Una diminuta manita púrpura se agarró a una roca.
—Venga… Solo… Han sido… seis caídas… Tú puedes…
La otra mano apareció, clavando las garras en la piedra del desfiladero y, con un gran esfuerzo, Spike llegó por fin a suelo horizontal. Rodó sobre la mochila que llevaba y se quedó ahí quieto durante minutos, recuperando el aliento por la difícil escalada.
—¿Pero por qué no tengo alas? ¡Todos los dragones tienen alas! Esto es… injusto.
Tras descansar unos minutos, Spike tuvo que hacer un esfuerzo para conseguir sentarse debido a la gran mochilla que llevaba, y se quedó ahí descansando. Sacó de la misma un pegamino y una pluma, escribió un mensaje y lo quemó con su fuego… para que el mismo se volviera a generar frente a su morro.
—No lo entiendo. ¿Por qué no funciona? Twilight…
El dragoncito miró atrás; desde aquella altura las nubes grises que habían cubierto toda Equestria parecían tan cercanas que casi podría tocarlas con una garra. Pudo apreciar, entre el verde valle de hierba que cubría todo hasta casi donde le llegaba la vista, los pueblos que atravesara hacía tan solo unos días. La mayoría estaban vacíos, completamente abandonados o tan solo habitados por ponis que habían decidido no huir. Estos últimos eran los que menos. "Los demonios vendrán", le dijo una anciana, "dije a mi familia que se marchara. No quiero retrasarlos". Había oído historias sobre la caída del Imperio de Cristal, y también le habían dicho que Canterlot había corrido la misma suerte. Sentándose sobre su gran mochila, el dragoncito púrpura se abrazó a si mismo, intentando controlar el temblor nervioso que lo invadió y sintiendo una creciente congoja en el pecho.
—¡No! —exclamó, secándose una lágrima con una garra—. ¡Twilight es muy lista, seguro que lo tenía previsto! Tengo que seguir, no puedo fallar —repitió varias veces, intentando insuflarse la voluntad para seguir con su misión.
Poniéndose en pie caminó hasta el desfiladero que ahora se abría frente a él. Se sintió tentado de saltar directamente al lago de lava bajo el mismo, pero no quería que se quemaran su mochila y los "cupcakes de viaje" que le había preparado Pinkie Pie. Rodeó el cráter del volcán para continuar su viaje.
Twilight Sparkle caminó tan sigilosamente como pudo a través del oscuro pasillo, viendo que al final del mismo había unas escaleras que daban a una puerta a través de cuyo resquicio pudo ver la luz del día. Anotó mentalmente que había otra salida, abrió la puerta de una habitación -que, a juzgar por la decoración, debía ser de un adolescente- y se tumbó en la cama. Una improvisada venda manchada por sangre seca cubría su frente; su pelaje estaba sucio y las plumas de una de sus alas estaban parcialmente chamuscadas. Cuando hubieron pasado unos minutos de completo silencio, la joven alicornio se encogió sobre si misma y tembló violentamente.
En esa posición y asediada por el frío que se colaba por las ventana rota, Twilight acabó sucumbiendo a un intranquilo duermevela. En el mismo, se volvió a ver perseguida por las criaturas del Tártaro, y volvió a escuchar los gritos de los seguidores de Sombra dándole caza. Una yegua cruzó sus sueños: no conocía su nombre, pero la vio otra vez siendo arrastrada hacia el fuego por un gran demonio. La oyó gritar, suplicar ayuda, mientras las voces de los demonios y los demonologistas lo tomaban todo...
...hasta que se percató que estaba oyendo una voz que no residía en sus sueños.
—… por aquí —Twilight abrió los ojos al escuchar la voz de un semental—. Buscadla.
Un grave gruñido respondió a aquella orden. La opresiva sensación del Tártaro estaba tan presente en Canterlot que ya no era posible intuir la cercanía de un demonio por el temor que despertaba en las almas de los mortales. Con el corazón golpeando su pecho con fuerza, Twilight Sparkle se puso en pie, se acercó a una ventana y miró al exterior a través de un resquicio de la contraventana de madera. Una criatura resopló, emitiendo una llamarada oscura frente a su deforme hocico, y no tardó en entrever otros demonios en la calle. Hacía frío. Estaba empezando a nevar.
El crujir de la madera del suelo le indicó que algo había subido al piso donde ella se encontraba, y al poco lo escuchó gruñir débilmente en la habitación contigua. Twilight abrió su puerta tan sigilosamente como pudo y, tras mirar el pasillo, se metió en otra sala, una cocina. Escuchó al demonio entrar en la habitación donde ella había estado escondida hacía un momento; rápidamente, la yegua se metió bajo la mesa, cuyo hule llegaba casi hasta el suelo. Un instante después, la criatura infernal entró en la cocina; aguantando la respiración, pudo ver que aquel ser tenía cuatro patas desiguales acabadas en garras, y que una oscuridad maligna se fundía allí donde debiera tener piel o pelaje. Durante unos interminables segundos, la criatura caminó en torno a la mesa. Un tremendo estruendo rompió el tenso silencio cuando la criatura golpeó un armario con la garra, y Twilight ahogó un grito que la habría delatado. Gruñendo algo similar a la frustración, el ser empezó a romper cada mueble, cada repisa y cada estante que pudo encontrar; la alicornio supo que no tenía tiempo, observó las garras del ser por debajo del hule y, cuando estas le daban la espalda, salió de su escondite.
A su espalda, la mesa fue atravesada por las infernales garras del demonio cuando intentó atraparla; este miró a la alicornio, su deforme rostro mostró los colmillos y rugió fuermente. Twilight, presa del pánico y el instinto, llamó a la magia pero un chispazo mágico entre los cristales que cubrían su cuerno la hizo gritar. Salió al pasillo y saltó a un lado, evitando la gran mole que era el monstruo, el cual atravesó violentamente la pared al otro lado del pasillo. Twilight galopó por el mismo, pues sabía que aquella casa tenía otra salida, pero un grifo le cortó el camino. El demonologista alzó una garra, lanzando una tromba de rayos de fuego contra ella. Twilight saltó a una habitación, dejando tras de sí las explosiones, galopó y cargó lomo por delante contra una ventana; esta cedió con el impacto y la alicornio se precipitó contra la calle, incapaz de controlar su caída lo suficiente para alzar el vuelo. Rodó por el pavimento y se puso en pie, aturdida, mientras los dos demonios que viera antes se encaraban a ella.
Pero antes de que llegaran a atacarla, dos nubes de humo se formaron de la nada frente a los monstruos. Por toda la calle hubo pequeñas detonaciones, dejando cada una tras de si grandes volutas de humo blanco que opacaron la vista. Twilight sintió un tirón mágico en una pata, y vio a una yegua unicornio que, con el rostro cubierto por una tela, surgió del humo.
Twilight se percató que el cuerno de aquella yegua no estaba cubierto de cristales.
—¡Corre!
—¡Matadlas!
Twilight siguió a su salvadora, dejándose guiar por el agarre mágico a través de la densa nube, y cuando salieron de la misma pudo ver que se trataba de una yegua de pelaje azul, crines blancas y que vestía una capa y un gorro azules con estrellas.
—¡¿Trixie?!
—¡Cuidado!
Trixie (la grande y poderosa) conjuró mientras hacía un aspaviento con la cabeza: desviado por la magia de Trixie, algo afilado pasó rozando el rostro de Twilight. La maga guió la trayectoria de aquel objeto hasta un diablillo, que pronto fue proyectado y ensartado contra una pared.
—¡Sígueme!
Ambas yeguas se metieron por un callejón secundario, y Twilight intentó detenerse al ver unas enormes fauces al final de la calle, pero la magia de Trixie la empujó fácilmente hacia adelante.
—¡No pares, salta, salta!
—¡Pero mira!
—¡Salta!
—¡No!
Para terror de Twilight, la unicornio la obligó a hacerlo con su magia… y ambas desaparecieron entre aquellas enormes mandíbulas. Los demonios y servidores del Tártaro que las seguían se detuvieron, confundidos.
—¡Es una ilusión! —gritó uno—. ¡Vamos!
Tras la pared de uno de los edificios de aquel callejón, Twilight aguantaba la respiración, todavía aterrada y con el corazón golpeando su pecho con violencia. Escuchó el galopar de ponis y demonios en el exterior… y el grito aterrorizado y sanguinolento del primer demonologista que había comprobado que Fluffly no era una ilusión. Junto a la alicornio, Trixie se llevó los cascos a la boca.
—Starlight… ¿Está mal que la Gran y Poderosa Trixie quiera reír?
Junto a ella, la unicornio de pelaje lavanda claro hinchó los carrillos, apretó los labios mientras grandes lágrimas acudían a sus ojos, asintió con la cabeza… y las dos yeguas estallaron en carcajadas cuando escucharon a la mantícora lanzarse a la caza, coreada por los incrédulos gritos de demonologistas y demonios por igual. Aún riendo descontroladamente, echaron a galopar a través del edificio con Twilight siguiéndolas de cerca. Tras varios minutos y saltar a través de casas, ruinas y escombros, las dos unicornios y la princesa se detuvieron. A pesar de ello, Trixie y Starlight Glimmer necesitaron unos momentos para terminar de reír.
—¡Oh, por Celestia! ¡No creí que funcionara!
—¡La Gran y Poderosa Trixie te dijo que Fluffy lo haría bien!
—¡Ha sido…! ¡Oh madre! —añadió Starlight, secándose una lágrima—. ¡Estúpidos diabolistas!
Finalmente las dos miraron a Twilight, quien seguía algo sacudida por lo ocurrido.
—¿Cómo… tenéis magia? ¿Por qué no os ha afectado?
—Tuvimos que unir nuestra magia para protegernos.
—Claro, Trixie es bastante impresionante —tras unos segundos, miró la cara de cruz de Starlight y corrigió—. Bueno, pero en esta ocasión ha sido Starlight Glimmer.
—¿Celestia?
Ambas se quedaron en silencio, mirando a la herida, agotada y hambrienta princesa de la amistad.
—La he sentido… —Twilight ahogó un hipido—. Llevo días huyendo, no he podido hablar con nadie. ¿Qué…?
—Twilight…
La alicornio miró a Starlight, su rostro compungido, aferrándose al último resquicio de esperanza que poseía. La unicornio se acercó y le puso una pata en el hombro.
—Lo siento. Celestia ha muerto. Lo siento mucho, Twilight, sé que estabais muy unidas.
Esta retrocedió unos pasos mientras negaba con la cabeza. Miró a Trixie, desesperada.
—No. No, no, no… No es cierto, no puede ser cierto.
—Princesa, lo siento mucho.
—¡No puede ser cierto! ¡Por favor!
Starlight la abrazó y, aunque al principio Twilight intentó zafarse, no tardó en sollozar sobre el hombro de aquella yegua que hiciera algún tiempo había considerado una enemiga. Trixie, algo más distante, puso una pata sobre la espalda de la alicornio.
—Twilight —comenzó Starlight—, te necesitamos. Hay una resistencia en Canterlot, pero la pérdida de Celestia… Saber que tú estás aquí ayudará.
—¿Cómo…? —la alicornio lavanda sorbió por la nariz—. ¿Cómo me habéis encontrado?
—Starlight y la Gran y Poderosa Trixie no sabían que eras tú —explicó la yegua de espectáculo.
—Vimos que los demonios perseguían a alguien, llevamos dos días siguiéndolos.
—Explicadme… disculpad.
Twilight se alejó un poco, cerró los ojos y respiró profundamente varias veces, como le enseñara su cuñada Cadence una vez. Habiendo conseguido controlar brevemente la ansiedad que amenazaba con tomarla, volvió con sus salvadoras.
—Explicadme qué ha pasado.
—Muchos ponis han huido a las catacumbas y se han hecho fuertes en ellas. Hope Spell, el cazador de demonios, es el líder de la resistencia. Por el momento, todos sus esfuerzos han sido por conseguir víveres, agua, medicinas y rescatar a los que pudiera de las garras de Sombra.
—¿Qué pasó con los que no huyeron?
—Muchos están encerrados.
—La Gran y Poderosa Trixie lo ha visto —exclamó—. En palacio hay ponis con los ojos totalmente verdes que obedecen a Sombra, como poseídos. Guardias la mayoría. Otros ponis están encerrados, y hay demonios oscuros con ellos. Trixie no pudo acercarse más.
—¿Cómo has podido acercarte tanto?
La Gran y Poderosa Trixie sonrió con prepotencia, lanzó una bomba de humo al suelo y, en menos de un segundo, reapareció tras una columna.
—Los demonios no son muy listos.
—Y cuando Trixie mete la pata, estoy yo cerca para sacarla de apuros —añadió Starlight, sacándole la lengua con tono burlón.
—¿Sabemos algo del exterior?
—No —respondió Starlight—. Los pergaminos no se trasportan, he intentado replicar el hechizo del concierto, pero no he conseguido contactar con otros unicornios fuera de la ciudad. Creo que el ritual de Sombra ha roto nuestras comunicaciones, no entiendo cómo. Estamos aislados.
Twilight Sparkle asintió y al poco sacó un largo pergamino que llevaba en las alforjas. Las dos pudieron ver que era una larguísima lista, de la cual tachó algunos puntos e hizo marcas en otros.
—Starlight, ¿cómo lograste rechazar el ritual de Sombra?
—Pues… sentí que nos estaba robando la magia. Era parecido al objeto que usaba yo para… quitar las marcas de belleza —añadió con algo de congoja—. Unimos nuestra magia y yo la dirigí para protegernos.
—¿Qué hechizo utilizaste?
—En principio fue una Barrera de Fangorn, pero luego tuve que adaptarla con una Protección de Asmodeo.
—¿Por qué? ¿No habría sido mejor un Círculo de samara?
—Eso pensé al principio, pero la frecuencia mágica era demasiado intensa, y según Starswirl "el barbudo", en estos casos es mejor una protección de…
A los pocos segundos, Trixie se vio incapaz de seguir la conversación de aquellas dos eruditas. Eso no le impidió, sin embargo, afirmar con convicción ante lo que decía Starlight, porque por supuesto que ella entendía perfectamente lo que su amiga decía. O, al menos, no permitiría que Twilight Sparkle pensara lo contrario.
Twilight sacó su lista y escribió varios puntos más a medida que hablaba con Starlight. Cuando terminó pareció determinada, como si hubiese confirmado algo.
—Necesito que me llevéis a un pequeño edificio que hay cerca de la torre de astronomía.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué hay ahí?
—Una vieja amiga. Y por cierto…
La cuestión quedó interrumpida por un violento rugido… del estómago de la alicornio.
—¿...tenéis algo de comer?
Tardaron casi todo el día en llegar al lugar indicado. Starlight y Trixie demostraron haber aprendido a moverse con sigilo a través de las calles atestadas de demonios, demonologistas y otros monstruos, ocultándose entre las ruinas y teleportándose solo cuando era estrictamente necesario para no llamar la atención con su magia. Vieron también a grupos de guardias que, como explicara Trixie, tenían los ojos tomados por la magia negra.
Esto llamó la atención a Twilight.
Por el camino se cruzaron con una familia que se había refugiado en un edificio, por lo que gastaron un rato en guiarla hacia las catacumbas para que llegaran con la resistencia.
Ya se aproximaba el anochecer cuando llegaron a la torre de astronomía. El impresionante edificio estaba en una de las zonas más elevadas de Canterlot, y no había casi ninguna vivienda a su alrededor. Era un barrio en el que por la noche se debían apagar todas las luces para permitir a los astrónomos hacer su trabajo, por lo que no muchos ponis querían vivir en la misma. Los edificios que rodeaban a la gran construcción eran en su mayoría escuelas, librerías, tiendas y algún que otro restaurante, ahora todos abandonados desde la conquista del Rey Sombra. Ya atardecía cuando Twilight señaló el edificio en cuestión, y las tres se dirigieron al mismo ocultas entre las crecientes sombras.
El edificio era, de hecho, una librería. Starlight fue quien abrió la puerta y, siguiendo las indicaciones de Twilight, se dirigió al fondo del lugar y descendió unas escaleras de caracol. Súbitamente, la unicornio llamó a la magia y retrocedió.
—¡Tranquila, tranquila!
—¡Moondancer! ¡Soy yo, son amigas!
—¿Twilight?
La alicornio se adelantó y bajó al sótano de la tienda. Tras una estantería, una unicornio amarilla de crines rojas con algún mechón lila salió, bajando la ballesta cargada que sostenía entre los cascos. Vestía una horrenda y oscura sudadera violeta, pero a diferencia de la última vez que la vio, llevaba el pelo suelto en vez de recogido en aquella ridícula coleta sobre la cabeza. La lente izquierda de sus grandes gafas presentaba una grieta y su cuerno estaba cubierto de negros cristales.
—¡Moon Dancer! ¿Estás bien?
—Sí, estamos bien.
—¿Estáis? ¿Quién…?
—¡Twily!
Dos ponis salieron galopando de una puerta y se lanzaron sobre Twilight, abrazándola con fuerza.
—¡¿Papá?! ¡¿Mamá?! ¿Qué…? ¿Cómo?
—Moon Dancer vino a buscarnos —exclamó su madre, Twilight Velvet—. Dijo que tenías un plan.
—¡Nos hizo invisibles y vinimos corriendo aquí! —añadió Night Light, el padre—. ¡No lo habríamos logrado de otra forma con todos esos demonios!
—Sé que me dijiste que no les dijera nada, que estaban más seguros si no sabían que tú estabas en Canterlot. Pero cuando atacaron la ciudad y tú saliste para luchar, todo el mundo sabría que estabas aquí, y supuse que Sombra iría a por tus padres para encontrarte y...
—Gracias —exclamó Twilight, interrumpiéndola con un prieto abrazo—. ¡Gracias, gracias, gracias!
Twilight notó entonces un movimiento en otra puerta.
—No tengo tanta amistad con usted, potra, pero también me alegro de verla a salvo.
—¿Doctor Trottinghoof? ¿Potra?
—Técnicamente, la diferencia de edad me lo permite.
El pegaso cincuentón se acercó a Twilight. Parecía agotado, pero no era el agotamiento de alguien que hubiera pasado días huyendo como Twilight. Era un cansancio que ella conocía muy bien: el de un estudiante que había restado horas de sueño antes de un gran examen.
—Vamos a ver —interrumpió Starlight Glimmer—, ¿qué está pasando aquí?
—Twilight ha pasado más de una semana en la biblioteca principal —explicó Moondancer—. Nos coordinamos y a ciertas horas determinadas tiraba algunos libros y documentos por la ventana que yo recogía y traía aquí.
—La señorita Moondancer vino también al museo a buscar información —añadió Trottinghoof—, y aquí estoy. El yacimiento descubierto por la doctora Pones nos ha dado mucha información de utilidad.
—Pero… ¿por qué? ¿Para qué os estáis preparando?
—Rey Sombra lleva literalmente siglos preparando su regreso —explicó la alicornio—. Sé que en las últimas décadas la Hermandad de la Sombra hizo muchos sacrificios para él, dándole poder. Supuse que estaba preparando un gran ritual a su regreso, así que nos preparamos para distintas posibilidades. Pero no esperaba que fuera esto —añadió, señalando su cuerno cubierto de cristales.
—Pero Twilight ya había visto esto antes —añadió Moon Dancer—. En el Imperio de Cristal, Shining Armor sufrió esta misma maldición, que fue rota por el Corazón de Cristal. Sabiendo que la magia de los ponis de cristal se basa en la unión y la esperanza de su comunidad, la conclusión lógica es que podemos replicar el mismo efecto.
—¿Podemos liberar la magia de los unicornios? ¡La Gran y Poderosa Trixie dice que lo hagamos!
—No. Todavía no.
Todos miraron a Twilight.
—Cabe la posibilidad de que Sombra note si liberamos a algún unicornio ahora, y no podemos arriesgarnos. Necesitamos liberarlos a todos a la vez.
Hubo un silencio en la sala, mientras los eruditos de la magia presentes meditaban sobre ello.
—En teoría es posible —dijo Trottinghoof, finalmente—. Haría falta un ritual grande, invocar a la magia blanca y al espíritu de los ponis. Tampoco haría daño invocar a los titanes —razonó—. Investigaré la mejor forma de aplicar las runas para ello.
—Pero un ritual así llevará tiempo.
—Y no pasará desapercibido —añadió Starlight—. La acumulación mágica se notará a kilómetros a la redonda. Tendremos que hacerlo varios unicornios al mismo tiempo, e incluso así, en el mejor de los casos, tardaremos minutos en completarlo.
Twilight Sparkle asintió y volvió a sacar su lista, escribiendo nuevas notas en ella y tachando otras.
—No podemos hacerlo solas —concluyó—. Debemos esperar a tener una oportunidad, no tendremos otra. Starlight, Trixie, necesito que informéis a Hope Spell, y solo a él, de que tenemos un plan para liberar a los unicornios. No le digáis dónde estamos.
—¡La Gran y Poderosa Trixie, y su Gran y Poderosa ayudante, lo harán!
—Desde luego, no necesitas abuela, Trixie.
—Moon Dancer, Trottinghoof, necesitamos revisar el ritual y perfeccionarlo. Pongámonos a ello.
—Cariño.
Twilight Velvet se acercó a su hija y la miró con preocupación.
—Cariño, necesitas dormir, y que alguien te mire esas heridas —añadió, señalando la venda de su cabeza y las quemaduras del ala.
—Pero, mamá…
—Nada de peros —respondió la yegua la bondadosa y autoritaria sonrisa que solo una madre sabe esbozar—. Vamos.
Ambas fueron a una habitación donde la unicornio, Twilight Velvet, tomó con sus cascos un botiquín. La princesa tuvo que aguantar un quejido cuando su madre le quitó la venda improvisada, sucia y reseca de la frente, revelando la herida. Pasó varios minutos lavándola antes de volver a vendarla, para luego centrarse en las quemaduras de las alas.
—Twily, puedes hablar conmigo de lo que quieras, ¿de acuerdo? —dijo dulcemente—. Soy tu madre, no puedo ayudarte de otra forma.
Twilight asintió en silencio sin mirar a su madre. Esta conocía bien a su pequeña, viendo en su rostro la misma expresión que ponía de potra cuando tenía un mal día en la escuela, cuando estaba evitando hablar para no llorar.
—Estoy bien, mamá —murmuró.
La unicornio dejó la difícil tarea de limpiar la quemadura sin usar magia.
—¿Qué te diría Applejack si te oyera ahora?
—¿Qué?
—Dímelo.
—Me diría… que no mienta. Que no me mienta.
Velvet asintió.
—¿Y Rarity?
—Que… no lo sé.
—Yo creo que te diría que no rechaces la generosidad de otros. ¿No crees?
—Sí… puede. ¿Vas a preguntarme por todas?
—Dime tú lo que dirían.
La unicornio volvió a la tarea de limpiar las quemaduras mientras Twilight hablaba.
—Rainbow diría que le diga qué me pasa, para que pueda ayudarme. Pinkie Pie… que a veces hay que estar triste para estar reír luego. Y Fluttershy…
Twilight sorbió por la nariz y concluyó con un hilo de voz:
—"Oh, pobre, pobre criaturita".
La princesa de la amistad sollozó, incapaz de controlarse más tiempo, y su madre la abrazó.
—Fluttershy siempre lo sabe. Siempre sabe cuando alguien no está bien. No sé... no sé si están...
—No pienses eso —sentenció Velvet—. Están bien, si no lo estuvieran ya te habrías dado cuenta. Vuestra unión es única.
—Y Celestia…
—No fue culpa tuya, cariño. No lo fue.
—Le dije… Le dije que no confiaba en ella. ¡Le dije que no confiaba en ella! Es lo último que...
Compungida más allá de las palabras, todo su pesar y su dolor fluyeron a madre, y su madre la abrazó con más pasión, acariciándole la crin suavemente y susurrándole al oído. La alicornio, la princesa de la amistad, sollozó incontroladamente bajo su abrazo.
—Celestia te quería, Twilight, y sabe que tú también a ella. Cuando te acogió en la escuela me juró que siempre te protegería, y que si nos pasaba algo a papá y a mi, se encargaría de que tú y Shining Armor tuvierais una familia. Da igual lo que le dijeras, da igual por qué os enfadasteis. Celestia te amaba como a su propia hija, de eso no me cabe duda.
—Pero yo ya no confiaba en ella. Ni ella en mi. Ordenó detenerme, y nunca pudimos arreglarlo…
Aquellas palabras hicieron que Velvet guardara silencio unos segundos.
—Puede que no confiaras en sus métodos, pero sé que confiabas en su intención. Ella intentaba proteger a todo el mundo, y quizá se equivocara en la forma… pero no creo que dudes de ella en realidad.
—¡Pero le dije algo horrible! ¡Algo que ya no puedo arreglar!
Velvet miró directamente a su hija y le secó una lágrima.
—Sé que Celestia te cuida ahora desde los eternos pastos del más allá. Y estoy convencida de que ya te ha perdonado.
Madre e hija se quedaron en silencio en la habitación, mientras la segunda seguía desahogando el miedo, la angustia, el dolor y la culpa que había ocultado los últimos meses.
Y el horror que había presenciado desde la caída de Canterlot.
El dolor del alma de Luna seguía presente, pero echado a un lado a base de fuerza de voluntad. Frente a ella, otro grupo de unicornios avanzaba hacia el oeste de Trottingham para reforzar las línea de batalla de Shining Armor. La maldición de Sombra no había alcanzado aquella metrópolis, pero la mayor parte de magos no tenían entrenamiento militar. Eso era un problema. Un mago de combate requería de años de estudio y práctica para llegar a ser útil en el ejército de Equestria.
La batalla se hallaba a tan solo unos kilómetros de la ciudad, y se podía escuchar claramente el clamor del combate y los rugidos de los demonios en la distancia. Ya hacía dos días que la Guardia Solar resistía contra el embate del Tártaro, dirigido por el señor del fuego Baraz y la traidora Violet. Entre los unicornios que iban a la batalla, Luna distinguió algún poni mayor, quizá anciano, que iba a la cabeza, vistiendo galas militares. Un viejo veterano que se había realistado en aquel momento de necesidad.
"Novatos y ancianos, estamos salvados". La alicornio de la noche no permitió que aquel sarcástico pensamiento se reflejara en su rostro. Sintió la magia congregarse en el unicornio que había junto a ella, y notó una energía cálida de este congregarse en su cuerno. Tras unos segundos, el hechizo finalizó sin más efectos aparentes.
—Lo siento mucho, princesa —dijo apenado un mago junto a ella—. Me temo que no puedo curarla.
El anciano escolar se retiró, cabizbajo. Sobre el cuerno de Luna, los cristales negros seguían presentes, impidiéndole usar su propia magia.
—No os disculpéis. Nós agradecemos vuestros intentos.
—Seguiré investigando, Princesa. Debe haber alguna forma.
Súbitamente, un pegaso llegó volando a toda prisa y aterrizó frente a Luna. No intentó siquiera saludarla protocolariamente, trastabillando con sus propias palabras por la urgencia.
—¡Princesa! Al sur… tenemos un… problema.
—Guiadnos.
Siguió volando al pegaso, superando la altura de los grandes edificios y dirigiéndose al borde de la ciudad. Aquella era una ciudad moderna, y como tal no poseía murallas. Una de las afortunadas metrópolis que no se había forjado en una época de guerras, muerte y destrucción. Los edificios de las afueras perdían altura paulatinamente, hasta que se agrupaban en pequeñas urbanizaciones a poca distancia de la urbe.
Aterrizaron, finalmente, frente a un grupo de ponis que arropaban a un unicornio que bebía tembloroso una taza de bebida humeante. El joven estaba sucio, su crin revuelta y sus ojos abiertos reflejaban el miedo de alguien que había visto la muerte de cerca. Fijándose con atención, Luna se percató de que algunas canas se habían formado en el pelaje del joven, y lo extraño de este hecho hizo que la princesa de la noche temiera imaginar correctamente lo que había pasado.
—¿Qué os ha ocurrido?
El aludido alzó la vista y, al instante, saltó hacia la princesa, desesperado, pero varios ponis cercanos lo detuvieron antes de que llegara a tocarla.
—¡Viene hacia aquí! ¡Tenemos que huir, viene hacia aquí!
—Por favor, explicáos con calma.
—¡Unicornia! ¡Los muertos se han alzado, vienen hacia aquí! ¡Su rey quiere conquistar esta ciudad, debemos huir! ¡Es su venganza por la traición de Celestia!
Varios murmuraron a su alrededor, sin acabar de creerse lo que contaba ese joven unicornio. Pero Luna siempre había sido buena discerniendo la verdad de la mentira, y no tenía duda de que aquel aterrado poni creía cada palabra que decía. Y cuanto más lo observaba más segura estaba de lo había presenciado aquella pobre alma torturada: los ojos hundidos, el rostro demacrado, las canas…
—¿Habéis visto a ese rey? —inquirió, hablando muy lentamente— ¿Cómo era?
—Estaba… ¡estaba muerto, pero hablaba! Pelaje oscuro, crin blanca… Me ha maldecido, ¡maldecido! ¡Y me dijo que os advirtiera, que viene hacia aquí! ¡Vamos a morir, tenemos que huir, tenemos que huir, por favor! ¡No podemos frenar al ejército de Unicornia, tenemos que correr!
A un gesto de la princesa, entre dos ponis se llevaron al desquiciado estudiante de arqueología, quien no dejó de gritar en ningún momento. La alicornio hizo un gran esfuerzo por mantener su rostro imperturbable mientras estudiaba la posición.
—No se enviarán más unicornios al frente oeste. Todo poni capaz de trabajar debe venir al sur inmediatamente. Avisen al cuartel de la Guardia Solar para que coordinen la defensa del sur de la ciudad. Y enviad un mensaje a Shining Armor.
Al instante, el mismo pegaso que la avisara se plantó frente a la princesa.
—Informadle que el ejército no-muerto de Dark Art nos va a atacar desde el sur.
El pegaso, con el miedo reflejado en la cara, asintió y voló hacia la batalla que se libraba en el desfiladero del oeste. A los pocos minutos empezó el movimiento en la zona: multitud de ponis empezaron a llegar trayendo todo tipo de herramientas, materiales, e incluso muebles y cualquier objeto pesado. Guiados por algunos miembros de la Guardia Solar, empezaron a construir barricadas, obstáculos, trampas y puestos de tiro.
Trottingham, al igual que Manehattan, era una moderna metrópolis y ya no poseía murallas que sirvieran como punto de defensa. La ciudad se había expandido muchos kilómetros, teniendo grandes urbanizaciones al sur de la misma antes de llegar a las grandes avenidas que formaban las principales vías de comunicación de la ciudad. Los altos edificios eran ideales para los tiradores, pero las amplísimas avenidas no ayudaban en hacer una defensa estática.
Al poco, un guardia solar llegó galopando hasta la princesa.
—¡Majestad! ¿Es cierto lo de…?
—Sí. Se trata de un nigromante muy poderoso, un Lich. Cabo, nós requerimos que encuentre algún unicornio que conozca magia blanca, o sepa cómo detener a espectros. En caso contrario no podremos hacer nada.
—De hecho, ya dispongo de alguien, princesa.
Se giró y señaló hacia la calle, donde una poni de tierra adolescente dejó de galopar, miró atrás y gritó "¡Vamos, Bright!". Era una yegua de pelaje azul claro y crin amarilla muy despeinada. Algo más atrás, una unicornio poco más joven que ella llegó a su altura, jadeando por el esfuerzo. El pelaje de la segunda era azul marino, y sus crines amarillas eran tan claras que casi parecían blancas según se reflejara el sol en ellas. Luna no pudo evitar notar el parecido de esas características con el mismo Dark Art.
Al poco, ambas llegaron con la princesa y el cabo.
—Princesa Luna: Esta es Sunny, y su hermana, Bright. Hace tiempo se presentaron como voluntarias en el cuartel, por eso he ido a buscarlas cuando supe del ataque.
—Mas, cabo, son muy jóvenes para unirse a la batalla.
—¡Otra vez la misma cantinela! ¿Y qué hacemos, quedarnos escondidas mientras nos invaden?
—Sunny, estás ante la princesa Luna, modérate —pidió Bright, con un tono de voz que rozaba la neutralidad—. Majestad, puedo ayudar contra los no-muertos. Y mi hermana Sunny es una tiradora excepcional.
—¿Cómo podéis ayudar, Bright?
—Porque he aprendido nigromancia.
—¿Qué? ¿Cómo es que vos habéis aprendido un arte prohibido de la magia?
—Nuestro hermano las estudiaba para aprender a cazar demonios, nigromantes y magos negros. Yo vi sus libros y decidí aprender por mi cuenta, pero ya sé que fue una mala idea. Ahora he usado esos conocimientos para desarrollar hechizos con los que combatir a los no-muertos.
—¿Vuestro hermano?
—Es un cazador de demonios.
Luna asintió en silencio.
—¿Qué habéis aprendido?
—Puedo enseñar a otros unicornios a hacer barreras contra seres espectrales, y un hechizo sencillo capaz de expulsarlos de este mundo. También he aprendido un hechizo que deshará la magia de todo esqueleto que toque. Y… eso es todo.
—Cabo —ordenó Luna, haciendo caso omiso a la evidente mentira de aquel "eso es todo"—, nós queremos que organicéis a los unicornios para que la dama Bright les enseñe esos hechizos. Partid ya. Dama Bright…
—Bright… es suficiente, princesa —dijo la joven, algo azorada—. No soy noble.
—Bright —corrigió Luna—, normalmente nós no solicitaríamos esto a una yegua tan joven, pero la situación es desesperada: necesitaremos de vuestro conocimiento en la batalla que está por venir. Quiero que estéis junto a los oficiales como consejera. ¿Entendéis?
—Sí… princesa. Así lo haré.
—¿Y yo qué?
Luna miró a Sunny y emitió una corta y triste risita.
—Permaneced con vuestra hermana. Sé que lo haréis, por más que nós os ordenemos lo contrario. Y dama Bright —añadió la princesa, con un tono ligeramente amenazador—, no cometáis el error de usar las artes oscuras, por más desesperada que sea la situación. No queremos pedir a Hope Spell que persiga a su propia hermana.
La alicornio alzó el vuelo, dejando a las dos boquiabiertas adolescentes a solas, quienes intercambiaron inquietas miradas.
—¡Romped a mi señal! ¡A mi señal!
Shining Armor observó la gigantesca criatura cargar contra sus valientes soldados, que mantenían la linea de escudos a pesar del inminente peligro. Junto a él, una veintena de guardias solares prepararon al mismo tiempo las ballestas.
—¡Ahora!
La linea de escudos se rompió, y los soldados dejaron pasar al enorme demonio. Los virotes fueron disparados, y mientras la criatura rugía y se cubría el rostro, los soldados de tierra cargaron contra sus patas, quebrándolas. Una vez en el suelo, una yegua cargó contra su rostro, lanza en ristre, y acabó con el monstruo.
—¡Rehaced la formación! —gritó Shining mientras el demonio se consumía entre llamas impías—. ¡Rehaced la formación!
—¡Capitán, se retiran! —gritó alguien.
El ejército de Baraz cesó la carga y retrocedió poco a poco, sin dejar de encarar a los mortales. Aún sin entablar combate directo, esporádicas bolas de fuego eran lanzadas contra los escudos, obligando a los ponis a permanecer en guardia en todo momento. Shining Armor se quitó el casco para secarse el sudor de la frente, y alguien le alcanzó una cantimplora con agua que él intentó tomar con su magia, sin éxito. Frustrado, la tomó con un casco y bebió un largo trago. Baraz estaba jugando al desgaste: sin el apoyo de los magos entrenados, la Guardia Solar no podía contraatacar con efectividad para dar muerte al señor del Tártaro. Y, mientras Baraz podía reponer números rápidamente, cada herido y cada muerto en el bando de los mortales era una pérdida irremplazable. Ante el descanso, grupos de ponis se adelantaron para construir defensas improvisadas que detuvieran brevemente al enemigo.
—¡Capitán!
Un pegaso, un civil, llegó volando a toda prisa y aterrizó frente a él, haciendo un torpe saludo militar.
—Mensaje de la princesa Luna, señor: El nigromante Dark Art va a atacar con un ejército no-muerto desde el sur.
—¿Qué?
A su alrededor, varios soldados murmuraron plegarias. El blanco unicornio meditó durante un instante.
—Sargento Aeris —ordenó, señalando a un pegaso—. Escoja a dos pegasos y vayan inmediatamente a confirmar estas órdenes. Infórmenme y pónganse al servicio de Luna, ayuden a organizar las defensas.
—Sí, señor.
Mientras los tres soldados alzaban el vuelo, Shining se sentó en el suelo.
—Señor —dijo un soldado, dubitativo—. ¿No deberíamos... evacuar la ciudad?
—No tenemos dónde huir —sentenció sombríamente—. Manehattan ha caído, no hay bastantes barcos para evacuar por mar y en las montañas los ciudadanos no sobrevivirían.
Armor cerró los ojos y rezó una plegaria en su mente. Estaban atrapados, e iban a encontrar la muerte en aquel lugar.
Pero venderían caras sus vidas.
El cielo estaba cubierto por una densa capa de nubes. Por alguna razón, el equipo metereológico de Equestria no estaba haciendo su trabajo. Supuso que quizá Cloudsdale había sido invadida también.
—Capitán, ¿dónde está la guardia de Cloudsdale? —cuestionó un soldado, al ver al unicornio mirar al cielo—. Les hemos enviado varios mensajes...
—No lo sé —reconoció—. Pero sé que los pegasos no se rendirán tan fácilmente.
Iluminada por las llamas, la yegua batpony vio cómo las garras de la monstruosidad atravesaban a un compañero junto a ella. El olor de la sangre llenó sus fosas nasales y, durante un instante, sintió que el tiempo se congelaba. El semental, que todavía no había entendido que ya estaba muerto, intentó zafarse del demonio, pero este rugió y las llamas surgieron por doquier.
Los gritos del desgraciado soldado se fundieron con el furioso bufar de la yegua: sus ojos se afilaron, su pelaje se erizó y cargó directamente contra aquel monstruo mucho más grande que ella; clavó su espada en el pecho del demonio, y antes de que este respondiera, la desclavó y volvió a apuñalarlo en una pierna, derribándolo. Sobre el charco de llamas que se formó, la feral miró a los demonios frente a ella, mostró unos colmillos mucho más grandes de lo que eran hacía unos segundos y bufó como un gran felino hacia ellos.
—¡Cargad!
Moonlight Sonata surgió de entre los la vegetación ardiente, su rostro cubierto por una tela para protegerse del humo, y saltó directamente contra un sirviente del Tártaro. Tras él, varias docenas de batponies lo siguieron, entablando combate contra cualquier monstruo a su alcance. La batalla se volvió caótica: los soldados batpony saltaban de adversario en adverario, evitando mantener el combate contra aquel que les superaba.
El enemigo cayó ante el salvajismo del pueblo de Hollow Shades; poco a poco recuperaron el terreno perdido y pronto se vieron fuera de la línea de los árboles. Ahí fue cuando el sol los deslumbró.
—¡Atrás, atrás! ¡Retroceded!
Los batponies obedecieron la orden... salvo unos pocos. Los salvajes bufidos que emitían no dejó lugar a dudas de que varios habían sucumbido a la Sed. Ferales que usarían su maldición para dar muerte a cuantos enemigos de Hollow Shades como pudieran.
Moonlight Sonata dedicó una corta plegaria a Selene por sus almas, mientras se replegaban hasta el punto establecido, cientos de metros hacia lo profundo del bosque. Los batponies supervivientes fueron llegando, jadeantes, agotados y heridos. Llevaban toda la noche combatiendo, dando muerte al enemigo cuyo número no parecía disminuir. El olor del fuego lo llenaba todo, y a pesar de la distancia el humo se hacía patente en aquel lugar. Mientras los sanadores y sacerdotes atendían a los heridos, Moonlight alzó el vuelo hasta superar las copas de los árboles.
El fuego cubría un frente de varios kilómetros hacia el noroeste. Avivándolo, bandadas de diablillos disparaban sus llamas infernales a la vegetación. Pudo ver en la distancia a grupos de batponies combatiendo en el aire, pero a plena luz del día no podían aguantar mucho tiempo. La mayoría, a diferencia de la Guardia Lunar, no estaba acostumbrada al resplandor del astro rey.
Pudo ver también grandes llamaradas que algún gran demonio estaba lanzando entre los árboles, convirtiendo aquel idílico lugar en un infierno. El humo espeso cubría el cielo, impidiéndole ver más allá o calcular con cuantos demonios estaban luchando, o la posibilidad de localizar al portal responsable de aquel ataque.
En toda aquella noche de lucha sin tregua, a pesar de los sacrificios de docenas de batponies que habían entregado sus vidas y sus voluntades por proteger Hollow Shades, el enemigo ya había cubierto una cuarta parte del camino hacia Lunaria. Un camino tallado sobre una alfombra de ceniza, árboles arrasdos y cuerpos calcinados de batpony. Y ahora que el pueblo de Hollow Shades no podía combatirlos fuera del bosque, su avance se estaba acelerando.
Volvió al suelo, donde todos los presentes clavaron miradas casi suplicantes en él. Los valientes protectores del pueblo de la noche estaban rotos, desesperados por una opción que los llevara a la victoria, como pasara cientos de veces en la historia cada vez que generales de Equestria dirigieron sus tropas a Hollow Shades. Pero aquel enemigo no sentía miedo, no sufría con cada soldado caído, no descansaba ni perdía la voluntad de luchar. Sabía que no podía negar la realidad, y que los ponis que luchaban a su lado también la reconocían.
—Mensajeros, avisad a la Suma Sacerdotisa de Lunaria: Deben evacuar hacia el sur, hacia Equestria.
Aquellas palabras causaron que los batponies estallaran en gritos ultrasónicos, y que algunos abiertamente increparan a Moonlight Sonata.
—¡Silencio! —gritó—. Al ritmo que avanza el enemigo, esta misma noche llegará a la capital. Vamos a ganar tiempo para salvar a nuestro pueblo.
—¡Podemos resistir en las cuevas! —gritó un soldado—. ¡Podemos vencer!
—No voy a encerrar a nuestras familias en cuevas para que los demonios del fuego los calcinen sin que puedan escapar. Si huimos a la montaña estaremos atrapados igualmente, y los demonios solo esperarán a que nos mate el frío y el hambre. ¿Alguien tiene alguna idea mejor? ¡Que lo diga!
Hubo un silencio tras esa pregunta.
El sol brillaba en Appleloosa, pero en la distancia, al norte, una densa capa de nubes cubría Equestria, tiñendo la habitualmente colorida nación como un funesto presagio.
Applejack inspiró por el hocico y expiró lentamente por la boca, relajándose tanto como pudo. Su casco izquierdo se cerró poco a poco sobre una palanca, corrigió ligeramente su posición… y disparó el arcabuz con una estruendosa detonación. El demonio fue impactado en el pecho, cayó de espaldas y se deshizo en un charco de llamas.
—¡Yeeeee-haw! —exclamó la yegua, alzando su humeante arma—. ¡Otro menos!
—¡Buen tiro, prima! —aplaudió Braeburn—. ¡Ese es el último!
Un pegaso aterrizó junto al semental.
—Todo despejado al sur. N'hay ni un solo monstruo hasta Cebrania.
—¡Podéi' salir! ¡Vía libre!
—¡Braeburn! ¡Applejack! ¡Viene un tren!
La rubia yegua naranja tomó rápidamente unos prismáticos y siguió las vías del tren en aquella dirección. La máquina que se acercaba solo llevaba dos vagones, y sobre la locomotora ondeaba una bandera plateada que mostraba las figuras rampantes de un poni y un grifo.
Germarenia.
A los pocos minutos la máquina se detuvo en la estación de Appleloosa, y varios ponis descendieron, todos vistiendo con las inconfundibles y pesadas armaduras de metal de la guardia de Germarenia. Más o menos el mismo número de grifos surgió por detrás del tren, volando y tomando posiciones sobre el mismo. En formación, los guardias se acercaron al portal de madera del pueblo, recientemente construido.
Braeburn salió a recibirlos junto a Applejack.
—¡Buen día! —saludó el sureño—. ¿Qué se les ofrece?
—Buen día. Veo que se defienden bien de los demonios. Germarenia pasa por un mal momento: el asedio acabó con muchos de nuestros suministros, y no podemos contar con mercancía de Equestria ahora mismo.
—Podríamos compartir algunas manzanas, pero no tenemos demasiadas. Los demonios han quemao los manzanos, y este año no volverán a crecer.
—En ese caso, podéis darnos lo que tengáis.
El tono de amenaza no dejó lugar a dudas, y los ponis armados avanzaron hacia el asentamiento sin esperar permiso para entrar. Applejack se adelantó.
—¡Quieto ahí, forastero! No puedes venir a quitarnos la comida, ¡eso no está bien!
—¿Applejack? —exclamó el líder de la comitiva, reconociendo a la portadora de un elemento de la armonía—. El mundo no está bien, Applejack, no tenemos más remedio. Debemos enfocarnos en sobrevivir.
—¡Si Celestia hubiese dicho eso cuando os atacaron, hoy no tendríais ciudad! ¿Y esto es lo que va a hacer Germarenia ahora?
Quizá fue el efecto de aquellas palabras, o quizá fue el hecho de que las estaba pronunciando una de las grandes heroínas de Equestria, pero los ponis retrocedieron unos pasos volviendo a su posición inicial.
—Cumplimos órdenes del capitán —explicó un grifo—. No tenemos otra opción.
—Sí que la tenéis. Llevadme ante ese capitán, que le voy a explicar algunas cosas.
Temblando y sin intentar secar sus propias lágrimas por el terror, el señor Cake se encogió tras el mostrador de Sweet Apple Acres y tapó la boca a los bebés que, entre sus patas, temblaban de miedo. La magia del Tártaro atenazaba sus pequeños corazones mientras un deforme demonio cuadrúpedo recorría la tienda, olfateando a una presa.
Abrazó a sus pequeños con fuerza a medida que el terrorífico ser se acercaba, paso a paso. Vio su hocico incandescente aparecer tras el mueble en el que se escondía. Entonces escuchó un golpe y a algo galopar; la criatura desapareció de su vista, el fuego impío iluminó la tienda y el ser rugió.
Escuchó a una yegua gritar: un grito desgarrado, visceral y desesperado que clamaba clemencia sin palabras. El grito de la señora Cakense apagó tras un interminable tiempo, dando lugar únicamente a la grave y antinatural risa de los demonios.
Sin hacer ruido, el padre ahora viudo se dejó caer al suelo, todavía abrazando a sus hijos. Tras unos minutos, algo pequeño apareció tras una puerta: una pequeña potra unicornio de pelaje blanco.
—¡Señor Cake! —susurró Sweetie Belle—. Por aquí, rápido.
El semental se arrastró con sus hijos hasta la pequeña. Junto a ella había un gran agujero en el suelo, y un perro joyero le indicó con señas "¡Date prisa, poni!".
Lovely Rock retrocedió hasta topar con una pared cuando vio llegar de nuevo al demonio. La informe masa de tentáculos recorrió la estancia, rozando a los ponis ahí atrapados solo para oírlos gritar con su mero contacto. Uno de ellos reaccionó débilmente, un poni pegaso cuyas alas habían sido arrancadas.
Abrazaba a una joven yegua, su hija, que permanecía inmóvil sobre un charco de sangre. Lovely no se había atrevido a mirarla desde que la obligaran a hacerlo la última vez que la atraparon. El demonio, finalmente, llegó hasta la yegua de tierra y la rozó. Esta reaccionó con una violenta convulsión y con un grito que jamás surgió de su garganta. El tentáculo se enrrolló en su tobillo y el ser la empezó a arrastrar hacia la oscuridad. Lovely se trató de zafar, de agarrarse a cualquier saliente sin éxito mientras la criatura la llevaba de nuevo a aquel infierno en vida.
De pronto, la criatura la soltó, y pudo escuchar en su propia alma cómo el demonio gritaba. Libre de nuevo, Lovely retrocedió hasta la pared; un resplandor eléctrico cubrió a aquella masa tentacular, esta se revolvió y se quedó inmóvil antes de desaparecer como si fuese humo arrastrado por el viento. Ahí donde se hallaba hacía un instante, un poni de tierra grande y con vendajes en sus patas delanteras retomó la lanza con la que había dado muerte al ser. Tras él, dos unicornios conjuraban hechizo tras hechizo hacia la oscuridad.
—¡Rápido, tenemos que salir de aquí! —gritó, pero durante un instante se quedó quieto, mirando horrorizado a las víctimas de las torturas del Tártaro. Finalmente, clavó su vista en Lovely Rock—. Por Celestia... ¡La hemos encontrado! ¡Por favor, no luches, te vamos a sacar de aquí!
En otro rincón de Manehattan, un grupo de ponis quedó acorralado contra una pared cuando la niebla se cerró sobre ellos. Un unicornio, valientemente, convocó una barrera para frenarla.
—¡Dónde está ese perro! ¡Tenemos que salir de aquí!
—¡Algo se acerca!
Surgiendo de la niebla, un poni negro como la noche apareció. Sus ojos refulgían la locura del Tártaro, y miró a los presentes con prepotencia.
—¿Qué tenemos aquí? —guardó silencio cuando un virote de ballesta lo atravesó limpiamente como si fuese una aparición—. Por favor…
El tirador gritó desesperado cuando llamas negras surgieron de su propio cuerpo; un poni de tierra levitó, cubierto por la magia de Hellfire, y fue lanzado hacia la niebla blanca, dando lugar a un silencio sepulcral al momento. El unicornio superviviente sintió cómo la magia de aquel demonologista lo atrapaba, sus defensas fácilmente superadas, y lo hizo levitar hasta estar ambos frente a frente.
—Están atacando varios sitios al mismo tiempo. Dime, ¿qué tiene Aitana Pones en mente?
—No… no lo diré —respondió, apretando los dientes—. ¡Nunca!
—Oh, sí que lo harás.
El negro unicornio llevó al desgraciado hasta la niebla, dejando que esta lo cubriera. Su rostro se relajó, sus ojos se volvieron blancos poco a poco, y Hellfire sintió cómo la voluntad abandonaba a aquel poni.
Y el conocimiento llegó a su mente.
—Así que un ritual. Ilusos...
La nieve arreciaba sobre el Imperio de Cristal.
La pérdida del Corazón de Cristal había cambiado ampliamente el aspecto de la milenaria ciudad. Sus calles estaban cubiertas por una densa capa blanca, y solo se había despejado lo necesario para permitir el paso a través de las mismas. A duras penas habían pasado cuarenta y ocho horas desde la liberación del Imperio, pero la ciudadanía no había perdido un instante en poner todas sus fuerzas en aras de un bien común.
Un grupo de ponis, mezclando aquellos que tenían la experiencia con los que conservaban mejor salud, habían ido a las minas y los primeros cargamentos de cristales ya estaban llegando a los artesanos. Estos se afanaban en construir armas y armaduras para los Caballeros y la milicia. Equipos de exploradores, principalemente formados por los pocos pegasos de la Guardia Solar que quedaban en la ciudad, habían partido a Equestria para obtener información. Mientras tanto, una comitiva diplomática había partido hacia las tierras salvajes del noreste para contactar con las tribus y negociar el envío de suministros.
La Princesa de Cristal se había dirigido a toda la ciudad el día anterior. "Pronto marcharemos para liberar al resto del mundo del Rey Sombra". Y, con ello, había insuflado al Imperio de Cristal con una nuevo sentido de unidad y propósito.
Al sur de la ciudad, una pegaso azul apretó los dientes y alzó la vista al cielo. Un vendaje cubría su cabeza y torso, y a pesar de su testaruda fuerza de voluntad, el dolor se reflejaba en su rostro. Aleteó y saltó, pero su cuerpo resentido por el combate no le permitió volar más allá de unos pocos metros. Rainbow Dash aterrizó, frustrada, y se encogió abrazándose las costillas. Sintió entonces una cálida sensación, dándose cuenta de que un aura mágica rosa la había cubierto.
—Déjame ayudarte —sonrió Cadence.
—Gra… gracias —gruñó, sintiendo un alivio casi inmediato—. Tengo que irme, tengo que encontrar a mis amigas. Tengo que…
—Lo sé. Eres la portadora de la Lealtad, no espero que te quedes quieta ahora. Tengo un trabajo para ti: los exploradores que he enviado al sur dicen que todo está cubierto por nubes y que prácticamente no han visto a ningún pegaso. Según uno que encontraron, cuando Canterlot cayó…
—¡¿Qué?! ¡¿Canterlot ha caído?!
—Sí —confirmó Cadence, controlando muy bien su propio lenguaje corporal—. Parece ser que también ha caído Manehattan.
—No… ¡No! Twilight está en Canterlot, y Rarity y Pinkie…. Tengo que ir, ¡tengo que ir a por ellas!
—No —ordenó Cadence, deteniendo en seco a Rainbow Dash—. Según el pegaso que encontraron, cuando cayó Canterlot se ordenó a todos los pegasos regresar a Cloudsdale. Te ordeno que vayas inmediatamente a la capital pegaso, averigües qué ha ocurrido y, si no lo han hecho ya, que lleves a los pegasos a la guerra.
Aquellas palabras hicieron que Rainbow mirara a Cadence con los ojos muy abiertos.
—¿Qué…?
—Ya estamos en guerra, Rainbow Dash. Los pegasos tienden a sentirse seguros tras las nubes, y sospecho que pueden haber decidido aislarse del horror, pero no les servirá durante mucho tiempo. Solo sobreviviremos si luchamos. Eres la portadora de la Lealtad, haz que ocurra. Es la mejor forma que tienes de ayudar a tus amigas.
—De acuerdo —asintió Rainbow—. Lo haré —añadió, si bien Cadence notó que la pegaso estaba luchando en su fuero interno por no ir directamente a por sus amigas.
—He llamado carruaje aéreo para que te lleve, tú no estás en condiciones. Recupérate rápido, Rainbow, por favor. Y… siento mucho lo que te hice.
—No fuiste tú —replicó la pegaso con rapidez—. Estabas dominada, no hay nada que perdonar.
Cadence asintió y alzó el vuelo, de regreso a su palacio. No tardó mucho Rainbow en apreciar el carruaje en la distancia.
NOTA DEL AUTOR:
Quería escribir esta secuencia de escenas para poner en perspectiva cuál es la situación de la guerra, y qué podéis esperar que ocurra en los siguientes capítulos. Debéis saber que hoy mismo he concluido el arco de Manehattan y... oh dioses, esperad a leerlo. Está mal que yo lo diga, pero creo que me ha quedado muy bien.
Gracias por leerme, un abrazo.
