cristal resplandecían. Todos ellos rodearon el palacio, mientras los demonios que volvían a formarse entre charcos de llamas retrocedían, rugiendo hacia los mortales. Y, en el centro de aquella formación de seres informes de fuego, muerte y destrucción, un poni rojo aguardaba.
—¡Ríndete, Sharp Mind! —gritó Cadence, su voz amplificada un centenar de veces por la magia—. ¡Estás rodeado!
—No, princesa —respondió él, y muchos de los presentes sintieron con pánico la voz del mago negro en sus mentes—. Vosotros lo estáis.
Su cuerno brilló y, al instante, ponis por toda la plaza se llevaron los cascos a la cabeza y gritaron. Cadence llamó a su magia cuando la paladina Aura, junto a otros caballeros de cristal, corrieron la misma suerte; intentó tocarla para liberarla, pero la fuerte yegua se giró, desplegando una daga de su armadura que a poco estuvo de herir a la princesa en el cuello. La Alicornio conjuró un hechizo repulsor, alejando varios metros a los dominados, pero los caballeros recuperaron la formación al instante, cargando contra los civiles. Varios milicianos avanzaron para hacerles frente a la desesperada.
Hubo un movimiento tras el mago negro: una pareja de ponis, un macho y una hembra, cargaron contra él con dagas en la boca. Un demonio se interpuso, pero los dos ágiles bailarines lo esquivaron, tomaron sus armas para apuñalar al mago negro… y se detuvieron a pocos centímetros de él. La magia tomó también sus ojos con una sombra verde de la que surgía un aura purpúrea; Sharp Mind los miró con desdén e hizo un gesto al demonio, dando la espalda a los gritos sanguinolentos de los dos esclavos.
Con un chasquido mágico, casi una docena de virotes de ballesta se detuvo en seco en el aire, a poca distancia del anciano unicornio, donde una barrera mágica se formó. Los milicianos que le disparaban trataron de recargar sus armas, pero no tuvieron tiempo de hacerlo antes de que los demonios cargaran contra ellos.
Sharp Mind sintió la magia congregarse a su lado y reaccionó antes de que Cadence se teleportara: el hechizo de la alicornio fue disparado hacia el aire, y esta cayó al suelo llevándose las patas a la cabeza. Sharp Mind se aproximó a ella lentamente, mientras la alicornio de la amistad, la Princesa de Cristal, gritaba con su último atisbo de voluntad. Ella lo miró, su voz convertida en un aullido suplicante y casi ininteligible.
—Debiste aceptar mi trato, princesa.
—¡Déjala, maldito!
Rainbow Dash se lanzó en picado contra el anciano de pelaje rojizo. Los seres infernales, viendo el peligro, dispararon sus proyectiles ígneos contra ella, pero esta los esquivó con facilidad mientras ganaba cada vez más velocidad. Aleteó con todas sus fuerzas, maniobró para evitar a los diablillos que intentaron interceptarla y se lanzó directamente contra Sharp Mind sin intentar frenar…
...y un aura mágica rosa la rodeó, deteniéndola tan violentamente que Rainbow resintió la aceleración como si hubiera chocado contra un muro.
La Princesa de Cristal, la alicornio del amor, su amiga, se levantó, sus ojos tornados verdes y con una sombra púrpura surgiendo de los mismos. Paralizada, Rainbow intentó gritarle, pero solo un ininteligible gemido surgió de su boca antes de que Cadence la estrellara violentamente contra el suelo.
Sharp Mind dejó que la princesa estrellara a la portadora del elemento de la Lealtad dos veces más, y cuando vio que Rainbow estaba inconsciente, hizo que Cadence la dejara. Los defensores que no habían sido dominados por él resistían a duras penas, pero cuando vieron a su princesa girarse contra ellos, todos retrocedieron. El brillo que tomara sus pelajes empezó a apagarse, y la Niebla Blanca se volvió a cerrar sobre la ciudad. Los demonios del fuego cargaron contra los mortales, quienes galoparon por sus vidas.
Sharp Mind sintió una presencia mágica: Un ligero temor atenazó su alma, un temor que había experimentado muchas veces. Sabía perfectamente lo que era: la presencia de un demonio de la oscuridad y la dominación. Miró a su alrededor sin llegar a ver a la oscura criatura infernal que percibía. Su presencia era sutil. Oculta.
Surgiendo de entre ponis y demonios como si la lucha no fuese con él, vio a un semental de pelaje amarillo y crines verdes canosas. Se acercó directamente a Sharp Mind, y este percibió a aquella oscura presencia emanar del poni.
—¿Quién eres tú? ¿A qué señor del Tártaro sirves?
—No sirvo al Tártaro. Me llamo Mulberry. Quería hablarte de las Fatas Negras.
—¿Qué? —cuestionó el anciano, muy confundido—. ¿Por qué quieres…?
—Conoces a las fatas negras —aseguró Mulberry—. Hace solo unos meses atacaron esta ciudad. Supongo que fuiste el responsable.
—¿Por qué me cuentas esto?
—Hace veinte años, las Fatas conquistaron mi pueblo. Mataron a todo el mundo: a mis padres, a mi esposa, todo lo que yo conocía. Solo escapó mi hija, protegida por los Lobos Invernales. Y yo.
—Tú eres de Mountain Peak —concluyó Sharp Mind—. Si esperabas cobrarte tu venganza, lamento decirte que yo no tuve nada que ver. Ahora déjame en paz.
Con aire hastiado, el anciano unicornio conjuró y la magia tomó los ojos de Mulberry. Súbitamente, un velo negro los cubrió completamente durante un instante, y Sharp Mind sintió que su magia negra moría en aquel poni. Conjuró una segunda vez, y el resultado fue inútil: sus artes, su voluntad, toda una vida de de experiencia dominando las mentes de todo aquel que se le antojara, sencillamente resbalaron en torno a la consciencia de aquel semental.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo es posible?!
—Hace veinte años que una fata negra vive en mi —explicó Mulberry, avanzando paso a paso, su voz oscureciéndose con cada inflexión—. Tu magia negra no es rival para ella, y está hambrienta.
—¡Matadlo! —gritó Sharp Mind, echándose atrás—. ¡Matadlo, rápido!
Varios demonios, que ya habían cargado contra los defensores, se dieron la vuelta y galoparon hacia Mulberry. Los ojos de este se tornaron completamente negros, y cargó contra el anciano. Su magia inútil contra aquel semental que había vencido a la posesión de las fatas negras, tampoco tuvo ninguna posibilidad de superarlo por la fuerza. Inmovilizado en el suelo, miró aterrado a aquellos ojos negros como pozos de olvido y desesperanza que se cernían sobre él hasta opacar cualquier otra realidad.
—Miedo.
Las palabras de Mulberry vinieron coreadas por voces que sonaron en la propia consciencia de Sharp Mind, como el susurro de una coral de niños torturados hasta la locura.
—Miedo. Soledad. Ambición. Cobardía. Lujuria. El enjambre se saciará contigo.
El mago negro gritó brevemente, pero pronto guardó silencio. Intentó luchar, golpear al poni sobre él, pero dejó de hacerlo a medida que toda voluntad de supervivencia era absorbida junto a todo aquello que lo hacía poni por la fata negra. Cuando el anciano semental dejó de luchar, cuando todo brillo de la vida hubo abandonado sus pupilas y cuando su cuerpo se hubo convertido en una carcasa desprovista de toda chispa de vida o voluntad, Mulberry se levantó y cerró los ojos.
Cuando los volvió a abrir, habían recuperado su habitual tono marrón. Al principio nada ocurrió, pero pronto hubo exclamaciones sorprendidas cuando los ponis hechizados se vieron libres del influjo de Sharp Mind. Hubo varios gritos entre los que se retiraban.
Mulberry no vio a los ponis de cristal lanzarse a ayudar a los heridos. No los escuchó gritar, organizarse y plantar batalla nuevamente a los demonios. Los sintió. Algo terrible se removió en su interior, y el semental se giró brevemente hacia aquellos sentimientos que la fata hambrienta en su interior percibía. "No", susurró, su palabra arrastrando un deje de aquella voz inductora de la locura que era la voluntad de las fatas negras. Con los cascos hundiéndose en la nieve, se dirigió trotando hacia una de las grandes avenidas, y pronto la Niebla blanca que volvía a cerrarse sobre la ciudad lo engulló.
Cuando Cadence abrió los ojos, solo pudo ver aquella niebla maldita echándose sobre ella de nuevo. Reconoció un unicornio anciano de pelaje rojo en el suelo, moviéndose tan levemente que parecía inerte.
Entonces sus ojos se posaron en la yegua azul y malherida que descansaba en el suelo.
—¡Rainbow Dash!
Saltó hacia su amiga y la tomó entre sus cascos; la pegaso reposó lánguidamente entre estos, sangrando profusamente por una herida en la cabeza y casi no respiraba. Desesperada, la alicornio trató de usar su magia para sanarla, su respiración convertida en un gemido cargado de pánico.
—¡No! ¡No! ¡No, por favor! ¡Ayuda! ¡Necesita ayuda!
Miró alrededor, pero solo la niebla recibió su mirada. Los demonios rugían más allá de donde sus ojos alcanzaban, y escuchó los gritos de los pequeños ponis. Los que la habían seguido a aquella batalla perdida, los que habían confiado en ella gritaban y luchaban contra el Tártaro. Miró al suelo, al aire, a la nieve… pero no pudo ver de nuevo a los elementales. Sin ahogar un sollozo abrazó a Rainbow Dash.
—Lo siento —susurró—. ¡Lo siento! Os he fallado.
Sintió el suelo bajo la nieve retumbar; a través de la niebla, pudo ver las llamaradas de un gran demonio. Intentó levantarse, llevando a Rainbow con su magia, pero cuando miró atrás solo vio niebla… y no conjuró. Volvió a atraer a la malherida pegaso hacia si, sintiendo que la vida estaba abandonando a su amiga rápidamente. Le temblaba la mandíbula cuando llevó a la pegaso para posar su frente sobre la de ella, en un último gesto de cariño.
—Antes… muertas. Antes muertas que grises. Siempre libres.
La facciones del gran demonio cuadrúpedo se dejaron ver a través de la niebla. Sus deformes fauces llenas de llamas y oscuridad, sus ojos enfocaron a las dos mortales frente a él y galopó, rugiendo una promesa de muerte. Tras el deforme ser, Cadence pudo apreciar el fuego de otras criaturas del Tártaro siguiéndolo. La alicornio del amor posó a Rainbow tras ella y conjuró una barrera protectora; la magia tomó sus ojos, gritó y un rayo de energía surgió de su cuerno. El monstruoso ser cayó al suelo cuando una de sus patas fue arrancada de cuajo. Demonios más pequeños rodearon a su camarada caído, y se encontraron con varias explosiones convocadas por la princesa que los devolvió al infierno del que habían salido. Sus defensas se resintieron cuando varios hechizos impíos fueron desviados por estas, y ella gritó cuando el último llegó a impactarla. Del cuerno de la alicornio se formaron docenas de esferas de magia pura que orbitaron a su alrededor, lanzándose contra los demonios que se acercaban, derribando a muchos, frenando a muchos otros, pero nunca a los suficientes.
Un demonio llegó hasta Cadence, y ella saltó atrás para evitar sus garras, repeliéndolo con una detonación. Se posicionó sobre Rainbow Dash y reconjuró sus defensas, mientras los demonios se echaban sobre ella. Jadeó y sintió que el cuerno le dolía, pero volvió a conjurar hacia las criaturas ígneas; un grito de rabia, un último desafío surgió de su garganta cuando atrapó a un demonio que saltara contra ella e, igual que hiciera con Rainbow Dash mientras estaba poseída, lo estrelló contra el suelo hasta que la criatura se convirtió en un charco de llamas.
Miró a su amiga, y la nieve sobre la que descansaba se había teñido de carmesí. Apretó los dientes y encaró a los demonios.
—¡Vamos! —gritó—. ¡Aún queda una poni de cristal en el Imperio!
Jadeando, la princesa conjuró sin cesar: Un virote mágico atravesó a un diablillo limpiamente; otro clavó sus garras sobre la barrera, la rompió y Cadence lo atrapó con su magia para estrellarlo contra otro monstruo; algo la golpeó en la espalda, y con un grito, una descarga eléctrica mandó mandó convulsionando al demonio al suelo. Se percató entonces que muchos pequeños demonios la estaban rodeando, atacándola por todos los flancos a la vez. Los ojos de Cadence se tornaron blancos y brillantes cuando la magia los tomó; levitó unos centímetros mientras los elementales de la tormenta tomaban su cuerno, sus cascos y pelaje. Dos demonios, pequeños como potros, se agarraron a ella y la mordieron en la espalda y el cuello; con un grito, la magia alcanzó un punto álgido, Cadence volvió al suelo sobre Rainbow Dash y los elementales se liberaron: Los rayos tomaron varios metros a su alrededor, saltando de demonio en demonio y devolviéndolos al Tártaro. La alicornio luchó con su magia contra un diablillo que todavía se asía a su cuello, logrando deshacerse de él y matándolo con un solo hechizo dirigido a su deforme sien.
Temblorosa, luchó por mantenerse en pie. La sangre corría por su cuello, respiraba con dificultad, y la magia chisporroteaba sin control sobre su cuerno. El fuego de los demonios ocultos en la niebla se volvía a acercar, y entre ellos había uno mucho más grande. Intentó volver a conjurar, pero ningún hechizo acudió a su llamada; miró una última vez a Rainbow Dash, y luego luchó por alzarse, mirando agotada y herida hacia el gran demonio, sabiendo que no tenía más fuerzas para hacerle frente.
Hubo un impactó fortísimo. El gran demonio surgió de entre la niebla proyectado con fuerza y cayó de bruces sobre la nieve. Sobre el monstruo, algo que brillaba lo golpeó dos veces antes de que el ser fuese devuelto al Tártaro.
Cuando las llamas se apagaron, Cadence vio a una yegua que resplandecía: Su armadura de cristal brillaba con luz propia; su pelaje refulgía y transparentaba, dándole el aspecto de estar formado por perlas pulidas, y su melena voló tras ella, resplandeciente como solo había visto en los antiguos tratados de caballería de la biblioteca de cristal.
La Paladina Aura miró a Cadence; como barrida por una tormenta, la Niebla Blanca tras la Paladina, la niebla que arrebatara una vez la voluntad a los ponis retrocedió a toda velocidad. Y los Caballeros de Cristal cargaron contra los demonios, barriéndolos imparables a su paso.
A un lado de la gran plaza, un grupo de milicianos corría y atacaba a un enorme engendro del Tártaro, retirándose antes de ser alcanzados por sus garras o su fuego. En edificios cercanos, docenas de tiradores disparaban sus ballestas contra los diablillos que los acosaban, derribándolos entre deflagraciones de llamas. Ponis sin armas recorrieron toda la zona, ayudando a los que ya no podían luchar e intentando salvar a los que estaban demasiado heridos para correr.
Varias criaturas corrieron hacia Cadence, y al menos una no era un poni: Se trataba de un ciervo, uno de los muchos curanderos que acudieron a la petición de auxilio del Imperio tras el asedio de Weischtmann. Cadence se apartó al instante, y el sanador examinó a Rainbow Dash; posó sus pezuñas sobre la pegaso y su cornamenta se iluminó con un sutilísimo brillo verdoso.
—¡Maestros sanadores, hay que llevarla al hospital, rápido!
—¡Sálvala! —suplicó Cadence—. ¡Por favor!
—Guiaré a Gaia con toda mi voluntad para sanarla, Maestra del Amor.
—¡Voy con vosotros!
—No, Maestra del amor —replicó el ciervo—. Eres necesaria aquí. No es grave —añadió tras estudiar brevemente las heridas de la princesa.
Con el corazón en un puño, Cadence siguió con la mirada a la comitiva de sanadores que cargaron con la Portadora de la Lealtad. Durante un instante no vio nada más que a su amiga siendo llevada hacia una calle, y no se percató de nada más hasta que esta hubo desaparecido tras una esquina. Fue entonces cuando vio que la Niebla Blanca había remitido casi completamente... y el triste espectáculo que todos los ponis estaban apreciando.
La bella ciudad de cristal, el brillo de cuya torre más alta era visto a decenas de kilómetros de distancia, se había tornado negra. Sus cristales, retorcidos y corrompidos, formaban afiladas esquirlas; las gemas que adornaran terrazas y monumentos se habían tornado negras, rojas o púrpura. A su alrededor, a medida que los últimos demonios encontraban su fin, los sonidos de la batalla murieron paulatinamente, y eso le permitió escuchar el lloro de algunos ponis de cristal, y el silencio sacudido al ver en qué se había tornado su hogar.
Cerca de ella, Aura observó todo, y ningún sonido salió se ella salvo su agitada respiración. En mitad de aquella negrura que era ahora el Imperio, la Paladina destacaba como una estrella en la noche... y Cadence vio algo que brillaba en el suelo, además de la propia paladina:
Sus huellas.
Y entonces comprendió.
La Princesa de Cristal caminó lentamente, todavía agotada y temblorosa, hacia un semental que vio sentado en el suelo: abrazaba el cadáver de otro, y sollozaba en silencio. La alicornio se agachó junto a él y, con su magia, cerró los ojos del fallecido. Posó su casco sobre el afligido poni y le dedicó unas pocas palabras. El aludido asintió y se levantó, yendo a ayudar a un herido que luchaba por ponerse en pie.
Fue entonces cuando empezaron a surgir los ponis grises. Aparecieron de entre las calles y avenidas, todos aquellos que civiles, milicianos y caballeros habían derribado sin dar muerte en su avance hacia el Palacio, como pidiera Rainbow Dash. Sin embargo había algo diferente en ellos: No gritaban. No rugían, ni cargaron contra los vivos. Los ponis de cristal formaron lineas de lanzas frente a ellos, esperando su ataque, pero este nunca llegó. Tras unos momentos, Cadence caminó hacia ellos, mientras Aura y otros Caballeros formaban a su lado. Estos miraban a los grises con aprensión, desplegando sus armas, tensos al ver que la princesa hacía caso omiso a sus advertencias.
Cadence caminó hasta el gris más cercano, una yegua. La miró a los ojos, aquellos ojos carentes de pupila o del brillo de la vida, y posó con dulzura un casco sobre su cuello. El brillo que había abandonado el pelaje de Cadence empezó a retornar cuando la alicornio posó su frente sobre la de la yegua.
Durante unos instantes, nada ocurrió. Durante unos instantes todos creyeron que ni siquiera la magia de su princesa podría salvar a los grises... cuando la yegua volvió a respirar. Allá donde sus cabezas se tocaban, el color volvió a su pelaje, extendiéndose poco a poco como aceite sobre agua. Como surgiendo de un lago blanco y turbio, sus pupilas verdes volvieron a aparecer; parpadeó un par de veces y clavó la mirada en la bondadosa princesa que la arropaba con el amor de una madre.
—¿Pri… princesa? —cuestionó, tartamudeando.
—Ya estás bien —dijo la alicornio con una sonrisa.
—He… he estado sola —susurró mientras el color regresaba a todo su ser—. He estado tan sola —añadió en un creciente sollozo.
—Ya no lo estás. Ya no lo estás.
La princesa abrazó a la yegua, quien desahogó todo su dolor arropada por su pelaje. Los Caballeros de Cristal permanecieron quietos, vigilando intranquilos al resto de grises que los rodeaban. Fue una jovencísima yegua de cristal adolescente, sucia, cansada y cojeante la que rodeó a los protectores del Imperio y se acercó a otra víctima de la Niebla. Esta vez, un semental anciano. Dudó un instante, pero tras mirar a su princesa, lo abrazó con fuerza. El color volvió a su ser, el anciano le devolvió al abrazo y se deshizo en lágrimas sobre el pelaje de la joven. "Ya estás bien", le susurró, "no estás solo".
Ya no hicieron falta más indicaciones. Todos los presentes caminaron hacia los grises, abrazándolos, besándolos, susurrándoles palabras de paz y confort. Y con cada poni que era liberado de la oscuridad de la Niebla Blanca, los ponis de cristal recuperaron el brillo de la magia de sus almas. Con cada poni que era consolado, el tono de los cristales negros empezó a cambiar.
Por toda la ciudad, los ponis se repartieron. Llamaron a edificios donde algunos supervivientes se habían hecho fuertes, y les dijeron que eran libres. Entre muchos colaboraron para despejar el derruido túnel de entrada a un refugio, y cuando los atrapados vieron a un Caballero de Cristal apartar las últimas rocas, la esperanza y la alegría inundó sus corazones. Por todo el Imperio, los ponis se volcaron en ayudar a los heridos, a los hambrientos, a los asustados y a los que habían sufrido bajo el asedio de los demonios. Por todo el Imperio atendieron a los muertos, les rindieron improvisados homenajes, y rezaron porque sus almas encontraran la paz sabiendo que su sacrificio no había sido en vano.
En el hospital, rodeada por plantas que crecían sobre el suelo de cristal, Rainbow Dash respiró ruidosamente. El Maestro Sanador Folmarn sonrió y agradeció una y mil veces a Gaia.
Mientras todo esto ocurría, Cadence voló hacia el palacio de cristal y se posó en la torre más alta del mismo, en la misma terraza donde ella y Shining Armor observaran el amanecer tantas veces cuando el Corazón de Cristal todavía los protegía. Cerró los ojos y dejó la mente en blanco. Entonces lo percibió.
El amor.
La protección.
La comunidad.
La amistad.
La esperanza del pueblo de cristal había vuelto con más fuerza que nunca. Jamás la había percibido así, y abrió los ojos maravillada, sintiendo una pasión tan fuerte que amenazó con ahogarla bajo su peso. Sintió, por primera vez, el lema del pueblo de cristal como si hubiese nacido de su propia alma.
—Siempre libres —dijo con un hilo de voz.
Frente a ella, a ojos vista, la ciudad estaba cambiando: los edificios estaban transformándose, recuperando el reluciente tono blanco azulado que los caracterizaba. Las afiladas esquinas retrocedieron, y el sol se reflejó cada vez con más fuerza en las construcciones.
La alicornio conjuró, dejándose llevar por aquellas sensaciones, y a su espalda y bajo ella el Palacio de Cristal cambió. A lo largo de varios minutos, la imponente construcción perdió sus negros cristales para dejar paso a los relucientes diamantes que la formaban.
En un pueblo a docenas de kilómetros de allí, un poni de cristal salió de una casa semiderruida. Dirigió su mirada al norte, y sonrió con todo su ser ante lo que vio. Llamó a otros que surgieron de sus escondites, y pronto todos los supervivientes se sumieron en las risas y las lágrimas por la alegría.
Al norte, la luz del Imperio de Cristal volvía a brillar como un faro de esperanza en una noche sin fin.
NOTAS DEL AUTOR:
*Esto de aquí ha intentado ser un homenaje a una grandísima escena protagonizada por la princesa Charm en "Fallout Equestria: Project Horizons". No estoy tan cerca de la epicidad de la misma, me temo, pero estoy bastante contento con el resultado.
** "Betsy" es el nombre de un maravilloso personaje del genial fanfiction "Derpy Down Under" por UnIngenieroMas2, derivado del también genial "Lo que fuimos", de historias se adentran en la naturaleza humana, con sus luces y sombras, a través de los ojos de los pequeños ponis. Os las recomiendo muchísimo.
Aunque os cueste creerlo, lo que más me ha costado ha sido decidir el orden cronológico y narrativo de los eventos. ¿Debía ir antes la escena del Imperio? ¿La de Manehattan? ¿La de Germarenia? ¿Debía introducir primero los personajes actuando en Canterlot? Aj, qué difícil.
Sea como sea, gracias por vuestra paciencia con mi lento ritmo de trabajo. ¡Gracias por leerme y un abrazo!
